F. Scott Fitzgerald
(Saint Paul, Minnesota, 1896 – Hollywood, California, 1940)


Bancarrota emocional
(“Emotional Bankruptcy”)
Originalmente publicado en The Saturday Evening Post, 204 (August 15, 1931)
The Basil and Josephine Stories (1962)


I

       —Ahí está otra vez ese idiota con el catalejo —señaló Josephine. Lillian Hammel, en el sofá, se liberó del cojín de encaje que tenía en la cintura y se acercó a la ventana—. Se esconde para que no lo veamos. Está mirando hacia el cuarto de arriba.
      El mirón operaba desde una casa de la acera opuesta de la estrecha calle 68, sin darse cuenta en absoluto de que las alumnas del colegio de la señorita Truby conocían perfectamente sus actividades, aunque últimamente las seguían con indiferencia. Incluso lo habían identificado como el joven más bien mediocre pero correcto que salía de la casa con un maletín cada mañana a las ocho, aparentemente ajeno al colegio que había en la otra acera.
      —¡Qué individuo tan horrible! —dijo Lillian.
      —Todos son iguales —dijo Josephine—. Seguro que la mayoría de los hombres que conocemos harían lo mismo si tuvieran un telescopio y las tardes libres. Y, desde luego, seguro que Louie Randall lo haría.
      —¿Es verdad que quiere ir contigo a Princeton? —preguntó Lillian.
      —Sí, hija.
      —¿No se da cuenta de que es un caradura?
      —Hará lo que le dé la gana —le aseguró Josephine.
      —Paul se pondrá frenético, ¿no?
      —Me da lo mismo. Sólo conozco a media docena de chicos en Princeton, y con Louie sé que por lo menos tendré a alguien que baila bien. Paul es demasiado bajo para mí, y además baila fatal.
      No es que Josephine fuera muy alta; tenía la estatura perfecta para sus diecisiete años y una belleza que florecía maravillosamente, cada día más exuberante y cálida. Ahora la gente se quedaba sin respiración, mientras que un año antes sólo se quedaba mirándola fijamente, y dos años atrás, apenas si le hubiera echado un vistazo. Era evidente que en la próxima temporada sería la debutante de Chicago más espectacular, a pesar de que era una monomaníaca que no buscaba la popularidad, sino conquistar a hombres aislados. Aunque Josephine siempre se recuperaba, a los hombres no les pasaba lo mismo: Josephine solía recibir una docena de cartas al día desde Chicago, New Haven y el destacamento fronterizo de Yale.
      Esto sucedía en otoño de 1916, y el retumbar de lejanos cañones empezaba a atronar ya en el aire. Cuando las dos chicas partieron hacia la fiesta de los estudiantes de Princeton dos días después, llevaban consigo los poemas de Alan Seeger y algunos ejemplares de las revistas Smart Set y Snappy Stories, que habían comprado a escondidas en el quiosco de la estación. En comparación con una chica de diecisiete años de hoy, Lillian Hammel era una inocente, pero Josephine Perry pertenecía a los nuevos tiempos.
      No leyeron nada durante el viaje salvo unos cuantos epigramas amorosos que comenzaban: «Una mujer de treinta años es...». El tren estaba abarrotado, y un incesante y acalorado parloteo recorría los pasillos. Había chicas jovencísímas en un estado de pánico disimulado con valentía; había chicas que se aburrían en secreto y no volverían a cumplir los veinticinco; había chicas feas, piadosamente inconscientes de lo que les esperaba; y había algún minúsculo grupo de chicas seguras de sí mismas, que se sentían como si fueran a su propia casa.
      —Dicen que no es como Yale —dijo Josephine—. En Princeton no cuidan tanto los detalles. No te llevan de acá para allá a toda prisa, de merienda en merienda, como en New Haven.
      —¿A que nunca se te olvidará lo bien que nos lo pasamos la primavera pasada? —exclamó Lillian.
      Las dos suspiraron.
      —Por lo menos estará allí Louie Randall —dijo Josephine.
      Sí, allí estaría Louie Randall, a quien Josephine había creído conveniente invitar, sin preocuparse de decírselo a su pareja en Princeton. Su pareja, que en aquel momento se paseaba arriba y abajo por el andén de la estación entre otros muchos jóvenes, probablemente tenía la impresión de que aquélla era su fiesta. Pero se equivocaba: era la fiesta de Josephine. Incluso Lillian iría con otro estudiante de Princeton, llamado Martin Munn, que Josephine había tenido la amabilidad de proporcionarle. «Por favor, invítala», le había escrito. «Si lo haces, podremos pasar juntos mucho tiempo, porque a mi pareja no le intereso demasiado, así que no le importará.»
      Pero a Paul Dempster le importaba: le importaba mucho; tanto que, cuando el tren entró resoplando y echando humo en la estación, se tragó medio litro de aire, una manera suave de perder el sentido. Llevaba un año adorando a Josephine —aunque el interés de Josephine había disminuido hacía mucho tiempo— y había perdido la capacidad de juzgarla objetivamente; Josephine se había convertido en una proyección de sus propios sueños, una radiante y nebulosa masa de luz.
      Pero Josephine vio a Paul con absoluta claridad cuando se apearon del tren. Se echó en sus brazos inmediatamente, como si quisiera acabar pronto y tener libre el terreno para acciones más importantes.
      —¡Qué emoción! ¡Qué emoción! ¡Eres un encanto! ¡Mira que haberme invitado! —palabras inmemoriales que, quince años después, siguen siendo útiles.
      Lo cogió del brazo, acurrucándose, acomodándose con una serie de pequeños reajustes, como si quisiera encontrar la postura perfecta porque se iba a quedar allí para siempre.
      —Seguro que no te alegras de verme —murmuró—. Seguro que te has olvidado de mí. Sé cómo eres.
      Material rudimentario, pero que hizo entrar en éxtasis a Paul Dempster, perplejo y feliz. A primera vista aparentaba los diecinueve años que tenía, pero, en su interior, continuaba fermentando la adolescencia.
      Apenas si pudo decir:
      —Seguro —y añadió inmediatamente—: Martin tenía prácticas de química en el laboratorio. Se reunirá con nosotros en el club.
      Lentamente, la multitud de jóvenes se arremolinó en las escaleras, bajo el arco de Blair, flotando en un sueño de otoño y esparciendo con los pies las hojas amarillas. Lentamente avanzaban entre extensiones de césped, bajo los olmos y los claustros, respirando nubes de vaho en el atardecer vivificador, en pos de la esperanza que tenían al alcance de la mano, en pos de su meta, de la felicidad casi lograda.
      Se sentaron ante una espléndida chimenea en el Club Witherspoon, la mayor de esas residencias para estudiantes que han hecho famoso a Princeton. Martin Munn, la pareja de Lillian, era un chico guapo y callado, con quien Josephine había salido algunas veces, aunque sin explorar su faceta sentimental. Ahora, mientras en el gramófono sonaba Bajo las palmeras y brillaba la luz naranja y suave del gran salón sobre los grupos dispersos, que parecían conservar la atmósfera de infinitas promesas llegadas del exterior, Josephine lo observaba, calibrando su valía. Le hervía dentro una curiosidad que conocía bien: cada vez respondía más distraída a las frases de Paul. Pero Paul seguía bajo el cálido hechizo del paseo desde la estación, y no se daba cuenta. No podía sospechar que ya había recibido toda la ración que le correspondía. Ya le habían asignado un papel diferente.
      En el preciso instante en que alguien sugirió que fueran a arreglarse para la cena, el grupo reparó en un individuo que acababa de entrar en el club y permanecía junto a la entrada, mirando, no precisamente cómodo, pues parpadeaba como extrañado, pero de ninguna manera nervioso. Era alto, con largas piernas de bailarín, y su cara era la de una comadreja vieja y experimentada para la que ningún gallinero era inexpugnable. —¡Vaya! ¡Louie Randall! —exclamó Josephine, como si estuviera muy asombrada.
      Habló con él un momento, como de mala gana, y luego se lo presentó a los demás, mientras le susurraba a Paul:
      —Es un chico de New Haven. No podía imaginarme que me iba a seguir hasta aquí.
      Randall tardó unos minutos en formar parte del grupo. Era ingenioso y alegre. Ninguna sospecha ensombrecía el ánimo de Paul.
      —Ah, por cierto —dijo Louie Randall—, ¿podría cambiarme de ropa en algún sitio? Tengo la maleta fuera.
      Se produjo un silencio momentáneo. Josephine no demostraba el menor interés. El silencio se hizo más incómodo, y Paul se oyó decir:
      —Si quieres, te puedes cambiar en mi habitación.
      —No quiero molestarte.
      —Nada de eso.
      Josephine miró a Paul levantando las cejas, declinando toda responsabilidad en el atrevimiento de aquel individuo. Entonces Randall dijo:
      —¿Vives cerca de aquí?
      —Muy cerca.
      —Es que tengo un taxi en la puerta y te podría llevar si quieres cambiarte, y así podrías enseñarme dónde es. No quiero molestarte.
      La repetición de esta ambigua frase sugería que, en caso de que no lo acompañara, Paul podría encontrarse sus pertenencias en la calle. Se levantó de mala gana; no oyó cómo Josephine le susurraba a Martin Munn: «No te vayas todavía, por favor». Pero Lillian sí la oyó, sin que le importara en absoluto. Sus asuntos amorosos nunca chocaban con los de Josephine, y por eso eran íntimas amigas desde hacía mucho tiempo. Cuando Louie Randall y su involuntario anfitrión se fueron, Lillian se disculpó y subió a cambiarse.
      —Me gustaría ver las instalaciones del club —sugirió Josephine. Sentía que la emoción de otras veces empezaba a correrle por las venas, sentía que las mejillas se le encendían como una estufa eléctrica.
      —Éstos son los comedores privados —le explicaba Martin mientras daban una vuelta por el edificio—. Ésta es la sala de billar... Las pistas de squash... La biblioteca imita no sé qué biblioteca de un monasterio cisterciense que hay en... en la India o no sé dónde... Éste... —abrió la puerta y se asomó—. Éste es el despacho del presidente, pero no sé dónde está la luz.
      Josephine entró en el despacho, soltando una risilla.
      —Se está muy bien aquí —dijo—. No se ve nada. Ay, he tropezado con algo. ¡Ven a salvarme!
      Cuando salieron minutos después, Martin se alisaba el pelo apresuradamente.
      —¡Eres preciosa! —dijo.
      Josephine hizo un ruidillo extraño.
      —¿Qué pasa? —preguntó Martin—. ¿Por qué pones esa cara?
      Josephine no respondió.
      —¿He hecho algo malo? ¿Estás enfadada? Parece como si hubieras visto un fantasma.
      —No has hecho nada —contestó Josephine, y añadió con esfuerzo—: Has sido muy... muy dulce —se estremeció—. ¿Puedes acompañarme a mi habitación?
      «Qué raro», pensaba. «Con lo guapo que es, y no he sentido nada en absoluto al besarlo. Por primera vez en mi vida, incluso con hombres que no me interesaban, no he sentido nada. A lo mejor me aburría después, pero en el momento siempre sentía algo.»
      Aquella experiencia la había deprimido de una manera inexplicable. Sólo era su segundo baile en la universidad, pero jamás había disfrutado tan poco antes o después de una fiesta. Nunca la habían asediado con tanto entusiasmo, pero le parecía flotar permanentemente en una burbuja de sueño, aislada. Los hombres no eran hombres aquella noche, sino muñecos; hombres de Princeton, hombres de New Haven, hombres nuevos, pretendientes viejos: todos eran tan irreales como maniquíes. Se preguntó si su cara tenía esa expresión bovina que tantas veces había descubierto en las caras de las chicas estúpidas y apáticas.
      «Es mi estado de ánimo», se dijo. «Sólo estoy cansada.»
      Pero, al día siguiente, durante un animado y bullicioso almuerzo, se encontró más decaída que la docena de chicas que lánguidamente alardeaban de no haberse acostado en toda la noche. Después del partido de fútbol, Paul Dempster la acompañó a la estación. Josephine, arrepentida, se esforzaba en dedicarle el final del fin de semana, como le había dedicado el principio.
      —Pero ¿por qué no venís al teatro con nosotros esta noche? —suplicaba Paul—. Ya te lo daba a entender en mi carta. Pensábamos llevaros a Nueva York para ir juntos al teatro.
      —Porque —explicó Josephine con paciencia— Lillian y yo tenemos que estar en el colegio a las ocho. Con esa única condición nos dieron permiso para venir.
      —¡Demonios! Seguro que habéis quedado esta noche con ese Randall.
      Josephine lo negó con un gesto de desdén, pero de repente Paul había caído en la cuenta de que Randall había comido con ellos, había dormido en su propio sofá y, aunque durante el partido se hubiera sentado en el graderío de Yale, en cierto modo tampoco se había separado de ellos.
      Y la cara de Randall fue la última que Paul vio cuando el tren se puso en marcha. Le había dado las gracias fervorosamente a Paul y lo había invitado a quedarse en su habitación si alguna vez iba a New Haven.
      Pero, si el desdichado estudiante de Princeton hubiera presenciado una escena que tuvo lugar en la estación de Pensilvania una hora después, su dolor se hubiera mitigado, pues entonces era Louie Randall quien discutía con amargura:
      —Pero ¿por qué no os arriesgáis? La señora que os acompaña no sabe a qué hora tenéis que estar en el colegio.
      —Nosotras, sí.
      Cuando por fin aceptó lo inevitable y se fue, Josephine suspiró y le dijo a Lillian.
      —¿Dónde hemos quedado con Wallie y Joe? ¿En el Ritz?
      —Sí, y será mejor que nos demos prisa —dijo Lillian—. El Follies empieza a las nueve.


II

       Había sido así durante casi un año —una partida jugada con técnica magistral, pero con la pasión y el entusiasmo perdidos—, y a Josephine le faltaba todavía un mes para cumplir los dieciocho. Una tarde, en las vacaciones del Día de Acción de Gracias, mientras esperaban la hora de la cena en la biblioteca de la casa de Christine Dicer, en Gramercy Parle, Josephine le dijo a Lillian:
      —No dejo de darle vueltas a lo emocionada que me hubiera sentido hace un año: un sitio nuevo, un vestido nuevo, conocer a hombres nuevos.
      —Tienes ya mucho mundo, hija; estás de vuelta de todo.
      Josephine se molestó:
      —Odio esa expresión, y además no es verdad lo que dices. No me importa nada en el mundo, excepto los hombres, y tú lo sabes. Pero los hombres ya no son lo que eran. ¿De qué te ríes?
      —¿Cuando tenías seis años eran diferentes?
      —Sí. Eran más alegres cuando jugábamos a que se nos caía el pañuelo, incluso aquellos niños judíos que entraban por la verja de detrás de la casa. Y eran tan apasionantes los chicos que iban a la academia de baile. Yo me preguntaba qué sentiría al besar a cada uno, y a veces era maravilloso. Y luego llegaron Travis y Tony Harker y Ridge Saunders y Ralph y John Bailey, y por fin empecé a darme cuenta de que era yo la que lo hacía todo. La mayoría de los chicos no eran nada: ni héroes, ni hombres de mundo, ni nada de lo que me había imaginado. Sólo eran fáciles. Suena a engreimiento, pero es la verdad... —hizo una pausa—. Anoche, en la cama, estuve pensando en el tipo de hombre al que yo podría querer de verdad: sería diferente a todos los que he conocido. Tendría que cumplir ciertas condiciones. No tendría que ser necesariamente muy guapo, pero sí bien parecido, y con buen tipo, y ser fuerte. Además, tendría que tener una buena posición social, o no importarle si la tiene o no, no sé si me entiendes. Tendría que ser un líder, no un cualquiera. Y serio y digno, pero muy apasionado, y con mucha experiencia, para que yo creyera todo lo que dijera y me pareciera bien lo que él pensara que está bien. Y yo, cada vez que lo mirara, tendría que sentir ese estremecimiento que a veces siento con un hombre que acabo de conocer; pero con él tendría que sentirlo siempre, siempre, cada vez que lo mirara, toda mi vida.
      —Y te gustaría que estuviera muy enamorado de ti. Eso es lo primero que a mí me gustaría.
      —Claro —dijo Josephine, abstraída—, pero ante todo me gustaría estar siempre segura de que lo quiero. Es más divertido querer a alguien que ser querida.
      Se oyeron pasos en el corredor y un hombre entró en la habitación. Era un oficial con el uniforme de la aviación francesa: una guerrera azul horizonte que le quedaba como un guante, y botas y correajes que brillaban como espejos a la luz de la lámpara. Era joven, con ojos grises que parecían mirar a la lejanía y un bigote marcial, castaño, casi pelirrojo. Una banda de cintas de colores le adornaba el costado izquierdo, y lucía galones dorados en las mangas y las alas de la aviación en las insignias del cuello.
      —Buenas noches —dijo cortésmente—. Me han ordenado que venga aquí. Espero no haberlas interrumpido.
      Josephine no se inmutó. Lo miró de arriba abajo, y, mientras lo examinaba, el joven parecía acercársele, llenando todo el espacio. Oyó la voz de Lillian, y la voz del oficial, que decía:
      —Me llamo Dicer; soy primo de Christine. ¿Les importa que fume?
      No se sentó. Paseó por la biblioteca y hojeó una revista, no desdeñando su presencia, sino como si respetara su conversación. Pero, cuando vio que se había hecho el silencio, se sentó a una mesa, cerca de ellas, cruzó los brazos y les sonrió.
      —Está en el ejército francés —aventuró Lillian.
      —Sí. Acabo de volver y me alegro mucho de estar aquí.
      No parecía alegrarse, advirtió Josephine. Parecía estar deseando irse, pero no tener un sitio adonde ir.
      Por primera vez en su vida no se sentía segura de sí misma. No tenía absolutamente nada que decir. Confiaba en que no se le notara en la cara el vacío que había sentido desde que súbitamente su alma se había abierto ante la bella imagen del aviador. Se esforzó en sonreír mientras recordaba cómo una vez, hacía mucho tiempo, Travis de Coppet se había puesto la capa de su tío para ir a la academia de baile y parecía haberse transformado de repente en un hombre de mundo. Así, la guerra en Europa, que tanto duraba ya y tan poco nos afectaba, salvo para confinarnos en nuestras propias costas, cobraba tintes de leyenda, y la figura que tenía ante ella parecía haber salido de un gigantesco cuento de hadas.
      Josephine se alegró de que llegaran los otros invitados a la cena y de que la habitación se llenara de gente, desconocidos con los que podía hablar o reír o bostezar, según sus méritos. Despreciaba a las chicas que revoloteaban alrededor del capitán Dicer, pero admiraba al capitán, que no daba la menor señal de si disfrutaba de aquella situación o le parecía detestable. A Josephine le desagradaba especialmente una rubia alta y posesiva que una vez se permitió cogerlo del brazo: el capitán Dicer debería haberse sacudido con el pañuelo aquella mancha sobre su pureza.
      Se sentaron a cenar. Lo pusieron lejos de ella, y ella se alegró. Lo único que veía de él era su puño azul, en la otra punta de la mesa, cuando quería coger el vaso, pero tenía la sensación de que estaban solos los dos, y no importaba que él no lo supiera.
      El hombre que se sentaba a su lado le facilitó la información superflua de que era un héroe:
      —Es primo de Christine. Se educó en Francia y se alistó al comienzo de la guerra. Su avión fue derribado tras las líneas alemanas y se fugó saltando de un tren en marcha. Los periódicos hablaron mucho de eso. Creo que ha venido para colaborar en tareas de propaganda. Y es un gran jinete. Le cae bien a todo el mundo.
      Después de la cena se sentó en silencio, mientras dos hombres charlaban a su lado. Deseaba con toda su alma que él se le acercara. Ah, ella sería amable, y evitaría cualquier signo de curiosidad o sensiblería sobre las experiencias de la guerra, evitaría todas las cosas que debían de haberlo aburrido e incomodado desde que había vuelto a su patria. Josephine oía lo que le estaban diciendo:
      —Capitán Dicer... los alemanes crucifican a los soldados canadienses que caen prisioneros... ¿Cuánto tiempo cree que la guerra...? ...detrás de las líneas enemigas... ¿Tuvo usted miedo?
      Y una voz vehemente, masculina, entre chupada y chupada a un puro, comentaba:
      —A mi entender, capitán Dicer, no se está imponiendo ninguno de los dos bandos. Me da la impresión de que se temen mutuamente.
      Parecía que había pasado mucho tiempo cuando se acercó a ella, en el momento preciso, cuando había una silla vacía a su lado para que él se sentara.
      —Tenía ganas de hablar un rato con la chica más guapa. Llevo deseándolo toda la noche. Ha resultado dificilísimo.
      Josephine tenía ganas de echarse sobre la piel reluciente del correaje y, más aún, tenía ganas de apoyar la cabeza en su regazo. Toda su vida había estado orientada hacia aquel momento. Sabía lo que él quería, y se lo dio: no fueron palabras, sino una sonrisa de afecto y gozo, una sonrisa que decía: «Pídeme lo que quieras; me has conquistado». No era una sonrisa que devaluara a Josephine, porque, a través de su belleza, hablaba por los dos: expresaba toda la alegría en potencia que compartían.
      —¿Quién eres? —preguntó él.
      —Una chica.
      —Creí que eras una flor. Me preguntaba por qué te habían puesto en una silla.
      —Vive la France —contestó Josephine en tono dulce y algo coqueta. Le miró el pecho—: ¿También coleccionas sellos, o sólo monedas?
      Él se echó a reír.
      —Es estupendo volver a estar con una chica americana. Esperaba que por lo menos me sentaran frente a ti en la mesa: no hubiera dejado de mirarte.
      —Yo podía ver el puño de tu uniforme.
      —Yo te podía ver el brazo. Por lo menos... Sí, me parecía tu pulsera verde... —y luego sugirió—: ¿Por qué no salimos juntos una de estas noches?
      —No estaría bien. Todavía voy al colegio.
      —Bueno, alguna tarde entonces. Me gustaría ir a alguna fiesta y oír las nuevas canciones de moda. Lo más moderno que conozco es Esperando a Robert E. Lee.
      —Mi niñera me la cantaba para dormirme.
      —¿Cuándo podrías?
      —Me temo que tendrás que organizar una fiesta o algo así. Tu tía, la señora Dicer, es muy estricta.
      —Se me había olvidado —asintió—. ¿Cuántos años tienes?
      —Dieciocho —dijo, adelantándose un mes.
      Y en este punto los interrumpieron y terminó la noche para Josephine. Los otros jóvenes en esmoquin parecían de luto al lado del estandarte de su uniforme. Algunos la atosigaron, pero Josephine se había sumergido en una ensoñación azul horizonte y quería estar sola.
      «Por fin ha llegado», le murmuraba algo en su interior.
      Durante el resto de la noche, durante todo el día siguiente, Josephine se movió en una especie de trance. Faltaba un día más para volver a verlo: cuarenta y ocho horas, cuarenta, treinta. Aquella expresión, «de vuelta de todo», le daba risa: jamás había sentido semejante emoción, tanta expectación. El día bienaventurado fue una nebulosa de música mágica y habitaciones invernales débilmente iluminadas, de automóviles donde le temblaba la rodilla contra el lazo de los cordones de la alta bota militar. Las miradas que los seguían mientras bailaban la hacían sentirse orgullosa; se sentía orgullosa de él hasta cuando bailaba con otra.
      «Quizá piense que soy demasiado joven», pensaba angustiada. «Por eso no me dirá nada. Si lo hiciera, dejaría el colegio. Me fugaría con él esta noche.»
      Al día siguiente volvieron a empezar las clases y Josephine escribió a casa:

«Querida mamá: ¿Podría pasar parte de las vacaciones en Nueva York? Christine Dicer quiere que pase una semana en su casa, así que aún me sobrarían diez días para pasarlos en Chicago. Uno de los motivos es que representan en el Metropolitan El anillo de los nibelungos de Wagner y si vuelvo a casa en cuanto me den las vacaciones sólo podré ver El oro del Rin. Y además no me han terminado todavía dos trajes de noche...»

      La respuesta llegó a vuelta de correo:

«...porque, en primer lugar, tu decimoctavo cumpleaños cae en esas fechas, y tu padre se sentiría muy triste, porque sería el primer cumpleaños que no pasarías con nosotros; y, en segundo lugar, no conozco a los Dicer; y, en tercer lugar, he preparado una fiesta en tu honor y necesito que me ayudes; y, por último, no creo que sean verdad los motivos que me dices. Durante la semana de Navidad la Gran Ópera de Chicago representará...»

      Entretanto, el capitán Edward Dicer había mandado flores y varias cartitas ceremoniosas que a Josephine le sonaban a traducciones del francés. Josephine se sentía cohibida al contestarlas, así que lo hacía en argot. La educación francesa del capitán Dicer y los años de guerra mientras América corría vertiginosamente hacia la Era del Jazz le hacían parecer, aunque sólo tuviese veintitrés años, de una generación más protocolaria y cortés que la suya. Josephine se preguntaba qué pensaría el capitán de gente tan lánguida y exótica como Travis de Coppet, Book Chaffee o Louie Randall. Dos días antes de las vacaciones Edward Dicer le escribió preguntándole cuándo salía su tren para el Oeste. Ya era algo, y durante setenta y dos horas aquella carta le dio sentido a su vida, incapaz de prestar atención a la multitud de invitaciones de Navidad y cartas desatendidas que se había propuesto contestar antes de volver a Chicago. Pero, cuando por fin llegó el día, Lillian le pasó un ejemplar subrayado de Chismes de la ciudad que, por su aspecto lamentable, parecía haber pasado por las manos de todo el colegio.
«Se rumorea que cierto elegante papá, que andaba algo irascible por la elección matrimonial de un vastago anterior, contempla con ecuanimidad que la única hija que le queda frecuente la compañía de un joven recién llegado después de sus hazañas en el ejército francés.»
      El capitán Dicer no fue a despedirla a la estación. No le mandó flores. Lillian, que quería a Josephine como si fuera parte de sí misma, lloraba en su compartimento.
      Josephine la consolaba, diciendo:
      —Pero, querida, escúchame. Me da lo mismo. Estando en el colegio, no tenía la menor posibilidad. No importa.
      Pero siguió despierta horas y horas después de que Lillian se durmiera.


III

       Dieciocho años: tenía que haber significado muchas cosas. Cuando cumpla los dieciocho podré... Hasta que una chica no llega a los dieciocho... Verás las cosas de otra manera cuando tengas dieciocho años.
      Esto, por lo menos, era verdad. Josephine miraba las invitaciones para las vacaciones como si fueran facturas atrasadas. Las contaba distraída, como siempre había hecho: veintiocho bailes, diecinueve cenas y obras de teatro, quince meriendas con baile, una docena de almuerzos, unas cuantas invitaciones variadas, desde un desayuno en honor del coro de Yale hasta una fiesta con trineos en Lake Forest: setenta y ocho en total, y, con el pequeño baile que ella iba a organizar, setenta y nueve. Setenta y nueve promesas de diversión, setenta y nueve ofrecimientos de compartir con ella la alegría. Se sentó con paciencia para seleccionar y sopesar las invitaciones, consultándole a su madre los casos dudosos.
      —Estás un poco pálida y pareces cansada —dijo su madre.
      —Me estoy consumiendo. Me han dado calabazas.
      —No te durará mucho. Conozco a mi Josephine. Esta noche, en el cotillón de la Liga Juvenil, conocerás a hombres maravillosos.
      —No, mamá. Mi única esperanza es casarme. Aprenderé a querer a mi marido y a darle hijos y rascarle la espalda...
      —Josephine!
      —Conozco a dos chicas que se casaron por amor y me dijeron que su deber era rascarle la espalda a su marido y mandarle la ropa a la lavandería. Pero asumiré mi deber, y, cuanto antes, mejor.
      —Todas las chicas se sienten así alguna vez —dijo su madre alegremente—. Antes de casarme tuve tres o cuatro pretendientes, y, sinceramente, todos me gustaban lo mismo. Cada uno tenía alguna cualidad que me gustaba, y aquello me preocupaba tanto que al final me daba igual; podría perfectamente haberlo rifado: a quien le toque, le tocó. Y entonces, un día que me sentía sola, tu padre me recogió para dar un paseo en coche, y desde ese día no volví a tener la menor duda. El amor no es lo que cuentan los libros.
      —Claro que lo es —dijo Josephine con tristeza—. Por lo menos para mí siempre lo ha sido.
      Por primera vez le parecía más agradable estar con un grupo que con un hombre a solas. En cuanto empezaban una frase se aburría. ¿Cuántas frases había oído en tres años? Le presentaban a hombres con fama de excitantes, y Josephine disfrutaba dejándolos helados, melancólicos, con lánguidas respuestas y miradas perdidas. Antiguos admiradores enjuiciaban favorablemente la metamorfosis, agradeciendo que por fin, aunque con atraso, les dedicara un poco de tiempo. Y Josephine se alegraba de que acabaran las vacaciones. Y una tarde gris, el día siguiente a Año Nuevo, al volver de un almuerzo, se dio cuenta de que, por una vez al menos, era agradable pensar que no tenía nada que hacer hasta la hora de la cena. Cuando se quitaba los chanclos en el recibidor, se sorprendió mirando fijamente algo que, encima de la mesa, le había parecido una proyección de su propia imaginación. Era una tarjeta que acababan de dejar: una tarjeta del señor Edward Dicer.
      Instantáneamente, el mundo se estremeció, volvió a la vida, giró vertiginosamente y se detuvo en un mundo nuevo. El recibidor donde él había estado palpitaba lleno de vida: se imaginaba su figura, ante la luz que entraba por la puerta abierta, con el sombrero y el bastón en la mano. Fuera de la casa, Chicago se impregnaba de su presencia, latía con aquel placer que ya conocía Josephine. Oyó desde el salón el timbre del teléfono y, todavía con el abrigo de pieles, corrió a descolgarlo.
      —¡Diga!
      —Por favor, ¿la señorita Josephine?
      —Sí, diga.
      —Ah, soy Edward Dicer.
      —He visto tu tarjeta.
      —No nos hemos encontrado por muy poco.
      ¿Qué importaban las palabras cuando cada palabra aleteaba, vibraba?
      —Sólo he venido a pasar el día. Desgraciadamente, no tengo más remedio que cenar esta noche con la gente que me ha invitado.
      —¿Puedes venir ahora?
      —Si tú quieres.
      —Ven pronto.
      Corrió escaleras arriba para cambiarse de vestido, cantando por primera vez desde hacía semanas. Cantaba:

¿Dónde están mis zapatos?
¿Dónde están mis nuevos zapatos grises?
Me parece que los dejé aquí,
pero sospecho que... ¿ Dónde narices...?


      Y, vestida ya, estaba en lo alto de las escaleras cuando sonó el timbre.
      —No te preocupes —gritó a la criada—; yo abriré.
      Les abrió la puerta al señor Warren Dillon y señora. Eran viejos amigos y todavía no los había visto aquellas navidades.
      —Josephine! Habíamos quedado aquí con Constance, pero teníamos la esperanza de verte aunque sólo fuera un minuto: es que no paras ni un instante.
      Espantada, los hizo pasar a la biblioteca.
      —¿A qué hora habéis quedado con Constance? —preguntó en cuanto pudo.
      —Dentro de media hora, si no se retrasa.
      Trató de ser especialmente educada, para expiar por adelantado la falta de educación que quizá fuera necesaria más tarde. Cinco minutos después volvió a sonar el timbre, y en el porche estaba la figura romántica, recortándose nítidamente contra el cielo amenazador, y, detrás del héroe, subían los escalones Travis de Coppet y Ed Bement.
      —¡Quédate! —murmuró Josephine—. Toda esta gente se irá enseguida.
      —Sólo tengo dos horas —dijo él—. Pero me esperaré, si quieres.
      Hubiera querido abrazarlo, pero se dominó, incluso controló sus manos. Presentó a unos y otros, pidió el té. Los hombres le preguntaron a Edward Dicer sobre la guerra y él los esquivó con educación pero un poco incómodo.
      Media hora más tarde preguntó a Josephine:
      —¿Tienes hora? No puedo descuidarme y perder el tren.
      Tenían que haber advertido que llevaba reloj, tenían que haber entendido la indirecta, pero Edward Dicer los fascinaba, como si hubieran aislado a un raro espécimen y estuvieran decididos a descubrirlo todo sobre él. Incluso, aunque se hubieran dado cuenta del estado de ánimo de Josephine, la hubieran considerado una egoísta por querer para ella sola algo de tan indiscutible interés general.
      La llegada de Constance, su hermana casada, no mejoró la situación: Dicer volvió a ser víctima del fenómeno de la curiosidad humana. Cuando dieron las seis en el reloj del recibidor, le lanzó a Josephine una mirada de desesperación. Comprendiendo demasiado tarde la situación, el grupo se disolvió. Constance se llevó a los Dillon a la sala de estar del piso de arriba, y los dos jóvenes se fueron a sus casas.
      Silencio, si no fuera por las voces que se iban apagando en las escaleras, por el automóvil que se alejaba aplastando la nieve. Antes de decir una palabra, Josephine llamó a la criada y le dio instrucciones: no estaba en casa. Cerró la puerta que daba al recibidor. Entonces se sentó en el sofá cerca de él y unió las manos con fuerza y esperó.
      —Gracias a Dios —dijo Edward—. Mé parecía que si se quedaban un minuto más...
      —Ha sido horroroso, ¿verdad?
      —He venido por ti. La noche que te fuiste de Nueva York llegué diez minutos después de que el tren hubiera salido porque me entretuvieron en la oficina de propaganda francesa. Las cartas no se me dan demasiado bien. Desde entonces sólo he pensado en venir a verte.
      —Me puse muy triste.
      Pero no ahora: ahora pensaba que pronto estaría entre sus brazos, sintiendo los botones de la guerrera contra su cuerpo, haciéndole daño, sintiendo que aquel correaje que le cruzaba el uniforme los unía, la hacía formar parte de él. No había dudas ni reservas de ninguna clase: él era lo único que ella quería.
      —Me quedaré aquí seis meses más, quizá un año. Luego, si continúa esta maldita guerra, tendré que volver a Europa. Creo que no tengo ningún derecho a...
      —¡Espera! ¡Espera! —exclamó Josephine. Quería saborear, sentir unos segundos más aquel instante de felicidad—. Espera —repitió, poniendo la mano en su mano. Sentía con intensidad cada uno de los objetos que había en la habitación; sentía cómo pasaba cada segundo, y cada uno transportaba al futuro una carga de belleza—. Muy bien, dime.
      —Sólo que te quiero —murmuró. La tenía entre los brazos; sentía sus cabellos en la mejilla—. No hace mucho que nos conocemos, y sólo tienes dieciocho años. Pero he aprendido: esperar me da miedo.
      Josephine, apoyada en su brazo, echó la cabeza hacia atrás para verle la cara. Su cuello se curvó con gracia, pleno y suave, y se inclinó sobre el hombro de Edward, como ella sabía, para que sus labios estuvieran cada vez más cerca de los suyos. «Ahora», pensó. Edward emitió una especie de suspiro, casi inaudible, y acercó la cara de Josephine a la suya.
      Un instante después, Josephine se separó de Edward y se puso derecha.
      —Querida mía, vida mía.
      Josephine lo miraba, no dejaba de mirarlo. Y delicadamente él la volvió a atraer hacia sí y la besó. Esta vez, cuando se incorporó, se levantó y fue al otro extremo del salón, donde abrió una caja de almendras y se metió en la boca unas cuantas. Luego volvió y se sentó a su lado, mirando al frente, lanzándole una rápida mirada.
      —¿En qué piensas, querida, querida Josephine?
      No respondió, y él puso sus dos manos sobre las suyas.
      —¿Qué sientes, querida?
      Mientras él respiraba, Josephine oía el débil roce del correaje de cuero contra su hombro; sentía cómo la miraban aquellos ojos preciosos, cariñosos, llenos de fuerza; sentía cómo el orgullo de Edward se alimentaba de gloria, como otros se alimentan de seguridad; oía un tintineo de espuelas en su voz fuerte, sonora, irresistible.
      —No siento nada en absoluto.
      —¿Qué quieres decir? —estaba sorprendido.
      —¡Ayúdame, por favor! —exclamó Josephine—. ¡Ayúdame!
      —No entiendo lo que quieres decir.
      —Bésame otra vez.
      La besó. Esta vez no la soltó. La miraba a la cara.
      —¿Qué quieres decir? ¿Quieres decir que no me quieres?
      —No siento nada.
      —Pero me querías.
      —No lo sé.
      La soltó. Josephine fue a sentarse en el otro extremo del salón.
      —No lo entiendo —dijo Edward un instante después.
      —Creo que eres perfecto —dijo ella, y le temblaban los labios.
      —Pero no... No te estremezco.
      —Sí, mucho. Esta tarde ha sido un puro estremecimiento.
      —Entonces ¿qué pasa, cariño?
      —No lo sé. Me han dado ganas de reír cuando me has besado —le repugnaba decir aquello, pero la obligaba a hablar una franqueza profunda, desesperada. Vio cómo le cambiaba la mirada, se dio cuenta de que se separaba un poco de ella—. Ayúdame —repitió.
      —¿Cómo puedo ayudarte? Tendrías que ser más clara. Te quiero; pensaba que a lo mejor tú también me querías. Nada más. Si no te gusto...
      —Claro que me gustas. Eres todo... Eres todo lo que siempre había deseado.
      Su voz continuó en su interior: «Pero ya lo he conseguido todo».
      —Pero, sencillamente, no me quieres.
      —No puedo darte nada. No siento nada en absoluto.
      Edward se levantó de pronto. Notaba cómo la apatía inmensa y trágica de Josephine inundaba el salón y le contagiaba aquella indiferencia: súbitamente muchas cosas se disolvieron y desaparecieron de su corazón.
      —Adiós.
      —No vas a ayudarme —murmuró ensimismada.
      —¿Cómo diablos puedo ayudarte? —contestó con impaciencia—. Te soy indiferente. Eso no lo podemos cambiar ni tú ni yo. Adiós.
      —Adiós.
      Se sentía muy cansada y se echó boca abajo en el sofá. Era terriblemente consciente de que todas las frases hechas son verdad: nadie puede gastar y poseer a la vez. Había tenido el amor de su vida al alcance de la mano, pero, cuando buscó en su cesta vacía, no encontró ni una flor que poder ofrecerle, ni una. Se echó a llorar.
      —¿Qué me he hecho a mí misma? —sollozó—. ¿Qué he hecho? ¿Qué he hecho?



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