F. Scott Fitzgerald
(Saint Paul, Minnesota, 1896 – Hollywood, California, 1940)


Seis a uno
(“Six of One-”)
Originalmente publicado en Redbook, 58 (February 1932)
The Price Was High: The Last Uncollected Stories of F. Scott Fitzgerald (1973), selección e introducción por Matthew J. Bruccoli.


       Barnes miraba desde lo alto de las escaleras el amplio vestíbulo, el salón de la casa y aquel grupo de jóvenes. Su amigo Schofield les hacía algún comentario benévolo, y Barnes no quería interrumpirlo; en lo más alto de las escaleras, inmóvil, parecía dejarse llevar de repente por el ritmo de los ocupantes del salón: los miraba como si fueran estatuas, seres de otro mundo, cincelados en la luz crepuscular de Minnesota que poco a poco se apoderaba del gran salón.
      Allí estaban los cinco, los dos jóvenes Schofield y sus amigos, todos bien parecidos, típicamente americanos, vestidos con cierta despreocupación, pero sin desaliño, perfectamente constituidos, con cara de entusiasmo y expresión de estar abiertos al mundo. Entonces se dio cuenta de que parecían ordenarse de acuerdo con un plan, perfil sobre perfil, rubios y morenos, mirando hacia el señor Schofield; erguidos, pero en actitud vagamente relajada; sin tensión pero alertas, con sus pantalones de franela y los jerséis de angora suave, y la mano en el hombro del compañero, como para integrarse en la sólida camaradería del grupo. Entonces, de repente, como un grupo de modelos que rompiera filas después de posar para un escultor, la composición se disolvió y todos se dirigieron hacia la puerta. Barnes se quedó con la sensación de haber visto algo más que cinco jóvenes entre los dieciséis y los dieciocho años a punto de navegar o jugar al tenis o al golf: le habían dejado la viva impresión de un estilo de vida, una manera de ser joven algo diferente a la de su propia generación, que fue menos segura, más torpe. Aquella generación estaba unida por principios que él desconocía. Se preguntó vagamente cuáles eran los principios predominantes en 1920, si seguían vigentes, y tuvo una sensación de futilidad, de demasiado esfuerzo para un triunfo puramente estético. Entonces Schofield le pidió que bajara al salón.
      —¿No forman un buen quinteto? —preguntó Schofield—. Dime, ¿has visto alguna vez un quinteto mejor?
      —Muy bueno —asintió Barnes, sin demasiado entusiasmo. Tenía de repente el presentimiento de que su generación, gracias a años de esfuerzo, había hecho posible una edad de Pericles, pero no había producido ningún futuro Pericles. Habían montado el escenario, pero ¿contaban con los actores adecuados?
      —Y no es sólo porque dé la casualidad de que dos de ellos sean mis hijos —continuó Schofield—. Es evidente. No encontrarías un grupo igual en ninguna ciudad del país. En primer lugar, son fuertes. Los dos pequeños Kavenaugh no van a ser demasiado altos... algo más que su padre; pero el mayor podría formar parte del equipo de hockey de cualquier universidad ahora mismo.
      —¿Qué edad tienen? —preguntó Barnes.
      —Pues Howard Kavenaugh, el mayor, tiene diecinueve años: irá a Yale el año que viene. Le sigue mi hijo Wister, que tiene dieciocho y también irá a Yale el próximo curso. Te gusta Wister, ¿verdad? No conozco a nadie a quien no le caiga bien. Ese chico podría llegar a ser un gran político. Y hay un muchacho que se llama Larry Patt, que hoy no ha venido; también tiene dieciocho años, y es el campeón de golf del Estado. Tiene una voz bonita, y está intentando que lo admitan en Princeton.
      —¿Y quién es el rubio que parece un dios griego?
      —Es Beau Lebaume. También irá a Yale, si las chicas lo dejan salir de la ciudad. Luego está el otro Kavenaugh, que es bajo pero fuerte, y que llegará a ser mejor atleta incluso que su hermano. Y está por fin el más joven de mis hijos, Charley; tiene dieciséis años —Schofield suspiró, con aparente cansancio—. Pero me temo que ya estás harto de oír fanfarronadas.
      —No, habíame más de ellos. Me interesa. ¿Sólo son buenos atletas?
      —¿Qué dices? No hay ni un solo tonto en el grupo, salvo quizá Beau Lebaume; y, a pesar de eso, no puedes evitar que te caiga simpático. Y todos son líderes por naturaleza. Me acuerdo de que hace algunos años una pandilla de gamberros intentó meterse con ellos, llamándoles ricuras. Bueno, pues aquella pandilla podría estar corriendo todavía. Me recuerdan a los jóvenes caballeros medievales. ¿Y qué pasa con que sean atletas? Me acuerdo de que tú fuiste el primer remero en New London, y de cómo defendiste la ampliación de las líneas ferroviarias, y de cómo...
      —Si empuñé el remo fue porque me mareaba —dijo Barnes—. A propósito, ¿esos chicos son ricos?
      —Bueno, los Kavenaugh lo son, desde luego; y a mis chicos algo les dejaré.
      Los ojos de Barnes brillaron.
      —Me figuro que, ya que no tienen problemas de dinero, se formarán para servir al Estado —sugirió—. Me has dicho que uno de tus hijos tiene cualidades para la política y que todos son como jóvenes caballeros, así que me figuro que se dedicarán a la política o ingresarán en el Ejército o en la Armada.
      —No sé —en la voz de Schofield había cierta inquietud—. Creo que a sus padres no les gustaría mucho que no se dedicaran a los negocios. Es natural, ¿no?
      —Es natural, pero es poco romántico —dijo Barnes, de buen humor.
      —Te has propuesto sacarme de quicio —dijo Schofield—. Bueno, si encuentras a alguien que los iguale...
      —Realmente forman una especie de grupo escultórico —admitió Barnes—. Tienen lo que podríamos llamar un encanto especial. Parecen un anuncio de cigarrillos; pero...
      —Pero tú eres un viejo amargado —lo interrumpió Schofield—. Ya te he explicado que todos esos chicos son perfectos. Mi hijo Wister ha sido este año el primero de su clase, y yo estaba repugnantemente orgulloso de que hubiera ganado la medalla al mejor alumno de la región.
      Los dos hombres estaban frente a frente con la baraja del futuro, sin cortar, encima de la mesa. Habían ido juntos a la universidad, y eran amigos desde hacía muchos años. Barnes no había tenido hijos, y Schofield atribuía su falta de entusiasmo a esta circunstancia.
      —El caso es que no me los imagino prendiéndole fuego al mundo, mejorando lo que hicieron sus padres —estalló Barnes de repente—. Y a sus padres les deben la mayor parte de su encanto. En el Este están empezando a darse cuenta de que los chicos ricos tienen problemas. ¿Es posible competir con ellos? Quizá, por el momento, no —se inclinó, los ojos le brillaban—. Pero podría escoger a seis chicos de algún instituto de Cleveland, educarlos, y creo que dentro de diez años superarían ampliamente a tus jóvenes camaradas. Se les exige demasiado poco, se espera demasiado poco de ellos... ¿Hay algo más cómodo que tener que preocuparse únicamente de seguir siendo un atleta encantador?
      —Sé lo que piensas —objetó Schofield, burlón—. Vas a una escuela pública y eliges a los seis alumnos más brillantes...
      —Te voy a explicar lo que haré... —Barnes advirtió que, de un modo inconsciente, había dicho haré en lugar de me gustaría hacer, pero no rectificó—. Iré al pueblo de Ohio donde nací: no creo que haya más de cincuenta o sesenta alumnos en el instituto, así que me sería difícil encontrar seis genios entre tan poca gente.
      —¿Y bien?
      —Les daré una oportunidad. Si fallan, perderán la oportunidad. Es una responsabilidad muy seria, y tendrán que tomársela en serio. Es lo que les ha faltado a estos chicos: sólo les han exigido ser serios en cosas sin importancia —se quedó pensativo unos segundos—. Voy a hacerlo.
      —¿Hacer qué?
      —Voy a intentarlo.
      Quittce días más tarde volvía al pueblo de Ohio donde había nacido, donde tuvo la sensación de que el torrente de emociones de su juventud aún habitaba las calles tranquilas. Se entrevistó con el director del instituto, quien le hizo algunas sugerencias; y, tras el difícil, para Barnes, requisito de redactar las correspondientes peticiones y de asistir más tarde a una reunión, se puso en contacto con profesores y alumnos. Hizo una donación al instituto, que le dio oportunidad de observar a los chicos en horas de clase y en los recreos.
      Le gustaba: volvía a sentirse joven. Había algunos chicos que le caían bien a primera vista, y entonces empezaba un proceso de selección, invitándolos en grupos de cinco o seis a casa de su madre, un poco a la manera en que los clubes universitarios eligen nuevos miembros. Cuando un chico le interesaba, Barnes estudiaba su historial y el de su familia. Y quince días después había seleccionado a cinco chicos.
      El primero de los elegidos era Otto Schlach, hijo de un agricultor, que ya había demostrado extraordinarias aptitudes para la mecánica y las matemáticas. Schlach fue muy recomendado por sus profesores, y agradeció la oportunidad que se le ofrecía de ingresar en el Instituto Tecnológico de Massachusetts.
      James Matsko había sido la única herencia que un padre borracho había dejado al pueblo de Barnes. Desde los doce años James se había ganado la vida sin ayuda de nadie con un puesto de periódicos y caramelos que tenía una fachada de treinta centímetros; y a los diecisiete se decía que había ahorrado quinientos dólares. A Barnes le resultó difícil convencerlo para que estudiara Economía y Finanzas en Columbia, pues Matsko consideraba que ya sabía ganar dinero. Pero Barnes tenía el prestigio de ser el hijo del pueblo que más lejos había llegado, y convenció a Matsko de que, en caso de no ir a la universidad, sus posibilidades pronto se verían tan reducidas como la fachada de su negocio.
      Luego estaba Jack Stubbs, que había perdido un brazo cazando, pero a pesar de esta desventaja jugaba en el equipo de fútbol del colegio. No estaba entre los primeros de la clase; no cultivaba ninguna inclinación en especial; pero el hecho de que hubiera superado aquel enorme handicap hasta el punto de jugar al fútbol, y placar y marcar puntos, convenció a Barnes de que no existían obstáculos que pudieran interponerse en el camino de Jack Stubbs.
      El cuarto elegido fue George Winfield, que estaba a punto de cumplir veinte años. A causa de la muerte de su padre había dejado el colegio a los catorce, y había ayudado a mantener a su familia durante cuatro años, y luego, cuando la situación mejoró, había vuelto al instituto, a terminar sus estudios. Por esta razón Barnes consideraba que Winfield daría la talla en la universidad.
      El siguiente fue un chico que a Barnes le cayó personalmente antipático. Louis Ireland era a la vez el alumno más brillante y el chico más difícil del instituto. Desaliñado, insubordinado y excéntrico, Louis pintaba caricaturas procaces parapetado tras el libro de latín, pero cuando el profesor lo llamaba recitaba perfectamente la lección. Era un talento en potencia: imposible prescindir de él.
      La última elección fue la más difícil. Los chicos que quedaban eran mediocres, o hasta el momento no habían demostrado ninguna cualidad digna de aprecio. Barnes, recordando patrióticamente su antigua universidad, pensó durante algún tiempo en el capitán del equipo de fútbol, un depurado defensa central que hubiera sido bien recibido en cualquier equipo del Este; pero aquello hubiera desmentido la honradez de la idea.
      Eligió por fin a un joven, Gordon Vandervere, de mejor posición social que los otros. Vandervere era el más guapo y el que tenía más éxito entre las chicas del instituto. Había pensado ir a la universidad, pero su padre, un clérigo lleno de preocupaciones, se alegró al ver que le facilitaban el camino.
      Barnes estaba contento de sí mismo; se sentía una especie de dios que podía moldear los destinos de aquellos jóvenes. Tenía la sensación de que eran sus hijos, y le puso un telegrama a Schofield, que estaba en Minneapolis:
      HE ELEGIDO A LOS OTROS SEIS Y LOS RESPALDO HASTA EL FIN.
      Y ahora, después de tanta biografía, empieza la historia...
      El friso se rompió. El joven Charley Schofield había sido expulsado de Hotchkiss. Fue una pequeña pero dolorosa tragedia: él y otros cuatro chicos, simpáticos, conocidos, atentaron contra el honor del colegio al fumar. El padre de Charley sintió profundamente aquel asunto, vacilando entre el disgusto con su hijo y la rabia contra el colegio. Charley volvió a Minneapolis desesperado y asistió a la escuela pública mientras decidían qué iba a hacer.
      A mediados del verano no habían decidido nada todavía. Cuando terminó el curso, dedicó su tiempo a jugar al golf o a bailar en el Club Minnekada: era un guapo muchacho de dieciocho años que aparentaba más edad, de modales encantadores, sin ningún vicio serio, pero con cierta tendencia a dejarse influir fácilmente por las chicas que merecían su admiración. En aquel tiempo admiraba fundamentalmente a Gladys Irving, una recién casada que apenas le llevaba dos años. La perseguía en los bailes del club, y estaba prendado de ella, aunque Gladys, por su parte, estaba enamorada de su marido y sólo buscaba en Charley la confirmación de que era joven y atractiva, eso que a menudo necesita toda mujer bella después de tener su primer hijo.
      Una noche, sentados en la terraza del Club Lafayette, Charley sintió la necesidad de fanfarronear ante ella, de presumir de tener más experiencia, de poder protegerla.
      —He visto mucho mundo para la edad que tengo —dijo—. He hecho cosas que ni siquiera te podría contar.
      Gladys no contestó.
      —Por ejemplo, la semana pasada... —comenzó, pero lo pensó mejor—. De todas maneras, no creo que pueda ingresar en Yale el año que viene... Tendría que irme al Este enseguida y estudiar durante todo el verano. Me da igual: trabajaré en la oficina de papá; y, cuando Wister se vaya a la universidad en otoño, el descapotable será para mí solo.
      —Yo creía que ibas a ir a la universidad —dijo Gladys con frialdad.
      —Iba a ir. Pero lo he pensado mejor, y ya no estoy seguro. Salgo con chicos mayores que yo, y me siento mayor que los chicos de mi edad. Me gustan las chicas mayores que yo, por ejemplo.
      Cuando Charley la miró, de repente le pareció a Gladys más atractivo que nunca: sería muy agradable tenerlo cerca, para que la sacara a bailar en las fiestas del verano. Pero Gladys dijo:
      —Estarías loco si te quedaras aquí.
      —¿Por qué?
      —Empezaste algo, así que debes seguir adelante. Cinco años dando vueltas por la ciudad... y no servirás para nada.
      —Eso es lo que tú crees —dijo Charley con indulgencia.
      Gladys no quería molestarlo ni ahuyentarlo; pero quería decirle algo más contundente.
      —¿Crees que me has impresionado cuando me dijiste que ya tienes mucha experiencia? No entiendo cómo alguien puede pretender ser tu amigo y animarte a seguir por ese camino. Si yo fuera tú, por lo menos haría el examen de ingreso en la universidad. Así nadie podrá decir que te viniste abajo porque te expulsaron del colegio.
      —¿Eso es lo que piensas? —dijo Charley, imperturbable, con aquellos modales precoces y solemnes, como si pensara que hablaba con una niña. Pero Gladys lo había convencido, porque estaba enamorado de ella y la envolvía la luna. Tú, ¡caramba!, y yo era la última canción que habían bailado el miércoles anterior, y el título parecía apropiado para la ocasión.
      Si Gladys hubiera aceptado la idea que Charley tenía de sí mismo de ser un hombre hecho y derecho, y hubiera ocultado su interés bajo la máscara de la camaradería, sin animarlo a cumplir los deseos de su padre, lo hubiera dejado fanfarronear. Pero no fue así, y Charley aprobó el ingreso en la universidad aquel otoño, gracias a las suaves reminiscencias de una chica y a sus propios recuerdos de lo dulces que son los triunfos juveniles en los campos de la juventud.
      Y cumplió los deseos de su padre. Si no lo hubiera hecho, la catástrofe de su hermano mayor, Wister, aquel otoño hubiera destrozado a Schofield. La mañana siguiente al partido con Harvard los periódicos de Nueva York aparecieron con el siguiente titular:

ACCIDENTE DE COCHE DE CORISTAS Y ESTUDIANTES DE YALE. IRENE DALE Y, EN EL HOSPITAL DE GREENWICH, ANUNCIA PLEITO POR BELLEZA AMENAZADA. IMPLICADO HIJO DE MILLONARIO.

      Los cuatro chicos comparecieron ante el decano dos semanas más tarde. Wister Schofield, que había conducido el coche, fue el primero en ser llamado.
      —El coche no era suyo, señor Schofield —dijo el decano—. Era del señor Kavenaugh, ¿no es así?
      —Sí, señor.
      —¿Y por qué lo conducía usted?
      —Las chicas se empeñaron. No se sentían seguras.
      —Pero usted también había bebido, ¿verdad?
      —Sí, pero no mucho.
      —Dígame —preguntó el decano—: ¿había conducido alguna otra vez después de haber bebido, e incluso de haber bebido más que aquella noche?
      —Bueno, quizá una o dos veces, pero jamás había tenido un accidente. Y éste fue absolutamente inevitable...
      —Es posible —reconoció el decano—; pero tenemos que verlo de esta manera: hasta ahora no había sufrido usted ningún accidente incluso mereciéndoselo. Y ahora, cuando no se lo merecía, ha sufrido uno. No quisiera que se fuera de aquí con la impresión de que la vida o la universidad o yo mismo hemos sido injustos con usted, señor Schofield. Pero los periódicos le han dado a este asunto gran relevancia, y lamento decirle que la universidad tendrá que prescindir de su presencia.
      La siguiente figura del friso era Howard Kavenaugh, a quien el decano le dijo sustancialmente lo mismo.
      —Su caso me resulta especialmente doloroso, señor Kavenaugh. Su padre ha hecho importantes donaciones a la universidad, y el pasado invierno fue un placer verlo jugar a usted al hockey con su acostumbrada brillantez.
      Howard Kavenaugh abandonó el despacho sin poder contener las lágrimas.
      Puesto que los demandados en el pleito de Irene Daley por haber perdido su belleza y su medio de ganarse la vida eran el propietario y el conductor del automóvil, las sentencias contra los otros dos ocupantes del coche fueron más benévolas. Beau Lebaume entró en el despacho del decano con el brazo en cabestrillo y su preciosa cabeza envuelta en vendas y fue expulsado el resto del curso. Se lo tomó con elegancia y se despidió del decano tan alegre y sonriente como le permitían los vendajes. El último caso, sin embargo, fue el más difícil.
      George Winfield, que había empezado con retraso sus estudios en el instituto porque la necesidad de trabajar le había enseñado el valor de la educación, entró en el despacho sin levantar la vista.
      —No puedo entender su participación en este asunto —dijo el decano—. Conozco personalmente a su benefactor, el señor Barnes. Me ha contado cómo tuvo usted que dejar la escuela para ponerse a trabajar, y cómo volvió a estudiar cuatro años más tarde para continuar su formación, y me parecía que su actitud hacia la vida era fundamentalmente seria. Y hasta ahora tenía usted un buen expediente aquí, en New Haven, pero, hace varios meses, me sorprendió que saliera usted con un grupo más bien alegre, chicos con demasiado dinero en el bolsillo. Usted ya es lo suficientemente mayor para darse cuenta de que esos muchachos no podían darle a usted, desde un punto de vista material, tanto como podían arrebatarle desde cualquier otro punto de vista. Tengo que expulsarlo de la universidad un año. Si vuelve, espero de todo corazón que justifique la confianza que el señor Barnes ha depositado en usted.
      —No volveré —dijo Winfield—. No podría mirar al señor Barnes a la cara después de esto. Ni siquiera iré a mi casa.
      En el juicio de Irene Daley los cuatro mintieron por lealtad hacia Wister Schofield. Dijeron que antes de estrellarse contra el surtidor de gasolina habían visto cómo la señorita Daley se agarraba al volante. Pero la señorita Daley estaba en la sala con la cara, ya habitual en los periódicos, llena de cicatrices; y su abogado presentó una carta en la que se rescindía el contrato de su última película. Para los estudiantes el caso se presentaba difícil; así, durante un descanso, por consejo de su abogado aceptaron pagar una indemnización de cuarenta mil dólares. Wister Schofield y Hovard Kavenaugh fueron sorprendidos por una multitud de fotógrafos cuando abandonaban la sala del tribunal, y por un día gozaron de una celebridad flamante.
      Aquella noche Wister, los tres chicos de Minneapolis, Howard y Beau Lebaume emprendieron regreso a casa. George Winfield los despidió en la estación de Pensilvania; y, no teniendo adonde ir, se adentró en Nueva York para empezar una nueva vida.
      De todos los protegidos de Barnes, Jack Stubbs, con su único brazo, era el favorito. Fue el primero en alcanzar cierta fama: cuando formó parte del equipo de tenis de Princeton, los periódicos incluyeron en sus páginas fotos de Jack golpeando la pelota en el momento del saque. Cuando terminó sus estudios* Barnes le dio trabajo en su oficina: había hablado con frecuencia de un hijo adoptivo. Stubbs, junto con Schlach, hoy un prestigioso ingeniero, fue el más satisfactorio de sus experimentos, aunque James Matsko había merecido a los veintisiete años ser invitado a entrar como socio en un despacho de corredores de Bolsa de Wall Street. Económicamente hablando era el que había obtenido mayor éxito de los seis, pero Barnes se dio cuenta de que le asqueaban un poco su egoísmo y su dureza. Se preguntaba, incluso, si él, Barnes, había desempañado algún papel real en la carrera de Matsko: importaba poco, a fin de cuentas, que Matsko fuera una figura de las finanzas en la metrópoli o un próspero comerciante del Medio Oeste, y era indudable que se hubiera abierto camino sin ningún tipo de ayuda.
      Una mañana de 1930 Barnes le dio a Jack Stubbs una carta para que la añadiera al libro de contabilidad de los chicos.
      —¿Qué opinas de esto?
      La carta era de Louis Ireland, que estaba en París. Sobre Louis no se ponían de acuerdo, y, mientras Jack leía, se preparaba para interceder por él una vez más.

«Querido señor:
»Después de su última carta, recibida a través de su banco en esta ciudad, adjuntando cheque que por la presente le agradezco, no me siento obligado a volver a escribirle. Pero, puesto que el hecho concreto del valor comercial de un objeto parece ser capaz de impresionarle, mientras permanece absolutamente insensible al valor de una abstracción, le escribo para comunicarle que mi exposición ha tenido un éxito sin precedentes. Para adaptarme lo más posible a su nivel intelectual le diré que he vendido dos piezas —un busto de Lallette, la actriz, y un grupo de animales en bronce— por un total de siete mil francos (280 dólares). Además, tengo encargos que me ocuparán todo el verano. Le adjunto el recorte de un artículo que me dedica Cahiers d’Art, que le demostrará que, piense lo que piense de mi talento y mi carrera, su opinión no puede ser considerada unánime.
Esto no quiere decir que yo no le agradezca su piadoso intento de proporcionarme una educación. Me figuro que Harvard no era peor que cualquier refinado colegio para señoritas: los años que desperdicié allí me proporcionaron un punto de vista agudo y bien documentado sobre la vida y las instituciones de Estados Unidos. Pero su sugerencia de que regrese a América y me dedique a esculpir ninfas estandarizadas para las fuentes de los especuladores era un poco excesiva...»

       Stubbs dejó de leer con una sonrisa.
      —Bueno —dijo Barnes—, ¿qué te parece? ¿Está loco o el hecho de que haya vendido algunas estatuas demuestra que el loco soy yo?
      —Ninguno de los dos —se echó a reír Stubbs—. Tú nunca has puesto en duda el talento de Louis. Pero no has podido olvidar aquel año que intentó entrar en un monasterio y fue detenido en las manifestaciones a favor de Sacco y Vanzetti y acabó fugándose con la mujer de su profesor.
      —Sólo se estaba formando —dijo Barnes, lacónico—; aprendiendo a volar por su cuenta.
      —Bueno, a lo mejor ya se ha formado —dijo Stubbs despreocupadamente. Siempre había apreciado a Louis Ireland, y ya había pensado escribirle y preguntarle si necesitaba dinero.
      —De todas maneras, a mí ya no me necesita —dijo Barnes—. Ya no puedo ni ayudarle ni perjudicarle. Me figuro que podemos considerarlo un éxito, aunque parezca más bien dudoso. Veamos cómo van las cosas. Tengo que ver a Schofield en Minneapolis la semana que viene, y me gustaría ajustar cuentas. En mi opinión, habéis sido un éxito tú, Otto Schlach, James Matsko —pese a lo que tú y yo pensemos de él como persona—, y demos por supuesto que Louis Ireland va a ser un gran escultor. En total suman cuatro. Winfield ha desaparecido. Jamás he recibido una línea suya.
      —A lo mejor le van bien las cosas en alguna parte.
      —Si le fueran bien las cosas, creo que me lo hubiera hecho saber. Por el momento lo incluiremos en la columna de los fracasos. Y luego está Gordon Vandervere.
      Los dos guardaron silencio un instante.
      —No me explico lo de Gordon —dijo Barnes—. Es un tipo estupendo, pero desde que dejó la universidad no ha encontrado forma de levantar cabeza.. Era más joven que vosotros, y tenía la ventaja de haber pasado dos años en Andover antes de ir a la universidad, y en Princeton los dejó de piedra, como tú dices. Pero parece haber perdido las alas: hace cuatro años que no hace absolutamente nada; es incapaz de conservar un trabajo, incapaz de concentrarse en nada, y no parece que le importe mucho. He terminado con Gordon.
      En aquel momento anunciaron por teléfono que Gordon había llegado.
      —Me había pedido una cita —explicó Barnes—. Me figuro que quiere meterse en algún asunto nuevo.
      Un joven bien parecido, con ademanes desenvueltos y agradables, entró airosamente en el despacho.
      —Buenas tardes, tío Ed. ¡Qué alegría verte, Jack! —Gordon se sentó—. Traigo muchas y buenas noticias.
      —¿Sobre qué? —preguntó Barnes.
      —Sobre mí.
      —Ya sé. Te han llamado para que prepares la fusión entre J. P. Morgan y el puente de Queensborough.
      —Es una fusión —asintió Vandervere—, pero no son ésas las partes implicadas. Me he prometido.
      La expresión de Barnes se iluminó.
      —Mi novia se llama —continuó Vandervere— Esther Crosby.
      —Permíteme felicitarte —dijo Barnes con ironía—. Me figuro que es familia de H. B. Crosby.
      —Exactamente —dijo Vandervere sin inmutarse—. Su única hija.
      Por un momento reinó el silencio en el despacho. Luego Barnes estalló.
      —¿Tú, precisamente tú, te vas a casar con la hija de H. B. Crosby? ¿No sabe Crosby que el mes pasado tuvieron que prescindir de tus servicios en uno de sus bancos?
      —Me temo que lo sabe todo sobre mí. Me lleva observando cuatro años. ¿Sabes, tío Ed? —continuó alegremente—, Esther y yo nos hicimos novios el último curso que estuve en Princeton: mi compañero de habitación la invitó a una fiesta, pero ella me prefirió a mí. Aunque, claro, el señor Crosby no ha querido oír hablar del asunto hasta que he demostrado mi valía.
      —¡Demostrado tu valía! —repitió Barnes—. ¿Piensas que has demostrado tu valía?
      —Bueno... Sí.
      —¿Cómo?
      —Esperando cuatro años. Entiéndelo, tanto Esther como yo podríamos habernos casado con cualquiera en ese tiempo, pero no lo hicimos. En vez de eso, nos propusimos vencer su resistencia, por decirlo así. Y por eso no he sido capaz de dedicarme seriamente a otra cosa. El señor Crosby es todo un carácter, y se necesita mucho tiempo y mucha energía para vencer su resistencia. Si Esther y yo no podíamos vernos durante meses, ella no comía, y, claro, cuando me acordaba de aquello yo tampoco podía comer, así que no podía trabajar...
      —¿Y dices que por fin ha dado su consentimiento?
      —Sí, anoche.
      —¿Y va a permitir que sigas ganduleando?
      —No. Esther y yo vamos a ingresar en el servicio diplomático. Esther considera que la familia ha superado la fase de la Banca —Gordon le hizo un guiño a Stubbs—. Vigilaré a Louis Ireland cuando vaya a París, y le mandaré un informe a tío Ed.
      De repente a Barnes le dio un ataque de risa.
      —Bueno, en el bombo de la lotería caben todos los números —dijo—. Cuando os elegí a los seis, podía imaginarme cualquier cosa... —le preguntó a Stubbs—: ¿En qué columna lo incluimos, en la de Éxitos o en la de Fracasos?
      —Un éxito clamoroso —dijo Stubbs—. El primero de la lista.
      Dos semanas después Barnes se reunía en Minneapolis con su viejo amigo Schofield. Recordaba la casa con los seis chicos, tal como la había visto por última vez: parecía conservar cicatrices de los muchachos, como las huellas que los cuadros dejan en las paredes que han protegido durante años de la marca del tiempo. Puesto que no sabía qué había sucedido con los hijos de Schofield, evitó referirse a su conversación de hacía diez años hasta cerciorarse de que no era un terreno peligroso. Y se alegró de su reticencia cuando, por la noche, Schofield le habló de su hijo mayor, Wister.
      —Parece que Wister no ha llegado a encontrarse consigo mismo. ¡Y era un chico tan animoso! Era el líder de todos los grupos de los que ha formado parte; siempre conseguía que las cosas marcharan. Cuando era más joven, nuestras casas en la ciudad y en el lago siempre rebosaban de gente joven. Pero después de dejar Yale perdió el interés por las cosas: sentía una especie de desdén por todo. Durante un tiempo pensé que se debía a que bebía demasiado, pero se casó con una chica preciosa, que se ocupó del asunto. Pero sigue sin tener ambiciones... Tenía proyectos de vivir en el campo, así que le compré un criadero de zorros plateados, pero no prosperó, y lo mandé a Florida cuando el crecimiento económico, pero tampoco fue mejor. Ahora parece interesarle un rancho para turistas en Montana; pero la depresión...
      Barnes aprovechó la oportunidad para preguntar:
      —¿Qué fue de aquellos amigos de tus hijos que conocí un día?
      —Veamos... Sé a quiénes te refieres. Estaba Kavenaugh... ya sabes, el de las harinas, que venía mucho. Veamos... Se fugó con una chica del Este, y durante algunos años su mujer y él fueron los cabecillas de una pandilla de por aquí: lo único que hicieron fue beber en grandes cantidades y poco más. Me parece haber oído el otro día que Howard está intentando conseguir el divorcio. Y estaba el hermano menor, que nunca consiguió ingresar en la universidad. Acabó casándose con una manicura, y viven aquí con bastante desahogo. No he oído mucho más sobre ellos.
      Los rodeaba una especie de hechizo, de fascinación, recordó Barnes; habían estado tan seguros de sí mismos, tanto individualmente como en grupo; animosos, un friso de jóvenes griegos, de cuerpos llenos de gracia, listos para vivir.
      —Estaba también Larry Patt; si te apetece, podrías verlo. Un gran jugador de golf. No aguantó la universidad: parece que en la universidad no había suficiente aire fresco para Larry —y añadió a la defensiva—: pero supo sacar partido de lo que sabía hacer mejor: abrió una tienda de deportes y la convirtió en un buen negocio, según tengo entendido. Tiene una cadena de tres o cuatro tiendas.
      —Creo recordar a un chico excepcionalmente guapo.
      —Ah, Beau Lebaume. También anduvo metido en aquel lío de New Haven. Y, después de aquello, se destruyó: bebida y qué sé yo. Su padre lo intentó todo, y ahora ya no sabe qué hacer con él —la cara de Schofield se iluminó de repente; le brillaban los ojos—. Pero deja que te cuente, tengo un chico... ¡Mi Charley! No lo cambiaría por todos los otros juntos. Va a venir a verme dentro de un momento, así que podrás verlo. Tuvo un mal comienzo, en Hotchkiss se metió en problemas... Pero ¿se rindió? Jamás. Volvió a estudiar y consiguió un buen expediente en New Haven, miembro del mejor club de estudiantes y todas esas cosas. Luego viajó por el mundo con unos cuantos amigos y volvió y me dijo: «Muy bien, papá, estoy preparado. ¿Cuándo empiezo a trabajar?». No sé lo que haría sin Charley. Se casó hace pocos meses con una joven viuda de la que siempre había estado enamorado; y su madre y yo todavía lo echamos de menos, aunque los dos vienen a menudo.
      Barnes se alegró de aquello y de repente se resignó a no haber tenido hijos. Sale bueno uno de cada dos y, aunque puedes esperar más, también puedes quedarte sin nada; y tener que envejecer solo cuando esperabas tanto de los hijos...
      —Charley lleva los negocios —continuó Schofield—'. Sí, él y un joven llamado Winfield que Wister me recomendó hace cinco o seis años. Wister se sentía responsable respecto a él, consideraba que lo había metido en aquel problema de New Haven, y el chico no tenía familia. Wister se portó bien en ese asunto.
      ¡Otro de los seis de Barnes que había respondido! Barnes sintió una oleada de triunfo, pero se dio cuenta de que debía disimular; poco después, cuando Schofield le preguntó si había llevado a cabo su intención de enviar a algunos chicos a la universidad, evitó contestar. Después de todo, cada instante tiene su valor; puede ser cuestionado a la luz de los acontecimientos posteriores, pero el instante permanece. El joven príncipe vestido de terciopelo, arropado por el calor de la familia y cerca de la reina, entre el silencio de los ricos tapices, puede convertirse en Pedro el Cruel o en Carlos el Loco, pero el instante de belleza existió. Diez años antes, Schofield había mirado a sus hijos y a sus amigos como a samurais, radiantes, gloriosos y jóvenes, quizá como algo que él había echado de menos en su propia juventud. Y más tarde tuvieron que pagar un precio estos chicos, todos demasiado perfectos, con la balanza de la vida inclinada hacia la juventud, de manera que todo lo posterior habría de ser inevitablemente una decepción. ¡Aquellos jóvenes habían sido educados como príncipes sin tener ninguna de las responsabilidades de un príncipe! Barnes no sabía qué tendrían que haber hecho sus madres, qué les había faltado a sus madres.
      Pero se alegraba de que su amigo Schofield tuviera un hijo de verdad.
      En cuanto a su experimento, no se arrepentía, pero tampoco lo hubiera repetido. Quizá probara algo, pero no sabía exactamente qué. Quizá que la vida se renueva sin cesar, y el esplendor y la belleza le abren paso; y se alegraba de haber aprendido que la república podía sobrevivir a los errores de una generación entera, apartando los desechos, favoreciendo la vitalidad y la fortaleza. Lo único que parecía fatal y demasiado americano era que todos aquellos desechos estuvieran en la cima; y se daba cuenta de que no viviría lo suficiente para ver el final, para ver la Seriedad en la misma piel que la Oportunidad: para ver cómo la raza desarrollaba por fin todas sus posibilidades.



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