F. Scott Fitzgerald
(Saint Paul, Minnesota, 1896 – Hollywood, California, 1940)


¡Qué hermosa pareja!
(“What a Handsome Pair!”)
Originalmente publicado en The Saturday Evening Post, 205 (August 27, 1932)
The Price Was High: The Last Uncollected Stories of F. Scott Fitzgerald (1973), selección e introducción por Matthew J. Bruccoli.


I

       A las cuatro de una tarde de noviembre de 1902, Teddy van Beck se apeó de un cabriolé frente a una casa de piedra caliza en Murray Hill. Era un joven alto, ancho de hombros, con una cara delicada en la que sobresalían la nariz aguileña y los ojos dulces y castaños. En sus venas competían la sangre de gobernadores de la época colonial y la sangre de famosos salteadores de caminos disfrazados de plutócratas; la síntesis había producido, allí y entonces, en Teddy Van Beck, algo nuevo y diferente.
      Su prima, Helen van Beck, esperaba en el salón. Tenía los ojos enrojecidos de tanto llorar, pero era lo suficientemente joven para que aquel detalle no disminuyera su radiante belleza: una belleza que había llegado al extremo de parecer que contenía en sí misma el secreto de su plenitud, como si nunca fuera a dejar de crecer. Tenía diecinueve años y, en contra de las evidencias, era extremadamente feliz.
      Teddy la abrazó, la besó en la mejilla, y, cuando quiso darse cuenta, estaba dándole un beso a una oreja, porque su prima le había vuelto la cara. La retuvo unos segundos, mientras el entusiasmo se enfriaba, y luego dijo:
      —No parece que te alegres de verme.
      Helen tenía el presentimiento de que iba a tener lugar una de las escenas más memorables de su vida, y con crueldad inconsciente no tardó en empezar a extraerle todo su valor dramático. Se sentó en una esquina del sofá, frente a una butaca.
      —Siéntate ahí —ordenó, con lo que entonces se llamaban con admiración «modales regios», e inmediatamente, al ver que Teddy se montaba a horcajadas en el taburete giratorio del piano, añadió—: No, no te sientes ahí. No puedo hablar contigo si vas a estar dando vueltas.
      —Siéntate en mis rodillas —sugirió Teddy.
      —No.
      Tecleando con una sola mano un arpegio en el piano, Teddy
      dijo:
      —Te oigo mejor desde aquí.
      Helen perdió la esperanza de comenzar con una suave nota de tristeza.
      —Se trata de algo serio, Teddy. No creas que he tomado esta decisión sin meditarla a conciencia. Tengo que pedirte... Tengo que pedirte que me liberes de nuestro compromiso.
      —¿Cómo? —Teddy se quedó pálido del susto y la consternación
      —Te lo explicaré desde el principio. Me vengo dando cuenta desde hace mucho tiempo de que no tenemos nada en común. A ti te interesa tu música y yo no sé tocar ni los palillos chinos.
      Tenía voz de cansancio, como si sufriera, y con sus dientecillos se mordía el labio inferior.
      —¿Y qué? —preguntó Teddy, más tranquilo—. Con mi música tenemos bastante. No hace falta entender la Banca para casarse con un banquero, ¿no?
      —Es distinto —respondió Helen—. ¿Qué podríamos hacer juntos? A ti no te gusta montar a caballo. Eso es importante. Me has dicho que te dan miedo los caballos.
      —Pues claro que me dan miedo los caballos —dijo su primo, y añadió como si recordara—: Me muerden.
      —Así que...
      —Jamás he conocido a un caballo, desde un punto de vista social, claro está, que no intentara morderme. Solían hacerlo cuando iba a ponerles la brida; y, cuando renunciaba a ponerles la brida, empezaban a alargar y mover la cabeza a derecha e izquierda para morderme las pantorrillas.
      Fríos y duros, eran los ojos de su padre, que le había regalado un caballo Shetland a los tres años, los que brillaban en los ojos de Helen.
      —Y, prescindiendo de los caballos, ni siquiera te caen simpáticos mis amigos.
      —Los aguanto. Los llevo aguantando toda mi vida.
      —Bueno, sería absurdo empezar así un matrimonio. No veo que exista ningún fundamento para que en común... en común...
      —¿Montemos a caballo?
      —Ay, no, no es eso... —Helen titubeó, e inmediatamente añadió con escepticismo—: Probablemente, no soy lo bastante inteligente para ti.
      —¡No me vengas con ésas! —Teddy exigía un poco de sinceridad—: ¿Quién es el afortunado?
      Hellen necesitó tomarse un respiro para reponerse. Siempre le había molestado la tendencia de Teddy a tratar a las mujeres con menos ceremonia de la que era costumbre en aquel tiempo. A menudo Teddy le parecía un desconocido que casi le daba miedo.
      —Sí, hay alguien —admitió—; alguien a quien conocía superficialmente, pero hace más o menos un mes, cuando fui a Southampton, me sentí empujada hacia él...
      —¿Te empujó un caballo?
      —Por favor, Teddy —protestó, muy seria—. Cada vez me sentía más desdichada contigo, pero, cuando estaba con él, todo parecía perfecto —una nota de exaltación se apoderó de la voz de Helen, que no trató de ocultarla. Se levantó y atravesó el salón: las sombras del vestido insinuaban unas piernas largas y rectas—. Montamos a caballo, nadarnos juntos y jugamos al tenis: hicimos lo que a los dos nos apetecía.
      Teddy miraba al techo, hacia el espacio vacío en el que lo había envuelto Helen.
      —¿Y eso es todo lo que te atrae de ese tipo?
      —No, hay algo más. Conseguía estremecerme como nadie lo había hecho nunca —se echó a reír—. Creo que empecé a pensar en esto cuando un día, al volver de montar a caballo, todos comentaban en voz alta que formábamos una pareja estupenda.
      —¿Lo has besado?
      Helen titubeó.
      —Sí, una vez.
      Teddy se levantó del taburete del piano.
      —Me siento como si tuviera una bala de cañón en el estómago —exclamó.
      El mayordomo anunció al señor Stuart Oldhorne.
      —¿Es él? —preguntó Teddy, violento.
      De pronto Hellen parecía nerviosa, desconcertada.
      —Debería haber llegado más tarde. ¿Prefieres irte sin que te lo presente?
      Pero Stuart Oldhorne, a quien su nuevo sentido de la propiedad le había dado una gran seguridad en sí mismo, había seguido al mayordomo.
      Los dos hombres se miraron con una curiosa impotencia para expresar la menor emoción. En una situación así, la comunicación entre hombres es imposible, pues mantienen una relación indirecta, que se basa en cuánto ha poseído o poseerá de la mujer en cuestión cada uno de ellos, de manera que sus sentimientos pasan a través de la mujer dividida como a través de una mala conexión telefónica.
      Stuart Oldhorne se sentó al lado de Helen, aunque su mirada, rebosante de educación, no se apartó de Teddy. Tenía el mismo radiante vigor físico que ella. Había sido una estrella del atletismo en Yale y oficial de caballería en la guerra de Cuba, y era el mejor jinete de Long Island. Las mujeres lo querían no sólo por sus buenas cualidades, sino por su temperamento y su amabilidad sincera.
      —Has vivido tanto tiempo en Europa que apenas nos hemos visto —dijo a Teddy. Teddy no contestó, así que se dirigió a Helen—: He llegado demasiado temprano; no me había dado cuenta de que...
      —Has llegado en el momento oportuno —dijo Teddy, poco amistoso—. Me he quedado para felicitaros con una canción.
      Para alarma de Hellen, hizo girar el taburete y deslizó los dedos por el teclado. Luego empezó a tocar.
      Lo que estaba tocando, aunque ni Helen ni Stuart supieran de qué música se trataba, Teddy lo recordaría siempre. Ordenó sus ideas con un breve resumen de la historia de la música, empezando por unos acordes de El Mesías y terminando con La plus que lent, de Debussy que para él tenía un tono especialmente sugerente y evocador: la había oído por primera vez el día en que murió su hermano. Luego, tras un momentáneo silencio, empezó a tocar con mayor atención, y los enamorados, en el sofá, tuvieron la impresión de que estaban solos —de que Teddy se había ido, de que ya no había ningún lazo entre ellos y Teddy— y la incomodidad de Helen disminuyó. Pero la fuga, el carácter esquivo de la música, le resultaba ofensivo, le provocaba una sensación de fastidio. Si Teddy hubiera tocado las canciones sentimentales de Erminie, tan de moda, y las hubiera tocado con sentimiento, ella habría comprendido y se habría sentido conmovida, pero la estaba sumergiendo inesperadamente en un mundo de emociones maduras, adonde su naturaleza ni podía ni quería seguirlo.
      Tuvo un ligero estremecimiento antes de decirle a Stuart:
      —¿Has comprado el caballo?
      —Sí, y baratísimo... ¿Sabes que te quiero?
      —Me da mucha alegría —murmuró Helen.
      El piano calló de repente. Teddy lo cerró y giró en el taburete muy despacio:
      —¿Os ha gustado mi felicitación musical?
      —Muchísimo —dijeron al unísono.
      —Ha sido muy bonita —admitió Teddy—. La última parte sólo se basaba en un contrapunto. ¿Sabéis? La idea que la ha inspirado es ésta: formáis una hermosa pareja.
      Se echó a reír de manera poco natural; Hellen lo acompañó al recibidor.
      —Adiós, Teddy —dijo—. Seremos buenos amigos, ¿verdad?
      —¿Verdad? —repitió él. Hizo un guiño sin sonreír y, chasqueando la lengua, desesperado, se apresuró a salir de la casa.
      Durante unos segundos Helen intentó en vano hacerse cargo de la situación, preguntándose cómo había terminado con él, dándose cuenta, a su pesar, de que en ningún momento había controlado la situación. Era vagamente consciente de que Teddy era una persona de mayor talla moral, y aquella superioridad le dio miedo y, con cierto alivio, empujada por una oleada de emociones agradables, corrió hacia el salón, al abrigo de los brazos de su enamorado.
      El noviazgo llenó un verano feliz. Stuart visitó a la familia de Helen en Tuxedo, y Helen visitó a la familia de Stuart en Wheatley Hills. Antes del desayuno, los cascos de sus caballos salpicaban sosiego y rocío en sentimentales claros de bosque, o los cubrían de polvo mientras galopaban por caminos de tierra. Compraron un tándem y pedaleaban por todo Long Island, y la señora de Cassius Ruthven, Catón de los tiempos modernos, consideraba que iban demasiado aprisa para ser una pareja que aún no se había casado. No descansaban casi nunca, pero, cuando lo hacían, recordaban las ilustraciones de las revistas: artistas o aristócratas entre cojines Gibson.
      El gusto de Helen por el deporte la ponía a la vanguardia de su generación. Montaba a caballo casi tan bien como Stuart, con quien podía competir con dignidad en el tenis. Stuart le dio algunas lecciones de polo, y eran dos fanáticos del golf, cuando el golf era considerado todavía un juego bufo. Les gustaba sentirse en forma y lozanos juntos. Imaginaban que eran un equipo, y solía comentarse lo cornpenetrados que estaban. Un coro de sana envidia seguía la estela de su fascinación natural.
      Y hablaban.
      —Es una pena que tengas que ir a la oficina —decía Helen—. Me gustaría que te dedicaras a algo que pudiéramos hacer juntos, como domar leones.
      —Siempre he pensado que en caso de apuro podría ganarme la vida criando caballos de carreras.
      —Estoy segura, cariño.
      En agosto Stuart compró un automóvil Thomas y con tres compañeros de viaje llegó hasta Chicago. Fue un acontecimiento de interés nacional y aparecieron fotos en todos los periódicos. Helen quería ir, pero no hubiera sido decente, así que se limitaron a recorrer la Quinta Avenida una soleada mañana de septiembre, sintiéndose parte del día espléndido y de la multitud elegante, pero distinguiéndose por su unión y armonía, que los hacía ser individualmente tan fuertes como si fueran dos.
      —¿Qué te parece? —preguntó Helen—. Teddy me ha mandado el regalo más raro del mundo: una vitrina para los trofeos.
      Stuart se echó a reír.
      —Está claro: piensa que lo único que vamos a hacer es ganar copas.
      —A mí me ha parecido más bien una burla —rumió Hellen—. He visto que estaba invitado a todas partes, pero no ha respondido a una sola invitación. ¿Te importaría mucho parar en su apartamento? Hace meses que no lo veo y no me gustaría dejar en el pasado nada desagradable.
      Stuart no quiso acompañarla.
      —Me quedaré en el coche y contestaré a las preguntas de los transeúntes sobre el automóvil.
      Abrió la puerta una mujer con el pelo cubierto para hacer la limpieza, y Helen oyó la música del piano de Teddy, que surgía del fondo de la casa. La mujer parecía poco dispuesta a dejarla entrar.
      —Me ha dicho que no lo interrumpiera, pero me figuro que siendo usted su prima...
      Teddy le dio la bienvenida, evidentemente sorprendido y algo turbado, pero, al cabo de unos segundos, volvió a ser el de siempre.
      —No voy a casarme contigo —le aseguró a Helen—. Perdiste tu oportunidad.
      —Vale —se echó a reír ella.
      —¿Cómo estás? —le tiró un cojín—. ¡Estás preciosa! ¿Eres feliz con ese... con ese centauro? ¿Te pega con la fusta? —la miraba con mucha atención—. Pareces un poco más apagada que cuando te conocí. Es que yo conseguía ponerte en un estado de excitación nerviosa que algo tenía que ver con la inteligencia.
      —Soy feliz, Teddy. Y me gustaría que tú también lo fueras.
      —Claro, soy feliz; trabajo. Estoy en tratos con McDowell y voy a montar algún tinglado en el Carnegie Hall el próximo septiembre —sus ojos se volvieron malévolos—. ¿Qué te parece mi chica?
      —¿Tu chica?
      —La chica que te ha abierto la puerta.
      —Ah, yo creía que era la criada —y guardó silencio, enrojeciendo.
      Teddy se echó a reír.
      —¡Eh, Betty! —gritó—. ¡Te han confundido con la criada!
      —Es lo malo de limpiar los domingos —respondió una voz desde la habitación contigua.
      Teddy bajó la voz.
      —¿Te gusta? —preguntó.
      —¡Teddy! —Helen se columpiaba en el brazo del sofá, preguntándose si debería irse ya.
      —¿Qué pensarías si me casara con ella? —preguntó en confianza.
      —¡Teddy! —estaba escandalizada; le había bastado con echarle un vistazo a la mujer para considerarla una ordinaria—. Bromeas. Es mayor que tú... Tendrías que estar loco para desperdiciar tu futuro de esa manera.
      Teddy no respondió.
      —¿Entiende de música? —preguntó Helen—. ¿Te ayuda en tu trabajo?
      —No sabe ni una nota. Tampoco tú sabías, pero tengo suficiente música dentro de mí como para veinte mujeres.
      Imaginándose a sí misma como una de ellas, Helen se levantó incómoda.
      —Lo único que te pido es que pienses cómo le sentaría a tu madre... Y a todos los que se preocupan por ti... Adiós, Teddy.
      La acompañó a la puerta y bajó con ella las escaleras.
      —El caso es que llevamos casados dos meses —dijo sin darle importancia—. Era camarera en un sitio donde yo solía comer.
      Helen sentía que debería estar enfadada y distante, pero lágrimas de vanidad herida acudían a sus ojos.
      —¿Y tú la quieres?
      —Me gusta; es buena persona y es buena conmigo. El amor es algo más. Yo te quería, Helen, y por ahora ese asunto está muerto para mí. Quizá aparezca en mi música. Quizá algún día me enamore de otra... O a lo mejor no hay nadie más después de ti. Adiós, Helen.
      Aquella declaración la conmovió.
      —Espero que seas feliz, Teddy. Ven con tu mujer a la boda.
      Teddy inclinó la cabeza, pero sin comprometerse a nada. Cuando Helen se fue, volvió pensativo al apartamento.
      —Esa era la prima de la que estaba enamorado —dijo.
      —¿Ésa? —el interés iluminó la cara de Betty, irlandesa y tranquila—. Es guapa.
      —Una campesina tan simpática como tú me convenía más.
      —Siempre pensando en ti, Teddy van Beck.
      El se echó a reír.
      —Por supuesto, pero me quieres de todas maneras, ¿verdad?
      —Eso es una fanfarronada descomunal.
      —Está bien. Me acordaré de esto cuando vengas mendigándome un beso. Si mi abuelo supiera que me he casado con una irlandesa, se revolvería en su tumba. Ahora vete y déjame terminar el trabajo.
      Se sentó al piano, con un lápiz detrás de la oreja. Y su cara expresaba resolución, serenidad, pero su mirada se hacía más y más intensa, hasta que sus ojos tomaron un brillo de vidrio, tras el que parecían unirse el sentido de la vista y el sentido del oído. Y pronto no quedó en su cara rastro de que hubiera ocurrido algo que perturbara la paz de su mañana de domingo.


II

       La señora de Cassius Ruthven y una amiga, con el velo de los sombreros retirado, estaban sentadas en su automóvil al borde del terreno de juego.
      —Una joven que juega al polo en pantalones —suspiró la señora Ruthven—. La hija de Amy van Beck. Yo creía que cuando Helen organizó el equipo de las Amazonas no se atrevería a quitarles las faldas. Pero a su marido parece darle lo mismo, porque ahí lo tienes, animándola. Desde luego, siempre les han gustado las mismas cosas.
      —Esos dos son un pareja de purasangres —dijo la otra con satisfacción, como si anunciara que los reconocía entre sus iguales—. Mirándolos, nunca hubieras pensado que algo iba a salirles mal.
      Se refería al error de Stuart en el pánico de 1907. Había heredado de su padre una precaria situación económica y se había equivocado. Nadie dudó de su honor y sus amigos, leales, no lo abandonaron, pero había perdido sus inversiones en Wall Street y su pequeña fortuna.
      Estaba entre los jugadores que disputarían el partido cuando acabaran de jugar las mujeres, tomando buena nota de todo para comentárselo después a Helen: Helen no acababa de dominar la técnica del juego y a veces era descalificada en momentos importantes. Sus ponis se resistían a obedecerla —es el inconveniente de jugar con monturas prestadas—, pero era, a pesar de todo, la mejor jugadora sobre el campo, y en el último minuto culminó una jugada que mereció aplausos.
      —¡Helen! ¡Helen!
      A Stuart le tocó la desagradable tarea de despejar de mujeres el campo. Habían empezado el partido con una hora de retraso y un equipo de New Jersey esperaba para jugar. Stuart percibió cierto disgusto en el ambiente cuando cruzó el campo para reunirse con Helen y acompañarla a las caballerizas. Estaba espléndida, con las mejillas encendidas y los ojos resplandecientes por el triunfo, y la respiración entrecortada por la excitación. Stuart intercambió algunas frases de circuntancias antes de hablar de lo que más le interesaba.
      —Fue buena... la última jugada —dijo.
      —Gracias. He estado a punto de romperme el brazo. Pero estoy jugando un buen partido, ¿no?
      —Has sido la mejor.
      —Lo sé.
      Stuart esperó a que desmontara y un mozo se hiciera cargo del poni.
      —Helen, creo que he encontrado trabajo.
      —¿Dónde?
      —No rechaces la idea antes de pensarlo. Gus Myers quiere que me encargue de sus caballos de carreras. Ocho mil al año.
      Helen lo pensó.
      —Es un buen sueldo, y estoy segura que les sacarás partido a sus caballos.
      —Lo principal es que necesito el dinero; así tendría lo mismo que tú y las cosas serían más fáciles.
      —Tendrías lo mismo que yo —repitió Helen. Casi lamentaba que él dejara de necesitar su ayuda—. Y Gus Myers ¿noquiere nada a cambio? ¿No pretenderá darse bombo a tu costa?
      —Probablemente —respondió Stuart de modo terminante—, y si puedo ayudarle a situarse en sociedad, lo haré. De hecho, quiere que lo acompañe esta noche a cenar con unos amigos.
      —Entonces, de acuerdo —dijo Helen, ausente.
      Sin atreverse todavía a decirle que no podrían seguir jugando su partido de polo, Stuart siguió la mirada de Helen hasta el campo, adonde había llegado un cochecillo que estaba aparcando junto a las vallas.
      —Ahí está tu viejo amigo, Teddy —señaló secamente—, o más bien tu nuevo amigo, Teddy. Está adquiriendo un repentino interés por el polo. Quizá piensa que los caballos no muerden este verano.
      —No estás de muy buen humor —protestó Helen—. Ya lo sabes: basta con que me lo digas, y no lo volveré a ver. Lo único que deseo en este mundo es que tú y yo estemos juntos.
      —Lo sé —admitió Stuart, con pesar—. Vender los caballos y darse de baja en los clubes lo ha complicado todo. Sé que Teddy vuelve locas a todas las mujeres, se está haciendo famoso, pero si intenta tontear contigo le romperé el piano en la cabeza... Ah, otra cosa —se apresuró a decir, al ver que los jugadores empezaban a tomar posiciones en el campo—. Es sobre la última parte de vuestro partido...
      Le expuso la situación lo mejor que pudo. No estaba preparado para el ataque de furia de Helen.
      —¡Pero eso es un escándalo! Yo he preparado el partido y ha estado expuesto en el tablón de anuncios tres días.
      —Empezasteis con una hora de retraso.
      —¿Y sabes por qué? —preguntó Helen—. Porque tu amigo Joe Morgan se empeñó en que Celie montara a caballo como una mujer. Le quitó los pantalones de montar tres veces, y para venir tuvo que escaparse por la ventana de la cocina.
      —Yo no puedo hacer nada.
      —¿Por qué no? ¿No fuiste una vez presidente del club? ¿Cómo van a mejorar su juego las mujeres si tienen que abandonar el campo cada vez que los hombre quieran? ¡Lo único que quieren los hombres es que las mujeres se les acerquen por la noche y les digan que han jugado un partido espléndido!
      Todavía furiosa y culpando a Stuart de lo ocurrido, atravesó el campo y se acercó al coche de Teddy. Teddy se apeó y la recibió con exagerada cordialidad:
      —He llegado al punto de no poder ni dormir ni comer pensando en ti. ¿Cuál es ese punto?
      Tenía algo especial, conmovedor, que Helen nunca había advertido en los viejos tiempos; quizá las historias de sus flirteos lo habían vuelto más romántico a sus ojos.
      —Bueno, no me recuerdes con esta pinta —dijo Helen—. Se me está curtiendo la cara y, con estos músculos, en traje de noche parezco un hombre vestido de mujer. La gente empieza a llamarme atractiva, en vez de guapa. Además, estoy de muy mal humor. Me parece que las mujeres siempre llevan desventaja.
      Aquella tarde Stuart jugó un partido bárbaro. Antes de que hubieran transcurrido cinco minutos, notó que el coche de Teddy ya no estaba, y sus golpes poderosos empezaron a atinar desde todos los ángulos. Después galopó hasta su casa como un loco, a campo traviesa; y no lo tranquilizó la nota que le entregó la niñera:

«Querido:
      »Ya que tus amigos no nos dejan jugar, no iba a quedarme sentada sudando la gota gorda; así que le he pedido a Teddy que me trajera a casa. Y, como vas a cenar fuera, me voy a Nueva York con él al teatro. Cogeré el tren que sale después del teatro o pasaré la noche en casa de mi madre.
»Helen»

      Stuart subió a su dormitorio a ponerse el esmoquin. No sabía defenderse de las garras de los celos, desconocidas hasta entonces, que habían empezado a diseccionarle despacio las entrañas. No era raro que Helen fuera al teatro o a bailar con otros hombres, pero Teddy era diferente. Teddy le merecía esa especie de desprecio que los atletas sienten por los artistas, pero los últimos seis meses habían mermado su orgullo. Intuía la posibilidad de que Helen pudiera interesarse de verdad por otro.
      Estuvo de mal humor durante la cena con Gus Myers: le fastidiaba que su anfitrión hablara con tanto desparpajo de su acuerdo. Cuando por fin se levantaron de la mesa, había tomado la decisión de que aquel asunto no funcionaba y llamó a Myers aparte.
      —Mire, me temo que no es una buena idea.
      —¿Por qué no? —su anfitrión lo miraba con preocupación—. ¿Se va a echar usted atrás? Mi querido amigo...
      —Creo que es mejor que lo dejemos.
      —¿Por qué, si me permite preguntárselo? Creo que tengo derecho a preguntarle por qué.
      Stuart se quedó unos segundos pensativo.
      —Muy bien, se lo diré. Cuando ha hecho ese pequeño discurso, me ha mencionado como si me hubiera poco menos que comprado, como si yo fuera una especie de chupatintas de su oficina. Pero en el mundo del deporte las cosas no funcionan así; las cosas son más... más democráticas. Yo me he criado con todos estos señores que han cenado con nosotros, y a ellos no ha debido gustarles más que a mí.
      —Entiendo —el señor Myers reflexionaba, preocupado—. Entiendo —de repente le dio una palmada a Stuart en la espalda—. Ése es exactamente el tipo de cosas que quiero que me diga; me ayuda. Desde ahora no volveré a referirme a usted como si trabajara en mi... como si hubiéramos hecho un trato. ¿De acuerdo?
      Después de todo, el sueldo era de ocho mil dólares.
      —Muy bien —aceptó Stuart—. Pero tendrá que perdonarme esta noche. Voy a coger un tren para la ciudad.
      —Pondré un automóvil a su disposición.
      A las diez llamaba al timbre del apartamento de Teddy en la calle 48.
      —Quisiera ver al señor Van Beck —dijo a la mujer que abrió la puerta—. Ya sé que ha ido al teatro, pero no sé si usted podría decirme... —de repente adivinó quién era la mujer—. Soy Stuart Oldhorne —explicó—. Estoy casado con la prima del señor Van Beck.
      —Ah, entre —dijo Betty amablemente—. He oído hablar mucho de usted.
      Le faltaba muy poco para cumplir los cuarenta, y era más bien gorda y basta, pero rebosaba una vitalidad avispada y despierta. Se sentaron en el cuarto de estar.
      —¿Quiere ver a Teddy?
      —Está con mi mujer y me gustaría reunirme con ellos después del teatro. Quizá usted sepa adonde han ido.
      —Ah, así que Teddy está con su mujer —hablaba con un ligero y simpático acento irlandés—. Bueno, la verdad es que no me dijo exactamente adonde iba a ir esta noche.
      —Entonces, ¿no lo sabe?
      —Pues no, por mi vida que no —admitió alegrement siento.
      Stuart se levantó, y Betty vio en su cara el sufrimiento que apenas podía ocultar. Y súbitamente sintió una pena inmensa.
      —Oí que decía algo del teatro —dijo, como recordando
      Siéntese y deje que me acuerde. Teddy sale mucho y yo con una noche de teatro a la semana ya tengo bastante, así que todas las noches se confunden en mi cabeza. ¿No quedó con ellos en ningún sitio?
      —No. Se me ocurrió venir cuando ya se habían ido. Helen me dijo que cogería el tren de Long Island al salir del teatro o que iría a casa de su madre.
      —¡Eso es! —dijo triunfalmente Betty, entrechocando las manos como címbalos—. Eso es lo que Teddy me dijo cuando llamó: que iba a acompañar a una señora al tren de Long Island, y que luego volvería directamente a casa. Hemos tenido a un niño enfermo y las cosas se me olvidan.
      —Lamento mucho molestarla en esta situación.
      —No me molesta. Siéntese. Sólo son las diez.
      Sintiéndose más cómodo, Stuart se relajó un poco y aceptó un cigarro.
      —No, si intentara seguir el ritmo de Teddy, tendría ya el pelo blanco —dijo Betty—. Claro que voy a sus conciertos, pero casi siempre me quedo dormida, aunque él no lo sabe. A no ser que beba demasiado y se le olvide dónde vive, no me preocupo de por dónde anda —al ver que Stuart volvía a ponerse serio, cambió de tono—: Pero, a pesar de los pesares, es un buen marido y vivimos felices juntos, sin molestarnos el uno al otro. ¿Cómo iba a trabajar al lado del cuarto de los niños, quejándose al menor ruido? ¿Y cómo iba yo a acompañarlo a casa de la señora Ruthven, con toda esa gente que sólo habla de lo más selecto de la sociedad y del arte más selecto?
      A Stuart le vino a la memoria una frase de Helen: «Siempre juntos... Me gustaría que lo hiciéramos todo juntos».
      —Ustedes tienen hijos, ¿verdad, señor Oldhorne?
      —Sí. Mi hijo ya casi tiene edad para sostenerse sobre el caballo.
      —Ah, sí; a ustedes les apasionan los caballos.
      —Mi mujer dice que, en cuanto tengan las piernas lo suficientemente largas para llegar a los estribos, volverán a interesarle los niños —aquello no le sonó demasiado bien a Stuart y rectificó—: La verdad es que siempre le han interesado, pero nunca se ha dejado acaparar por ellos, ni ha dejado que se interpongan entre nosotros. Siempre hemos pensado que el matrimonio debe basarse en la camaradería, en compartir los mismos gustos. A usted le gusta la música y ayuda a su marido...
      Betty se echó a reír.
      —Me encantaría que Teddy lo hubiera oído. Soy incapaz de leer una nota o aprenderme una melodía.
      —¿No? —Stuart estaba confundido—. Yo tenía la impresión de que usted entendía de música.
      —¿Es incapaz de imaginarse por qué, si no, se ha casado conmigo?
      —En absoluto. Al contrario.
      Minutos después, se despidió: Betty le caía simpática. Cuando se hubo ido, la expresión de Betty se transformó poco a poco en una expresión de desesperación. Cogió el teléfono y llamó al estudio de su marido:
      —Así que estás ahí, Teddy. Ahora escúchame atentamente. Sé que tu prima está contigo y quiero hablar con ella... No me mientas. Pásale el teléfono. Su marido ha estado aquí, y si no me dejas hablar con ella, las cosas se van a poner serias.
      Pudo oír un diálogo ininteligible, y luego la voz de Helen:
      —Hola.
      —Buenas noches, señora Oldhorne. Su marido ha estado aquí, buscándolos a usted y a Teddy. Le he dicho que no sabía a qué teatro habían ido, así que lo mejor es que vaya pensando uno. Y dígale a Teddy que la deje en la estación con el tiempo suficiente para coger el tren de después del teatro.
      —Ah, muchísimas gracias. Nosotros...
      —Vaya a buscar a su marido o tendrá problemas, o no conozco a los hombres. Y... espere un momento. Dígale a Teddy, si piensa volver muy tarde, que Josie tiene el sueño ligero, y que no se ponga a tocar el piano.
      Betty, que oyó llegar a Teddy a las once, entró en el cuarto de estar oliendo a vapor de manzanilla. La saludó, ausente; su expresión era de sufrimiento y le brillaban los ojos, perdidos.
      —Dices que eres un gran músico, Teddy van Beck —dijo ella—, pero me parece que las mujeres te interesan mucho más.
      —Déjame en paz, Betty.
      —Yo te dejo en paz, pero las cosas cambian si los maridos empiezan a venir a casa.
      —Esto era diferente, Betty. Tiene una larga historia: es mi pasado.
      —A mí me parece más bien el presente.
      —No te equivoques con Helen —dijo Teddy—. Es una mujer buena.
      —Pero sé que no por tu culpa.
      Teddy ocultó la cara entre las manos, abatido.
      —He intentado olvidarla. La he evitado durante seis años. Y, cuando me la encontré hace un mes, todo se me vino encima. Intenta comprenderme, Bet. Tú eres mi mejor amiga; tú eres la única persona que me ha querido.
      —Te quiero cuando eres bueno —dijo ella.
      —No te preocupes. Se acabó. Quiere a su marido; se vino a Nueva York conmigo porque se había enfadado un poco con él. Me sigue la corriente hasta cierto punto, como hace siempre, y después... Pero no voy a volver a verla. Anda, acuéstate, Bet. Quiero tocar el piano un rato.
      Ya se había levantado, cuando Betty lo detuvo.
      —Esta noche no puedes tocar el piano.
      —Ah, no me acordaba de Josie —dijo con remordimiento—. Bueno, me tomaré una cerveza y me iré a la cama —se acercó y la abrazó—. Querida Bet, nada podrá separarnos.
      —Eres un niño malo, Teddy —dijo—. Yo nunca sería tan mala contigo.
      —¿Cómo lo sabes, Bet? ¿Cómo sabes lo que tú harías?
      Le acarició el pelo castaño, basto, reconociendo por milésima vez que en ella, para él, no había el menor rastro de la oscura magia del mundo, y que no podría vivir sin ella seis horas seguidas.
      —Querida Bet —murmuró—. Querida Bet.

III

       Los Oldhorne estaban de visita, siempre invitados. En los últimos cuatro años, desde que Stuart había dejado de ser un esclavo de Gus Myers, formaban parte de esa gente que siempre está de visita. Los niños pasaban el invierno en casa de su abuela Van Beck e iban a un colegio de Nueva York. Stuart y Helen visitaban amigos en Asheville, Aiken y Palm Beach, y solían pasar los veranos en una casita de campo en algún lugar de Long Island. «Queridos, está vacía. Y no se nos ocurriría alquilarla, claro que no. Nos haríais un favor habitándola».
      Casi siempre estaban invitados; ponían mucho de sí mismos en el entusiasmo y la complacencia permanentes que constituyen al perfecto invitado: había llegado a ser su profesión. En un mundo que se enriquecía con la guerra europea, Stuart había perdido el rumbo. Después de participar brillantemente dos veces en el campeonato nacional de golf aficionado, había aceptado un contrato como profesor y entrenador profesional en un club que su padre había ayudado a fundar. Estaba cansado y no era feliz.
      Aquel fin de semana los habían invitado a casa de un alumno de Stuart. Después de jugar al golf por parejas, los Oldhorne subieron a su habitación a cambiarse para la cena, con el desagradable peso acumulado de muchos meses de insatisfacción. Por la tarde, Stuart había formado pareja con la anfitriona y Helen con otro hombre, una situación que Stuart siempre temía, porque lo obligaba a competir con Helen. E incluso había querido fallar aquel golpe en el hoyo dieciocho, para perder. Pero la pelota entró en el hoyo. Helen hizo los gestos típicos del buen perdedor, pero se dedicó abiertamente a su compañero de equipo el resto de la tarde.
      La expresión de falsa alegría aún les duraba cuando entraron en su habitación.
      En cuanto cerraron la puerta, la expresión simpática de Helen se esfumó y se acercó al tocador como si su propio reflejo fuera la única compañía agradable que podía encontrar. Stuart la observaba con el ceño fruncido.
      —Sé por qué estás de tan mal humor —dijo—, aunque no creo que tú lo sepas.
      —No estoy de mal humor —respondió Helen con voz cortante.
      —Sí que lo estás; y sé perfectamente los motivos, aunque tú no los sepas. Estás de mal humor porque me entró la pelota en el hoyo dieciocho.
      Helen, incrédula, dejó de mirarse al espejo y se volvió hacia él —Así que tengo un nuevo defecto. Resulta que ahora también soy una mala deportista.
      —Nunca has sido mala deportista —admitió Stuart—, pero ¿por qué muestras tanto interés por otros y me miras como si yo... bueno, como si te hubiera hecho algo malo?
      —No me he dado cuenta.
      —Yo sí.
      Y también se había dado cuenta de que ahora había siempre algún hombre en sus vidas: algún hombre con poder y dinero que cortejaba a Helen y le transmitía la sensación de fortaleza que él era incapaz de darle. No tenía motivos para sentir celos de ninguno en particular, pero la presión de tantos hombres conseguía irritarlo. Le dolía que, por una verdadera tontería, Helen le recordara con su comportamiento que ya no llenaba su vida por completo.
      —Si a Anne le satisface tanto ganar, pues muy bien —dijo Helen de repente.
      —¿No eres un poco quisquillosa? Anne no alcanza tu nivel; no superará la tercera ronda en Boston.
      Dándose cuenta de que se había equivocado, Helen cambió de tono.
      —No se trata de eso —estalló—. Estoy deseando que tú y yo volvamos a formar pareja como antes. Y ahora tú tienes que jugar con las más torpes, y sacarles la pelota de los peores sitios. Y encima... —titubeó—, encima eres galante sin ninguna necesidad.
      El ligero desprecio que había en su voz, la caricatura de celos que ocultaba una creciente indiferencia no se le escapaban a Stuart. Hubo un tiempo en el que, si bailaba con otra, la mirada afligida de Helen lo seguía por todo el salón.
      —Mi galantería es simplemente cuestión de trabajo —contestó—. Este verano hemos ganado trescientos dólares mensuales con las clases de golf. ¿Cómo podría ir yo a verte jugar a Boston la semana que viene, si no fuera entrenador de otras mujeres?
      —Y vas a verme ganar —anunció Helen—. ¿Lo sabes?
      —Por supuesto, y es lo único que quiero —dijo Stuart automáticamente. Pero el desafío innecesario que había en la voz de su mujer le repelía, y súbitamente se preguntó si de verdad le importaba que Helen ganara o perdiera.
      Al mismo tiempo el humor de Helen cambió y por un instante adivinó la verdadera situación: que ella podía jugar en torneos de aficionados y Stuart no, que todas las nuevas copas que había en la vitrina las había ganado ella, que Stuart había renunciado a la deportividad y a la competición apasionada que había sido el motor de su vida para conseguir el dinero que necesitaban.
      —¡Me da tanta pena de ti, Stuart! —tenía lágrimas en los ojos—. Es una vergüenza que no puedas hacer lo que te gusta y yo sí. Quizá no debería jugar este verano.
      —Tonterías —dijo él—. No puedes quedarte en casa con los brazos cruzados.
      Helen se agarró a eso:
      —A ti no te gustaría que me quedara. No puedo evitar ser una buena deportista; tú me has enseñado casi todo lo que sé. Pero me gustaría poder ayudarte.
      —Me basta con que no olvides que soy tu mejor amigo. A veces te comportas como si fuéramos rivales.
      Helen titubeó: le dolía la verdad de aquellas palabras y no quería ceder un ápice; pero una oleada de recuerdos se apoderó de ella, y pensó con qué valor Stuart se las arreglaba para vivir al día, sin previsión. Se acercó y lo abrazó.
      —Cariño, todo va a ir mejor. Ya lo verás, cariño.
      La semana siguiente Helen ganó la final en el torneo de Boston. Stuart se sentía muy orgulloso de ella mientras la seguía mezclado con la multitud. Confiaba en que en lugar de alimentar el amor propio de Helen, aquel triunfo hiciera más fáciles las cosas entre ellos. No soportaba el enfrentamiento que había surgido del hecho de que los dos le pidieran a la vida los mismos dones y los mismos premios.
      La siguió hasta la sede del club, contento y un poco celoso del gentío que quería felicitarla. Llegó al club entre los últimos, y un camarero lo detuvo.
      —El comedor para entrenadores y caddies está en la planta baja, por favor —dijo el hombre.
      —Muy bien. Soy Oldhorne.
      Siguió andando, pero el hombre le cerró el paso.
      —Lo siento, señor. Sé que la señora Oldhorne participa en el torneo, pero tengo órdenes de mandar a los entrenadores y a los caddies al comedor de abajo, y tengo entendido que usted es entrenador.
      —Oiga... —empezó a decir Stuart, furioso, pero se detuvo. Había gente escuchando—. Está bien, no se preocupe —dijo bruscamente, y dio media vuelta.
      El recuerdo de aquella experiencia no dejaba de dolerle; fue el factor determinante que lo condujo, algunas semanas después, a tomar una decisión trascendental. Llevaba mucho tiempo dándole vueltas a la idea de alistarse en las Fuerzas Aéreas canadienses para servir en Francia. Sabía que su ausencia no influiría demasiado en la vida de Helen y los niños; y, después de encontrarse con algunos amigos con quienes compartía el descontento de aquellos días de 1915, se decidió de pronto. Pero no había tenido en cuenta la reacción de Helen, que fue, más que de pesar o preocupación, la reacción de alguien que se siente engañado.
      —¡Podías habérmelo dicho! —se quejó—. Me dejas colgada; te vas sin ni siquiera avisarme.
      Helen volvía a verlo como el héroe insoportablemente deslumbrante, y se estremeció hasta el alma como el día en que lo conoció. Era un guerrero; para él, la paz sólo era un intervalo entre dos guerras, y la paz lo estaba destruyendo. Ahora lo reclamaba el deporte rey. A no ser que renunciara a la lógica que había gobernado su vida, Helen no tenía nada que alegar.
      —Es lo mío —dijo, como si hiciera una confidencia, rejuvenecido por la excitación—. Si siguiera viviendo así, terminaría hecho pedazos, empezaría a beber. Creo que, en cierta medida, he perdido tu respeto, y lo necesito, aunque me encuentre muy lejos.
      Y Helen volvía a sentirse orgullosa de él; le hablaba a todo el mundo de su inminente partida. Y, una tarde de septiembre, al volver de la ciudad, rebosante de novedades y de la antigua sensación de camaradería, lo encontró hundido, absolutamente desanimado.
      —Stuart —exclamó—. Ya tengo el... —se interrumpió—. ¿Qué te pasa, mi vida? ¿Hay algún problema?
      La miró, desesperado.
      —No me han aceptado —dijo.
      —¿Porqué?
      —El ojo izquierdo —se echó a reír con amargura—. ¿Te acuerdas de la principiante aquella que me dio con el palo de golf? Casi no veo con ese ojo.
      —¿No se puede hacer nada?
      —Nada.
      —¡Stuart! —lo miraba aterrorizada—. Stuart, ¡si supieras lo que iba a contarte! Era una sorpresa. Elsa Prentice ha organizado una unidad de la Cruz Roja para prestar servicio en Francia, y me he alistado porque me parecía maravilloso que estuviéramos juntos. Nos han tomado medidas para el uniforme y ya hemos comprado el equipo. Zarpamos a finales de la semana que viene.


IV

       Helen era una figura borrosa entre otras figuras borrosas en la cubierta de un barco a oscuras para evitar la amenaza de los submarinos. Cuando el barco se adentró suavemente en las tinieblas del futuro, Stuart fue dando un paseo por la calle 57, hacia el este. El dolor por la ruptura de tantos lazos era un peso que debía soportar, y caminaba despacio, como si hubiera de adaptarse a aquel peso. En compensación, sentía una extraña liviandad interior. Por primera vez en doce años estaba solo, y tenía la sensación de que sería para siempre; conociendo a Helen y conociendo lo que es la guerra, podía imaginarse las experiencias por las que ella pasaría, pero no podía hacerse una idea de cómo podrían volver a vivir juntos después. El estaba descartado: ella había demostrado al final ser la más fuerte. Parecía muy extraño y triste que su matrimonio terminara así.
      Llegó al Carnegie Hall, con las luces apagadas después del concierto, y vio el nombre de Theodore van Beck escrito con grandes letras en los carteles. Mientras lo miraba, una puerta lateral, pintada de verde, se abrió y un grupo de gente en traje de noche salió del teatro. Stuart y Teddy se vieron frente a frente antes de que pudieran reconocerse.
      —¡Hola! —exclamó Teddy cordialmente—. ¿Ha salido ya Helen para Europa?
      —Acaba de irse.
      —Me la encontré ayer por la calle, y me lo dijo. Me hubiera gustado que vinierais a mi concierto. Está hecha toda una heroína, yéndose así... ¿Conoces a mi mujer?
      Stuart y Betty se sonrieron.
      —Nos conocemos.
      —Y yo sin enterarme —protestó Teddy—. Las mujeres necesitan que las vigilen cuando empiezan a chochear... Oye, Stuart, hemos invitado a unos cuantos amigos a nuestra casa. Nada de música ruidosa ni nada parecido. Sólo la cena y algunas debutantes que me digan que he estado divino. Te lo pasarás bien. Me imagino que echarás de menos a Helen una barbaridad.
      —No creo que...
      —Vamos. A ti también te dirán que eres divino.
      Dándose cuenta de que la invitación era sincera, Stuart aceptó. Era el tipo de reunión a la que no asistía casi nunca, y lo sorprendió encontrar a tanta gente conocida. Teddy asumía el protagonismo con una mezcla de escepticismo y resolución. Stuart lo oyó mientras abrumaba a la señora de Cassius Ruthven con uno de sus temas favoritos:
      —La gente intenta formar matrimonios basados en la cooperación que terminan siendo matrimonios competitivos. Una situación inaguantable. Los hombres inteligentes terminarán huyendo de las mujeres decorativas. Un hombre debería casarse con alguien que se sintiera agradecido, como Betty.
      —No hables tanto, Theodore van Beck —lo interrumpió Betty—. Ya que eres un músico tan exquisito, sería mejor que te expresaras con música en lugar de con palabras poco pensadas.
      —No estoy de acuerdo con su marido —dijo la señora Ruthven—. Las mujeres inglesas salen de caza con su pareja y participan en política en términos de absoluta igualdad con los hombres, y eso ayuda a manter unida a la pareja.
      —No lo creo —insistió Teddy—. Por eso la sociedad inglesa es la más desorganizada del mundo. Betty y yo somos felices porque no tenemos nada en común.
      Su euforia molestaba a Stuart, y el éxito que irradiaba lo obligaba a pensar en su propio fracaso. No podía saber que su vida no estaba destinada al fracaso. No podía leer la honrosa leyenda que tres años después sería grabada con orgullo en su tumba de soldado, ni saber que su cuerpo sin sosiego, que siempre se entregó en el deporte y el peligro, estaba destinado a ofrecerle al final una última y heroica galopada.
      —No me han aceptado —le decía a la señora Ruthven—. Tendré que seguir aguantando en mi escuadrón de caballería, a no ser que nos movilicen.
      —Así que Helen se ha ido —la señora Ruthven lo miraba como si estuviera recordando algo—. Nunca olvidaré vuestra boda. Erais tan guapos, tan ideales... Estabais tan compenetrados el uno con el otro... Todo el mundo lo decía.
      Stuart se acordaba; por un instante pensó que era de lo poco digno de ser recordado.
      —Sí—asintió, moviendo la cabeza, como si recordara—, supongo que formábamos una hermosa pareja.



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