Italo Calvino
(1923-1985)


Miedo en el sendero
Ultimo viene il corvo (1949)


      A las nueve y cuarto llegó a Colla Branca junto con la luna, a y veinte ya estaba en la bifurcación de los dos árboles, hacia y media estaría en la fuente. San Faustino a la vista antes de las diez, a las diez y media en Perallo, Creppo a medianoche, hacia la una podía estar en casa de Vendetta, en Castagna: diez horas de camino a paso normal, seis horas para él, Binda, la estafeta del primer batallón, la estafeta más veloz de la brigada.
       Iba a buen paso Binda, dejándose caer por los atajos, sin equivocarse nunca en las vueltas todas iguales, reconociendo en la oscuridad las peñas, los matorrales, tomando de frente las subidas, con firmeza, sin cambiar el ritmo de la respiración, el vigor de las piernas impulsadas como por émbolos. «¡Ánimo, Binda!», le decían los compañeros apenas lo veían de lejos trepar hacia el campamento. Trataban de leerle en la cara si las noticias, las órdenes que traía, eran buenas o malas, pero la cara de Binda se cerraba como un puño, era una estrecha cara montañesa de labio velludo, sobre un cuerpo bajo y huesudo más de niño que de adolescente, con músculos como piedras.
       La suya era una tarea dura y solitaria: despertarse a cualquier hora, tener que ir en busca de Sierpe, de Piel, tener que caminar por la noche en la oscuridad de los valles, con la compañía del arma francesa que llevaba colgada a la espalda, ligera como un pequeño fusil de madera, llegar a un destacamento y tener que salir de nuevo hacia otro o regresar con la respuesta, despertar al cocinero y hurgar en las marmitas frías, después volver a partir con una escudilla de castañas todavía en la garganta. Pero era también su tarea natural, para él que no se perdía en los bosques, que conocía todos los senderos, recorridos desde niño cuando cuidaba las cabras, iba por leña o por heno, él que no cojeaba ni se despellejaba los pies yendo y viniendo por aquellas piedras como tantos partisanos que subían desde la ciudad o venían de la costa.
       Un castaño de tronco hueco, un liquen celeste en una piedra, el claro pelado de una carbonera, bastidores de un escenario extraño y uniforme, se animaban en él arraigados a los recuerdos más remotos: una cabra que había escapado, una garduña desalojada de su madriguera, la falda levantada de una muchacha. Y a estos recuerdos se añadían los nuevos, los de la guerra hecha en sus pagos, continuación de su historia: juego, trabajo, caza convertida en guerra: olor de disparos en el puente de Loreto, salvamentos bajando entre los matorrales de la colina, praderas minadas, grávidas de muerte.
       En aquellos valles la guerra daba ceñidas vueltas sobre sí misma como un perro que quiere morderse la cola: los partisanos con los cazadores y los soldados, pie con pie: si unos subían al monte los otros bajaban al valle, después a la inversa, dando siempre grandes vueltas en las crestas para no terminar los unos debajo de los otros, exponiéndose a que les dispararan, y siempre quedaba alguno muerto, arriba o abajo. El pueblo de Binda estaba abajo, en el campo, San Faustino, tres grupos de casas en el valle, uno aquí otro allá, la ventana de Regina con la sábana tendida los días de batida. El pueblo de Binda era una breve pausa entre la bajada y la subida, un sorbo de leche, la camiseta limpia preparada por su madre; después, escapar rápido para no verlos llegar bruscamente de todas partes, que en San Faustino ya habían muerto bastantes partisanos.
       El invierno era un juego de persecuciones y escondites; los cazadores alpinos en Baiardo, los milicianos en Los Molinos, los alemanes en Briga: en medio, los partisanos apretados en dos recodos del valle que esquivaban las batidas desplazándose en la noche de uno a otro, a través de los lugares disputados. Justo aquella noche una columna alemana había iniciado la marcha desde Briga, quizás estuviera ya en Carmo, los milicianos se preparaban a subir desde Los Molinos como refuerzo; los destacamentos dormían sepultos en la paja de las barracas, alrededor de las brasas semiapagadas; Binda caminaba en la oscuridad de los bosques confiando la salvación de todos ellos a sus piernas, en este orden: «¡Evacuar el valle enseguida, al alba todo el batallón con la artillería pesada en la cresta del Pellegrino!».
       La ansiedad era un ligero aleteo de murciélago en los pulmones de Binda, un deseo de aferrar con la mano la cresta a dos kilómetros de distancia, de izarse hasta allá arriba, en la oscuridad sin perspectiva, soplar la orden como un hálito de brisa en la hierba y sentirlo deslizarse por las narices, como a través de los bigotes, hasta Vendetta, Sierpe, Guerrilla. Después abrirse un hueco entre las hojas de castaño y hundirse en él con Regina, primero quitar los erizos de castaña que pincharían a Regina, pero cuanto más se cava entre las hojas más erizos se encuentran, imposible hacer un hueco para Regina, Regina con su piel lisa y fina.
       Las hojas secas y los erizos crujían bajo los pies de Binda, casi como un chapoteo; los lirones de redondos ojos brillantes corrían a guarecerse en lo alto de los árboles. «¡Ánimo, Binda!», le había dicho Hígado, el comandante, al darle la consigna. El sueño se alzaba desde el corazón de la noche aterciopelándole el interior de los párpados; Binda hubiera querido perder el sendero, extraviarse en un mar de hojas secas, nadar hasta quedar sumergido en él. «¡Ánimo, Binda!».
       Binda tomaba ahora la costera alta de Tumena, todavía helada, una estrecha pista con marcas de pasos. Tumena era la quebrada más vasta de aquellas regiones, de orillas distantes y altísimas; la orilla opuesta humeaba en la oscuridad, la que él seguía se perdía en la ladera pelada, entre los matorrales desde donde se alzaban de día aleteantes bandadas de perdices. Binda creyó ver una luz lejana en Tumena de Abajo, que marchaba delante de él, a lo lejos. De vez en cuando trazaba un zigzag como si tomara una curva, desaparecía, reaparecía poco después en una dirección inesperada. ¿Quién podía ser a aquella hora? A veces le parecía que la luz estaba mucho más lejos, en la otra orilla, a veces quieta, a veces a sus espaldas. Tantas luces diferentes, en marcha por todos los senderos de Tumena de Abajo, tal vez también detrás y delante de él, en Tumena de Arriba, encendiéndose y apagándose. ¡Los alemanes!
       Un animal corría por las huellas de Binda, surgido del fondo de territorios infantiles, lo seguía, rápidamente lo alcanzaría: el miedo. Aquellas luces eran de alemanes que exploraban Tumena, matorral por matorral, batallones de alemanes. Algo imposible: Binda lo sabía y sin embargo sentía que hubiera sido agradable creerlo, abandonarse al halago de aquella bestia infantil que lo seguía de cerca. En la garganta de Binda el tiempo batía su tamtam. Era tarde para llegar antes que los alemanes, para salvar a los compañeros, y, mientras iba pensando en eso, Binda veía ya la barraca de Vendetta, en Castagna, incendiada, los cuerpos de los compañeros ensangrentados, las cabezas de algunos de ellos colgadas de las ramas de los alerces por los largos cabellos. «¡Ánimo, Binda!».
       Le sorprendió encontrarse en ese lugar, le parecía que había recorrido poco camino en mucho tiempo: tal vez había aminorado la marcha sin darse cuenta, tal vez se había detenido. Sin embargo no cambió el ritmo: sabía que su paso era siempre igual y seguro, que no había que fiarse de esa bestia que venía a visitarlo en las misiones nocturnas, a mojarle las sienes con sus dedos invisibles, húmedos de saliva. Binda era un muchacho serio, de nervios sólidos y sangre fría en cualquier eventualidad; conservaba intacta toda su resolución para actuar, aun llevando encima aquella bestia como un mono agarrado al cuello.
       El prado de Colla Bracca parecía blando bajo la luna. «¡Las minas!», pensó Binda. Allá arriba no había minas, Binda lo sabía: las minas estaban lejos, en la otra vertiente de Ceppo. Pero Binda pensaba ahora que las minas se movían bajo tierra, caminaban de una punta a la otra de las montañas, seguían sus pasos como enormes arañas subterráneas. Sobre las minas la tierra produce extraños hongos, ay de quien los pise: todo estallaría inmediatamente, al instante, pero los segundos durarían siglos y el mundo parecería detenerse como encantado.
       Binda bajaba ahora por el bosque. El sueño y la oscuridad ponían máscaras tétricas a los troncos y a los matorrales. Todo estaba lleno de alemanes, era cierto. Seguramente lo habían visto pasar por el prado de Colla Bracca bajo la luna, lo estaban siguiendo, lo esperaban en el paso. Un búho gritó a poca distancia: era el silbido convenido entre los alemanes que iban acercándose a él, ahora le respondía otro silbido, ¡estaba rodeado! Un animal se movió en el fondo de un brezal: tal vez una liebre, tal vez un zorro, tal vez un alemán tendido entre los matorrales que le apuntaba. Había un alemán en cada matorral, un alemán acurrucado con los lirones en la copa de cada árbol. Las canteras estaban llenas de cascos, los fusiles se alzaban entre las ramas, las raíces de los árboles terminaban en pies humanos. Binda caminaba a lo largo de un doble seto de alemanes al acecho, que lo miraban con ojos brillantes como hojas: cuanto más andaba más se hundía entre ellos. Al tercer grito de búho, al cuarto, al sexto, todos los alemanes saltarían a su alrededor, apuntando con sus armas, el pecho cruzado de bandas de metralla.
       Entre ellos uno, llamado Gund, con una terrible sonrisa blanca bajo el casco, tendería hacia él las manos enormes para aferrarlo. Binda vacilaba en volverse por temor a verlo de pronto erguido, gigantesco, a sus espaldas, apuntando con la metralleta, o con las manos abiertas en el aire. O tal vez vendría a su encuentro por el sendero, señalándolo con un dedo, o con un rodar de piedras lo oiría ponerse a su lado, caminar junto a él en silencio.
       De pronto le pareció que se había equivocado de camino, y sin embargo reconocía el sendero, las piedras, los árboles, el musgo. Pero eran piedras, árboles, musgo de otro lugar distante, de mil otros lugares diferentes y distantes. Después de aquel peldaño de piedra debía de haber un despeñadero, no un zarzal; dejando atrás ese cobertizo una planta de retama, no de acebo; el riacho tenía que estar seco, no con agua y ranas. Eran ranas de otro valle que estaban cerca de los alemanes, a la vuelta del camino, era una trampa tendida por los alemanes apostados que le haría caer bruscamente entre sus manos, delante del gran alemán que hay en el fondo de todos nosotros, el alemán llamado Gund, cargado de cascos, bandoleras, bocas de arma apuntando, cuyas manos enormes planean sobre todos nosotros y no consiguen aferrarnos nunca.
       Para expulsar a Gund hay que pensar en Regina, cavar en la nieve un hueco con Regina, pero la nieve está dura y helada, Regina no puede tumbarse, vestida con una falda delgada como la piel; tampoco es posible bajo los pinos, la capa de agujas no acaba nunca, debajo la tierra es un hormiguero, y Gund ya está sobre nosotros, baja la mano sobre nuestra cabeza, sobre nuestra garganta, sobre nuestro pecho, sigue bajándola: gritamos. Es preciso pensar en Regina, la muchacha que hay en todos nosotros y para quien todos quisiéramos cavar un nicho en el fondo del bosque.
       Pero la persecución entre Binda y Gund había llegado a su término; el campamento de Vendetta estaba ahora a sólo quince, veinte minutos. Binda corría con el pensamiento, pero sus pasos seguían posándose, regulares, para no perder el aliento. Al alcanzar a los compañeros el miedo desaparecería, borrado del fondo mismo de la memoria, ya imposible. Había que pensar en despertar a Vendetta y a Sable, el comisario, explicarles la orden de Hígado, después volver a salir hacia Gerbonte, para avisar a Sierpe.
       ¿Pero llegaría alguna vez a la barraca? ¿No estaba amarrada a un hilo que la alejaba, a medida que él iba acercándose? Y al llegar, ¿no escucharía «auschausch», todos los alemanes en torno al fuego comiendo las castañas que habían quedado? Binda ya se imaginaba llegando a la barraca medio incendiada y desierta. Entraba: vacía. Pero en un ángulo, enorme, sentado a la turca, el casco tocando el techo, estaba Gund, sus ojos redondos y brillantes como los del lirón, la sonrisa blanca de dientes entre sus labios hinchados. Gund le hacía un gesto: «Siéntate». Y Binda se sentaba.
       Y en ese momento, a cien metros, una luz: ¡eran ellos! ¿Quiénes? Le dieron ganas de volver atrás, de escapar, como si todo el peligro estuviera allí en la casucha de Pian Castagna. Pero seguía andando deprisa, la cara dura y cerrada como un puño.
       Ahora el fuego parecía acercarse demasiado rápido: ¿avanzaba a su encuentro? Ahora se alejaba: ¿huía? Pero no se movía: era el fuego del campamento que aún no se había apagado, Binda lo sabía.
       —¿Quién vive?
       No se sobresaltó.
       —Binda —dijo.
       —Centinela. Soy la Lechuza. ¿Novedades, Binda?
       —¿Vendetta duerme?
       Ya estaba en el cobertizo, rodeado por la respiración de los compañeros dormidos. Compañeros, naturalmente, ¿quiénes podían ser, si no?
       —Los alemanes bajan desde Briga, los fascistas suben desde Los Molinos. Evacuar. Al alba todos en lo alto del Pellegrino con la artillería pesada.
       Vendetta, apenas despierto, parpadeaba un poco.
       —Hostias —dijo.
       Después se levantó, golpeó las manos:
       —A despertar todos, que habrá gresca.
       Ahora Binda revolvía en una escudilla de castañas hervidas escupiendo las pieles pegadas. Los hombres se organizaban en turnos para cargar las municiones, el trípode de la artillería pesada. Binda se dispuso a partir.
       —Voy a Gerbonte, a ver a Sierpe —dijo.
       —Ánimo, Binda —le dijeron los compañeros.
       Ya daba la vuelta detrás del espolón de roca, había perdido de vista la barraca, dejaba a sus espaldas el despeñadero negro de matorrales. De entre ellos Gund se levantó, volvió a ponerse en marcha detrás de él, con sus pasos de gigante.



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