E. L. Doctorow
(Bronx, NY, 1931- Manhattan, NY, 2015)


La legación extranjera
“The Foreign Legation”
Vidas de los poetas (Lives of the Poets: Six Stories and a Novella, 1984)


      Después de que su mujer se fuera de casa con toda su ropa y con toda la ropa y los juguetes de los niños, Morgan siguió yendo y viniendo del trabajo, aunque ahora la casa estaba vacía y sin nadie con quien hablar.
       Por las tardes se ponía a mirar por las ventanas con unos gemelos y observaba a sus vecinos ir y venir por sus habitaciones.
       Fuera, a la media luz, cornejas anónimas saltaban de los arces a los altos pinos o bajaban a la acera para picotear los envoltorios arrugados de comida barata que dejaban los niños al pasar.
       El vecindario del viejo barrio, en las afueras de la ciudad, era de gente bien. Vivían en chalets ingleses de tipo campesino, u holandés colonial, o de estilo florentino, construidos todos ellos en los años veinte o treinta.
       Morgan comenzó a hacer ejercicio, corriendo muy temprano por la mañana, cuando el césped de los prados estaba entretejido de rocío y todavía no habían salido los perros.
       Corría por calles flanqueadas de grandes arces cuyas ramas se curvaban, formando verdes bóvedas de luz solar.
       Corría por las calles retorcidas de casas inglesas, holandesas, florentinas, con grandes árboles y grandes patios, y luego, a medida que las calles se iban enderezando, por zonas más nuevas de casas más sencillas, con pequeños árboles ornamentales y espaldares de baloncesto montados sobre puertas de garajes.
       Los sábados iba en coche al centro comercial. Compraba carne cara que guardaba en la nevera, y fruta y hortalizas que se estropearían antes de que pudiera comérselas.
       En correos mandaba sus cuentas y hojeaba el grueso volumen encuadernado de anuncios laborales que estaba encadenado al mostrador.
       Sabía que nada podía impedirle cambiar de vida, pero seguir como hasta ahora se acomodaba a la idea que se había hecho de sí mismo de estar esperando.
       Y no era a su mujer y a sus hijos a quienes esperaba, pues sabía perfectamente que no iban a volver, era otra cosa, lo que fuese, algo que había esperado siempre.
       Si leía en el periódico local, que encontraba todas las tardes al volver a casa cuidadosamente doblado junto a la puerta, que había ocurrido algo en su barrio o en algún barrio vecino, algún suicidio, por ejemplo, o la desaparición del hijo pequeño de alguien, se las arreglaba para pasar corriendo a la mañana siguiente junto a la casa donde había ocurrido.
       Pero por fuera no se notaba que allí hubiese pasado nada de particular. La casa estaba siempre silenciosa, la puerta cerrada, el coche aparcado en la calzada.
       Las casas estaban hechas para contener la explosión vital de la gente de la misma manera que las bombas neutralizan las cestas de red de acero de los artificieros de la policía.
       Una mañana Morgan fue corriendo más lejos que de costumbre y llegó a un campo abierto en suave cuesta hasta el colegio de piedra roja de chicas católicas.
       Las chicas se bajaban de los autobuses delante del asta de bandera que había ante la puerta principal.
       Las estudiantes llevaban calcetines color castaño que les llegaban hasta las rodillas, minifaldas a cuadros color castaño y blusas blancas de manga larga, e iban con los libros cogidos contra el pecho.
       Morgan no fue a trabajar pero, por la tarde, condujo hasta el centro comercial, donde vio estudiantes del mismo colegio sentadas ante el mostrador de la heladería.
       Las vio por el cristal del escaparate, abiertas de brazos y piernas, cada una a su manera, lamiendo sus helados.
       Otras tres se acercaban cruzando el aparcamiento. Notó que tenían las faldas sujetas con un gran imperdible decorativo, de modo que, si se quitara el imperdible, la falda se soltaría como un vendaje.
       A una de ellas la blusa se le había salido por atrás, y a otra el calcetín se le había bajado hasta la pantorrilla.
       Al entrar en la heladería, la más alta de las tres echó a Morgan una ojeada pasajera, como si careciese por completo de interés.
       El ruido que hacían las chicas charlando salía de la heladería como un vaho de calor cada vez que se abría la puerta.
       Morgan pensaba que las estudiantes no se limpiaban bien, y se dijo que los muslos les olerían a orina.

       Por la noche Morgan se sirvió un vodka con hielo y se sentó en el patio de su casa, poniéndose a mirar a su manzano. Soplaba una leve brisa y las flores del manzano se escindían y los pétalos volaban del árbol.
       Bajo el árbol había un círculo muy igual de pétalos, que, en la oscuridad, parecían un reflejo de la luna contra el agua.
       La mujer de Morgan tenía una encantadora sonrisa tímida que hacía su rostro casi bonito. Tenía ojos verde claro, que a él le atraían por los atisbos de miedo o de temerosos malentendidos que registraban, como los cambios de tiempo en el barómetro.
       Oyó sonar el teléfono, pero cuando entró corriendo en la casa se dio cuenta de que lo que había oído era el silbido lacrimoso de su propio aliento.
       Puso un disco de música sinfónica y se subió a un diván y se puso a dirigir la orquesta.
       Agitaba los brazos, y tomó la decisión de capturar el colegio de chicas católicas.
       Soltaría a las de quinto grado para abajo.
       A las otras las retendría desnudas en la piscina vacía del gimnasio, que era de proporciones olímpicas.
       Calentaría hasta el punto de ebullición toda la vasta estructura de azulejos.
       A las monjas las obligaría a ungir con aceite los cuerpos de las niñas.
       A todas ellas les otorgaría el derecho a rezar, sobre todo después de sus ataques o abusos periódicos.
       Morgan se levantó más temprano que nunca para hacer su carrera matinal. Corrió y corrió por los kilómetros de calles de su barrio, moviendo los codos unánimemente de un lado al otro, y su aliento parecía de otro corredor que le fuese pisando los talones.
       Las ventanas de las casas estaban oscuras, pero la superficie inferior de las hojas de los árboles se bañaba en una luz ambarina.
       Todo estaba muy silencioso.
       Al dar la vuelta a una esquina, dos manzanas más allá, vio a una mujer.
       Iba corriendo en la misma dirección que Morgan, pero por la acera de enfrente.
       A Morgan le asombró ver a aquellas horas a una mujer con pantalones cortos y camisa de deportes y zapatos Adidas, y con el pelo recogido en una cola de caballo que saltaba de un lado a otro.
       Corría bien.
       Pero tenía pechos demasiado grandes para su esbelta y ágil silueta. Se agitaban pesadamente, como reacios a mantener el ritmo del resto de su cuerpo.
       La mujer no se fijó en Morgan, siguió corriendo paralela a él, la barbilla al aire, pero, al sacarle ventaja, levantó el brazo izquierdo sobre su cabeza y del puño cerrado entresacó el dedo corazón.

       Morgan se vistió para ir al trabajo, hizo café y se sentó, ya trajeado y encorbatado, a ver en la televisión el programa cómico de la mañana.
       Evitó pensar en sus hijos, no se fiaba de sí mismo, pero estaba viendo lo mismo que veían ellos.
       Figuras dibujadas de las que sólo se movía la boca.
       Una especie de carrera computerizada.
       Explosiones sonoras muy detalladas.
       Le parecía interesante que una cosa tan poco semejante a la vida real pudiese estar viva.
       Como los pucheros mochicas cefaloformes: los pucheros mochicas estaban hechos en forma de cabeza humana, y tenían las facciones pintadas, y las asas hacían de orejas. Los Moche se representaban a sí mismos en estos pucheros.
       Morgan sabía estas cosas porque era viceconservador de arte precolombino en el Museum of the Under Americas de la ciudad de Nueva York.
       En las cuatro paredes de su despacho había baldas metálicas abarrotadas de pucheros cefaloformes, artículos eróticos de cerámica, vasijas decoradas de las civilizaciones mochica, chimu, chanca, lupaca y ancona tardía.
       Cada cierto número de semanas llegaba otro cargamento y él iba quedando más y más retrasado en su tarea de catalogación.
       A estos pueblos desaparecidos les obsesionaban sus propios órganos sexuales.
       Ceramizaban los órganos del sexo y describían las posturas de la fornicación y sus variantes, sin omitir el cunnilingus, la sodomía y el bestialismo.
       Los órganos sexuales eran lo más importante para los antiguos pueblos del Perú. Sus piernas, troncos y cabezas, y en consecuencia, también, inevitablemente, sus cerebros, les merecían mucho menos interés.
       Así es como los incas consiguieron destruirles, pero tampoco ellos se mostraron más hábiles, pues dejaron las armas en cuanto los conquistadores[1] se lo exigieron.
       Uno de los reyes incas capturados se ofreció a llenar una habitación con oro y plata si los españoles le ponían en libertad. Los españoles aceptaron el ofrecimiento. Cuando sus súbditos llenaron de oro y plata la habitación, los españoles dieron las gracias al rey y le rajaron el cuello.
       Morgan apagó el televisor.
       Subió al piso de arriba y ajustó los visillos de las ventanas del dormitorio. Así daba la impresión de que allí había vida.
       Reguló el cronometrador en todas las habitaciones, tanto en el piso de arriba como en el de abajo, para que las luces se encendieran y apagaran por sí solas.
       Creía sinceramente que en su casa había poca vida, y quería dar a los transeúntes la impresión contraria.
       Por la ventana del comedor vio un Cadillac blanco de modelo reciente pararse ante el portal de su casa.
       Se quedó inmóvil, tratando de pensar quién de sus conocidos tenía un Cadillac.
       Nadie se bajaba del coche.
       Corrió escaleras arriba. Desde el dormitorio de su hija vio, oscurecidos en parte por las ramas del arce, a un hombre y una mujer sentados en el coche.
       El hombre llevaba chaqueta ligera de franela azul y pantalones de sport grises. Su cabellera encaneciente estaba bien peinada, aún se notaban en ella las huellas del peine.
       Morgan no alcanzaba a ver el rostro de la mujer, pero su brazo joven y esbelto descansaba sobre el volante. La mujer tenía las piernas levantadas, y los tobillos contra el regazo del hombre.
       Se había quitado los zapatos sacudiéndoselos de los pies. Tenía la falda plisada remangada piernas arriba.
       Los pies, envainados en las medias, hacia afuera. Los dedos de los pies encogidos.
       No conozco a esta gente, pensó Morgan. Han aparcado el Cadillac de ella en un barrio donde no les conoce nadie.
       El afortunado soy yo, me han escogido porque no soy nadie.
       La mujer juntó de golpe las rodillas, luego las abrió, también de golpe. Hizo varias veces lo mismo.
       El hombre le puso la mano en el muslo. Luego apartó la mano del muslo y alzó ambas manos con las palmas hacia arriba, como apelando a su buen sentido.
       La mujer apartó bruscamente las piernas y un momento después el motor se ponía en marcha. El hombre se abalanzó hacia adelante y lo paró.
       Morgan bajó la escalera, salió por la puerta de atrás, la cerró desde fuera y reculó en su coche calzada abajo, hasta la calle. Quería ver qué aspecto tenían.
       El Cadillac ya no estaba allí.
      

Morgan había viajado mucho por el hemisferio occidental. ¿En qué país fue donde el agregado cultural norteamericano dio una vez una fiesta de Todos los Santos en su casa de la bahía? Cuando llegó Morgan en taxi las puertas estaban bloqueadas por mestizos y mestizas.
       Se congregaron delante del taxi con las manos abiertas, y gritaban en español, ceceante, dénos algo o le pegamos, dénos algo o le pegamos, y el vigilante tuvo que salir a echarlos de allí.
       Subiendo la escalinata de la residencia diplomática, Morgan volvió la cabeza y vio a los mestizos agitando los brazos entre las rejas de la puerta. Era a él a quien llamaban, con complicadas alusiones a su noble linaje.
       Eran bajos de estatura y resultaba imposible adivinar su edad. A Morgan le pareció que estaban hechos de cuero.
       Con su piel oscura y sus pómulos salientes y su pelo negro parecían restos del naufragio de antiguas inmigraciones orientales.
       Morgan los recordaba ahora, corriendo al trote lento en la fría madrugada de después de Todos los Santos, entre los restos que bordeaban la calle húmeda: una careta de niño, un envoltorio de caramelos, un rollo de papel impreso marcado por las llantas de un coche.
       Dando la vuelta a una esquina se encontró ante una calle serpenteante cuesta abajo por la que no recordaba haber corrido nunca.
       La cuesta era empinada y curva, entre casas que, teniendo en cuenta su lujoso tamaño, estaban muy juntas.
       Detrás de ellas el paisaje se perdía de pronto entre un racimo de bosquecillos que sombreaban el bulevar por el que se entraba en la ciudad.
       Morgan se vio ante una casa de la que todo, menos el tejado de pizarra, estaba escondido por una tapia de piedra.
       A lo largo de la parte superior de la tapia había triángulos de cristal verde botella hincados en el cemento, del que también salían a intervalos regulares barras de acero de construcción sujetando largos anillos de alambres de púas.
       La tapia seguía la curva de la calle, y en su extremo, a cierta distancia, un hombre vestido de negro abría con esfuerzo una puerta de hierro colado.
       Era bajo, con la piel color cuero, y tenía el pelo negro y la nariz ganchuda y rota; su mandíbula, estrecha, terminaba en punta como de flecha.
       El portal, al abrirse, le cortó el camino a Morgan, que siguió trotando sin avanzar mientras un gran automóvil negro salía de la calzada, giraba bruscamente a la derecha entre un rechinar de llantas y salía como una bala cuesta abajo; sus luces de freno relucieron hasta que se lo tragó la primera curva.
       El automóvil iba lleno de hombres sentados muy juntos, todos ellos de negro, como el portero, y todos ellos con caras de atezado aspecto mestizo.
       Luego salió una furgoneta cuyo conductor también estaba vestido de negro; en el asiento trasero iba una pequeña mestiza con el uniforme del colegio de niñas católicas: castaño y blanco, y con un montón de libros en las manos.
       Fue así como Morgan se dio cuenta de que en aquel distrito estaban las casas que ciertos gobiernos extranjeros mantenían a modo de residencias para sus legaciones.

       En noviembre Morgan recibió una carta de la madre de su esposa. El árbol estaba cubierto de follaje amarillo, y, aunque el día era oscuro, todo se empapaba de una extraña luz, como si el sol, caído del cielo, se hubiera desmenuzado en hojas.
       Fue en coche al figón que estaba en la otra parte de la ciudad, a la sombra del paso elevado de la autopista, se sentó en un rincón y se puso a leer la carta.
       De sobra sé que no es asunto mío, escribía la madre de la esposa de Morgan, pero no puedo seguir indiferente ante el sufrimiento de mi hija. Lo lógico es que dos personas razonablemente inteligentes resuelvan sus problemas.
       La madre de la mujer de Morgan era profesora de inglés. Con eso de razonablemente inteligentes lo que ella quería decir era dos personas que mostraban poseer toda la inteligencia que razonablemente cabía esperar de ellas.
       En la familia de la mujer de Morgan eran luteranos de ascendencia alemana.
       En la suya eran calvinistas de ascendencia hugonote francesa.
       La interina que llegaba renqueando todas las mañanas para hacer la limpieza en casa de Morgan después de bajarse de un autobús que paraba al fondo de la cuesta, era baptista, de ascendencia africana.
       El jardinero que rastrillaba las hojas dejándolas en un gran montón en la calle era griego ortodoxo de ascendencia yugoslava.
       Los judíos de ascendencia europeo-oriental que tenían el establecimiento de limpieza en seco se lo acababan de vender a unos budistas de ascendencia coreana.
       El encargado del figón le dio un gran menú y le sonrió con todos sus dientes de oro.
       Hola, compadre[2], le dijo.
       Morgan miró el menú: podía comer chili, o sopa de pollo, o manitas de cerdo, o estofado de cordero a la irlandesa, o lasagna, o souvlaki.
       Yo no soy razonablemente inteligente, pensó Morgan. Lo que soy es irrazonablemente inteligente.
       Me atormenta la visión de las eternas emigraciones de la humanidad, siempre lamiendo la tierra, prehistórica, histórica e incluso contemporáneamente.

       Morgan se levantó más tarde que de costumbre, se puso sus pantalones y su camisa de correr, calcetines cortos y zapatos de sport, y salió a la calle.
       Había dormido más de la cuenta porque caía una nieve suave y húmeda que transformaba todos los ruidos.
       La nieve caía suave como plumón sobre sus hombros y sobre la capucha que se había puesto y que estaba sujeta al cuello con un cordón.
       Nieve pesada, blanca, húmeda, cayendo ante sus ojos, agrumándosele contra las pestañas.
       Él corría por el centro de la calle, siguiendo el cauce marcado por las llantas de los automóviles.
       La nieve, al cuajársele en las ranuras de las suelas de sus zapatos, le desequilibraba, dificultaba su marcha.
       Esta sensación de peligro quizá mortal le reanimaba.
       Llegó a una esquina y fue cuesta abajo por la pendiente curva de la residencia de la legación extranjera, porque allí el suelo sería todavía más traicionero.
       Unos momentos más tarde se sintió como levantado en el aire.
       Un increíble dolor en el pecho. Ni respirar podía.
       Azotando el aire con sus cuatro miembros dio media vuelta y se tambaleó, inerme, entre la nieve que caía, como un nadador cogido por una ola.
       Se encontró de pronto a cuatro patas, manos y rodillas enterradas en la nieve. Tenía la impresión de que hubiese pasado muchísimo tiempo.
       Pero bajo la nieve había luz. Veía los cristales fundirse ante sus propios ojos. Pasó la mano sobre los cristales y vio manchas de sangre roja.
       Se levantó, jadeante, ansioso de aire, sacudiéndose tarugos de nieve. Cayó de rodillas y volvió a ponerse, vacilante e inseguro, en pie.
       La residencia de la legación extranjera ardía.
       La puerta de hierro de la legación había sido arrancada de sus goznes.
       La portezuela de un automóvil negro resbalaba, sin rumbo, cuesta abajo.
       La nieve caía mezclada de ceniza. Pedazos de metal se enquistaban en la nieve en torno a los pies de Morgan.
       Del cielo cayeron varios libros de texto.
       Morgan oyó algo que parecía una bandera agitándose al viento como las alas de un ave; oyó chillidos, cristal que se rompe.
       Recogió, y lo volvió a dejar caer, un calcetín color castaño, dentro estaba la pierna de un niño.
       Una mujer con chandal corría cuesta abajo hacia él, tenía la boca abierta, las sienes cogidas con ambas manos.
       Morgan la reconoció: era la misma que le había hecho aquel signo grosero una mañana temprano el verano anterior.
       ¿Pero qué es todo esto?, le preguntó Morgan. Se sentía incómodo. ¿Fui yo quien lo hizo?, dijo, tratando de sonreír, de hacerse agradable a sus ojos, alisándose el pelo con la mano ensangrentada.


N. del T.:

[1] En castellano en el original.

[2] En castellano en el original.

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