Henry James
(1843-1916)

La Casa Natal
(“The Birthplace”, 1903)
The Better Sort (Lo más selecto), 1903



I

      La oferta, al principio, les pareció demasiado buena para creérsela, y la carta que les dirigió su amigo para, como decía, tantear el terreno, para sondear sus inclinaciones y posibilidades, cerca estuvo de sentarles como una broma pesada. Su amigo, el señor Grant-Jackson, persona pujante y destacada, admirable en discusiones y organización, abrupta en el trato, inesperada, si no perversa, en su actitud, y aclamada y rechazada por igual en la amplia región central donde había mostrado, tal como dice la frase, de qué pie cojeaba, los había sorprendido con una propuesta del todo inesperada que los había impresionado de tal manera que sentían más temor que esperanza. El puesto había quedado vacante con la muerte de una de las dos mujeres, madre e hija, que habían cumplido con las obligaciones durante quince años; la hija había tenido intención de seguir sola, para hacer un favor, pero, a pesar de que era ya muy madura, había recibido una proposición de matrimonio que la obligaba a retirarse, y corría no poca prisa resolver la cuestión de quiénes serían los nuevos titulares. Así pues, se necesitaba algún tipo de pareja unida, pero el tipo apropiado, preferiblemente, un par de hermanas educadas y competentes, si bien un matrimonio tenía sus ventajas si se valoraban otros méritos. Los aspirantes, candidatos y personas que asediaban las puertas de todos los que supuestamente tenían voz en el asunto eran ya innumerables, y el señor Grant-Jackson, que, a su manera, era diplomático y cuya voz, aunque tal vez no fuera de las que hablaban más alto, poseía timbres insistentes, había visto cómo sus preferencias se decantaban por una persona o par de personas que habían guardado una actitud muda y decente. Le había parecido que los Gedge esperaban en silencio —aunque, en realidad, ningún entrometido había llevado hasta tan al norte la insinuación de aquella dicha o peligro—, y la feliz idea, por lo demás, se le había ocurrido gracias a un recuerdo que, si bien no muy reciente, nunca había dado frutos semejantes.
       Morris Gedge, en su juventud, había dirigido durante unos años una pequeña escuela privada de las que se conocen como preparatorias, y sucedió que había acogido bajo su techo al hijo pequeño del gran hombre, que, por entonces, no era tan grande. El niñito, durante una ausencia de sus padres de Inglaterra, cayó peligrosamente enfermo, tan peligrosamente que los llamaron con urgencia, aunque con los retrasos inevitables, para que regresaran de un país lejano: habían ido a Estados Unidos y tenían que volver a cruzar todo el continente y el gran mar. Cuando llegaron, se encontraron al niño a salvo, pero a salvo, como no pudo por menos de salir a la luz, gracias a la extrema devoción y el perfecto juicio de la señora Gedge. Ésta no tenía hijos y se había encariñado con el más tierno y chiquitín de los alumnos de su marido, y ambos habían temido como un desastre espantoso el daño que la pérdida del niño pudiera causar a su pequeña empresa. Nerviosos, inquietos y sensibles, con un orgullo —como, por cierto, bien sabían— por encima de su posición, que nunca, ni en el mejor de los casos, dejaría de ser sombría, lo habían cuidado aterrorizados y lo habían sacado adelante, esforzándose hasta el agotamiento. Y sucedió que el agotamiento les llegó temprano y, por un motivo u otro, se convirtió en su sino de modo permanente. Como decían, la muerte del niño habría acabado con ellos; sin embargo, su recuperación no los había salvado; con lo que formaba parte, sin duda, de una franqueza tímida pero tenaz, no tenían por ello la sensación de haber guardado un tesoro. Y no sería tesoro alguno, ni en sueños ni despiertos; y los años que siguieron cojearon bajo el peso de ambos, de vez en cuando se tambalearon penosamente y a duras penas consiguieron no dejarlos caer en el polvo. En lugar de prosperar, el colegio fue menguando hasta su cierre. La salud de Gedge flaqueó y más aún cualquier indicio de capacidad para darse a conocer como hombre útil y experto. Puso a prueba varias cosas, puso a prueba muchas cosas pero, al final, se habría dicho que éstas, en la misma medida, lo habían puesto a prueba a él. En la época a la que me refiero, sobre todo, ponían a prueba a sus sucesores, mientras él se encontraba, con una sensación de embotada dicha, derivada, en su caso, de la mera postergación de todo cambio, al frente de la gris biblioteca municipal de Blackport-on-Dwindle, toda ella granito, niebla y ficción femenina. En esa situación, a su alrededor se consideraba, sin duda, que su inteligencia general —reconocida como su mayor mérito— estaba sometida a menos presión que su dominio de algunos asuntos en los que su debilidad era manifiesta.
       Fue en Blackport-on-Dwindle donde la flecha de plata lo alcanzó y lo atravesó; la custodia de templo tan distinto se presentó como una alternativa a la distribución de volúmenes gastados, con las esquinas dobladas, cuyos títulos, en boca de innumerables jóvenes banales, desafiaban su calma. El estipendio mencionado difería poco del magro sueldo que se le pagaba en aquellos momentos, pero, aunque hubiese sido menor, el interés y el honor habrían sido determinantes. Aunque nunca había tenido ocasión de acercarse al santuario que habría de presidir, le parecía el más sagrado de los conocidos en toda la historia de la humanidad, el primer hogar del poeta supremo, la Meca de la raza de lengua inglesa. Las lágrimas acudieron a sus ojos antes que a los de su mujer cuando miraron la estrecha prisión que en aquel momento los rodeaba, tan poco iluminada por las luces del intelecto, de tan escasa laboriosidad, tan alejada de cualquier sueño, tan intolerable para el buen gusto. Tuvo la sensación de que se había abierto una ventana a un gran bosque verde, un bosque que llevaba un nombre glorioso, inmortal, poblado de figuras vívidas, todas ellas renombradas, que emitía un murmullo, profundo como el sonido del mar, que era el susurro, en la penumbra del bosque, de toda la poesía, la belleza, el color de la vida. Sería prodigioso que él tuviera la llave de ese mundo transfigurado. No, no podía creerlo, ni siquiera cuando Isabel, al ver su expresión, se acercó y, amablemente, le dio un beso. Él negó con la cabeza con una extraña sonrisa.
       —No lo conseguiremos, ¿cómo vamos a conseguirlo? Es perfecto.
       —Si no lo conseguimos, él se habrá comportado con crueldad, cosa que es imposible cuando ha esperado tanto tiempo para ser amable.
       La señora Gedge lo creía de veras, quería creerlo. Puesto que las amplias puertas del mundo de la poesía se les habían abierto de repente, era de justicia poética que fueran los primeros en saberlo. Tenía fe en su patrocinador; repentina, pero ahora completa.
       —Se acuerda: eso es todo; y ésa es nuestra fuerza.
       —¿Y cuál es la suya? —preguntó Gedge—. Quizá quiera colocarnos, pero eso no quiere decir que pueda. ¿Qué tenemos nosotros que no tengan los demás?
       —Pues que somos justo lo que necesitan.
       La señora Gedge sólo conocía las necesidades del caso, hasta el momento, gracias a la escasa información recibida, totalmente vaga, y, al igual que su marido, nunca había estado en el lugar sagrado; pero se veía alzando la mano enguantada por encima de una colección de objetos notables y diciendo a un nutrido grupo de personas boquiabiertas y reverentes: «Y ahora, hagan el favor de pasar por aquí». Incluso se oía contestando con presteza y decisión alguna pregunta suelta de un visitante en quien la audacia prevaleciera sobre la reverencia. En una ocasión, hacía años, había visitado con una prima un gran castillo del norte, y así los había conducido la encargada. Tampoco se veía como encargada; estaba muy por encima, y el movimiento de su mano lo demostraría. Aquello, junto con tantas otras cosas, lo resumió en la respuesta a su compañero:
       —Lo que tenemos nosotros es que tú eres un caballero.
       —¡Oh! —dijo Gedge, como si nunca se le hubiera ocurrido y, sin embargo, no mereciera la pena pensar en ello.
       —Me lo imagino perfectamente —prosiguió ella—. Han encontrado ya unas personas vulgares y piensan que no sirven. Nosotros somos pobres y somos modestos, pero cualquiera puede ver lo que somos.
       —¿Quieres decir…? —preguntó Gedge. Más modesto que ella, no sabía muy bien qué quería decir.
       —Somos refinados, sabemos hablar.
       —¿Sí? —volvió a preguntar, súbitamente inquieto.
       Pero, desde el principio, ella estuvo más segura de todo que él; de manera que al cabo de unas semanas, cuando la sombra de la incertidumbre —aunque era sólo una sombra— había crecido hasta casi enfermarlo, ella creyó triunfar en el momento en que llegó la noticia de que los habían nombrado con justicia.
       —Cobraremos poco, pero podremos apañárnoslas —en esa ocasión, ella insistió en su idea—. Pero somos personas muy cultivadas y, para ellos, conseguir eso, ¿te das cuenta?, sin que vaya acompañado de grandes pretensiones ni exigencias, debe de ser un sueño. No tenemos posición social, pero no nos importa nada, ¿verdad?; eso es porque conocemos la diferencia entre las realidades y las farsas. Somos realistas y eso nos da sentido común, cosa que la gente vulgar no tiene en absoluto y allí, después de todo, seguro que lo necesitan, como tantas otras cosas.
       Su compañero la seguía, pero meditabundo, como si en unos instantes su horizonte se hubiera ensanchado tanto que se sintiera perdido y necesitara nueva orientación. Lo rodeaban espacios brillantes y el simple vínculo confería un arco más noble a los cielos.
       —Debes conceder que, además, tenemos cierto apego a lo romántico. Me parece a mí que eso es lo bello. Nos ha faltado durante toda la vida y ahora nos llega. Estaremos en el mismísimo centro, podremos saciarnos.
       Ella lo miró a la cara, buscando el efecto de aquella perspectiva en él, y la suya se iluminó como si, de repente, su marido se hubiera vuelto hermoso.
       —Desde luego, viviremos como en un cuento de hadas. Pero lo que quiero decir es que daremos, en cierto modo y con mucho gusto, tanto como recibamos. En cuanto a lo demás, nosotros, por ejemplo, somos pulcros.
       La carta había llegado a la hora del desayuno y la señora Gedge quitó una mosca del plato de la mantequilla.
       —Y así mantendremos aquel sitio.
       Tras decir esto, quitó del sofá y puso encima del piano una lata de galletas que se había negado a caber en el aparador. En Blackport vivían en habitaciones alquiladas de las más pobres, tal como se la había oído declarar con una franqueza que en Blackport pareció ingrata. En la Casa Natal —y eso mismo, tras la vida que llevaban, era ya motivo de júbilo— no vivirían en habitaciones, puesto que había una casa independiente para el guarda, de la misma manera que, algunas veces, junto a una iglesia antigua y pintoresca, se encuentra la casa del párroco, igualmente antigua y bonita. En conjunto, aquello sería su hogar, y ese hogar formaría un mundo pequeño que no querrían dejar nunca. En este sentido, ella daba vueltas a sus ganancias; puesto que, evidentemente, aunque el salario no era mejor, la casa que se les daba supondría una gran diferencia. Él asentía, pero con aire ausente, y a ella casi la impacientaba el alcance de sus pensamientos. Era como si algo, su mismo número, le velara la vista; hasta que el propio Gedge aclaró de qué se trataba.
       —¡Lo que no puedo digerir es que sea un hombre como él…! —exclamó, casi descompuesto por la emoción.
       —¿Como él?
       —¡Él, el, ÉL…! —era demasiado.
       —¿Grant-Jackson? Sí, es una sorpresa, pero está claro que ha estado pensando durante este tiempo en lo que más nos convenía.
       —Me refiero a él —Gedge contestó con mayor frialdad—. A que nos convirtamos en algo familiar e íntimo: porque así es como será. Viviremos con Él.
       —Claro, eso es lo hermoso del asunto —y añadió alegremente—: cuanto más hagamos, más lo querremos a Él.
       —Sin duda, pero es un poco sobrecogedor. Cuanto más lo conozcamos —reflexionó Gedge—, más lo querremos a Él. Mira, la verdad es que no lo conocemos muy a fondo.
       —Lo conocemos tan bien, supongo, como la clase de gente que han tenido. Y lo probable es que no sea tremendamente necesario, a menos que nos importe, como es nuestro caso. Porque están los hechos.
       —Sí, están los hechos.
       —Es decir, los principales. Eso es lo único que quiere la gente… la gente que va.
       —Sí, seguramente sólo querrán eso.
       —Así que eso era lo único que tenían que saber las personas que estaban encargadas.
       —Ah —dijo él como si fuera una cuestión de honor—, nosotros tenemos que saberlo todo.
       La señora Gedge coincidió alegremente: él pensó que ella tenía el mérito de mantener el caso dentro de sus límites.
       —Todo —añadió ella—. Pero, sobre él personalmente, tampoco hay mucho, ¿no?
       —Me parece que más que antes. Han descubierto cosas.
       Tuvo una magnífica idea.
       —¡Quizá descubramos algo!
       —Oh, me conformaría con mejorar un poco lo que ya se ha hecho.
       Y sus ojos se detuvieron en un estante de libros, la mitad de los cuales, poco usados pero muy desvaídos, eran de un recargado estilo «de regalo» y pertenecían a la casa. Entre ellos, los suyos eran, por lo general, vulgares ejemplares de consulta, sin excluir una vieja Bradshaw[1] y un catálogo de la biblioteca pública de la ciudad.
       —Ni siquiera tenemos una colección propia. De sus Obras —explicó él, aclarando enseguida el sentido, tal vez más obvio, que ella podría haberle dado.
       Aquello parecía una lamentable demostración de lo escaso de sus posesiones, hasta que el doloroso bochorno con que reconocieron el hecho se transformó en un tipo distinto de calor. Precisamente, debido a aquella pobreza, su nueva situación, con su encanto intrínseco, los consolaría. Y a la señora Gedge se le ocurrió una idea feliz.
       —¿Y la biblioteca no los tendrá?
       —Oh, no, no tenemos nada de eso, ¿por quiénes nos tomas? —sin embargo, aquello sólo era una broma del buen ánimo de Gedge: la forma en que el abatimiento y el humor le servían para expresar su amargura por los gustos literarios de Blackport. Nadie los conocía como él. En realidad, le parecían un signo tan ominoso que el aliciente de la idea de marcharse se reforzaba con la idea de escapar de ellos. Por supuesto, la institución a la que servía no merecía el reproche en el que había florecido su ironía; y lo cierto era que si las diversas colecciones en que se presentaban sus Obras estaban un poco polvorientas, el polvo también era, en cierto modo, culpa suya. Para compensarlo, se vio dedicando inmediatamente todo su tiempo a su estudio; se vio encendido con una nueva pasión, comentando y cotejando textos con empeño. La señora Gedge, que había sugerido que deberían, hasta que llegara el momento del traslado, leer al Autor por las tardes —sin duda, como lo harían todavía más cuando estuvieran cerca de Él—, también sentía, a su manera, el hechizo; de modo que el período más feliz de su inquieta vida quizá fuera la serie de horas a la luz de la lámpara, tras la cena, en las que, tomando el libro alternativamente, declamaban, casi representaban, a su autor benefactor: su amigo personal, su luz universal, su divinidad y autoridad definitiva. Se preguntaban ya dónde estarían sin él. Cuando el nombramiento llegó de manera oficial, su relación con él se había desarrollado inmensamente. A Morris Gedge le hacía gracia que, en fechas tan recientes, se hubiera ruborizado por su ignorancia y así se lo comentó a su esposa durante la última hora que pudieron dedicar a su estudio, antes de dirigirse, tras cruzar medio país, al escenario de su romántico futuro. Era como si, en latidos profundos y frecuentes, en frías olas que rompían de repente y bañaban su pensamiento, le hubiera llegado toda la posesión, comprensión y apoyo, toda la verdad, la vida y la historia, y todo aquello le hubiera llegado, como dicen los periódicos, para quedarse.
       —Es absurdo —no dudaba en decir él— decir que no lo «conocemos». Si no lo conocemos es porque somos burros. Él está allí, metido hasta las cejas, y cuanto más nos vayamos introduciendo, más estaremos con Él —declaró—. Tengo la sensación de verlo allí como si estuviera pintado en la pared.
       —Sí, ¿verdad? ¿Y no sientes dónde está? —preguntó la señora Gedge con delicadeza—. Lo vemos porque lo queremos, así son las cosas. ¿Cómo no vamos a querer a nuestro viejo amigo, con todo lo que Él está haciendo por nosotros? No hay luz como la del verdadero afecto —la señora Gedge tenía afición a las frases sentenciosas.
       —Sí, supongo que sí. Y, sin embargo —meditó su marido—, veo, maldito sea, los defectos.
       —Eso pasa porque eres muy crítico. Los ves, pero no te importan. Los ves, pero los perdonas. Allí no debes mencionarlos. Ya sabes que no vamos allí para eso.
       —¡No, claro que no! —dijo riendo—. Echaremos a cualquiera que haga la menor insinuación al respecto.



II

      Si la dulzura de los meses preliminares había sido grande, grande también, aunque casi excesiva como agitación, fue la maravilla de estar de veras alojados con Él, pisar día y noche allí donde Él había puesto los pies, tocar los objetos o, en cualquier caso, las superficies, las sustancias sobre las que sus manos habían jugado, que sus brazos, sus hombros habían rozado, el aire —o algo no muy distinto— en el que Su voz había vibrado. Al principio tuvieron breves momentos de aturdimiento, de desconcierto; el lugar era, al mismo tiempo, más humilde y más impresionante de lo que habían imaginado, más semejante a una casita de campo y a un museo, un poco más arcaico y desnudo y un poco más rico y oficial. Pero estaban convencidos de que los esperaba, con paciencia e indulgencia, el ángulo en que inevitablemente todos los términos se unirían; además, desde la primera noche, después del momento de cerrar, cuando el último e inexpresivo peregrino se hubo marchado, el hechizo, la presencia mística —como si la tuvieran para ellos solos— era ya todo lo que podrían haber deseado. Habían recibido, por atención de Grant-Jackson, además de una lista de instrucciones y consejos, que, por su número, y, en algunos casos, por su naturaleza, había hecho que se sintieran un poco deprimidos, varias guías, manuales, homenajes de viajeros, escritos conmemorativos y otras publicaciones de tres al cuarto destinadas a la venta que, sin embargo, por el momento, engulliría el interesante episodio de su instalación o iniciación, prevista de antemano para ellos por varias personas cuya conexión con el establecimiento era, en tanto que superior a la de ellos, todavía más oficial, y, en especial, por una de las señoras que durante tantos años había cargado con el trabajo. Gedge había mantenido cierta reserva sobre las instrucciones que venían de más arriba, sobre los libros baratos, los hechos conocidos y sobre aquella leyenda tan hinchada, sobre la supervisión, el sometimiento, la imagen de una jaula en la que podría circular y el raíl por el que podría deslizarse; pero de repente pareció abandonarlo todo poder de reacción en presencia de su predecesora, tan visiblemente competente, y por efecto de los buenos oficios de ésta. Él no tenía el recurso, del que sí disfrutaba su mujer, de imaginarse con impaciencia vestido de seda negra con un estilo caracterizado por el tono justo de austeridad; de manera que aquella persona de mediana edad firme, desenvuelta, experta y totalmente respetable lo tenía, en cierto modo y en todos los aspectos, por completo a su merced.
       Sin duda, fue un momento triste cuando, para aprender —puesto que la señorita Putchin seguiría en el terreno un día o dos—, aceptó su propuesta de «dar una vuelta» con ella y con los sucesivos grupos de visitantes que tenía que seguir atendiendo. Gedge aprecio su método: se dio cuenta entonces de que tenía que haber algún método; la admiró porque la encontró clara y concisa; puesto que ahí estaban los hechos, tal como había dicho su mujer en Blackport, y tenían que exponerse en su momento; sin embargo, en más de una ocasión se sintió como un niño muy pequeño mientras andaba detrás, con la señora Gedge, en la cola de aquel cometa humano. Se les había ocurrido pensar que, gracias a esta asistencia, podrían abarcar más plenamente los posibles accidentes e incidentes, por así decirlo, de la relación que habrían de mantener con el gran público; y la nerviosa percepción que el pobre hombre tuvo del gran público fue tal que rápidamente resistió peor cualquier diversión menor que los admirables modales de su guía. Su atención vagaba de sus boquiabiertos acompañantes a los de la sacerdotisa vestida de seda negra, acerca de la cual no dejaba de preguntarse si él o Isabel podrían tener esperanzas de llegar a parecérsele remotamente; después saltaba sin descanso a las numerosas personas que le revelaron, como nunca se le había revelado todavía, la feliz capacidad de las personas simples para estar pendientes de los labios de los sabios. Lo más importante pareció ser —cosa que no dejaba de resultar sorprendente— que el trabajo era fácil y la tensión —porque como tensión la habían temido—, moderada. De manera que si se hubiera percatado en el momento, podría haberlo desconcertado la conciencia de que el último efecto de la impresión era una extraña incapacidad para fundamentarse en ella, una agitación profunda que amenazaba vagamente con crecer. «Mire, no es muy complicado», parecía decir la señora vestida de seda negra, al tiempo que hacía cualquier cosa con sus modales pulcros, sobrios y alegres; a pesar de lo cual, aquella primera vez —después de que varios grupos hubieran entrado, salido, subido y bajado— él ya llegó a preguntarse si no sería más complicado de lo que la mujer creía. La señorita Putchin era, por así decirlo, la amabilidad en persona, toda ella transmitía ánimos y tranquilidad, pero todas esas cosas desprendían un aroma algo acre que, por acumulación, antes de que se despidieran, enturbió un poco, a su parecer, la luz de su sonrisa de agradecimiento. Una vez más, ella lo tomó como síntoma de alguna debilidad suplicante por parte de Gedge: nunca podría ser tan valiente como ella; así que concluyó con unas palabras amables, dichas desde lo más profundo de su experiencia.
       —Ya aprenderá, no tenga miedo… Ya llegará el momento, y entonces se sentirá como si nunca hubiera hecho otra cosa.
       Más tarde vería que en ese momento debería haber empezado a estremecerse ante aquella amenaza: la idea de que llegaría a sentirse como si nunca hubiera hecho otra cosa. La señorita Putchin se convirtió en el germen de un castigo. Sin embargo, el apoyo que le ofrecía siguió sorprendiéndolo; lo expuso todo sobre una sólida base cuando dijo:
       —La verdad es que ellos son encantadores, se toman mucho interés. Y nunca hacen nada que no deban. Así fue siempre con madre y yo.
       Gedge se había dado cuenta ya de que, en la conversación de la buena mujer, ese «ellos» a quienes se refería constantemente designaba a los millones de personas que arrastraban los pies por toda la casa; el pronombre en cuestión estaba siempre en sus labios, las hordas que representaba llenaban su conciencia, la suma de su número contribuía a su gloria. La señora Gedge se apresuró a darle la razón:
       —Debe de ser maravilloso ver el efecto que causa en tantas personas y sentir que uno puede hacer algo para que sea… permanente.
       Pero Gedge guardó silencio porque empezaba a ser cada vez más claramente consciente de que aquel era, para él, un punto de vista nuevo sobre la referencia hecha, ya que nunca se le había ocurrido que las cualidades del lugar derivara de Ellos, sino de Otra Persona, y que Ellos, en definitiva, parecían estar echándolo fuera a Él. Casi se molestó por Él, y quizá eso tuviera algo que ver con el tono algo injusto de su siguiente pregunta.
       —¿Y Ellos siempre son… por así decirlo… tan… tontos?
       —¡Tontos!
       Lo miró de hito en hito con la expresión de que nadie remotamente relacionado con aquel asunto podría ser semejante cosa. Todo el mundo, sin excepción, era siempre pulcro, alegre y desenvuelto, excepto cuando resultaban ser atentos, irreprochables y, en la medida de lo posible, americanos.
       —Lo que quiero decir —se explicó él— es que me pregunto si una mínima parte de los visitantes se interesa por Él.
       Su mujer le pisó el pie; ella reprobaba la ironía. Pero, afortunadamente, su amiga no advirtió aquel error.
       —Por eso mismo vienen, porque están muy interesados. Algunas veces me parece que es lo que más les interesa en el mundo —tras decir esto, la señorita Putchin miró a su alrededor—. Lo han puesto todo muy bonito, ¿verdad?
       Gedge advirtió que ahora el sujeto de la frase era otro; se refería a las personas que mandaban, las que lo habían nombrado, el Órgano de Gobierno que los visitaba, y respecto a eso más tarde comentaría a la señora Gedge que uno —ésa era la dificultad— «no sabría por dónde tomarla»[2]. Su mujer, desconcertada, cuestionó en aquel momento la necesidad de tomarla por ninguna parte, y él dijo alegremente:
       —Claro, es verdad.
       En realidad, estaba razonablemente satisfecho con los últimos toques que su amiga había dado al retrato.
       —Muchos de los que vienen lo saben todo, y los americanos muchas veces están muy informados. A madre y yo —ése era el único error que cometía— nos gustaba mucho el interés de los americanos. Algunas veces hemos tenido noventa en un día y todos querían oírlo y verlo todo. Pero ya aprenderá a quitárselos de encima, todo es cuestión de experiencia.
       Para tranquilidad de Gedge, la señorita Putchin volvió al asunto. También regresó a otros: hizo justicia al considerable grupo que llegaba bien dispuesto y preparado.
       —Algunos saben más que una misma, pero eso sólo se debe a su interés.
       —¿Quién sabe más sobre qué?
       —Pues sobre este sitio. Quiero decir que tienen ideas propias: sobre lo que es todo, dónde está, lo que no es y dónde debería estar. Hacen preguntas, claro —dijo, no tanto como advertencia como con la intención de demostrar que era competente y experimentada—. Y la toman contigo cuando creen que te equivocas, ¡como si fuera posible! Si una sabe demasiado… —esbozó una sonrisa cortés—. Seguro que usted sabrá demasiado.
       —Oh, no creo que usted pueda saber demasiado, ¿verdad? —y Gedge también sonrió. Sabía, pensaba él, lo que decía.
       —Bueno, una tiene que saber tanto como los demás. En todo caso, pretendo saberlo —declaró la señorita Putchin—. Nunca me han cogido en falta.
       —De eso estoy segura —dijo la señora Gedge con una euforia casi personal.
       —Por supuesto —añadió él—, no quiero que me cojan en falta.
       Ella añadió que, en ese caso, Ellos se le echarían encima, y Gedge se dio cuenta de que, en esta ocasión, se refería a las autoridades. Acentuó la conciencia de todos los elementos que debía tener en cuenta; sin embargo, sintió al mismo tiempo que los poderes superiores no eran lo que más debía temer.
       —Me alegro —señaló Gedge— de que hagan preguntas algunas veces; pero me he dado cuenta de que hoy nadie ha preguntado nada.
       —Pues se habrá perdido usted alguna, pero no ha sido gran cosa. Me han hecho tres o cuatro, demasiado bobas para que las recuerde. Pero, por supuesto, la mayoría son bobas.
       —¿Se refiere a las preguntas?
       Ella rio con todas sus ganas.
       —Claro, no me refiero a las respuestas.
       Tras esto, desairado y silencioso, Gedge se sintió como uno más de la masa. Eso hizo que se comportara con cierta malicia.
       —No sabía si se refería a la gente en general, hasta que he recordado que me explicó que la gente es lista y sólo se equivoca de vez en cuando.
       En realidad, no fue hasta entonces cuando ella perdió la paciencia. Y, sin duda, él había tenido, más de lo que pensaba, aire de someterla a un interrogatorio.
       —Ya lo verá por sí mismo.
       De eso estaba seguro. De hecho, se mostró tan dispuesto a aceptarlo que la señorita Putchin rectificó, adoptó una actitud conciliadora y le dijo con franqueza que, de vez en cuando, aparecían: no los tontos, no, sino los preguntones.
       —Hemos tenido discusiones muy animadas sobre puntos muy conocidos, ¿sabe? Lo quieren todo a su manera y me doy cuenta de quiénes van a discutir en cuanto los veo. Ésa es una de las cosas que una hace: aprende a clasificar a la gente enseguida. Y si eso es lo que le da miedo, que lo interrumpan para llevarle la contraria, no se preocupe —tuvo la amabilidad de añadir—. ¿Qué saben ellos, al fin y al cabo, cuando, para nosotros, esto es nuestra vida? Nunca he cedido ni una pulgada porque, mire usted, no estaría aquí si no supiera dónde estoy. Igual que usted tampoco estará aquí dentro de un año (ya me entiende, para ponernos en lo imposible), si no lo sabe. Espero que así sea, a pesar de sus fantasías —y, una vez más, pisó terreno firme—. Están los hechos. Si no fuera por eso, ¿dónde estaríamos nosotros? En eso tiene que basarse. Una persona, por insolente que sea, no puede decidir cómo son porque se le meta en la cabeza. Sólo pueden ser de una manera —añadió alegremente mientras se despedía—. ¡Y estoy segura de que eso es suficiente!



III

      Gedge no sólo mostró con entusiasmo su conformidad —una manera bastaba, si era la correcta— sino que, tras esta conversación, se lo repitió a su esposa en diversas ocasiones:
       —Sólo puede haber una manera, una manera —decía una y otra vez, aunque, en realidad, lo hacía como si fuera una broma.
       Hasta que ella le preguntó cuántas más suponía que necesitaba ella. Gedge no contestó, sino que recurrió a otra repetición:
       —Están los hechos, los hechos —sin embargo, quizá en esa ocasión la guardó un poco más para sí y más tarde la fue diciendo de vez en cuando en distintas partes de la casa. La señora Gedge tenía mucho que comentar sobre su inteligente introductora, aunque nada negativo, excepto en lo que concernía a su modo de hablar, a su «a madre y yo», y a un tono general que, sin duda, en nada se parecía al estilo de ellos.
       —No lo sé —dijo él—, quizá venga con este sitio, ya que, al parecer, lo de hablar en versos inmortales se diría que no viene. Es como si tuviera que ser lo uno o lo otro. Supongo que dentro de unos meses yo también diré «a la mujer y yo».
       —¿Y por qué no dices ya, de entrada, «a la parienta y yo»? —preguntó ofendida la señora Gedge—. Me parece que no sé qué te pasa —señaló más tarde.
       —Lo único que me pasa es que estoy nervioso, tremendamente nervioso e ilusionado, y no sé si sería posible no estarlo. No se puede colocar a un individuo en este puesto como en una plaza en correos. Ahora que estoy aquí, esto se me sube a la cabeza, ¿cómo evitarlo? Pero lo viviremos plenamente y quizá —dijo, dando a entender que la otra posibilidad sólo era, sin duda, parte de su éxtasis— lo viviremos a fondo y sobreviviremos.
       Aquel lugar alimentaba su imaginación, ¿cómo no? Y la imaginación le afectaba los nervios y, todo ello junto, con la intensidad general y la inmersión nueva y completa, le hacían imposible el descanso: apenas podía acostarse por las noches y, ya en la primera semana, en más de una ocasión se despertó de madrugada para dar vueltas, arriba y abajo, con la lámpara, de pie, sentado, escuchando, preguntándose, en la quietud, como si quisiera recuperar algún eco, sorprender algún secreto del genius loci. No habría podido explicarlo y, en realidad, no necesitaba hacerlo, al menos, a sí mismo, puesto que el impulso se limitaba a apoderarse de él y a agitarlo; pero el tiempo que transcurría después de cerrar, después de que se fuera la gente. —Ellos (pues se daba cuenta de que empezaba a pensar en ellos así), predominantes, insistentes, siempre en primer plano—, y que lo acercaba, o debería haberlo acercado, parecía creer él, a la Presencia del santo lugar, ampliaba la oportunidad de la comunión y la hacía más intensa. Estas rondas nocturnas, como él las denominaba, inquietaban a su mujer, que no estaba dispuesta a compartirlas y decía con decisión que un lugar como aquél debería estar prohibido después de anochecer. La señora Gedge se recreaba en la constatación de que su pequeña residencia, aunque fuera contigua, era un lugar distinto, donde ella limpiaba la lámpara, azuzaba el fuego y oía silbar la tetera mientras ponía orden en los descuidos de la criadita que trabajaba allí durante el día; se veía con cierta presteza trazando la línea entre su territorio y aquél en el que podría vagar el gran espíritu. El gran espíritu estaría con ellos durante todo el día: aunque, a decir verdad, al hacer esta observación a su marido, y en esa misma forma, él contestó con un raro «Pero ¿querrá?». Y, al poco, la señora Gedge imaginó vagamente el desarrollo de un antídoto casero en forma de cortinas con marcada tendencia a estar corridas, de objetos modernos y alegres, té, estampados, periódicos, el cultivo desafiante de la ficción femenina que habían rechazado en Blackport.
       Estas posibilidades, sin embargo, estaban bien, tal como dijo su compañero, en todo el primer otoño: ellos habían llegado a finales del verano; como si estuviera más que satisfecho con un decorado especial para él solo, al que tenía acceso desde atrás, saliendo por su puerta, de escasa altura, de camino a los pocos escalones que la separaban de la Casa Natal. Con la lámpara cuidadosamente protegida y bien guardadas las llaves que le permitían disponer a su antojo de los tesoros, cruzaba aquella distancia en penumbra con tanta frecuencia que ella empezó a calificarlo de costumbre «que iba a más». Lo decía casi como si se hubiera dado a la bebida, y él le seguía la corriente en este punto, confesando que el trago era fuerte. A decir verdad, en conjunto, ésa había sido su sensación inmediata; le había parecido extraño y profundo el hechizo de las silenciosas sesiones antes de que se asentara la familiaridad y, hasta cierto punto, la decepción. Ya al llegar, la vertiente relacionada con el espectáculo le había parecido que definía en exceso el carácter del establecimiento; apenas sabía qué habría preferido, pero las tres o cuatro habitaciones, a la chillona luz del día, desbordaban bustos y reliquias, ni siquiera siempre presuntamente Suyos, grabados y viejas ediciones, objetos antiguos hechos a Su semejanza, mobiliario «de la época» y autógrafos de fieles célebres. En las horas de silencio y en la profunda oscuridad, sin embargo, bajo el jugueteo de la oscilante lámpara y el de su propia emoción, esas cosas también recuperaban su ventaja, servían al misterio o, en cualquier caso, a la impresión, parecían ofrecerse conscientemente como algo propio del poeta. Ninguna de ellas lo era de manera irrefutable o auténtica, pero, en cierto modo, tras una larga asociación, tal como siempre decía Gedge, se habían introducido en el secreto, y sobre ese secreto él las interrogaba mientras vagaba inquieto. No fue hasta transcurridos varios meses cuando se dio cuenta de lo poco que tenían que contarle, y se sintió cómodo con ellas cuando supo que estaban precisamente allí donde su sensibilidad las había puesto al principio. Estaban tan fuera de lugar como él; sólo que, para ser justos, le habían hecho sentir intensamente. Y tampoco eran ellas quienes lo habían conseguido en mayor grado, puesto que sus sentimientos se habían ido aclarando hasta alcanzar un refinamiento profundo, más profundo.
       El Sanctasanctorum de la Casa Natal era una habitación de bajo techo, la sublime Cámara Natal, sublime porque, como acostumbraban a decir los americanos —que, a diferencia de los nativos, por lo general sí encontraban palabras—, era muy conmovedora; y era conmovedora porque era… Bueno, en realidad, por nada en el mundo que pudiera nombrarse, numerarse o medirse. Estaba tan vacía como una cáscara con el fruto seco, y no contenía bustos, grabados ni ejemplares antiguos; sólo el Hecho —el Hecho mismo— que, mientras nuestro amigo la contemplaba a medianoche, sintiendo, conteniendo el aliento, le permitía sumergirse en él. No tenía más remedio que considerar que era ese el lugar donde era más probable que el espíritu pudiera deambular y donde, por lo tanto, sería más fácil encontrarlo, con ciertas posibilidades de reconocimiento y reciprocidad. Lo más probable era que él —Él— no hubiera vivido apenas en esa habitación, pues, por lo general, los hombres carecen de la aptitud de aprovechar en su beneficio posterior o de incorporar a su fortuna general el lugar mismo donde nacieron. Pero, dado que había momentos en que, en el conflicto entre teorías, la única certeza firme para el crítico amenazaba con ser que Él —a diferencia de otros hombres de éxito— había nacido, Gedge, si bien tenía poco de crítico, se aferraba a la superficie del espacio que, aunque fuera débilmente, se vinculaba con la apariencia firme. Tenía poco de crítico: no lo era en absoluto; no pretendía serlo antes de ir allí ni había ido para pretenderlo; además, afortunadamente para él, veía día a día lo poco que le habría servido. La actitud de un gran experto habría sido para él un auténtico escollo, y el hecho de que se alegrara de su ignorancia, mientras pasaba el invierno, era una de las perspectivas que, a su extraña manera, intentaba comunicar a su esposa. Ella lo negaba, porque ¿no estaba ella presente desde el principio, no seguía presenciando cómo su esposo estudiaba incansable y reverente todo lo relacionado con el asunto? Estaba tan presente que ella misma había aprendido más de lo que le había parecido probable. Además, en segundo lugar, Gedge no iba a proclamar por los tejados sus puntos débiles porque quién sabía, si trascendía que eran unos ignorantes, el efecto que produciría.
       —¿Sobre el atractivo —interrumpió él— del espectáculo?
       Había adquirido la inofensiva costumbre de referirse al lugar llamándolo «espectáculo», pero a ella eso no le importaba hasta el punto de distraerla.
       —No, en la actitud del Órgano de Gobierno. Ya sabes que están contentos con nosotros y no sé por qué ibas a querer estropearlo. Costó mucho que nos admitieran, ya sabes que tenemos pruebas de ello, y quienes nos respaldaban hicieron todo lo posible. Pero ahora somos ya para ellos una comodidad y es absurdo que pongas en duda tu capacidad para el cargo ante personas que estaban contentas con las Putchin.
       —Querida mía, no pongo nada en duda; pero, si lo hiciera, sería precisamente por la gran ventaja que suponía para las Putchin su espíritu simple. No se salían del buen camino gracias a su ignorancia, que era más densa incluso que la mía. Desde el principio hemos cometido el error de intentar corregir o disfrazar la nuestra. Tendríamos que haber aguardado hasta convertirnos en buenas cotorras, aprender aquí nuestra lección, ya que hace falta tan poco, y soltarla con un graznido.
       —Oh, graznido, querido Morris, ¡qué palabra cuando estamos hablando de Él!
       —No tiene nada que ver con Él, nada tiene que ver con Él. A ninguno de Ellos les importa Él un comino. Lo único que a Ellos les importa es esta cáscara vacía… o, mejor dicho, ya que no está vacía, este relleno superfluo y ridículo.
       —¿Ridículo? —al decir esto, Gedge consiguió que ella lo mirara de hito en hito, cosa que no había hecho antes.
       Sin embargo, al ver su mirada —el brillo que podría haber sido el de una rara sospecha— se inclinó sobre ella amablemente y le dio una palmadita en la mejilla.
       —Oh, no pasa nada. Tenemos que volver a las Putchin. ¿Recuerdas lo que dijo ella? «Lo han puesto todo muy bonito». Así es, lo han puesto muy bonito y es un espectáculo de primera. Es un espectáculo de primera y un empleo de primera, y Él era un poeta de primera y tú eres una mujer de primera… por aguantar con tanta dulzura mis desatinos.
       Ella agradeció su encanto doméstico y justificó la parte del halago que le concernía.
       —Me dan igual las tonterías que me digas, mientras las guardes todas para mí y no se las digas a Ellos.
       —¿A los peregrinos? No —admitió—, no se lo merecen. Tienen buena intención.
       —Al fin y al cabo, ¿qué quejas tenemos contra Ellos, mientras no rompan trozos para llevárselos a escondidas, como nos contó la señorita Putchin que tenían la horrible costumbre de hacer? Menos mal que ella se la quitó.
       —Sí —Gedge meditó de nuevo—. ¡Me encantaría que no lo hubiera hecho!
       —¿Te gustaría ver estas reliquias destruidas, que se las llevaran? ¡Lo que faltaba!
       —No hay reliquias.
       —Pronto no las habrá si no las cuidas.
       Pero Gedge estaba ya riendo, y no dieron por terminada la conversación antes de que le diera de nuevo unas palmaditas. Sin embargo, ella se quedó con un par de ideas, tal como advirtió él al día siguiente en una pregunta.
       —¿A qué te referías ayer cuando hablabas de la simplicidad de la señorita Putchin? Decías que no se salía del buen camino gracias a su simplicidad. ¿Te refieres a una cosa mental?
       Dijo «mental» con tono muy solemne, pero él casi confesó.
       —Bueno: la ayudó a seguir adelante. O, mejor dicho —corrigió con una carcajada—, la ayudó a quedarse quieta.
       Parecía que la señora Gedge había estado un poco preocupada.
       —¿Y crees que existe el peligro de que te afecte? Ya me entiendes. De que se te meta eso en la cabeza. Ya sabes —insistió ella, puesto que él no decía nada—, por preocuparte tanto de Él. En ese caso, seguro que tendrías razón al decir que has cometido un error al profundizar tanto.
       Y entonces, dado que la actitud de Gedge, que escuchaba sin responder, aunque con expresión un poco apenada por ella, podría haber sugerido que, a pesar de lo desmesurado de la afirmación, se daba cuenta de que contenía algo de verdad, la señora Gedge añadió:
       —Olvídate de tus rondas. Déjalas para el día, déjalas para Ellos.
       —¡Ah! —dijo él con una sonrisa—. ¡Si se pudiera! —añadió—. Mis rondas son lo que más me gusta. Es el único momento, como ya te he dicho antes, en que estoy de verdad con él. Entonces no veo este lugar, Él no es este lugar.
       —Me da igual lo que no ves —contestó ella con vivacidad—, la cuestión es lo que ves.
       Bueno, si se trataba de eso, esperó antes de darle una respuesta.
       —¿Sabes lo que hago algunas veces? —y entonces, mientras ella también esperaba—: En la Cámara Natal, cuando voy tarde, con frecuencia apago la luz. Así está mejor.
       —¿Qué está mejor?
       —Todo.
       —¿Qué ves entonces en la oscuridad?
       —¡Nada! —dijo Morris Gedge.
       —¿Y qué placer sacas de eso?
       —Bueno, pues lo que dicen las señoras americanas: es tan fascinante…



IV

      El otoño fue fresco, tal como la señorita Putchin les había dicho que sería, pero el trabajo decreció de manera natural con los meses invernales y los días más cortos. En realidad, apenas pasaba una hora sin una visita de un tipo u otro, y no se les permitía olvidar que llevaban una tienda que, como bien podrían decir, tenía la clientela menos fluctuante del mundo. Las estaciones la afectaban, de igual manera que afectan a los viajes, pero no estaba sometida a ninguna otra influencia, consideración o convulsión como aquéllas a las que está expuesta la población mundial. Esta población, que nunca aparecía exactamente en hordas simultáneas, sino en una corriente plena, rápida y constante, se sometía a la agradable experiencia y se marchaba, siguiendo su torpe camino, debidamente impresionada y edificada en diversos grados. Gedge se entregó sin reparo a la idea de intentar mantener una relación con el público; incluso, al principio, había intuido que la oportunidad de un contacto tan infrecuente con el pueblo llano podría resultar tan interesante como cualquier otro aspecto de su trabajo. Tipos, clases, nacionalidades, modales, diversidades de conducta, maneras de ver, sentir o expresar pasaban por delante de él y se convertían, en cierta manera, en la experiencia de un hombre que había viajado poco. Sus viajes habían sido breves y austeros, pero la justicia poética, una vez más, parecía inclinada a actuar en su favor y colocarlo en el lugar de toda Europa donde tal vez confluyera un mayor número de razas. En cualquier caso, esta teoría lo llevaba hacia adelante, lo ayudaba a poner fin a sus inquietos comienzos y, en cierto modo, le doraba el pesado pan de jengibre —así se lo describía a su mujer— de su rutina diaria. Nunca habían conocido a mucha gente y su lista de visitas era escasa: lo que, de nuevo, confería cierta justicia poética al hecho de recibir visitas en tal escala. Se vestían y se quedaban en casa, se ponían en orden de batalla y recibían y, excepto el ofrecimiento de un refrigerio —y Gedge pensaba que, al final, acabaría habiendo un buffet subcontratado a una gran empresa—, su hospitalidad, si de la hospitalidad dependiera, los elevaba a un rango principesco. Así se iniciaron y, si bien al principio estuvieron a punto de desfallecer de cansancio, resurgieron animados y con las piernas fuertes, como si hubieran pasado unas vacaciones en los Alpes. Gedge opinaba que esta experiencia también representaba, como ventaja, similar maduración del espíritu, y con ello se refería a cierto dominio de una paciencia inalterable.
       La paciencia fue necesaria para el particular tipo de prueba que, cuando la temporada de animación estuvo de nuevo con ellos, se destacó como la más dura: la inmensa asunción de veracidades y santidades, de la solidez general de la leyenda con que llegaba todo el mundo. Sin duda, Gedge estaba bien preparado para hacerle frente y daba todo lo que tenía; sin embargo, algunas veces creía percibir un vago resentimiento por parte de sus peregrinos porque no les suministraba mayores dosis. En los relativamente ociosos meses de invierno, había empezado a irritarse cuando aparecía un peregrino solo. El piadoso individuo, entretenido durante media hora, algunas veces parecía ofrecerle la promesa de entretenimiento o la apariencia de una relación personal; rememoraba las pocas visitas agradables que había recibido en el curso de una vida casi desprovista de interés social. Algunas veces le gustaba la persona, su cara, su manera de hablar; un hombre educado, un caballero, no uno de la manada; una mujer elegante, despistada, fortuita, poco consciente de su presencia, pero que, mientras rondaba por la casa, hacía que se preguntara quién era. Estas oportunidades suponían para él sutiles anhelos y débiles revuelos; en realidad, actuaban dentro de él de una manera especial, extraordinaria. Le habría gustado hablar con esos acompañantes ocasionales, hablar de verdad con ellos, hablar como podrían haber hablado si se hubieran encontrado allí donde él no podría encontrarlos: en una cena, en el «mundo», en una visita a una casa de campo. Entonces él podría haber dicho —siempre sobre el santuario y el ídolo— cosas que en ese momento no podía decir. La forma en que, por primera vez, se manifestó su irritación fue cuando empezó a sentirse obligado a decirles —tanto al visitante ocasional, incluso cuando era comprensivo, como al grupo boquiabierto— las cosas concretas, en torno a una docena atroz, que esperaban. Si había llegado a considerarlas atroces, la causa se remitía a un punto que, tras sopesar durante un tiempo, eludió, evitó y desoyó. El punto en cuestión era que estaba en camino de convertirse en dos personas muy distintas, la pública y la privada, y que, de alguna manera, tenía que conseguir que ambas vivieran juntas. Estaba separándose en dos mitades, sin lugar a dudas; él, que en todas las circunstancias siempre se había mostrado tan entero, tan sólido. Una de las dos mitades, o, tal vez, puesto que la división prometía ser bastante desigual, uno de los cuartos, era el guardián, el hombre del espectáculo, el sacerdote del ídolo; la otra parte era el pobre hombre, sincero y fracasado que siempre había sido.
       En algunos momentos reconocía este carácter principal como nunca lo había hecho antes; cuando se asustaba ante la idea de que tal vez le aguardaba alguna reafirmación suprema de su identidad. Aquella parte era sincera, sin duda, por el mero hecho de que era posible. Era pobre y fracasada porque estaba a punto de enfrentarse a lo que le daba sustento. Por supuesto, la salvación —la salvación del hombre del espectáculo— estaría en mantenerse en el filo; en otras palabras, en no permitir que avanzara ni una pulgada. Podía contar con ello, se decía, si no hubiera público, si no hubiera miles de personas exigiéndole aquello por lo que le pagaban. Veía que se acercaba el momento en que ellos, esos miles de personas —y quizá, todavía más, el individuo serio— llegarían a influir sobre él como si de verdad fueran a ver si se ganaba el sueldo. Quizá no tardase en imaginar que estaban confabulados con el Órgano, que éste los enviaba —sin duda, tras una encendida sospecha— para examinarlo y remitir sus impresiones. Fue el modo en que se derrumbó ante el peregrino solitario lo que lo condujo a sus primeras reflexiones: se derrumbó ante la necesidad de hacer acopio de valor para sofocar una fe ciega. Lo que querían, sobre todo, era sentir que todo «estaba igual que antes»; y el sobresalto de tener que abandonar ese punto de vista era mayor de lo que cualquiera podía soportar sin ayuda. Los momentos malos tenían lugar en el piso de arriba, en la Cámara Natal, porque allí las fuerzas que presionaban alcanzaban una intensidad espantosa. La mera expresión de los ojos, crédulos, omnívoros, a punto de humedecerse, con que muchas personas miraban a su alrededor, podría llegar a hacer que le resultara difícil seguir comportándose con cortesía. A menudo iban en parejas —algunas veces, uno de los dos había ido antes— y entonces se lo explicaban uno a otro. En ese caso, nunca corregía las explicaciones; escuchaba, escuchaba para aprender: tras lo cual señalaba a su mujer que lo que aprendía no tenía fin. Se daba cuenta de que, si algún día llegaba a derrumbarse, sería con ella en primer lugar. Le había lanzado indirectas e insinuaciones suficientes, pero ella seguía tan henchida de entusiasmo que no se daba cuenta o simulaba que no las entendía.
       La mayor complicación era que, con el regreso de la primavera y el incremento de visitantes, los servicios de su esposa eran más necesarios. Ella ocupaba el terreno con él, desde primera hora; acompañaba al grupo de arriba mientras él no quitaba ojo ni, especialmente, oído, al grupo de abajo. ¿Y cómo iba a saber, se preguntaba, lo que su mujer les decía y qué tenía que aguantar que dijeran —o, en otras palabras, pobrecillos, creyeran— mientras estaban lejos de su control? Un día u otro, y no podía evitar la idea de que sucedería antes de que pasara mucho tiempo, tendría que hablar con ella de aquel asunto: el asunto era, concretamente, la vertiente moral de su posición. La moral de las mujeres era especial: estaba empezando a intuirlo. El concepto que Isabel tenía de su oficio consistía en conservar y enriquecer la leyenda. La leyenda ya era muy atractiva, pero ¿para qué estaba ella allí si no era para hacer que lo fuera más? Desde luego, no estaba para helar cualquier muestra de piedad natural. Si era dudoso que Él, de verdad, hubiera nacido en la Cámara Natal —si todo eran paparruchas, como dirían las personas vulgares—, ¿qué daban a cambio de los seis peniques que cobraban? ¿Dónde estaba el equivalente que se habían comprometido a suministrar?
       —Oh, sí: aquí mismo —y golpeaba el suelo con el pie—. ¿Cambiado? Oh, claro que no, excepto en alguna cosilla: ya ve cómo es esto, ¿no es precisamente su encanto? Está casi como Él lo vio. Pobre y sencillo, sin duda; pero por eso, precisamente, es tan maravilloso.
       No quería oírla y, sin embargo, no quería tampoco darle pie a que siguiera hablando; no quería plantear dificultades ni quitarle el pan de la boca. Sin embargo, debía advertírselo antes de que ambos fueran demasiado lejos. Así fue como una tarde junio se lo planteó; con el buen tiempo, la afluencia había sido de las más numerosas y el gentío, durante todo el día, se había saciado con la historia.
       —Mira, no deberíamos ir demasiado lejos.
       Lo curioso era que, para aquel entonces, ella había dejado de ser consciente de la causa de su inquietud, tan lanzada estaba en su trabajo.
       —¿Demasiado lejos para qué?
       —Para salvar nuestras almas inmortales. Isabel, no deberíamos contar demasiadas mentiras.
       Ella lo miró con terrible reproche.
       —Ah, ¿ahora vas a empezar otra vez?
       —Nunca he empezado; no quería preocuparte. Pero, mira, no sabemos nada —y continuó mientras ella lo miraba fijamente, ruborizada—: No sabemos nada de que Él haya nacido aquí. En realidad, no sabemos nada de nada. No tenemos la menor muestra que sirva de prueba. De manera que no sigas insistiendo.
       —¿Insistiendo en qué?
       —En que Él nació… —pero al verle la cara se limitó a suspirar—: Ay, madre mía…
       —¿No crees que Él bien tuvo que nacer en algún sitio? —replicó cortante.
       Él vaciló: era difícil sacudir aquel edificio.
       —Bueno, no lo sabemos. Puede saberse muy poco. Cubrió sus huellas como ningún otro ser humano ha hecho jamás.
       Ella seguía con el traje de calle y no se había quitado los guantes que tenía el prurito de ponerse como parte del uniforme; recordaba que los llevaba la enérgica encargada del castillo situado en la región de Border, a la que había tomado como modelo. Tenía un aire oficial y ligeramente distante.
       —Para cubrir Sus huellas, bien tuvo que existir. ¿Tenemos que renunciar también a eso?
       —No, todavía no te lo pido, pero hay muy poca base.
       —¿Y eso es lo que tengo que decirles a cambio de todo?
       Gedge esperó y paseó de un lado a otro. El lugar estaba doblemente tranquilo tras el trajín del día, y la tarde de verano se detenía en él como una bendición, convirtiéndolo, en su pequeñez y antigüedad, en un sitio apacible y dulce. Daba gusto estar allí y daría gusto quedarse. Al mismo tiempo, había algo incalculable en el efecto que la gran densidad gregaria causaba en los nervios. Era una actitud que no tenía nada que ver con grados y matices, la actitud de desearlo todo o nada. Y no se podía discutir con ella. Eso sólo se podía hacer con amigos, y sólo en aquellos casos en que uno estuviera seguro de que los amigos no iban a traicionarlo.
       —¿Y no podrías adoptar un método algo más discreto? —replicó él finalmente—. Lo que podemos decir es que se han dicho cosas, eso es lo único que nos atañe. Y, cuando clavan los paraguas en el suelo, podemos decir: «¿Y es éste el lugar donde Él nació?: pues eso es lo que se cuenta desde hace mucho tiempo». ¿No podríamos contestar algo así, para ser un poco decentes?
       Ella lo miró fijamente.
       —¿Así es como los tratas?
       —No, he seguido mintiendo: sin escrúpulos y sin vergüenza.
       —Entonces, ¿por qué me lo reprochas?
       —Porque me ha parecido que podríamos pensarlo juntos, como verdaderos compañeros.
       No era un razonamiento sólido, pensó, delante de ella con las manos en los bolsillos; y le pareció más endeble todavía después de que ella lo mirara durante un minuto.
       —Morris Gedge, tengo intención de ser tu auténtica compañera y he venido aquí para quedarme. Eso es cuanto tengo que decir —sin embargo, no lo fue porque añadió—: Inténtalo y verás. Traiciona el lugar, traiciona la historia con algo más que una mirada y… bueno, te concedo nueve días. Entonces verás.
       Gedge se hizo el inocente para ganar un poco de tiempo.
       —¿Tan mal se lo tomarán? —y después, como ella no decía nada—: ¿Vendrán y me destrozarán? ¿Me harán pedazos?
       Pero la señora Gedge no tenía ganas de tomárselo a broma.
       —No lo consentirán, sencillamente.
       —No, no lo consentirán. Eso es lo que digo. No querrán.
       —Sería mejor que empezaras con Grant-Jackson —prosiguió ella—. Pero ni siquiera eso es necesario. Le llegaría enseguida, llegaría enseguida al Órgano, como si fuera un incendio.
       —Ya veo —dijo el pobre Gedge. Y lo cierto era que, de momento lo veía, mientras su compañera aprovechaba lo que tomaba por una ventaja.
       —¿Y crees que todo es un fraude?
       —Bueno, concedo que hubo alguien, pero los detalles son inexistentes. Han desaparecido los eslabones. Las pruebas (en especial, sobre la habitación de arriba, en nuestra Santa Casa) no existen. Fue hace tantísimo tiempo… —se dio cuenta de que su argumentación volvía a parecer endeble.
       —Por supuesto que fue hace muchísimo tiempo, eso es precisamente lo hermoso y lo interesante. Díselo a Ellos —continuó—, diles que las pruebas no existen y yo les contaré otra cosa —hablaba con tanta elocuencia que su rostro parecía reflejar la pregunta que ella estaba a punto de responder—. Les diré que eres un… —sin embargo, se interrumpió y cambió la frase—. Les diré exactamente lo contrario. Y averiguaré lo que tú digas para hacerlo, no me costará mucho. Si contamos historias distintas, quizá eso nos salve.
       —Te entiendo. Quizá, como cosa extraña, despierte curiosidad. Quedaríamos en tablas. Pero Ellos sólo quieren amplias masas —la miró con tristeza—: Tú no eres más que uno de Ellos.
       —Si ser como Ellos quiere decir que me gusta esto —contestó—, entonces te aseguro que lo soy. Y no me avergüenza la compañía.
       —¿Que te gusta qué?
       —Me gusta pensar que Él nació aquí.
       —Piensas demasiado. Es malo para ti —Gedge dio media vuelta con su eterno gemido. Pero no pudo dejar de oír lo que ella le gritaba.
       —Me niego a traicionar este lugar.
       ¿Y qué se podía decir? Estaban allí para conservarlo.



V

      Lo conservó todo el verano, pero en ocasiones tenía la rarísima conciencia de la desproporción entre su rabia secreta y el espíritu de aquellos que generaban la fricción. Se decía —tan dolido como sensible— que Ellos eran ferozmente gregarios y, al mismo tiempo, los veía como individuos afables. Se decía que eran afables porque él también lo era: se gloriaba de serlo en grado sumo, teniendo en cuenta lo que podría ser; y que, tal como su mujer le había advertido, no tardaría en tener noticias si se apartaba una pizca de la línea que se le había trazado. Aquélla era la necedad colectiva: era capaz de pasar en un instante de un resentimiento general a uno particular. Puesto que el menor rasgo de criterio propio haría que lo echaran sin piedad, era absurdo, reflexionaba, calificar de ligera su incomodidad. Estaba amordazado, estaba acosado, como algunas veces lo manifestaba con una extraña y silenciosa mirada en omnívoras compañías. Si no iba con cuidado, también lo echarían por eso. Pero ¿acaso no era cruel, cuando uno no podía ni callar? No permitirían que uno guardara silencio, insistían en que se comprometiera. Era la libra de carne[3]: la tendrían, por eso sangraba bajo la ropa. Pero, de manera excepcional, una tarde de finales de agosto cayó sobre él una paz maravillosa. La tensión, como de costumbre, había sido alta, pero había ido disminuyendo con el paso del día, y el lugar estaba ya vacío antes de que llegara la hora de cerrar. Sucedió que unos pocos minutos antes de la hora, se presentaron un par de peregrinos a los que, en situación normal, les habría dicho que lamentaba comunicarles que era demasiado tarde. Después se preguntaría por qué, al ver a los visitantes —un caballero y una dama, atractivos y bastante jóvenes—, las circunstancias le habían parecido distintas a las ordinarias; se debía, sin duda, a algo difuso y magnífico, algo, por ejemplo, en el tono del joven o en la luz de sus ojos, tras oír la afirmación sobre la hora.
       —Sí, ya sabemos que es tarde; pero precisamente por eso. Teníamos deseos de escapar de la multitud, de la misma manera que usted también los tendrá ahora… ¡y confiábamos en encontrarlo solo…!
       El joven dijo estas cosas antes de que lo admitiera, y eran palabras que podía haber dicho cualquiera que no se hubiera tomado la molestia de ser puntual o que deseara ser amable para que le abrieran las puertas. Gedge incluso adivinó cierta alusión a una propina especial si se le facilitaban las cosas. No había propinas en la Casa Natal, y, en más de una ocasión, había dado gracias a su buena estrella; se pagaba una entrada y nada más; todo lo demás se consideraba improcedente, para gran alivio de una mano que la naturaleza no había hecho para pedir. Sin embargo, a pesar de todo, a pesar, especialmente, del casi audible tintineo de los soberanos del caballero que, en otra situación, habrían bastado para que se molestara, Gedge se encontró en la Cámara Natal, el acceso a la cual había facilitado amablemente, tratando a la visita casi como si fuera personal y privada. La razón… la razón podría haberse encontrado, si residía en algún lugar, en algún rasgo persuasivo por naturaleza en la pareja, a menos que residiera en el modo en que el joven, una vez se encontró en el lugar, miró al encargado a la cara un momento, como si deseara sondear su expresión. Pronto quedó claro que eran americanos, y a Gedge no le habría costado mucho decir de qué clase; había llegado al punto de distinguir los distintos tipos, aunque podría haberle resultado difícil, ya que el caso que tenía delante era raro. En realidad, lo vio de repente; a la luz del dorado atardecer de aquella región central del país, que llegaba hasta ellos a través de ventanas viejas y bajas, se dio cuenta, con un arrebato de sentimientos, inesperados y contenidos, que alimentaron en él por un momento el deseo de conservarlo ante sí como caso de desmesurada felicidad. Hacía que se sintiera viejo, ajado, pobre, pero no por ello lo contemplaba con menor intensidad. Eran hijos de la fortuna, de la mayor fortuna, según le parecía a Morris Gedge, y resultaba evidente que se habían casado hacía poco; el marido, de rostro terso y suave, pero decidido y hermoso, varios años mayor que la mujer, y ésta, vaga, delicada, irregular pero implacablemente bonita. De una manera u otra, el mundo era suyo. Dieron a la persona que cogió los seis peniques en la Casa Natal una sensación de que aquél era el gran lujo de la libertad que nunca había tenido. La cosa era que el mundo era suyo no sólo porque tenían dinero —Gedge ya había visto ricos en número suficiente— sino porque, en un grado supremo, podían pensar, sentir y decir lo que quisieran. Poseían un carácter, una cultura, una tradición, una facilidad de alguna clase —todo ello combinado para producir un efecto de notable belleza— que daba luz a su libertad y fluidez a su tono. Por otra parte, nada de eso se veía menoscabado por el hecho de que estuvieran de luto; probablemente, lo llevarían por algún padre opulento fallecido recientemente o alguna madre delicada que, sin duda, sería origen de parte de aquella belleza, y que a le pareció Gedge, en la penumbra y en aquel momento de crisis, el auténtico uniforme de su distinción.
       Más tarde no habría sabido decir qué camino tomaron para llegar a aquel punto, pero, pasados cinco minutos, se había convertido en parte de su presencia en la Cámara Natal, parte de la mirada del joven, parte del encanto del momento y parte, sobre todo, de una extraña sensación en el interior de Gedge de «Ahora o nunca», a la que éste se entregó de repente, lleno de emoción. No había sido consciente de que estuviera derivando hacia ese rumbo; en realidad, sólo había sido consciente de que pensaba en lo distinta que, en toda su gama, era aquella pareja, tan unida, de otra pareja unida que él conocía. Eran todo lo que él y su mujer no eran; ésa fue, más que ninguna otra, la lección del principio de su conversación. Podría decirse lo mismo de miles de parejas que habían pasado ante él, pero de ninguna con tan interesante intensidad. Y se debía a su libertad trascendente; al cabo de pocos minutos se dio cuenta de que todo se resumía en aquello. El marido había estado allí en alguna ocasión anterior y había tenido alguna impresión que ahora quería compartir con su mujer. Pero, ya en aquel momento, Gedge se dio cuenta, no se la había ocultado a ésta. Nuestro amigo, en definitiva, creyó advertir en el ambiente una agradable ironía que él todavía no había podido permitirse.
       —Me parece que usted no estaba aquí hace cuatro años —fue casi la primera observación del joven. A Gedge le agradó que lo recordara y le agradó aquella franqueza; tanto más cuanto que no le había dado, en realidad, ningún pie. Los había dejado mirar en el piso de abajo y después los había acompañado al de arriba, pero sin palabras, sin la habitual cantinela de presentador de espectáculo, que no se habría atrevido a repetir. Los visitantes no se lo pidieron; el joven había tomado el asunto en sus manos y, de vez en cuando, dirigía a la mujer alguna observación. Sin embargo, Gedge tenía la rara sensación de que aquellas observaciones lo tenían, en cierto modo, en cuenta; había oído muchas otras, tanto del tipo mojigato como grosero, que podrían haberse tomado como desconsideradas con él. Y de la misma manera que nada había ayudado al joven a identificarlo como nuevo vigilante, pronto empezó a unirlos cierto terreno común. Este terreno se hizo inmenso cuando el visitante añadió con una sonrisa—: Recuerdo que había una señora que tenía mucho que contar.
       Era la sonrisa del caballero; la ironía estaba allí.
       —Ah, se han dicho muchas cosas.
       Y la mirada de Gedge a su interlocutor sin duda mostraba que tenía la sensación de que lo estaba sondeando. Por supuesto, era extraordinario que un completo desconocido hubiera adivinado el curso de sus pensamientos, hubiera captado el brillo de su comentario interior. Probablemente, a su pesar, sus pobres ojos viejos lo revelaban.
       —Por supuesto, en sitios como éste, mucho de lo que se dice es totalmente irresponsable —se oyó añadir.
       ¡En sitios como éste! Se estremeció al oír aquellas palabras en cuanto las pronunció.
       Sin embargo, sus agradables acompañantes no se estremecieron.
       —Exactamente; todo esto se convierte en una especie de convención acartonada y petulante, como una muñeca sagrada y vestida de gala en una iglesia española, que como te atrevas a tocarla eres un monstruo.
       —Un monstruo —dijo Gedge, mirándolo a los ojos.
       El joven sonrió, pero Gedge tuvo la sensación de que lo examinaba con más atención.
       —Un blasfemo.
       —Un blasfemo.
       Aquello pareció caerle bien al visitante: sin duda, lo estaba mirando con mayor atención. A pesar de que no se lo tomaba a pecho, estaba interesado; al menos, estaba divertido.
       —Entonces, ¿usted no pretende o, en cualquier caso, no insiste en que…? Me refiero a su opinión personal.
       Gedge tuvo la sensación de que, para el americano, poseía una identidad que no habría tenido para un británico y, de acuerdo con esa percepción, nuestro amigo sintió el rápido impulso de ofrecer su testimonio.
       —A usted no le insisto.
       El joven se echó a reír.
       —De veras… le aseguro que no serviría de nada… estoy demasiado interesado.
       —¿En… derribarla? —preguntó su mujer con tono ligero—. Según me has contado, eso es lo que te interesaría.
       —¿Le ha dicho que le gustaría derribarla? —intervino Gedge, aunque un poco tembloroso.
       La mujer, con su dulce desenvoltura, acogió esta franqueza de manera encantadora.
       —Oh, quizá la casa no…
       —Eso está bien. Ya ve que vivimos en ella. Nosotros, unas personas vivas.
       El marido había soltado una carcajada, pero había dejado por completo de observar y parecía que sólo le quedara hablar abiertamente con el encargado.
       —Me interesa lo que, a mi parecer, es lo interesante —explicó—. O, en cualquier caso, lo que nos atormenta eternamente. El hecho de lo poquísimo que, en proporción, conocemos.
       —¿En proporción a qué? —preguntó su acompañante.
       —Pues en proporción a lo que debería haber… en proporción a lo que hay… para interrogarse. Ése es el interés: es inmenso. Él se nos escapa como un ladrón por la noche, llevándose… bueno, llevándoselo todo. Y la gente intenta cazarlo, a Él, como si fuera un canario escapado de la jaula al que pudiera echársele las manos encima y devolverlo a su sitio. No quiere volver aquí, no quiere volver a ningún lugar. ¡No es tan tonto! —dijo el hombre riendo—. Eso lo convierte en el más afortunado de todos los grandes hombres.
       Había empezado dirigiéndose a su mujer, pero había terminado, con sus modales abiertos y amistosos y su indescriptible soltura, por dirigirse a Gedge, al pobre Gedge que contenía el aliento y que sentía, del modo más inesperado, que nunca había estado en tan buena compañía. La joven esposa, que había seguido mirando por su cuenta, pronunció con un suspiro o una sonrisa —Gedge no habría sabido decir cuál de las dos cosas— su respuesta a aquellas observaciones.
       —Es una pena que Él no esté aquí. Me refiero a que no esté presente como Goethe está en Weimar. Porque Goethe sí está en Weimar, de eso no hay duda.
       —Sí, querida: mala suerte para Goethe. Allí está atrapado. En cambio, este hombre no está en ningún lado. Te desafío a que lo encuentres.
       —¿Y por qué no decir, de modo más hermoso, que, como el viento, está en todas partes? —dijo la joven riendo.
       Por supuesto, no hablaban en un tono de discusión sino de broma, si bien, en opinión de Gedge, la broma más agradable y más acorde con su criterio que había oído en su vida; y, por eso mismo, el joven pudo proseguir sin producir la menor irritación, contestando a su esposa pero mirando al interlocutor de ambos.
       —Que me cuelguen si está aquí.
       Era casi como si el visitante estuviera cautivado —es decir, atrapado y apresado— por la calma de su interlocutor, que, si bien ellos no habían pretendido alterar, ahora parecía interesante, tal vez incluso proyectaba cierta luz. El caballero ignoraba, se diría Gedge más tarde, en qué medida aquel hipócrita estaba estremecido, su sensación de que el destino se le venía encima. En aquel momento, desde luego, temblaba demasiado para hablar; quizá fuera miserable, pero no quería que su voz tuviera un absurdo temblor. Y la joven —¡criatura encantadora!— todavía tenía algunas palabras que añadir. Estaban destinadas al guardián del lugar y lo hizo, a su manera, de modo encantador. Seguían en el Sanctasanctorum y ella había estado mirando, con el justo grado de desánimo que resultaba bonito, aquel suelo extraño y antiguo.
       —Entonces, si dice usted que no fue en esta habitación donde Él nació… Entonces, ¿para qué sirve?
       —¿Para qué sirve qué? —preguntó su marido—. ¿Para qué sirve nuestra visita? Bueno, este lugar es encantador por sí mismo. Y, además, es interesante —añadió dirigiéndose a Gedge— saber cómo siguen ustedes.
       Gedge lo miró un momento en silencio, pero contestó primero a la joven. ¡Ojalá la pobre Isabel fuera como ella!, pensaba. No por su juventud, belleza, peinado o su sombrero gracioso y pintoresco: estas cosas no importaban, ¡sino por aquella afinidad, soltura, fina perspicacia y elegante distanciamiento!
       —No digo que no sea éste el lugar, pero tampoco que lo sea.
       —Ah, pero ¿no viene a ser lo mismo? ¿Y no quieren también ver dónde Él comía y dónde tomaba el té?
       —Lo quieren todo —dijo Morris Gedge—. Quieren ver dónde Él colgaba el sombrero y dónde Él guardaba las botas y dónde Su madre ponía la olla a hervir.
       —¿Y si usted no se lo enseña…?
       —Me lo enseñan ellos a mí. Todo está en esos libritos que llevan.
       —¿Así que lo único que tiene que hacer es tener la boca cerrada? —preguntó el marido.
       —Eso es lo que intento —dijo Gedge.
       —Bueno —el visitante sonrió—. Ya veo que puede hacerlo.
       —No puedo.
       —Oh, bueno —dijo su amigo—, ¿y qué más da?
       —Hablo —prosiguió Gedge—: Algunas veces no puedo evitarlo.
       —Entonces, ¿cómo se las arregla para seguir adelante?
       Gedge lo miró; tenía la sensación de que nunca había mirado a nadie con expresión más lamentable, ni siquiera a Isabel cuando lo asustaba.
       —No sigo adelante —dijo—. Hablo, puesto que he hablado con usted.
       —Oh, ¡nosotros no vamos a perjudicarle! —dijo el joven con una risa tranquilizadora.
       Mientras tanto, el crepúsculo había ido volviéndose más denso; parecía que procedía que llegara el final de la visita. Salieron juntos de la habitación del piso superior y bajaron por la estrecha escalera. Dado que las palabras que acababan de decirse podrían suscitar cierta incomodidad, la joven sintió el impuso de disiparla gentilmente.
       —Usted estará preguntándose por qué hemos venido…
       Aquél fue para Gedge el primer indicio de una incomodidad todavía mayor: como si hubiera oído con claridad que la mano del marido empezaba a tantear en un bolsillo lleno.
       El marido seguía vacilando, también él algo incómodo.
       —… Oh, nos gusta como es. Siempre hay algo —con estas palabras se acercaron a la puerta de salida.
       —¿Y qué hay, por favor? —preguntó Morris Gedge sin abrir la puerta, como si deseara retener a la pareja; justo después de hablar se dio cuenta de que el marido podría interpretar su pregunta de manera totalmente incorrecta. Era evidente que ese personaje llevaba varios minutos inquieto, interrogándose sobre una duda; teniendo en cuenta su preocupación, las palabras del vigilante habían querido decir para él, inevitablemente: «¿Y qué hay para mí, por favor?».
       Gedge se dio cuenta de que no podría detenerlo a tiempo. Había formulado la pregunta para demostrarse a sí mismo que no tenía miedo y, en consecuencia, reflexionó después, debía de tener un lamentable aire de estar esperando algo.
       La mano del visitante salió del bolsillo.
       —¿Puedo tomarme la libertad…?
       Nuestro amigo apenas fue consciente de lo que pasó después, porque se produjo una ligera confusión, la confusión de un raro brillo de oro, un soberano entregado bruscamente; de un movimiento rápido, casi violento, por su parte, que, para empeorar las cosas, podría haber enviado el dinero a rodar por el suelo; y, finalmente, la confusión del sonrojo de los presentes y un notorio apuro que, a su vez y de modo ciertamente extraño, derivó rápidamente en una mayor confianza. Era como si el joven le hubiera ofrecido dinero para compensarlo, en cierto modo, por haberlo engatusado, y después, al percibir el error, pero sintiendo por él mayor aprecio por su rechazo, hubiera deseado borrar la tensión derivada del error original. Lo hizo mientras Gedge mantenía ya la puerta abierta, diciendo lo más oportuno que le pasó por la cabeza y diciéndolo con su tono franco y alegre:
       —¡Por suerte, nada de esto afecta a la obra!
       La callejuela del pueblo, silenciosa y vacía en el crepúsculo estival, se extendía a izquierda y derecha, con una casa o dos de madera y tejado a dos aguas, y parecía haberse declarado en consonancia con el vacío histórico en el que nuestros amigos, que se habían entretenido un instante para conversar, se miraron los unos a los otros. En cambio, la joven esposa miró a su alrededor un momento, buscando todo lo que no se podía ver, y después, antes de que Gedge encontrara una respuesta para la observación de su marido, murmuró, con el deseo evidente de conciliación, una pregunta que se le había ocurrido y que intentó formular con seriedad.
       —¿Quieres decir que nuestra desafortunada ignorancia no afecta a la obra?
       —Afortunada o desafortunada. Me gusta que así sea —dijo el marido—. La obra es la cosa[4], dejemos en paz al autor.
       Gedge, con la llave en el índice, se apoyó contra la jamba de la puerta, contempló la torpe callejuela y sintió verlos marchar; tenía la sensación de que lo abandonaban.
       —Eso es exactamente lo que Ellos no quieren hacer, lo que no me dejan hacer. Eso es lo que yo quiero: dejar solo al autor. El autor casi no existe —tenía la sensación de que estaba aprovechando su última oportunidad—; tenemos que enfrentarnos a ello. Existen unos personajes inmortales… en la obra; pero no hay nadie más.
       —Sí —dijo el joven—, ésa es la conclusión. Para aclararlo todo, no debería existir esa Persona.
       —Como usted dice, ésa es la conclusión. No existe esa Persona.
       El aire vespertino escuchaba, en la cálida y densa quietud de aquellas tierras del centro del país, cuando resonó la exclamación de su esposa.
       —Pero ¿no hubo…?
       —Hubo alguien —dijo Gedge, apoyado en la jamba de la puerta—. Pero Ellos lo han matado. Y, muerto como está, siguen adelante. Lo vuelven a matar. Lo matan cada día.
       Se dio cuenta de que lo había dicho con aire tan sombrío —más sombrío de lo que deseaba— que sus acompañantes se miraron e incluso, tal vez, lo tomaron por un excéntrico. Isabel ya le había advertido que los demás lo mirarían así si les hablaba como le hablaba a ella. Sin embargo, Gedge deseaba saber cómo sonarían sus palabras cuando lo declararan incapaz por deterioro mental.
       —Entonces, si no hay autor, si no hay nada que decir excepto que no hay nadie —preguntó la joven sonriendo—, ¿por qué tiene que haber una casa?
       —No tendría que haber ninguna casa.
       Decididamente, sí, aquel joven le agradaba.
       —Oh, no quiero decir con eso que tengan que demolerla…
       —Entonces, ¿adónde irían ustedes? —preguntó dulcemente su acompañante.
       —Eso es lo que pregunta mi mujer —contestó Gedge.
       —Entonces, ¡siga adelante, siga adelante! —y el marido le tendió la mano.
       —Eso es lo que dice mi mujer —añadió Gedge mientras la estrechaba.
       La joven, criatura encantadora, imitó al otro visitante y ofreció la mano a su notable amigo.
       —En ese caso, cuide a su esposa.
       El pobre hombre los miró con expresión grave.
       —¡Lo haría si fuera una esposa como usted!



VI

      Con todo, aquello cambió mucho las cosas para Gedge; le dio un impulso extraordinario, de manera que, un par de meses después, tal vez fuera el dulce sabor de boca de la libertad lo que lo ayudó a fraguar otra aventura, y ésta mucho más considerable. Era una manera extraña de pensar en ello, pero, en su imaginación, había estado veinte minutos en buena sociedad: éste era el término que mejor describía para él la compañía de unas personas con las que, tal como él decía, no tenía que hablar de tonterías. A su modo, torpe, sin duda, había afirmado su derecho a la sociedad. Y la dificultad residía en que, tras afirmarlo, no podía retractarse de aquella afirmación. Pocas cosas le habían sucedido en la vida; es decir, pocas agradables, pero, al menos, aquélla sí lo era, y él era de tal modo que no podía seguir viviendo como si no hubiera sucedido nada. Sin embargo, precisamente por seguir adelante teniendo en cuenta lo sucedido, se vio abocado ¡ay! a una situación inequívocamente marcada por una visita de Grant-Jackson, a media tarde de un día de finales de octubre. Aquélla había sido la hora de la visita de los jóvenes americanos. Todos los días aquella hora traía algo del profundo estremecimiento, despertaba el secreto tan bien guardado; pero las dos ocasiones, en realidad, sólo estuvieron relacionadas por ser tan intensamente opuestas. El secreto había sido un éxito porque no le había contado nada a Isabel, la cual, ocupada en su casa mientras duraba el incidente, no había oído llegar a los visitantes ni los había visto marchar. Pero, por otra parte, el éxito había sido escaso porque no había sabido mantener el secreto a salvo de revelaciones indirectas. Había, por lo menos, dos personas en el mundo que sentían lo mismo que él; eran personas, también, que lo habían tratado con benevolencia porque sentía lo mismo que ellas, que habían estado dispuestas a colmarlo de buenos gestos como señal de ello y, aunque ahora estaban lejos en el espacio, seguían lo bastante próximas en espíritu para hacerle juguetear, por así decirlo, con la sensación de su comprensión. Eso, a su vez, de lo cual era perfectamente consciente, lo impulsaba a ser más de una pizca irreflexivo, por lo que, en la reacción contra la avidez de parte del público por hechos falsos, que, desde el principio, lo había atormentado, se acostumbró a jugar con fuego, tal como él mismo habría dicho, o, en otras palabras, a lavarse las manos sobre el contenido de la leyenda, todo ello delante de la gente. Había cruzado la línea; lo sabía: se había vuelto un insensato. Ellos lo habían vuelto así; había sustituido, mediante un conjunto de irreverencias incontrolables, una actitud incomprensible por otra actitud que, de forma demasiado evidente, habían comprendido.
       Ésta era, naturalmente, la línea más franca, pero él no la seguía, ¡ay!, por su franqueza: en realidad, no la había «seguido», simplemente había quedado atrapado y bajo su control, y su destino lo había arrojado contra las acicaladas paredes del templo, como un sacerdote poseído hasta el exceso por el dios o, dicho más vulgarmente, como un toro ciego —animal con el que con frecuencia se comparaba— en una tienda de porcelana. En definitiva, se había dejado llevar por la irritación, por la rabia, aunque, en su apuro, estaba muy lejos de la franqueza, lujo reservado para otras situaciones muy distintas. Siempre había pensado que se vivía para aprender; había aprendido algo en todas las horas de su vida, aunque los demás casi nunca supieron qué cosas, a pesar de que casi siempre había sucedido a sus expensas. Lo que ahora aprendía de manera continua era el sentido de una serie de palabras que, hasta el momento, le habían parecido vanas: la famosa «posición falsa» que con tanta frecuencia ayudaba a terminar una frase. Así se usaban las palabras, sin conocer su significado; después, de repente, un buen día, la boca se llenaba de su sabor amargo. Con esta verdad se recreaba en las horas que pasaba junto al fuego y era plenamente consciente de que un hombre que parecía siempre en conflicto corría ciertos riesgos. En la Casa Natal debía adoptar un aire debidamente beatífico y cuando, en alguna ocasión, habían estado a punto de echarlo de menos aquellos que lo daban por supuesto, aquellos que, sin duda, pagaban seis peniques por él —estaba compris, como el vino de la casa en las provincias de Francia—, uno podía estar seguro de que le llegarían noticias del comentario.
       Gedge había estado esperando las noticias pertinentes; y sabía que, por encima de todo, las había estado esperando su mujer, que ahora se sentaba de una manera especial, como si estuviera alerta, aguardando determinada llamada a la puerta. Ella no lo vigilaba, no lo seguía por la casa, cuando estaba abierta al público, para espiar sus traiciones, y eso lo conmovía, aunque las miradas de soslayo lo atravesaban más que las directas. Su mujer manifestaba tan perfectamente su desconfianza en su forma de demostrar que confiaba en él que nunca se sentía más nervioso, nunca intentaba tanto comportarse bien como en los momentos en que lo dejaba solo. Cuando el gentío era grande y tenían que recibir juntos, intentaba salir del paso dejando que ella hablara todo lo posible. Cuando la gente le preguntaba algo directamente, se volvía hacia ella y con más ceremonia de la que su relación justificaba: no podía evitarlo, aunque pareciera irónico, puesto que ella era la persona más interesada o más competente. En aquellos momentos se preciaba de que nadie habría adivinado que era su mujer; especialmente cuando ésta respondía, para ser justo, con una maravillosa y desalentadora bravuconada: es decir, desalentadora para él, desalentadora por su vergonzosa alegría para los simples de espíritu. La cantidad de sabiduría popular que su mujer producía para ellos, las asociaciones del sagrado lugar que desarrollaba, multiplicaba, bordaba; en definitiva, ¡la cantidad de cosas que decía y lo bien que las decía! Ella no sentía la menor vergüenza; ya que ¿por qué razón iba la virtud a avergonzarse? Aquello era virtud porque le ponía a él el pan en la boca; él, entre tanto, por su parte, se lo quitaba a ella. Aquel día de octubre vio a Grant-Jackson en la Casa Natal misma, por supuesto, el lugar idóneo para tal entrevista; y lo que ocurrió fue que, precisamente, cuando la escena había terminado y Gedge había vuelto a la sala de su casa, la pregunta que su mujer le formuló para recabar información fue:
       —¿Ya has acordado que voy a morirme de hambre?
       Hacía tiempo que no le preguntaba nada tan directamente, lo que no era sino una prueba de su inquietud; la franqueza de la visita de Grant-Jackson, tras la leve sinuosidad de la nota que le había mandado poco antes, hizo que la tensión fuera patente en su justa medida. Sin embargo, para entonces, en realidad, Gedge ya había tomado una decisión; los minutos que pasaron entre su reaparición junto a la chimenea doméstica y el momento en que había visto alejarse, desde la otra puerta, la espalda ancha y bien vestida de Grant-Jackson, la espalda de un banquero y un patriota, aunque escasos, le habían parecido supremamente críticos. Por así decirlo, formaban la bisagra de su puerta, esa puerta que, en aquel momento, estaba abierta de par en par para mostrarle un destino posible, pero que, con la mano en un espasmo, agarrándose al tirador, podría abrir de par en par o cerrar en parte y del todo. Aguardó en la penumbra otoñal, en el pequeño museo que constituía el vestíbulo del templo, y allí, como si diera un firme empujón a la manivela de un torno, tomó la decisión contraria a la que había mantenido hasta el momento. Los retratos de las paredes parecían esperar vagamente; y en la augusta presencia de los retratados —oscuramente augusta, en el momento, por la impresionante vigilancia que Grant-Jackson sometió a la aplicación de un fósforo al vulgar gas— el gran hombre declaró, como si con eso lo dijera todo:
       —¡Mire, querido amigo, la verdad es que…!
       Se había comportado con el especial tacto de un hombre grueso, que siempre, si tacto tenía, era delicado; había sacado el máximo partido a la hora, al lugar, al emplazamiento, a todas las pequeñas admoniciones y símbolos que puso frente a su víctima en el sitio que tuvo ocasión de denominar de nuevo, para la piedad y el patriotismo de Gedge, el más sagrado de la tierra, y había dado por entendido que, en primer lugar, estaba totalmente desconcertado y que, en segundo, esperaba que bastara con un solo aviso. Para no insistir demasiado en la cuestión de la gratitud, concedería que su reproche se basara, si era necesario, únicamente en la cuestión del buen gusto. ¡Sólo como una cuestión de buen gusto…! Pero estaba seguro de que no se vería obligado a decir más. Desde luego, el pobre Gedge habría sentido mucho obligarlo porque se daba cuenta de que aludía al mal gusto atroz de la ingratitud. Cuando dijo que no quería entretenerse en lo que el afortunado ocupante del puesto le debía por la recia batalla sostenida originalmente en su nombre, quería decir, simplemente, que quería hacerlo. En aquello consistió su tacto: en dejar claro que, como todo lo que se había mencionado, en la escena, para ayudar, él dominaba todo el terreno. En otros tiempos Gedge había creído que nunca se lo podría agradecer bastante —aunque se lo había agradecido, consideraba, casi de modo empalagoso— y nada, nada que pudiera explicar de manera seria o coherente, había sucedido desde entonces. En definitiva, desde el momento en que Gedge recibió la regañina, la defensa no tuvo fundamento, y si mostró, en lugar de una defensa, sólo lágrimas ardientes, la mística penumbra del templo impidió a su amigo que las viera o bien las hizo pasar por muestra de remordimiento. Las secó entonces, con la yema de los huesudos pulgares, antes de ir a ver a Isabel. Aquello fue de lo más oportuno pues, a pesar de sus indagaciones, solícitas y rápidas, él no hizo más que moverse por la habitación mirándola con intensidad. Después se detuvo un rato delante del fuego con las manos a la espalda y los faldones de la levita separados, como quien disfruta de una posesión permanente. Su mujer pareció entender el indicio; sin embargo, formuló otra pregunta.
       —¿Te importaría contarme lo que ha dicho?
       —Ha dicho: «¡Mire, querido amigo, la verdad es que…!».
       —¿Y ya está?
       —Prácticamente. Excepto que soy una bestia ingrata.
       —¡Bueno! —respondió ella, sin discrepar.
       —¿Crees que lo soy?
       —¿Son esas las palabras que ha empleado? —preguntó ella con cierto escrúpulo.
       Gedge siguió pensando.
       —Las palabras que ha empleado han sido que estoy arruinando el espectáculo y que, por diversas fuentes, ha llegado la noticia hasta Ellos.
       —¡Se habría dado cuenta hasta un niño! —y después, como su marido no decía nada, añadió—: ¿Han sido ésas sus palabras?
       —Exactamente. No podría haber empleado otras mejores.
       —¿Y lo ha llamado «el espectáculo»? —preguntó la señora Gedge.
       —Claro que sí. El Mayor del Mundo.
       Ella se estremeció sin dejar de escrutarlo. Pensó un poco, pero sólo un instante.
       —Bien, lo es.
       —Entonces, tiene su importancia haberlo arruinado. Pero —añadió— me he retractado.
       —¿Quieres decir que te ha convencido?
       —Quiero decir que me ha asustado.
       —¡Por fin, por fin! —dijo agradecida.
       —Oh, ha sido fácil. Sólo han sido dos palabras. Pero aquí estoy.
       Isabel lo miró con expresión menos dura.
       —¿Y cuáles han sido esas dos palabras?
       —«Sabe usted, señor Gedge, que esto no puede ser». Nada más. Pero es sobre todo el modo en que lo dice un hombre como él.
       —En ese caso, me alegro —aseguró la señora Gedge con franqueza— de que él sea un hombre así. ¿Cómo se te ocurrió siquiera que fuera posible?
       —Bueno, fue mi espíritu crítico. Ni siquiera sabía que lo tuviera. Hasta que Ellos llegaron y, al ponerme en este puesto, lo despertaron. Desde entonces, de un modo u otro, ¿no lo ves?, he tenido que vivir con él; y tenía la sensación de que, de un modo u otro, dándole tiempo y a largo plazo, podría, debería colocarse arriba del todo. Pero es lo que él dice: no puede ser. Así que debo ponerlo, lo he puesto, en el fondo del todo.
       —¡Un sitio muy bueno para el sentido crítico! —e Isabel, ahora ya más plácida, dobló la labor—. Si, por supuesto, puedes dejarlo allí. Si no se empeña en subir.
       —No puede empeñarse.
       Seguía delante del fuego, observando la habitación cálida y de techo bajo, apacible a la luz de la lámpara, con el zumbido de la tetera y con la cortina corrida delante de la ventana emplomada, una corta cortina de arretín sabiamente escogida por Isabel para producir un efecto de antigüedad y que poseía la especial virtud de que, a través de ella, en la calle la luz de la habitación se veía rojiza.
       —Ha muerto —prosiguió—. Acabo de matarlo.
       En realidad, hablaba para que ella le hiciera preguntas.
       —¿Ahora mismo?
       —Allí, en el otro sitio: lo he estrangulado, pobrecillo, en la oscuridad. Si sales a mirar, verás sangre. Lo que, la verdad —añadió—, tratándose de un altar de sacrificio, tampoco está mal. Pero el lugar está salpicado para siempre.
       —No quiero ir a mirar —descansó las manos juntas en la labor doblada sobre el regazo, con los ojos clavados en él, y él reconoció una mirada que ya había visto antes—. Morris, en cierto modo, estás fuera de tus cabales —y después añadió más alegremente—: Es una suerte que no haya sido demasiado tarde.
       —¿Demasiado tarde para pasar por eso?
       —Demasiado tarde para que Ellos te dieran esta segunda oportunidad que agradezco a Dios que hayas aceptado.
       —Sí, ¡si hubiera sido…! —y miró a lo lejos, como si viera la calle gélida a través de la ventana. Después se volvió de nuevo hacia ella—. Todavía tengo miedo. Por ti, quiero decir —añadió.
       —Y yo quería decir por ti. Imagina que hubieras venido a anunciarme ahora que nos habían echado. ¿Qué me habría parecido verte despedido? ¡Sí, a la calle! —añadió mientras sus ojos se movían una vez más desde su pequeño círculo cálido hacia la noche de principios de invierno, al otro lado del cristal, hacia los pasos escasos y rápidos, las puertas cerradas, las cortinas corridas como la suya, tras la cual el pequeño pueblo insulso, intrínsecamente aburrido, se preparaba para cenar.
       Él se puso rígido mientras se calentaba la espalda; puso la cabeza recta y se agitó un poco, como si quisiera enderezar los hombros caídos, pero tuvo que reconocer que ella tenía razón.
       —¿Qué habría sido de nosotros?
       —¿Qué habría sido? Habríamos tenido que mendigar para comer, o yo habría tenido que ponerme a lavar.
       Él guardó silencio un rato.
       —Soy demasiado viejo. Debería haber empezado antes.
       —¡Oh, por Dios! —exclamó ella.
       —El problema es que no sé hacer otra cosa —prosiguió él.
       —¡Nada en absoluto! —coincidió ella con entusiasmo.
       —Mientras que aquí, si lo cultivo un poco, quizá todavía pueda mentir. Pero debo cultivarlo.
       —¡Oh, querido Morris! —se levantó para darle un beso.
       —Haré todo lo que pueda —dijo él.



VII

      —¿Se acuerda de nosotros? —preguntó el caballero y sonrió; la dama que estaba a su lado también sonreía. No hablaba como un peregrino ansioso o un turista pesado sino como un viejo amigo. La historia se repetía de una forma que Gedge nunca había esperado, casi todo era igual, salvo que se encontraban hacia el tibio final de un mes de abril, salvo que los visitantes ya no estaban de luto y mostraban todo su esplendor —además de parecer, igual que, sin duda, el mismo Gedge, aunque de modo tan distinto, un poco mayores— y, sobre todo, salvo que… volverlos a ver de repente lo afectó de una manera totalmente inesperada—. Estamos otra vez en Inglaterra y nos encontrábamos cerca; tengo un hermano en Oxford con el que hemos pasado el día y se nos ha ocurrido venir aquí —dijo el joven con tono agradable mientras nuestro amigo reparaba en la extraña circunstancia de que les estaría pareciendo que los miraba con asombro y frialdad. Se habían presentado igual que la otra vez, a la hora tranquila del cierre; otro agosto había pasado, y aquélla era la segunda primavera; la Casa Natal, dada la hora, estaba a punto de suspender su actividad hasta la mañana siguiente; se había ido ya el último rezagado y a los visitantes les apetecía, otra vez, dar una vuelta solos. Sin duda, parecía que así lo permitían los términos en que se habían separado la última vez; de manera que si, de modo inconsciente, se quedó mirándolos fue precisamente porque estaba lejísimos de haberlos olvidado. Pero la visión de la pareja, afortunadamente, tuvo una consecuencia doble, y la primera precipitó la segunda: ésta fue, en realidad, la repentina idea de Gedge de que todo, tal vez, para él, dependiera de que no admitiera la existencia de ninguna complicación. Debía seguir adelante directamente, puesto que ésa había sido su elegante respuesta durante más de un año, debía mantener el tipo con coherencia, puesto que a eso había quedado reducida su dignidad. No debía temer nada en un sentido, de la misma manera que tampoco había temido nada en otro; además, se le ocurrió de repente, con una fuerza que lo sonrojó, que el objeto de la visita de la pareja, en esencia, era él. Otra vez, se encontraba en buena sociedad, y ellos no habían cambiado. Así que no le correspondía a él comportarse como si no estuviera a la altura.
       Estas profundas vibraciones de Gedge fueron tan rápidas como profundas; en realidad, llegaron de repente, por lo que su respuesta, su declaración de que no había ningún inconveniente. —«¡Oh, claro! En su caso, la hora no importa»— sólo se retrasó un instante; y cuando estuvieron dentro y la puerta se cerró a sus espaldas, en la penumbra del templo, en el que, igual que en la ocasión anterior, las ofrendas votivas brillaban en las paredes, él respiró hondo como quien, tras traicionarse a sí mismo, podría haber hecho algo demasiado terrible. Porque lo que los volvía a traer no era, sin duda, el sentimiento que inspiraba el santuario —puesto que él sabía lo que pensaban—, sino su fundamentado interés en el raro caso del sacerdote. Su visita era el tributo de la curiosidad, de la comprensión, de una compasión que, dadas las circunstancias, resultaba exquisita: un tributo también a aquella rareza, lo que los autorizaba a la más franca bienvenida. Deseaban, por generosa curiosidad, ver cómo seguía adelante, cómo un hombre así en un lugar como aquél podía seguir adelante; y no cabía duda de que, en gran medida, habían esperado ver que la puerta la abría su sucesor. Bien, era cierto que alguien lo había sucedido, aunque sólo fuera mediante un extraño subterfugio; de la misma manera que ellos, pobrecillos, tendrían que deducirlo por sí mismos, con un bochorno por el que los compadecía. Nada podría haber sido más extraño, pero, sin duda, era la imagen inquieta de su posible desconcierto y la compungida visión de lo que se les daba a cambio de su amabilidad lo que determinó, en definitiva, el tono de Gedge. Los meses transcurridos sólo habían conseguido que sus nombres le resultaran más familiares; en la otra ocasión los habían escrito, junto con miles de otros nombres, en el registro público, y, desde entonces, por motivos personales, motivos sentimentales, Gedge había vuelto a mirarlos una y otra vez. En sí mismos no querían decir nada; no le decían nada —«Sr. y Sra. B.  D. Hayes, Nueva York»—, una de esas designaciones americanas que eran exactamente igual que cualquier otra designación americana y que era, precisamente, lo más notable de unas personas obligadas a conseguir una identidad por otras vías. Podrían ser el señor y la señora B.  D. Hayes y, sin embargo, sin que se confirmara ninguna suposición, podían ser… bueno, lo que eran aquellos visitantes. Con suma rapidez había aclarado un poco más la situación el hecho de que, como recordaba, en la otra ocasión sus amigos le hubieran advertido del peligro que corría y de que la última nota que sonara entre ellos fuera la de su inquietud por esa causa. Lo que temía Gedge, con aquel recuerdo, era que, al encontrarlo todavía a salvo, lo felicitaran de entrada y tal vez incluso, con similar sinceridad, le preguntaran cómo lo había conseguido. Con la sensación de atajar de entrada las preguntas, sin perder el tiempo y conteniéndose con mano firme, empezó allí mismo, en el piso de abajo, a mostrar cómo lo había conseguido. Evitó la pregunta con la firmeza de su respuesta.
       —Sí, sí, sigo aquí; supongo que, en cierto modo, uno hace en su propio beneficio todo lo que está en su mano.
       En aquella ocasión hizo todo lo que estaba en su mano, con la expresión más grave que había adoptado jamás y una suave serenidad que era como si pasara una gran esponja húmeda sobre la visita anterior de la pareja; es decir, sobre todo lo sucedido en ella salvo su cordialidad.
       —Como pueden comprobar, nos encontramos en la antigua sala que, felizmente, todavía podemos reconstruir con la imaginación a pesar de los estragos del tiempo, y que, por fortuna, hemos podido detener en años recientes. Sin duda, era tosca y humilde, pero debió de ser cómoda y pintoresca, y, por lo menos, tenemos el placer de saber que la tradición del respeto a los detalles que se conservan se ha respetado maravillosamente. Por esta puerta Él pasaba habitualmente; a través de esas bajas ventanas, durante su infancia, Él atisbaba un mundo que Él haría más feliz gracias al don de Su genio; sobre las tablas de este suelo (es decir, sobre algunas de ellas, ¡no vayamos demasiado lejos!) sus piececillos corretearon con frecuencia, y con empeño juvenil se esforzaría por saltar y tocar las vigas de este techo (¡cuidado con la cabeza en algunos lugares!). No es frecuente que en el primer hogar del genio y la fama aparezca tan desnuda la existencia, no es frecuente que podamos seguir, punto por punto, paso por paso, su relación con los objetos, con las influencias: que podamos reconstruir con los pequeños hechos sólidos de donde surgió. No hace falta que les diga que ello es lo que hace el pequeño espacio comprendido entre estas paredes, tan modesto en sus medidas, tan insignificante de aspecto, un lugar único en la tierra. No hay nada parecido —prosiguió Morris Gedge, insistiendo con voz tan suave y solemne ante su desconcertado público como si se encontrara sobre un púlpito—, no hay nada similar en ningún lugar del mundo. No hay nada, sólo reflejos, similar a esta combinación de grandeza y, si puedo aventurarme a decirlo, intimidad. Quizá encuentren en otros lugares muchísimos menos cambios, pero ¿dónde encontrarán una presencia tan amplia, indiscutible e inalterada? ¿Dónde, en concreto, encontrarán, por parte del espíritu morador, una eminencia igualmente destacada? En otros lugares encontrarán eminencias diversas, pero ¿dónde encontrarán, junto con ellas, cambios, al fin y al cabo, tan escasos, así como el elemento contemporáneo atrapado, por así decirlo, en el mismo instante?
       Sus visitantes al principio estaban confundidos pero, cada vez más embelesados, seguían con la boca abierta, como hacía todo el mundo, preguntándose, creía Gedge, en qué extraña broma se había embarcado; y, sin embargo, empezaban a ver en él una intención que estaba más allá de la broma, y dieron un respingo, en aquel momento, casi un brinco, cuando, mediante una veloz transición, él dirigió hacia la antigua chimenea un rápido movimiento que parecía ilustrar, precisamente, el gesto de asir con impaciencia.
       —En el rincón de esta vieja chimenea, la pintoresca chimenea con poyetes de nuestros antepasados, justo allí en el ángulo más alejado, donde estaba colocado Su taburetito y donde, me atrevería a decir, si pudiéramos mirar más de cerca, encontraríamos la piedra que desgastaron Sus piececitos, vemos al inconcebible niño contemplando las llamas de los viejos troncos de roble e imaginando retratos e historias; véanlo estudiando, la rizada cabeza inclinada, con Su gastada tablilla de cuerno con el abecedario, o enfrascado en algún fragmento de una balada antigua, alguna página de algún volumen de crónicas, toscamente encuadernado, que habría, podemos estar seguros, en el asiento de la ventana de Su padre.
       Incluso Gedge se había dado cuenta en aquel momento de que lo había hecho muy bien; ningún oyente, entre tantos miles, lo había encontrado tan inspirado. La extraña timidez, ligeramente alarmada, de los dos rostros —como si en un salón de su «buena sociedad» de repente se hubiera mostrado alguna actitud incongruente, algo que rozara lo indecente, y les costara percibir aquella realidad dolorosa—, en definitiva, el efecto visible que había causado en sus amigos le hizo llegar a la conclusión de que eran dignos de la broma. La cosa ya salía sola: tan bien la sabía de memoria, pero quizá nunca le había salido tan bien, con el rancio contenido tan disfrazado, el interés tan renovado y la unción clerical que exigía el personaje de sacerdote tan bien destilada. El señor Hayes de Nueva York había mirado a su mujer más de una vez y la señora Hayes de Nueva York había mirado a su marido pero, hasta el momento, sólo de soslayo, con unos ojos que no había sido fácil despegar del extraordinario semblante mediante el cual su interlocutor los mantenía absortos. Sin embargo, en aquel momento, tras un cruce de miradas menos furtivo, insinuaron un gesto con el que indicaban que no había apelado a ellos en vano.
       —¡Estupendo, estupendo, señor Gedge! —exclamó el señor Hayes—. Me parece que lo hemos encontrado inspirado.
       Su esposa se apresuró a asentir y aquello relajó la tensión.
       —Ése sería el mejor estilo —dijo ella con una sonrisa—, de no ser porque sería usted demasiado peligroso. ¡Tiene usted auténtico talento!

       Gedge la miró fijamente, pero sin ceder una pulgada, aunque ella había puesto el dedo en un punto de la conciencia que se estremecía. Eso era lo que a él le parecía un prodigio y llevaba siéndolo todo un año: que le resultara todo tan fácil, que lo hiciera mejor de lo que había hecho nada en su vida; con un efecto tan amplio y elevado, en verdad, con una inspiración tan rica y tan libre, que su pobre esposa, en aquel momento, empezaba a experimentar temores de otro tipo. Gedge sabía que ella había pasado malos momentos después de sopesar el nuevo camino que había tomado él, momentos de nuevos recelos en los que se preguntaba si no se habría limitado a optar por otra perversidad, una distinta. Habría más de una forma de arruinar el espectáculo, y ¿no estaría ahora arruinándolo por exceso? De la misma manera que podía ofrecer una visión poco romántica, también podría serlo demasiado; hasta el momento no se le había ocurrido que pudiera serlo en exceso. En cualquier caso, era un sistema como cualquier otro de reducir aquel lugar al absurdo; y aquella reducción, si no iba con cuidado, los reduciría a ellos de nuevo a la perspectiva de la calle y esta vez, seguramente, sin posibilidad de apelación. En realidad, todo dependía —él sabía que ella lo sabía— de en qué medida Grant-Jackson y los demás, hasta dónde el Órgano, en una palabra, sería capaz de aceptar. Él sabía que ella sabía lo que él creía que llegarían a aceptar: Gedge consideraba que no podía ponerse límites a la cantidad. Ellos sólo querían gran cantidad, igual que los demás; ¿por qué, si nadie lo acusaba, como antes, iban Ellos a estar molestos? Antes lo habían tratado como a un idiota al que se le hace entrar en razón; pero, puesto que, en aquel momento, ya no había idiotez que no alabara sistemáticamente, empujándola en realidad a su propia destrucción, ¿quién iba a tirar de la cuerda de la guillotina? El hacha estaba en el aire, sí; pero en un mundo satisfecho hasta la saciedad no había revoluciones. Isabel había preguntado en vano si no había bramado súbitamente otro trueno. En aquel momento tenía pruebas de que los vientos estaban en calma. ¿Cómo podrían estar más calmados? Él se remitía a los ingresos por entradas. Eran días de gloria, el espectáculo nunca había ido tan bien. Eso argumentaba él, eso seguía argumentando; y, había que reconocer que todas las apariencias le daban la razón. Pero, si en el fondo se había estremecido ante el reconocimiento de su verosimilitud por parte de sus ruborizados amigos, era porque aquella era la auténtica base de su optimismo. La mujer encantadora que tenía delante reconocía su «talento», como él mismo había tenido que hacer. A él también le había sorprendido su facilidad hasta que se había acostumbrado. Hubiera o no encontrado, como nueva amenaza para su futuro, una nueva perversidad, lo cierto era que había dado con una vocación mucho más antigua, evidentemente, de lo que al principio estaba dispuesto a reconocer. No se había juzgado con justicia. Le gustaba ser valiente porque le resultaba fácil; no le costaba nada. Continuó en la Cámara Natal, tras haber conducido hasta allí a sus compañeros sin alterarse lo más mínimo. Ella podía tomarlo como quisiera, pero él había tenido la lucidez —y todo, por supuesto, por su propia seguridad— de recibir el homenaje de su bella sonrisa sin la cortesía de una respuesta. Aparentemente, la mujer lo tomó, igual que su marido, como muestra de su extraño humor, y lo siguieron hasta el piso de arriba con una expresión que ahora era un poco más receptiva a la forma en que, en aquel lugar, Gedge iba a desenvolverse. Y se desenvolvió, de acuerdo con la palabra de su receta personal garantizada, de una manera «fuerte». Echó un poco de menos, es cierto, las habituales preguntas con los ojos muy abiertos, las inveteradas intervenciones ingenuas con que, momento a momento, las tropas agrupadas, a lo largo de un año, habían dado pie a sus respuestas. El señor y la señora Hayes eran de Nueva York, pero, como había oído decir una vez a uno de sus americanos a propósito de algo, su entrega era tal que tenía la sensación de que aquello era como cantar «ante un público bostoniano». Con todo, hizo lo que pudo y, tal como tenía por costumbre, se plantó en un punto de la habitación y, tras haber captado la atención con una mirada y un gesto, de repente exclamó:
       —¡Aquí!
       La buena gente siempre lo entendía: ahora aquella actitud casi le inspiraba afecto; siempre decían a coro y sin aliento:
       —¿Ahí?
       Y miraban el punto designado, como si todavía pudiera verse algún resto del gran acontecimiento. Tras ese gesto, Gedge volvía a mirar a su alrededor.
       —¡Piénsenlo bien! ¡Éste es el lugar concreto de la tierra…!
       —¡Oh, pero si no es la tierra! —decía, por lo general, el más atrevido, porque siempre había uno más atrevido.
       Entonces, el guardián de la Casa Natal se comportaba con cierta altivez, como si el desgraciado se hubiera imaginado al Inmortal brotando de la tierra, como una patata.
       —No estoy sugiriendo que Él naciera sobre el suelo desnudo. ¡Nació aquí! —exclamaba con un intransigente talonazo—. Deberían incrustar una placa de bronce.
       —¿En el suelo? —siempre preguntaba alguien.
       —Nacimiento y entierro, siembra, verano, otoño —eso siempre salía, con su cadencia especial, gracias a su fuente inagotable—. ¿Y por qué no, igual que en el suelo de una iglesia? ¿Han visto nuestra antigua y magnífica iglesia…?
       Nadie había contestado nunca a la primera pregunta; en cambio, para compensar, se explayaban con la segunda. Incluso al señor y la señora Hayes los dejó mudos de entrada; si bien, para ser justos, tampoco habían pronunciado la palabra que daba el pie. No habían pronunciado ni una palabra mientras Gedge continuaba con el juego y (aunque eso lo hacía un poco más difícil), todavía pudo alzarse con aire triunfal delante de ellos después de terminar con su floreo. Sólo entonces el señor Hayes de Nueva York rompió su silencio.
       —Bueno, si quisiéramos verlo, me parece que podríamos decir que estamos bastante satisfechos. Como dice mi esposa, parece que éste sería su estilo.
       Ahora hablaba con mucha más soltura, como si se hubiera hecho la luz: pero no hizo ninguna broma por el motivo que resultó evidente más adelante. Estaban bajando las estrechas escaleras y fue a la bajada cuando su compañera añadió unas palabras.
       —¿Sabe usted lo que nos rondaba por la cabeza…? —y después añadió dirigiéndose a su marido—: ¿Está mal que se lo diga?
       Estaban en la planta de abajo y la joven, también aliviada, expresó su sensación con alegría. Sonrió a Morris Gedge, como antes, tratándolo como a una persona con la cual fuera posible tener trato social; sin embargo, se sintió insegura y pidió su opinión al señor Hayes.
       —Teníamos muchas ganas… por lo que habíamos oído… —pero miró el rostro grave de su marido; éste todavía no las tenía todas consigo. Ante esto se sintió ligeramente desconcertada, pero abrevió—: Supongo que ya lo sabe… ¿no?… Que, con las multitudes que lo escuchan, nos han llegado noticias.
       Él los miró, primero a uno, luego a otro, y, una vez más, algo le pasó. Se habían acordado de él, no temían ni se avergonzaban de decirlo, y era un franco interés, por parte de aquella criatura encantadora y aquel caballero perspicaz y cauto, un interés que resistía al olvido y sobrevivía a la separación, lo que había decidido su regreso. La visita anterior había sido uno de los momentos más luminosos de su vida, pero aquél era el más grave; de manera que, al cabo de un minuto, algo se quebró en él y su máscara cayó sola. Como habría dicho Gedge, abandonó la coherencia; ésta, mientras desaparecía, le llenó los ojos de lágrimas. Por ello esbozó una rara sonrisa.
       —¿Han oído contar cómo me va?
       El joven, aunque seguía escrutándolo, al oír esto se sintió seguro del terreno que pisaba.
       —Claro, se habla muchísimo de usted. Se ha hecho famoso en todo el mundo.
       —¿Han oído hablar de mí en América?
       —¡Si no se habla de otra cosa!
       —¡Eso fue lo que nos hizo pensar…! —contribuyó la señora Hayes.
       —¿Que tenían que verlo con sus propios ojos? —de nuevo, el pobre Gedge miró de un rostro a otro—. ¿Quieren decir que he organizado un… escándalo?
       —¡Claro que no! Ha despertado admiración. Así renueva el interés —observó el joven.
       —¡Ah, de eso se trata! —dijo Gedge con unos ojos llenos de aventura que parecían posarse más allá del Atlántico.
       —Lo oyen, mes tras mes, cuando vienen por aquí, como habrá visto usted; y luego vuelven a casa y hablan. Pero cantan sus alabanzas.
       Nuestro amigo apenas podía creérselo.
       —¿Allí?
       —Allí. Me parece que ha salido usted incluso en los periódicos.
       —¿Sin insultos?
       —Oh, nosotros no insultamos a nadie.
       La señora Hayes, con toda su belleza, quedó claro que insistía en este punto.
       —Lo ponen a usted por las nubes.
       —Entonces, ¿no lo saben?
       —Nadie lo sabe —declaró el joven—. En cualquier caso, lo que nos inquietaba no era lo que pudiera saber alguien.
       —¿Fue por motivos propios? Me refiero a su propia percepción del asunto.
       —Bueno, llámelo así. Nos acordábamos y nos preguntamos qué había pasado. De manera —el señor Hayes reía ahora con franqueza— que hemos venido a verlo.
       Gedge miró a través de las lágrimas.
       —¿Han venido desde América para verme?
       —Oh, en parte. Pero, una vez en Inglaterra, no podíamos dejar de verlo.
       —¡Y ahora ya lo hemos visto! —añadió la joven con dulzura.
       Gedge no podía por menos que seguir boquiabierto ante la sinceridad del halago. Pero intentó contestarles —eso era lo que menos le costaba— en su mismos términos.
       —Bueno, ¿y qué les ha parecido?
       La señora Hayes, pensó Gedge —como si su respuesta tuviera que ser importante—, soltó una risita nerviosa.
       —Oh, pues mire…
       Una vez más, Gedge los miró alternativamente.
       —Es brutalmente fácil, ¿saben?
       El marido alzó las cejas.
       —Oculta usted su arte. La emoción… sí, tal vez eso sea fácil; el tono general debe fluir. Pero los hechos… tiene muchos: ¿cómo los hace pasar?
       —¿Le parece que pongo demasiados…? —preguntó Gedge.
       Los dos se divertían.
       —¡Eso es justo lo que he venido a ver!
       —Bueno, ya sabe. He ido tanteando; he ido paso a paso; no me creerían si les contara cómo he ido probando. Lo que han visto es el resultado —tras esto, como no decían nada, añadió—: ¿Pensaban que podría salir de ésta?
       Una vez más, se limitaron a esperar, pero el marido habló.
       —¿Tan tremendamente seguro está de que ha salido?
       Gedge se detuvo, tal como lo hacía en los momentos de emoción, casi consciente de que, con sus hombros caídos, el largo y delgado cuello y aquella nariz tan prominente en comparación con otras partes del cuerpo, parecía más que nunca una jirafa. Entonces por fin lo entendió.
       —¿Podría estar otra vez en peligro… y ese peligro es lo que los ha movido a ustedes? ¡Oh! —el pobre hombre casi soltó un gemido. La idea lo hizo flaquear; sin embargo, recobró la compostura—. ¿Tiene una idea clara de qué peligro corro?
       En cuanto sonó esa nota definitivamente, el aire se aclaró de un modo maravilloso. Al cabo de un minuto, el lúcido señor Hayes se lo había resumido todo.
       —No sé qué pensará de nosotros por tener una curiosidad tan brutal.
       —Pienso —dijo el pobre Gedge con una mueca— que ustedes sólo son brutalmente amables.
       —La culpa es toda suya —contestó su amigo— por presentarnos (no somos tontos, eh) el retrato de una crisis tan sorprendente. En nuestra otra visita, recordará —dijo con una sonrisa—, nos inquietó por la razón contraria. Por lo tanto, si esto volviera a ser una crisis para usted, nos ofrecería el caso completo.
       —Hace usted que desee que lo sea —dijo Morris Gedge.
       —Bueno, no intente provocar una para divertirnos. Me parece que no tiene usted mucho margen. Vaya con cuidado, vaya con cuidado.
       Gedge reflexionó un poco.
       —Sí, eso fue lo que me dijo hace un año. Me honró sintiéndose tan inquieto como mi esposa.
       Esto determinó por parte de la joven una pregunta inmediata.
       —¿Podría preguntar si ahora la señora Gedge está tranquila?
       —Ya que lo pregunta, le diré que no. Como mínimo, teme que vaya demasiado lejos, no cree que tenga margen de seguridad. Nos asustamos después de su visita, ¿sabe?, vinieron a vernos.
       Sus amigos eran todo interés.
       —¡Ah! ¿Vinieron?
       —Con todo su peso. Hicieron que me apeara de mis ilusiones y volviera a la realidad. Por eso…
       —¿Por eso está usted hundido? —preguntó la señora Hayes dulcemente.
       —Ah, querido amigo —intervino su marido—, no está usted nada hundido, sino muy arriba. Ha subido usted a otro árbol distinto, pero está en lo más alto.
       —¿Me está usted diciendo que he subido demasiado alto?
       —Ésa es exactamente la cuestión —contestó el joven—. Y no nos sentimos capaces, si no le importa, de sopesar esa posibilidad, en comparación con su primer peligro.
       Gedge lo miró.
       —Me parece que ya sé qué es lo que, en el fondo, esperaban.
       —En el fondo, «esperábamos», por supuesto, que usted estuviera bien.
       —¿A pesar de que todo el mundo queda como un idiota?
       El señor Hayes de Nueva York sonrió.
       —Pongamos que precisamente por esto. Lo único que pedimos es estar convencidos de que todo el mundo es idiota.
       —Pero, sin duda, no habrán podido imaginar idiotas del tamaño que exige mi caso… —y Gedge hizo una pausa mientras su compañero aguardaba, como si estuviera a la espera de alguna prueba—. Bien, no intentaré hacerle creer que su inquietud no me ha puesto, no amenaza con ponerme un poco nervioso; aunque no lo entiendo si, como dice usted, la gente me pone por las nubes.
       —Oh, esa noticia viene del otro lado; en nuestro país la gente lo pone todo por las nubes con facilidad. Ya habrá visto usted que los niños pequeños ríen hasta gritar cuando alguien les hace cosquillas en un sitio nuevo. En mi país hay millones de personas muy afables que no son más que niños pequeños. Continuamente ofrecen nuevos puntos a quien les hace cosquillas. A quienes hemos visto bajo otra luz —prosiguió el señor Hayes de buen humor— ha sido a sus compatriotas: el comité, el consejo o las autoridades correspondientes a las que deba usted rendir cuentas.
       —Entonces, póngale el nombre de mi amigo Grant-Jackson, la persona que me respaldó al principio, aunque debo admitir que tal vez por ese motivo sea mi mayor crítico. Trato casi sólo con él; o, mejor dicho, es él quien me trata, quien ha tratado conmigo. Será él quien me sostenga o me haga caer. Pero fue él quien me dejó las riendas.
       —¿Y no querrá que parezca que corre usted desbocado? —preguntó la señora Hayes.
       —Por supuesto, entiendo lo que quiere usted decir. Corro a ciegas hacia el precipicio y Ellos me contemplan (¡son mis vigilantes!), esperando que llegue el golpe. Es maquiavélico, pero todo es posible. ¿Y a qué se refería hace un momento, especialmente si sólo ha oído hablar de mi prosperidad, cuando mencionaba esa «otra luz»?
       Durante un instante sus amigos parecieron incómodos, pero el señor Hayes fue al grano.
       —Hemos oído hablar de su prosperidad pero recuerde que también lo hemos oído a usted hace apenas unos minutos.
       —Estaba decidido a que me oyeran —dijo Gedge—. Así que les parezco bueno… pero ¿exagero? —su tensa sonrisa seguía siendo escéptica.
       En todo caso, así interpelado, su visitante se manifestó.
       —Bueno, si no exagera, si dentro de seis meses está claro que no ha exagerado, entonces…
       —Entonces ¿qué?
       —Entonces es que es magnífico.
       —Pero claro que es magnífico, mejor que nada parecido lo ha sido nunca. Exagero, sí, gracias a Dios; o exageraría si hubiera algo que pudiera exagerarse.
       —Oh, bueno. ¡Si hay pruebas de que no puede…! —con esto y un gesto expresivo, el señor Hayes despejó sus temores.
       Su mujer, sin embargo, durante un momento pareció incapaz de abandonarlos.
       —Entonces, ¿ellos no quieren ninguna verdad? ¿Ni siquiera para salvar las apariencias?
       —¡Apariencias —dijo Morris Gedge— es lo que ofrezco!
       Eso hizo que ellos, los otros, se miraran. Después la mujer sonrió.
       —Oh, bueno, ¡si eso es lo que piensan…!
       —¿Usted, al menos, no? Es usted como mi mujer… —añadió Gedge—. ¡Y lo cierto es que, si no recuerdo mal, hace un año expresé un deseo sobre esa semejanza! En cualquier caso, la asusto.
       —¡Ah, las esposas son terribles! —dijo el joven marido para relajar la tensión, y su visita no habría tenido ya más excusa para prolongarse si, en ese mismo instante, un movimiento en el otro extremo de la habitación no hubiera llamado de repente su atención. Había oscurecido tanto que, aunque Gedge, en el curso de la conversación, había encendido la lámpara más cercana, no habían distinguido, al tiempo que se abría la puerta de comunicación con la casa del guarda, la aparición de otra persona, una mujer inquieta que, en su impaciencia, apenas se había detenido antes de avanzar. La señora Gedge —su identidad tardó pocos segundos en ser patente— estaba ya allí mismo y no había llegado demasiado tarde para oír el último comentario del señor Hayes. Gedge se dio cuenta de inmediato que llegaba con novedades y, debido a esa certeza, tampoco le hizo falta la rápida respuesta de su mujer a las palabras que todavía flotaban en el aire.
       —¡También podría decir, señor, que las pobres esposas muchas veces están terriblemente asustadas!
       La señora Gedge no sabía nada de los amigos a los que, a aquella hora tan intempestiva, su marido estaba enseñando la casa; pero a Gedge no pudo llegarle señal más clara de que eso no importaba que el modo, lleno de posibilidades, en que su mujer pronunció la frase que, por así decir, le soltó en la cara.
       —¡Grant-Jackson quiere verte ahora mismo!
       —¿Estaba contigo?
       —Sólo un minuto… acaba de llegar. Pero quiere verte a ti.
       Gedge miró a los demás.
       —¿Y qué quiere, Isabel?
       —¡Dios sabe! Ahí está. A esta hora horrible… igual que la otra vez.
       Se había vuelto hacia los demás con un gesto nervioso, desbordando hacia ellos su emoción, consternada, a pesar de que fueran desconocidos —como si fuera una mujer del pueblo, pensó él—. Era el ama de casa, con la cabeza descubierta, que charla en la calle sobre la pelea en casa, y Gedge la presentó de inmediato encarnando a este personaje.
       —Ésta es mi querida e indecisa esposa, que hará todo lo posible por atenderlos mientras yo me ocupo de nuestro amigo —y le explicó a ella como pudo quiénes eran esos acompañantes que en aquel momento protestaban—: el señor y la señora Hayes de Nueva York, que estuvieron ya aquí.
       Gedge era consciente, sin conocer el motivo, de que el anuncio hecho por su mujer lo había dejado helado; pero no acababa de entender por qué lo había helado de aquel modo. Sus buenos amigos también habían quedado visiblemente afectados, y el cielo sabía que las profundidades donde meditaba sus especulaciones eran fáciles de estimular por contacto. Si querían una crisis, la habían encontrado, aunque ya habían anunciado antes su intención de retirarse. Pero Gedge no quería permitirlo.
       —¡Ah, no! Tienen que quedarse y ver qué pasa.
       —Pero no podremos soportarlo, ¿sabe? —dijo la joven—, si el resultado es que los echan.
       Su crudeza era muestra de su sinceridad, y fue esta última, sin duda, lo que detuvo a la señora Gedge.
       —Es para echarnos.
       —¿Se lo ha dicho, señora? —preguntó el señor Hayes: era asombroso cómo el soplo de la fatalidad los había unido.
       —No, no me lo ha dicho, pero hay algo en él (me refiero a su horrible actitud) que encaja demasiado bien con otras cosas. Ya hemos visto muchas otras cosas —dijo, pálida, la pobre señora.
       La joven casi la agarró.
       —¿Y es muy horrible su actitud?
       —Es sólo la actitud de un hombre muy importante —intervino Gedge.
       —Bueno, pues los hombres muy importantes —dijo su mujer— son horribles.
       —¡Eso es exactamente lo que estamos averiguando! —rio él—. Pero no debo hacerlo esperar. Nuestros amigos aquí presentes están directamente interesados. No debes permitir que se vayan antes de que sepamos algo.
       Sin embargo, el señor Hayes lo retuvo y no pudo marcharse.
       —Tenemos un interés tan directo que quisiera decirle una cosa: si sucediera algo…
       —¿Sí? —preguntó Gedge amablemente al ver que vacilaba.
       —Bueno, tendremos que colocarlo en algún sitio.
       La señora Hayes coincidió rápidamente.
       —¡Oh, sí! Acuda a nosotros.
       Una vez más, no pudo hacer otra cosa que mirarlos. Eran, sin duda, unas magníficas personas. ¡El señor y la señora Hayes! Aquello afectó incluso a Isabel, a pesar de su alarma; sin embargo, el bálsamo, en cierto modo, parecía presagiar la herida. Gedge había alcanzado la puerta de sus dependencias; se detuvo allí como si fuera la puerta de la sala del juicio. Pero se echó a reír: al menos, podía ir a oír su sentencia como un valiente.
       —Muy bien, entonces ¡acudiré a ustedes!
       Eso estaba muy bien, pero no impidió que su corazón, un minuto más tarde, al final del pasillo, latiera con tal fuerza que podía contar los latidos. Hizo otra pausa antes de entrar; al otro lado de esa segunda puerta, iban a entregarle a su pobre futuro sin ataduras. Éste, en el mejor de los casos, estaba destrozado y sin brío, pero ¿no estaba allí Grant-Jackson, como un domador en la jaula, con leotardos, lentejuelas y actitud circense, para azotarlo con el elegante látigo oficial y obligarlo a saltar por encima de él? En aquellos momentos analizó plenamente el efecto que había tenido en sus nervios la impresión causada en sus amigos, tan extrañamente sinceros, cuya sinceridad, en realidad, en el espasmo de aquel último esfuerzo, había estado en un tris de molestarlo. Su contacto lo había inquietado; tenía miedo, en sentido literal, de hacer frente a su destino de rodillas; tenía la plena sensación de que no habría hecho falta mucho más para conseguir que se acercara, con la frente en el polvo, al gran hombre cuyas iras debía evitar. El señor y la señora Hayes de Nueva York le habían llenado los ojos de lágrimas; pero ¿estaba reservada a Grant-Jackson la capacidad de hacerlo llorar como un niño? Deseaba, sí, mientras palpitaba, que el señor y la señora Hayes de Nueva York no hubieran tenido un interés tan excéntrico porque, de un modo u otro, parecía deberse a su influencia el que estuviera desmoronándose tan deprisa. Antes de mover el pomo de la puerta, sin embargo, le sobrevino otro momento extraño, cuando comprendió que había sido estrictamente su caso lo interesante, su curioso poder, aunque fuera accidental, para mostrar como en un retrato la actitud de otros: no su personalidad pobre y oscura. Sin embargo, era lo que quedaba de ella lo que caminaba hacia la ejecución. Y dice mucho en favor de nuestro amigo que creyera, mientras se preparaba para girar el pomo, que lo iban a colgar; así como no dice menos que, llegado el momento, dedicara su último pensamiento a su mujer. Así como, posiblemente, con su último aliento capaz, agradeció a su estrella, no siempre buena, la existencia del señor y la señora Hayes de Nueva York. Al menos, se ocuparían de Isabel.
       Y eso hacían con cierto éxito cuando, diez minutos más tarde, regresó a donde estaban. Isabel estaba sentada entre ambos en la embellecida Cámara Natal, y más tarde no habría podido asegurar que cada uno de ellos no le sostuviera la mano. En cualquier caso, los tres juntos tuvieron el efecto de recordarle —era demasiado fantasioso— un cuadro, una reproducción sentimental que había visto y admirado en su juventud, titulada algo así como «A la espera del veredicto», «Contando las horas» o algo parecido; la humilde respetabilidad aguardando expectante por la humilde inocencia. No sabía qué pinta tenía él y no le importaba; lo importante era que no estaba llorando, aunque no le habría costado mucho; el brillo de sus ojos era seco, sin duda, aunque los rostros de los demás cuando se levantaron para recibirlo demostraron con creces que los de Gedge tenían un brillo especial o algo igualmente desconcertante. Los ojos de su mujer taladraron los suyos, pero fue la señora Hayes de Nueva York quien habló:
       —¿Ha sido por…?
       Al principio se limitó a mirarlos: ahora tenía la sensación de que podía hacerlo a gusto.
       —Sí, ha sido por «eso». Es decir, quería hablar de cómo he estado comportándome. Ha venido a hablar de eso.
       —¿Y se ha marchado ya? —se permitió preguntar el señor Hayes.
       —Se ha marchado.
       —¿Ya se ha terminado todo? —preguntó Isabel con voz ronca.
       —Se ha terminado.
       —Entonces, ¿nos vamos?
       Le agradó poder contestar a aquella pregunta.
       —No, Isabel, nos quedamos.
       Casi se oyó un triple grito ahogado; el alivio tardó en hacer efecto.
       —Entonces, ¿para qué ha venido?
       —Con su buen corazón henchido y para manifestar la satisfacción de Ellos. Para expresar que es consciente…
       El señor Hayes se echó a reír, pero su mujer quería saberlo todo.
       —¿Del gran trabajo que está usted haciendo?
       —De la forma en que lo he pulido. Son muy generosos. Al parecer, los ingresos por taquilla hablan…
       Gedge disfrutaba con el efecto que producía; Isabel lo miraba fijamente y los demás estaban pendientes de sus labios.
       —¿Sí? ¿Hablan…?
       —Por sí solos y dicen muchísimas cosas. Dicen la verdad.
       Al oír esto, el señor Hayes volvió a reírse.
       —Oh, ¿por lo menos ellos sí la dicen?
       Una vez más, a su lado, Gedge se dio cuenta de lo bien que se entendían y, con el regreso a esta agradable coincidencia, su tensión se relajó, como si se hubiera soltado la correa de un muelle, y volvió a sentir que su viejo rostro estaba tranquilo.
       —De manera que no podrán decir ustedes —prosiguió— que no nos gusta.
       —Me inclino ante ella —dijo el joven con una sonrisa—. Es lo que he dicho antes: es magnífico.
       —Es magnífico —dijo Morris Gedge—. No podría serlo más.
       Su mujer todavía lo miraba, conteniendo la ironía.
       —Entonces, ¿estamos como antes?
       —No, no como antes.
       Ella dio un brinco.
       —¿Mejor?
       —Mejor. Nos lo han subido.
       —¿El sueldo?
       —Nuestro precioso estipendio, por voto del Comité. Eso era lo que él, como presidente, venía a anunciarnos.
       Los mismos ecos de la Cámara Natal durante un instante quedaron mudos; a los tres acompañantes del guarda les faltaba la respiración. Pero Isabel, casi con un grito, fue la primera en recuperarla.
       —¿Nos lo duplican?
       —Bueno, algo así. «En reconocimiento». Ya lo ves.
       Isabel produjo otro sonido, pero en esta ocasión inarticulado; en parte porque la señora Hayes de Nueva York había saltado sobre ella para darle un beso. Entre tanto, el señor Hayes, como si tuviera demasiado que decir, se limitó a tender una mano que nuestro amigo estrechó en silencio. De este modo Gedge dijo la última palabra:
       —¡Ya lo ves!



N. del T.:

[1] Guía ferroviaria británica.

[2] Enrique IV, Primera parte, acto 3: «Vaya, no es carne ni pescado; un hombre no sabe por dónde tomarla».

[3] Referencia a la deuda de Antonio con Shylock en El mercader de Venecia, de William Shakespeare.

[4] Alusión al monólogo de Hamlet, acto II, escena 2: «La obra es la cosa con la que atraparé la conciencia del rey».




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