Eudora Welty
(Jackson, Mississippi, 1909-2001)


La novia de «Innisfallen»
(“The Bride of the Innisfallen”)
The Bride of the Innisfallen and Other Stories, 1955



      Aquel impermeable tenía algo de pabellón, el modo en que —durante unos instantes, en medio de la multitud— flotaba, con sus rayas de color amarillo y salmón, verticales sobre el A suelo húmedo del andén, expandiéndose al andar. En la penumbra de Paddington se veía un poco oscuro, pero ahora comenzaba a exhibirse, y una vez en el vagón resplandecía como el arco iris.
      A él subió una mujer de edad madura que parecía una niña protegida: un empujón para subir que ella fingió no necesitar o no haber notado. Era de huesos grandes y más alta que el hombre que entró después de ella cargado con la maleta; subió, robusto, con una sonrisa de muñeca, el traje negro húmedo; ella le dirigió una mirada. Era una despedida. El tren a Fishguard que enlazaba con el barco que iba a Cork saldría dentro de quince minutos: a las cuatro de la negra tarde de aquella primavera que se negaba a florecer. Ella, sin duda, era la que se marchaba.
      Aún no había nadie en el vagón, tan solo una joven, y no era irlandesa.
      Sobre aquel rostro que era una fortaleza, el sombrero azul de la mujer del impermeable parecía un sombrero indio o, más bien, un sombrero viejo, que lo era. El cabello que había sido estirado más allá de sus límites caía ahora, coqueto, en dos granadas rojizas y grises sobre sus mejillas.
      Tenía una mirada casi indulgente, si bien nerviosa. De momento mantenía su brillo. Aun así, en algún lugar, en algún momento, la propietaria de aquellos ojos tal vez esperara enfrentarse a una situación trágica. Cuando el hombre robusto colocó la maleta en la rejilla portaequipajes, ella se enterró en el asiento de debajo, como si acabara de hacerse algo que no tenía marcha atrás, y con miradas tiernas se sacudió el hollín y las gotas de lluvia, apartándolas hacia él. El hombre seguía de pie a su lado —lo que tenía corto eran las piernas— y después, mientras la mujer dejaba caer las manos en el regazo, lleno de manchas brillantes, ambos se quedaron mirando fijamente al frente, como a la espera de una metamorfosis.
      La joven americana sentada frente a ellos no podría entender nada de lo que decían mientras no dejara de considerar necesario hundirse. Mientras el tren siguiera en la estación, su temprana llegada parecía delatar todos sus problemas. Se marchaba de Londres sin que su marido lo supiera.
      Vestía ropa americana, bastante desgastada, y llevaba unos zapatos delgados y, sentada muy derecha, tiraba hacia arriba del abrigo y se cubría el cuello y las orejas. Bajo la extraña y tenue luz de la estación, daba la impresión de que la gente estaba de pie y se movía por un escenario oscuro; ahora, andén y tren debían de estar ocupados casi en exclusiva por irlandeses.
      Una cuarta persona entró en el compartimento, un hombre bajo, de aspecto apasionado. Apareció allí de súbito, como un presente, como si un brazo extendido les hubiera hecho entrega de un ramo de rosas o de un telegrama. Daba la impresión de que había algo en él a punto de estallar, pero —se quitó el abrigo mojado, lo tiró al suelo, lo lanzó por encima de su cabeza, se dejó caer en el asiento— se portaría bien.
      —¿Qué hora es? —El hombre robusto habló con suavidad, tal vez como si el recién llegado la hubiera traído consigo.
      La mujer inclinó la cabeza y después la levantó para mirarlo; ella lo sabía:
      —Faltan seis minutos para las cuatro.
      Llevaba un reloj de pulsera que parecía muy preciso.
      Los oscuros ojos del hombre robusto se encendieron, miró hacia fuera, hacia la lluvia, y preguntó a la joven americana si también ella iba a Cork, pregunta que en un primer momento ella no entendió, pues el hombre tenía una voz muy musical.
      —Sí… eso es…
      —Las cuatro menos cuatro minutos —dijo la mujer del impermeable de tal modo que cada «cuatro» sonó como una condena.
      —No tienes que salir del vagón hasta llegar a Fishguard —le dijo el hombre robusto, murmurando suavemente, como si ya se lo hubiera dicho antes y ahora se lo repitiera—. Cuando llegues a Fishguard reserva un camarote. Por la mañana ya estarás en Cork.
      La mujer escuchaba con semblante risueño, como si nunca hubiera oído hablar de Cork y no se lo creyera, y abría y cerraba aquellos grandes y pesados párpados blancos. Cuando él cruzó las piernas ella pasó disimuladamente el brazo por debajo del de él y se acomodó a su lado en el asiento.
      Entrelazando los dedos de puntas negras como un modesto acordeón, el hombre dijo:
      —Dos damas camino de Cork.
      —Las cuatro menos dos minutos —dijo ella, entornando los ojos.
      —Al llegar a Fishguard, pasarás por la aduana —dijo él—. Abrirán tu maleta y la inspeccionarán.
      Comprobarán que no intentes entrar nada inadecuado en el país. —Miró a la mujer por encima de sus brazos entrelazados, como si fuera una desconocida que le hubiera preguntado sobre las costumbres y la función de las inspecciones de aduana en el mundo. Al dejar de sonreír, pareció que se sujetara con fuerza; dijo firmemente—: A continuación, podrás embarcar.
      —¡Y no tendrá ocasión de comprar bebida durante todo el trayecto! —gritó el nuevo pasajero.
      Hasta ese momento tan solo habían oído su respiración acelerada. Tenía un perfil limpio, corto, tierno, ligeramente alarmado: oscuro, de cabello liso cortado no hacía ni diez minutos, con un leve corte por encima de la oreja. Pero aquel viajero que aún sangraba, un hombre de Connemara según él mismo estaba contando, siempre lo hacía todo en el último momento, porque esa era su manera de ser.
      Tuvieron la sensación de que el tren estaba a punto de salir. Entonces el guardia comenzó a gritar.
      El hombre robusto y la mujer del impermeable se levantaron y avanzaron hacia la puerta, las cuatro manos entrelazadas. Ella agachó la cabeza. Llevaba un sombrero lleno de pliegues y formas.
      Allí, bajo la luz lluviosa, mostraba un caos de velo azul que le caía por detrás, y cuando de repente se volvió, brillando justo encima de los ojos había un broche de oro en forma de dos eslabones entrelazados, como los que se supone que hay que separar en los juegos de magia para aficionados. El impermeable de ella desprendía un olor a menta que tal vez había reservado para aquella ocasión.
      —No hará falta que salgas del vagón en ningún momento —dijo él.
      Ella ladeó la cabeza. Sus mejillas brillaban tanto como sus ojos. Se abrazaron, se separaron; el hombre de Connemara lo observó mientras salía por la puerta. Entonces la pareja se dio las manos a través de la ventanilla. Como si ella estuviera subida a una torre y él, elevado hasta sus pies, lo más alto posible, en una escalera, o una cuerda, bajo la lluvia.
      Había multitud de gente ajetreada. En el último momento cuatro personas más irrumpieron en el compartimento. Un chico lanzó sus bolsas en el interior, silbando con fuerza, sin prestar ninguna atención a quienes se despedían de él, ni a los pies que había en el vagón, y accedió a que una joven mujer que lo había seguido colocara una de sus bolsas en el portaequipajes y le guardara el asiento.
      Por ello los jóvenes y las muchachas que se agolpaban en la puerta la acribillaron con frases de gratitud; ella les sonrió con calma, e incluso en aquel gesto mostró su embarazo, y lo mostró bajo su abrigo azul calmo. Una pareja de enamorados fueron los últimos en entrar, como una sombra, y ocuparon dos asientos cercanos a la puerta del pasillo, atrapando en medio al hombre de Connemara y, en cierto modo, desplazando a la joven americana hacia la esquina de su asiento. Sencillamente, no se abrazaban, no se tocaban, no estaban enfadados, no llegaban demasiado tarde. Sin el fantasma de la impaciencia o la pelea, sin cambiar de sitio ni una sola vez, se instalaron en el silencio: dos perfiles, el de él, oscuro y libre de enfado, el de ella, joven, con el cabello liso.
      —Las cuatro en punto.
      La mujer del impermeable hizo el anuncio con tono ahogado y todos los del compartimento guardaron silencio, casi como si los hubieran sorprendido. Ella y el nostálgico hombre robusto seguían cogidos de las manos a través de la ventanilla y seguían teniendo los rostros encendidos como faros sonrientes. Las puertas exteriores se cerraron de golpe en una larga retirada en ambas direcciones y el tren se movió. Los .que había fuera comenzaron a correr junto al tren, después a agitar pañuelos, los jóvenes gritaban preguntas y expresiones de envidia, las muchachas —sin duda todas ellas irlandesas, desaforadamente bellas—, se apartaban desaforadamente, su cabello echado hacia delante, convertidos en banderines oscuros y brillantes por la succión del tren. El pequeño hombre robusto permaneció allí durante un momento y a continuación, jadeando, desapareció.
      La mujer, aún de pie, se tornó de súbito muy llamativa. Su cuerpo podría haberse solidificado en el suelo bajo aquella cubierta abotonada. (Lo que llevaba debajo del impermeable era solo asunto suyo y seguiría siéndolo.) A continuación sacó la lengua a todo lo que dejaba atrás.
      —¡Oh, Dios mío! —El hombre de Connemara estalló; y pareció aliviado.
      El chico silbaba «Funiculí, Funiculá» con notas casi demasiado agudas para poder oírlas. En las ventanas llovía, estaba diluviando. La negrura de Londres nadaba como ceniza pegada a los ojos y no desaparecía. La joven esposa, recostada, con los ojos puestos durante un rato en el chico, le dirigió una mirada lánguida y débil, sin llegar a menear la cabeza por su comportamiento. El chico dejó de silbar, pero al mismo tiempo estaba claro que ella no era su madre; la cara de la mujer mostraba grados de maternidad como otras caras muestran grados de amor o de enfado. Solo se comportaría como su madre durante el viaje.
      Entonces tuvo el bonito detalle de comenzar a cantar «Funiculí, Funiculá», y los otros la acompañaron, el chico con expresión muy seria, como si ahora detestara la canción. Después cantaron algo más irlandés, sobre el mar y el regreso a casa. Pero la vibración de los raíles hacía que la canción sonara extrañamente española e irremediablemente deseosa; viajaban cerca del final del vagón, donde el golpeteo era único y fuerte.
      Cuando la mujer del impermeable se desabrochó el botón de arriba y propuso «Wild Colonial Boy», su cabeza, aún cubierta por el sombrero, comenzó a marcar el ritmo, a guiarlos a todos; tal vez fuera la dueña de un bar. El chico, cuya mirada se encontró con la de las mujeres, sacó una armónica muy brillante como si sacara una pistola y casi ahogó sus voces. La joven americana parecía no saberse la letra, pero los enamorados cantaban, con expresión de extraña valentía.

      Avanzaban rápido; la mujer, que ya se había sentado, se alisó el impermeable con el mismo ruido sordo del cierre brusco y temerario de cajones de cómoda, y sacó de su bolso una cajetilla de Player.
      Sacó un cigarrillo a medio consumir y pidió fuego. El joven enamorado fue tan rápido que estuvo a punto de anticiparse a la petición. Cuando la punta se puso al rojo vivo, ella dejó caer la mano como un pájaro herido para apartarla de la llama que él, con cierta torpeza, le acercaba. Entre caladas, la mujer sostenía el cigarrillo por debajo de las rodillas y lo volvía hacia la palma de la mano, convertida en un caldero que el chico no podía dejar de mirar.
      La joven americana abrió un libro y lo cerró. La mujer del impermeable, cada vez que pasaba por encima de todos los pies para salir del vagón —inmediatamente detrás de su cigarrillo, hizo varias excursiones— se volvía y les lanzaba una mirada. Una mirada de «no digáis una palabra, ni empecéis nada, ni caigáis en brazos de otro, no leáis, ni os peleéis, hasta que yo vuelva». Tal vez los inspirara y atrajera con su mirada. Y era tan poco agraciada que debía ser divertida, como una actriz de teatro; quizá fuera divertida más tarde.

      En una estación pequeña y olvidada, subió al tren una colegiala, ocupó el asiento vacío que había en el compartimento y abrió una novela por la primera página. Todos guardaron silencio. A juzgar por el aspecto de la niña, debían de estar en Gales. Apenas cruzaron palabra con la niña antes de que se pusiera a leer. Se sentó junto a la joven esposa. En su caso, el sombrero de la escuela ocultaba su agachada cabeza como un apagavelas; de sus rasgos, tan solo se le veía la pequeña boca, ligeramente abierta y activa. Incluso su labio superior estaba cubierto de pecas oscuras, también el dedo que levantaba y pasaba la página.
      El chico tocó una escala en la armónica con respiración acelerada, la joven esposa gritó:
      «¡Victor!», y todos sintieron cierta lástima por él y se quedaron con su nombre.
      —¡Aire! —dijo ella de repente, como si hubiera notado la mirada de todos.
      El hombre de Connemara se abalanzó sobre la ventana y corrió el cristal, después se acercó a la puerta del pasillo y la abrió de par en par, justo cuando pasaba por delante una mujer con un bebé de ocho o nueve meses. Era un niño de cabello rojo y mofletes imponentes que miraba alrededor con los ojos entrecerrados, como si preguntara: «¿Me harías el favor de repetir lo que acabas de decir?».
      —¡Oh! ¿No es una preciosidad? —gritó la joven esposa con tono de reproche. Habría tendido las manos.
      No hubo respuesta. Siguieron adelante.
      —Una niñera inglesa viajando con un niño irlandés, fijaos bien, el niño tiene un aspecto tan espléndido, y ese estilo, el vestido, las enaguas, ¿creéis que ha secuestrado al pequeño? —preguntó la mujer del impermeable mientras daba una calada al cigarrillo.
      —Oh, Dios mío —dijo el hombre de Connemara.
      Durante un momento la colegiala emitió dos únicos sonidos: contuvo la respiración y sollozó por algo de su libro.
      —La idea de un secuestro es un poco descabellada —agregó el hombre de Connemara—. Tal vez la mujer sea sordomuda.
      —Esta noche no he podido dormir pensando en la maldad que viajaría en el tren y en el barco conmigo. —La piel de la joven esposa enrojeció hasta las sienes.
      —No es culpa suya.
      La colegiala agachó más la cabeza y, sin dejar de leer, abrió una mochila de lona que tenía a sus pies en la que —todos la observaban— había un termo, una fiambrera cerrada con llave, un plátano y una Biblia. Escogió el plátano a tientas, se lo llevó a la boca y se lo comió mientras leía.
      —Si es un secuestro, saldrá en el periódico de Cork del domingo —dijo la mujer del impermeable con seguridad—. Los trenes son el escenario perfecto para que pasen cosas de todo tipo. No hay nada que pueda sorprenderme.
      —Pero este es nuestro tren —repuso la joven esposa—. Mujeres solas, salvo excepciones, pero a menudo mujeres que hacen el largo viaje a solas o con niños.
      —El mal aparece donde menos lo esperas —dijo el hombre de Connemara, como si no le importaran los niños—. Hay una cosa y otra, y así siempre, sigue el abecedario con el dedo y fíjate bien en dónde se detiene.
      —No veré el periódico de Cork —respondió la joven esposa—. Pero, ¡ay!, prefiero quedarme sin aire que respirar a ver a ese pobre bebé de nuevo delante de la puerta, extendiendo los brazos hacia mí.
      —Entonces, cierre la puerta —dijo el hombre de Connemara, y señaló al joven enamorado, que era quien estaba sentado más cerca.
      —Disculpa —susurró el joven a la muchacha, y cerró la puerta junto a sus rodillas, cerca de donde ella descansaba la mano abierta.
      —Pero ¿por qué habría de llevarse al niño secuestrado a Irlanda? —gritó de repente la joven esposa.
      —Sí… habéis hecho el viaje hacia atrás. Si fuéramos en la otra dirección, sería una historia muy diferente. —Y la mujer del impermeable la miró con prudencia.

      El tren comenzó a detenerse en una estación grande de Gales. La colegiala, tras un momento de parálisis, se levantó y salió al pasillo en un sueño. Vieron que el libro que cerró se titulaba Semental negro de las colinas. Un hombre alto y corpulento subió al tren y ocupó su lugar. Era en aquella estación, como todos sintieron, donde dejaban de abandonar un lugar y comenzaban a llegar a otro.
      El alto galés entró en el compartimento entre los comentarios de los demás viajeros y, con gran fuerza, como una maldición, lanzó su bolsa encima de varias de las de ellos, donde creían que ya no había espacio, y ocupó el asiento sin preguntar. Con gesto grave, se acomodó en medio de ellos, entre Victor y la mujer del impermeable, frente al hombre de Connemara. Tenía el cabello separado en dos matas y un ojo saltón —como el del caballo en plena tormenta de los viejos cromos del Oeste americano—, uno de aquellos ojos que se supone que pueden atraer los relámpagos. En el silencio de aquella lóbrega parada, el hombre se palpó todos los bolsillos: no se había dejado nada, solo lo comprobaba. Tenía las manos salpicadas de algo bastante oscuro.
      —Y bien, ¿adónde se dirige? —preguntó primero al hombre de Connemara y después a los otros, y cada vez la respuesta fue «A Irlanda». El hombre parecía excesivamente asombrado.
      Encendió una pipa y apuntó con ella al chico.
      —¿Qué has estado haciendo en Inglaterra, eh?
      Victor retorció el cuerpo hacia delante y mordió la correa de la puerta.
      —Ha ido a una boda —dijo la joven esposa, como si ella y Victor estuvieran diciendo lo mismo de dos maneras distintas, y le sonrió plenamente por primera vez.
      —¿Quién se casó?
      —Mi hermano —respondió Victor con voz ahogada, sujetándose aún de aquel modo temerario mientras el tren, con cada sacudida, lo mecía de un lado a otro.
      —¿Una gran boda?
      Dos galgos cubiertos con mantas de cuadros, como ancianas peligrosamente estáticas que tuvieran la esperanza de que nadie las viera, entraron a toda velocidad, salieron y cruzaron la puerta del pasillo que el recién llegado galés no se había molestado en cerrar. El brillo en la mirada del hombre que los seguía, con el cinturón en alto mientras tiraba de los perros, también era salvaje.
      —¿Una gran boda?
      —Toda mi familia estaba allí, si es eso lo que pregunta. —Victor mordió con fuerza; olía a cuero.
      —Ah, su pobre madre ha terminado en la cama, tan sensacional fue la boda —respondió la joven esposa—. Por eso ella está en Inglaterra y Victor aquí, solo.
      —Habrás echado de menos la escuela. ¿A qué escuela vas? ¿Vas a la escuela? —Con la fuerza de sus ojos, el galés logró que Victor soltara la correa y respondiera sí o no.
      —A la escuela, sí.
      —¿Estudias francés, y todo lo demás?
      —Ah, lenguas para qué. ¿De qué vale saber irlandés? —preguntó Victor con vehemencia, y alguien le dijo:
      —¿Qué te dice tu madre?
      —¿Qué le pasa a tu madre? —preguntó el galés.
      —Lo de siempre. Pregúnteselo. Pero somos dos hermanos por una parte y cinco por la otra.
      —Estáis separados.
      La joven esposa dejó que Victor subiera al asiento y bajara la bolsa de papel del portaequipajes para poder darle una naranja. Sacó también un trozo de bordado, cuadrado y sucio, que la mujer extendió sobre su hermoso brazo y mostró a los demás.
      —¡Precioso!
      —«Pequeña casa de campo», se llama.
      —Sí, veo la casa. Es pequeñita, como todo lo que la rodea.
      —Sabía que os dejaría encandilados. Es una obra de arte.
      —¡El conejito que asoma la cabeza!
      —Hace que te den ganas de ir por la pistola —dijo el galés a Victor.
      —Mi abuela. Con ochenta años, murió, de repente, en una visita a Inglaterra. Que Dios la tenga en su gloria. Y ahora llevo esta obra de arte de vuelta a casa, a Irlanda —dijo la joven esposa.
      —Es natural.
      —Debes llevártela, con todas esas pequeñas puntadas que dio tu abuela.
      Envolvió la labor, como cualquiera pudo ver —como tal vez en ese momento se veía a sí misma—, doblando una manta sobre la cuna y metiendo por debajo las puntas. Victor, ahora sucio y perfumado de naranja, saltó como un tigre para dejar de nuevo el paquete en la rejilla portaequipajes.
      —No, no creo que aprender irlandés te sirviera de mucho —dijo el galés—. No es una lengua de verdad.
      —¿Por qué no? —preguntó al instante la mujer del impermeable—. Tengo un hermano que habla irlandés con mucha fluidez y es un hombre muy popular. No cabe duda de que cuando los ingleses te oyen hablar una lengua que no entienden, al final terminan por tenerte respeto.791
      —Usted es de Londres. —El galés se llevó la pipa a los labios y fumó.
      —Oh, Dios mío. —El hombre de Connemara se dio una palmada en la cabeza—. Mi mujer es inglesa. ¿Cómo se lo tomaría? No quiero ni pensarlo. ¡Imagine que de repente comienzo a dirigirme a ella en irlandés! ¿Cómo le sentaría que su marido le hablara solo en irlandés? ¡O en galés, por el amor de Dios! —Buscó la mirada de todas las mujeres, la última la de la jovencita irlandesa, que no parecía haber prestado atención a la pregunta—. ¡Ajá, ja, ja! —gritó rápidamente y con actitud desesperada, pidiéndole tan solo que se riera con él.
      Pero el brazo del joven estaba extendido sobre el respaldo y ella estaba sentada debajo de su arco, como si fuera la entrada a una cueva, lo cual, sin duda, todos vieron.
      —¿Le apetece una galleta? —preguntó con amabilidad la joven esposa al hombre de Connemara.
      Él cogió una sin decir palabra; en ese momento no tenía palabras, ni en inglés ni en irlandés. A continuación la mujer abrió otro paquete—. Hay un montón —comentó.
      —Oh, espera —dijo la mujer del impermeable al tiempo que se levantaba. Y entonces abrió un paquete que parecía un tonel, lleno de toda la comida que podía sacarse sin riesgo de Inglaterra.
      Les ofreció caramelos, bizcochos con mermelada, galletas, plátanos, frutos secos, gajos de naranjas estallantes, pan con mantequilla, y todos ellos, en aquella corriente de hospitalidad y calor, disfrutaron de la comida. Todos participaron, salvo el galés, que dijo tener una cena en Gales. Fue más que nunca como una pequeña fiesta, de algún modo mucho más sofisticada, muy triste para pasarla con la nariz pegada al cristal de una ventana. Sirvieron té de dos termos humeantes; las ventanas negras —porque el sol ya se había puesto, aunque no había asomado en todo el día entre la lluvia y la niebla— los abrigaban y resguardaban de lo que volaba por fuera.
      —¿Me podría dar el nombre de algún lugar donde hospedarme en Cork? —La joven americana se dirigió al hombre de Connemara mientras él le ofrecía una galleta.
      —¿En Cork? Ah, pero no creo que quieras quedarte en Cork. Killarney es mucho mejor, si quieres ver las maravillas de Irlanda. ¡Los lagos y las montañas! Azules como cielos azules, los lagos. Es allí donde deberías ir, a Killarney.
      —Quiere decir que debería escalar la colina de Tara —dijo el guardia, que, acompañado de un soplo de aire frío, había entrado a picarles de nuevo los billetes—. Todo el camino hasta arriba, hasta los rath, para que, a la luz de las velas, sus ojos descubran algo que no habían visto antes, si eso es lo que quiere. ¿No ha subido nunca a la colina ni ha entrado en un rath, señorita? Tal vez necesitara un poco de impulso, no sé su talla, pero no creo que fuera dificil ayudarla a llegar hasta allí. —Picó su billete mientras le dedicaba una mirada azul y amable, y salió del compartimento.
      —Bueno, voy al vagón restaurante. —La mujer del impermeable se puso en pie bajo la tenue luz del techo, que brillaba en sus hombros. Luego, con su larga nariz propuso a los otros que la acompañaran. En realidad, ¿tenía intención de comer, después de aquella esplendidez? Todos se rieron, como si, sorprendidos, quisieran animarla a ello, y la joven americana murmuró con tono monótono:
      —Yo no, tengo que escribir una carta.
      La mujer salió, con su largo abrigo brillante y ruidoso. El chico se quedó mirándola, el primer viento marino entró por la puerta abierta, y su remolino asintió como una flor oscura.793
      —Magnífica —dijo el hombre de Connemara—. Grande e imponente, esa mujer, desde luego.

      Allí fuera, las niñeras, golpeadas por ráfagas de viento adverso, chillaban en silencio por los pasillos como en una pesadilla. Debía de ser como el túnel del amor para ellas: esa idea pasó por la cabeza de la joven enamorada.
      ¡Estaba tan rígida! Se levantó con dificultad, se tambaleó levemente al salir del compartimento.
      Se quedó a solas en el pasillo. Un joven pasó junto a ella, tenía bigote suave y rubio, cabellos suaves y rubios, peinándose…, oh, maravilloso. Entonces llegó un sombrero como el del viejo Cromwell, sobre la cabeza de una dama, que también llevaba una capa de piel, un bastón, zapatos planos y elegantes, y un libro pesado con un lápiz en su interior. La anciana golpeó el suelo con su bastón e hizo que un amable anciano con polainas y sombrero con cinta se hiciera a un lado para dejarla pasar. Toda aquella gente se dirigía a los vagones restaurante. La mujer asomó la cabeza por la ventana del pasillo, a la noche galesa, que, vista desde dentro —con la cabeza metida en su boca— no se veía negra sino pálida. Gales era formidable, como una barrera. ¿Qué contornos que ella no lograba ver se alzaban allí fuera, densos y heráldicos? Las luces se reflejaron sobre las paredes de un túnel, brillaron los manantiales siempre vivos que habían secado para hacer los túneles. ¿Deberían haber empezado a abrirlos, aquellos túneles? A veces había destellos. Se suspendió en la noche herida durante un minuto: había que dejar que él deseara que ella volviera.
      —¿A qué se dedica en Inglaterra? ¿Está muy ocupado? —preguntó el galés, apuntando con la caña de su pipa al hombre de Connemara.
      —Sí, crío pájaros en Sussex, si se refiere a mis aficiones.
      —Menudo estruendo, ¿no le parece? ¿No pasa las noches en vela por culpa de los pájaros?
      —Al contrario. Ni siquiera los oigo. Por supuesto hay pájaros que, más que cantar, mantienen conversaciones. A veces escucho sus conversaciones.
      —Se refiere a los loros, supongo. ¿También tiene loros? ¿Les enseña a hablar?
      —Periquitos. Oh, tuve uno que era un conversador maravilloso, pero curioso, muy extraño y curioso, en cuanto a sus hábitos alimentarios.
      —¿Qué comía? No se puede esperar demasiado de un pájaro así.
      —¿Así, cómo?
      —Un loro que habla pero no come bien, el que me acaba de decir que tenía.
      —Aquel pájaro era una excepción. No estaba en venta.
      —¿Se hace responsable de sus pájaros?
      Todos permanecieron a la espera mientras atravesaban ruidosamente un túnel.
      —¿A qué se refiere con «responsable»?
      —Responsable: me vende un pájaro. Pero no habla, ni canta. ¿Puedo devolvérselo?
      —No. Es un don divino, amigo.
      —¿Cuántos años tiene ahora el pájaro? ¿Tiene buena salud?
      —Por culpa de las circunstancias de Inglaterra, no podía conseguirle las especialidades que más le gustaban, y un día entré y me encontré al pájaro tieso. Aun así, es una afición bonita. Muy interesante.
      —¿Le habrían dado al menos cinco libras por ella, si le hubiera encontrado comprador? ¿Qué era lo que tanto le gustaba comer?
      —Era macho, y no estaba en venta, y si hubiera habido quien lo hubiera querido vender, habría pedido por él ocho libras.
      —Ah. ¿Comía lo que no debía?
      —Más bien no podía comer lo que no debía. Lo destruyó un apetito mortal por comida que no imaginarían que un pájaro pudiera desear. Jamás he criado ningún otro pájaro que se desarrollara tan bien, que aprendiera tan rápido y que tuviera tantas cosas que decir.
      —Y nunca intentó venderlo.
      —Para empezar, no podía permitirme soltarlo en Sussex. Le dije a mi mujer que no limpiara su jaula sin tomar todas las precauciones, que no hablara mucho con él, como solía hacer.
      El galés lo miró.
      —Bueno, murió —dijo.
      —¡Pase usted por mi casa! —gritó el hombre de Connemara—. Mire por la ventana, como seguramente querrá hacer, y verá allí el pájaro… disecado. En un primer momento creerá que está vivo. ¡Pico abierto! Hablando con los últimos, como usted o como yo, cuyas almas necesitan salvación.
      —Almas. ¿La Iglesia principal en Irlanda es la católica? ¿Diría que Irlanda es un país católico?
      —El galés empezó de nuevo.
      —Sí, lo diría.
      —¿Hay una iglesia católica donde usted vive, en su ciudad?
      —Sí.
      —¿Y usted va?
      —Sí.
      —Suponga que un día no lo hace. Si no va a la iglesia, ¿el sacerdote le impone una multa?
      —¡Por supuesto que no! ¡El padre Lavery! ¿Adónde quiere ir a parar?
      —Suponga que es domingo (mañana es domingo) y no va a la iglesia. ¿Tendría que pagarle una multa al sacerdote?
      El hombre de Connemara bajó su oscura cabeza; miró fijamente a los enamorados, pues ella ya había regresado a su asiento.
      —¡Por supuesto que no! —Siguió mirando a la muchacha.
      —Ah, en estas ventanas que ahora se han vuelto tan negras parecemos casi fantasmas —susurró ella, mirando más allá. Entonces él dijo:
      —En un castillo que conozco se ven por las paredes.
      —¿En qué castillo? —preguntó la muchacha enamorada.
      —Querrás decir qué fantasmas. Primero llega ella, después él.
      —¿En Connemara?
      —Ah, tú no has estado allí. Mañana por la noche ya habré llegado. Ella llega primero porque está loca, y él lentamente, con el puñal todavía clavado, ¿comprendes? Destruido por ella. Ella se pasea por el lugar, con solemnidad, se deja ver sin timidez. Entonces llega él, de mala gana, sin poner los pies en el suelo…, deslizándose por el aire. Como un pez ensartado, podría decirse, por el puñal. Porque son una pareja, él y ella, dos partes sin duda unidas; y mientras los miras van saltando por el aire brillante, de luz de luna tal vez, desplazándose juntos, en la intimidad, como un par de cometas que empiezan de nuevo.
      El cabello liso de la muchacha, cortado por la nuca y terminado en punta, su naricita afilada que se prolongaba por la línea no sangrada que comenzaba en su cabello, sus ojos flotantes e imaginativos, los mantenían a todos, igual que a su enamorado, en la calma más perfecta. El amor era ahora asombro. Los enamorados no se tocaban, por mil razones, pero aquella era una.
      —¿Qué empiezan de nuevo? —preguntó el galés—. ¿Acaso los ha visto?
      —Así es, no soy ninguna excepción.
      —¿Nos puede decir quiénes cree que son?
      —Visite la zona y encontrará quienes le pueden dar detalles morbosos. Yo solo me hago una idea general de su personalidad y su temperamento, que me he formado tras varias deducciones.
      Entonces, ¿usted nunca ha visto un fantasma?
      El galés lo miró como si lo hubieran golpeado injustamente, como si una pregunta ahora, en ese lugar, fuera a llevar las cosas demasiado lejos. Pero se limitó a responder:
      —Los he oído.
      —Ah, guárdeselo para usted, entonces, no diga nada durante todo el viaje, no fanfarronee, hágame el favor —gritó la joven esposa—. A algunos nos basta con los fantasmas irlandeses por esta noche, no hace ninguna falta mezclarlos con los galeses y sus chillidos, y justo delante de nosotros se pasean por encima del agua, salvo por delante de usted.
      —Entonces no le molestan lord y lady Beagle, ¿verdad? No deberían asustarlo, son encantadores y están casados. Aún casados. Vaya, acabo de recordar sus nombres, ¿qué le parece? Lord y lady Beagle, como si hubieran enviado una postal. ¡Ja, ja! —De nuevo, el hombre de Connemara trató de provocar esa risa cantarina en la aterrada muchacha, de quien aún no había apartado la mirada.
      —No —le rogó la joven esposa, obligándose a dirigir los ojos a su palma, que parecía una bandeja—. Esos nombres son absurdos, disparatados, para fantasmas.
      —Bueno, ¿qué clase de fantasmas cree que son?
      Sus miradas se encontraron entre la risa y el remordimiento. Ella negó con la cabeza.
      —No hay fantasmas —dijo Victor.
      —Toma, chupa esta dulce naranja —le susurró ella, como si el chico estuviera celoso.
      —Aquí llega la novia —anunció el galés.
      —Oh, Dios mío.
      Pero ¿qué relación tenía ella con el galés?
      Entonces entró la mujer del impermeable radiante, que regresaba de cenar, pero el hombre, sin pararse a pensar, preguntó:
      —¿Tiene que confesarse? ¿Con frecuencia? Suponga que se confiesa: palabras malsonantes, pensamientos lascivos, cosas por el estilo. En tal caso, ¿el sacerdote le hace pagar una multa?
      —La confesión es voluntaria, así que ¿por qué no? —señaló la mujer, pasando por encima de los pies de todos.
      —¿Usted también es católica? —dijo él mientras la mujer se cernía sobre sus rodillas.
      Y mientras todos cerraban los ojos, ella cayó en su regazo, sentada encima de él. Incluso los perros, que ahora corrían a toda velocidad en la otra dirección, se detuvieron durante un instante, con la lengua fuera. Entonces un perro entró con ellos. Aquel galgo se lanzó adelante, atrás, se echó en el suelo, sacudía el rabo como si fuera un dragón. Los ojos de la mujer contemplaban la confusión, y pequeñas burbujas de aburrimiento y sospecha comenzaron a juguetear bajo la piel de sus mofletes, buf, buf, buf, mientras las arrugas de varios recuerdos e inquietudes se formaban y desaparecían de su frente como pequeñas puntas de relámpago.
      —Vaya, mirad qué tenemos aquí —dijo el enamorado—. Aquí, muchacho, aquí.
      —Se llama Telefonista —dijo la mujer del impermeable, ahora de pie y enderezándose con ampulosos movimientos de las manos—. Acabo de hablar con su cuidador. Mejor no provocarla. Es una ganadora, según él.
      La mujer se dejó caer en el asiento y dirigió una mirada alrededor como si ella siempre hubiera sido demasiado femenina para aquel lugar. Su cara soñadora se volvió lentamente y se encontró con la mirada severa y adusta del galés: él parecía estar esperando una disculpa por parte de alguien.
      —Pocos corren tan deprisa para al final no conseguir nada como le sucede a ella —dijo la mujer.
      Telefonista se estremeció, comió algunas migas, tosió.
      —Me avergüenza oírle decir eso. Consigue la gloria —respondió el hombre de Connemara—.
      ¿Cuánta gente que usted conozca aspira a la mitad de la gloria que puede conseguir un perro?
      —No le gustan los perros. —La mujer lo miró, inclinando la cabeza.
      —No son lo mío. No van conmigo, no.
      El cuidador entró en el compartimento a toda prisa y él y los perros salieron de inmediato.
      Alguien cerró la puerta. Fue el galés.
      —Y bien, ¿a qué hora de la noche llegan a Cork? —preguntó. El enamorado respondió, de forma inesperada:
      —Mañana por la mañana. —La muchacha dejó escapar un largo suspiro.
      —¿A qué hora de la mañana?
      —¡A las nueve! —gritaron todos menos la americana.
      —Toda la noche de viaje —comentó.
      —¡Habrá que reservar camarote en Fishguard!
      La mujer menuda que llevaba el bebé pelirrojo pasó por delante de ellos; el bebé, con los mismos ojos grandes y encantados, los miró a través del cristal.
      —¡Oh, siempre me mareo en barco! —gritó la joven esposa con tono entusiasta y fatalista, observando con frialdad al bebé, que, aunque pegó la manita abierta en el cristal, ahora no estaba siendo secuestrado. Se inclinó para decirle a la muchacha—: Nada más bajar del tren y poner los pies en Fishguard, ya me estaré muriendo.
      —¿Qué suele hacer para combatir el mareo cuando viaja en el barco de Cork?
      —Me quedo en un sitio y no me muevo, ¡eso es lo que hago! —gritó, la sonrisa, que no la había abandonado, triste, todos pendientes de sus dulces labios—. Trato de no moverme en absoluto y lo paso fatal durante todo el trayecto. —Victor se apartó un poco de su lado.
      —El barco se mueve —dijo el galés. Victor se alejó de él.
      —¿El Innisfallen? Claro que se mueve, cruza un mar lejano, ancho, muy profundo y traicionero, y con mucha historia. —El hombre de Connemara se cruzó de brazos.
      —Se tarda seis semanas, ¿no creen? —preguntó a todos la joven esposa—. En recuperarse del viaje. Siempre le digo a mi marido que un par de semanas no son suficientes. Mi marido es inglés, pero a mí nunca me ha gustado Inglaterra. Tengo seis tías que viven allí. Hermanas de mi madre. —
      Sonrió—. Y todas detestan el país. Mi abuela murió mientras vivía en Inglaterra.
      Hundió las mejillas entre los puños, Victor se inclinó hacia delante. Su cabello, negro azulado, envolvía el remolino como un disco de gramófono giratorio; parecía que soñara con estar en tierra y pelearse con alguien por ello.
      —Que Dios la tenga en su gloria —dijo la mujer del impermeable, como si hubiera ido al vagón de mercancías y hubiera visto que la abuela viajaba con ellos, a su tumba en Irlanda; pero en ese caso la joven esposa habría estado con la muerta, y no haciendo de madre de Victor.
      —Entonces, ¿cuánto les costó el billete? ¿De Fishguard a Cork, y de Cork a Fishguard? Tal vez haga el viaje cuando tenga vacaciones.
      —¿Dónde nos dejará esta noche? —preguntó la joven esposa, con la misma voz con que había hablado de su abuela y de las hermanas de su madre.
      El hombre dijo un nombre para hacerla parecer más compasiva y repitió:
      —¿Cuánto cuesta un billete de Fishguard a Cork?
      Justo en ese momento se detuvieron en una estación oscura y la voz de un joven vendedor de periódicos ofreció sus periódicos en el tren.
      —Dios mío, ¿dónde estamos?
      El galés levantó una mano y pidió un periódico, y un niño extraño, de tez oscura, le acercó uno a su vagón.
      Al ver a aquel hombre desplegando el periódico, la mujer del impermeable con los labios acartonados como los de una actriz, de repente dijo:
      —¿Cómo terminó la carrera?
      —¿Cómo dice? ¿Carrera? ¿A qué carrera se refiere? —El galés le lanzó la mirada que ya le había lanzado cuando se había sentado en sus rodillas. Agitó y estiró el periódico sin mostrárselo demasiado a nadie.
      Ella inclinó la cabeza.
      —Little Boy Blue, sí —murmuró por encima del hombro de él. Mientras el hombre seguía leyendo se inició una discusión sobre Little Boy Blue.
      —¿Cuánto dinero apuesta de una sola vez? —preguntó de repente el galés, asomando la cara por detrás del periódico. Entonces, con la misma rapidez, dio marcha atrás y retiró la pregunta.
      —Ahora la segunda carrera —murmuró la mujer del impermeable.
      Todos se acercaron al galés, que estaba leyendo las noticias de Gales, callado como un muerto.
      El hombre de Connemara levantó una mano como para indicar que se podía volver la página.
      —¡Long Gone, Desaparecido, el favorito! También usted ha desaparecido —añadió con cortesía dirigiéndose a la mujer del impermeable. Probablemente la estaba castigando por haber ido a comer y después haberse caído encima de un hombre.
      —Así es —respondió levantando el mentón. Sacó un Player y lo encendió. Dio una calada—.
      Estaba lejos, doce vagones. La comida ha sido maravillosa… Pollo. Un hombre se ha puesto de pie en el pasillo, cuando se lo han servido, y ha gritado: «¡Esto es conejo!».
      Les pareció gracioso. El hombre de Connemara soltó su risotada aguda y franca. Los enamorados, entrelazados, reían en silencio, pero la mujer exhaló un anillo de humo, en el que Victor vio un arma imaginaria.
      —Una comida larga y deliciosa. Un hombre salió y después regresó para decirnos que mientras comíamos habían cambiado los vagones, y que había subido al tren, bajado del tren, y que no lo había encontrado. —Su voz sonaba ahora tan oscura y remota que parecía que les relatara andanzas muy lejanas.
      El galés, por encima del periódico, dijo:
      —¿Que habían cambiado los vagones?
      Todos rieron aún más fuerte.
      —Nos dijo que su vagón había desaparecido, sí. No estaba donde lo había dejado: esperaba encontrarlo allí, pero al parecer no lo había encontrado. Volvió por segunda vez al vagón restaurante y nos lo contó. Agarró por el brazo al guardia. «Estaba sentado a la mesa, comiendo, y han cambiado de lugar los vagones», dijo. «He paseado por todo el tren con perros correteando, por vagones llenos de cajas, por vagones llenos de seres humanos allí sentados, en los que no me había fijado hasta ese momento, una fiesta con gente joven que bloqueaba el paso en el pasillo.»
      —Todos irlandeses —dijo la joven esposa, y acarició la cabeza de Victor; el chico miraba al vacío con los ojos muy abiertos.
      —El guardia estaba ocupado y se dirigió a un hombre; un caballero que estaba comiendo. Sí, así es, todos irlandeses. «¿Me haría el favor de acompañar a este hombre a su sitio, cuando pueda, porque se ha perdido?» «No me he perdido, sino distraído», dijo. y volvió a dar sus argumentos. El hombre dijo que encontraría su vagon él solo, y el hombre que tenía delante se levantó y fue cuando gritó que el pollo era conejo. El caballero soltó el cuchillo y dijo que estuviera aquel hombre perdido o no, hubieran cambiado el vagón o no, fuera el guisado de conejo o no, lo único que tenía intención de hacer, cuando pudiera, era terminarse la comida que tenía en el plato en paz. —Abrió el bolso y repartió pastillas de regaliz.
      —Un hombre un poco vulgar —dijo el hombre de Connemara.
      —Una comida maravillosa.
      —Entonces usted no se perdió, deduzco —continuó el galés aceptando una pastilla de regaliz—.
      ¿Ha viajado mucho?
      —Oh, cielos, ¿si he viajado? En realidad, sí. Sí, sin parar.
      —Oh, Dios mío.
      —No. Nunca me pierdo.
      —Dejemos el tema —dijo el galés.
      Los enamorados se acomodaron en los cojines. Eran el único asunto sobre el que nadie discutiría.
      —Miren —dijo la muchacha en voz baja, desde detrás del brazo del joven, pero no dirigiéndose a él—. He visto una cara que aparece una y otra vez, mirando por la ventana. Un hombre, paseándose de un lado para otro, ¿es posible que sea el hombre tan desafortunado?
      —No es él, este es el que llevaba a los galgos, ¿no lo vieron cuando entró? —El joven habló con impaciencia, dirigiéndose a todos—. Él llevaba a los perros, o los perros lo llevaban a él.
      —Es un tren largo —murmuró la mujer al galés—. El tren más largo y con más pasajeros de cuantos salen de Inglaterra, diría yo, el que enlaza con el Innisfallen.
      —¿Es así como se llama el barco? ¿Se alegró de marcharse de Inglaterra?
      —Así se llama y me alegró… comenzar este viaje, feliz de que aquello se hubiera terminado. —
      Lo miró, primero a él y después a los otros, miró el compartimento, el equipaje alborotado, todo.
      Fuera, el oscuro Gales se pegaba con fuerza a la ventana, como un pájaro que les hiciera compañía—. Bajo un poco la persiana, ¿de acuerdo? —dijo.
      Tiró hacia abajo de la persiana y la aseguró, y a continuación tiró de la persiana de la puerta.
      Mientras lo hacía, la persiana de la ventana salió disparada de nuevo hacia arriba, con un ruido como el de un pavo.
      Todos gritaron de alborozo… ¡Lo sabían! Era divertida.

      El tren se detuvo y esperó un rato largo en la oscuridad, en mitad de la nada. Permanecieron sentados, balanceando los pies. El hombre de Connemara silbó maravillosamente durante un minuto, Victor se comió la tercera naranja.
      —¡Supongan que llegamos tarde! —gritó el hombre de Connemara. Las montañas pudieron oírlo. Habían abierto la ventana para mirar, con la esperanza de averiguar cuál era el problema, pero no lo descubrieron—. ¡Y que el Innisfallen sale sin nosotros! ¡Y que no llegamos al otro lado esta noche!
      —Entonces tendrían que quedarse todos en Fishguard —dijo el galés.
      —¡Oh, menudo escándalo se armará en Cork, cuando vean que no llegamos! —gritó la joven esposa con alegría—. Si el barco sale sin nosotros, ay, pobres de nosotros.
      Victor soltó una risotada estridente. Había hecho un dibujo con la piel de la naranja en la cornisa de la ventana, que ahora deshizo.
      —No hay mucho sitio para los viajeros en la ciudad de Fishguard —dijo el galés con la pipa en la boca—. Será mejor que se queden en la estación.
      —¿No sufrirán los de Cork? —La joven esposa ladeó la cabeza.
      —¡Mis cinco hermanos estarán esperando para darme una paliza! —dijo Victor con aire orgulloso.
      —Supongo que no será la primera vez que pasan la noche a la intemperie en Fishguard.
      —¿En Fishguard? —gritó con tono de advertencia el hombre de Connemara. Frunció el entrecejo y abrió mucho los ojos, con expresión inocente—. ¿Acaso no sabía que viaja en el tren del barco?
      —Ah, ¿es así como lo llaman? —preguntó el galés de un modo igualmente inocente.
      —Retendrán el barco hasta que lleguemos. Me atrevería a asegurar que todas las almas que vamos en el tren subiremos a ese barco.
      —¿Retener el Innisfallen en el puerto de Fishguard? ¿Durante cuánto tiempo?
      —Si hace falta hasta el día del Juicio Final, pero por lo general sale a medianoche.
      —No, señor, no nos quedaremos tirados en Fishguard, ni esta noche ni ninguna otra —dijo la mujer del impermeable.
      —¡O…! —exclamó el hombre de Connemara—. O si finalmente llegamos tan tarde, podríamos tomar el otro barco, a Rosslare, ¡oh, Dios mío! ¡Y pasar el domingo regresando a Cork!
      —Usted va a Connemara a ver a su madre —adivinó la joven esposa.
      —¡Estoy seguro como que hay Dios de que antes pasaré la noche en Cork! —le gritó, y se dejó caer de rodillas, como si alguien tratara de quitarle Cork.
      —¿Cuál ha sido la vez que han retenido el barco durante más tiempo? —preguntó el galés.
      —Quién sabe —respondió la mujer del impermeable—. Quizá sea esta noche.
      —¿Puedo salir para ver por qué hemos parado? —preguntó Victor.
      —Oh, Dios mío, ¡hemos arrancado! Oh, Cork…
      —Cuando viajan a Cork, ¿se marean en el barco? —inquirió el galés, balanceándose entre ellos mientras el tren retomaba la marcha.
      La mujer del impermeable hizo un gesto ampuloso con la mano, se levantó y bajó su maleta. La abrió y de debajo de la bolsa de agua caliente de franela rosa sacó una cajita de cartón.
      —¿Qué lleva ahí? ¿Pastillas contra el mareo? —preguntó.
      La mujer levantó la tapa y le pasó la caja por debajo de los ojos, después por debajo de los ojos de los otros, si bien demasiado deprisa para estar ofreciéndoles algo.
      —Es un regalo —aclaró—. Pastillas contra el mareo que me han dado para el viaje.807
      Los enamorados sonrieron al mismo tiempo, como solían hacer al pensar en cualquier clase de regalo.
      El tren volvió a detenerse. Arrancó, se detuvo. Arrancó. Allí, en las afueras de Gales, avanzaba y vacilaba de manera rítmica e interminable, como una aguja dando puntadas. Las ruedas habían adoptado el sonido indefenso característico de los viajes cerca del mar abierto. Las lámparas de aceite quemaban dentro de sus cajitas en los apeaderos; se produjo un tirón por culpa de los árboles, todos inclinados en la misma dirección.
      —Y ahora, ¿qué? —Se habían detenido de nuevo.
      Un suspiro se escapó de los labios de los enamorados, que habían respirado el aire del mar. Una única lámpara vigilaba su ventana, como el ojo de un dragón descubierto tras el párpado del sueño.
      —¡Es mi estación! —Se dijo de súbito el galés. Se levantó, se escondió la mata de cabello debajo de un sombrero negro, bajó la maleta y el abrigo y a punto estuvo de barrer con él el paquete de la «pequeña casa de campo» de la joven esposa. Pasó por delante de todos ellos, arrastrando la maleta con gran esfuerzo; quién sabía qué llevaría allí dentro. Abrió la puerta de un tirón, se volvió para mirarlos y comenzó a bajar de espaldas los escalones.
      Sin embargo, enseguida reapareció. Se había equivocado de estación. Pero se quedó de pie en la puerta, negando con la cabeza, mientras el tren aceleraba.
      —Tal vez me anime yo también a criar pájaros algún día —dijo en voz un poco más alta—.
      ¿Usted con qué empezó, con un gallo y una gallina?
      En el dedo índice que el hombre de Connemara levantó antes de responder había una uña negra, parecía la señal de un martillazo; tal vez un recordatorio de que no debía hacer cierta cosa antes de llegar a Irlanda.
      —Le recomiendo que empiece con un gallo y dos gallinas. Y no lo haga sin dejarse aconsejar.
      —¿Usted con qué empezó?
      —Con seis gallos…
      Otra estación oscura, y en ella bajó el galés.
      —¡… y seis gallinas!

      Era ya demasiado que asomara aquel rostro allí de nuevo. No tenía vergüenza de sí mismo, ni una pizca más de la que podía sentir por lo oscura e impenetrable que era la atmósfera en Gales y preguntó:
      —¿Hay que presentar un pasaporte para entrar en Irlanda?
      —Desde luego. Un pasaporte o un documento de viaje. Oh, Dios mío.
      —¿Qué quiere decir con «un documento de viaje»? Enséñeme el suyo. ¿Todos ustedes llevan el suyo?
      Le mostraron sus documentos y pasaportes.
      —¡Vaya, qué hermosa es tu madre! —gritó la joven esposa a Victor, por encima de su hombro—. ¿Esa pequeña señal que tiene en la mejilla es un antojo?
      —Sí —respondió con un grito de angustia.
      El galés sostenía el pasaporte diferente de la americana abierto en la mano; la joven parecía asustada, ella, que se lo había entregado enseguida, como si fuera necesario, como si la hubiera despertado en mitad de la noche. Leyó en alto su nombre, nacionalidad, edad, el nombre de su marido, su nacionalidad. Y no lo leyó con tono oficial. Aún peor: lo leyó como si fuera el borrador de un poema en el que solo faltara el último verso.
      —Mi marido es fotógrafo. Hemos instalado un pequeño cuarto oscuro en nuestro piso —dijo la joven.
      Entonces, de repente, él se volvió y le preguntó al hombre de Connemara:
      —Y esa es su opinión, que su apreciado pájaro murió porque anhelaba alimentarse de comida exótica.
      —En ocasiones he soñado que cierta persona tuvo algo que ver en ello —respondió el hombre de Connemara, con un tono cada vez más elevado—. Nunca había hablado de eso hasta ahora. Pero las mujeres son criaturas celosas e inestables, lo he estado pensando durante este largo trayecto.
      —¡De los pájaros! —gritó la joven esposa, llevándose los dedos a los hombros.
      —¿Y cuál es su vicio?
      —¿Por qué de los pájaros?
      —¿Por qué no?
      —¿Porque hablaba?
      —¿Cuál es su vicio?
      Otro farol, otra parada.
      —Estará lloviendo sobre el agua —dijo el galés mientras abría la puerta de golpe. Desde el escalón se volvió y preguntó—: ¿Con qué se toman esas pastillas contra el mareo? ¿Tienen bebida para tragarlas?
      —Yo tengo.
      A continuación, en medio de la noche ventosa, exclamó:
      —¿Se pueden comprar bebidas en el barco, o es ya demasiado tarde para eso?
      —Tres millas más allá solo están el mar y la gloria —gritó el hombre de Connemara.
      —Sea bueno —respondió el galés, y se alejó con paso ligero. Desapareció por tercera vez en la negrura galesa, ahora para no volver. Era como si un enorme pulgar lo hubiera aplastado.
      Tras su partida los otros se acomodaron y tumbaron, todos salvo los jóvenes enamorados se arrellanaron en sus asientos; ella se frotaba el brazo, arriba y abajo. Nadie había preguntado a aquel pobre perdedor a qué se dedicaba, si tenía mujer e hijos; tal vez estaba solo con una tía. No le habían dado la oportunidad de que les contara qué hacía en ese remoto lugar de Gales, o por qué tenía que ir allí aquella noche, ni siquiera qué diablos llevaba en esa maleta tan pesada.
      Mientras conversaban, la joven americana reclinó la cabeza en el asiento, con una leve sonrisa en el rostro.
      —Solo un consejo —le dijo el hombre de Connemara al oído a la vez que pasaba el pasaporte, caliente de su mano, a la de ella—. En el futuro, vigile a quién hace preguntas. Ha tenido suerte de hablar conmigo, soy un hombre casado. Me ha gustado poder contarle todo lo que sé, que vaya a Killarney y todo lo demás, que descubra la maravillosa belleza de los lagos. Pero la próxima vez pregúntele al guardia.
      La cabeza de Victor se volvió hacia la presencia vigilante de la joven esposa; tenía la mano derecha abandonada en el regazo de ella, un puño que se alejaba. En Fishguard tuvieron que zarandearlo para que despertara y tirar de él hacia fuera, hacia la lluvia.

      En realidad, ningún viajero de aquel compartimento había reservado camarote en el Innisfallen, salvo la mujer del impermeable, que salió rápidamente. La mayoría de los pasajeros de tercera pasaron una noche de tercera clase en la sala del Innisfallen. El hombre de Connemara fue el primero en tumbarse, como una estrella de mar exhausta, en un sofá tapizado en cretona. La joven americana miró fijamente una página de su libro y después lo cerró hasta que zarparon. Los enamorados desaparecieron. En la profundidad de la noche, aquella sala resplandeciente alcanzó un vórtice de calma, como una sala en la que todos los cerebros están ocupados, a punto de tomar grandes decisiones. De vez en cuando se oían unos golpecitos, como si alguien tamborileara con los dedos: eso significaba, para los ojos cerrados o hipnotizados, que los perros pasaban corriendo a toda velocidad. Los amables ancianos que paseaban por los pasillos con sus prendas de tweed y parecían perdidos como los corderos de Jesús, esperaban, tal vez, que abriera el bar. La joven esposa, tan desesperada como había temido, no vio nada, lo olvidó todo, e incluso abandonó a Victor, como si no pudiera haber un momento ni un lugar en el mundo que no fuera el de su sufrimiento. Habló con el chico como si no lo hubiera visto nunca, como si no fuera a verlo nunca más.
      Victor se llevó a un rincón el último envoltorio de las galletas que ella le había dado y lo vació lentamente, formando una montaña de migas; después inclinó la cabeza sobre su documento de viaje, que tenía un sello nuevo, y lo acarició con la mejilla y flotó inconsciente.
      El hombre de Connemara se incorporó tras el sueño y miró fijamente a la joven americana, clavada en su silla al otro lado de la sala, como si viera a una mujer atribulada que había abandonado a su marido, se había puesto en peligro entre extraños, a quien habían hecho regresar, y que ahora estaba allí en su segunda vuelta, preguntando de nuevo por un lugar donde alojarse en Cork. Ella le devolvió la mirada, inmóvil, hasta que él se convirtió de nuevo en una estrella de mar.

      Entonces amaneció: un mundo de cielo que se abría sobre ellos, de luz fluente. El Innisfallen había entrado en el río Lee. Casi se podían tocar las fachadas de color beige, rosa, gris o salmón de las casas, los árboles que brillaban como las alas de los pájaros, las campanas que buscaban el sonido mientras el barco, en silencio, pasaba a su lado. El domingo, también la hora, estaban invadidos de realidad. Los prados tenían una pureza de lirio que animaba e invitaba a todos los sentidos de la mañana, incluso al olfato, como solo puede hacerlo la nieve: como si por la noche hubiera nevado, y aquel sol y aquel barco hubieran seguido el rastro de los copos para derretirlos.
      Fue aquella distancia corta, si bien inmaculada, entre el barco y la tierra a ambos lados lo que suscitó en el corazón una pregunta punzante como una flecha. Alguien gritó al azar:
      —¿Qué ciudad es esta?
      Cualquiera debería haberlo sabido, pero los sentidos que se despiertan de regreso a casa pueden estar demasiado embotados, tanto que las líneas negras y los marcos se disipan como los nombres, dejando tan solo formas de luz y color sin conocimientos ni memoria que informen de ellos.
      ¡Despertarse en el río, y no en el mar! Era más que una pequeña ciudad lo que en su silencio saludaron, sin tocarla ni desviarse hacia ella. Cuando el barco hubo dejado atrás un campanario en el que tañían las campanas, y las manecillas hubieron destellado oro hacia ellos, una campana más vieja, severa y lejana sonó desde un tiempo de tierra adentro: ahora.
      Ahora las gaviotas se paseaban por los céspedes de la ciudad. Se movían entre los setos, el barco en el jardín. Oyeron el canto de un tordo, y allí cantó: tan claro y tan temprano fue todo. En cubierta una niña aplaudía.
      —¿Por qué haces eso? —preguntó su hermano cariñosamente.
      En la costa apareció una calle de la ciudad, y ahora los coches avanzaban paralelos al barco; los pasajeros hacían sonar las bocinas de los vehículos y agitaban pañuelos de arriba abajo. De uno de los lados llegó el sonido de una armónica, desesperada, diminuta y atrevida. Victor estaba donde no debería estar, en cubierta, regalando gestos poco amistosos y melodías a la gente que ya veían en el puerto. Ahora tendría que buscar a sus hermanos. Tal vez, en la sala, su guardiana estuviera por fin dormida, blanca y exhausta, sonriendo de manera inhumana mientras soñaba.
      Los enamorados estaban en la cubierta inferior, más sombría, los dos de espaldas. Entre ellos una línea de sol como un hilo que pudiera ser apartado. Aún no convenía mirarles a la cara, observando el agua. ¿Cuánto, hasta dónde llegaría aquel día a herirles el corazón? A partir de hoy todo los heriría de manera más profunda que ayer. Las botas de invierno de ella, acartonadas por la humedad de Londres, parecían grandes en aquel barco, agujereadas, al borde de esa luz sobre la que se cernían. Y de repente, ella cambió de posición: un zapato golpeó al otro, con la punta, por detrás. Se quedó así. La sirena del barco rugió como cien notas de órgano sonando a la vez, pero ella no tembló; estaba tan acostumbrada a las sirenas de los barcos como una de las gaviotas; o tan lejos.
      —¡Hay una novia a bordo! —gritó alguien—. ¡Miradla, miradla!
      Y entonces una muchacha que todavía no se había mostrado en público apareció junto a la barandilla con un sombrero blanco de primavera y las manos metidas en un manguito blanco de piel de conejo algo anticuado. Se quedó allí de pie, lista para dejarse ver, ahora que había decidido salir.
      Pronto se vio rodeada de júbilo, de gente que cantaba para ella a bordo, las campanas de la ciudad repicaban con urgencia. Sin duda, el color que se reflejaba en sus ojos provenía de los lirios colgados en alto en la orilla. La novia sonrió pero no levantó la vista; miraba hacia abajo, hacia su deslumbrante manguito de piel.
      Estaban dentro, el agua calma alrededor. Las gaviotas se reunieron; justo por debajo de la superficie un periódico se hundía lentamente con sus noticias ahogadas.

      Entre la multitud del puerto, la mujer del impermeable tuvo que hacer frente a un grupo de hermosos niños —las mejillas encendidas, ataviados con gorros y botitas negras como caramillos—
      y a un hombre más grande que ella. El hombre se quedó de pie, fumando, en tanto que los niños se lanzaban sobre ella. Mientras la gente pasaba a toda prisa por su lado, cargada con fardos y maletas, avanzando por el puerto, ventoso y brillante, de Cork, ella permaneció camuflada como un cazador en sus policromados campos, una mano en su cadera de rayas. Vaga, luminosa, sonriente, su pálido rostro se mantuvo en alto un momento y después se agachó para los besos. El hombre de Connemara pasó junto a ella, mirándola desde arriba como si ahora su cabeza estuviera dentro de la cesta. Con la gorra colocada en un ángulo extraño, el hombre se adentró veloz en las calles de Cork.
      Victor gritaba con todas sus fuerzas:
      —¡Estoy aquí!
      La joven esposa, que salió vieja pero aún viva, fue recibida por ancianas cubiertas con capas, tres hombres jóvenes que la abrazaron y un burro enganchado a un carro que la llevaría a casa cuando hubiera dejado a Victor con sus hermanos.
      Tal vez, a pesar del júbilo o el alivio de una llegada, o a causa de ello, siempre hay alguien que siente una especie de toquecito con la punta de los dedos, algo de última hora, un recordatorio, una promesa de confusión. Tras los párpados cerrados, la joven americana vio en su maleta el garabato de tiza que le habían hecho en la aduana. Como una señal gitana en la puerta de su casa, miraba a la joven desde la oscuridad sensibilizada, y ella se sintió descubierta; como si, pese a ella misma, sin que lo supiera, le hubiera sido revelado algo. Se me han puesto los pelos de punta, pensó. Dejó la maleta en consigna y caminó hacia Cork.

      Cuando comenzó a llover, ya casi de noche, la joven americana aún estaba en Cork, y se refugió en la puerta de un bar. Escuchaba los sonidos del bar y los del callejón como escucharía los de un jardín o una fuente.
      Aquel había sido su día, su paseo, que había comenzado en la roca roja, resonante y cubierta de helechos junto a la cual se situaban las casas más bajas, donde el río-océano mandaba señales de luz reflejada. Había caminado por la montaña y cruzado puentes brillantes como cisnes, su viaje se había entrelazado con el de mucha gente, encuentros, coincidencias, que a ella le parecían reuniones. Al salir de la iglesia, en las calles de Cork decenas de niñas con sus vestidos de confirmación, convertidas gracias a los velos en copos de nieve de papel animados, correteaban y bailaban sin control, interrumpiendo el tránsito de peatones encantados con ellas, como si fueran novias en miniatura, más conscientes. Los árboles se habían apresurado a cubrirse de luz y de flores; casi tenían sonido, como las campanas. Las ramas que se agitaban sobre la montaña estaban inclinadas, pesadas, como cargadas de pájaros, que eran en realidad las hojas que brotaban y los brotes a punto de estallar. Ese día en toda la ciudad de Cork los sauces lucían una cabellera rojiza y dorada que los cubría, como la misma Venus. Los rododendros nadaban en luz, hojas y flores por igual; tan solo una sombra podría separarlos en distintos colores. No se había sentido más sola que aquella pequeña novia que había bajado del barco. Sí, entre la multitud, en algún lugar del puerto debía de haber un joven sosteniendo un ramo de flores: todos contaban con ello.
      En el futuro, la luz, que se había adentrado como el hombre de Connemara en el mundo, ¿sería un recuerdo, como el de un encuentro, o era tan solo cuestión de fe que así hubiera sido?

      Ocultando el papel del telegrama de la gente que también escribía sus mensajes en la mesa de la oficina de correos, la mujer escribió a su marido en Inglaterra: «Inglaterra fue un error». Enseguida tachó aquellas palabras y aceptó de nuevo la culpa, pero sin palabras.
      El amor privado de alegría como todo lo que duele…, eso era la soledad; no esto. Casi me destruyo, pensó, y sintió nuevamente la amenaza de la cabeza ligera, de la avalancha de risas, como cuando el galés había llegado tan lejos con todos ellos y después los había abandonado.
      Si no podía contar su secreto a su marido, tal vez no lo contara jamás. Nunca debe traicionarse la alegría pura —la alegría con la que nacemos y comenzamos a vivir—, ni escondiéndola ni alardeando de ella frente a los demás, porque ellos no quieren que se les enseñe. Y aun así, quieres decirlo.
      ¿No hay una manera?, pensó. Porque aquí estoy, tan lejos he llegado. Veo que las calles de Cork se alejan del agua y se alzan levantando sus casas y torres como una nota tras otra en una partitura, con arpegios que la recorren, de verdor y galerías y miradores, y el resplandeciente sol lloviendo en lo alto. De tanta alegría me escondo por miedo a que sea promiscuo, tal vez camine para siempre a la caída de la tarde por la orilla del río, y descubra esa calle junto a la roca roja, aquella primera y última casa que quizá ahora sea una casa de huéspedes, de cara a la marea, y mire arriba, hacia esa ventana: la ventana superior, de la cual jamás desaparecerá el misterio. Las cortinas, tantas veces teñidas, están aún descorridas, y la ventana parece abierta a la tarde, al río, a las montañas y al mar.
      Durante un instante, alguien —ella creyó que una mujer— se acercó y se quedó en la ventana, después lanzó un cigarrillo aún encendido al jardín de abajo, casi seco. Pero no era la impaciente inquilina, sino la ventana la que podía contarle todo lo que había ido a descubrir…, o todo lo que podría soportar descubrir aquella tarde, y que era luz y lluvia, luz y lluvia, oscuridad, luz y lluvia.
      «No me esperes todavía» era cuanto necesitaba decir aquella noche en el telegrama. ¿Cuál había sido siempre su problema? «Esperas demasiado», decía el.
      Cuando a primera hora de la mañana la novia había sonreído, casi se diría que lo había hecho por la fotografía; pero seguía sin alzar la mirada, como si, aunque le sacaran una fotografía, hubiera de desaparecer. Y ahora había desaparecido.
      Avanzando a través del lluvioso anochecer, la joven volvió a refugiarse en la cálida puerta del bar, sujetando el mensaje, aún sin terminar y sin enviar.
      —¡Ah, eso es una herejía, se lo dije! —gritó un hombre en el bar en mitad de su historia. Una camarera iluminó el callejón con sus abalorios, se oyó un grito de alegría cuando entró en el bar, como si ella misma fuera la herejía, y cuando todos gritaron a la vez algo impertinente, fue como si hubieran dado el pie de una canción.
      La joven soltó su mensaje en la corriente de la calle, abrió la puerta y se adentró en aquella encantadora sala llena de extraños.


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