G. K. Chesterton
(Londres, 1874 - Beaconsfield, 1936)


El muerto de la casa del pavo real (1921)
(“The House of the Peacock”)
Originalmente publicado en The Poet and the Lunatics (1929)


      Hace algunos años, un joven recorría una calle asolada de los suburbios de Londres; un joven vestido rústicamente, la cabeza cubierta con un sombrero casi prehistórico; porque acababa de llegar a la capital desde una remota y adormecida población del oeste. Nada había en él de particularmente notable, salvo lo que le ocurrió ese día, lo cual fue notable en todo sentido, para no decir lamentable. Vio venir hacia él a un hombre más bien anciano, sin aliento, de smoking, que lo tomó de la solapa de su raído saco y lo invitó a cenar con él. Estaríamos más cerca de la verdad diciendo que, más que un convite, fue una imploración. Como el sorprendido provinciano no lo conocía, ni a nadie en los contornos, la situación le pareció harto singular; pero, suponiendo que se trataría de una costumbre de Londres, accedió al fin. Acompañado de su extraño huésped, fue a la hospitalaria mansión que se alzaba a solo pocos pasos de allí. A partir de ese instante, nunca reapareció en el mundo de los vivos.
       Ninguna de las explicaciones de estilo cuadraban con su caso. Los dos protagonistas eran totales extraños el uno para el otro. El hombre de tierra adentro no traía papeles, dinero, ni objetos dignos de mención, y tampoco parecía de naturaleza de llevarlos. Por otra parte, su huésped revelaba todos los signos de una prosperidad casi agresiva: forro de satén, un fulgor de piedras opalescentes en sus gemelos, y un cigarro que parecía perfumar toda la calle. Por lo tanto, debía descartarse el robo como móvil del crimen.
       En realidad, ese móvil fue uno de los más extraños del mundo; tan extraño, que un hombre vulgar habría podido hacer cien suposiciones antes de dar con la clave.
       Más aún, es dudoso que alguien hubiese dado jamás con la solución, a no ser por el ligero barniz de excentricidad que caracterizaba a otro joven, al que la casualidad puso sobre ese mismo camino una o dos horas más tarde. Pero no debe creerse que él recurriera, para dilucidar el enigma, a ninguna maña de detective, y menos de aquellos detectives popularizados por los libros de ficción, que resuelven los más arduos dilemas con solo concentrar su atención en las circunstancias y los objetos afines al crimen, y a quienes secunda una presencia de ánimo excepcional.
       Sería más exacto decir que este hombre los resolvía, en cambio, por ausencia de ánimo. Cualquier objeto que cayera en el radio de su visión grabábase en su mente como un talismán, y él lo contemplaba hasta que empezaba a hablarle como un oráculo. En otras ocasiones una piedra, una estrella de mar o un canario habían contestado, al parecer, todas sus preguntas. En la presente circunstancia, empero, su punto de referencia fue menos trivial.
       Había vagado sin rumbo por la plácida calle suburbana, siguiendo con ojos de soñador las manchas doradas de los codesos en el césped, o las blancas y rojas de los espinos. Pero se contentaba las más de las veces con los verdes semicírculos de pasto, repetidos hasta el infinito como lunas verdes; porque no era de esas personas para quienes la repetición es sinónimo de monotonía. En un momento dado, al dirigirse hacia una propiedad, tuvo la conciencia o la semiconciencia de un color nuevo en el universal verdor: un verde mucho más azul, que parecía derivar en azul eléctrico a medida que el objeto se desplazaba lentamente, revelando una pequeña cabeza sobre un cuello larguísimo; era un pavo real. Pero su mente había imaginado mil cosas antes de dar con lo obvio. El azul pronunciado del plumaje le había hecho pensar en una llama azul, y la llama en alguna demoníaca fantasía, antes de advertir que solo se trataba de un pavo real. Y la cola, estela suntuosa de ojos, habíale hecho pensar en aquellos sombríos pero divinos monstruos del Apocalipsis, cuyos ojos se multiplicaban como sus alas, antes de reparar en que la presencia de un pavo real, aun tomado en su sentido más lato, era un espectáculo sobradamente extraño en paisaje tan común.
       Porque si Gabriel Gale (así se llamaba el joven) era un poeta minore, descollaba en cambio como pintor, y, en su calidad de figura ilustre, y enamorada de las bellas perspectivas, había sido invitado más de una vez a los grandes parques de la aristocracia, donde los pavos reales forman, por así decirlo, parte integrante del paisaje. La evocación de esas propiedades trajo a su memoria el recuerdo de una de ellas, remota y solitaria, que asumiera para él la casi intolerable belleza de un paraíso perdido. Creyó ver durante un instante, en medio del césped lustroso, una figura más imponente que la de cualquiera de esas aves, y cuyo plumaje iridiscente, de una vívida tristeza, hacía pensar en un diablo azul. Pero cuando los juegos de la imaginación y las añoranzas se desvanecieron, aún persistió en él la interrogante: ¿qué hacía en el jardín de esa pequeña residencia suburbana un pavo real? Parecía demasiado grande para el lugar, como si, al desplegar su cola, fuese a derribar los árboles que hallara a su paso.
       Estas reflexiones de giro ya más práctico desfilaron por su mente antes de que esta se detuviera en la más práctica de todas: que en los últimos cinco minutos había estado apoyado en un portón ajeno, con el aire definitivo de un campesino apoyado en el cerco que circunda su propiedad. De salir alguien de la casa, habría contemplado no sin extrañeza la escena; pero nadie salió. Antes bien, alguien entró. Cuando el pavo real se encaminaba hacia la casa, el poeta abrió resueltamente el portón y halló el césped húmedo, a la zaga de aquel.
       Enriquecían la soledad umbrosa de ese jardín grandes masas de flores rojas, y, en el conjunto, la casa resultaba más vulgar que el terreno donde se levantaba. Acentuaba esa impresión el hecho de hallarse aquella en algún proceso de reparación, pues adivinábase, apoyada contra la pared, una escalera, usada según todas las apariencias por los albañiles para llegar al piso superior. Además, varias plantas de flores coloradas habían sido cortadas, apilándolas en el borde de la ventana del primer piso, y algunos pétalos, al desprenderse, se posaron en los peldaños de la escalera. La mirada de Gale abarcó gradualmente todos estos detalles, mientras una expresión de sorpresa invadía poco a poco su semblante ante el contraste que formaban la casa con la escalera y el rico jardín con el pavo real. Era casi como si el suntuoso pájaro y las flores aristocráticas hubiesen estado allí antes de los ladrillos burgueses y el mortero.
       Uno de los rasgos salientes de Gale era su ingenuidad, que a menudo podía tomarse por imprudencia. Como muchos seres humanos, era capaz de cometer malas acciones a sabiendas, y avergonzarse después por ello. Pero mientras sus intenciones no fueran malas, nunca se le habría ocurrido sentir vergüenza de un acto. La invitación de la escalera y la ventana abierta era demasiado obvia para tacharla de aventura. Comenzó a subir como si se tratase de la escalinata de un hotel. Pero al llegar a los últimos peldaños se detuvo un instante, torció el gesto y, acelerando su ascensión, traspuso el borde y se deslizó en el interior de la estancia.
       La penumbra que allí reinaba parecía oscuridad después del esplendor del atardecer, y transcurrieron uno o dos segundos antes de que el tenue resplandor reflejado por un espejo, puesto ante él, le permitiese apreciar las características de la habitación. Parecía polvorienta y de aspecto más bien precario; los cortinados, de un azul verdoso pronunciado, formaban, con todo, un fondo de colores mortecinos.
       Al observar más atentamente el espejo, Gale notó que estaba roto. Sin embargo, era evidente que el cuarto había sido redecorado en parte para alguna fiesta, como lo hacía suponer una larga mesa, prolijamente tendida para una cena. Frente a cada plato se alineaban una serie de vasos de distinto tamaño para los vinos de cada servicio.
       Por algunos detalles, Gale concluyó que la estancia había sido teatro de una lucha, durante la cual alguien había volcado el salero, derramado su contenido sobre el mantel y roto el espejo. Luego miró los cuchillos puestos sobre la mesa, y una luz de inteligencia comenzaba a insinuarse en su cerebro, cuando la puerta se abrió bruscamente, y un hombre, robusto y canoso, irrumpió en el cuarto.
       Ese incidente tuvo la virtud de devolverlo a la realidad, como un hombre que, tras un prolongado salto en el espacio, siente de pronto el frío contacto del agua. Recordó súbitamente dónde se encontraba y por qué medios había llegado hasta allí. Era muy característico en él que, si bien veía un punto práctico tardíamente, cuando lo veía por fin era con entera lucidez y en todas sus ramificaciones lógicas. Nadie creería en ninguna razón legítima que justificara su entrada en esa casa por la ventana, cuando pudo hacerlo por la puerta principal. Y, en efecto, razón legítima no tenía ninguna, o por lo menos ninguna que pudiese explicar sin una larga peroración de índole poética y filosófica. Más aún, en ese preciso momento sus dedos jugaban con uno de los cuchillos, de plata maciza. Tras una ligera vacilación, posó el cuchillo y se quitó el sombrero.
       —Y bien —dijo por último, con una ironía displicente—, de ser usted, yo no dispararía esa arma; pero supongo que avisará a la policía.
       El desconocido, que era probablemente el dueño de la casa, guardó durante un instante una actitud de profundo estupor. Al abrir la puerta había tenido un violento sobresalto, pero se rehízo en seguida. Su rostro, vigoroso y astuto, estaba provisto de un par de ojos prominentes que le daban una apariencia de perpetua protesta. Pero, por alguna misteriosa razón, no fue hacia esos ojos acusadores donde convergió la mirada del poeta, sino hacia el alfiler que ostentaba la pechera de la camisa, y que era un ópalo luminoso. Por fin Gale sonrió con alivio y esperó que el otro hablara.
       —¿Es usted un ladrón? —inquirió el dueño de casa cautelosamente.
       —A decir verdad, no lo soy —repuso Gale—. Pero si me pregunta qué otra cosa soy, le contestaré que lo ignoro.
       El otro hombre fue rápidamente hacia él, haciendo un ademán como para detenerle una mano, o acaso las dos.
       —No dudo de que usted sea un ladrón —dijo—, pero no importa. ¿Quiere hacerme el honor de quedarse a cenar?
       Luego, tras una agitada pausa, insistió:
       —Quédese, se lo ruego, hay un cubierto para usted.
       Gale recorrió con la vista la mesa y contó el número de cubiertos. El cálculo acabó con cualquier duda que podía abrigar aún sobre el sentido de ese ininterrumpido encadenamiento de excentricidad. Comprendió por qué su huésped llevaba un ópalo, por qué el espejo había sido roto deliberadamente, por qué la sal estaba derramada sobre el mantel de la mesa, por qué los cuchillos estaban dispuestos en cruz, por qué el extraño personaje llenaba la casa con ramos de flores rojas, la decoraba con plumas de pavo real, y tenía uno de esos pájaros en su jardín. Comprendió que la escalera no había sido puesta allí para permitir a los albañiles alcanzar la ventana, sino para que los comensales pasaran debajo de ella al dirigirse a la puerta de entrada. Por último, comprendió que él iba a ser el invitado número trece de ese singular banquete.
       —La cena está por empezar —pronunció el hombre del ópalo con afabilidad—. Voy a llamar a los demás. Compañía del más alto interés, se lo aseguro; toda gente de buen criterio y recto sentido, que se burla de las supersticiones. Me llamo Crundle, Humphrey Crundle, y soy discretamente conocido en los centros comerciales de la ciudad. Supongo que debo presentarme a mí mismo para poder presentarlo a los demás.
       Gale tuvo la vaga idea de que su atención había sido atraída alguna vez por el nombre de Crundle, asociándolo a alguna marca de jabón o de plumasfuentes; y, por poco que supiera sobre esas cosas, se figuró fácilmente que un hombre así, aunque solo vivía en una villa de modestas dimensiones, podía permitirse el lujo de tener un pavo real, ahí donde la luz crepuscular moría entre las ramas de los árboles.
       Los miembros del Club de los Trece parecían estar ya preparados para la cena. Algunos eran muy jóvenes, de semblante ingenuo y nervioso, como si les asustara su propia osadía. Dos de ellos se destacaban del grupo por la singularidad de ser, según todas las apariencias, caballeros de alcurnia. Uno era un hombre entero, de edad más que madura, con un rostro que era un laberinto de arrugas, y tenía la cabeza coronada por una peluca castaña. Le fue presentado como Sir Daniel Creel, abogado de nota, y tenía una mirada llena de inteligencia. Sus rasgos, algo desiguales, eran hermosos; pero las sienes hundidas y la órbita profunda de los ojos le daban un aspecto de fatiga precoz, que era mental más bien que física.
       La intuición del poeta le dijo que aquella apariencia no era engañosa; que el hombre que había ido a parar a esa extraña sociedad había frecuentado muchas extrañas sociedades, buscando quizá algo más extraño de lo que ya conocía.
       Transcurrió algún tiempo, sin embargo, antes de que ninguno de los invitados pudiera revelar su personalidad, debido a la verbosidad extremada de su anfitrión. Acaso Mr. Crundle creía apropiado, como presidente del Club de los Trece, el hablar con todos. Sea lo que fuera, durante unos minutos condujo por sí solo toda la conversación agitándose en su silla con satisfacción radiante, como un hombre que puede por fin realizar la aspiración suprema de toda la vida. En realidad, había algo de casi anormal en la locuacidad jocunda de ese comerciante canoso, como si esa locuacidad se alimentase en una fuente que nada tenía de festivo. Las pullas que, como un fuego cerrado, descerrajaba a todos los presentes, eran casi siempre de un gusto dudoso; pero él parecía pensarlo así, pues las celebraba con carcajadas ruidosas.
       Fue después de una de sus reiteradas afirmaciones de que todas esas historias acerca de supersticiones no eran sino disparates de gente ignorante, cuando la aguda aunque temblorosa voz del anciano Creel, aprovechando una coyuntura, se hizo oír:
       —Aquí, mi querido Crundle, desearía hacer una distinción —dijo con tono categórico—. Convengo en que son disparates pero no son disparates del mismo orden. Por ejemplo, si consideramos su origen histórico, me parece diferir de notable manera. El origen de alguna de esas supersticiones es obvio, y el de las otras oscuro en extremo. Las creencias acerca del día viernes y del número trece son probablemente de fuente religiosa; pero ¿qué origen puede tener, por ejemplo, la creencia en el poder fatídico de las plumas del pavo real?
       Crundle iba a contestar con un rugido jocundo que se trataba de otro disparate, tan infernal como los demás, cuando Gale, que habíase deslizado en el asiento próximo al hombre llamado Noel, se interpuso con toda naturalidad.
       —Creo poder arrojar un poco de luz sobre ese punto —pronunció—. Hallé rastros de esa antigua superstición en unos manuscritos iluminados del noveno o décimo siglo. Hay allí un dibujo muy curioso, de estilo rígidamente bizantino, que representa a dos ejércitos preparándose para una batalla en el reino de los cielos. Pero mientras San Miguel tiende espadas a los buenos ángeles, Satán arma a los ángeles rebeldes con plumas de pavo real.
       Noel volvió bruscamente sus ojos profundos hacia él.
       —Es ese un dato interesante —dijo—. ¿Usted quiere inferir que se trata de la vieja noción teológica sobre la maldad del orgullo?
       —Hay en el jardín un pavo real entero para desplumar —gritó Crundle con acento vivaz, y agregó—: Siempre que alguno de ustedes desee combatir a los buenos ángeles.
       —No son armas muy ofensivas —repuso Gale gravemente—, y eso es lo que, a mi entender, quiso significar el ignoto artista medieval. Diré más: a mi manera de ver, de ese simbólico contraste en las armas, surge el hecho de que los ángeles buenos se arman para entablar una batalla real y por lo tanto de resultados dudosos, mientras los pérfidos tendían desde ya, por decirlo así, las palmas de la victoria. No se puede luchar contra nadie con las palmas de la victoria.
       Durante el desarrollo de esa conversación, Crundle dio señales de una agitación curiosa: una agitación mucho menos radiante que al principio. Sus ojos prominentes interrogaban a los oradores, sus labios se movían incesantemente, y sus dedos empezaron a tamborilear la mesa. Por último exclamó:
       —¿Cuál es el significado de todo esto, si se puede saber? ¿Es que estarían por creer en todas esas patrañas?
       —Perdón —interrumpió el viejo abogado, repitiendo el enlace lógico con fruición de jurista—, mi gestión era muy sencilla. Yo hablé de causas, y no de justificaciones. Me he limitado a afirmar que el origen de la leyenda del pavo real es menos aparente que aquel que atribuye al día viernes una virtud de mal augurio.
       —¿Usted cree que el viernes es día de mal augurio? —preguntó de pronto Crundle volviéndose hacia el poeta.
       —No; por el contrario, estimo que es un día propicio —repuso Gale—. Y así lo pensó siempre la cristiandad, a pesar de sus pequeñas supersticiones.
       —¡Oh, al diablo la crist…! —empezó diciendo Mr. Crundle con súbita violencia; pero algo en la voz de Noel, que parecía hacer de su vehemencia un vano arrebato, lo detuvo.
       —Yo no soy cristiano —prorrumpió Noel con voz pétrea—. Ni es del caso preguntarse si quisiera serlo. Pero estimo que el punto de vista de Mr. Gale está plenamente justificado, de que esa religión puede contradecir aquella superstición. Y esta verdad tiene otras proyecciones: si yo creyera en Dios, no creería en un Dios que hiciera depender la felicidad de un salero volcado o de la vista de una pluma de pavo real. Cualquiera que sea la enseñanza que imparte el Cristianismo, supongo que no enseñará que el Creador es un loco.
       Gale meneó pensativamente la cabeza, como en un asentimiento parcial, y contestó, dirigiéndose a Noel tan solo:
       —En ese sentido, no cabe duda de que usted está en lo cierto. Pero pienso que aún queda algo por decir. Estimo que la mayoría de la gente ha tomado esas supersticiones un poco a la ligera, acaso en un grado mayor que usted mismo. ¿Quién nos dice que ellas no se referían a los pecados más leves, en aquel mundo tosco de la Edad Media que poblaba el cielo de espíritus malignos antes que de ángeles? Porque, después de todo, los cristianos admiten más de una categoría de ángeles; y algunos entre ellos son ángeles caídos, como las figuras armadas con plumas de pavo real. Ahora bien, ¿por qué suponer que esas figuras tuvieron realmente algo que ver con las plumas de pavo real? Así como los bajos espíritus hacen de las suyas con las mesas de tres patas, así también podrían hacernos malas pasadas con cuchillos y saleros. Claro está que nuestras almas no dependen de un espejo roto; pero seguramente un espíritu maligno se complacería en hacérnoslo creer así. Su éxito depende por lo tanto de la disposición de ánimo que tengamos al romper el espejo. Y yo me figuro muy bien que el romper un espejo con una disposición de ánimo determinada —verbigracia, una de burla y de inhumanidad— pueda ponernos en contacto con influencias perniciosas. De la misma manera, me figuro muy bien que un hálito de mal agüero pueda envolver la casa donde tal cosa haya sucedido, y los espíritus malignos la ronden de continuo.
       Sobrevino un silencio extraño, un silencio que al orador pareció flotar y posarse sobre los jardines y las calles; nadie habló; el silencio fue roto al fin por el delgado y agudo grito del pavo real.
       Fue entonces cuando Humphrey sorprendió a todos los comensales con su primer arrebato. Habíase quedado mirando a Gale con ojos desorbitados; por último, cuando hubo recobrado el uso de la palabra, fue su voz tan espesa y áspera que su primera nota resultó apenas más humana que el grito del pájaro. Tartamudeó con rabia, y solo hacia el final de la primera sentencia sus palabras se volvieron inteligibles: —… viene aquí para soltar sandeces y beber mi borgoña como un gran señor; habla como un loro contra nuestras… contra la sustancia misma… ¿Por qué no nos tironea las narices, en el tren que está? ¿Por qué, en nombre del infierno, no nos tironea las narices?
       —Vamos, vamos —intervino Noel con tono cortante—. No está usted en sus cabales, Crundle, tengo entendido que este caballero vino aquí a su invitación para ocupar el lugar de uno de nuestros amigos.
       —Usted nos dijo que Arturo Bailey mandó un telegrama notificándole que no podía venir —terció el abogado, siempre preciso—, y que el señor Gale había accedido gentilmente a ocupar su puesto.
       —Es verdad —masculló Crundle—. Le pedí que se sentara en mi mesa como invitado número trece, y por ese solo hecho queda desmentida la vieja superstición, porque, teniendo en cuenta la manera como entró, puede considerarse afortunado de haber comido tan bien.
       Noel se interpuso nuevamente; pero Gale ya se había puesto de pie. Su semblante no denotaba enojo, y sí confusión. Se volvió hacia Creel y Noel, ignorando a su huésped.
       —Les quedo muy agradecido, señores, pero creo que ha llegado el momento de retirarme. Cierto es que fui invitado a la cena, pero no a la casa…
       Jugó un instante con dos cuchillos cruzados sobre la mesa, y dijo luego, mirando hacia el jardín:
       —Lo cierto es que no estoy tan seguro de que el número trece haya sido tan afortunado como parece creerlo Mr. Crundle.
       —¿Qué quiere usted decir? —gritó el aludido ásperamente—. ¿Acaso pretende insinuar que no ha comido bien? Solo le falta agregar ahora que fue envenenado.
       Gale seguía mirando por la ventana. Al cabo de un corto silencio, añadió:
       —Yo soy el convidado número catorce y no pasé debajo de la escalera.
       Era característico del viejo Creel que solo podía seguir un argumento lógico en su sentido literal; de ahí que el símbolo y la atmósfera espiritual que encerraban las palabras de Gale pasaran desapercibidos para él, cuando ya el sutil Noel los había comprendido. Parpadeando, dijo irónicamente al poeta:
       —¿Debo entender por sus palabras que usted quisiera prestar fe a todas esas estúpidas creencias sobre las escaleras y lo demás?
       —No estoy seguro de que lo quisiera —repuso Gale— pero, eso sí, me sería indiferente transgredirlas. Cuando uno piensa, ¡son tantas las cosas que se pueden transgredir! —hizo una pausa, y añadió luego, como disculpándose—: los Diez Mandamientos, por ejemplo.
       Se produjo otro silencio, y Noel se sorprendió esperando con irracional ansiedad un nuevo grito del hermoso pájaro en el jardín. Pero el pavo real no se hizo oír. Tuvo la impresión, puramente subconsciente y más irracional aún, de que el pájaro había sido estrangulado al amparo de la noche.
       El poeta se volvió por primera vez hacia Humphrey Crundle, la vista fija en los ojos saltones.
       —Puede que los pavos reales no traigan desgracia; pero el orgullo sí. Cuando usted se propuso violar deliberadamente las tradiciones —o locuras— de los humildes, lo hizo con un espíritu de insolencia y de desprecio, y terminó por violar algo más sagrado. Puede que un espejo roto no tenga influencia maléfica alguna; pero un cerebro trastornado sí, y su locura lo condujo al crimen. Puede que el rojo no traiga desgracia; pero hay algo mucho más rojo y siniestro y de ese algo hay rastros en el borde de la ventana y en los peldaños de la escalera. En un principio tomé ese algo por pétalos.
       Por primera vez desde el comienzo de la cena, el hombre en la cabecera de la mesa no dio signos de agitación. Pero algo, en su súbita y pétrea inmovilidad, pareció inyectar vida a los demás, porque todos se pusieron de pie en medio de un confuso clamor de protestas y de preguntas. Solo Noel guardó su presencia de ánimo.
       —Señor Gale —pronunció firmemente—, usted dijo demasiado o demasiado poco. Muchos pensarían que solo se trata de desatinos, pero yo tengo la impresión de que sus palabras no son tan superficiales como parecen. Pero si deja las cosas como están, deberemos pensar que solo se trata de una atroz calumnia. En otras palabras, usted afirma que hubo aquí un crimen. ¿A quién acusa? ¿O es que debemos acusarnos mutuamente?
       —Yo no lo acuso —contestó Gale— y la prueba está en que si el crimen ha de ser verificado, le ruego que lo haga usted mismo. Sir Daniel Creel, en su calidad de hombre de ley, podrá acompañarlo. Observen las manchas sobre la escalera. Hallarán otras idénticas en el césped al pie de la escalera, yendo en dirección de ese depósito de carbón. Y, si quieren, también pueden echar una ojeada en el interior del depósito. Acaso él sea el término de su búsqueda.
       Crundle permanecía clavado en su asiento, inmóvil como una estatua, y algo advirtió a los presentes de que sus ojos saltones estaban vueltos hacia dentro. Habríase dicho que estaba revolviendo algún oscuro enigma cuya solución se le escapaba.
       Creel y Noel salieron de la estancia y pudo oírseles hablar en voz baja al pie de la escalera. Luego sus voces se perdieron en dirección del depósito de carbón.
       El anciano conservaba su extraña inmovilidad, como un ídolo oriental, cuando, de súbito, pareció dilatarse y brillar como si una lámpara monstruosa se hubiese encendido en su interior. Se puso de pie de un salto, blandió su copa como para un brindis, y la dejó caer con fuerza sobre la mesa, de manera que el cristal se quebró en mil pedazos y el vino formó en el mantel una gran mancha roja.
       —¡Ya está! ¡Yo tenía razón! —gritó con voz exaltada—. ¡Después de todo, yo tenía razón! ¿Es que no comprenden ustedes? ¿No ven ese hombre, allá? No es el convidado número trece. Es en realidad el número catorce, y el que está aquí, el número quince. El verdadero número trece es Arturo Bailey y se porta a las mil maravillas, ¿no es así? Cierto es que no pudo venir, ¿pero qué importancia tiene eso? ¿Por qué diablos habría de importar? Él es el decimotercer miembro del Club, ¿no es así? Por lo tanto, después de él no puede haber otro número trece. El resto me tiene sin cuidado; me tiene sin cuidado lo que puedan decirme o lo que puedan hacerme. Con esto quedan desmentidas definitivamente todas esas patrañas, porque el hombre del depósito de carbón no es el número trece, y desafío a cualquiera.
       Noel y Creel aparecieron en el vano de la puerta, el ceño torvo. Cuando Crundle, arrastrado por el torbellino de sus propias palabras, se detuvo para respirar, Noel pronunció con voz acerada, dirigiéndose a Gale:
       —Lamento tener que decir que usted tenía razón.
       —El espectáculo más horrible que haya presenciado en mi vida —apoyó el viejo Creel, y se sentó súbitamente, llevándose a los labios una copita de coñac con mano trémula.
       —Encontramos, escondido en el depósito de carbón, el cuerpo degollado de un infeliz —prosiguió Noel con una voz sin timbre—. Por la marca de su traje, curiosamente anticuado para un hombre comparativamente joven, parece ser oriundo de Stoke-under-Ham.
       —¿Qué físico tiene? —interrogó Gale con súbita animación.
       Noel lo miró con curiosidad.
       —Tiene un cuerpo muy largo y flaco, con un pelo como estopa. ¿Por qué quiere saberlo?
       —Supongo que debe parecerse algo a mí —repuso el poeta.
       Después de su último y singular arrebato, Crundle habíase dejado caer nuevamente en su silla, sin mostrar en apariencia ningún deseo de defenderse, de huir. Su boca seguía moviéndose, pero hablaba para sí mismo, probándose con lucidez siempre creciente que el hombre a quien había asesinado no tenía derecho al número trece. Sir Daniel Creel pareció por un momento tan trastornado como su huésped; pero fue él quien al fin rompió el penoso silencio. Alzando su cabeza coronada por su peluca grotesca, dijo:
       —La sangre derramada pide justicia. Soy un anciano, pero estaría dispuesto a vengarla sobre mi propio hermano.
       —Voy a llamar a la policía —pronunció Noel, quedo—. No veo por qué habríamos de esperar más.
       Su cuerpo desgarbado y su rostro ascético habían cobrado un nuevo vigor y ardía en sus ojos una extraña llama.
       Un gran hombre rubicundo y florido, que respondía al nombre de Bull, pertenecía al tipo de los viajantes de comercio y habíase mostrado muy barullero en el otro extremo de la mesa, comenzó a intervenir como el presidente de un jurado.
       —Nada de vacilaciones. Nada de sentimentalismos —proclamó con voz estentórea.
       —Penoso asunto, por supuesto; un viejo miembro del club y todo lo demás. Pero afirmo que no soy sentimentalista; y quien lo sea, se merece la horca. Ya no caben dudas sobre la culpabilidad del viejo Crundle. Hace unos minutos, lo oímos confesar prácticamente su crimen, cuando estos señores estaban fuera del cuarto.
       —Soy partidario de una acción inmediata —sostuvo Noel—. ¿Dónde está el teléfono?
       Gabriel Gale se puso frente a la figura hundida en la silla, y se volvió hacia el grupo de los invitados.
       —¡Un momento! —gritó—. Déjenme decir una palabra.
       —Y bien, ¿de qué se trata? —inquirió Noel fríamente.
       —Aborrezco hacer mi propio elogio —dijo el poeta— pero, por desgracia, mi réplica no puede tomar otra forma. Soy un sentimentalista, como diría el señor Bull: soy un sentimentalista en la sangre, un vulgar rimador de canciones sentimentales. Ustedes son personas racionales, sensatas, que se burlan de las supersticiones; ustedes son hombres prácticos y de sentido común. Pero su sentido común no les bastó para descubrir el cuerpo del muerto. Habrían fumado sus cigarros racionales, bebido su grog racional, y luego se hubieran ido a casa, sonrientes y satisfechos, dejando que el cadáver se pudriera en el depósito de carbón. Ustedes nunca se detuvieron a pensar a qué extremos puede conducir una mente forrada de escepticismo, como ocurrió con ese pobre fantoche en la silla. Un sentimentalista, un vulgar rimador, ha descubierto el crimen en lugar de ustedes; acaso porque es un sentimentalista. Y ahora el sentimentalista afortunado debe decir unas palabras para justificar al infortunado.
       —¿Usted se refiere al criminal? —preguntó Creel con su voz seca pero trémula.
       —Sí. Yo lo he descubierto, y ahora voy a defenderlo.
       —De modo que usted defiende asesinos, ¿no es así?
       —Algunos asesinos —replicó Gale con calma—. Este es un asesino de una categoría casi única. En realidad, estoy lejos de creer que sea realmente un asesino. Todo pudo deberse a un simple accidente: una especie de acción mecánica, como la de un autómata.
       La luz de otros tiempos brilló en los apagados ojos de Creel, y su voz incisiva ya no temblaba.
       —Usted quiere decir —pronunció— que Crundle leyó el Telegrama de Bailey, y al comprender que quedaría un asiento sin ocupar fue a la calle y habló a una persona totalmente desconocida, la trajo aquí, fue en busca de una navaja de afeitar o un cuchillo de trinchar, degolló a su invitado, bajó el cadáver por la escalera y lo escondió en el depósito de carbón. Y todo esto por accidente, o por un gesto puramente automático.
       —Muy bien dicho, Sir Daniel —repuso Gale—, y ahora permítame una pregunta, formulada en el mismo lenguaje legal: ¿Qué hace usted del móvil? Usted afirma que Crundle no pudo asesinar a un hombre que le era totalmente desconocido por mero accidente, ¿pero por qué habría de asesinarlo adrede? ¿Con qué fin? Eso no solo no le procuraba la solución de lo que tenía en vista, sino que daba por el suelo con todas sus teorías. ¿Por qué habría de hacer un hueco en la cena del Club de los Trece? ¿Por qué, en nombre del Cielo, habría de hacer del decimotercer miembro un monumento de desastre? Su crimen fue a expensas de su propio credo, o duda metódica o negación, o como quieran llamarlo ustedes.
       —Eso es verdad —asintió Noel—. ¿Cómo explicar el crimen, entonces?
       —Yo creo —repuso Gale— que nadie puede decirlo sino yo mismo; y les voy a decir por qué. ¿Han reparado ustedes en todas las actitudes absurdas que puede adoptar la vida? Supongo que son esas actitudes las que se proponen traducir las nueves escuelas de arte: figuras rígidamente tendidas, de pie sobre una sola pierna o posando manos inconscientes en objetos incongruos. Vivimos una tragedia de posiciones absurdas. Y me lo explico, porque yo mismo, esta tarde, me encontré en una posición por demás absurda.
       »Subí esa escalera por simple curiosidad y estaba observando la mesa como un necio, enderezando distraídamente los cuchillos. Tenía aún el sombrero puesto, pero cuando Crundle irrumpió en el cuarto hice un gesto para sacármelo con la mano que sujetaba el cuchillo; luego, recapacitando, depuse el cuchillo primero. Fue uno de esos movimientos instintivos que suelen sucedemos a todos.
       »Ahora bien, cuando Crundle me vio, tuvo un violento sobresalto, como si yo hubiese sido Dios en persona o el verdugo aguardándolo en su propio comedor; y creo saber el porqué. Es que también yo soy alto y mi cabello parece estopa; y cuando Crundle entró, mi figura se destacaba como una sombra contra la luz de la ventana. En ese instante de pavor se habrá imaginado que el cuerpo, abandonando su escondrijo, se arrastró por la escalera y se instaló aquí como un fantasma. Pero mientras tanto mi gesto indeciso, con el cuchillo en la mano, me había revelado lo que ocurrió en realidad.
       »Cuando ese pobre rústico de tierra adentro penetró aquí, sintió lo que tal vez ninguno de nosotros ha sentido. Acababa de llegar de alguna región donde la estricta observancia de las supersticiones asume jerarquía de culto. Tomó por lo tanto uno de los cuchillos cruzados y se disponía a enderezarlos cuando vio la sal derramada sobre el mantel. Se imaginó posiblemente que su propio gesto había tumbado la salera. En ese instante álgido Crundle hizo su entrada, agravando la confusión de su invitado y apresurando su intento de hacer dos cosas a la vez. El infeliz, que aún sujetaba al mango del cuchillo, se abalanzó sobre la sal para arrojar una pizca sobre su hombro. Pero en el mismo instante el fanático, que se había detenido en el vano de la puerta, saltó sobre él como una pantera y sujetó la muñeca ya alzada.
       »Porque todo el frágil universo que había forjado Crundle dependía de ese momento. Ustedes, que hablan de supersticiones, ¿repararon acaso en que esta es una casa hechizada? ¿No comprenden que está plagada de encantamientos y de ritos mágicos, solo que se hacen al revés, como las brujas recitaban el Padrenuestro? ¿Pueden imaginarse la zozobra de una bruja si hubiese pronunciado correctamente dos palabras de la oración? Crundle comprendió que este aldeano iba a trastornar todos los sortilegios de su propia magia. Si el aldeano arrojaba sal por encima de su hombro, todo el edificio se vendría abajo. Con la fuerza acumulada de su terror y de su odio, detuvo la mano que sujetaba el cuchillo, atento solamente a evitar que algunos granos de polvo plateado salpicaran el suelo.
       »Sólo Dios sabe si fue un accidente. Pero yo soy un hombre y él es un hombre, y por lo tanto no lo entregaré a los jueces si puedo evitarlo, por el solo hecho de haber cometido un crimen por accidente, o por un gesto automático, o acaso también por una especie de defensa propia. Si alguno de ustedes toma un cuchillo y una pizca de sal y se coloca en la posición del muerto, comprenderá lo ocurrido. Resumo, pues: en ningún momento y bajo ninguna circunstancia, quizás, pudo producirse el hecho exactamente en esa posición, y el filo de un cuchillo hallarse tan cerca de un pescuezo humano sin intención en ambas partes, excepto como culminación de este entrelazamiento de trivialidades que debía terminar en tragedia. Porque solo mediante un extraño juego de circunstancias pudo ocurrir que ese hombre de tierra adentro, llegado con su pequeño equipaje de creencias camperas, se topase con este excéntrico rabioso, y que todo terminase en una vulgar pelea: el choque de dos supersticiones.
       La figura en la cabecera de la mesa había sido casi enteramente olvidada. Pero Noel volvió ahora sus ojos hacia ella, y preguntó con una paciencia fría, como si se dirigiese a un niño caprichoso:
       —¿Es verdad todo esto?
       Crundle se puso de pie con un movimiento inseguro, sus labios agitados por un constante temblor. Todos notaron que entre ellos asomaba un poco de espuma.
       —Lo que quisiera saber… —empezó diciendo con voz tonante; pero de pronto la voz pareció secarse en su garganta, trastabilló y se desplomó sobre la mesa, en medio de un fragor de cristales rotos.
       —Debemos llamar a un médico —dijo Noel.
       —Aunque llamaran a dos, las cosas no cambiarían —repuso Gale, y se encaminó hacia la ventana por donde entrara una hora antes.
       Noel fue con él hasta el portón del jardín, a través del césped que, bajo los rayos lunares, parecía casi tan azul como el pavo real. Ya en la calle, el poeta se volvió hacia su compañero.
       —Supongo que usted es Norman Noel, el célebre explorador —dijo—. Le confieso que su persona me resulta más interesante que la de ese pobre monomaníaco; y deseo hacerle una pregunta. Perdóneme si imagino las cosas por usted, por decirlo así; es una deplorable costumbre mía. Usted ha estudiado las supersticiones en todo el mundo y vio cosas comparadas con las cuales todas esas tonterías sobre sal derramada y cuchillos puestos en cruz son juego de niños. Usted recorrió selvas misteriosas, cruzadas por el profético vuelo de los vampiros, más vastos que dragones; o montañas frecuentadas por hechiceros, donde se afirma que un hombre puede ver en el rostro de su amigo o de su mujer los ojos de una bestia salvaje. Usted ha conocido pueblos que tenían verdaderas supersticiones; supersticiones diabólicas, soberbias, terribles. Usted ha vivido en medio de esos pueblos, y quiero formularle una pregunta sobre ellos.
       —Veo que también usted sabe algo a su respecto —pronunció Noel—, pero voy a contestarle.
       —¿No eran más felices que nosotros?
       Gale hizo una ligera pausa, luego prosiguió:
       —¿No entonaban más cantos, no bailaban más danzas, no bebían vino con regocijo más real? Y eso era porque creían en el mal. Un mal personificado. Por hechizos, tal vez, o por la mala muerte u otros símbolos tan estúpidos como bajos; pero fuerzas, al fin y al cabo, contra las que debía lucharse. Todo para ellos se resumía en blanco o negro, y contemplaban la idea como lo que es: un campo de batalla. Usted, en cambio, no es feliz porque no cree en el mal, y porque adoptó la cómoda actitud de no considerar las cosas sino bajo una uniforme tonalidad gris. Y yo le hablo así, porque esta noche usted tuvo una revelación: usted vio algo digno de aborrecer, y por eso se siente feliz. Un simple crimen no habría bastado. Si la víctima hubiese sido algún anciano de la ciudad, o aun algún joven de la ciudad, nunca habría herido su sensibilidad de tal modo. Pero yo sé qué impresión usted ha tenido porque hubo algo, en la muerte de ese pobre campesino, más odioso que cualquier palabra.
       Noel asintió.
       —Supongo que era la forma de las colas de su saco [o sea, la forma peculiar del saco de los pastores protestantes] —dijo simplemente.
       —Ya me lo figuraba —contestó Gale—. Bueno, ese es el camino de la realidad. Buenas noches.
       Y prosiguió su camino por una ruta suburbana, adquiriendo conscientemente el tono de los campos bañados de luna. Pero no encontró ningún otro pavo real y es probable que no lo deseara tampoco.




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