Isaac Bashevis Singer
(Leoncin, Polonia, 1902 - Surfside, Florida, 1991)


La sesión espiritista [Séance] (1967)
(“The Séance”)
The Séance and Other Stories
(Nueva York: Farrar, Straus & Giroux, 1968, 258 págs.);
The Collected Stories of Isaac Bashevis Singer
(Nueva York: Farrar, Straus & Giroux, 1982, 610 págs.)



I

      Verano de 1946. En Central Park West, el salón de la señora Kopitzky está iluminado por una sola bombilla roja; la cubre una pantalla decorada con dibujos realizados de modo automático por la propia señora Kopitzky: círculos con ojos, flores con bocas y copas con dedos. De las paredes del salón cuelgan las pinturas que Lotte Kopitzky realizó en estado de trance bajo la dirección de su guía espiritual, Bhaghavar Krishna: un sabio hindú que supuestamente vivió en el siglo IV. Fue él quien pintó el pavo real de cola dorada, en cuyo interior, junto a la imagen de Buda, aparecen los árboles de otro mundo cargados con marañas de fibras y frutos fantásticos, así como las jóvenes mujeres del planeta Venus con brazos en forma de ramas, orejas de las que cuelgan mallas de plata y órganos de telepatía. Sobre los cuadros, así como sobre los viejos muebles y las estanterías repletas de libros, flotan sombras rojizas. Las ventanas están tapadas por un pesado cortinaje.
       Sentado junto a la mesa redonda, sobre la cual hay un tablero de ouija, una trompeta y una rosa marchita, está el doctor Zórej Kalisher, un hombre menudo, de anchos hombros, calvo por delante y con escasos mechones, entre rubios y grises, por detrás. Bajo sus espesas cejas amarillentas asoman un par de pequeños y penetrantes ojos. El doctor Kalisher casi carecía de nuca; su cabeza descansaba directamente sobre los anchos hombros, dándole el aspecto de una primitiva estatua africana. Su nariz era curvada, chata en su parte superior y partida en dos en la punta. En su mentón brotaba levemente lo que podía ser el resto de una barba o simplemente una verruga cubierta de pelo. El rostro surcado de arrugas revelaba un mal afeitado y un aspecto desaseado. Vestía chaqueta de pana negra, camisa blanca, plagada de manchas de ceniza y café, y una torcida corbata de lazo.
       Cuando conversaba con la señora Kopitzky empleaba una rara mezcla de yiddish y alemán.
       —¿Por qué tarda tanto nuestro amigo Bhaghavar Krishna? ¿Se habrá extraviado entre las esferas celestiales?
       —Doctor Kalisher, no me meta prisa —respondió la señora Kopitzky—. Nosotros no podemos darles órdenes a ellos… No conocemos sus motivos y sus caprichos. Tenga usted un poco de paciencia.
       —Bueno, si se debe tener, se tiene.
       El doctor Kalisher tamborileó sobre la mesa con los dedos. En cada uno de ellos había brotes de una barbita pelirroja. La señora Kopitzky apoyó la cabeza sobre el respaldo del sillón, cerró los ojos y se preparó para entrar en trance. A la luz de la bombilla roja se podía apreciar su pelo recién teñido, oscuro y sin brillo, ondulado en pequeños rizos; el rostro cubierto de colorete, la ancha nariz, los elevados pómulos y los ojos separados y marcadamente delineados por el rimel. El doctor Kalisher a menudo bromeaba diciendo que tenía aspecto de un bulldog pintarrajeado. Su esposo, Leon Kopitzky, dentista, había fallecido hacía dieciocho años sin dejar hijos. La viuda se mantuvo gracias a la pensión anual de una compañía de seguros. Aunque en el año 1929 había perdido una fortuna en el crac de Wall Street, recientemente había empezado de nuevo a comprar acciones y valores guiándose por el tablero ouija, la planchette y la bola de cristal. La señora Kopitzky llegó a pedir a Bhaghavar Krishna indicaciones para apostar en las carreras. En unos pocos casos, él le había revelado en sueños los nombres de los caballos ganadores.
       El doctor Kalisher agachó la cabeza y se cubrió los ojos con las manos. Entre dientes, como suelen hacerlo las personas solitarias, se dijo: “Bien, ya he hecho el tonto lo suficiente. Esta es la última noche. Uno se harta incluso de kreplej”.
       —¿Ha dicho usted algo, doctor?
       —¿Cómo dice? No, nada.
       —Cuando usted me apremia, no consigo entrar en trance.
       “Qué trances ni qué zarandajas —refunfuñó para sus adentros el doctor Kalisher—, el “espíritu” se ha retrasado, eso es todo. ¿A quién piensa estar engañando? Está loca, meshugue*”.
       Y sin embargo, en voz alta dijo:
       —No la estoy apremiando. Dispongo de mucho tiempo. Si como dicen los americanos es cierto que el tiempo es dinero, yo soy un segundo Rockefeller.
       La señora Kopitzky abrió la boca para contestar, dejando a la vista su dentadura postiza, mientras le temblaba la papada con todas sus verrugas. De pronto, echó hacia atrás la cabeza y suspiró. Con los ojos cerrados, resopló. El doctor Kalisher la miró expectante y a la vez con tristeza. Aunque él no había oído el sonido de la puerta al abrirse, la señora Kopitzky, que probablemente tenía el agudo sentido auditivo de un animal, sí lo oyó. El doctor Kalisher se restregó las sienes y la nariz, y tiró de su breve barba.
       Hubo un tiempo en que había intentado comprenderlo todo mediante la razón, pero ese período de racionalización hace mucho que quedó atrás. Desde entonces, había elaborado una filosofía antirracionalista, una especie de extremo hedonismo que consideraba el erotismo como el Ding an sich, y la razón como el más bajo grado del ser, la entropía que llevaba a la muerte definitiva. Su postura era una curiosa combinación de la idea del inconsciente en Hartmann y de la Cábala del rabí Isaac Luria, según la cual todas las cosas, desde el más diminuto grano de arena hasta la misma divinidad, son Cópula y Unión. Fue por razón de este sistema de pensamiento que el doctor Kalisher llegó a Nueva York desde París en 1939, dejando atrás en Polonia a su padre rabino, a su esposa, que se negó a divorciarse de él, y a una amante, Nela, poetisa, con quien convivió durante algunos años en Berlín y luego en París. Al mismo tiempo que el doctor Kalisher viajaba a Estados Unidos, Nela viajó a Varsovia para visitar a sus padres. Él tenía pensado hacerla venir cuando encontrara en Estados Unidos un traductor, un editor y tal vez un puesto en alguna de las universidades norteamericanas.
       En aquellos días, el doctor Kalisher aún mantenía sus esperanzas. Le habían ofrecido una cátedra en la Universidad Hebrea de Jerusalén; un editor de Palestina estaba a punto de publicar uno de sus libros, y sus ensayos habían salido a la luz en Zúrich y en París. Pero con el estallido de la Segunda Guerra Mundial, su vida comenzó a degradarse. Su agente literario murió de repente; su traductor era un inepto y, para colmo, huyó con una buena parte del manuscrito, del cual no conservaba copia. En la prensa yiddish, por alguna extraña razón, los críticos le habían vuelto la espalda y dejaron entender que era un charlatán. Las organizaciones judías que le habían invitado a una serie de conferencias cancelaron su gira. Antes pensaba, de acuerdo con su filosofía particular, que todos los sufrimientos no eran más que expresiones negativas del erotismo universal: que Hitler, Stalin y los nazis que cantaban la canción del Horst Wessel y obligaban a los judíos a llevar brazaletes amarillos, en realidad, buscaban nuevas formas y variaciones de realización sexual. Pero el doctor Kalisher comenzó a dudar sobre su propio sistema y cayó en la desesperación. Se vio obligado a abandonar el hotel donde vivía para trasladarse a una habitación amueblada y más económica. Deambulaba vestido con ropa desgastada, se pasaba los días sentado en cafeterías, bebiendo interminables tazas de café y fumando cigarros baratos, y apenas conseguía sobrevivir gracias a los pocos dólares que recibía cada mes de una organización caritativa. A través de los inmigrantes con los que mantenía contacto, le llegaban toda clase de rumores acerca de visados para quienes se habían quedado atrás en Europa; posibilidad de enviarles paquetes con alimentos y medicinas por medio de varias agencias, y procedimientos para hacer venir a América parientes de Polonia, a través de Honduras, Cuba, Brasil. Él, sin embargo, Zorej Kalisher, no pudo salvar de los nazis a nadie. De Nela le había llegado una sola carta y no supo más de ella.
       En Nueva York, el doctor Kalisher se dio cuenta de hasta qué punto se sentía unido a su amante. Sin ella, se tornó impotente.


II

      Todo se desarrolló exactamente del mismo modo que el día anterior y el precedente. Bhaghavar Krishna comenzó a hablar por boca de la señora Kopitzky, con voz mitad masculina mitad femenina, en inglés con marcado acento extranjero y con los mismos errores de pronunciación y gramática que ella. Lotte Kopitzky provenía de un shtetl situado en los montes Cárpatos. El doctor nunca llegó a averiguar su nacionalidad: ¿húngara, rumana, galitziana? No hablaba ni polaco ni alemán, aunque sí un poco de inglés. Incluso su yiddish se había corrompido tras muchos años en América. De hecho, se había quedado sin lengua propia, y Bhaghavar Krishna utilizaba sus diversas jergas. El doctor Kalisher había preguntado en los primeros tiempos a Bhagavar Krishna por los detalles de su existencia terrenal, pero el gurú había contestado que en las mansiones celestiales donde residía lo había olvidado todo. Solo podía recordar que había vivido en los alrededores de Madrás. Ni siquiera sabía que en esa parte de la India se habla el tamil. Cuando el doctor Kalisher trató de conversar con él acerca del sánscrito, del Mahabharata, del Ramayana o del Sakuntala, Bhaghavar Krishna había replicado que ya no le interesaba la literatura terrestre. No conocía más que unos pocos folletos y revistas teosóficas y espiritualistas, las mismas a las que estaba suscrita la señora Kopitzky.
       Para el doctor Kalisher, todo aquello era una gran bufonada. Pero cuando uno vive en una habitación plagada de chinches y tiene el estómago estropeado por la comida de las cafeterías, si además uno es sexagenario y carente de familia, se vuelve tolerante con toda clase de chiflados. Alguien le había presentado a la señora Kopitzky en el año 1942, y desde entonces había tomado parte en decenas de sus sesiones, había leído sus escrituras automáticas, admirado sus pinturas también automáticas y escuchado sus sinfonías igualmente automáticas. En unas pocas ocasiones había pedido a la señora Kopitzki algún dinero como préstamo, que él no estaba en condiciones de devolver. Comía en su casa; cenas vegetarianas, puesto que la señora Kopitzky no tocaba la carne, ni el pescado, ni la leche, ni los huevos, sino solo frutas y verduras, producto de la madre tierra. Se especializaba en preparar ensaladas con nueces, almendras, granadas y aguacates.
       En un principio, Lotte Kopitzky intentó arrastrarle a una relación amorosa. Todos los espíritus estaban de acuerdo en que Lotte Kopitzky y Zorej Kalisher derivaban del mismo origen espiritual: La gran logia blanca. Incluso Bhaghavar Krishna mostró inclinaciones de casamentero. Ella le transmitía constantemente al doctor Kalisher saludos de los maestros conectados con el Tíbet, Atlantis, la Jerarquía Celestial, el Shambala, el Cuarto Reino de la Naturaleza y el Consejo de Sanat Kumara. Al igual que en la Tierra, en los primeros años cuarenta, en el cielo se estaban cocinando toda clase de crisis. Los propios poderes se habían realineado, y los miembros de los Ashrams se preparaban para la guerra contra el mal cósmico. La Jerarquía había dispuesto proyectores destinados a iluminar el planeta Tierra, con el fin de encontrar hombres y mujeres esotéricos dispuestos a servir para fines especiales. La señora Kopitzky había asegurado al doctor que le asignaron un importante papel en el renacimiento universal. Solo que él había descuidado su misión y había decepcionado a los maestros. Prometió telefonear a la señora Kopitzky y no lo hizo. Pasó unos meses en Filadelfia sin enviarle siquiera una postal y regresó a Nueva York sin comunicárselo. Cuando la señora Kopitzky topó con él en una cafetería de máquinas automáticas, en la Sexta Avenida, él llevaba un abrigo roto, una camisa sucia y zapatos tan desgastados que ya no tenían tacón. Ni siquiera había solicitado la nacionalidad norteamericana, pese a que según la ley los inmigrantes tenían derecho a ella sin necesidad de salir del país para conseguir un visado.
       Ahora, en el año 1946, todo lo que la señora Kopitzky le había profetizado se había hecho realidad. Todos sus allegados habían pasado al otro lado: su padre, sus hermanos, sus hermanas y también Nela. Bhaghavar Krishna le traía mensajes de ellos. Los maestros aún lo recordaban y todavía conservaban planes para él en relación con el Congreso del Centenario de la Jerarquía. Incluso el hecho de que su familia había perecido en Treblinka, en Maidanek, en Stuthof, estaba estrechamente relacionado con los poderes de la luz, el desarrollo del karma, el nuevo ciclo después de Lemuria, y con la meta de conducir a la humanidad a una nueva ascensión del amor y de una nueva época acuífera.
       Durante las últimas semanas, la señora Kopitzky no se contentaba con evocar el espíritu de Nela en la forma acostumbrada. Le ofreció al doctor Kalisher la rara oportunidad de entrar en contacto con la figura materializada de Nela. La cosa se organizó del siguiente modo: Bhaghavar Krishna le hacía una señal al doctor Kalisher para que recorriera a oscuras el pasillo que llevaba al dormitorio de la señora Kopitzky. Allí, en la oscuridad, al lado de la cómoda, flotaba una aparición que supuestamente correspondía a Nela y que le murmuraba en polaco al oído palabras cariñosas, así como le transmitía mensajes de amigos y familiares. Bhaghavar Krishna había advertido una y otra vez al doctor Kalisher que no intentara tocar al fantasma, ya que el contacto podría causar un grave daño tanto a él como a la señora Kopitzky. Las pocas veces que él intentó acercarse, ella le eludió hábilmente. Ahora bien, por muy confundido que el doctor Kalisher se sintiera con estas peripecias, era consciente de que se trataba de un fraude. La mujer que aparecía ante él no era Nela, no tenía ni su voz ni su estilo; y los mensajes que decía haber recibido no demostraban nada. Todos esos nombres se los había mencionado él a la señora Kopitzky y ella le ha-bía sonsacado los detalles. Con todo, al doctor Kalisher le quedaba una desazón, una curiosidad: ¿quién era la muchacha de la aparición? ¿Y por qué se habría prestado a ella? Probablemente por dinero. Pero si era así, el hecho de que la señora Kopitzky fuese capaz de contratar un fantasma demostraba que no solo se engañaba a sí misma sino que estafaba a otros. Cada vez que el doctor Kalisher recorría el oscuro pasillo, murmuraba: “Está chiflada, meshugue, una mujer ridícula”.
       Aquella noche, el doctor Kalisher apenas pudo esperar a que llegara la señal de Bhaghavar Krishna. Estaba harto de esas insensateces. Durante años había sufrido de la próstata y en el presente necesitaba ir a orinar cada media hora. Un médico de Varsovia, que no contaba con permiso para practicar en Norteamérica pero que lo hacía clandestinamente, le había advertido que no debía aplazar una intervención quirúrgica, pues de lo contrario podrían surgir complicaciones. Pero Kalisher no tenía el dinero para ello, ni tampoco la voluntad para entrar en el hospital. Intentó curarse a sí mismo mediante baños, bolsas de agua caliente y unas píldoras que se había traído de Francia; incluso había probado a aplicarse masajes en la glándula prostática. Por regla general, en cuanto llegaba a la casa de la señora Kopitzky, entraba en el cuarto de baño, pero aquella tarde no lo había hecho. Sintió una presión en la vejiga. Sus intestinos se retorcían debido a las verduras crudas que le había dado de comer la señora Kopitzky: “Soy demasiado viejo para esos placeres”, murmuró. Cuando Bhaghavar Krishna habló, él apenas escuchaba. “¿Qué estará balbuciendo esta idiota? Ni siquiera es una ventrílocua decente”, pensó.
       En el momento en que Bhaghavar Krishna hizo la señal habitual, el doctor Kalisher se puso en pie. Siempre le habían molestado las piernas, pero nunca le temblaron como aquella noche. “Bien, voy a ir primero al baño”, decidió. Llegar hasta el baño en la oscuridad no era fácil. Vacilante, caminó con los brazos extendidos, intentando llegar a tientas. Cuando alcanzó el cuarto de baño e intentó abrir la puerta, alguien desde dentro dio la vuelta al pomo. “Es ella, la muchacha”, se dijo a sí mismo. El estupor hizo que olvidara por qué estaba allí. “El fantasma de Nela, al parecer, ha entrado aquí a cambiarse de ropa”. Se sintió sobrecogido de vergüenza, por sí mismo y por la señora Kopitzky. “¿Para qué necesita esto? ¿Para quién está representando esta comedia?”. Su vista se acostumbró a la oscuridad. Percibió la silueta de la muchacha. El cuarto de baño tenía una ventana a la calle y el reflejo de la luz de una farola penetraba por ella. La muchacha era de baja estatura, hombros algo anchos y busto prominente. Parecía estar en ropa interior. El doctor Kalisher se quedó hipnotizado. Quiso gritar: “¡Basta! La estafa es evidente”. Pero su lengua se había paralizado. El corazón le palpitaba con fuerza y podía oír su propia respiración.
       Transcurrido un rato, comenzó a volver sobre sus pasos, aturdido y andando a ciegas. Tropezó con un perchero y topó con su cabeza contra la pared. Dio unos pasos atrás. Algo cayó al suelo y se rompió. ¿Quizás una de las esculturas del otro mundo, pertenecientes a la señora Kopitzky? En ese instante empezó a sonar el teléfono en el pasillo, con un timbre excepcionalmente alto y alarmante. El doctor Kalisher tembló. De pronto, en el contacto con sus calzoncillos sintió un cierto calor. Se había mojado como un niño.


III

      “Bueno, he tocado fondo —murmuró para sí mismo el doctor Kalisher—. Estoy listo para la chatarra”. Quiso volver atrás. No solo su ropa interior sino también sus pantalones estaban húmedos. Esperaba que la señora Kopitzky fuera a contestar al teléfono; más de una vez sucedía que la llamaban, despertándola de su trance, y comenzaba a hablar de acciones, bonos y dividendos. Pero esta vez el teléfono siguió sonando y nadie acudió a responder a la llamada. En ese momento se dio cuenta de lo que había hecho: había cerrado la puerta que daba entrada al salón y por esa razón no entraba la luz roja que normalmente le ayudaba a encontrar su camino de vuelta. “Me iré a mi casa”, decidió. Quiso ir hacia la puerta de la calle, pero en aquel apartamento laberíntico había perdido el sentido de orientación. Su mano tocó un pomo y lo giró. Oyó un grito apagado. Se había metido de nuevo en el cuarto de baño, donde al parecer no había interiormente ningún cierre ni cadena. Otra vez vio a la mujer en corsé, pero ahora con el rostro a media luz. En esa fracción de segundo pudo advertir que era una mujer de mediana edad.
       —Le ruego me disculpe —murmuró y retrocedió.
       El teléfono paró de sonar, y luego comenzó de nuevo. De pronto, el doctor Kalisher vio entrar un rayo de luz roja y oyó los pasos de la señora Kopitzky hacia el teléfono. Se quedó parado y exclamó, entre afirmación y pregunta:
       —¡Señora Kopitzky!
       La señora Kopitzky se sobresaltó:
       —¿Ha terminado ya?
       —No me siento bien. Me voy a mi casa —tartamudeó el doctor.
       —¿Que no se siente bien? ¿Adónde quiere ir? ¿Qué le pasa? ¿El corazón?
       —Todo a la vez.
       —Espere un segundo.
       La señora Kopitzky se acercó a él, lo tomó del brazo y lo condujo de vuelta al salón. El teléfono siguió sonando y finalmente paró de llamar.
       —Ha sentido una presión en el corazón, ¿eh? —preguntó la señora Kopitzky—. Acuéstese en el sofá. Llamaré a un médico.
       —No, no, no hace falta.
       —Le daré un masaje.
       —Es mi vejiga, que no está bien, mi glándula prostática.
       —¿Qué dice? Encenderé la luz.
       Quiso pedirle que no lo hiciera, pero era demasiado tarde, pues ya había encendido varias lámparas. Le deslumbraba la luz. Ella se paró a mirarle a él y a la vez a sus pantalones mojados. Moviendo la cabeza de un lado a otro, dijo:
       —Esto es lo que ocurre cuando se vive solo.
       —Verdaderamente me avergüenzo.
       —¿Qué vergüenza hay en ello? Todos nos hacemos mayores; nadie se hace más joven. ¿Ha estado usted en el cuarto de baño?
       El doctor Kalisher no respondió.
       —Espere un momento, todavía conservo su ropa. Tuve el presentimiento de que alguna vez la necesitaría.
       La señora Kopitzky salió de la habitación. El doctor Kalisher se sentó prudentemente en el borde de una silla, cubriéndola antes con su pañuelo. Permaneció sentado, rígido, mojado, con un sentimiento de culpabilidad infantil y desamparo y, sin embargo, con esa serenidad interior que acompaña a la enfermedad. Siempre sintió, durante años, temor de los médicos, los hospitales y, especialmente, de las enfermeras que, dejando a un lado su timidez femenina, tratan a los hombres adultos como si fueran niños.
       Ahora estaba preparado para las últimas degradaciones de su cuerpo. “Bueno, estoy acabado, kaput —e hizo un rápido examen de su existencia—: ¿Filosofía? ¿Qué filosofía? ¿Erotismo? ¿Erotismo de quién?”. Había estado jugando con palabras durante años, sin haber llegado a conclusión alguna. Lo que le había sucedido a él y en su entorno, en Polonia, en Rusia, en los planetas, en las lejanas galaxias, no podía ser reducido, ni a la voluntad ciega de Schopenhauer ni al erotismo de Kalisher. Tampoco encontraba explicación en la sustancia de Spinoza, en las mónadas de Leibnitz, en la dialéctica de Hegel o en el monismo de Heckel. “Todos ellos hacen juegos malabares con las palabras, igual que la señora Kopitzky. Menos mal que no llegué a publicar todos aquellos garabatos míos. ¿Qué hay de bueno en estas absurdas hipótesis? No sirven de ninguna ayuda…”. Elevó la mirada hasta los cuadros de la señora Kopitzky en la pared, que al resplandor de la luz parecían pintarrajos de niños de colegio. Desde la calle llegaban los bocinazos de los coches, los gritos de los muchachos, el atronador eco del metro al pasar un tren. Se abrió la puerta y entró la señora Kopitzky con una pila de ropa: una chaqueta, pantalones, una camisa y una muda. La ropa olía a naftalina y polvo. Le preguntó al doctor:
       —¿Ha estado usted en el dormitorio?
       —¿Cómo dice? No.
       —¿Nela no se materializó?
       —No, no se materializó.
       —Bien, cámbiese la ropa. No se sienta violento por mi presencia.
       Colocó la pila sobre el sofá y se inclinó hacia el doctor Kalisher con la devoción de un familiar, mientras le decía:
       —Se quedará usted aquí. Mañana enviaré a alguien para que traiga sus cosas.
       —No. No tiene sentido.
       —Yo sabía que esto iba a suceder desde el momento en que fuimos presentados aquella noche en la Segunda Avenida.
       —¿Cómo es eso? Bueno, da igual.
       —Ellos me anticipan las cosas. Miro a alguien y sé lo que será de él.
       —¿Conque sí? ¿Cuándo voy a fallecer?
       —Tiene usted muchos años por delante todavía. Se le necesita aquí. Tiene que terminar su trabajo.
       —Mi trabajo tiene el mismo valor que los fantasmas de usted.
       —Los fantasmas existen. ¡Claro que existen! No sea tan cínico. Velan por nosotros desde arriba, nos llevan de la mano, miden nuestros pasos. Somos mucho más importantes que lo que usted imagina para el renacer cíclico del universo.
       Quiso preguntarle: “Si es así, ¿por qué tenía usted que contratar a una mujer para engañarme?”, pero guardó silencio. La señora Kopitzky salió de nuevo del salón. El doctor Kalisher se quitó los pantalones y la ropa interior y se secó con el pañuelo. Durante un instante, estuvo completamente vestido en su mitad superior y sin pantalones, como algún loco bufón. Luego se introdujo en un par de largos calzones sueltos, tan fríos como un sudario, y se puso encima unos pantalones de rayas, demasiado anchos y demasiado largos para él. Tuvo que tirar de ellos hacia arriba hasta que el dobladillo le llegó a las rodillas. Jadeaba y resoplaba, y necesitó parar cada pocos segundos para descansar. ¡De pronto, recordó! Así era exactamente cómo se ponía de muchacho la ropa de su padre, mientras este echaba la siesta después de la comida del shabbat: sus pantalones blancos, su gabán satinado, su taled pequeño y su sombrero de piel. Ahora, su padre, en algún lugar de Polonia, se había convertido en un montón de cenizas, y él, Zorej, se adaptaba a la mohosa ropa de un dentista muerto. Fue hasta el espejo para mirarse en él e incluso sacó la lengua como un muchacho. A continuación, se tumbó en el sofá. El teléfono sonó de nuevo en el pasillo; al parecer, la señora Kopitzky había respondido a la llamada, pues el timbre dejó de sonar enseguida. El doctor Kalisher cerró los ojos, yaciendo con la quietud de alguien que no tiene nada que esperar. Ni siquiera nada en que pensar.
       En sueños se vio a sí mismo en la cafetería de la calle Cuarenta y dos, junto a la biblioteca pública. Estaba cortando un trozo de una tarta de huevo, mientras un inmigrante le contaba cómo se podía salvar a familiares de Polonia, disfrazándolos con uniformes nazis. Se les trasladaba por barco al Polo Norte, al Polo Sur y atravesaban el Pacífico. Agentes preparados al efecto se encargaban de ellos en Tierra de Fuego, en Honolulú y en Yokohama… Por extraño que fuera, esa fuga clandestina tenía algo que ver con su sistema filosófico, el de Zorej Kalisher, no en su antigua versión sino en otra posterior que fusionaba erotismo con memoria. Mientras combinaba todas estas imágenes, no dejaba de preguntarse atónito: “¿Qué clase de relación puede existir entre sexo, memoria y la redención del yo? ¿Y cómo funcionaría en tiempo infinito? No es más que casuística, casuística. Es un modo de justificar mi propia impotencia. ¿Y cómo podría traer aquí a Nela, cuando ya ha perecido? A menos que la muerte no sea nada más que una amnesia sexual”. Se despertó y vio a la señora Kopitzky inclinada sobre él, a punto de colocar una almohada bajo su cabeza.
       —¿Cómo se siente? —le preguntó.
       —¿Ya se ha marchado Nela? —inquirió él, asombrado de sus propias palabras. Debía de estar todavía medio dormido.
       La señora Kopitzky hizo una mueca de dolor, mientras su papada se agitaba y temblaba. Sus negros ojos se llenaron de reproche maternal.
       —¿Conque se ríe, eh? La muerte no existe, no existe. Vivimos eternamente, para siempre. Y amamos para siempre. Esa es la pura verdad.




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