Guy de Maupassant
(Francia, 1850-1893)


La declaración
(L’aveu)


          El sol del mediodía cae en amplia lluvia sobre las praderas, que se extienden, ondulantes, entre los bosquecillos de las granjas y los diversos sembrados; los centenos maduros y los trigos amarillentos; las avenas, de un verde claro, y los tréboles, de un verde sombrío, cubren, con una gran colcha rayada, inquieta y suave, el desnudo vientre de la tierra.
          Lejos, en la cima de una ondulación, alineadas como los soldados, una interminable fila de vacas: las unas tendidas, en pie las otras, guiñando sus ojos bajo la ardiente luz, arrancan y desmenuzan con los dientes el trébol de un montón tan vasto como un lago.
          Y dos mujeres, madre e hija, avanzan, balanceándose, la una delante de la otra, por un angosto sendero abierto entre los sembrados, hacia aquel regimiento de animales.
          Cada una lleva dos cubos de cinc, que mantienen a distancia de su cuerpo con ayuda de un aro de cuba; y el metal, a cada uno de sus pasos, despide una llama deslumbrante y blanca, bajo el sol que lo hiere.
          No hablan. Van a ordeñar las vacas. Llegan, depositan el cubo en el suelo y se acercan a los dos primeros animales, que se levantan al sentir en sus costillas el golpe de los zuecos de las mujeres. La bestia se yergue con lentitud: primero sobre sus patas delanteras y alzando luego, con más trabajo, su ancha grupa, que parece entorpecida por la enorme ubre de carne rubia y colgante.
          Y las dos Malivoire, madre e hija, de rodillas bajo el vientre de la vaca, estiran con un vivo movimiento de sus manos la hinchada carne, que hace caer, a cada opresión, un delgado chorro de leche en el cubo. La espuma, algo amarilla, sube a los bordes; y las mujeres pasan de un animal a otro hasta la conclusión de la larga hilera.
          En cuanto han acabado de ordeñar una la pasan a otro sitio, dándole para comer un montón de pastura verde. Luego echan a andar otra vez más lentamente ya, entorpecidas por el peso de la leche; delante, la madre; la hija, detrás.
          Pero ésta se detiene bruscamente, deja en el suelo su carga, se sienta y se echa a llorar con amargura.
          La abuela Malivoire, no oyendo sus pasos, se vuelve y queda estupefacta.
          —¿Qué tienes? —dice.
          Y la hija, Celeste, una moza alta, rubia, de cabellos tostados, de mejillas quemadas y manchadas de pecas, como si en el rostro le hubiesen caído gotas de fuego mientras se peinaba un día al sol, murmuró, gimoteando nuevamente, cual gime el niño a quien se pega:
          —¡No puedo llevar la leche!
          La madre la miraba con aire inquieto. Repitió:
          —¿Qué tienes?
          Celeste agregó sentada en el suelo entre sus dos cubos y tapándose el rostro con el delantal:
          —Esto me duele demasiado. No puedo.
          La madre repitió por segunda vez:
          —¿Qué tienes?
          Y gimió la muchacha:
          —Creo que estoy encinta.
          Y sollozó.
          La vieja soltó a su vez los cubos de leche, tan asombrada, que no sabía qué decir. Por último, balbució:
          —¿Que..., que estás encinta, haragana? ¿Es posible?
          Los Malivoires eran ricos labriegos, gente apañadita, ordenada, respetada, maliciosa y pudiente.
          La chica tartajeó:
          —Me parece que no me engaño.
          Asombrada, la madre miraba a su hija, que lloriqueaba a sus pies. Al cabo de unos segundos, exclamó:
          —¡Conque estás encinta! ¡Encinta! ¿Y dónde has cogido eso, mala pécora?
          Y Celeste, sacudida por la emoción, murmuró:
          —Me parece que fue en el coche de Pólito.
          La vieja trataba de comprender, trataba de adivinar, trataba de saber quién habría podido hacer a su hija aquel mal servicio. Si era un mozo riquejo y bien mirado, se trataría de arreglar la cosa: el mal no existiría entonces más que a medias; no era Celeste la única a quien le había ocurrido aquello; pero le contrariaba el hecho de todos modos, en vista del giro que tomaba el asunto.
          Agregó:
          —¿Y quién te hizo eso, estúpida?
          Celeste, resuelta a decirlo todo, se atrevió a murmurar:
          —Creo que fue Pólito.
          Entonces la tía Malivoire, enloquecida por la cólera, se arrojó sobre su hija y se puso a pegarle con tanta furia que se le cayó el gorro.
          Descargaba recios puñetazos sobre la cabeza, sobre la espalda, sobre todo el cuerpo, y Celeste, tumbada por completo entre los dos cubos, que la protegían algo, se limitaba a ocultar el rostro entre las manos bien abiertas.
          Todas las vacas, sorprendidas, habían cesado de comer y, habiéndose vuelto, miraban con sus grandes ojos. La última bramó, alargando el hocico hacia las mujeres.
          Después de golpear hasta cansarse, la tía Malivoire, sofocada, se detuvo; y, recobrando algo el uso de sus facultades, quiso darse la más exacta cuenta de la situación.
          —¡Pólito! —dijo—. ¿Es posible? ¿Cómo te dejaste coger por un cochero de diligencia? ¿Habías perdido el seso? ¡Menester será que te haya dado un filtro aquel holgazán!
          Y Celeste, tumbada siempre en el suelo, murmuró de cara al polvo:
          —¡No le pagaba el asiento!
          La vieja normanda comprendió entonces.

***

          Todas las semanas, el miércoles y el sábado, Celeste iba al pueblo con los productos de la granja, la volatería, la crema y los huevos.
          Salía a las siete con sus dos cestos del brazo, los quesos y demás en el uno, las gallinas en el otro, e iba a esperar en la carretera la diligencia de Yvetot.
          Dejaba en tierra sus mercancías y se sentaba en la zanja, mientras las gallinas de corto y agudo pico y los patos de pico largo y ancho, sacando la cabeza por entre los mimbres, miraban con su ojo redondo, estúpido y lleno de asombro.
          Pronto el carruaje, especie de cofre amarillo protegido por un toldo de cuero negro, llegaba allí sacudiendo su trasera, movida por el trote aparatoso de una blanca yegua.
          Y Pólito, el cochero, un robusto y alegre muchacho, barrigudo, aunque joven, y tostado por el sol, curtido por el viento, mojado por las lluvias y teñido por el aguardiente, que tenía el rostro y el cuello de color de ladrillo, gritaba a lo lejos, haciendo sonar su látigo:
          —¡Buenos días, señorita Celeste! ¿Cómo va de salud?
          Ella le tendía, uno tras otro, sus cestos, que él colocaba sobre la imperial; luego subía la moza, levantando la pierna para alcanzar el estribo, y enseñando la pantorrilla, cubierta por una media azul.
          Y cada vez tenía Pólito la misma broma: “¡Caramba, no ha enflaquecido!”
          Y ella se echaba a reír, encontrando graciosa la frase. Luego él lanzaba un: “¡Arre, Capitana!”, que hacía arrancar al flaco animal. Entonces Celeste sacaba el portamonedas del fondo del bolsillo y de él diez sueldos, seis por ella y cuatro por los cestos de mercancías, y se los daba a Pólito por encima del hombro.
          Él los cogía, diciendo al alargar la mano:
          —¿Tampoco es hoy la fiesta?
          Y se reía de la mejor gana, volviéndose hacia la joven para mirarla con más comodidad.
          Mucho le costaba a ella el dar cada vez aquel medio franco por tres kilómetros de camino. Y cuando no tenía sueldo sufría más aún, no pudiendo decidirse a alargar una moneda de plata.
          Un día, en el momento de ir a pagar, no pudo contenerse.
          —Tratándose —dijo— de una buena parroquiana como yo, no debiera cobrarme usted más que seis sueldos.
          Él se echó a reír.
          —¿Seis sueldos, hermosa mía? Vale usted más que eso, seguramente que vale usted más.
          Ella insistió:
          —Vienen a resultarle a usted más de dos francos mensuales.
          Y él gritó, arreando al animal:
          —Para que vea usted que soy amable, no le cobraré nada si consiente en la fiesta.
          Ella preguntó con sencillez:
          —¿Qué quiere decir eso?
          Él se divertía tanto, que tosía a fuerza de reír.
          —Una fiesta es una fiesta. ¡Caramba! Una fiesta entre moza y mozo, un dúo sin música.
          Ella comprendió, se ruborizó y dijo:
          —No me conviene el trato, señor Pólito.
          Pero él no se intimidó, y repetía riendo más y más:
          —Ya le convendrá a usted ¡una fiesta entre moza y mozo!
          Y a partir de entonces, todos los días, cuando ella le iba a pagar, el cochero le preguntaba:
          —¿Tampoco es hoy la fiesta?
          Ella bromeaba también, y respondía:
          —Tampoco, señor Pólito; pero será el sábado, se lo aseguro.
          Y él gritaba, riendo:
          —Muy bien; ¡vaya por el sábado!
          Y ella calculaba interiormente que, en los dos años que duraba la cosa, había pagado cuarenta y ocho francos a Pólito, y cuarenta y ocho francos son una cantidad en el campo; y calculaba también que dentro de dos años más, le habría dado cerca de cien francos de plata.
          Y tanto calculó que un día, un día de primavera que estaban solos, cuando él le preguntó, según costumbre:
          —¿Tampoco es hoy la fiesta?
          Ella le respondió:
          —Como usted guste, señor Pólito.
          A él no le sorprendió la cosa y saltó dentro del coche, murmurando con satisfacción:
          —Sea hoy, pues. ¡Ya sabía yo que acabaríamos por entendernos!
          Y la vieja yegua blanca se puso a trotar tan suavemente que parecía bailar sin dar un paso, indiferente a la voz que te gritaba desde el fondo del coche:
          —¡Arre, Capitana, arre!

***

          Tres meses después, Celeste se dio cuenta de que estaba encinta.
          Había dicho todo esto con voz lacrimosa. Y su madre, pálida de ira, le preguntó:
          —¿Cuánto ha valido eso, según tu cuenta?
          Celeste dijo:
          —Cuatro meses, a diez sueldos viaje... Pues ocho francos.
          Al oír esto, la rabia de la campesina se desencadenó espantosamente, y, cayendo otra vez sobre la muchacha, la golpeó hasta perder el resuello. En seguida, levantándose:
          —¿Y le has dicho —exclamó— que estás encinta?
          —¿Qué le he de decir?
          —¿Por qué no?
          —¿Para que me hubiese hecho pagar? ¡No soy tan tonta!
          La vieja meditó luego, tomando otra vez los cubos:
          —¡Vamos! —dijo—, levántate y trata de seguirme.
          Pasado un instante agregó:
          —Por otra parte, no le digas nada mientras él no lo note; ¡así podrás ir de balde seis u ocho meses!
          Y habiéndose puesto en pie, la moza, llorando aún, despeinada y cubierta de polvo, echó a andar con tardo paso tras de su madre, murmurando:
          —¡Es claro que no se lo diré!



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