F. Scott Fitzgerald
(Saint Paul, Minnesota, 1896 – Hollywood, California, 1940)


Un viaje al extranjero
(“One Trip Abroad”)
Originalmente publicado en The Saturday Evening Post, 203 (October 11, 1930)
Afternoon of an Author (1958), a cargo y con introducción de Arthur Mizener


I

       Por la tarde las langostas ennegrecieron el cielo, y algunas mujeres chillaron, arrojándose al suelo del autobús y cubriéndose el pelo con mantas de viaje. Las langostas venían del norte, y devoraban todo a su paso, aunque no era mucho en aquella región del mundo; volaban en silencio, en línea recta, como copos de nieve negra. Pero ninguna se estrelló contra el parabrisas ni entró en el vehículo, y al poco rato los bromistas empezaron a extender las manos intentando cazar alguna. Y diez minutos después la nube se había aclarado, pasó, y las mujeres emergieron de sus mantas, despeinadas, sintiéndose estúpidas. Y todos empezaron a hablar a la vez.
      Todos hablaban. Hubiera sido absurdo no hablar después de atravesar una plaga de langostas en el confín del Sahara. La esmirnoamericana le comentaba a la viuda británica que se dirigía a Biskra para tener la última aventura amorosa de su vida con un jeque a quien no había visto nunca. Uno de los socios del San Francisco Stock Exchange hablaba tímidamente con el escritor. «¿Es usted escritor?», dijo. El padre y la hija de Wilmington hablaban con el aviador, un londinense de los barrios bajos, que iba a volar a Tombuctú. Incluso el chófer francés volvió la cabeza y habló en voz alta y clara: «Abejorros», lo que hizo que la enfermera diplomada de Nueva York irrumpiera en una sucesión de chillidos y risas histéricas.
      Entre la torpe turbamulta de los viajeros hubo alguna conversación más sensata. El señor Liddell Miles y señora, volviéndose como si fueran una sola persona, le sonrieron y dirigieron la palabra a la joven pareja americana que iba en el asiento de atrás.
      —¿Se le ha metido una en el pelo?
      La joven pareja les devolvió la sonrisa educadamente.
      —No. Hemos sobrevivido a la plaga.
      Aún no habían cumplido los treinta, y conservaban todavía algo de pareja de novios. Una hermosa pareja: el hombre, más bien nervioso, sensible; la chica, con un sorprendente matiz luminoso en los ojos y el pelo, una cara sin sombras y la viva lozanía modulada por el encanto de la tranquilidad y la seguridad en sí misma. El señor y la señora Miles no repararon en su aire de buena crianza, de una educación manifiestamente esmerada que se reflejaba en su falta de sofisticación y su arraigada reserva, que no era frialdad ni afectación. Si guardaban las distancias era porque se bastaban el uno al otro, mientras que la frialdad del señor y la señora Miles hacia los demás pasajeros era una máscara consciente, una actitud social, esencialmente una pose, parecida a las omnipresentes insinuaciones de la señora esmirnoamericana, que se ofendía por cualquier cosa.
      Los Miles habían decidido, en efecto, que la joven pareja era «aceptable» y, aburridos de sí mismos, intentaban abiertamente entablar conversación.
      —¿Han estado antes en África? ¡Ha sido tan absolutamente fascinante! ¿Van a ir a Túnez?
      Los Miles, aunque algo echados a perder después de quince años de vivir en París sin salir de su mundo, tenían un estilo innegable, incluso encanto, y, antes de llegar aquella tarde a la aldea del oasis de Bou Saada, los cuatro habían hecho cierta amistad. Descubrieron que tenían amigos comunes en Nueva York, y, tras reunirse para tomar un cóctel en el bar del Hotel Transatlantique, decidieron cenar juntos.
      Cuando, más tarde, los jóvenes Kelly bajaban de su habitación, Nicole era consciente de que le pesaba un poco haber aceptado; se daba cuenta de que ahora se verían probablemente obligados a pasar el tiempo con sus nuevos amigos hasta que llegaran a Constantine, donde sus caminos se separaban.
      En los ocho meses que llevaban casados Nicole había sido tan feliz que aquel encuentro parecía estropear algo. En el barco italiano que los había llevado a Gibraltar no se habían unido a los grupos que desesperadamente rivalizaban en el bar; en lugar de eso, estudiaron francés, y Nelson siguió ocupándose de las obligaciones normales que el medio millón de dólares que acababa de heredar le imponía. Además, estaba pintando un cuadro: una chimenea. Cuando uno de los miembros de la alegre pandilla del bar desapareció para siempre en el Atlántico, cerca de las Azores, los jóvenes Kelly casi se alegraron, pues así quedó justificada su actitud de reserva.
      Pero había otra razón por la que Nicole lamentaba su compromiso con los Miles. Se lo comentó a Nelson:
      —Acabo de cruzarme con esa pareja en el bar.
      —¿Con quiénes? ¿Con los Miles?
      —No, con esa pareja joven, más o menos de nuestra edad, los que iban en el otro autobús y nos parecieron tan simpáticos, en Bir Rabalou, después de la comida, en el mercado de camellos.
      —Parecían simpáticos.
      —Encantadores —dijo Nicole con énfasis—; los dos, el hombre y la chica. Estoy casi segura de haber conocido a la chica en alguna parte.
      La mencionada pareja estaba sentada en el otro extremo del comedor, y Nicole descubrió que atraían su mirada irresistiblemente. También ellos habían encontrado compañía, y Nicole, que hacía dos meses que no hablaba con ninguna chica de su edad, volvió a sentir un ligero pesar. Los Miles, que eran remilgadamente sofisticados y francamente esnobs, eran otra cosa. Habían estado en una alarmante cantidad de sitios y parecían conocer todos las fantasmagorías y noticias de última hora que publican los periódicos.
      Cenaron en la terraza del hotel, bajo un cielo sobre el que gravitaba la presencia de un Dios extraño y vigilante; en los aledaños del hotel la noche se estremecía con sonidos que conocían de sobra por los libros pero que, aun así, resultaban histéricamente nuevos: tambores de Senegal, una flauta nativa, el ensimismado y afeminado quejido de un camello, las pisadas ligeras de los árabes que usaban zapatos hechos con viejos neumáticos de automóvil, el lamento de la oración del brujo.
      En la recepción del hotel uno de los viajeros discutía monótonamente con el recepcionista sobre los tipos de cambio y la inadmisible inflexibilidad con que iban aumentando conforme se dirigían hacia el sur.
      La señora Miles fue la primera que rompió el prolongado silencio; con una especie de impaciencia los arrastró consigo de la noche a la mesa.
      —Nos deberíamos haber puesto el traje de noche. Las cenas son mucho más divertidas en traje de noche, porque la gente se siente de otra manera cuando se viste de etiqueta. Los ingleses saben estas cosas.
      —¿Vestirnos de etiqueta aquí? —objetó su marido—. Me sentiría como ese harapiento que hemos visto hoy con un rebaño de ovejas.
      —Si no me pongo el traje de noche me siento como una turista.
      —Bueno, somos turistas, ¿no? —preguntó Nelson.
      —Yo no me considero una turista. Un turista es alguien que se levanta temprano y va a las catedrales y habla de los paisajes.
      Nicole y Nelson, aunque habían visto todas las cosas oficialmente dignas de verse desde Fez a Argel, y filmado metros y metros de película, y reconocían haber aprendido muchas cosas, decidieron que sus experiencias durante el viaje no interesarían a la señora Miles.
      —Todos los sitios son lo mismo —continuó la señora Miles—. Lo único que importa es con quién estés allí. Un nuevo paisaje es interesante durante media hora, y luego quieres ver lo que de verdad te apetece. Por eso algunos sitios se ponen de moda un tiempo y luego la moda cambia y la gente vuelve a emprender viaje a cualquier otra parte. El lugar en sí mismo jamás tiene la menor importancia.
      —¿Y el primero que decidió que el lugar valía la pena? —objetó Nelson—. Los primeros que lo visitaron fueron allí porque les gustaba el sitio.
      —¿Adonde van a ir esta primavera? —preguntó la señora Miles.
      —Pensábamos ir a San Remo, o quizá a Sorrento. Es la primera vez que visitamos Europa.
      —Hijos, yo conozco Sorrento y San Remo, y no soportaríais ninguno de los dos sitios ni una semana. Están llenos de los ingleses más horribles, siempre leyendo el Daily Mail, esperando una carta y hablando de las cosas más increíblemente aburridas. Mejor sería que fuerais a Brighton o Bournemouth y comprarais un caniche y una sombrilla y dierais vueltas por el paseo marítimo. ¿Cuánto tiempo vais a estar en Europa?
      —No lo sabemos; unos años, quizá —Nicole titubeó—. Nelson heredó un poco de dinero y queríamos cambiar de aires. Cuando yo era joven, mi padre tenía asma y tuve que vivir con él durante años, por su salud, en los sitios más deprimentes; y Nelson trabajaba en Alaska, en el negocio de las pieles, y detestaba aquello. Así que, cuando nos vimos libres, nos vinimos al extranjero. Nelson va a dedicarse a la pintura y yo voy a estudiar canto —miró triunfalmente a su marido—. Hasta este momento, todo ha sido maravilloso.
      La señora Miles dedujo, por la manera de vestir de la joven, que tenían un buen puñado de dinero, y se le contagió su entusiasmo.
      —Debéis ir a Biarritz —les aconsejó—. O, si no, a Montecarlo.
      —Me han dicho que hay un espectáculo estupendo —dijo Miles, pidiendo champán—: las Ouled Naíls. El conserje dice que son una especie de tribu de chicas que bajan de las montañas y aprenden a bailar hasta que, cómo no, recogen bastante oro para volver a sus montañas y casarse. Esta noche actúan.
      Poco después, camino del café donde actuaban las Ouled Nails, Nicole lamentó no estar paseando a solas con Nelson en la noche infinitamente profunda, suave, clarísima. Nelson había correspondido con otra botella a la botella de champán de la cena, y ninguno de los dos estaba acostumbrado a beber tanto. Cuando percibieron las notas tristes de una flauta, Nicole no quería entrar: prefería subir a una pequeña colina donde una mezquita blanca relucía como un planeta en la noche. La vida era mejor que cualquier espectáculo; se acercó a Nelson, le cogió la mano.
      Los pasajeros de los dos autobuses llenaban la pequeña bodega del café. Las chicas —de piel morena y brillante, con la nariz chata de los bereberes y preciosos ojos profundos y oscuros— ya estaban en el escenario. Llevaban vestidos de algodón que recordaban lejanamente a los de las niñeras negras del Sur; bajo aquellas ropas sus cuerpos se retorcían en un lento contoneo que culminaba en la danza del vientre, con cadenas de piara que se agitaban enloquecidamente y sartas de monedas de oro de ley tintineando en sus cuellos y brazos. El flautista era también humorista: bailaba, parodiando a las chicas. El que tocaba el tambor, envuelto en piel de cabra como un hechicero, era un auténtico negro de Sudán.
      A través del humo de los cigarrillos las chicas bailaban, giraban moviendo los dedos como si tocaran un piano invisible, y la danza parecía fácil, pero, cuando pasaba un rato, resultaba evidente que exigía un extraordinario esfuerzo antes de desembocar en unos pasos lánguidos y sencillos, pero igualmente precisos: era la preparación para la salvaje sensualidad con que remataban la danza.
      Luego hubo un descanso. Aunque el espectáculo parecía no haber terminado, la mayoría del público empezaba a levantantarse para irse. Había un murmullo en el aire.
      —¿Qué pasa? —preguntó Nicole a su marido.
      —Pues creo que... Parece que, si pagas un pequeño recargo, las Ouled Naíls bailan, más o menos, al estilo... oriental... prácticamente desnudas, salvo por las joyas.
      —Ah.
      —Nosotros nos quedamos —dijo el señor Miles a Nicole alegremente—. Al fin y al cabo, hemos venido para conocer las verdaderas costumbres del país; la mojigatería no nos va a detener.
      Casi todos los hombres se quedaron, y algunas mujeres. Nicole se levantó de repente.
      —Esperaré fuera—dijo.
      —¿Por qué no te quedas, Nicole? La señora Miles se queda.
      El flautista tocaba ya las primeras notas. Sobre la tarima dos niñas morenas de unos catorce años se quitaban los vestidos de algodón. Nicole titubeó un instante, desgarrada entre la repulsión y el deseo de no parecer una mojigata. Entonces vio cómo otra joven americana se levantaba y se dirigía rápidamente hacia la puerta. Cuando reconoció a la atractiva joven esposa que viajaba en el otro autobús, tomó inmediatamente una decisión y la siguió.
      Nelson se apresuró a levantarse.
      —Si tú te vas, yo también —dijo, pero con evidente desgana.
      —Por favor, déjame. Esperaré fuera con el guía.
      —De acuerdo —empezaba a sonar el tambor, y Nelson transigió—: Me quedaré sólo un minuto. Quiero ver cómo es.
      Mientras esperaba en el frío de la noche, se dio cuenta de que el incidente le había dolido: que Nelson no la hubiera acompañado enseguida y que hubiera utilizado como argumento el hecho de que la señora Miles se quedara. Y, sintiéndose dolida, se puso de mal humor y le hizo señas al guía de que quería volver al hotel.
      Nelson apareció veinte minutos más tarde, enfadado, tanto por la angustia de encontrarse con que Nicole se había ido, como para ocultar la culpa que le correspondía por haberla dejado marcharse. Sin apenas poder creérselo, de repente se estaban peleando.
      Mucho después, cuando no se oía el menor ruido en Bou Saada y los nómadas de la plaza del mercado sólo eran bultos inmóviles envueltos en sus túnicas, Nicole dormía sobre el hombro de Nelson. La vida pasa, transcurre al margen de nuestras intenciones, pero el mal estaba hecho: se había establecido un precedente para futuras desavenencias. Era una pelea amororosa, sin embargo, y podía dar pie a un gran acuerdo. Nelson y ella habían pasado solos los años de la juventud, y anhelaban ahora el sabor y el olor de la vida y el mundo; y en aquellos momentos los encontraban el uno en el otro.
      Un mes más tarde estaban en Sorrento, donde Nicole estudiaba canto y Nelson intentaba pintar de un modo nuevo la bahía de Ñapóles. Era la vida que habían planeado y sobre la que habían leído tanto. Pero intuían, como tanta gente, que el placer de los intervalos idílicos dependía de lo que da de sí una persona, es decir, de su educación, experiencia y paciencia, junto a la que el otro parece volver a disfrutar del hechizo de tranquilidad bucólica que recuerda de la niñez. Nicole y Nelson eran de pronto demasiado mayores y demasiado jóvenes, y demasiado americanos, para sentirse inmediatamente en armonía con una tierra desconocida. Su vitalidad les hacía ser impacientes, y por eso la pintura de Nelson no tenía dirección y el canto de Nicole no tenía perspectivas inmediatas de convertirse en algo serio. Decían que de aquella manera «no iban a ninguna parte»: las tardes eran largas, así que empezaron a beber grandes cantidades de vin de Capri a la hora de la cena.
      Los ingleses eran los dueños del hotel. Eran de edad avanzada y llegaban al Sur en busca de la tranquilidad y el buen tiempo; Nelson y Nicole no soportaban el curso apacible de sus días. ¿Podía la gente contentarse con hablar eternamente del tiempo, dar todos los días el mismo paseo, y sentarse noche tras noche, mes tras mes, ante el mismo plato de macarrones guisados siempre de la misma manera? Se aburrían, y los americanos, cuando se aburren, suelen ponerse nerviosos. Y todo cambió en una noche.
      Después de beberse una botella de vino durante la cena, decidieron irse a París, instalarse en un apartamento y trabajar en serio. París les prometía las diversiones de una gran ciudad, amigos de su edad, una intensidad, en todos los sentidos, de la que carecía Italia. Ilusionados, con nuevas esperanzas, entraron al salón después de la cena y, por enésima vez, Nelson descubrió una antigua y enorme pianola y se le ocurrió ponerla en marcha.
      En el otro extremo del salón se sentaban los únicos ingleses con quienes habían tenido alguna relación: sir Evelyne Fragelle y lady Fragelle. La relación había sido breve y desagradable: Los Fragelle los habían visto salir del hotel en albornoz para bañarse, y la señora había proclamado, a pocos metros de distancia, que aquello era inadmisible y debería estar prohibido.
      Pero eso no fue nada, comparado con su manera de reaccionar ante el primer estruendo terrorífico que surgió de la pianola. Cuando el polvo trémulo de los años saltaba del teclado por la vibración, la señora saltó galvánicamente hacia delante con esa especie de convulsión que suele asociarse a la silla eléctrica. También algo aturdido por el súbito estrépito de Esperando a Robert E. Lee, Nelson no había hecho más que sentarse cuando la inglesa recorrió como un proyectil el salón, arrastrando la cola del vestido, y, sin dignarse mirar a los Kelly, apagó el aparato.
      Fue uno de esos gestos que están plenamente justificados o resultan indignantes. Nelson titubeó unos segundos, indeciso; luego, recordando el arrogante comentario de lady Fragelle sobre su bañador, aprovechó la estela todavía agitada de la inglesa para volver a la pianola y encenderla otra vez.
      El episodio se convirtió en un incidente internacional. Las miradas ansiosas de todo el salón cayeron sobre los protagonistas, a la espera del siguiente movimiento. Nicole corrió tras Nelson para pedirle que se olvidara del asunto, pero era demasiado tarde. De la ultrajada mesa de los ingleses se levantó inmediatamente el general sir Evelyne Fragelle, que se enfrentaba a la situación más crítica que se conoce desde la ruptura del cerco de Ladysmith.
      —¡Es indignante! ¡Indignante!
      —Le ruego que me perdone —dijo Nelson.
      —¡Llevo viniendo quince años! —se gritó a sí mismo sir Evelyne—. Jamás, que yo sepa, nadie había hecho una cosa semejante.
      —Yo pensaba que la pianola estaba aquí para entretener a los huéspedes.
      Sin dignarse a responder, sir Evelyne se arrodilló y buscó el interruptor, pero lo movió de manera equivocada, con lo cual la velocidad y el volumen del aparato se triplicaron hasta envolverlos en un pandemónium de ruido: sir Evelyne, lívido ante tantas emociones militares; Nelson, a punto de sufrir un ataque de risa.
      En unos segundos la firme mano del director del hotel apaciguó las cosas; el aparato, detenido por fin, todavía temblaba después de su desacostumbrada explosión, tras la que reinaba un profundo silencio en el que sir Evelyne se dirigió al director.
      —Es lo más indignante que he conocido nunca. Mi mujer lo apagó y ése... —fue la primera vez que reconoció a Nelson como a un ente distinto del aparato—. ¡Ese individuo volvió a encenderlo!
      —Estamos en el salón de un hotel —protestó Nelson—. Y parece que la pianola está ahí para que la usen los clientes.
      —No discutas —susurró Nicole—. Son viejos.
      Pero Nelson dijo:
      —Si alguien merece que se le pidan disculpas, ése soy yo.
      La mirada de sir Evelyne se clavó, amenazadora, en el director, a la espera de que cumpliera con su deber. El director consideró los quince años de estancia de sir Evelyne y se achicó.
      —No es costumbre encender la pianola por las noches. Los clientes quieren tranquilidad en la sobremesa.
      —¡El descaro de los americanos! —lo interrumpió sir Evelyne.
      —Muy bien —dijo Nelson—. Mañana libraremos de nuestra presencia al hotel.
      Después de este incidente, como una especie de protesta contra sir Evelyne Fragelle, no fueron a París, sino a Montecarlo. No volverían a estar solos.


II

       Poco más de dos años después del primer viaje de los Kelly a Montecarlo, Nicole se despertó una mañana y descubrió que, aunque seguía llamándose igual, Montecarlo se había convertido para ella en un lugar absolutamente distinto.
      A pesar de los ajetreados meses en París o Biarritz, ahora tenían una casa. Tenían una villa y, entre la primavera y el verano, una multitud de conocidos: una multitud que, por supuesto, no incluía a los grupos de los viajes organizados ni a los clientes de los cruceros por el Mediterráneo que se reunían en la playa, gente a la que consideraban turistas.
      Les gustaba la Riviera en verano, cuando abundaban los amigos y las noches al aire libre se llenaban de música. Antes de que la criada corriera las cortinas para que no entrara la luz deslumbradora, Nicole vio desde la ventana el yate de T. F. Golding meciéndose en las olas de la bahía de Monaco, como si hubiera emprendido un romántico e inacabable viaje al margen del movimiento real.
      El yate se había adaptado al ritmo lento de la costa; pasaba el verano acercándose hasta Cannes, nunca más allá, y volviendo, aunque hubiera podido dar la vuelta al mundo. Los Kelly iban a cenar a bordo aquella noche.
      Nicole hablaba un francés excelente; tenía cinco trajes de noche nuevos y había encargado cuatro más; tenía a su marido; tenía a dos hombres enamorados de ella, y uno de ellos le daba pena. Tenía su belleza. A las diez y media estaba citada con un tercer hombre, que empezaba a enamorarse de ella «sin sufrir». A la una había invitado a comer a una docena de personas encantadoras. Y mucho más por el estilo.
      «Soy feliz», meditó tristemente frente a las persianas iluminadas. «Soy joven y guapa, y mi nombre aparece frecuentemente en los periódicos por haber estado aquí o allá, pero la verdad es que me dan lo mismo todos esos caprichos. Me parece terriblemente tonto, pero si quieres ver gente, lo mejor es que veas a la gente chic, a la gente divertida; y si la gente dice que eres una esnob, es por envidia, y además lo saben, como lo sabe todo el mundo.»
      Y esto mismo fue lo que le dijo, en esencia, a Oscar Dañe en el campo de golf de Mont Agel dos horas más tarde. Y él la estuvo aguantando en silencio.
      —Nada de eso —dijo—. Lo único que pasa es que te estás convirtiendo en una esnob típica. ¿Llamas gente divertida a esa pandilla de borrachos con la que sales? Ni siquiera son demasiado elegantes. Son tan bestias que han ido dando tumbos por Europa como clavos en un saco de trigo, hasta que han podido asomar un poco la cabeza a orillas del Mediterráneo.
      Molesta, Nicole soltó de repente un nombre, pero Oscar le respondió:
      —Tercera clase. Un artículo resistente, ideal para principiantes.
      —¿Y los Colby, a pesar de ella?
      —Tercera categoría.
      —¿El marqués y la marquesa de Kalb?
      —Si ella no se drogara y él no tuviera también sus manías...
      —Entonces, ¿dónde está la gente divertida? —preguntó Nicole con impaciencia.
      —En cualquier parte donde no estén ésos. Sólo muy de vez en cuando los buenos cazan en manada.
      —¿Y tú, qué? Tú coges al vuelo cualquier invitación que te haga cualquiera de los que te he dicho. Me han contando cosas de ti mucho más disparatadas de lo que puedas imaginarte. No hay nadie que te conozca seis meses a quien no le hayas sacado diez dólares. Eres un sablista y un parásito y muchas cosas más.
      —Cierra la boca —la interrumpió—. No quiero echar a perder este paseo. Lo único que me pasa es que no me gusta ver cómo te engañas a ti misma —continuó—. Lo que consideras alta sociedad internacional es más o menos hoy algo tan cerrado y exclusivo como las salas abiertas al público del Casino; y, si me dedico a sablearlos, les doy veinte veces más que lo que les saco. Los gorrones somos casi las únicas personas de la alta sociedad con ciertas cualidades, y aguantamos porque tenemos cualidades.
      Nicole se echó a reír, apreciándolo inmensamente, preguntándose hasta qué punto se enfadaría Nelson cuando descubriera que Oscar se había llevado sus tijeras de las uñas y el New York Herald de aquella mañana.
      «De todas formas», pensaba Nicole más tarde, mientras volvía a casa para el almuerzo, «nos iremos pronto de aquí, y nos volveremos formales y tendremos un hijo. Cuando acabe el verano.»
      Se detuvo un momento en la floristería, y vio a una joven que salía con un ramo de flores. La joven la miró por encima del montón de colores, y Nicole observó que era extremadamente elegante, que su cara le era familiar. La había conocido en alguna parte, pero sólo superficialmente; había olvidado el nombre, así que no la saludó, y hasta aquella tarde no volvió a acordarse del encuentro.
      Eran doce para comer: el grupo del yate de los Golding, Liddel y Cardine Miles, el señor Dañe... Nicole contó siete nacionalidades diferentes; entre los asistentes había una exquisita joven francesa, madame Delauney, a quien Nicole llamaba alegremente «la chica de Nelson». Noel Delauney era quizá la mejor amiga de Nicole; cuando formaban grupos de cuatro personas para jugar al golfo para alguna excursión, Noel formaba pareja con Nelson; pero aquel día, cuando se la presentó a alguien como «la chica de Nelson», la frase graciosa disgustó a Nicole.
      Y, durante la comida, dijo en voz alta: —Nelson y yo vamos a dejar todo esto. Y todos coincidieron: todos iban a dejar aquella vida. —Esta vida es perfecta para los ingleses —dijo uno—, porque están bailando una especie de danza de la muerte: ya sabéis, alegría en el fortín condenado, con los cipayos a las puertas. Es algo que se les nota en la cara cuando bailan: la intensidad. Y lo saben, y les gusta, y no ven ningún futuro ante sí. Pero vosotros, los americanos, estáis pasando una temporada horrorosa. Si os queréis poner el sombrero verde o el sombrero aplastado, o lo que sea, siempre tenéis que estar un poco bebidos.
      —Vamos a dejar todo esto —dijo Nicole con firmeza, pero algo en su interior le replicó: «Qué pena... Este precioso mar azul, esta felicidad...».
      ¿Qué sucedería después? ¿Había que aceptar una pérdida de tensión? Era asunto de Nelson responder a eso. Su creciente descontento sin salida debía estallar en una nueva vida para ambos, o más bien en una nueva esperanza y una nueva manera de disfrutar la vida. Ese secreto sería su contribución como hombre. —Bueno, hijos, adiós. —Ha sido un almuerzo estupendo. —Y que no se os olvide lo de dejar esta vida. —Ya nos veremos entonces.
      Los invitados bajaron el paseo en busca de sus coches. Sólo Oscar, con la cara un poco colorada por los licores, se quedó con Nicole en la terraza, sin parar de hablar sobre la chica a la que había invitado a ver su colección de sellos. Cansada de la gente, impaciente por estar sola, Nicole lo escuchó un momento y luego, cogiendo un jarrón de flores de la mesa en la que habían almorzado, abrió la puerta de cristales y entró en la casa a oscuras, y la voz de Oscar la siguió como si hablara y hablara en otra parte.
      Y cuando cruzaba el salón principal, oyendo aún el monólogo de Oscar en la terraza, empezó a oír otra voz en el cuarto de al lado, que se imponía claramente sobre la voz de Oscar.
      —Ah, bésame otra vez —dijo, y calló; Nicole se detuvo, rígida en el silencio, ahora sólo roto por la voz que sonaba en la entrada.
      —Ten cuidado —Nicole reconoció el ligero acento francés de Noel Delauney.
      —Estoy cansado de tener cuidado. Además, están en la terraza.
      —No, no, mejor en el sitio de siempre.
      —Mi amor, mi vida.
      La voz de Oscar Dañe en la terraza se fue debilitando, cansada, hasta cesar, y, como si esto la hubiera librado de su parálisis, Nicole dio un paso: no se dio cuenta de si avanzaba o retrocedía. Y, con el ruido de sus tacones, oyó cómo se separaban deprisa las dos personas del cuarto de al lado.
      Entonces entró. Nelson estaba encendiendo un cigarrillo; Noel, dándole la espalda, parecía buscar el sombrero o el bolso en una silla. Ciega de horror más que de rabia, Nicole arrojó, o más bien expulsó lejos de ella, el jarrón que llevaba en las manos: si lo arrojó a alguien, fue a Nelson, pero la fuerza de sus sentimientos se había comunicado al objeto inanimado. Pasó volando junto a Nelson y golpeó de lleno, en la cabeza y la cara, a Noel Dealuney, que acababa de darse la vuelta.
      —¡Mira lo que has hecho! —gritó Nelson. Noel se derrumbó lentamente en la silla que tenía más cerca, y lentamente se cubrió la cara con la mano. El jarrón, sin romperse, rodó por la gruesa alfombra, mientras se derramaban las flores.
      —Ten cuidado —Nelson atendía a Noel, intentaba apartarle la mano para ver qué le había pasado.
      —C'est liquide —murmuró Noel con voz entrecortada—. Est-ce que c'est le sang?
      Nelson le apartó la mano, y exclamó, con la respiración alterada:
      —No, sólo es agua —y añadió, dirigiéndose a Oscar, que acababa de aparecer en la puerta—: ¡Trae un poco de coñac! —y a Nicole le dijo—: Eres imbécil. ¡Debes de estar loca!
      Nicole, respirando con fuerza, no respondió. Cuando llegó el brandy, reinaba un silencio persistente, como el de quienes esperan el final de una operación, mientras Nelson obligaba a Noel a beber una copa. Nicole le hizo una señal a Oscar para que le sirviera un trago, y, como si se sintieran incapaces de romper el silencio sin haber cumplido este requisito, todos se bebieron un coñac. Entonces Noel y Nelson hablaron a la vez:
      —Si me das mi sombrero...
      —Es la cosa más tonta que...
      —...me iré inmediatamente...
      —...he visto en mi vida; yo...
      Y miraron a Nicole, que dijo:
      —Tráele el coche a la puerta.
      Oscar salió a buscarlo inmediatamente.
      —¿De verdad que no quieres que te vea un médico? —preguntó Nelson, angustiado.
      —Quiero irme.
      Un instante después, cuando ya el coche se había alejado, Nelson se sirvió otra copa de coñac. Una oleada menos violenta de tensión se había apoderado de él, y se le reflejaba en la cara; Nicole se dio cuenta, y también se dio cuenta de cómo se preparaba para salir del paso de la mejor manera posible.
      —Me gustaría saber por qué has hecho eso —preguntó—. No, no te vayas Oscar —ya veía cómo la historia empezaba a circular por todas partes—. Me gustaría saber por qué razón...
      —¡Cierra la boca! —lo cortó Nicole.
      —Que haya besado a Noel no es nada del otro mundo. No significa nada en absoluto.
      Nicole emitió un sonido despectivo.
      —He oído lo que le decías a Noel.
      —Estás loca.
      Pronunció estas palabras como si estuviera loca, y una rabia incontrolable se apoderó de Nicole.
      —¡Embustero! Todo este tiempo fingiendo ser tan honrado y tan quisquilloso con lo que yo hacía, y todo el tiempo, a mis espaldas, has estado manoseando a esa pequeña...
      Recurrió a una palabra dura, y, como si hubiera enloquecido al oírla, se lanzó contra la silla que ocupaba Nelson. Para protegerse contra este súbito ataque, él levantó rápidamente el brazo, y los nudillos de la mano abierta la golpearon de lleno en el ojo. Cubriéndose la cara con la mano como Noel había hecho diez minutos antes, Nicole se derrumbó en el suelo entre sollozos.
      —¿No ha ido ya la cosa demasiado lejos? —exclamó Oscar.
      —Sí —admitió Nelson—. Me temo que sí.
      —Sal a la terraza a que te dé un poco el aire.
      Llevó a Nicole al diván y se sentó a su lado, cogiéndole la mano.
      —Ánimo, pequeña, ánimo —repitió varias veces—. ¿Te crees que eres Jack Dempsey? No puedes ir por ahí pegándoles a las francesas. Te llevarán a los tribunales.
      —Le ha dicho que la quería —murmuró entrecortadamente, histérica—. Ella le dijo que se verían en el sitio de siempre. ¿Es adonde ha ido Nelson ahora?
      —Está en la galería, dando vueltas, y sufriendo como un demonio porque te ha dado un golpe sin querer, y lamentando haber visto alguna vez a Noel Delauney.
      —Sí, claro.
      —Seguro que has oído mal, y de todas formas eso no prueba nada.
      Veinte minutos después, Nelson entró de repente y se arrojó de rodillas ante su mujer. El señor Oscar Dañe, más convencido que nunca de que siempre daba mucho más de lo que recibía, se apartó con discreción y se dirigió de mala gana hacia la puerta.
      Y, una hora más tarde, Nelson y Nicole, cogidos del brazo, salieron de su villa y fueron dando un paseo hasta el Café de París. Fueron dando un paseo, y no en coche, como si intentaran volver a la sencillez que una vez habían poseído, como si estuvieran intentando desenredar algo que se había enmarañado visiblemente. Nicole aceptó las explicaciones de su marido, no porque fueran creíbles, sino porque quería apasionadamente creer en ellas. Los dos estaban callados y pesarosos.
      El Café de París era agradable a aquella hora, con el ocaso filtrándose a través de los toldos amarillos y las sombrillas rojas como a través de cristal de colores. Echando una mirada a su alrededor, Nicole descubrió a la joven con la que se había encontrado aquella mañana. Iba con un hombre, y Nelson los reconoció inmediatamente: eran la joven pareja que habían visto en Argelia, hacía casi tres años.
      —Han cambiado —comentó—. Me figuro que nosotros también, pero no tanto. Es como si se hubiesen endurecido, y él parece un disoluto. La disipación se nota más en los ojos claros que en los oscuros. La chica es tout ce qu'ily a de chic, como dicen por aquí, pero también a ella se le ha endurecido la expresión.
      —Me cae simpática.
      —¿Quieres que vaya y les pregunte si son la misma pareja?
      —¡No! Eso es lo que hacen los turistas solitarios. Tendrán sus amigos.
      En ese momento un grupo se reunió con la pareja en su mesa.
      —Nelson, ¿esta noche, qué? —preguntó Nicole un poco más tarde—. ¿Crees que podemos presentarnos en el yate de los Golding después de lo que ha pasado?
      —No sólo podemos, sino que vamos a hacerlo. Si la historia empieza a circular y nosotros no estamos allí, lo único que haremos será darles un bonito y jugoso tema de conversación... ¡Vaya! ¿Qué demonios pasa?
      Había estallado un escándalo en el otro extremo del café; una mujer chillaba y toda la gente de su mesa se había levantado, agitándose de acá para allá como un solo hombre. Y los clientes de las otras mesas se habían ido poniendo de pie y acercándose, apelotonándose alrededor; durante un brevísimo instante los Kelly vieron la cara de la chica a quien habían estado mirando, muy pálida de repente, desfigurada por la rabia. Destrozada, aterrorizada, Nicole tiró a Nelson de la manga.
      —Vámonos. Hoy no aguanto más. Llévame a casa. ¿Se está volviendo loco todo el mundo?
      Camino de casa, Nelson miró a Nicole y, sobresaltado, tuvo la certeza de que, después de todo, no irían a cenar al yate de los Golding: a Nicole había empezado a ponérsele, inconfundible e inequívocamente, el ojo morado: un ojo que a las once de la noche necesitaría algo más que la ayuda de todos los cosméticos del Principado de Monaco. Con el ánimo por los suelos, decidió no decirle nada a Nicole hasta llegar a casa.


III

       El catecismo aconseja sabiamente evitar las ocasiones de pecado, y, cuando los Kelly llegaron a París un mes más tarde, hicieron una concienzuda lista de los lugares que no visitarían nunca más y de las personas que no querían volver a ver. Los lugares incluían algunos bares famosos, todos los clubes nocturnos excepto uno o dos que eran decorosísimos, cualquier tipo de club de madrugada y todos los locales que por sí mismos significaban aquel verano diversión, juergas triunfales y desenfrenadas, la principal atracción de la temporada.
      La gente a la que no querían ver incluía a las tres cuartas partes de las personas con quienes habían pasado los dos últimos años. No hacían esto por esnobismo sino por instinto de conservación, y no sin cierto miedo en sus corazones a estar cortando para siempre sus vínculos con el género humano.
      Pero el mundo siempre es extraño, y basta con que la gente sea inaccesible para que se vuelva valiosa. Descubrieron que había en París personas que sólo se interesaban por los que se habían apartado de la mayoría. El primer grupo que habían conocido estaba formado en su mayor parte por americanos, y sazonado por algunos europeos; en el segundo predominaban los europeos, y algunos americanos añadían la pimienta. Este último grupo formaba parte de la alta sociedad, y aquí y allá rozaba el milieu más elevado, formado por individuos de alta posición, grandes fortunas, ingenio y talento muy de vez en cuando, y siempre con poder. Sin llegar a intimar con los grandes, los Kelly hicieron nuevos amigos, más conservadores. Y Nelson volvió a pintar; tenía un estudio, y visitó con Nicole los estudios de Brancusi, Leger y Deschamps. Parecía que ahora formaban parte de algo, al menos más que antes, y, cuando alguien mencionaba cierta reunión escandalosa, los Kelly recordaban con desprecio sus dos primeros años en Europa, y hablaban de sus antiguos conocidos como de «aquella pandilla», «gente que te hacía perder el tiempo».
      Así, aunque seguían manteniendo sus principios, con frecuencia recibían en casa e iban a las casas de sus amigos. Eran jóvenes, guapos e inteligentes; habían aprendido lo que era conveniente y lo que no lo era, y actuaban en consecuencia. Y además eran generosos por naturaleza y, dentro de los límites del sentido común, siempre estaban dispuestos a pagar la cuenta.
      Cuando se salía, generalmente se bebía. Esto no significaba mucho para Nicole, a quien horrorizaba perder su aire soigné, perder una pizca de su perfección o un átomo de admiración, pero Nelson, más o menos frustrado, había descubierto que la bebida lo tentaba lo mismo en aquellas cenas elegantes que en los ambientes más ruidosos. No era un borracho, no hacía nada que llamara la atención ni estaba embrutecido por el alcohol, pero sin el estímulo de la bebida se sentía incapaz de desenvolverse en sociedad. Y, con la idea de que Nelson adquiriera una actitud seria y responsable, Nicole decidió, cuando llevaban un año en París, tener un hijo.
      Coincidió con su encuentro con el conde Chiki Sarolai. El conde era una atractiva reliquia de la corte austríaca, sin patrimonio ni aspiraciones, pero con sólidas relaciones sociales y económicas en Francia. Su hermana se había casado con el marqués de la Clos d'Hirondelle, quien, además de pertenecer a la antigua nobleza, era un próspero banquero parisino. El conde Chiki iba de acá para allá, dando sablazos sin el menor pudor, a la manera quizá de Oscar Dañe, pero en una esfera social diferente.
      Sentía predilección por los americanos; escuchaba con ansia patética cada una de sus palabras, como si antes o después hubieran de revelarle su misteriosa fórmula para ganar dinero. Después de un encuentro casual, los Kelly atrajeron su interés. En los meses del embarazo de Nicole estaba constantemente en su casa, incansablemente interesado en todo lo que concerniera al crimen, el argot, la economía y las costumbres de Estados Unidos. Se presentaba a comer o a cenar cuando no tenía otro sitio adonde ir, y con tácito agradecimiento convenció a su hermana para que fuera a ver a Nicole, que se sintió inmensamente halagada.
      Acordaron que cuando Nicole ingresara en el hospital el conde se quedaría en el appartement y le haría compañía a Nelson, un acuerdo que Nicole no aprobaba, puesto que Nelson y él habían tomado la costumbre de beber juntos. Pero el día en que lo decidieron, el conde llegó con la novedad de que los Kelly habían sido invitados a una de las famosas fiestas en barco que un cuñado suyo organizaba en el Sena, fiesta que, muy oportunamente, se celebraría tres semanas después del nacimiento del niño. Así, cuando Nicole se trasladó al Hospital Americano, el conde Chiki se instaló en la casa.
      Fue un niño. Durante algún tiempo Nicole olvidó todo lo que sabía sobre la gente, sobre su posición social y su categoría. Llegó a preguntarse si se había convertido en una esnob, puesto que todo le parecía insignificante comparado con el nuevo ser que, ocho veces al día, le acercaban al pecho.
      Dos semanas después Nicole y el niño volvieron al piso, pero Chiki y su ayuda de cámara no se fueron. Se sobreentendía, con aqueIla sutilidad que los Kelly habían empezado a apreciar desde hacía muy poco tiempo, que el conde sólo se quedaría hasta la fiesta de su cuñado, pero en el piso no se podía dar un paso y Nicole deseaba que el conde se fuera. Pero su antigua idea —que si hay que ver a gente, la gente debe ser la mejor— había de cumplirse cuando la invitaran a casa de la marquesa de la Clos d'Hirondelles.
      La víspera del acontecimiento, mientras Nicole descansaba en el diván, Chiki explicó los planes, en los que evidentemente había participado.
      —Todo el que llegue debe beber dos cócteles al estilo americano antes de subir a bordo. Es el billete de entrada.
      —Pero yo creía que los franceses verdaderamente distinguidos, los del Faubourg Saint Germain y cosas así, no bebían cócteles.
      —Ya, pero mi familia es muy moderna. Hemos adoptado muchas costumbres americanas.
      —¿Quién va a la fiesta?
      —¡Todo el mundo! ¡Todo el que sea alguien en París! Grandes apellidos bailaron ante los ojos de Nicole. Al día siguiente no podría resistir la tentación de dejar caer el asunto cuando hablara con su médico. Pero se sintió muy ofendida ante la expresión de asombro e incredulidad que apareció en los ojos del conde Chiki. —¿La he entendido bien? —preguntó el conde—. ¿La he oído decir que va, piensa ir al baile mañana?
      —Sí, claro —dijo titubeando—. ¿Por qué no? —Mi querida señora, usted no se moverá de la casa durante dos semanas más; y, durante otras dos semanas, no irá a bailar ni hará ningún esfuerzo.
      —¡Eso es absurdo! —exclamó Nicole—. ¡Ya han pasado tres semanas! Esther Sherman se fue a América después de sólo...
      —No importa —la interrumpió el conde—. Cada caso es diferente. Han surgido dificultades que hacen estrictamente necesario que siga mis instrucciones.
      —Pero el plan era que yo fuera sólo dos horas, porque, claro, luego tenía que volver a casa, con Sonny... —No irá ni siquiera dos minutos.
      Nicole sabía, por la seriedad con que hablaba, que el conde tenía razón, pero, con astucia, no le mencionó el asunto a Nelson. En vez de eso, le dijo que estaba cansada, que quizá no fuera a la fiesta; y no pudo dormir aquella noche, comparando su desilusión y su miedo para ver cuál era más grande. Cuando se levantó para la primera toma de Sonny, pensó: «Pero si sólo daría diez pasos del coche a una silla y pasaría media hora sentada...».
      Y, en el último instante, el vestido de noche verde pálido, de Callet, que reposaba sobre una silla en su dormitorio, la decidió. Iría a la fiesta.
      En algún momento, mientras arrastraba los pies y esperaba en la pasarela entre los invitados que subían a bordo y eran desafiados a beber, y bebían sus cócteles con la alegría que se esperaba de ellos, Nicole se dio cuenta de que se había equivocado. No había ni siquiera recepción de invitados y, después de saludar a los anfitriones, Nelson le buscó una silla en cubierta, donde inmediatamente Nicole se recuperó de su desfallecimiento.
      Entonces se alegró de haber ido a la fiesta. Frágiles faroles adornaban el barco, y se mezclaban con las luces en tonos pastel de los puentes y las estrellas que se reflejaban en el Sena, como el sueño de un niño que soñara con las Mil y una Noches. Una multitud de espectadores curiosos se había congregado en las orillas del río. Iban y venían regimientos de champán, un gran desfile de botellas, mientras la música, en lugar de ser estridente y molesta, descendía de la cubierta superior como azúcar glaseado que se derramara sobre un pastel. Nicole descubrió entonces que no eran los únicos americanos que habían sido invitados: al fondo de la cubierta estaban los Liddell Miles, a quienes no veía desde hacía años.
      Otros miembros de aquella pandilla estaban presentes, y Nicole sintió una ligera decepción. ¿Y si no se encontraban allí los mejores amigos de los marqueses? Recordaba que su madre, en casa, tenía un segundo día, un día especial, para recibir a ciertos conocidos. Le preguntó a Chiki, que estaba a su lado, señalándole celebridades, pero cuando Nicole se interesó por ciertas personas que asociaba con la alta sociedad, Chiki contestó vagamente que se habían ido, o que llegarían más tarde o que no irían. Le pareció ver en el otro extremo de la sala a la chica que había montado la escena en el Café de París, en Montecarlo, pero no pudo asegurarse, porque al menor movimiento, casi imperceptible, del barco, se dio cuenta de que otra vez se estaba mareando. Le pidió a Nelson que la llevara a casa.
      —Tú, por supuesto, puedes volver a la fiesta. No tienes que estar pendiente de mí: me iré derecha a la cama.
      Nelson la dejó en manos de la enfermera, que la ayudó a subir las escaleras y a desnudarse.
      —Estoy terriblemente cansada—dijo Nicole—. ¿Quiere guardar mis perlas?
      —¿Dónde?
      —En el joyero que hay en el tocador.
      —No lo veo —dijo la enfermera unos segundos después.
      —Entonces estará en un cajón.
      Buscó minuciosamente en el tocador, revolviéndolo todo, sin resultado.
      —Pues estaba ahí —Nicole intentó levantarse, pero se desplomó de nuevo, exhausta—. Vuelva a mirar, por favor. Todas mis joyas estaban ahí: las de mi madre y las de mi petición de mano, todas.
      —Lo siento, señora Kelly. En esta habitación no hay nada que se le parezca a lo que me está diciendo.
      —Despierte a la criada.
      La criada no sabía nada; luego, después de un persistente y severo interrogatorio, resultó saber algo. El ayuda de cámara del conde Sarolai se había ido, con su equipaje, media hora después de que madame saliera de casa.
      Retorciéndose de dolor, un dolor agudo y repentino, acompañada por un médico llamado a toda prisa, a Nicole le pareció que pasaban horas y horas antes de que volviera Nelson. Cuando llegó, estaba mortalmente pálido y tenía la mirada extraviada. Fue directamente al dormitorio.
      —¿Qué te pasa? —dijo, furioso. Entonces vio al médico—. ¿Hay algún problema?
      —Ay, Nelson, estoy malísima y mi joyero ha desaparecido, y ha desaparecido el ayuda de cámara de Chiki. He llamado a la policía... Quizá Chiki sepa dónde está ese hombre...
      —Chiki no volverá a poner un pie en esta casa —respondió Nelson lentamente—. ¿Sabes de qué fiesta vengo? ¿Tienes la más mínima idea de qué fiesta se trataba? —rompió a reír como un loco—. Era nuestra fiesta: nuestra fiesta. ¿Lo entiendes? La dábamos nosotros. No lo sabíamos, pero la dábamos nosotros.
      —Maintenant, monsieur, iI ne faut pas exciter madame —empezó a decir el médico.
      —Me pareció raro que los marqueses se fueran tan pronto, pero no sospeché nada hasta el final. Los marqueses sólo eran unos invitados: Chiki invitó a todo el mundo. Cuando acabó la fiesta, los camareros y los músicos se me acercaron y empezaron a pedirme que les pagara. Y ese condenado Chiki tuvo la sangre fría de decirme que creía que yo estaba al tanto de todo. Me ha dicho que todo lo que nos prometió fue que sería una especie de fiesta de su cuñado, y que su hermana asistiría. Me ha dicho que a lo mejor yo estaba borracho o no entendí bien el francés, como si alguna vez hubiéramos dejado de hablar en inglés con él.
      —¡No pagues! ¡A mí no se me ocurriría pagar! —Eso le he dicho, pero van a presentar una demanda: el personal del barco, todos. Piden doce mil dólares.
      De repente Nicole claudicó.
      —¡Vete, vete! —exclamó—. ¡No me importa! ¡He perdido mis joyas y estoy enferma, enferma!


IV

       Ésta es la historia de un viaje al extranjero, y el elemento geográfico no debe ser menospreciado. Tras haber visitado el norte de África, Italia, la Riviera, París y algunos lugares de paso, no fue ninguna sorpresa que los Kelly fueran por fin a Suiza. Suiza es un país donde pocas cosas empiezan, pero muchas terminan.
      Aunque siempre habían elegido por gusto los puertos en los que hacer escala, a Suiza fueron por obligación. Llevaban casados algo más de cuatro años cuando llegaron un día de primavera al lago que está en el centro de Europa: un lugar tranquilo y risueño con bucólicas laderas, un telón pintado con montañas y extensiones de agua de tarjeta postal, aguas que guardan algo siniestro bajo la superficie: toda la desdicha que se ha arrastrado hasta aquí desde todos los rincones de Europa. Cansancio del que recuperarse y muerte de la que morir. Hay también colegios, y jóvenes que chapotean en las playas soleadas; aquí están las mazmorras de Bonivard y la ciudad de Calvino, y los fantasmas de Byron y Shelley todavía navegan de noche por las aguas sombrías. Pero el lago de Ginebra al que llegaron Nelson y Nicole era el lago triste de los sanatorios y las casas de reposo.
      Pues, como si mantuviera una profunda simpatía con el destino desgraciado que se había cebado en sus asuntos, la buena salud los había abandonado a los dos al mismo tiempo; Nicole descansaba en la terraza de un hotel, volviendo poco a poco a la vida después de dos operaciones sucesivas, mientras Nelson luchaba por su vida, contra la ictericia, en un hospital a tres kilómetros de distancia. A pesar de que la fuerza de sus veintinueve años lo había ayudado a recobrar la salud, debía pasar meses en absoluto reposo. Muchas veces se preguntaban por qué, entre todos los que buscaban placeres en Europa, les había caído encima esta desgracia.
      —Ha habido demasiada gente en nuestras vidas —decía Nelson—. Nunca hemos sido capaces de resistirnos a la gente. Fuimos tan felices el primer año, cuando no conocíamos a nadie.
      Nicole estaba de acuerdo.
      —Si hubiéramos estado solos, solos de verdad, habríamos organizado la vida a nuestra manera. Lo tenemos que intentar, ¿verdad, Nelson?
      Pero había días en que los dos necesitaban compañía desesperadamente, aunque disimularan ante el otro. Días en que miraban a los obesos, demacrados, lisiados y destruidos de todas las nacionalidades que llenaban el hotel, en busca de alguno que pudiera ser simpático. Era una nueva vida para ellos, cuando volvían de su visita diaria a sus respectivos médicos, la llegada del correo y los periódicos de París, el paseo a las aldeas de las colinas y, a veces, el descenso en funicular a la zona del lago, con su kursaal, sus playas con césped, sus clubes de tenis y sus turistas en autobuses. Leían libros de las ediciones Tauchnitz y novelas de Edgar Wallace con la cubierta amarilla; a cierta hora del día se preocupaban de que bañaran al niño; tres noches a la semana una orquesta cansada y paciente tocaba en el salón del hotel después de la cena. Eso era todo.
      Y a veces llegaba un estruendo desde las colinas cubiertas de viñas que había al otro lado del lago, lo que significaba que los cañones disparaban sobre nubes cargadas de granizo, para salvar las viñas de la tormenta que se aproximaba; y la tormenta llegaba repentinamente, cayendo primero de los cielos y volviendo a caer, más tarde, en torrentes desde las montañas, arrollando ruidosamente caminos y barreras de piedra; llegaba con un cielo negro, aterrador, y filamentos de relámpagos y truenos retumbantes que hendían el mundo, mientras nubes deshechas huían ante el viento, sobre el hotel. Las montañas y el lago desaparecían; el hotel se acurrucaba, solitario, entre el tumulto, el caos y la oscuridad.
      Y, durante una tormenta así, cuando abrir una simple puerta bastaba para que un huracán de lluvia y viento penetrara en el vestíbulo del hotel, los Kelly, por primera vez desde hacía meses, vieron a alguien conocido. Sentados con otras víctimas que también tenían los nervios de punta, se dieron cuenta de que había dos nuevos huéspedes, un hombre y una mujer a quienes reconocieron como la pareja que, desde la primera vez que la habían visto en Argelia, se había cruzado en su camino varias veces. Nelson y Nicole, sin decir una palabra, compartieron un mismo pensamiento. Parecía obra del destino que por fin fueran a conocerlos allí, en aquel lugar desolado, y, a la espera del momento propicio, vieron cómo otras parejas los miraban con las mismas intenciones. Pero algo contuvo a los Kelly. ¿No habían estado quejándose, apenas un momento antes, de que había pasado demasiada gente por sus vidas?
      Más tarde, cuando la tormenta se había apaciguado hasta convertirse en una lluvia silenciosa, Nicole se encontró junto a la chica en la galería acristalada. Simulando leer un libro, examinó de cerca su cara. Enseguida vio que era una cara perspicaz, probablemente astuta; los ojos, muy inteligentes, pero sin paz, recorrían a las personas con una única y rápida mirada, como si quisieran calcular su valor. «Es terriblemente egoísta», pensó Nicole, no sin disgusto. Por lo demás, tenía pálidas las mejillas, y ligeras bolsas, fruto de la mala salud, bajo los ojos; estos detalles se combinaban con cierta blandura en los brazos y las piernas para dar una sensación de insalubridad. Usaba ropa cara, pero vestía con descuido, como si no considerara importantes a los demás clientes del hotel.
      En conjunto, Nicole decidió que no le gustaba; se alegraba de no haberle dirigido la palabra, pero se sorprendía de no haber notado estas cosas las otras veces que la chica se cruzó en su camino.
      Durante la cena comentó sus impresiones con Nelson, que estuvo de acuerdo con ella.
      —He coincidido con el marido en el bar, y he visto que los dos sólo tomábamos agua mineral, así que iba a decirle algo. Pero me he fijado en su cara, en el espejo, y me he arrepentido. Su cara expresa tanta debilidad y egoísmo, tanta falta de moderación, que da casi vergüenza: el tipo de cara que necesita media docena de copas para abrir los ojos y poner las comisuras de los labios en posición normal.
      Después de la cena dejó de llover y afuera hacía una noche agradable. Con ganas de tomar el aire, los Kelly pasearon por el jardín en sombras, y se cruzaron con el hombre y la mujer de quienes habían estado hablando, que tomaron otro camino en cuanto los vieron.
      —Me parece que tienen tan pocas ganas de conocernos como nosotros a ellos —se echó a reír Nicole.
      Se entretuvieron entre los rosales silvestres y los lechos de flores sin nombre, húmedas y fragantes. Bajo el hotel, al final de trescientos metros de terraza hasta el lago, extendidas como un collar de luces estaban Montreux y Vevey, y, más allá, en una pendiente sombría, Lausanne; un borroso centelleo en la otra orilla del lago eran Evian y Francia. De algún sitio llegaba, probablemente del kursaal, el sonido de una contundente música de baile: americana, sospechaban, aunque ahora oían las melodías americanas con meses de retraso, ecos distantes de algo que sucedía muy lejos.
      Sobre el Dent du Midi, sobre una banda de nubes negras que eran la retaguardia de la tormenta, la luna se impuso y el lago resplandeció; la música y las luces lejanas traían algo parecido a la esperanza, a la distancia encantada desde la que los niños ven las cosas. Nelson y Nicole, en sus corazones separados, volvieron la vista a un tiempo en el que la vida era así. Nicole se cogió del brazo de su marido y se pegó a él.
      —Podemos recuperar todo eso —murmuró—. ¿Podemos intentarlo, Nelson?
      Calló cuando dos figuras oscuras se acercaron en las sombras y se detuvieron a mirar el lago.
      Nelson rodeó a Nicole con el brazo y la atrajo más hacia sí.
      —Lo único que pasa es que somos incapaces de ver dónde está el problema —dijo Nicole—. ¿Por qué hemos perdido la paz, el amor y la salud, una cosa tras otra? Si lo supiéramos, si alguien pudiera decírnoslo, yo creo que podríamos intentarlo. Yo lo intentaría con todas mis fuerzas.
      Las últimas nubes se deslizaban sobre los Alpes Berneses. Súbitamente, con la intensidad del fin, relámpagos blancos fulguraron hacia el oeste. Nelson y Nicole se volvieron y, a la vez, también se volvió la otra pareja, mientras por un instante la noche era tan luminosa como el día. Luego hubo oscuridad y un último y profundo trueno, y Nicole lanzó un grito de terror. Se abrazó a Nelson; incluso en la oscuridad había visto que estaba tan pálido y tenso como ella.
      —¿Has visto? —exclamó, y apenas le salían las palabras—. ¿Los has visto?
      —¡Sí!
      —¡Esa pareja somos nosotros! ¡Somos nosotros! ¿No lo has
      visto?
      Temblando, siguieron abrazados. Las nubes se fundieron con el oscuro macizo de montañas; cuando, un instante después, miraron a su alrededor, Nelson y Nicole vieron que estaban solos bajo la tranquila luz de la luna.



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