Guy de Maupassant
(Tourville-sur-Arques, Francia, 1850 - Passy, París, 1893)


El Horla (1886)
(“Le Horla”)
Originalmente publicado en el periódico Gil Blas (26 de octubre de 1886);
Le Horla
(París: Paul Ollendorff, 1887, 354 págs.)


      8 de mayo. ¡Qué espléndido día! Me he pasado toda la mañana tumbado en la hierba, delante de mi casa, bajo el enorme plátano que la cubre, la abriga y le da sombra por completo. Me gusta este lugar, y me gusta vivir en él porque aquí tengo mis raíces, esas raíces profundas y delicadas que vinculan a una persona a la tierra en que han nacido y muerto sus antepasados, que la vinculan a lo que allí se piensa y se come, tanto a las costumbres como a los alimentos, a los giros locales, a las inflexiones de los campesinos, a los olores de la tierra, de las ciudades y del mismo aire.
       Me gusta mi casa donde yo crecí. Desde mis ventanas, veo correr el Sena a lo largo de mi jardín, detrás de la carretera, casi por dentro de casa, el Sena grande y anchuroso, que va de Ruán a Le Havre, cubierto de barcos que pasan.
       A la izquierda, al fondo, Ruán, la vasta ciudad de tejados azules, bajo la multitud puntiaguda de campanarios góticos. Éstos son innumerables, anchos o estrechos, dominados por la aguja de hierro colado de la catedral, y llenos de campanas que suenan en el aire azul de las hermosas mañanas, haciendo llegar hasta mí su dulce y lejano tañido de hierro, su canto broncíneo que me trae la brisa, unas veces más fuerte y otras más debilitado, según que se desencadene o amaine.
       ¡Qué bonita mañana hacía!
       Hacia las once, desfiló por delante de mi verja un largo tren de navíos, arrastrados por un remolcador, del tamaño de un bateau-mouche, que gruñía por el esfuerzo mientras vomitaba un denso humo.
       Detrás de dos goletas inglesas, cuyo pabellón rojo ondeaba en el cielo, venía un magnífico buque de tres palos brasileño, todo blanco, admirablemente limpio y reluciente. Le hice un saludo, no sé por qué, de tanto como me gustó verlo.

       12 de mayo. Desde hace unos días tengo unas décimas de fiebre; no me siento bien, o mejor dicho, me siento triste.
       Pero ¿de dónde vienen estas influencias misteriosas que mudan nuestra felicidad en desaliento y nuestra confianza en desesperación? Se diría que el aire invisible está lleno de Potencias incognoscibles cuya misteriosa proximidad acusamos. Me despierto lleno de alegría, con ganas de cantar. ¿Por qué? Sigo el curso del agua; y de repente, tras un corto paseo, vuelvo afligido como si en casa me esperase una desgracia. ¿Por qué? ¿Acaso un escalofrío, al rozarme la piel, me ha alterado los nervios y entristecido el alma? ¿Acaso es la forma de las nubes, o el color de la luz, el color de las cosas, tan variable, que, al pasar a través de mis ojos, me ha turbado la mente? ¡Quién sabe! ¿Acaso todo cuanto nos rodea, todo cuanto vemos sin mirar, todo cuanto rozamos sin conocerlo, todo cuanto tocamos sin palparlo, todo cuanto encontramos sin distinguirlo, produce en nosotros, en nuestros órganos y en nuestras ideas, incluso en nuestro corazón, efectos inmediatos, sorprendentes e inexplicables?
       ¡Qué profundo el misterio de lo Invisible! No conseguimos verlo con nuestros pobres sentidos, con nuestros ojos que son incapaces de percibir lo demasiado pequeño, lo demasiado grande, lo demasiado próximo o lo demasiado lejano, los habitantes de una estrella, ni tampoco los de una gota de agua…, con nuestros oídos engañosos, pues nos transmiten las vibraciones del aire en notas sonoras. ¡Son como hadas que obran el milagro de trocar en ruido ese movimiento y mediante esta metamorfosis dan nacimiento a la música, que torna cantarina la muda agitación de la naturaleza…, con nuestro olfato, más débil que el del perro… con nuestro gusto, que apenas si puede discernir la edad de un vino!
       ¡Ah, si tuviéramos otros órganos que obrasen en nuestro favor otros milagros, cuántas cosas podríamos aún descubrir a nuestro alrededor!

       16 de mayo. ¡Estoy sin duda enfermo! ¡Me sentía tan bien el mes pasado! ¡Tengo fiebre, una fiebre terrible, o mejor dicho, un enervamiento febril que aflige tanto mi alma como mi cuerpo! Tengo de forma permanente esa sensación espantosa de un peligro amenazador, esa percepción de una desgracia o de la muerte próximas, ese presentimiento que es sin duda efecto de un mal todavía desconocido, que germina en la sangre y en la carne.

       18 de mayo. Acabo de ir a consultar a mi médico, pues no conseguía ya dormir. Me ha encontrado el pulso acelerado, las pupilas dilatadas, los nervios alterados, pero ningún síntoma preocupante. Tendré que tomar duchas y beber bromuro de potasio.

       25 de mayo. ¡Ningún cambio! Mi estado es en verdad extraño. A medida que se acerca la noche, me invade una inquietud incomprensible, como si la noche escondiera para mí una amenaza terrible. Ceno deprisa, luego trato de leer; pero no comprendo las palabras; a duras penas si distingo las letras. Comienzo a pasear adelante y atrás por el salón, oprimido por un vago e invencible temor: el temor al sueño y a la cama.
       Hacia las diez subo a mi cuarto. Apenas entrar, doy una doble vuelta de llave, y echo el pestillo; tengo miedo…, ¿de qué?… No temía nada hasta ahora…, abro mis armarios, miro debajo de la cama; escucho…, escucho…, ¿el qué?… ¿No es extraño que un simple malestar, quizá un trastorno circulatorio, la irritación de una fibra nerviosa, una ligera congestión, una mínima perturbación en el funcionamiento tan imperfecto y delicado de nuestro mecanismo vital, puedan transformar en melancólico al hombre más alegre, en cobarde al más valiente? Luego me meto en la cama y espero el sueño, como si esperase al verdugo. Lo espero y tiemblo por su llegada, me palpita el corazón y me tiemblan las piernas; y todo mi cuerpo se sobresalta entre el calor de las sábanas, hasta que de repente me caigo de sueño, como si cayera para ahogarme dentro de un pozo de agua estancada. No lo siento llegar, como antes, a ese pérfido sueño, oculto cerca de mí, que me espía, que va a cogerme de la cabeza, a cerrarme los ojos, a aniquilarme.
       Duermo —bastante— dos o tres horas —luego sueño— no —una pesadilla me atenaza. Percibo perfectamente que estoy acostado y que duermo…, lo siento y lo sé…, y siento también que alguien se acerca a mí, me mira, me palpa, sube a mi cama, se arrodilla sobre mi pecho, me coge del cuello con sus manos y aprieta…, aprieta…, con todas sus fuerzas para estrangularme.
       ¡Me debato, presa de esa impotencia atroz que nos paraliza en los sueños; quiero gritar, pero no puedo; trato de moverme, pero no puedo; trato, con esfuerzos tremendos, jadeando, de darme la vuelta, de rechazar a ese ser que me aplasta y me ahoga, pero no puedo!
       De golpe me despierto, aterrado, sudoroso. Enciendo una vela. No hay nadie.
       Tras esta crisis, que se repite todas las noches, duermo por fin tranquilo hasta el amanecer.

       2 de junio. He empeorado. ¿Qué tengo, pues? El bromuro no me hace nada, ni tampoco las duchas. Hace un rato, para cansarme un poco, aunque estoy ya agotado, me he ido a dar una vuelta por el bosque de Roumare. Al principio me ha parecido que el aire fresco, suave y ligero, oloroso a hierbas y a hojas, me devolvía una sangre nueva a las venas, nueva energía al corazón. He tomado por una gran pista de caza, luego he torcido hacia La Bouille, por un sendero entre dos ejércitos de árboles altísimos que formaban una techumbre verde, tupida, casi negra, entre el cielo y yo.
       De repente me he sentido estremecer, no por el frío, sino por una extraña angustia.
       He apretado el paso, turbado por hallarme solo en el bosque, atemorizado, sin motivo y neciamente, por esa profunda soledad. De pronto me ha parecido que alguien me seguía, que alguien me pisaba los talones, cerca, tan cerca de mí que hubiera podido tocarme.
       Me he dado la vuelta bruscamente. No había nadie. Detrás de mí, no he visto más que la recta y ancha alameda, desierta, alta, temiblemente desierta; y del otro lado también se extendía hasta donde se perdía la vista, toda igual, aterradora.
       He cerrado los ojos. ¿Por qué? Y he empezado a girar sobre un talón, muy rápido, como una peonza. A punto he estado de caer; he abierto de nuevo los ojos; los árboles bailaban, la tierra flotaba; he tenido que sentarme. Y luego, ¡ay!, ¡ya no sabía por dónde había venido! ¡Extraña idea! ¡Extraña! ¡Extraña idea! No había manera de saberlo. He tomado hacia el lado de la derecha, y he vuelto a la alameda que me había llevado al interior del bosque.

       3 junio. La noche ha sido horrible. Voy a ausentarme por unas semanas. Un corto viaje, sin duda, hará que me restablezca.

      
       2 de julio. De vuelta en casa. Estoy curado. He hecho, por otra parte, una excursión encantadora. He visitado el monte Saint-Michel, que no conocía.
       ¡Qué vista, cuando llega uno, como yo, a Avranches, hacia el final del día! La ciudad está sobre una colina; y me llevaron al parque público, al fondo del casco antiguo. Solté un grito de asombro. Delante de mí se extendía hasta donde se pierde la vista una inmensa bahía, entre dos amplias costas que se perdían a lo lejos entre las brumas; y en medio de esa inmensa bahía amarilla, bajo un cielo de oro y de luz, se alzaba, entre la arena, un extraño monte oscuro y puntiagudo. El sol acababa de ponerse, y en el horizonte llameante aún se dibujaba el perfil de esa roca fantástica rematada en su cima por un monumento fantástico.
       Tan pronto como amaneció me fui hacia él. La mar estaba baja, como la noche antes, y veía alzarse delante de mí, a medida que me acercaba a ella, la sorprendente abadía. Tras varias horas de marcha, llegué al enorme bloque de piedras en que se asienta la pequeña ciudad dominada por su gran iglesia. Después de haber trepado la calle estrecha y muy empinada, entré en la más admirable morada gótica construida por Dios en la tierra, vasta como una ciudad, llena de salas bajas que parecen aplastadas por unas bóvedas y unas altas galerías que sostienen frágiles columnas. Entré en esa gigantesca joya de granito, ligera como un encaje, cubierta de torres, de esbeltos campaniles, por donde ascienden escaleras tortuosas, y que proyectan en el cielo azul del día, y en el cielo negro de la noche, sus extrañas cabezas erizadas de quimeras, de diablos, de animales fantásticos, de flores monstruosas, unidas entre sí por unos finos arcos labrados.
       Cuando estuve en lo alto, le dije al fraile que me acompañaba: “Padre, ¡qué bien debe de encontrarse aquí!”.
       Él me respondió: “Hace mucho viento, señor”; y nos pusimos a charlar mientras mirábamos cómo subía la marea, que se deslizaba por la arena y la cubría de una coraza de acero.
       Y el fraile me contó historias, todas las viejas historias del lugar, leyendas, siempre leyendas.
       Una de ellas me causó gran impresión. Afirma la gente del pueblo, los montañeses, que de noche se oye hablar en el arenal y balar a dos cabras, una con un timbre sonoro, la otra con uno débil. Dicen los incrédulos que se trata de gritos de las aves marinas, semejantes unas veces a balidos, otras a quejidos humanos; pero los pescadores que regresan a hora tardía juran haber encontrado, vagando por las dunas, entre una y otra marea, en torno a la pequeña ciudad construida fuera del mundo, a un viejo pastor con la cabeza siempre cubierta por su capote, que lleva tras de sí un cabrito con rostro de hombre y una cabra con rostro de mujer, ambos de largos cabellos blancos, que hablan sin descanso, discutiendo en una lengua desconocida, y que de repente dejan de gritar para ponerse a balar con todas sus fuerzas.
       Le pregunté al fraile: “¿Y usted se lo cree?”.
       Él murmuró: “No lo sé”.
       Yo proseguí: “Si de verdad existieran otros seres en la tierra, ¿cómo es posible que no los conozcamos desde hace mucho tiempo? ¿Es posible que no los hayamos visto ni usted ni yo?”.
       Respondió: “¿Acaso conseguimos ver la cienmilésima parte de lo que existe? Piense en el viento, la mayor fuerza de la naturaleza, que derriba a los hombres, abate los edificios, arranca de raíz los árboles, hace alzarse el mar en montañas de agua, destruye los acantilados, hace pedazos los barcos; el viento que mata, que silba, que gime, que ruge. ¿Acaso lo ha visto alguna vez?, ¿puede verlo? Y, sin embargo, existe”.
       Me callé ante aquel simple argumento. Aquel hombre era un sabio, o tal vez un necio. No habría sabido decirlo a ciencia cierta; pero me callé. Lo que él decía yo lo había pensado con frecuencia.

       3 de julio. He dormido mal, debido sin duda a una especie de calentura, pues mi cochero sufre del mismo mal que yo. Al volver ayer a casa, observé su singular palidez. Le pregunté:
       “¿Qué le pasa, Jean?”
       “No puedo descansar, señor, mis noches vuelven mis días horribles. Desde que el señor se fue, ha sido como un maleficio”.
       Los otros criados están bien sin embargo, pero yo tengo un gran miedo de que vuelva a cogerme.

       4 de julio. Decididamente, me ha cogido otra vez. Retornan las viejas pesadillas. Esta noche he sentido que alguien estaba echado sobre mí, y que, con su boca sobre la mía, me succionaba la vida entre los labios. Sí, me la succionaba en la garganta, como habría hecho una sanguijuela. Luego se ha levantado, ya saciado, y yo me he despertado tan postrado, hecho polvo, aniquilado, que ya no era capaz de moverme. Si esto dura unos pocos días más, me tendré que ir de nuevo.

       5 de julio. ¿He perdido la razón? ¡Lo que ha pasado, lo que he visto la noche pasada es tan extraño, que desbarro cuando pienso en ello!
       Como hago ahora cada noche, había cerrado mi puerta con llave; luego, como tenía sed, me tomé medio vaso de agua y observé por casualidad que mi botella estaba llena hasta el tapón de cristal.
       A continuación me acosté y caí en unos de mis sueños espantosos, del que me sacó al cabo de unas dos horas una sacudida más tremenda aún.
       Imaginaos a un hombre dormido que se ve asaltado en sueños y se despierta con un cuchillo clavado en los pulmones y que agoniza cubierto de sangre y no puede ya respirar, y va a morir, sin comprender nada. Ha sido algo así.
       Tras haber recobrado la razón, sentí sed de nuevo; encendí una vela y me fui hacia la mesa donde tenía la botella. La levanté inclinándola sobre mi vaso; no salió nada. ¡Estaba vacía! ¡Totalmente vacía! ¡Al principio, no entendí nada; luego, de repente, sentí una emoción tan terrible que tuve que sentarme, o más bien, me derrumbé sobre una silla! ¡Luego me enderecé de un salto para mirar a mi alrededor! ¡A continuación me volví a sentar, loco de asombro y de miedo delante del cristal transparente! Lo contemplé con la mirada fija, tratando de adivinar. ¡Me temblaban las manos! ¡Se habían bebido el agua! ¿Quién? ¿Yo? ¡Yo, sin duda! ¡No podía ser otro que yo! Entonces, era un sonámbulo, vivía, sin saberlo, esa doble vida misteriosa que hace dudar de si no hay dos seres en nosotros, o si un ser extraño, incognoscible e invisible, anima, a veces, cuando nuestro espíritu está amodorrado, nuestro cuerpo prisionero que obedece a este otro igual que a nosotros, e incluso más.
       ¿Quién podrá comprender mi espantosa angustia? ¿Quién podrá comprender la emoción de una persona sana de mente, totalmente despierta, en pleno uso de su razón, que mira aterrorizada, a través del cristal de la botella, un poco de agua desaparecida mientras dormía? Me quedé así hasta el amanecer, sin tener el valor de volver a la cama.

       6 de julio. Estoy enloqueciendo. Esta noche se han bebido de nuevo el agua de la botella, mejor dicho, me la he bebido.
       ¿Soy yo? ¿Yo? ¿O quién si no? ¡Dios mío! ¿Estoy enloqueciendo? ¿Quién me salvará?

       10 de julio. Acabo de hacer unas pruebas sorprendentes.
       ¡Estoy decididamente loco! ¡Y sin embargo!…
       El 6 de julio, antes de acostarme, puse sobre mi mesa vino, leche, agua, pan y unas fresas.
       Se bebieron, me bebí, toda el agua y un poco de leche. No tocaron ni el vino, ni el pan, ni las fresas.
       El 7 de julio repetí la misma prueba, que dio el mismo resultado.
       El 8 de julio suprimí el agua y la leche. No tocaron nada.
       El 9 de julio, finalmente, puse de nuevo únicamente sobre mi mesa agua y leche, procurando envolver las botellas con unas telas de muselina blanca y atar los tapones con un cordel. Luego me froté los labios, la barba, las manos con grafito y me acosté.
       Me dominó el mismo sueño invencible, seguido al cabo de poco del mismo atroz despertar. Yo no me había movido; mis sábanas no mostraban mancha alguna. Me fui hacia la mesa. Las telas que encerraban las botellas habían permanecido inmaculadas. Desaté los nudos, palpitando de miedo. ¡Se habían bebido toda el agua! ¡Se habían bebido toda la leche! ¡Ah! ¡Dios mío!…
       Partiré hoy mismo hacia París.

       12 de julio. París. ¡Había perdido la cabeza en los últimos días! Me he convertido en el juguete de mi fantasía sobreexcitada, o bien seré realmente un sonámbulo, habré sido víctima de esos influjos verificados, pero inexplicables por el momento, llamados sugestiones. En cualquier caso, mi enloquecimiento estaba llegando a la demencia, y veinticuatro horas en París han bastado para devolverme la seguridad en mí mismo.
       Ayer, después de ir de compras y de hacer unas visitas, que fueron como una bocanada de aire fresco y vivificador, acabé la velada en el Théâtre-Français. Representaban una obra de Alejandro Dumas hijo; y ese espíritu alerta y poderoso ha acabado de curarme. Ciertamente, la soledad es peligrosa para las inteligencias que trabajan. Necesitamos a nuestro alrededor hombres que piensen y que hablen. Cuando estamos solos largo tiempo, poblamos el vacío de fantasmas.
       He vuelto muy alegre por los bulevares al hotel. Iba pensando, no sin ironía, al rozarme con la multitud, en mis terrores, en mis suposiciones de la semana pasada, pues llegué a creer, sí, llegué a creer que un ser invisible habitaba bajo mi tejado. ¡Qué débil es nuestra cabeza y cómo se asusta, no tarda en extraviarse, tan pronto como nos impresiona un hecho cualquiera incomprensible!
       En vez de llegar a esta simple conclusión: “No comprendo por qué se me escapa la causa”, enseguida nos imaginamos unos misterios espantosos y unas potencias sobrenaturales.

       14 de julio. Fiesta de la República. Me he paseado por las calles. Los petardos y las banderas me divirtieron como a un niño. Sin embargo, es una gran necedad gozar a fecha fija, por decreto del Gobierno. El pueblo es un rebaño imbécil, unas veces estúpidamente paciente y otras ferozmente rebelde. Se le dice: “Diviértete”. Y él se divierte. Se le dice: “Vota por el Emperador”. Y vota por el Emperador. Luego se le dice: “Vota por la República”. Y vota por la República.
       Y no menos necios son quienes lo dirigen; pero en vez de obedecer a unos hombres, lo hacen a unos principios, los cuales no pueden ser sino estúpidos, estériles y falsos, por el hecho mismo de ser principios, es decir, ideas reputadas como ciertas e inmutables, en este mundo en que no se está seguro de nada, pues la luz es una ilusión, así como también el ruido.

       16 de julio. Ayer vi cosas que me perturbaron mucho.
       Cené en casa de una prima mía, la señora Sablé, cuyo marido está al mando del 76.º de Cazadores en Limoges. Me encontraba yo en su casa con unas jóvenes, una de las cuales está casada con un médico, el doctor Parent, especializado en enfermedades nerviosas y que se interesa por las manifestaciones extraordinarias a las que dan lugar actualmente las experiencias sobre la hipnosis y la sugestión.
       Durante un buen rato nos estuvo contando los prodigiosos resultados obtenidos por unos sabios ingleses y por los médicos de la escuela de Nancy
[en la escuela de Nancy, fundada en 1866, los médicos se oponían, en la definición y en la práctica, al hipnotismo].
       Se refirió a unos hechos que me parecieron tan extraños que le confesé mi absoluta incredulidad.
       “Estamos —afirmaba— a punto de descubrir uno de los más importantes secretos de la naturaleza, quiero decir, uno de sus secretos más importantes en esta tierra, porque ciertamente habrá otros igual de importantes en los cielos, en las estrellas. Desde que el hombre piensa, desde que consigue expresar y escribir su pensamiento, se siente rozar por un misterio que sus groseros e imperfectos sentidos no consiguen penetrar, por lo que trata de suplir la impotencia de sus órganos mediante los esfuerzos de su inteligencia. Cuando esta inteligencia permanecía aún en estado rudimentario, la obsesión por los fenómenos invisibles adquirió formas estúpidamente espantosas. Ellas dieron origen a las creencias populares en lo sobrenatural, a las leyendas de los espíritus que merodean en torno a nosotros, de las hadas, de los gnomos, de los fantasmas y también a la leyenda de Dios, porque nuestra concepción del Sumo Hacedor, provenga de la religión que provenga, es la invención más mediocre, más estúpida e inadmisible nacida del cerebro asustado de los seres humanos. No hay nada más cierto que esta frase de Voltaire: “Dios hizo al hombre a su imagen y semejanza, pero el hombre le ha pagado con la misma moneda”.
       ”Y he aquí que, desde hace poco más de un siglo, parece que se presenta el acontecimiento de algo nuevo. Mesmer y algunos otros nos han situado en un camino impredecible y, sobre todo desde hace cuatro o cinco años, hemos logrado unos resultados extraordinarios”.
       Mi prima, también ella muy incrédula, se sonreía. El doctor Parent le dijo: “¿Quiere que trate de dormirla, señora?”.
       “Sí, no tengo inconveniente.”
       Ella se sentó en un sillón y él se puso a mirarla fijamente fascinándola. Yo me sentí de repente un tanto turbado, con el corazón palpitándome y un nudo en la garganta. Veía entornarse los ojos de la señora Sablé, crisparse su boca y jadear su pecho.
       Al cabo de diez minutos, estaba dormida.
       “Póngase detrás de ella”, dijo el médico.
       Y yo me senté detrás de ella. Le puso en las manos una tarjeta de visita diciéndole: “Esto es un espejo; ¿qué ve en él?”.
       Ella respondió:
       “Veo a mi primo”.
       “¿Qué está haciendo?”
       “Retorcerse el bigote.”
       “¿Y ahora?”
       “Se saca una fotografía del bolsillo.”
       “¿Qué fotografía es ésa?”
       “Un retrato suyo.”
       ¡Era cierto! Y esa fotografía acababa de serme entregada, esa misma tarde, en el hotel.
       “¿Cómo está en ese retrato?”
       “De pie, con el sombrero en la mano.”
       Así pues, veía en esa tarjeta, en esa cartulina blanca, como hubiera visto en un espejo.
       Las jóvenes, espantadas, decían: “¡Ya basta! ¡Ya basta! ¡Ya basta!”.
       Pero el doctor ordenó: “Se levantará usted mañana a las ocho; luego irá a ver a su primo al hotel, y le suplicará que le preste cinco mil francos que le ha pedido su marido y que él le reclamará en su próximo viaje”.
       Luego la despertó.
       Mientras volvía al hotel, me puse a pensar en esa curiosa sesión y me asaltaron dudas, no sobre la absoluta, la incuestionable buena fe de mi prima, a la que conocía como a una hermana desde mi infancia, sino sobre una posible superchería del doctor. ¿No disimularía en su mano un espejo que mostraba a la joven dormida, al mismo tiempo que su tarjeta de visita?
       Volví, pues, y me acosté.
       Ahora bien, esa mañana, hacia las ocho y media, mi ayuda de cámara me despertó y me dijo:
       “Es la señora Sablé, quien pide hablar enseguida con el señor”.
       Me vestí a toda prisa y la recibí.
       Ella se sentó muy alterada, con los ojos gachos, y, sin levantarse el velo, me dijo:
       “Querido primo, tengo que pedirle un gran favor”.
       “¿Cuál, prima?”
       “Me incomoda mucho decírselo, pero tengo que hacerlo. Necesito, imperiosamente, cinco mil francos.”
       “Pero ¡cómo! ¿Usted?”
       “Sí, yo, o mejor dicho, mi marido, que me ha encargado que viniera a verle.”
       Yo estaba tan estupefacto que balbuceé mis respuestas. Me preguntaba si realmente no se estaba burlando de mí en complicidad con el doctor Parent, si no era aquello una simple broma preparada de antemano y muy bien representada.
       Pero, al mirarla con atención, se disiparon todas mis dudas. Ella temblaba de angustia, tan dolorosa le resultaba la gestión, y comprendí que estaba a punto de ponerse a sollozar.
       Yo sabía que era muy rica y proseguí:
       “Pero ¡cómo! ¡Su marido no puede disponer de cinco mil francos! Vamos, reflexione. ¿Está segura de que le ha encargado que me los pida a mí?”.
       Ella dudó unos segundos como si hubiera hecho un gran esfuerzo por buscar en su memoria, luego respondió:
       “Sí…, sí…, estoy segura”.
       “¿Le ha escrito?”
       Ella dudó de nuevo, reflexionando. Intuí el esfuerzo torturador de su pensamiento. No lo sabía. Lo único que sabía era que tenía que pedirme prestados cinco mil francos para su marido. Así pues, se atrevió a mentir.
       “Sí, me ha escrito.”
       “¿Cuándo? Ayer no me dijo nada de ello.”
       “He recibido una carta esta mañana.”
       “¿Puede enseñármela?”
       “No…, no…, no…, contenía cosas íntimas…, demasiado personales…, la he…, la he quemado.”
       “Entonces, es que su marido tiene deudas.”
       Ella dudó de nuevo, luego murmuró:
       “No lo sé”.
       Yo manifesté bruscamente:
       “Es que yo no puedo disponer de cinco mil francos en estos momentos, querida prima”.
       Ella lanzó una especie de grito de dolor.
       “¡Oh!, ¡oh!, se lo suplico, encuéntrelos…”
       ¡Se exaltaba, juntaba las manos en ademán de súplica! La oía cambiar de tono su voz; lloraba y farfullaba, acosada, dominada por la orden irresistible que había recibido.
       “¡Oh!, ¡oh!, se lo suplico…, si supiera cuánto sufro…, los necesito para hoy.”
       Sentí lástima de ella.
       “Los tendrá dentro de un rato, se lo juro.”
       Ella exclamó:
       “¡Oh!, ¡gracias, gracias! Qué bueno es usted”.
       Yo proseguí: “¿Recuerda lo que pasó ayer por la tarde en su casa?”.
       “Sí.”
       “¿Recuerda que el doctor Parent la durmió?”
       “Sí.”
       “Pues bien, le ordenó que viniera a pedirme prestados esta mañana cinco mil francos, y usted obedece en este momento a esa sugestión.”
       Ella reflexionó unos segundos y repuso:
       “Es mi marido quien los pide”.
       Durante una hora, traté de convencerla, pero sin conseguirlo.
       Cuando se hubo ido, corrí a casa del doctor. Él se disponía a salir, y me escuchó con una sonrisa. Luego dijo:
       “¿Está convencido ahora?”.
       “Sí, me rindo a la evidencia.”
       “Vayamos a casa de su pariente.”
       Ella dormitaba en una tumbona, derrengada de cansancio. El médico le tomó el pulso, la miró un rato, con una mano levantada hacia sus ojos que ella fue cerrando poco a poco ante el esfuerzo insostenible de esa potencia magnética.
       Una vez que ella estuvo dormida, dijo:
       “Su marido no necesita cinco mil francos. Olvidará, pues, que le ha rogado a su primo que se los preste, y, si él le habla de ellos, no entenderá nada”.
       Luego la despertó. Yo me saqué el billetero del bolsillo:
       “Aquí tiene, querida prima, lo que me pidió esta mañana”.
       Ella se quedó tan sorprendida que no me atreví a insistir. Traté, sin embargo, de refrescarle la memoria, pero negó con energía, creyó que me burlaba de ella, y poco faltó para que se ofendiese.

       ¡Heme aquí! Acabo de volver al hotel; y no he podido comer, de tanto como me ha trastornado esa experiencia.

       19 de julio. Muchas personas a las que les he contado esta aventura se han burlado de mí. Ya no sé qué pensar. El prudente dice: “Tal vez”.

       21 de julio. Fui a cenar a Bougival, luego he pasado la velada en el baile de los remeros. Decididamente, todo depende de los lugares y de los ambientes. Creer en lo sobrenatural, en la isla de la Grenouillère, sería el colmo de la locura…, pero ¿y en la cima del Mont Saint-Michel?…, ¿y en las Indias? Acusamos horriblemente la influencia de lo que nos rodea. Volveré a mi casa la próxima semana.

       30 de julio. Regresé a casa ayer. Todo va bien.

       2 de agosto. Nada nuevo; hace un tiempo magnífico. Paso mis días viendo correr el Sena.

       4 de agosto. Disputas entre mis criados. Afirman que, por la noche, se rompen los vasos en los armarios. El ayuda de cámara acusa a la cocinera, que a su vez acusa a la costurera, quien acusa a los otros dos. ¿Quién es el culpable? Felicidades a quien lo adivine.

       6 de agosto. Esta vez no estoy loco. ¡Pues he visto…, he visto…, he visto!… No puedo ya dudar… ¡He visto!… ¡Todavía me dura el frío hasta en las uñas…, todavía tengo el miedo hasta en los tuétanos…, pues he visto!…
       Me paseaba a las dos, a pleno sol, por mi arriate de rosales…, por la rosaleda de otoño que comienzan a florecer.
       Al pararme a contemplar un géant des batailles
[es decir, la variedad de laurel, también conocido como “comandante Barthélemy”, que da flores rojas perfumadas, a veces listadas de blanco], que tenía tres hermosísimas flores, ¡vi, vi claramente, muy cerca de mí, doblarse el tallo de una de estas rosas, como si una mano lo hubiera torcido, luego romperse como si esta mano hubiera cogido la flor! Luego ésta se elevó, siguiendo la curva que habría descrito un brazo al llevársela a la boca, y permaneció suspendida en el aire diáfano, totalmente sola, inmóvil, espantosa mancha roja a tres pasos de mis ojos.
       Fuera de mí, ¡me arrojé sobre ella para cogerla! Pero no encontré nada; había desaparecido. Entonces, me entró una ira furiosa contra mí mismo, pues no le está permitido a un hombre razonable y serio tener semejantes alucinaciones.
       Pero ¿era una alucinación? Me volví para buscar el tallo, y lo encontré de inmediato sobre el arbusto, acabado de romper, entre las otras dos rosas que habían quedado en la rama.
       Entonces, me volví a casa con la mente trastornada; pues estoy seguro, ahora, seguro como de la alternancia de los días y de las noches, de que existe cerca de mí un ser invisible, que se nutre de leche y de agua, que puede tocar las cosas, cogerlas y cambiarlas de sitio, dotado por consiguiente de una naturaleza material, aunque imperceptible para nuestros sentidos, y que habita, como yo, bajo mi techo…

       7 de agosto. He dormido tranquilo. Ha bebido agua de mi botella, pero no ha turbado mi sueño.
       Me pregunto si no estaré loco. Al pasear hace un rato a pleno sol a lo largo del río, me han entrado dudas sobre mi razón, no ya vagas dudas como las tenía hasta ahora, sino dudas concretas, absolutas. He visto locos; he conocido a algunos que seguían siendo inteligentes, lúcidos, incluso clarividentes respecto a todas las cosas de la vida, salvo en un punto. Hablaban de todo con lucidez, con soltura, con profundidad, y de repente su pensamiento, al topar con el escollo de su locura, se rompía contra él hecho pedazos, disgregándose y hundiéndose en ese océano espantoso y furioso, lleno de olas saltarinas, de brumas, de borrascas, llamado “demencia”.
       Me creería sin duda loco, totalmente loco, si no fuera consciente, si no conociera perfectamente mi estado, si no lo sondeara analizándolo con absoluta lucidez. En suma, no sería, pues, más que un alucinado razonador. Podría haberse producido en mi cerebro un desorden desconocido, uno de esos desórdenes que los fisiólogos tratan actualmente de descubrir y de esclarecer; y este desorden habría provocado en mi mente, en el orden y en la lógica de mis ideas, una grieta profunda. Fenómenos similares ocurren en los sueños, cuando nos movemos entre las más increíbles fantasmagorías sin sorprendernos, porque el aparato de verificación, porque el sentido del control está adormecido, mientras que la imaginación vela y trabaja. ¿No podría ser que una minúscula tecla de mi teclado cerebral se hubiera paralizado? Hay personas que, tras un accidente, pierden la memoria de los nombres propios, de los verbos o de los números, o sólo de las fechas. Hoy se ha demostrado la posición de cada una de las partículas del pensamiento. ¡No sería, por tanto, nada extraño que mi capacidad de comprobar la irrealidad de ciertas alucinaciones en este momento se viera paralizada en mí!
       Pensaba en todo esto mientras seguía la orilla del río. El sol cubría de luz el agua, volvía deliciosa la tierra, llenaba mi mirada de amor por la vida, por las golondrinas, cuya agilidad es una alegría para mis ojos, por la hierba de la orilla, cuyo estremecimiento es un motivo de felicidad para mis oídos.
       Poco a poco, sin embargo, me empezó a invadir un inexplicable malestar. Me parecía que una fuerza, una fuerza secreta me entorpecía, me paraba, me impedía seguir más lejos, me impulsaba a retroceder. Sentía esa necesidad dolorosa de volver a casa que nos oprime cuando se ha dejado allí a un enfermo querido y se tiene el presentimiento de que se ha agravado su mal.
       Así pues, he vuelto a pesar mío, convencido de que me encontraría, en mi casa, una mala noticia, una carta o un telegrama. No había nada de ello; y me he quedado más sorprendido y turbado que si hubiera tenido alguna otra fantástica visión.

       8 de agosto. Ayer pasé una velada horrible. Él ya no se muestra, pero presiento que se halla cerca, me espía, me mira, entra dentro de mí, me domina, más temible, al esconderse así, que si revelara su presencia invisible y permanente por medio de fenómenos sobrenaturales.
       A pesar de ello, he dormido.

       9 de agosto. Nada, pero tengo miedo.

       10 de agosto. Nada; ¿qué sucederá mañana?

       11 de agosto. Nada todavía; pero no puedo seguir en mi casa con este pensamiento y este temor que me han entrado en el alma. Partiré.

       12 de agosto, diez de la noche. Durante todo el día he tratado de irme, pero no he podido. Hubiera querido llevar a cabo ese gesto de libertad tan fácil y simple que es salir y subir a mi coche para ir a Ruán. Pero no he podido. ¿Por qué?

       13 de agosto. Cuando se padecen ciertas enfermedades parece que todos los resortes del ser físico se hayan roto, todas las energías anulado, todos los músculos aflojado, los huesos vueltos como carne y la carne licuado como agua. Siento esto en mi ser moral, de un modo extraño y desolador. No tengo ya ninguna fuerza ni valor, ni dominio de mí mismo, ni siquiera la capacidad de activar mi voluntad. No consigo ya querer; pero hay alguien que quiere por mí, y yo obedezco.

       14 de agosto. ¡Estoy perdido! ¡Alguien posee y gobierna mi alma! Alguien manda sobre todas mis acciones, todos mis movimientos, todos mis pensamientos. Yo no soy ya nada en mí mismo, salvo un espectador esclavo y aterrado de cuanto hago. Quiero salir pero no puedo. Él no quiere; y permanezco, espantado y tembloroso, en el sillón donde me obliga a estar sentado. Sólo quisiera levantarme, alzarme, para creer que sigo siendo dueño de mí mismo. Pero no lo consigo. Estoy como anclado en el sillón, y éste está pegado al suelo, de modo que ninguna fuerza podría levantarnos.
       Luego, de golpe, se impone en mí la necesidad de ir al fondo del huerto para coger unas pocas fresas y comérmelas. Voy. Cojo las fresas y me las como. ¡Oh! ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿Existe un Dios? ¡Si existe, que me libere, que me salve, que me socorra! ¡Perdón! ¡Piedad! ¡Clemencia! ¡Sálvame! ¡Qué sufrimiento! ¡Qué tormento! ¡Qué horror!

       15 de agosto. Ahora comprendo cómo estaba poseída, dominada, mi pobre prima, cuando vino a pedirme cinco mil francos prestados. Estaba poseída por una voluntad extraña que había entrado en ella, como otra alma, como otra alma parásita y dominadora. ¿Acaso se acerca el fin del mundo?
       Pero ¿quién es el que me gobierna a mí?, ¿quién es ese invisible, ese incognoscible, ese merodeador de una raza sobrenatural?
       ¡Por tanto los Invisibles existen! ¿Por qué, entonces, desde el principio del mundo no se habían manifestado todavía de forma concreta, como hacen conmigo? Nunca he leído nada parecido a lo sucedido en mi casa. ¡Oh!, si pudiera irme, si pudiera escapar y ya no volver. Estaría salvado. Pero no puedo.

       16 de agosto. Hoy he conseguido escapar durante un par de horas, como un prisionero que encuentra abierta por casualidad la puerta de su celda. De repente me he dado cuenta de que estaba liberado y que él se hallaba lejos. He ordenado que engancharan rápido y me he dirigido a Ruán. ¡Oh! ¡Qué alegría poder decirle a un hombre que obedece: “¡A Ruán!”!
       He mandado parar delante de la biblioteca y he pedido prestado el gran tratado del doctor Hermann Herestauss sobre los habitantes desconocidos del mundo antiguo y moderno.
       Luego, a la hora de volver a montar en mi cupé, ganas tenía de decir: “¡A la estación!” y he exclamado —no lo he dicho, sino exclamado— con una voz tan fuerte que los viandantes han vuelto la cabeza: “A casa”, y he caído, enloquecido de angustia, sobre el cojín de mi coche. Él me había vuelto a encontrar y se había enseñoreado de mí otra vez.

       17 de agosto. ¡Ah! ¡Qué noche! Y, sin embargo, me parece que debería alegrarme. ¡Me quedé leyendo hasta la una de la noche! Hermann Herestauss, doctor en filosofía y teogonía, ha escrito la historia y las manifestaciones de todos los seres invisibles que merodean en torno al hombre o son producto de su imaginación. Describe sus orígenes, su dominio, su poder. Pero ninguno de ellos se parece al que me acosa a mí. Se diría que el hombre, desde que piensa, ha presentido y temido un ser nuevo, más fuerte que él, su sucesor en este mundo, y que al sentirle cerca y no poder prever la naturaleza de este amo, ha creado, en su terror, todo el pueblo fantástico de los seres ocultos, fantasmas fruto del miedo.
       Así pues, tras haber leído hasta la una de la noche, fui a sentarme a continuación frente a mi ventana abierta para refrescar mi frente y mi pensamiento con el viento calmo de la oscuridad.
       ¡Hacía bueno, el aire era tibio! ¡Cómo me habría gustado una noche así en otro tiempo!
       No había luna. En lo alto del cielo negro las estrellas despedían unos centelleos estremecedores. ¿Quién habita esos mundos? ¿Qué formas, qué seres vivos, qué animales, qué plantas hay ahí? Quienes piensan, en esos universos lejanos, ¿qué saben más que nosotros? ¿Qué pueden más que nosotros? ¿Qué ven que nosotros no conozcamos en absoluto? Un día u otro, ¿acaso uno de ellos, atravesando el espacio, no aparecerá en la Tierra para conquistarla, como en los tiempos pasados los normandos atravesaban los mares para subyugar a los pueblos más débiles?
       ¡Somos tan débiles, tan inermes, ignorantes y pequeños, nosotros que vivimos en esta partícula de barro que gira disuelta en una gota de agua!
       Me amodorré fantaseando de este modo al fresco viento de la noche.
       Pues bien, después de haber dormido alrededor de cuarenta minutos, volví a abrir los ojos sin hacer un movimiento, despertado por no sé qué emoción confusa y extraña. Al principio no vi nada, luego, de repente, me pareció que una página del libro que había quedado abierta sobre mi mesa acababa de volverse sola. Por la ventana no había entrado soplo alguno de aire. Me quedé sorprendido y esperé. Al cabo de unos cuatro minutos, vi, sí, vi con mis propios ojos otra página levantarse y caer sobre la anterior, como si un dedo la hubiera pasado. Mi sillón estaba vacío, parecía vacío; pero comprendí que él estaba allí, sentado en mi lugar, y que leía. ¡De un salto furioso, de un salto de bestia enfurecida, que va a desgarrar a su domador, crucé mi habitación para atraparle, para alcanzarle, para matarle!… Pero mi asiento, antes de que yo lo hubiera alcanzado, fue derribado como si alguien hubiera huido delante de mí…, mi mesa se tambaleó, mi lámpara cayó y se apagó, y mi ventana se cerró como si un ladrón sorprendido se hubiera lanzado a la noche, cerrando tras de sí los postigos.
       ¡Así pues, había huido; él había tenido miedo, miedo de mí!
       ¡Entonces…, entonces…, mañana… o más tarde… el día que fuera, podría apresarle con mis manos y aplastarle contra el suelo! ¿No ocurre que los perros, a veces, muerden y estrangulan a sus amos?

       18 de agosto. He meditado durante todo el día. Sí, sí, voy a obedecerle, a seguir sus impulsos, haré todo lo que él quiera, seré humilde, sumiso, cobarde. Él es más fuerte. Pero llegará un momento en que…

       19 de agosto. ¡Lo sé…, lo sé…, lo sé todo! He aquí lo que acabo de leer en la Revue du Monde Scientifique: “Nos llega una noticia bastante curiosa de Río de Janeiro. Una locura, una epidemia de locura, comparable a las demencias contagiosas que afectaron a los pueblos de Europa en la Edad Media, hace estragos actualmente en la provincia de São Paulo. Los habitantes, espantados, dejan sus hogares, desertan de sus pueblos, abandonan sus cultivos, se dicen perseguidos, poseídos, gobernados como un ganado humano por unos seres invisibles aunque tangibles, especie de vampiros que se alimentan de su vida, durante su sueño, y que además beben agua y leche sin parecer tocar ningún otro alimento.
       ”El señor profesor don Pedro Henriquez, acompañado de varios sabios médicos, ha partido para la provincia de São Paulo, a fin de estudiar sobre el terreno los orígenes y las manifestaciones de esta sorprendente locura, y proponer al emperador las medidas que considere más oportunas para hacer recuperar la razón a estas poblaciones en estado de delirio”.
       ¡Ah! ¡Ah!, ¡me acuerdo del buque de tres palos brasileño que pasó por debajo de mis ventanas remontando el Sena el 8 de mayo último! ¡Me pareció tan bonito, tan blanco, tan alegre! ¡El Ser iba en él, venía de allí, donde nació su raza! ¡Me vio! Y vio mi casa, también blanca. Saltó del barco a la orilla. ¡Oh! ¡Dios mío!
       Ahora lo sé, comprendo. El reinado del hombre ha tocado a su fin.
       Ha llegado Aquel que temían los primeros terrores de los pueblos crédulos,Aquel que los inquietos sacerdotes exorcizaban, que los brujos evocaban en las noches oscuras sin verle aparecer todavía, Aquel a quien los presentimientos de los dueños y señores provisionales del mundo han atribuido las formas monstruosas o graciosas de los gnomos, de los elfos, de los genios, de las hadas, de los duendes. Tras las burdas concepciones del terror primitivo, hombres más sagaces lo han percibido con mayor lucidez. Mesmer lo había intuido, y, desde hace ya diez años, los médicos han descubierto con precisión la naturaleza de su poder antes incluso de que lo ejerciera. Se han divertido con el arma del nuevo Señor, el dominio de una misteriosa voluntad sobre el alma humana convertida en esclava. La han llamado magnetismo, hipnotismo, sugestión…, ¿qué sé yo? ¡Les he visto jugar como niños imprudentes con ese horrendo poder! ¡Ay de nosotros! ¡Ay del hombre! Ha llegado el… el… como se llame…, me parece que me está gritando su nombre y yo no lo comprendo…, el…, sí…, lo grita… Escucho…, no consigo…, repite… el Horla… Entendido… El Horla… es él… ¡El Horla… ha venido!…
       ¡Ah!, el buitre se ha comido a la paloma, el lobo se ha comido a la oveja; el león ha devorado al búfalo de afilados cuernos; el hombre ha matado al león con la flecha, con la espada, con el rifle. Ahora el Horla hará con el hombre lo que nosotros hemos hecho con el caballo y con el buey: algo suyo, su criado y su alimento, con el solo poder de su voluntad. ¡Ay de nosotros!
       Y, sin embargo, a veces el animal se rebela y mata a quien lo ha domado… ¡También yo quiero hacerlo…, podría…, pero debo conocerlo, tocarlo, verlo! Los científicos dicen que el ojo del animal, tan distinto del nuestro, no ve como nosotros… Así mi ojo no consigue distinguir al recién llegado que me oprime.
       ¿Por qué? ¡Ah!, ahora me acuerdo de las palabras del fraile de Mont Saint-Michel: “¿Acaso conseguimos ver la cienmilésima parte de lo que existe? Piense en el viento, la mayor fuerza de la naturaleza, que derriba a los hombres, abate los edificios, arranca de raíz los árboles, hace alzarse el mar en montañas de agua, destruye los acantilados, hace pedazos los grandes barcos; el viento que mata, que silba, que gime, que ruge. ¿Acaso lo ha visto alguna vez?, ¿puede verlo? Y, sin embargo, existe”.
       Seguía pensando: mi ojo es tan débil, tan imperfecto, que no consigue distinguir siquiera cuerpos duros cuando son transparente como el cristal. Basta con que un espejo sin azogue se interponga en mi camino para que yo me golpee contra él, como el pájaro que ha entrado en una habitación se rompe la cabeza contra el cristal. ¡Otras mil cosas engañan a la vista y la extravían! ¿Cómo asombrarse, pues, de que no consiga ver un cuerpo nuevo que la luz atraviesa?
       ¡Un ser nuevo! ¿Por qué no? ¡Sin duda tenía que venir! ¿Por qué íbamos a ser nosotros los últimos? ¿Que no conseguimos verlo, como a todos los demás seres creados antes que nosotros? Ello se debe a que su naturaleza es más perfecta, su cuerpo más sutil y evolucionado que el nuestro, el nuestro que es tan mediocre, tan torpemente concebido, lleno de órganos siempre fatigados, siempre forzados, como mecanismos demasiado complicados; el nuestro que vive como una planta y como un animal, nutriéndose a duras penas de aire, hierba y carne, máquina animal víctima de enfermedades, de deformaciones, de putrefacciones, que se ahoga, mal regulada, ingenua y extraña, ingeniosamente mal hecha, obra grosera y delicada, esbozo de un ser que podría volverse inteligente y magnífico.
       Desde la ostra hasta el hombre, somos pocos, muy pocos en este mundo. ¿Por qué no uno más, una vez cumplido el período que separa las apariciones sucesivas de todas las diversas especies?
       ¿Por qué no uno más? ¿Por qué no otros árboles de flores inmensas y lustrosas que aromaticen regiones enteras? ¿Por qué no otros elementos aparte del fuego, el aire, la tierra y el agua? ¡Son cuatro, nada más que cuatro, esos padres nutricios de los seres! ¡Qué lástima! ¡Porque no son cuarenta, cuatrocientos, cuatro mil! ¡Qué pobre, mezquino, miserable, es todo, dado con avaricia, inventado con mediocridad, hecho con pesadez! ¡Ah, el elefante, el hipopótamo, cuánta gracia tienen! ¡El camello, qué elegancia!
       Pero, diréis vosotros, ¡la mariposa! ¡Una flor que vuela! Yo he soñado con una que sería grande como cien universos, con unas alas de una belleza, un color y un movimiento indescriptibles. Pero la veo…, va de una estrella a otra, refrigerándolas y embalsamándolas con el leve y armonioso aire de su vuelo… ¡Y los pueblos de las alturas la miran pasar, extasiados y embelesados!…

……………………………………………………………………

      ¿Qué me pasa? ¡Es él, el Horla, que me atormenta y me hace pensar en estas locuras! Está dentro de mí, se está convirtiendo en mi espíritu. ¡Le mataré!

       19 de agosto. Le mataré. ¡Le he visto! Ayer por la noche me senté a mi mesa, fingiendo que escribía con una gran atención. ¡Sabía que vendría a merodear en torno a mí, muy cerca, tan cerca que quizá podría tocarle, apresarle! ¡Y entonces…!, entonces tendría la fuerza de los desesperados; tendría mis manos, mis rodillas, mi pecho, mi frente, mis dientes para estrangularle, aplastarle, morderle, desgarrarle.
       Y yo le acechaba con todos mis órganos sobreexcitados.
       Había encendido dos lámparas y las ocho velas de la chimenea, como si hubiera podido descubrirle con esa claridad.
       Enfrente de mí, mi cama, una vieja cama de roble con columnas; a la derecha, mi chimenea; a la izquierda, mi puerta cerrada con cuidado, tras haberla dejado largo rato abierta, a fin de atraerle; detrás de mí, un armario de luna altísimo, que cada día me servía para afeitarme y vestirme, y en el que tenía costumbre de mirarme, de pies a cabeza, cada vez que pasaba por delante.
       Así pues, aparentaba estar escribiendo, para engañarle, pues también él me estaba espiando; y de repente, sentí, estoy seguro, que leía por encima de mi hombro, que estaba allí, rozando mi oreja.
       Me incorporé, con las manos extendidas, dándome la vuelta tan rápido que a punto estuve de caer. Pues… se veía como en pleno día, ¡y no me vi en el espejo!… ¡Estaba vacío, luminoso, profundo, lleno de luz! ¡Mi imagen no estaba en él… y yo me hallaba delante! Veía la gran luna nítida de arriba abajo. Y la miraba con unos ojos de loco; y ya no me atrevía a avanzar, ya no me atrevía a hacer un movimiento, aunque sentía perfectamente que él estaba allí, pero que se me iba a escapar de nuevo, él cuyo cuerpo imperceptible había devorado mi reflejo.
       ¡Qué miedo pasé! Luego, de repente, comencé a percibirme en medio de una bruma, en el fondo del espejo, de una bruma como vista a través de una capa de agua; y me parecía que esta agua se desplazaba de izquierda a derecha, despacio, volviendo más precisa mi imagen segundo a segundo. Era como el final de un eclipse. Lo que me escondía no parecía tener perfiles claramente definidos, sino una especie de transparencia opaca, que se aclaraba poco a poco.
       Finalmente, pude distinguirme por completo, tal como lo hago cada día, al mirarme a la luz del día.
       ¡Le había visto! Me ha quedado el espanto, que todavía me hace estremecer.

       20 de agosto. Matarlo, pero ¿cómo? Puesto que no puedo apresarlo. ¿El veneno? Pero él me vería mezclarlo con agua; y ¿tendrían nuestros venenos, por otra parte, un efecto seguro sobre su cuerpo imperceptible? No…, no…, sin ninguna duda… Pues, ¿entonces?…, ¿entonces qué?…

       21 de agosto. He hecho venir a un cerrajero de Ruán, y le he mandado hacer para mi habitación unas persianas metálicas, como tienen en la planta baja algunas casas particulares en París, por temor a los ladrones. Me hará, además, una puerta similar. ¡He pasado por un cobarde, pero me importa un comino!…

……………………………………………………………………

       10 de septiembre. Ruán, hotel Continental. Está hecho…, está hecho…, pero ¿ha muerto? Tengo trastornado el espíritu por lo que he visto.
       Ayer, tras haber instalado el cerrajero la persiana y la puerta de hierro, lo dejé todo completamente abierto hasta medianoche, aunque comenzaba a hacer frío.
       De repente, sentí que estaba allí, y me dominó una alegría, una alegría loca. Me levanté lentamente, y estuve andando de un lado a otro largo rato para que él no intuyera nada; luego me quité los botines y me puse desganadamente las zapatillas; acto seguido cerré la ventana de hierro y, yendo tranquilamente hacia la puerta, cerré también la puerta con doble vuelta de llave. Tras volver entonces hacia la ventana, la fijé con un candado, guardándome la llave en el bolsillo.
       De pronto comprendí que se estaba agitando en torno a mí, que tenía miedo a su vez, que me ordenaba abrirle. A punto estuve de ceder; pero no lo hice, sino que, pegándome contra la puerta, la entreabrí lo justo para pasar yo andando hacia atrás; y como soy muy alto mi cabeza rozaba el dintel. Yo estaba seguro de que no se había podido escapar y lo encerré, totalmente solo, totalmente solo. ¡Qué alegría! ¡Le tenía cogido! Entonces, bajé corriendo; cogí en mi salón, que está debajo de mi habitación, mis dos lámparas y derramé todo el aceite sobre la alfombra, sobre los muebles, por todas partes; luego les prendí fuego, y me largué, tras haber cerrado bien, con doble vuelta, el portón de entrada.
       Y fui a esconderme al fondo de mi jardín, entre un macizo de laureles. ¡Qué largo se me hizo! ¡Pero qué largo! Todo estaba oscuro, mudo, inmóvil; ni un soplo de aire, ni una estrella, aborregamientos de nubes que no se veían pero que me pesaban en el alma mucho, muchísimo.
       Miraba mi casa, y esperaba. ¡Qué largo se me hizo! Ya creía que el fuego se había apagado solo, o que lo había apagado, Él, cuando una de las ventanas de abajo estalló ante el arreciar del incendio, y una llama, una gran llama roja y amarilla, larga, indolente, acariciante, subió por la blanca pared y la besó hasta el tejado. Se propagó un resplandor entre los árboles, entre las ramas, entre las hojas, y también un estremecimiento, un estremecimiento de miedo. Los pájaros se despertaban; un perro se puso a ladrar; ¡me pareció que empezaba a despuntar el día! Se iluminaron otras dos ventanas y vi que toda la planta baja de la casa se había convertido en un espantoso brasero. Pero un grito, un grito horrible, sobreagudo, desgarrador, un grito de mujer resonó en la noche, ¡y se abrieron dos buhardillas! ¡Me había olvidado de mis criados! ¡Vi sus caras enloquecidas, y sus brazos que se agitaban!…
       Entonces, loco de horror, me puse a correr hacia el pueblo dando gritos: “¡Socorro! ¡Auxilio! ¡Fuego! ¡Fuego!”. ¡Me encontré con gente que ya venía y me volví con ellos para ver!
       ¡La casa, ahora, no era más que una hoguera horrible y magnífica, una hoguera monstruosa, que iluminaba la tierra entera, una hoguera en la que ardían unos hombres, y donde también ardía Él, mi prisionero, el Ser nuevo, el nuevo señor, el Horla!
       De repente el tejado entero se hundió entre los muros, y un volcán de llamas brotó hasta el cielo. Por todas las ventanas que se abrían sobre aquel horno veía la pira de fuego, y pensaba que él estaba allí, dentro de aquel horno, muerto…
       ¿Muerto? ¿Era posible?… ¿Su cuerpo, el cuerpo que podía ser atravesado por la luz, podía destruirse con los medios que matan a los nuestros?
       ¿Y si no estaba muerto? Tal vez sólo el tiempo pueda algo contra este Ser Invisible y Temible. ¿Por qué ese cuerpo transparente, ese cuerpo incognoscible, ese cuerpo espiritual, habría de temer también él las enfermedades, las heridas, los achaques, un final prematuro?
       ¿Un final prematuro? De él nace todo el miedo del hombre. Después del hombre, el Horla. ¡Después de aquel que puede morir cada día, a cada hora, a cada momento, por cualquier accidente, ha llegado aquel que no morirá hasta que haya llegado su día, su hora y su momento, por haber tocado a su fin su existencia!
       ¡No…, no…, sin duda…, no ha muerto… Entonces, entonces… tendré que matarme yo!…




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