Guy de Maupassant
(Francia, 1850-1893)


Arrepentimiento

      El señor Saval acaba de levantarse. Llueve. Es un triste día de otoño; las hojas caen. Caen lentamente con la lluvia, formando también una lluvia más apretada y más lenta. El señor Saval no esta satisfecho. Va de la chi­menea a la ventana y de la ventana a la chimenea. La vida tiene días tris­tes, y para el señor Saval en adelante sólo tendrá días tristes, por que ha cumplido sesenta y dos años. Está so­lo, soltero, sin familia, sin nadie que se interese por él. ¡Es muy triste mo­rir aislado sin dejar un afecto profun­do!
      Piensa en su vida sin encantos y sin atractivos. Y recuerda en el pasa­do, en su niñez lejana, la casa pater­na, el colegio, las vacaciones, la Uni­versidad. Luego, la muerte de su pa­dre. Vive con su madre; viven los dos, el joven y la vieja, tranquilamente, sin desear nada. Pero la madre muere también. ¡Qué triste vida!
      Y el hijo queda solo. Envejece y morirá cualquier día. Desapareciendo él, todo habrá terminado; todo, ni rastro de Pablo Saval sobre la tierra. ¡Qué terrible cosa! Y otros vivirán, amarán, reinarán. Sí, habrá siempre quien se divierta, y él no se divierte nunca. Es raro que se pueda reir y estar alegre con la certeza de la muer­te. Si la muerte fuera sólo probable, aún habría esperanzas; pero no, es tan segura como la noche después del día.
      ¡Y aún si la vida tuviera encantos! Desde que nació no hizo nada. No tuvo aventuras, ni grandes goces, ni éxitos, ni satisfacciones de ninguna especie. Nada, no había hecho nada; su vida se redujo a levantarse, vestir­se, comer y acostarse; todo a horas fijas. Y así pasó en este mundo sesen­ta y dos años. Ni siquiera se había casado, como la mayor parte de los hombres. ¿Por qué? Sí, ¿por qué no se había casado? Pudo hacerlo, pues tenía bastante renta para mantener a una familia. ¿Tal vez no se le había presentado la ocasión?... Acaso. Pero se buscan las ocasiones. Era un poco negligente, abandonado... Eso fué la causa de todo: su daño, su defecto, su vicio. ¡Cuantas gentes malbaratan su vida por abandono! ¡Es tan difícil para ciertas naturalezas moverse, agi­tarse, hablar, insistir!

II

      Nadie le había querido. Ninguna mujer durmió sobre su pecho en completo abandono de amor. Desco­nocía las deliciosas angustias del que aguarda, el divino estremecimiento de una mano sintiendo la opresión de otra, el éxtasis de la pasión triunfan­te. ¡Qué dicha sobrehumana debe de inundar el corazón cuando los labios de dos bocas acarícianse por vez pri­mera, cuando cuatro brazos, opri­miéndose, forman de dos seres uno solo, un ser inmensamente feliz, un alma de dos almas, ansiosas la una de la otra!
      El señor Saval se había sentado junto a la chimenea, envuelto en su bata.
      Ciertamente su vida estaba frustrada, en absoluto frustrada. Sin embargo, una vez tuvo un amor: había querido a una mujer secretamente; dolorosamente y descuidadamente, como lo hacía todo. Sí, había querido a su amiga la señora de Sandres, mujer de un antiguo camarada. ¡Oh, si la hubiese conocido soltera! Pero la conoció tarde, cuando ya estaba casada. Él también se hubiera casado con aquella mujer que le inspiró amor desde el primer instante, y a la cual siempre quiso.
      Recordaba sus emociones de cada vez que la veía, sus tristezas de cuan­do se apartaba, las veces que no pudo en toda la noche descansar pensando en ella.
      Por la mañana sentíase menos apa­sionado que por la noche. ¿Qué mo­tivo habría?
      ¡Qué bonita, qué rubia, qué riza­da era en sus años floridos! Sandres no era el hombre que aquella mujer necesitaba. Sin embargo, a los cin­cuenta y ocho años ella parecía dichosa.
      ¡Oh, si le hubiera querido en otro tiempo!... ¡Si le hubiera querido! Y ¿quién sabe si le había querido?
      Si hubiese adivinado aquel amor profundo... Y ¿quién sabe si lo adi­vinó alguna vez? Y si lo adivinó, ¿qué pensaría entonces? Y si él ha­blara ¿qué hubiese contestado ella?
      Y Saval se hacía mil preguntas más, reviviendo su pasado, interesán­dose por buscar y recoger una por­ción de sucesos insignificantes.
      Recordaba las horas que pasaron en casa de Sandres, jugando a las car­tas, cuando la mujer era bonita y joven.
      Y recordaba cuantas palabras le había dicho ella y las entonaciones que usó para decírselas; recordaba las mudas sonrisas que significaron tantas cosas.
      Recordaba los paseos de los tres a la orilla del Sena, los almuerzos cam­pestres en domingo siempre, porque Sandres estaba empleado en la Sub­prefectura. Y de pronto le sorpren­dió la imagen clara de una hora pasa­da con ella en un bosque, junto al río.

III

      Habían salido por la mañana, llevando sus provisiones en paquetes. Era un día de primavera, uno de esos días en que hasta el aire embriaga. Todo estaba perfumado y brindando goces. Los pájaros cantaban mejor y volaban con más ligereza.
      Habían comido sobre la hierba y a la sombra de un sauce, cerca del agua adormecida por el sol. El aire tibio, impregnado en perfumes de savia, respirábase con delicia. ¡Qué dulzuras las de aquel día!
      Después de almorzar, Sandres se había dormido al pie de un árbol.
      —El mejor sueño de su vida —se­gún dijo cuando despertó.
      La señora de Sandres, del brazo de Saval, paseaba por la orilla del río. Apoyándose mucho en él, reía di­ciendo:
      —Estoy un poco mareada, bastan­te mareada.
      Saval, mirándola fijamente sentía estremecimientos y palpitaciones; pa­lidecía, temiendo que sus ojos se mostraran con exceso atrevidos, que un temblor de su mano revelara su secreto.
      Ella se había hecho una corona con flexibles tallos y con lirios de agua, y la preguntó:
      —¿Le gusto a usted así?
      Como él no contestó nada —no se le ocurrió nada que contestar, y que fácil hubiera sido caer a sus pies de rodillas—, ella soltó la risa casi burlo­na y despechada, gritándole:
      —¡Tonto, más que tonto! Hable usted al menos.
      Él estuvo a punto de llorar, sin que acudiera ni una sola palabra en su ayuda.
      Y todo esto lo recordaba como el primer día.
      ¿Por qué le había dicho ella: “Tonto, más que tonto: hable usted al menos”?
      Recordaba de qué modo, con cuánta dulzura le oprimía, apoyándo­se en él. Y al inclinarse para pasar por debajo de un árbol de ramas caídas, la oreja de la señora Sandres había rozado la mejilla del señor Saval, ¡su mejilla!, y él había retirado la ca­beza con un movimiento brusco para que no creyera ella deliberado aquel contacto.
      Cuando él dijo: “¿Le parece si es hora de que volvamos?", ella le lanzó una mirada singular. Cierto; le miró entonces de un modo extraño. De pronto no lo tomó en cuenta y al ca­bo de los años recordaba la escena minuciosamente.
      Ella le había dicho:
      —Como usted quiera; si está usted cansado ya, volveremos.
      Y él había contestado:
      —Yo no me fatigo, señora; pero es posible que Sandres haya despertado.
      Y ella replicó, encogiendose de hombros:
      —Si teme usted que haya despertado mi marido, es otra cosa; volvamos.
      Al volver ella silenciosa, ya no se apoyaba en el brazo de su amigo. ¿Por qué?
      Este “por qué” no había encontrado respuesta y era una preocupación constante. Al cabo de los años, el señor Saval creyó entrever algo que no había entendido nunca.
      Acaso ella...

IV

      Ruborizándose levantóse conmo­vido, emocionado, como si treinta años antes hubiera oído en labios de la señora Sandres un “¡te quiero!”.
      ¿Sería posible acaso? Esta sospe­cha que despertaba en su espíritu le torturó. ¿Era posible que a su tiempo no viese, no advirtiese nada?
      ¡Oh, si eso fuera cierto, si hallán­dose tan cerca de la dicha no hubiera sabido aprovecharla!
      Resolvióse. Le ahogaban las dudas Quería saber la verdad. ¡La verdad!
      Se vistió de prisa, de cualquier modo, pensando:
      “He cumplido sesenta y dos años; ella tiene cincuenta y ocho. Bien puedo permitirme la pregunta”. Y salió.
      La casa de Sandres estaba en la otra acera de la misma calle, casi frente a la casa de Saval.
      La criada mostró extrañeza de ver­le tan temprano.
      —¡Usted por aquí a estas horas, señor Saval! ¿Ha ocurrido algo?
      Saval contestó:
      —Nada, hija mía. Pero di a la señora que necesito hablar con ella lo antes posible.
      La muchacha se fue y Saval recorría el Salón con pasos nervio­sos. Sentíase decidido, resuelto en semejante ocasión. ¡Oh! Iba enton­ces a preguntarle aquello como le hubiera preguntado por una receta de cocina. ¡Tenía ya sesenta y dos años!
      Abrióse la puerta y entró la señora. Era una matrona muy abul­tada, con mejillas redondas y la risa fácil y sonora. Su gordura no le permitía fácilmente acercar los bra­zos al talle y los llevaba desnudos y salpicados de almíbar. Al entrar preguntó con inquietud:
      —¿Qué le ocurre a usted, amigo mío? ¿Está enfermo?
      Y él respondió:
      —No estoy enfermo, amiga y seño­ra; pero me escarabajea una duda, para mí de mucha importancia, que me oprime el corazón, y vengo a que usted me la resuelva. ¿Promete con­testarme con sinceridad?
      Ella sonrió, diciendo:
      —He sido siempre muy sincera. Pregunte.
      —Pues ahí va. Yo he vivido ena­morado, queriendo a usted siempre, desde que la ví por vez primera. ¿Usted lo sospechaba?
      Ella contestó, riendo, con algo de la ternura que impregnó en otro tiempo sus palabras:
      —¡Tonto, más que tonto! Lo supe desde el primer día.
      Saval, temblando, balbució:
      —¿Usted lo sabía, entonces...?
      Y se contuvo.
      Ella preguntó:
      —Entonces... ¿qué?
      Saval, decidiéndose, continuó:
      —¿Qué.., qué me hubiera contestado?
      Ella, riendo mucho, mientras una gota de almíbar se deslizaba por sus dedos, le díjo:
      —Como usted nada preguntó... ¡No era cosa de que yo me declara­se!
      Avanzando hacia ella Saval insistía:
      —Dígame, dígame... ¿Recuerda usted una tarde, cuando Sandres se durmió sobre la hierba, después de almorzar, y nos fuimos juntos, del brazo, lejos?...
      Detúvose. La señora no dejaba de reir, mirándole fijamente a los ojos.
      —¡Vaya si me acuerdo!
      Saval prosiguió, estremeciéndose:
      —Pues, bueno; si aquel día yo hu­biera sido..., yo hubiera sido... más osado..., ¿qué hubiera hecho usted?
      Ella, sonriendo como una mujer dichosa, que no tiene de qué arre­pentirse ni desea nada, respondió francamente, con voz clara y una punta de ironía:
      —Hubiera cedido seguramente.
      Y dejándole plantado volvió a la cocina.
      Saval salió a la calle aterrado como después de un desastre. Anda­ba como impulsado por un instinto en dirección al río, sin pensar adónde iba, mojándose, porque llovía mucho. Su traje chorreaba; su sombrero, deformado, parecía un canal. Y anda­ba sin descanso hasta llegar al sitio donde almorzaron aquella mañana. El recuerdo lejano le torturaba el corazón.
      Sentóse al pie de los árboles, desnudos ya de hojas, y lloró.



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