Italo Calvino
(1923-1985)


Durmiendo como perros
Ultimo viene il corvo (1949)


      Cada vez que abría los ojos sentía encima toda aquella luz amarilla y ácida de las grandes lámparas de la taquilla. Y se los cubría levantando las solapas de la chaqueta, en busca de oscuridad y calor. Al echarse no había advertido lo heladas y duras que eran las losas de piedra del pavimento; ahora cuchillos de frío se le metían debajo del traje y por los agujeros de los zapatos, y la poca carne de los costados le dolía, apretada entre los huesos y la piedra. El lugar, sin embargo, había sido bien elegido, en aquel rincón debajo de la escalera, a resguardo y no de paso, tanto que al poco tiempo llegaron cuatro piernas de mujer, altas sobre su cabeza, y dijeron:
       —Eh, éste nos ha quitado el lugar.
       El hombre oía pero no estaba despierto; de una comisura de la boca le caía la baba sobre el cartón desollado de la pequeña maleta que le servía de almohada, y el pelo se había echado a dormir por cuenta propia, siguiendo la línea horizontal del cuerpo.
       —Bueno —dijo la voz de antes, por encima de las rodillas terrosas y la campana caída de la falda—. Quítese de ahí. Por lo menos hagamos la cama.
       Y uno de aquellos pies, pies de mujer con zapatones, le tanteó los costados, como un hocico husmeando. El hombre se incorporó sobre los codos, entreabriendo en la luz amarilla, perdido, los párpados irritados, y el pelo erizado que no se había dado cuenta de nada. Después volvió a caer como si quisiera dar una cabezada en la maleta.
       Las mujeres habían bajado los bultos que llevaban sobre la cabeza. El hombre que venía detrás dejó en el suelo las mantas enrolladas y empezaron a acomodarse.
       —Eh —dijo la más vieja al que dormía—, levántate, levántate, por lo menos podrás cubrirte tú también.
       Pero nada: seguía durmiendo.
       —Debe de tener mucho sueño atrasado —dijo la más joven, puro hueso, con partes gordas como apoyadas en su flacura: senos, nalgas que le saltaban en todas direcciones debajo del vestido cuando se agachaba para estirar las mantas y meterlas debajo de los sacos de harina.
       Eran tres del mercado negro que bajaban con los sacos llenos y las latas vacías. Gentes con los huesos acostumbrados a dormir en el suelo, en las estaciones, y a viajar en los vagones de ganado, pero que habían aprendido a organizarse y llevaban mantas para ablandar el suelo y para cubrirse, y los sacos y las latas les servían de almohada.
       La más vieja trataba de pasar la punta de una manta debajo del que dormía, pero tenía que ir levantándolo porque no se movía.
       —Sí, debe de tener mucho sueño atrasado —dijo la vieja—. Quizá sea uno de esos de emigración.
       Entretanto el hombre que estaba con ellas, uno flaco con cierres de cremallera, ya se había metido entre una manta y la otra, encasquetándose la gorra hasta los ojos.
       —Hala. Ven aquí, ¿no estás lista? —dijo a las nalgas de la más joven que seguía agachada acomodando los sacos como almohada.
       Era su mujer, la más joven, pero casi conocían más el suelo de las salas de espera que el lecho matrimonial. Se metieron debajo las mujeres también y la más joven y el marido se restregaron un poco uno contra el otro tiritando, mientras la mayor abrigaba al pobre diablo dormido. Quizá la más vieja no fuera tan vieja, pero estaba como descuajaringada por la vida que hacía, siempre cargando harina y aceite sobre la cabeza, yendo y viniendo en aquellos trenes, y llevaba un vestido que parecía un saco y el pelo desparramado en todas direcciones.
       Al hombre dormido le resbalaba la cabeza de la maleta que era demasiado alta y le obligaba a torcer el pescuezo; la mujer trató de acomodarlo mejor pero la cabeza del hombre por poco no cae al suelo, de modo que ella la apoyó en uno de sus hombros y el hombre apretó los labios, tragó, se acomodó sobre la superficie más blanda y volvió a babear, ahora en el pecho de ella.
       Estaban allí tratando de dormir, cuando llegaron tres de la Baja Italia. Eran el padre de bigotes negros y dos hijas morenas y regordetas, los tres de corta estatura, con cestas de mimbre y los ojos cargados de sueño en medio de toda aquella luz. Al parecer las hijas querían ir para un lado y él para otro y discutían así sin mirarse a la cara y casi sin hablar, a golpes de breves frases dichas entre dientes y deteniéndose y moviéndose bruscamente. Descubrieron el lugar ya ocupado por los otros cuatro y se quedaron allí, cada vez más perdidos, hasta que llegaron los dos muchachos con polainas y pañoletas al hombro.
       Los dos trataron enseguida de convencer a los de la Baja Italia de que juntaran todas las mantas y se acomodaran con los cuatro que ya estaban acostados. Los dos muchachos, que eran de Venecia y emigraban a Francia, hicieron levantar a los mercadonegro para reacomodar las mantas de modo que cupieran todos. Se veía que era toda una maniobra para tocar los senos y las nalgas de las dos muchachotas medio dormidas, pero al final estaban instalados todos, incluida la más vieja de los mercadonegro que no se había movido porque tenía la cabeza del hombre dormido apoyada en un pecho. Los dos venecias naturalmente se habían acomodado entre las chicas, dejando aparte al bajaitalia; pero, maniobrando debajo de mantas y pañoletas conseguían alcanzar también a las otras mujeres.
       Alguno ya roncaba, pero el bajaitalia no conseguía dormir, a pesar del sueño que tenía. El amarillo ácido de la luz lo perseguía aun debajo de los párpados y aun debajo de la mano que le tapaba los ojos; y el grito inhumano de los altavoces: … rápido… andén… salida… le producía una continua inquietud. Además tenía ganas de orinar, pero no sabía dónde ir y temía perderse en aquella estación. Terminó por decidirse a despertar a uno y empezó a sacudirlo: era el infeliz que dormía allí desde el principio.
       «El retrete, compadre, el retrete», decía, y le tironeaba de un codo, sentado en medio de aquella extensión de cuerpos arrebujados.
       El dormido terminó por levantarse y sentarse bruscamente, desencajó los ojos enrojecidos y nublados y la boca pastosa ante la cara inclinada hacia él, una pequeña cara de gato, arrugada y con bigotes negros.
       «El retrete, compadre…», decía el bajaitalia.
       El otro estaba atónito, miraba a su alrededor espantado. Se quedaron los dos mirándose con la boca abierta, él y el bajaitalia. El que seguía dormido no entendía nada: descubrió la cara de la mujer debajo de él, en el suelo, y la miró lleno de terror. Parecía a punto de lanzar un alarido. Entonces de golpe volvió a meter la cabeza en el pecho de la mujer y se quedó instantáneamente dormido.
       El bajaitalia se levantó pisoteando dos o tres cuerpos, dio unos pasos titubeantes por el gran vestíbulo luminoso y frío. Al otro lado de los cristales se veía la oscuridad límpida de la noche y geométricos paisajes de hierro. Vio a un morenito más bajo que él, con un traje arrugado, que se le acercaba con aire distraído.
       —El retrete, compadre —pidió el bajaitalia, suplicante.
       —Cigarrillos americanos, suizos —dijo el otro que no había entendido, mostrando la punta de un paquete.
       Era Belmoretto que paraba la olla alrededor de las estaciones y no tenía ni casa ni cama en toda la faz de la Tierra, y que de vez en cuando tomaba un tren y cambiaba de ciudad, allí donde lo llevaba su incierto comercio de tabaco y chicle. A la noche terminaba por unirse a algún grupo de gente que dormía en las estaciones esperando las combinaciones de trenes, conseguía tumbarse unas horas debajo de una manta; en caso contrario, esperaba la mañana dando vueltas, a menos que tropezara con algún viejo invertido que lo llevaba a su casa y le hacía bañarse y le daba de comer y lo invitaba a dormir con él. Belmoretto era también un bajaitalia y fue muy amable con el viejecito de los bigotes negros, lo llevó al retrete y esperó a que terminara de orinar para acompañarlo de vuelta. Le dio un cigarrillo y fumaban juntos, y con ojos irritados de sueño miraban la salida de los trenes y allá en el vestíbulo el montón de los que dormían en el suelo.
       —Durmiendo como perros —dijo el bajaitalia—. Seis días y seis noches sin ver una cama.
       —Una cama —dijo Belmoretto—, a veces sueño con una cama. Una buena cama blanca toda para mí.
       El bajaitalia volvió al grupo a dormir. Levantó una manta para acomodarse y vio la mano de un venecia metida entre las piernas de su hija. Metió también él una mano para sacar la otra y en la carne de su hija hubo un movimiento blando y el venecia creyó que era su amigo que quería tantear un poco y lo apartó de un puñetazo. El bajaitalia levantó el puño blasfemando. Los otros gritaron que no se podía dormir y el bajaitalia pasó por encima de ellos de rodillas para volver a su lugar y se metió debajo de la manta, mortificado. Tenía frío y se encogió todo: aún sentía alrededor de su mano el calor que había debajo de la falda de su hija. Y le entraron ganas de llorar.
       En ésas todos sintieron un cuerpo extraño que se introducía en medio de ellos, como un perro que escarbara debajo de las mantas. Una mujer gritó. Enseguida todos se afanaron por quitar las mantas a ver qué pasaba. Y en medio de ellos descubrieron a Belmoretto que ya roncaba acurrucado como un feto y sin zapatos, la cabeza debajo de una falda y los pies metidos en otra. Despertado a puñetazos, dijo:
       —Disculpad, no quería molestar.
       Pero ahora estaban todos despiertos y maldiciendo, salvo el primero, que babeaba.
       —Aquí uno se muele los huesos, se hiela la espalda —decían—. Aquí habría que romper esa lámpara, cortar el cable del altavoz.
       —Si queréis os enseño a hacer un colchón —dijo Belmoretto.
       «Colchón», repetían los otros. «Colchón».
       Pero Belmoretto había quitado ya de en medio algunas mantas y las había doblado en acordeón según el sistema que conoce todo el que ha estado en la cárcel. Le dijeron que lo dejara, que de todas maneras las mantas no alcanzaban y alguien se quedaría sin nada. Entonces hablaron del inconveniente de dormir sin algo debajo de la cabeza y no todos tenían algo, porque los cestos de los bajaitalia no servían. Entonces Belmoretto ideó todo un sistema de modo que cada hombre apoyara la cabeza en una nalga o un muslo de mujer; era muy difícil a causa de las mantas, pero al final todos se acomodaron y resultaron muchas combinaciones nuevas. Sin embargo, al cabo de un rato todo estaba como antes porque no conseguían quedarse quietos y entonces Belmoretto encontró la manera de venderles cigarrillos y se pusieron a fumar y a contar cuántas noches llevaban sin dormir.
       —Nosotros hace ya veinte días que viajamos —dijeron los venecia—, tres veces que tratamos de pasar esa frontera del carajo y nos mandan de vuelta. En Francia la primera cama que veamos será nuestra y dormiremos cuarenta y ocho horas seguidas.
       —Una cama —dijo Belmoretto— con sábanas limpias y un colchón de plumas para hundirse dentro. Una cama angosta y caliente, para mí solo.
       —¿Y qué decir de nosotros que hacemos siempre esta vida? —dijo el mercadonegro—. Al llegar a casa pasamos una noche en la cama y después fuera, otra vez los trenes.
       —Tener una cama limpia, caliente —dijo Belmoretto—. Desnudo, me acostaría desnudo.
       —Seis noches que no nos quitamos la ropa de encima —dijo el bajaitalia—, que no nos cambiamos. Seis noches durmiendo como perros.
       —Yo entraría en una casa como un ladrón —dijo un venecia—, pero no para robar. Para meterme en una cama y dormir hasta la mañana.
       —O para robar una cama y traerla aquí y dormir —dijo el otro.
       A Belmoretto se le ocurrió una idea.
       —Esperad —dijo, y desapareció.
       Dio unas vueltas bajo los soportales hasta que encontró a María la Loca. Si pasaba la noche sin encontrar un cliente, María la Loca se saltaba una comida al día siguiente, pero no se daba por vencida ni siquiera a las primeras horas de la madrugada y seguía andando por aquellas calles hasta que amanecía, con su pelo de estopa roja y las pantorrillas como botellas. Belmoretto era muy amigo suyo.
       En el campamento de la estación seguían hablando de sueño y camas y de que dormían como perros, y esperaban que la oscuridad cediese en los cristales. No habían pasado diez minutos y aparece de nuevo Belmoretto con un colchón arrollado a la espalda.
       —Adelante —dijo extendiéndolo en el suelo—, turnos de media hora, cincuenta liras, podéis acomodaros de a dos. ¡Hale!, ¿qué son veinticinco liras por cabeza?
       Había alquilado un colchón a María la Loca que tenía dos en su cama y ahora lo subalquilaba por la media hora. Otros viajeros somnolientos que esperaban las combinaciones se acercaron, interesados.
       —Adelante —decía Belmoretto—. Yo me encargo de despertaros. Tendemos encima una manta y vualá, nadie os ve y hasta podéis hacer un hijo. Adelante.
       Un venecia probó primero, junto con una de las muchachas bajaitalia. La más vieja de los mercadonegro reservó el segundo turno para ella y para el pobre diablo dormido que tenía encima. Belmoretto había sacado ya una libreta y anotaba los pedidos, todo contento.
       Al alba le devolvería el colchón a María la Loca y harían cabriolas en la cama hasta avanzado el día. Después, por fin, se dormirían.



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