Ernest Hemingway
(1899-1961)

El padre
(“My Old Man”, 1925)
In Our Time (New York: Boni & Liveright, 1925)


      Ahora, al mirarlo, creo que mi padre nació para ser un tipo gordo, uno de esos gordinflo¬nes corrientes que se ven por todos lados. Cla-ro está que nunca estuvo así, excepto al final, y entonces no tuvo la culpa, pues sólo efec¬tuaba carreras de obstáculos y le convenía pe¬sar más. Recuerdo el tiempo en que se ponía la chaqueta encima de un par de suéteres, y lue¬go otro enorme suéter, antes de salir a correr conmigo bajo el fuerte sol de la mañana. A ve¬ces, en las primeras horas del día, ensayaba con uno de los animales de Razzo, después de llegar de Turín a las cuatro de la madrugada y llevarlo en coche a los establos. Cuando el rocío lo cubría todo y el sol empezaba a salir, yo le ayudaba a quitarse las botas y él se po¬nía un par de zapatos de goma y todos aque¬llos suéteres, y entonces nos íbamos.
       —Vamos, muchacho —me decía, paseándose de un lado a otro frente al vestuario de los jockeys—; ya es hora.
       Solíamos ir al trote por el terreno cercado hasta la puerta. De allí nos dirigíamos a uno de esos caminos que salen de San Siro con árboles a los lados. Yo le pasaba al llegar al camino, pues corría bastante bien. De vez en cuando miraba hacia atrás y le veía siguién¬dome al trote. Después de un rato miraba otra vez y veía que empezaba a sudar. Sin embar¬go, el sudor no le impedía continuar la carre¬ra con los ojos fijos en mi espalda, y cuando yo le miraba sonreía diciéndome: « ¿Mucho sudor?» Mi padre tenía una sonrisa contagio¬sa. Corríamos a toda velocidad hacia las mon¬tañas, hasta que mi padre gritaba: « ¡Eh, Joe!», y yo le veía sentado bajo un árbol, con la toalla que llevaba en la cintura atada al cuello.
       Entonces retrocedía y me sentaba a su lado. Él sacaba una cuerda de su bolsillo y comen¬zaba a saltar con ella, mientras el sudor le lle¬naba el rostro. Continuaba saltando con la cuer¬da entre el polvo y bajo el sol. La soga hacía «clop, clop, clop», y el sol calentaba cada vez más, y él recorría parte del camino efectuan¬do sus ejercicios. ¡Ah! Era un placer ver sal¬tar a mi padre con la cuerda. Podía manejarla con rapidez o con lentitud. ¡Vaya! Y había que ver a los italianos que nos observaban al pasar rumbo a la ciudad caminando al lado de los grandes bueyes que arrastraban el carro. No hay duda de que al mirar al viejo pensaban que estaba chiflado. Saltaba con tanta veloci¬dad que se detenían a contemplarlo, y después de un instante empujaban a los bueyes con la garrocha, azuzándolos con gritos, y se ponían de nuevo en marcha.
       Le quería aún más cuando me sentaba a con¬templar sus ejercicios. Los llevaba a cabo de un modo rítmico y terminaba con un salto re¬gular que le llenaba la cara de sudor como si fuese agua. Después colgaba la cuerda de un árbol y venía a sentarse conmigo. Se recostaba contra el árbol y se envolvía el cuello con la toalla y uno de los suéteres.
       —Te aseguro que no hay cosa peor que que¬mar grasas, Joe —decía mientras cerraba los ojos y respiraba larga y profundamente—; no es lo mismo hacer estos ejercicios a mi edad que cuando uno es joven.
       Luego se levantaba y antes de enfriarse vol¬víamos al trote a los establos. De ese modo evitaba la obesidad, que le había preocupado siempre. Era una obsesión. Casi todos los jockeys pueden montar cualquier caballo. El jockey pierde más o menos un kilo cada vez que corre, pero eso no le hacía ningún efecto a mi padre, que para rebajar peso debía rea¬lizar muchos más ejercicios.
       Recuerdo que una vez, en San Siro, un pe¬queño italiano llamado Rogeli, que montaba los caballos de Buzoni, atravesó el paddock rumbo al bar con el propósito de tomar algo fresco. Al caminar se golpeaba ligeramente las botas con el látigo. Acababa de pesarse. Mi padre hizo lo mismo y salió tras él con la silla bajo el brazo. Daba la impresión de estar cansado y que las prendas de seda le estaban pequeñas. Se detuvo para mirar al joven Rogeli, que es¬taba junto al bar al aire libre, fresco y con su cara de inocente. Yo le dije: « ¿Qué pasa, papá?»; porque pensé que, a lo mejor, Rogeli le había golpeado o algo por el estilo. Sin apar¬tar la vista de Rogeli, él me contestó: « ¡Oh! ¡Que se vaya al diablo!», y continuó su camino hacia el vestuario.
       Bueno; quizá todo hubiera ido muy bien si nos hubiésemos quedado en Milán para correr allí y en Turín, pues aunque no había nunca ca¬rreras fáciles, por lo menos eran dos sitios para tentar suerte.
       —Pianola, Joe —dijo mi padre cuando des¬montó en el establo del ganado después de la carrera de obstáculos que, según los italianos, era una carrera del demonio—. Es una cosa fá¬cil. Lo que hace peligrosas las carreras de obs¬táculos, Joe, es el modo de correr. Aquí eso no cuenta y los obstáculos tampoco son difíciles. Pero el inconveniente reside siempre en el modo de correr, nada más.
       San Siro era el mejor hipódromo que había visto en mi vida, pero mi padre decía que ha¬cía una vida de perro, yendo y viniendo de Mirafiore a San Siro y cabalgando casi todos los días de la semana, además del viaje en tren cada dos noches.
       Yo también estaba loco por las carreras. Se experimenta una rara sensación cuando los ca¬ballos aparecen en la pista y se dirigen a la raya de largada, y los jockeys van bien firmes en sus monturas, a veces soltando un poco los frenos para que los animales corran un rato. Después, cuando llegaban a la barrera, yo me encontraba peor que nunca. De un modo espe¬cial en San Siro, por las características del te¬rreno y el panorama de las montañas que se levantaba a lo lejos. Además del gordo starter italiano con su enorme látigo, y los jockeys que buscaban donde colocarse. Y después, al sonar la campana, la barrera se levantaba de golpe y todos salían en tropel, distanciándose después poco a poco. Todo el mundo sabe cómo salen los competidores, ¿verdad? Si uno está arriba, en la tribuna, con un par de ge¬melos, lo único que ve son los animales hoci¬cando, hasta que se oye la campana, que pare¬ce sonar por mil años, y en seguida los vuelve a ver doblando la curva. Para mí no había nada que se pudiese comparar con aquello.
       Pero mi padre dijo un día, en los vestuarios, mientras se ponía su ropa de calle:
       —A ésos no se les puede llamar caballos, Joe. En París los liquidarían por el precio del cue¬ro y sus cascos.
       Aquel día fue el día en que ganó el premio «Commercio» con Lontorna, logrando desta¬carse del resto en los últimos cien metros igual que si estuviera sacando el corcho de una bo¬tella.
       Casi inmediatamente después del premio «Commercio» abandonamos Italia. Mi padre, Holbrook y un italiano gordo con sombrero de paja, que se secaba continuamente la cara con el pañuelo, discutían en francés en una mesa de la Gallería. Ambos protestaban por algo contra mi padre, hasta que, al final, él se calló la boca y permaneció sentado mirando a Holbrook.
       Los otros prosiguieron reclamando. Primero hablaba uno y después el otro y el italiano gor¬do interrumpía siempre a Holbrook.
       — ¿Quieres salir y comprarme el Sportsman, Joe? —dijo mi padre, dándome un par de soldi sin dejar de mirar a Holbrook.
       Entonces salí de la Gallería y compré el pe¬riódico frente al Scala. Luego regresé y me de¬tuve a cierta distancia, porque no quería en-trometerme. Mi padre se encontraba recostado en la silla, mirando la taza de café y jugue¬teando con la cuchara. Holbrook y su corpu¬lento acompañante estaban de pie. El italiano se secaba el rostro y sacudía la cabeza. Yo me acerqué, y mi padre procedió entonces como si estuviese solo, como si los otros no hubiesen estado junto a la mesa, preguntándome:
       — ¿Quieres tomar un helado, Joe?
       Holbrook lo miró y pronunció con lentitud y cierto énfasis:
       — ¡Hijo de perra! —y él y el italiano gordo se alejaron entre las mesas.
       Mi padre se quedó sentado y ensayó una sonrisa, pero su cara palideció con un gesto del demonio. Yo tuve miedo y experimenté una desagradable situación porque advertí que algo había ocurrido y me resultaba imposible comprender que alguien llamara hijo de perra a mi padre y se fuera tan tranquilamente. Mi pa¬dre abrió el Sportsman y estudió los hándicaps durante un momento. Finalmente, dijo:
       —Hay que aguantar muchas cosas en este mundo, Joe.
       Tres días después nos fuimos de Milán para siempre, en el tren de Turín a París. Con ante¬rioridad, realizamos frente a la caballeriza de Turner el remate de todo lo que no pudimos llevar en el baúl y en la valija.
       Llegamos a París en las primeras horas de la mañana. Entramos en una estación larga y sucia que era la Gare de Lyon, según me dijo mi padre. París era una ciudad enorme com¬parada con Milán. En Milán parecía que todo el mundo y todos los tranvías llevasen rumbo fijo y que existiese un orden completo, pero en París era una confusión constante que nunca se solucionaba. Sin embargo, empezó a gustar¬me. Sin olvidar que tiene los mejores hipódro¬mos del mundo. Parece como si ésa fuera la razón de todo el movimiento y toda la agita¬ción, y lo único que uno puede imaginarse es que no hay día en que los autobuses no vayan a alguno de los hipódromos en actividad, a ve¬ces desde los lugares más distantes. En reali¬dad, nunca llegué a conocer bien la capital, ya que sólo la recorría con mi padre dos o tres veces por semana, y él se detenía siempre en el «Café de la Paix», al lado de la Ópera, con el resto de la pandilla de Maisons, y creo que aquél es uno de los sectores más bulliciosos de París. Pero me pregunto: Es raro que una ciudad grande como París no tenga una Galle¬ría, ¿verdad?
       Fuimos a vivir a la pensión que una tal se¬ñora Mayers tenía en Maisons-Lafitte, donde residían casi todos, excepto la gavilla. Ésta pre¬firió hacerlo en Chantilly. Maisons es el sitio más agradable para vivir que he visto en mi vida. La ciudad no vale mucho, pero hay un lago y un hermoso bosque donde pasaba casi todo el día con otro muchacho. Mi padre fa¬bricó una honda que nos sirvió para cazar mu¬chas cosas, la mejor de las cuales fue una urra¬ca. Una vez, el joven Dick Atkinson tuvo buena puntería con un conejo. Lo pusimos bajo un árbol y nos sentamos junto al animal. Dick había llevado algunos cigarrillos. Pero, de re¬pente, el conejo dio un salto y se escapó entre la maleza, y por más que lo buscamos no pudimos encontrarlo. Bueno, nos divertíamos mu¬cho en Maisons. La señora Meyers me daba de comer por la mañana y yo permanecía fuera de casa el resto del día. Pronto aprendí a hablar francés. Es un idioma fácil.
       Apenas llegamos a Maisons, mi padre escri¬bió a Milán pidiendo su licencia, y este asunto lo trajo muy preocupado. A menudo se encon¬traba con sus amigos en el «Café de París» de Maisons. Iban muchos tipos que conoció cuan¬do corría en París, antes de la guerra, y que ahora vivían en Maisons. Además, hay tiempo de sobra para visitar el café, pues el trabajo de una caballeriza, es decir el de los jockeys, termina por completo a las nueve de la maña¬na. Sacan a galopar la primera manada de ca¬ballos a las cinco y media y el segundo grupo a las ocho. Eso significa que tienen que acos¬tarse y levantarse muy temprano. Y si un joc¬key está a cargo de los caballos de una persona determinada, entonces no puede salir a embo-rracharse, pues el cuidador lo vigila siempre si es muy joven, y si no es un muchacho él mismo se fijará en lo que hace. En general, cuando un jockey no tiene que trabajar pasa el tiempo en el «Café de París» con la otra gen-te. Se sientan dos o tres horas frente a algo de beber, como vermut o agua de Seltz, charlando, contando cuentos y jugando al billar, casi igual que en un club o en la Gallería de Milán. Sólo que, en realidad, no es como en la Gallería, porque allí todos entran y salen sin cesar y las mesas siempre están ocupadas.
       Mi padre consiguió por fin la licencia. Se la mandaron sin decir nada y pudo correr un par de veces. Fue a Amiens, en el Norte, y a sitios semejantes, pero no consiguió ningún contra¬to. Todos le tenían simpatía. Cada vez que yo entraba en el café por la mañana lo encontraba bebiendo con alguien, pues mi padre no era tacaño como la mayor parte de jockeys que ganaron el primer dólar corriendo en la Feria Mundial de Saint-Louis, en 1904. Eso es lo que decía siempre mi padre cuando bromeaba con George Burns. Pero parecía que todo el mun¬do evitaba darle caballos para correr.
       Todos los días íbamos con el auto desde Maisons a cualquier parte en donde hubiese ca¬rreras, y eso era lo más divertido. Me gustaba cuando veía los caballos que regresaban de Deauville, y también en verano. Sin embargo, eso significó el fin de mis paseos por el bos¬que, ya que entonces nos dirigíamos a Enghien, o a Tremblay, o a Saint-Cloud, y los observá-bamos desde la tribuna de los cuidadores y jockeys. No hay duda que aprendí mucho de carreras de tanto salir con esa gente, y cada vez me gustaba más.
       Recuerdo lo que ocurrió un día en Saint-Cloud. Iba a efectuarse una carrera de dos¬cientos mil francos de premio, con siete ano¬tados. Kzar era el gran favorito. Yo fui al paddock a ver los caballos y nunca me quedé tan asombrado como en aquella ocasión. Este Kzar era un gran bayo hecho a medida para correr. Nunca vi un caballo que se le pareciera. Des¬filaba por los paddocks con la cabeza gacha, y cuando pasó a mi lado experimenté una sensa¬ción de vacío, de tan hermoso que era. No hubo nunca caballo más favorecido por la naturale¬za. Resultaba el perfecto modelo del caballo de carreras. Marchaba por el paddock con cal¬ma y cuidado y se movía con soltura como si supiera lo que tenía que hacer, sin saltar ni encabritarse como esos caballos que van a dis¬putar el premio «drogados» y levantan protes¬tas en los espectadores. Había tanta gente que sólo pude ver de nuevo las patas amarillentas. Mi padre se abrió camino, y yo tras él, hacia el vestuario de los jockeys, situado entre los árboles. Allí también había gran cantidad de público, pero el hombre del sombrero hongo que cuidaba la entrada nos dejó pasar en seguida.
       Dentro todos estaban vistiéndose, unos po¬niéndose las chaquetillas y otros las botas, en medio de gran olor a sudor y a embrocación. Afuera, la muchedumbre seguía observando.
       Mi padre fue a sentarse junto a George Gardner, que se estaba poniendo los pantalones de montar, y le preguntó:
       — ¿Qué se sabe, George? —empleando un tono de voz normal como si no hubiera nece¬sidad de hacerlo en secreto y ninguno de los dos poseyera información alguna.
       —No va a ganar —contestó el jockey en voz muy baja al agacharse para abrochar los breeches.
       — ¿Quién, entonces? —preguntó mi padre, in¬clinándose más con objeto de que nadie le pu¬diera oír.
       —Kiscubbin —respondió George—; y si así ocurre, guárdame un par de boletos.
       Mi padre dijo algo con tono normal y George le contestó:
       —Nunca se te ocurra apostar al que yo te aconseje —bromeando.
       Después salimos, abriéndonos paso entre la multitud que nos miraba, y fuimos a la machine mutuel de 100 francos. Pero me di cuenta de que se trataba de algo importante, pues George era el jockey de Kzar. En el trayecto, observamos uno de los tableros amarillos con las cotizaciones iniciales. Kzar pagaba sólo 5 por 10; seguía Cefisidote con 3 a 1, y Kircübbin ocupaba el quinto lugar en la nómina con 8 a 1. Mi padre apostó cinco mil ganadores a favor de Kircübbin y agregó mil a place. Después nos dirigimos a la tribuna para ver la carrera des¬de una buena localidad.
       Estábamos apretados entre la muchedumbre. Primero apareció un hombre que vestía levita y sombrero de copa gris, con el látigo doblado en la mano, y después llegaron, uno tras otro, los caballos, con el jockey encima y un peón de la caballeriza al lado, llevándolos de la brida. El primero en salir fue el gran bayo Kzar. A primera vista no parecía tan grande, pero uno se convencía al observar la longitud de sus patas, el tamaño del cuerpo y el modo de andar. ¡Ah!, nunca vi un caballo semejante. Lo mon¬taba George Gardner y ambos pasaron lenta¬mente, detrás del tipo viejo de sombrero de copa, remedo del dueño de un circo que presentaba los números en la pista. Después de Kzar, que avanzaba con los reflejos del sol en su pelo suave y amarillento, seguía un animal negro de buen aspecto y cabeza muy bonita, montado por Tommy Archibald. Después venía un grupo de cinco caballos más, todos en lenta procesión junto a la tribuna y las básculas. Mi padre dijo que el negro era Kircúbbin y entonces lo miré con atención. Verdaderamen¬te, era un hermoso ejemplar, pero no tenía nada que hacer al lado de Kzar.
       Todo el mundo aplaudió cuando pasó Kzar. Era, sin duda, un caballo maravilloso. El des¬file continuó hasta el otro lado y pasó por la pelouse, dirigiéndose luego al extremo más pró¬ximo del hipódromo. El dueño del circo fue soltando en forma sucesiva a los corredores para que pudiesen ir al galope hasta el poste de llegada y dejaran libre la visual a los espec¬tadores. Pero la campana sonó antes y vimos que los contrincantes salían en tropel y alcan¬zaban en seguida la primera curva como si se tratara de caballitos de juguete. Yo observaba el desarrollo de la prueba con los gemelos. Kzar corría atrasado. Uno de los bayos marchaba delante. Dieron la primera vuelta a todo galo¬pe, y cuando pasaron por donde estábamos, Kzar continuaba lejos del primero, que se im¬ponía con facilidad. Era Kircúbbin. ¡Caramba! Es terrible verlos pasar frente a uno y después observar cómo se alejan y se hacen cada vez más pequeños, hasta que en la curva se agru¬pan de nuevo y vuelven a enfilar la recta. A uno le dan ganas de gritar y maldecir, y el malestar sigue aumentando. Finalmente, doblaron la úl¬tima curva y tomaron la recta. Kircubbin se mantenía bastante distanciado del resto. Todo el mundo estaba sorprendido y repetía Kzar en voz baja y con disgusto. Los caballos se acercaban a toda velocidad. Una cabeza amarilla se destacó como un rayo del pelotón, casi en mis gemelos, y la gente empezó a gritar Kzar como si hubiera enloquecido. Kzar se acercaba ligerísimo. Nunca vi correr así a ningún caba¬llo. Kircubbin, por su parte, corría de un modo normal, y su jockey lo castigaba sin cesar. Por último, quedaron juntos en cabeza, y Kzar pa¬reció duplicar la velocidad con sus grandes sal¬tos y la cabeza que se estiraba..., pero pasaron frente al poste de llegada juntos y el primer número que colocaron en el tablero fue el 2, lo cual significó que Kircubbin había ganado.
       Un extraño temblor recorrió todo mi cuerpo y al mismo tiempo experimenté una sensación muy rara. Después nos encontramos apretuja-dos entre la gente que bajaba para colocarse frente al tablero en donde indicarían cuánto ganaba Kircubbin. Debo decir con franqueza que durante la carrera me olvidé de lo que ha¬bía apostado mi padre a favor de Kircubbin. ¡Maldición! Quería con todas mis ansias que ganase Kzar. Pero después que hubo pasado todo me alegré al saber que habíamos acertado.
       —Ha sido una carrera magnífica, ¿no es cierto, papá? —le pregunté.
       Él me miró con sorpresa. Tenía el sombrero casi en la nuca.
       —Este George Gardner es extraordinario —dijo—. Hacía falta un gran jockey para evi¬tar que ganase Kzar.
       Yo sabía, por supuesto, que el resultado ha¬bía asombrado a toda la concurrencia. Pero mi padre dijo aquello con placer, aunque yo no le vi la gracia, ni siquiera cuando coloca¬ron los números en el tablero y sonó la cam¬pana de pago de apuestas. Entonces vimos que Kircübbin daba 67,50 por 10. Por todas partes la gente decía:
       — ¡Pobre Kzar ¡Qué lástima! ¡Pobre Kzar!
       Y yo pensé: «Me gustaría ser jockey y ha¬berlo montado yo en vez de ese hijo de perra.» Y me causó gracia pensar que George Gardner era un hijo de perra, porque siempre me había resultado simpático, y, además, nos dijo quién iba a ganar, pero de cualquier modo creo que era un verdadero hijo de perra.
       Mi padre ganó mucho dinero aquel día y em¬pezó a visitar París con más frecuencia. Cuan¬do había carreras en Tremblay, se hacía dejar en la ciudad al regresar a Maisons Lafitte, y él y yo nos sentábamos en la terraza del «Café de la Paix» y observábamos a los transeúntes. Era un lugar delicioso. Pasaba mucha gente y gran cantidad de vendedores ambulantes nos ofrecían sus productos. Me gustaba con locura sentarme allí con él. Mi padre bromeaba con los muchachos que vendían graciosos conejos que saltaban cuando se les apretaba una protuberancia. Hablaba en francés con la misma facilidad que en inglés, y todos aquellos indivi¬duos lo conocían porque resultaba fácil conocer a un jockey. Siempre nos sentábamos a la mis¬ma mesa y se habían acostumbrados a vernos. Algunos hombres vendían libretas de matrimo¬nio. Pasaban mujeres ofreciendo huevos de goma que al apretarlos dejaban salir un gallo. Un viejo harapiento recorría las mesas mos¬trando tarjetas postales de París que nadie le compraba, por supuesto. Entonces volvía a pa¬sar enseñando el revés de las mismas, con es¬cenas pornográficas, y muchas personas metían la mano en el bolsillo y reservadamente saca¬ban dinero para comprarlas.
       ¡Ah! Me acuerdo de la gente rara que solía pasar por allí. Las mujeres que a la hora de la cena buscaban a alguien que las invitase, hablaban siempre con mi padre, que les hacía bromas en francés. Después me acariciaban la cabeza y proseguían su camino. Una vez, una mujer americana se sentó con su hija a la mesa contigua a la que ocupábamos. Tomaban hela¬dos. Yo no aparté la vista de la chica, que era muy bonita. En una ocasión le sonreí y ella me respondió del mismo modo, pero no ocu¬rrió nada más. Cada día buscaba a las dos mu¬jeres, pero no las volví a ver. Quisiera saber si la madre me habría permitido que llevase a su hija a Auteuil o Tremblay. La verdad es que estaba decidido a hablar con ella. Aunque, de cualquier manera, creo que no hubiese valido la pena, pues ahora, al pensar en aquello, re¬cuerdo haber resuelto hablarle más o menos así: «Perdóneme, pero ¿no le gustaría que yo le recomendara una apuesta para las carreras de hoy en Enghien?»; y, después de todo, tal vez me hubiese tomado por un espía de caba¬lleriza en vez de un admirador con el deseo de ofrecerle un dato valioso.
       Nos sentábamos en el «Café de la Paix», mi padre y yo, y casi siempre discutíamos con el camarero porque mi padre tomaba whisky, que costaba cinco francos, y aquello significaba una buena propina cuando contaba los platillos. Mi padre bebía más que nunca, pero había dejado de correr y decía que el whisky evitaba el au¬mento de peso. Sin embargo, yo advertía que engordaba lo mismo. Se alejó de sus viejos amigotes de Maisons y, al parecer, lo único que le gustaba era sentarse conmigo en el bulevar. Pero todos los días perdía dinero en el hipódromo. Cuando le iba mal, le invadía cierta tris¬teza después de la última carrera, hasta que llegábamos a nuestra mesa y tomaba su primer whisky. Entonces mejoraba su estado de ánimo.
       A veces interrumpía la lectura del Paris-Sport para decirme:
       —¿Dónde está tu novia, Joe? —refiriéndose en broma a lo que yo le había contado acerca de la muchacha que había visto aquel día en la mesa contigua. Me ruborizaba, pero me gustaban esas bromas. Experimentaba una sensa¬ción agradable al pensar en ella.
       —No dejes de estar alerta, Joe —me decía—. Ya volverá.
       Me preguntaba cosas y algunas de mis res¬puestas le hacían reír. Después empezó a ha¬blarme de cuando corría en Egipto, o en Saint Moritz, en el hielo, antes de la muerte de mi madre, y de las carreras realizadas en el sur de Francia durante la guerra, con el solo objeto de conservar la raza, y en las que no había premios, ni apuestas, ni público, ni nada. Eran carreras como las de ahora. Podía pasar horas escuchan¬do a mi padre, especialmente cuando él toma¬ba un par de copas. Me habló de su infancia, en Kentucky, cuando iba a cazar coatíes, y de la buena época en los Estados Unidos, antes de la crisis y agregó:
       —Joe, cuando ganemos una apuesta más o menos decente volverás a los Estados Unidos para ir a la escuela.
       — ¿Y qué necesidad tengo de ir a la escuela allá si hay crisis? —le pregunté.
       —Eso es diferente —concluyó. Después llamó al camarero, pagó el montón de platillos, toma¬mos un taxi hasta la Gare St. Lazare y regre-samos a Maisons-Lafitte en tren.
       Un día, en Auteuil, después de un steeplechase de venta, mi padre compró el ganador por 30.000 francos. Tuvo que ofrecer un poco para conseguirlo, pero al final la caballeriza accedió y mi padre recibió su permiso y sus colores en una semana. ¡Cáspita! Sentí un gran orgullo cuando mi padre se convirtió en propietario. Arregló con Charles Drake todo lo referente al establo y dejó de viajar a París. Empezó a co¬rrer y sudar de nuevo. Él y yo constituíamos todo el personal del stud. Nuestro caballo se llamaba Gilford. Era producto irlandés y buen saltador. A mi padre le pareció una buena in¬versión, y él mismo lo adiestraba y lo montaba. Yo estaba orgulloso de todo y hasta comparé a >i>Gilford con Kzar, era un fuerte bayo saltador, con mucha velocidad en el llano, si lo exigían; de excelente aspecto.
       ¡Ah! ¡Cómo me gustaba verlo! La primera vez que corrió con mi padre, llegó tercero en una carrera de vallas de 2.500 metros, y después que el jockey hubo desmontado, bañado en sudor y muy contento, y fue a pasearse, yo me sentí tan orgulloso del animal como si se hu¬biese tratado de la primera carrera en que obtenía buena colocación final. En realidad, cuando un tipo deja las pistas por mucho tiempo, a uno le parece que en su vida ha corrido. Todo era distinto ahora. En Milán, mi padre no se emo-cionaba nunca, ni siquiera al ganar carreras de mucha importancia, pero la situación fue dis¬tinta cuando se convirtió en propietario. La víspera de cada carrera yo no podía dormir y advertí que él también estaba excitado, aunque no lo demostraba. Hay gran diferencia entre ser jockey de los caballos que uno mismo posee o de los que pertenecen a otro. Es tan grande como la que existe entre el día y la noche.
       Un lluvioso domingo, Gilford y mi padre ac¬tuaron por segunda vez en Auteuil, en el Prix du Marat, carrera de obstáculos de 4.500 me¬tros. Apenas salió, subí a la tribuna con los ge¬melos nuevos que él me había comprado con este fin. Los contrincantes se dirigieron al ex¬tremo opuesto del hipódromo. En la barrera hubo cierta dificultad, ya que un animal provocó un alboroto al encabritarse y embestirla. Sin embargo, distinguí la chaquetilla negra con una cruz blanca y la gorra oscura de mi padre, sen-tado sobre Gilford y acariciándole con la mano. Después salieron en un salto, perdiéndose de vista entre los árboles. La campana empezó a sonar como loca y los postigos de las oficinas del pari mutuel se sacudieron igual que matra¬cas. ¡Demonio, qué excitado estaba! Me dio miedo mirarlos, pero dirigí los gemelos hacia el otro lado de la arboleda. Salieron por allí, con la vieja chaquetilla negra en tercer térmi¬no, y al saltar parecían pájaros flotando en el aire. Volvieron a desaparecer antes de bajar por la colina, con rapidez y sin esfuerzo apa¬rente, y pasaron la valla en pelotón, alejándose de nosotros sin perder la unidad. Sus lomos muy juntos daban la impresión de formar un puente a través de la pista. Luego saltaron la doble zanja y uno cayó. No vi quién, pero el ca¬ballo se levantó en seguida y siguió galopando solo, mientras el resto, sin deshacer el pelotón, dobló la larga curva izquierda y entró en la recta. Pasaron la pared de piedra y continuaron en tropel hacia el enorme charco, justo frente a las tribunas. Los vi venir y alenté a mi padre cuando pasó llevando casi un largo de ventaja, ágil como un mono. Al llegar al tupido seto que ocultaba el charco, se oyó un estrépito. Dos caballos salieron por mi lado y siguieron corriendo. Otros tres quedaron amontonados allí. Mi padre no apareció por ningún lado. Uno de los animales se arrodilló, y como no había sol¬tado la brida, el jockey pudo montar de nuevo y continuar la prueba. El segundo caballo se incorporó por sus propios medios, sacudiendo la cabeza y galopando con las riendas sueltas, mientras su jinete se apoyaba en la baranda haciendo eses. En cuanto a Gilford, se levantó después de zafarse de su jockey y empezó a correr a tres patas, con la derecha delantera en¬cogida. Mi padre quedó tendido boca arriba en el césped, con la cabeza cubierta de sangre. Al bajar de la tribuna corriendo atropellé a un montón de gente. Llegué por fin a la baranda, pero un policía me impidió seguir. Dos grandes camilleros pasaron en busca de mi padre. Al otro lado de la pista, vi tres caballos que salían de la arboleda y saltaban la valla.
       Mi padre había muerto cuando lo trajeron. Mientras el médico le auscultaba el corazón con un aparato colocado en sus oídos, escuché el disparo del arma de fuego que mató a Gilford en la pista. Cuando llevaron el cadáver de mi padre a la enfermería me colgué de la camilla y empecé a llorar desconsoladamente. ¡Estaba tan pálido! ¡Tan muerto! ¡Oh! ¡Qué horrible! Y no pude dejar de pensar en la inutilidad del sacrificio de Gilford. Tal vez no fuera grave la herida de la pata. No sé. ¡Quería tanto a mi padre!
       Entraron dos tipos. Uno me dio una palmada en el hombro, a modo de pésame, y después fue a ver a mi padre, tapándolo con una de las sábanas de la camilla. El otro habló por telé¬fono, en francés, pidiendo una ambulancia para trasladar el difunto a Maisons. No pude con¬tener las lágrimas y lloré hasta sofocarme. George Gardner se sentó a mi lado y me abrazó, diciéndome:
       —Vamos, Joe, muchacho. Levántate y salga¬mos a esperar la ambulancia.
       Me levanté del suelo y salí con George, tra¬tando de evitar los sollozos. Él me secó la cara con su pañuelo. Mientras esperábamos que pa-sase toda la gente, dos tipos se detuvieron cerca de nosotros. Cuando acabó de contar un mon¬tón de boletos de mutuel, uno de ellos dijo:
       —Bueno; le llegó la hora a Butler.
       —Me importa un comino —respondió su com¬pañero—. ¡Maldición! Cayó vencido por sus propias armas, el sinvergüenza.
       —Ya lo creo —asintió el primero antes de hacer pedazos los boletos.
       George Gardner me miró para saber si yo había oído algo y al comprobarlo dijo:
       —No hagas caso de lo que dicen esos vagos, Joe. Tu padre era un tipo estupendo.
       Pero no sé. Creo que cuando empiezan a hablar no dejan títere con cabeza.



Literatura .us
Mapa de la biblioteca | Aviso Legal | Quiénes Somos | Contactar