Guy de Maupassant
(Francia, 1850-1893)


El vengador (1883)
(“Le vengeur”)
Originalmente publicado en el periódico Le Gaulois (6 noviembre 1883)

      Cuando Antoine Leuíllet se casó con Mathilde, viuda de Souris, hacia ya diez años que estaba enamorado de ella.
       Souris había sido amigo suyo y compañero de colegio. Leuillet le apreciaba mucho, pero le encontraba un poco tonto. Solía decir: “Este pobre Souris no ha inventado la pólvora.”
       Cuando Souris se casó con la señorita Mathilde Duval, Leuillet se sintió sorprendido y algo molesto, pues estaba un poco encaprichado de ella. Era hija de una vecina, antigua mercera que se había retirado después de reunir una pequeña fortuna. Era bonita, fina, inteligente. Aceptó a Souris por su dinero.
       Entonces, Leuillet concibió otras esperanzas. Le hizo la corte a la mujer de su amigo. Tenía buena presencia, no era tonto y también era rico. Estaba seguro de su éxito, pero fracasó. Ello hizo que se enamorara completamente, y fue un enamorado a quien la amistad con el marido le hacia ser discreto, tímido, cohibido. La señora Souris creyó que ya no pensaba en ella de forma peligrosa y se convirtió en una buena amiga suya. Las cosas siguieron así nueve años.
       Una mañana, un recadero le llevó a Leuillet una nota desesperada de la pobre mujer. Souris acababa de morir súbitamente a consecuencia de un tumor.
       Recibió una impresión espantosa, pues eran de la misma edad, pero casi inmediatamente sintió una honda alegría, un alivio infinito, y le embargó una sensación de libertad. La señora Souris era libre ya.
       Supo mostrarse, no obstante, tan afligido como convenía, esperó el tiempo oportuno, observó todas las convenciones. Al cabo de quince meses, se casó con la viuda.
       Su acto pareció natural e incluso generoso. Era una acción propia de un buen amigo y de hombre honrado.
       Vivieron. en la más afectuosa intimidad, pues se habían comprendido y apreciado desde el primer momento. No tenían secretos el uno para el otro y se decían sus más íntimos pensamientos. Leuillet amaba a su mujer con un amor tranquilo y confiado; la amaba como a una compañera tierna y leal que es una igual y una confidente. Pero le quedaba en el alma un singular e inexplicable rencor contra el difunto Souris, que había sido el primero en poseer a aquella mujer, que había tenido la flor de su juventud y de su alma, que incluso la había despoetizado un poco. El recuerdo del marido muerto estropeaba la felicidad del marido vivo, y estos celos póstumos atormentaban día y noche a Leuillet. A menudo le hablaba largamente de Souris, le preguntaba mil detalles íntimos y secretos sobre él, Queriendo conocer a fondo sus costumbres y su forma de ser. Y le perseguía con burlas hasta la tumba, recordando con complacencia sus defectos, insistiendo sobre sus aspectos ridículos y recalcando sus faltas.
       A cada momento llamaba a su mujer, desde un extremo al otro de la casa:
       —¡Matilde!
       —Voy, querido.
       —Ven a decirme una cosa.
       El1a llegaba siempre sonriente, sabiendo perfectamente que iban a hablar de Souris, y no le importaba seguir a su nuevo esposo en la inofensiva manía.
       —Dime, ¿tú te acuerdas de un día en que Souris quiso demostrarme que los hombres bajos son siempre más amados que los altos?
       Y se lanzaba a reflexiones desagradables para el difunto, que era bajo, y discretamente ventajosas para él, Leuillet, que era alto.
       La señora Leuillet le daba a entender que él tenía razón, toda la razón; y se reía con todas sus ganas, burlándose dulcemente del antiguo esposo para darle gusto al nuevo, que siempre acababa añadiendo:
       —Da lo mismo. ¡ Qué tonto era Souris!
       Eran felices, completamente felices. Y Leuillet no dejaba de demostrarle a su mujer su amor inagotable en la vida de cada día.
       Una noche en que no conseguían dormirse, emocionados los dos por un rebrote de juventud, Leuiliet, que tenía a su mujer estrechamente cogida entre sus brazos y la besaba con todo su ardor, le preguntó de pronto:
       —Escucha, querida.
       —¿Qué?
       —Souris... Es difícil lo que te voy a preguntar...¿Souris te demostraba... te demostraba bien su amor?
       Ella le dio un beso, murmurando:
       —No tan bien como tú, gatito.
       El marido se sintió halagado en su amor propio de hombre, y añadió:
       —Debía de ser... torpe..., ¿verdad?
       Ella no contestó. Soltó tan sólo una risita maliciosa, escondiendo su cara en el cuello del marido.
       Este preguntó:
       —Debía de ser muy torpe, y poco... poco..., ¿cómo te diría?..., poco hábil, ¿no?
       Ella hizo un leve movimiento con la cabeza que significaba: “No..., nada hábil.”
       Continuó el hombre:
       —Y algunas noches te produciría fastidio, ¿eh?
       Ella tuvo un acceso de franqueza esta vez y le respondió:
       —¡Sí, sí, mucho!
       La besó de nuevo por aquella confesión y murmuró:
       —¡Qué animal era! No eras muy feliz con él, ¿verdad?
       —No —contestó ella—. La cosa no era muy divertida todos los días.
       Leuillet se sintió encantado, estableciendo mentalmente una comparación del todo ventajosa para él entre la antigua situación de su mujer y la nueva.
       Permaneció algún tiempo sin hablar, y luego tuvo una sacudida de risa y preguntó:
       —Dime una cosa.
       —¿El qué?
       —¿Quieres ser franca, completamente franca conmigo?
       —Claro, amor mío.
       —Bueno, ¿no sentiste nunca la tentación de... de... de engañar a aquel imbécil de Souris?
       La señora Leuillet soltó un breve “¡Oh!” de pudor y se ocultó aun más en el pecho de su marido. Pero él pudo darse cuenta de que se reía.
       Insistió:
       —Dime la verdad. Confiésalo. ¡Tenía una cabeza tan de cornudo aquel animal! ¡Sería tan divertido! Pobre Souris. Anda, querida, bien puedes decirmelo a mí, sobre todo a mí.
       Recalcaba mucho el “a mí”, pensando que si hubiera tenido deseos de engañar a Souris, habría sido con él, Leuillet, con quien lo habría hecho y se estremecía de placer esperando esta confesión, seguro de que si ella no hubiera sido la mujer virtuosa que era, habría sido él quien la hubiese conseguido.
       Pero ella no contestaba, y no paraba de reírse, como si recordara algo enormemente cómico.
       Leuillet se echó a reír también ante el pensamiento de que él habría podido hacer a Souris cornudo. ¡Qué jugarreta! ¡Qué broma! ¡Sí, sí, qué broma tan estupenda!
       Sacudido por la risa, balbucía:
       —¡El pobre Sourls! ¡El pobre Souris! ¡Ah, si, tenía una cabeza muy apropiada! ¡ Sí, sí!
       La señora Leuillet se retorcía entre las sábanas, llorando de tanto reírse, y se le escapaban grititos.
       Y Leuillet repetía:
       —Anda, reconócelo. Confiésalo. Sé franca. Comprenderás que a mí no tiene por qué molestarme.
       Entonces, ella balbució, muerta de risa:
       —Sí, sí.
       Su marido insistió:
       —Sí, ¿qué? Vamos, dilo todo.
       Ella se rió ya sólo de una forma discreta y, acercando la boca hasta la oreja de Leuillet, que esperaba una agradable confidencia, murmuró:
       —Sí... Le engañé.
       Sintió un escalofrío que le recorrió todo el cuerpo y, desconcertado, tartamudeó:
       —¿Tú..., tú... le engañaste... del todo?
       Ella creyó todavía que encontraba la cosa enormemente divertida y contestó:
       —Sí..., del todo..., completamente.
       Tuvo que sentarse en la cama por la angustia, la respiración se le cortó, abrumado como si acabara de enterarse de que el cornudo era él.
       Permaneció callado al principio; luego, al cabo de unos segundos, dijo, sencillamente:
       —¡Ah!
       Ella también había dejado de reír, comprendiendo demasiado tarde su error.
       Leuillet, al fin, preguntó:
       —¿Y con quién?
       La mujer guardó silencio, buscando una argumentación.
       Insistió él:
       —¿Con quién?
       Al fin, dijo:
       —Con un hombre.
       Se volvió hacia ella bruscamente y, con voz seca:
       —Ya me imagino que no fue con una cocinera. Te pregunto con qué hombre, ¿me oyes?
       Ella no contestó. El marido agarró la sábana con la que ella se tapaba la cabeza y la apartó hasta el centro de la cama, repitiendo:
       —Quiero saber con qué hombre, ¿me oyes?
       Entonces, ella, penosamente, dijo:
       —Lo decía en broma.
       Pero él se estremecía de cólera:
       —¿Cómo? ¿En broma? ¿Te estás burlando de mí, entonces? No me vengas con pretextos, ¿me oyes? Te estoy preguntando cómo se llamaba el hombre.
       No contestó, siguió tumbada sobre la espalda, inmóvil.
       La cogió de un brazo y se lo apretó fuertemente:
       —¿Me oyes o no me oyes? Quiero que me contestes cuando te hablo.
       Entonces, ella, muy nerviosa, dijo:
       —¡Te estás volviendo loco! ¡Déjame en paz!
       El marido tembló de furor, sin saber qué decir, exasperado; la empezó a sacudir con todas sus fuerzas, repitiendo:
       —¿Me oyes? ¿Me oyes?
       Ella quiso soltarse con un movimiento brusco, y golpeó con la punta de los dedos la nariz de su marido. El hombre, creyendo que lo había hecho aposta, se enfureció y se arrojó sobre ella.
       La tenía sujeta bajo él, abofeteándola con todas sus fuerzas y gritando:
       —¡Toma! ¡Toma! ¡Toma! ¡Falsa! ¡Perdida! ¡Perdida!
       Cuando se quedó sin aliento, agotado, se levantó y se dirigió hacia la cómoda para prepararse un vaso de agua de azahar azucarada, pues se sentía a punto de caer sin conocimiento.
       Y ella lloraba en un rincón de la cama, con grandes sollozos, viendo toda su dicha deshecha por culpa suya.
       Deshecha en lágrimas, balbució:
       —Escúchame Antoine. Ven aquí: te he mentido, verás cómo lo comprendes... Escúchame.
       Y, dispuesta ya a la defensa, armada de razones  y de astucias, alzó un poco su cabeza aturdida, con el gorro de dormir torcido.
       Y él, volviéndose hacia la mujer, se acercó, avergonzado de haberle pegado, pero sintiendo en el fondo de su corazón de marido un odio inextinguíble contra aquella mujer que había engañado al otro, a Souris.




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