Guy de Maupassant
(Francia, 1850-1893)


Hautot y su hijo (1889)
(“Hautot père et fils”)

[Otro título en español: “Hautot, padre e hijo”]
Originalmente publicado en L’Écho de Paris (5 enero 1889)
La main gauche (1889)


      Ante la puerta de la casa, mitad alquería y mitad mansión solariega, una de esas moradas rurales mixtas que fueron casi señoriales y que actualmente habitan ricos labradores, los perros atados a los manzanos del patio ladraban y aullaban al ver los morrales que llevaban el guarda y unos chiquillos. En el gran comedor—cocina, Hautot padre; Hautot hijo; el recaudador de contribuciones, señor Bermont, y el notario, señor Mondaru, tomaban un tentempié y bebían un trago antes de salir a cazar, pues era el día en que levantaban la veda.
       Hautot padre, orgulloso de todo lo que poseía, alababa de antemano la caza que sus invitados iban a encontrar en sus tierras. Era un normando altísimo, uno de esos hombres fornidos, sanguíneos, huesudos, que levantan con sus hombros carros llenos de manzanas. Medio campesino, medio caballero, rico, respetado, influyente, autoritario, había mandado a la escuela a su hijo César Hautot a fin de que recibiera instrucción, pero en el tercer año lo había sacado del colegio por miedo a que se convirtiera en un señor indiferente a la tierra.
       César Hautot, casi tan alto como su padre, pero más delgado, era un buen hijo, dócil, contento de todo, lleno de admiración, de respeto y de deferencia por los deseos y opiniones de Hautot padre.
       El señor Bermont, el recaudador, un hombre pequeño y regordete que tenía las mejillas coloradas llenas de múltiples redecillas de venas violetas semejantes al curso tortuoso de los ríos y de sus afluentes en los mapas de geografía, preguntaba:
       —¿Y liebres? ¿Hay muchas liebres?...
       Hautot padre respondió:
       —Todas las que usted quiera, sobre todo en los valles del Puysatier.
       —¿Por dónde empezaremos? —preguntó el notario, un hombre amante de la buena vida, seboso y pálido, barrigón y ceñido dentro de su traje nuevo de cazador comprado en Rouen la semana anterior.
       —Bueno, pues por allí, por los valles. Ojearemos las perdices hacia la llanura y allí caeremos sobre ellas.
       Hautot padre se levantó. Los demás lo imitaron, cogieron sus escopetas, apoyadas en los rincones de las paredes, las examinaron, golpearon el suelo con los pies para afirmarse en las botas algo duras, no suavizadas aún por el calor de la sangre, y salieron. Los perros, alzándose sobre las patas traseras y tirando de las cadenas, aullaron, batiendo el aire con sus patas delanteras.
       Todos se pusieron en camino hacia el Puysatier, un pequeño valle o, mejor dicho, una gran ondulación de tierras de mala calidad, por esta razón sin cultivar, surcadas de barrancos, cubiertas de helechos, excelente reserva de caza.
       Los cazadores se desplegaron, Hautot padre hacia la derecha, Hautot hijo hacia la izquierda y los dos invitados en el centro. El guarda y los portadores de los morrales los seguían. Era el instante solemne en que se espera el primer tiro, en que el corazón late un poco más de prisa, mientras el dedo nervioso palpa constantemente los gatillos.
       ¡De repente se oyó el primer tiro! Hautot padre había disparado. Todos se pararon y vieron una perdiz que, despegándose de una bandada que huía a todo volar, caía en un barranco en medio de la maleza espesa. El cazador excitado echó a correr, saltando por encima de las zarzas, arrancando las que le impedían avanzar, y desapareció en la espesura, en busca de la pieza.
       Casi inmediatamente sonó un segundo tiro.
       —¡Ah, ah, qué pillo! —gritó el señor Bermont—. Seguro que ha descubierto una liebre por ahí abajo.
       Todos esperaban con los ojos puestos en aquel montón de ramas impenetrables a la mirada.
       El notario, sirviéndose de sus manos a modo de bocina, gritó:
       —¿Las ha cogido?
       Hautot padre no contestó; entonces César, volviéndose hacia el guarda, le dijo:
       —Vete a ayudarle, José. Nosotros nos quedamos en línea y esperaremos.
       José, un tronco viejo de hombre seco, sarmentoso, que tenía las articulaciones llenas de bultos, echó a andar con un paso tranquilo y bajó por el barranco, buscando los boquetes practicables con precauciones de zorro. Inmediatamente gritó:
       —¡Vengan, vengan, ha ocurrido una desgracia!
       Todos acudieron y se metieron entre las zarzas. Hautot padre, caído de costado, desvanecido, se agarraba con las manos la barriga; a través de la chaqueta de tela desgarrada por el plomo, corrían unos hilillos de sangre sobre la  hierba. Al soltar la escopeta para coger la perdiz muerta al alcance de su mano, había dejado caer el arma, y el segundo tiro, disparándose con el golpe, le había destrozado las entrañas. Lo sacaron de la zanja, lo desnudaron y dejaron al descubierto una herida horrorosa por donde se le salían los intestinos. Entonces, después de agarrotarle la herida como buenamente pudieron, lo llevaron a su casa y esperaron la llegada del médico, avisado en seguida, y de un sacerdote.
       Cuando el médico llegó, meneó gravemente la cabeza y, volviéndose hacia Hautot hijo, que sollozaba sentado en una silla, dijo:
       —Muchacho, esto no tiene buen aspecto.
       Pero cuando el médico terminó la cura, el herido movió los dedos, abrió la boca, después los ojos, y, mirando ante sí con una mirada turbia y huraña, pareció rebuscar algo en la memoria, recordar, comprender al fin, y murmuró:
       —¡Por vida de Dios! Esto se acaba.
       El médico le tenía cogida la mano.
       —No, no, unos días de descanso solamente, no será nada.
       Hautot continuó:
       —¡Esto se acaba! ¡Tengo rajada la barriga! Lo sé muy bien. —Y de repente dijo—: Quiero hablar con mi hijo, si me da tiempo.
       Hautot hijo, a pesar suyo, lloriqueaba y repetía como un niño pequeño:
       —¡Papá, papá, pobre papá!
       Pero el padre le cortó con un tono más firme:
       —Venga, no llores más, no es el momento oportuno. Tengo que hablarte. Ponte aquí, cerca de mí; terminaré en seguida y me quedaré más tranquilo. Los demás, por favor, dejadnos un minuto.
       Todos salieron, dejando al hijo y al padre frente a frente.
       En cuanto se quedaron solos, Hautot padre habló:
       —Escucha, hijo, tú tienes veinticuatro años, se te pueden decir las cosas. Además, lo que te voy a decir no es para tanto, aunque los hombres hagamos un misterio de ello. Sabes muy bien que tu madre murió hace siete años, ¿verdad?
       El hijo balbució:
       —Sí, es verdad.
       —Tu madre, pues, murió hace siete años y yo me quedé viudo. Pero un hombre como yo no está hecho para quedarse viudo a los treinta y siete años, ¿verdad?
       El hijo contestó:
       —Sí, es verdad.
       El padre, jadeante, muy pálido, con la cara crispada, continuó:
       —¡Dios mío, cuánto me duele! Pues bien, tú lo comprendes. El hombre no está hecho para vivir solo, pero yo no quería que nadie ocupara el lugar de tu madre, pues se lo había prometido. Entonces... ¿comprendes?
       —Sí, padre.
       —Entonces me eché una amiguita en Rouen, calle del Eperlan, 18, tercer piso, segunda puerta (te digo todo esto para que no lo olvides), pero una amiguita que ha sido muy buena conmigo, cariñosa, abnegada, una verdadera mujer, ¡vaya! ¿Te das cuenta, muchacho?
       —Sí, padre.
       —Así que si yo me voy de este mundo, tengo una deuda con ella, pero algo que de verdad pueda ayudarla realmente. ¿Comprendes?
       —Sí, padre.
       —Te aseguro que es una buena chica, sí, lo que se dice una buena chica, y que sin ti y sin el recuerdo de tu madre, y también sin la casa en que hemos vivido los tres, la hubiera traído aquí y me hubiera casado con ella, seguro... Escucha... escucha...hijo mío... yo hubiera podido hacer un testamento... ¡pero no lo hice! No quise hacerlo... pues ciertas cosas no se deben escribir... esas cosas... perjudican demasiado a los legítimos... y lo complican todo... ¡destrozan a todo el mundo! Sabes, el papel timbrado no es necesario: no lo uses nunca. Si yo soy rico es porque no lo utilicé en mi vida. ¿Comprendes, hijo mío?
       —Sí, padre.
       —Escucha todavía... Escucha bien... Así pues, no hice testamento... no quise hacerlo... Además, te conozco muy bien, tienes buen corazón, no eres roñoso, cicatero, vamos. Pensé que al final de mi vida te contaría las cosas y te pediría que no olvidases a la chica: Carolina Donet, calle del Eperlan, 18, tercer piso, segunda puerta, no lo olvides. Escúchame todavía. Vete inmediatamente, cuando yo me haya ido. Y arréglatelas para que no guarde un mal recuerdo de mi. Tienes con qué hacerlo. Puedes hacerlo, te dejo bastante... Escucha... Durante la semana no está en su casa. Trabaja en casa de la señora Moreau, calle Beauvoisine. Vete el jueves. Ese día, ella me espera. Es mi día, desde hace seis años. ¡Pobre chica, lo que va a llorar!... Te digo todo esto porque te conozco bien, hijo mío. Estas cosas no se deben contar en público, ni al notario, ni al cura. Se hacen, todo el mundo lo sabe, pero no se dicen, excepto en caso de necesidad. Así, nadie extraño en el secreto, nadie más que la familia, porque la familia es todos en uno. ¿Comprendes?
       —Sí, padre.
       —¿Lo prometes?
       —Sí, padre.
       —¿Lo juras?
       —Sí, padre.
       —Te lo ruego, te lo suplico, hijo, no lo olvides. Me interesa muchísimo.
       —No, padre.
       —Vete tú mismo. Quiero que te cerciores de todo.
       —Sí, padre.
       —Y ya verás... ya verás... lo que ella te explicará. Yo no puedo decirte más. ¿Me lo juras?
       —Sí, padre.
       —Está bien, hijo mío. Dame un beso. Adiós. Voy a palmar, estoy seguro. Diles que entren.
       Hautot hijo, sollozando, dio un beso a su padre y, dócilmente, abrió la puerta; apreció el sacerdote, de sobrepelliz blanca, con los santos óleos.
       Pero ya el moribundo había cerrado los ojos y se negó a volverlos a abrir, se negó a contestar, se negó a mostrar, incluso por señas, que comprendía lo que le decían.
       Había hablado bastante y no podía más. En ese momento, por otra parte, sentía una gran tranquilidad y quería morir en paz. ¡Qué necesidad tenía de confesarse con el delegado de Dios, puesto que acababa de confesarse con su hijo, que era de la familia!
       Fue sacramentado, purificado, absuelto, rodeado de sus amigos y de sus servidores arrodillados, sin que un solo movimiento de su cara revelara que vivía todavía.
       Murió hacia las doce de la noche, después de cuatro horas de convulsiones que indicaban sufrimientos atroces.

       El domingo había sido el día de la apertura de la caza y el martes lo enterraron. De vuelta a casa, después de haber llevado a su padre al cementerio, César Hautot se pasó el resto del día llorando. Apenas durmió la noche siguiente, y se sintió tan triste al despertar que no sabía cómo iba a poder seguir viviendo.
       Hasta la noche, sin embargo, estuvo pensando que, para cumplir la última voluntad paterna, debía ir a Rouen al día siguiente, y visitar a aquella muchacha, Carolina Donet, que vivía en la calle del Eperlan, 18, tercer piso, segunda puerta. En voz baja, como se murmura una oración, había repetido este nombre y esta dirección un número incalculable de veces, para no olvidarlos, y terminaba por balbucirlos indefinidamente, sin poder detenerse o pensar en cualquier otra cosa, de tanto como su lengua y su mente estaban poseídas por esta frase.
       Así pues, al día siguiente, hacia las ocho, mandó enganchar a Granodecebada al tílburi y salió al trote largo del pesado caballo normando por la carretera que va de Ainville a Rouen. Se había puesto la levita negra, el sombrero de seda y los pantalones de trabillas, pero, teniendo en cuenta las circunstancias, no había querido ponerse por encima del traje de vestir el buzón azul que se infla al viento, protege la tela del polvo y de las manchas y uno se quita precipitadamente al llegar, en cuanto salta del coche.
       César Hautot llegó a Rouen cuando estaban dando las diez, se detuvo como siempre en el hotel Bons—Enfants, calle de Tríos—Mares, soportó los abrazos del dueño, de la dueña y de sus cinco hijos, pues conocían ya la triste noticia, y no tuvo más remedio que dar toda clase de detalles sobre el accidente, cosa que le hizo llorar; también tuvo que rechazar los servicios de toda aquella gente, que se deshacía en atenciones porque lo sabían rico, e incluso rehusar comer con ellos, cosa que les ofendió.
       Después de quitarse el polvo del sombrero, de cepillarse la levita y de limpiarse los botines, salió en busca de la calle del Eperlan, sin atreverse a preguntar el camino, por miedo a que lo reconocieran y despertar sospechas.
       Al final, como no la encontraba, se dirigió a un sacerdote y, fiándose de la discreción profesional de los hombres de iglesia, le preguntó el camino.
       La calle no estaba a más de cien pasos de allí, era precisamente la segunda calle a la derecha.
       Entonces empezó a dudar. Hasta ese momento había obedecido ciegamente a la voluntad del muerto. Ahora se sentía completamente conmovido, confuso, humillado por la idea de verse él, el hijo, frente a aquella mujer que había sido la amante de su padre. Toda la moral que yace en nosotros, asentada en lo más hondo de nuestros sentimientos por siglos de enseñanza hereditaria, todo lo que había aprendido desde el catecismo sobre las criaturas de mala vida, el desprecio instintivo que todo hombre siente contra estas mujeres, aunque se case con una de ellas, toda su honradez cerril de campesino, todo eso se agitaba en él, lo retenía, lo avergonzaba, lo sonrojaba.
       Pero pensó: «Se lo he prometido a padre. No puedo faltar a mi palabra». Entonces empujó la puerta entreabierta de la casa señalada con el número 18, descubrió una escalera sombría, subió tres pisos, pasó una puerta y delante de la segunda tiró del cordel de la campanilla.
       El tintín que resonó en el cuarto vecino corrió como un estremecimiento por todo su cuerpo. La puerta se abrió y se encontró frente a una joven muy bien vestida. Una morena de tez lustrosa que lo miraba con unos ojos atónitos.
       El no sabía que decirle, y ella, que no sospechaba nada y que esperaba al otro, no lo invitaba a pasar. Así se contemplaron durante casi medio minuto.
       Al final ella preguntó:
       —¿Qué desea, señor?
       El murmuró:
       —Yo soy Hautot hijo.
       La joven se sobresaltó, se puso pálida y balbució como si lo conociera desde hacía mucho tiempo:
       —¿Don César?
       —Sí.
       —¿Y...?
       —Tengo que hablarle de parte de mi padre.
       Ella exclamó: «¡Oh, Dios mío!», y retrocedió para dejarle entrar. El cerró la puerta y la siguió.
       Entonces vio a un niño de cuatro o cinco años, que jugaba con un gato, sentado en el suelo delante de la cocina de donde salía el humo de las fuentes que estaban al calor de la lumbre.
       —Siéntese— dijo la joven.
       El se sentó.
       —Bueno, usted dirá.
       César Hautot no se atrevía a hablar. Tenía los ojos fijos en la mesa que había en medio de la habitación, preparada con tres cubiertos, uno de los cuales era de niño. Miraba la silla de espaldas al fuego, el plato, la servilleta, los vasos, la botella de vino tinto ya comenzada, la botella de vino blanco intacta. ¡Era el sitio de su padre, de espaldas al fuego! Lo esperaban. Lo que veía era su pan, junto al tenedor, sin corteza a causa de la mala dentadura de Hautot. Después, levantando la vista, vio su retrato en la pared, la fotografía grande que se había hecho en París el año de la Exposición, la misma que estaba colgada encima de la cama de su alcoba de Ainville.
       La joven volvió a decir:
       —Bueno, usted dirá, don César.
       El la miró. Se había puesto lívida de angustia y esperaba con las manos temblorosas de miedo.
       Entonces él se atrevió a hablar.
       —Pues bien, señorita, papá murió el domingo al inaugurar la caza.
       Ella se quedó tan consternada que ni siquiera se movió. Después de unos instantes  de silencio, murmuró con una voz casi imperceptible
       —¡Oh, no es posible!
       Y de repente las lagrimas asomaron a sus ojos; tapándose la cara con las manos prorrumpió en sollozos.
       Entonces el pequeño volvió la cabeza y al ver a su madre llorando empezó a chillar. Después, comprendiendo que la pena repentina de su madre era causada por aquel desconocido, se precipitó contra César, le cogió con una mano del pantalón y con la otra le golpeaba el muslo con toda su fuerza. César permanecía trastornado, enternecido, entre aquella mujer que lloraba por su padre y aquel niño que defendía a su madre. El mismo sentía que la emoción se apoderaba de él, que los ojos se le hinchaban de tristeza; entonces, para serenarse, se puso a hablar.
       —Sí —dijo—, la desgracia ocurrió el domingo por la mañana a eso de las ocho...
       Y contó el accidente, pensando que ella lo escuchaba, sin olvidarse de ningún detalle, mencionando las cosas más nimias con una minucia de campesino. El niño seguía golpeándole, dándole ahora patadas en las espinillas.
       Cuando llegó al momento en que Hautot padre había hablado de ella, la joven, al oír su nombre, se destapó la cara y preguntó:
       —Perdón, no me he enterado de nada. Me gustaría saber... si no le importaría volver a empezar.
       El volvió a empezar con las mismas palabras:
       —La desgracia ocurrió el domingo por la mañana a eso de las ocho...
       Y lo contó todo, extensamente, con pausas, con puntos, con reflexiones propias de vez en cuando. Ella lo escuchaba ávidamente, percibiendo con su sensibilidad nerviosa de mujer todas las peripecias que él contaba, estremeciéndose de horror, exclamando: «¡Oh, dios mío!» en alguna ocasión. El niño, creyéndola calmada, había dejado de darle patadas a César, y cogido de la mano de su madre escuchaba también como si hubiera comprendido.
       Cuando terminó el relato, Hautot hijo añadió:
       —Ahora, vamos a ponernos de acuerdo los dos según su deseo. Escuche, mi posición es desahogada, él me ha dejado suficientes bienes. Yo no quiero que usted tenga quejas...
       Pero ella lo interrumpió con viveza:
       —¡Oh, don César, don César, hoy no! Tengo el corazón deshecho... Otra vez, otro día... No, hoy no. Si yo acepto, mire... no es por mí... no, no, no, se lo juro. Es por el pequeño. Le pondremos esos bienes a su nombre.
       Entonces César, espantado, adivinó todo y, balbuciendo, dijo:
       —Así que... ¿es de él... el pequeño?
       —Pues claro —dijo la joven.
       Y Hautot hijo miró a su hermano con una emoción confusa, fuerte y penosa.
       Después de un largo silencio, pues ella había empezado a llorar otra vez, César, bastante embarazado, prosiguió:
       —Entonces, señorita Donet, voy a irme. ¿Cuándo quiere usted que hablemos de ello?
       La señorita Donet exclamó:
       —¡Oh, no, no se vaya, no se vaya, no me deje sola con Emilio! Me moriría de tristeza. No tengo a nadie, a nadie más que a mi niño. ¡Oh, qué desgracia, qué desgracia, don César! Siéntese. Hábleme más. Dígame lo que hacía él allí toda la semana.
       César entonces tomó asiento, acostumbrado como estaba a obedecer.
       Ella se acercó otra silla junto a él, delante de la cocina, donde las fuentes seguían calentándose al fuego, cogió a Emilio en su regazo y preguntó a César mil cosas sobre su padre, cosas íntimas por las que se veía, por las que se percibía sin razonar que aquella chica había querido a Hautot con todo su pobre corazón de mujer.
       Por el encadenamiento natural de sus ideas, poco numerosas, César volvió otra vez al momento del accidente y se puso a contarlo de nuevo con los mismos detalles.
       Cuando dijo: «Tenía un agujero en la barriga en el que se hubieran podido meter los dos puños», ella lanzó una especie de grito y de nuevo las lágrimas brotaron de sus ojos. Entonces, por contagio, César se puso a llorar también, y como las lágrimas enternecen siempre las fibras del corazón, se inclinó sobre Emilio, cuya frente estaba al alcance de su boca, y le dio un beso.
       La madre, recuperando la respiración, murmuraba:
       —Pobrecillo, se ha quedado huérfano.
       —Yo también —dijo César.
       Y no volvieron a hablar.
       Pero de repente, el instinto práctico de ama de casa, acostumbrada a pensar en todo, se despertó en la mujer.
       —A lo mejor no ha tomado nada en toda la mañana, don César.
       —No, señorita.
       —Tendrá usted hambre. Le voy a preparar algo.
       —Gracias —dijo él—, no tengo ganas, estoy demasiado afligido.
       Ella contestó:
       —¡A pesar de la pena, hay que vivir, no me lo rehusará usted! Además, así se quedará más tiempo. Cuando se marche usted, no sé lo que será de mí.
       César Hautot cedió, después de cierta resistencia, y, sentándose de espaladas al fuego, frente a ella, comió un  plato de callos recién retirados del fogón y bebió un vaso de vino tinto. Pero no permitió que ella descorchara la botella de vino blanco.
       Varias veces le limpió la boca al niño, que se había manchado de salsa toda la barbilla.
       Cuando se levantó para marcharse, preguntó:
       —¿Cuándo quiere usted que vuelva para hablar del asunto, señorita Donet?
       —Si no le importa, el jueves que viene, don César. Así no perderé tiempo. Estoy libre todos los jueves.
       —De acuerdo. Entonces, hasta el jueves que viene.
       —Vendrá a almorzar, ¿verdad?
       —¡Oh, eso no puedo prometérselo!
       —Es porque se charla mejor comiendo. Y tendremos más tiempo también.
       —Bueno, está bien. A las doce entonces.
       Y se marchó después de haberle dado un beso a Emilito y un apretón de manos a la señorita Donet.

       A César Hautot se le hizo muy larga la semana. Nunca se había visto solo, y la soledad le parecía insoportable. Hasta entonces vivía al lado de su padre, como su sombra, le seguía por los campos, vigilaba la ejecución de sus órdenes, y cuando habían estado separados durante algún tiempo, volvía a encontrarlo a la hora de la cena. Después de cenar, pasaban las horas frente a frente, fumando en pipa, charlando de caballos, de vacas o de corderos; y el apretón de manos que se daban por la mañana parecía el intercambio de un cariño familiar y profundo.
       Ahora César estaba solo. Erraba por los campos labrados del otoño, esperando ver erguirse al final de una llanura la alta silueta gesticulante de su padre. Para matar el tiempo, iba a casa de los vecinos, contaba el accidente a todos los que no lo sabían todavía; en ocasiones lo repetía una y otra vez a los que ya conocían la noticia. Después, a falta de ocupaciones y de pensamientos, se sentaba al borde de un camino preguntándose si esta clase de vida iba a durar aún mucho tiempo.
       A menudo pensaba en la señorita Donet. Le había gustado. Le parecía que era como se debe ser, una chica dulce y buena, como había dicho su padre. Lo que se dice una buena chica, era con toda seguridad una buena chica. Estaba resuelto a hacer las cosas a lo grande y a darle dos mil francos de renta, asegurando el capital para el niño. Incluso experimentaba cierto placer con la idea de que iba a verla de nuevo el jueves siguiente y arreglarlo todo con ella. Por otra parte, la idea de aquel hermano, aquel monigote de cinco años que era el hijo de su padre, le inquietaba, le fastidiaba un poco y le excitaba al mismo tiempo. Era una especie de familia la que tenía en aquel chiquillo clandestino que nunca se apellidaría Hautot, una familia que podía tomar o dejar a su guisa, pero que le recordaba a su padre.
       Por eso, cuando se vio en el camino de Rouen, el jueves por la mañana, llevado por el trote sonoro de Granodecebada, sintió el corazón más ligero, más descansado, como todavía no lo había tenido desde su desgracia.
       Cuando entró en el piso de la señorita Donet, vio la mesa puesta como el jueves anterior, con la única diferencia de que al pan no le había quitado la corteza.
       Estrechó la mano de la joven, dio un beso a Emilio en las mejillas y se sentó, un poco como en su casa, aunque, al fin y al cabo, con el corazón afligido. A Hautot hijo le pareció que la señorita Donet había adelgazado y que estaba más pálida. Había debido de llorar enormemente. Ahora se la veía como azorada ante él, como si hubiera comprendido lo que no había sentido la semana  anterior bajo el choque de la desgracia, y se deshacía en excesivos miramientos, con una humildad dolorosa y unas atenciones conmovedores como para pagarle en esmero y abnegación la bondad que tenía para con ella. Almorzaron pausadamente, hablando del asunto que lo llevaba allí. Ella no quería tanto dinero. Era mucho, demasiado. Ella ganaba lo bastante para vivir, solamente deseaba que Emilio tuviera algún dinero para cuando fuera mayor. César insistió y le hizo además un regalo de mil francos para ella, para el luto.
       Cuando acabo de tomarse el café, ella le preguntó:
       —¿Fuma usted?
       —Sí... Tengo la pipa.
       Se palpó el bolsillo. ¡Vaya por Dios, la había olvidado! César iba a lamentarse cuando ella le ofreció una pipa de su padre que guardaba en el armario. La aceptó, la cogió, la reconoció, la olió, alabó su calidad con cierta emoción en la voz, la llenó de tabaco y la encendió. Después puso a Emilio a caballo sobre su pierna y le hizo jugar al jinete, mientras que ella quitaba la mesa y metía, en la parte baja del aparador, los cacharros sucios para fregarlos cuando él se hubiera marchado.
       Hacia las tres, César se levantó a disgusto, fastidiado por la idea de tener que marcharse.
       —Bueno, señorita Donet —dijo—, muy buenas tardes y encantado de haberla visto otra vez.
       Ella se quedó ante él, colorada, muy emocionada, mirándole mientras pensaba en el otro.
       —¿No nos volveremos a ver? —dijo—
       El contestó sencillamente:
       —Claro que sí, señorita, si usted quiere.
       —Ciertamente, don César. Entonces, hasta el jueves próximo, ¿le parece bien?
       —Sí, señorita Donet.
       —Viene a comer, ¿verdad?
       —Pues... si usted lo desea, yo no rehuso.
       —De acuerdo, don César, el jueves próximo a las doce, como hoy.
       —¡El jueves a las doce, señorita Donet!



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