Franz Kafka
(Praga, 1883 - 1924)


Descripción de una lucha (1908)
(“Beschreibung eines Kampfes”)
[Dos relatos, “Coversación con el orante” y “Conversación con un borracho” aparecieron
originalmente en la revista bimensual Hyperion (marzo-abril de 1909), editada por Franz Blei]
Gesammelte Schriften, vol. V
(Berlin: Schocken, 1935-1937)


[Versión A; 1907-1908]

Y la gente, bien vestida,
va a pasearse, vacilante, por la grava,
bajo este vasto cielo,
que desde las colinas en la lejanía
hasta lejanas colinas se extiende.


I

      Al filo de la medianoche se levantaron ya unos cuantos invitados, se inclinaron, se dieron la mano, dijeron que todo había estado muy bien y pasaron luego al vestíbulo por el gran marco de la puerta, para ponerse el abrigo. De pie en el centro de la habitación, la dueña de la casa hacía graciosas reverencias, mientras en su vestido se formaban primorosos pliegues.
       Sentado a una mesita de tres patas delgadas y tensas bebía a pequeños sorbos mi tercera copita de bénédictine y, mientras lo hacía, contemplaba la pequeña provisión de pasteles que yo mismo había elegido y apilado, pues tenían un sabor muy fino.
       En eso se me acercó mi nuevo conocido y, sonriendo un tanto distraídamente al ver lo que me tenía ocupado, dijo con voz trémula: «Disculpe que me acerque a usted, pero hasta ahora he estado a solas con mi amiga en una habitación contigua. Desde las diez y media; tampoco es mucho tiempo. Disculpe que se lo diga. No nos conocemos. ¿Verdad que nos encontramos en la escalera e intercambiamos algunas palabras de cortesía? Y ya le estoy hablando de mi amiga…; pero le ruego que me disculpe, la alegría me desborda, ha sido más fuerte que yo. Y como aquí no tengo conocidos en quienes confiar…».
       Así habló. Pero yo lo miré con tristeza, pues el trozo de tarta de fruta que tenía en la boca no era muy bueno, y le dije en su cara bonita y enrojecida: «Me alegra que me encuentre digno de confianza, pero me entristece que me haya contado todo eso. Y usted mismo —si no estuviera tan confundido— sentiría lo inapropiado que es hablarle de una muchacha amada a alguien que está solo tomándose un trago».
       Cuando hube dicho esto, él se sentó bruscamente, se retrepó y dejó colgar los brazos. Luego los dobló haciendo presión con los codos hacia atrás y empezó a decir en voz bastante alta: «Estábamos los dos solos en la habitación, sentados, Annerl y yo, y la besé… sí… la besé en la boca, en la oreja, en los hombros…».
       Unos señores que estaban cerca y sospechaban una conversación animada se nos acercaron bostezando. Por eso me levanté y dije en voz alta: «Bueno, si quiere voy con usted, aunque es una locura ir ahora al monte San Lorenzo, pues todavía hace frío, y como ha caído un poco de nieve, los caminos parecen pistas de patinaje. Pero si quiere, lo acompaño».
       Primero me miró sorprendido y abrió su boca de gruesos labios rojos y húmedos. Luego, viendo a los señores que estaban ya muy cerca, rompió a reír, se levantó y dijo: «Oh, el frío nos hará bien, nuestra ropa está impregnada de calor y de humo, y yo estoy quizá un poco borracho, aun sin haber bebido mucho; sí, nos despediremos y después nos iremos».
       Fuimos, pues, a ver a la dueña de la casa, y cuando él le besó la mano, ella dijo: «Celebro de veras que hoy tenga esa cara tan risueña, pues normalmente se lo ve serio y aburrido». La bondad de estas palabras lo emocionó, y volvió a besarle la mano; entonces ella sonrió.
       En el vestíbulo aguardaba una criada a la que no habíamos visto antes. Nos ayudó a ponernos los abrigos y cogió luego una lamparilla de mano para alumbrarnos en la escalera. Sí, era una muchacha preciosa. Tan sólo una cinta de terciopelo negro ceñía bajo la barbilla su cuello desnudo, y su cuerpo envuelto en ropa holgada se inclinaba grácilmente al bajar la escalera delante de nosotros, sosteniendo la lámpara a poca altura. Tenía las mejillas rojas, pues había bebido vino, y sus labios estaban entreabiertos.
       Al llegar abajo puso la lamparilla en un escalón, se acercó a mi conocido tambaleándose un poco y lo abrazó y besó y permaneció abrazada a él. Sólo cuando le deslicé una moneda en la mano lo soltó, adormilada, abrió lentamente la pequeña puerta de entrada y nos dejó salir a la noche.
       Por encima de la calle vacía y uniformemente iluminada brillaba una gran luna en un cielo cuya vastedad era acentuada por las escasas nubecillas. Una nieve tierna cubría el suelo. Los pies resbalaban al caminar, por lo que había que dar pasos muy cortos.
       Una intensa animación pareció apoderarse de mí en cuanto salimos al aire libre. Levanté las piernas muy contento e hice crujir alegremente las articulaciones, grité un nombre hacia el otro lado de la calle, como si un amigo se me hubiera escapado por la esquina, lancé el sombrero hacia arriba y lo recogí con aire jactancioso.
       Pero mi conocido caminaba indolentemente a mi lado, con la cabeza gacha. Tampoco hablaba.
       Eso me sorprendió, porque había supuesto que se volvería loco de alegría cuando ya no tuviese aquella gente a su alrededor; yo me calmé. Acababa de darle una palmadita en la espalda para animarlo cuando la vergüenza hizo presa de mí, de modo que retiré torpemente mi mano. Como me resultaba innecesaria, la metí en el bolsillo de mi abrigo.
       Caminábamos, pues, en silencio. Yo prestaba oídos al ruido de nuestras pisadas y no podía comprender que me fuera imposible llevar el paso de mi conocido. Eso me indignó un poco. La luna era clara y había buena visibilidad. De vez en cuando alguien se asomaba a una ventana y nos miraba.
       Cuando llegamos a la Ferdinandstrasse, advertí que mi conocido se había puesto a tararear una melodía, muy quedamente, pero yo la oía. Me pareció algo ofensivo hacia mi persona. ¿Por qué no me hablaba? Y si no me necesitaba, ¿por qué no me había dejado tranquilo? Recordé enojado todas las golosinas que por él había abandonado sobre mi mesita. También recordé el bénédictine y me puse de mejor humor, casi diría que arrogante. Puse las manos en las caderas y me imaginé que estaba paseando por mi cuenta. Había estado en una velada, había salvado de la vergüenza a un joven desagradecido y ahora me paseaba a la luz de la luna. Una forma de vivir ilimitada en su naturalidad. De día en la oficina, de noche en veladas, y al final, ya muy tarde, por las calles; y nada en exceso.
       No obstante, mi conocido seguía caminando detrás de mí e incluso aceleró el paso cuando advirtió que iba rezagado, haciéndolo como si fuera algo natural. Yo, en cambio, me pregunté si acaso no sería conveniente doblar por una calle lateral, pues no tenía ninguna obligación de pasear con él. Podía volver solo a casa y nadie tenía derecho a impedírmelo. En mi habitación encendería la lámpara de pie que está encima de la mesa, en un soporte de hierro, y me sentaría en mi sillón, colocado sobre la deshilachada alfombra oriental. Al llegar a este punto fui presa de la debilidad que se apodera de mí siempre que pienso en volver a casa y otra vez pasar solo horas enteras entre las paredes pintadas y el suelo cuyo reflejo oblicuo aparece en el espejo de marco dorado que cuelga en la pared posterior. Mis piernas empezaron a cansarse y ya estaba decidido a regresar a casa y tumbarme en mi cama cuando me asaltó la duda de si, ahora que me iba, debía despedirme o no de mi conocido. Era demasiado tímido para irme sin decirle adiós, y demasiado débil para despedirme en voz alta, por lo que volví a detenerme, me apoyé en la pared de una casa iluminada por la luna y esperé.
       Mi conocido se acercó con paso alegre y sin duda también un poco preocupado. Hizo aspavientos, parpadeó seguido, estiró los brazos horizontalmente en el aire e irguió con fuerza la cabeza, tocada con un sombrero de copa negro, en dirección a mí, como para demostrarme con todo eso que sabía apreciar muy bien la broma que yo estaba escenificando para divertirlo.
       Desamparado, dije en voz baja: «Es una noche divertida», intentando una carcajada que no llegó a serio. Él respondió: «Sí, ¿y vio usted cómo me besaba la criada?». Yo no podía hablar, pues tenía un nudo en la garganta, de modo que intenté imitar el sonido de una corneta de postillón para no quedarme mudo. Él se tapó primero los oídos, luego rae estrechó cordialmente la mano derecha con gesto agradecido. Debía de estar fría, pues la soltó al instante y dijo: «Su mano está muy fría, los labios de la criada eran más calientes, no cabe duda». Yo asentí con aire comprensivo. Pero mientras rogaba al buen Dios que me concediese firmeza, dije: «Sí, tiene usted razón, volvamos a casa, es tarde y mañana tengo que ir temprano a la oficina; cierto es que allí se puede dormir, pero no es lo correcto. Tiene razón, volvamos a casa». Y le tendí la mano, como si el asunto estuviera definitivamente concluido. Sin embargo, él retomó mis palabras sonriendo: «Sí, tiene usted razón, no se puede pasar una noche como esta en la cama. Piense en la cantidad de pensamientos felices que uno ahoga con la manta cuando duerme sólo en su cama, y en la cantidad de sueños infelices que arropa con ella». Y de pura alegría ante esta ocurrencia, cogió con fuerza mi abrigo a la altura del pecho —más arriba no llegaba— y me sacudió a su antojo; luego entrecerró los ojos y me dijo en tono confidencial: «¿Sabe qué es usted? Es usted un tipo divertido, sí, divertido». Y echó a andar, y yo lo seguí sin darme cuenta, intrigado por lo que acababa de decirme.
       Al principio me alegró, pues ello parecía indicar que suponía en mí algo que, si bien no estaba en mí, me había valido su consideración por el solo hecho de haberlo él supuesto. Esta circunstancia me hizo feliz. Estaba contento de no haber vuelto a casa, y mi conocido me pareció entonces persona de gran valor para mí, como alguien que me otorgaba valor ante la gente sin que yo tuviera que ganármelo antes. Lo contemplé con ojos llenos de cariño. Mentalmente lo protegí contra toda suerte de peligros, en particular contra rivales y hombres celosos. Su vida pasó a ser para mí más cara que la mía. Su rostro me pareció hermoso, me sentí orgulloso de su éxito con las mujeres y tomé parte en los besos que aquellas dos muchachas le habían dado esa noche. ¡Oh, qué noche más divertida! Mañana, mi conocido hablará con la señorita Anna; primero de cosas comunes y corrientes, como es natural, pero luego le dirá de golpe: «Anoche estuve con una de esas personas que tú, mi querida Annerl, seguro no has visto nunca. Su aspecto es —cómo podría describirlo— el de un palo que se balancea con un cráneo de piel amarillenta y pelo negro clavado un tanto torpemente en la punta. Su cuerpo está revestido de muchos retales bastante pequeños de un amarillo chillón, que ayer lo cubrían por completo, pues con la bonanza de la noche los tenía pegados al cuerpo. Avanzaba tímidamente a mi lado. Tú, mi querida Annerl, tú que sabes besar tan bien, sé que te habrías reído un poco y habrías sentido algo de miedo; yo, en cambio, que tengo el alma totalmente deshecha por amor a ti, me alegré de su presencia. Quizá no es feliz y por eso guarda silencio, pero a su lado uno siente una dichosa inquietud que no cesa. Pese a estar agobiado por mi propia felicidad, ayer casi me olvidé de ti. Tuve la impresión de que la dura bóveda del cielo estrellado se elevaba al ritmo respiratorio de su pecho liso. El horizonte se abrió, y bajo nubes encendidas surgieron paisajes que se volvían infinitos a ojos vistas, como esos que nos hacen felices. Cielo mío, cómo te amo, Annerl, un beso tuyo me es más apetecible que un paisaje. No hablemos más de él y amémonos».
       Cuando llegamos al muelle a paso lento, envidiaba a mi conocido por los besos, pero también experimenté con alegría la vergüenza interior que, viéndome como me veía, él debía de sentir frente a mí.
       En eso iba pensando. Aunque los pensamientos se me confundieron en ese momento, porque el Moldava y el barrio de la otra orilla yacían en la oscuridad. Sólo brillaban unas cuantas luces, que jugueteaban con los ojos de los observadores.
       Nos detuvimos junto a la barandilla. Me puse los guantes, pues del agua subía un viento frío; luego suspiré sin motivo, como se suele hacer de noche frente a un río, y quise seguir andando. Pero mi conocido estaba mirando el agua y no se movió. Luego se pegó aún más al pretil, apoyó los codos sobre el hierro y descansó la frente en las manos. Aquello me pareció absurdo. Sentí frío y me levanté el cuello del abrigo. Mi conocido se estiró e inclinó el tronco, que ahora se apoyaba sobre sus brazos extendidos, por encima del pretil. Avergonzado, me apresuré a hablar para reprimir un bostezo: «Es curioso que sólo la noche sea capaz de sumergirnos del todo en los recuerdos, ¿verdad? Ahora, por ejemplo, me acuerdo de lo siguiente: una vez, al anochecer, estaba yo sentado en un banco, a orillas de un río, en una postura forzada. Tenía la cabeza apoyada sobre el brazo, que reposaba en el respaldo de madera del banco, y miraba las montañas envueltas en nubes de la otra orilla mientras oía un suave violín que alguien tocaba en el hotel ribereño. Por ambas orillas iban y venían trenes envueltos en un humo refulgente». Así hablé, tratando desesperadamente de insinuar historias de amor con extrañas situaciones detrás de las palabras; tampoco podían faltar un poco de rudeza y alguna violación en toda regla.
       Mas no bien hube proferido las primeras palabras cuando mi acompañante, indiferente y sorprendido sólo de verme todavía allí —o al menos eso me pareció—, se volvió hacia mí y dijo: «Como ve, así empieza siempre. Cuando hoy bajaba la escalera para dar un paseo vespertino antes de ir a la velada, me asombró ver que mis manos rojizas se agitaban de un lado para otro asomando por los blancos puños de la camisa, y que lo hacían con una animación inusitada. Presentí aventuras. Así empieza siempre». Dijo esto ya caminando, sólo de pasada, como un breve comentario.
       Pero a mí me emocionó mucho y me resultó doloroso pensar que quizá mi larga figura, al lado de la cual la suya parecía acaso demasiado pequeña, pudiera desagradarle. Y esta eventualidad llegó a atormentarme tanto —aunque era de noche y no nos topamos casi con nadie— que curvé la espalda hasta tocarme las rodillas con las manos al caminar. Para que mi conocido no advirtiera, sin embargo, mi intención, fui cambiando de postura muy gradualmente y con sumo cuidado, intentando desviar su atención de mi persona mediante comentarios sobre los árboles de la Isla de los Arqueros y el reflejo de las farolas del puente en el río. Pero él, volviendo de pronto la cara hacia mí, dijo en tono indulgente: «¿Por qué camina así? Ahora va totalmente encorvado y parece casi tan bajo como yo».
       Como lo dijo en tono bondadoso, le respondí: «Puede que así sea. Pero esta posición me resulta agradable. Soy bastante débil, ¿sabe usted?, y me es muy difícil mantener mi cuerpo erguido. No es ninguna fruslería; soy muy alto…».
       Y él dijo un poco receloso: «Eso es un simple capricho. Hace un rato caminaba usted muy erguido, creo recordar, y también en la velada mantuvo usted una postura aceptable. Llegó incluso a bailar, ¿verdad? ¿No? Pero erguido sí que estaba, y ahora también podría estarlo».
       Me mantuve en mis trece y negué con la mano: «Sí, sí, me mantenía erguido. Pero usted me subestima. Sé lo que es comportarse correctamente y por eso camino encorvado».
       Pero a él no le pareció tan fácil, sino que, ofuscado por su dicha, no entendió la concatenación de mis palabras y se limitó a decir. «Pues bien, como quiera», alzando la mirada hacia el reloj de la Torre del Molino, que ya marcaba casi la una.
       Yo, en cambio, dije para mis adentros: «¡Qué insensible es este hombre! ¡Qué explícita y significativa es su indiferencia frente a mis humildes palabras! El caso es que es feliz, y es algo muy propio de la gente feliz encontrar natural todo cuanto ocurre a su alrededor. Su felicidad crea un contexto luminoso. Y si yo saltase ahora al agua o cayese presa de terribles convulsiones aquí mismo, sobre el adoquinado, debajo de este arco, al final acabaría adaptándome pacíficamente a su felicidad. Y si a él le entraran ganas —una persona feliz es peligrosa, no cabe la menor duda—, también me mataría a golpes como un asesino. Seguro que sí, y como soy cobarde, yo ni me atrevería a gritar de puro miedo. ¡Dios mío!». Miré a mi alrededor, angustiado. Algo lejos, delante de un bar de cristales negros y rectangulares, un policía se deslizaba sobre el adoquinado. Su sable lo estorbaba un poco, él lo agarró con la mano y la cosa fue mucho mejor. Y cuando, pese a la moderada distancia, lo oí lanzar débiles gritos de alegría, quedé convencido de que no vendría a salvarme si mi conocido decidía acabar conmigo.
       Pero en ese momento también supe lo que tenía que hacer, pues justo antes de que se produzcan acontecimientos terribles se apodera de mí una gran capacidad de decisión. Tenía que huir. Era muy fácil. Tras desembocar a la izquierda en el puente de Carlos IV podía doblar a la derecha, hacia la calle del mismo nombre, una calle tortuosa en la que había portales oscuros y tabernas que aún estaban abiertas; no tenía por qué desesperarme.
       Cuando hubimos pasado bajo el arco, al final del muelle, eché a correr por esa calle con los brazos en alto; pero justo al llegar ante la puertecita de una iglesia me caí al tropezar con un escalón que no había visto. El ruido fue intenso. La farola más cercana estaba lejos; quedé tumbado en la oscuridad. De la taberna de enfrente salió una mujer gorda con una lamparilla humeante para ver qué había pasado en la calle. El piano dejó de sonar y un hombre abrió del rodo la puerta entornada. Lanzó un escupitajo impresionante sobre uno de los peldaños, y mientras le hacía cosquillas a la mujer entre los senos, dijo que lo que había pasado no tenía la menor importancia. Tras lo cual los dos dieron media vuelta y la puerta volvió a cerrarse.
       Al intentar levantarme volví a caer. «El hielo es resbaladizo», dije, y sentí un dolor en la rodilla. Pero me alegré de que la gente de la taberna no pudiera verme, y quedarme allí tumbado hasta que amaneciese me pareció por eso lo más cómodo.
       Mi conocido debió de seguir sólo hasta el puente sin notar mi partida, pues sólo al cabo de un rato se acercó a donde yo estaba. No vi que se mostrara sorprendido cuando se inclinó hacia mí compasivamente y me acarició con mano suave. Recorrió con ella mis pómulos, y luego puso dos dedos gruesos sobre mi estrecha frente. «Se ha hecho daño, ¿verdad? El hielo es resbaladizo y hay que ir con cuidado… ¿Le duele la cabeza? ¿No? ¡Ah, la rodilla, sí!» Hablaba con voz cantarina, como si estuviera contándome una historia, una muy agradable por cierto, sobre un dolor muy alejado en una rodilla. También agitaba los brazos, pero no se le ocurría levantarme. Yo apoyé la cabeza en la mano derecha —el codo yacía sobre un adoquín— y dije rápidamente para no olvidarlo: «En realidad no sé por qué doblé a la derecha. El hecho es que bajo las arcadas de esta iglesia —no sé cómo se llama, disculpe, se lo ruego— vi pasar un gato. Un gato pequeño, de pelaje claro. Por eso lo vi… Oh no, no fue eso, disculpe, pero es que dominarse todo el día supone ya un esfuerzo enorme. Uno duerme precisamente para recuperar fuerzas y poder hacerlo; cuando no dormimos, nos ocurren muchas veces cosas absurdas, aunque sería descortés por parte de nuestros acompañantes manifestar su asombro en voz alta».
       Mi conocido tenía las manos en los bolsillos y miró por encima del puente vacío, luego hacia la iglesia de la Santa Cruz y por último al cielo, que estaba despejado. Como no me había escuchado, dijo angustiado: «¿Por qué no habla, amigo?, ¿se siente mal?, ¿por qué no se levanta? Hace frío aquí, se resfriará, y además, ¿no queríamos ir al monte San Lorenzo?».
       «Por supuesto», dije, «disculpe», y me puse en pie yo solo, con un dolor muy fuerte, eso sí. Me tambaleé y tuve que fijar la mirada en la estatua de Carlos
IV, para estar seguro de mi posición. Pero el claro de luna era torpe e hizo mover también a Carlos IV. Ello me sorprendió, y mis pies recuperaron sus fuerzas por miedo a que Carlos IV pudiera venirse abajo si yo no mantenía una posición serena. Más tarde el esfuerzo me pareció inútil, pues Carlos IV se cayó justo cuando a mí se me ocurrió pensar que una muchacha envuelta en un hermoso vestido blanco me amaba.
       Hago cosas inútiles y desaprovecho mucho. ¡Qué feliz ocurrencia la relacionada con la muchacha! Y fue sin duda entrañable por parre de la luna iluminarme también a mí, y cuando por modestia me disponía a instalarme bajo la bóveda de la torre del puente, comprendí que era simplemente natural que la luna lo iluminara todo. Por eso extendí los brazos con alegría para disfrutar de ella por completo. En ese momento me acordé de los versos:

Por las calles dando saltos
como un ebrio corredor,
pisando el aire con fuerza,

y me sentí ligero cuando pude avanzar sin dolor ni esfuerzo dando brazadas de nadador. Mi cabeza se sentía bien en aquel aire frío, y el amor de la muchacha del vestido blanco me sumió en un éxtasis triste, pues tuve la impresión de que me alejaba nadando de la bienamada y de las montañas envueltas en nubes de su región. Y recordé que en una ocasión había odiado a un conocido feliz que ahora quizá seguía andando a mi lado, y me alegré de que mi memoria fuera tan buena como para conservar incluso cosas tan secundarias. Pues mucho tiene que soportar la memoria. Y así supe de pronto los nombres de todas las estrellas, innumerables por cierto, aunque jamás los hubiera aprendido. Sí, eran nombres extraños, difíciles de retener, pero yo los sabía todos y con gran precisión. Levanté el índice hacia el cielo y empecé a recitar los nombres uno por uno y con voz potente. Pero no llegué muy lejos con Ja enumeración de las estrellas, pues tenía que seguir nadando si no quería sumergirme demasiado. Sin embargo, para que después no pudieran decirme que cualquiera es capaz de nadar sobre el adoquinado y que no valía la pena contar aquello, me elevé de golpe por encima del pretil y empecé a rodear a nado todas las estatuas de santos con las que me iba topando. Al llegar a la quinta, y justo cuando me mantenía por encima del adoquinado dando espléndidas brazadas, mi conocido me cogió por la mano. Volví entonces a encontrarme sobre el adoquinado y sentí un dolor en la rodilla. Había olvidado los nombres de las estrellas y de la muchacha amada sólo sabía que llevaba puesto un vestido blanco, pero no podía recordar qué motivos llegué a tener para creer en su amor. En mi interior fue surgiendo una cólera intensa y muy justificada contra mi memoria, así como cierto miedo a perder a la joven. Y entonces repetí con esfuerzo y sin cesar «vestido blanco, vestido blanco», para conservarla al menos a través de esa imagen. Mas no sirvió de nada. Mi conocido se me fue acercando cada vez más con sus discursos, y en el momento en que empezaba a comprender sus palabras, un resplandor blanco avanzó a saltitos a lo largo del pretil, pasó por la torre del puente y se precipitó a la calle oscura.
       «Siempre me han gustado», dijo mi conocido señalando la estatua de santa Ludmila, «las manos de ese ángel, a la izquierda. Su delicadeza no tiene límites, y los dedos, que se abren, tiemblan. Pero a partir de esta noche sus manos me son indiferentes, puedo decirlo porque he besado manos…» Entonces me abrazó, me besó en la ropa y dio con su cabeza en mi cuerpo.
       Yo dije: «Sí, sí. Lo creo. No lo dudo», al tiempo que le pellizcaba las pantorrillas con mis dedos en la medida que me los dejaba libres. Pero él no lo notaba. Entonces me dije: «¿Por qué andas con este hombre? No lo quieres y tampoco lo odias, pues su felicidad sólo consiste en una muchacha y ni siquiera es seguro que esta lleve un vestido blanco. Este hombre te es, pues, indiferente, repítelo, indiferente. Además, tampoco es peligroso, como has podido comprobar. De modo que sigue caminando con él al monte San Lorenzo, pues ya estás en camino y la noche es bella; déjalo hablar, eso sí, y diviértete a tu manera; de ese modo —dilo en voz muy baja— es como mejor te protegerás».


II
Diversiones
o demostración de que es imposible vivir

1. Cabalgata

       Con una habilidad inusual salté al punto sobre los hombros de mi conocido y, clavándole los puños en la espalda, lo hice avanzar a un trote ligero. Pero como aún se mostraba un poco renuente, piafaba y a ratos incluso se detenía, le clavé varias veces las botas en el vientre para azuzarlo. Tuve éxito y nos fuimos internando a buena velocidad en una región vasta, aunque todavía inacabada, en la que era de noche.
       El camino comarcal por el que cabalgaba era pedregoso y muy empinado, pero eso era precisamente lo que me gustaba, de modo que lo hice aún más pedregoso y empinado. Si mi conocido tropezaba, tiraba de él hacia arriba por los cabellos, y si se quejaba, le golpeaba la cabeza con los puños. Sentía entretanto lo saludable que, dado mi buen humor, me resultaba esa cabalgata nocturna, y para que fuera todavía más salva je, hice soplar sobre nosotros ráfagas persistentes de un fuerte viento contrario. Incluso exageré el movimiento trotón sobre los anchos hombros de mi conocido, al tiempo que me aferré con ambas manos a su cuello y, echando la cabeza hacia atrás, me puse a observar las variadas nubes que, más débiles que yo, volaban pesadamente con el viento. Me reía y temblaba de puro arrojo. Mi abrigo se abría y me daba fuerzas. Y entonces apreté mucho las manos fingiendo no darme cuenta de que estaba estrangulando a mi conocido.
       En dirección al cielo, cada vez más oculto por las torcidas ramas de los árboles que iba haciendo crecer a lo largo del camino, exclamé de pronto en plena exaltación de la cabalgata: «Tengo otras cosas que hacer que oír todo el tiempo discursos amorosos. ¿Por qué vendría a verme este enamorado parlanchín? Ellos son todos felices, y lo son muy en particular cuando otro lo sabe. Creen estar pasando una velada feliz y ya por eso se alegran de la vida que les espera».
       En ese momento se desplomó mi conocido, y al examinarlo descubrí que tenía una herida grave en la rodilla. Como ya no podía serme útil, lo dejé sobre las piedras y me limité a silbar a unos buitres que, bajando de las alturas, se posaron sobre él obedientes y con pico serio para custodiarlo.


2. Paseo

       Despreocupado, seguí caminando. Pero dado que, como peatón, temía el esfuerzo exigido por aquel camino abrupto, hice que se fuera allanando cada vez más, hasta hundirse a lo lejos, en un valle.
       Las piedras desaparecieron por mi voluntad, y el viento se calmó y acabó perdiéndose en la noche. Yo avanzaba a buen paso, y como iba cuesta abajo, llevaba la cabeza erguida, el cuerpo tenso y los brazos cruzados detrás de la cabeza.
       Como me gustan los pinares, fui atravesando pinares, y como me gusta contemplar en silencio el cielo estrellado, vi las estrellas surgir lenta y tranquilamente en un cielo que se abría en toda su amplitud, cómo, por lo demás, acostumbran hacer. Sólo vi unas pocas nubes alargadas, que un viento que soplaba únicamente a su altura arrastraba por e) aire.
       A bastante distancia de mi camino, y probablemente separada de mí por un río, hice surgir una alta montaña cuya cumbre, recubierta de arbustos, lindaba con el cielo. Aún alcanzaba a ver claramente las pequeñas ramificaciones y los movimientos de las ramas más altas. Esta visión, por muy habitual que pueda ser, me alegró tanto que, meciéndome como un pajarillo en las ramitas de aquellos arbustos lejanos e hirsutos, olvidé hacer que saliera la luna que, sin duda furiosa por el retraso, estaba ya detrás de la montaña.
       Sobre la montaña empezaba a extenderse ahora el frío resplandor que precede la salida de la luna, y ésta surgió de pronto detrás de uno de los inquietos arbustos. Yo, sin embargo, había estado mirando en otra dirección, y al mirar otra vez frente a mí y verla allí de golpe, brillando casi en su plena redondez, me detuve con la vista nublada, pues mi abrupto camino parecía conducir precisamente hacia esa luna aterradora.
       Al cabo de un rato me acostumbré, no obstante, a ella, y me puse a observar con serenidad lo difícil que le resultaba la ascensión, hasta que por último, después de que ambos nos hubiéramos acercado un buen trecho, sentí una agradable somnolencia que, según me pareció, se apoderó de mí debido a las fatigas de aquel día, de las que por cierto ya no podía acordarme. Caminé un momento con los ojos cerrados, manteniéndome despierto gracias sólo a que palmoteaba con fuerza y regularidad.
       Más tarde, cuando el camino amenazó con escurrírseme bajo los pies y todo el paisaje, cansado como yo, empezó a difuminarse, me apresuré a escalar muy excitado la pendiente situada a Ja derecha del camino para llegar a tiempo al pinar alto y tupido donde quería pasar la noche. Había que darse prisa. Las estrellas se iban apagando, y la luna se abismaba débilmente en el cielo como en aguas turbulentas. La montaña era ya un trozo de la noche, el camino terminaba angustiosamente allí donde yo me había vuelto hacia la pendiente, y desde el interior del bosque me llegaba un ruido cada vez más cercano de troncos que catan. Hubiera podido echarme a dormir sobre el musgo, pero como temía a las hormigas, trepé, pegando bien las piernas al tronco, a un árbol que también se balanceaba aunque no hubiera viento, me acosté en una rama apoyando la cabeza en el tronco, y me dormí rápidamente mientras en el extremo vacilante de la rama se mecía una ardilla, producto de mi capricho, con la cola bien enhiesta.
       El río era ancho, y sus pequeñas olas ruidosas se hallaban iluminadas. También en la otra orilla había praderas que se convertían Juego en matorrales tras los cuales se veían, a gran distancia, claras avenidas de árboles frutales que llevaban a verdes colinas.
       Encantado con esta visión, me tumbé en el suelo y pensé, mientras me tapaba los oídos para no oír el temido llanto, que allí podría ser feliz. «Pues todo es aquí solitario y bello. No hace falta mucho valor para vivir aquí. Habrá que torturarse como en cualquier otro lugar, pero no hará falta moverse con gracia. No será necesario. Pues solamente hay montañas y un gran río y aún soy lo suficientemente juicioso como para considerarlos inanimados. Sí, cuando de noche tropiece a solas en los empinados caminos de las praderas, no estaré más abandonado que la montaña, sólo que lo sentiré. Creo, sin embargo, que también esto pasará.»
       Así iba jugando con mi vida futura e intentaba tenazmente olvidar. Al mismo tiempo parpadeaba mirando aquel cielo bañado en una coloración inusualmente feliz. Hacía tiempo que no lo veía de ese modo, me emocioné y recordé algunos días concretos en los que me había parecido verlo así. Retiré las manos de mis oídos, estiré los brazos y los dejé caer sobre la hierba.
       Oí que alguien sollozaba débilmente a lo lejos. Se levantó un viento, y una gran cantidad de hojas secas que no había visto antes echaron a volar susurrando. De los árboles caían absurdamente al suelo frutos todavía verdes. Detrás de una montaña se elevaron unas nubes horribles. Las olas del río rugían y retrocedían ante el viento.
       Me levanté a toda prisa. El corazón me dolía, pues ahora parecía imposible escapar a mis sufrimientos. Me disponía a dar media vuelta para abandonar aquel paraje y regresar a mi forma de vida anterior, cuando se me ocurrió lo siguiente: «Es curioso que en nuestra época aún haya gente distinguida que atraviese un río de manera tan complicada. La única explicación es que se trata de una vieja costumbre». Y sacudí la cabeza, pues estaba asombrado.


3. El gordo
a. Alocución al paisaje


      De entre los arbustos de la otra orilla irrumpieron cuatro hombres desnudos que llevaban un palanquín de madera sobre sus hombros. En él iba sentado, en posición oriental, un hombre monstruosamente gordo. Aunque al llevarlo abrieran camino a través de los arbustos, él no apartaba las ramas espinosas, sino que las empujaba tranquilamente con su cuerpo inmóvil. Sus pliegues de grasa estaban tan cuidadosamente repartidos que, si bien cubrían todo el palanquín e incluso colgaban a los lados como la orla de una alfombra amarillenta, no parecían molestarlo. Su cráneo pelado era pequeño y de un amarillo reluciente. Su cara tenía la expresión cándida de una persona que reflexiona y no se esfuerza por ocultarlo. A ratos cerraba los ojos, y cuando volvía a abrirlos, la barbilla se le contraía.
       «El paisaje no me deja pensar con claridad», dijo en voz baja, «hace que mis reflexiones vacilen como puentes colgantes sobre un torrente furioso. Es hermoso y por eso quiere ser contemplado.
       »Cierro los ojos y digo: Oh, verde montaña a orillas del río, eres hermosa con tus piedras que ruedan hasta el agua.
       »Pero no queda satisfecha, quiere que abra los ojos hacia ella.
       »Y luego digo con los ojos cerrados: Montaña, no te quiero porque me recuerdas las nubes, el arrebol vespertino y el cielo ascendente, y estas son cosas que casi me hacen llorar, pues resultan inalcanzables cuando uno se hace llevar en un pequeño palanquín. Y mientras me enseñas todo esto, pérfida montaña, me ocultas la lejanía que me llena de gozo, pues muestra cosas alcanzables en una hermosa visión de conjunto, Por eso no te quiero, montaña a orillas del río, no, no te quiero.
       «Pero este discurso le sería tan indiferente como el anterior si no le hablara con los ojos abiertos. Si no es así, no queda satisfecha.
       »¿Y acaso no tenemos que asegurarnos su afecto aunque sólo sea para mantenerla erguida, sí, a esa montaña que tiene una predilección tan caprichosa por la papilla de nuestros sesos? Pues podría abatir sobre mí su sombra dentada, oponerme en silencio unas paredes atrozmente desnudas, y mis portadores tropezarían entonces con las piedrecillas del camino.
       «Pero no sólo la montaña es así de vanidosa, impertinente y vengativa; todo el resto también lo es. Por eso, con los ojos muy abiertos —¡oh, cómo duelen!—, he de repetir siempre:
       »SÍ, montaña, eres hermosa y los bosques de tu ladera oeste me llenan de alegría. También contigo, flor, estoy contento, y tu color rosa me alegra el alma. Y tú, hierba de los prados, ya has crecido y eres fuerte y refrescante. Y tú, matorral extraño, pinchas tan inesperadamente que nuestros pensamientos empiezan a dar brincos. Pero en ti, río, hallo tal satisfacción que me dejaré llevar por tus dóciles aguas.»
       Tras haber pronunciado diez veces este panegírico en voz alta y con gestos humildes de su cuerpo, dejó caer la cabeza y dijo con los ojos cerrados:
       «Pero ahora —os lo ruego— montaña, flor, hierba, matorrales y río, dejadme un poco de espacio para poder respirar».
       Y entonces se produjo un presuroso desplazamiento de las montañas circundantes, que se retiraron detrás de cortinas de niebla. Aunque las avenidas permanecieron firmes y protegieron bastante el ancho del camino, no tardaron mucho en desvanecerse: en el cielo, delante del sol, flotaba una nube húmeda de bordes ligeramente translúcidos, a cuya sombra el terreno se hundía, mientras todas las cosas perdían sus hermosos contornos.
       Los pasos de los porteadores ya eran audibles desde mi orilla y, sin embargo, me era imposible distinguir nada preciso en el oscuro cuadrado de sus rostros. Sólo veía cómo ladeaban las cabezas y curvaban las espaldas debido al insólito peso de la carga. Me preocupaban porque advertí que estaban cansados. Por eso los observé muy tenso pisar las hierbas de la orilla, avanzar luego por la arena húmeda a un paso todavía uniforme y hundirse finalmente entre los juncales cenagosos, donde los dos porteadores de atrás se inclinaron aún más para mantener el palanquín en posición horizontal. Entrelacé con fuerza las manos. Ahora tenían que levantar bastante los pies a cada paso, de modo que sus cuerpos relucían de sudor en el aire frío de aquella tarde inestable.
       El gordo iba tranquilamente sentado, las manos sobre los muslos; las largas puntas de los juncos lo rozaban al enderezarse de golpe tras el paso de los porteadores delanteros.
       Los movimientos de los porteadores se fueron haciendo más irregulares a medida que se acercaban al agua. A ratos el palanquín se balanceaba como si ya estuviera sobre las olas. Había que bordear pequeñas charcas entre los juncales o saltar por encima de ellas, pues podían ser profundas.
       Unos cuantos patos silvestres alzaron el vuelo graznando y subieron directamente hacia la nube cargada de lluvia. En ese instante vi, gracias a un breve movimiento, la cara del gordo; parecía muy intranquila. Me levanté y eché a correr a saltos por la pendiente pedregosa que me separaba del agua. No reparé en que era peligroso, únicamente pensé en ayudar al gordo cuando sus criados ya no pudieran llevarlo. Corrí con tal atolondramiento que no pude detenerme al llegar a la orilla y hube de seguir un trecho entre el agua que salpicaba; sólo puse fin a mi carrera cuando el agua me llegó a las rodillas.
       Al otro lado, los criados, derrengándose, habían llevado el palanquín al río, y mientras con una mano se mantenían por encima de las inquietas aguas, con cuatro brazos peludos sostenían el palanquín en el aire, de suerte que se les veían los músculos, inusualmente marcados.
       El agua les golpeó primero la barbilla, luego les subió a la boca y las cabezas de los porteadores se inclinaron hacía atrás, al tiempo que las varas del palanquín caían sobre sus hombros. El agua les llegaba ya a la nariz pero ellos no cejaban en su empeño, pese a que apenas se hallaban en el centro del río. Una pequeña ola golpeó entonces las cabezas de los porteadores delanteros y los cuatro hombres se ahogaron en silencio, arrastrando hacia abajo el palanquín con sus manos crispadas. El agua los siguió formando un remolino.
       De los bordes de la gran nube surgió en ese instante el liso resplandor del sol vespertino y transfiguró colinas y montañas en los confines del horizonte, mientras el río y la zona cubierta por la nube permanecían inmersos en una luz incierta.
       El gordo se volvió lentamente en la dirección de la corriente y fue arrastrado río abajo como un ídolo de madera clara que se hubiera vuelto superfluo y al que por eso habían arrojado al río. Se deslizaba sobre el reflejo de la nube cargada de lluvia. Nubes alargadas tiraban de él, y otras pequeñas y curvadas lo empujaban provocando una notable agitación, perceptible en el golpeteo del agua contra mis rodillas y las piedras de la orilla.
       Volví a trepar velozmente por el talud a fin de acompañar al gordo desde el camino, pues sentía por él verdadero aprecio. Quizá así podría averiguar algo sobre la peligrosidad de esa comarca en apariencia segura. Empecé, pues, a avanzar por una franja de arena a cuya estrechez primero había que acostumbrarse, las manos en los bolsillos y la cara vuelta en ángulo recto hacia el río, de suerte que la barbilla reposara casi sobre el hombro.
       Sobre las piedras de la orilla había frágiles golondrinas.
       El gordo dijo: «Estimado señor de la orilla, no intente salvarme. Esta es la venganza del agua y del viento; estoy perdido. Sí, es una venganza, pues cuántas veces hemos atacado estas cosas, yo y mi amigo el orante, al hacer sonar nuestros aceros bajo el resplandor de los címbalos, la vasta suntuosidad de los trombones y los fugaces destellos de los timbales».
       Una pequeña gaviota le atravesó el vientre volando con las alas desplegadas sin que su velocidad se viera menguada.
       El gordo siguió contando:


3. El gordo
b. Inicio de la conversación con el orante


       Hubo un tiempo en el que iba cada día a una iglesia, pues una muchacha de la que me había enamorado rezaba allí arrodillada media hora por las tardes y yo podía así observarla con toda tranquilidad.
       Un día en que la muchacha no apareció y yo, indignado, me puse a observar a los que estaban rezando, me llamó la atención un joven que se había tumbado en el suelo con toda su magra figura. De rato en rato concentraba toda la fuerza de su cuerpo en el cráneo y lo golpeaba sollozando contra las palmas de sus manos, abiertas sobre las losas.
       En la iglesia sólo había unas cuantas viejas que, ladeándolas, volvían a cada rato sus cabecitas cubiertas para echarle un vistazo al orante. Esta atenta curiosidad parecía hacerlo feliz, pues antes de iniciar cada uno de sus píos arrebatos dejaba vagar la mirada para ver si el número de quienes lo miraban era elevado.
       Aquello me pareció irrespetuoso y decidí abordarlo cuando saliera de la iglesia para preguntarle por qué rezaba de ese modo. Sí, estaba indignado porque mi chica no había venido.
       Pero sólo se levantó al cabo de una hora, se santiguó con gran esmero y se dirigió a trompicones hacia la pila de agua bendita. Yo me interpuse entre la pila y la puerta, y supe que no lo dejaría pasar sin que se explicase. Torcí la boca, como hago siempre que me dispongo a hablar con decisión. Di un paso adelante con la pierna derecha y me apoyé en ella, dejando que la izquierda reposara negligentemente sobre la punta del pie, posición que también me da firmeza.
       Ahora bien, es posible que el hombre ya me hubiera mirado de soslayo cuando se roció la cara con agua bendita, quizá también hubiese reparado antes en mí con cierta preocupación, pues de pronto echó a correr inesperadamente hacia la puerta y salió. La puerta vidriera se cerró de golpe. Y cuando salí tras él poco, después ya no lo vi, pues por allí había varias callejuelas estrechas y el ajetreo era intenso.
       Los días siguientes él no apareció, pero sí lo hizo mi muchacha. Llevaba puesto un vestido negro con encajes transparentes en los hombros —debajo se veía la medialuna del escote de la blusa—, desde cuyo borde inferior pendía la seda formando un cuello bien cortado. Y como vino la muchacha, me olvidé del joven, y hasta me despreocupé de él después, cuando volvió a acudir regularmente para rezar según su costumbre. Siempre pasaba a toda prisa a mi lado, volviendo, eso sí, la cabeza. O quizá ello se debiera a que yo sólo podía imaginármelo en movimiento, de suerte que aunque estuviera inmóvil me daba la impresión de deslizarse.
       Una vez me entretuve en mi habitación. No obstante, fui a la iglesia. Ya no encontré ahí a la chica y me disponía a volver a casa cuando de pronto vi otra vez al joven tumbado en el suelo. Recordé entonces el antiguo incidente y me entró curiosidad.
       De puntillas me deslicé hasta el portal, di una moneda al mendigo ciego ahí sentado y me instalé a su lado tras la hoja abierta de la puerta, donde permanecí quizá Una hora con una expresión de astucia en la cara. Me sentí a gusto allí y decidí volver con más frecuencia. Pero a la segunda hora me pareció absurdo quedarme en un lugar así por el orante. Pese a ello dejé, ya airado, que las arañas se pasearan por mi ropa una tercera hora, mientras los últimos fieles salían de la penumbra de la iglesia respirando ruidosamente.
       También él salió. Caminaba con cautela y sus pies tanteaban levemente el suelo antes de pisarlo.
       Me levanté, di un largo paso adelante y agarré al joven por el cuello con una mano. «Buenas tardes», dije y, sin soltarlo, lo empujé escaleras abajo en dirección a la plaza iluminada.
       Cuando llegamos abajo, me dijo con una voz totalmente insegura:
       «Buenas tardes, queridísimo señor, no se enfade usted conmigo, su más humilde servidor».
       «Sí», dije yo, «me gustaría preguntarle varias cosas, caballero; la vez pasada se me escapó usted, pero ahora dudo mucho que lo consiga.»
       «Es usted una persona compasiva, señor, y seguro que me dejará ir a casa. La verdad es que soy digno de lástima.»
       «No», grité en medió del ruido de un tranvía que pasaba, «no lo dejaré irse. Estas son precisamente las historias que me gustan. Es usted una captura afortunada, de la cual me felicito.»
       Y él replicó:
       «¡Ay Dios! Tiene usted un corazón impulsivo y una cabeza cuadrada. Me llama captura afortunada, ¡qué dichoso ha de sentirse! Pues mi desdicha es una desdicha vacilante, que se tambalea sobre una punta muy fina y, si la tocan, cae sobre el que pregunta. Buenas noches, caballero».
       «Bueno», dije yo reteniéndolo por la mano derecha, «si no me contesta, me pondré a gritar aquí en plena calle. Y todas las dependientas que ahora salen de las tiendas, y todos sus novios, que se alegran de verlas, acudirán en tropel, pues pensarán que se ha desplomado el caballo de algún coche de alquiler o que ha ocurrido algo por el estilo. Y entonces yo lo señalaré en presencia de la gente.»
       Llorando, empezó a besarme ambas manos alternativamente.
       «Le diré lo que quiere saber, pero por favor vámonos a esa calleja lateral.»
       Yo asentí y ahí nos dirigimos.
       Pero él no se conformó con la oscuridad de la calleja, en la que sólo había varias farolas amarillas bastante alejadas unas de otras, sino que me llevó hasta el zaguán de techo bajo de una casa antigua, debajo mismo de una lamparilla rezumante que colgaba frente a la escalera de madera.
       Allí sacó su pañuelo con aire importante y, extendiéndolo sobre un peldaño, dijo: «Tome asiento, mi estimado señor, así podrá preguntar mejor; yo me quedaré en pie, así responderé mejor. Pero no me torture».
       Yo me senté y lo miré entornando los ojos al tiempo que decía:
       «¡Es usted un demente redomado, eso es lo que es! ¡Hay que ver cómo se comporta en la iglesia! ¡Qué ridículo es todo aquello y qué desagradable para quienes lo observan! ¿Cómo podría alguien rezar con recogimiento si tiene que mirarlo?».
       El joven había pegado el cuerpo a la pared y sólo podía mover libremente Ja cabeza. «No se enfade… ¿para qué va usted a enfadarse por cosas que no le incumben? Cuando soy yo el que actúa con torpeza, me indigno, pero cuando sólo es otro el que se porta mal, me alegro. Por eso no se enfade si le digo que la finalidad de mis rezos es que la gente me mire.»
       «¡Pero qué dice!», exclamé en voz demasiado alta para la escasa altura del zaguán, aunque luego temí bajar el tono, «¡qué cosas dice realmente! Ya me lo suponía, sí, desde que lo vi por vez primera supuse en qué estado se encontraba. Tengo experiencia y no bromeo cuando digo que se trata de un mareo en tierra firme, y uno de naturaleza tal que ha olvidado usted el verdadero nombre de las cosas y ahora les da a toda prisa nombres fortuitos. ¡Deprisa, sí, muy deprisa! Pero en cuanto se aleja de ellas, se le vuelven a olvidar los nombres. El álamo de los campos, que usted denominó la “Torre de Babel” porque no sabía o no quería saber que era un álamo, se balancea otra vez sin nombre y ha tenido que llamarlo “Noé en estado de ebriedad”.»
       Me quedé un poco desconcertado cuando dijo:
       «Me alegro de no haber entendido lo que acaba de decir».
       Al punto repliqué irritado:
       «Con su alegría demuestra usted que lo ha entendido».
       «Cierto es que lo he demostrado, señor mío, pero usted también ha hablado de manera muy curiosa.»
       Puse las manos sobre un peldaño más alto, me recosté y dije desde esa posición casi inexpugnable, último recurso de los luchadores:
       «Tiene usted un modo muy divertido de salvarse, y consiste en suponer que los demás comparten el estado en que se encuentra».
       Esto le dio ánimos. Entrelazó las manos para dar unidad a su cuerpo y dijo, tras superar una leve resistencia:
       «No, no hago esto con todos, por ejemplo no con usted, porque no puedo. Pero me alegraría si pudiera hacerlo, pues ya no me haría falta la atención de la gente en la iglesia. ¿Y sabe por qué la necesito?».
       Esta pregunta me dejó confuso. Era cierto que no lo sabía y creo que tampoco quería saberlo. Tampoco había querido llegar hasta allí, me dije en aquel momento, pero el hombre me había obligado a escucharlo. Y ahora me habría bastado con menear la cabeza para hacerle ver que no lo sabía, pero me fue imposible ordenar movimiento alguno a mi cabeza.
       El hombre que tenía frente a mí sonrió. Luego se agachó flexionando las rodillas y me contó con un gesto de somnolencia:
       «Nunca ha habido un momento en el que estuviera convencido de mi vida por mí mismo. Aprehendo las cosas de mi entorno sólo en representaciones tan frágiles que siempre creo que han vivido alguna vez y ahora se están desvaneciendo. Siempre, querido señor, me entran unas ganas atroces de ver las cosas tal y como se presentarían antes de mostrárseme. Sin duda están ahí, hermosas y tranquilas. Y así debe de ser, pues a menudo oigo a la gente hablar de ellas en estos términos».
       Como yo guardé silencio y sólo manifestaba mi desasosiego mediante contracciones involuntarias de la cara, me preguntó:
       «¿No cree que la gente habla así?».
       Pensé que debía asentir con la cabeza, pero no pude.
       «¿De verdad que no lo cree? Pues escúcheme; un día, cuando era niño, abrí los ojos después de una breve siesta y oí, totalmente adormilado todavía, que mi madre preguntaba desde el balcón, en un tono de voz natural: “¿Qué hace allí con este calor, querida mía?”. Y una mujer le respondió desde el jardín: “Estoy merendando entre el verdor”. Dijeron eso sin pensar y no demasiado claramente, como si hubiera sido algo obvio.»
       Creyéndome interrogado, metí la mano en el bolsillo trasero del pantalón y fingí buscar algo. Pero no buscaba nada, sólo quería cambiar de postura para poner de manifiesto mi participación en el diálogo. Y dije que ese incidente era muy extraño y no lo entendía en absoluto. También añadí que no creía en su veracidad y que debía de ser una invención cuya finalidad concreta se me escapaba. Luego cerré los ojos, porque me dolían.
       «¡Oh, qué bien que comparta usted mi opinión! Y ha sido un gesto desinteresado de su parte abordarme para decírmelo.
       »¿Verdad que sí? ¿Por qué habría de avergonzarme —o por qué habríamos de avergonzarnos— de no caminar erguido y con aplomo, de no golpear el adoquinado con mi bastón ni rozar la ropa de la gente que pasa ruidosamente a mi lado? ¿No debería más bien quejarme con porfía y razón de avanzar a saltitos, pegado a las casas como una sombra de hombros angulosos que, a ratos, desaparece en el cristal de los escaparates?
       »¡Y no vea qué días estoy pasando! ¿Por qué está todo tan mal construido que a veces hay casas altas que se derrumban sin que pueda descubrirse una causa aparente? En esos casos trepo por los escombros y pregunto a todo el que me sale al encuentro: “¿Cómo ha podido ocurrir algo así? ¡En nuestra ciudad, una casa nueva, hoy es ya la quinta, imagínese!”. Pero nadie puede contestarme.
       »A menudo hay gente que se desploma en la calle y se queda allí muerta. Los comerciantes abren entonces sus puertas, de las que cuelga la mercadería, acuden con paso ágil, meten al muerto en una de las casas, salen luego con una sonrisa que les ilumina boca y ojos y dicen: “¡Buenos días!…; el cielo está pálido…; he vendido muchos pañuelos de cabeza…; sí, la guerra”. Yo entro de un salto en la casa y, tras alzar tímidamente la mano varias veces con un dedo doblado, llamo por fin a la ventanita del portero. “Buen hombre”, le digo con voz amable, “acaban de traerle un muerto. Muéstremelo, se lo ruego.” Y cuando él niega con la cabeza como si estuviera indeciso, le digo en tono resuelto: “Buen hombre, soy de la policía secreta, muéstreme ahora mismo al muerto”. “¿Un muerto?”, pregunta entonces casi ofendido. “No, aquí no tenemos ningún muerto. Esta es una casa decente.” Yo saludo y me voy.
       »Pero después, cuando me toca atravesar una gran plaza, se me olvida todo. La dificultad de semejante tarea me confunde y suelo decirme: “Si construyen plazas tan grandes sólo por arrogancia, ¿por qué no construyen también una balaustrada de piedra que permita atravesar la plaza?”. Hoy sopla viento del sudoeste. El aire de la plaza está agitado. La aguja de la torre del ayuntamiento describe pequeños círculos. ¿Por qué no se calma un poco esta barahúnda? Los cristales de las ventanas vibran y los postes de las farolas se doblan como bambúes. El manto de la Virgen María flamea sobre la columna, y el viento tempestuoso tira de él con fuerza. ¿No lo ve nadie? Los caballeros y las damas que deberían caminar sobre los adoquines avanzan flotando. Cuando el viento toma aliento se detienen, intercambian unas cuantas palabras y se saludan con una inclinación; pero si el viento vuelve a soplar con furia, no pueden resistirse a él y todos levantan los pies al mismo tiempo. Cierto es que han de sujetarse firmemente el sombrero, pero hay un brillo alegre en sus miradas, como si hiciera buen tiempo. Sólo yo tengo miedo.»
       Maltratado como estaba, le dije: «La historia que ha contado usted antes sobre su señora madre y la señora del jardín no me parece en absoluto extraña. Y es que no sólo he escuchado y vivido muchas historias similares, sino que hasta he participado en unas cuantas. Es lo más natural del mundo. ¿Cree usted que de haber estado en el balcón no habría yo podido preguntar lo mismo y luego responder lo mismo desde el jardín? Un incidente por demás sencillo».
       Pareció muy contento cuando le dije esto. Me comentó que yo iba muy bien vestido y que le gustaba mucho mi corbata. ¡Y qué cutis tan fino el mío! Y que las confesiones son más claras que nunca cuando las revocamos.


3. El gordo
c. Historia del orante


       Luego se sentó a mi lado, pues yo, intimidado, le había hecho sitio ladeando la cabeza. Pese a Jo cual no se me escapó que él también estaba ahí un tanto perplejo, intentaba mantener cierta distancia entre los dos y dijo haciendo un esfuerzo:
       ¡Y no vea qué días estoy pasando!
       Anoche estuve en una velada. Justo cuando, a la luz de una lámpara de gas, me disponía a inclinarme ante una señorita y decirle: «Me alegra de verdad que nos acerquemos al invierno», justo cuando iba a inclinarme diciendo estas palabras advertí indignado que el fémur derecho se me había salido de la articulación. También la rótula se había aflojado un poco.
       Por eso me senté y, como siempre intento mantener cierto control sobre mis frases, dije: «Pues el invierno es mucho menos fatigoso; uno puede comportarse con más ligereza y no necesita esmerarse canto con las palabras. ¿No le parece, mi estimada señorita? Espero tener razón en esto». La pierna derecha me incomodaba mucho en ese momento, pues al principio parecía haberse dislocado por completo y sólo poco a poco, a fuerza de presionarla e ir desplazándola adecuadamente, logré arreglar el problema a medias.
       En eso oí decir en voz baja a la muchacha, que por simpatía también se había sentado: «No, usted no me impresiona en absoluto, porque…».
       «Espere», le dije contento y expectante, «no debe usted perder, mi estimada señorita, ni cinco minutos hablando conmigo. Coma algo entre palabra y palabra, se lo ruego.»
       Y acto seguido estiré el brazo, cogí un grueso racimo de uvas que colgaba de una fuente sostenida por un alígero efebo de bronce, lo mantuve unos instantes en el aire y lo puse luego en un platito de borde azul que, tal vez no sin cierta delicadeza, alcancé a la muchacha.
       «No me impresiona en absoluto», dijo ella, «todo lo que dice es aburrido e incomprensible, y no por eso verdadero. Creo, caballero —¿por qué me llama todo el tiempo “mi estimada señorita”?—, creo que usted no tiene tratos con la verdad simplemente porque es demasiado agotadora.»
       ¡Dios mío, qué placer tan grande! «Sí, señorita, señorita», exclamé casi gritando, «¡cuánta razón tiene usted! Mi estimada señorita, ¿sabe qué?, es una alegría muy intensa sentirse comprendido así sin habérselo propuesto.»
       «El caso es que la verdad es demasiado agotadora para usted, caballero, pues basta con ver qué aspecto tiene. A usted lo han recortado en papel de seda cuan largo es, sí, en papel de seda amarillo, como una silueta, y cuando camina se lo oye crujir. Por eso también es injusto acalorarse por sus actitudes u opiniones, ya que usted ha de doblarse según la corriente de aire que haya en la habitación.»
       «No lo entiendo. En esta habitación hay unas cuantas personas. Dejan descansar los brazos en los respaldos de sus sillas, o bien se apoyan en el piano, o se llevan vacilantes una copa a los labios, o se dirigen tímidamente a la habitación contigua y, tras golpearse en la oscuridad el hombro derecho con un armario, piensan, mientras toman aire junto a la ventana abierta: “Allí está Venus, el lucero vespertino”. Yo, por mi parte, estoy en esta velada. Pero si hay alguna relación entre estos hechos, no la entiendo. Ni siquiera sé si están relacionados. Y verá usted, mi estimada señorita, entre toda esta gente que se comporta de forma tan irresoluta e incluso ridícula por su falta de claridad, yo parezco ser el único digno de escuchar cosas absolutamente claras sobre mi persona. Y encima, para que ello tenga un punto agradable, son dichas en tono de burla, de suerte que pese a todo queda algo, como ocurre con las paredes maestras de una casa incendiada por dentro. La vista apenas si encuentra obstáculos; de día se ven las nubes del cielo por los grandes agujeros de las ventanas, y de noche, las estrellas. Pero a menudo las nubes aún están talladas en piedra gris y las estrellas forman constelaciones antinaturales… ¿Qué pasaría si, a modo de agradecimiento, le confiara que todos los hombres que quieran vivir tendrán algún día el mismo aspecto que yo?: siluetas recortadas en papel de seda amarillo —como usted ha observado—, y cuando caminen se les oirá crujir. No serán diferentes de lo que son ahora, pero tendrán ese aspecto. Incluso usted, mi estimada…»
       En ese momento advertí que la muchacha ya no estaba sentada a mi lado. Debió de haberse ido poco después de sus últimas palabras, pues ahora estaba lejos de mí, de pie junto a una ventana, rodeada por tres jóvenes que hablaban riendo desde los altos cuellos blancos de sus camisas.
       Contento, apuré una copa de vino y me dirigí hacia el pianista, que, completamente aislado, tocaba una pieza triste cabeceando. Me incliné con cautela hacia su oído, para que no se asustara, y le susurré siguiendo la melodía:
       «Tenga usted la bondad de dejarme tocar ahora, distinguido señor, pues estoy a punto de ser feliz».
       Como no me hacía caso, me quedé un rato perplejo, pero luego, venciendo mi timidez, empecé a ir de un invitado a otro y les decía de pasada: «Hoy tocaré el piano. Sí».
       Todos parecían saber que era incapaz de hacerlo, pero se echaban a reír con gesto amable al ver tan gratamente interrumpidas sus conversaciones. Sólo prestaron plena atención cuando le dije en voz muy alta al pianista: «Tenga usted la bondad de dejarme tocar ahora, distinguido señor. Ocurre que estoy a punto de ser feliz. Se trata de un triunfo».
       El pianista dejó de tocar, pero no abandonó su banco marrón y tampoco pareció entenderme. Suspiró y se tapó la cara con sus dedos largos.
       Yo sentí entonces cierta compasión por él e iba a animarlo a seguir tocando, cuando llegó la dueña de la casa con un grupo de invitados.
       «¡Qué ocurrencia tan divertida!», dijeron entre fuertes carcajadas, como si yo hubiera querido hacer algo antinatural.
       La muchacha también se acercó, me lanzó una mirada desdeñosa y dijo: «Por favor, señora, déjelo tocar. Tal vez quiera contribuir de algún modo al entretenimiento general. Algo muy loable. Por favor, señora».
       Todos manifestaron ruidosamente su alegría, pues por lo visto creían, como yo, en el trasfondo irónico de esas palabras. Sólo el pianista permaneció mudo. Tenía la cabeza gacha y acariciaba la madera del banco con el índice de su mano izquierda, como si dibujara en la arena. Yo empecé a temblar y, para disimularlo, metí las manos en los bolsillos del pantalón. Tampoco podía ya hablar claramente, pues mi rostro entero quería llorar. Por eso tuve que elegir mis palabras de manera tal que la idea de que quería llorar les pareciera ridícula a los oyentes.
       «Señora», dije, «ahora tengo que tocar porque…» Como se me había olvidado el motivo, me senté al piano sin más preámbulos. Y entonces volví a comprender mi situación. El pianista se levantó y, con gran cuidado, pasó por encima del banco, pues yo le cerraba el paso. «Apague la luz, por favor, sólo puedo tocar en la oscuridad.» Y me incorporé.
       Dos señores cogieron entonces el banco y, silbando una canción y meciéndome ligeramente, me llevaron muy lejos del piano, hasta la mesa del comedor.
       Todos parecían estar de acuerdo y la señorita dijo: «Ya ve, señora, ha tocado muy bien. Lo sabía. ¡Y usted que tenía miedo!».
       Comprendí y di las gracias con una reverencia correctamente ejecutada.
       Me sirvieron limonada y una señorita de labios rojos me sostuvo el vaso mientras bebía. La dueña de la casa me trajo merengues en un plato de plata, y una muchacha toda vestida de blanco me los fue introduciendo en la boca. Una joven exuberante con una gran cabellera rubia sostenía encima de mí un racimo de uvas que yo no tenía más que ir arrancando, mientras ella miraba mis ojos esquivos.
       Como todos me trataban tan bien, me sorprendió, claro está, que de común acuerdo me retuvieran cuando quise regresar al piano,
       «Basta por ahora», dijo el dueño de la casa, en el que no había reparado hasta entonces. Salió y volvió al instante con un enorme sombrero de copa y un sobretodo floreado de color cobrizo. «Aquí tiene sus cosas.»
       La verdad es que no eran mis cosas, pero decidí ahorrarle el esfuerzo de volver a buscarlas. Él mismo me ayudó con el sobretodo, que me quedaba muy bien, pues se adaptaba perfectamente a mi cuerpo delgado. Una dama de cara bondadosa me Jo abotonó de arriba abajo, inclinándose a medida que lo hacía.
       «Adiós, pues», dijo la dueña de la casa, «y vuelva pronto. Ya sabe que siempre será bien recibido.» Entonces todos se inclinaron, como si ello fuera necesario. Yo también lo intenté, pero el abrigo me quedaba demasiado estrecho. Así que cogí mi sombrero y salí torpemente por la puerta.

       Pero cuando a pasos breves salí del portal, fui asaltado por el cielo con luna, estrellas y gran bóveda, y por la plaza mayor con el ayuntamiento, la columna de la Virgen y la iglesia.
       Con toda calma pasé de la sombra a la luz de la luna, me desabroché el sobretodo y traté de entrar en calor: luego hice enmudecer los zumbidos de la noche alzando las manos y me puse a reflexionar:
       «¿A qué se debe que actuéis como si fuerais reales? ¿Queréis hacerme creer que soy irreal estando aquí, absurdamente, de pie sobre el adoquinado verde? Pero si ya hace mucho tiempo que fuiste real, cielo, y tú, plaza, jamás has sido real.
       »Es cierto que todavía me superáis, aunque sólo cuando os dejo en paz.
       »Gracias a Dios, Luna, que ya no eres Luna, aunque quizá sea indolente de mi parte seguir llamándote Luna a ti, a la que denominan Luna. ¿Por qué pierdes tu arrogancia cuando te llamo “Olvidado farolillo de extraño color”? ¿Y por qué prácticamente te retiras cuando te llamo “Columna de la Virgen”, y ya tampoco advierto tu actitud amenazadora, Columna de la Virgen, cuando te llamo “Luna que arrojas una luz amarillenta”?
       «Realmente parece que no os sienta bien que uno medite sobre vosotras; perdéis ánimo y salud.
       »¡Dios mío, qué beneficioso ha de ser que el pensador aprenda del borracho!
       »¿Por qué este súbito silencio? Creo que ya no hay viento. Y las casitas, que a menudo se deslizan por la plaza como sobre ruedecillas, están firmemente plantadas en tierra —inmóviles, inmóviles—, ya ni se ve la delgada raya negra que normalmente las separa del suelo».
       Y eché a correr. Di tres vueltas a la gran plaza corriendo sin dificultad, y al no encontrarme con ningún borracho seguí corriendo hacia la calle de Carlos IV sin aminorar la velocidad ni sentir cansancio. A mi lado, mi sombra avanzaba a ratos más pequeña que yo en la pared, como por un camino hondo entre el muro y la calzada.
       Al pasar frente al cuartel de bomberos oí un ruido procedente de la pequeña avenida de circunvalación, y cuando doblé para entrar en ella vi a un borracho de pie junto a la verja de la fuente: tenía los brazos extendidos horizontalmente y pateaba el suelo con ambos pies, embutidos en sendos zuecos de madera.
       Primero me detuve para que mi ritmo respiratorio se calmase, luego me dirigí hacia él, me quité el sombrero de copa y me presenté:
       «Buenas noches, noble caballero, tengo veintitrés años, pero todavía no llevo nombre. Usted, sin embargo, seguro que viene con nombres sorprendentes y cantables desde la gran ciudad de París. Lo envuelve el olor totalmente artificial de la resbaladiza corte de Francia.
       »Seguro que con sus ojos pintados ha visto usted a esas grandes damas que ya están en la terraza alta y luminosa, girando con ironía su esbelto talle, cuando el extremo de las coloreadas colas de sus trajes, extendidas sobre la escalinata, aún se halla en la arena del jardín. ¿Verdad que hay criados de atrevidos fraques grises y calzones blancos que trepan por largas pértigas, distribuidas por todas partes, con las piernas pegadas a la pértiga y el torso inclinado a menudo hacia atrás o a los lados, pues con ayuda de cuerdas tienen que levantar del suelo y tensar en lo alto unos gigantescos toldos grises porque la gran dama desea una mañana brumosa?».
       Como el tipo eructó, dije casi asustado: «¿Es verdad, señor, que viene usted de nuestro París, de ese París borrascoso, ay, de aquella entusiástica granizada?».
       Como volviera a eructar, dije perplejo: «Sé que me ha tocado en suerte un gran honor».
       Y con dedos veloces me abotoné el sobretodo antes de añadir con fervor y timidez:
       «Ya sé que no me considera digno de una respuesta, pero si no Jo interrogara hoy, me vería condenado a llevar una vida desolada.
       »Le ruego que me diga, elegante caballero, si es verdad lo que me han contado. ¿Hay en París personas que sólo constan de vestidos adornados y casas que no tienen sino portales? ¿Y es verdad que en los días de verano el cielo sobre la ciudad es huidizamente azul, embellecido sólo por nubecillas blancas y compactas que tienen todas forma de corazón? ¿Y hay allí un museo de figuras de cera muy visitado, en el que sólo se ven árboles con los nombres de los héroes, criminales y amantes más célebres grabados en pequeños letreros?
       »¡Y encima esta noticia! ¡Esta noticia mendaz a todas luces!
       «¿Verdad que las calles de París se bifurcan súbitamente y son inquietas? ¿Verdad que sí? No siempre está todo en orden, ¡cómo iba a ser posible! Cuando hay un accidente, la gente se agolpa afluyendo desde las calles laterales con ese paso de gran ciudad que apenas roza el pavimento; todos tienen curiosidad, pero también miedo a desilusionarse; respiran muy deprisa y estiran sus cabecitas hacia delante. Aunque si se rozan unos a otros, hacen una profunda reverencia y se piden mutuamente disculpas: “Lo siento de veras… ha sido sin querer… con el gentío que hay… ha sido una torpeza por mi parte… lo reconozco. Mi nombre es… mi nombre es Jerôme Faroche, soy especiero en la rue du Cabotin… permítame invitarlo a comer mañana… mi esposa también se alegrará mucho”. Así hablan mientras la calle está ensordecida y el humo de las chimeneas desciende entre las casas. Pero es así. Y también es posible que en el animado bulevar de un barrio de postín se detengan dos carruajes. Los criados abren las portezuelas con aire serio. Ocho nobles perros siberianos bajan ágilmente y se persiguen ladrando y saltando por encima de la calzada. Y alguien dice entonces que son jóvenes pisaverdes parisienses disfrazados».
       El hombre casi había cerrado los ojos. Cuando callé, se metió ambas manos en la boca y tiró de la mandíbula inferior. Su traje estaba completamente sucio. Quizá lo habían expulsado de alguna taberna y aún no tenía las cosas muy claras.
       Era tal vez esa breve y tranquila pausa entre el día y la noche, durante la cual, y sin que lo esperemos, la cabeza nos cae hacia atrás y todo, sin que lo notemos, permanece quieto y en silencio porque no lo observamos, y después desaparece. Entretanto, nosotros nos quedamos solos con el cuerpo doblado y luego miramos alrededor, pero ya no vemos nada ni sentimos resistencia alguna en el aire, aunque interiormente nos aferramos al recuerdo de que, a cierta distancia, hay casas con techos y, por suerte, chimeneas angulosas por las que la oscuridad se desliza dentro de las casas, atravesando las buhardillas hasta llegar a las distintas habitaciones. Y es una suerte que mañana sea un día en el que, por increíble que parezca, podremos verlo todo.
       En aquel momento alzó el borracho las cejas de manera tal que entre ellas y los ojos surgió un resplandor; acto seguido dijo entrecortadamente: «Pues resulta que… sí, que tengo sueño, por lo que me iré a dormir… Resulta que tengo un cuñado en la plaza de San Wenceslao… y ahí voy, porque yo vivo ahí, porque ahí tengo mi cama… Y ahora me voy… Lo único que no sé es cómo se llama ni dónde vive… creo que se me ha olvidado… pero no importa, pues ni siquiera sé si tengo un cuñado… Y ahora sí que me voy… ¿Cree usted que lo encontraré?».
       Le contesté sin vacilar:
       «Seguro que sí. Pero usted viene del extranjero y, por algún azar, su servidumbre no lo acompaña. Permítame que lo guíe». No respondió. Y entonces le ofrecí mi brazo para que se colgase de él.


d. Prosigue la conversación entre el gordo y el orante

      Yo, en cambio, llevaba ya un rato tratando de espabilarme. Me frotaba el cuerpo y me decía:
       «Ya va siendo hora de que hables. Estás muy confuso. ¿Te sientes agobiado? ¡Espera! Ya conoces estas situaciones. Reflexiona sin prisas. Tu entorno también esperará.
       »Ocurre como en la reunión de la semana pasada. Alguien lee parte de un manuscrito en voz alta. A petición suya, yo mismo he copiado una página. Y cuando veo mi letra entre las páginas escritas por él, me llevo un susto. Aquello es insostenible. La gente se inclina encima desde los tres lados de la mesa. Yo juro llorando que no es mi letra.
       »Pero ¿por qué aquello habría de parecerse a lo de hoy? Sólo depende de ti que la conversación quede circunscrita. Todo está en paz. ¡Haz un esfuerzo, querido! Ya encontrarás una objeción. Puedes decir: “Tengo sueño. Me duele la cabeza. Adiós”. ¡Rápido, venga, rápido! Hazte notar. —¿Qué pasa ahora? ¿Otra vez trabas y más trabas? ¿De qué te acuerdas? —Me acuerdo de una meseta que se elevaba hacia el vasto cielo como un escudo de la tierra. La vi desde una montaña y me apresté a atravesarla. Empecé a cantar».
       Mis labios estaban secos y no obedecían cuando dije:
       «¿No se podría vivir de otro modo?».
       «No», dijo él sonriente e interrogativo.
       «Pero ¿por qué reza usted de noche en la iglesia?», pregunté entonces, mientras entre él y yo se derrumbaba todo lo que hasta entonces había yo apuntalado como en sueños.
       «No, ¿para qué hablar de eso? De noche, nadie que viva solo es responsable. Uno teme varias cosas. Que tal vez la corporeidad se desvanezca, que la gente sea de verdad lo que parece ser en el crepúsculo, que no esté permitido caminar sin bastón, que quizá sea conveniente ir a la iglesia y rezar a gritos para ser observado y acabar teniendo un cuerpo.»
       Como habló así y luego se calló, yo saqué mi pañuelo rojo del bolsillo y rompí a llorar, encorvado.
       Él se puso en pie, me besó y dijo:
       «¿Por qué lloras? Eres alto y eso me gusta, tienes unas manos largas que se comportan casi siguiendo tu voluntad, ¿por qué no te alegras de ello? Lleva siempre orlas oscuras en las mangas, te lo aconsejo. No, ¿te halago y sigues llorando? Y, sin embargo, sobrellevas muy sensatamente la dificultad de vivir.
       »Construimos máquinas de guerra en el fondo inservibles, torres, murallas, cortinas de seda, y si tuviéramos tiempo podríamos asombrarnos mucho de ellas. Y nos mantenemos suspendidos, no caemos, revoloteamos, aunque somos más feos que los murciélagos. Y casi nadie podría impedirnos decir en un día hermoso: “Ah, hoy hace un día hermoso”. Pues ya estamos instalados en nuestra tierra y vivimos en virtud de nuestro consentimiento[179].
       »Y es que somos como troncos de árboles en la nieve. Al parecer sólo yacen apoyados sobre la superficie, y con un leve empujón deberían poder apartarse. Pero no, no se puede, pues están unidos firmemente al suelo. Aunque cuidado, también esto es sólo aparente».
       Pensar en todo eso me impedía llorar. «Es de noche y nadie me reprochará mañana lo que pueda decir ahora, pues podría haberlo dicho en sueños.»
       Luego dije: «Sí, así es, pero ¿de qué estábamos hablando? No podíamos estar hablando de la luminosidad del cielo, ya que estamos en el fondo de un zaguán. No… aunque sí hubiéramos podido hablar de ella, pues ¿no somos totalmente independientes en nuestra conversación al no perseguir verdad ni objetivo alguno, sino únicamente diversión y entretenimiento? ¿No podría contarme otra vez la historia de la señora en el jardín? ¡Qué admirable e inteligente es esa mujer! Debemos comportarnos según su ejemplo. ¡Cómo me gusta! Y además está muy bien que me haya encontrado con usted y lo haya atrapado así. Ha sido para mí un gran placer hablar con usted. He escuchado algunas cosas que —quizá deliberadamente— ignoraba hasta ahora, y me alegro mucho».
       Parecía contento. Pese a que el contacto con un cuerpo humano me resulta siempre penoso, tuve que abrazarlo.
       Luego salimos del zaguán al aire libre. De un soplo dispersó mi amigo algunos jirones de nubecillas, de modo que a nuestras miradas se ofreció la ininterrumpida superficie de las estrellas. Mi amigo caminaba con dificultad.


4.
Final del gordo

      Todo fue entonces presa de la velocidad y se abismó en la lejanía. El agua del río fue arrastrada hasta un despeñadero, quiso detenerse, aún vaciló en los bordes desmoronados, pero al final se precipitó entre grumos y humo.
       El gordo no pudo seguir hablando, sino que tuvo que volverse y desaparecer en el vertiginoso fragor de la catarata.
       Yo, que tanto me había divertido, estaba en la orilla y lo vi. «¿Qué deben hacer nuestros pulmones?», grité, sí, grité. «Si respiran deprisa, se asfixian ellos mismos por sus venenos interiores; si respiran lentamente, se asfixian por el aire irrespirable, por la indignación de las cosas. Pero si tratan de buscar su propio ritmo, ya en la búsqueda perecen.»
       Las orillas de aquel río se ampliaron desmesuradamente y, no obstante, llegué a tocar con la palma de mi mano el hierro de un indicador de caminos, minúsculo en la lejanía. Algo que no me resultó del todo comprensible, pues yo era pequeño, casi más pequeño que de costumbre, y un arbusto de escaramujos blancos que se agitaba muy deprisa me superaba en altura. Me di cuenta porque momentos antes había estado a mi lado.
       Sin embargo, me había equivocado, pues mis brazos eran tan largos como las nubes de tormenta, sólo que más rápidos. No sé por qué querían aplastar mi pobre cabeza.
       Esta era tan pequeña como un huevo de hormiga, pero estaba un poco dañada y no era, por tanto, totalmente redonda. Hice con ella giros suplicantes, pues nadie habría podido advertir la expresión de mis ojos de tan pequeños que eran.
       Mis piernas, sin embargo, mis imposibles piernas yacían encima de las montañas boscosas y proyectaban su sombra sobre los valles tachonados de aldeas. ¡Y crecían, crecían! Pronto llegaron al espacio carente de paisaje alguno, y hacía rato que su longitud había superado el alcance de mis ojos.
       Pero no, no es esto… yo soy pequeño, por ahora pequeño… voy rodando… rodando… ¡soy un alud en la montaña!
       Por favor, vosotros que pasáis por aquí, decidme cuán alto soy, medid estos brazos, estas piernas.


III

      «¿Cómo es esto?», dijo mi conocido, que había salido conmigo de la velada y caminaba tranquilamente a mi lado por un sendero del monte San Lorenzo. «Deténgase un momento, a ver si me aclaro. Tengo un asunto que arreglar, ¿sabe? Es tan agotador todo esto… esta noche fría, aunque también luminosa, y este viento insatisfecho que a ratos parece incluso alterar la posición de esas acacias.»
       La sombra proyectada por la casa del jardinero al claro de luna se tensaba sobre el sendero un tanto combado y guarnecido por la escasa nieve. Cuando vi el banco que había junto a la puerta lo señalé alzando la mano, y como no era valiente y esperaba recibir reproches, me llevé la mano izquierda al pecho.
       Él se sentó hastiado, sin ninguna consideración para con su hermosa ropa, y me dejó perplejo cuando apretó los codos contra las caderas y apoyó su frente sobre las puntas ligeramente dobladas de los dedos.
       «Ahora quiero decirle algo. Yo llevo una vida ordenada, ¿sabe?, en ella no hay nada que objetar y ocurre todo cuanto es necesario y admitido. La desdicha a la que están habituados en la sociedad que frecuento no me ha rehuido, como hemos podido constatar satisfechos yo mismo y quienes me rodean, y la dicha general tampoco se ha contenido y hasta me ha sido posible hablar de ella en un círculo muy íntimo. Pues bien, nunca había estado enamorado de verdad. A ratos lo lamentaba, pero utilizaba la frase cuando me hacía falta. Ahora me veo obligado a decir: sí, estoy enamorado y sin duda excitado por la pasión. Soy un amante fogoso, de esos con los que sueñan las muchachas. Pero ¿no debí acaso pensar que justamente esa carencia anterior daría a mi situación un vuelco excepcional y divertido, sí, muy divertido?»
       «Calma, calma», le dije sin interés y pensando sólo en mí. «Su enamorada es muy bel la, como he tenido ocasión de oír.»
       «Sí, es muy bella. Estando a su lado sólo pensaba: “Vaya osadía… qué audacia la mía… emprender esta travesía marítima… beber galones de vino”. Pero cuando se ríe ella no muestra los dientes, como cabría esperar, sino que uno sólo puede ver la oscura, estrecha y curvada abertura de su boca. Eso le da un aire astuto y senil, aunque al reír eche la cabeza hacia atrás.»
       «No puedo negarlo», dije suspirando, «probablemente yo también me haya dado cuenta, pues ha de llamar la atención. Pero no se trata sólo de eso. ¡La belleza de las muchachas en general! A menudo, cuando veo vestidos con múltiples pliegues, volantes y drapeados que ciñen bellamente cuerpos bellos, pienso que no se mantendrán así mucho tiempo, sino que les saldrán arrugas imposibles de alisar, que el polvo los cubrirá, espesándose en los ornamentos, y ya no habrá cómo quitarlo, y que nadie querrá dar una impresión tan triste y ridícula poniéndose cada mañana el mismo lujoso vestido y quitándoselo por la tarde. Y, no obstante, veo muchachas que sin duda son bonitas y muestran atractivos músculos y huesecillos, y una piel tersa y matas de finos cabellos, y, sin embargo, se presentan cada día con esa especie de disfraz natural, apoyan siempre el mismo rostro en la misma palma de la mano y dejan que su espejo lo refleje. Sólo a veces, ya de noche, cuando vuelven tarde de alguna fiesta, les parece en el espejo consumido, hinchado, cubierto de polvo, visto ya por todos y apenas llevadero.»
       «Sin embargo, mientras caminábamos le he preguntado varias veces si la joven le parecía bonita y usted se ha vuelto siempre al otro lado, sin responderme. Dígame, ¿alberga usted malas intenciones? ¿Por qué no me consuela?»
       Hundí mis pies en la sombra y dije, sopesando mis palabras: «Usted no necesita que lo consuelen. Es usted amado». Y, para no resfriarme, pegué a mi boca mi pañuelo con dibujos de uvas azules.
       Entonces se volvió hacia mí, apoyando su gruesa cara en el respaldo más bien bajo del banco: «En realidad aún tengo tiempo, ¿sabe?, aún puedo poner fin a este amor incipiente cometiendo alguna fechoría, o siendo infiel, o yéndome a un país remoto. Pues la verdad es que dudo mucho si meterme o no en tales zozobras. En esto no hay nada seguro, nadie puede prever con certeza el rumbo ni la duración. Si entro en una taberna con la intención de emborracharme, sé que esa misma noche estaré ebrio, ¡pero en mi caso! Dentro de una semana queremos hacer una excursión con una familia amiga, ¿no supone esto ya catorce días de tormenta en el corazón? Los besos de esta noche me adormecen para dejar espacio a sueños desenfrenados. Yo me resisto y doy un paseo nocturno, y he aquí que estoy en incesante movimiento, con la cara fría y caliente como cuando hay ráfagas de viento, debo tocar siempre una cinta rosa que llevo en el bolsillo, tengo grandes temores por mi persona pero no puedo ceder ante ellos, e incluso lo soporto a usted, caballero, cuando es seguro que, en circunstancias normales, nunca me pasaría tanto rato hablando con usted».
       Sentí mucho frío y el cielo ya tendía un poco a adoptar una coloración blanquecina. «De nada le servirá cometer una fechoría, ser infiel o irse a un país remoto. Tendrá que darse muerte», dije, y encima sonreí.
       Frente a nosotros, al otro lado de la avenida, se alzaban dos arbustos, y detrás de ellos, abajo, se extendía la ciudad. Aún se veían unas cuantas luces.
       «Bien», exclamó golpeando el banco con su puño pequeño y firme, que al punto dejó en reposo, «pero usted sigue vivo. No se da muerte. Nadie lo ama. Nada consigue. No es usted dueño del próximo instante. Y encima me habla en esos términos, hombre del montón. No puede amar, nada lo excita, salvo el miedo. Fíjese, en cambio, en mi pecho.»
       Y en un instante se abrió el abrigo, el chaleco y la camisa. Su pecho era realmente ancho y hermoso.
       Empecé a contar: «Sí, esos estados de ánimo obstinados se apoderan a veces de nosotros. Este verano, por ejemplo, estuve en un pueblo. Quedaba a orillas de un río. Lo recuerdo perfectamente. Solía sentarme en un banco de la orilla en una postura forzada. También había allí un hotel ribereño donde a menudo se oía tocar el violín. Bebiendo cerveza en las mesas del jardín, un grupo de jóvenes robustos hablaban de cacerías y aventuras. Y en la otra orilla había montañas envueltas en nubes».
       En ese momento me levanté con la boca ligeramente torcida, eché a andar por el césped, detrás del banco, rompí unas cuantas ramitas cubiertas de nieve y dije a continuación al oído de mi compañero: «Estoy comprometido, lo confieso».
       Mi conocido no se asombró al ver que me había levantado: «¿Está comprometido?». Se le veía en verdad muy débil, sostenido sólo por el respaldo. Luego se quitó el sombrero y le vi el pelo, perfumado y bien peinado, que remataba la redonda cabeza en una línea marcadamente curvada sobre la piel de la nuca, tal como se estilaba aquel invierno.
       Me alegré de haberle dado una respuesta tan inteligente. «Sí», me dije, «piensa cómo se mueve en sociedad con el cuello grácil y los brazos libres. Puede guiar a una dama a través de un salón conversando animadamente y sin preocuparse de que fuera esté lloviendo, o de que haya por ahí algún tímido, o de que ocurra cualquier otra cosa lamentable. No, sigue inclinándose con idéntica gracia ante las damas. Pero ahora está aquí sentado.»
       Mi conocido se pasó un pañuelo de batista por la frente. «Por favor», dijo, «ponga un instante su mano en mi frente, se lo ruego.» Como no lo hice enseguida, juntó las manos.
       Como si nuestra preocupación lo hubiese ensombrecido todo, nos hallábamos en lo alto de la montaña como en una habitación pequeña, aunque ya hubiéramos notado antes la luz y el viento de la mañana. Pese a no tenernos la menor simpatía, estábamos muy próximos el uno del otro y no podíamos alejarnos demasiado, porque las paredes se alzaban firmes y sólidas en derredor. Sí podíamos, en cambio, comportarnos de forma ridícula y sin dignidad, pues no teníamos por qué avergonzarnos ante las ramas suspendidas sobre nuestras cabezas ni ante los árboles que teníamos enfrente.
       En ese momento, y sin más preámbulos, mi conocido se sacó una navaja del bolsillo, la abrió con aire pensativo y se la clavó como jugando en el brazo izquierdo, sin sacársela luego. Al instante brotó sangre. Sus redondas mejillas estaban pálidas. Yo le saqué la navaja, corté las mangas del abrigo y del frac y rasgué la de la camisa. Luego recorrí un trecho del camino hacia abajo y hacia arriba por si veía a alguien que pudiera ayudarme. Todo el ramaje, inmóvil, era de una nitidez casi chillona. Chupé un poco la profunda herida. Y de pronto me acordé de la casita del jardinero. Subí corriendo las escalinatas que llevaban hacia el césped elevado en el lado izquierdo de la casa, examiné a toda prisa las puertas y ventanas, y llamé al timbre rabiosamente y pateando el suelo, aunque ya me había dado cuenta de que la casa estaba deshabitada. Después volví a mirar la herida, de la que manaba un hilillo de sangre. Empapé su pañuelo en la nieve y le vendé torpemente el brazo.
       «Querido mío, querido mío», le dije, «por mi culpa te has herido. Ocupas una posición muy buena, estás rodeado de amigos y puedes salir a pasearte en pleno día, cuando entre las mesas o en los senderos de las colinas hay mucha gente pulcramente vestida. Piensa que en la primavera iremos al Baumgarten, aunque no, no iremos nosotros, esto ya es por desgracia seguro, sino que irás tú con Annerl, alegremente y trotando. Oh sí, créeme, te lo ruego, y el sol realzará vuestra belleza ante todo el mundo. Oh, suena una música, a lo lejos se oyen los caballos, ¿para qué preocuparse?, hay un griterío y los organillos resuenan en las avenidas.»
       «¡Ay, Dios!», dijo él, se levantó, se apoyó en mí y echamos a andar, «no hay ayuda posible. Todo eso no podría alegrarme. Disculpe. ¿Es muy tarde ya? Quizá debería hacer algo mañana temprano. ¡Ay, Dios!»
       Una farola encendida en lo alto, junto al muro, proyectaba la sombra de los troncos sobre el camino y la nieve blanca, mientras las sombras del intrincado ramaje, torcidas como si estuvieran rotas, caían sobre la ladera.




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