Franz Kafka
(Praga, 1883 - 1924)


Descripción de una lucha (1910)
(“Beschreibung eines Kampfes”)
Gesammelte Schriften, vol. V
(Berlin: Schocken, 1935-1937)


[Versión B; 1909-1910]

I

      Al filo de la medianoche se levantaron ya unos cuantos invitados, se inclinaron, se dieron la mano, dijeron que todo había estado muy bien y pasaron luego por el gran marco de la puerta al vestíbulo, para ponerse el abrigo. De pie en el centro de la habitación, la dueña de la casa hacía graciosas reverencias, mientras su falda ondulaba formando unos pliegues primorosos.
       Sentado a una mesita de tres patas delgadas y tensas bebía a pequeños sorbos mi tercera copita de benedictine y, mientras hacía, contemplaba la pequeña provisión de pasteles que yo mismo había elegido y apilado.
       En eso vi aparecer a mi nuevo conocido, un tanto desgreñado y con la ropa en desorden, por la puerta de una habitación contigua. Quise desviar la mirada, pues no me interesaba, pero él se me acercó y, sonriendo distraídamente al ver lo que me tenía ocupado, dijo:
       «Disculpe que me acerque a usted, pero hasta ahora he estado a solas con mi amiga en una habitación contigua. Desde las diez y media. ¡No vea qué velada, amigo! Ya sé que no está bien que le cuente esto, pues apenas nos conocemos. ¿Verdad que nos encontramos esta noche en la escalera e intercambiamos algunas palabras como invitados de la misma casa? Y ahora… pero le ruego que me disculpe, la alegría me desborda simplemente, ha sido más fuerte que yo. Y como aquí no tengo conocidos en quienes confiar…».
       Yo lo miré con tristeza —el trozo de tarta de fruta que tenía en la boca no era particularmente bueno—, y le dije en su cara bonita y enrojecida:
       «Me alegra, por supuesto, que me encuentre digno de confianza, pero me molesta que se haya confiado a mí. Y usted mismo —si no estuviera tan confundido— debería sentir lo inapropiado que es hablarle de una muchacha amada a alguien que está solo tomándose un trago».
       Cuando hube dicho esto, se sentó bruscamente, se retrepó y dejó colgar los brazos. Luego los dobló haciendo presión con los codos hacia atrás y empezó a decir en voz bastante alta:
       «Pues hace un ratito estábamos solos en la habitación, Annerl y yo, y la besé… sí… la besé en la boca, en la oreja, en los hombros… ¡Ay, señor Dios mío!».
       Unos invitados que sospechaban una conversación algo más animada en nuestro entorno, se nos acercaron bostezando. Por eso me levanté y dije en voz alta, para que todos pudieran oírme:
       «Pues bien, si quiere voy con usted, aunque insisto en que es absurdo ir ahora, de noche y en pleno invierno, al monte San Lorenzo[184]. Además, el tiempo ha refrescado, y como ha caído un poco de nieve, los caminos allí fuera parecen pistas de patinaje. En fin, como usted quiera…».
       Primero me miró sorprendido y abrió su boca de labios húmedos; pero luego, viendo a los señores que estaban ya muy cerca, rompió a reír, se levantó y dijo:
       «Oh, el frío nos hará bien; nuestra ropa está impregnada de calor y de humo; además, yo también estoy algo borracho, aunque no haya bebido mucho; sí, nos despediremos y después nos iremos».
       Fuimos, pues, a ver a la dueña de la casa, y cuando él le besó la mano, ella dijo:
       «Celebro verlo hoy tan feliz».
       La bondad de estas palabras lo emocionó, y volvió a besarle la mano; entonces ella sonrió. Tuve que arrastrarlo fuera.
       En el vestíbulo aguardaba una criada a la que no habíamos visto antes. Nos ayudó a ponernos los abrigos y cogió luego una lamparilla de mano para alumbrarnos en la escalera. Tan sólo una cinta de terciopelo negro ceñía bajo la barbilla su cuello desnudo, y su cuerpo, inclinado y envuelto en ropa holgada, se estiraba una y otra vez al bajar la escalera delante de nosotros, sosteniendo la lámpara a poca altura. Tenía las mejillas rojas, pues había bebido vino, y los labios le temblaban al débil resplandor de la lámpara, que llenaba todo el hueco de la escalera.
       Al llegar abajo puso la lamparilla en un escalón, dio un paso hacia mi conocido y lo abrazó y besó y permaneció abrazada a él. Sólo cuando le deslicé una moneda en la mano lo soltó, adormilada, abrió lentamente la pequeña puerta de entrada y nos dejó salir a la noche.
       Por encima de la calle vacía y uniformemente iluminada brillaba una gran luna en un cielo cuya vastedad era acentuada por las escasas nubecillas. Sobre la nieve helada sólo se podían dar pasos muy cortos.
       Una notable animación pareció apoderarse de mí en cuanto salimos al aire libre. Levanté las piernas, hice crujir las articulaciones, grité un nombre hacia el otro lado de la calle, como si un amigo se me hubiera escapado por la esquina, lancé el sombrero hacia arriba y lo recogí con aire jactancioso.
       Pero mi conocido caminaba indolentemente a mi lado, con la cabeza gacha. Tampoco hablaba.
       Eso me sorprendió, porque había calculado que se volvería loco de alegría cuando lo sacara de la reunión. También yo logré calmarme. Acababa de darle una palmadita en la espalda para animarlo cuando de pronto dejé de entender el estado en que se hallaba y retiré mi mano. Como no me hacía falta, la metí en el bolsillo de mi abrigo.
       Caminábamos, pues, en silencio. Yo prestaba oídos al ruido de nuestras pisadas y no podía comprender que me fuera imposible llevar el paso de mi conocido. El aire era diáfano y yo podía verle las piernas claramente. De vez en cuando alguien se asomaba a una ventana y nos miraba.
       Cuando llegamos a la Ferdinandstrasse, advertí que mi conocido se había puesto a tararear quedamente —aunque yo la oía muy bien— una melodía de «La princesa del dólar». ¿Por qué lo hacía? ¿Quería ofenderme? Yo estaba dispuesto a renunciar al punto a esa música y a todo el paseo. Sí, ¿por qué no me hablaba? Y si no me necesitaba, ¿por qué no me había dejado tranquilo allí, en aquel salón caliente, con mi benedictine y mis golosinas? La verdad es que no había sido yo el interesado en dar ese paseo. Y además podía ir a pasear por mi cuenta. Acababa de estar en una velada, había salvado de la vergüenza a un joven desagradecido y ahora me paseaba a la luz de la luna. De acuerdo. De día en la oficina, de noche en veladas, y al final, ya muy tarde, por las calles; y nada en exceso. ¡Una forma de vivir ilimitada ya en su naturalidad!
       No obstante, mi conocido seguía caminando detrás de mí, e incluso aceleró el paso cuando advirtió que iba rezagado. No hablamos nada, tampoco podía decirse que corriésemos. Yo, por mi parte, me pregunté si no sería mejor doblar por una calle lateral, ya que en el fondo no tenía ninguna obligación de pasear con él. Podía volver solo a casa y nadie tenía derecho a impedírmelo. Vería entonces a mi conocido pasar frente a la entrada de mi calle sin saberlo. ¡Adiós, querido conocido! Al llegar estaré bien caliente en mi habitación, encenderé la lámpara de pie que está encima de la mesa, en su soporte de hierro, y una vez hecho esto me tumbaré en mi sillón, colocado sobre la deshilachada alfombra oriental. ¡Agradables perspectivas! ¿Por qué no? Pero ¿y después? Después, nada. En la habitación caliente la lámpara me iluminará en mi sillón, a la altura del pecho. Luego me iré enfriando y pasaré allí horas enteras sólo entre las paredes pintadas, en el suelo, cuyo reflejo cae oblicuo sobre el espejo de marco dorado que cuelga en la pared posterior.
       Mis piernas empezaron a cansarse y ya estaba decidido a regresar a casa y tumbarme en mi cama cuando me asaltó la duda de si, ahora que me iba, debería despedirme de mi conocido o no. Pero era demasiado tímido para irme sin decirle adiós, y demasiado débil para despedirme en voz alta. De modo que me detuve, me apoyé en la pared de una casa iluminada por la luna y esperé.
       Mi conocido atravesó la acera hacia mí a toda prisa, como si yo debiera atraparlo al vuelo. Me guiñó el ojo aludiendo a una complicidad que, al parecer, se me había olvidado.
       «¿Qué hay? ¿Qué hay?», pregunté.
       «Ah, nada», dijo, «sólo quería saber.su opinión sobre la criada que me besó en el zaguán. ¿Quién es? ¿La había visto usted antes? ¿No? Yo tampoco. ¿Sería realmente una criada? Ya quería preguntárselo cuando nos precedía en la escalera.»
       «Que era una criada y ni siquiera la de mayor rango se lo noté enseguida en las manos rojas, y cuando le puse el dinero en la mano sentí su piel endurecida.»
       «Pero eso sólo prueba que ya lleva tiempo en el trabajo, cosa que yo también creo.»
       «Puede que en eso tenga razón. Con aquella iluminación no se podía distinguir todo, aunque su cara también me recordó a una conocida mía de cierta edad, hija de un oficial.»
       «A mí no», dijo él.
       «Esto no me impedirá volver a casa; es tarde y mañana tengo que ir temprano a la oficina; cierto es que allí también se puede dormir, pero no es lo correcto.» Y le tendí la mano para despedirme.
       «¡Huy, qué mano tan fría!», exclamó, «con una mano así no me gustaría volver a casa. Usted también debió dejarse besar, estimado amigo, fue un descuido, aunque es perfectamente recuperable. Pero ¿dormir? ¿En una noche así? ¡Vaya ocurrencia! Piense en la cantidad de pensamientos felices que uno ahoga con la manta cuando duerme sólo en su cama, y en la cantidad de sueños infelices que arropa con ella.»
       «Yo no ahogo ni arropo nada», dije.
       «¡Venga, hombre, que resulta usted cómico!», concluyó. Y diciendo esto echó a andar y yo lo seguí sin darme cuenta, intrigado por lo que acababa de decirme.
       Por sus palabras creí entender que mi conocido suponía en mí algo que, si bien no estaba en mí, me había valido su consideración por haberlo él supuesto. Hice bien, pues, no regresando a casa. Porque ese hombre que ahora mismo, junto a mí, pencaba en aventuras con criadas mientras echaba vaho por la boca en pleno frío, acaso estaba en condiciones, ¿quién sabe?, de otorgarme valor ante la gente sin que yo tuviera que ganármelo antes. ¡Eso sí, que no me lo estropeen las muchachas! Que lo besen y lo estrujen, es su obligación y también un derecho de él, pero que no me lo rapten.
       Cuando lo besan, también me están besando un poco a mí, si se quiere; con la comisura de los labios, como quien dice; pero si lo raptan, me lo estarían robando. Y él tiene que permanecer siempre a mi lado, siempre, ¿quién sino yo podría protegerlo? ¡Con lo tonto que es! En pleno febrero uno le dice: «Ven, vamos al monte San Lorenzo», y él viene. ¿Y qué pasaría si ahora se cayese, si cogiese frío, si algún celoso se precipitase sobre él desde la Postgasse? ¿Qué sería de mí luego? ¿Me echarían fuera del mundo? ¡Pues me gustaría verlo! No, ya no se librará nunca de mí.
       Mañana hablará con la señorita Anna; al principio de cosas comunes y corrientes, como es natural, pero de pronto ya no podrá seguir ocultándolo: «Ayer por la noche, Annerl, después de nuestra velada, ¿sabes?, estuve con una persona de esas que seguro que tú no has visto nunca. Su aspecto es —cómo podría describirlo— el de un palo que se balancea con un cráneo de pelo negro en la punta. Su cuerpo estaba revestido de muchos retales pequeños de un amarillo mate que lo cubrían por completo, pues con la bonanza de ayer los tenía pegados al cuerpo. ¿Cómo, Annerl? ¿Se te ha ido el apetito? La culpa es mía por haberlo contado todo tan mal. Ah, si hubieras visto cómo avanzaba tímidamente a mi lado, cómo me leía en la cara el enamoramiento —cosa nada extraña— y, para no perturbarme, iba un buen trecho por delante de mí; creo, Annerl, que te habrías reído un poco y habrías sentido algo de miedo, aunque yo me alegré de su presencia. Pues ¿dónde estabas tú, Annerl? En tu cama, y África no quedaba más lejos que tu cama. A ratos, sin embargo, tenía la impresión de que el cielo estrellado se elevaba al ritmo respiratorio de su pecho liso. ¿Crees que exagero? No, Annerl, por mi alma que no; por mi alma que te pertenece: no».
       Y no perdoné a mi conocido —estábamos dando los primeros pasos por el Franzensquai— ni un ápice de la vergüenza que sus palabras debían causarle. Sólo que en ese momento los pensamientos se me confundieron, porque el Moldava y el barrio de la otra orilla yacían en una común oscuridad. Unas cuantas luces brillaban aisladamente, jugueteando con los ojos de los observadores.
       Cruzamos la calzada para llegar hasta la barandilla del muelle, donde nos detuvimos. Allí encontré un árbol en el cual apoyarme. Como del agua subía un viento frío, me puse los guantes, suspiré sin motivo, como se suele hacer de noche frente a un río, y luego quise seguir andando. Pero mi conocido estaba mirando el agua y no se movió. Luego se pegó aún más al pretil, sus piernas ya tocaban el hierro, apoyó los codos encima y descansó la frente en las manos. ¿Y qué más? Pues que sentí frío y tuve que levantarme el cuello del abrigo. Mi conocido se estiró —espalda, hombros, cuello— y mantuvo el tronco, que se apoyaba sobre sus brazos extendidos, inclinado por encima del pretil. «Los recuerdos, ¿verdad?», dije. «Si ya recordar es triste, con mayor razón lo es su objeto. No se abandone a esas cosas, que no son para usted ni para mí. Sólo debilitan nuestra posición actual —nada más claro— sin reforzar la anterior, aparte de que esta ya no necesita refuerzo alguno. ¿Cree usted que yo no tengo recuerdos? ¡Ah! ¡Diez por cada uno de los suyos! Ahora, por ejemplo, podría recordar que estuve sentado en un banco, en forma de L. Era de noche, y también a orillas de un río. En verano, por supuesto. En noches como esa tengo la costumbre de encoger las piernas y abrazármelas. Tenía la cabeza apoyada sobre el respaldo de madera del banco, desde donde contemplaba las montañas envueltas en nubes de la otra orilla. Un violín tocaba una suave melodía en el hotel ribereño. Por ambas orillas iban y venían trenes envueltos en un humo refulgente.»
       Mi conocido me interrumpió, volviéndose bruscamente; pareció casi sorprendido de verme todavía ahí. «¡Ah, y podría contar mucho más!», me limité a decir.
       «Piense un poco, y verá que siempre es así», empezó. «Hoy, cuando bajaba por mi escalera para dar un paseo antes de ir a aquella velada, me asombró ver que mis manos se agitaban de un lado para otro asomando por los puños de la camisa, y que lo hacían con mucha gracia. Enseguida pensé: Seguro que hoy va a pasar algo. Y en efecto, algo pasó.» Dijo esto ya caminando y me miró, sonriente, con los ojos muy abiertos.
       Hasta ese punto habíamos llegado. Ya podía él contarme ese tipo de cosas, sonriendo y mirándome con los ojos muy abiertos. Yo, por mi parte, tenía que contenerme para no pasarle un brazo por los hombros y besarle los ojos como recompensa por no necesitarme para nada. Lo peor era, sin embargo, que esto tampoco podía resultar perjudicial porque no podía cambiar nada, pues ahora yo tenía que irme, sí, tenía que irme como fuese.
       Mientras buscaba rápidamente algún medio para poder quedarme, aunque sólo fuera un ratito, junto a mi conocido, me vino la idea de que mi larga figura, junto a la cual la suya parecía, en su opinión, demasiado pequeña, quizá pudiera desagradarle. Y esta eventualidad llegó a atormentarme tanto —pese a que era noche cerrada y no nos topamos casi con nadie— que curvé la espalda hasta tocarme las rodillas con las manos al caminar. No obstante, para que mi conocido no advirtiera mi intención, fui cambiando de postura muy gradualmente e intenté desviar su atención de mi persona; en algún momento hice incluso que se volviera hacia el río y, con la mano estirada, le señalé los árboles de la Isla de los Arqueros y el reflejo de las farolas del puente en el río.
       Pero él, volviéndose de pronto hacia mí, me miró —yo aún no había terminado— y dijo: «Oiga, ¿esto qué es? ¡Va usted totalmente encorvado! ¿Qué es lo que pretende?».
       «Así es», dije con la cabeza junto a la costura de sus pantalones, lo que me impedía alzar como es debido la mirada, «¡qué ojo el suyo!»
       «¡Venga ya! ¡Levántese! ¡Vaya tontería!»
       «No», repliqué mirando el suelo ya muy próximo, «me quedaré como estoy.»
       «Debo decir que sabe usted cómo incordiar al prójimo. ¡Qué hacemos aquí perdiendo el tiempo! ¡Acabe de una vez!»
       «¡Cómo chilla! ¡En la tranquilidad de la noche!», dije.
       «Pues haga lo que le plazca», añadió, y al cabo de un momento: «Es la una menos cuarto». Al parecer había visto la hora en el reloj de la Torre del Molino.
       Ya estaba yo erguido como si me hubieran alzado bruscamente por los pelos. Dejé un instante la boca abierta para que mi excitación me abandonase por ella. Y comprendí que él me estaba echando. A su lado no había lugar para mí, y si a pesar de todo había alguno, era, como mínimo, inencontrable. ¿Por qué —dicho sea de paso— me empeñaba tanto en quedarme con él? No, sólo quería irme —y de inmediato— a ver a mis parientes y amigos, que ya me estaban esperando. Y aun si no tuviera parientes ni amigos, de todas formas tendría que salir yo sólo del atolladero {¡de qué sirve quejarse!), y no debía tardar un segundo más en largarme de allí. Pues nada podía redimirme ya a sus ojos, ni mi altura, ni mi apetito, ni mi mano fría. Y si mi opinión era que debía permanecer a su lado, pues se trataba de una opinión peligrosa.
       «No me hacían falta sus palabras», dije, lo cual además era verdad.
       «Gracias a Dios que por fin se ha puesto derecho. He dicho simplemente que es la una menos cuarto.»
       «Está bien», dije yo metiendo las uñas de dos dedos entre los intersticios de mis dientes que castañeteaban. «Si no me hacían falta sus palabras, mucho menos necesito una explicación. Lo cierto es que sólo necesito su clemencia. Por favor, retire lo que ha dicho.»
       «¿Que es la una menos cuarto? Con mucho gusto, sobre todo porque ese cuarto de hora ya pasó hace rato.»
       Levantó el brazo derecho, agitó la mano y prestó oído al tintineo de las cadenitas de sus gemelos.
       Seguro que ahora vendrá el asesinato. Me quedaré a su lado y él levantará el cuchillo, cuyo mango ya ha aferrado en el bolsillo, pegándoselo al abrigo, y lo dirigirá luego contra mí. Probablemente no se sorprenda de lo simple que es todo esto, aunque a lo mejor sí, nunca se sabe. Yo no gritaré, me limitaré a mirarlo mientras mis ojos lo permitan.
       «¿Y?», preguntó.
       Algo lejos, delante de un bar de cristales negros, un policía se deslizaba como un patinador sobre el adoquinado. Su sable lo estorbaba, él lo agarró con la mano, avanzó un buen trecho y al final giró describiendo casi un arco. Por último lanzó débiles gritos de alegría y, llena de melodías la cabeza, empezó de nuevo a deslizarse.
       Fue ese policía, que a doscientos pasos de un inminente asesinato sólo se veía y escuchaba a sí mismo, quien me infundió una especie de miedo. Comprendí que mi fin había llegado de todos modos, me dejara apuñalar o me escapara. Aunque, ¿no era mejor escapar y exponerme así a la forma de morir más complicada y, por tanto, más dolorosa? No tenía a mano las razones en favor de esta forma de morir, y tampoco podía pasar el último instante que me quedaba buscando razones. Para eso habría tiempo más tarde, siempre que tomara mi decisión, y ya la había tomado.
       Tenía que huir, era muy fácil. Tras desembocar a la izquierda en el puente de Carlos podía doblar a la derecha, hacia la calle del mismo nombre, una calle tortuosa en la que había portales oscuros y tabernas que aún estaban abiertas; no tenía por qué desesperarme.
       Cuando hubimos pasado bajo el arco, al final del muelle, y salimos a la plaza de la Santa Cruz, eché a correr por esa calle con los brazos en alto. Pero ante una puertecita de la iglesia del Seminario[185] me caí al tropezar con un escalón que no esperaba encontrar. Hice un poco de ruido, la farola más cercana estaba bastante lejos y quedé tumbado en la oscuridad.
       De la taberna de enfrente salió una mujer gorda con una lamparilla para ver qué había pasado en la calle. Dentro, el piano siguió sonando más débilmente, tocado con una sola mano, pues el pianista se había vuelto hacia la puerta que, entornada hasta ese momento, fue abierta de) todo por un hombre con un abrigo abotonado hasta arriba. El hombre escupió y estrechó tanto a la mujer contra sí que esta tuvo que levantar la lamparilla para protegerla. «No ha pasado nada», exclamó luego hacia el interior del salón, tras lo cual dieron los dos media vuelta, entraron y la puerta volvió a cerrarse.
       Al intentar levantarme volví a caer. «El hielo es resbaladizo», me dije, y sentí un dolor en la rodilla. Pero me alegré de que la gente de la taberna no me hubiera visto y de poder quedarme allí tumbado hasta que amaneciese.
       Mi conocido debió de seguir hasta el puente sin notar mi partida, pues sólo al cabo de un rato se acercó a donde yo estaba. No advertí que estuviera sorprendido cuando se inclinó hacia mí —prácticamente agachó sólo el pescuezo, como una hiena— y me acarició con mano suave. Recorrió con ella mis pómulos, y luego puso la palma de la mano sobre mi frente: «Se ha hecho daño, ¿verdad? El hielo es resbaladizo y hay que ir con cuidado… ¿no me lo dijo usted mismo? ¿Le duele la cabeza? ¿No? ¡Ah, la rodilla! ¡Ájá! Pues mal asunto».
       Pero no se le ocurría levantarme. Yo apoyé la cabeza en mi mano derecha —el codo yacía sobre un adoquín— y dije: «Ya estamos otra vez juntos». Y como volví a ser presa de aquel miedo, apoyé mis dos manos en sus tibias para alejarlo al tiempo que le decía: «¡Vete! ¡Vete!».
       Él tenía las manos en los bolsillos y miró por encima de la calle vacía, luego hacia la iglesia del Seminario y por último al cielo. El ruido de un coche en una de las calles vecinas le recordó finalmente mi presencia: «¿Por qué no habla, mi querido amigo? ¿Se siente mal? ¿Por qué no se levanta? ¿Quiere que vaya a buscar un coche? Si lo desea, le traigo un poco de vino de la taberna de enfrente. Lo que no debe es quedarse aquí tumbado en el frío. Y además, ¿no queríamos ir al monte San Lorenzo?».
       «Por supuesto», dije, y me puse en pie solo, con un dolor muy fuerte, eso sí. Me tambaleé enseguida y tuve que fijar la mirada en la estatua de Carlos IV para estar seguro de mi posición. Pero ni siquiera eso me habría ayudado de no habérseme ocurrido que una muchacha con una cinta negra en torno al cuello me amaba no con ardor, pero sí fielmente. Y fue sin duda entrañable por parte de la luna iluminarme también a mí, y cuando por modestia me disponía a instalarme bajó la bóveda de la torre del puente, comprendí que era simplemente natural que la luna lo iluminara todo. Por eso extendí los brazos con alegría para disfrutar de ella por completo. Y.me sentí ligero cuando pude avanzar sin dolor ni esfuerzo dando brazadas de nadador con mis brazos indolentes. ¡Pensar que jamás lo había intentado antes! Mi cabeza hendía el aire frío y era justamente mi rodilla derecha la que mejor volaba: la elogié dándole unas palmaditas. Y recordé que en una ocasión no había podido soportar a un conocido feliz que probablemente seguía andando debajo de mí, y lo único que me alegró de todo el asunto era que mi memoria fuese tan buena como para conservar incluso esas cosas. Pero no debía pensar mucho, pues tenía que seguir nadando si no quería sumergirme demasiado. Sin embargo, para que después no pudieran decirme que cualquiera es capaz de nadar sobre el adoquinado y que no valía la pena contar aquello, me elevé de golpe por encima del pretil y empecé a rodear a nado todas las estatuas de santos con las que me iba topando.
       Al llegar a la quinta, y justo cuando me mantenía por encima de la acera dando imperceptibles brazadas, mi conocido me cogió por la mano. Volví entonces a encontrarme sobre el adoquinado y sentí un dolor en la rodilla.
       «Siempre», dijo mi conocido sujetándome con una mano y señalando con la otra la estatua de santa Ludmila, «siempre he admirado las manos de ese ángel, a la izquierda. ¡Observe qué delicadas son! ¡Auténticas manos de ángel! ¿Ha visto alguna vez algo parecido? Usted no, pero yo sí, pues esta noche he besado manos…»
       Para mí se abría ahora, sin embargo, una tercera posibilidad de perecer. No tenía por qué dejarme apuñalar, no tenía por qué echar a correr, podía simplemente lanzarme por los aires. Que él se vaya a su monte San Lorenzo, no lo molestaré, ni siquiera lo molestaré echando a correr.
       Y de pronto exclamé: «¡Cuente de una vez esas historias! Ya no quiero oír fragmentos. Cuéntemelo todo, de principio a fin. Menos no pienso escuchar, se lo digo desde ahora. Es el conjunto lo que me fascina».
       Cuando me miró, bajé un poco la voz. «Y puede usted confiar en mi discreción. Cuénteme rodo Jo que le oprima el corazón, Nunca habrá tenido un oyente tan discreto como yo.»
       Y en voz bastante queda, muy cerca del oído, le dije: «Y no tiene por que sentir miedo de mí, sería realmente superfluo».
       Aún lo oí reír.


I

      Al punto salté —tomando impulso, como si no fuera la primera vez— sobre los hombros de mi conocido y, clavándole los puños en la espalda, lo hice avanzar a un trote ligero. Pero como aún se mostraba un poco renuente, piafaba y a ratos incluso se detenía, le clavé varias veces las botas en el vientre para azuzarlo. Tuve éxito y nos fuimos internando bastante rápido en una región vasta, aunque todavía inacabada.
       El camino comarcal por el que cabalgaba era pedregoso y muy empinado, pero eso era precisamente lo que me gustaba, de modo que lo hice aún más pedregoso y empinado. En cuanto mi conocido tropezaba, tiraba de él hacia arriba por el cuello duro, y en cuanto suspiraba, le golpeaba la cabeza con los puños. A la vez sentía lo saludable que me resultaba esa cabalgata a través de un aire tan puro, y para que fuera todavía más salvaje hice soplar sobre nosotros ráfagas persistentes de un fuerte viento contrario.
       Incluso exageré el movimiento trotón sobre los anchos hombros de mi conocido, a la vez que me aferré con ambas manos a su cuello y, echando la cabeza hacia atrás, me puse a observar las variadas nubes que, más débiles que yo, volaban pesadamente con el viento. Me reía y temblaba de puro arrojo. Mi abrigo se abría y me daba fuerzas. Y entonces apreté mucho las manos, gesto con el que, sin duda, estaba estrangulando a mi conocido.
       Sólo cuando el cielo me fue ocultado por las ramas de los árboles que iba haciendo crecer en el camino, me hice cargo de la situación.
       «No lo sé», exclamé casi sin voz, «no lo sé. Si no viene nadie es que no viene nadie. No he hecho nada malo a nadie, nadie me ha hecho nada malo, pero nadie quiere ayudarme. Absolutamente nadie. Aunque tampoco es así. Sólo que nadie me ayuda, si no, Absolutamente Nadie sería hermoso; me encantaría (¿qué le parece?) hacer una excursión con un grupo de Absolutamente Nadies. A la montaña, claro está, ¿adónde si no? ¡Cómo se apiñan esos Nadies, todos esos brazos estirados de través o entrelazados, todos esos pies separados por pasos ínfimos! Se entiende que todos vayan de frac. Avanzamos a la buena de Dios, un viento exquisito pasa por los intersticios que vamos dejando nosotros y nuestras extremidades. ¡Las gargantas se liberan en la montaña! Es un milagro que no cantemos».
       En ese momento se desplomó mi conocido, y al examinarlo descubrí que tenía una herida grave en la rodilla. Como ya no podía serme útil, lo dejé de buen grado sobre las piedras y me limité a silbar a unos buitres que, bajando de las alturas, se posaron sobre él obedientes y con pico serio para custodiarlo.


II

      Despreocupado, seguí caminando. Pero ya que como peatón temía el esfuerzo exigido por aquel camino abrupto, hice que se fuera allanando cada vez más hasta hundirse, a lo lejos, en un valle. Las piedras desaparecieron por mi voluntad, y el viento acabó perdiéndose.
       Yo avanzaba a buen paso, y como iba cuesta abajo, llevaba la cabeza erguida, el cuerpo tenso y los brazos cruzados detrás de la cabeza. Como me gustan los pinares, fui atravesando bosques de este tipo, y como me gusta contemplar las estrellas en silencio, las vi surgir lentamente en el cielo, algo que, por lo demás, acostumbran hacer. Sólo vi unas pocas nubes alargadas, que un viento que soplaba únicamente a su altura arrastraba por el aire para asombro del paseante.
       A bastante distancia de mi camino, y probablemente separada de mí por un río, hice surgir una montaña de mediana altura cuya cima, recubierta de arbustos, lindaba con el cielo. Aún alcanzaba a ver claramente las pequeñas ramificaciones de las ramas más altas y sus movimientos. Esta visión, por muy habitual que pueda ser, me alegró tanto que, meciéndome como un pajarillo en las ramitas de aquellos arbustos lejanos e hirsutos, olvidé hacer que se levantara la luna, que, sin duda furiosa por el retraso, estaba ya detrás de la montaña.
       Sobre la montaña empezaba a extenderse ahora el frío resplandor que precede la salida de la luna, y esta surgió de pronto detrás de uno de los inquietos arbustos. Yo, sin embargo, había estado mirando en otra dirección, y al mirar otra vez frente a mí y verla allí de golpe, brillando casi en su plena redondez, me detuve con la vista nublada, pues mi abrupto camino parecía conducir precisamente hacia esa luna aterradora.
       Al cabo de un rato me acostumbré, no obstante, a ella, y me puse a observar con serenidad lo difícil que le resultaba la ascensión, hasta que por último, después de que ambos nos hubiéramos acercado un buen trecho, sentí una intensa somnolencia que, según me pareció, era consecuencia del cansancio producido por aquel insólito paseo. Caminé un momento con los ojos cerrados, manteniéndome despierto sólo gracias a que palmoteaba con fuerza y regularidad.
       Más tarde, cuando el camino amenazó con escurrírseme bajo los pies y todo el paisaje, cansado como yo, empezó a difuminarse, me apresuré a escalar con todas mis fuerzas la pendiente situada a la derecha del camino para llegar a tiempo al pinar alto y tupido donde quería pasar la noche, probablemente inminente.
       Había que darse prisa. Las estrellas se iban apagando sin ninguna nube, y vi que la luna se abismaba débilmente en el cielo como en aguas turbulentas. La montaña pertenecía ya a las tinieblas, el camino terminaba desmoronándose allí donde yo me había vuelto hacia la pendiente, y desde el interior del bosque me llegaba un ruido cada vez más próximo de troncos que caían. Hubiera podido echarme a dormir enseguida sobre el musgo, pero como temía dormir en suelo boscoso, trepé —el tronco se deslizó velozmente por los anillos que formaron mis brazos y mis piernas— a un árbol que también se bamboleaba aunque no hubiera viento, me acosté en una rama apoyando la cabeza en el tronco y me dormí rápidamente mientras en el extremo vacilante de la rama se mecía una ardilla, producto de mi capricho, con la cola bien enhiesta.


III

      Me dormí y me abismé con todo mi ser en el primer sueño. Me agitaba en su interior con tanta angustia y dolor que él no podía soportarlo, aunque tampoco le estaba permitido despertarme, pues yo sólo dormía porque a mi alrededor el mundo se había acabado. Y recorrí ese sueño desgarrado en sus profundidades y volví como un superviviente —el dormir y el sueño se desvanecieron— a las aldeas de mi país natal.
       Oía pasar los carros ante la verja del jardín, a ratos también los veía por entre los resquicios, suavemente agitados, del follaje. ¡Cómo crujía la madera de sus radios y lanzas aquel cálido verano! Eran labradores que volvían del campo y se reían que era una vergüenza.
       Sentado en nuestro pequeño columpio, yo descansaba entre los árboles, en el jardín de mis padres.
       Ante la verja el tráfago no cesaba. Acababan de pasar unos niños a la carrera; carretas de cereales con hombres y mujeres sentados encima y alrededor de las gavillas oscurecían los arriates de flores; al caer la tarde vi a un señor paseando lentamente con un bastón, y a unas chiquillas que, cogidas del brazo, salieron a su encuentro y lo saludaron, haciéndose luego a un lado entre la hierba.
       Como un surtidor alzó el vuelo una bandada de pájaros; los seguí con la mirada, los vi subir de un tirón, hasta que ya no me pareció que ellos subían, sino que yo caía, y aferrándome con fuerza a las cuerdas, empecé, por debilidad, a columpiarme un poco. Pronto me columpié con más fuerza, cuando el aire ya soplaba más fresco y en vez de los pájaros en vuelo aparecieron unas estrellas titilantes.
       A la luz de una vela me sirvieron la cena. A ratos apoyaba ambos brazos sobre el tablero de madera y, cansado ya, mordisqueaba mi pan con mantequilla. Las cortinas, profusamente caladas, se hinchaban al viento cálido, y a veces alguien que pasaba fuera las sujetaba con sus manos si quería verme mejor y hablar conmigo. En general la vela se apagaba pronto, y entre el humo oscuro del pabilo seguía evolucionando un rato el enjambre de mosquitos. Si alguno me interrogaba desde la ventana, yo me quedaba mirándolo como si mirase las montañas o el aire, y la verdad es que a él tampoco le importaba mucho una respuesta.
       Pero si alguno saltaba sobre el alféizar de la ventana y me anunciaba que los otros ya estaban frente a la casa, me ponía en pie suspirando.
       «¡Oye! ¿Por qué suspiras? ¿Qué ha pasado? ¿Alguna desgracia particular e irreparable? ¿Jamás podremos recuperarnos de ella? ¿De veras se ha perdido todo?»
       Nada se había perdido. Salimos de casa corriendo. «¡Qué bien! ¡Por fin estáis aquí!» «Tú siempre llegas demasiado tarde.» «¿Que yo llego tarde?» «Pues sí, tú, quédate en casa si no quieres venir con nosotros.» «¡Ninguna compasión!» «¿Cómo que ninguna compasión? ¿De qué estás hablando?»
       Nos precipitamos hacia el atardecer con la cabeza gacha. Y ya no hubo día ni noche. Ora los botones de nuestros chalecos se restregaban unos contra otros como dientes, ora corríamos manteniendo intervalos siempre iguales, con el aliento ardiente, como animales de los trópicos. Cual coraceros de antiguas guerras, pisando fuerte y alzando mucho las piernas, bajamos por la callejuela empujándonos unos a otros, y con este impulso en las piernas subimos luego por el camino comarcal. Algunos se metieron en la cuneta, y al poco de haber desaparecido entre el sombrío talud volvieron a surgir como forasteros allá arriba, en el sendero, y se quedaron mirándonos.
       «¡Venga, bajad!» «¡Subid primero vosotros!» «¿Para que nos tiréis abajo? ¡Ni pensarlo! ¡Tan tontos no somos!» «¡Tan cobardes, querréis decir! ¡Vamos, subid!» «¿De veras? ¿Vosotros? ¿Nos queréis tirar abajo precisamente vosotros? ¡Eso habría que verlo!»
       Partimos al asalto, recibimos empellones en el pecho y nos dejamos caer gustosos entre la hierba de la cuneta, tumbándonos sobre ella. Todo estaba uniformemente templado, no sentíamos calor ni frío en la hierba, sólo cansancio.
       Al girarse sobre el costado derecho, con la mano bajo la oreja, a uno le entraban ganas de dormir, aunque al punto quería incorporarse una vez más con Ja barbilla en alto, para caer, eso sí, en una cuneta más profunda. Luego, con el brazo cruzado sobre el pecho y las piernas dobladas, deseaba lanzarse al aire y caer en otra cuneta más profunda todavía. Y ya no parar nunca.
       Cómo nos estiraríamos del todo para dormir, en especial las rodillas, cuando estuviésemos en la última cuneta, era algo en lo que casi no pensábamos al yacer ahí de espaldas, como enfermos, dispuestos a llorar. Parpadeábamos cuando alguno de los chicos, pegando los codos a las caderas, saltaba sobre nosotros del talud al camino con sus suelas oscuras.
       Ya veíamos la luna a cierta altura; bajo su luz pasó un coche correo. Por todas partes se elevó una suave brisa que también sentíamos en la cuneta, y muy cerca empezó el bosque a susurrar. Nadie tenía ya mucho interés en estar solo.
       «¿Dónde estáis?» «¡Venid aquí!» «¡Todos juntos!» «Oye, ¿por qué te escondes? ¡Déjate de tonterías!» «¿No sabéis que ya ha pasado el correo?» «¿Qué dices? ¿Ya ha pasado?» «Claro que sí, pasó mientras tú dormías.» «¿Dormir yo? ¡Qué va!» «Calla, calla, que aún se te nota.» «¡Que no, por favor!» «¡Venid!»
       Echamos a correr más apretados, algunos se daban la mano, la cabeza no podíamos llevarla muy erguida porque íbamos cuesta abajo. Alguien lanzó un grito de guerra indio, un ansia de galopar se apoderó como nunca de nuestras piernas, y, a cada salto, el viento nos izaba por las caderas. Nada habría podido detenernos; nuestro impulso era tan fuerte que incluso al adelantar a alguien podíamos cruzar los brazos y mirar tranquilamente alrededor.
       Nos detuvimos sobre el puente del torrente; los que habían ido más lejos regresaron. El agua, abajo, golpeaba contra las piedras y raíces, como si no fuera ya noche cerrada. No había ninguna razón para que alguno no saltara sobre el pretil del puente.
       Detrás de unos arbustos, a lo lejos, surgió un tren; todos los compartimientos estaban iluminados, y seguro que habían cerrado las ventanillas. Uno de nosotros entonó una canción callejera, aunque todos queríamos cantar. Nuestro canto era mucho más rápido que el paso del tren, balanceábamos los brazos porque la voz no bastaba, y con nuestras voces nos fuimos metiendo en un enredo en el que nos sentimos muy a gusto. Cuando uno mezcla su voz con otras, queda como prisionero de un anzuelo.
       Así cantábamos, de espaldas al bosque, para los oídos de los remotos viajeros. Los mayores aún estaban despiertos en la aldea, las madres preparaban las camas para la noche.
       Ya era la hora. Besé al que estaba a mi lado, a los tres más próximos sólo les tendí la mano, y emprendí el camino de regreso: ninguno me llamó. En la primera encrucijada, donde ya no podían verme, di media vuelta y, siguiendo unos senderos, corrí de nuevo hacia el bosque y más allá. Avancé a toda prisa por los grandes bosques, ora a la luz del sol, ora a la de la luna, teniéndola ya a las espaldas, ya enfrente. Quería llegar a esa ciudad del sur de Ja que se decía en nuestra aldea:
       «¡No os imagináis qué gente hay allí! ¡Si es que no duermen!», :
       «¿Y eso por qué?»
       «Porque no se cansan.»
       «¿Y eso por qué?»
       «Porque están locos.»
       «¿Y los locos no se cansan?»
       «¡Cómo iban a cansarse los locos!»


IV

      Hubo un tiempo en el que iba cada día a una iglesia, pues una muchacha de la que me había enamorado rezaba allí arrodillada media hora por las tardes y yo podía así observarla con toda tranquilidad.
       Un día en que la muchacha no apareció y yo, indignado, me puse a observar a los que estaban rezando, me llamó la atención un joven que se había tumbado en el suelo con toda su magra figura. De rato en rato concentraba toda la fuerza de su cuerpo en el cráneo y lo golpeaba sollozando contra las palmas de sus manos, abiertas sobre las losas.
       En la iglesia sólo había unas cuantas viejas que de vez en cuando, ladeándolas, volvían sus cabecitas cubiertas para echarle un vistazo al orante. Esta atenta curiosidad parecía hacerlo feliz, pues antes de iniciar cada uno de sus píos arrebatos dejaba vagar la mirada para ver si el número de quienes lo miraban era elevado.
       Aquello me pareció irrespetuoso y decidí abordarlo cuando saliera de la iglesia para preguntarle simplemente por qué rezaba de ese modo. Pues desde que llegué a esa ciudad lo principal para mí era verlo todo claro, aunque aquella vez sólo estaba indignado, en realidad, porque mi chica no había venido.
       Pero él sólo se levantó al cabo de una hora, se sacudió los pantalones tanto rato que estuve a punto de gritarle: «Basta, basta, ya vemos que tiene usted pantalones», se santiguó con gran esmero y se dirigió a la pila de agua bendita, pesado como un marinero.
       Yo me interpuse entre la pila y la puerta, y tuve la seguridad de que no lo dejaría pasar sin que se explicase. Torcí la boca, porque es la mejor preparación para hablar resueltamente, y me apoyé en la pierna derecha después de adelantarla, dejando que la izquierda reposara sobre la punta del pie, pues eso me da firmeza, como he podido comprobar a menudo.
       Ahora bien, es posible que el hombre ya me hubiera mirado de soslayo cuando se roció la cara con agua bendita, o quizá mi mirada lo había inquietado antes, pues de pronto echó a correr inesperadamente hacia la puerta y salió. Instintivamente di un salto para retenerlo. La puerta vidriera se cerró de golpe. Y cuando salí tras él poco después ya no pude encontrarlo, pues por allí había varias callejuelas estrechas y el ajetreo era intenso.
       Los días siguientes él no apareció, pero sí lo hizo Ja muchacha, que volvió a rezar en el rincón de una capilla lateral. Llevaba puesto un vestido negro con encajes transparentes en los hombros y la nuca —debajo se veía la medialuna del escote de la blusa—, desde cuyo borde inferior caía la seda formando un cuello bien cortado. Y como vino la muchacha, me olvidé muy gustoso del joven y tampoco me preocupé de él más tarde, cuando volvió a acudir regularmente para rezar según su costumbre.
       Siempre pasaba a toda prisa a mi lado, eso sí, volviendo la cabeza. En cambio, me miraba mucho cuando rezaba. Casi parecía enfadado conmigo por no haberle dirigido la palabra aquella vez, como si, en su opinión, ese intento de abordarlo me hubiera obligado a hacerlo de verdad algún día. Y una vez, cuando al seguir a la joven después de un sermón me tropecé con él en la penumbra, creí verlo sonreír.
       Por supuesto que no existía ninguna obligación de abordarlo, y apenas me apetecía hacerlo. Dudé incluso el día en que llegué corriendo a la plaza de la iglesia cuando el reloj daba ya las siete, hora en que la muchacha se había ido hacía rato y sólo el personaje aquel se debatía ante la barandilla del altar.
       Finalmente me deslicé de puntillas hasta el portal, di una moneda al mendigo ciego ahí sentado y me instalé a su lado tras la hoja abierta de la puerta. Allí me regocijé quizá una media hora pensando en la sorpresa que iba a darle al orante. Pero aquello no duró mucho. Pronto dejé, bastante indignado por cierto, que las arañas se pasearan por mi ropa, y era molesto tener que inclinarme cada vez que alguien salía de la penumbra de la iglesia respirando ruidosamente.
       También él salió. El repiqueteo de las grandes campanas, que había empezado un momento antes, parecía molestarlo. Tenía que tantear levemente el suelo con las puntas de los pies antes de pisarlo.
       Me levanté, di un largo paso adelante y lo retuve. «Buenas tardes», dije y, aferrándolo por el cuello duro, lo empujé escaleras abajo en dirección a la plaza iluminada.
       Cuando llegamos abajo se volvió hacia mí, mientras yo seguía sujetándolo por detrás, de suerte que quedamos pecho contra pecho. «¡Si fuera tan amable de soltarme!», dijo. «No sé qué sospecha usted de mí, pero soy inocente». Luego repitió una vez más: «Por supuesto que no sé qué sospecha usted de mí».
       «Aquí no puede hablarse de sospecha ni de inocencia. Le ruego que no toque más el tema. Somos extraños el uno para el otro, nuestra relación es tan íntima como alta esta escalinata. ¿Adónde iríamos a parar si ahora mismo empezáramos a hablar de nuestra inocencia?»
       «Lo mismo opino yo», dijo. «Además, usted acaba de decir “nuestra inocencia”, ¿se refería a que si yo hubiera demostrado mi inocencia, usted también tendría que probar la suya? ¿Se refería usted a eso?»
       «A eso o a otra cosa», dije. «Lo he abordado únicamente porque quería preguntarle algo, ¡tenga esto muy presente!»
       «Quisiera irme a casa», replicó volviéndose apenas.
       «Lo sé. ¿Por qué, si no, lo habría abordado? No vaya a pensar que le he dirigido la palabra por sus preciosos ojos.»
       «¿No será usted demasiado sincero? ¿Cómo?»
       «¿Debo repetirle una vez más que aquí no hay que hablar de esas cosas? ¿Qué importan en este caso la sinceridad o la insinceridad? Yo pregunto, usted contesta y luego adiós. Por mí puede irse después a su casa, y tan rápido como quiera.»
       «¿No sería mejor que nos encontráramos en otra ocasión? ¿En un momento más propicio? ¿En algún bar, quizá? Por lo demás, su señorita novia se ha marchado hace sólo unos minutos, aún podría darle alcance, lo han estado esperando todo este rato.»
       «No», exclamé en medio del ruido de un tranvía que pasaba, «usted no se me escapará. Cada vez me gusta más. Es usted una captura afortunada, de la cual me felicito.»
       A lo que él replicó:
       «¡Ay Dios! Tiene usted un corazón sano y una cabeza marmórea. Me llama una captura afortunada, ¡qué dichoso ha de sentirse! Pues mi desdicha es una desdicha vacilante, que se tambalea sobre su propia punta y, si la tocan, cae sobre el que pregunta. Por eso: buenas noches.»
       «Mire usted», dije cogiéndole por sorpresa la mano derecha, «si no me contesta por las buenas, lo obligaré a hacerlo. Lo seguiré a diestro y siniestro, a dondequiera que vaya, subiré incluso la escalera que lleva a su habitación y me sentaré dentro, donde haya sitio. Míreme bien, puede estar seguro de que lo haré. Pero usted, ¿de dónde…?», me acerqué totalmente a él, y como me llevaba una cabeza, le hablé en el cuello, «¿… de dónde sacará usted valor para impedírmelo?»
       Retrocedió y empezó a besarme ambas manos alternativamente, humedeciéndolas con sus lágrimas: «No se le puede negar nada. Así como usted sabía que me apetecía volver a casa, yo ya sabía antes que no le podría negar nada. Eso sí, vámonos a esa calleja lateral, por favor». Yo asentí y ahí nos dirigimos. Como un coche nos separó y yo me quedé atrás, me hizo señas con las dos manos de que me diera prisa.
       Pero allí no se conformó con la oscuridad de la calleja, donde sólo había algunas farolas —bastante alejadas unas de otras— que llegaban casi a la altura de los primeros pisos, sino que me llevó hasta el zaguán de techo bajo de una casa antigua, debajo mismo de una lamparilla rezumante que colgaba frente a la escalera de madera.
       A continuación extendió su pañuelo sobre un peldaño hundido por las pisadas y me invitó a tomar asiento: «Sentado podrá preguntar mejor; yo me quedaré en pie, así responderé mejor. Pero no me torture».
       Me senté, ya que él se tomaba el asunto tan a pecho, pero no pude evitar decirle: «Me trae a este agujero como si fuéramos conspiradores, cuando no es sino la curiosidad lo que me une a usted, y a usted es el miedo lo que le une a mí. En el fondo sólo quería preguntarle por qué reza así en la iglesia. ¡Cómo se comporta allí dentro! ¡Como un loco de atar! ¡Qué ridículo es todo aquello, qué desagradable para quienes lo observan y qué insoportable para los fieles!».
       Él había pegado el cuerpo a la pared y sólo podía mover libremente la cabeza. «Craso error, pues los fieles consideran natural mi comportamiento y los demás lo juzgan piadoso.»
       «Mi enfado demuestra lo contrario.»
       «Su enfado —suponiendo que se trate de un enfado real— sólo demuestra que usted no forma parte de los fieles ni de los demás.»
       «Tiene razón, he exagerado un poco al decir que su comportamiento me había enfadado; no, despertó en mí cierta curiosidad, como dije correctamente al principio. Pero usted, ¿a qué grupo pertenece?»
       «¡Oh! A mí sólo me divierte que la gente me mire, y lanzar de vez en cuando una sombra sobre el altar, como quien dice.»
       «¿Le divierte?», pregunté, y una mueca de crispación contrajo mi cara.
       «No, ya que quiere saberlo. No se enoje conmigo por haberme expresado mal. No es que me divierta, para mí es una necesidad dejar que esas miradas me traspasen durante una horita, mientras a mi alrededor la ciudad entera…»
       «¡Pero qué dice!», exclamé en voz demasiado alta para el breve comentario y la escasa altura del zaguán, aunque luego temí enmudecer o bajar el tono, «¡qué cosas dice realmente! Ahora veo que desde el primer momento intuí en qué estado se encontraba. Esa fiebre, ese mareo en tierra firme, ¿no es acaso una especie de lepra? ¿No tiene usted la impresión de que no puede contentarse, por puro ardor, con el verdadero nombre de las cosas, de que no puede darse por satisfecho con él y ahora les da a toda prisa nombres fortuitos? ¡Deprisa, sí, muy deprisa! Pero en cuanto se aleja de ellas, se le vuelven a olvidar los nombres. El álamo de los campos, que usted denominó la “Torre de Babel” porque no quería saber que era un álamo, se balancea otra vez sin nombre y ha tenido que llamarlo “Noé en estado de ebriedad”.»
       «Me alegro de no haber entendido lo que acaba de decir», me interrumpió.
       Al punto repliqué irritado:
       «Con su alegría demuestra usted que lo ha entendido.»
       «Ya decía yo que no se le puede negar nada.»
       Puse las manos sobre un peldaño más alto, me recosté y dije desde esa posición casi inexpugnable, último recurso de los luchadores:
       «Usted disculpe, pero no es muy honesto eso de devolverme una explicación que yo le he dado».
       Esto le dio ánimos. Entrelazó las manos para dar unidad a su cuerpo y dijo, tras superar una leve resistencia: «Usted mismo descartó desde el principio cualquier discusión sobre la sinceridad. Y a mí lo único que de verdad me preocupa es hacerle comprender mi manera de rezar. ¿Sabe por qué rezo así?».
       Me estaba poniendo a prueba. No, no lo sabía ni quería saberlo. Tampoco había querido ir hasta allí, me dije en aquel momento, pero ese hombre me había obligado a escucharlo. Con sólo que meneara yo la cabeza estaría todo bien, pero me resultaba imposible hacerlo en ese preciso instante.
       El hombre que tenía frente a mí sonrió. Luego se agachó flexionando las rodillas y me contó con un gesto de somnolencia: «Por fin podré confiarle ahora por qué he dejado que me abordara. Por curiosidad, por esperanza. Hace ya tiempo que su mirada me consuela. Y espero enterarme por usted de lo que realmente ocurre con las cosas, que se desvanecen a mi alrededor como la nieve que cae, mientras que, para otros, una simple copita de aguardiente puesta encima de una mesa se alza firme como un monumento».
       Como yo guardé silencio y sólo una contracción involuntaria recorrió mi cara, me preguntó: «¿No cree que a otra gente pueda ocurrirle esto? ¿De veras que no? Pues escúcheme. Un día, cuando era niño, abrí los ojos después de una breve siesta y oí —aún no estaba nada seguro de mi vida— que mi madre preguntaba desde el balcón, en un tono de voz natural: “¿Qué hace allí, querida mía? ¡Vaya calor que está haciendo!”. Y una señora le respondió desde el jardín: “Estoy merendando entre el verdor”. Dijeron eso sin pensar y no demasiado claramente, como si la señora hubiera esperado la pregunta, y mi madre, la respuesta».
       Creyéndome interrogado, metí la mano en el bolsillo trasero del pantalón y fingí buscar algo. Pero no buscaba nada, sólo quería cambiar de postura para poner de manifiesto mi participación en el diálogo. Y dije que ese incidente era muy extraño y no lo entendía en absoluto. También añadí que no creía en su veracidad y que debía de ser una invención cuya finalidad concreta se me escapaba. Luego cerré los ojos, para protegerlos de la luz.
       «¡Pues ya lo ve! ¡Ánimos! Por una vez comparte usted mi opinión y por desinterés me ha abordado para decírmelo. Pierdo una esperanza y gano otra.
       »¿Verdad que sí? ¿Por qué habría de avergonzarme de no caminar erguido y con paso firme, de no golpear el adoquinado con mi bastón ni rozar la ropa de la gente que pasa ruidosamente a mi lado? ¿No debería más bien quejarme con porfía y razón de avanzar a saltitos, pegado a las casas como una sombra sin contornos precisos que, a ratos, desaparece en el cristal de los escaparates?
       »¡Y no vea qué días estoy pasando! ¿Por qué está todo tan mal construido que a veces hay casas altas que se derrumban sin que pueda descubrirse una causa aparente? En esos casos trepo por los escombros y pregunto a todo el que me sale al encuentro: “¿Cómo ha podido ocurrir algo así? ¡En nuestra ciudad, una casa nueva —¿cuántas van ya hoy?—, imagínese!”. Pero nadie puede contestarme.
       »A menudo hay gente que se desploma en la calle y se queda allí muerta. Los comerciantes abren entonces sus puertas, de las que cuelga la mercadería, acuden con paso ágil, meten al muerto en una de las casas, vuelven luego con una sonrisa que les ilumina boca y ojos y empieza el cotilleo: “¡Buenos días!…; el cielo está pálido…; he vendido muchos pañuelos de cabeza…; sí, la guerra”. Yo corro hacia la casa y, tras alzar tímidamente la mano varias veces con un dedo doblado, llamo por fin a la ventanita del portero. “Buen hombre”, le digo, “me parece que hace poco le han traído un muerto. ¿Sería tan amable de mostrármelo?” Y cuando él niega con la cabeza como si no pudiera decidirse, añado: “¡Tenga cuidado! Soy de la policía secreta y quiero ver ahora mismo al muerto”. De pronto deja de estar indeciso: “¡Fuera!”, grita. “¡Esta gentuza ya se ha acostumbrado a merodear por aquí cada día! Aquí no hay ningún muerto, tal vez en la casa de al lado”. Yo saludo y me voy.
       »Pero después, cuando me toca atravesar una gran plaza, se me olvida todo. Si construyen plazas tan grandes por arrogancia, ¿por qué no construyen también una balaustrada que atraviese la plaza en diagonal? Hoy sopla viento del sudoeste. La aguja de la torre del ayuntamiento describe pequeños círculos. Los cristales de las ventanas vibran y los postes de las farolas se doblan como bambúes. El manto de la Virgen María flamea sobre la columna, y el viento tira de él con fuerza. ¿No lo ve nadie? Los caballeros y las damas que deberían caminar sobre los adoquines avanzan flotando. Cuando el viento amaina se detienen, intercambian unas cuantas palabras y se saludan con una inclinación; pero si el viento vuelve a soplar con furia, no pueden resistirse a él y todos levantan los pies al mismo tiempo. Cierto es que han de sujetarse firmemente el sombrero, pero hay un brillo alegre en sus miradas y nada tienen que objetar al tiempo. Sólo yo tengo miedo.»
       A lo cual sólo pude responder: «La historia que ha contado usted antes sobre su señora madre y la señora del jardín no me parece en absoluto extraña. Y es que no sólo he escuchado y vivido muchas historias similares, sino que hasta he participado en unas cuantas. Es lo más natural del mundo. ¿Cree usted realmente que de haber estado yo un verano en aquel balcón no habría podido preguntar y responder lo mismo desde el jardín? ¡Un incidente tan habitual!».
       Por fin pareció contento cuando le dije esto. Me comentó que yo iba muy bien vestido y que le gustaba mucho mi corbata. ¡Y qué cutis tan fino el mío! Y que las confesiones son más claras que nunca cuando las revocamos.
       Yo, en cambio, llevaba ya un rato tratando de espabilarme. Quise decir unas palabras rápidas, aunque sólo fuera para alejar un poco su cara de la mía. Pues la tenía tan cerca que hube de inclinarme hacia atrás para no chocar con su frente. De momento me reí en su cara con la boca abierta y sin decir palabra, luego desvié la mirada hasta que la risa se calmó, volví a mirarlo y —aquello era más fuerte que yo— no pude evitar reírme de nuevo y me giré otra vez. A todo esto no quería otra cosa que estar ya en casa, acostado en mi cama, con la pared delante y todo el resto a mis espaldas.
       Además hacía calor en aquel zaguán, y la cara se me empezó a poner al rojo vivo. Para aliviarme un poco me incliné todavía más hacia atrás, hasta que el sombrero se me cayó de la cabeza. En lo alto, la bóveda de la escalera estaba pintada con ángeles y flores rojas. Me quedé mirándola y me enjugué con la mano el sudor de la frente y las mejillas.
       Aún quería levantarme, apartar a ese hombre de mí con todo mi peso, abrir el portal y respirar aire puro fuera, pues lo necesitaba. Me puse en pie y golpeé muy fuerte el suelo con los tacones; él retrocedió un poco ante las palmas de mis manos abiertas; me agarré a la barandilla de madera e hice unos cuantos ejercicios para acostumbrarme a estar de pie; él se tumbó cuan largo era en la escalera, alzó el tronco, volvió a dejarse caer, alargó las piernas y estiró del todo los brazos sobre uno de los peldaños superiores, de suerte que los dedos de su mano izquierda se irguieron contra la pared, y los de la derecha tamborilearon contra el zócalo de la escalera.
       Me apoyé en la barandilla y me tapé la boca con las manos entrelazadas. Él volvió lentamente la cabeza sobre el borde de un peldaño hasta que pudo mirarme a la cara y dijo: «De pie allí pareces un holgazán en un muelle, mientras yo yazgo aquí como un ahogado».
       «Eso no estaría mal», pensé; luego levanté la cabeza y dije: «Veo que te has instalado a tus anchas». Tenía los labios tan resecos que no me lo creía y me los toqué.
       Él desechó mi comentario y dijo: «Antes era lo contrario, sólo que yo nunca me he mostrado tan indiferente como tú ahora».
       Insistí: «He dicho que te has instalado a tus anchas», y sonreí, forzado por las palabras.
       «¿Te molesta acaso?», dijo cerrando de pronto los ojos, «si te molesta, abre el portal y sal a respirar aire puro, que lo necesitas.»
       «¡Oye!», exclamé —era un reproche—, di la vuelta rodeando la barandilla a pasos cortos, ciegamente, como en un combate, y, dejándome caer a su lado, rompí a llorar sobre su pecho.
       «¡Vaya! ¡Vaya!», dijo acariciándome el pelo. «¡Oye, que no puedo levantarme! ¿Me quieres aplastar a toda costa o qué? ¡Venga, no te hagas el loco!»
       Pero al no encontrar, en la intensidad del llanto, un lugar mejor para mi cara, la dejé donde estaba.
       «¡Cómo has podido no darte cuenta!», añadió. «Desde el principio he querido hacerte llorar. No he dicho una sola palabra sin esta intención, hasta que al final casi llegué a abandonar la esperanza de conseguirlo. Y hete aquí que cuando gasto una última broma, tú me das el gusto de ponerte a llorar. ¡Venga! ¡Avergüénzate!»
       «Ya no lloro», dije, y lo miré al tiempo que apoyaba sobre él la barbilla, «teniendo un amigo como tú no voy a llorar.» Pero seguí llorando, pues no podía parar de golpe.
       «Además sería tonto», dijo, y dislocándose casi el cuello para poder verme, me quitó el pañuelo de la mano y me secó los ojos. «El descontento no tendría por qué ser una razón para llorar; por lo demás, ¿dónde encontrar en el mundo una razón para el descontento? Las cosas han de quedar como están. El miedo a que puedan cambiar sería mi máxima concesión.
       »Pues verás —y a ti te lo digo—: construimos máquinas de guerra en el fondo inservibles, torres, murallas, cortinas de seda, y podríamos asombramos mucho de ellas si tuviéramos tiempo. Y nos mantenemos suspendidos, no caemos, revoloteamos, pese a que somos casi más feos que los murciélagos. Casi nadie, en cambio, podría impedirnos decir en un día hermoso: “¡Oh, qué día tan hermoso!”. Pues ya estamos instalados en nuestra tierra y vivimos en virtud de nuestro consentimiento.»
       Y diciendo esto me dio tal golpe en la espalda que me asusté, me incorporé y preferí quedarme inclinado sobre él, con las manos pegadas a sus hombros. «Tienes que estar más atento», dijo, y se rió, sacudiéndome junto con él. «¿Sabías que somos como troncos de árboles en la nieve? En apariencia yacen sólo apoyados sobre la superficie, y con un leve empujón deberían poder apartarse. Pero no, no se puede, pues están unidos firmemente al suelo. Vale, pero incluso esto es sólo aparente».
       «Pues ya ves», dije. Y él, con un gesto brusco, empujó mis manos a un lado; yo caí entonces, mi boca contra la suya, y recibí un beso enseguida.
       «Y ahora vámonos», dijo, y los dos nos levantamos.
       «¡Vaya madre la tuya!», añadí. «¡Qué mujer debe de haber sido! ¡Si yo hubiera tenido una madre así!»
       «¿Y de qué me ha servido? ¡Olvida esa historia!», dijo desempolvándome el abrigo con mi pañuelo.
       «¡Venga, prohíbeme esto también!», dije dando un paso adelante, por lo que tuvo que seguirme con el pañuelo.
       «¿Qué quieres?», dijo. «Es una historia inventada. Se nota a la legua.»
       «Ya lo sé», repliqué.
       «¡Tú no sabes nada!», dijo. «¿Y esa velada a la que tenías que ir esta noche?»
       «¡Es verdad, la velada! ¡Fíjate que se me había olvidado por completo! ¡Qué memoria la mía! Esta mala memoria es algo totalmente nuevo en mí.»
       «¡Mérito mío!»
       «Puede que sí. Espero que al menos me acompañarás. No es muy lejos. ¿Sí?»
       «Por supuesto.»
       «¿Y subirás conmigo? ¡Por favor!»
       «Eso sí que no.»
       «¿Por qué no? ¿Y si te lo pido por favor? Entonces sí, ¿verdad?»
       «De momento vamos. Se ha hecho tarde.»
       «No sé si iré a la velada sin ti.».
       «¡Ven, vamos! ¡Ven! A ti no hay como ayudarte, pues aquí es donde pareces estar más a gusto.»
       «Casi», dije mordiéndome el labio inferior, y lo miré. Él me rodeó la espalda con un brazo, abrió el portón y me empujó hacia fuera.
       Y salimos del zaguán al aire libre. De un soplo dispersó mi amigo algunos jirones de nubecillas, de modo que a nuestras miradas se ofreció la ininterrumpida superficie de las estrellas. Él caminaba con bastante dificultad, pero no daba una impresión refinada, más bien parecía un campesino enfermo. Puso una mano sobre mi hombro, como para estar muy cerca de mí, aunque en realidad quería apoyarse; yo lo dejé hacer e incluso tiré de las puntas de sus dedos un poco más hacia arriba.
       Frente a la casa a la que estaba invitado me detuve con él.
       «Y ahora adiós», le dije.
       «¿Es aquí?»
       «Sí, aquí.»
       «No era lejos.»
       «Te lo había dicho.»


[Esbozo de ¿1911?]

      «Oye», dije, y le di un golpecito con la rodilla, «no te duermas.» Cuando abrió los ojos, mis miradas se dispersaron desde su cara hacia abajo; por más que me esforzaba en mantenerlas arriba, durante todo el tiempo no le veía más que el cuello. «Por poco te duermes», dije, y como no quería tocar mi cara huidiza y, sin embargo, quería sujetarla de algún modo, sonreí, dando la impresión de que me tomaba a broma lo que había dicho. Lo noté enseguida y pasé mucho frío debajo de mi abrigo, sin dejar de ser sensible al moderado frío de la noche y al calor del abrigo. Así quería alejarse de mí el mundo inmediato, marchando o bien volando sobre mi cabeza en el momento mismo en que lo conocía, y yo debía creer que al golpearlo con la rodilla lo había despertado realmente.
       «Eres francamente tosco», dijo él, con el labio inferior ligeramente replegado, quizá debido al sueño, «¡mira que despertarme con la rodilla! Y en general eres muy tosco conmigo.»
       «¡Qué sensible eres! ¿Tan grave ha sido? Ahora ya te has quejado de mí ante la opinión pública. Yo también tengo que darme a conocer.» Y volviéndome hacia la calle, me quité el sombrero ante ella.
       «Pero no deberías golpearme.»
       «Claro que no. Aunque te habrías quedado dormido si no te hubiera despertado.»'
       «He dormido de verdad, ya ni te das cuenta.»




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