Feodor Dostoievski
(1821-1881)

La mujer ajena y el marido debajo de la cama(1848)
Un acontecimiento extraordinario

(“Чужая жена и муж под кроватью”)
(Combinación de dos relatos, ambos publicados
en Anales de la Patria [Отечественные записки], en 1848:
“Un esposo celoso” [Ревнивый муж] y “”La mujer ajena” [Чужая жена])
Originalmente publicado en Anales de la Patria [Отечественные записки] (1848)




I

      —¡Permítame hacerle una pregunta, caballero…!
       El transeúnte se estremeció y ligeramente amedrentado miró al caballero del abrigo de castor que a las ocho de la noche se le acercaba en mitad de la calle. Es de sobra conocido que el caballero petersburgués se asusta cuando un desconocido de pronto le aborda en la calle para hablar con él.
       Y así sucedió. El transeúnte se estremeció, ligeramente asustado.
       —Disculpe que le haya importunado —dijo el caballero de la piel de castor—. Pero, a decir verdad, yo… no sé… estoy seguro de que me dispensará. Como verá estoy algo disgustado…
       En aquel instante el joven de la pelliza se dio cuenta de que el caballero de la piel de castor estaba realmente disgustado. Su rostro arrugado estaba verdaderamente pálido, le temblaba la voz, se le confundían las ideas, las palabras no acertaban a salir de su boca, y era evidente que le costaba un gran esfuerzo dirigirse con un ruego a una persona que, a juzgar por el aspecto del que se encontraba frente a él, era de inferior nivel social. Además, en cualquier caso, la petición en sí resultaba poco decorosa, informal y extraña considerando a la persona que porta un abrigo de piel tan espléndido, un frac de color verde botella tan distinguido y que luce innumerables condecoraciones. Era evidente que todo ello intimidaba al propio caballero del abrigo de castor, de manera que, disgustado y sin poder ya más, decidió dominar su turbación y suavizar la incómoda escena que él mismo había suscitado.
       —Disculpe. Estoy algo confuso. Lógicamente, usted no me conoce… Dispense que le haya importunado. He cambiado de opinión.
       En aquel momento alzó cortésmente su sombrero y salió corriendo.
       —Pero ¡espere, tenga la amabilidad!
       A pesar de todo, el hombre bajito desapareció en la penumbra, dejando estupefacto al caballero de la pelliza.
       «¡Qué tipo tan extraño!», pensó este. Tras la sorprendente situación, recobró el sentido volviendo a centrarse en sus asuntos y empezó a dar vueltas, calle arriba y calle abajo, sin perder de vista la puerta de una casa de innumerables plantas. Empezó a caer la niebla, lo que alegró al joven porque su paseo sería menos visible, aunque algún cochero desesperanzado que estuviera todo el día de pie pudiera advertir su presencia.
       —¡Disculpe!
       El transeúnte se estremeció de nuevo: el caballero del abrigo de castor otra vez estaba delante de él.
       —Perdone que yo de nuevo… —dijo—. Pero usted seguramente será un hombre honesto. No me juzgue externamente en función de mi pertenencia social. Por lo demás, no era eso lo que quería decirle; repare en lo humano… pues frente a usted, caballero, tiene a un hombre que necesita humildemente un favor…
       —Si puedo ayudarle en algo… ¿Qué es lo que necesita…?
       —Quizás crea que vaya a pedirle dinero —dijo el caballero misterioso, haciendo una mueca con la boca y soltando una carcajada histérica mientras palidecía.
       —Por favor…
       —¡No! ¡Veo que le estoy molestando! Disculpe, ni yo mismo me soporto, pero tenga en cuenta que me está viendo usted en un estado de ánimo muy alterado que raya en la locura, pero no crea que…
       —¡Pero vayamos al grano! —respondió el hombre joven, moviendo la cabeza enérgica e impacientemente.
       —¡Ah! ¡Conque esas tenemos! Usted, un hombre tan joven, me está llamando la atención como si tratara con un muchacho aturdido. ¡Realmente he debido de perder el juicio…! ¿Cómo le parezco ahora humillándome? Dígamelo sinceramente.
       El joven caballero se quedó confuso sin decir nada.
       —Permítame preguntarle si no habrá visto usted a una dama. En eso consiste toda mi petición —dijo por fin decididamente el caballero del abrigo de castor.
       —¿A una dama?
       —Sí, a una dama.
       —He visto… pero debo reconocer que han pasado tantas de ellas por aquí…
       —Muy bien —le respondió el hombre misterioso con una amarga sonrisa—. No era eso lo que quería preguntarle, disculpe. Quería preguntarle si no habrá visto usted a una señora con una piel de zorro, capuchón de terciopelo oscuro y un velo negro.
       —No. No he visto a una señora de esas características… o puede que no me haya fijado.
       —¡Ah! En tal caso, disculpe.
       El hombre joven quería preguntar algo, pero el caballero de abrigo lujoso desapareció otra vez, dejando estupefacto a su inquieto interlocutor. «¡Que se vaya al diablo!», pensó el joven caballero, visiblemente disgustado.
       Enojado, subió el cuello de su abrigo y se puso nuevamente a dar vueltas alrededor de la casa de innumerables plantas, sin descuidar la precaución. Estaba enfadado.
       «¿Por qué no saldrá?», pensó. «¡Pronto serán las ocho!». Las campanas de una torre dieron las ocho de la tarde.
       —¡Qué demonios! ¡Por fin!
       —¡Dispense…!
       —Perdone que yo le… Pero se me ha presentado usted tan de repente que me di un buen susto —dijo el transeúnte, arrugando la cara y disculpándose.
       —Aquí me tiene otra vez. Claro que debo parecerle intranquilo y extraño.
       —Haga el favor de explicarse lo antes posible y sin rodeos; todavía no sé en qué consiste su deseo…
       —¿Tiene usted prisa? Verá. Se lo contaré sinceramente, sin palabras vanas. ¡Qué voy a hacer! Las circunstancias a veces unen a personas de caracteres totalmente diferentes… Pero veo, joven, que está usted impaciente… Pues allá va… por lo demás, yo no sé ni cómo decírselo: estoy buscando a una dama (ya me he decidido a contarlo todo). Debo saber con precisión adónde se dirigió esa dama. Creo que no es necesario, caballero, mencionar su nombre.
       —¡Bueno, bueno, continúe!
       —¡Que continúe! ¡Emplea usted un tono! Disculpe, puede que le haya ofendido llamándole joven, pero le aseguro que no… en una palabra, si pudiera usted hacerme un gran favor. Verá, se trata de una dama, quiero decir, una mujer formal, de buena familia, de gente con la que trato… que me pidieron… Yo, sabe usted, no tengo familia…
       —¡Bueno!
       —Póngase en mi situación, joven (¡ay, otra vez le he llamado joven! ¡Disculpe!). Cada minuto ahora es oro… Imagínese que esa dama… ¿no podría usted decirme quién vive en esta casa?
       —Sí… aquí vive mucha gente.
       —Sí, quiero decir que tiene razón —respondió el caballero del abrigo de castor, sonriendo ligeramente para guardar las apariencias—. Veo que estoy algo confundido… pero ¿por qué utiliza usted ese tono? Está viendo que reconozco sinceramente mi confusión, y, si es usted un hombre altivo, se habrá percatado de mi humillación… Le estoy hablando de una dama de buena conducta, es decir, de buena posición; disculpe, me confundo tanto como si hablara de literatura. ¡Mire que llegar a la conclusión de que Paul de Kock es poco profundo, cuando es su literatura la que es mala…! ¡Eso es!
       El joven miró con compasión al caballero del abrigo de castor, que pareció embrollarse definitivamente, se quedó callado, mirando, sonriendo absurdamente y agarrando con mano temblorosa la solapa del abrigo de su interlocutor.
       —¿Dice usted que quién vive aquí? —preguntó el joven retrocediendo ligeramente.
       —Sí, pero usted dijo que mucha gente.
       —Aquí… sé que también vive Sofia Ostáfievna —dijo el joven a media voz y con cierta condolencia.
       —¡Bueno, pues lo ve, lo ve! ¿Y sabe si vive alguien más?
       —Le aseguro que no; no sé nada… Lo he dicho al verle tan excitado.
       —Acabo de enterarme por la cocinera de que ella visita esta casa; pero usted no ha reparado en ello, es decir, en lo referente a Sofia Ostáfievna… pues no la conoce…
       —¿No?; entonces disculpe…
       —Ya sé, joven, que nada de esto le interesa —dijo el extraño caballero con amarga ironía.
       —Escuche —dijo el joven, titubeando—. En esencia, ignoro el motivo de su estado, pero dígame sinceramente: ¿acaso le engaña su mujer?
       El joven sonrió amablemente.
       —Al menos así nos entenderíamos el uno al otro —añadió, expresando con todo su cuerpo el generoso deseo de hacer una ligera inclinación.
       —¡Me deja usted estupefacto!, se lo digo sinceramente. Exactamente de eso es de lo que se trata… ¡A quién no le ocurre…! Su interés me ha llegado profundamente. Reconozca que entre gente joven… Aunque yo no lo sea, pero ya sabe, la costumbre, la vida de soltero; la soltería, ya se sabe…
       —¡Está claro, está claro! Pero ¿en qué puedo ayudarle?
       —Pues verá. Reconozca que visitar a Sofia Ostáfievna… Por lo demás ni siquiera sé adónde se dirigió esa dama. Solo sé que se encuentra en esta casa. Y al verle pasear por la otra acera yo, que también hacía lo mismo, pensé… ya ve: estoy esperando a esa dama… sé que se encuentra aquí y me gustaría encontrármela para decirle cuán indecoroso e indecente resulta… es decir, ya me entiende usted…
       —¡Hum! ¡Bueno!
       —No lo estoy haciendo por mí. No se vaya usted a pensar, es la mujer de otro. Su marido está allí, en el puente de Voznesenski. Quiere pillarla, pero aún no ha tomado la determinación; todavía no se lo puede creer, como cualquier marido… —en ese momento el caballero del abrigo de castor hizo un gesto para sonreír—. Soy su amigo. Y, claro, reconocerá usted que siendo como soy, una persona de cierta respetabilidad, no se me podría tomar por otra cosa.
       —¡Claro! ¡Y bien, y bien!
       —Y bien, tengo que pillarla. Me lo han encargado (¡pobre marido!). Pero sé que se trata de una joven y pícara dama (siempre tiene a Paul de Kock bajo la almohada). Estoy convencido de que se escabulle de su casa sin que nadie se percate… Confieso que fue la cocinera quien me dijo que venía aquí. Y yo, enloquecido, salí corriendo hacia este lugar en cuanto tuve la noticia. Quiero pillarla. Llevo tiempo sospechando y por eso quería pedirle… como usted estaba paseando por aquí… usted (usted), yo no sé…
       —Bueno, pero, finalmente, ¿qué es lo que desea?
       —Sí… No he tenido el honor de conocerle… ni siquiera me he permitido la curiosidad de saber quién es y a qué se dedica… En cualquier caso, permítame presentarme: ¡mucho gusto…!
       El caballero trémulo sacudió ardientemente la mano del joven.
       —Esto tenía que haberlo hecho yo al principio —añadió—, pero se me pasó por alto la cortesía.
       Mientras hablaba, el caballero del abrigo de castor no podía estarse quieto, miraba intranquilo a ambos lados, movía los pies agarrando continuamente del abrigo al joven como si se ahogara.
       —¿Lo ve? —dijo—. Pretendía dirigirme a usted amistosamente… disculpe el atrevimiento… Quería preguntarle si no podría usted dar sus paseos por allí, por aquella calle, junto a la callejuela, donde hay una puerta de salida, en forma de «L»; eso es. Yo, a mi vez, también pasearé cerca del portal principal, de modo que no se nos pasará por alto. Lo que no quiero es que se me escabulla estando yo solo; no quiero que se me escape. Usted, en cuanto la vea, deténgala y avíseme… Pero ¡he perdido el juicio! ¡Ahora me doy cuenta de lo informal y estúpida que resulta mi propuesta!
       —Pero ¿por qué? ¡Se lo ruego…!
       —¡No me disculpe! ¡Estoy tan alterado y confuso como jamás había estado! Como si realmente hubiera cometido un delito. Para serle franco y honesto, he de reconocer que al principio hasta le tomé por el amante.
       —Bueno, hablando claramente, ¿quiere saber lo que estoy haciendo aquí?
       —Pero, honorable caballero, ni por lo más remoto he pensado que usted fuera él; no le voy a deshonrar con esa idea, pero… ¿podría darme usted su palabra de honor de que no es un amante…?
       —Bueno, está bien, permítame darle mi palabra de honor de que lo soy, pero no de su mujer; de lo contrario, no estaría ahora en la calle, sino con ella.
       —¡De la mujer! ¿Quién le ha dicho, joven, que se trate de mi mujer? Soy soltero, es decir, yo también soy un amante…
       —Dijo usted que su marido estaba… en el puente de Voznesenski…
       —Claro, por supuesto, me estoy trastabillando. Pero la cosa tiene aún más enredo. Pues ha de reconocer, joven, que existe una cierta ligereza de caracteres, o sea…
       —¡Bien, bien! ¡Está bien, está bien!
       —Es decir, yo no soy el marido…
       —Le creo de veras. Pero le digo sinceramente que, después de hacerle cambiar de opinión, lo que deseo es tranquilizarme yo mismo y por eso soy absolutamente franco con usted. Me ha dado usted un disgusto y me está molestando. Prometo que le llamaré. Pero ahora le ruego que haga el favor de retirarse. También yo estoy esperando.
       —¡Oh, disculpe, disculpe! Me alejaré, pues respeto la apasionada espera de su corazón. Lo comprendo, tratándose de un joven. ¡Oh, qué bien le comprendo ahora!
       —Está bien, está bien…
       —¡Hasta la vista…! Por cierto, disculpe joven, otra vez me tiene usted aquí… No sé cómo decirlo… Por última vez, deme su palabra de honor de que no es el amante.
       —¡Por el amor de Dios!
       —Una última pregunta: ¿sabe cómo se apellida el marido de su… es decir, de aquella mujer, que viene a ser objeto de su…?
       —Claro que sí; pero no es su apellido y asunto acabado.
       —¿Y cómo sabe mi apellido?
       —Escuche, váyase. Está usted perdiendo el tiempo y, mientras tanto, ella podría escabullirse unas cuantas veces… ¿Qué más quiere? La mujer que usted espera lleva una piel de zorro y la mía una gabardina de cuadros y un sombrero de terciopelo azul… Pero ¿qué más quiere? ¿Qué más?
       —¡Un sombrerito de terciopelo azul! Ella tiene una gabardina de cuadros y un sombrero azul —exclamó el importuno caballero, regresando al instante.
       —¡Ay, al demonio! Pero si eso puede ocurrir… Pero además ¡qué digo! ¡Si la mía no va allí!
       —¿Y dónde está la suya?
       —¡Quiere saberlo! ¿Y qué más le dará?
       —Confieso que sigo con lo de…
       —¡Uf, Dios mío! ¡Pero si no tiene usted ni pizca de vergüenza! La mujer que yo espero tiene unos amigos que viven aquí en el tercer piso que da a la calle. Pero ¿acaso debo decirle de qué personas se trata con nombres y apellidos?
       —¡Dios mío! Yo también tengo conocidos que viven en el tercer piso y con las ventanas que dan a la calle. Un general…
       —¡¿Un general?!
       —Un general. Y le voy a hacer el favor de decir de qué general se trata; bueno pues del general Polovitsin.
       —¡Toma ya! ¡No, no son esos! (¡Ay, qué diantre!, ¡qué demonios!).
       —¿No se trata de ellos?
       —No son ellos.
       Ambos callaban y se miraban estupefactos el uno al otro.
       —Pero ¿por qué me mira usted de ese modo? —exclamó el joven, sacudiéndose con pesar el pasmo y el ensimismamiento.
       El caballero dio muestras de inquietud.
       —Yo, yo reconozco…
       —No, permítame, permita que hablemos seriamente. Es un asunto que atañe a los dos. Dígame… ¿A quién tiene usted allí…?
       —Quiere decir ¿mis amigos?
       —Sí, sus amigos…
       —¡Lo ve, lo ve! ¡Por su mirada he adivinado que acerté!
       —¡Qué demonios! ¡Pues no! ¡Qué demonios! ¿Acaso está ciego? Pero si al estar delante de usted no puedo estar con ella. ¡Y bien, y bien! Sí, por lo demás, todo me da igual; tanto si habla como si no.
       El joven, furioso, dio un par de vueltas en el sitio, gesticulando con la mano.
       —¡Pero si yo no digo nada! Como persona honesta se lo contaré todo: al principio la mujer venía aquí sola; es su familia. Yo no sospechaba nada. Y ayer me encontré con Su Excelencia, quien me dijo que hacía tres semanas que se había mudado de este piso a otro, luego la mujer, es decir, no mi mujer, sino la mujer del otro (del que está en el puente de Voznesenski), esa dama, decía que hacía un par de días que había estado en casa de ellos, o sea, en este piso… Y la cocinera me dijo que el piso de Su Excelencia lo alquiló un hombre joven apellidado Bobýnitsyn…
       —¡Ay, qué demonios, qué demonios…!
       —¡Señor mío! ¡Estoy asustado, aterrado!
       —¡Ay, qué diantre! ¡Y qué me importa que tenga usted miedo y esté horrorizado! ¡Ay! Allí se ha visto algo…
       —¿Dónde? ¿Dónde? No tiene usted más que exclamar: ¡Iván Andréich! Y yo saldré corriendo.
       —Está bien, está bien. ¡Ay, qué demonio, qué demonio! ¡Iván Andréich!
       —¡Aquí estoy! —exclamó Iván Andréich dándose la vuelta completamente sofocado—. ¿Y bien, qué?, ¿dónde?
       —No, yo solo era por… quería saber cómo se llamaba la dama.
       —Glaf…
       —¿Glafira?
       —No, no es exactamente Glafira… disculpe, pero no puedo decirle cómo se llama —y, al decir eso, el honorable caballero se puso completamente pálido.
       —Pues claro que no es Glafira, yo mismo sé que no es Glafira, y la otra tampoco; entonces ¿con quién está?
       —¿Dónde?
       —¡Allí! ¡Ay, qué demonios! —de lo furioso que estaba, el joven apenas se sostenía en pie.
       —¡Ah, lo ve! ¿Cómo sabía usted que se llama Glafira?
       —¡Al diablo! Encima que estoy entreteniéndome aquí con usted. ¡Pero si ha dicho que la suya no se llamaba Glafira…!
       —¡Señor mío, pero qué tono!
       —¡Al demonio el tono! ¿Acaso ella es su mujer?
       —No, o sea… soy soltero… Pero yo no estaría a cada paso exclamando «¡qué demonio!» a una persona honorable sumida en la desgracia, que, si no pudiera decirse que es digna de todo respeto, al menos es educada. Usted no para de repetir: «¡Qué demonio! ¡Qué demonio!».
       —¡Pues sí, al diablo! Ya estamos iguales, ¿lo entiende?
       —A usted le ciega la ira, y yo me callo. ¡Dios mío! ¿Quién es?
       —¿Dónde?
       Se oyeron ruidos y risas. Dos señoritas muy monas bajaron las escalerillas. Los dos caballeros salieron corriendo a su encuentro.
       —¡Cómo son! Pero ¿qué hace?
       —¿Dónde va?
       —¡No es ella!
       —¡Nos hemos confundido! ¡Cochero!
       —¿Dónde va, señorita?
       —A Pokrov. Siéntate Annushka, te llevaré conmigo.
       —Me sentaré aquí. ¡Vamos! ¡Vamos, cochero! ¡Sé más veloz…!
       El cochero arrancó.
       —¿Y de dónde habrán salido?
       —¡Dios mío, Dios mío! ¿No deberíamos seguirlas?
       —¿Dónde?
       —Pues a casa de Bobýnitsyn.
       —No. No estaría bien…
       —¿Por qué?
       —Claro que yo, por mí, iría, pero ella diría otra cosa. Se saldrá por peteneras, la conozco. Diría que vino a propósito para pillarme a mí, y me echaría la culpa.
       —¡Y saber que realmente está allí! Pero usted, no sé… no entiendo por qué no sube usted a casa del general…
       —Pero si se ha mudado de casa.
       —Da lo mismo, ¿lo entiende? Ella ha estado en su casa, bueno pues usted también va a verlo, ¿comprende? Hágalo como si no supiera que el general se ha mudado de casa, vaya como si fuera a buscar a su mujer…
       —Y ¿después?
       —Bueno, y después disimule como pueda donde Bobýnitsyn. ¡Uf, demonio, qué tor…!
       —Bueno, ¿y qué le importa a usted que yo disimule? ¡Lo ve, lo ve…!
       —¿Qué? ¿Qué dice, señor mío? ¿Qué? ¿Otra vez me sale con lo de antes? ¡Ay, Dios mío! ¡Debería avergonzarse de ser tan ridículo y torpe!
       —Bueno, ¿y por qué razón se toma usted tanto interés? Usted quiere enterarse…
       —¿Enterarme de qué?, ¿de qué? ¡Qué demonios, ahora no tengo tiempo para entretenerme con usted! Puedo ir yo solo. ¡Váyase, márchese! ¡Vigile allí! ¡Vamos!
       —¡Señor mío, casi pierde usted los estribos! —exclamó desesperado el caballero del abrigo de castor.
       —¿Y qué? ¿Y qué más da que pierda los estribos? —dijo el joven apretando los dientes y acercándose enfurecido al caballero del abrigo de castor—. ¿Y qué pasa? ¿Delante de quién estoy perdiendo los estribos? —rugió apretando los puños.
       —Pero señor mío, permítame…
       —Pero ¿quién es usted? ¿Ante quién pierdo los estribos? ¿Cómo se apellida?
       —No sé por qué… joven. ¿Para qué quiere saber el apellido…? No puedo decírselo… Mejor será que vaya con usted. Vamos, no me voy a quedar atrás, estoy preparado para todo… Pero, créame, merezco que se me trate con más amabilidad. No es necesario perder las formas, y si está disgustado por algo (aunque me imagino el motivo), mayor razón para que no lo haga… ¡Es usted todavía un hombre muy, muy joven…!
       —¿Y a mí qué me importa que sea usted viejo? ¡Vaya cosa! ¡Márchese! ¿Qué hace dando vueltas por aquí…?
       —¿Qué es eso de que yo sea viejo? No soy tan viejo. Claro que por mi título, pero yo no estoy dando vueltas por aquí…
       —Eso está claro. Pero vamos, ¡márchese ya…!
       —Pues no, iré con usted. No puede negarse a ello. También estoy metido en el ajo; voy con usted…
       —¡En tal caso, silencio! ¡Silencio! ¡Cállese…!
       Los dos subieron al rellano y ascendieron por la escalera hasta el tercer piso. Estaba bastante oscuro.
       —¡Espere! ¿Tiene cerillas?
       —¿Cerillas? ¿Qué cerillas?
       —¿Fuma usted?
       —¡Ah, sí! ¡Aquí las tengo! Ahora… espere —el señor de la piel de castor se inquietó.
       —¡Uf qué tor…! ¡Al diablo! Parece que esto es una puerta…
       —Esta, esta, esta, esta…
       —«Esta, esta, esta»… ¿por qué grita? ¡Hable más bajo…!
       —¡Señor mío, con todo el dolor de mi corazón… le digo que es usted un insolente! ¡Eso es…!
       Prendió la cerilla.
       —Esto es, aquí está la placa metálica. Ahí está Bobýnitsyn. ¿Lo ve?: Bobýnitsyn.
       —¡Lo veo, lo veo!
       —¡Más ba… jito! ¿Se ha apagado?
       —Se apagó.
       —¿Llamamos?
       —No, ¿para qué? Usted empezó, llame usted…
       —¡Cobarde!
       —¡Usted sí que es cobarde!
       —¡Már-che-se!
       —¡Estoy arrepentido de haberle confiado mi secreto! Usted…
       —¿Yo? ¿Yo qué?
       —Se ha aprovechado de mi disgusto. Vio que estaba contrariado…
       —¡Al diantre! Me da risa, eso es todo y punto.
       —¿Y por qué está usted aquí?
       —¿Y usted…?
       —¡Vaya una moral! —señaló indignado el caballero del abrigo de castor.
       —¿Qué dice de la moral? Y usted ¿qué?
       —¡Pues que es inmoral!
       —¿Qué?
       —¡Pues sí! ¡Que, en su opinión, cualquier marido ofendido es un pazguato!
       —¿Acaso es usted un marido? Si el marido está en el puente de Voznesenski. ¿Y, si es así, por qué se pone de ese modo?
       —¿Por qué se pone tan pesado? ¡Y a mí que me parece que es usted el amante…!
       —¡Escuche, si continúa de ese modo, me veré obligado a reconocer que es un pazguato! ¿O, mejor dicho, sabe qué…?
       —¡O sea, que quiere decirme que soy el marido! —dijo retrocediendo el caballero del abrigo de castor como si le echaran un jarro de agua hirviendo.
       —¡Chis! ¡A callar! ¿Lo oye…?
       —Es ella.
       —¡No!
       —¡Uf! ¡Qué oscuro está!
       Todo quedó en silencio. En el piso de Bobýnitsyn se oyó ruido.
       —Pero ¿por qué tenemos que enfadarnos, señor mío? —murmuró el caballero del abrigo de castor.
       —Pero ¡qué diantre, si fue usted mismo quien se enfadó!
       —Usted me sacó de mis casillas.
       —¡Cállese!
       —Reconozca que todavía es muy joven…
       —Pero ¡cállese!
       —Claro que estoy de acuerdo en que un marido que se encuentra en semejante situación es un pazguato.
       —Pero ¿puede callarse? ¡Oh!
       —¿Por qué se tiene que perseguir con tanta saña al infeliz marido…?
       —¡Es ella!
       Pero en aquel momento cesó el ruido.
       —¡Es ella! ¡Ella! ¡Ella! Pero ¿por qué está usted tan preocupado, si este asunto no le atañe?
       —¡Muy señor mío! ¡Muy señor mío! —murmuraba el caballero del abrigo de castor, pálido y a punto de echarse a llorar—. Claro que estoy disgustado… ha presenciado ya bastante de mi humillación; y aunque ahora sea de noche, mañana… la verdad es que mañana no nos volveremos a ver, aunque no temo encontrármelo (y además no seré yo, sino mi compañero, el que está en el puente de Voznesenski. ¡De veras! Se trata de su mujer, no de la mía. ¡Pobre hombre!), se lo aseguro. Lo conozco bien. Permita que se lo cuente todo. Somos amigos, como se podrá usted imaginar, pues de lo contrario no estaría yo tan desconsolado como evidentemente lo estoy. Si ya se lo decía yo una y otra vez: «¿Para qué te casas, querido amigo? Estás bien situado socialmente, vives holgadamente, eres un hombre respetable, ¿por qué quieres cambiar todo esto por encapricharte de una coqueta? ¡Reconócelo!». «¡No!», me dijo. «Me caso porque deseo disfrutar de la felicidad familiar…». ¡Y aquí tiene la felicidad familiar! Antes era él quien engañaba a los maridos, y ahora le ha tocado a él… disculpe, pero era preciso recurrir a estos términos… Es un infeliz, y ahora lo está pagando… ¡Eso es…! —en ese momento el caballero del abrigo de castor soltó un gemido como si se echara a llorar, pues la cosa no estaba para bromas.
       —¡Bah, que el demonio se los lleve a todos! ¡Como si en el mundo hubiera pocos idiotas! Pero ¿quiere decirme quién es usted? —el joven apretó enfurecido los dientes.
       —Después de esto, ha de reconocer… que he sido amable y sincero respecto a usted… pero ¡hay que ver qué tono!
       —No. Disculpe. Dispense… ¿Cómo se apellida usted?
       —No. ¿Para qué quiere saber el apellido?
       —¡Ah!
       —No puedo decirle el apellido…
       —¿Conoce usted a Zhabrin? —dijo rápidamente el joven.
       —¡¡¡Zhabrin!!!
       —¡Sí, Zhabrin! ¡Ah! —en ese momento el joven se permitió burlarse ligeramente del caballero del abrigo de castor—. ¿Comprende de lo que se trata?
       —¡No! ¡No sé de qué Zhabrin se trata! —respondió estupefacto el caballero del abrigo de castor—. No conozco en absoluto a ningún Zhabrin. La persona de la que le hablo es un caballero respetable. Solo los celos que le martirizan disculpan su descortesía.
       —¡Es un ladrón, un vendido, un sobornador y un tunante, que ha robado del Tesoro Público! Pronto se verá ante los tribunales.
       —Disculpe —le dijo el caballero del abrigo de castor, que se estaba poniendo pálido—, usted no lo conoce. Y, por lo que veo, lo desconoce por completo.
       —No lo conozco personalmente, pero sí de otras fuentes cercanas a mí.
       —¡Señor mío! ¿Qué fuentes? Como ve, estoy disgustado…
       —¡Es un estúpido! ¡Un celoso! ¡Un tipo que no ha sabido controlar a su mujer! ¡Eso es lo que es él, si quiere usted saberlo!
       —Perdone, joven, está usted ofuscado y confundido…
       —¡Ah!
       —¡Ah!
       En el piso de Bobýnitsyn se oyó ruido. Estaban abriendo la puerta. Se oyeron unas voces.
       —¡Oh! ¡No es ella, no es ella! Reconocería su voz. ¡Ahora ya lo sé todo! Pero ¡no! ¡Esta no es ella! —dijo el caballero del abrigo de castor, poniéndose completamente pálido.
       —¡A callar!
       El joven se pegó a la pared.
       —Muy señor mío, yo me voy corriendo. No es ella, y estoy muy contento.
       —¡Vamos, vamos! ¡Váyase!
       —¿Y por qué no se va usted?
       —Y usted ¿por qué se queda?
       Se abrió la puerta y el caballero del abrigo de castor bajó corriendo las escaleras.
       Un caballero y una dama pasaron rozando al joven, que sintió saltársele el corazón… Se oyó una conocida voz femenina y a continuación una recia voz masculina, que le resultó desconocida.
       —Está bien, pediré un trineo —dijo la voz recia.
       —¡Ay! Sí, perfecto. Está bien…
       —Ahora nos esperará en la puerta.
       La dama se quedó sola.
       —¡Glafira! ¿Y tus promesas? —exclamó el joven, agarrando de la mano a la dama.
       —¡Ay! ¿Quién es? ¿Es usted, Tvorogov? ¡Dios mío! ¿Qué hace?
       —¿Con quién estaba aquí?
       —¡Pero si es mi marido! ¡Váyase! ¡Váyase, que saldrá ahora de allí… de casa de Polovitsin! ¡Por el amor de Dios, váyase!
       —Los Polovitsin hace tres semanas que se han mudado. ¡Lo sé todo!
       —¡Ay! —la dama salió aprisa hacia el soportal. El joven la detuvo.
       —¿Quién se lo ha dicho? —preguntó la dama.
       —Su marido, señora, Iván Andréich. Está por aquí, cerca de usted…
       Y realmente Iván Andréich se encontraba en el porche.
       —¡Ah! ¿Es usted? —exclamó el caballero del abrigo de castor.
       —Ah! c’est vous? —exclamó Glafira Petrovna abalanzándose sobre él con sincera alegría—. ¡Oh, Dios! ¡Las cosas que me pasan! Estuve en casa de los Polovitsin. Ya te lo puedes imaginar… sabes que ahora viven en el puente de Izmáilovski. ¿Te acuerdas de que te lo dije? Allí tomé el trineo. Los caballos enloquecieron, echaron a correr y rompieron el trineo, yo me caí a unos cien pasos de aquí. Al cochero se lo llevaron a la comisaría. Yo estaba fuera de mí. Por suerte para mí, llegó monsieur Tvorogov…
       —¿Cómo?
       Monsieur Tvorogov se asemejaba más a un fósil que al propio señor Tvorogov.
       —Monsieur Tvorogov me reconoció enseguida y se ofreció a acompañarme. Pero, como ahora estás aquí, no me queda más que expresarle mi calurosa gratitud, Iván Ilich…
       La dama extendió la mano al estupefacto Iván Ilich, pero, más que estrechársela, pareció pellizcársela.
       —¡Monsieur Tvorogov! Es un conocido mío. Tuvimos el placer de conocerlo en el baile de los Skorlúpov. Creo que te hablé de él. ¿Acaso no te acuerdas, Coco?
       —¡Oh! ¡Claro, claro! ¡Oh, me acuerdo! —dijo el caballero del abrigo de castor al que llamaban Coco—. Mucho gusto, mucho gusto.
       Y estrechó calurosamente la mano del señor Tvorogov.
       —¿Con quién está hablando? ¿Qué significa esto? Estoy esperando… —resonó la voz recia.
       Frente al grupo apareció un caballero altísimo. Sacó los impertinentes y miró atentamente al caballero del abrigo de castor.
       —¡Ah, monsieur Bobýnitsyn! —dijo gorjeando la dama—. ¿De dónde viene usted? Esto es lo que se dice un encuentro. ¡Imagínese! ¡Me caí del trineo hace un rato…! ¡Pero mi marido está aquí! ¡Jean! Te voy a presentar al señor Bobýnitsyn, que estuvo en el baile de los Karpov…
       —¡Oh! ¡Mucho, mucho gusto…! Pero ahora, amiga mía, voy a buscar un coche.
       —¡Búscalo Jean, búscalo! Estoy muy asustada y temblando; no me encuentro bien… Esta noche en el baile de máscaras… —le susurró ella a Tvorogov—. ¡Adiós, adiós, señor Bobýnitsyn! Probablemente nos veamos mañana en el baile de los Karpov…
       —No. Disculpe, mañana no asistiré… iré a… ya que las cosas salieron así… —el señor Bobýnitsyn murmuró algo más entre dientes, arrastró sus enormes botas, se sentó en su trineo y se marchó.
       En aquel momento llegó un coche y la dama se montó en él. El caballero del abrigo de castor se detuvo. Parecía que no tenía fuerzas para moverse y se quedó mirando inexpresivamente al joven de la pelliza. Este sonreía con muy poca gracia.
       —Yo no sé…
       —Disculpe, es un placer haberle conocido —respondió el joven haciendo una reverencia y ligeramente intimidado.
       —Es un placer…
       —Creo que ha perdido usted un chanclo…
       —¿Yo? ¡Ah, sí! Se lo agradezco, de veras. Me empeño en usarlos de goma…
       —Y al parecer con ellos el pie suda más —dijo el joven, participando con entusiasmo en la conversación.
       —¡Jean! Pero ¿cuánto vas a tardar?
       —Eso es lo que hace exactamente el pie, sudar. Ahora, ahora, corazoncito mío; he aquí una conversación interesante. Exactamente eso, como muy acertadamente ha señalado usted, que suda el pie… Pero, por lo demás, disculpe, yo…
       —Pero ¡hombre!
       —Estoy muy, muy satisfecho de haberle conocido…
       El caballero de la piel de castor subió al coche. Este arrancó a andar. El joven, estupefacto, se quedó clavado en el sitio, acompañando el coche con la mirada.


II

       Al día siguiente por la tarde había una representación en la Ópera italiana. Iván Andréievich penetró en la sala como una exhalación. Hasta entonces nunca había expresado tanto furor y tanta pasión por la música. Al menos era sobradamente conocido que a Iván Andréievich le gustaba sobremanera quedarse durante alguna horita traspuesto en la Ópera italiana, llegando incluso a reconocer que aquello le resultaba muy agradable y dulce. «Hasta la prima donna», decía a los amigos, «te susurra como un gatito una canción de cuna». Pero esto lo decía hace ya algún tiempo, durante la pasada temporada; mientras que ahora… ¡Ah! Iván Andréievich no dormía ni en su casa por las noches. Aunque en esta ocasión irrumpió en la sala como una flecha. Incluso el acomodador se quedó sorprendido, y miró instintivamente de reojo su bolsillo lateral cual si temiera que de él se asomara el mango de algún cuchillo. Es preciso señalar que, en aquellos momentos, el público estaba dividido en dos grupos que se inclinaban cada uno por su prima donna. Unos se llamaban …zistas, y los otros …nistas. Ambos grupos amaban hasta tal punto la música que los acomodadores finalmente temieron que pudiera surgir alguna expresión real de ese amor hacia lo bello y lo sublime encarnados en las dos primas donnas. He aquí por qué, viendo una irrupción tan infantil en la sala de un anciano canoso —aunque verdaderamente no lo fuera tanto, pues debía rondar los cincuenta—, algo calvo y, en general, de aspecto formal, el acomodador recordó involuntariamente las palabras de Hamlet, príncipe de Dinamarca:

Cuando la vejez te cae tan de golpe,
¿qué viene a ser la juventud?…

mirando de reojo el bolsillo lateral del frac, y esperando ver un cuchillo asomando. Pero allí solo había una cartera, nada más.
       Al irrumpir en el teatro, Iván Andréievich recorrió de un vistazo todos los palcos de la segunda fila, y ¡oh! ¡Qué horror! Su corazón se estremeció. ¡Ella estaba allí! ¡Sentada en un palco! Lo ocupaba junto al general Polovitsin, su mujer y su suegra; también se encontraba allí el ayudante del general —un joven extraordinariamente hábil—; y, además, un caballero de civil… Iván Andréievich se concentró, afinando al máximo su agudeza visual, y ¡qué horror! El civil se escondió traicioneramente detrás de la espalda del ayudante, haciéndose completamente irreconocible su figura.
       Ella estaba allí, cuando por el contrario había dicho que en absoluto pensaba ir al teatro. Precisamente esa duplicidad, que de un tiempo a esta parte afloraba a cada paso en Glafira Petrovna, era lo que mortificaba a Iván Andréievich. Y aquel joven civil terminó por sumirle finalmente en una completa desesperación. Se sentó en su butaca completamente abatido. ¿Que por qué? Es muy sencillo…
       Es preciso señalar que la butaca de Iván Andréievich se situaba precisamente junto al palco de platea, y, para colmo, el palco traidor del segundo piso se hallaba justo encima de su asiento, de modo que, para su disgusto, él no podía ver absolutamente nada de cuanto ocurría por encima de su cabeza. Pero estaba tan furioso y sofocado que parecía un samovar. El primer acto transcurrió para él sin enterarse de nada, es decir, sin oír una sola nota. Dicen que lo mejor de la música es que uno puede adaptar sus impresiones musicales a cualquier sensación. Un hombre alegre encontrará en las notas alegría; uno triste, tristeza. Mientras que en los oídos de Iván Andréievich comenzaba a aullar la tormenta. Para colmo de desdichas, detrás, delante y a su lado, se oían unas voces tan horribles que el corazón iba a estallarle. Finalmente, el acto terminó. Pero, en el preciso instante en que caía el telón, a nuestro héroe le sucedió algo que ninguna pluma es capaz de describir. A veces ocurre que de los palcos de las galerías de arriba cae algún programa. Cuando la pieza resulta aburrida y los espectadores bostezan, eso se convierte para ellos en todo un acontecimiento.
       Con especial expectación observan todos desde el palco de arriba el vuelo de ese papel extraordinariamente suave, encontrando placer en ver su recorrido en zigzag hasta los mismos asientos, donde cae irremediablemente sobre alguna cabeza que en absoluto está preparada para el acontecimiento. Y realmente resulta curioso observar lo incómodo que se siente el caballero sobre cuya cabeza se posa el papel (porque se queda irremediablemente confuso). Temo también los gemelos femeninos, que a menudo reposan en los antepechos del palco. Siempre me los imagino salir volando hacia alguna cabeza no preparada para el suceso. Sin embargo, soy consciente de no hacer en vano esta advertencia, motivo que me hace enviar esta observación en forma de artículo a aquellos periódicos que salvaguardan de los engaños, la falta de conciencia, las cucarachas, si alguien las tuviera en su casa, y recomendar al famoso señor Princhipe, un terrible enemigo y adversario de todas las cucarachas del mundo, no solo de las rusas, sino también de las extranjeras, tanto las prusianas como las demás.
       Pero a Iván Andréievich le sucedió en aquel momento algo indescriptible. Sobre su cabeza —como ya se ha mencionado, bastante desprovista de cabello— no cayó el programa. Confieso que hasta me resulta bochornoso decir que sobre la honorable y calva cabeza de Iván Andréievich, sí, sobre la cabeza del celoso y excitado Iván Andréievich, cayó un objeto tan inmoral como una nota amorosa. El pobre Iván Andréievich, que en absoluto estaba preparado para este inesperado y bochornoso acontecimiento, se estremeció del mismo modo que si hubiera cazado un ratón o algún otro animal salvaje que corriera por su cabeza.
       Indudablemente se trataba de una nota de calado amoroso. Estaba escrita en un papel perfumado, como sucede en las novelas, y doblada de un modo tan evidentemente confidencial que cabría en el interior del guante de una señora. Probablemente cayera en el momento de querer entregarla, cuando se hablaba sobre el contenido del programa, estando cuidadosamente doblada en su interior y a punto de pasar a manos de su destinatario, pero, instantáneamente, o por un descuidado empujón del ayudante —que se disculparía cortésmente por su torpeza—, se habría escurrido de la pequeña y temblorosa mano, mientras que el joven, al extender ya ansioso la suya, en lugar de la nota cogía el programa, con el que decididamente no sabría qué hacer. ¡Un suceso desagradable y extraño! Verdaderamente cierto, pero han de reconocer que aún más embarazosa fue la situación en que se encontró Iván Andréievich.
       —Prédestiné —murmuró él, mientras un sudor frío le corría por el cuerpo y él estrujaba la notita en la mano—. Prédestiné! ¡La bala encontrará al culpable! —se le pasó por la cabeza—. ¡No, no es eso! ¿Qué culpa tengo yo? Y además hay más dichos que vendrían al caso.
       ¡Cualquier cosa puede pasársele por la cabeza a un hombre aturdido por un acontecimiento tan repentino! Iván Andréievich se quedó inmóvil en su butaca; no estaba, como se suele decir, ni vivo ni muerto. Sabía que todo el mundo había presenciado lo que le había sucedido, sin percatarse de que en aquel momento un gran alboroto comenzaba en la sala, que aclamaba a la cantante. Continuó sentado, tan confuso y colorado que no se atrevió a levantar los ojos, como si algo desagradable le ocurriera inesperadamente, alguna disonancia en medio de una maravillosa y tumultuosa sociedad. Finalmente, decidió levantar la vista.
       —¡Qué bien han cantado! —le señaló a un petimetre que estaba sentado a su izquierda.
       El petimetre, que era un entusiasta en grado sumo que aplaudía con ambas manos y armaba un gran alboroto con los pies, le echó una rápida y fugaz mirada a Iván Andréievich y, llevándose las manos a la boca para amplificar su voz, gritó el nombre de la cantante. Iván Andréievich, que hasta entonces no había oído semejante potencia de voz, estaba entusiasmado. «¡No ha visto nada!», pensó, y miró hacia atrás. A su vez, un caballero grueso que estaba sentado detrás de él, y que ya se disponía a salir, le dio la espalda para mirar el palco con impertinentes. «¡También está bien!», pensó Iván Andréievich. Lógicamente, los de delante no han visto nada. Tímida y felizmente esperanzado miró de reojo los palcos junto a los que se encontraba su asiento, y se estremeció por una sensación de lo más desagradable. Allí había una dama que se llevaba el pañuelo a la boca y, reclinada en el respaldo del asiento, reía frenéticamente.
       —¡Oh, estas mujeres, estas mujeres! —murmuró Iván Andréievich y se lanzó hacia la salida pisando los pies de los espectadores.
       Ahora bien: propongo a los lectores que deduzcan conmigo lo sucedido con Iván Andréievich. ¿Acaso tenía razón en aquel momento? Como es de sobra conocido, un teatro grande se compone de cuatro pisos de palcos y un quinto, que hace la galería. ¿Por qué habría de suponerse que la nota cayera precisamente de ese palco, y no de cualquier otro como, por ejemplo, un quinto piso donde también podía haber damas? Pero la pasión es algo excepcional, y los celos aún más.
       Iván Andréievich se lanzó hacia la luz, abrió la nota y leyó:

Hoy. Ahora, después del espectáculo, en la calle G***, junto a la esquina de la callejuela, en la casa de K***, en la tercera planta, escalera derecha entrando desde el portal. Estate allí, sans faute, por el amor de Dios.

       Iván Andréievich no reconoció la letra, pero no había duda: era una cita. «Cazar, atrapar y evitar el mal desde el mismo principio» fue la primera idea que se le ocurrió a Iván Andréievich. Por su cabeza pasó la idea de descubrir a la persona en aquel mismo instante y en el mismo lugar. Pero ¿cómo había de hacerlo? Iván Andréievich salió corriendo hasta el segundo piso, pero regresó tras recapacitar un rato. Decididamente, no sabía hacia dónde salir corriendo. Como no se le ocurría nada, se dirigió hacia otro lado y miró a través de la puerta abierta de un palco que se encontraba en el lado opuesto. «¡Está bien, está bien!», pensó. En los cinco palcos en dirección vertical había jóvenes damas y caballeros. La nota podía haber caído de cualquiera de los cinco palcos, porque Iván Andréievich sospechaba que los ocupantes de todos los palcos se habían conjurado contra él. Pero nada le hizo cambiar de opinión, ni esa evidencia. Durante el segundo acto se recorrió los pasillos, sin que ninguno de ellos le proporcionara paz interior. Se le ocurrió introducirse en la taquilla del teatro, a la espera de que el taquillero le diera los nombres de las personas que compraron las entradas de los cuatro palcos, pero se encontró con que la taquilla ya estaba cerrada. Finalmente, se oyeron exclamaciones y aplausos. La función había terminado. Comenzaron las ovaciones y desde arriba del todo se oyeron dos voces especialmente potentes: eran los cabecillas de ambos grupos de admiradores. Pero estos le eran indiferentes a Iván Andréievich. Ya tenía en la cabeza la idea de lo que debía hacer en adelante. Se puso el abrigo y salió corriendo hacia la calle G*** para pillar, sorprender, y, en general, actuar allí, más enérgicamente que el día anterior. Enseguida encontró la casa y ya estaba entrando en el portal cuando, de pronto, se deslizó ante él como una sombra la figura del petimetre con el abrigo puesto. Lo adelantó y se precipitó escaleras arriba al tercer piso. A Iván Andréievich le pareció que se trataba del mismo petimetre, aunque tampoco antes pudo fijarse bien en la cara de aquel hombre. Se le paralizó el corazón. El petimetre le sacaba ya dos tramos de escalera. Finalmente pudo oír cómo en el tercero se abría la puerta y se le esperaba sin llamar al timbre. El joven caballero entró en el apartamento. Por fin, Iván Andréievich llegó al tercer piso cuando aún no habían cerrado la puerta. Quiso permanecer frente a la puerta, analizar debidamente el paso que iba a dar, recapacitar un poco, para proceder con firmeza posteriormente; pero en aquel momento se oyó el ruido de un coche junto al portal, que se abrió ruidosamente, y alguien de fuertes pisadas acompañadas de carraspeos y toses empezó a subir las escaleras. Iván Andréievich no aguantó más, abrió la puerta e irrumpió en el piso con la solemnidad de un marido ofendido. A su encuentro salió corriendo una doncella completamente agitada, seguida de un hombre; pero no había forma de detener a Iván Andréievich. Como una flecha irrumpió en un cuarto y, tras atravesar a oscuras otras dos habitaciones, se encontró en el dormitorio frente a una joven y maravillosa dama, que temblaba de miedo y miraba horrorizada, sin acabar de entender, lo que estaba sucediendo. En aquel momento se oyeron en la habitación de al lado fuertes pisadas que se dirigían directamente al dormitorio: eran los mismos pasos que ascendían por la escalera.
       —¡Dios mío! ¡Es mi marido! —exclamó la mujer, agitando las manos y palideciendo hasta más no poder.
       Iván Andréievich se dio cuenta de que se había equivocado actuando de un modo tan infantil y absurdo, sin haber reflexionado como es debido en la escalera el paso que iba a dar. Pero ya no había vuelta atrás. La puerta ya se había abierto y el corpulento marido, a juzgar por sus pesados pasos, entraba en la habitación… No sé quién creyó ser Iván Andréievich en aquel momento. Tampoco la razón que le impedía ponerse frente al marido para decirle que se encontraba en aquel lugar por haber metido la pata, reconocer que inconscientemente había actuado torpemente, disculparse y marcharse; claro que no con grandes honores y tampoco gloriosamente, pero al menos de la manera más noble y sincera posible. Pero, otra vez, Iván Andréievich actuó como un jovenzuelo, cual si se tuviera por un don Juan. Al principio se escondió detrás de unas cortinas que había junto a la cama, y después, completamente desmoralizado, se deslizó hasta el suelo metiéndose absurdamente debajo de la cama. El miedo paralizó su raciocinio, e Iván Andréievich, al ser también un marido engañado, o por lo menos al considerarse como tal, no soportaba el encuentro con otro marido, probablemente por temor a ofenderle con su presencia. Sea como fuere, se encontró debajo de la cama, sin comprender exactamente cómo podía haber sucedido aquello. Pero lo más sorprendente era que la dama no mostrara extrañeza. No gritó al ver cómo un extraño caballero ya entrado en años buscaba un escondite en su dormitorio. Decididamente, se llevó tal susto que se había quedado muda.
       Entre gemidos y bostezos el marido entró en el dormitorio y con voz cantarina, propia de un anciano, saludó a su mujer dejándose caer en el asiento como si acabara de liberarse de una carga de leña. Se oyó una tos sorda y prolongada. Iván Andréievich, que de furioso tigre había pasado a ser un corderillo tan asustado y apocado como un ratón frente al gato, apenas se atrevía a respirar, aun sabiendo por experiencia propia que no todos los maridos engañados mordían. Sin embargo, no se le ocurrió esta idea, tal vez por falta de imaginación o exceso de nervios. Cuidadosamente, despacio y palpando, empezó a acomodarse debajo de la cama, para adoptar una postura más cómoda. Pero cual no sería su sorpresa cuando, para su asombro, palpó con su mano un objeto que se movía y le agarraba de la mano. Debajo de la cama había otra persona…
       —¿Quién es? —murmuró Iván Andréievich.
       —¡Ahora voy a decirle quién soy! —susurró el extraño desconocido—. Estese quieto y cállese, ya que se encuentra en semejante situación.
       —Y a pesar de todo…
       —¡A callar!
       Y el caballero que sobraba (pues debajo de la cama con uno era suficiente) apretó en su mano la de Iván Andréievich con tanta fuerza que a este le faltó poco para lanzar un grito de dolor.
       —Muy señor mío…
       —¡Chis!
       —Entonces no me estruje la mano o, de lo contrario, gritaré.
       —¡Ande, grite, atrévase!
       Iván Andréievich se sonrojó avergonzado. El desconocido parecía severo y estaba enfadado. Tal vez se trataba de un hombre que ya había experimentado la persecución del destino, habiéndose visto en otras ocasiones en situaciones embarazosas. Pero Iván Andréievich era novato y se ahogaba por la falta de espacio. La sangre se le subía a la cabeza. Y, sin embargo, no había salida: tenía que permanecer tumbado y boca abajo. Iván Andréievich lo asumió con humildad y se quedó callado.
       —Yo, querida —empezó a hablar el marido—, estuve en casa de Pavel Iványch. Nos pusimos a jugar a la préférence, y bueno, ¡cof, cof, cof! —le entró un golpe de tos—, y bueno, ¡cof! Y mi espalda… ¡cof!, ¡allá ella…!, ¡cof, cof, cof!
       Y el anciano siguió tosiendo.
       —La espalda… —dijo por fin, con los ojos empañados de lágrimas—, me ha dado dolor de espalda… ¡dichosas hemorroides! ¡No puedes levantarte, ni estarte quieto… ni sentado! ¡Cof, cof, cof!
       De nuevo pareció que la tos estaba predestinada a sobrevivir con mucho al pobre anciano, que era su dueño. A ratos refunfuñaba algo, sin que se le entendiera nada.
       —¡Muy señor mío, por el amor de Dios, échese un poco hacia allá! —murmuró el infeliz de Iván Andréievich.
       —¿Dónde dice? Si aquí no hay sitio.
       —Sin embargo, reconozca que no puedo estar así. Es la primera vez que me encuentro en semejante situación.
       —Y con una vecindad tan desagradable.
       —En cualquier caso, joven…
       —¡A callar!
       —¿A callar? Joven, se está comportando usted de una manera tan descortés… y, si no me equivoco, es usted todavía muy joven. Yo soy mayor que usted.
       —¡A callar!
       —¡Muy señor mío! Pierde usted los estribos. ¡No sabe con quién está hablando!
       —Con un caballero que está tumbado debajo de la cama…
       —A mí me trajo aquí una sorpresa… un equívoco, y a usted, la inmoralidad, si no me equivoco.
       —Pues en esto se equivoca usted.
       —¡Muy señor mío!, soy mayor que usted, y le digo…
       —¡Muy señor mío!, sepa usted que aquí estamos a la misma altura. Le ruego que no me ponga la mano en la cara.
       —¡Muy señor mío!, yo no veo aquí nada. Discúlpeme pero no hay sitio.
       —¿Por qué tendrá que ser usted tan gordo?
       —¡Dios mío! ¡Jamás me he visto en una situación tan humillante!
       —Sí, no podía caer más bajo.
       —¡Muy señor mío, muy señor mío! No sé quién es usted y no comprendo cómo ha sucedido esto; pero estoy aquí por una equivocación. No soy lo que usted se imagina…
       —Decididamente no opinaría nada acerca de usted si no me empujara. Pero ¡cállese!
       —¡Muy señor mío! Si no se echa un poco hacia un lado, me dará un ataque. Y usted será el responsable de mi muerte. Se lo aseguro… soy un hombre honrado, un padre de familia. ¡No puedo encontrarme en semejante situación…!
       —Usted mismo se ha metido en esta situación. ¡Vamos, muévase! Aquí tiene un hueco. ¡Y no hay más!
       —¡Qué joven más bondadoso! ¡Muy señor mío! Veo que estaba equivocado respecto a usted —dijo Iván Andréievich, entusiasmado de agradecimiento por el hueco cedido y colocando sus entumecidas extremidades—. Comprendo el poco espacio que tiene, pero ¿qué le vamos a hacer? Veo que tiene una mala opinión de mí. Concédame defender mi reputación ante sus ojos, decirle quién soy, porque le aseguro que estoy aquí en contra de mi voluntad. No me encuentro aquí por lo que usted cree… Estoy terriblemente asustado.
       —Pero ¿puede callarse? ¿No comprende lo que sucedería si nos oyeran? ¡Chis! Está hablando él —y realmente parecía que la tos del anciano empezaba a remitir.
       —Pues eso, corazoncito —carraspeó este tristemente—. Pues eso, corazoncito mío, ¡cof, cof! ¡Oh, qué desgracia! Fedoséi Ivánovich me dijo que podría probar una infusión de milhojas. ¿Me oyes, corazoncito?
       —¡Te oigo!
       —Pues eso, me dijo: pruebe usted a tomar una infusión de milhojas. Y yo le respondí que me había aplicado sanguijuelas. Y me dijo: «Pues no, Aleksander Demiánovich, la milhojas es más efectiva y es un buen purgante»… ¡cof, cof! ¡Oh, Dios mío! ¿Y tú qué crees, corazoncito…? ¡Cof, cof! ¡Ay!, ¡cof!
       —Yo creo que probarlo no estaría de más —respondió la esposa.
       —¡Sí! ¡No estaría de más! «Puede que tenga usted la tisis», dijo. ¡Cof, cof! Y yo le respondí que tenía gota y gastritis. ¡Cof, cof! Y él me dijo que probablemente también tuviera la tisis. ¿Y tú…?, ¡cof, cof! ¿Qué piensas de la tisis, corazoncito?
       —¡Oh, Dios mío! Pero ¿cómo puedes decir eso?
       —¡Sí, la tisis! Y tú, cariño ya podías ir desnudándote para meterte en la cama. ¡Cof, cof! ¡Y yo! ¡Cof! Estoy acatarrado.
       —¡Uf! —dijo Iván Andréievich—, por el amor de Dios, apártese un poco para allá.
       —Decididamente, me sorprende usted, ¿qué le ocurre? Pero ¿acaso no puede estarse quieto…?
       —Usted, joven, se está ensañando conmigo y pretende ofenderme. Lo estoy viendo. ¡Seguro que es el amante de esta dama!
       —¡Cállese!
       —¡No quiero callarme! ¡No permitiré que me den órdenes! ¡Seguro que usted es el amante! Si nos descubren, no tengo culpa alguna y no sé nada.
       —Si no se calla —dijo el joven apretando la dentadura—, diré que usted me ha engañado y que es un tío mío que está arruinado. Entonces, al menos no se pensará que soy el amante de esa dama.
       —¡Muy señor mío! Está usted tomándome el pelo. Está agotando mi paciencia.
       —¡Chis! ¡O le obligaré a callar! ¡Es usted mi desdicha! A ver, dígame, ¿por qué está aquí? Si no estuviera usted, yo pasaría la noche aquí y después me marcharía.
       —Pero yo no puedo estarme aquí hasta la mañana. Soy un hombre cuerdo y tengo relaciones, como es lógico… ¿Cree usted que de veras pasará aquí la noche?
       —¿Quién?
       —Pues el anciano ese…
       —Está claro que sí. No todos los maridos son como usted. Pasan la noche en casa.
       —¡Muy señor mío, muy señor mío! —exclamó Iván Andréievich, quedándose frío del susto—. Tenga en cuenta que también yo estoy en casa, y que esto es la primera vez que me ocurre; pero ¡Dios mío, estoy viendo que me conoce! ¿Quién es usted, joven? Dígamelo ahora mismo, se lo suplico; en aras de una amistad desinteresada, le ruego que me diga quién es usted.
       —¡Escuche! Puedo usar la violencia…
       —Pero permita, caballero, que le diga y explique que se trata de un asunto vergonzoso…
       —No quiero que me dé ninguna explicación, y no deseo saber nada. Cállese, o…
       —Pero yo no puedo…
       Debajo de la cama hubo un leve forcejeo e Iván Andréievich se quedó callado.
       —¡Corazoncito! ¿No te da la impresión de que hay gatos haciendo ruido debajo de la cama?
       —¿Qué gatos? ¡Qué cosas se te ocurren!
       Era evidente que la esposa no sabía de qué hablar con su marido. Estaba tan afectada que no acababa de espabilarse. En aquel momento se estremeció y aguzó los oídos.
       —¿Qué gatos?
       —Los gatos, corazoncito. Hace unos días, entré y vi a nuestro Vaska en mi despacho, ronroneando. Y yo le dije: «¿Qué te pasa, Vasenka?», y él venga a ronronear. Parecía que susurraba algo. Y se me pasó por la cabeza: «¡Oh! ¡Santo cielo! ¡No me estará profetizando la muerte!».
       —¡Pero qué tonterías me estás diciendo hoy! No sé cómo no te da vergüenza.
       —Bueno, nada. No te enfades, corazoncito. Veo que te disgusta que me muera, pero no te enfades. Hablaba por hablar. Y tú, corazoncito, ya podías ir quitándote la ropa para meterte en la cama, y mientras tanto yo aguardaré aquí sentado hasta que te acuestes.
       —Por el amor de Dios; después…
       —¡Bueno, no te enfades, no te enfades! Solo que realmente parece que aquí hay ratones.
       —¡Vaya! ¡Tan pronto son gatos como ratones! A decir verdad, no sé lo que te ocurre.
       —A mí no me pasa nada, yo no… ¡cof, cof! Nada, ¡cof, cof, cof! ¡Ay, Dios mío!, ¡cof!
       —¿Lo ha oído? Hace usted tanto ruido que hasta él lo ha percibido —susurró el joven.
       —Y si supiera usted lo que me está ocurriendo… Me está saliendo sangre de la nariz.
       —Pues que le salga; ¡cállese! Espere a que se marche.
       —Pero joven, póngase en mi situación. ¡Si ni siquiera sé junto a quién me encuentro debajo de la cama!
       —¿Acaso se sentiría más aliviado si lo supiera? Si no me interesa saber ni cómo se apellida. Pero, a propósito, ¿cuál es su apellido?
       —No. ¿Y qué falta hace saber el apellido…? A mí solo me interesa explicar de qué manera tan absurda…
       —¡Chis…! Está hablando otra vez.
       —¡De veras corazoncito que cuchichean algo!
       —¡Que no! Será el algodón, que se te estará saliendo de los oídos.
       —¡Ay, a propósito del algodón! ¿Sabes? Si en el piso de arriba… ¡cof, cof! Arriba, ¡cof, cof!…
       —¡Arriba! —susurró el joven—. ¡Al demonio! Y yo que creía que era el último piso. ¿Acaso este es el penúltimo?
       —Joven —susurró agitándose Iván Andréievich—. ¿Qué dice usted? Por el amor de Dios, ¿por qué le interesa eso? Yo también pensaba que era el tercer piso. ¡Por Dios! ¿Acaso aquí hay otro piso más…?
       —Es verdad que algo se está moviendo —dijo el anciano, que por fin había dejado de toser…
       —¡Chis! ¿Lo oye? —murmuró el joven, estrujando las manos de Iván Andréievich.
       —Muy señor mío, me tiene agarradas las manos. ¡Suélteme!
       —¡Chis…!
       Se produjo otro leve forcejeo y después de nuevo el silencio.
       —Me crucé con una chica muy mona… —retomó nuevamente la conversación el anciano.
       —¿Cómo que una chica mona? —le interrumpió su mujer.
       —Pero si ya antes… te dije que me crucé con una dama muy mona en la escalera, ¿o acaso se me ha pasado? Es que estoy mal de la memoria. Es el hipérico… ¡cof!
       —¿Qué?
       —Tengo que tomar el hipérico, que me sentará bien…, ¡cof, cof, cof! Me sentará bien.
       —¡Le ha interrumpido usted! —dijo el joven, apretando los dientes.
       —¿Decías que te cruzaste con una señorita muy mona? —le preguntó la mujer.
       —¿Qué? ¿Que se encontró con una señorita muy mona? ¿Quién?
       —¡Pues tú!
       —¿Quién, yo? ¡Ah, sí…!
       —Por fin, ¡vaya momia! Bueno —murmuró el joven, fustigando mentalmente al olvidadizo anciano.
       —¡Muy señor mío! Estoy temblando de miedo. ¡Dios mío! ¿Qué estoy oyendo? ¡Ocurre lo mismo que anoche! ¡Exactamente igual…!
       —¡Chis!
       —¡Sí, sí, sí! ¡Lo recuerdo, vaya bribona! Con esos ojitos… y un sombrerito azul… —siguió el anciano.
       —¡Con un sombrerito azul! ¡Ay, ay!
       —¡Es ella! Tiene un sombrerito azul. ¡Dios mío! —exclamó Iván Andréich…
       —¿Ella? ¿Quién es ella? —susurró el joven, apretando las manos de Iván Andréievich.
       —¡Chis! —respondió este—. Que está hablando él.
       —¡Ay, Dios mío! ¡Dios mío!
       —Bueno, pero, después de todo, ¿quién no tiene un sombrerito azul… eh?
       —¡Y qué bribona! —continuó el anciano—. Viene aquí a visitar a unos amigos, y no hace más que poner ojitos. Y a casa de esos amigos a su vez vienen otros amigos…
       —¡Uf! Qué aburrido es esto —le interrumpió la dama—; disculpa, ¿cómo te pueden interesar esas cosas?
       —¡Bueno, está bien! ¡Bueno, bueno! ¡No te enfades! —le respondió el vejete con voz cantarina—. No hablaré si no te apetece. Hoy no pareces estar de humor…
       —¿Y usted cómo se ha encontrado en una situación así? —preguntó el joven.
       —¡Pues ya lo ve! Ahora se interesa y antes no quería ni oírlo.
       —¡Pues sí! ¡Porque me da igual! ¡No lo diga, por favor! ¡Al demonio! ¡Vaya historia!
       —Joven, no se enoje usted. No sé lo que estoy diciendo. Hablaba por hablar; solo quería decirle que lo más probable es que no haya caído usted aquí por casualidad… Pero ¿quién es usted, joven? Veo que no lo conozco. Pero ¿quién es usted? ¡Oh, Dios mío, no sé lo que me digo!
       —¡Eh! ¡Espere, haga el favor! —interrumpió el joven, como si mascullara algo.
       —Se lo contaré todo. Puede que piense que no se lo quiero contar, y que estoy furioso con usted; pues sepa que no es así. ¡Aquí tiene mi mano! Es solo que estoy bajo de ánimo, nada más. Pero, por el amor de Dios, cuéntemelo todo desde el principio. ¿Cómo ha llegado aquí? ¿Qué circunstancias le llevaron a ello? En cuanto a mí, le diré que no estoy enfadado, juro por Dios que no lo estoy, aquí tiene mi mano. Solo que aquí hay mucho polvo y la mano está algo manchada. Pero no tiene importancia, habiendo nobles sentimientos.
       —¡Váyase al demonio con su mano! ¡Aquí no hay sitio ni para darnos la vuelta y me viene con la mano!
       —Pero ¡muy señor mío! Me trata usted, y permítame la expresión, como la suela de un zapato —dijo Iván Andréievich en un arrebato de desesperación, con un tono en el que se percibía incluso algo de súplica—. ¡Tráteme con algo más de cortesía, aunque sea un poco, y se lo contaré todo! Podíamos simpatizar mutuamente. Incluso estaría dispuesto a invitarle a almorzar a mi casa. Pero le confieso sinceramente que no podemos permanecer con esa actitud por mucho tiempo. ¡Usted, joven, está equivocado! Usted no sabe…
       —Pero ¿cuándo se la ha encontrado? —murmuró el joven, visiblemente inquieto—. Es posible que ella ahora esté esperándome… ¡Decididamente he de salir de aquí!
       —¿Ella? ¿Quién es ella? ¡Dios mío! ¿De quién está hablando, joven? ¿Cree que allí arriba…? ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿Por qué me habrá caído este castigo?
       Desesperado, Iván Andréievich intentó darse la vuelta para ponerse boca arriba.
       —¿Y para qué quiere saber quién es ella? ¡Al demonio! ¡Pase lo que pase me marcho de aquí…!
       —¡Muy señor mío! ¿Qué dice? ¿Y qué será de mí? —susurró Iván Andréievich, en un ataque de exasperación y agarrándose a los bajos del frac de su vecino.
       —¿Y a mí qué me importa? Pues quédese aquí solo. Y, si no, diré que es usted un tío mío que está completamente arruinado, para que el anciano no se crea que soy el amante de su mujer.
       —Pero, joven, eso es imposible. No sería natural pensar que sea su tío. Nadie le creería. Eso no lo creería ni un niño —susurró en tono desesperado Iván Andréievich.
       —En tal caso, no hable y estese quieto. Puede pasar aquí la noche y mañana ya saldrá de algún modo. Nadie se dará cuenta. Puesto que, si ha salido uno, a nadie se le ocurrirá pensar que haya otro debajo de la cama. ¡Aquí cabría tranquilamente una docena de hombres! Por lo demás, usted solito vale por una docena. ¡Dese la vuelta o me marcho!
       —Me está usted lanzando pullas, joven… ¿Y qué ocurriría si me entrara tos? ¡Hay que preverlo todo!
       —¡Chis…!
       —¿Qué es eso? Parece que de nuevo estoy oyendo ajetreo arriba —dijo el anciano, quien en aquel momento parecía ya haberse quedado dormido.
       —¿En el piso de arriba?
       —¿Lo ha oído, joven?: arriba.
       —Bueno, pues sí, lo oigo.
       —¡Dios mío! Joven, voy a salir de aquí.
       —¡Pues yo no! ¡Me da igual! ¡Y me da igual si todo se va al traste! ¿Sabe lo que sospecho? ¡Me da la impresión de que precisamente usted es uno de esos maridos engañados…!
       —¡Dios mío, qué cinismo…! ¿De veras que sospecha eso? ¿Y por qué había de ser precisamente un marido…? Yo no estoy casado.
       —¿Cómo que no está casado? ¡Vaya!
       —¡Puede que yo mismo sea un amante!
       —¡Sí, vaya un amante!
       —¡Caballero! Bueno, está bien, se lo contaré todo. Escuche mi confesión desesperada. Yo no soy ese, no estoy casado. Soy soltero igual que usted. Se trata de un amigo de la infancia, y yo… soy un amante… Bueno, pues él fue y me dijo un día: «Soy un infeliz, estoy apurando el cáliz y sospecho de mi mujer». Pero yo le dije con prudencia: «¿Y por qué sospechas de ella…?». Pero si no me está escuchando. ¡Escúcheme, escúcheme! «Los celos son absurdos, son un defecto…». «No», me responde, «soy un hombre desgraciado. Estoy apurando el cáliz… quiero decir que tengo sospechas». «Tú», le dije, «eres mi amigo desde la más tierna infancia. Juntos íbamos a recoger flores y gozábamos de las mieles de la vida». ¡Dios mío, no sé lo que me digo! No para de reír usted, joven. Me va a volver loco.
       —¡Pero si ya lo está…!
       —Ya me figuraba yo que iba a decirlo…; ¡Ríase, ríase, joven! También yo en mis tiempos estaba en la flor de la vida, y también era un seductor. ¡Ay! ¡Se me va a prender fuego la sesera!
       —¿Qué es eso, corazoncito, parece que alguien está estornudando aquí? —entonó el vejete—. ¿Fuiste tú, corazón, quien ha estornudado?
       —¡Oh, Dios mío! —respondió la mujer.
       —¡Chis! —se oyó debajo de la cama.
       —Los ruidos seguramente proceden de arriba —señaló la mujer, asustada, porque debajo de la cama la cosa estaba realmente alborotada.
       —¡Sí, es arriba! —respondió el marido—. ¡Arriba! ¿Te había comentado que me crucé ahora con un petimetre, ¡cof, cof!, con bigotillo?, ¡cof, cof! ¡Oh, Dios mío, mi espalda…! ¡Sí, me crucé con un petimetre con bigotillo!
       —¡Con bigotes! ¡Dios mío, ese seguramente será usted! —susurró Iván Andréievich.
       —¡Santo Dios! ¡Qué hombre! ¡Pero si estoy aquí junto a usted metido debajo de la cama! ¿Cómo podía cruzarse conmigo? Pero ¡deje usted de tocarme la cara!
       —¡Dios mío, ahora me voy a desmayar!
       En ese instante, arriba realmente se oyó ruido.
       —¿Qué estará pasando allí? —susurró el joven caballero.
       —¡Muy señor mío! Estoy asustado, horrorizado. Ayúdeme.
       —¡Chis!
       —Realmente, corazoncito, hay ruido. Se está organizando un vocerío. Y justo sobre el dormitorio. ¿No deberíamos enviar a alguien a preguntar lo que ocurre?
       —¡Bueno! ¡Qué cosas se te ocurren!
       —Bueno, lo dejaré. ¡Ciertamente, hoy estás de tan mal humor…!
       —¡Oh, Dios mío! Mejor sería que te acostaras.
       —¡Liza! Tú no me amas.
       —¡Oh! ¡Claro que te quiero! Por amor de Dios, hoy estoy cansada.
       —¡Bueno, bueno! Ya me voy.
       —¡Ay, no, no! No te vayas —exclamó la esposa—. ¡O mejor, sí, vete… vete!
       —Pero ¿qué es lo que te ocurre realmente? Tan pronto me dices que me vaya como que no. ¡Cof, cof! Y la verdad es que me apetece dormir. En casa de los Panafídin a la niña… ¡cof, cof! A la niña… ¡cof! Le trajeron una muñeca de Núremberg, ¡cof, cof!
       —Pues vaya, ¡ahora sale con lo de las muñecas!
       —Se está despidiendo —dijo el joven—. ¡Ahora se irá y nosotros saldremos al instante! ¿Lo oye? ¡Alégrese!
       —¡Oh, que Dios lo quiera! ¡Que Dios lo quiera!
       —Es una lección para usted…
       —¡Joven! ¿Por qué una lección? Estoy creyendo que… Pero es usted todavía joven. No puede darme lecciones.
       —Y, a pesar de todo, le daré una. Escuche.
       —¡Dios mío! ¡Tengo ganas de estornudar…!
       —¡Chis! Que no se le ocurra.
       —Pero ¿qué puedo hacer? Aquí huele mucho a ratones. No lo aguanto. ¡Por el amor de Dios, haga el favor de sacarme el pañuelo del bolsillo, que no puedo moverme…! ¡Oh, Dios mío! ¿Por qué este castigo?
       —¡Aquí tiene el pañuelo! Pero, respecto a lo del castigo, ahora se lo voy a decir. Usted es celoso. Basándose en Dios sabe qué cosas, corre como un loco, irrumpiendo en un domicilio ajeno y alborotando la situación…
       —¡Joven! Yo no he alborotado nada.
       —¡Cállese!
       —Joven, no puede usted hablarme de la moral; tengo más moral que usted.
       —¡Cállese!
       —¡Oh, Dios mío, Dios mío!
       —¡Está usted armando alboroto, asustando a una joven dama, una mujer tímida que no sabe dónde meterse del susto y hasta probablemente enferme; está inquietando a un honorable anciano, abatido por las hemorroides, que por encima de todo precisa tranquilidad! ¿Y todo ello por qué? Porque se ha imaginado algo absurdo que le hace recorrer todas las callejuelas. ¿Comprende, comprende en qué situación tan desagradable se encuentra usted ahora? ¿Lo entiende?
       —Muy señor mío, ¡está bien! Yo lo siento, pero usted no tiene derecho…
       —¡Cállese! ¿De qué derecho habla? ¿Comprende acaso que esto puede terminar trágicamente? ¿Entiende que el anciano, que ama a su mujer, puede volverse loco cuando le vea salir de debajo de la cama? Pero no, usted es incapaz de provocar una tragedia. Creo que, cuando saliera usted de aquí, el que le viera se echaría a reír. Me gustaría verle con la luz encendida. Estaría muy gracioso.
       —¿Y usted, qué? ¡También usted estaría gracioso en una situación así! A mí también me gustaría verle.
       —Sí.
       —Parece, joven, que tiene usted el sello de la inmoralidad.
       —¡Y habla usted de inmoralidad! Pero ¿qué sabrá de por qué me encuentro aquí? Estoy aquí por un error. Me confundí de piso. ¡Y sabrá el demonio por qué me habrán dejado entrar! Claro que ella realmente debía estar esperando a alguien (no a usted, como es lógico). Yo me escondí debajo de la cama en cuanto oí sus ridículos pasos y vi que la dama se había asustado. Además, estaba oscuro. ¿Y qué justifica para usted mi presencia? Usted, señor mío, es un viejo ridículo y celoso. ¿Que por qué no salgo? Es posible que piense que tengo miedo de salir. No, señor, por mí ya habría salido hace tiempo, pero continúo aquí solo por compasión hacia usted. ¿En qué situación se quedaría aquí sin mí? Se quedaría como un zopenco frente a ellos, sin saber qué hacer…
       —No, ¿por qué me iba a quedar como un zopenco? ¿Por qué me compara con un zopenco? ¿Acaso no podría usted compararme con alguna otra cosa, joven? ¿Por qué no habría yo de reaccionar bien? No. Sabría cómo hacerlo.
       —¡Oh, Dios mío, cómo ladra esa perrita!
       —¡Chis! ¡Ay, es cierto…! Porque usted no para de hablar. Lo ve, ha despertado a la perrita. Ahora estamos perdidos.
       Y, realmente, la perrita de la señora, que durante todo ese tiempo había permanecido en un rincón dormitando sobre un cojín, de pronto se despertó, olisqueó a los intrusos y, ladrando, se lanzó debajo de la cama, donde se encontraban ellos.
       —¡Oh, Dios mío! ¡Qué perrita tan tonta! —susurró Iván Andréievich—. Nos delatará a los dos. Ahora se sabrá todo. ¡Vaya castigo!
       —Pues sí. Tiene usted tanto miedo que eso puede pasar realmente.
       —¡Ami, Ami, ven aquí! —exclamó la dueña—, ici, ici.
       Pero la perrita no le hacía caso y se metía justo donde estaba Iván Andréievich.
       —¿Qué sucede, corazoncito, que Amishka no para de ladrar? —dijo el anciano—. Seguramente ahí habrá ratones, o será el gato Vaska. Por eso no hago más que oírle estornudar… Y además hoy Vaska estaba acatarrado.
       —¡Estese quieto! —susurró el joven—. No se mueva. Puede que así la perra nos deje en paz.
       —¡Caballero! ¡Suélteme las manos! ¿Por qué me las aprieta?
       —¡Chis! ¡Cállese!
       —Disculpe, joven. Me está mordiendo la nariz. ¿Quiere usted que me quede sin nariz?
       Hubo un forcejeo e Iván Andréievich pudo liberar sus manos. La perrita no paraba de ladrar, pero de pronto dejó de hacerlo y soltó un aullido.
       —¡Ay! —exclamó la dama.
       —¡Monstruo! ¿Qué hace? —murmuró el joven—. Va a hacer que nos echemos a perder los dos. ¿Por qué la ha cogido? ¡Santo Cielo, la está ahogando! ¡No la ahogue, suéltela! ¡Monstruo! ¡Si hace eso es porque desconoce el corazón femenino! Si usted la ahoga, nos delatará a los dos.
       Pero Iván Andréievich ya no oía nada. Había logrado agarrar a la perrita y en un ataque de autodefensa le estrujó el cuello. La perrita lanzó un aullido y expiró.
       —¡Estamos perdidos! —susurró el joven.
       —¡Amishka, Amishka! —exclamó la dama—. Dios mío, ¿qué le están haciendo a mi Amishka? ¡Amishka! ¡Amishka! ¡Oh, monstruos! ¡Bárbaros! ¡Dios mío, me siento mal!
       —¿Qué ocurre? ¿Qué sucede? —exclamó el anciano, incorporándose del sillón—. ¿Qué te pasa, corazoncito? ¡Amishka, aquí! ¡Amishka, Amishka, Amishka! —exclamó el anciano, chasqueando los dedos y la lengua mientras llamaba a Amishka—. ¡Amishka!, ¡ici, ici! No puede ser que Vaska se la haya comido. Amiga mía, hay que darle una paliza a Vaska. El muy bribón lleva ya un mes sin que le peguemos. ¿Tú qué crees? Mañana se lo consultaré a Praskovia Zajárievna. Pero ¡Dios mío, corazoncito! ¿Qué te sucede? Estás pálida, ¡oh!, ¡oh! ¡Socorro, socorro!
       Y el ancianito se puso a dar vueltas por la habitación.
       —¡Malvados! ¡Monstruos! —gritó la dama, dejándose caer sobre el sofá.
       —¡Quién! ¿Quiénes? ¿Quiénes son? —gritó el anciano.
       —¡Ahí hay unos hombres…! ¡Unos desconocidos! ¡Ahí, debajo de la cama! ¡Oh, Dios mío! ¡Amishka! ¡Amishka! ¿Qué te han hecho?
       —¡Ay, Dios mío! ¿Qué hombres? ¡Amishka!… ¡No! ¡Socorro, socorro! ¡Vengan aquí! ¿Quién anda ahí? —exclamó el anciano, cogiendo una vela y agachándose hacia debajo de la cama—. ¿Quién es? ¡Socorro, socorro…!
       Iván Andréievich, más muerto que vivo, estaba tumbado junto al cuerpo inerte de Amishka. Pero el joven seguía cada movimiento del anciano. De pronto el viejo se dio la vuelta para agacharse por el otro lado de la cama. En aquel instante, el joven salió de debajo de la cama y echó a correr, mientras el marido buscaba a sus huéspedes al otro lado del lecho conyugal.
       —¡Dios mío! —exclamó la dama al ver salir al joven—. Pero ¿quién es usted? Y yo que pensaba…
       —Aquel monstruo se ha quedado debajo de la cama —dijo el joven en voz baja—. ¡Él es el culpable de la muerte de Amishka!
       —¡Ay! —exclamó la dama.
       Pero el joven ya había desaparecido.
       —¡Ay! Aquí hay alguien. ¡Aquí hay una bota de alguien! —exclamó el marido, agarrando por la pierna a Iván Andréievich.
       —¡Asesino, asesino! —gritó la dama—. ¡Oh, Ami, Ami!
       —¡Salga de ahí! —exclamó el anciano, dando patadas en la alfombra—. ¡Salga de ahí! ¿Quién es usted? Vamos, diga, ¿quién es? ¡Dios mío! ¡Qué hombre más raro!
       —Pero ¡si son unos bandoleros…!
       —¡Por el amor de Dios, por el amor de Dios! —gritó Iván Andréievich, saliendo a gatas de debajo de la cama—. ¡Por el amor de Dios! ¡Su Excelencia, no llame a nadie! ¡No llame a nadie! Eso está de más. Usted no me puede echar… ¡No soy lo que piensa! Sino otra cosa… Su Excelencia —continuó Iván Andréievich gimiendo—. De todo eso tiene la culpa la mujer, quiero decir, no la mía, sino la del otro; yo soy soltero… Se trata de un compañero mío y amigo de la infancia…
       —¡Qué amigo de la infancia! —gritaba el anciano, dando patadas al suelo—. Usted es un ladrón, que ha venido a robar… y nada de un amigo de la infancia…
       —No; no soy un ladrón, Su Excelencia. Realmente soy un amigo de la infancia… solo que me he… solo que me he equivocado y por error entré en otra puerta.
       —Sí, ya lo veo señor, veo de qué puerta ha salido usted.
       —¡Su Excelencia! No soy ese tipo de personas. Se está usted equivocando. Le aseguro que está terriblemente equivocado, Su Excelencia. Écheme un vistazo, míreme, y se dará cuenta por mi persona de que no puedo ser un ladrón. ¡Su Excelencia! —gritaba Iván Andréievich, cruzándose de brazos y dirigiéndose a la joven dama—. Usted, señora, compréndame… He sido yo quien ha matado a Amishka… Pero no tengo la culpa, yo, ¡por el amor de Dios, no tengo la culpa…! De todo eso tiene la culpa la mujer. ¡Yo soy un infeliz al que le ha tocado apurar el cáliz!
       —Pero disculpe, a mí qué me importa que usted haya apurado el cáliz. Hasta es posible que haya apurado más de uno, y ello es algo que resulta evidente, a juzgar por su situación. Pero ¿cómo ha entrado usted aquí, muy señor mío? —gritó el anciano temblando de ira, a la vez que se persuadía de que, a juzgar por algunos detalles, Iván Andréievich realmente no podía ser un ladrón—. Le estoy preguntando que cómo ha entrado usted aquí. Ha hecho lo propio de un bandolero…
       —No soy un bandolero, Su Excelencia. Me equivoqué de portal, pero de veras que no soy un bandolero. Y todo esto es a causa de mis celos. Se lo contaré todo, Su Excelencia, se lo contaré con tanta franqueza como si fuera mi padre, porque tiene usted una edad que me permite tratarle como tal.
       —¿Cómo? ¿Qué edad?
       —¡Su Excelencia! ¿Le he ofendido? Y, realmente, una dama tan joven… y su edad… es muy agradable de ver, Su Excelencia, de veras que resulta muy agradable ver un matrimonio así… en la flor de la vida… Pero no llame a nadie… ¡por Dios! No llame a los criados… porque ellos solo se reirían… los conozco… Es decir, con eso no quiero decir que conozca exactamente a los criados, pues yo también tengo criados, Su Excelencia, y todos se ríen… ¡Son unos burros! ¡Su Excelencia…! Según puedo observar, tengo el honor de hablar con un príncipe…
       —Pues no, no soy un príncipe, sino que soy lo que soy, un caballero… A mí, haga el favor de no adularme con sus zalamerías. ¿Cómo ha podido entrar usted aquí, caballero? ¿Cómo lo ha hecho?
       —Disculpe Su Excelencia… Perdone, pero creí que era usted un príncipe. Lo examiné con atención y creí… a veces pasa… Se parece usted tanto al príncipe Korotkoújov, al que tuve el honor de conocer en casa de mi amigo el señor Puzyriov… ¿Lo ve? Yo también conozco a algunos príncipes, y también traté con uno de ellos en casa de un amigo. No puede tomarme por alguien que no soy. No soy un ladrón. Su Excelencia, no llame a los criados. ¿Sabe la que se armaría si los llamara?
       —Pero ¿cómo ha podido entrar aquí? —exclamó la dama—. ¿Quién es usted?
       —Eso es, ¿quién es usted? —añadió el marido—. Y que yo, corazoncito mío, estaba tan seguro de que era Vaska quien estornudaba debajo de la cama. Y era usted. ¡Ay, qué depravado…! ¿Quién es usted? ¡Dígalo!
       Y el vejete una vez más pataleó en la alfombra.
       —¡No puedo, Su Excelencia! Debo aguardar a que se calme… Confíe en su buen sentido del humor. En lo que a mí respecta, se trata de una historia ridícula, Su Excelencia. Se lo contaré todo. Y todo puede explicarse sin necesidad de recurrir a eso, es decir, lo que quiero decir es que no llame usted a los criados, Su Excelencia. Le suplico que me trate con honestidad… El hecho de que haya estado debajo de la cama no significa nada… no por eso he perdido mi dignidad. ¡Se trata de una historia de lo más cómico, Su Excelencia! —exclamó Iván Andréievich dirigiendo una mirada suplicante a la señora—. ¡Y especialmente usted, Su Excelencia, se reirá mucho! Tiene frente a usted a un marido celoso. ¿Lo ve? Me estoy humillando y rebajando por propia voluntad. Debo confesar que soy culpable de la muerte de Amishka, pero… ¡Dios mío, no sé lo que me digo!
       —Pero ¿cómo, de qué modo ha entrado usted aquí?
       —Pues gracias a que estaba a oscuras y era de noche, Su Excelencia, aprovechando la oscuridad… ¡Soy culpable! ¡Discúlpeme, Su Excelencia! ¡Le pido humildemente perdón! Yo solo soy un marido engañado, nada más. No piense, Su Excelencia, que yo soy el amante. No soy el amante. Su esposa es muy virtuosa, si me permite decirlo. ¡Es pura e inocente!
       —¿Qué? ¿Qué? ¿Cómo se atreve a decirlo? —exclamó el anciano, pataleando nuevamente el suelo—. ¿Se ha vuelto loco o qué? ¿Cómo se atreve a hablar de mi mujer?
       —¡Ese malvado, ese asesino que ha ahogado a Amishka! —exclamó la mujer sollozando—. ¡Y todavía se atreve a hablar!
       —¡Su Excelencia, Su Excelencia! Solo me he embrollado un poco —gritó atolondrado Iván Andréievich—. ¡Me he embrollado y nada más! Considere que he perdido el juicio… Por el amor de Dios, piense que me he vuelto loco… Le juro por mi honor que me concedería un gran favor. De buena gana le tendería la mano, pero no me atrevo… Yo no estaba solo, soy el tío… quiero decir que no piense que soy un amante… ¡Dios! De nuevo estoy mintiendo… No se enoje, Su Excelencia —gritó Iván Andréievich, dirigiéndose a la mujer—. Usted es una señora y sabe que el amor es un sentimiento muy delicado… Pero ¿qué digo? ¡De nuevo vuelvo a embrollarme! Es decir, que lo que quiero decir es que yo soy un anciano, o mejor dicho, un hombre entrado en años, no un anciano; que yo no podría ser su amante, que un amante puede ser un Richardson o un don Juan… me estoy enredando. Pero ¿lo ve, Su Excelencia, cómo soy un hombre instruido que conoce la literatura? ¡Se ríe usted, Su Excelencia! Estoy feliz de haber provocado su risa. ¡Oh, qué feliz soy de haberle hecho reír!
       —¡Dios mío! ¡Qué hombre tan gracioso! —gritó la mujer sin poder aguantar la risa.
       —Sí, tan gracioso y con tanto polvo en la ropa —dijo el anciano, alegrándose de ver reír a su mujer—. Corazoncito, él no puede ser un ladrón. Pero ¿cómo ha entrado aquí?
       —¡Es realmente extraño! Realmente extraño, Su Excelencia, ¡se parece a una novela! ¿Cómo? ¿Cómo es posible que en plena noche, en una capital, se encuentre un hombre debajo de la cama? ¡Es gracioso y extraño! De alguna manera se parece a lo de Rinaldo Rinaldini. Pero eso no es nada, Su Excelencia. Eso no tiene importancia, Su Excelencia. Se lo contaré todo… Y a usted, señora, Su Excelencia, le compraré otro caniche… De pelo largo y patitas cortas, que no sepa dar dos pasos seguidos; un perrillo de los que salen corriendo y se caen enredándose en sus propias lanas. De los que solo comen terrones de azúcar. Le conseguiré uno, Su Excelencia, se lo proporcionaré sin falta.
       —¡Ja, ja, ja! —la dama se retorcía de risa sobre el sofá—. ¡Dios mío, me va a dar un ataque de histeria! ¡Oh! Pero ¡qué gracioso es!
       —¡Sí, sí!, ¡ja, ja, ja!, ¡ji, ji, ji! Tan gracioso y tan lleno de polvo, ¡ji, ji, ji!
       —¡Ahora me siento feliz, Su Excelencia! De buena gana le tendería mi mano, pero no me atrevo, Su Excelencia, pues soy consciente de que me atolondré, aunque ya me estoy serenando. Veo que mi mujer es inocente y pura y que en vano sospechaba de ella.
       —¡Su esposa! —exclamó la mujer con lágrimas en los ojos estallando en una carcajada.
       —¡Está casado! ¿De veras? ¡Eso sí que no me lo figuraba yo por nada del mundo! —añadió el anciano.
       —Su Excelencia, mi mujer tiene la culpa de todo, quiero decir, que yo soy culpable por haber sospechado de ella. Sabía que aquí había una cita; sí, aquí, en el piso de arriba; la nota cayó en mis manos, yo me equivoqué y me metí debajo de la cama…
       —¡Je, je, je!
       —¡Ja, ja, ja!
       —¡Ja, ja, ja! —rio finalmente Iván Andréievich—. ¡Oh, qué feliz soy! ¡Qué agradable resulta ver que ahora todos estamos de acuerdo y somos felices! ¡Y mi mujer no tiene culpa alguna! De ello estoy absolutamente seguro. Porque necesariamente ha de ser así, ¿verdad, Su Excelencia?
       —¡Ja, ja, ja! ¡Ji, ji, ji! ¿Corazoncito, sabes quién es ella? —dijo finalmente el anciano al dejar de reír.
       —¿Quién? ¡Ja, ja, ja! ¿Quién?
       —Pues esa señora tan mona que pone ojitos de coqueta y que iba con el petimetre. ¡Es ella! ¡Apostaría lo que fuera a que es su mujer!
       —No, Su Excelencia, estoy convencido de que no es ella; estoy completamente seguro.
       —Pero ¡Dios mío! Está usted perdiendo el tiempo —exclamó la mujer, dejando de reír.
       —Vamos, vaya corriendo arriba. Puede que los pille…
       —¡Tiene usted razón, Su Excelencia, voy corriendo! Pero no encontraré a nadie, Su Excelencia. Porque no es ella, estoy seguro de antemano. ¡Ya estará en casa! ¡Aquí el único celoso que hay soy yo y nadie más…! ¿Usted qué piensa? ¿Que de veras los sorprenderé allí, Su Excelencia?
       —¡Ja, ja, ja!
       —¡Ji, ji, ji!
       —¡Vaya, vaya! Y, cuando regrese, venga a contárnoslo —exclamó la dama—. ¡No! Mejor será que lo haga mañana por la mañana y que la traiga también a ella: me gustaría conocerla.
       —¡Adiós, Su Excelencia, adiós! La traeré sin falta. Ha sido un honor conocerles. Estoy feliz y contento de que todo se haya resuelto de una forma tan favorable e inesperada.
       —¡Y el caniche! No se olvide: ¡tráigame sin falta el caniche!
       —Se lo traeré, Su Excelencia, sin falta alguna —señaló Iván Andréievich, entrando nuevamente a toda prisa en la habitación, cuando ya se hubo despedido y estaba saliendo—. Se lo traeré sin falta. ¡Será muy mono! Como si un pastelero lo esculpiera en azucarillos. Y será tan gracioso que andará y se enredará en sus propias lanas hasta caer. ¡De veras! Y yo le diré a mi mujer, «Cariño, ¿por qué esta perrilla no hace más que caerse?». «¡Pero es tan mona!», me responderá. ¡Por Dios, Su Excelencia, será igual que si estuviera hecha de azúcar! ¡Adiós, Su Excelencia, me satisface enormemente haberle conocido! ¡Sí!
       Iván Andréievich hizo una reverencia y salió.
       —¡Eh, señor! ¡Espere! ¡Vuelva de nuevo! —exclamó el vejete siguiendo con la mirada a Iván Andréievich, que ya estaba saliendo.
       Iván Andréievich regresó por tercera vez.
       —No encuentro por ninguna parte a Vaska, el gato. ¿No lo habrá visto usted cuando estuvo debajo de la cama?
       —No, no lo vi, Su Excelencia. Pero le repito que ha sido un placer conocerle. Ha sido un honor…
       —Ahora el pobre estaba acatarrado y no paraba de estornudar y estornudar. ¡Habrá que azotarle!
       —Sí, Su Excelencia, claro que sí. Con los animales domésticos, los castigos educativos son necesarios.
       —¿Qué?
       —Digo que los castigos educativos, Su Excelencia, son necesarios a la hora de educar a los animales y hacerlos obedientes.
       —¡Ah…! Bien, vaya usted con Dios, solo quería saber eso.

       —¿Dónde has estado todo este tiempo? ¡Mira qué aspecto tienes! ¡Si tienes la cara descompuesta! ¿Dónde te has perdido? ¡Hay que ver, Señor, tu mujer puede estar muriéndose, y a ti no se te encuentra en toda la ciudad! ¿Dónde te has metido? ¿No habrás estado otra vez queriéndome pillar y estropear alguna cita que Dios sabe con quién pude concertar? ¡Señor, debería darte vergüenza ser esa clase de marido! ¡Pronto nos señalarán con el dedo!
       —¡Corazoncito! —respondió Iván Andréievich.
       —¿Qué es eso? —exclamó la mujer—. ¡Una perrita muerta! ¡Dios! ¿De dónde ha salido…? ¿Qué has hecho…? ¿Dónde has estado? Dímelo ahora mismo, ¿dónde has estado…?
       —¡Corazoncito! —respondió Iván Andréievich, más muerto aún que Amishka—. ¡Corazoncito…!
       Pero por esta vez vamos a dejar a nuestro héroe hasta otra oportunidad, ya que aquí comienza otra nueva y particular historia. Algún día, caballeros, les terminaremos de contar todos estos infortunios y persecuciones del destino. Pero ¡han de reconocer que los celos son una pasión imperdonable y, por si fuera poco, también una desgracia…!



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