F. Scott Fitzgerald
(Saint Paul, Minnesota, 1896 – Hollywood, California, 1940)


Dos errores
(“Two Wrongs”)
Originalmente publicado en The Saturday Evening Post, 202 (January 18, 1930),
Taps at Reveille (1935


I

      —Mírame los zapatos —dijo Bill—. Veintiocho dólares.
       El señor Brancusi los miró.
       —Chachi —dijo.
       —Hechos a medida.
       —Ya sabía que eras elegantísimo. No me habrás hecho venir sólo para enseñarme los zapatos, ¿verdad?
       —No soy elegantísimo. ¿Quién ha dicho que yo era elegantísimo? —preguntó Bill—. Sólo porque tengo más educación que la mayoría de la gente que se dedica al negocio del espectáculo.
       —Y además sabes que eres joven y guapo —dijo Brancusi con su especial sentido del humor.
       —De eso no hay duda, sobre todo si me comparo contigo. Las chicas creen que soy actor, hasta que me conocen… ¿Tienes un cigarrillo? En fin, parezco un hombre… que ya es más que lo que hacen todos esos niñatos que rondan por Times Square.
       —Atractivo. Un caballero. Buenos zapatos. Favorecido por la suerte.
       —En eso te equivocas —objetó Bill—. Inteligencia. Tres años, nueve espectáculos, cuatro exitazos, un solo fracaso. ¿Dónde ves la suerte?
       Un poco aburrido, Brancusi se limitaba a mirarlo. Lo que hubiera visto —si tuviera ojos en la cara y no estuviera pensando en otra cosa— era un joven irlandés de aspecto sano que transpiraba agresividad y confianza en sí mismo hasta saturar el aire de su despacho. Brancusi sabía que en cualquier momento Bill oiría el sonido de su propia voz y se avergonzaría y se refugiaría en su otra personalidad: la del hombre serenamente superior, sensible, protector de las artes, una imitación de los intelectuales del Theatre Guild. Bill McChesney aún no había terminado de decidirse entre sus dos caras: semejantes mezclas no suelen cuajar antes de los treinta años.
       —Fíjate en Ames, en Hopkins, en Harris… Fíjate en quien te dé la gana —insistió Bill—. ¿En qué me superan? ¿Qué pasa? ¿Quieres una copa? —se había dado cuenta de que a Brancusi se le iban los ojos al armario de la pared de enfrente.
       —Nunca bebo por la mañana. Sólo me preguntaba quién estará dando golpes en la pared. Deberías pararlo. Estas cosas me ponen nervioso, me sacan de quicio.
       Bill se acercó rápidamente a la puerta y la abrió.
       —Nadie —dijo—… ¡Ah, hola! ¿Qué quiere usted?
       —Vaya, lo siento mucho —respondió una voz—. Lo siento muchísimo. Estoy tan nerviosa que no me había dado cuenta de que tenía este lápiz en la mano.
       —¿Qué quiere usted?
       —Quería verlo, y un empleado me ha dicho que está usted ocupado. Traigo una carta de Alan Rogers, el dramaturgo: quería dársela yo personalmente.
       —Estoy ocupado —dijo Bill—. Vea al señor Cadorna.
       —Ya lo he visto, pero no me ha servido de mucho, y el señor Rogers dice que…
       Brancusi, impaciente, le echó una ojeada a través de la puerta. Era muy joven, con un precioso pelo rojo: su cara reflejaba más temperamento que el que indicaba su parloteo; no se le ocurrió al señor Brancusi que tenían la culpa sus orígenes en Delaney, en Carolina del Sur.
       —¿Qué hago? —preguntó la chica, poniendo tranquilamente su futuro en las manos de Bill—. Tenía una carta para el señor Rogers, pero el señor Rogers sólo me ha dado esta carta para usted.
       —Bueno, ¿qué quiere que haga yo? ¿Casarme con usted? —saltó Bill.
       —Me gustaría que me diera un papel en una de sus obras.
       —Entonces siéntese y espere. Estoy ocupado… ¿Dónde está la señorita Cohalan? —tocó un timbre, volvió a mirar, de mal humor, a la chica y cerró la puerta del despacho. Pero durante la interrupción había recuperado su otra personalidad y reanudó su conversación con Brancusi con el tono de alguien que hubiese compartido con Reinhardt, como uña y carne, sus anhelos por el futuro artístico del teatro.
       A las doce y media había olvidado todo excepto que se estaba convirtiendo en el más grande director teatral del mundo y que tenía una cita para comer con Sol Lincoln y hablarle precisamente de aquello. Al salir del despacho, miró con expectación a la señorita Cohalan.
       —El señor Lincoln no puede verlo —dijo—. Acaba de llamar.
       —Acaba de llamar —repitió Bill, molesto—. Muy bien. Táchelo de la lista para el jueves por la noche.
       La señorita Cohalan trazó una línea en un papel.
       —Señor McChesney, no se habrá olvidado de mí, ¿verdad?
       Se volvió hacia la pelirroja.
       —No —contestó, pensando en otra cosa. Y dijo a la señorita Cohalan—: Da igual: invítelo el jueves. Que se vaya al infierno.
       No quería comer solo. Ya no quería hacer nada solo: las relaciones con la gente son mucho más divertidas cuando uno tiene éxito y poder.
       —Si me permite hablar con usted unos minutos… —empezó la chica.
       —Me temo que ahora no puedo —y de repente se dio cuenta de que era la persona más bella que había visto en su vida.
       La miró con asombro.
       —El señor Rogers me dijo…
       —Venga a comer algo conmigo —dijo, y, con aire de tener mucha prisa, le dio a la señorita Cohalan algunas órdenes rápidas y contradictorias y se fue sin cerrar la puerta.
       Salieron a la calle 42 y Bill respiró el aire que le correspondía: en la calle 42 sólo hay aire para pocas personas a la vez. Era noviembre y había terminado el primer instante de euforia de la temporada teatral, pero Bill podía ver, si miraba al este, el anuncio luminoso de una de sus obras, y, si miraba al oeste, el anuncio de otra obra suya. Al volver la esquina, se anunciaba la obra que había montado con Brancusi: sería la última vez que trabajaba con otros.
       Fueron al Bedford, donde se produjo un torbellino de camareros cuando Bill entró.
       —¡Menudo restaurante! —dijo la chica, impresionada, queriendo ser sociable.
       —Es el paraíso de los comicastros —Bill saludaba con la cabeza a unos y otros—. Hola, Jimmy… Bill… Qué pasa, Jack… Es Jack Dempsey… No suelo comer aquí. Normalmente, como en el Club de Harvard.
       —Ah, ¿estudió usted en Harvard? Yo conocía…
       —Sí —titubeó; había dos versiones sobre Harvard, y de repente decidió contarle la verdadera—. Y me trataron como a un palurdo. Ya se acabó aquello. Hace una semana estuve en Long Island en casa de los Gouverneer Haight, una gente muy distinguida, y un par de californianos que en Cambridge ni se dieron cuenta de que yo existía empezaron a tutearme y a llamarme su viejo amigo Bill —titubeó, y de repente decidió interrumpir la historia en aquel punto—. ¿Qué quiere usted? ¿Un trabajo? —preguntó. Recordó de repente que la chica tenía agujeros en las medias. Los agujeros en las medias siempre lo conmovían, lo ablandaban.
       —Sí, o tendré que volver a casa —dijo la chica—. Quiero ser bailarina… Ya sabe… Ballet ruso. Pero las clases cuestan mucho dinero, así que tengo que buscar trabajo. Así, además, aprendería a moverme en el escenario.
       —Corista, ¿no?
       —No, no, bailarina clásica.
       —Bueno, Pavlova es corista, ¿no?
       —No, no —aquella irreverencia la escandalizó, pero continuó un instante después—: He estudiado con la señorita Campbell… Georgia Berriman Campbell… En mi ciudad… Quizá la conozca usted. Fue alumna de Ned Wayburn, y es verdaderamente maravillosa. Es…
       —¿Sí? —dijo Bill, distraído—. Bueno, es un oficio difícil. Las agencias de actores están llenas de gente que sabe hacerlo todo, hasta que yo les hago una prueba. ¿Cuántos años tienes?
       —Dieciocho.
       —Yo tengo veintiséis. Llegué aquí hace cuatro años sin un céntimo.
       —¡Caramba!
       —Podría retirarme ahora mismo y vivir bien el resto de mi vida.
       —¡Caramba!
       —El año que viene me tomaré un año de vacaciones. Me caso. ¿Has oído hablar de Irene Rikker?
       —¡Por supuesto! ¡Es mi actriz favorita!
       —Somos novios.
       —¡Caramba!
       Cuando poco después salieron a Times Square, Bill dijo despreocupadamente:
       —¿Qué vas a hacer ahora?
       —Pues… Voy a buscar trabajo.
       —Quiero decir ahora mismo.
       —Ah, nada.
       —¿Quieres que tomemos café en mi apartamento? Está en la calle 46.
       Sus miradas se encontraron, y Emmy Pinkard se convenció a sí misma de que sabría cuidarse sola.
       El apartamento era un estudio amplio y luminoso con un diván que medía tres metros, y, en cuanto ella se tomó su café y él un whisky con soda, Bill le echó el brazo por el hombro.
       —¿Por qué iba a darle un beso? —preguntó Emmy—. Apenas le conozco y además se va a casar con otra.
       —¡Si es por eso! A ella no le importa.
       —¿No?
       —Eres una buena chica.
       —La verdad es que no soy idiota.
       —Muy bien, sigue siendo una buena chica.
       Emmy se levantó, pero se entretuvo un poco más, muy tranquila y natural, en absoluto molesta.
       Me figuro que esto significa que no me va a dar trabajo .—dijo con simpatía.
       Bill estaba pensando ya en otra cosa —en una entrevista y un ensayo—, pero volvió a mirar a la chica y vio que seguía teniendo agujeros en las medias. Llamó por teléfono:
       —Joe, soy el Novato… ¿Creías que no me había enterado de que me llamabas así? Muy bien… Dime, ¿has encontrado a las tres chicas para la escena de la fiesta? Bueno, óyeme; guarda un sitio para una niña del Sur que te voy a mandar hoy.
       La miraba lleno de satisfacción, consciente de ser una buena persona.
       —Bueno, no sé cómo darle las gracias. Y al señor Rogers —añadió con audacia—. Adiós, señor McChesney.
       Bill no se dignó contestar.

II.

Durante los ensayos acostumbraba a intervenir con frecuencia y a examinarlo todo con una expresión de sabiduría, como si adivinara los pensamientos de la gente, pero la verdad era que su propia buena fortuna lo había sumido en un mar de confusión y era incapaz de ver las cosas con claridad, y ni siquiera le importaba. Pasaba la mayoría de los fines de semana en Long Island, invitado por gente distinguida. Cuando Brancusi lo llamaba «mariposón social», Bill contestaba: «Bueno, ¿y qué? Estudié en Harvard, ¿no? ¿Crees que me han encontrado en la calle vendiendo manzanas como a ti?». Los nuevos amigos lo apreciaban mucho por su atractivo y amabilidad, además de por su éxito.
       Su compromiso con Irene Rikker era lo menos satisfactorio de su vida; se habían cansado el uno del otro, pero no se decidían a poner fin al asunto. Y, como muchas veces la propia riqueza une a los dos jóvenes más ricos de la ciudad, así Irene Rikker y Bill McChesney, arrastrados juntos por la marea del triunfo, no podían pasar sin el agradable reconocimiento mutuo de las razones de semejante éxito. A pesar de todo, daban rienda suelta a peleas feroces y cada vez más frecuentes, y el final se iba acercando. Estaba implicado un tal Frank Llewellen, un actor corpulento y bien parecido, que trabajaba con Irene. Cuando Bill se dio cuenta de la situación, se lo tomó con amargo sentido del humor; pero, después de dos semanas de ensayos, se respiraba la tensión.
       Y, mientras, Emmy Pinkard, con dinero suficiente para galletas y leche, y un amigo que la invitaba a cenar, era feliz. El amigo, Easton Hughes, de Delaney, estudiaba en la Universidad de Columbia la carrera de dentista. A veces lo acompañaban otros jóvenes y solitarios futuros dentistas, y al precio, si se puede decir así, de unos pocos besos fortuitos en un taxi, Emmy cenaba cuando tenía hambre. Una tarde, cerca del escenario, le presentó a Easton a Bill McChesney, y desde entonces Bill convirtió sus celos de broma en base de su amistad.
       —Ya veo que ese sacamuelas ha vuelto a jugármela. Te aconsejo que tengas cuidado, no vaya a administrarte una dosis de gas hilarante.
       Se encontraban pocas veces, pero no hacían más que mirarse. Cuando Bill la veía, la miraba fijamente un instante, como si no la hubiese visto nunca y luego recordara de repente que tenía que gastarle una broma. Cuando Emmy lo miraba, veía muchas cosas: un día de sol, y multitudes que se apresuraban en las calles; una limusina espléndida y nueva, a la espera de una pareja con trajes espléndidos y nuevos que paseaba por alguna ciudad exactamente igual que Nueva York, pero lejana y más divertida. Había deseado muchas veces que Bill la besara, pero otras tantas veces se había alegrado de que no lo hubiera hecho; porque, según pasaban las semanas, parecía menos romántico, dedicado, como todos, a la trabajosa evolución de la comedia.
       El estreno sería en Atlantic City. Un repentino malhumor, para todos evidente, se apoderó de Bill. Trataba con sequedad al director de escena, y con sarcasmo a los actores. Era, según se rumoreaba, porque Irene Rikker había llegado con Frank Llewellen en otro tren. Sentado junto al autor la noche del ensayo general, casi era una figura siniestra en la penumbra del teatro; pero no dijo nada hasta el final del segundo acto, cuando, con Irene Rikker y Llewellen solos en el escenario, gritó de repente:
       —Vamos a repetir la escena. ¡Y fuera las sensiblerías!
       Llevellen se acercó a las candilejas.
       —¿Qué quieres decir con… fuera las sensiblerías? —preguntó.
       —Es lo que está escrito en la obra, ¿no?
       —Sabes lo que quiero decir: ceñios a vuestro papel.
       —No sé lo que quieres decir. Bill se levantó.
       —Quiero decir que dejéis ya esos repugnantes susurros.
       —¿Qué susurros? Sólo he preguntado…
       —Ya basta. Repetimos.
       Llewellen se volvió, furioso, y, cuando iba a continuar el ensayo, Bill añadió para que todos lo oyeran:
       —Incluso un comicastro debe saberse el papel.
       Llewellen reaccionó como un rayo.
       —No tengo por qué soportar esta clase de insultos, señor McChesney.
       —¿Por qué no? Eres un comicastro, ¿no? ¿Desde cuándo te avergüenzas de ser un comicastro? Estoy montando esta comedia y quiero que te ciñas a tu papel —se acercó al escenario a través del pasillo—. Y, cuando no te ciñas, te llamaré la atención igual que a cualquier otro.
       —Vale, pero ten cuidado con tu tono de voz…
       —¿Sí? ¿Qué vas a hacer?
       Llewellen saltó a la platea.
       —¡No permito que me hables así! —gritó.
       Irene Rikker exclamó desde el escenario:
       —¡Por Dios! ¿Os habéis vuelto locos?
       Y entonces Llewellen le pegó a Bill un puñetazo seco y po tente. Bill cayó de espaldas sobre una fila de butacas, rompió una y se quedó allí, sin poderse mover. Hubo un momento de confusión, y al gunos sujetaban a Llewellen, y el ayudante de dirección gritaba: «¿Lo mato, jefe? ¿Le parto esa cara grasienta?», y Llewellen jadeaba e Irene temblaba de miedo.
       —¡Volved al escenario! —gritó Bill, poniéndose un pañuelo en la cara y tambaleándose entre los brazos del autor, que intentaba sostenerlo—. ¡Todo el mundo a sus puestos! Repetimos la escena. No quiero oír una palabra. Llewellen, vuelve al escenario.
       Antes de darse cuenta, todos estaban otra vez en el escenario, e Irene cogía del brazo a Llewellen y le decía algo deprisa. Alguien encendió todas las luces de la sala y volvió a apagarlas inmediatamente. Cuando a Emmy le tocó salir a escena, echó una mirada rápida a Bill y vio que se cubría la cara ensangrentada con una máscara de pañuelos. Detestaba a Llewellen. Temía que aquel incidente acabara con la compañía y tuvieran que volver a Nueva York. Pero Bill había salvado el espectáculo: lo había salvado de su propia locura, pues, si Llewellen hubiera decidido abandonar la obra, habría dañado su prestigio profesional. El acto terminó y, sin intervalo, comenzó el siguiente. Cuando acabó, Bill se había ido.
       La noche siguiente, durante el estreno, se sentó en una silla entre bastidores, a la vista de quienes entraban y salían. Tenía la cara hinchada y amoratada, aunque no parecía darse cuenta, y no hubo comentarios. Bajó a la sala un instante, y, cuando volvió, corrió el rumor de que dos agencias de Nueva York habían hecho ofertas importantes. Había triunfado. Todos habían triunfado.
       Y Emmy, al ver a aquel hombre a quien, según le parecía a ella,
       todos debían tanto, se sintió inundada por una oleada de gratitud. Se acercó y le dio las gracias.
       —Sé elegir bien, pelirroja —contestó Bill, imperturbable.
       —Gracias por elegirme —y entonces se le escapó un comentario imprudente—. ¡Tiene la cara tan mal! —exclamó—. Creo que fue muy valiente anoche, cuando no permitió que todo se hundiera.
       La miró un instante, de mal humor, y luego una sonrisa irónica intentó en vano insinuarse en su cara hinchada.
       —¿Me admiras, chica?
       —Sí.
       —¿Y me admirabas también cuando me caí en las butacas?
       —Dominó usted la situación con tanta rapidez…
       —Lo tuyo es lealtad. Has encontrado algo digno de admiración en este estúpido desastre.
       Y la felicidad de Emmy rebosó:
       —Sea como sea, usted se ha comportado maravillosamente.
       Parecía tan joven, tan viva, que Bill, que había pasado un día horrible, sintió deseos de que su cara hinchada descansara en la cara de Emmy.
       Y a Nueva York se llevó, a la mañana siguiente, las moradu
       ras y el deseo. Las moraduras desaparecieron, pero el deseo permane ció. Y, cuando estrenaron en la ciudad, en cuanto vio cómo otros hom
       bres se agolpaban en torno a la belleza de Emmy, la comedia se convirtió en Emmy, y el éxito, y era a Emmy a quien quería ver cuando iba al teatro. Después de una temporada excelente retiraron la obra cuando Bill estaba bebiendo demasiado y necesitaba a alguien para los días grises que se avecinaban, acabadas las representaciones. Inesperadamente se casaron en Connecticut, a primeros de junio.

II

       Dos hombres esperaban, sentados en el Savoy Grill de Londres, el Cuatro de Julio, Día de la Independencia. Ya estaban a finales de mayo.
       —¿Es un tipo simpático? —preguntó Hubbel.
       —Muy simpático —contestó Brancusi—; muy simpático, muy guapo, con mucho éxito… —y, tras una pausa, añadió—: Quiero convencerlo para que vuelva a América.
       —Eso es lo que no entiendo de este tipo —dijo Hubbel—. El teatro de aquí no tiene ni punto de comparación con el teatro de Estados Unidos. ¿Por qué quiere quedarse aquí?
       —Se relaciona con una multitud de duques y damas de la nobleza.
       —¿Sí?
       —Cuando me lo encontré la semana pasada, iba con tres damas de la nobleza: lady Fulano, lady Zutano y lady Mengano.
       —Creía que estaba casado.
       —Desde hace tres años —dijo Brancusi—. Tienen un niño precioso, y esperan otro.
       Dejó de hablar cuando entró McChesney, que miró descaradamente a todas partes con la cara innegablemente americana sobresaliendo del cuello de un abrigo que realzaba la anchura de sus hombros.
       —Hola, Mac. Te presento a mi amigo, el señor Hubbel.
       —Encantado —dijo Bill. Se sentó y siguió mirando quién había en el bar. Hubbel se fue minutos después, y Bill preguntó:
       —¿Quién es ese pájaro?
       —Apenas lleva un mes aquí. Todavía no ha conseguido un título nobiliario. Recuerda que tú llegaste hace seis meses.
       Bill sonrió.
       —Piensas que soy un esnob, ¿verdad? Bueno, no quiero engañarme a mí mismo. Me gusta la nobleza, me fascina. Me gustaría ser el marqués de McChesney.
       —A lo mejor bebiendo lo consigues.
       —Cierra la boca. ¿Quién ha dicho que bebo? ¿Es lo que ahora van contando por ahí? Mira, si puedes decirme un solo director americano en la historia del teatro que haya tenido tanto éxito como yo en Londres en menos de ocho meses, vuelvo contigo a América mañana mismo. Sólo tienes que decírmelo…
       —Ha sido con tus espectáculos antiguos. En Nueva York has tenido dos fracasos.
       Bill se levantó con el gesto agriado.
       —¿Quién te crees que eres? —preguntó—. ¿Has venido para hablarme así?
       —No te ofendas, Bill. Sólo quiero que vuelvas. Sería capaz de decirte cualquier cosa para conseguirlo. Monta tres temporadas como las de 1922 y 1923, y habrás resuelto tu vida.
       —Nueva York me da náuseas —dijo Bill, de mal humor—. Hoy eres un rey y mañana tienes dos fracasos, y van por ahí diciendo que has pegado el patinazo.
       Brancusi negó con la cabeza.
       —No lo decían por eso. Fue por tu pelea con Aronstael, tu mejor amigo.
       —¿Amigo? ¡Una mierda!
       —Tu mejor amigo en los negocios, por lo menos. Y…
       —No quiero hablar de eso —Bill miró el reloj—. Oye, Emmy no se encuentra bien y me temo que no voy a poder cenar contigo. Ve a verme al despacho antes de volver a Estados Unidos.
       Cinco minutos después, desde el mostrador del tabaco, Brancusi vio cómo Bill volvía a entrar en el Savoy y bajaba las escaleras que conducían al salón de té.
       «Se ha convertido en un perfecto diplomático», pensó Brancusi; «antes, cuando tenía una cita, lo decía abiertamente. Está cada día más refinado desde que va con duques y duquesas.»
       Quizá se sentía un poco molesto, aunque no solía molestarse. En cualquier caso, tomó una decisión en el acto: McChesney estaba en decadencia. Y, en aquel instante, según era característico en él, lo borró de su pensamiento para siempre.
       No había signos exteriores de que Bill estuviera en decadencia; un éxito en el New Strand, otro éxito en el Prince of Wales y enormes ingresos semanales, que casi alcanzaban las sumas de Nueva York hacía tres años. Es verdad que un hombre de acción tiene derecho a cambiar su base de operaciones. Y el hombre que una hora después, a la hora de la cena, volvió a su casa de Hyde Park, tenía toda la vitalidad de quien aún no ha cumplido los treinta. Emmy, muy cansada y pesada, estaba echada en el diván del salón del primer piso. Bill la abrazó.
       —Ya queda poco —dijo—. Estás preciosa.
       —No seas absurdo.
       —Es verdad. Siempre estás preciosa. No sé por qué. Quizá porque tienes personalidad, y se te ve en la cara, incluso ahora.
       Estaba encantada, y le pasó la mano por el pelo.
       —La personalidad es lo más importante —dijo Bill—, y eres la persona con más personalidad que conozco. v
       —¿Has visto a Brancusi?
       —Sí, he visto a ese mierda. Y he decidido no traerlo a cenar
       —¿Qué ha pasado?
       —Nada. Se las da de listo… Habla de mi pelea con Aronstael como si yo hubiera tenido la culpa.
       Emmy titubeó, cerró la boca con fuerza y luego dijo en ve baja:
       —Te peleaste con Aronstael porque bebías demasiado.
       Bill se levantó con impaciencia.
       —Vas a empezar otra vez…
       —No, Bill, pero estás bebiendo demasiado. Y lo sabes.
       Consciente de que Emmy tenía tazón, eludió el asunto y se sentaron a cenar. Al calor de una botella de clarete decidió dejar de beber al día siguiente, hasta que naciera el niño.
       —Siempre lo dejo cuando quiero, ¿no? Hago siempre lo que digo. Nunca me has visto no hacerlo.
       —Nunca.
       Tomaron café juntos, y después Bill se levantó para salir.
       —Vuelve pronto —dijo Emmy.
       —Claro, claro… ¿Qué te pasa, cariño?
       —Sólo estoy llorando. No te preocupes. Anda, vete. No te quedes ahí como un tonto.
       —Pues claro que me preocupo. No me gusta verte llorar.
       —No sé adonde vas por las noches; no sé con quién estás. Y esa lady Sybil Combrinck que no deja de llamar por teléfono… Me figuro que no hay ningún problema, pero me despierto de noche y me siento tan sola, Bill… Porque siempre hemos estado juntos, ¿no?, hasta hace poco.
       —Pero seguimos estando juntos… ¿Qué te pasa, Emmy?
       —Ya lo sé… Estoy loca. Ninguno de los dos dejaría al otro, ¿verdad? Nunca hemos…
       —Desde luego que no.
       —Vuelve pronto, o cuando puedas.
       Hizo una breve visita al teatro Prince of Wales; luego entró en el hotel de al lado y llamó por teléfono.
       —Quisiera hablar con Su Señoría. Soy el señor McChesney.
       Pasó un rato antes de que lady Sybil se pusiera al teléfono. —Es casi una sorpresa. Hace semanas que no tengo la suerte de oírte.
       La voz era cortante como un látigo y fría como un refrigerador automático, a la manera que se había generalizado desde que las damas británicas se educaban imitando a las damas británicas de las novelas. Aquello había fascinado a Bill una temporada, pero sólo una temporada. No había perdido la cabeza.
       —No he tenido ni un minuto libre —explicó con desenvoltura—. No estarás enfadada, ¿verdad?
       —Enfadada no es la palabra.
       —Temía que lo estuvieras. No me has invitado a la fiesta de esta noche. Creía que pensábamos lo mismo después de todo lo que hablamos…
       —Después de todo lo que hablaste —dijo ella—; quizá hablaste demasiado.
       Y, de pronto, para asombro de Bill, colgó.
       «La auténtica británica», pensó. «Una parodia titulada La hija de los mil duques.»
       El desaire lo reanimó, la indiferencia revivió el interés perdido. Las mujeres solían perdonarle su poca firmeza sentimental por la evidente devoción que demostraba hacia Emmy, y varias damas de la nobleza lo recordaban con un suspiro que no era de dolor. Pero ahora no detectó ningún suspiro semejante a través del teléfono.
       «Me gustaría aclarar este lío», pensaba. Si se hubiera puesto el esmoquin, hubiera podido presentarse de improviso en la fiesta y hablar con lady Sybil; ahora no quería volver a casa a cambiarse. Pero le daba vueltas al asunto y le parecía importante solucionar la desavenencia de una vez, así que empezó a acariciar la idea de ir a la fiesta tal como estaba: a los americanos se les perdonaba la originalidad en el vestir. En cualquier caso, aún tenía tiempo, y, en compañía de varios whiskys estuvo considerando el asunto más de una hora.
       A medianoche subía las escaleras de la mansión de lady Sybil Combrinck. Los encargados del guardarropa observaron con desaprobación su traje de tweed y un lacayo buscó en vano su nombre en la lista de invitados. Afortunadamente, su amigo sir Humphrey Dunn apareció en aquel instante y convenció al lacayo de que sin duda se trataba de un error.
       En cuanto estuvo dentro, Bill buscó con la mirada a la anfitriona.
       Era una mujer joven, muy alta, medio americana y, por esto mismo, absolutamente inglesa. En cierto modo, ella había descubierto a Bill McChesney, y respondía de sus encantos sin pulir; la retirada de McChesney había sido una de las más humillantes experiencias de lady Sybil desde que había empezado a echarse a perder.
       Recibía a los invitados en compañía de su marido: Bill nunca los había visto juntos. Decidió elegir un momento menos ceremonioso para presentarse.
       Seguían recibiendo a los invitados interminablemente, y Bill se sentía cada vez más incómodo. Vio a algunos conocidos, pero no demasiados, y se dio cuenta de que su ropa llamaba la atención; también sabía que lady Sybil lo había visto ya: una señal suya hubiera bastado para tranquilizarlo, pero no hizo el menor gesto. Bill se arrepentía de haberse presentado en la fiesta, pero irse en aquel momento hubiera sido absurdo y, acercándose al bufé, cogió una copa de champán.
       Cuando se volvió, estaba sola por fin, y ya iba a acercarse a ella, cuando el mayordomo le dijo:
       —Perdone, señor. ¿Tiene invitación?
       —Soy un amigo de lady Sybil —dijo Bill, impaciente. Le dio la espalda, pero el mayordomo lo siguió.
       —Lo siento, señor, pero le rogaría que me acompañara para aclarar la situación.
       —No hace falta. Voy a hablar ahora mismo con lady Sybil.
       —He recibido otras instrucciones, señor —dijo el mayordomo con firmeza.
       Entonces, antes de que Bill se diera cuenta de lo que sucedía, discretamente le apretaron los brazos contra el cuerpo y lo empujaron a una pequeña antecámara que había detrás del bufé.
       Se encontró frente a un hombre con impertinentes, en quien reconoció al secretario particular de los Combrinck.
       El secretario le hizo una señal al mayordomo, que significaba: «Sí, es éste», y el mayordomo soltó a Bill.
       —Señor McChesney —dijo el secretario—, ha creído conveniente venir sin invitación, y Su Señoría exige que salga de esta casa inmediatamente. ¿Tiene la amabilidad de darme el resguardo para que le recojan el abrigo?
       Entonces Bill entendió lo que pasaba, y la única palabra que encontró aplicable a lady Sybil le vino a los labios; el secretario les hizo una señal a dos lacayos y Bill, debatiéndose con furia, fue arrastrado a través de una despensa, donde dos criados que trabajaban afanosamente miraron asombrados la escena, y a través de un largo pasillo, hasta que, por una puerta, lo arrojaron a la noche. Se cerró la puerta; un instante después volvió a abrirse para que salieran volando su abrigo y su bastón, que rodó ruidosamente por las escaleras.
       Se quedó parado, vencido, destrozado y horrorizado; un taxi frenó junto a él, y el chófer le dijo:
       —¿Se siente mal, jefe?
       —¿Cómo?
       —Sé dónde puede tomar un buen tentempié, jefe. A cualquier hora.
       La puerta del taxi se abrió a una pesadilla. Era un cabaré que no respetaba el horario de cierre; lo acompañaban extraños que había recogido en alguna parte; luego discutía, y quería pagar con un cheque, y de repente proclamaba a gritos, una y otra vez, que era William McChesney, el empresario teatral, pero no convencía a nadie, ni siquiera a sí mismo. Parecía importante ver inmediatamente a lady Sybil y exigirle una explicación, pero, un minuto más tarde, nada, absolutamente nada, parecía importante. Iba en un taxi, y, frente a su casa, el taxista lo sacudió para despertarlo.
       El teléfono estaba sonando cuando entró, pero Bill pasó glacialmente junto a la criada. Sólo oyó la voz de la criada cuando ponía el pie en las escaleras.
       —Señor McChesney, otra vez llaman del hospital Midland. La señora McChesney está hospitalizada y no dejan de llamar.
       Todavía aturdido, se acercó el auricular a la oreja.
       —Lo llamamos del hospital Midland, de parte de su mujer. Ha dado a luz un niño muerto esta mañana, a las nueve.
       —Espere un momento —la voz se le quebraba—. No entiendo.
       Y por fin entendió que el hijo de Emmy había nacido muerto, que Emmy lo necesitaba. Le flaqueaban las piernas y se tambaleaba cuando cruzó la calle en busca de un taxi.
       La habitación estaba a oscuras; Emmy levantó los ojos y lo miró desde la cama en desorden.
       —¡Eres tú! —exclamó—. ¡Creía que habías muerto! ¿Dónde has estado?
       Bill cayó de rodillas junto a la cama, pero Emmy volvió la cara.
       —Hueles fatal —dijo—. Me dan náuseas.
       Pero le acarició el pelo, y Bill siguió de rodillas, sin moverse, mucho rato.
       —Se acabó: no quiero saber más de ti —murmuró Emmy—. Pero ha sido horroroso pensar que habías muerto. Todo el mundo está muerto. Yo quisiera estar muerta.
       El viento entreabrió las cortinas y, cuando Bill se levantó para volver a cerrarlas, Emmy lo vio a la luz del día, pálido y terrible, con la ropa arrugada y hematomas en la cara. Y esta vez lo odió, en lugar de odiar a quienes le habían hecho daño. Podía sentir cómo Bill se le salía del corazón, y sentía el espacio que dejaba, y de repente ya se había ido, e incluso podía perdonarlo y compadecerse de él. Todo en un instante.
       Se había caído a la puerta del hospital, cuando intentaba apearse del taxi sola.

IV.

Cuando Emmy se puso bien, física y mentalmente, sólo tuvo una idea fija: aprender ballet. El viejo sueño que le había inculcado la señorita Georgia Berriman Campbell, de Carolina del Sur, persistía como una avenida iluminada que la conducía de nuevo a la primera juventud y a los días de esperanza en Nueva York. Para ella el ballet era aquella primorosa mezcla de posturas tortuosas y piruetas muy medidas que, desarrollada en Italia unos cientos de años atrás, había alcanzado su plenitud en Rusia, a principios de nuestro siglo. Quería dedicarse a algo en lo que pudiese creer y pensaba que el ballet era la interpretación femenina de la música. En lugar de dedos fuertes, una mujer tenía piernas para interpretar a Chaikovski y Stravinski; y los pies podían ser tan elocuentes en la Chopiniana como las voces en El anillo. El ballet, en su nivel más bajo, era algo entre los funámbulos y las focas amaestradas; en el nivel más alto, era la Pavlova y el arte.
       En cuanto volvieron a instalarse en un apartamento de Nueva York, se lanzó a la tarea como una chica de dieciséis años: cuatro horas diarias de ejercicios en la barra, posturas, saltos, arabescos y piruetas. La danza se convirtió en su verdadera vida, y su única preocupación era si no sería ya demasiado mayor. A los veintiséis años tenía que recuperar diez años perdidos, pero era una bailarina por naturaleza, con un cuerpo perfecto… y una cara adorable.
       Bill la animaba; cuando estuviera preparada, formaría en torno a ella el primer y auténtico ballet americano. Incluso había momentos en que envidiaba su afanosa dedicación, pues, desde que habían vuelto a Estados Unidos, el trabajo en el mundo del teatro era cada vez más difícil. Además se había ganado muchos enemigos en los primeros tiempos de absoluta seguridad en sí mismo, y circulaban exageradas historias de sus borracheras y su dureza con los actores y lo difícil que era trabajar con él.
       Tenía en su contra que nunca había sido capaz de ahorrar y debía mendigar apoyos para el montaje de cada obra. Además, poseía una inteligencia fuera de lo común, y tuvo el valor de demostrarlo en algunas aventuras poco comerciales, a su costa, pues no contaba con el respaldo de ningún Teatro Guild.
       También tuvo éxitos, pero hubo de poner todo su empeño en conseguirlos, o así parecía, porque había empezado a pagar el precio de su vida desordenada. No dejaba de pensar en tomarse unas vacaciones o renunciar a los cigarrillos incesantes, pero había mucha competencia en aquellos días —aparecían hombres nuevos, con reputación, todavía intacta, de ser infalibles—, y además no estaba acostumbrado a la regularidad. Le gustaba trabajar, inspirado por el café solo, en medio de esos grandes agobios que parecen inevitables en el mundo del espectáculo, pero que agotaban a un hombre que había cumplido los treinta años. Terminó apoyándose en la buena salud y la vitalidad de Emmy. Estaban siempre juntos, y, aunque sentía una vaga insatisfacción por el hecho de que ahora necesitara a Emmy más de lo que ella lo necesitaba, no perdía la esperanza de que las cosas mejoraran el mes siguiente o la próxima temporada.
       Una tarde de noviembre, cuando salía del estudio de ballet, Emmy, meciendo el bolso gris, se encasquetó el sombrero sobre el pelo todavía húmedo y se entregó a agradables conjeturas. Se había enterado, hacía más de un mes, de que ciertas personas iban al estudio especialmente para verla: ya estaba preparada para la danza. Una vez había trabajado con tanto empeño y durante tanto tiempo como ahora, pero pensando en otra cosa —sus relaciones con Bill—, y sólo había alcanzado un punto culminante de desesperación y desdicha; pero esta vez nada podría hacerla fracasar, excepto ella misma. Incluso se consideraba temeraria cuando pensaba: «Ha llegado el momento. Voy a ser feliz».
       Apretó el paso: aquel día había sucedido algo de lo que debía hablar con Bill.
       Lo encontró en la sala de estar, y lo llamó mientras se vestía. Y enseguida empezó a hablar sin mirar a su alrededor.
       —Mira lo que ha pasado —hablaba a voces para competir con el ruido del agua que llenaba la bañera—. Paul Makova quiere que baile con él en el Metropolitan esta temporada; pero todavía no es seguro, así que es un secreto. Se supone que ni yo lo sé…
       —Es sensacional.
       —El único problema es si no sería mejor que debutara en el extranjero. Pero Donilof dice que estoy ya preparada para actuar en público. ¿Tú qué piensas?
       —No lo sé.
       —No pareces demasiado entusiasta.
       —Estaba pensando en otra cosa. Ya hablaremos luego de eso. Dime más.
       —Eso es todo, querido. Si todavía te apetece pasar un mes en Alemania, como me habías dicho, Donilof organizaría mi debut en Berlín, pero yo preferiría empezar aquí y bailar con Paul Makova. Imagínate que… —se interrumpió, sintiendo de repente, a través de la espesa piel de su alegría, hasta qué punto Bill estaba ensimismado—. Dime, ¿en qué estás pensando?
       —He ido al doctor Kearns esta tarde.
       —¿Qué te ha dicho?
       Seguía sintiendo en su interior el murmullo de la felicidad. Los intermitentes ataques de hipocondría de Bill hacía mucho que habían dejado de preocuparla.
       —Le he comentado la sangre de esta mañana, y me ha dicho lo mismo que el año pasado: que seguramente será alguna venilla rota en la garganta. Pero que, puesto que seguía tosiendo y estaba preocupado, quizá fuera mejor hacerme unas radiografías y salir de dudas. Y hemos salido de dudas. El pulmón izquierdo lo he perdido prácticamente.
       —¡Bill!
       —El derecho, por suerte, está limpio.
       Emmy esperaba, terriblemente asustada.
       —El problema se me presenta en un mal momento —continuó Bill con voz firme—, pero habrá que plantarle cara. El médico cree que me debería ir a los montes Adirondack o a Denver, y prefiere Denver. Me curaría en cinco o seis meses.
       —Pues nos iremos —lo interrumpió Emmy.
       —Tú no tienes que venir, sobre todo si se te ha presentado esta oportunidad.
       —Claro que iré —se apresuró a decir ella—. Tu salud es lo primero. Siempre hemos ido juntos a todas partes.
       —No, no.
       —Claro que sí —la voz de Emmy era fuerte, terminante—. Siempre hemos estado juntos. No me podría quedar aquí sin ti. ¿Cuándo tienes que irte?
       —Tan pronto como sea posible. He ido a ver a Brancusi para preguntarle si quería encargarse de la obra de Richmond, pero no ha parecido entusiasmarle demasiado —la expresión de Bill se endureció—: Está claro que no habrá otros ingresos, pero tendré bastante con lo que me deben…
       —¡Si por lo menos yo pudiera ganar algún dinero! —exclamó Emmy—. Tú has trabajado tanto, y yo lo único que he hecho ha sido gastarme doscientos dólares a la semana en mis clases de ballet… Más de lo que seré capaz de ganar en años.
       —Claro que dentro de seis meses estaré como siempre, según el médico.
       —Claro que sí, cariño. Te pondrás bien. Nos iremos a Denver en cuanto estemos listos —lo abrazó y lo besó en la mejilla—. Sólo soy una parásita —dijo—. Debería haberme dado cuenta de que tú, lili vida, no estabas bien.
       Bill, en un gesto automático, buscó un cigarrillo, pero inmediatamente se detuvo.
       —Se me había olvidado: tengo que empezar a fumar menos —y entonces intentó mostrarse a la altura de las circunstancias—: No, pequeña, he decidido irme solo. Allí te volverías loca de puro aburrimiento, y yo no podría dejar de pensar que habías dejado el ballet por mi culpa.
       —No pienses ahora en esas cosas. Lo importante es que te pongas bien.
       Discutieron horas y horas durante la semana siguiente, y los dos dijeron toda clase de cosas, menos la verdad: que él quería que ella lo acompañara y que ella quería con toda su alma quedarse en Nueva York. Emmy habló en secreto con Donilof, su maestro, y así pudo saber que cualquier aplazamiento sería un terrible error. Cuando veía cómo las otras chicas de la academia de baile hacían planes para el invierno, Emmy prefería morirse antes que marcharse, y Bill advertía todos los signos involuntarios de su desdicha. Durante unos días pensaron en la posibilidad de un compromiso: los montes Adirondack, adonde Emmy podría ir en avión los fines de semana; pero ya Bill tenía un poco de fiebre, y el médico le ordenó terminantemente que se fuera al Oeste.
       Bill lo resolvió todo una triste noche de domingo, con aquel áspero y generoso sentido de la justicia que en los primeros tiempos había despertado la admiración de Emmy, y que, en su adversidad, le daba cierto aire trágico, como en los días de su arrogante éxito lo había salvado de ser una persona insoportable.
       —Esto es cosa mía, pequeña. Me he metido en este lío porque no he tenido sensatez…, parece que toda la sensatez de esta familia la tienes tú…, y a mí me toca arreglarlo. Llevas trabajando con todas tus fuerzas tres años y te mereces esta oportunidad. Si ahora me acompañaras, no me lo perdonarías nunca —sonrió tristemente—. Y yo no podría soportarlo. Y además no sería bueno para el niño.
       Emmy cedió por fin, avergonzada de sí misma, sintiéndose despreciable… y feliz. Pues el mundo de su trabajo, donde existía sin Bill, ahora era más grande para ella que el mundo en que existían juntos. En aquel mundo había más espacio para ser feliz que para ser desdichada en el otro.
       Dos días después, comprado ya el billete de Bill para el tren de las cinco, pasaron juntos las últimas horas, hablando de todo con optimismo; Emmy insistía aún, y era sincera: si Bill se hubiera mostrado débil un instante, ella lo hubiera acompañado. Pero la impresión de la enfermedad había afectado a Bill, que ahora demostraba más carácter que nunca. Quizá fuera mejor para él pasar aquel trago solo.
       —¡En primavera! —dijeron.
       Fueron a la estación con el pequeño Bill, y Bill dijo:
       —Odio estas despedidas solemnes. Marchaos ya. Tengo que llamar por teléfono desde el tren antes de que salga.
       Sin contar los días que Emmy había pasado en el hospital, en los últimos seis años sólo se habían separado una noche; exceptuando el periodo que vivieron en Inglaterra, podían recordar una historia de fidelidad y ternura mutua, aunque muchas veces, desde el principio, las bravatas llenas de inseguridad de Bill hubieran preocupado a Emmy, y la hubieran hecho desgraciada. Cuando Bill, solo, cruzó la puerta del andén, Emmy se alegró de que tuviera que telefonear e intentó imaginárselo mientras hablaba por teléfono.
       Era una mujer de verdad: lo había querido con toda el alma. Por un momento, cuando salió a la calle 33, todo le pareció más muerto que un muerto, y el apartamento que Bill pagaba estaría vacío sin él, y ella estaba allí, a punto de dedicarse a algo que podía hacerla feliz.
       Se detuvo, después de recorrer algunas manzanas, pensando: «Pero… ¡Es terrible lo que estoy haciendo! Lo dejo plantado como si fuera la peor persona de la que he oído hablar en mi vida. Lo dejo y me voy a cenar con Donilof y Paul Makova, que me gusta porque es guapo y tiene los ojos y el pelo del mismo color. Y Bill está en el tren, solo».
       Obligó al pequeño Bill a dar la vuelta, como si fueran a volver a la estación. Podía verlo sentado en el tren, pálido y cansado, y sin Emmy.
       «No puedo dejarlo plantado», se decía, mientras la inundaban oleadas de sentimiento. Pero sólo era sentimiento. ¿Acaso él no la había dejado plantada? ¿No había hecho en Londres lo que había querido?
       «Ah, pobre Bill.»
       Titubeó, indecisa, dándose cuenta, en un último instante de sinceridad, de lo rápido que olvidaría aquel momento e inventaría justificaciones para lo que estaba haciendo. Sólo tenía que recordar lo que había pasado en Londres, y dejaría de pesarle la conciencia. Pero, estando Bill solo en el tren, aquellas ideas parecían terribles. Aún quedaba tiempo: podía volver a la estación, decirle que quería acompañarlo, pero no se movió. La vida la empujaba con fuerza, luchaba por ella. La acera era estrecha en el lugar donde se encontraba: de pronto una oleada de gente, a la salida del teatro, inundó la acera, y Emmy y el pequeño Bill fueron arrastrados por la multitud.
       En el tren, Bill siguió llamando por teléfono hasta el último momento, procurando volver lo más tarde posible a su compartimento porque sabía que era casi seguro que no la encontraría allí. Cuando el tren se puso en marcha, volvió al compartimento y, en efecto, sólo lo esperaban las maletas y algunas revistas en el asiento.
       Entonces se dio cuenta de que la había perdido. Vio las cosas como eran, sin hacerse ilusiones: aquel Paul Makova, y los meses que pasarían cerca, y los meses de soledad. Nada volvería a ser lo mismo. Después de darle muchas vueltas al asunto mientras leía a ratos Variety y Zit’s, empezó a parecerle, poco a poco, que, de alguna manera, Emmy había muerto.
       «Era una chica extraordinaria, una de las mejores. Tenía carácter. » Se daba perfectamente cuenta de que él había provocado aquella situación, y de que en todo aquello intervenía la ley de la compensación o algo parecido. Y comprendía además que, yéndose solo, volvía a valer tanto como ella. Todo, por fin, volvía a recuperar el equilibrio.
       Y más allá de todas las cosas, incluso más allá de su dolor, tuvo casi la agradable sensación de estar en manos de algo más grande que él, y de haber alcanzado un estado de cierto cansancio e inseguridad en sí mismo: dos cualidades que jamás había tolerado ni siquiera un instante. Y no le parecía tan terrible ir camino del Oeste para un final definitivo. Estaba seguro de que Emmy acudiría en el último momento, no importaba lo que estuviera haciendo ni lo maravillosos que fueran sus compromisos.


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