Flannery O’Connor
(Savannah, Georgia, 1925-1964)


Un círculo en el fuego
(“A Circle in the Fire”, 1954)
(originalmente publicado en Kenyon Review, vol. 16, primavera de 1954;
incluido en Prize Stories 1955: The O. Henry Awards, al cuidado de Paul Engle y Hansford Martin,
y en The Best American Stories of 1955, al cuidado de Martha Foley;
séptimo relato de Un hombre bueno es difícil de encontrar, 1955) The Complete Stories, 1971



      A veces la línea de árboles era una sólida pared de un gris azulado un poco más oscuro que el cielo, pero esa tarde estaba casi negra y, detrás, el cielo era de un pálido blanco resplandeciente.
       —¿Conoce esa mujer que tuvo su bebé en el pulmón d’acero? —preguntó la señora Pritchard.
       Ella y la madre de la niña estaban bajo la ventana desde donde ésta la miraba. La señora Pritchard estaba reclinada contra la chimenea, con los brazos sobre el estómago y un pie cruzado, cuyo dedo gordo apuntaba al suelo. Era una mujer corpulenta, con la cara pequeña y puntiaguda, los ojos inquisitivos e imperturbables. La señora Cope era todo lo contrario, muy bajita y delgada, de rostro grande y redondo, con ojos negros que parecían agrandarse todo el tiempo tras las gafas, como si continuamente estuviera asombrándose de algo. Estaba acuclillada arrancando hierbas de los bordes de los canteros alrededor de la casa. Las dos mujeres llevaban pamelas que alguna vez habían sido idénticas, pero ahora que la de la señora Pritchard estaba descolorida y deformada; la de la señora Cope aún se mantenía rígida y con su verde brillante.
       —Leí algo sobre el caso —dijo.
       —Era una Pritchard que se casó con un Brookin y, por lo tanto, parienta mía, prima política séptima o octava.
       —Ya veo, ya veo —musitó la señora Cope, y arrojó un gran manojo de malas hierbas hacia atrás. Luchaba contra los hierbajos como si se tratara de una maldición enviada por el diablo para destruir el lugar.
       —Ya qu’era parienta nuestra, fuimos a ver el cuerpo —prosiguió la señora Pritchard—. Vimos a la criatura también.
       La señora Cope no dijo nada. Estaba acostumbrada a estas historias de calamidades; decía que la dejaban destrozada. La señora Pritchard era capaz de recorrer cincuenta kilómetros por la sola satisfacción de ver cómo enterraban a alguien. La señora Cope siempre desviaba la conversación hacia un tema más alegre, pero la niña había observado que esto sólo conseguía poner de mal humor a la señora Pritchard.
       La niña pensó que era como si el cielo blanco estuviera empujando la pared de la fortaleza para tratar de abrirse paso. Los árboles del otro lado del campo cercano eran un mosaico de verdes, grises y amarillos. A la señora Cope siempre le preocupaba que hubiera un incendio en el bosque. Cuando las noches eran muy ventosas, decía a la niña: «¡Oh, Dios, reza pa que no haya ningún incendio, hace tanto viento!», y la niña farfullaba algo detrás de su libro o no decía nada porque oía esa frase muchas veces. En los atardeceres de verano, la señora Cope decía a la niña, que leía deprisa para aprovechar hasta la última luz: «Levántate y mira la puesta del sol, es una maravilla. Debes levantarte y mirarla», y la niña fruncía el ceño y no decía nada, o levantaba la vista una vez para mirar, más allá del jardín y los dos prados, la azul y gris línea centinela de los árboles, tras lo cual reanudaba la lectura sin cambiar de expresión. «Parece un incendio —añadía la señora Cope—. Mejor será que te levantes, olfatees y veas si los árboles no están ardiendo».
       —Tenía el brazo alrededor del pequeño dentro del ataúd —continuó la señora Pritchard, pero su voz quedó ahogada por el ruido del tractor que el negro, Culver, conducía. Remolcaba un vagón donde otro negro estaba sentado, con los pies sacudiéndose a unos centímetros del suelo. El tractor pasó de largo el portillo y se dirigió hacia el campo de la izquierda.
       La señora Cope volvió la cabeza y vio que no había entrado por el portillo porque el negro era demasiado holgazán para bajarse y abrirlo. Había tomado el camino más largo.
       —¡Dígale que pare y que venga aquí! —gritó.
       La señora Pritchard se separó con esfuerzo de la chimenea y movió el brazo en un fiero círculo, pero él fingió no verla. Caminó con paso majestuoso hasta el límite del jardín y gritó:
       —¡Eh, tú, bájate! ¡Quiere hablar contigo!
       Él se apeó y caminó hacia la chimenea adelantando la cabeza y los hombros a cada paso para dar la impresión de diligencia. Llevaba la parte superior de la cabeza embutida en un sombrero de lienzo blanco manchado de sudor. Tenía caída el ala, que le cubría toda la frente y sólo dejaba ver la parte inferior de sus ojos rojizos.
       La señora Cope estaba de rodillas escarbando la tierra con la pala.
       —¿Por qué no pasas por el portillo? —preguntó, y esperó, con los ojos cerrados y los labios apretados como si se preparara para recibir cualquier respuesta estúpida.
       —Tengo que levantar la cuchilla de la segadora si lo hacemos —respondió él, con la mirada posada a la izquierda de la mujer. Los negros de la señora Cope eran tan destructivos e impersonales como las malas hierbas.
       Los ojos de la señora Cope, cuando los abrió, dieron la impresión de que podían seguir agrandándose hasta darle la vuelta y ponerla del revés.
       —Levántala —dijo, y señaló el camino con la pala.
       Él se alejó.
       —A ellos les da igual —dijo la señora Cope—. No tienen responsabilidá. Agradezco al Señor que todos estos problemas no vengan de golpe. Me destruirían.
       —Sí, podría ser —gritó la señora Pritchard para hacerse oír por encima del ruido del tractor. El hombre abrió el portillo, levantó la cuchilla, pasó y se alejó por el campo; el ruido disminuyó a medida que el vagón se alejaba—. No entiendo cómo ella pudo tenerlo allí dentro —continuó con voz normal.
       La señora Cope estaba agachada, atacando de nuevo las malas hierbas.
       —Tenemos muchas cosas de las qu’estar agradecías —dijo—. Debería rezar todos los días una oración en acción de gracias. ¿Lo hace?
       —Sí, señora —respondió la señora Pritchard—. ¿Se da cuenta? Estuvo cuatro meses dentro de eso antes de tenerlo. Me parece que si yo estuviera en uno, me iría… ¿Cómo cree que pudieron…?
       —Todos los días rezo una oración de gracias —explicó la señora Cope—. Piense en todo lo que tenemos. Dios mío —añadió, y suspiró—, lo tenemos to. —Miró alrededor: los verdes pastos, las colinas pobladas de árboles que daban madera; y movió la cabeza como si fuera un peso que trataba de sacarse de encima.
       La señora Pritchard contempló los bosques.
       —To lo que yo tengo son cuatro abscesos en las encías —exclamó.
       —Bueno, agradezca que no son cinco —repuso la señora Cope, y arrojó hacia atrás un manojo de hierba—. Podríamos ser destruidos todos por un huracán. Siempre encuentro algo pa estar agradecía.
       La señora Pritchard cogió la azada que descansaba contra la pared de la casa y golpeó débilmente una hierba que brotaba entre dos ladrillos de la chimenea.
       —Supongo que usté puede hacerlo —dijo, y su voz sonó un poco más nasal que de costumbre por el desprecio.
       —Piense en todos esos pobres europeos —continuó la señora Cope— que meten en vagones como si fueran ganado y llevan a Siberia. Santo Dios, deberíamos estar la mitá del tiempo de rodillas.
       —Sé que si estuviera allí en un pulmón d’acero habría algunas cosas que no haría —dijo la señora Pritchard rascándose la rodilla con la punta de la azada.
       —Hast’esa pobre mujer tiene mucho por lo que estar agradecida —afirmó la señora Cope.
       —Podía agradecer no estar muerta.
       —Ciertamente —dijo la señora Cope, y a continuación señaló a la señora Pritchard con la pala—. Tengo la finca mejor cuidada de la zona y ¿sabe usté por qué? Porque trabajo. He tenío que trabajar pa salvar este lugar y ahora trabajo pa mantenerlo. —Subrayó cada palabra con la pala—. No permito que los acontecimientos me superen y no me meto en líos. A medida que vienen los problemas, los afronto.
       —Si todos vinieran de golpe… —empezó la señora Pritchard.
       —No vienen nunca todos juntos —dijo bruscamente la señora Cope.
       La niña podía extender la mirada hasta donde el camino de tierra se unía a la carretera. Vio que una camioneta paraba en el portón y que descendían tres chicos que echaron a andar por el camino de tierra colorada. Caminaban en fila india. El del medio iba ladeado, cargado con una maleta negra abultada como un cerdo.
       —Bueno, si alguna vez sucediera —dijo la señora Pritchard—, no habría na qu’usté pudiera hacer salvo alzar las manos al cielo.
       La señora Cope ni siquiera le contestó. La señora Pritchard cruzó los brazos y miró hacia el camino como si pudiera ver sin ninguna dificultad las hermosas colinas que se iban achatando hasta perderse a lo lejos. Vio a los tres chicos, que ya casi habían alcanzado el camino de entrada.
       —Mire allí —dijo—. ¿Quiénes cree usté que son ésos?
       La señora Cope se echó hacia atrás, se apoyó con una mano en la tierra a su espalda y miró. Los tres caminaban hacia ellas, pero daba la impresión de que iban a continuar caminando hasta doblar la esquina de la casa. El que llevaba la maleta iba ahora delante. Finalmente se detuvo a unos dos metros de ella y dejó la maleta en el suelo.
       Los tres muchachos se parecían bastante, sólo que el de estatura mediana llevaba gafas de montura plateada y la maleta. Tenía un poco de estrabismo en un ojo, así que su mirada parecía provenir de dos lados al mismo tiempo y daba la impresión de rodear a ambas mujeres. Llevaba una camiseta con un descolorido destructor estampado, pero tenía el pecho tan hundido que el destructor quedaba partido por la mitad y parecía irse a pique. El sudor le había pegado el pelo a la frente. Aparentaban unos trece años. Los tres chicos tenían la mirada blanca y penetrante.
       —Supongo que no se acordará de mí, señora Cope —dijo.
       —Tu cara me suena, desde luego —murmuró ella, escudriñándolo—. A ver…
       —Mi papá trabajó aquí —indicó él.
       —¿Boyd? —dijo ella—. ¿Tu padre era el señor Boyd y tú eres J. C?
       —No, soy Powell, el segundo. He creció algo desde entonces y mi papá está ahora muerto. Se murió.
       —Muerto. ¡Vaya por Dios! —exclamó la señora Cope como si la muerte siempre fuera algo inusual—. ¿Qué le pasó al señor Boyd?
       Un ojo de Powell parecía estar revisando el lugar, examinando la casa, la blanca torre del depósito de agua, los gallineros y los prados que se extendían a ambos lados hasta la línea de los bosques. El otro ojo la miraba.
       —Murió en Florida —dijo, y empezó a dar puntapiés a la maleta.
       —¡Vaya por Dios! —murmuró ella. Después de un segundo, preguntó—: ¿Y cómo está tu madre?
       —Casada de nuevo. —El muchacho se quedó mirando cómo su pie golpeaba la maleta. Los otros dos miraban a la señora Cope con impaciencia.
       —¿Y dónde vivís ahora? —preguntó ella.
       —En Atlanta —respondió él—. En uno de esos pisos del gobierno.
       —Ya veo —dijo ella—, ya veo. —Después de un instante, lo repitió de nuevo y finalmente preguntó—: ¿Y quiénes son estos otros niños? —Y les sonrió.
       —Este es Garfield Smith y este W. T. Harper —dijo él señalando con la cabeza primero al alto y después al pequeño.
       —¿Cómo estáis, muchachos? —dijo la señora Cope—. Esta es la señora Pritchard. La señora y el señor Pritchard ahora trabajan aquí.
       Ni siquiera miraron a la señora Pritchard, que los observaba con sus ojillos brillantes. Los tres parecían suspendidos allí, esperando, mirando a la señora Cope.
       —Bueno, bueno —dijo ella echando un vistazo a la maleta—, muy amable de vuestra parte haber venío a saludarme. Creo que sois muy, pero que muy amables.
       La mirada de Powell parecía oprimirla como un par de tenazas.
       —Hemos venío a ver cómo estaba —dijo con voz ronca.
       —Escuche —intervino el menor—, desde que lo conocemos, nos ha estao contando cosas de este lugar. Dice qu’había de to. Dice qu’aquí había caballos. Dice qu’aquí fue donde lo pasó mejor en su vida, en este lugar. Siempre habla d’esto, to el tiempo.
       —Nunca para d’hablar de este sitio —gruñó el muchacho más alto, pasándose el brazo por la nariz como para amortiguar sus palabras.
       —Siempre está hablando de los caballos que montaba aquí —continuó el menor—, y nos dijo que también nos dejaría montarlos. Dijo que había uno que se llamaba Gene.
       La señora Cope siempre tenía miedo de que alguien se hiciera daño en su casa y la demandaran por todo lo que poseía.
       —No están herrados —se apresuró a decir—. Había uno que se llamaba Gene, pero murió y me temo que vosotros, muchachos, no podéis montar los caballos porque os podéis lastimar. Son peligrosos.
       El muchacho alto se sentó en el suelo con una exclamación de contrariedad y empezó a sacar piedrecillas de sus deportivas. El pequeño lanzó miradas aquí y allá, y Powell la miró fijamente, pero no dijo nada.
       Un momento después, el pequeño dijo:
       —Eh, señora, ¿sabe usté lo que nos dijo una vez? Dijo que cuando se muriera ¡quería venir aquí!
       Por un instante la señora Cope pareció desconcertada; luego se sonrojó; entonces un extraño gesto de dolor apareció en su rostro al darse cuenta de que esos chicos tenían hambre. ¡La estaban mirando porque tenían hambre! Casi se sofocó y se apresuró a preguntarles si querían comer algo. Dijeron que sí, pero sus rostros, de expresión serena e insatisfecha, no se iluminaron.
       Parecían estar acostumbrados a tener hambre, y eso no le incumbía a ella.
       La niña, en el piso superior, se había puesto colorada de emoción. Estaba arrodillada en la ventana para que sólo sus ojos y su frente asomaran sobre el alféizar. La señora Cope dijo a los chicos que rodearan la casa hasta donde estaban las sillas de jardín y les mostró el camino. La señora Pritchard la siguió. La niña salió del dormitorio de la derecha, cruzó el pasillo, entró en el dormitorio de la izquierda y miró hacia el otro lado de la casa, donde había tres sillas blancas de jardín y una hamaca roja que colgaba entre dos avellanos. Era una niña de trece años, pálida, gorda, con la mirada ceñuda y la boca grande llena de tiras plateadas. Se arrodilló junto a la ventana.
       Los tres muchachos rodearon la casa; el mayor se tumbó en la hamaca y encendió una colilla; el pequeño se desplomó en el césped al lado de la maleta negra y descansó la cabeza sobre ella, y Powell se sentó en el borde de una silla, y pareció tratar de abarcar todo el lugar con una sola mirada envolvente. La niña oyó a su madre y a la señora Pritchard en una silenciosa conferencia en la cocina. Se puso en pie, salió al pasillo y se inclinó sobre la barandilla.
       Las piernas de la señora Cope y las de la señora Pritchard estaban frente a frente en el vestíbulo de atrás.
       —Estos pobres chicos tienen hambre —dijo la señora Cope con voz apagada.
       —¿Ha visto la maleta? —preguntó la señora Pritchard—. ¿Y si esos chicos esperan pasar la noche aquí?
       La señora Cope dejó escapar un gritito.
       —No puedo tener aquí tres muchachos cuando sólo estamos Sally Virginia y yo —dijo.
       —Estoy segura de que se irán ando les demos de comer.
       —Sólo sé que tienen una maleta —repuso la señora Pritchard.
       La niña volvió corriendo a la ventana. El mayor estaba estirado en la hamaca con las muñecas cruzadas bajo la nuca y la colilla en el centro de la boca. La escupió formando un arco perfecto cuando la señora Cope dobló la esquina con un plato de galletas saladas. Se detuvo en seco, como si le hubieran lanzado una serpiente a su paso.
       —¡Ashfield! —dijo—. Recoge eso ahora mismo. Me dan miedo los fuegos.
       —¡Gardfield! —gritó indignado el pequeño—. ¡Gardfield!
       El mayor se levantó sin pronunciar palabra y caminó pesadamente hasta la colilla. La cogió, se la metió en el bolsillo y se quedó allí dándole la espalda, examinando un corazón que tenía tatuado en el antebrazo. La señora Pritchard apareció con tres botellas de Coca-Cola que llevaba cogidas por el cuello con una mano y dio una a cada chico.
       —Me acuerdo de to lo d’este lugar —dijo Powell mirando por la boca de la botella.
       —¿Adónde fuisteis cuando os marchasteis de aquí? —preguntó la señora Cope, y colocó el plato de galletas saladas en el brazo de la silla del chico.
       Él las miró pero no cogió ninguna. Dijo:
       —Recuerdo que había uno que se llamaba Gene y otro que llamaba George. Fuimos a Florida y mi papá murió, y entonces fuimos a casa de mi hermana y luego mi madre se casó, y desde entonces estamos ahí.
       —Aquí hay unas galletas —dijo la señora Cope, y se sentó en la silla frente a él.
       —A él no le gusta Atlanta —intervino el pequeño, que se levantó y cogió una galleta con indiferencia—. Nunca está a gusto en ningún lugar, excepto aquí. Le diré lo qu’hace, señora. Estamos jugando a pelota allí, en el barrio, tenemos que jugar a pelota, y él deja de jugar y dice: «Me cago en diez, allá había un caballo que se llamaba Gene y si lo tuviera aquí mandaría to este pavimento a la mierda».
       —Estoy segura de que Powell no usa ese vocabulario. ¿Verdá, Powell? —dijo la señora Cope.
       —No, señora —respondió él. Tenía la cabeza totalmente ladeada como si esperara oír el sonido de los caballos en el campo.
       —No me gustan estas galletas —dijo el pequeño, y dejó en el plato la que había cogido y se levantó de la silla.
       La señora Cope se removió en su asiento.
       —Así que vosotros, muchachos, vivís en uno de esos nuevos y bonitos bloques de pisos —dijo.
       —La única manera de reconocer el tuyo es por el olor —apuntó el pequeño—. Tienen cuatro pisos de altura y hay diez, uno detrás del otro. Vamos a ver los caballos —dijo.
       Powell volvió su mirada atenazadora hacia la señora Cope.
       —Habíamos pensao que podríamos pasar la noche en su establo —dijo—. Mi tío nos trajo hast’aquí con su camioneta y mañana temprano vendrá a recogernos.
       Por el momento ella no dijo nada y la niña en la ventana pensó: «Va a salir volando de esa silla y s’estampará contra el árbol».
       —Bueno, me temo qu’es imposible —dijo la señora Cope poniéndose en pie súbitamente—. El establo está lleno de heno y me da miedo que vuestros cigarrillos provoquen un incendio.
       —No fumaremos —dijo él.
       —Me temo que de todos modos no podéis pasar la noche allí —repitió como si estuviera hablando cortésmente con un gángster.
       —Bueno, entonces acamparemos en el bosque —dijo el pequeño—. Hemos traído mantas. Eso es lo que tenemos en la maleta. Vamos.
       —¡En el bosque! —dijo ella—. ¡Oh, no! El bosque ahora está muy seco, no puede haber gente que fume en mi bosque. Tendréis qu’acampar en el campo, en este d’aquí, cerca de la casa, donde no hay árboles.
       —Donde os pueda vigilar —susurró la niña.
       —Su bosque —musitó el muchacho alto, y se levantó de la hamaca.
       —Dormiremos en el campo —dijo Powell, pero no como si se estuviera dirigiendo a ella.
       —Esta tarde les enseñaré el lugar.
       Los otros dos ya se alejaban cuando se puso en pie y caminó tras ellos. Las dos mujeres se quedaron sentadas con la maleta en medio.
       —Ni gracias, ni na —exclamó la señora Pritchard.
       —Sólo han jugao con lo que les hemos dao de comer —dijo la señora Cope con tono ofendido.
       La señora Pritchard aventuró que tal vez no les gustasen los refrescos.
       —Desde luego parecían tener hambre —dijo la señora Cope.
       Salieron del bosque al caer de la tarde, sucios y sudorosos, y se acercaron al porche y pidieron agua. No pidieron comida, pero la señora Cope se dio cuenta de que deseaban hacerlo.
       —Lo único que tengo es gallina de Guinea fría —dijo—. ¿Queréis un poco y unos bocadillos?
       —Yo no comería na con la cabeza pelá como las gallinas de Guinea —dijo el pequeño—. Me comería un pollo o un pavo, pero no una gallina.
       —Ni los perros se la comerían —dijo el mayor. Se había quitado la camisa y la había enganchado detrás de los pantalones como una cola. La señora Cope procuró no mirarlo. El pequeño tenía un corte en el brazo.
       —Muchachos, no habréis montado los caballos cuando os pedí que no lo hicierais, ¿verdá? —preguntó con recelo, y los tres respondieron: «¡No, señora!», al unísono y con un tono alto y entusiasta como cuando se dice amén en las iglesias del campo.
       Entró en la casa y, mientras les preparaba unos bocadillos, mantuvo una conversación con ellos desde el interior de la cocina, con preguntas sobre qué hacían sus padres, cuántos hermanos tenían y dónde iban a la escuela. Le contestaron con cortas frases explosivas, empujándose unos a otros por los hombros y doblándose de risa como si las preguntas tuvieran un sentido que ella desconocía.
       —¿Y en la escuela tenéis maestros o maestras? —inquirió.
       —De los dos, y algunos que no se sabe qué son —contestó con una risotada el mayor.
       —¿Y tu madre trabaja, Powell? —preguntó rápidamente ella.
       —¡Te pregunta si tu madre trabaja! —gritó el pequeño—. Tiene el cerebro afectao por esos caballos que sólo ha estao mirando —explicó—. Su madre trabaja en una fábrica y deja que él se ocupe de los otros; sólo que no los cuida mucho. Una vez, señora, encerró a su hermanito en una caja y le prendió fuego.
       —Estoy segura de que Powell no es capaz d’hacer algo así —dijo ella, mientras salía con un plato de bocadillos y lo ponía en un escalón.
       Lo vaciaron en un segundo y ella lo levantó y se quedó con él en la mano, mirando el sol que se estaba poniendo frente a ellos, casi sobre la línea de los árboles. Estaba inflamado, tenía el color de las llamas y pendía de una red de nubes deshilachadas como si fuera a arder en cualquier momento y a caer sobre el bosque. Desde la ventana del primer piso la niña vio que su madre temblaba y pegaba los brazos a los costados.
       —Tenemos muchas cosas por las qu’estar agradecíos —dijo de pronto, con un tono de asombro lúgubre—. Muchachos, ¿dais gracias a Dios todas las noches por lo que Él ha hecho por vosotros? ¿Le dais gracias por to?
       Esto impuso un silencio inmediato. Mordieron los bocaditos como si hubieran perdido todo gusto por la comida.
       —¿Lo hacéis? —insistió ella.
       Estaban tan silenciosos como ladrones en su escondite. Mascaban sin hacer ruido.
       —Bueno, yo sé que lo hago —dijo finalmente; se volvió y entró de nuevo en la casa, y la niña observó que encorvaba la espalda.
       El mayor estiró las piernas como si se estuviera liberando de una trampa. El sol ardía tan rápido que parecía que intentaba incendiar todo cuanto había a la vista. La torre blanca del depósito del agua estaba esmaltada de rosa y el césped era de un verde anormal, como si se estuviera transformando en vidrio. De pronto la niña asomó la cabeza por la ventana y gritó: «Ugggghhrrhh» bizqueando y sacando la lengua todo lo que pudo, como si fuera a vomitar.
       El mayor alzó la vista y la miró.
       —Joder —gruñó—, otra mujer.
       Ella se apartó de la ventana y se quedó de espaldas contra la pared, bizqueando mucho como si la hubieran abofeteado y no supiera quién había sido. Tan pronto como los chicos se alejaron de los escalones, bajó a la cocina, donde la señora Cope estaba lavando los platos.
       —Si agarrara a ese grandote, l’haría picadillo —dijo.
       —Mantente alejada d’esos muchachos —dijo la señora Cope dándose la vuelta bruscamente—. Las damas no hacen picadillo a la gente. Mantente alejada d’ellos. Mañana por la mañana s’habrán ido.
       Pero a la mañana siguiente no se habían ido.
       Cuando salió al porche después del desayuno, estaban al lado de la puerta trasera, dando patadas a los escalones. Estaban oliendo el beicon que ella había comido en el desayuno.
       —¡Pero, chicos! —dijo—. Creí que ibais a encontraros con vuestro tío.
       Tenían la misma cara de hambre pertinaz que le había dolido el día anterior, pero hoy se sentía un tanto disgustada.
       El mayor le dio la espalda de inmediato y el pequeño se puso en cuclillas y comenzó a escarbar en la arena.
       —Pues no lo vamos a hacer —dijo Powell.
       El mayor volvió la cabeza lo justo para ver a la mujer y dijo:
       —No estamos fastidiando na suyo.
       No vio cómo se le agrandaban los ojos, pero tomó nota del silencio elocuente. Un instante después, ella dijo con voz alterada:
       —¿Queréis algo pa desayunar?
       —Tenemos mucha comida —respondió el mayor—. No queremos na suyo.
       Ella tenía la mirada fija en Powell, cuyo rostro flaco y blanco parecía hacerle frente, pero sin verla en realidad.
       —Muchachos, sabéis que me gusta teneros aquí —dijo—, pero espero qu’os comportéis. Espero qu’os portéis como caballeros.
       Ellos se quedaron donde estaban, cada uno mirando en una dirección, como esperando a que ella se fuera.
       —Después de to —añadió ella con voz súbitamente alta—, ésta es mi tierra.
       El mayor hizo un ruido ambiguo, se dieron la vuelta y se encaminaron hacia el establo, y ella se quedó allí con cara de asombro, como si la hubieran enfocado de repente con un haz de luz en medio de la noche.
       Al poco rato la señora Pritchard llegó y se quedó en la puerta de la cocina con la mejilla contra el marco.
       —Supongo que sabrá qu’ayer se pasaron toda la tarde montando a caballo —dijo—. Robaron un freno del cuarto de las monturas y montaron a pelo. Hollis los vio. Los echó del establo a las nueve de la noche y esta mañana los ha echao del cuarto de ordeñar y tenían leche alrededor de la boca como si hubieran estao bebiendo de las cántaras.
       —No puedo tolerarlo —dijo la señora Cope, de pie al lado del fregadero con los puños cerrados a los costados—. No puedo tolerarlo. —Su expresión era la misma que cuando arrancaba las malas hierbas.
       —No hay na qu’usté pueda hacer —apuntó la señora Pritchard—. Supongo que los tendrá aquí alrededor de una semana, hasta que comience la escuela. Han planeao unas vacaciones en el campo y no hay na qu’usté pueda hacer salvo quedarse con los brazos cruzaos.
       —No me quedaré con los brazos cruzaos —repuso la señora Cope—. Dígale al señor Pritchard que encierre los caballos en el establo.
       —Ya lo ha hecho. Un mocoso de trece años es tan malo como un hombre que le dobla la edad. Nunca se puede saber cuál será su próximo movimiento. Nunca se sabe cuándo efectuará su próximo ataque. Esta mañana, Hollis los vio detrás del corral del toro y el grandote preguntó si no había un lugar donde se pudiesen lavar, y Hollis dijo que no y que usté no quería tener mocosos que tiraran cigarrillos en el bosque, y él dijo: «Ella no es la dueña de los bosques», y Hollis dijo: «Sí lo es», y entonces el pequeño dijo: «Hombre, Dios es el dueño de los bosques y d’ella también», y el de las gafas dijo: «Supongo que también es la dueña d’este cielo», y el pequeño va y dice: «Es la dueña d’este cielo y ningún aeroplano puede pasar si ella así lo ordena», y luego el grande dice: «Nunca he visto un lugar con tantas malditas mujeres, ¿cómo lo puedes soportar?», y Hollis les dijo que ya había oído bastantes tonterías, dio media vuelta y se fue sin decirles na más.
       —Voy a decirles a esos muchachos que pueden irse en el camión de la leche —dijo la señora Cope, y salió por la puerta trasera dejando a la señora Pritchard y a la niña solas en la cocina.
       —Escuche —dijo la niña—, yo los podría convencer mejor.
       —¿Ah, sí? —murmuró la señora Pritchard echándole una larga mirada de reojo—. ¿Cómo los convencerías?
       La niña juntó las manos y las apretó haciendo una mueca como si estuviera estrangulando a alguien.
       —Ellos te convencerían a ti —dijo la señora Pritchard con satisfacción.
       La niña se retiró hasta la ventana de arriba para evitar su presencia y vio cómo su madre se alejaba de los tres muchachos, que estaban acuclillados bajo el depósito de agua y comían algo de una caja de galletas. La oyó entrar en la cocina y explicar:
       —Han dicho que s’irán en el camión de la leche, y con razón no tienen hambre: tienen la mita d’esa maleta llena de comida.
       —Es muy posible que la hayan robao —apuntó la señora Pritchard.
       Cuando llegó el camión de la leche, a los tres muchachos no se los vio por ningún lado, pero, tan pronto como partió sin ellos, los tres rostros aparecieron en la abertura superior del establo de los terneros.
       —¡Es el colmo! —dijo la señora Cope, parada ante una de las ventanas de arriba con las manos en las caderas—. No es que no me guste tenerlos aquí; es su actitud.
       —A ti no te gusta la actitud de nadie —dijo la niña—. Iré a decirles que tienen cinco minutos pa irse d’aquí.
       —Ni se te ocurra acercarte a esos muchachos, ¿me oyes? —dijo la señora Cope.
       —¿Por qué? —preguntó la niña.
       —Porque voy a ir yo misma a cantarles las cuarenta.
       La niña recuperó su posición en la ventana y enseguida vio el sombrero rígido y verde, que reflejaba el destello del sol, mientras su madre cruzaba el camino hacia el establo de los terneros. Los tres rostros desaparecieron inmediatamente de la abertura, y en un segundo el mayor cruzó como un rayo el terreno, seguido de los otros dos. La señora Pritchard también salió de la casa y las dos mujeres se encaminaron hacia la arboleda en la que habían desaparecido los tres muchachos. Al poco tiempo, las dos pamelas se perdieron en el bosque y los tres chicos salieron por la izquierda y cruzaron corriendo un campo en dirección a otro bosquecillo. Cuando la señora Cope y la señora Pritchard llegaron allí, el campo estaba vacío. Lo único que podían hacer era volver a la casa.
       No hacía mucho que la señora Cope había entrado en la casa cuando la señora Pritchard llegó corriendo, gritando algo.
       —¡Han dejao salir al toro! —aullaba—. ¡Han dejao salir el toro!
       De pronto apareció tras ella el toro, negro y tranquilo, con cuatro gansos protestando detrás. No era arisco si no lo acosaban y el señor Pritchard y los negros tardaron media hora en hacerlo regresar al corral. Cuando los hombres estaban ocupados en esto, los muchachos vertieron el aceite de los tres tractores y desaparecieron de nuevo en el bosque.
       A la señora Cope le habían salido dos venas azules en las sienes y la señora Pritchard las observó con satisfacción.
       —Como yo le dije —comentó—, no hay na qu’usted pueda hacer.
       La señora Cope engulló la cena deprisa, sin darse cuenta de que tenía la pamela puesta. Cada vez que oía un ruido, daba un respingo. La señora Pritchard llegó inmediatamente después de la cena y dijo:
       —Bueno, ¿quiere saber dónde están ahora? —Y sonrió con una expresión de omnisciencia y satisfacción.
       —Quiero saberlo ahora mismo —dijo la señora Cope, prestando una atención casi militar.
       —En el camino, arrojando piedras contra su buzón —explicó la señora Pritchard, recostada cómodamente contra la puerta—. Ya casi lo han arrancao del soporte.
       —Al coche —dijo la señora Cope.
       La niña también subió y fueron por el camino hacia el portón. Los muchachos estaban sentados en el terraplén del otro lado de la carretera, lanzando piedras contra el buzón. La señora Cope frenó el coche casi debajo de ellos y miró por la ventanilla. Los tres la observaron como si nunca la hubieran visto, el mayor con semblante huraño, el pequeño con sus ojillos brillantes y sin sonreír, y Powell con una expresión ausente en su mirada estrábica sobre el destructor quebrado de su camiseta.
       —Powell —dijo ella—, estoy segura de que tu madre se avergonzaría de ti. —Guardó silencio y esperó que esto surtiera algún efecto. El rostro de Powell pareció contraerse un poco, pero continuó mirándola con expresión ausente.
       —He aguantao to lo que he podío. He tratao de ser amable con vosotros. ¿No he sido amable con vosotros, muchachos?
       Habrían parecido tres estatuas de no ser porque el mayor, sin apenas abrir la boca, dijo:
       —Ni siquiera estamos en su propiedad, señora.
       —No hay na qu’usté pueda hacer —siseó en voz alta la señora Pritchard. La niña estaba sentada en el asiento de atrás, pegada a ella. Tenía cara de enfadada y ofendida, pero mantuvo la cabeza apartada de la ventanilla para que no la vieran.
       La señora Cope habló lentamente, subrayando cada palabra.
       —Creo qu’he sido muy amable con vosotros. Os he dao de comer dos veces. Ahora voy al pueblo y, si todavía estáis aquí cuando regrese, llamaré al sheriff.
       Dicho esto, el coche partió. La niña, volviéndose rápidamente para mirar por la luna trasera, observó que no se habían movido; ni siquiera habían vuelto la cabeza.
       —Ahora los ha hecho enfadar —dijo la señora Pritchard—, y vaya a saber qué harán.
       —S’habrán ido cuando regresemos —afirmó la señora Cope.
       La señora Pritchard no podía soportar un anticlímax. Necesitaba el sabor de la sangre de tanto en tanto para mantener el equilibrio.
       —Conozco un hombre cuya mujer fue envenena por un chico al qu’habían adoptao por pura bondá —dijo.
       Cuando volvieron del pueblo, los muchachos no estaban en el terraplén, y dijo:
       —Prefiero verlos que no verlos. Cuando los ves, sabes por lo menos lo qu’están haciendo.
       —Tonterías —musitó la señora Cope—. Los he asustao y s’han ido y ahora nos podemos olvidar d’ellos.
       —Yo no me olvido —repuso la señora Pritchard—. No me sorprendería na que tuviesen una pistola en la maleta.
       La señora Cope se enorgullecía de su actitud ante la mentalidad de la señora Pritchard. Cuando la señora Pritchard veía señales y presagios de mal agüero, ella los explicaba con calma como productos de la imaginación, pero esa tarde tenía los nervios de punta, y dijo:
       —Ya hemos tenío bastante. Los chicos s’han ido y eso es to.
       —Muy bien, ya veremos —repuso la señora Pritchard.
       Todo estuvo tranquilo durante el resto de la tarde, pero a la hora de la cena, la señora Pritchard llegó para decir que había oído una risa perversa entre los arbustos que había cerca de la porqueriza. Era una risa maligna, llena de maldad calculada, y la había oído tres veces, ella misma, con toda claridad.
       —Yo no he oído na —dijo la señora Cope.
       —Creo que van atacar tan pronto como anochezca —afirmó la señora Pritchard.
       Esa noche, la señora Cope y la niña estuvieron sentadas en el porche hasta casi las diez y no pasó nada. Los únicos sonidos provenían de las ranas de San Antonio y de un chotacabras que cantaba cada vez más deprisa desde algún punto de la oscuridad.
       —S’han ido —comentó la señora Cope—, pobrecitos —Y comenzó a decirle a la niña cuan agradecidas debían estar por todo lo que tenían, ya que, dijo, podrían haber tenido que vivir en uno de esos pisos del gobierno, o podrían haber sido negras, o podrían haber estado en un pulmón de acero, o podrían haber sido europeos acarreados en vagones de carga como ganado, y empezó una letanía de sus bendiciones, con voz afligida, que la niña, aguzando los sentidos al oír un súbito chillido en la oscuridad, no escuchó.
       A la mañana siguiente, tampoco había señales de los muchachos. La fortaleza que formaba la línea de árboles era de un azul granítico; durante la noche se había levantado viento y el sol había surgido de un dorado pálido. La estación estaba cambiando. Hasta un leve cambio en la temperatura hacía que la señora Cope se sintiera agradecida, pero cuando las estaciones cambiaban parecía casi atemorizada de su buena fortuna por haber escapado a lo que pudiera perseguirla. Como hacía a veces cuando algo terminaba y otra cosa iba a comenzar, volvió su atención a la niña, que se había puesto un par de guardapolvos sobre el vestido, se había calado un sombrero de hombre hasta las cejas y estaba colocando dos pistolas en una pistolera decorada que le colgaba de la cintura. El sombrero de fieltro le quedaba muy apretado y parecía forzarle los colores en el rostro. Casi le llegaba al borde de las gafas. La señora Cope la miró con semblante trágico.
       —¿Por qué tienes que parecer una idiota? —le preguntó—. ¿Y si vienen visitas? ¿Cuándo vas a crecer? ¿Qué va ser de ti? ¡Te miro y me dan ganas de llorar! ¡A veces pareces hija de la señora Pritchard!
       —Déjame —replicó la niña con tono muy irritado—. Déjame. Tan sólo déjame en paz. Yo no soy tú. —Y se fue hacia el bosque como si estuviera acechando al enemigo, con la cabeza hacia delante y cada mano sobre la culata de una pistola.
       La señora Pritchard se acercó, malhumorada, porque no tenía ninguna calamidad de la que informar.
       —Tengo todas las desgracias en la cara —dijo aferrándose a lo que podía salvar—. Estos dientes… Cada uno parece un divieso.
       La niña caminaba ruidosamente por el bosque sobre las hojas caídas, que producían un sonido aciago bajo sus pies. El sol había subido un poco y era sólo un agujero blanco como una abertura para que el viento escapara hacia un cielo un poco más oscuro, y las copas de los árboles se veían negras contra el resplandor.
       —Os voy a coger uno a uno y a apalearos hasta que os llenéis de moretones. En fila. ¡En fila! —dijo, y apuntó con una pistola a un grupo de altos pinos de troncos desnudos, cuatro veces más altos que ella, cuando pasó a su lado. Siguió caminando, murmurando y refunfuñando, y de vez en cuando golpeaba con una pistola alguna rama que se interponía en su camino. De tanto en tanto, se paraba para sacarse las espinas que se le clavaban en la ropa y decía—: T’he dicho que me dejes. Déjame en paz. —Y daba un golpe con la pistola y luego proseguía su camino.
       Al rato se sentó en un tocón para serenarse, pero plantó ambos pies con cuidado y firmeza en el suelo. Los levantó y bajó varias veces, apretándolos con furia contra la tierra como si estuviera aplastando algo con los tacones. De pronto oyó una risotada.
       Se irguió, con la carne de gallina. Sonó otra vez. Oyó el sonido de una zambullida y se puso en pie, sin saber por dónde escapar. No estaba lejos de donde terminaba esa arboleda y empezaba el pastizal. Se encaminó hacia el pastizal, con mucho cuidado para no hacer ruido, y al llegar al borde vio de pronto a los tres muchachos, a menos de diez metros de distancia, lavándose en el abrevadero de las vacas. Sus ropas estaban apiladas junto a la maleta negra, lejos del alcance del agua que manaba del costado del tanque. El mayor estaba de pie y el pequeño trataba de encaramarse sobre sus hombros. Powell estaba sentado mirando fijamente hacia al frente tras las gafas salpicadas de agua. No prestaba la menor atención a los otros dos. Los árboles debían de parecer cataratas verdes a través de sus gafas mojadas. La niña estaba parcialmente escondida tras un tronco de pino, con la mejilla pegada a la corteza.
       —¡Ojalá viviera aquí! —gritó el pequeño, mientras se balanceaba con las rodillas apretadas contra la cabeza del mayor.
       —¡Yo estoy bien contento de no vivir aquí! —jadeó el muchacho alto, y saltó para desembarazarse del peso.
       Powell continuaba sentado sin moverse, como si no supiera que los otros dos estaban detrás, y miraba fijamente al frente como un fantasma que se hubiera incorporado en su ataúd.
       —Si este lugar desapareciera —dijo—, no tendríais que pensar en él nunca más.
       —Escucha —repuso el muchacho alto, que se sentó lentamente en el agua con el pequeño todavía sobre los hombros—, no pertenece a nadie.
       —Es nuestro —dijo el pequeño.
       La niña detrás del árbol no se movió. Powell saltó del abrevadero y comenzó a correr. Corrió alrededor de todo el campo como si algo lo persiguiera y, cuando pasó junto al tanque nuevamente, los otros dos saltaron y corrieron con él; el sol relumbrando en sus largos cuerpos mojados. El grande era más rápido e iba a la cabeza. Dieron dos vueltas al campo, se dejaron caer junto a sus ropas y se quedaron allí tumbados con las costillas moviéndose arriba y abajo. Al rato, el mayor dijo con voz ronca:
       —¿Sabéis lo qu’haría con este lugar si tuviera la oportunidá?
       —No. ¿Qué? —preguntó el pequeño, y se sentó para prestarle toda su atención.
       —Construiría un aparcamiento, o algo así —musitó el otro. Se empezaron a vestir. El sol creó dos puntos blancos en las gafas de Powell y borró sus ojos.
       —Yo sé lo que vamos hacer —dijo.
       Sacó algo pequeño del bolsillo y lo mostró. Durante un minuto se quedaron allí sentados mirando lo que tenía en la mano. Luego, sin pronunciar palabra, Powell cogió la maleta, se pusieron los tres en pie, pasaron junto a la niña y entraron en el bosque a menos de tres metros de donde ella estaba, un tanto apartada del árbol ahora, con la huella de la corteza impresa en el rostro, roja y blanca sobre la mejilla.
       Observó con mirada aturdida cómo se detenían, juntaban todas las cerillas que tenían entre los tres y comenzaban a prender fuego a la maleza. Se pusieron a aullar, a chillar, a darse golpecitos en la boca con la palma de la mano, y en unos pocos segundos hubo una delgada línea de fuego entre la niña y los muchachos. Mientras ella observaba, el fuego subió por la maleza y arrancó y mordió las ramas bajas de los árboles. El viento empujó jirones de fuego aún más arriba y los muchachos desaparecieron chillando tras ellas.
       La niña se dio la vuelta y trató de correr por el campo, pero tenía las piernas demasiado pesadas y se quedó allí, aplastada por una nueva tristeza imposible de identificar que nunca había sentido antes. Pero al final echó a correr.
       La señora Cope y la señora Pritchard estaban en el campo detrás del establo cuando la señora Cope avistó el humo que se elevaba del bosque más allá del pastizal. Chilló y la señora Pritchard señaló el camino por donde venía la niña dando grandes zancadas y gritando:
       —¡Mamá, mamá, van a construir un aparcamiento aquí!
       La señora Cope empezó a llamar a gritos a los negros mientras la señora Pritchard corría por el camino chillando. El señor Pritchard salió del establo y los dos negros dejaron de llenar el carro de estiércol en el patio y se encaminaron hacia la señora Cope con sus palas.
       —¡Deprisa, deprisa! —gritaba ella—. ¡Echar tierra!
       Ellos pasaron por su lado casi sin mirarla y cruzaron lentamente el campo en dirección a la humareda. Ella corrió un momento tras ellos, chillando:
       —¡Deprisa, deprisa! ¿No lo veis? ¿No lo veis?
       —Estará allí cuando lleguemos —dijo Culver, y adelantaron poco los hombros y siguieron al mismo paso. La niña se detuvo al lado de su madre y le miró la cara como si nunca la hubiera visto. Era el rostro de la nueva tristeza que ella había sentido, pero en su madre parecía vieja y era como si pudiera pertenecer a cualquiera, a un negro o a un europeo o al mismo Powell. La niña volvió la cabeza rápidamente y, más allá de las lentas figuras de los negros, vio la columna de humo que se elevaba y se ensanchaba sin control dentro de la línea granítica de los árboles. Se quedó tensa, con el oído aguzado, y oyó a lo lejos unos locos chillidos de alegría, como si los profetas estuvieran bailando en el horno feroz, en el círculo que el ángel había limpiado para ellos.


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