Italo Calvino
(1923-1985)


La aventura de un esquiador (1959)
Gli amori difficili (1970)


      En el telesilla había cola. El grupo de muchachos que había llegado con el autobús formaba fila, apoyándose en los esquíes paralelos y a cada paso que daba la cola —una larga cola que, en lugar de avanzar en línea recta, como hubiera podido, trazaba un zigzag casual, que unas veces subía, otras bajaba— batiendo los pies o resbalando de costado, según el lugar donde se hallaban, y de pronto afirmándose en los palos, cargando a menudo el propio peso en los vecinos de abajo, o tratando de liberar las raquetas de los palos de debajo de los esquíes de los vecinos de arriba, tropezando con los propios que se torcían, agachándose para ajustar los cierres y deteniendo así toda la fila, quitándose los anoraks o las tricotas y volviendo a ponérselos según saliera o desapareciese el sol, metiendo los mechones de pelo debajo de las orejeras de lana o los faldones de la camisa a cuadros dentro del cinturón, buscando el pañuelo en el bolsillo y sonándose las narices rojas y heladas, y en todas estas operaciones quitándose y poniéndose nuevamente los mitones que a veces se caían en la nieve y había que pescarlos con la punta del palo: esta agitación de pequeños gestos desordenados recorría la fila y culminaba en un frenesí cuando se trataba de abrir el cierre de cremallera de todos los bolsillos para buscar las monedas escondidas para el billete o el pase y tenderlo al hombre del telesilla que los perforaba, y después meter todo en el bolsillo, y los mitones, y unir los dos palos, uno con la punta metida en la raqueta del otro para sujetarlos con una sola mano, todo esto superando la pequeña subida de la plazoleta donde había que estar preparados para acomodar el ancla del telesilla debajo del asiento y dejarse arrastrar de golpe hacia arriba.
      El muchacho de las gafas verdes estaba en medio de la cola, aterido, y tenía al lado un gordo que empujaba. Y mientras estaban allí, pasó la chica de la capucha celeste—cielo. No se puso en la cola; avanzaba, cuesta arriba, por el sendero. Y subía con los esquíes ligera como si caminase.
      –¿Qué hace ésa? ¿Quiere subir con sus propias piernas? —se preguntó el gordo que empujaba.
      –Lleva pieles de foca —dijo el muchacho de las gafas verdes.
      –La quiero ver cuando llegue al trecho más empinado —dijo el gordo.
      –¡Le durará poco lo de hacerse la lista, ya verás!
      La chica avanzaba sin esfuerzo, con un movimiento regular de sus altas rodillas —era de piernas muy largas, metidas en pantalones tirantes, sujetos en los tobillos— que acompasaba el subir y bajar de los palos relucientes. En aquel aire helado y blanco el sol era como un dibujo amarillo y nítido, con todos sus rayos: en las superficies nevadas sin una sombra, sólo por su centelleo se distinguían salientes y anfractuosidades y el suelo batido de la pista. En el anorak celeste—cielo la cara de la muchacha rubia era de un rosa que se ponía rojo en las mejillas, contra la blanca felpa del interior de la capucha. Reía hacia el sol, entrecerrando apenas los ojos. Subía ligera con sus pieles de foca. Los muchachos del grupo del autobús, con las orejas heladas, los labios quemados, las narices moqueando, no podían quitarle los ojos de encima, y se hacían empujar en la cola, hasta que ella desapareció detrás de un talud. A medida que les llegaba el turno, con los mismos tropezones iniciales y los mismos arranques en falso, los del grupo empezaban a subir de a dos, arrastrándose en la pista casi vertical. Al muchacho de las gafas verdes le tocó el mismo telesilla que el gordo que empujaba. Y, a media subida, volvieron a verla.
      –Pero, ¿cómo hizo ésa para llegar hasta ahí?
      En aquel lugar el recorrido del telesilla flanqueaba una especie de valle ancho en el que un sendero de tierra batida se internaba entre las dunas de nieve acumulada y unos abetos ralos, festoneados de encaje de hielo. La muchacha celeste—cielo avanzaba con su paso preciso y ese impulso hacia delante de las manos enguantadas que apretaban sin ansiedad la empuñadura de los palos.
      –¡Uuuh! —le gritaban desde el telesilla subiendo con las piernas tiesas—. ¡Casi llega antes que nosotros!
      La chica tenía su sonrisa amable en los labios, y el muchacho de las gafas verdes se turbó y no se atrevió a seguir bromeando, porque ella bajaba las pestañas y él se sintió como borrado.
      Apenas llegó a la cima, se lanzó cuesta abajo, detrás del gordo, los dos pesados como sacos de patatas. Pero lo que él buscaba a tumbos por la pista era volver a ver el anorak celeste—cielo, y se lanzó hacia abajo en línea recta para mostrarse valiente y al mismo tiempo disimular su poca gracia al tomar las curvas.
      –¡Pista! ¡Pista! —gritaba inútilmente, porque también el gordo y todos los del grupo bajaban gritando:
      –¡Pista! ¡Pista! —y se iban cayendo uno por uno sentados o de morros, y sólo él seguía hendiendo el aire doblado en dos sobre los esquíes, hasta que la vio. La chica seguía subiendo, fuera de la pista, por la nieve virgen. El muchacho de las gafas verdes la rozó al pasar como una flecha, se clavó en la nieve y desapareció en ella de cabeza.
      Pero en el fondo de la bajada, con el aliento entrecortado, enharinado de nieve de la cabeza a los pies, ¡ánimo!, estaba de nuevo con todos los demás haciendo la cola del telesilla, y de nuevo, ¡ánimo!, arriba hasta la cima. Esta vez la encontró, ella también bajaba. ¿Cómo? Para ellos, campeón era el que bajaba en línea recta como un loco.
      –Bah, tan gran campeona no es la rubia —se apresuró a decir el gordo, con alivio.
      La chica celeste—cielo iba bajando a gusto, tomando los zigzags con precisión, es decir, que hasta el final no se sabía si quería doblar o qué, y de pronto la veían bajar en dirección opuesta a la anterior. Era como si bajara con calma, deteniéndose cada tanto erguida sobre sus largas piernas, para estudiar el recorrido; pero entretanto los del autobús no conseguían seguirla. Hasta que incluso el gordo admitió:
      –¡Caramba! ¡Esquía como una diosa!
      Por qué, no hubieran sabido explicarlo, pero esto era lo que los dejaba con la boca abierta: todos los movimientos le salían con facilidad, como si se adaptaran perfectamente a su persona, sin excederse ni un centímetro, sin sombra de turbación o de esfuerzo o de amor propio empeñado en hacer algo a toda costa, sino haciéndolo así, naturalmente; e incluso adoptando, según el estado de la pista, ciertos gestos un poco inseguros, como de quien camina en puntas de pies, que era una manera muy suya de superar las dificultades sin demostrar si las tomaba o no en serio, en una palabra, no con el aire seguro de quien hace las cosas como se debe, sino con una pizca de timidez, como si estuviera tratando de remedar a alguien que esquía bien, y resultara que ella esquiaba cada vez mejor: así era cómo la muchacha celeste—cielo iba con los esquíes.
      Entonces, uno tras otro, bajando, torpes, pesados, con «cristianias» frangolladas, forzando en «slalom» las «curvas quitanieves», los del autobús le iban detrás, y trataban de seguirla, de superarla, gritando, haciéndose bromas, pero todo lo que conseguían era precipitarse desordenadamente cuesta abajo, con movimientos desconjuntados de los hombros, los brazos con los palos hacia delante, los esquíes que se cruzaban, los cierres de las botas que saltaban, y por dondequiera que pasaban la nieve se abría en agujeros de sentadas, caídas de costado, zambullidas de cabeza.
      A cada caída, apenas alzaban la cabeza, la buscaban con la mirada. Cruzando la avalancha de muchachos, la chica celeste—cielo avanzaba con sus movimientos ligeros, y el pliegue recto de los pantalones tirantes apenas se doblaba en un balanceo cadencioso, y no se sabía si su sonrisa era de participación en las hazañas y en los contratiempos de los compañeros de descenso, o la señal de que ni siquiera los veía.
      Entretanto el sol, en vez de cobrar más fuerza al acercarse el mediodía, se atería hasta desaparecer, como absorbido por un papel secante. El aire se llenó de ligeros cristales incoloros que volaban oblicuos. Era la nevisca: no se veía a dos pasos. Los muchachos esquiaban a ciegas, gritando y llamándose, y a cada momento se salían de la pista, y zas, se caían. El aire y la nieve eran ahora del mismo color, blanco opaco, pero aguzando en él la vista, apenas disminuía la densidad, divisaban la sombra celeste—cielo suspendida en medio, volando de aquí para allá como en una cuerda de violín.
      La nevisca había dispersado la cola del telesilla. El muchacho de las gafas verdes se encontró sin darse cuenta cerca de la caseta de la estación de salida. A los compañeros no se los veía. La chica de la capucha celeste—cielo ya estaba allí. Esperaba el ancla que ahora se desenroscaba de la rueda.
      –¡Pronto! —le gritó el hombre del telesilla, atrapando al vuelo el ancla y reteniéndola para que la chica no se fuera sola.
      Bajando torpemente en cuña, consiguió sentársele al lado, apenas a tiempo para partir con ella, y estuvo a punto de hacerla caer al agarrarse a la madera. La chica mantuvo el equilibrio por los dos, hasta que él consiguió acomodarse bien, farfullando quejas a las cuales respondió con una suave risa como un gluglú de pintada, que el anorak, estirado hasta cubrirle la boca, sofocaba. La capucha celeste—cielo, como el yelmo de una armadura, sólo le descubría la nariz que era un poco aguileña, los ojos, algún rizo en la frente y los pómulos. Así la veía, de perfil, el muchacho de las gafas verdes, y no sabía si alegrarse de estar con ella en la misma ancla del telesilla, o avergonzarse de verse allí todo embadurnado de nieve, con el pelo colgando sobre las sienes, la camisa que se le embolsaba entre la tricota y el cinturón y que por no perder el equilibrio al mover los brazos no se atrevía a acomodarse, y ya la miraba de reojo, ya estaba atento a la posición de los esquíes para que no salieran del sendero de hormigón en los momentos de tracción demasiado lenta o demasiado tensa, y era siempre ella la que salvaba el equilibrio, riendo con su gluglú de pintada, mientras él no sabía qué decir.
      Había dejado de nevar. El aire neblinoso también se abrió y en el desgarrón apareció un cielo finalmente azul y el sol resplandeciente y las montañas nítidas, heladas, una por una, sólo aquí y allá emplumadas las crestas por los suaves jirones de la nube de nieve. La chica encapuchada dejó asomar la boca y el mentón.
      –Se ha puesto bueno otra vez —dijo—, ya lo decía yo.
      –Sí —dijo el muchacho de las gafas verdes—, muy bueno. Y la nieve está bien.
      –Un poco blanda.
      –Ah, sí.
      –Pero a mí me gusta —dijo ella—, y la bajada en la niebla tampoco está mal.
      –Cuando se conoce la pista… —dijo él.
      –No, así —dijo ella—, adivinándola.
      –Yo ya la hice tres veces —dijo el muchacho.
      –¡Bravo! Yo una sola, pero subí sin telesilla.
      –La vi. Se había puesto las pieles de foca.
      –Sí. Ahora que hay sol subo a la montaña.
      –¿A qué montaña?
      –Más allá de la estación de telesilla. A la cresta.
      –¿Y qué hay allá arriba?
      –Se ve el glaciar como si lo tocaras. Y las liebres blancas.
      –¿Las qué?
      –Las liebres. A esa altura las liebres en invierno tienen el pelo blanco. Las perdices también.
      –¿Hay perdices?
      –Perdices blancas. Con las plumas blanquísimas. En verano en cambio tienen las plumas café con leche. ¿Usted de dónde es?
      –Italiano.
      –Yo soy suiza.
      Habían llegado. En la terminal habían bajado del telesilla, él torpemente, ella acompañando con la mano el ancla durante toda la vuelta. La chica se quitó los esquíes, los puso rectos, del bolsito que llevaba en la cintura sacó las pieles de foca y las ató debajo de los esquíes. El la miraba, frotándose los dedos helados en los mitones. Después, cuando la muchacha empezó a subir, la siguió.
      La subida del telesilla a la cima de la montaña era difícil.
      Al muchacho de las gafas verdes le costaba subir ya en cuña, ya por peldaños, ya haciendo un esfuerzo para avanzar y resbalando de nuevo hacia atrás, apoyándose en los palos como un inválido en las muletas. Y la chica ya estaba arriba y él no la veía.
      Llegó a la cima sudando, con la lengua afuera, medio cegado por el centelleo que irradiaba todo alrededor. Allí empezaba el mundo del hielo. La chica rubia se había quitado el anorak celeste—cielo y se lo había anudado a la cintura. También ella se había puesto un par de grandes gafas.
      –¡Allá! ¿Ha visto? ¿Ha visto?
      –¿Qué hay? —preguntaba él aturdido. ¿Había saltado una liebre blanca?, ¿una perdiz?
      –Ya no está —dijo ella.
      Abajo, sobre el valle, revoloteaban los habituales pájaros negros que graznan a dos mil metros. El mediodía se había puesto muy límpido y desde lo alto la mirada abarcaba las pistas, los campos atestados de esquiadores, de niños con trineos, la estación del telesilla con la cola que se había vuelto a formar en seguida, el hotel, los autocares parados, el camino que entraba y salía del negro bosque de abetos.
      La muchacha se había lanzado por la pendiente y bajaba con sus tranquilos zigzags, ya había llegado al lugar donde las pistas eran más frecuentadas por los esquiadores, pero, en medio de siluetas confusas e intercambiables que se entrecruzaban como flechas, su figura apenas dibujada como un paréntesis oscilante no se perdía, era la única que se podía seguir y distinguir, sustraída al azar y al desorden. El aire era tan nítido que el muchacho de las gafas verdes adivinaba sobre la nieve la retícula apretada de las huellas de los esquíes, rectas y oblicuas, de los resbalones, los salientes, los agujeros, el pisoteo de las raquetas, y le parecía que en el informe embrollo de la vida se escondía la línea secreta, la armonía que sólo se podía encontrar en la muchacha celeste—cielo, y que éste era el milagro de ella: el escoger en cada instante, en el caos de los mil movimientos posibles, aquel y sólo aquel que era justo y límpido y leve y necesario, aquel y sólo aquel que, entre los mil gestos perdidos, contaba.



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