Guy de Maupassant
(Francia, 1850-1893)


El viejo (1884)
(“Le Vieux”)
Originalmente publicado en el periódico Le Gaulois (6 de enero de 1884)
Contes du jour et de la nuit
(París: Marpon-Flammarion, 1884, 190 págs.)


      Templado sol de otoño, filtrándose por las grandes hayas que se alzaban junto a la cuneta, bañaba el patio de la alquería. Bajo el césped roído por las vacas, la tierra, impregnada aún de la reciente lluvia, se hundía bajo el peso de los pies con ruido de agua; y los árboles, cargados de manzanas, sembraban sus frutos de color verde pálido sobre el verde oscuro de la hierba.
       Cuatro terneras, atadas en línea, pacían y mugían volviendo la cabeza hacia la casa, y las aves, dando una nota de color, escarbaban el suelo, agitaban las alas, cacareaban, mientras los dos gallos cantaban sin cesar, buscaban gusanos para sus gallinas, y las llamaban cloqueando vivamente.
       La valla se abrió, y un hombre que tendría cuarenta años pero que por lo menos aparentaba sesenta, arrugado, torcido, andando lentamente con paso que sus grandes zuecos llenos de paja hacían más pesado todavía, entró en el patio. Sus brazos, exageradamente largos, colgaban a ambos lados de su cuerpo, y cuando se fue acercando a la casa, un perrillo amarillento que estaba atado al tronco de un peral enorme, junto a un tonel que le servía de perrera, meneó la cola y se puso a ladrar dando muestras de alegría. El hombre gritó:
       —¡Calla Finot!
       Y el perro calló.
       Una campesina salió de la casa. Su cuerpo huesudo, ancho y aplastado, se dibujaba bajo la chambra de lana que le ceñía el talle. Una falda gris muy corta le llegaba hasta la mitad de las piernas, que cubrían medias azules, y también llevaba grandes zuecos llenos de paja. Una cofia entonces amarillenta pero que en otros tiempos había sido blanca, cubría algunos cabellos pegados al cráneo, y su rostro moreno, enjuto, feo y desdentado, mostraba esa fisonomía salvaje y brutal que con frecuencia caracteriza a la gente del campo.
       El hombre preguntó:
       —¿Cómo va?
       La mujer respondió:
       —El cura dice que está agonizando y que no pasará la noche. Y los dos entraron en la casa.
       Después de haber cruzado la cocina entraron en la habitación, pequeña y oscura, iluminada por la luz que entraba por un ventanillo ante el cual colgaba un harapo de percal normando. Las grandes vigas del techo, ennegrecidas por el tiempo y por el humo, cruzaban la habitación de parte a parte, sosteniendo el delgado pavimento del granero por el que corrían, día y noche, verdaderas manadas de ratas.
       El piso, desigual y húmedo, parecía grasiento; y en el fondo, la cama formaba una mancha vagamente blanca. Ruido ligero, ronco, una respiración dura, que silbaba como un estertor y producía un gorgoteo semejante al del agua en una bomba rota, salía de aquel lecho tenebroso donde agonizaba un viejo, el padre de la campesina.
       El hombre y la mujer se acercaron y miraron al moribundo con mirada plácida y resignada.
       El yerno dijo:
       —Pero esta vez todo ha concluido. Ni siquiera llegará a la noche.
       La mujer contestó:
       —Así ronca desde mediodía.
       Y luego se callaron. El padre tenía los ojos cerrados, el rostro de color de tierra, y estaba tan flaco que parecía de madera. La entreabierta boca daba paso al aliento desigual y duro, y a cada aspiración, la sábana, de tela gris, se alzaba sobre su pecho.
       El yerno, después de un largo silencio, dijo:
       —No hay más que dejarle acabar, pues no podemos hacer nada. De todos modos, es una contrariedad pues el tiempo es bueno y mañana convendría cortar las colzas.
       Su mujer se inquietó al oír esto y, después de haber reflexionado unos instantes, murmuró:
       —Ya que se tiene que morir, no le enterraremos hasta el sábado y mañana podrás dedicarte a las colzas.
       —Sí, pero mañana será preciso que invite para el entierro, y para ir de Tourville a Manetot necesito cinco o seis horas.
       La mujer se quedó pensativa por espacio de dos o tres minutos y luego dijo:
       —No son más que las tres y podrías empezar esta tarde a recorrer la parte de Tourville. Como apenas tiene para unas horas, puedes decir que ha muerto.
       Se quedó el hombre algo perplejo pesando las consecuencias y las ventajas de la idea. Al fin dijo:
       —Bueno, pues voy.
       Se disponía a marcharse, pero después de un instante de vacilación volvió para añadir:
       —Puesto que no tienes nada que hacer, prepáralo todo y haz cuatro docenas de morcillas para los que vengan al entierro. Preciso será darles algo. El horno lo encenderás con la leña que hay en el cobertizo. Está seca.
       Salió de la habitación, entró en la cocina, sacó del armario un pan de seis libras del que cortó una rebanada con mucho cuidado, y recogiendo en la palma de la mano las migas que habían caído sobre la mesa, se las metió en la boca para que no se perdiese nada. Tomó luego un poco de manteca salada, la extendió sobre el pan con la punta de su cuchillo, y se puso a comer lentamente, como lo hacía todo.
       Luego cruzó el patio, hizo callar al perro que ladraba de nuevo, y llegando al camino por un sendero, se alejó con dirección a Tourville.
       Al quedarse sola, la mujer se puso a trabajar. Abrió un saco de harina y empezó a amasar la pasta para las tortas dándole vueltas y más vueltas hasta que la convirtió en una bola amarillenta que dejó a un lado, encima de la mesa.
       Fue luego a buscar manzanas, y para no estropear el árbol se encaramó en una banqueta: escogió las frutas con cuidado para sólo arrancar las maduras, y fue colocándoselas en el delantal.
       Desde el camino una voz le gritó:
       —¡Eh!
       Volvió la cabeza y vio a un vecino, el alcalde, que volvía de cuidar sus tierras, y le respondió:
       —¿Qué se le ofrece?
       —Y el padre ¿cómo está?
       —Casi muerto. El sábado a las siete es el entierro porque las colzas dan prisa.
       El vecino replicó:
       —Entendido y buena suerte. Que lo pase usted bien.
       Y correspondiendo a la fineza, la mujer gritó:
       —Gracias; lo mismo digo.
       Y continuó cogiendo manzanas.
       Al entrar en la casa fue a ver a su padre creyendo que ya le encontraría muerto, pero desde la puerta oyó el monótono estertor, y juzgando inútil acercarse a la cama, empezó a preparar las tortas.
       Una a una fue envolviendo las manzanas en una hoja de fina pasta, y las alineó al borde de la mesa. Cuando hubo hecho cuarenta y ocho bolas, descolgó las morcillas y luego empezó a preparar la cena. Colgó el puchero para hacer cocer patatas, y pensó que estaba de más encender el horno pues tenía todo el día siguiente para terminar los preparativos.
       Su marido, cuando volvió a eso de las cinco, preguntó desde la puerta.
       —¿Ha muerto?
       —Todavía no. Sigue roncando.
       Fueron a verle, y encontraron al viejo en el mismo estado que horas antes. Su ronca respiración, entonces regular como el movimiento de un reloj, ni se había apresurado ni disminuido. Se repetía por segundos, y sólo variaba de tono según el aire que había entrado en sus pulmones.
       Su yerno le miró y dijo:
       —Acabará sin darse cuenta de ello, como una vela.
       Entraron en la cocina, y sin decir palabra se pusieron a comer. Cuando hubieron engullido la sopa comieron una tostada con manteca y, lavados los platos, volvieron a la habitación del agonizante.
       La mujer, que llevaba en la mano una lamparilla fumosa, la paseó por delante del rostro de su padre. Y seguramente, si no hubiese respirado, se le hubiera creído muerto.
       La cama de los campesinos estaba oculta al otro extremo de la habitación, en una especie de nicho; y se acostaron sin hablar, apagaron la luz y cerraron los ojos. Y muy pronto dos ronquidos distintos, profundo uno y agudo otro, acompañaron el continuo estertor del moribundo.
       Por el granero corrían las ratas.
       Cuando el marido despertó, al despuntar el alba, su suegro vivía aún. Inquieto por la resistencia del viejo sacudió a su mujer y le dijo:
       —Oye, Filomena, no quiere acabar. ¿Qué opinas?
       Ella, que tenía fama de pensar con acierto, respondió:
       —Es seguro que no concluirá el día. No hay que temer nada pues el alcalde no se opondrá a que se le entierre mañana, como no se opuso a que se enterrase al padre de los Renard que murió en tiempo de siembra.
       La evidencia del razonamiento le convenció y se fue al campo.
       A mediodía el viejo no había muerto aún, y los hombres que se había alquilado para la recolección de colzas, fueron en masa a contemplar al anciano que tan agarrado estaba a la vida. Y cuando cada uno hubo dado su parecer, volvieron a su trabajo.
       A las seis, cuando volvieron, el padre respiraba todavía; y el yerno se asustó.
       —Y ¿qué hacemos ahora, Filomena, qué hacemos? —dijo.
       Ella tampoco sabía qué pensar. Fueron a ver al alcalde, y éste prometió que cerraría los ojos y daría el permiso para que se le enterrase al día siguiente. También se comprometió, todo por complacer a Chicot, a conseguir que se firmase el acta de defunción con fecha anterior, y así, el hombre y la mujer se fueron tranquilos.
       Se acostaron y durmieron como la víspera, uniendo sus ronquidos sonoros al estertor, más débil a cada momento, del anciano.
       Cuando despertaron, vivía aún.
       Entonces se miraron aterrados. De pie, junto al lecho del padre, le contemplaban con desconfianza, como si les estuviese gastando una broma pesada, engañándoles, contrariándoles por gusto, y casi le guardaban rencor por el tiempo que les hacía perder.
       El yerno preguntó:
       —Bueno, y ahora ¿qué hacemos?
       Ella, que tampoco lo sabía, contestó:
       —¡Es una contrariedad!
       Y como no se podía avisar a los invitados que iban a llegar de un momento a otro, decidieron esperarles para referirles lo ocurrido.
       A eso de las siete aparecieron los primeros: las mujeres, vestidas de negro, con la cabeza cubierta con enorme capucha, y muy triste la cara; los hombres, cohibidos con sus chaquetas de paño, avanzaban dos a dos y hablaban de sus asuntos.
       Chicot y su mujer les recibieron entre desolados y confundidos, y los dos a un tiempo abordaron al primer grupo y se pusieron a llorar. Explicaban su aventura y referían su situación, ofreciendo sillas, agitándose, excusándose y queriendo probar que otros hubieran hecho lo mismo en su caso, y hablaban tanto, que ni siquiera dejaban tiempo a otros para que les contestasen.
       Iban de uno a otro repitiendo:
       —Nunca lo hubiéramos creído. ¡Mentira parece que dure tanto!
       Los invitados, sin saber qué decir y contrariados como quien pierde una ceremonia esperada, se sentaban o permanecían de pie sin acertar con lo que debían hacer. Algunos quisieron irse, pero Chicot les obligó a quedarse diciendo:
       —De todos modos tomaremos algo. Teníamos comida preparada y hay que aprovecharla.
       Al oír estas palabras todos los rostros se iluminaron. El patio se iba llenando, y los que habían llegado primero daban la noticia a los que venían después. Se hablaba bajo, pero la idea de tomar algo alegraba a todo el mundo.
       Las mujeres entraron para ver al moribundo. Al llegar junto a la cama se persignaban, murmuraban una oración y luego salían. Los hombres, con menores deseos de contemplar el espectáculo, miraban por la ventana.
       La mujer de Chicot explicaba la agonía.
       —Hace dos días que está así, ni más ni menos. ¿Verdad que parece una bomba de agua?
       Cuando todos hubieron visto el agonizante se pensó en la colación, pero como no cabían en la cocina, se sacó una mesa al patio. Las cuatro docenas de manzanas vestidas, dispuestas en dos grandes platos, y una pirámide enorme de morcillas, atraían todas las miradas, y pronto los brazos se extendieron con cierta precipitación que envolvía el temor de que no hubiese bastantes para todos. Pero aún quedaron cuatro.
       Chicot, con la boca llena, dijo:
       —Si el padre nos viera, sufriría lo indecible, pues le gustaban mucho.
       Un campesino muy gordo y muy jovial contestó:
       —Ya no comerá más. A cada uno su turno.
       Esta reflexión, lejos de entristecer a los invitados, pareció que les alegraba, pues les correspondía el turno y ellos eran los que comían.
       La mujer de Chicot, desolada al pensar en el gasto, iba al cillero constantemente para buscar sidra; los jarros se sucedían a los jarros y todos se vaciaban.
       De pronto, una campesina vieja que se había quedado junto al moribundo, retenida por el miedo de que aquello le sucediera pronto, apareció en la ventana y gritó con voz aguda.
       —¡Ha muerto! ¡Ha muerto!
       Todos callaron y las mujeres se pusieron con presteza en pie para ir a verlo.
       Efectivamente, había muerto. El estertor había cesado, y los hombres, algo molestos, se miraron. Aún no habían concluido las morcillas. ¡También había sido poco oportuno para escoger el momento!
       Los Chicot ya no lloraban, y ya que había lanzado el último suspiro, estaban tranquilos y repetían:
       —Si nosotros sabíamos que no podía durar, pero si se hubiese decidido esta noche, no hubiera molestado inútilmente a tanta gente.
       En fin, todo había concluido: se decidió que se le enterraría el lunes, y que con este motivo volverían a comer manzanas y morcillas.
       Los invitados se fueron hablando del suceso, contentos a pesar de todo por haberlo presenciado, y también por haber tomado un refrigerio.
       Y cuando el hombre y la mujer se quedaron solos, ella, con el rostro contraído, murmuró:
       —¡Y tendré que hacer otras cuatro docenas de manzanas y descolgar morcillas! ¡Si hubiese muerto esta noche!
       Y el marido, más resignado, contestó:
       —Eso no ocurre todos los días.




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