Franz
Kafka
(Praga, 1883 - 1924)
La metamorfosis
I
Era domingo por la mañana en
lo más hermoso de la primavera. Georg Bendemann, un joven comerciante,
estaba sentado en su habitación en el primer piso de una de las casas
bajas y de construcción ligera que se extendían a lo largo del río
en forma de hilera, y que sólo se distinguían entre sí por la
altura y el color. Acababa de terminar una carta a un amigo de su
juventud que se encontraba en el extranjero, la cerró con lentitud
juguetona y miró luego por la ventana, con el codo apoyado sobre el
escritorio, hacia el río, el puente y las colinas de la otra orilla
con su color verde pálido.Reflexionó sobre cómo este amigo,
descontento de su éxito en su ciudad natal, había literalmente huido
ya hacía años a Rusia. Ahora tenía un negocio en San Petersburgo,
que al principio había marchado muy bien, pero que desde hacía
tiempo parecía haberse estancado, tal como había lamentado el amigo
en una de sus cada vez más infrecuentes visitas.
De este modo se mataba
inútilmente trabajando en el extranjero, la extraña barba sólo
tapaba con dificultad el rostro bien conocido desde los años de la
niñez, rostro cuya piel amarillenta parecía manifestar una
enfermedad en proceso de desarrollo. Según contaba, no tenía una
auténtica relación con la colonia de sus compatriotas en aquel lugar
y apenas relación social alguna con las familias naturales de allí
y, en consecuencia, se hacía a la idea de una soltería definitiva.
¿Qué podía escribírsele a un
hombre de este tipo, que, evidentemente, se había enclaustrado, de
quien se podía tener lástima, pero a quien no se podía ayudar? ¿Se
le debía quizá aconsejar que volviese a casa, que trasladase aquí
su existencia, que reanudara todas sus antiguas relaciones amistosas,
para lo cual no existía obstáculo, y que, por lo demás, confiase en
la ayuda de los amigos? Pero esto no significaba otra cosa que decirle
al mismo tiempo, con precaución, y por ello hiriéndole aún más,
que sus esfuerzos hasta ahora habían sido en vano, que debía, por
fin, desistir de ellos, que tenía que regresar y aceptar que todos,
con los ojos muy abiertos de asombro, le mirasen como a alguien que ha
vuelto para siempre; que sólo sus amigos entenderían y que él era
como un niño viejo, que debía simplemente obedecer a los amigos que
se habían quedado en casa y que habían tenido éxito.
¿E incluso entonces era seguro
que tuviese sentido toda la amargura que había que causarle? Quizá
ni siquiera se consiguiese traerle a casa, él mismo decía que ya no
entendía la situación en el país natal, y así permanecería, a
pesar de todo, en su extranjero, amargado por los consejos y un poco
más distanciado de los amigos. Pero si siguiera realmente el consejo
y aquí se le humillase, naturalmente no con intención sino por la
forma de actuar, no se encontraría a gusto entre sus amigos ni
tampoco sin ellos, se avergonzaría y entonces no tendría de verdad
ni hogar ni amigos. En estas circunstancias ¿no era mejor que se
quedase en el extranjero tal como estaba? ¿Podría pensarse que en
tales circunstancias saldría realmente adelante aquí?
Por estos motivos, y si se quería
mantener la relación epistolar con él, no se le podían hacer
verdaderas confidencias como se le harían sin temor al conocido más
lejano. Hacía más de tres años que el amigo no había estado en su
país natal y explicaba este hecho, apenas suficientemente, mediante
la inseguridad de la situación política en Rusia, que, en
consecuencia, no permitía la ausencia de un pequeño hombre de
negocios mientras que cientos de miles de rusos viajaban
tranquilamente por el mundo. Pero precisamente en el transcurso de
estos tres años habían cambiado mucho las cosas para Georg. Sobre la
muerte de su madre, ocurrida hacía dos años y desde la cual Georg
vivía con su anciano padre en la misma casa, había tenido noticia el
amigo, y en una carta había expresado su pésame con una sequedad que
sólo podía tener su origen en el hecho de que la aflicción por
semejante acontecimiento se hacía inimaginable en el extranjero.
Ahora bien, desde entonces, Georg se había enfrentado al negocio,
como a todo lo demás, con gran decisión. Quizá el padre, en la
época en que todavía vivía la madre, lo había obstaculizado para
llevar a cabo una auténtica actividad propia, por el hecho de que
siempre quería hacer prevalecer su opinión en el negocio. Quizá
desde la muerte de la madre, el padre, a pesar de que todavía
trabajaba en el negocio, se había vuelto más retraído. Quizá
desempeñaban un papel importante felices casualidades, lo cual era
incluso muy probable; en todo caso, el negocio había progresado
inesperadamente en estos dos años, había sido necesario duplicar el
personal, las operaciones comerciales se habían quintuplicado, sin
lugar a dudas tenían ante sí una mayor ampliación.
Pero el amigo no sabía nada de
este cambio. Anteriormente, quizá por última vez en aquella carta de
condolencia, había intentado convencer a Georg de que emigrase a
Rusia y se había explayado sobre las perspectivas que se ofrecían
precisamente en el ramo comercial de Georg. Las cifras eran mínimas
con respecto a las proporciones que había alcanzado el negocio de
Georg. Él no había querido contarle al amigo sus éxitos comerciales
y si lo hubiese hecho ahora, con posterioridad, hubiese causado una
impresión extraña.
Es así como Georg se había
limitado a contarle a su amigo cosas sin importancia de las muchas que
se acumulan desordenadamente en el recuerdo cuando se pone uno a
pensar en un domingo tranquilo. No deseaba otra cosa que mantener
intacta la imagen que, probablemente, se había hecho el amigo de su
ciudad natal durante el largo período de tiempo, y con la cual se
había conformado. Fue así como Georg, en tres cartas bastante
distantes entre sí, informó a su amigo acerca del compromiso
matrimonial de un señor cualquiera con una muchacha cualquiera, hasta
que, finalmente, el amigo, totalmente en contra de la intención de
Georg, comenzó a interesarse por este asunto.
Georg prefería contarle estas
cosas antes que confesarle que era él mismo quien hacía un mes se
había prometido con la señorita Frieda Brandenfeld, una joven de
familia acomodada. Con frecuencia hablaba con su prometida de este
amigo y de la especial relación epistolar que mantenía con él.
—Entonces no vendrá a nuestra
boda —decía ella—, y yo tengo derecho a conocer a todos tus
amigos.
—No quiero molestarlo —contestaba
Georg—, entiéndeme, probablemente vendría, al menos así lo creo,
pero se sentiría obligado y perjudicado, quizá me envidiaría y
seguramente, apesadumbrado e incapaz de prescindir de esa pesadumbre,
regresaría solo, solo ¿sabes lo que es eso?
—Bueno, ¿no puede enterarse de
nuestra boda por otro camino?
—Sin duda no puedo evitarlo,
pero es improbable dada su forma de vida.
—Si tienes esa clase de amigos,
Georg, nunca debiste comprometerte.
—Sí, es culpa de ambos, pero
incluso ahora no desearía que fuese de otra forma.
Y si ella, respirando
precipitadamente entre sus besos, alegaba todavía:
—La verdad es que sí que me
molesta.
Entonces era realmente cuando él
consideraba inofensivo contarle todo al amigo.
—Así soy y así tiene que
aceptarme —se decía—. No pienso convertirme en un hombre a su
medida, hombre que quizá fuese más apropiado a su amistad de lo que
yo lo soy.
Y, efectivamente, en la larga
carta que había escrito este domingo por la mañana, informaba a su
amigo del compromiso que se había celebrado, con las siguientes
palabras: “Me he reservado la novedad más importante para el final.
Me he prometido con la señorita Frieda Brandenfeld, una muchacha
perteneciente a una familia acomodada que se estableció aquí mucho
tiempo después de tu partida y a la que tú apenas conocerás. Ya
habrá oportunidad de contarte más detalles acerca de mi prometida,
baste hoy con decirte que soy muy feliz y que en nuestra mutua
relación sólo ha cambiado el hecho de que tú, en lugar de tener en
mí un amigo corriente, tendrás un amigo feliz. Además tendrás en
mi prometida, que te manda saludos cordiales y que te escribirá
próximamente, una amiga leal, lo que no deja de tener importancia
para un soltero. Sé que muchas cosas te impiden hacernos una visita,
pero ¿acaso no sería precisamente mi boda la mejor oportunidad de
echar por la borda, al menos por una vez, todos los obstáculos? Pero,
sea como sea, actúa sin tener en cuenta todo lo demás y según tu
buen criterio”.
Georg había permanecido mucho
tiempo sentado en su escritorio con la carta en la mano y el rostro
vuelto hacia la ventana. Con una sonrisa ausente había apenas
contestado a un conocido que, desde la calle, le había saludado al
pasar.
Finalmente, se metió la carta en
el bolsillo y, a través de un corto pasillo, se dirigió desde su
habitación a la de su padre, en la que no había estado desde hacía
meses. No existía, por lo demás, necesidad de ello, porque
constantemente tenía contacto con él en el negocio; comían juntos
en una casa de comidas, por la noche cada uno se tomaba lo que le
apetecía pero después la mayoría de las veces se sentaban un ratito,
cada uno con su periódico, en el cuarto de estar común, a no ser que
Georg, como ocurría con mucha frecuencia, estuviese en compañía de
amigos o, como ahora, fuese a ver a su novia.
Georg se extrañó de lo oscura
que estaba la habitación del padre incluso en esta mañana soleada,
tal era la sombra que proyectaba la alta pared que se elevaba al otro
lado del estrecho patio. El padre estaba sentado ante la ventana, en
un rincón adornado con recuerdos de la difunta madre, y leía el
periódico, que sostenía de lado ante los ojos, con lo cual intentaba
contrarrestar una cierta falta de visión. Sobre la mesa estaban aún
los restos del desayuno, del que no parecía haber comido mucho.
—¡Ah Georg! —exclamó el
padre, e inmediatamente se dirigió hacia él. Su pesada bata se
abría al andar y los bajos revoloteaban a su alrededor.
“Mi padre sigue siendo un
gigante”, se dijo Georg.
—Esto está insoportablemente
oscuro —dijo a continuación.
—Sí, sí que está oscuro —contestó
el padre.
—¿También has cerrado la
ventana?
—Lo prefiero así.
—Afuera hace bastante calor —dijo
Georg como complemento a lo anterior, y se sentó.
El padre retiró la vajilla del
desayuno y la colocó sobre una cómoda.
—La verdad es que sólo quería
decirte —continuó Georg, que seguía los movimientos del anciano
totalmente aturdido— que, por fin, he informado a San Petersburgo de
mi compromiso.
Sacó un poco la carta del
bolsillo y la dejó caer dentro de nuevo.
—¿Cómo que a San Petersburgo?
—preguntó el padre.
—Sí, a mi amigo —dijo Georg,
y buscó los ojos del padre.
“En el negocio es completamente
distinto”, pensó. “Cuánto sitio ocupa ahí sentado y cómo se
cruza de brazos!”
—Sí, claro, a tu amigo —dijo
el padre recalcándolo.
—Ya sabes, padre, que en un
principio quería silenciar mi compromiso. Por consideración, por
ningún otro motivo. Tú ya sabes que es una persona difícil. Puede
enterarse de mi compromiso por otros cauces, me dije, y si bien esto
apenas es probable dada su solitaria forma de vida, yo no puedo
evitarlo, pero por mí mismo no debe enterarse.
—¿Y ahora has cambiado de
opinión? —preguntó el padre.
Puso el periódico en el antepecho
de la ventana y sobre el periódico las gafas que tapaba con las manos.
—Sí, ahora he cambiado de
opinión. Si verdaderamente se trata de un buen amigo, me he dicho,
entonces mi feliz compromiso es también para él motivo de alegría y
por eso no he dudado más en comunicárselo. Sin embargo, antes de
echar la carta quería decírtelo.
—Georg —dijo el padre, y
estiró la boca sin dientes—, escucha por una vez. Has venido a mí
por este asunto, para discutirlo conmigo. Esto te honra sin duda
alguna, pero no sirve para nada, y menos aún que para nada, si no me
dices ahora mismo toda la verdad. No quiero traer a colación cosas
que nada tienen que ver con esto. Desde la muerte de nuestra querida
madre han ocurrido ciertas cosas desagradables. Quizá también les
llegue su turno, y quizá antes de lo que pensamos. En el negocio se
me escapan algunas cosas, quizá no se me oculten, ahora no quiero en
modo alguno alimentar la sospecha de que se me ocultan, ya no estoy lo
suficientemente fuerte, me falla la memoria, ya no puedo abarcar
tantas cosas. En primer lugar esto es ley de vida y, en segundo lugar,
la muerte de tu madre me ha afligido mucho más que a ti. Pero ya que
estamos tratando de este asunto de la carta, te pido, Georg, que no me
engañes. Es una pequeñez, no merece la pena, así pues, no me
engañes. ¿Tienes de verdad ese amigo en San Petersburgo?
Georg se levantó desconcertado.
—Dejemos en paz a mis amigos.
Mil amigos no sustituyen a mi padre. ¿Sabes lo que creo?, que no te
cuidas lo suficiente, pero los años exigen sus derechos. En el
negocio eres indispensable para mí, bien lo sabes tú, pero si el
negocio amenaza tu salud mañana mismo lo cierro para siempre. Esto no
puede seguir así. Tenemos que adoptar otro modo de vida para ti, pero
desde el principio. Estás sentado aquí en la oscuridad y en el
cuarto de estar tendrías buena luz. Tomas un par de bocados del
desayuno en lugar de comer como es debido. Estás sentado con las
ventanas cerradas y el aire fresco te sentaría bien. ¡No, padre mío!
Iré a buscar al médico y seguiremos sus prescripciones Cambiaremos
las habitaciones. Tú te trasladarás a la habitación de delante y yo
a ésta. No supondrá una alteración para ti, todo se llevará allí
Ya habrá tiempo de ello, ahora te acuesto en la cama un poquito,
necesitas tranquilidad a toda costa. Vamos, te ayudaré a desnudarte,
ya verás cómo sé hacerlo. ¿O prefieres trasladarte inmediatamente
a la habitación de delante y allí te acuestas provisionalmente en mi
cama? La verdad es que esto sería lo más sensato.
Georg estaba de pie justo al lado
de su padre, que había dejado caer sobre el pecho su cabeza de
blancos y despeinados cabellos.
—Georg —dijo el padre en voz
baja y sin moverse.
Georg se arrodilló inmediatamente
junto al padre, vio las enormes pupilas en su cansado rostro dirigidas
hacia él desde las comisuras de los ojos.
—No tienes ningún amigo en San
Petersburgo. Tú has sido siempre un bromista y tampoco has hecho una
excepción conmigo. ¡Cómo ibas a tener un amigo precisamente allí!
No puedo creerlo de ninguna manera.
—Padre, haz memoria una vez más
—dijo Georg, levantó al padre del sillón y le quitó la bata,
estaba allí tan débil—, pronto hará ya tres años que mi amigo
estuvo en casa de visita. Recuerdo todavía que no te hacía demasiada
gracia. Al menos dos veces te oculté su presencia, a pesar de que en
esos momentos se hallaba precisamente en mi habitación. Yo podía
comprender bien tu animadversión hacia él, mi amigo tiene sus
manías, pero después conversaste agradablemente con él. En aquellos
momentos me sentía tan orgulloso de que le escuchases, asintieses y
preguntases... Si haces memoria tienes que acordarte. Él contó
entonces historias increíbles de la revolución rusa. Cómo, por
ejemplo, en un viaje de negocios a Kiev, había visto en un balcón a
un sacerdote que se había cortado una ancha cruz de sangre en la
palma de la mano, la levantó e invocó con ella a la multitud. Tú
mismo has contado de vez en cuando esta historia.
Mientras tanto Georg había
conseguido sentar al padre y quitarle cuidadosamente el pantalón de
punto que llevaba encima de los calzoncillos de lino, así como los
calcetines. Al ver la ropa, que no estaba precisamente limpia, se hizo
reproches por haber descuidado al padre. Seguro que también formaba
parte de sus obligaciones el cuidar de que el padre se cambiase de
ropa. Todavía no había hablado expresamente con su prometida de
cómo iban a organizar el futuro del padre, porque tácitamente
habían supuesto que él se quedaría solo en el piso viejo. Sin
embargo, ahora se decidió, de repente y con toda firmeza, a
llevárselo a su futuro hogar. Bien mirado, casi daba la impresión de
que el cuidado que el padre iba a recibir allí podría llegar
demasiado tarde.
Llevó al padre en brazos a la
cama. Una terrible sensación se apoderó de él cuando, a lo largo de
los pocos pasos hasta ella, notó que su padre jugueteaba con la
cadena del reloj sobre su pecho. Se agarraba con tal fuerza a la
cadena del mismo, que no pudo acostarlo inmediatamente. Apenas se
encontró en la cama, todo pareció volver de nuevo a la normalidad.
Se tapó solo y se cubrió muy bien los hombros con el cobertor. No
miraba a Georg precisamente con hostilidad.
—¿Verdad que ya te acuerdas de
él? —preguntó Georg, y asintió con la cabeza haciendo un gesto
alentador.
—¿Estoy bien tapado? —preguntó
el padre como si no pudiese asegurarse él mismo de que sus pies se
encontraban tapados.
—Así es que te gusta estar en
la cama —dijo Georg, y colocó mejor el cobertor a su alrededor.
—¿Estoy bien tapado? —preguntó
el padre de nuevo, y pareció prestar especial atención a la
respuesta.
—Estate tranquilo, estás bien
tapado.
—¡No! —gritó el padre de tal
forma que la respuesta chocó contra la pregunta, echó hacia atrás
el cobertor con una fuerza tal que por un momento quedó extendido en
el aire, y se puso de pie sobre la cama. Sólo con una mano se apoyaba
ligeramente en el techo.
—Querías taparme, lo sé,
retoño mío, pero todavía no estoy tapado, y aunque sea la última
fuerza es suficiente para ti, demasiada para ti. ¡Claro que conozco a
tu amigo! Sería el hijo que desea mi corazón, por eso también lo
has engañado durante todos estos años. ¿Por qué si no? ¿Acaso
crees que no he llorado por él? Precisamente por eso te encierras en
tu oficina: “el jefe está ocupado, no se le puede molestar”.
Sólo para poder escribir tus falsas cartitas a Rusia. Pero,
afortunadamente, nadie tiene que dar lecciones al padre sobre cómo
adivinar las intenciones del hijo. De la misma manera que ahora has
creído haberlo subyugado, subyugado de tal forma que podrías
sentarte con tu trasero sobre él y él no se movería, en ese momento
mi señor hijo ha decidido casarse.
Georg levantó la mirada hacia el
espectro de su padre. El amigo de San Petersburgo, a quien de repente
el padre conocía tan bien, se apoderaba de él como nunca hasta ahora.
Lo vio perdido en la lejana Rusia. Lo vio en la puerta del negocio
vacío y desvalijado, entre las ruinas de las estanterías, entre los
géneros hechos jirones, entre los tubos de gas que estaban caídos...
y él permanecía todavía erguido. ¿Por qué había tenido que irse
tan lejos?
—¡Pero mírame —gritó el
padre—. Georg corrió, casi distraído, hacia la cama, con la
intención de comprenderlo todo, pero se quedó parado a mitad de
camino.
—Porque ella se ha levantado las
faldas —comenzó a hablar el padre—, porque se ha levantado así
las faldas de cerda asquerosa —y para expresarlo plásticamente se
levantó el camisón tan alto que se veía sobre el muslo la cicatriz
de sus años de guerra—, porque se ha levantado así, y así las
faldas, te has acercado a ella y, para poder gozar con ella sin que
nadie molestase, has profanado la memoria de nuestra madre, has
traicionado al amigo y has metido en la cama a tu padre para que no se
pueda mover, pero ¿puede moverse o no?
Permanecía en pie sin apoyo
alguno y lanzaba las piernas en todas las direcciones. Sonreía con
entusiasmo al comprenderlo todo.
Georg estaba de pie en un rincón
lo más lejos posible del padre. Desde hacía un rato había decidido
firmemente observarlo todo con exactitud, para no ser indirectamente
sorprendido de alguna forma por detrás o desde arriba. Entonces se
acordó de nuevo de la decisión, ya hacía rato olvidada, y volvió a
olvidarla tan deprisa como se pasa un hilo corto a través del ojo de
una aguja.
—No obstante el amigo no ha sido
todavía traicionado —gritó el padre, y lo corroboraba su índice
movido de acá para allá— yo era su representante en este lugar.
Georg no pudo evitar gritar:
—¡Comediante!
Reconoció inmediatamente el daño
y, demasiado tarde, los ojos fijos, se mordió la lengua hasta
doblarse de dolor.
—¡Sí, por supuesto que he
representado una comedia! ¡Comedia! ¡Buena palabra! ¿Qué otro
consuelo le quedaba al anciano padre viudo? Dime, y durante el momento
que dure la respuesta sé todavía mi hijo vivo. ¿Qué otra salida me
quedaba en mi habitación interior, perseguido por un personal infiel,
viejo hasta los huesos? Y mi hijo iba con júbilo por la vida,
ultimaba negocios que yo había preparado, se retorcía de la risa y
pasaba ante su padre con el reservado rostro de un hombre de honor. ¿Crees
tú que yo no te hubiese querido, yo, de quien saliste tú?
“Ahora se inclinará hacia
delante”, pensó Georg, “¡si se cayese y se estrellase!” Esta
palabra le pasó por la cabeza como una centella.
El padre se echó hacia delante,
pero no se cayó. Puesto que Georg no se acercaba como había esperado,
se irguió de nuevo.
—¡Quédate donde estás, no te
necesito! Piensas que tienes todavía la fuerza suficiente para venir
aquí, y solamente te contienes porque así lo deseas, ¡No te
equivoques! Todavía soy el más fuerte, ¡Yo solo habría tenido
quizá que retirarme, pero tu madre me ha dado su fuerza, con tu amigo
me alié maravillosamente y a tu clientela la tengo aquí en el
bolsillo!
—¡Incluso en el camisón tiene
bolsillos! —se dijo Georg, y creyó que con esta observación
podría hacerle quedar en ridículo ante todo el mundo. Pensó en esto
sólo durante un momento, porque inmediatamente volvía a olvidarlo
todo.
—¡Cuélgate del brazo de tu
novia y ven hacia mí! ¡La barro de tu lado y no sabes cómo!
Georg hacía muecas como si no
pudiese creerlo. El padre sólo asentía con la cabeza, ratificando la
verdad de lo que decía y dirigiéndose al rincón en que se
encontraba Georg.
—¡Cómo me has divertido hoy
cuando has venido y me has preguntado si debías contarle a tu amigo
lo del compromiso! Si lo sabe todo, estúpido, lo sabe todo! Yo le
escribía porque olvidaste quitarme las cosas para escribir. Por eso
ya no viene desde hace años, lo sabe todo cien veces mejor que tú
mismo, tus cartas las arruga con la mano izquierda sin haberlas leído,
mientras que con la derecha se pone delante mis cartas para leerlas.
De puro entusiasmo agitaba el
brazo por encima de la cabeza.
—¡Lo sabe todo mil veces mejor!
—gritó.
—Diez mil veces —dijo Georg
con la intención de burlarse de su padre, pero todavía en su boca
estas palabras adquirieron un tono profundamente serio.
—¡Desde hace años estoy a la
espera de que me vengas con esa pregunta! ¿Crees que me preocupa
alguna otra cosa? ¿Crees que leo periódicos? ¡Mira! —Y tiró a
Georg un periódico que, de alguna forma, había ido a parar a su cama.
Un periódico viejo con un nombre que a Georg le era completamente
desconocido.
—¡Cuánto tiempo has tardado en
llegar a la madurez! Tuvo que morir tu madre, no llegó a ver el día
de júbilo. El amigo perece en su Rusia, ya hace tres años estaba
amarillo de muerte, y yo, ya ves cómo me va a mí, para eso tienes
ojos.
—Entonces me has espiado —gritó
Georg.
El padre, en tono compasivo e
incidental, dijo:
—Probablemente eso querías
haberlo dicho antes, ahora ya no viene a cuento —y en voz más alta—:
Ahora ya sabes lo que había además de ti, hasta ahora no sabías
más que de ti mismo. Lo cierto es que fuiste un niño inocente, pero
aún más ciertamente fuiste un hombre diabólico. Por eso has de
saber que yo te condeno a morir ahogado.
Georg se sintió como expulsado de
la habitación, el golpe con el que el padre a su espalda había
caído sobre la cama resonaba todavía en sus oídos. En la escalera,
por cuyos escalones bajaba tan de prisa como si se tratase de una
rampa inclinada, sorprendió a la criada que estaba a punto de subir
para arreglar el piso.
—¡Jesús! —gritó, y se tapó
la cara con el delantal, pero él ya se había ido.
Salió del portal de un salto, el
agua lo atraía por encima de la calzada. Ya se asía firmemente a la
baranda como un hambriento a la comida. Saltó por encima como el
excelente atleta que, para orgullo de sus padres, había sido en sus
años juveniles. Todavía seguía sujeto con las manos, débilmente.
cuando divisó entre las barras de la baranda un ómnibus que
cubriría con facilidad el ruido de su caída. Exclamó en voz baja:
“Queridos padres, a pesar de todo siempre los he querido”, y se
dejó caer.
En ese momento atravesaba el
puente un tráfico verdaderamente interminable.
II
Hasta la caída de la tarde no se despertó Gregorio
de su profundo sueño, similar a una pérdida de conocimiento.
Seguramente no se hubiese despertado mucho más tarde, aun sin ser
molestado, porque se sentía suficientemente repuesto y descansado;
sin embargo, le parecía como si le hubiesen despertado unos pasos
fugaces y el ruido de la puerta que daba al vestíbulo al ser cerrada
con cuidado. El resplandor de las farolas eléctricas de la calle se
reflejaba pálidamente aquí y allí en el techo de la habitación y
en las partes altas de los muebles, pero abajo, donde se encontraba
Gregorio, estaba oscuro. Tanteando todavía torpemente con sus antenas,
que ahora aprendía a valorar, se deslizó lentamente hacia la puerta
para ver lo que había ocurrido allí. Su costado izquierdo parecía
una única y larga cicatriz que le daba desagradables tirones y le
obligaba realmente a cojear con sus dos filas de patas. Por cierto,
una de las patitas había resultado gravemente herida durante los
incidentes de la mañana –casi parecía un milagro que sólo una
hubiese resultado herida–, y se arrastraba sin vida.
Sólo cuando ya había llegado a
la puerta advirtió que lo que lo había atraído hacia ella era el
olor a algo comestible, porque allí había una escudilla llena de
leche dulce en la que nadaban trocitos de pan. Estuvo a punto de
llorar de alegría porque ahora tenía aún más hambre que por la
mañana, e inmediatamente introdujo la cabeza dentro de la leche casi
hasta por encima de los ojos. Pero pronto volvió a sacarla con
desilusión. No sólo comer le resultaba difícil debido a su delicado
costado izquierdo –sólo podía comer si todo su cuerpo cooperaba
jadeando–, sino que, además, la leche, que siempre había sido su
bebida favorita, y que seguramente por eso se la había traído la
hermana, ya no le gustaba; es más, se retiró casi con repugnancia de
la escudilla y retrocedió a rastras hacia el centro de la habitación.
En el cuarto de estar, por lo que
veía Gregorio a través de la rendija de la puerta, estaba encendido
el gas, pero mientras que –como era habitual a estas horas del día–
el padre solía leer en voz alta a la madre, y a veces también a la
hermana, el periódico vespertino, ahora no se oía ruido alguno.
Bueno, quizá esta costumbre de leer en voz alta, tal como le contaba
y le escribía siempre su hermana, se había perdido del todo en los
últimos tiempos. Pero todo a su alrededor permanecía en silencio, a
pesar de que, sin duda, la casa no estaba vacía. «¡Qué vida tan
apacible lleva la familia!», se dijo Gregorio, y, mientras miraba
fijamente la oscuridad que reinaba ante él, se sintió muy orgulloso
de haber podido proporcionar a sus padres y a su hermana la vida que
llevaban en una vivienda tan hermosa. Pero ¿qué ocurriría si toda
la tranquilidad, todo el bienestar, toda la satisfacción, llegase
ahora a un terrible final? Para no perderse en tales pensamientos,
prefirió Gregorio ponerse en movimiento y arrastrarse de acá para
allá por la habitación.
En una ocasión, durante el largo
anochecer, se abrió una pequeña rendija una vez en una puerta
lateral y otra vez en la otra, y ambas se volvieron a cerrar
rápidamente; probablemente alguien tenía necesidad de entrar, pero,
al mismo tiempo, sentía demasiada vacilación. Entonces Gregorio se
paró justamente delante de la puerta del cuarto de estar, decidido a
hacer entrar de alguna manera al indeciso visitante, o al menos para
saber de quién se trataba; pero la puerta ya no se abrió más y
Gregorio esperó en vano. Por la mañana temprano, cuando todas las
puertas estaban bajo llave, todos querían entrar en su habitación.
Ahora que había abierto una puerta, y que las demás habían sido
abiertas sin duda durante el día, no venía nadie y, además, ahora
las llaves estaban metidas en las cerraduras desde fuera.
Muy tarde, ya de noche, se apagó
la luz en el cuarto de estar y entonces fue fácil comprobar que los
padres y la hermana habían permanecido despiertos todo ese tiempo,
porque tal y como se podía oír perfectamente, se retiraban de
puntillas los tres juntos en este momento. Así pues, seguramente
hasta la mañana siguiente no entraría nadie más en la habitación
de Gregorio; disponía de mucho tiempo para pensar, sin que nadie le
molestase, sobre cómo debía organizar de nuevo su vida. Pero la
habitación de techos altos y que daba la impresión de estar vacía,
en la cual estaba obligado a permanecer tumbado en el suelo, lo
asustaba sin que pudiera descubrir cuál era la causa, puesto que era
la habitación que ocupaba desde hacía cinco años, y con un giro
medio inconsciente y no sin una cierta vergüenza, se apresuró a
meterse bajo el canapé, en donde, a pesar de que su caparazón era
algo estrujado y a pesar de que ya no podía levantar la cabeza, se
sintió pronto muy cómodo y solamente lamentó que su cuerpo fuese
demasiado ancho para poder desaparecer por completo debajo del
canapé.
Allí permaneció durante toda la
noche, que pasó, en parte, inmerso en un semisueño, del que una y
otra vez lo despertaba el hambre con un sobresalto, y, en parte, entre
preocupaciones y confusas esperanzas, que lo llevaban a la
consecuencia de que, de momento, debía comportarse con calma y, con
la ayuda de una gran paciencia y de una gran consideración por parte
de la familia, tendría que hacer soportables las molestias que
Gregorio, en su estado actual, no podía evitar producirles.
Ya muy de mañana, era todavía
casi de noche, tuvo Gregorio la oportunidad de poner a prueba las
decisiones que acababa de tomar, porque la hermana, casi vestida del
todo, abrió la puerta desde el vestíbulo y miró con expectación
hacia dentro. No lo encontró enseguida, pero cuando lo descubrió
debajo del canapé –¡Dios mío, tenía que estar en alguna parte,
no podía haber volado!– se asustó tanto que, sin poder dominarse,
volvió a cerrar la puerta desde afuera. Pero como si se arrepintiese
de su comportamiento, inmediatamente la abrió de nuevo y entró de
puntillas, como si se tratase de un enfermo grave o de un extraño.
Gregorio había adelantado la cabeza casi hasta el borde del canapé y
la observaba. ¿Se daría cuenta de que había dejado la leche, y no
por falta de hambre, y le traería otra comida más adecuada? Si no
caía en la cuenta por sí misma Gregorio preferiría morir de hambre
antes que llamarle la atención sobre esto, a pesar de que sentía
unos enormes deseos de salir de debajo del canapé, arrojarse a los
pies de la hermana y rogarle que le trajese algo bueno de comer. Pero
la hermana reparó con sorpresa en la escudilla llena, a cuyo
alrededor se había vertido un poco de leche, y la levantó del suelo,
aunque no lo hizo directamente con las manos, sino con un trapo, y se
la llevó. Gregorio tenía mucha curiosidad por saber lo que le
traería en su lugar, e hizo al respecto las más diversas conjeturas.
Pero nunca hubiese podido adivinar lo que la bondad de la hermana iba
realmente a hacer. Para poner a prueba su gusto, le trajo muchas cosas
para elegir, todas ellas extendidas sobre un viejo periódico. Había
verduras pasadas medio podridas, huesos de la cena, rodeados de una
salsa blanca que se había ya endurecido, algunas uvas pasas y
almendras, un queso que, hacía dos días, Gregorio había calificado
de incomible, un trozo de pan, otro trozo de pan untado con
mantequilla y otro trozo de pan untado con mantequilla y sal. Además
añadió a todo esto la escudilla que, a partir de ahora,
probablemente estaba destinada a Gregorio, en la cual había echado
agua. Y por delicadeza, como sabía que Gregorio nunca comería
delante de ella, se retiró rápidamente e incluso echó la llave,
para que Gregorio se diese cuenta de que podía ponerse todo lo
cómodo que desease. Las patitas de Gregorio zumbaban cuando se
acercaba el momento de comer. Por cierto, sus heridas ya debían estar
curadas del todo porque ya no notaba molestia alguna; se asombró y
pensó en cómo, hacía más de un mes, se había cortado un poco un
dedo y esa herida, todavía anteayer, le dolía bastante. ¿Tendré
ahora menos sensibilidad?, pensó, y ya chupaba con voracidad el
queso, que fue lo que más fuertemente y de inmediato lo atrajo de
todo. Sucesivamente, a toda velocidad, y con los ojos llenos de
lágrimas de alegría, devoró el queso, las verduras y la salsa; los
alimentos frescos, por el contrario, no le gustaban, ni siquiera
podía soportar su olor, e incluso alejó un poco las cosas que
quería comer. Ya hacía tiempo que había terminado y permanecía
tumbado perezosamente en el mismo sitio, cuando la hermana, como
señal de que debía retirarse, giró lentamente la llave. Esto lo
asustó, a pesar de que ya dormitaba, y se apresuró a esconderse bajo
el canapé, pero le costó una gran fuerza de voluntad permanecer
debajo del canapé aun el breve tiempo en el que la hermana estuvo en
la habitación, porque, a causa de la abundante comida, el vientre se
había redondeado un poco y apenas podía respirar en el reducido
espacio. Entre pequeños ataques de asfixia, veía con ojos un poco
saltones cómo la hermana, que nada imaginaba de esto, no solamente
barría con su escoba los restos, sino también los alimentos que
Gregorio ni siquiera había tocado, como si éstos ya no se pudiesen
utilizar, y cómo lo tiraba todo precipitadamente a un cubo, que
cerró con una tapa de madera, después de lo cual se lo llevó todo.
Apenas se había dado la vuelta cuando Gregorio salía ya de debajo
del canapé, se estiraba y se inflaba.
De esta forma recibía Gregorio su
comida diaria una vez por la mañana, cuando los padres y la criada
todavía dormían, y la segunda vez después de la comida del
mediodía, porque entonces los padres dormían un ratito y la hermana
mandaba a la criada a algún recado. Sin duda los padres no querían
que Gregorio se muriese de hambre, pero quizá no hubieran podido
soportar enterarse de sus costumbres alimenticias más de lo que de
ellas les dijese la hermana; quizá la hermana quería ahorrarles una
pequeña pena porque, de hecho, ya sufrían bastante.
Gregorio no pudo enterarse de las
excusas con las que el médico y el cerrajero habían sido despedidos
de la casa en aquella primera mañana, puesto que, como no podían
entenderle, nadie, ni siquiera la hermana, pensaba que él pudiera
entender a los demás, y así, cuando la hermana estaba en su
habitación, tenía que conformarse con escuchar de vez en cuando sus
suspiros y sus invocaciones a los santos. Sólo más tarde, cuando ya
se había acostumbrado un poco a todo –naturalmente nunca podría
pensarse en que se acostumbrase del todo–, cazaba Gregorio a veces
una observación hecha amablemente o que así podía interpretarse:
«Hoy sí que le ha gustado», decía cuando Gregorio había comido
con abundancia, mientras que, en el caso contrario, que poco a poco se
repetía con más frecuencia, solía decir casi con tristeza: «Hoy ha
sobrado todo».
Mientras que Gregorio no se
enteraba de novedad alguna de forma directa, escuchaba algunas cosas
procedentes de las habitaciones contiguas. Y allí donde escuchaba
voces una sola vez, corría enseguida hacia la puerta correspondiente
y se estrujaba con todo su cuerpo contra ella. Especialmente en los
primeros tiempos no había ninguna conversación que de alguna manera,
si bien sólo en secreto, no tratase de él. A lo largo de dos días
se escucharon durante las comidas discusiones sobre cómo se debían
comportar ahora; pero también entre las comidas se hablaba del mismo
tema, porque siempre había en casa al menos dos miembros de la
familia, ya que seguramente nadie quería quedarse solo en casa, y
tampoco podían dejar de ningún modo la casa sola. Incluso ya el
primer día la criada (no estaba del todo claro qué y cuánto sabía
de lo ocurrido) había pedido de rodillas a la madre que la despidiese
inmediatamente, y cuando, un cuarto de hora después, se marchaba con
lágrimas en los ojos, daba gracias por el despido como por el favor
más grande que pudiese hacérsele, y sin que nadie se lo pidiese hizo
un solemne juramento de no decir nada a nadie.
Ahora la hermana, junto con la
madre, tenía que cocinar, si bien esto no ocasionaba demasiado
trabajo porque apenas se comía nada. Una y otra vez escuchaba
Gregorio cómo uno animaba en vano al otro a que comiese y no recibía
más contestación que: «¡Gracias, tengo suficiente!», o algo
parecido. Quizá tampoco se bebía nada. A veces la hermana preguntaba
al padre si quería tomar una cerveza, y se ofrecía amablemente a ir
ella misma a buscarla, y como el padre permanecía en silencio,
añadía para que él no tuviese reparos, que también podía mandar a
la portera, pero entonces el padre respondía, por fin, con un
poderoso «no», y ya no se hablaba más del asunto.
Ya en el transcurso del primer
día el padre explicó tanto a la madre como a la hermana toda la
situación económica y las perspectivas. De vez en cuando se
levantaba de la mesa y recogía de la pequeña caja marca Wertheim,
que había salvado de la quiebra de su negocio ocurrida hacía cinco
años, algún documento o libro de anotaciones. Se oía cómo abría
el complicado cerrojo y lo volvía a cerrar después de sacar lo que
buscaba. Estas explicaciones del padre eran, en parte, la primera cosa
grata que Gregorio oía desde su encierro. Gregorio había creído que
al padre no le había quedado nada de aquel negocio, al menos el padre
no le había dicho nada en sentido contrario, y, por otra parte,
tampoco Gregorio le había preguntado. En aquel entonces la
preocupación de Gregorio había sido hacer todo lo posible para que
la familia olvidase rápidamente el desastre comercial que los había
sumido a todos en la más completa desesperación, y así había
empezado entonces a trabajar con un ardor muy especial y, casi de la
noche a la mañana, había pasado a ser de un simple dependiente a un
viajante que, naturalmente, tenía otras muchas posibilidades de ganar
dinero, y cuyos éxitos profesionales, en forma de comisiones, se
convierten inmediatamente en dinero constante y sonante, que se podía
poner sobre la mesa en casa ante la familia asombrada y feliz. Habían
sido buenos tiempos y después nunca se habían repetido, al menos con
ese esplendor, a pesar de que Gregorio, después, ganaba tanto dinero,
que estaba en situación de cargar con todos los gastos de la familia
y así lo hacía. Se habían acostumbrado a esto tanto la familia como
Gregorio; se aceptaba el dinero con agradecimiento, él lo entregaba
con gusto, pero ya no emanaba de ello un calor especial. Solamente la
hermana había permanecido unida a Gregorio, y su intención secreta
consistía en mandarla el año próximo al conservatorio sin tener en
cuenta los grandes gastos que ello traería consigo y que se
compensarían de alguna otra forma, porque ella, al contrario que
Gregorio, sentía un gran amor por la música y tocaba el violín de
una forma conmovedora. Con frecuencia, durante las breves estancias de
Gregorio en la ciudad, se mencionaba el conservatorio en las
conversaciones con la hermana, pero sólo como un hermoso sueño en
cuya realización no podía ni pensarse, y a los padres ni siquiera
les gustaba escuchar estas inocentes alusiones; pero Gregorio pensaba
decididamente en ello y tenía la intención de darlo a conocer
solemnemente en Nochebuena.
Este tipo de pensamientos,
completamente inútiles en su estado actual, eran los que le pasaban
por la cabeza mientras permanecía allí pegado a la puerta y
escuchaba. A veces ya no podía escuchar más de puro cansando y, en
un descuido, se golpeaba la cabeza contra la puerta, pero
inmediatamente volvía a levantarla, porque incluso el pequeño ruido
que había producido con ello había sido escuchado al lado y había
hecho enmudecer a todos.
–¿Qué es lo que hará? –decía
el padre pasados unos momentos y dirigiéndose a todas luces hacia la
puerta; después se reanudaba poco a poco la conversación que había
sido interrumpida.
De esta forma Gregorio se enteró
muy bien –el padre solía repetir con frecuencia sus explicaciones,
en parte porque él mismo ya hacía tiempo que no se ocupaba de estas
cosas, y, en parte también, porque la madre no entendía todo a la
primera– de que, a pesar de la desgracia, todavía quedaba una
pequeña fortuna; que los intereses, aún intactos, habían aumentado
un poco más durante todo este tiempo. Además, el dinero que Gregorio
había traído todos los meses a casa –él sólo había guardado
para sí unos pocos florines– no se había gastado del todo y se
había convertido en un pequeño capital. Gregorio, detrás de su
puerta, asentía entusiasmado, contento por la inesperada previsión y
ahorro. La verdad es que con ese dinero sobrante Gregorio podía haber
ido liquidando la deuda que tenía el padre con el jefe y el día en
que, por fin, hubiese podido abandonar ese trabajo habría estado más
cercano; pero ahora era sin duda mucho mejor así, tal y como lo
había organizado el padre.
Sin embargo, este dinero no era
del todo suficiente como para que la familia pudiese vivir de los
intereses; bastaba quizá para mantener a la familia uno, como mucho
dos años, más era imposible. Así pues, se trataba de una suma de
dinero que, en realidad, no podía tocarse, y que debía ser reservada
para un caso de necesidad, pero el dinero para vivir había que
ganarlo. Ahora bien, el padre era ciertamente un hombre sano, pero ya
viejo, que desde hacía cinco años no trabajaba y que, en todo caso,
no debía confiar mucho en sus fuerzas; durante estos cinco años, que
habían sido las primeras vacaciones de su esforzada y, sin embargo,
infructuosa existencia, había engordado mucho, y por ello se había
vuelto muy torpe. ¿Y la anciana madre? ¿Tenía ahora que ganar
dinero, ella que padecía de asma, a quien un paseo por la casa
producía fatiga, y que pasaba uno de cada dos días con dificultades
respiratorias, tumbada en el sofá con la ventana abierta? ¿Y la
hermana también tenía que ganar dinero, ella que todavía era una
criatura de diecisiete años, a quien uno se alegraba de poder
proporcionar la forma de vida que había llevado hasta ahora, y que
consistía en vestirse bien, dormir mucho, ayudar en la casa,
participar en algunas diversiones modestas y, sobre todo, tocar el
violín? Cuando se empezaba a hablar de la necesidad de ganar dinero
Gregorio acababa por abandonar la puerta y arrojarse sobre el fresco
sofá de cuero, que estaba junto a la puerta, porque se ponía al rojo
vivo de vergüenza y tristeza.
A veces permanecía allí tumbado
durante toda la noche, no dormía ni un momento, y se restregaba
durante horas sobre el cuero. O bien no retrocedía ante el gran
esfuerzo de empujar una silla hasta la ventana, trepar a continuación
hasta el antepecho y, subido en la silla, apoyarse en la ventana y
mirar a través de la misma, sin duda como recuerdo de lo libre que se
había sentido siempre que anteriormente había estado apoyado aquí.
Porque, efectivamente, de día en día, veía cada vez con menos
claridad las cosas que ni siquiera estaban muy alejadas: ya no podía
ver el hospital de enfrente, cuya visión constante había antes
maldecido, y si no hubiese sabido muy bien que vivía en la tranquila
pero central Charlottenstrasse, podría haber creído que veía desde
su ventana un desierto en el que el cielo gris y la gris tierra se
unían sin poder distinguirse uno de otra. Sólo dos veces había sido
necesario que su atenta hermana viese que la silla estaba bajo la
ventana para que, a partir de entonces, después de haber recogido la
habitación, la colocase siempre bajo aquélla, e incluso dejase
abierta la contraventana interior.
Si Gregorio hubiese podido hablar
con la hermana y darle las gracias por todo lo que tenía que hacer
por él, hubiese soportado mejor sus servicios, pero de esta forma
sufría con ellos. Ciertamente, la hermana intentaba hacer más
llevadero lo desagradable de la situación, y, naturalmente, cuanto
más tiempo pasaba, tanto más fácil le resultaba conseguirlo, pero
también Gregorio adquirió con el tiempo una visión de conjunto más
exacta. Ya el solo hecho de que la hermana entrase le parecía
terrible.
Apenas había entrado, sin tomarse
el tiempo necesario para cerrar la puerta, y eso que siempre ponía
mucha atención en ahorrar a todos el espectáculo que ofrecía la
habitación de Gregorio, corría derecha hacia la ventana y la abría
de par en par, con manos presurosas, como si se asfixiase y, aunque
hiciese mucho frío, permanecía durante algunos momentos ante ella, y
respiraba profundamente. Estas carreras y ruidos asustaban a Gregorio
dos veces al día; durante todo ese tiempo temblaba bajo el canapé y
sabía muy bien que ella le hubiese evitado con gusto todo esto, si es
que le hubiese sido posible permanecer con la ventana cerrada en la
habitación en la que se encontraba Gregorio.
Una vez, hacía aproximadamente un
mes de la transformación de Gregorio, y el aspecto de éste ya no era
para la hermana motivo especial de asombro, llegó un poco antes de lo
previsto y encontró a Gregorio mirando por la ventana, inmóvil y
realmente colocado para asustar. Para Gregorio no hubiese sido
inesperado si ella no hubiese entrado, ya que él, con su posición,
impedía que ella pudiese abrir de inmediato la ventana, pero ella no
solamente no entró, sino que retrocedió y cerró la puerta; un
extraño habría podido pensar que Gregorio la había acechado y
había querido morderla. Gregorio, naturalmente, se escondió
enseguida bajo el canapé, pero tuvo que esperar hasta mediodía antes
de que la hermana volviese de nuevo, y además parecía mucho más
intranquila que de costumbre. Gregorio sacó la conclusión de que su
aspecto todavía le resultaba insoportable y continuaría
pareciéndoselo, y que ella tenía que dominarse a sí misma para no
salir corriendo al ver incluso la pequeña parte de su cuerpo que
sobresalía del canapé. Para ahorrarle también ese espectáculo,
transportó un día sobre la espalda –para ello necesitó cuatro
horas– la sábana encima del canapé, y la colocó de tal forma que
él quedaba tapado del todo, y la hermana, incluso si se agachaba, no
podía verlo. Si, en opinión de la hermana, esa sábana no hubiese
sido necesaria, podría haberla retirado, porque estaba
suficientemente claro que Gregorio no se aislaba por gusto, pero dejó
la sábana tal como estaba, e incluso Gregorio creyó adivinar una
mirada de gratitud cuando, con cuidado, levantó la cabeza un poco
para ver cómo acogía la hermana la nueva disposición.
Durante los primeros catorce
días, los padres no consiguieron decidirse a entrar en su
habitación, y Gregorio escuchaba con frecuencia cómo ahora
reconocían el trabajo de la hermana, a pesar de que anteriormente se
habían enfadado muchas veces con ella, porque les parecía una chica
un poco inútil. Pero ahora, a veces, ambos, el padre y la madre,
esperaban ante la habitación de Gregorio mientras la hermana la
recogía y, apenas había salido, tenía que contar con todo detalle
qué aspecto tenía la habitación, lo que había comido Gregorio,
cómo se había comportado esta vez y si, quizá, se advertía una
pequeña mejoría. Por cierto, la madre quiso entrar a ver a Gregorio
relativamente pronto, pero el padre y la hermana se lo impidieron, al
principio con argumentos racionales, que Gregorio escuchaba con mucha
atención, y con los que estaba muy de acuerdo, pero más tarde hubo
que impedírselo por la fuerza, y si entonces gritaba: «¡Déjenme
entrar a ver a Gregorio, pobre hijo mío! ¿Es que no comprenden que
tengo que entrar a verlo?» Entonces Gregorio pensaba que quizá
sería bueno que la madre entrase, naturalmente no todos los días,
pero sí una vez a la semana; ella comprendía todo mucho mejor que la
hermana, que, a pesar de todo su valor, no era más que una niña, y,
en última instancia, quizá sólo se había hecho cargo de una tarea
tan difícil por irreflexión infantil.
El deseo de Gregorio de ver a la
madre pronto se convirtió en realidad. Durante el día Gregorio no
quería mostrarse por la ventana, por consideración a sus padres,
pero tampoco podía arrastrarse demasiado por los pocos metros
cuadrados del suelo; ya soportaba con dificultad estar tumbado
tranquilamente durante la noche, pronto ya ni siquiera la comida le
producía alegría alguna y así, para distraerse, adoptó la
costumbre de arrastrarse en todas direcciones por las paredes y el
techo. Le gustaba especialmente permanecer colgado del techo; era algo
muy distinto a estar tumbado en el suelo; se respiraba con más
libertad; un ligero balanceo atravesaba el cuerpo; y sumido en la casi
feliz distracción en la que se encontraba allí arriba, podía
ocurrir que, para su sorpresa, se dejase caer y se golpease contra el
suelo. Pero ahora, naturalmente, dominaba su cuerpo de una forma muy
distinta a como lo había hecho antes y no se hacía daño, incluso
después de semejante caída. La hermana se dio cuenta inmediatamente
de la nueva diversión que Gregorio había descubierto –al
arrastrarse dejaba tras de sí, por todas partes, huellas de su
sustancia pegajosa– y entonces se le metió en la cabeza
proporcionar a Gregorio la posibilidad de arrastrarse a gran escala y
sacar de allí los muebles que lo impedían, es decir, sobre todo el
armario y el escritorio. Ella no era capaz de hacerlo todo sola,
tampoco se atrevía a pedir ayuda al padre; la criada no la hubiese
ayudado seguramente, porque esa chica, de unos dieciséis años,
resistía ciertamente con valor desde que se despidió a la cocinera
anterior, pero había pedido el favor de poder mantener la cocina
constantemente cerrada y abrirla solamente a una señal determinada.
Así pues, no le quedó a la hermana más remedio que valerse de la
madre, una vez que estaba el padre ausente.
Con exclamaciones de excitada
alegría se acercó la madre, pero enmudeció ante la puerta de la
habitación de Gregorio. Primero la hermana se aseguró de que todo en
la habitación estaba en orden, después dejó entrar a la madre.
Gregorio se había apresurado a colocar la sábana aún más bajo y
con más pliegues, de modo que, de verdad, tenía el aspecto de una
sábana lanzada casualmente sobre el canapé. Gregorio se abstuvo esta
vez de espiar por debajo de la sábana; renunció a ver esta vez a la
madre y se contentaba sólo conque hubiese venido.
–Vamos, acércate, no se le ve
–dijo la hermana, y, sin duda, llevaba a la madre de la mano.
Gregorio oyó entonces cómo las dos débiles mujeres movían de su
sitio el pesado y viejo armario, y cómo la hermana siempre se cargaba
la mayor parte del trabajo, sin escuchar las advertencias de la madre
que temía que se esforzase demasiado. Duró mucho tiempo.
Aproximadamente después de un cuarto de hora de trabajo dijo la madre
que deberían dejar aquí el armario, porque, en primer lugar, era
demasiado pesado y no acabarían antes de que regresase el padre, y
con el armario en medio de la habitación le bloqueaban a Gregorio
cualquier camino y, en segundo lugar, no era del todo seguro que se le
hiciese a Gregorio un favor con retirar los muebles. A ella le
parecía precisamente lo contrario, la vista de las paredes desnudas
le oprimía el corazón, y por qué no iba a sentir Gregorio lo mismo,
puesto que ya hacía tiempo que estaba acostumbrado a los muebles de
la habitación, y por eso se sentiría abandonado en la habitación
vacía.
–Y es que acaso no... –finalizó
la madre en voz baja, aunque ella hablaba siempre casi susurrando,
como si quisiera evitar que Gregorio, cuyo escondite exacto ella
ignoraba, escuchase siquiera el sonido de su voz, porque ella estaba
convencida de que él no entendía las palabras.
–¿Y es que acaso no parece que
retirando los muebles le mostramos que perdemos toda esperanza de
mejoría y lo abandonamos a su suerte sin consideración alguna? Yo
creo que lo mejor sería que intentásemos conservar la habitación en
el mismo estado en que se encontraba antes, para que Gregorio, cuando
regrese de nuevo con nosotros, encuentre todo tal como estaba y pueda
olvidar más fácilmente este paréntesis de tiempo.
Al escuchar estas palabras de la
madre, Gregorio reconoció que la falta de toda conversación
inmediata con un ser humano, junto a la vida monótona en el seno de
la familia, tenía que haber confundido sus facultades mentales a lo
largo de estos dos meses, porque de otro modo no podía explicarse que
hubiese podido desear seriamente que se vaciase su habitación.
¿Deseaba realmente permitir que transformasen la cálida habitación
amueblada confortablemente, con muebles heredados de su familia, en
una cueva en la que, efectivamente, podría arrastrarse en todas
direcciones sin obstáculo alguno, teniendo, sin embargo, como
contrapartida, que olvidarse al mismo tiempo, rápidamente y por
completo, de su pasado humano? Ya se encontraba a punto de olvidar y
solamente le había animado la voz de su madre, que no había oído
desde hacía tiempo. Nada debía retirarse, todo debía quedar como
estaba, no podía prescindir en su estado de la bienhechora influencia
de los muebles, y si los muebles le impedían arrastrarse sin sentido
de un lado para otro, no se trataba de un perjuicio, sino de una gran
ventaja.
Pero la hermana era,
lamentablemente, de otra opinión; no sin cierto derecho, se había
acostumbrado a aparecer frente a los padres como experta al discutir
sobre asuntos concernientes a Gregorio, y de esta forma el consejo de
la madre era para la hermana motivo suficiente para retirar no sólo
el armario y el escritorio, como había pensado en un principio, sino
todos los muebles a excepción del imprescindible canapé.
Naturalmente, no sólo se trataba de una terquedad pueril y de la
confianza en sí misma que en los últimos tiempos, de forma tan
inesperada y difícil, había conseguido, lo que la impulsaba a esta
exigencia; ella había observado, efectivamente, que Gregorio
necesitaba mucho sitio para arrastrarse y que, en cambio, no utilizaba
en absoluto los muebles, al menos por lo que se veía. Pero quizá
jugaba también un papel importante el carácter exaltado de una chica
de su edad, que busca su satisfacción en cada oportunidad, y por el
que Greta ahora se dejaba tentar con la intención de hacer más que
ahora, porque en una habitación en la que sólo Gregorio era dueño y
señor de las paredes vacías, no se atrevería a entrar ninguna otra
persona más que Greta.
Así pues, no se dejó disuadir de
sus propósitos por la madre, que también, de pura inquietud,
parecía sentirse insegura en esta habitación; pronto enmudeció y
ayudó a la hermana con todas sus fuerzas a sacar el armario. Bueno,
en caso de necesidad, Gregorio podía prescindir del armario, pero el
escritorio tenía que quedarse; y apenas habían abandonado las
mujeres la habitación con el armario, en el cual se apoyaban
gimiendo, cuando Gregorio sacó la cabeza de debajo del canapé para
ver cómo podía tomar cartas en el asunto lo más prudente y
discretamente posible. Pero, por desgracia, fue precisamente la madre
quien regresó primero, mientras Greta, en la habitación contigua,
sujetaba el armario rodeándolo con los brazos y lo empujaba sola de
acá para allá, naturalmente, sin moverlo un ápice de su sitio. Pero
la madre no estaba acostumbrada a ver a Gregorio, podría haberse
puesto enferma por su culpa, y así Gregorio, andando hacia atrás, se
alejó asustado hasta el otro extremo del canapé, pero no pudo evitar
que la sábana se moviese un poco por la parte de delante. Esto fue
suficiente para llamar la atención de la madre. Ésta se detuvo,
permaneció allí un momento en silencio y luego volvió con Greta.
A pesar de que Gregorio se
repetía una y otra vez que no ocurría nada fuera de lo común, sino
que sólo se cambiaban de sitio algunos muebles, sin embargo, como
pronto habría de confesarse a sí mismo, este ir y venir de las
mujeres, sus breves gritos, el arrastre de los muebles sobre el suelo,
le producían la impresión de un gran barullo, que crecía procedente
de todas las direcciones y, por mucho que encogía la cabeza y las
patas sobre sí mismo y apretaba el cuerpo contra el suelo, tuvo que
confesarse irremisiblemente que no soportaría todo esto mucho tiempo.
Ellas le vaciaban su habitación, le quitaban todo aquello a lo que
tenía cariño, el armario en el que guardaba la sierra y otras
herramientas ya lo habían sacado; ahora ya aflojaban el escritorio,
que estaba fijo al suelo, en el cual había hecho sus deberes cuando
era estudiante de comercio, alumno del instituto e incluso alumno de
la escuela primaria. Ante esto no le quedaba ni un momento para
comprobar las buenas intenciones que tenían las dos mujeres, y cuya
existencia, por cierto, casi había olvidado, porque de puro
agotamiento trabajaban en silencio y solamente se oían las sordas
pisadas de sus pies.
Y así salió de repente –las
mujeres estaban en ese momento en la habitación contigua, apoyadas en
el escritorio para tomar aliento–, cambió cuatro veces la
dirección de su marcha, no sabía a ciencia cierta qué era lo que
debía salvar primero, cuando vio en la pared ya vacía, llamándole
la atención, el cuadro de la mujer envuelta en pieles. Se arrastró
apresuradamente hacia arriba y se apretó contra el cuadro, cuyo
cristal lo sujetaba y le aliviaba el ardor de su vientre. Al menos
este cuadro, que Gregorio tapaba ahora por completo, seguro que no se
lo llevaba nadie. Volvió la cabeza hacia la puerta del cuarto de
estar para observar a las mujeres cuando volviesen.
No se habían permitido una larga
tregua y ya volvían; Greta había rodeado a su madre con el brazo y
casi la llevaba en volandas.
–¿Qué nos llevamos ahora? –dijo
Greta, y miró a su alrededor. Entonces sus miradas se cruzaron con
las de Gregorio, que estaba en la pared. Seguramente sólo a causa de
la presencia de la madre conservó su serenidad, inclinó su rostro
hacia la madre, para impedir que ella mirase a su alrededor, y dijo
temblando y aturdida:
–Ven, ¿nos volvemos un momento
al cuarto de estar?
Gregorio veía claramente la
intención de Greta, quería llevar a la madre a un lugar seguro y
luego echarle de la pared. Bueno, ¡que lo intentase! Él
permanecería sobre su cuadro y no renunciaría a él. Prefería
saltarle a Greta a la cara.
Pero justamente las palabras de
Greta inquietaron a la madre, quien se echó a un lado y vio la
gigantesca mancha pardusca sobre el papel pintado de flores y, antes
de darse realmente cuenta de que aquello que veía era Gregorio,
gritó con voz ronca y estridente:
–¡Ay Dios mío, ay Dios mío!
–y con los brazos extendidos cayó sobre el canapé, como si
renunciase a todo, y se quedó allí inmóvil.
–¡Cuidado, Gregorio! –gritó
la hermana levantando el puño y con una mirada penetrante. Desde la
transformación eran estas las primeras palabras que le dirigía
directamente. Corrió a la habitación contigua para buscar alguna
esencia con la que pudiese despertar a su madre de su inconsciencia;
Gregorio también quería ayudar –había tiempo más que suficiente
para salvar el cuadro–, pero estaba pegado al cristal y tuvo que
desprenderse con fuerza, luego corrió también a la habitación de al
lado como si pudiera dar a la hermana algún consejo, como en otros
tiempos, pero tuvo que quedarse detrás de ella sin hacer nada; cuando
Greta volvía entre diversos frascos, se asustó al darse la vuelta y
un frasco se cayó al suelo y se rompió y un trozo de cristal hirió
a Gregorio en la cara; una medicina corrosiva se derramó sobre él.
Sin detenerse más tiempo, Greta cogió todos los frascos que podía
llevar y corrió con ellos hacia donde estaba la madre; cerró la
puerta con el pie. Gregorio estaba ahora aislado de la madre, que
quizá estaba a punto de morir por su culpa; no debía abrir la
habitación, no quería echar a la hermana que tenía que permanecer
con la madre; ahora no tenía otra cosa que hacer que esperar; y,
afligido por los remordimientos y la preocupación, comenzó a
arrastrarse, se arrastró por todas partes: paredes, muebles y techos,
y finalmente, en su desesperación, cuando ya la habitación empezaba
a dar vueltas a su alrededor, se desplomó en medio de la gran mesa.
Pasó un momento, Gregorio yacía
allí extenuado, a su alrededor todo estaba tranquilo, quizá esto era
una buena señal. Entonces sonó el timbre. La chica estaba,
naturalmente, encerrada en su cocina y Greta tenía que ir a abrir. El
padre había llegado.
–¿Qué ha ocurrido? –fueron
sus primeras palabras.
El aspecto de Greta lo revelaba
todo. Greta contestó con voz ahogada, si duda apretaba su rostro
contra el pecho del padre:
–Madre se quedó inconsciente,
pero ya está mejor. Gregorio ha escapado.
–Ya me lo esperaba –dijo el
padre–, se los he dicho una y otra vez, pero ustedes, las mujeres,
nunca hacen caso.
Gregorio se dio cuenta de que el
padre había interpretado mal la escueta información de Greta y
sospechaba que Gregorio había hecho uso de algún acto violento. Por
eso ahora tenía que intentar apaciguar al padre, porque para darle
explicaciones no tenía ni el tiempo ni la posibilidad. Así pues,
Gregorio se precipitó hacia la puerta de su habitación y se apretó
contra ella para que el padre, ya desde el momento en que entrase en
el vestíbulo, viese que Gregorio tenía la más sana intención de
regresar inmediatamente a su habitación, y que no era necesario
hacerle retroceder, sino que sólo hacía falta abrir la puerta e
inmediatamente desaparecería. Pero el padre no estaba en situación
de advertir tales sutilezas.
–¡Ah! –gritó al entrar, en
un tono como si al mismo tiempo estuviese furioso y contento. Gregorio
retiró la cabeza de la puerta y la levantó hacia el padre. Nunca se
hubiese imaginado así al padre, tal y como estaba allí; bien es
verdad que en los últimos tiempos, puesta su atención en arrastrarse
por todas partes, había perdido la ocasión de preocuparse como antes
de los asuntos que ocurrían en el resto de la casa, y tenía
realmente que haber estado preparado para encontrar las circunstancias
cambiadas. Aun así, aun así. ¿Era este todavía el padre? ¿El
mismo hombre que yacía sepultado en la cama, cuando, en otros
tiempos, Gregorio salía en viaje de negocios? ¿El mismo hombre que,
la tarde en que volvía, le recibía en bata sentado en su sillón, y
que no estaba en condiciones de levantarse, sino que, como señal de
alegría, sólo levantaba los brazos hacia él? ¿El mismo hombre que,
durante los poco frecuentes paseos en común, un par de domingos al
año o en las festividades más importantes, se abría paso hacia
delante entre Gregorio y la madre, que ya de por sí andaban despacio,
aún más despacio que ellos, envuelto en su viejo abrigo, siempre
apoyando con cuidado el bastón, y que, cuando quería decir algo,
casi siempre se quedaba parado y congregaba a sus acompañantes a su
alrededor? Pero ahora estaba muy derecho, vestido con un rígido
uniforme azul con botones, como los que llevan los ordenanzas de los
bancos; por encima del cuello alto y tieso de la chaqueta sobresalía
su gran papada; por debajo de las pobladas cejas se abría paso la
mirada, despierta y atenta, de unos ojos negros. El cabello blanco, en
otro tiempo desgreñado, estaba ahora ordenado en un peinado a raya
brillante y exacto. Arrojó su gorra, en la que había bordado un
monograma dorado, probablemente el de un banco, sobre el canapé a
través de la habitación formando un arco, y se dirigió hacia
Gregorio con el rostro enconado, las puntas de la larga chaqueta del
uniforme echadas hacia atrás, y las manos en los bolsillos del
pantalón. Probablemente ni él mismo sabía lo que iba a hacer, sin
embargo levantaba los pies a una altura desusada y Gregorio se
asombró del tamaño enorme de las suelas de sus botas. Pero Gregorio
no permanecía parado, ya sabía desde el primer día de su nueva vida
que el padre, con respecto a él, sólo consideraba oportuna la mayor
rigidez. Y así corría delante del padre, se paraba si el padre se
paraba, y se apresuraba a seguir hacia delante con sólo que el padre
se moviese. Así recorrieron varias veces la habitación sin que
ocurriese nada decisivo y sin que ello hubiese tenido el aspecto de
una persecución, como consecuencia de la lentitud de su recorrido.
Por eso Gregorio permaneció de momento sobre el suelo, especialmente
porque temía que el padre considerase una especial maldad por su
parte la huida a las paredes o al techo. Por otra parte, Gregorio tuvo
que confesarse a sí mismo que no soportaría por mucho tiempo estas
carreras, porque mientras el padre daba un paso, él tenía que
realizar un sinnúmero de movimientos. Ya comenzaba a sentir ahogos,
bien es verdad que tampoco anteriormente había tenido unos pulmones
dignos de confianza. Mientras se tambaleaba con la intención de
reunir todas sus fuerzas para la carrera, apenas tenía los ojos
abiertos; en su embotamiento no pensaba en otra posibilidad de
salvación que la de correr; y ya casi había olvidado que las paredes
estaban a su disposición, bien es verdad que éstas estaban
obstruidas por muelles llenos de esquinas y picos. En ese momento
algo, lanzado sin fuerza, cayó junto a él, y echó a rodar por
delante de él. Era una manzana; inmediatamente siguió otra; Gregorio
se quedó inmóvil del susto; seguir corriendo era inútil, porque el
padre había decidido bombardearle. Con la fruta procedente del
frutero que estaba sobre el aparador se había llenado los bolsillos y
lanzaba manzana tras manzana sin apuntar con exactitud, de momento.
Estas pequeñas manzanas rojas rodaban por el suelo como
electrificadas y chocaban unas con otras. Una manzana lanzada sin
fuerza rozó la espalda de Gregorio, pero resbaló sin causarle
daños. Sin embargo, otra que la siguió inmediatamente, se incrustó
en la espalda de Gregorio; éste quería continuar arrastrándose,
como si el increíble y sorprendente dolor pudiese aliviarse al
cambiar de sitio; pero estaba como clavado y se estiraba, totalmente
desconcertado.
Sólo al mirar por última vez
alcanzó a ver cómo la puerta de su habitación se abría de par en
par y por delante de la hermana, que chillaba, salía corriendo la
madre en enaguas, puesto que la hermana la había desnudado para
proporcionarle aire mientras permanecía inconsciente; vio también
cómo, a continuación, la madre corría hacia el padre y, en el
camino, perdía una tras otra sus enaguas desatadas, y cómo
tropezando con ellas, caía sobre el padre, y abrazándole, unida
estrechamente a él –ya empezaba a fallarle la vista a Gregorio–,
le suplicaba, cruzando las manos por detrás de su nuca, que perdonase
la vida de Gregorio.
III
La grave herida de Gregorio, cuyos dolores soportó
más de un mes –la manzana permaneció empotrada en la carne como
recuerdo visible, ya que nadie se atrevía a retirarla–, pareció
recordar, incluso al padre, que Gregorio, a pesar de su triste y
repugnante forma actual, era un miembro de la familia, a quien no
podía tratarse como a un enemigo, sino frente al cual el deber
familiar era aguantarse la repugnancia y resignarse, nada más que
resignarse.
Y si Gregorio ahora, por culpa de
su herida, probablemente había perdido agilidad para siempre, y por
lo pronto necesitaba para cruzar su habitación como un viejo
inválido largos minutos –no se podía ni pensar en arrastrarse por
las alturas–, sin embargo, en compensación por este empeoramiento
de su estado, recibió, en su opinión, una reparación más que
suficiente: hacia el anochecer se abría la puerta del cuarto de
estar, la cual solía observar fijamente ya desde dos horas antes, de
forma que, tumbado en la oscuridad de su habitación, sin ser visto
desde el comedor, podía ver a toda la familia en la mesa iluminada y
podía escuchar sus conversaciones, en cierto modo con el
consentimiento general, es decir, de una forma completamente distinta
a como había sido hasta ahora.
Naturalmente, ya no se trataba de
las animadas conversaciones de antaño, en las que Gregorio, desde la
habitación de su hotel, siempre había pensado con cierta nostalgia
cuando, cansado, tenía que meterse en la cama húmeda. La mayoría de
las veces transcurría el tiempo en silencio. El padre no tardaba en
dormirse en la silla después de la cena, y la madre y la hermana se
recomendaban mutuamente silencio; la madre, inclinada muy por debajo
de la luz, cosía ropa fina para un comercio de moda; la hermana, que
había aceptado un trabajo como dependienta, estudiaba por la noche
estenografía y francés, para conseguir, quizá más tarde, un puesto
mejor. A veces el padre se despertaba y, como si no supiera que había
dormido, decía a la madre: «¡Cuánto coses hoy también!», e
inmediatamente volvía a dormirse mientras la madre y la hermana se
sonreían mutuamente.
Por una especie de obstinación,
el padre se negaba a quitarse el uniforme mientras estaba en casa; y
mientras la bata colgaba inútilmente de la percha, dormitaba el padre
en su asiento, completamente vestido, como si siempre estuviese
preparado para el servicio e incluso en casa esperase también la voz
de su superior. Como consecuencia, el uniforme, que no era nuevo ya en
un principio, empezó a ensuciarse a pesar del cuidado de la madre y
de la hermana. Gregorio se pasaba con frecuencia tardes enteras
mirando esta brillante ropa, completamente manchada, con sus botones
dorados siempre limpios, con la que el anciano dormía muy incómodo
y, sin embargo, tranquilo.
En cuanto el reloj daba las diez,
la madre intentaba despertar al padre en voz baja y convencerle para
que se fuese a la cama, porque éste no era un sueño auténtico y el
padre tenía necesidad de él, porque tenía que empezar a trabajar a
las seis de la mañana. Pero con la obstinación que se había
apoderado de él desde que se había convertido en ordenanza,
insistía en quedarse más tiempo a la mesa, a pesar de que,
normalmente, se quedaba dormido y, además, sólo con grandes
esfuerzos podía convencérsele de que cambiase la silla por la cama.
Ya podían la madre y la hermana insistir con pequeñas
amonestaciones, durante un cuarto de hora daba cabezadas lentamente,
mantenía los ojos cerrados y no se levantaba. La madre le tiraba del
brazo, diciéndole al oído palabras cariñosas, la hermana abandonaba
su trabajo para ayudar a la madre, pero esto no tenía efecto sobre el
padre. Se hundía más profundamente en su silla. Sólo cuando las
mujeres lo cogían por debajo de los hombros, abría los ojos, miraba
alternativamente a la madre y a la hermana, y solía decir: «¡Qué
vida ésta! ¡Ésta es la tranquilidad de mis últimos días!», y
apoyado sobre las dos mujeres se levantaba pesadamente, como si él
mismo fuese su más pesada carga, se dejaba llevar por ellas hasta la
puerta, allí les hacía una señal de que no las necesitaba, y
continuaba solo, mientras que la madre y la hermana dejaban
apresuradamente su costura y su pluma para correr tras el padre y
continuar ayudándolo.
¿Quién en esta familia, agotada
por el trabajo y rendida de cansancio, iba a tener más tiempo del
necesario para ocuparse de Gregorio? El presupuesto familiar se
reducía cada vez más, la criada acabó por ser despedida. Una
asistenta gigantesca y huesuda, con el pelo blanco y desgreñado,
venía por la mañana y por la noche, y hacía el trabajo más pesado;
todo lo demás lo hacía la madre, además de su mucha costura.
Ocurrió incluso el caso de que varias joyas de la familia, que la
madre y la hermana habían lucido entusiasmadas en reuniones y
fiestas, hubieron de ser vendidas, según se enteró Gregorio por la
noche por la conversación acerca del precio conseguido. Pero el mayor
motivo de queja era que no se podía dejar esta casa, que resultaba
demasiado grande en las circunstancias presentes, ya que no sabían
cómo se podía trasladar a Gregorio. Pero Gregorio comprendía que no
era sólo la consideración hacia él lo que impedía un traslado,
porque se le hubiera podido transportar fácilmente en un cajón
apropiado con un par de agujeros para el aire; lo que, en primer
lugar, impedía a la familia un cambio de casa era, aún más, la
desesperación total y la idea de que habían sido azotados por una
desgracia como no había igual en todo su círculo de parientes y
amigos. Todo lo que el mundo exige de la gente pobre lo cumplían
ellos hasta la saciedad: el padre iba a buscar el desayuno para el
pequeño empleado de banco, la madre se sacrificaba por la ropa de
gente extraña, la hermana, a la orden de los clientes, corría de un
lado para otro detrás del mostrador, pero las fuerzas de la familia
ya no daban para más. La herida de la espalda comenzaba otra vez a
dolerle a Gregorio como recién hecha cuando la madre y la hermana,
después de haber llevado al padre a la cama, regresaban, dejaban a un
lado el trabajo, se acercaban una a otra, sentándose muy juntas.
Entonces la madre, señalando hacia la habitación de Gregorio,
decía: «Cierra la puerta, Greta», y cuando Gregorio se encontraba
de nuevo en la oscuridad, fuera las mujeres confundían sus lágrimas
o simplemente miraban fijamente a la mesa sin llorar.
Gregorio pasaba las noches y los
días casi sin dormir. A veces pensaba que la próxima vez que se
abriese la puerta él se haría cargo de los asuntos de la familia
como antes; en su mente aparecieron de nuevo, después de mucho
tiempo, el jefe y el encargado; los dependientes y los aprendices; el
mozo de los recados, tan corto de luces; dos, tres amigos de otros
almacenes; una camarera de un hotel de provincias; un recuerdo amado y
fugaz: una cajera de una tienda de sombreros a quien había hecho la
corte seriamente, pero con demasiada lentitud; todos ellos aparecían
mezclados con gente extraña o ya olvidada, pero en lugar de ayudarle
a él y a su familia, todos ellos eran inaccesibles, y Gregorio se
sentía aliviado cuando desaparecían. Pero después ya no estaba de
humor para preocuparse por su familia, solamente sentía rabia por el
mal cuidado de que era objeto y, a pesar de que no podía imaginarse
algo que le hiciese sentir apetito, hacía planes sobre cómo podría
llegar a la despensa para tomar de allí lo que quisiese, incluso
aunque no tuviese hambre alguna. Sin pensar más en qué es lo que
podría gustar a Gregorio, la hermana, por la mañana y al mediodía,
antes de marcharse a la tienda, empujaba apresuradamente con el pie
cualquier comida en la habitación de Gregorio, para después
recogerla por la noche con el palo de la escoba, tanto si la comida
había sido probada como si –y éste era el caso más frecuente–
ni siquiera hubiera sido tocada. Recoger la habitación, cosa que
ahora hacía siempre por la noche, no podía hacerse más deprisa.
Franjas de suciedad se extendían por las paredes, por todas partes
había ovillos de polvo y suciedad.
Al principio, cuando llegaba la
hermana, Gregorio se colocaba en el rincón más significativamente
sucio para, en cierto modo, hacerle reproches mediante esta posición.
Pero seguramente hubiese podido permanecer allí semanas enteras sin
que la hermana hubiese mejorado su actitud por ello; ella veía la
suciedad lo mismo que él, pero se había decidido a dejarla allí. Al
mismo tiempo, con una susceptibilidad completamente nueva en ella y
que, en general, se había apoderado de toda la familia, ponía
especial atención en el hecho de que se reservase solamente a ella el
cuidado de la habitación de Gregorio. En una ocasión la madre había
sometido la habitación de Gregorio a una gran limpieza, que había
logrado solamente después de utilizar varios cubos de agua –la
humedad, sin embargo, también molestaba a Gregorio, que yacía
extendido, amargado e inmóvil sobre el canapé–, pero el castigo de
la madre no se hizo esperar, porque apenas había notado la hermana
por la tarde el cambio en la habitación de Gregorio, cuando, herida
en lo más profundo de sus sentimientos, corrió al cuarto de estar y,
a pesar de que la madre suplicaba con las manos levantadas, rompió en
un mar de lágrimas, que los padres –el padre se despertó
sobresaltado en su silla–, al principio, observaban asombrados y sin
poder hacer nada, hasta que, también ellos, comenzaron a sentirse
conmovidos. El padre, a su derecha, reprochaba a la madre que no
hubiese dejado al cuidado de la hermana la limpieza de la habitación
de Gregorio; a su izquierda, decía a gritos a la hermana que nunca
más volvería a limpiar la habitación de Gregorio. Mientras que la
madre intentaba llevar al dormitorio al padre, que no podía más de
irritación, la hermana, sacudida por los sollozos, golpeaba la mesa
con sus pequeños puños, y Gregorio silbaba de pura rabia porque a
nadie se le ocurría cerrar la puerta para ahorrarle este espectáculo
y este ruido.
Pero incluso si la hermana,
agotada por su trabajo, estaba ya harta de cuidar de Gregorio como
antes, tampoco la madre tenía que sustituirla y no era necesario que
Gregorio hubiese sido abandonado, porque para eso estaba la asistenta.
Esa vieja viuda, que en su larga vida debía haber superado lo peor
con ayuda de su fuerte constitución, no sentía repugnancia alguna
por Gregorio. Sin sentir verdadera curiosidad, una vez había abierto
por casualidad la puerta de la habitación de Gregorio y, al verle, se
quedó parada, asombrada con los brazos cruzados, mientras éste,
sorprendido y a pesar de que nadie le perseguía, comenzó a correr de
un lado a otro.
Desde entonces no perdía la
oportunidad de abrir un poco la puerta por la mañana y por la tarde
para echar un vistazo a la habitación de Gregorio. Al principio le
llamaba hacia ella con palabras que, probablemente, consideraba
amables, como: «¡Ven aquí, viejo escarabajo pelotero!» o «¡Miren
al viejo escarabajo pelotero!» Gregorio no contestaba nada a tales
llamadas, sino que permanecía inmóvil en su sitio, como si la puerta
no hubiese sido abierta. ¡Si se le hubiese ordenado a esa asistenta
que limpiase diariamente la habitación en lugar de dejar que le
molestase inútilmente a su antojo! Una vez, por la mañana temprano
–una intensa lluvia golpeaba los cristales, quizá como signo de la
primavera que ya se acercaba– cuando la asistenta empezó otra vez
con sus improperios, Gregorio se enfureció tanto que se dio la vuelta
hacia ella como para atacarla, pero de forma lenta y débil. Sin
embargo, la asistenta, en vez de asustarse, alzó simplemente una
silla, que se encontraba cerca de la puerta, y, tal como permanecía
allí, con la boca completamente abierta, estaba clara su intención
de cerrar la boca sólo cuando la silla que tenía en la mano acabase
en la espalda de Gregorio.
–¿Conque no seguimos adelante?
–preguntó, al ver que Gregorio se daba de nuevo la vuelta, y
volvió a colocar la silla tranquilamente en el rincón.
Gregorio ya no comía casi nada.
Sólo si pasaba por casualidad al lado de la comida tomaba un bocado
para jugar con él en la boca, lo mantenía allí horas y horas y, la
mayoría de las veces acababa por escupirlo. Al principio pensó que
lo que le impedía comer era la tristeza por el estado de su
habitación, pero precisamente con los cambios de la habitación se
reconcilió muy pronto. Se habían acostumbrado a meter en esta
habitación cosas que no podían colocar en otro sitio, y ahora había
muchas cosas de éstas, porque una de las habitaciones de la casa
había sido alquilada a tres huéspedes. Estos señores tan severos
–los tres tenían barba, según pudo comprobar Gregorio por una
rendija de la puerta– ponían especial atención en el orden, no
sólo ya de su habitación, sino de toda la casa, puesto que se
habían instalado aquí, y especialmente en el orden de la cocina. No
soportaban trastos inútiles ni mucho menos sucios. Además, habían
traído una gran parte de sus propios muebles. Por ese motivo sobraban
muchas cosas que no se podían vender ni tampoco se querían tirar.
Todas estas cosas acababan en la habitación de Gregorio. Lo mismo
ocurrió con el cubo de la ceniza y el cubo de la basura de la cocina.
La asistenta, que siempre tenía mucha prisa, arrojaba simplemente en
la habitación de Gregorio todo lo que, de momento, no servía; por
suerte, Gregorio sólo veía, la mayoría de las veces, el objeto
correspondiente y la mano que lo sujetaba. La asistenta tenía,
quizá, la intención de recoger de nuevo las cosas cuando hubiese
tiempo y oportunidad, o quizá tirarlas todas de una vez, pero lo
cierto es que todas se quedaban tiradas en el mismo lugar en que
habían caído al arrojarlas, a no ser que Gregorio se moviese por
entre los trastos y los pusiese en movimiento, al principio obligado a
ello porque no había sitio libre para arrastrarse, pero más tarde
con creciente satisfacción, a pesar de que después de tales paseos
acababa mortalmente agotado y triste, y durante horas permanecía
inmóvil.
Como los huéspedes a veces
tomaban la cena en el cuarto de estar, la puerta permanecía algunas
noches cerrada, pero Gregorio renunciaba gustoso a abrirla, incluso
algunas noches en las que había estado abierta no se había
aprovechado de ello, sino que, sin que la familia lo notase, se había
tumbado en el rincón más oscuro de la habitación. Pero en una
ocasión la asistenta había dejado un poco abierta la puerta que daba
al cuarto de estar y se quedó abierta incluso cuando los huéspedes
llegaron y se dio la luz. Se sentaban a la mesa en los mismos sitios
en que antes habían comido el padre, la madre y Gregorio, desdoblaban
las servilletas y tomaban en la mano cuchillo y tenedor. Al momento
aparecía por la puerta la madre con una fuente de carne, y poco
después lo hacía la hermana con una fuente llena de patatas. La
comida humeaba. Los huéspedes se inclinaban sobre las fuentes que
había ante ellos como si quisiesen examinarlas antes de comer, y,
efectivamente, el señor que estaba sentado en medio y que parecía
ser el que más autoridad tenía de los tres, cortaba un trozo de
carne en la misma fuente con el fin de comprobar si estaba lo
suficientemente tierna, o quizá tenía que ser devuelta a la cocina.
La prueba le satisfacía, la madre y la hermana, que habían observado
todo con impaciencia, comenzaban a sonreír respirando profundamente.
La familia comía en la cocina. A
pesar de ello, el padre, antes de entrar en ésta, entraba en la
habitación y con una sola reverencia y la gorra en la mano, daba una
vuelta a la mesa. Los huéspedes se levantaban y murmuraban algo para
el cuello de su camisa. Cuando ya estaban solos, comían casi en
absoluto silencio. A Gregorio le parecía extraño el hecho de que, de
todos los variados ruidos de la comida, una y otra vez se escuchasen
los dientes al masticar, como si con ello quisieran mostrarle a
Gregorio que para comer se necesitan los dientes y que, aun con las
más hermosas mandíbulas, sin dientes no se podía conseguir nada.
–Pero si yo no tengo apetito –se
decía Gregorio preocupado–, pero me apetecen estas cosas. ¡Cómo
comen los huéspedes y yo me muero!
Precisamente aquella noche –Gregorio
no se acordaba de haberlo oído en todo el tiempo– se escuchó el
violín. Los huéspedes ya habían terminado de cenar, el de en medio
había sacado un periódico, les había dado una hoja a cada uno de
los otros dos, y los tres fumaban y leían echados hacia atrás.
Cuando el violín comenzó a sonar escucharon con atención, se
levantaron y, de puntillas, fueron hacia la puerta del vestíbulo, en
la que permanecieron quietos de pie, apretados unos junto a otros.
Desde la cocina se les debió oír, porque el padre gritó:
–¿Les molesta a los señores la
música? Inmediatamente puede dejar de tocarse.
–Al contrario –dijo el señor
de en medio–. ¿No desearía la señorita entrar con nosotros y
tocar aquí en la habitación, donde es mucho más cómodo y
agradable?
–Naturalmente –exclamó el
padre, como si el violinista fuese él mismo.
Los señores regresaron a la
habitación y esperaron. Pronto llegó el padre con el atril, la madre
con la partitura y la hermana con el violín. La hermana preparó con
tranquilidad todo lo necesario para tocar. Los padres, que nunca antes
habían alquilado habitaciones, y por ello exageraban la amabilidad
con los huéspedes, no se atrevían a sentarse en sus propias sillas;
el padre se apoyó en la puerta, con la mano derecha colocada entre
dos botones de la librea abrochada; a la madre le fue ofrecida una
silla por uno de los señores y, como la dejó en el lugar en el que,
por casualidad, la había colocado el señor, permanecía sentada en
un rincón apartado.
La hermana empezó a tocar; el
padre y la madre, cada uno desde su lugar, seguían con atención los
movimientos de sus manos; Gregorio, atraído por la música, había
avanzado un poco hacia delante y ya tenía la cabeza en el cuarto de
estar. Ya apenas se extrañaba de que en los últimos tiempos no
tenía consideración con los demás; antes estaba orgulloso de tener
esa consideración y, precisamente ahora, hubiese tenido mayor motivo
para esconderse, porque, como consecuencia del polvo que reinaba en su
habitación, y que volaba por todas partes al menor movimiento, él
mismo estaba también lleno de polvo. Sobre su espalda y sus costados
arrastraba consigo por todas partes hilos, pelos, restos de comida...
Su indiferencia hacia todo era demasiado grande como para tumbarse
sobre su espalda y restregarse contra la alfombra, tal como hacía
antes varias veces al día. Y, a pesar de este estado, no sentía
vergüenza alguna de avanzar por el suelo impecable del comedor.
Por otra parte, nadie le prestaba
atención. La familia estaba completamente absorta en la música del
violín; por el contrario, los huéspedes, que al principio, con las
manos en los bolsillos, se habían colocado demasiado cerca detrás
del atril de la hermana, de forma que podrían haber leído la
partitura, lo cual sin duda tenía que estorbar a la hermana, hablando
a media voz, con las cabezas inclinadas, se retiraron pronto hacia la
ventana, donde permanecieron observados por el padre con
preocupación. Realmente daba a todas luces la impresión de que
habían sido decepcionados en su suposición de escuchar una pieza
bella o divertida al violín, de que estaban hartos de la función y
sólo permitían que se les molestase por amabilidad. Especialmente la
forma en que echaban a lo alto el humo de los cigarrillos por la boca
y por la nariz denotaba gran nerviosismo. Y, sin embargo, la hermana
tocaba tan bien... Su rostro estaba inclinado hacia un lado, atenta y
tristemente seguían sus ojos las notas del pentagrama. Gregorio
avanzó un poco más y mantenía la cabeza pegada al suelo para,
quizá, poder encontrar sus miradas. ¿Es que era ya una bestia a la
que le emocionaba la música?
Le parecía como si se le mostrase
el camino hacia el desconocido y anhelado alimento. Estaba decidido a
acercarse hasta la hermana, tirarle de la falda y darle así a
entender que ella podía entrar con su violín en su habitación
porque nadie podía recompensar su música como él quería hacerlo.
No quería dejarla salir nunca de su habitación, al menos mientras
él viviese; su horrible forma le sería útil por primera vez;
quería estar a la vez en todas las puertas de su habitación y
tirarse a los que le atacasen; pero la hermana no debía quedarse con
él por la fuerza, sino por su propia voluntad; debería sentarse
junto a él sobre el canapé, inclinar el oído hacía él, y él
deseaba confiarle que había tenido la firme intención de enviarla al
conservatorio y que si la desgracia no se hubiese cruzado en su camino
la Navidad pasada –probablemente la Navidad ya había pasado– se
lo hubiese dicho a todos sin preocuparse de réplica alguna. Después
de esta confesión, la hermana estallaría en lágrimas de emoción y
Gregorio se levantaría hasta su hombro y le daría un beso en el
cuello, que, desde que iba a la tienda, llevaba siempre al aire sin
cintas ni adornos.
–¡Señor Samsa! –gritó el
señor de en medio al padre y señaló, sin decir una palabra más,
con el índice hacia Gregorio, que avanzaba lentamente. El violín
enmudeció. En un principio el huésped de en medio sonrió a sus
amigos moviendo la cabeza y, a continuación, miró hacia Gregorio. El
padre, en lugar de echar a Gregorio, consideró más necesario, ante
todo, tranquilizar a los huéspedes, a pesar de que ellos no estaban
nerviosos en absoluto y Gregorio parecía distraerles más que el
violín. Se precipitó hacia ellos e intentó, con los brazos
abiertos, empujarles a su habitación y, al mismo tiempo, evitar con
su cuerpo que pudiesen ver a Gregorio. Ciertamente se enfadaron un
poco, no se sabía ya si por el comportamiento del padre, o porque
ahora se empezaban a dar cuenta de que, sin saberlo, habían tenido un
vecino como Gregorio. Exigían al padre explicaciones, levantaban los
brazos, se tiraban intranquilos de la barba y, muy lentamente,
retrocedían hacia su habitación.
Entre tanto, la hermana había
superado el desconcierto en que había caído después de interrumpir
su música de una forma tan repentina, había reaccionado de pronto,
después de que durante unos momentos había sostenido en las manos
caídas con indolencia el violín y el arco, y había seguido mirando
la partitura como si todavía tocase, había colocado el instrumento
en el regazo de la madre, que todavía seguía sentada en su silla con
dificultades para respirar y agitando violentamente los pulmones, y
había corrido hacia la habitación de al lado, a la que los
huéspedes se acercaban cada vez más deprisa ante la insistencia del
padre. Se veía cómo, gracias a las diestras manos de la hermana, las
mantas y almohadas de las camas volaban hacia lo alto y se ordenaban.
Antes de que los señores hubiesen llegado a la habitación, había
terminado de hacer las camas y se había escabullido hacia fuera. El
padre parecía estar hasta tal punto dominado por su obstinación, que
olvidó todo el respeto que, ciertamente, debía a sus huéspedes.
Sólo les empujaba y les empujaba hasta que, ante la puerta de la
habitación, el señor de en medio dio una patada atronadora contra el
suelo y así detuvo al padre.
–Participo a ustedes –dijo,
levantando la mano y buscando con sus miradas también a la madre y a
la hermana– que, teniendo en cuenta las repugnantes circunstancias
que reinan en esta casa y en esta familia –en este punto escupió
decididamente sobre el suelo–, en este preciso instante dejo la
habitación. Por los días que he vívido aquí no pagaré,
naturalmente, lo más mínimo: por el contrario, me pensaré si no
procedo contra ustedes con algunas reclamaciones muy fáciles,
créanme, de justificar.
Calló y miró hacia delante como
si esperase algo. En efecto, sus dos amigos intervinieron
inmediatamente con las siguientes palabras:
–También nosotros dejamos en
este momento la habitación.
A continuación agarró el
picaporte y cerró la puerta de un portazo. El padre se tambaleaba
tanteando con las manos en dirección a su silla y se dejó caer en
ella. Parecía como si se preparase para su acostumbrada siestecita
nocturna, pero la profunda inclinación de su cabeza, abatida como si
nada la sostuviese, mostraba que de ninguna manera dormía. Gregorio
yacía todo el tiempo en silencio en el mismo sitio en que le habían
descubierto los huéspedes. La decepción por el fracaso de sus
planes, pero quizá también la debilidad causada por el hambre que
pasaba, le impedían moverse. Temía con cierto fundamento que dentro
de unos momentos se desencadenase sobre él una tormenta general, y
esperaba. Ni siquiera se sobresaltó con el ruido del violín que, por
entre los temblorosos dedos de la madre, se cayó de su regazo y
produjo un sonido retumbante.
–Queridos padres –dijo la
hermana y, como introducción, dio un golpe sobre la mesa–, esto no
puede seguir así. Si ustedes no se dan cuenta, yo sí me doy. No
quiero, ante esta bestia, pronunciar el nombre de mi hermano, y por
eso solamente digo: tenemos que intentar quitárnoslo de encima. Hemos
hecho todo lo humanamente posible por cuidarlo y aceptarlo; creo que
nadie puede hacernos el menor reproche.
–Tienes razón una y mil veces
–dijo el padre para sus adentros. La madre, que aún no tenía aire
suficiente, comenzó a toser sordamente sobre la mano que tenía ante
la boca, con una expresión de enajenación en los ojos.
La hermana corrió hacia la madre
y le sujetó la frente. El padre parecía estar enfrascado en
determinados pensamientos; gracias a las palabras de la hermana, se
había sentado más derecho, jugueteaba con su gorra por entre los
platos, que desde la cena de los huéspedes seguían en la mesa, y
miraba de vez en cuando a Gregorio, que permanecía en silencio.
–Tenemos que intentar
quitárnoslo de encima –dijo entonces la hermana, dirigiéndose
sólo al padre, porque la madre, con su tos, no oía nada–. Los va a
matar a los dos, ya lo veo venir. Cuando hay que trabajar tan
duramente como lo hacemos nosotros no se puede, además, soportar en
casa este tormento sin fin. Yo tampoco puedo más– y rompió a
llorar de una forma tan violenta, que sus lágrimas caían sobre el
rostro de la madre, la cual las secaba mecánicamente con las manos.
–Pero hija –dijo el padre
compasivo y con sorprendente comprensión–. ¡Qué podemos hacer!
Pero la hermana sólo se encogió
de hombros como signo de la perplejidad que, mientras lloraba, se
había apoderado de ella, en contraste con su seguridad anterior.
–Sí él nos entendiese... –dijo
el padre en tono medio interrogante.
La hermana, en su llanto, movió
violentamente la mano como señal de que no se podía ni pensar en
ello.
–Sí él nos entendiese... –repitió
el padre, y cerrando los ojos hizo suya la convicción de la hermana
acerca de la imposibilidad de ello–, entonces sería posible llegar
a un acuerdo con él, pero así...
–Tiene que irse –exclamó la
hermana–, es la única posibilidad, padre. Sólo tienes que desechar
la idea de que se trata de Gregorio. El haberlo creído durante tanto
tiempo ha sido nuestra auténtica desgracia, pero ¿cómo es posible
que sea Gregorio? Si fuese Gregorio hubiese comprendido hace tiempo
que una convivencia entre personas y semejante animal no es posible, y
se hubiese marchado por su propia voluntad: ya no tendríamos un
hermano, pero podríamos continuar viviendo y conservaríamos su
recuerdo con honor. Pero esta bestia nos persigue, echa a los
huéspedes, quiere, evidentemente, adueñarse de toda la casa y dejar
que pasemos la noche en la calle. ¡Mira, padre –gritó de repente–,
ya empieza otra vez!
Y con un miedo completamente
incomprensible para Gregorio, la hermana abandonó incluso a la madre,
se arrojó literalmente de su silla, como si prefiriese sacrificar a
la madre antes de permanece cerca de Gregorio, y se precipitó detrás
del padre que, principalmente irritado por su comportamiento, se puso
también en pie y levantó los brazos a media altura por delante de la
hermana para protegerla.
Pero Gregorio no pretendía, ni
por lo más remoto, asustar a nadie, ni mucho menos a la hermana.
Solamente había empezado a darse la vuelta para volver a su
habitación y esto llamaba la atención, ya que, como consecuencia de
su estado enfermizo, para dar tan difíciles vueltas tenía que
ayudarse con la cabeza, que levantaba una y otra vez y que golpeaba
contra el suelo. Se detuvo y miró a su alrededor; su buena intención
pareció ser entendida; sólo había sido un susto momentáneo, ahora
todos lo miraban tristes y en silencio. La madre yacía en su silla
con las piernas extendidas y apretadas una contra otra, los ojos casi
se le cerraban de puro agotamiento. El padre y la hermana estaban
sentados uno junto a otro, y la hermana había colocado su brazo
alrededor del cuello del padre.
«Quizá pueda darme la vuelta
ahora», pensó Gregorio, y empezó de nuevo su actividad. No podía
contener los resuellos por el esfuerzo y de vez en cuando tenía que
descansar. Por lo demás, nadie le apremiaba, se le dejaba hacer lo
que quisiera. Cuando hubo dado la vuelta del todo comenzó enseguida a
retroceder todo recto... Se asombró de la gran distancia que le
separaba de su habitación y no comprendía cómo, con su debilidad,
hacía un momento había recorrido el mismo camino sin notarlo.
Concentrándose constantemente en avanzar con rapidez, apenas se dio
cuenta de que ni una palabra, ni una exclamación de su familia le
molestaba. Cuando ya estaba en la puerta volvió la cabeza, no por
completo, porque notaba que el cuello se le ponía rígido, pero sí
vio aún que tras de él nada había cambiado, sólo la hermana se
había levantado. Su última mirada acarició a la madre que, por fin,
se había quedado profundamente dormida. Apenas entró en su
habitación se cerró la puerta y echaron la llave.
Gregorio se asustó tanto del
repentino ruido producido detrás de él, que las patitas se le
doblaron. Era la hermana quien se había apresurado tanto. Había
permanecido en pie allí y había esperado, con ligereza había
saltado hacia delante, Gregorio ni siquiera la había oído venir, y
gritó un «¡Por fin!» a los padres mientras echaba la llave.
«¿Y ahora?», se preguntó
Gregorio, y miró a su alrededor en la oscuridad.
Pronto descubrió que ya no se
podía mover. No se extrañó por ello, más bien le parecía
antinatural que, hasta ahora, hubiera podido moverse con estas
patitas. Por lo demás, se sentía relativamente a gusto. Bien es
verdad que le dolía todo el cuerpo, pero le parecía como si los
dolores se hiciesen más y más débiles y, al final, desapareciesen
por completo. Apenas sentía ya la manzana podrida de su espalda y la
infección que producía a su alrededor, cubiertas ambas por un suave
polvo. Pensaba en su familia con cariño y emoción, su opinión de
que tenía que desaparecer era, si cabe, aún más decidida que la de
su hermana. En este estado de apacible y letárgica meditación
permaneció hasta que el reloj de la torre dio las tres de la
madrugada. Vivió todavía el comienzo del amanecer detrás de los
cristales. A continuación, contra su voluntad, su cabeza se desplomó
sobre el suelo y sus orificios nasales exhalaron el último suspiro.
Cuando, por la mañana temprano,
llegó la asistenta –de pura fuerza y prisa daba tales portazos que,
aunque repetidas veces se le había pedido que procurase evitarlo,
desde el momento de su llegada era ya imposible concebir el sueño en
toda la casa– en su acostumbrada y breve visita a Gregorio nada le
llamó al principio la atención. Pensaba que estaba allí tumbado tan
inmóvil a propósito y se hacía el ofendido, le creía capaz de
tener todo el entendimiento posible. Como tenía por casualidad la
larga escoba en la mano, intentó con ella hacer cosquillas a Gregorio
desde la puerta. Al no conseguir nada con ello, se enfadó, y pinchó
a Gregorio ligeramente, y sólo cuando, sin que él opusiese
resistencia, le había movido de su sitio, le prestó atención.
Cuando se dio cuenta de las verdaderas circunstancias abrió mucho los
ojos, silbó para sus adentros, pero no se entretuvo mucho tiempo,
sino que abrió de par en par las puertas del dormitorio y exclamó en
voz alta hacia la oscuridad.
–¡Fíjense, ha reventado, ahí
está, ha reventado del todo!
El matrimonio Samsa estaba sentado
en la cama e intentaba sobreponerse del susto de la asistenta antes de
llegar a comprender su aviso. Pero después, el señor y la señora
Samsa, cada uno por su lado, se bajaron rápidamente de la cama. El
señor Samsa se echó la colcha por los hombros, la señora Samsa
apareció en camisón, así entraron en la habitación de Gregorio.
Entre tanto, también se había abierto la puerta del cuarto de estar,
en donde dormía Greta desde la llegada de los huéspedes; estaba
completamente vestida, como si no hubiese dormido, su rostro pálido
parecía probarlo.
–¿Muerto? –dijo la señora
Samsa, y levantó los ojos con gesto interrogante hacia la asistenta a
pesar de que ella misma podía comprobarlo e incluso podía darse
cuenta de ello sin necesidad de comprobarlo.
–Digo, ¡ya lo creo! –dijo la
asistenta y, como prueba, empujó el cadáver de Gregorio con la
escoba un buen trecho hacia un lado. La señora Samsa hizo un
movimiento como si quisiera detener la escoba, pero no lo hizo.
–Bueno –dijo el señor Samsa–,
ahora podemos dar gracias a Dios –se santiguó y las tres mujeres
siguieron su ejemplo.
Greta, que no apartaba los ojos
del cadáver, dijo:
–Miren qué flaco estaba, ya
hacía mucho tiempo que no comía nada. Las comidas salían tal como
entraban.
Efectivamente, el cuerpo de
Gregorio estaba completamente plano y seco, sólo se daban realmente
cuenta de ello ahora que ya no le levantaban sus patitas, y ninguna
otra cosa distraía la mirada.
–Greta, ven un momento a nuestra
habitación –dijo la señora Samsa con una sonrisa melancólica, y
Greta fue al dormitorio detrás de los padres, no sin volver la mirada
hacia el cadáver. La asistenta cerró la puerta y abrió del todo la
ventana. A pesar de lo temprano de la mañana ya había una cierta
tibieza mezclada con el aire fresco. Ya era finales de marzo.
Los tres huéspedes salieron de su
habitación y miraron asombrados a su alrededor en busca de su
desayuno; se habían olvidado de ellos:
–¿Dónde está el desayuno? –preguntó
de mal humor el señor de en medio a la asistenta, pero ésta se
colocó el dedo en la boca e hizo a los señores, apresurada y
silenciosamente, señales con la mano para que fuesen a la habitación
de Gregorio. Así pues, fueron y permanecieron en pie, con las manos
en los bolsillos de sus chaquetas algo gastadas, alrededor del
cadáver, en la habitación de Gregorio ya totalmente iluminada.
Entonces se abrió la puerta del
dormitorio y el señor Samsa apareció vestido con su librea, de un
brazo su mujer y del otro su hija. Todos estaban un poco llorosos; a
veces Greta apoyaba su rostro en el brazo del padre.
–Salgan ustedes de mi casa
inmediatamente –dijo el señor Samsa, y señaló la puerta sin
soltar a las mujeres.
–¿Qué quiere usted decir? –dijo
el señor de en medio algo aturdido, y sonrió con cierta hipocresía.
Los otros dos tenían las manos en la espalda y se las frotaban
constantemente una contra otra, como si esperasen con alegría una
gran pelea que tenía que resultarles favorable.
–Quiero decir exactamente lo que
digo –contestó el señor Samsa, dirigiéndose con sus acompañantes
hacia el huésped. Al principio éste se quedó allí en silencio y
miró hacia el suelo, como si las cosas se dispusiesen en un nuevo
orden en su cabeza.
–Pues entonces nos vamos –dijo
después, y levantó los ojos hacia el señor Samsa como si, en un
repentino ataque de humildad, le pidiese incluso permiso para tomar
esta decisión.
El señor Samsa solamente asintió
brevemente varias veces con los ojos muy abiertos. A continuación el
huésped se dirigió, en efecto, a grandes pasos hacia el vestíbulo;
sus dos amigos llevaban ya un rato escuchando con las manos
completamente tranquilas y ahora daban verdaderos brincos tras de él,
como si tuviesen miedo de que el señor Samsa entrase antes que ellos
en el vestíbulo e impidiese el contacto con su guía. Ya en el
vestíbulo, los tres cogieron sus sombreros del perchero, sacaron sus
bastones de la bastonera, hicieron una reverencia en silencio y
salieron de la casa. Con una desconfianza completamente infundada,
como se demostraría después, el señor Samsa salió con las dos
mujeres al rellano; apoyados sobre la barandilla veían cómo los
tres, lenta pero constantemente, bajaban la larga escalera, en cada
piso desaparecían tras un determinado recodo y volvían a aparecer a
los pocos instantes. Cuanto más abajo estaban tanto más interés
perdía la familia Samsa por ellos, y cuando un oficial carnicero, con
la carga en la cabeza en una posición orgullosa, se les acercó de
frente y luego, cruzándose con ellos, siguió subiendo, el señor
Samsa abandonó la barandilla con las dos mujeres y todos regresaron
aliviados a su casa.
Decidieron utilizar aquel día
para descansar e ir de paseo; no solamente se habían ganado esta
pausa en el trabajo, sino que, incluso, la necesitaban a toda costa.
Así pues, se sentaron a la mesa y escribieron tres justificantes: el
señor Samsa a su dirección, la señora Samsa al señor que le daba
trabajo, y Greta al dueño de la tienda. Mientras escribían entró la
asistenta para decir que ya se marchaba porque había terminado su
trabajo de por la mañana. Los tres que escribían solamente
asintieron al principio sin levantar la vista; cuando la asistenta no
daba señales de retirarse levantaron la vista enfadados.
–¿Qué pasa? –preguntó el
señor Samsa.
La asistenta permanecía de pie
junto a la puerta, como si quisiera participar a la familia un gran
éxito, pero que sólo lo haría cuando la interrogaran con todo
detalle. La pequeña pluma de avestruz colocada casi derecha sobre su
sombrero, que, desde que estaba a su servicio, incomodaba al señor
Samsa, se balanceaba suavemente en todas las direcciones.
–¿Qué es lo que quiere usted?
–preguntó la señora Samsa que era, de todos, la que más respetaba
la asistenta.
–Bueno– contestó la
asistenta, y no podía seguir hablando de puro sonreír amablemente–,
no tienen que preocuparse de cómo deshacerse de la cosa esa de al
lado. Ya está todo arreglado.
La señora Samsa y Greta se
inclinaron de nuevo sobre sus cartas, como si quisieran continuar
escribiendo; el señor Samsa, que se dio cuenta de que la asistenta
quería empezar a contarlo todo con todo detalle, lo rechazó
decididamente con la mano extendida. Como no podía contar nada,
recordó la gran prisa que tenía, gritó visiblemente ofendida:
«¡Adiós a todos!», se dio la vuelta con rabia y abandonó la casa
con un portazo tremendo.
–Esta noche la despido– dijo
el señor Samsa, pero no recibió una respuesta ni de su mujer ni de
su hija, porque la asistenta parecía haber turbado la tranquilidad
apenas recién conseguida. Se levantaron, fueron hacia la ventana y
permanecieron allí abrazadas. El señor Samsa se dio la vuelta en su
silla hacia ellas y las observó en silencio un momento, luego las
llamó:
–Vamos, vengan. Olviden de una
vez las cosas pasadas y tengan un poco de consideración conmigo.
Las mujeres lo obedecieron
enseguida, corrieron hacia él, lo acariciaron y terminaron
rápidamente sus cartas. Después, los tres abandonaron la casa
juntos, cosa que no habían hecho desde hacía meses, y se marcharon
al campo, fuera de la ciudad, en el tranvía. El vehículo en el que
estaban sentados solos estaba totalmente iluminado por el cálido sol.
Recostados cómodamente en sus asientos, hablaron de las perspectivas
para el futuro y llegaron a la conclusión de que, vistas las cosas
más de cerca, no eran malas en absoluto, porque los tres trabajos, a
este respecto todavía no se habían preguntado realmente unos a
otros, eran sumamente buenos y, especialmente, muy prometedores para
el futuro. Pero la gran mejoría inmediata de la situación tenía que
producirse, naturalmente, con más facilidad con un cambio de casa;
ahora querían cambiarse a una más pequeña y barata, pero mejor
ubicada y, sobre todo, más práctica que la actual, que había sido
escogida por Gregorio.
Mientras hablaban así, al señor
y a la señora Samsa se les ocurrió casi al mismo tiempo, al ver a su
hija cada vez más animada, que en los últimos tiempos, a pesar de
las calamidades que habían hecho palidecer sus mejillas, se había
convertido en una joven lozana y hermosa. Tornándose cada vez más
silenciosos y entendiéndose casi inconscientemente con las miradas,
pensaban que ya llegaba el momento de buscarle un buen marido, y para
ellos fue como una confirmación de sus nuevos sueños y buenas
intenciones cuando, al final de su viaje, fue la hija quien se
levantó primero y estiró su cuerpo joven.
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