Isaac Bashevis Singer
(Leoncin, Polonia, 1902 - Surfside, Florida, 1991)


Henne Fuego (1968)
(“Henne Fire”)
Originalmente publicado en la revista Playboy, Vol. 15 No. 5 (mayo de 1968);
The Séance and Other Stories
(Nueva York: Farrar, Straus & Giroux, 1968, 258 págs.);
The Collected Stories of Isaac Bashevis Singer
(Nueva York: Farrar, Straus & Giroux, 1982, 610 págs.)



I

      Sí, hay personas que son demonios. ¡Dios nos guarde! ¡Algunas madres ven cosas durante el parto, pero nunca cuentan lo que ven!
       Henne Fuego, así la llamaban, no era un ser humano sino un fuego del Guehena. Sé que no se debe hablar mal de los muertos y que ella ya sufrió mucho por sus pecados. ¿Era culpa suya que hubiera siempre una hoguera en su interior? Se le notaba en los ojos: dos carbones encendidos. Resultaba aterrador mirarse en ellos. Era morena, casi negra, como una gitana, de facciones estrechas, mejillas hundidas, y de cuerpo demacrado: piel y huesos. Una vez la vi mientras se bañaba en el río. Las costillas le sobresalían como aros. ¿Cómo podría engordar alguien como ella? Cualquier cosa que se le dijera, por muy inocente que fuera, la hacía arder. Comenzaba a gritar, a esgrimir sus puños y a dar vueltas como una loca. Su rostro se volvía pálido de ira. Si intentabas defenderte, estaba dispuesta a devorarte vivo y empezaba a arrojar platos al suelo. Cada pocas semanas, su marido, Berl Jázkeles, se veía obligado a comprar una nueva vajilla.
       Sospechaba de todos, es decir, de que todo el pueblo estaba en su contra. Cuando le sobrevenía un ataque de furia, decía cosas que no se le ocurriría decir ni a un demente. Los juramentos fluían de su boca como guisantes agusanados. Se sabía de memoria todas las maldiciones que se mencionan en la Biblia. No le importaba llegar a lanzar piedras. En una ocasión, en pleno invierno, rompió el cristal de la ventana de una vecina, sin que esta llegara nunca a saber por qué.
       Henne tenía descendencia, cuatro muchachas que tan pronto crecieron huyeron de casa. Una se empleó como criada en Lublin; otra viajó a América; la más guapa, Málkele, murió de la escarlatina, y la cuarta se casó con un viejo. Cualquier cosa era preferible a vivir con Henne.
       Su marido, Berl, debió de ser un santo, porque solo un santo podría haber soportado una arpía como ella durante veinte años. Trabajaba en la elaboración de cedazos. En aquel tiempo, durante el invierno los obreros comenzaban su jornada cuando aún era de noche. Los cedaceros debían sufragarse por sí mismos las velas. Berl ganaba una verdadera miseria. Naturalmente eran pobres, aunque no los únicos. Ni un carro lleno de tizas bastaría para poner por escrito los reproches y quejas que oía de ella. Éramos vecinos y una vez, cuando él salió a trabajar al amanecer, la oí gritarle: “¡Así vuelvas con los pies por delante!”. No puedo imaginar de qué le culparía, pues entregaba a su esposa hasta el último groshen y, por añadidura, la amaba. ¿Cómo se puede amar a tal energúmeno? Solo Dios lo sabe. En todo caso, ¿quién puede saber lo que encierra el corazón de un hombre?
       Queridos amigos, también él acabó huyendo de ella. En una mañana de verano, un viernes, salió para ir a la casa de baños y desapareció como una piedra en el agua. Cuando Henne oyó que alguien le había visto abandonar el pueblo, se desplomó en un ataque epiléptico y cayó en mitad de la cuneta. Se golpeaba la cabeza contra las piedras, silbaba como una serpiente y echaba espuma por la boca. Alguien le introdujo en la mano izquierda una llave pero de nada sirvió. Al caérsele el pañuelo, se pudo ver que su cabeza no estaba rasurada. La llevaron a casa. Nunca he visto un rostro como ese, verde como la hierba, con los ojos en blanco. Desde el momento en que volvió en sí, comenzó a maldecir, y creo que desde entonces ya nunca paró. Se decía que incluso en sueños maldecía. En el Yom Kippur, en el sector destinado a las mujeres de la sinagoga, cuando la esposa del rabino empezó a recitar las plegarias para aquellas que no sabían leer, Henne la emprendió contra el rabino, el cantor y los responsables de la sinagoga. Para su marido pidió un juicio negro y le deseó la viruela y la gangrena. Además, blasfemó contra Dios.
       Desde que Berl la abandonó, se volvió completamente salvaje. Por regla general, una mujer abandonada por su marido se ganaba la vida amasando el pan en casa de otros o trabajando como criada. Pero ¿quién dejaría entrar en su casa a una malévola criatura como Henne?
       Intentó vender pescado los jueves, pero cuando una mujer le preguntó por el precio, Henne replicó: “No vas a comprar de todos modos, entonces ¿por qué vienes a enredarme? Aquí solo vienes a manosear y te irás a comprar a otra parte”. Otra ama de casa agarró un pescado con la mano y le levantó las branquias para ver si era fresco. Henne se lo arrebató gritando: “¿Por qué te pones a olerlo? ¿Comer pescado podrido está por debajo de tu categoría?”. Y empezó a nombrar el linaje de la mujer hasta la décima generación, así como las faltas supuestamente cometidas por sus padres, abuelos y bisabuelos. Los demás pescaderos vendieron su mercancía mientras que Henne se quedó con el barreño lleno. Cada pocas semanas lavaba su propia ropa. No me pregunten cómo era el escándalo que producía. Se peleaba por cada cosa: las tinas, las cuerdas de tender, la bomba del agua. Si encontraba una mota de polvo en una camisa colgada para secar, echaba la culpa a sus vecinas. Ella, en cambio, se permitía descolgar la ropa de otras. Sus gritos podían oírse en medio pueblo. La gente la temía y cedían en todo, pero eso tampoco le bastaba. Si se le contestaba, armaba un escándalo, y si se guardaba silencio, era ella la que gritaba: “¿No te dignas hablar conmigo?”. No había manera de tratar con ella sin ser insultado.
       Al principio, sus hijas volvían a casa, desde las ciudades donde estaban trabajando, para pasar las fiestas. Eran buenas muchachas y todas ellas habían salido a su padre. Tan pronto madre e hijas se besaban y abrazaban, como se producía una pelea de gatas en el callejón de los Carniceros, donde vivíamos: platos que se hacían añicos, cristales de ventanas que se rompían, y la muchacha que salía huyendo de la casa como envenenada. Henne la perseguía con un palo, gritando: “¡Perra, guarra, ramera, tenías que haberte disuelto en el vientre de tu madre!”. Cuando Berl desapareció, a Henne le entró la sospecha de que sus hijas conocían el paradero del padre. Aunque juraron por lo más santo que no era así, Henne despotricaba: “¡Que las bocas os crezcan hasta el otro lado de vuestras cabezas por haber jurado en falso!”.
       ¿Qué podían hacer las pobres muchachas? La evitaban como a una plaga. Y Henne fue a ver al maestro del pueblo; le hizo escribir y entregarle una carta en la que declaraba que repudiaba a sus hijas. En adelante ya no sería más su madre, ni ellas sus hijas.
       Con todo, en un pequeño pueblo a nadie se le deja morir de hambre. Las buenas personas se compadecieron de Henne. Le llevaban sopa, borsht de ajo, una hogaza de pan, patatas o lo que pudieran ofrecerle, y lo dejaban en su umbral. Entrar a su choza era como entrar en la guarida de un león. Henne apenas probaba esas ofrendas. Lo tiraba a la basura. La gente como ella se sacia mediante peleas.
       Puesto que los adultos la dejaban de lado, Henne comenzó a enemistarse con los niños. Una vez pasó delante de su choza un muchacho y ella le quitó el gorro pretendiendo que había robado peras de su peral. Las peras eran tan duras como la madera y con el mismo sabor; ni un cerdo se las habría comido. Sencillamente ella necesitaba un pretexto. Siempre estaba mintiendo y llamaba a todo el mundo mentiroso. En otra ocasión, acudió al jefe de la policía para denunciar a medio pueblo, acusando a uno de ser un falsificador y a otro de hacer contrabando desde Galitzia. Además denunció a los jasidim por haber faltado al respeto al zar. En otoño, cuando se convocó a los reclutas, Henne proclamó en el mercado que los muchachos ricos se libraban y solo los muchachos pobres eran enrolados. De hecho, esto era verdad; pero ¿es que sería mejor si se llevaran a todos? Alguien tenía que servir. Solo que Henne, buena persona como era, no soportaba la injusticia. Los funcionarios rusos temían que causaría problemas y la enviaron a un manicomio.
       Yo estaba allí cuando un soldado y un policía vinieron a llevársela. Se volvió hacia ellos con un hacha. Armó tal alboroto que todo el pueblo acudió corriendo. Sin embargo, ¿cuánta fuerza puede tener una mujer? Mientras la ataban y la subían a un carro, soltaba maldiciones en ruso, en polaco y en yiddish. Sus gritos eran como los de un cerdo en el matadero. Fue conducida a Lublin y le pusieron una camisa de fuerza.
       No sé cómo sucedió, pero su comportamiento debió de ser bueno porque antes de medio año fue devuelta a la ciudad. Entretanto, una familia se había instalado en su choza, pero ella los echó a todos a la calle en mitad de una gélida noche. Al día siguiente, anunció que le habían robado. Fue a casa de cada uno de sus vecinos en busca de sus pertenencias y humilló a todo el mundo. En el shabbat ya no se le permitía entrar en la parte femenina de la sinagoga, e incluso en los Días Solemnes se le negó la posibilidad de pagar por un asiento. La situación llegó a tal extremo que cuando iba al pozo a sacar agua todos la rehuían. Simplemente era peligroso estar cerca de ella.
       Ni siquiera respetaba a los muertos. Cuando pasaba un coche fúnebre, Henne escupía detrás de él y gritaba que ojalá el alma del difunto vagara para siempre en tierras desoladas. La gente de bien hacía oídos sordos a sus palabras, pero cuando los deudos eran gente más ordinaria le daban una paliza. A ella le gustaba que la pegaran, esa es la verdad. Luego iba corriendo entre la gente, luciendo el chichón que uno le había causado o el ojo morado que otro le había dejado. Acudía al boticario para que le aplicara sanguijuelas y ungüentos. Intentaba llevar a todos a juicio ante el rabino, pero el conserje se negaba a atenderla y el rabino había dado orden de no dejarla entrar en su sede. También intentó probar suerte con los no judíos, pero solo se reían de ella. No le quedaba nada más que Dios; él la vengaría. Y según Henne, ella y el Todopoderoso mantenían muy buenas relaciones.
       Ahora escuchad lo que sucedió. Cerca de Henne vivía un cochero llamado Kopl Klotz. Una vez, en mitad de la noche, le despertaron unos gritos de socorro. Miró a través de la ventana y vislumbró un incendio al otro lado de la calle, en la choza del zapatero. Agarró un cubo de agua y fue a ayudar a apagarlo. El fuego, sin embargo, no se había producido en la choza del zapatero, sino en la de Henne. Lo que Kopl había visto había sido solo el reflejo en la ventana del zapatero. Corrió a la choza de Henne y encontró que todo ardía: la mesa, el banco, el armario. No era un incendio habitual. Pequeñas llamas volaban por el aire como pájaros. El camisón de Henne estaba ardiendo. Kopl fue corriendo hacia ella y se lo arrancó. Quedó tan desnuda como cuando su madre la trajo al mundo.
       Un incendio en el callejón de los Carniceros no es poca cosa. La madera de las chozas está reseca incluso en invierno. A partir de una chispa, todo el callejón podía convertirse en cenizas. La gente acudió a prestar ayuda, pero las llamas bailaban y hacían volteretas. En cada momento otro objeto prendía fuego. Henne envolvió en un chal su cuerpo desnudo, y los flecos prendieron fuego como velas. Los hombres lucharon contra las llamas hasta el amanecer. Algunos de ellos sucumbieron al humo. Aquellas no eran llamas, sino duendes del infierno.
       Por la mañana hubo otro brote. La ropa de cama de Henne comenzó a arder por sí sola. Ese día yo mismo visité la choza de Henne. Su sábana estaba llena de agujeros, y también el colchón y el edredón. En la artesa para hacer el pan, la masa, a causa del fuego, se había convertido en una torta. Una escoba inflamada había barrido el suelo y quemado la basura. Lenguas de fuego lamían todo. Dios nos libre, esas eran jugadas de las huestes del mal. Tanto tiempo había estado Henne mandando a todo el mundo al diablo, que el diablo se volvió contra ella.
       De un modo u otro, el fuego fue extinguido. Los vecinos del callejón de los Carniceros fueron a ver al rabino y le advirtieron que si alguien no obligaba a Henne a marcharse de allí, ellos se ocuparían de hacerlo. Todos temían por su familia y sus posesiones. Nadie quería pagar por los pecados de otro. Henne acudió al estudio del rabino y se lamentó: “¿Adónde me voy a ir? ¡Asesinos, bandidos, bestias!”. Su voz le salía tan ronca como la de un cuervo. Al mismo tiempo que despotricaba, su pañuelo prendía fuego. Quien no estuvo allí, nunca sabrá de qué son capaces los demonios.
       Mientras Henne, en el estudio del rabino, le rogaba que le permitiera quedarse, su casa se incendió. Una llama que se inició en el tejado adquirió la figura de un hombre de largos cabellos que bailaba y silbaba. Las campanas de la iglesia sonaron dando toques de alarma. Los bomberos se esforzaron al máximo, pero en unos pocos minutos nada quedó, salvo una chimenea y un montón de rescoldos.
       Henne difundió el rumor de que habían sido sus vecinos quienes quemaron la casa. Pero era totalmente falso. ¿Quién haría algo así, especialmente cuando soplaba el viento? Había decenas de testigos que lo negaban. La llama con figura de hombre había agitado los brazos y reía como un loco, antes de elevarse en el aire y desaparecer entre las nubes.
       Fue como consecuencia de todo esto que la gente comenzó a llamarla Henne Fuego. Hasta entonces la habían conocido como Henne la Negra.


II

      Cuando Henne se encontró sin un techo que cubriera su cabeza, intentó mudarse al hospicio, pero los pobres y los enfermos no la dejaron entrar. Nadie quiere ser quemado vivo. Por vez primera se tornó silenciosa. Un leñador no judío la acogió en su casa. En el mismo instante en que la dejó entrar, el mango de su hacha prendió fuego y él la obligó a marcharse enseguida. Henne habría muerto congelada si el rabino no le hubiese dado cobijo.
       El rabino poseía, no lejos de su casa, una cabaña que utilizaba durante la fiesta de Succot. Estaba protegida por una cubierta, que se abría y se cerraba mediante poleas. El hijo del rabino instaló una estufa de estaño con tubo de salida de humo, a fin de que Henne no se helara por el frío; y su esposa le habilitó una cama con colchón de paja y ropa para cubrirse. ¿Qué otra cosa podían hacer? Los judíos no dejan morir a una persona. Pese a que temían un incendio, esperaban que los demonios respetarían una cabaña de Succot y no provocarían ningún fuego. Es cierto que no había mezuzá en la cabaña, pero en su lugar el rabino colgó de la pared un talismán. Aunque algunos vecinos del pueblo se ofrecieron para llevar comida a Henne, la esposa del rabino se opuso: “Lo poco que come se lo daré yo misma”.
       El frío del invierno llegó inmediatamente después del Succot y duró hasta la fiesta de Purim. Las casas quedaron cubiertas por la nieve. Por la mañana uno tenía que abrirse camino con la pala. Henne pasaba días enteros en la cama. No era la misma: callada como una paloma y dócil como una oveja. En sus ojos, no obstante, asomaba el mal. El hijo del rabino le encendía la estufa cada mañana; luego, al llegar a la casa de estudios contaba que Henne se pasaba todo el día envuelta en su edredón y no pronunciaba palabra. La esposa del rabino le había sugerido que podía ir a la cocina y ayudar un poco en las tareas. Henne se negó. “No quiero que nada malo le ocurra a los libros del rabino”, dijo. En el pueblo se rumoreaba que tal vez el Maligno se había ido de ella.
       Al aproximarse la fiesta de Purim, el tiempo se hizo más cálido. El hielo se derritió y el río se desbordó. La calle del Puente quedó inundada. Los pobres ya son desgraciados de por sí, pero cuando hay una inundación de noche y los enseres de la casa empiezan a flotar, la vida se les hace insoportable. Se utilizaba una balsa para cruzar la calle del Puente. La panadería había comenzado a preparar matses para el Pésaj, pero el agua empapó los sacos e hizo inutilizable la harina.
       Súbitamente, se oyó salir un grito de la casa del rabino. La cabaña de Succot había prendido fuego como si fuera una antorcha. Ocurrió en plena noche. Henne contó después que una mano de fuego había bajado desde el tejado y en un segundo todo se había consumido. Ella echó mano de una manta para cubrirse y corrió, desnuda y descalza, hasta el enlodado patio. ¿Qué alternativa tenía el rabino? La acogió en su casa. Su esposa ya no dormía por las noches. La propia Henne dijo al rabino: “Rebbe, yo no debería hacerle esto a usted”. Ya antes de que la cabaña se incendiara, Toybe, la hija casada del rabino, había empaquetado su ajuar dentro de una sábana, de forma que pudiera ponerlo a salvo en cuanto se produjera un aviso de incendio.
       Al día siguiente, los notables de la comunidad convocaron una reunión. Hablaron y discutieron sin llegar a tomar una decisión. Alguien propuso que se enviara a Henne a otro pueblo, pero ella irrumpió en el estudio del rabino, vestida con harapos, como un espantapájaros viviente, y gritó:
       —Rebbe, he vivido aquí toda mi vida y quiero morir aquí. Que me caven una sepultura y me entierren. El cementerio no se incendiará… —Había recuperado el habla de nuevo y todos se sorprendieron.
       Asistía a la reunión el fontanero, reb Zelig, un hombre respetable, y él finalmente hizo una propuesta:
       —Rebbe, yo le construiré una casita de ladrillo para Henne. El ladrillo no arde.
       No pidió que le pagaran por el trabajo, solo el coste de la construcción. El hojalatero se comprometió a colocar el tejado. Henne aún poseía la parcela en el callejón de los Carniceros, y la chimenea había quedado en pie.
       Levantar una casa tarda meses, pero esa casita se construyó en el mes que transcurre entre Purim y Pésaj, ya que todos echaron una mano. Los muchachos de la casa de estudios limpiaron las cenizas acumuladas. Los escolares llevaron ladrillos. Los alumnos de la yeshive mezclaron el mortero. Yudl, el vidriero, contribuyó con los cristales. Como reza el dicho: no existe una comunidad pobre. Un hombre rico, reb Falik proporcionó la hojalata para el tejado. Donde antes había una ruina, de pronto hubo una casa. En realidad, se trataba de una choza y el suelo era de tierra, pero ¿cuánto necesita una persona que vive sola? Se le donó a Henne una cama metálica, una almohada, un colchón de paja y un edredón. Ella ni siquiera fue a ver la construcción. Sentada en la cocina del rabino, estaba al acecho de que no se produjeran incendios.
       La construcción se terminó un día antes de la víspera del Pésaj. Con cargo a los fondos para los pobres, se proveyó a Henne de matses, patatas, huevos, rábano amargo y todo lo necesario para la fiesta. Incluso se le regaló una vajilla nueva. Solo hubo una cosa a la que todos se negaron: a aceptarla como invitada en la cena de pascua. Aquella noche quienes miraron a través de su ventana la vieron: ni fiesta, ni cena de pascua, ni velas; sentada en un banco, mordisqueaba una zanahoria.
       Nunca se sabe las vueltas que darán las cosas. En un principio, nada se sabía de Mindl, la hija de Henne que se había marchado a América. ¿Cómo se suele decir?: al otro lado del mar se vive en otro mundo. Quienes se van a América olvidan al padre, a la madre, al judaísmo, a Dios. Pasan años y no hay noticias. Mindl, sin embargo, demostró ser una buena hija a pesear de todo. Se había casado y su marido se hizo enormemente rico.
       Nuestra oficina de correos tenía un solo cartero, un simple campesino. Un buen día, sin embargo, se presentó otro cartero diferente. Con un largo bigote, vestía chaqueta de botones dorados y llevaba una insignia en la gorra. Traía una carta cuyo destinatario debía firmar el recibí. Y ¿para quién era la carta? Para Henne. Ella era tan capaz de firmar su nombre como yo de bailar un minueto. Garabateó tres rayas sobre el recibo y alguien atestiguó que se trataba de ella. Para abreviar, la carta contenía dinero. Se llamó a Lippe, el maestro, para que la leyera y medio pueblo lo escuchó:
       “Querida madre: Se acabaron tus preocupaciones. Mi marido se ha hecho rico. Nueva York es una gran ciudad, donde se come pan blanco incluso en mitad de la semana. Todos hablan inglés, y también los judíos. De noche hay tanta luz como de día. Los trenes circulan sobre vías, más arriba de los tejados. Haz las paces con mi padre y os enviaré un pasaje a América para ambos”.
       Los vecinos no sabían si reír o llorar. Henne escuchó todo sin decir nada. Ni maldijo ni bendijo.
       Un mes más tarde llegó una nueva carta y dos meses después, una más. Un dólar americano equivalía a dos rublos. En el pueblo había un agente comisionista que, al enterarse de que Henne recibía dinero de América, le propuso toda clase de inversiones. ¿Quería comprar una casa o tal vez hacerse socia de un comercio? Había en nuestro pueblo un hombre a quien se conocía como Léizer el mensajero, aunque nunca lo mandó nadie con un mensaje. Fue a ver a Henne y le ofreció encargarse de buscar a su marido. Si estaba vivo, Léizer aseguraba que lo encontraría y lo traería a casa, o bien le haría firmar un certificado de divorcio. La respuesta de Henne fue:
       —¡Si lo traes a casa que sea muerto, y tú caminando con muletas!
       Henne seguía siendo Henne, pero los vecinos comenzaron a ser amables con ella. Así son las personas. Cuando huelen un groshen, se encandilan. Ahora se apresuraban a saludarla, a llamarla Hénnele y a servirla. Ella se limitaba a fruncir el ceño y susurrarles improperios. Iba directamente a la taberna de Zrule, compraba una gran botella de vodka y se la llevaba a casa. Resumiendo, Henne se dio a la bebida. Que una mujer beba es poco frecuente, incluso entre los no judíos, pero que una mujer judía bebiera era algo inaudito. Se metía en la cama y deglutía un trago tras otro. Cantaba, lloraba, reía y hacía muecas de loca. Salió de paseo en enaguas hasta el mercado, seguida de gamberros que la silbaban. Era un comportamiento irreverente el suyo, pero ¿qué podían hacer los vecinos? Por beber nadie va a la cárcel. Los propios guardias a menudo están borrachos como una cuba. La gente decía que Henne se levantaba por la mañana y se tomaba una taza de aguardiente. Ese era su desayuno. Luego se dormía de nuevo y cuando despertaba empezaba a beber sin parar. A veces, cuando se le antojaba, abría la ventana y tiraba algunas monedas; los pequeños casi se mataban por recogerlas y, mientras rebuscaban en el suelo, ella les vaciaba encima el cubo de la basura. El rabino mandó que se presentara ante él, pero podría habérselo ahorrado. Todos estaban seguros de que ella seguiría bebiendo hasta morirse. Algo muy distinto sucedió.
       Por regla general, Henne salía de su choza por la mañana. A veces iba al pozo por un cubo de agua. En el callejón de los Carniceros solía haber perros vagabundos y en ocasiones les arrojaba algún hueso. No había retretes en las casas y los vecinos hacían sus necesidades en el exterior. Pasaron algunos días sin que nadie viera a Henne. Intentaron fisgonear a través de su ventana pero las cortinas estaban corridas. Llamaron a la puerta y nadie la abrió. Finalmente, la echaron abajo y lo que vieron sus ojos ojalá no se vuelva a ver. Hacía algún tiempo que Henne había comprado de una viuda un sillón tapizado. Era un mueble antiguo. Solía sentarse en él a beber y a hablarse a sí misma. Cuando derribaron la puerta, en el sillón estaba sentado un esqueleto tan negro como el carbón.
       Queridos amigos, Henne había muerto achicharrada. ¿Pero cómo? El sillón estaba casi intacto, y solo el tapizado del respaldo se veía chamuscado. Para que un cuerpo se consuma tan íntegramente, habría hecho falta un fuego más fuerte que el de la casa de baños en un viernes. Incluso para asar un ganso se necesita mucha leña. El sillón, sin embargo, estaba entero. Tampoco prendió fuego la ropa de cama. Henne se había comprado una cajonera, una mesa, un armario, todo estaba inalterado. Ella, en cambio, se había convertido en un trozo de carbón. No había cuerpo que levantar, ni purificar ni amortajar. Los guardias se presentaron a toda prisa en la casa y no pudieron explicárselo. Nadie había visto un incendio, nadie había olido a humo. ¿De dónde podía haber venido un fuego tan infernal? No se encontraron cenizas ni en la estufa ni bajo las tres patas del soporte. Henne apenas cocinaba. El médico del pueblo, Chapinsky, llegó corriendo. Con los ojos desorbitados, quedó paralizado como una figura de barro.
       —¿Cómo ha podido ocurrir? —preguntó el jefe de la policía.
       —Es imposible —replicó el médico—. Si alguien me hubiera contado tal cosa, le habría llamado miserable embustero.
       —Sin embargo, ha ocurrido —interrumpió el jefe de la policía.
       Encogiéndose de hombros, Chapinsky murmuró:
       —Sencillamente, no lo entiendo.
       Alguien sugirió que pudo haber sido un rayo. Pero durante semanas no había habido rayos ni truenos.
       Los nobles de la vecindad se enteraron del suceso y también se presentaron en el lugar. El callejón de los Carniceros se llenó de carruajes, calesas y landós. La multitud se agolpó para mirar. Cada cual trataba de encontrar una explicación; era algo que no cabía en cabeza humana. El relleno de la tapicería del sillón, de borra de algodón, estaba seco como la pimienta.
       Se corrió el rumor de que el vodka había prendido fuego dentro del estómago de Henne. Pero ¿había oído alguien hablar alguna vez de un incendio en las entrañas? El médico, meneando la cabeza, insistió:
       —Es un enigma.
       No tenía sentido preparar el cuerpo de Henne para enterrarlo. Metieron sus huesos en un saco, lo llevaron al cementerio y así la enterraron. El sepulturero recitó el kaddish. Más adelante, llegaron sus hijas de Lublin, pero ¿ellas qué sabían? Los incendios siempre habían perseguido a Henne y un incendio acabó con ella. En sus maldiciones utilizaba con frecuencia la palabra “fuego”: fuego en la cabeza, fuego en la tripa. Solía maldecir: “Así ardas como una vela”, “Así ardas por la fiebre”, “Así ardas como la leña”. Las palabras tienen poder. Ya lo dice el proverbio: “Los golpes se olvidan, las palabras permanecen”.
       Queridos amigos, Henne continuó causando problemas incluso después de muerta. Kopl el cochero compró la casa a las hijas y la convirtió en un establo. Pero los caballos sudaban por la noche y se acatarraban. Cuando un caballo se resfría de ese modo, es el fin. Varias veces la paja prendió fuego. Una vecina que se había peleado con Henne por la colada juraba que el fantasma de Henne le arrancaba las sábanas de la cuerda y las tiraba en el lodo. También le había volcado la tina de lavar la ropa. Yo no lo presencié, pero de alguien como Henne podía creerse cualquier cosa. Todavía la veo hoy, negra, delgada, con el pecho liso como el de un hombre y los ojos salvajes de una bestia perseguida. Algo ardía en su interior. Algo le hacía sufrir. Recuerdo que mi abuela decía: “Una vida desahogada jamás lleva a nadie a golpearse la cabeza contra la pared”. Yo, en cambio, digo: “Por mucho que la desgracia te aflija, revienta pero guarda las apariencias”.
       A Dios gracias, no todo el mundo puede permitirse lamentar permanentemente su suerte. Un rabino de nuestro pueblo dijo una vez: “Si las personas no estuvieran obligadas a trabajar para ganarse el pan, pasarían el tiempo doliéndose por su propia muerte. Toda la vida sería un gran funeral”.




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