F. Scott Fitzgerald
(Saint Paul, Minnesota, 1896 – Hollywood, California, 1940)


Algo más que una casa
(“More Than Just a House”)
Originalmente publicado en The Saturday Evening Post, 205 (June 24, 1933)
The Price Was High: The Last Uncollected Stories of F. Scott Fitzgerald (1973), selección e introducción por Matthew J. Bruccoli.


I

       Era una de las costumbres de Lew... Y ya llevaba corrido lo suyo. Entrabas a un recibidor, a veces estrecho, estilo colonial de Nueva Inglaterra, a veces prudentemente espacioso. Una vez en el recibidor, el anfitrión decía: «Clare» —o «Virginia», o «Querida»—, «te presento al señor Lowrie». La mujer decía: «Cómo esta usted, señor Lowrie», y Lew contestaba: «Cómo esta usted, señora Mujer». Entonces el hombre sugería: «¿Un cóctel?». YLew arqueaba las cejas y decía: «Estupendo», en un tono que insinuaba: «¡Cuánta hospitalidad, consideración, atención!». Aquellos deliciosos canapés. «¡Mmm! Señora, ¿qué son...? ¿Gloria divina? Lo suficiente para saciar un apetito más fuerte que el mío».
      Porque Lew se acercaba a la cumbre, con seis trajes nuevos, y empezaba a conocer el intríngulis de las cosas. Estaba a punto de ser admitido en un club de la ciudad y le tenía echado el ojo a un modernísimo piso de soltero lleno de puertas batientes de hierro forjado —como si fuera un niño con tendencia a caerse por las escaleras—, cuando salvó la vida a la hija de los Gunther y tuvo que cambiar todos sus gustos.
      Sucedió en 1925, antes de la Exposición Hispanoamericana... No, antes de todo lo que ha sucedido desde entonces. Las hijas de los Gunther se habían apeado del tren donde no se tenían que haber apeado, y andaban cogidas del brazo cuando Amanda se interpuso en el camino de una locomotora que se acercaba. Amanda era más bien alta, rubia y orgullosa, y la locomotora era desproporcionadamente baja, oscura y tenaz. Lew no tuvo tiempo de hacer especulaciones sobre las respectivas oportunidades en el encuentro que se aproximaba; se avalanzó sobre Jean, que estaba más cerca, y, mientras las dos hermanas se abrazaban, sorprendidas, Lew empujó a Amanda fuera de las vías, salvándola por un pelo, hasta el punto de que un pistón le rozó el abrigo.
      Y así cambió el gusto de Lew en lo que se refiere a arquitectura y decoración de interiores. En la casa de los Gunther se servía el té, caliente o helado, bollos azucarados, pan de jengibre y panecillos calientes a las cuatro y media. La primera vez que fue se sintió impresionado por el prestigio heroico de la familia, pero la impresión le duró cinco minutos. Más tarde sabría que durante la guerra civil la abuela de Amanda había sido rescatada por su propia abuela de una casa en llamas en el condado de Montgomery, que el padre había salvado en cierta ocasión a diez náufragos y había sido propuesto para la medalla Carnegie, que cuando Jean era niña un hombre la había salvado de las olas en Cape May, que todos los Gunther llevaban salvando vidas, o viendo cómo les salvaban la vida, desde hacía cincuenta años y que su auténtica deuda con Lew respondía a que el joven había continuado la tradición.
      Estaban en la amplísima galería cubierta de parras («Lo primero que yo echaría abajo es esa monstruosidad», dijo un invitado que era arquitecto), que casi rodeaba todo el perímetro de la casa, una especie de caja grande y cuadrada construida alrededor de 1880. Las hermanas, que eran tres, aparecieron y desaparecieron mientras Lew tomaba el té y hablaba con los mayores. Sólo tenía veintiséis años y le hubiera gustado que Amanda se dejara ver más, el tiempo suficiente para verla bien, pero sólo Bess, la hermana de dieciséis años, era verdaderamente visible; ante las otras dos hermanas se interponía una pantalla de jóvenes vestidos de franela blanca.
      —Fue la rapidez —dijo el señor Gunther, paseándose preocupado sobre la estera—, aquel segundo de coordinación. Me figuro que ni siquiera intentaría avisarles. Su subconsciente adivinó que iban juntas: adivinó que si empujaba a una, empujaba a las dos. Un segundo, un pensamiento, un gesto. Me acuerdo de que en 1904...
      —¿Quiere el señor Lowrie otro pedazo de pastel de jengibre? —preguntó la abuela.
      —Papá, ¿por qué no le enseñas al señor Lowrie las cucharas con que comieron los apóstoles? —propuso Bess.
      —¿Cómo? —el padre interrumpió su paseo—. ¿Le interesan al señor Lowrie las cucharas antiguas?
      En aquel momento Lew se imaginaba a Amanda dando vueltas en alguna parte, entre la luminosidad de las pistas de tenis y la sombra de la galería, a través del calor y la gracia de la tarde.
      —¿Cucharas? Ah, ya tengo cuchara, gracias.
      —Las cucharas de los apóstoles —explicó Bess—. Papá tiene una de las mejores colecciones de América. Cuando alguien le cae verdaderamente simpático le enseña las cucharas. Y creo que, ya que le salvaste a Amanda la vida...
      Vio poco a Amanda aquella tarde: habló con ella un momento junto a las escaleras mientras un joven, muy cerca, lanzaba al aire una raqueta de tenis y la recogía por el mango y, cada vez que la recogía, fiexionaba impacientemente las rodillas. El sol se avituallaba en las hebras de su pelo, se derramaba sobre el bronceado rosa de sus mejillas y recorría los brazos que se miraba ensimismada mientras hablaban.
      —Es difícil agradecerle a alguien que te haya salvado la vida, señor Lowrie. Quizá no debería haberlo hecho. A lo mejor no valía la pena.
      —Ah, sí, claro que sí—dijo Lew, en un arrebato de vergüenza.
      —Me gustaría pensar lo mismo —se volvió hacia el joven—. ¿Verdad, Alien?
      —La vida está bastante bien —admitió Alien—, si te dedicas a las rubias intrépidas.
      Durante unos segundos Amanda dirigió su sonrisa falsa a Lew, y luego la desvió un poco, como si fuera una linterna que pudiera deslumbrarlo.
      —Siempre tendré la sensación de que le pertenezco, señor Lowrie; mi vida está a su disposición. Siempre tendrá derechova volverme a dejar ante aquella locomotora.
      La orgullosa expresión de ios labios de Amanda reflejaba una amabilidad algo excesiva respecto a la cuestión del salvamento, aunque Lew no se daba cuenta; a Amanda le parecía que por lo menos podría haberla salvado alguno de sus amigos. Los Gunther eran una familia arrogante, arrogante más allá de toda lógica, porque el señor Gunther había sido presentado una vez en la corte de San Jacobo y desde entonces jamás se había recuperado del todo. Incluso Bess era arrogante, y casualmente fue a Bess a quien Lew llevó en su coche.
      —Es un lugar agradable —asintió la chica—. íbamos a modernizar la casa, pero votamos y en vez de eso decidimos arreglar la piscina.
      Lew dejó de mirarla —sería igual que Amanda, si no fuera por su delgadez y por el detalle infantil y poco favorecedor de unos alambres que llevaba en los dientes— para observar la casa con sus hermosos balcones, sus tejados irregulares, con una divisa grabada en letras de oro en la pared, a la manera de las casas suizas, y sus prominentes y numerosos miradores. La miraba sin sentido crítico; le pareció una de las casas más hermosas que había visto nunca.
      —Es verdad que vivimos a kilómetros de la ciudad, pero la casa siempre está llena de gente. Mis padres se van al Sur después de las vacaciones de Navidad, cuando nosotras volvemos al colegio.
      Era algo más que una casa, decidió Lew mientras se alejaba. Era un lugar donde una multitud de cosas diferentes podía suceder a la vez: la vida íntima de los mayores, las aventuras íntimas de cada una de las chicas. Para darse ánimos, eligió su rincón particular: un columpio que había detrás de una de las parras que dividían la galería en cuatro partes. Pero corría el año 1925, cuando los diez mil dólares anuales de los que disponía Lew no permitían un cruce indiscriminado de las fronteras sociales. Había sido recibido por los Gunther, que lo habían mantenido a distancia y habían ido tomándole simpatía gradualmente por las cualidades que su torpeza dejaba adivinar. Un hombre bien parecido, en plena ascensión, puede poner inmediatamente en práctica las cosas que aprende; a Lew nunca le habían impresionado tanto las casas de las afueras, donde los niños se pasan el día en la calle con sus patinetes.
      Hasta septiembre no fue invitado a casa de los Gunther de un modo más íntimo, gracias, en gran medida, a que se empeñó la madre de Amanda.
      —Te ha salvado la vida. Quisiera invitarlo a esta pequeña fiesta.
      Pero Amanda no le había perdonado que le salvara la vida.
      —Es un baile de amigos —se quejó—. Lo podemos invitar a la puesta de largo de Jean, en octubre: todo el mundo creerá que papá lo ha invitado por un compromiso de negocios. Al fin y al cabo, se puede ser amable con todo el mundo sin echarte en sus brazos.
La señora Gunther tradujo esta frase correctamente: se puede despreciar a todo el mundo sin que ellos se enteren; y corrigió a su hija con brusquedad:
      —No puedes tener ventajas sin responsabilidades —dijo lacónicamente.
      La vida se había abierto ante Lew tan deprisa que tenía un esmoquin negro en vez de uno de esos púrpura que usan los jóvenes. Invitado a cenar, llegó demasiado temprano; y, para prestarle la pizca de atención que merecía en el momento más oportuno, Amanda lo llevó dando un paseo a la parte escondida y más descuidada del jardín. Le hubiera gustado sentirse aburrida, pero la vitalidad y amabilidad de Lew la desarmaron, obligándola a fijarse en él casi por vez primera.
      —En todas partes dicen que usted es un joven con futuro —dijo Amanda.
      Lew lo admitió. Fanfarroneó un poco; no le dijo que había analizado la fascinación que la casa de los Gunther ejercía sobre él: su padre había sido jardinero en una propiedad de Maryland muy parecida cuando él era un niño de cinco años. Su madre le había ayudado a recordarlo cuando les habló de los Gunther. Y ahora aquel jardín tenía la luz irisada del crepúsculo y Amanda, con su vestido estampado, era una flor más; Lew le dijo en un arranque sentimental lo preciosa que era, y Amanda, excitada ya por la proximidad de una cita con otro, dejó que se animara. Lew nunca había sido tan feliz como en el momento en que ella se levantó del banco y apoyó la mano en su brazo suavemente.
      —Usted me cae simpático —dijo—. Es muy guapo. ¿No lo sabía?
      El baile de otoño se celebraba en un espacio en forma de ele formado por tres habitaciones. Eran treinta jóvenes y una docena de sus mayores, pero no había sensación de agobio, pues los ventanales se abrían a la galería y los invitados bailaban frente a la noche inmensa, ilimitada. Una orquesta del pueblo se alternaba con el gramófono. Habían elegido una sidra suave, de baja graduación, y un aire de seguridad envolvía los anaqueles llenos de libros de la biblioteca y los retratos al óleo del salón, como si aquél fuera uno de los muchos bailes interminables que habían tenido lugar en aquellos mismos salones en el pasado y seguirían teniendo lugar en el futuro.
      —Pensaba que no se atrevería a bailar —dijo Bess a Lew—. Sería tonto si no lo hiciera. Yo soy la mejor bailarina de las tres, y la más elegante. Ajean le gusta el jazz, y es la más chic, pero yo creo que el jazz está tan pasado de moda como andar por ahí conquistando y besuqueando al primero que se presente. Y, desde luego, Amanda es la belleza de la familia. Pero yo seré Cenicienta, señor Lowrie. Ellas serán las dos hermanas malvadas, y poco a poco todos se irán dando cuenta de que yo soy la más atractiva y perderán la cabeza por mí.
      Pasó mucho tiempo antes de que Lew pudiera arrastrar a Amanda a su rincón elegido en el porche. Amanda estaba radiante y deslumbrante. Más que alegrarse de estar con él, procuró descansar mientras crujía el columpio. Entonces adivinó por instinto que algo estaba a punto de suceder.
      A Lew, que se acordaba de un comentario de Jean —«Me pidió que me casara con él, aunque nunca me había besado»—, no se le ocurría ningún modo airoso de lanzarse al asalto de Amanda; pero había decidido confesarle aquella misma noche que estaba enamorado de ella.
      —Parecerá precipitado —se atrevió a decir Lew—, pero tengo que decírselo. Le ruego que me incluya en la lista de quienes desearían tener alguna oportunidad.
      Amanda no estaba sorprendida, pero, al encontrarse profundamente ensimismada en aquel momento, se sentía un poco perpleja. Abandonando la idea del descanso, se sentó muy derecha.
      —Señor Lowrie... ¿Podría llamarle por su nombre? ¿Podría contarle una cosa? No, no quisiera... Sí, porque me cae simpático. No me caía simpático al principio. ¿Le parece demasiada franqueza?
      —¿Es eso lo que quería decirme?
      —No. Escuche. ¿Conoce usted al señor Horton, el invitado de Nueva York, el hombre alto y un poco canoso?
      —Sí —Lew sintió una punzada en el estómago, como una premonición.
      —Es mi novio. Usted es el primero en saberlo, aunque mi madre se lo imagina. Ya le dije que, puesto que me había salvado la vida, en cierta medida usted era mi dueño. Mi prometido debería ser usted —la cara que puso Lew la sorprendió sinceramente—. Por favor, no ponga esa cara —lo miraba afligida—. No me diga que ha estado enamorado de mí en secreto todos estos meses. ¿Cómo no me he dado cuenta? Ahora es demasiado tarde.
      Lew intentó reírse.
      —Apenas la conozco —confesó—. No he tenido tiempo para enamorarme de usted.
      —Quizá voy demasiado deprisa. De todas maneras, aunque esté enamorado, lo olvidará y será mi amigo —como si encontrara la mano por casualidad, se la apretó—. Es una gran noche para esta mujercita, señor Lew: una oportunidad única en la vida. Durante dos días he tenido miedo de que los cajones de la cómoda se atascaran o de que se acabara el agua caliente y el señor Horton huyera a la civilización.
      Hubo unos segundos de silencio; entonces Lew preguntó:
      —¿Está muy enamorada de él?
      —Por supuesto. Es decir, no lo sé. Verá... He estado enamorada de tanta gente que no sabría qué decirle. De cualquier manera, tengo que escapar de este caserón.
      —¿De esta casa? ¿Quiere escapar de aquí? No lo entiendo. Es una casa antigua preciosa.
      Estaba verdaderamente atónita, y súbitamente estalló:
      —¡Esta vieja tumba! Es el principal motivo de que me case con George Horton. ¿No llevo aguantando aquí veinte años? ¿Es que no le he suplicado a mis padres de rodillas que nos mudáramos a la ciudad? Esta... choza, donde cualquiera puede oír lo que los otros dicen tres habitaciones más allá, y donde mi padre no permitió que entrara una radio, ni siquiera un teléfono, hasta el verano pasado. Me da reparo incluso invitar a las chicas del colegio: seguramente se volverían locas cuando oyeran crujir los postigos una noche de tormenta.
      —Es una casa antigua magnífica —dijo Lew automáticamente.
      —Magnífica y pintoresca —asintió Amanda—. Me alegro de que le guste. A la gente que no tiene que vivir aquí suele gustarle, pero debería darse cuenta de lo solas que estamos: cuando hay una pelea en la familia la tienes que soportar durante horas. Todo se reduce a que mi padre quiere vivir a setenta y cinco kilómetros de cualquier sitio, y nosotras estamos condenadas a pudrirnos. ¡Sería mejor vivir en la ciudad en un apartamento de tres habitaciones! —asombrada por su propia vehemencia, se interrumpió—. De todas maneras —insistió—, a usted la casa le parecerá magnífica, pero para nosotras es un fastidio.
      Un individuo apartó las hojas de parra y los miró con curiosidad. Llamó a Amanda y la obligó a levantarse; cuando la chica se fue, Lew saltó la barandilla y se adentró en el jardín; se alejó lo suficiente para que las luces y la música de la casa se confundieran hasta formar una sola entidad, como un puerto que se va acercando en la noche mientras lo miras desde cubierta.
      «Sólo la he visto cuatro veces», se decía a sí mismo. «Cuatro veces no es mucho. Pim, pam, pum, fuego. ¿Qué esperaba después de cuatro veces? No debería sentir nada en absoluto.» Pero estaba atenazado por el miedo. ¿Qué era lo que, cuando apenas lo había empezado a conocer, ya no conocería nunca? ¿Qué había sucedido en el jardín aquella tarde, cuál era la emoción que se había extinguido en el mismo instante en que nacía? La imagen juvenil de Amanda, que apenas empezaba a desarrollarse: no quería que se le quedara grabada. Poco a poco fue descubriendo una verdad a través de su dolor: él había llegado demasiado tarde; cuando aún no la conocía, año tras año Amanda se le había ido escapando sin que él lo supiera. Con todo en su contra, él se las había arreglado para labrarse un futuro sobre cimientos sólidos... Y, entonces, al mirar alrededor, buscándola, descubrió que se había ido. «Lo siento, acaba de salir; acaba de marcharse; acaba de irse». Demasiado tarde en todos los sentidos: incluso en lo que se refería a la casa. Recordando la diatriba de Amanda, Lew cayó en la cuenta de que había llegado demasiado tarde a la casa; era la casa de una niñez de la que las tres chicas se estaban desprendiendo; la casa de una generación más vieja, de la que ya estaban cansadas. Para una generación más joven un aura de acabamiento y caducidad impregnaba la casa, por encima del poder de renovación de los más jóvenes. Era demasiado vieja.
      Pero Lew recordaba el vacío de muchas mansiones más grandes, construidas según estilos más espectaculares: vacías, insignificantes para él, en cualquier caso, desde la primera vez que había visto la casa de los Gunther hacía tres meses. Algo humanamente valioso se desvanecería cuando aquella familia se deshiciera. La casa misma, proyectada para leer novelones decimonónicos junto a la chimenea al anochecer, ni siquiera pertenecía a un periodo arquitectónico digno de restauración.
      Lew bordeó un paseo exterior y se detuvo en silencio a la sombra de un rosal mientras un par de siluetas se acercaban desde la casa; por la voz reconoció ajean y a Alien Parks.
      —Pienso irme a Nueva York —decía Jean—, me dejen o no... No, estáte quieto, ahora no; eres tonto. No tengo ganas.
      —Entonces ¿de qué tienes ganas?
      —De nada. Lo único que tengo es envidia de Amanda, porque ha cazado a ese caballero, y ahora se irá a Long Island y vivirá en una casa en vez de en una ratonera. Ay, Jake, las ventajas de ser tonta y bonita...
      Ya no los oía. Era entre dos bailes, y Lew observaba los colores de los vestidos y el fogonazo blanco de las pecheras de los esmoqúines en las ventanas mientras los invitados afluían a la galería. Miró hacia el segundo piso en el momento en que una luz se encendía. Se imaginaba el segundo piso con las paredes llenas de fotos; debería de haber maletas llenas de cosas antiguas, y baúles de ropa y patrones para hacer vestidos, y viejas casas de muñecas, y en las paredes vacías multitud de libros para todas las generaciones, muchas infancias juntas vagabundeando por todos los rincones. Otra pareja atravesó el paseo, desde la casa, y, advirtiendo que sin darse cuenta había adoptado una posición demasiado estratégica, Lew se apartó; pero no antes de haber identificado a la pareja: Amanda y su invitado de Nueva York.
      —¿Qué pensarías si te dijera que he tenido otra proposición esta noche?
      —...sorprendería en absoluto.
      —Un joven que verdaderamente vale la pena. Me salvó la vida... ¿Por qué no estuviste allí, Bubbles? Estoy segura de que tú me hubieras salvado la vida a lo grande.
      Estaba exactamente frente a la casa, y Lew la observó con mayor perspicacia. Sentía cierta afinidad con aquel caserón: no, no era eso, pues la casa prácticamente había dejado de tener utilidad, y él acababa de empezar a ser útil; era más bien la sensación de unidad superior que un joven sensato siente ante lo viejo, una sensación de paternidad y ascendencia. Algo más que una casa. Le gustaría que siguiera consumiéndose antes de verse reducida por fin a un montón de cenizas. Y entonces, porque quería prestarle algún servicio cortés a la casa mientras le fuera posible, aunque sólo fuera bailar con la hermana pequeña y torpe, se pasó por el pelo un impetuoso peine de bolsillo y entró en la casa.

II

       El hombre de la cicatriz a modo de sonrisa volvió a acercarse Lew.
      —Probablemente sea ésta —anunció— la fiesta más grande que jamás se haya dado en Nueva York.
      —Ya le había oído la primera vez que me lo dijo —asintió Lew alegremente.
      —Pero, por otra parte —rectificó el hombre—, pensaba lo mismo de una fiesta que dieron hace dos años, en 1927. Seguramente las fiestas serán cada vez más grandes. Usted juega al polo, ¿no?
      —Sólo en el patio de mi casa —aseguró Lew—. He dicho que me gustaría jugar. Soy un hombre de negocios serio.
      —Me habían dicho que usted era la estrella del polo —el hombre parecía algo decepcionado—. Yo soy escritor. Partidario del huma... del humanitarismo. He estado intentando ayudar a una chica en el salón donde sirven el champán. Es una dama. Pero, bien lo sabe Dios, es la única persona que hay en esa habitación incapaz de cuidar de sí misma.
      —No intente nunca cuidar de nadie —le aconsejó Lew—. O lo odiarán.
      Pero aunque el apartamento, o más bien la serie de apartamentos y terrazas habilitados para el acontecimiento, cubría casi la entera superficie de los mejores áticos de Nueva York, era un territorio metropolitano limitado, y atravesando remolinos de bailarines, que se iban reduciendo conforme amanecía, Lew descubrió que había llegado por fin al salón del que el hombre le había hablado. Al principio no reconoció a la chica que había asumido el papel de alegrar las miradas vidriosas de la ciudadanía, de los elegidos por selección natural para personificar la disolución; pero inmediatamente, mientras la chica lanzaba una llamada general para formar un batallón de despampanantes bellezas que reconquistara en el Sur sus propiedades en Maryland, reconoció a Jean Gunther.
      Era la morena de las hermanas Gunther: morena, radiante y dinámica. Lew, que vivía entonces en Nueva York, no había visto a nadie de la familia desde la boda de Amanda cuatro años antes. Un cuarto de hora después, cuando la acompañaba a casa en el coche, le sonsacó las novedades que pudo; y la dejó por fin, al amanecer, a la puerta de su apartamento, despeinada, con el vestido arrugado, pero todavía orgullosa, y tambaleándose, a punto de desplomarse entre absurdas formalidades, mientras le daba las gracias y le deseaba buenas noches.
      La llamó el día siguiente por la tarde y la invitó a tomar el té en Central Park.
      —Soy —informó a Lew— la hija del siglo. Hay otras que proclaman ser la hija del siglo, pero yo soy la verdadera hija del siglo. Y a ello dedico mi vida.
      Recordando otra época —de jóvenes en pistas de tenis y pasteles a la caída de la tarde, y glicinas y yedra trepando por las rejas artísticas de una galería—, Lew era todo lo íntegro que cabía ser aquel memorable año de 1929.
      —¿Y qué sacas de eso? ¿Por qué no inviertes en algún hombre digno de confianza...? ¿Por qué no inviertes tu educación, tu buena crianza, en un hombre así?
      —Los hombres sirven para que inviertan dinero en ti —eludió hábilmente la cuestión—. El año pasado un encanto me ayudó un poquito y el dinero de mi familia me duró diez meses en lugar de tres.
      —Pero ¿tienes algún pretendiente a la vista?
      —No estoy enamorada—dijo—. Conozco a cuatro, a cinco... Conozco a seis millonarios con los que podría casarme. Yo, esta jovencita del condado de Carroll... No lo soporto. Pero si se presentara alguien perfecto... —miró a Lew, calculando su valor—. Tú has mejorado, por ejemplo.
      —Sí, diría que sí —admitió Lew, riéndose—. Incluso me invitan a los estrenos. Pero lo mejor que tengo es que me acuerdo de los viejos amigos, y entre ellos están las maravillosas hijas de los Gunther, del condado de Carroll.
      —Eres muy amable —dijo ella—. ¿No estabas terriblemente enamorado de Amanda?
      —Eso creía yo, sí.
      —La vi la semana pasada. Es una auténtica señora de Park Avenue y está muy ocupada criando niños de Park Avenue. Considera que tengo mala fama, y les habla a sus amigos de nuestra magnífica plantación en el viejo Sur.
      —¿Nunca vas a Maryland?
      —¿Nunca? Me voy el domingo por la noche, y pasaré allí dos meses ahorrando suficiente dinero para volver. Cuando murió mamá... —hizo una pausa—. Supongo que sabes que murió mamá... Bueno, heredé un poco de dinero, y todavía me queda, pero hay que estirarlo, ¿sabes? —estiró la servilleta—, para inversiones seguras. Creo que el próximo paso será un apacible verano en la granja.
      Lew la invitó al teatro la noche siguiente, inusitadamente nervioso por la cita. El salvaje fervor de la época la envolvía; Lew se daba cuenta de cómo el pulso de la chica alcanzaba una velocidad inusitada: casi todas las jóvenes que conocía solían ser febriles, salvo las que se habían sometido a la vida hogareña.
      No la podía censurar, y a ello contribuía el hecho de que jamás se hubiera atrevido a criticarla. Habiendo escalando desde el peldaño más bajo, se había visto obligado a amoldar sus principios a lo que alcanzaba a ver desde donde se encontraba en cada momento. Nada más lejos de él que decirle ajean Gunther cómo organizar su vida.
      Al apearse del tren en Baltimore tres semanas después, notó ese especial calor que siempre precede a una tormenta eléctrica. Pasó de largo la parada de taxis y alquiló una limusina para el largo trayecto hasta el condado de Carroll, y mientras viajaba entre árboles exuberantes, moribundos en mitad del verano, entre vallas blancas que delimitaban la carretera, retrocedía muchos años y volvía a ser el joven que, suspirando por un hogar, había visto por primera vez la casa de los Gunther cuatro años atrás. Desde entonces había ocupado un piso de doce habitaciones en Nueva York y alquilado una mansión en Long Island para los veranos, pero su ánimo, pervertido por la soledad y el cambio permanente, volvía una y otra vez a aquella casa.
      Inevitablemente, era más pequeña de lo que pensaba, una modesta casona, con más espacio que lujo. Mostraba cierto abandono intangible: la única pintura que había conocido la casa era un verde amarillento, mero vestigio del sol; y Lew siempre había visto las caballerizas inclinadas como la torre de Pisa, y el jardín rebelde y asilvestrado.
      Jean estaba en el porche: no, como había profetizado, en el papel de reina vestida con una túnica de guinga o un traje de amazona rural, sino como una verdadera dama de la Rue-de-la-Paix entre los descoloridos cojines del columpio. Y allí estaba el mayordomo gordo y negro a quien Lew recordaba y que presumía, con astucia racial, de recordar a Lew con placer. Llevó el equipaje a la antigua habitación de Amanda, y Lew se detuvo un instante para mirar a su alrededor antes de subir las escaleras. Jean y Bess esperaban con un cóctel en el porche.
      Le chocó que Bess hubiera saltado de la niñez a una edad a la que no se podía llamar juventud. Su belleza mostraba una especie de distanciamiento, casi de intolerancia, como si no hubiera pedido aquel don y lo considerara más bien una carga; a un joven, la gravedad de su cara le hubiera parecido formidable.
      —¿Cómo está tu padre? —preguntó Lew.
      —No bajará esta noche —respondió Bess—. No se siente bien. Ya sabes que tiene casi setenta años. La gente lo cansa. Cuando tenemos invitados cena arriba.
      —Sería mejor que comiera siempre arriba —comentó Jean, sirviendo los cócteles.
      —No —la contradijo Bess—. El médico ha dicho que no. Y no hay nada más que discutir.
      Jean se volvió de pronto hacia Lew.
      —Bess lleva un año sin salir apenas de casa. Podríamos...
      —¡Qué tontería! —dijo su hermana, molesta—. Monto a caballo todas las mañanas.
      —...podríamos contratar a una enfermera.
      Fue una cena formal, con velas en la mesa y las dos jóvenes en traje de noche. Lew advirtió que se habían perdido muchas cosas: la sensación de que la casa bullía de actividad, rebosante de vida... Aquello se había perdido. Era difícil que el reducido clan hiciera algo más que habitar la casa. No se trataba de deslizarse hacia el vacío y la desolación, sino de mantenerse anacrónicamente entre el pasado que se desvanecía y el futuro imprevisible.
      En mitad de la cena, Lew miró hacia arriba en una pausa de la conversación, pero lo que había confundido con un trueno que retumbaba a lo lejos había sido un largo gemido en la planta superior, seguido de una especie de letanía, interrumpida por el rápido ruido de la silla de Bess.
      —Ya sabes cuáles son mis órdenes. Mientras yo sea la cabeza de...
      —Es papá.
      Por un instante, Jean miró a Lew como si la situación le pareciera más bien cómica, pero, con cara de preocupación, añadió muy seria:
      —Me figuro que sabes lo que es. Demencia senil. No es peligroso. A veces vuelve a ser el que era. Pero a Bess le cuesta mucho...
      Bess no volvió a bajar; después de la cena, Lew y Jean salieron al jardín, salpicado de gotas ligeras que anunciaban lluvia. A través de la luz verdosa y viva del crepúsculo Lew siguió la cola del vestido de Jean, estampado de rosas rojas: era la primera vez que veía un modelo así; en el silencio tenso sintió la ilusión de que existía entre ellos una intimidad especial, como si compartieran los secretos de muchos años, y cuando estalló un trueno y Jean se cogió de su brazo Lew la rodeó despacio con el brazo libre y le besó los labios altivos y perfectos.
      —Bueno, por fin has besado a una Gunther —dijo Jean despreocupadamente—. ¿Cómo te has atrevido? ¿Crees que te vas a aprovechar de nosotras porque vivimos indefensas en el campo?
      La miró para ver si estaba bromeando, y con una risa repentina Jean volvió a cogerlo del brazo. Llovía a cántaros y huyeron hacia la casa, donde encontraron a Bess de rodillas en la biblioteca, encendiendo la chimenea.
      —Papá está bien —dijo—. No me gusta darle la medicina hasta el último momento. Está preocupado por un hombre que le prestó veinte dólares en 1892.
      Bess se entretuvo un poco, consciente de estar de sobra, pero movida a asumir el papel de su madre y mostrar su solidaridad antes de irse. La tormenta estalló, tronando e iluminando las ventanas, y Bess encontró la oportunidad de subir a cerrar los postigos. Un momento después les avisó:
      —Ha sonado el teléfono. ¿Crees que será peligroso descolgarlo con esta tormenta?
      —No, en absoluto —contestó Jean—, o no hubieran llamado.
      Se acercó a Lew, que estaba en el centro del salón, lejos de las ventanas iluminadas y vibrantes.
      —Qué raro que estés aquí ahora. No me importa decir que estoy contenta de que estés aquí. Pero, si no estuvieras, me figuro que nos las arreglaríamos exactamente igual.
      —¿Le ayudo a Bess a cerrar las ventanas? —preguntó Lew.
      Y Bess, al mismo tiempo, dijo desde arriba:
      —El teléfono no ha vuelto a sonar, y yo no me atrevo a descolgarlo.
      El estallido de un trueno estremeció la casa y Jean se abrazó a Lew, separándose apresuradamente cuando Bess bajó corriendo las escaleras con un grito de consternación.
      —Se ha ido la luz —dijo—. No me daban miedo las tormentas cuando era pequeña. Algunas veces papá nos obligaba a sentarnos en el porche. ¿Te acuerdas?
      La luz fulguraba en las ventanas del primer piso, multiplicándose en los espejos, de manera que el resplandor iba invadiendo toda la casa; se produjo entonces un ruido, como si un millón de cerillas fueran encendidas a la vez, tan grande y terrible que importó menos el trueno que siguió; e inmediatamente el ruido de un resquebrajamiento y la voz de Bess:
      —¡Qué tormenta!
      Entonces volvió a estallar el relámpago angustioso, y a través de un pandemónium incesante de ruido fueron a tientas de ventana en ventana hasta que Jean gritó:
      —¡Es la habitación de William! ¡Ha caído un árbol!
      Lew abrió rápidamente de par en par la puerta de la cocina para ver, con el siguiente resplandor, lo que había sucedido: el gran árbol, al caer, había separado las caballerizas de la casa.
      —¿Está dentro William? —preguntó.
      —Seguramente.
      Haciendo acopio de valor, Lew atravesó corriendo los siete metros del lodazal que se había formado, y con un hierro rompió la ventana más cercana. Empapado por la lluvia, bajo los truenos, se dio cuenta de que la tormenta empezaba a alejarse, y a gritos llamó:
      —¡William! ¿Estás bien?
      Nadie contestó.
      —¡William!
      Calló y llegó una respuesta tranquila:
      —¿Quién está ahí?
      —¿Estás bien?
      —Quiero saber quién está ahí.
      —Te ha caído el árbol encima. ¿Estás herido?
      Surgió una repentina carcajada del cobertizo cuando William emergió mentalmente de su característico recelo, oscuro y atávico. Una y otra vez estallaba la carcajada.
      —¿Herido? No estoy herido. No me pasa nada. Nunca me he sentido mejor, como dicen por ahí. No me pasa nada.
      Al verse la ropa deshecha, Lew se irritó y dijo con brusquedad:
      —Bueno, lo sepas o no, estás atrapado. Tienes que intentar salir por esa ventana. Ese árbol es demasiado grande para quitarlo esta noche.
      Media hora más tarde, en su habitación, a la luz de una vela, Lew se despojó de la ropa que el agua había reducido a pulpa. Desnudo en la cama, se dolía de hallarse en tan triste condición, innecesariamente cansado después del esfuerzo excesivo de sacar por una ventana a un hombre gordo. Entonces, por encima del apagado rumor del trueno, volvió a oír el teléfono en el pasillo, y la voz de Bess: «No oigo una palabra. Espere a que las líneas estén mejor», y durante treinta segundos se quedó medio dormido, despertándose con un sobresalto al oír que abrían la puerta.
      —¿Quién es? —preguntó, cubriéndose con la colcha.
      La puerta se abrió lentamente.
      —¿Quién es?
      Hubo una risilla; el último latido de un relámpago iluminó tres dedos tensos, de venas azules, y una voz de hombre susurró:
      —Sólo quería saber si estabas aquí esta noche, querida. Estoy preocupado... Estoy preocupado.
      La puerta se cerró despacio, y Lew comprendió que el viejo Gunther hacía su acostumbrada ronda nocturna. Desvelado, se deslizó en la única muda que tenía, y oyó por tercera vez que Bess hablaba por teléfono.
      —...por la mañana —decía—. ¿No puede esperar? Las líneas están muy mal.
      En el piso de abajo encontró a Jean con un sorprendente aire de hada ante el fuego. Jean le hizo una señal, como invitándolo a besarla, y él se acercó, indiferente de pronto. Intentando aclarar lo que sentía, le pasó la mano suavemente por el hombro.
      —Tu padre está dando vueltas. Entró en mi cuarto. ¿No crees que deberías...?
      —Siempre lo hace —dijo Jean—. Cada noche comprueba si estamos acostadas.
      Lew clavó los ojos en ella; la sospecha que había ido cobrando forma en su subconsciente tomó cuerpo. Ella lo miraba con expresión suave, adorable; pero la atención de Lew se deslizó escaleras arriba, oyendo cómo Bess seguía luchando con el teléfono.
      —Muy bien. Dígame a ver si lo entiendo... Efe-a-elle-e-... Sí, sí. Ce-i-de-a. ¿Fallecida? —su voz, al completar la palabra, se le quebró de pánico—. ¿Cómo dice? ¿Fallecida Amanda Gunther?
      Jean le dirigió a Lew una mirada divertida.
      —¿Por qué se empeña Bess en recibir ahora ese mensaje? ¿Porqué no...?
      —¡Cállate! —ordenó Lew—. Es algo serio.
      —No creo que...
      Alarmado por el silencio que llegaba de arriba, Lew subió corriendo y encontró a Bess sentada junto a la mesa del teléfono, con el auricular en el regazo, suspirando, con la mirada perdida, suspirando. Lew cogió el auricular y tomó el mensaje: «Amanda falleció al dar a luz un niño».
      Lew intentó levantar a Bess, pero estaba arrellanada en la silla, ahogada por sollozos sin lágrimas.
      —No se lo digas a papá esta noche.
      ¿Qué importaba añadir aquello al viejo almacén de recuerdos confusos? Pero le importaba a Bess.
      —Ve —susurró Bess—, ve a decírselo ajean.
      Jean había tenido algún presentimiento, y lo esperaba al pie de las escaleras.
      —¿Qué pasa?
      La condujo suavemente a la biblioteca.
      —Amanda ha muerto —dijo, sin soltarla.
      Jean hizo acopio de todas sus fuerzas para gritar, pero Lew le tapó la boca con la mano.
      —¡Has estado bebiendo! —dijo—. Tienes que serenarte. No puedes añadir otra carga a tu hermana.
      Jean se serenó visiblemente: controló primero sus labios orgullosos y luego todo el cuerpo, pero lo que hubiera parecido heroico en otra situación, a Lew sólo le pareció propio de un reptil, el sutil esfuerzo de un animal: lo que había empezado a sentir por ella se disolvió en un tic-tac del reloj.
      Dos horas después la casa estaba en silencio bajo el cuidado de una antigua cocinera que Bess había mandado llamar; Jean se había dormido con la ayuda de un sedante recetado por un médico de Ellicott City. Sólo cuando estuvo en la cama, Lew pensó realmente en Amanda, un instante, sólo un instante. Se había ido del mundo, su segundo... no, su tercer amor... caída en combate. Pensaba más bien en el jardín goteante, en la naturaleza súbitamente inocente en la noche clara. Si no hubiera estado tan cansado se hubiera vestido y hubiera dado un paseo entre los largos tallos de las plantas trepadoras, para mirar una vez más desde lejos la casa y sus habitantes: el viejo destruido, la joven que se destruía y envejecía con la casa, y la otra joven, que había elegido la vía de escape de la disipación. Paseando a través de sueños destruidos, dejó que su imaginación volara a donde el árbol, al caer, había separado de la casa el dormitorio de William, y se detuvo allí en la tiniebla, intentando recomponer lo que pensaba sobre los Gunther.
      «Hay algo de degeneración», decidió «en aferrarse así al pasado. Me he equivocado. Algunos seguimos adelante, y esta gente y el tejado que los cubre son pan comido para el tiempo. Me alegro de abandonar este lugar para siempre y volver mañana a un sitio fresco, nuevo y limpio en Wall Street.»
      Sólo una vez se despertó por la noche, cuando oyó al anciano quejarse con voz trémula, recordando los veinte dólares que le habían prestado en 1892. Oyó la voz de Bess tranquilizándolo, y luego, inmediatamente antes de dormirse, la voz de la vieja cocinera negra, que apagó ambas voces.


III

       Los negocios de Lew lo llevaban con frecuencia a Baltimore, que con los años parecía transformarse en el Baltimore que había conocido antes de encontrarse con los Gunther. Pensaba en ellos a menudo, pero desde la noche de la muerte de Amanda no había vuelto a la casa. Hacia 1933, el papel que la familia había jugado en su vida parecía tan lejano —si no fuera por el hecho inolvidable de que había conformado sus ideas sobre cómo vivir— que no podía recorrer la carretera de Frederick hasta donde desemboca en el condado de Carroll sin que lo invadiera una sensación de reconocimiento. Movido por una razón inexplicable, detuvo el coche.
      Era pleno verano; un conejo cruzó la carretera y una ardilla hizo acrobacias sobre una rama. La casa de los Gunther se levantaba en el siguiente cruce, a cinco minutos de allí; media hora le bastaría para satisfacer su curiosidad sobre la familia; pero dudaba. Con dolorosas consecuencias, una vez había intentado repetir el pasado, y ahora lo normal hubiera sido seguir adelante con la sensación de dejarlo atrás para siempre; pero hacía poco que se había dado cuenta de que la vida no siempre es progreso, búsqueda de nuevos horizontes, avanzar. Los Gunther formaban parte de él; sería incapaz de darles a sus nuevos amigos exactamente lo mismo que les había dado a los Gunther. Si su recuerdo se extinguía, algo de sí mismo se extinguiría también.
      El salto de la ardilla en la rama, el viento que agitaba las hojas, el gallo que hendía el aire en la distancia, el movimiento casi imperceptible de la luz del sol en la inmovilidad lo acunaban en un trance adolescente, así que, por un momento, se arrellanó en el asiento, ajeno a toda preocupación. Casi se adormiló durante diez minutos antes de oír el trote de un caballo que apareció en el recodo de la carretera. En el caballo iba una chica con pantalones de montar, y, en cuanto la vio, Lew reconoció a Bess Gunther.
      Saltó del coche. El caballo dio un respingo cuando Bess lo refrenó al reconocer a Lew.
      —¡Pero si es el señor Lowry! So, pequeña... ¿De dónde has salido? ¿Cómo es que se te ha ocurrido venir?
      Era una cara preciosa, y una cara triste, pero a Lew le pareció que la hacía más joven alguna cualidad nueva..., como si Bess hubiera superado por fin el sentido de responsabilidad cósmico que la hacía parecer mayor cuatro años atrás.
      —Precisamente estaba pensando en ti —dijo—. Estaba pensando en hacerte una visita —percibiendo una sombra de duda en la cara de la chica, y sacando conslusiones con excesiva rapidez, se echó a reír—. Bueno, no pensaba quedarme en la casa. Soy solvente... En estos tiempos hay que aclararlo algunas veces.
      Bess rió también:
      —Sólo estaba pensando en que la casa está llena y no sé dónde podría meterte.
      —Voy a Baltimore. ¿Por qué no te bajas de ese caballo de juguete y te sientas en el coche un momento?
      Bess ató la yegua a un árbol y se sentó a su lado.
      Lew no se había dado cuenta de que la belleza deslumbrante pudiera durar tanto después de los veinte años: sólo cuando dejó de sonreír, tres pequeñas arrugas de preocupación le señalaron que Bess seguía siendo una chica seria. Le vino un rápido recuerdo de Amanda una tarde de agosto y, al mirar a Bess, vio todo lo que recordaba de Amanda.
      —¿Cómo está tu padre?
      —Papá murió el año pasado. Pasó en la cama el último año de su vida —su voz tenía el sonsonete de algo repetido muchas veces—. Fue lo mejor que podía pasar.
      —Lo siento. ¿Y Jean? ¿Por dónde anda?
      —Jean se casó con un chino; vaya, con uno que vive en China. Yo no lo he visto nunca.
      —Entonces vives sola.
      —No, con mi tía —titubeó—. De todas maneras, me caso la semana que viene.
      Inexplicablemente, Lew notó en el diafragma la vieja sensación de pérdida.
      —¡Enhorabuena! ¿Quién es el desafortunado?
      —Es de Filadelfia. Todos los invitados irán a las carreras de caballos esta tarde. Quiero correr por última vez con Juniper.
      —¿Viviréis en Filadelfia?
      —No es seguro. Estamos pensando construir una casa nueva en el solar de la antigua, que echaríamos abajo. Claro que también podríamos restaurarla.
      —¿Valdría la pena?
      —¿Por qué no? —dijo ella, un poco molesta—. Los arquitectos piensan que podríamos aprovechar algo.
      —Le tienes cariño a la casa, ¿verdad?
      Bess lo pensó.
      —No podría decir que sea precisamente mi idea de modernidad. Pero soy más bien una chica hogareña —recalcaba las palabras con ironía—. Nunca he visto en Baltimore nada del otro mundo; ya sabes, el fracaso de la familia. Nunca he tenido esa cosa que tenían Amanda y Jean.
      —A lo mejor no te interesaba.
      —Creo que, cuando era joven, sí.
      La yegua relinchó perentoriamente y Bess se apeó del coche.
      —Así que ésta es, Lew Lowrie, la historia de la más pequeña de las Gunther. Siempre has suspirado por nosotras, ¿verdad?
      —¡No! Si me quedo en Baltimore, haré lo posible por ir a tu boda.
      Ante su expresión de ensimismamiento, Lew se preguntó a quién se iría a entregar aquella criatura, aquel temperamento verdaderamente precioso. Ahora conocía mejor a las personas, y adivinaba el acero bajo la ternura de Bess, las vigas a través de las curvas suaves de las mejillas y la barbilla. Era un ser exquisito, y Lew confiaba en que su marido fuera un hombre bueno.
      Cuando Bess se hubo alejado por un camino de hierba, Lew se dirigió sin demasiada seguridad hacia Baltimore. Aquél era el final de una experiencia humana y liberaba viejas imágenes que se ordenaban solas ante él: si se hubiera casado con una de las hermanas; suponiendo que... El rumor del pasado, escapándose bajo las ruedas del coche, despertaba su inteligencia.
      «A lo mejor siempre fui un intruso en esa familia... Pero ¿por qué demonios esa chica montaba a caballo en zapatillas?»
      Paró en el almacén del cruce para comprar tabaco. Un joven dependiente buscó el paquete con lentitud campesina.
      —Tenemos boda en casa de los Gunther —comentó Lew.
      —¿Cómo? ¿Se casa la señorita Bess?
      —La semana que viene. Los invitados ya están allí.
      —Procuraré no perdérmelo. ¿Y dónde van a dormir, si Mark H. Bourne se llevó todos los muebles?
      —¿Cómo?
      —Hace un mes Mark H. Bourne se llevó los muebles y todo lo demás mientras la señorita Bess montaba a caballo. Habían renovado la hipoteca poco antes de que Gunther muriera. Dicen que ella no tiene nada que ponerse más que la ropa de montar. Mark H. Bourne se molestó porque su oferta era buena y se quejaba de que habían vendido las mejores piezas del mobiliario sin avisarle. Bueno, aquí tiene la vuelta.
      —¿De qué viven ella y su tía?
      —Yo nunca he oído hablar de ninguna tía. Sólo llevo aquí un año. Ella misma trabaja el huerto; lo único que nos compra es azúcar, sal y café.
      En aquellos tiempos todo era posible, pero Lew se preguntaba qué orgullo increíble y fantástico le había inspirado a Bess semejante mentira.
      Dio la vuelta y se dirigió a casa de los Gunther. Llegó a una casa en desesperado estado de abandono y a un jardín que era como una jungla; un ala de la galería se había desprendido de los pilares de ladrillo y estaba a punto de desmoronarse; las tablas del tejado, que habían sido abandonadas a medio reparar, se pudrían sin pintura; había un cristal roto en la ventana de la biblioteca.
      Lew entró sin llamar. Una voz lo interpeló desde el comedor, y hacia allí dirigió sus pasos, que resonaban sobre el suelo sin alfombra, a través de habitaciones vacías de muebles y libros, vacías de todo excepto de polvo. Bess Gunther, vistiendo la bata más barata, se levantó de la caja de embalar en la que estaba sentada, con el miedo en los ojos; una cuchara de estaño tamborileó en el cajón que usaba como mesa.
      —¿Me*has estado tomando el pelo? —preguntó Lew—. ¿Así vives ahora?
      —Ah, eres tú —sonrió con alivio; luego, con esfuerzo visible, se animó a seguir bromeando—: Coja una caja, señor Lowrie. Coja una caja de conservas..., de primera calidad, de la mejor madera. Y bienvenido a los espacios abiertos. Sírvase un cigarro, una copa de champán, un poco de estofado de conejo y le presentaré a mi prometido.
      —Ya está bien.
      —De acuerdo —convino Bess.
      —¿Por qué no te vas a vivir con algún pariente?
      —No tengo parientes. Jean está en China.
      —¿Qué haces? ¿Qué estás esperando?
      —Supongo que te estaba esperando a ti.
      —¿Qué quieres decir?
      —Tú siempre parecías a punto de aparecer. Yo pensaba que cuando aparecieras me burlaría de ti. Y, cuando se presentó la ocasión, pensé que sería mejor mentir. Parece que me falta el sex appeal de mis hermanas.
      Lew la levantó de la caja y la cogió de la cintura.
      —Yo creo que no.
      En la hora que había trascurrido desde que Lew se la encontrara en la carretera la vitalidad parecía habérsele escapado; Bess levantó los ojos hacia él, muy cansada.
      —Así que te gustaban las Gunther —murmuró—. Te gustábamos las tres.
      Lew intentaba pensar, pero el corazón le latía tan deprisa que sólo pudo volver a sentarla en la caja y pasearse preocupado entre las paredes desnudas.
      —Nos casaremos —dijo—. No sé si te quiero... Ni siquiera te conozco. Sé que la sola idea de que tengas problemas y necesidades me pone enfermo —de repente cayó de rodillas ante ella, para que no pareciera tan insoportablemente pequeña y desamparada—. Señorita Bess Gunther, mi destino ha sido siempre quererla a usted.
      —No seas tan impaciente —Bess se echó a reír—. No estoy acostumbrada a que me quieran; no sabría qué hacer; nunca le he cogido el truco a esas cosas —lo miró, a sus pies, tímida y fatigada—. Pero aquí estamos. Ya te dije hace años que yo tenía madera de Cenicienta.
      Lew le cogió la mano; ella la retiró instintivamente y luego volvió a ponerla en la mano de Lew.
      —Perdona. Tampoco estoy acostumbrada a que me toquen. Pero no tengo miedo de ti, si estás callado y no haces movimientos bruscos.
      Era la vieja, historia de discreción que Lew no podía entender, razones enraizadas en un pasado que no compartía. Con las tres chicas, los hechos parecían desencadenarse solos, precipitadamente, traspasando la liviana superficie de las cosas, siempre insospechados, obedeciendo a inclinaciones y predilecciones ajenas a un hombre que siempre había sido capaz de avanzar a toda velocidad en línea recta.
      —Yo era la hermana conservadora —dijo Bess——. Yo no era menos aficionada a divertirme, pero, al ser tres chicas, alguna tenía que desempeñar el papel de chico, y poco a poco lo fui asumiendo... Sí, acaricíame así. Tócame la mejilla. Quiero que me acaricien; quiero que me abracen. Y me gusta que seas tú; pero despacio; tienes que tener cuidado. Creo que soy el tipo de persona que es para siempre. Viviré contigo y moriré por ti, pero nunca sabré lo que significan las medias tintas... Sí, es mi mano, mi muñeca. ¿Te gusta? Me he reído mucho viéndome a mí misma estos días, porque hay arriba un espejo inmenso que era demasiado grande para sacarlo de la casa.
      Lew se levantó.
      —Muy bien, vamos a empezar. Tendré tanta salud que te la contagiaré enseguida.
      —Muy bien —asintió Bess.
      —Imagina que empezamos por pegarle fuego a la casa.
      —¡Ay, no! —Bess se lo había tomado en serio—. En primer lugar está asegurada, en segundo...
      —De acuerdo, entonces nos iremos. Nos casaremos en Baltimore, o en Ellicott City si lo prefieres.
      —¿Y qué hago con Juniper? No puedo irme y abandonarla.
      —La dejaremos con el joven de la tienda.
      —La casa no es mía. Está todo hipotecado, pero me dejan vivir aquí... Me figuro que tienen remordimientos porque se llevaron incluso nuestras viejas partituras y nuestros álbumes de recortes. Y además no han encontrado a quién alquilarle la casa.
      Poco a poco, Lew iba descubriendo más cosas de ella, y le gustaba lo que descubría, pero sabía que el amor de Bess seguía incrustado en los años de sacrificio, y que él tendría que cultivarlo durante un tiempo. La tarea parecía interesante.
      —Eres preciosa —le dijo—. Preciosa. Sobreviviremos los dos, porque tú eres encantadora y yo estoy convencido de ello.
      —¿Y Juniper...? ¿Sobrevivirá si nos vamos así?
      —Juniper también.
      Bess frunció las cejas y sonrió —esta vez sonrió de verdad— y dijo:
      —Me parece que te estás enamorando.
      —Habla por ti. Creo que esto va a ser lo mejor que haya sucedido nunca.
      —Y yo voy a ayudar. Haré lo posible por...
      Salieron juntos: Bess se había puesto el traje de montar, pero faltaba algo que le hubiera gustado llevarse. Entre las malas hierbas del jardín, que se le enredaban en los pies, Lew volvió la cabeza y miró hacia la casa por encima del hombro.
      —La semana que viene decidiremos qué hacer con ella.
      Era un atardecer luminoso: la luz rosada que se demoraba en los guardabarros azules del coche y en sus caras disparatadamente felices también se deslizó por la casa, por la puerta paralizada de la casa helada, los postigos desprendidos y con las bisagras oxidadas, el cemento cuarteado de la fachada, la basura de un año quemada detrás de la pista de tenis. Fuera cual fuera la historia que le esperara a todo aquello, todo el esfuerzo humano de colaboración ya estaba hecho. La casa había cumplido su propósito —terminado y liquidado—, un esfuerzo hacia algún bien común, un esfuerzo difícil de valorar, pues todavía nos impresiona demasiado.



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