Henry James
(1843-1916)

La tonalidad del tiempo
(“The Tone of Time”, 1900)
Originalmente publicado en Scribner’s Magazine (noviembre de 1900)
The Better Sort (Lo más selecto), 1903



I

      Estaba demasiado complacido con lo que creía haber hecho por ella en calidad de amigo muy, muy antiguo para no ir a verla ese mismo día con la noticia. Sabía que trabajaba hasta tarde, igual que, por lo general, hacía yo; pero sacrifiqué por ella una buena hora de luz de febrero. Estaba en su estudio, tal como había previsto, en cuya puerta, en un gesto viril y valiente, había una tarjeta con su nombre («Mary J. Tredick»; no Mary Jane, sino Mary Juliana). La encontré un poco cansada, un poco ajada y muy sucia de pintura, pero se quitó las feas gafas para saludarme en cuanto aparecí. Se dejó puesto, mientras rascaba la paleta y secaba los pinceles, el delantal grande y sucio que la cubría hasta los pies y que la había visto llevar con frecuencia en situaciones que daban medida de su renuncia al deseo de seducir. Cada vez que algo me lo recordaba otra vez, rememoraba que lo había abandonado todo, excepto su trabajo, y que algún motivo en su historia la había llevado a ello. Pero yo seguía tan lejos de esa razón como siempre. Había renunciado a demasiado; por eso tenía ganas de tenderle una mano. En cualquier caso, le dije que tenía un buen trabajo para ella.
       —¿Copiar algo que me gusta?
       Se quejaba, yo ya lo sabía, de que la gente sólo le encargaba, si le hacían algún encargo, cosas que no le gustaban. Pero, en este caso, no se trataba de copiar: al menos, no lo era en absoluto en el sentido común del término.
       —Se trata de un retrato… poco definido.
       —Ah, pero ¡si tú también pintas retratos!
       —Sí, y ya sabes cómo. Mi estilo no sirve para esto. Se trata de un bonito retrato.
       —Así pues, ¿de quién?
       —De cualquiera. Es de cualquiera. De quien tú quieras.
       Manifestó una lógica sorpresa.
       —¿Quieres decir que debo elegir yo el modelo?
       —Bueno, lo raro del asunto es que no habrá modelo.
       —¿Y a quién representará el cuadro?
       —Pues a un hombre guapo, distinguido, agradable, de menos de cuarenta años, afeitado, bien vestido y un perfecto caballero.
       Siguió mirándome fijamente.
       —¿Y tengo que dar yo con él?
       La palabra que había elegido me hizo reír.
       —Sí, igual que «darás» con el lienzo, los colores y el marco —dicho lo cual, le expliqué de inmediato—: Acabo de tener una visita extrañísima que me ha hecho pensar en ti. Una señora totalmente desconocida ha aparecido en mi estudio a las tres sin que nadie la presentara. Me ha dicho que había venido directamente a verme, sin preliminares, debido a mi reputación, vamos, lo de siempre, y porque admira mi obra. Desde luego, me he dado cuenta enseguida… bueno, en cuanto ha explicado el asunto, de que no había entendido nada de mi obra. ¿Qué hago yo si no es plasmar la impresión que me causa cada caso? No puedo pintar otra cosa que la cara que veo.
       —¿Y crees que yo puedo pintar una cara que no veo?
       —No, pero tú ves muchas más. Las ves en tu imaginación y en tu memoria, y de ahí salen, venidas de todos los museos que has visitado y de todas las grandes obras que has estudiado. Estoy convencido de que podrás ver la que quiere mi visitante y darle (porque ése es el quid de la cuestión) la tonalidad del tiempo.
       Le dio la vuelta a la pregunta.
       —¿Y para qué lo quiere?
       —Precisamente para eso: por esa pátina. Sólo me ha dicho que era para colgar encima de la chimenea. Me imagino que es para representar, para simbolizar, por así decir, a su marido, que no está vivo y que, tal vez, nunca lo estuvo. Eso es justo lo que te deja las manos libres.
       —¿Sin ninguna referencia, ni una fotografía, ni otros retratos?
       —Nada.
       —¿Sólo tiene intención de describirlo?
       —Ni siquiera eso; quiere que el cuadro lo haga por sí mismo. La única condición es que sea un très bel homme[1].
       Por fin, con aire pensativo, había empezado a quitarse el delantal.
       —¿Es francesa?
       —No lo sé, renuncio a saberlo. Se hace llamar señora Bridgenorth.
       —Connais pas![2] —reflexionó Mary—. No he oído hablar nunca de ella.
       —No me extraña.
       —¿Quieres decir que no es su nombre auténtico?
       Vacilé.
       —Quiero decir que parece una mujer que no se anda con rodeos y está dispuesta a pagar sin rodeos. Me parece que está claro que puedes pedirle lo que quieras y, además, no voy a permitir que pases por alto esta oportunidad —mi amiga no dio signos de asentimiento ni de oposición y seguí hablando—: Es una mujer de unos cincuenta años, que ha sido hermosa y que todavía, con el cabello bien empolvado, me parece a mí, tiene un aspecto imponente. Estaba un poco asustada y se mostraba muy desenvuelta, lo segundo debido a lo primero. Pero se comportaba con una soltura extraordinaria, me ha parecido a mí, teniendo en cuenta lo extraño de sus deseos. Ella misma reconoce en gran medida esta extrañeza; en realidad, ha empezado insistiendo tanto en eso que esperaba cualquier cosa. De vez en cuando pasaba a hablar en un francés perfecto, pero no mejor que su inglés, que no tiene nada de vulgar; al menos, no más que el de cualquier otra persona. ¡Las cosas que dice la gente a los artistas! ¡Y de qué modo! Me he dado cuenta de que ponía gran empeño en sacar adelante el encargo, en que yo no lo considerara absurdo; y me ha agradecido mucho que la recibiera como lo he hecho; iba muy bien vestida y ha llegado en un coche particular tirado por un caballo.
       Mi interlocutora me escuchó atentamente; después, con voz muy tranquila, preguntó:
       —¿Es una mujer respetable?
       —¡Ah, ahí está! —dije riendo—. ¡Qué manera de dar siempre en el blanco, por mucho que me empeñe en adornarlo todo! Es extraordinaria —dije al cabo de un instante— y lo único que quiere del retrato es que la ayude a serlo un poquito menos.
       —Entonces, ¿quién es? ¿Qué es? —se limitó a preguntar mi compañera.
       Eso me remitió directamente a una de mis aficiones.
       —Ah, querida amiga, ¿qué hay más interesante que la vida? ¿Qué hay, sobre todo, más extraordinario que Londres? Lo contiene todo, todo lo del mundo, y nada es tan extraordinario que algún día no pueda aparecer delante de nosotros. ¿Qué es una mujer ajada pero bien conservada, bonita, empolvada, vaga, extraña, que aparece sin referencias pero con coche y buenísimos encajes? ¿Qué clase de persona es sino alguien que podría haber vivido aventuras y, de un modo u otro, haberles sacado partido? Sin embargo, no es asunto nuestro; no es fácil que se presente la oportunidad de preguntárselo. ¡Me gustaría ver cómo alguien se atreve a preguntárselo a la señora Bridgenorth! Ha elegido el camino del decoro, lo que de verdad importa. Si sospecho que es creación de su propio talento, por otra parte no cabe duda de que también ha vivido mucho. ¿Querrás conocerla?
       Mi anfitriona esperó un poco antes de contestar.
       —No.
       —¿No quieres intentarlo?
       —¿Tengo que conocerla para intentarlo?
       Y la pregunta me hizo pensar que, a partir de los pocos datos que tenía, empezaba a sentirse un poco interesada.
       —Parece raro —murmuró, a pesar de todo— intentar complacerla con estos criterios. Intentar complacerla siquiera —añadió—. ¿Te da la impresión de que no está casada? —preguntó sin que viniera mucho al caso.
       —Bueno, sólo he tenido una hora para pensar en ello, pero ya me imagino un poco el panorama. No será ahora ni al día siguiente, ni siquiera cuando lo que ella desea lleve ya un año colgado, pero en su debido momento y cuando sea oportuno, se producirá la transfiguración. «¿Quién es ese hombre tan guapo?». «¿Ése? ¡Oh, es un boceto de mi difunto, de mi querido marido!». Porque le he dicho, intentando sondearla sutilmente, que tal vez deseara que pareciera antiguo y que precisamente esa tonalidad del tiempo es justo lo tuyo.
       —Me parece que sí —dijo Mary con un suspiro.
       —Entonces, ponte el sombrero.
       Al llegar le había propuesto que viniera a tomar el té conmigo, y cuando me dejó solo en el estudio, mientras ella iba a su habitación, dejé de dudar del éxito de mi encargo. La imagen que me había decidido una hora antes se hizo más nítida e intensa mientras circulaba por su estudio mirándolo todo. Había más obras de lo que sería deseable ver; pero, por lo menos, reforzaban mi confianza, lo que me agradaba al pensar en mi visitante, la cual había aceptado sin reservas mi petición en nombre de la señorita Tredick. Cuatro o cinco de sus copias de retratos famosos —adorno de grandes colecciones públicas o privadas— colgaban de las paredes y al verlas juntas otra vez tuve la sensación de que había hecho bien al avalar a la pintora. Su tono añejo era justo lo que tenía en la cabeza cuando había dicho, para disculparme delante de la señora Bridgenorth:
       —Oh, mis cuadros… parece como si estuvieran pintados mañana.
       Daba lo mismo que las copias de Van Dyck o de Gainsborough de Mary fueran reproducciones, porque yo sabía que en más de una ocasión se había divertido haciéndolas, como ella decía, por su cuenta. Había copiado con tanta maestría tantas obras maestras que su pincel estaba lleno de recursos. Siempre me había contestado que esas cosas eran sólo bobadas hábiles, pero resultaba que, en esta ocasión, nuestra cliente quería justo eso. La cosa era dárselo: lo demás era asunto suyo. Y al mismo tiempo que reflexionaba sobre esto, observé para mí que, por así decirlo, había algo más de lo que se veía a simple vista en la reacción que había creído observar en mi amiga. Sin proponérmelo, había pulsado más de un resorte; había puesto en marcha más de un impulso. Quedé convencido después de que volviera con chaqueta y sombrero. Estaba diferente; había estado madurando la idea; y me sonrió debajo del tenso velo con una expresión distinta mientras enfundaba sus manos finas y firmes en un par de guantes limpios.
       —Haz el favor de decirle a tu amiga que os estoy muy agradecida a los dos y que acepto el encargo.
       —Muy bien. ¿Y lo pintarás tan apuesto como corresponde?
       —Acepto precisamente por ese motivo. Lo pintaré supremamente hermoso y supremamente vil.
       —¿Vil? —dije vacilante.
       —El caballero más refinado que hayas visto nunca y el peor amigo.
       Me sobresaltó y me dejó desconcertado; pero, al cabo de un instante, me eché a reír divertido.
       —Bueno, ¡mientras no sea amigo mío! Ya veo que lo tendremos —dije cuando salíamos, porque era evidente que había pulsado un resorte. Sin duda, había dado con el resorte adecuado.
       Tal como pude comprobar, aquello tuvo amplias resonancias. Como había prometido, fui a informar a la señora Bridgenorth de mi misión y, aunque reconoció estar muy agradecida por el éxito de ésta, advertí que la ofendía un poco la aparente falta de interés de la señorita Tredick en mantener una entrevista preliminar.
       —Pensaba que le gustaría conocerme y que pensaría que a mí me gustaría conocerla a ella.
       Pero yo la tranquilicé plenamente.
       —Ya la verá cuando el trabajo esté terminado. La verá en el momento de agradecérselo.
       —Y de pagárselo, supongo —mi anfitriona se rio, con una aspereza que, al fin y al cabo, tampoco fue excesiva—. ¿Tardará mucho tiempo?
       Pensé un poco.
       —Está tan interesada que me da la sensación de que lo hará de un tirón.
       —Entonces, ¿está muy interesada? —preguntó; y al oír en qué estado de ánimo se encontraba, aunque apenas se lo había contado someramente, exclamó—: ¡Ustedes, los artistas, son extraordinarios!
       Le confesé, casi con mala conciencia, que, en efecto, lo éramos, y mientras ella me explicaba que lo que quería decir era que parecíamos entenderlo todo, y yo le contestaba que a eso me refería yo también, me llevó a otra habitación para ver el lugar en donde colocaría el cuadro, confirmando con ello la veracidad de mi hipótesis. El lugar reservado para el retrato —en su dormitorio, como ella lo llamaba, un tocador situado en la parte trasera de la casa, que daba al jardín común de esas estimadas hileras modernas, y que, como ella dijo, sólo necesitaba ese toque— resultó ser exactamente el lugar (el gran panel de madera blanca sobre la chimenea) del que yo había hablado a mi amiga.
       —¿No le parece que quedará bien? —preguntó con inocencia, y me miró con aire curioso, como buscando indicios de que yo era capaz de interpretar comprensivamente lo que ella no decía. La pobrecilla estaba tan cerca de decirlo que no tuve ninguna dificultad. El retrato, dispuesto como si se tratara de una imagen santa, del más refinado caballero que se haya visto, colmaría mejor sus necesidades que las de la habitación.
       Diré de inmediato que mi observación de la señora Bridgenorth en ningún momento fue de naturaleza tal que me llevara a privarme de la afición mencionada. Gracias a la impresión que me había causado, la vida me parecía tan prodigiosa y Londres una ciudad tan sorprendente como siempre había sostenido, y nada podría haber estado más a tono con esta experiencia que el modo en que todo resultó evidente entre ambos sin que dijéramos nada. Nos mantuvimos en la superficie con la tenacidad de dos náufragos agarrados a una tabla. La tabla era la mirada que concentrábamos en el presente de la señora Bridgenorth. Concedíamos que su pasado existía para nosotros sólo bajo la bella forma que ella había rescatado y a la cual todavía se adherían algunos retazos de su identidad. Era amable, cortés, sistemáticamente correcta. Más que otra cosa, parecía que se limitaba a esperar. Era como una casa recién restaurada que sorprendiera ver todavía vacía. La señora Bridgenorth esperaba que sucediera algo, que alguien llegara. Esperaba, sobre todo, la obra de Mary Tredick. Sin duda, contaba con que ésta la ayudaría.
       Yo lo había previsto: Mary pintó el cuadro de un tirón. Rápida y directamente, en la medida en que lo permitía el género de obra que resultó ser. Al principio, dejé sola a mi amiga, dejé que el fermento trabajara, sin molestarla con preguntas y sin pedirle noticias; pasaron dos o tres semanas y no me acerqué a su casa. Al final, una tarde, cuando anochecía, fui a hacerle una visita. Supo al instante lo que quería.
       —Oh, sí, lo estoy pintando.
       —Bien —dije—, he respetado tu concentración, pero la verdad es que he sentido curiosidad.
       Tal vez no podría decir que nunca estaba tan triste como cuando reía, pero es cierto que siempre reía cuando estaba triste. ¿Y cuándo no lo estaba, en el fondo, pobrecilla? Sus breves muestras de alborozo distinguían sus peores momentos. Pero ¿por qué tenía que encontrarse entonces en uno de ellos?
       —Oh, ya conozco tu curiosidad —me contestó; pero el pequeño escalofrío de su risa apenas la satisfizo—. El hombre del retrato va saliendo, pero todavía no puedo enseñártelo. Debo ir haciéndolo como pueda, a mi manera. El retratado ha insistido en parecerse a alguien —añadió—, pero nadie lo sabrá.
       —¿Nadie?
       —Nadie que ella conozca.
       —Ah, no parece que conozca a nadie, la pobre.
       —Tanto mejor. Me arriesgaré.
       Al oír eso pensé que tendría que esperar, aunque cada vez estaba más impaciente. Pero seguí dando vueltas por el taller y, mientras lo hacía, ella me explicó:
       —Si lo que he hecho es de veras un retrato es porque las condiciones así lo exigían. Si tenía que pintar al hombre más guapo del mundo, sólo podía pintar a uno.
       Nos miramos; después me eché a reír.
       —¡No seré yo! Pero… lo importante ¿te va saliendo?
       —¿La vileza? Oh, sí, si Dios quiere.
       Contuve el aliento un instante y no me atreví a insistir entonces. Pero el tono jocoso siempre es un buen recurso.
       —Me refería a la tonalidad del tiempo.
       —¿Que si la consigo, querido amigo? ¿No la conseguí hace ya años? ¿Acaso no la muestro siempre yo misma… esa pátina? —de repente exhaló un extraño suspiro y adoptó una expresión que nunca había visto—. No puedo darle al retratado más de lo que él me ha dado a mí.
       Apenas intuía qué pasión sofocada, qué recuerdo de un agravio, qué mezcla de alegría y dolor habían despertado sin querer mis palabras. A semejante efecto sólo podía responder con una piedad inmediata que, sin embargo, manifesté de manera indirecta.
       —Es la tonalidad —dije con una sonrisa— con que me estás hablando ahora.
       Por desgracia, mis palabras no hicieron más que desanimarla a seguir hablando.
       —No tenía intención de hablar ahora —después, con los ojos en el cuadro—: Aquí lo he dicho todo. Vuelve dentro de tres días. El hombre del cuadro estará listo.
       Efectivamente, lo estaba cuando por fin lo vi. Mary había pintado algo extraordinario, maravilloso, ideal para el papel que le tocaba representar. Mi único reparo, en cuanto lo vi, fue que me pareció demasiado bueno para su papel; algo mucho menos «sincero» habría servido igualmente al propósito de la señora Bridgenorth y el destierro a la «habitación personal» de esa dama —por mucho encanto que allí ejerciera— sólo supondría para él una cruel oscuridad. Tengo delante de mí el cuadro, así que puedo describirlo, si sirve para algo. Representa a un hombre de unos treinta y cinco años, del que se ve sólo la cabeza y los hombros; el observador puede deducir que va vestido de un modo ahora casi antiguo y que tampoco estaba muy al día en la fecha de la obra. Su rostro alargado, ligeramente estrecho, que sería tal vez demasiado aquilino si no fuera por la belleza de la frente y la dulzura de la boca, posee un encanto que, incluso pasado tanto tiempo, estimula todavía mi imaginación. Se advierte que el retrato plasma su distinción sin caer, no obstante, en un énfasis vulgar. Tiene los ojos demasiado juntos pero son, de un modo maravilloso, al mismo tiempo despreocupados y vehementes, mientras los labios, mejillas y barbilla, lisos y tersos, están admirablemente dibujados. Se advierte la juventud en todo él, la alegría y el orgullo de la vida, la perfección de un carácter y las expectativas de una gran fortuna, que da por hecho con inconsciente insolencia. En esta vida nada lo ha humillado o decepcionado, y si la imaginación no me engaña, cuanto nos presenta es garantía de que morirá sin haber pasado por eso. En definitiva, es un hombre tan guapo que apenas es posible decir lo que piensa y tan feliz que apenas se puede adivinar lo que siente.
       Me apresuro a añadir que el cuadro es, por supuesto, una apreciable obra femenina, ligera, delicada, vaga, imperfectamente sintética: insistente y evasiva, sobre todo, ahí donde no corresponde; pero la composición, sin embargo, es hermosa, e infinitamente sugerente. Lo que más me sorprendió, en realidad, cuando lo vi por primera vez, fue lo inadecuado de que se mostrara como una obra pintada hacia 1850. Habría sido una rara flor de refinamiento si la hubieran pintado en aquella época oscura. La «tonalidad» —de aquel pasado al que pretendía pertenecer— resultaba visible casi en exceso, era una pátina parda en la que la imagen parecía replegarse misteriosamente. El modelo me mira ahora desde mayor distancia, al otro lado de más años y más conocimientos, pero en el momento me pareció que era un truco muy conseguido y una evocación verosímil. Recuerdo que el respeto que me inspiró acalló mis dudas de tal modo que ni se me habría ocurrido preguntar quién era. Lo único que dije, tras las incoherentes expresiones de asombro por la habilidad de mi amiga, fue:
       —¿Y has llegado a este realismo sin documentos?
       —Depende de a qué llames documentos.
       —¿Sin notas, apuntes ni estudios?
       —Los destruí hace años.
       —Entonces, ¿llegaste a tenerlos?
       Vaciló unos instantes.
       —Hubo un tiempo en que lo tuve todo.
       Con eso me dijo a la vez más y menos de lo que le había preguntado; en cualquier caso, lo suficiente para que mi siguiente pregunta me pareciera, mientras la formulaba, un poco boba.
       —Entonces, ¿está hecho de memoria?
       Miró una vez más su obra desde donde estaba; tras lo cual se alejó con un gesto brusco y, dando varios pasos, se me acercó otra vez con un aire y una respuesta que, por mucho que las conociera, eran totalmente nuevas.
       —¡Está hecho de odio! —me espetó y salió de la sala. No me percaté del motivo de su marcha hasta que estuvo fuera. Tremendamente afectada por la impresión que había causado en mí, se le saltaban las lágrimas y no quería que las viera. Me dejó solo un rato con su maravilloso modelo y, durante su ausencia, fui deduciendo cosas. Él estaba muerto, llevaba muerto varios años; como he dicho antes, tal vez la única humillación que conociera en su vida le llegó de esa manera. En cualquier caso, el lienzo lo acogía y albergaba como sólo acoge a los muertos. Se me ocurrió que, por su culpa, ella había sufrido lo peor que puede sufrir una mujer y que la herida que él le había asestado, aunque oculta, nunca había sanado. Había vuelto a sangrar mientras ella trabajaba. Sin embargo, cuando Mary volvió a aparecer, sólo había una cosa que decir:
       —Sabe Dios que veo la belleza. Pero no veo lo que llamas «vileza».
       Ella lo miró por última vez y, de nuevo, apartó la vista.
       —Oh, era así.
       —Bueno, fuera como fuere —recuerdo que le contesté—, me pregunto si puedes soportar la idea de separarte de él. ¿No es mejor dejar que vea primero aquí el cuadro?
       Dudó un instante.
       —Me parece que prefiero que no venga.
       —¿Sigues sin querer verla? —pregunté.
       —¿Para qué? Es imposible que cambie el retrato a su gusto.
       —Oh, seguro que no lo pide —dije riendo—. Le encantará tal como es.
       —¿Estás seguro de tu idea?
       —¿De que va a hacerlo pasar por el señor Bridgenorth? Bueno, si no lo hubiera estado de entrada, lo estaría ahora, querida amiga. ¡Cómo no va a aprovechar esa oportunidad! Sí, lo hará pasar por el señor Bridgenorth.
       —¡El señor Bridgenorth! —repitió ella, y el nombre, acompañado de una breve y fría carcajada, pareció grotescamente ridículo para él. Podría haber sido un príncipe y me pregunté si no lo era. En cualquier caso, tuvo una idea repentina—: ¿Te importa que lo haga llevar a tu estudio y que ella vaya a verlo allí?
       Dado que accedí de inmediato sin preguntarle los motivos que pudiera tener, lo arreglamos muy deprisa.



II

      Así pues, al día siguiente tuve el cuadro y, al otro, llegó la señora Bridgenorth, a la cual había mandado aviso. Lo había colocado, enmarcado y sobre un caballete, en lugar destacado, y no he olvidado la expresión de su rostro ni el grito que salió de sus labios. Fue un momento extraordinario, tanto más cuanto que me pilló totalmente desprevenido: tan extraordinario que al principio apenas supe qué había pasado. Además, cuando me di cuenta, habían sucedido más cosas, así que al recuperarme tuve que hacer frente a una situación compleja. La señora Bridgenorth reconoció de inmediato al modelo; eso fue lo primero y lo manifestó de manera inconteniblemente vívida. Tras reconocerlo, súbitamente pensó en la posibilidad de que se tratara de un golpe deliberado. Eso sucedió en segundo lugar y se sonrojó como si le hubieran dado una bofetada. Lo que sucedió en tercer lugar fue que —y eso fue lo más maravilloso—, de manera instintiva, intentó dominar tanto aquel extraño reconocimiento como su ciega sospecha. Sin embargo, pobre mujer, fue incapaz de controlar el intenso rubor de su rostro ni las rápidas lágrimas de sus ojos. No pudo hacer otra cosa que mirar el lienzo fijamente, jadeando, haciendo muecas, e intentar ganar tiempo. Sorprendida u ofendida, reflexionó intensamente, preocupada, más que por ninguna otra cosa, por mostrar muy poco sus sentimientos; e, incluso en aquel momento, yo era consciente de que nada podría haber sido más magnífico que su esfuerzo por tragarse el sobresalto en diez segundos.
       No conté cuántos segundos necesitó; sin duda, los suficientes para que yo también los aprovechara. Gané más tiempo que ella y lo más extraño de todo fue, sin duda, mi maniobra: el cálculo más rápido que, guiado por puro instinto, he hecho nunca. Si había conocido al espléndido caballero representado en el cuadro y, a pesar de todo, decidía allí mismo ocultarlo, ello hizo que mi lealtad hacia Mary Tredick saliera a la superficie en un rápido contraataque. El rubor de sus mejillas me dio la oportunidad.
       —Ah, ¡así que lo conocía usted!
       Vi que, por un instante, se preguntaba si no podría hacer pasar su sobresalto como una muestra de placer, la alegría natural al ver la nueva adquisición. Su indecisión resultaba patética y, al mismo tiempo, casi cómica. Dado que había optado por cubrir las huellas de su pasado, cualquier confesión era un peligro; pero también, por seguridad, le convenía saber, tras tan asombrosa coincidencia, cuánto de ella sabían ya. Mientras tanto, lo encajaba sin darle más vueltas. Sonrió entre las lágrimas.
       —¡Es magnífico!
       Pero, como digo, le di muy poco tiempo.
       —¿Quién es? ¿Quién era?
       Debió de ser mi expresión, aún más que mis palabras, lo que la decidió. Vaciló pero, al cabo de un instante jadeó, rio, lloró de nuevo y luego, desplomándose en el asiento más cercano, se abandonó tan completamente que casi me avergonzó.
       —¿Cree que voy a decirle cómo se llama?
       El peso de los años pasados —todo lo borrado y desoído—, revivió, como un tosco acento que aflora de nuevo con un ligero estímulo al pronunciar determinadas palabras. Sin embargo, un instante después quedó claro que era tan capaz como yo de juzgar a partir de lo que percibía. Sólo tuvo que mirarme un segundo.
       —¡Vaya! ¡Es cierto que usted no lo sabe!
       Me pareció mejor ser sincero.
       —No, no lo sé.
       —Entonces, ¿cómo lo conoce ella?
       —¿Y usted? —me reí—. Yo no tengo nada que ver.
       Se quedó un rato pensando, sin dejar de mirar el cuadro.
       —¡Cómo se parece, cómo se parece!
       Era casi excesivo.
       —¿Tanto?
       —Ni se lo imagina.
       Reflexioné un poco.
       —Pero usted no buscaba un parecido con un individuo conocido.
       Dio un brinco y reaccionó con energía.
       —No, nadie más lo verá.
       Me temo que, una vez más, dejé entrever que aquello me divertía.
       —¿Nadie más que usted y ella?
       —¡Y que ella lo haya pintado…! —seguía asombrada—. Dígamelo por su honor, ¿ella lo sabe?
       —¿Que es el retrato exacto que usted habría querido si se hubiera atrevido? En absoluto, ¿cómo iba a saberlo? No sabe nada, se lo prometo por mi honor.
       La señora Bridgenorth seguía maravillada.
       —¿Lo ha pintado a él a partir del tipo…?
       —¿… que encaja con mi descripción de lo que usted deseaba? Exacto.
       —Pero ¿cómo… después de tanto tiempo? ¿De memoria? ¿Fue un amigo?
       —Como un recuerdo, sí. Ya sabe, en nuestro extraño gremio la memoria visual es maravillosa. Lo ha pintado como un ideal, simplemente, para lo que usted quería. ¿Está usted satisfecha? —añadí al cabo de un instante.
       Había vuelto a mirarlo y, al oírme, volvió hacia mí los ojos; pero me di cuenta de que no podía hablar y, al final, apenas pudo pronunciar un indescriptible «¡Satisfecha!», de manera que no me sorprendió cuando de repente —igual que había hecho Mary: al parecer, el modelo poseía esa capacidad— estalló en llanto. A pesar de lo que se pueda pensar de mí, no me siento especialmente cruel por relatar lo que hice entonces, pues es cierto que mientras la señora Bridgenorth lloraba tuve una repentina inspiración en nombre de los intereses de la señorita Tredick. Además, antes de que mi interlocutora se recuperara, sabía exactamente qué me preguntaría a continuación; y de modo consciente lo provoqué para terminar de una vez. Le expliqué que no tenía la menor idea de la identidad del modelo de la artista, sobre la que no me había dado ninguna pista. Sólo tenía la sensación de que lo había conocido, de que lo había conocido bien; y, al margen del material con que pudiera haber trabajado, el hecho de que ella también lo conociera era una coincidencia pura y simple. Pertenecía al terreno de lo prodigioso, pero esos prodigios pasaban. Mi visitante me escuchó con avidez y credulidad. Se sintió tranquilizada. Entonces vi venir su pregunta.
       —Bueno, si a ella ni le pasa por la cabeza que fue nunca nada mío o que lo sea ahora, voy a pedirle un favor muy especial y le ruego que no se lo diga. Querrá saber, como es natural, qué me ha parecido. Dígale que estoy encantada ¿y puedo pedirle que me prometa que no dirá nada más?
       Lo dijo con una expresión de súplica en el rostro, pero tuve que pensar un poco.
       —Primero tengo que ponerle algunas condiciones y una de ellas es también una pregunta, pero más franca que las suyas. Este misterioso personaje, frustrado por la muerte, ¿iba a casarse con usted?
       Contestó con valentía.
       —Sin duda, de haber vivido.
       Me hizo gracia la ingenuidad de su «sin duda».
       —Muy bien, pero ¿por qué desea que la coincidencia…?
       —¿No la sepa? —sabía exactamente por qué—. Porque si lo sospecha, no querrá que me quede con el cuadro. Además —añadió con decisión—, debe permitir que lo pague sin demora.
       —¿A qué se refiere cuando dice sin demora?
       —Le mandaré un cheque en cuanto llegue a casa.
       —Oh —me reí—. Entendámonos: ¿por qué cree que no querrá que se quede el cuadro?
       La respuesta se hizo esperar un poco, pero cuando llegó fue perfectamente lúcida.
       —Porque entonces verá hasta qué punto lo quiero.
       —¿Y no lo querrá usted menos, puesto que en el trato se acordó algo conveniente, no una semejanza?
       —Oh —dijo la señora Bridgenorth con impaciencia—, me da lo mismo la semejanza. Pero ella empezará a atar cabos… —entonces dijo su verdadero temor—… y estará celosa.
       —¡Oh! —dije con una carcajada, pero asustado.
       —¡Me odiará!
       Reflexioné un poco.
       —Pero si me parece que a ella no le gustaba.
       —¿Le parece que no? —tras esa réplica me miró fijamente, como si deseara averiguar qué contenido tenían mis palabras; finalmente le pareció que éste era muy escaso—. ¡Pues bueno! —dijo la madura señora Bridgenorth con expresión casi cómica.
       —Pero deduzco de ella que él se portó mal.
       —Y ella, ¿cómo se portó?
       Casi no dudé.
       —¿Y usted?
       —Eso es asunto mío —y volvió a mirar el cuadro—. Fue lo bastante bueno con ella para que ella ahora haga esto.
       Escuché atentamente una vez más.
       —Desde un punto de vista artístico y debido al modo en que está hecho, es una de las cosas más curiosas que he visto nunca.
       —¡Da gusto mirarlo! —dijo la pobre señora Bridgenorth en términos más sencillos.
       Desde luego, daba gusto, lo da todavía; y precisamente por eso el caso era tan interesante.
       —Sin embargo, tengo la sensación de que, como digo, no está pintado con amor.
       Lo entendió muy bien.
       —Lo ha pintado con rabia.
       —Entonces, ¿qué tiene usted que temer?
       De nuevo, lo entendió perfectamente.
       —Lo mismo que sucedía cuando él me daba celos. De manera —declaró— que si me da su palabra de que guardará silencio…
       —¿Sí?
       —Pues doblaré la cantidad.
       —Oh —contesté, dando una vuelta por el estudio, animado por la coincidencia—. Eso es exactamente lo que se me había ocurrido para prestar mejor ayuda a mi amiga.
       —¿Se entiende, pues, que es a cambio de su palabra de caballero? —estaba tan ansiosa que eso prácticamente cerró el trato, aunque deambulé un poco de acá para allá mientras me miraba con expectación. La atmósfera que nos rodeaba vibraba con la contención de la mujer y la evocación de un vínculo muy estrecho. Como bien sabemos, algunas veces uno se atreve a pedir para otro lo que no habría pedido para sí mismo. La idea de solicitarlo para Mary era perfectamente recomendable. El trabajo representaba en realidad mucho más que lo acordado, y si la compradora decidía valorarlo así, era asunto suyo.
       —Entiendo que da usted también su palabra —dije.
       Estuvimos tan de acuerdo que nos dimos la mano.
       —¿Y cuándo puedo mandar a buscarlo?
       —Bueno, la veré esta tarde. Pongamos que mañana temprano.
       —Mañana temprano —y la acompañé al coche, en el cual, recuerdo, mientras se marchaba, manifestó su pesar por no haberse llevado el lienzo. La consolé señalándole que no cabía, lo que no era del todo cierto.
       Vi a Mary Tredick antes de cenar y aunque no estaba muy seguro del terreno que pisaba, le di la noticia al instante.
       —Está tan encantada que he tenido la sensación de que debía hacer algo por ti. Incumplimos el acuerdo original, he subido el precio.
       —¿A cuánto? —preguntó Mary.
       —Bien, cuatrocientas. Si quieres, intentaré incluso subir a quinientas.
       —Oh, no va a pagar eso.
       —Perdona que te lo discuta.
       —¿Después de haber acordado otra cosa? —tenía una expresión grave—. No me gustan estos saltos y cambios.
       —Bueno, querida niña, son tuyas. Se te contrató para que pintaras una bobada decorativa y has hecho una obra maestra que está viva.
       —¿Eso es lo que dice ella? —dijo después de pensar un poco. Después pensó un poco más y vaciló—. ¿Qué sabe? —añadió.
       —Sabe que lo quiere.
       —¿Tanto como eso?
       Al oírla tuve que mostrarme un poco firme.
       —Tanto que me mandará el cheque esta tarde y yo te mandaré el tuyo por el primer correo, mañana por la mañana.
       —¿Incluso antes de que reciba el cuadro?
       —Oh, mandará a buscarlo mañana —y, puesto que cenaba fuera y todavía tenía que vestirme, no me quedaba más tiempo. Mary me acompañó a la puerta, donde volví a asegurarle—: Recibirás mi cheque mañana por el primer correo —a lo cual añadí—: Si no es mucho para una dama que está dispuesta a comprar cualquier marido, ¡no es nada por un marido como el que le has dado!
       Yo tenía prisa, pero ella me retuvo.
       —Entonces, ¿has confirmado tu idea?
       —¿Qué idea?
       —De que es eso lo que le he dado.
       De repente pensé que quizá había ido demasiado lejos, pero había dejado el coche esperando y acababa de subir en él.
       —Bueno —dije, con un exceso de humor, desde la parte delantera—: Digamos que, en cualquier caso, a él le has dado esposa.
       Cuando al regresar de la cena esa noche entré en mi oscuro estudio, lo primero que hice fue iluminarlo para echar otro vistazo al modelo de Mary. Sentí el impulso de desearle buenas noches, pero, para mi asombro, ya no estaba allí. Su lugar estaba vacío, había desparecido. Sin embargo, tras mi primera sorpresa, vi lo que había sucedido: la verdad es que lo vi con cierto alivio. Como mis criados estaban ya acostados, no pude hacerles ninguna pregunta, pero estaba claro que la señora Bridgenorth, cuya nota, con su cheque, estaba sobre la mesa, había sido incapaz de esperar. La nota que encontré no mencionaba otra cosa que lo adjunto; pero la habían entregado en mano y el silencio me pareció elocuente. Su mensajero había recibido la orden de «actuar»; había llegado con un vehículo y había metido en él el lienzo y el marco. El pago estaba zanjado y el incidente cerrado. Al día siguiente, sin tener claro el motivo, supe que había dormido mejor gracias a todo eso y, en cuanto entró el criado, le pedí detalles. Su respuesta me sorprendió.
       —No, señor, no vino ningún hombre; vino ella en persona. Sólo tenía un coche de alquiler pero la ayudé y lo metimos. Costó mucho, pero estaba muy empeñada.
       —¿Un coche de alquiler? ¿Y no había venido el criado?
       —No, señor. Vino sin ayuda de nadie.
       —¿Y tampoco trajo su coche, que es más grande?
       Mi criado, tal como tenía por costumbre, sopesó sus palabras.
       —Pero, ¿de veras tiene coche?
       —Claro, el que trajo ayer.
       Entonces se hizo la luz.
       —Oh, esa señora. No era ella, señor. Era la señorita Tredick.
       La luz se hizo, pero de inmediato la siguió la oscuridad, una oscuridad que, después del desayuno, guio mis pasos a casa de mi amiga. Allí, en su lugar original, me encontré con su creación, pero me di cuenta de que sería cosa distinta encontrarse con la pintora. Inmediatamente dejó sobre una mesa, como si estuviera esperándome, el cheque que le había mandado.
       —Sí, me lo he traído. Y no puedo aceptar el dinero.
       Me desesperé.
       —¿Quieres quedarte con él?
       —No entiendo lo que ha sucedido.
       —¿Te echas atrás?
       —No entiendo —repitió— lo que ha sucedido.
       Pero lo que yo había advertido, por el contrario, era que lo comprendía muy bien, lo comprendía perfectamente. Al parecer, por culpa de mi exceso de celo, había dado demasiadas pistas sobre el caso, y vi que iba a ponerme a prueba. Había pasado la noche pensando en todo aquello y la generosidad de la señora Bridgenorth, aparejada con las prisas de la señora Bridgenorth, la habían tenido en vela. De ahí —en una mujer nerviosa y de espíritu crítico— las imaginaciones, las visiones, las preguntas.
       —¿Por qué, al escribirme anoche, diste por hecho que era ella la que se había lanzado sobre el cuadro como un ave de presa? ¿Por qué tenía que hacerlo? —preguntó Mary Tredick.
       Bien, si podía negociar un trato en nombre de Mary, tuve la sensación de que podría a fortiori mentir por ella.
       —Porque ella es así. Siempre salta sobre lo que le interesa, es impaciente y poco controlada. Y es una muestra de falsa modestia —dije con diplomacia— que digas que no ves motivo para que se enamore…
       —¿Que se enamore? —me interrumpió.
       —De ese caballero. Desde luego. ¿Qué mujer no se enamoraría? ¿Qué mujer no se enamoró de él? La verdad es que no entiendo qué derecho tienes a echarte atrás.
       —No me echaré atrás —contestó— si me contestas a una pregunta. ¿Conoce al hombre del cuadro? —después, mientras yo tardaba en contestar—: Se me ocurre que tiene que conocerlo. Eso explicaría muchas cosas. Esta sensación tan rara que tengo y la extraordinaria suma que has podido arrancarle.
       Era una lástima y me sonrojé, además de estremecerme por la palabra que había empleado. Pero estaba claro que la señora Bridgenorth y yo habíamos subido demasiado la cantidad.
       —¿Crees que si ella lo hubiera adivinado yo habría aprovechado para «arrancarle» más?
       Al oír eso se apartó de mí y, con gesto inexpresivo, a pesar de su inquietud, vagó de un lado a otro. Después se detuvo.
       —Lo veo ahí. La oigo a ella decirlo. Lo que has dicho tú que ella diría de él.
       Me parece que intenté, como un tonto, aunque sólo fuera por un instante, simular que no recordaba lo que había dicho.
       —¿Su marido?
       —No lo fue.
       Al minuto siguiente me atreví a decir:
       —¿Fue el tuyo?
       No sé lo que esperaba, pero me sorprendió su tranquilo movimiento de cabeza.
       —No.
       —Entonces, ¿por qué no pudo ser…?
       —¿El de otra mujer? Porque sé a ciencia cierta que murió soltero —siguió hablando con voz muy tranquila—. Conoció a muchas mujeres y hubo una en particular con la que tuvo una intimidad muy larga y ruinosa. Ella intentó que se casaran y él estuvo muy a punto. Sin embargo, la muerte lo salvó. Pero ella fue la razón…
       —¿Sí? —temí que volviera a sentir una oleada de dolor y proseguí mientras ella se contenía—: ¿La conociste?
       —No quise —y por fin lo dijo—: Me dejó por ella.
       Consiguió expresarse con frialdad y no dije más que un anodino y amable «¡Oh!», que indicaba la sensación de que me había contado, en contra de lo esperado, más de lo que podía asimilar. Pero mientras me preguntaba cómo devolverle la confianza, repitió, cambiando de voz, la pregunta de antes.
       —¿Conoce al hombre del cuadro?
       —No tengo la menor idea —y tras desenvolverme con soltura, añadí, con lo que ahora me parece una banalidad—: Desde luego, ayer no dijo su nombre.
       —¿Sólo lo reconoció?
       —Si así fue, lo ocultó muy bien.
       —¿De manera que no conseguiste arrancarle nada?
       Esa pregunta me ofrecía cierta ventaja.
       —Pensaba que me acusabas de arrancarle demasiado.
       Me miró largo rato y entonces lo vi todo en su rostro.
       —Es muy amable lo que estás haciendo por mí y lo haces muy bien. Es muy bonito, muy bonito, y te lo agradezco de todo corazón. Pero yo lo sé.
       —¿Y qué es lo que sabes?
       Fue de un lado a otro, preparando sus herramientas de trabajo.
       —Lo que él pudo ser para ella.
       —¿Quieres decir que ella fue esa mujer?
       —Bueno —dijo, poniéndose las viejas gafas—, fue una de ellas.
       —¿Y aceptas tan tranquila esa asombrosa coincidencia…?
       —¿Al encontrarme, tras varios años, en una relación tan extraordinaria con ella? ¿Y por qué tranquila? Esta noche ha sido una tortura.
       —Pero ¿qué te ha hecho pensar…?
       —¿Que se lo había devuelto de manera tan ciega y extraña? Tú lo dejaste claro ayer.
       —¿Cómo?
       —No sabría decirlo. No pretendías hacerlo, al contrario: pero echaste la semilla. Y la planta, después de que te fueras empezó a crecer —dijo, moviendo el caballete con gesto profesional—. Los vi a los dos, allí en tu estudio, cara a cara.
       —¿Sentiste celos? —me eché a reír.
       Me miró a través de sus gafas y pareció, a partir de ese momento, que con una extraña actitud se situaba al otro lado del tiempo transcurrido. Allí se sintió firme, segura; lejos de mí.
       —Veo que te dijo que estaría celosa —sin duda, oculté mal mi sobresalto y ella prosiguió—: Dices que acepto la coincidencia, que es, sin duda, asombrosa. Pero estas cosas pasan. ¿Por qué no iba a aceptarla, si tú la aceptas?
       —¿La acepto? —sonreí.
       Se puso a trabajar en silencio, pero exclamó al poco:
       —Me alegro de no haberla conocido.
       —Todavía no entiendo por qué no quisiste.
       —Yo tampoco, fue una cosa instintiva.
       —Tus instintos —intenté ser irónico— son milagrosos.
       —Tienen que serlo, para estar a la altura de estas circunstancias. Debo pedirte que le digas amablemente, cuando le devuelvas lo que ha dado, que ahora que tengo el cuadro terminado he decidido quedármelo.
       —¿Sin más explicación?
       Siguió pintando.
       —Ella sabrá la explicación.
       En aquel momento también la sabía yo; sabía tantas cosas que me temo que apenas me resistí. Si nuestra maravillosa cliente no había sido su esposa en la realidad, Mary no iba a ayudarla a que lo fuera en la ficción. Yo ya sabía más de lo que puedo decir, más de lo que podía revelar entonces. La piedad más elemental habría obligado a aquel hombre a seguir con mi amiga y la había abandonado cobardemente. Eso había hecho aflorar oscuros sentimientos que yo había contemplado con timidez.
       —Y, suponiendo que tu teoría sea cierta, ¿por qué no le cedes el retrato? Lo has pintado con amargura.
       —Sí. De no haber sido así…
       —¿No habrías llegado a pintarlo? Precisamente. Y ¿quieres quedártelo con amargura?
       Levantó la vista del lienzo.
       —¿Y tú cómo te lo quedarías?
       Eso me hizo dar un brinco.
       —¿Quieres decir que puedo quedármelo? —se me ocurrió una idea—. ¡Te doy lo mismo que ella!
       Su sonrisa a través de las gafas fue hermosa.
       —¿Y después se lo darás a ella? Lo tendrás cuando me muera.
       Dicho lo cual, se alejó del caballete y me di cuenta de que estaba entorpeciendo su trabajo y tenía que marcharme. Le tendí la mano.
       —Lo pinté… en un estado de ánimo de… como quieras llamarlo, pero lo guardaré con gusto.
       No pude contestar nada, no pude seguir fingiendo; el cuadro estaba en sus manos. Durante un momento no nos movimos y tuve de nuevo la sensación, melancólica y definitiva, de que ella estaba, por así decirlo, en un lugar remoto, dentro del cuadro que había pintado, quieta y cubierta por una pátina de barniz.
       —Me lo quitaron y durante todos estos años ha estado guardado. Después, ella misma, por una coincidencia prodigiosa… —se perdió en sus asombrados pensamientos.
       —¿Sin proponérselo, te lo devuelve?
       Durante un instante, maravillada, cerró los ojos.
       —Me lo devuelve.
       Entonces vi con qué estado de ánimo lo conservaría. Pero no vi nada más. Tuve que limitarme a escribir, con cierto pesar, a la señora Bridgenorth, a la que nunca volví a ver, pero de cuya muerte, que precedió en un par de años a la de Mary Tredick, me enteré por casualidad. Éste es el relato de un anciano. He heredado el cuadro y, en su profunda belleza, sin embargo, sigue habiendo algo oscuro. Por extraño que parezca, nadie ha reconocido nunca al modelo, pero todos me preguntan cómo se llamaba. Ni siquiera lo sé.



N. del T.:

[1] Un hombre muy guapo.

[2] No la conozco.




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