Italo Calvino
(1923-1985)


El bosque de los animales
Ultimo viene il corvo (1949)


      Los días de batida es como si en el bosque hubiese una feria. Entre los arbustos y los árboles, fuera de los senderos, pasan continuamente familias empujando una vaca o un ternero, viejas con una cabra atada a una cuerda y niñas con un ganso debajo del brazo. Incluso hay quien escapa llevándose los conejos.
       Dondequiera que se vaya, cuanto más espesos son los castaños más bueyes panzones aparecen, y vacas con su cencerro que no saben cómo moverse en esas cuestas abruptas. Las cabras se sienten mejor, pero los más contentos son los mulos que por una vez pueden andar sin carga, royendo cortezas por los senderos. Los cerdos aprovechan para hozar la tierra y se pinchan el hocico con los erizos; las gallinas se encaraman a los árboles y asustan a las ardillas; los conejos, que en siglos de corral ya no saben cavar una madriguera, no encuentran nada mejor que meterse en los huecos de los árboles. A veces se topan con lirones que los muerden.
       Aquella mañana el campesino Yuá de los Higos cortaba leña en un remoto rincón del bosque. No sabía nada de lo que estaba pasando en el pueblo, porque había salido la víspera de noche con intención de ir a buscar setas en la madrugada y había dormido en pleno bosque, en una cabaña que servía, en otoño, para secar las castañas.
       Por eso, mientras hachaba un tronco seco, le sorprendió oír en el bosque, lejos y cerca, un vago son de cencerros. Se interrumpió y oyó unas voces que se acercaban. Gritó:
       —¡Yoo-ju!
       Yuá de los Higos era un hombrecito bajo y redondo, con una cara de luna llena, pelo negruzco y rojez de vino; llevaba un sombrero verde en forma de terrón de azúcar con una pluma de faisán, una camisa de grandes lunares amarillos bajo el chaleco de fustán y una faja roja rodeando la barriga hinchada como un globo para sostener los pantalones llenos de remiendos azules.
       —¡Yoo-ju! —le respondieron y apareció entre las rocas verdes de líquenes un campesino con bigotes y sombrero de paja, su compadre, arrastrando un chivo de barba blanca.
       —¡Qué haces aquí, Yuá! —le dijo el compadre—, los alemanes han llegado al pueblo y están recorriendo todos los establos.
       —¡Ay de mí, ay de mí! —gritó Yuá de los Higos—. ¡Encontrarán mi vaca Mariquita y se la llevarán!
       —Corre que quizá todavía tengas tiempo de esconderla —le aconsejó el compadre—. Vimos subir la columna desde el fondo del valle y escapamos enseguida. Pero puede que todavía no hayan llegado a tu casa.
       Yuá dejó leña, hacha y cesto de setas y corrió.
       Corriendo por el bosque tropezaba con filas de patos que le pasaban entre los pies graznando y con rebaños de ovejas que avanzaban compactas, una junto a otra, sin abrirle paso y con chicos y viejecitas que le gritaban:
       —¡Ya han llegado a la Madonnetta! ¡Están registrando las casas cerca del puente! ¡Los he visto doblar la curva para entrar en el pueblo!
       Yuá de los Higos corría con sus cortas piernas, rodando como una pelota por los barrancos, tomando las subidas con el corazón en la boca.
       Corre que te corre, llegó a la vuelta de una cresta desde donde se veía desplegarse el pueblo. El aire se abría matinal y tierno, y en el centro del círculo difuminado de montañas estaba el pueblo de casas huesudas y amontonadas, pura piedra y pizarra. Y en el aire tenso llegaban del pueblo gritos germánicos y puñetazos contra las puertas.
       «¡Ay, ay de mí! ¡Los alemanes ya están en las casas!».
       Yuá de los Higos temblaba entero, brazos y piernas: algo de tembladera ya tenía, por obra de la bebida, algo le daba ahora pensando en la vaca Mariquita, su único bien en el mundo que estaban por arrebatarle.
       Sigilosamente cortando por los campos, ocultándose detrás de las viñas, Yuá de los Higos se acercó al pueblo. Su casa era una de las últimas y exteriores, allí donde el pueblo se perdía en los huertos, en medio de una verde extensión de calabazas: era posible que los alemanes todavía no la hubieran alcanzado.
       Yuá, asomando la cabeza por las esquinas, empezó a deslizarse por el pueblo. Vio una calle vacía con los habituales olores a heno y establo y los nuevos ruidos que venían del centro del pueblo: voces inhumanas y pasos de zapatos claveteados. Su casa estaba allí: todavía cerrada. Seguía cerrada tanto la puerta del establo en la planta baja como la de las habitaciones, en lo alto de la desvencijada escalera exterior, entre plantas de albahaca que crecían en cacharros de barro. Desde el interior del establo se oyó un: Muuuuuuu… Era la vaca Mariquita que sentía la proximidad del amo. Yuá se revolvió de gusto.
       Pero hete aquí que unos pasos humanos retumbaron bajo una arcada; Yuá se escondió en el vano de una puerta contrayendo la panza redonda. Era un alemán de aire campesino, con las muñecas y el cuello flacos asomando por la corta chaqueta, las piernas largas largas y un fusil de mala muerte tan largo como él. Se había separado de sus compañeros para ver si cazaba algo por su cuenta, y también porque las cosas y los olores del pueblo le recordaban cosas y olores conocidos. Andaba pues husmeando el aire y mirando a su alrededor con una cara amarilla y porcina bajo la visera del quepis aplastado. En ésas Mariquita hizo: Muuuuuu… No comprendía por qué no había llegado aún el amo. El alemán se estremeció en sus ropas encogidas y fue enseguida al establo: Yuá de los Higos dejó de respirar.
       Vio que el alemán se encarnizaba a patadas con la puerta: no tardaría en derribarla, seguro. Entonces Yuá salió de su escondrijo y pasó por detrás de la casa, llegó al henil y se puso a revolver en la paja. Allí estaba escondida su vieja escopeta de caza, con una cartuchera bien provista. Yuá la cargó con dos balas para jabalí, se ciñó la barriga con la cartuchera y, en silencio, apuntando con el fusil, se apostó a la salida del establo.
       El alemán ya salía tirando de Mariquita atada a una cuerda. Era una magnífica vaca roja con manchas negras y por eso se llamaba Mariquita. Era una vaca joven, afectuosa y terca: no quería ir con ese hombre desconocido y no se movía; el alemán tenía que empujarla por la cruz.
       Escondido detrás de una pared, Yuá de los Higos apuntó. Hay que aclarar ahora que Yuá era el cazador más zoquete del pueblo. Nunca había conseguido acertar, no digo una liebre, sino ni siquiera una ardilla. Cuando disparaba a los tordos posados en las ramas, los pájaros ni se movían. Nadie quería salir a cazar con él, porque acribillaba a perdigones el trasero de los otros cazadores. No tenía puntería, le temblaban las manos. ¡Imaginad en ese momento, emocionado como estaba!
       Apuntaba, pero le temblaban las manos y la boca de la escopeta seguía girando en el aire. Trataba de apuntar al corazón del alemán y enseguida se le aparecía en la mirilla el trasero de la vaca. «¡Ay de mí!», pensaba Yuá, «¿y si disparo al alemán y mato a Mariquita?». Y no se atrevía a tirar.
       El alemán avanzaba a duras penas con esa vaca que sentía la proximidad del amo y no se dejaba arrastrar. De golpe se dio cuenta de que sus camaradas ya habían evacuado el pueblo y bajaban por el camino real. El alemán se aprestó a reunírseles con aquella vaca testaruda detrás. Yuá los seguía a distancia, saltando detrás de los setos y los muretes y apuntando de vez en cuando con su fusil de mala muerte. Pero no conseguía mantener firme el arma y el alemán y la vaca estaban siempre demasiado cerca el uno de la otra para que él se aventurara a disparar un tiro. ¿Tendría que dejar que se la llevara?
       Para alcanzar la columna que se alejaba, el alemán tomó por un atajo del bosque. Ahora le era más fácil a Yuá seguirlos escondiéndose entre los troncos. Y tal vez ahora el alemán avanzaría más separado de la vaca de modo que fuera posible dispararle.
       Una vez en el bosque Mariquita pareció menos reacia a moverse; más aún, como por aquellos senderos el alemán estaba un poco perdido, ella lo guiaba y decidía en los cruces. No pasó mucho tiempo sin que el alemán advirtiera que se había apartado del atajo que llevaba al camino real, y que estaba en medio del bosque espeso; en una palabra: se había perdido junto con la vaca.
       Arañándose la nariz en las zarzas y metiendo los dos pies en los arroyuelos, Yuá de los Higos los seguía, entre revoloteos de reyezuelos y ranas que saltaban de los pantanos. Apuntar en medio de los árboles era aún más difícil, a través de tantos obstáculos y con aquella grupa roja y negra, tan ancha que se le plantaba siempre delante de los ojos.
       El alemán miraba con miedo el bosque espeso y estudiaba la manera de salir, cuando oyó un roce en una mata de madroños de donde desembocó un cerdo rosado. En su pueblo jamás había visto que los cerdos anduvieran dando vueltas por los bosques. Soltó la cuerda de la vaca y se puso a seguir al cerdo. Apenas se vio libre, Mariquita se internó trotando en el bosque, que sentía poblado de presencias que le eran amigas.
       Para Yuá había llegado el momento de disparar. El alemán se afanaba en torno al cerdo, lo abrazaba para inmovilizarlo, pero el animal se le escabullía.
       Yuá estaba a punto de apretar el gatillo cuando se le aparecieron dos niños, un varoncito y una niña, con gorritos de lana con pompones y medias largas. Los niños estaban al borde de las lágrimas.
       —¡Tira bien, Yuá, no falles —decían—, si nos matas el cerdo no nos quedará nada!
       A Yuá de los Higos el fusil volvió a bailarle la tarantela en las manos: era un hombre de corazón demasiado tierno y se conmovía, no por tener que matar al alemán, sino por el riesgo que corría el cerdo de los dos pobres niños.
       El alemán tropezaba en las piedras con matorrales, el cerdo entre los brazos que se debatía y chillaba: Guiii… guiii… guiii… De pronto a los gritos del cerdo respondió un Beeé y de una gruta salió un corderito. El alemán dejó escapar el cerdo y se abalanzó tras el corderito. Qué raro este bosque, pensaba, con cerdos entre los matorrales y corderitos en las madrigueras. Y, atrapando por una pata al cordero que balaba a más no poder, lo cargó al hombro como el Buen Pastor, y siguió andando. Yuá de los Higos lo seguía sigiloso. «Esta vez no se me escapa. Esta vez lo dejo seco», decía y estaba a punto de disparar cuando una mano le alzó el cañón del fusil. Era un viejo pastor de barba blanca, que juntó las manos diciendo:
       —Yuá, no me mates el corderito, mátalo a él pero no me mates el corderito. ¡Apunta bien, por una vez, apunta bien!
       Pero Yuá ya no entendía nada y ni siquiera encontraba el gatillo.
       Andando por el bosque el alemán descubría cosas que lo dejaban boquiabierto: pollitos en los árboles, conejillos de Indias que asomaban la cabeza por los troncos huecos. Era toda el arca de Noé. En la rama de un pino vio posado un pavo que abría la cola. Enseguida alzó la mano para atraparlo, pero el pavo, con un saltito, se encaramó en una rama más alta y siguió haciendo la rueda. El alemán dejó el cordero y empezó a trepar al pino. Pero a cada rama que subía, el pavo volaba a otra, sin inquietarse, orondo, con la cresta llameante colgándole.
       Yuá se acercaba al árbol con una frondosa rama en la cabeza, otras dos en los hombros y una tercera atada al cañón del fusil. Pero llegó una muchacha regordeta con un pañuelo rojo en la cabeza.
       —Yuá —dijo—, escúchame, si matas al alemán me caso contigo; si me matas el pavo te arranco las tripas.
       Yuá, que era viejo pero soltero y púdico, se puso todo colorado y el fusil le daba vueltas delante como un asador.
       A fuerza de subir el alemán había llegado a las ramas más delgadas hasta que una se le quebró bajo los pies y cayó. Por poco termina encima de Yuá de los Higos, que esta vez tuvo ojo y escapó. Pero dejó en el suelo todas las ramas que lo ocultaban, de modo que el alemán cayó sobre una superficie blanda y no se hizo daño.
       Cayó y vio una liebre en el sendero. Pero no era una liebre: era panzuda y oval y al oír ruido no escapó, sino que se aplastó en el suelo. Era un conejo y el alemán lo levantó de las orejas. Avanzaba así con el conejo chillando y retorciéndose en todos los sentidos, y para que no se le escapara estaba obligado a saltar de aquí para allá con el brazo en alto. El bosque estaba lleno de mugidos y balidos y cacareos: a cada paso se descubrían nuevos animales: un loro en una rama de acebo, tres peces rojos chapoteando en un manantial.
       A horcajadas en la rama alta de una añosa encina, Yuá seguía la danza del alemán con el conejo. Pero era difícil apuntarle porque el conejo cambiaba continuamente de posición y quedaba siempre en medio. Yuá sintió que le tiraban de la punta del chaleco: era una chiquilla de trenzas y cara pecosa:
       —No me mates el conejo, Yuá, en ese caso da igual que el alemán se lo lleve.
       Mientras tanto el alemán había llegado a un lugar de puras piedras grises, roídas por líquenes azules y verdes. Alrededor sólo crecían unos pocos pinos esqueléticos y cerca se abría un precipicio. En la alfombra de agujas de pino que cubría la tierra, escarbaba una gallina. El alemán quiso atrapar la gallina y se le escapó el conejo.
       Era la gallina más flaca, vieja y desplumada que jamás se hubiera visto. Pertenecía a Girumina, la vieja más pobre del pueblo. El alemán no tardó en tenerla entre las manos.
       Yuá, apostado en lo alto de las rocas, había levantado un soporte de piedras para su fusil. Más aún, era como una verdadera fachada de fortín, con una sola tronera estrecha para que pasara el cañón del fusil. Ahora podía disparar sin escrúpulos, porque si mataba aquella gallina desplumada no era demasiado grave.
       Pero he aquí que la vieja Girumina, arrebujada en chales negros y andrajosos, se le acercó y le hizo este razonamiento:
       —Yuá, que los alemanes se lleven la gallina, lo único que me queda en el mundo, es triste. Pero que seas tú quien me la mate de un escopetazo, es más triste todavía.
       Yuá volvió a temblar aún más que antes, por la gran responsabilidad que sentía. Pero se armó de valor y apretó el gatillo.
       El alemán oyó el disparo y vio que la gallina que aleteaba entre sus manos se quedaba sin cola. Otro disparo y la gallina perdía un ala. ¿Era una gallina embrujada, que estallaba de vez en cuando y se le iba desintegrando entre las manos? Otro estallido y la gallina quedó completamente desplumada, lista para asar, y sin embargo seguía debatiéndose. El alemán, que empezaba a aterrarse, la sujetaba por el cuello apartándola de su cuerpo. Un cuarto cartucho de Yuá le truncó el pescuezo justo debajo de su mano, donde quedó moviéndose todavía. El alemán soltó todo y salió corriendo. Pero ya no encontraba los senderos. Cerca se abría el precipicio rocoso. El último árbol antes del precipicio era un algarrobo y por las ramas del algarrobo el alemán vio trepar un gato enorme.
       Ya no le asombraba ver animales domésticos desparramados por el bosque y estiró la mano para acariciar al gato. Lo cogió por el pescuezo y esperaba consolarse con su ronroneo.
       Pero hay que saber que en aquel bosque hacía estragos desde hacía tiempo un feroz gato salvaje que mataba las aves y a veces se acercaba a los gallineros del pueblo. Así, el alemán que creía oír ronronear vio que el felino se le echaba encima con la pelambre hirsuta y enmarañada, y sintió que sus uñas lo despedazaban. En la pelea que siguió, el hombre y la fiera rodaron juntos por el precipicio.
       Así fue como Yuá, tirador zoquete, fue aclamado como el más grande de los partisanos y cazadores del pueblo. A la pobre Girumina los vecinos le compraron una nidada de pollitos.



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