Isak Dinesen
(1885–1962)


Un cuento consolador
“A Consolatory Tale”
(Vinter-eventyr, 1942)
Cuentos de invierno (1942)


      El escritor Charles Despard entró en un pequeño café de París, donde encontró a un amigo y compatriota cenando pacíficamente en una mesa junto a la ventana. Se sentó frente a él, dejó escapar un hondo suspiro de alivio y pidió un vaso de ajenjo. Hasta que no se lo sirvieron y dio un sorbo no dijo una sola palabra, limitándose a escuchar con atención los comentarios trillados de su compañero.
          Nevaba en la calle. Los pasos de los transeúntes eran inaudibles sobre la delgada capa de nieve que cubría el pavimento: la tierra estaba muda y sorda. Pero el aire estaba intensamente vivo. En los intervalos oscuros entre las farolas, la nieve se daba a conocer a los viandantes en forma de un roce cristalino, helado, multitudinario sobre las pestañas y la boca; pero alrededor de los cristales que protegían la luz de gas se hacía visible un torbellino de alitas transiluminadas que danzaban arriba y abajo, un sistema de mundos minúsculos y blancos, como un enjambre febril y silencioso. La catedral de Notre Dame se recortaba alta y adusta como una roca, elevándose infinitamente hasta la ciega oscuridad de la noche.
          Charlie acababa de cosechar un gran éxito con su nuevo libro, y estaba ganando mucho dinero. No servía para gastarlo porque había sido pobre toda su vida y no tenía gustos caros; y cuando se fijaba en los demás para aprender de ellos, la manera con que se deshacían de sus ingresos le parecía casi siempre insípida y estúpida. Así que dejaba su fortuna en manos de los banqueros, que eran gente misteriosamente sagaz y experta en este aspecto de la vida, y andaba casi siempre con muy poco dinero encima. A todo esto, su mujer había vuelto con su propia familia, y él carecía de domicilio fijo y andaba viajando de un lado para otro. Se sentía a gusto en casi todos los lugares, aunque sentía en el corazón una ligera y constante nostalgia de Londres, y de la vida que había llevado allí.
          Ahora estaba callado, cohibido ante la compañía humana, y dominado por ese estado especial que se expresa en el viejo adagio: omne animal post coitum triste. Porque para Charlie la actividad de escribir y la de hacer el amor estaban estrechamente relacionadas. Ocurría a veces que, al oír una tonada, o percibir un olor, se decía a sí mismo: «Yo he oído esa tonada, o he percibido ese olor, antes, en un momento en que estaba sumergido en el amor, o trabajando en un libro; no recuerdo qué. Pero sí sé que, en el punto culminante de mi vitalidad, mi ser se derramaba en armonía y éxtasis, y que todo parecía estar, de manera excepcional y feliz, en su lugar adecuado». Así, pues, estaba sentado junto a la mesa como el hombre que acaba de dar fin a un lance amoroso, frío y exhausto, con una intensa sensación de vacío y vanidad de todas las ambiciones humanas. Sin embargo, se alegraba de haber encontrado a su amigo, con el que siempre se entendía bien.
          Charlie era un hombre bajo, delgado, y parecía muy joven para su edad; pero su compañero era más bajo que él, y de edad indefinible, aunque el poeta sabía que tenía diez o quince años más que él. Era de constitución tan bien proporcionada, con unas manos delicadas, una boca noble y pequeña, una tez lozana y una voz melodiosa, que podía haber pasado por un modelo en miniatura de figura humana confeccionada para un museo. Sus ropas eran pulcras y de corte elegante; su sombrero de copa descansaba en un anaquel que tenía detrás, sobre su abrigo y su paraguas.
          Se llamaba Eneas Snell, o eso decía él; pero pese a sus modales suaves y encantadores, su origen y su vida pasada eran oscuros incluso para sus amigos. Se decía que había sido clérigo, y que le habían obligado a colgar los hábitos en una etapa temprana de su carrera. Más tarde se había hecho médico, especialista en enfermedades de la piel, y que había desempeñado bien su profesión. Había viajado mucho por Europa, África y Asia, y conocía muchas ciudades y hombres. No le había sucedido ningún gran acontecimiento, ni afortunado ni triste, pero el destino había querido que tuvieran lugar extraños sucesos, catástrofes y dramas allí donde él estaba presente. Había estado en Egipto durante una epidemia de peste, se encontraba al servicio de un príncipe indio cuando éste sufrió un motín, y era secretario del duque de Choiseul cuando este noble asesinó a su esposa. En la actualidad era administrador de un nuevo rico de París. Sus amigos se extrañaban de que un hombre de tanto talento y experiencia se resignase a pasarse la vida al servicio de otro; pero Eneas explicaba su caso haciéndoles notar la flema o pasividad de su carácter. No era capaz, decía, de encontrar motivo para hacer una cosa; pero el hecho de que otro le pidiese o le dijese que la hiciera era para él motivo plausible para llevarla a cabo. Cumplía bien como administrador, y tenía la confianza de su jefe en todos los terrenos. Algo en su ademán y en su aire daba a entender que al asumir este trabajo se honraba a sí mismo y a su jefe; y este rasgo atraía enormemente al rico caballero francés. Era un compañero agradable, un oyente paciente y un narrador hábil; no dejaba que su propia persona desempeñase un papel de importancia en sus historias, sino que contaba sus más extraños relatos como si hubiesen tenido lugar ante sus propios ojos, cosa que, efectivamente, muy bien podía haber sido así.
          Cuando Charlie se hubo bebido su ajenjo, se volvió más comunicativo; apoyó un brazo en la mesa, la barbilla en la mano, y dijo lenta y gravemente:
          —Amarás tu arte con todo tu corazón y toda tu alma. Y amarás a tu público como a ti mismo.
          Y al cabo de un rato añadió:
          —Todas las relaciones humanas tienen en sí mismas algo de monstruoso y de cruel. Pero la relación del artista con el público se encuentra entre las más monstruosas. Sí; es terrible como el matrimonio.
          Seguidamente, le dirigió a Eneas una mirada profunda, amarga, atormentada, como si viese en él la encarnación de su público.
          —Porque —prosiguió— los artistas y el público, muy en contra de nuestra voluntad, dependemos el uno del otro para nuestra misma existencia.
          Aquí los ojos de Charlie, negros de dolor, lanzaron una mortal acusación a su amigo. Eneas se dio cuenta de que el poeta se encontraba en un estado de ánimo tan peligroso que el menor comentario trivial podía desequilibrarle.
          —Aunque así sea —dijo—, ¿no te ha hecho la vida agradable tu público?
          Pero incluso estas palabras desconcertaron de tal modo a Charlie que permaneció callado largo rato.
          —¡Dios mío! —dijo por fin—. ¿Crees acaso que estoy hablando de mi pan cotidiano, de este vaso, o de mi chaqueta y mi corbata? Por el amor de Dios, intenta comprender lo que digo. No; cada uno de nosotros esperamos el consentimiento o la cooperación del otro para surgir a la existencia. Si no hay obra de arte que contemplar, o que escuchar, no hay público; eso está claro, supongo, incluso para ti, ¿no? En cuanto a la obra de arte, ¿existe un cuadro que no contempla nadie, o un libro que no es leído jamás? No, Eneas, tiene que ser contemplado, tiene que ser leído. Y repito: por el mismo acto de ser contemplado, o de ser leído, surge a la existencia ese ser formidable que es el espectador, el cual, suficientemente multiplicado (y necesitamos que se multiplique, como miserables criaturas que somos), se convertirá en público. Por tanto, como ves, estamos a merced de él.
          —En ese caso —dijo Eneas—, tened un poco de compasión el uno por el otro.
          —¿Compasión? ¿De qué hablas? —dijo Charlie, y cayó en un profundo ensimismamiento. Tras una larga pausa dijo muy despacio—: No podemos tener compasión el uno del otro. El público no puede ser compasivo con un artista; si lo fuese, no sería público. A Dios gracias. Y tampoco puede ser el artista misericordioso con su público; o al menos no lo ha intentado jamás.
          »No —dijo—, te voy a explicar lo que ocurre con nosotros. Todas las obras de arte son hermosas y perfectas. Y todas son, al mismo tiempo, horrendas, ridículas, completos fracasos. En el momento en que empiezo un libro, éste es siempre precioso. Lo miro, y lo encuentro bueno. Mientras estoy en el primer capítulo, es equilibrado, hay un dulce acuerdo entre las diversas partes, de manera que su totalidad constituye una maravillosa armonía; y por lo general, en esa etapa, el último capítulo del libro es el más precioso de todos. Pero a la vez, desde el momento de empezarlo, es seguido por una sombra horrible, por una repugnante y nauseabunda deformidad que, sin embargo, es igual que él, y a veces (a menudo incluso) lo suplanta, de manera que ni yo mismo reconozco mi obra, y huyo de ella como la campesina del niño que le han cambiado en la cuna, y me santiguo ante la idea de haber llegado a considerarlo alguna vez como mi propia sangre. En resumidas cuentas: toda obra de arte es a la vez idealización y perversión, o caricatura, de sí misma. Y el público tiene poder para hacer de ella, para bien o para mal, una cosa o la otra. Cuando el corazón del público se siente conmovido o estremecido por ella, y la aclama con lágrimas de contrición y orgullo como obra maestra, se convierte en la obra maestra que yo he visto al principio. Y cuando la acusa de insípida y sin valor, se vuelve sin valor. Pero cuando no la mira siquiera, voilà, como dicen por aquí: no existe. En vano puedo gritarles: “¿Acaso no veis nada aquí?”. Me contestarán, con toda justicia: “No vemos nada en absoluto, a pesar de que vemos cuanto hay”. Eneas, si es ése el caso del artista con su público, más vale que deje de pintar o de escribir.
          »Pero no vayas a creer —dijo tras un silencio— que no tengo compasión con el público, o que no me doy cuenta de mi culpabilidad respecto a él. Tengo compasión de él, y me abruma el alma. He tenido que leer el libro de Job a fin de que me diera fuerzas para sobrellevar mi responsabilidad.
          —¿Te consideras en la misma posición de Job, Charlie? —preguntó Eneas.
          —No —dijo Charlie solemne y orgullosamente—, en la posición del Señor.
          »Me he comportado con mi lector —prosiguió despacio— como el Señor se comporta con Job. Sé (nadie lo sabe tan bien como yo) cómo necesita el Señor a Job como público, y no puede prescindir de él. Sí, no sabemos, incluso, si no depende más el Señor de Job que Job del Señor. He hecho una apuesta con Satanás sobre el alma de mi lector. He desfigurado su sendero y he desatado los terrores contra él, he hecho que cabalgue sobre el viento y he disuelto su sustancia; y cuando esperaba la luz, he encontrado las tinieblas. Y Job quiere ser el público del Señor como mi público no desea serlo mío.
          Charlie suspiró, y miró su vaso, luego se lo llevó a los labios y lo vació.
          —Sin embargo —dijo—, al final se reconcilian los dos; es bueno leer. Porque el Señor asume la defensa del artista, y sólo del artista. Barre de un soplo los escrúpulos morales y los sufrimientos morales de su público; no intenta justificar su papel con ninguna discusión sobre lo bueno y lo malo. «¿Acaso quieres anular mi sentencia? —pregunta el Señor—. ¿Conoces las ordenanzas del Cielo? ¿Has peregrinado en busca de las profundidades? ¿No puedes elevar la voz hasta las nubes? ¿No puedes conseguir la dulce influencia de las Pléyades?». Sí, habla de los horrores y abominaciones de la existencia, y pregunta alegremente a su público si jugará también con ellos como con un pájaro, y dejará a sus jóvenes que hagan lo mismo. Y Job es, efectivamente, el público ideal. ¿Quién de nosotros volverá a encontrar un público como ése? Ante tales argumentos, inclina la cabeza y renuncia a su queja; comprende que es mejor, y más seguro, ponerse en manos del artista que en las de ningún otro poder del mundo, y admite que ha dicho lo que no comprendía —Charlie hizo una pausa—. El Señor ha hecho lo mismo conmigo también —dijo con gravedad; dejó escapar un suspiro y prosiguió—: He leído el libro de Job muchas veces —concluyó—; de noche, cuando no podía dormir. Y he dormido muy mal estos últimos meses.
          Se quedó callado, abismado en sus recuerdos.
          —Sin embargo, me pregunto —dijo tras una larga pausa— cuál será el sentido de todo esto. ¿Por qué no podemos dejar de pintar o de escribir, y dejar en paz al público? ¿Qué beneficio le hacemos, en realidad? ¿Qué beneficio representa, en definitiva, el arte para el hombre? Vanidad de vanidades, y todo vanidad.
          Eneas, a todo esto, había terminado de cenar, y daba apaciblemente pequeños sorbitos a su café.
          —Monsieur Kohl, mi jefe —dijo—, es un diletante de la pintura, y quiere montar una galería en su hotel. Pero como no tiene verdaderos conocimientos de este arte, ni tiempo para adquirirlos, solía fastidiarle y molestarle hacer la selección de los cuadros. Ahora, en cambio, he visitado yo a los pintores en su nombre, uno por uno, y les he pedido que me vendan el cuadro que, de todos los que han producido, consideran a su juicio que es el mejor. Nuestra galería va en aumento, y será muy buena.
          —Tu jefe se equivoca —dijo Charlie lúgubremente—. El artista no sabe cuál es su mejor obra. Aunque los tuyos sean personas honradas, y no intenten colarte el cuadro que no pueden vender (como merecías que hiciesen), no lo saben.
          —No; no lo saben —dijo Eneas—. Pero una colección de cuadros, en la que cada obra ha sido elegida por su propio pintor como la mejor, puede muy bien atraer la curiosidad del público, y aumentar su precio en una subasta.
          —Así —dijo Charlie con amargura— que andas haciendo recados, de artista en artista, para un rico diletante. Sin embargo, jamás has pintado ni comprado un solo cuadro por tu cuenta y riesgo. Cuando te llegue la hora de abandonar este mundo, puede que ni siquiera hayas vivido —Eneas asintió con la cabeza—. ¿A qué dices que sí? —preguntó Charlie.
          —A lo que estás diciendo —dijo Eneas—. Puede ser que ni siquiera haya vivido.
          Charlie se había librado ahora del desasosiego y el mal humor que tenía al principio de llegar al café, y comprendió que era más agradable escuchar que seguir hablando. Se dio cuenta también de que tenía hambre, y pidió de comer. Cuando se hubo terminado la sopa, se recostó en su silla, paseó la mirada por la estancia como si la viese por primera vez y con voz baja y lánguida, como de convaleciente, le dijo a Eneas:
          —¿Serías capaz de contarme un cuento, al menos?
          Eneas removió su café con la cucharilla, y sacó azúcar del fondo de la taza. Se llevó la servilleta a la boca, la dobló y la depositó sobre la mesa.
          —Sí, puedo contarte un cuento —dijo.
          Permaneció callado un minuto o dos, buscando en su memoria. Durante ese tiempo, aunque estaba callado, experimentó un cambio: se desvaneció el administrador remilgado, y en su lugar surgió una figura pequeña, concentrada, peligrosa, sólida, alerta, implacable: la del narrador de todas las épocas.
          —Sí —dijo por fin, y sonrió—; puedo contarte una historia consoladora —y con voz agradable y modulada empezó:
          »Cuando yo era joven, estuve empleado en una acreditada casa de Londres que se dedicaba a la venta de alfombras, en la que me destinaron a viajar por Persia a fin de adquirir alfombras antiguas. Pero por vicisitudes del destino me convertí, durante dos años (en un período de incertidumbre e intrigas políticas en el que ingleses y rusos se disputaban la mayor influencia sobre la corte persa), en médico habitual del soberano de Persia, y dignísimo príncipe, el sha Mohamed. Estaba gravemente aquejado de erisipela, enfermedad para la que había tenido yo la fortuna de encontrar remedio. El actual sha, Nasrud-Din Mirza, era entonces heredero del trono.
          »Nasrud-Din era un príncipe joven, alegre, deseoso de progreso y de reforma, y de espíritu porfiado e imaginativo. Ambicionaba conocer la situación y circunstancias de sus súbditos, desde el más rico al más pobre, y no se daba tregua a sí mismo ni a cuantos le rodeaban en esta empresa. Había estudiado los cuentos de Las mil y una noches, y tras esta lectura le apeteció adoptar el papel del califa Harún de Bagdad. Así pues, a imitación de este personaje clásico, vagaba a menudo disfrazado de mendigo, de buhonero o de prestidigitador, por su ciudad de Teherán, visitando los mercados y las tabernas. Escuchaba las conversaciones de los trabajadores, los aguadores y las prostitutas, a fin de conocer su verdadera opinión sobre los funcionarios y palaciegos y sobre la observancia de la justicia en el reino.
          »Este capricho del príncipe causaba gran alarma y tribulación a sus ancianos consejeros. Porque consideraban una situación insostenible y paradójica que un príncipe fuese tan au fait en cuanto a las actividades y sentimientos de su pueblo, y que ello trastornaría muy probablemente el antiguo sistema del país. Trataron de hacerle ver los peligros a los que se exponía, y la injusticia que, con su intrepidez, estaba cometiendo con el reino de Persia, que de este modo podía sufrir sin motivo la más dolorosa de las pérdidas. Pero cuanto más le decían, más se empeñaba el príncipe Nasrud-Din en su idea. Los ministros entonces recurrieron a otras medidas. Cuidaron de que, allá donde fuese, le siguieran secretamente guardias armados; asimismo, sobornaron a sus criados y pajes a fin de averiguar con qué disfraces iba a salir, y a qué parte de la ciudad se dirigía; y a menudo, el mendigo y la prostituta con los que el príncipe trababa conversación estaban instruidos previamente por los prudentes ancianos. Nasrud-Din no sabía nada de esto, y los consejeros temían su ira, si llegaba a averiguarlo; de manera que incluso entre ellos guardaban silencio sobre tales manejos.
          »Y ocurrió que, en la época en que estaba yo en la corte, el viejo primer ministro Mirza Aghai solicitó un día audiencia al príncipe, y le comunicó solemnemente cierta información de carácter extraño y siniestro.
          »Había en la ciudad de Teherán, dijo, un hombre tan parecido al príncipe Nasrud-Din en la cara, la estatura y la voz, que ni la reina, su madre, podría distinguir al uno del otro. Además, el desconocido imitaba y copiaba minuciosamente los gestos y hábitos del príncipe. Este hombre llevaba unos meses deambulando por los barrios más pobres de la ciudad, disfrazado de mendigo, a la manera como solía hacer el príncipe; se sentaba junto a las puertas de la muralla, y allí interrogaba a la gente y conversaba con ella. ¿No probaba esto, preguntó el viejo ministro, lo peligrosa que era esta diversión del príncipe? Porque, ¿qué había detrás de esta conducta? ¿O era aquel embaucador un instrumento en manos de los enemigos del sha, enviado por ellos para sembrar el descontento y la rebelión entre el populacho, o un impostor de inaudita temeridad y oscuras intenciones, que quizá acariciaba el horrible plan de suprimir al heredero del trono, y hacerse pasar por el príncipe ante el pueblo? El anciano había pasado lista mentalmente de todos los enemigos de la Casa Real. Ante él se había alzado la sombra de un gran señor, primo del sha, decapitado a raíz de una rebelión hacía veinte años, y recordó haber oído decir que había dejado un hijo póstumo que llevaba el nombre del proscrito. Tal vez trataba de vengar a su padre, y de desquitarse él también. Así que suplicaba a su joven señor que renunciase a sus excursiones hasta tanto no fuese detenido y castigado aquel intrigante.
          »Nasrud-Din escuchó la propuesta del chambelán mientras jugaba con las borlas de seda que le colgaban de la vaina de su espada. ¿Qué decía a la gente, preguntó, este desconocido conspirador, doble suyo, y qué impresión producía en ella?
          »—Mi señor —dijo Mirza Aghai—, no os puedo informar con exactitud sobre lo que dice a la gente, en parte porque sus palabras parecen ser oscuras y nobles, de forma que quienes las oyen no las recuerdan, y en parte porque en realidad no habla mucho. Pero la impresión que produce es desde luego muy profunda. Porque no se contenta con indagar sobre la suerte de todos, sino que se ha propuesto compartirla con ellos. Se sabe que ha dormido junto a las murallas durante las noches de invierno, que vive de las sobras que le dan los desheredados, y que, cuando no pueden darle nada, ayuna todo el día. Frecuenta a las prostitutas más baratas de la ciudad a fin de convencer a los pobres de su compasión y su simpatía. Sí; para ganarse la voluntad de los más humildes de vuestro pueblo va, al amparo vuestro, en compañía de una muchacha que actúa con un asno en la taberna de una plaza de mercado. Y todo esto, príncipe mío, con vuestra efigie.
          »El príncipe era un joven alegre y valeroso; le divertía alarmar a los prudentes ancianos de la corte de su padre, y vio en la historia de Mirza Aghai la promesa de una singular aventura. Después de meditar el caso, le dijo al ministro que no renunciaría a conocer a su doppelgänger. Iría a hablar personalmente con él, y averiguaría la verdad sobre el caso. Prohibió a los ancianos que se interpusieran en su plan, y esta vez tomó tales precauciones que fue imposible contenerle o controlarle. En vano le suplicó Mirza Aghai que renunciase a tan peligroso proyecto. La única concesión que consiguieron arrancarle al final fue la promesa de que iría bien armado, y que llevaría consigo a un acompañante de su confianza.
          »Por entonces yo visitaba con frecuencia al joven príncipe. Porque el príncipe Nasrud-Din tenía en el pómulo izquierdo un lunar del tamaño de una cereza. Le afeaba un poco, y como era natural, le estorbaba cuando quería salir de incógnito. Así que, al ver cómo había logrado curar a su padre el sha, me pidió que le librase del nevo. El tratamiento fue lento; tuve tiempo de distraer al príncipe contándole cosas, ya que era algo que le entusiasmaba, y yo conocía, como es natural, gran cantidad de historias pertenecientes a nuestra civilización clásica occidental, que eran nuevas para él.
          »El príncipe temía engordar, también, de manera que a veces comía muy poco. La reina, su madre, que pensaba que nunca había estado más adorable que cuando, de niño, había estado gordo, se preocupaba de que los proveedores y jefes de cocina de la Casa Real le trajesen y preparasen los platos más raros que pudieran tentar el apetito de su hijo. Observó entonces que, cuando yo le contaba historias, el príncipe permanecía largo rato sentado ante su comida; así que me rogó que le acompañase a la mesa. Le conté al príncipe todo lo que recordaba de la Divina comedia, y de algunas de las tragedias de Shakespeare, además de Los misterios de París entero, de Eugène Sue, que había leído poco antes de abandonar Europa. Me gané su confianza en el curso de nuestras charlas sobre estas obras de arte; y cuando, a la sazón, tuvo que elegir compañero para su expedición secreta, me pidió que fuese con él.
          »Disfrutó mandando que me vistiesen como un mendigo persa, con una gran capa, babuchas y un parche en un ojo. Cada uno llevábamos un puñal en el cinturón y una pistola en el pecho; el príncipe me regaló el puñal que yo llevaba, con puño de plata incrustado de turquesas. El anciano ministro Mirza Aghai se acercó a mí, me prometió su gratitud, y un puesto vitalicio y lucrativo en la corte, si conseguía disuadir a Nasrud-Din de su empeño. Pero yo no tenía fe en mi capacidad para disuadir a un príncipe, ni ganas de hacerlo.
          »Así pues, durante unas cuantas noches de principios de la primavera vagamos por los callejones y los barrios sórdidos de Teherán. Los melocotoneros estaban ya en flor en las terrazas de los jardines reales, y en la hierba había azafrán y junquillos. Pero el aire era frío y la noche helada no lejos de allí.
          »En la ciudad de Teherán, las noches en esa estación son maravillosamente azules. Las antiguas murallas grises, los plátanos y los olivos de los jardines, las gentes con sus vestimentas de color pardo, y las largas filas de camellos cargados que entran por las puertas..., todo parece flotar en una delicada bruma azul celeste.
          »El príncipe y yo visitamos extraños lugares, y conocimos a bailarinas, ladrones, alcahuetas y adivinos. Sostuvimos largas discusiones sobre la religión y el amor, y nos reímos muchas veces, porque éramos jóvenes los dos. Pero estuvimos un tiempo sin encontrar al hombre tras cuya pista íbamos, ni oímos hablar de él en ninguna parte... Sin embargo, sabíamos el nombre por el que se hacía llamar: el mismo que utilizaba el príncipe cuando se disfrazaba de mendigo. Y por fin, una noche, un chico nos guió a un mercado próximo a la puerta más antigua de la ciudad, donde, se decía, el conspirador solía sentarse a aquella hora. El chico se detuvo junto al pozo de la plaza, y nos señaló una figura menuda, sentada en el suelo a cierta distancia. Nos dirigió una mirada serena, firme, y dijo:
          »—No daré un paso más —y echó a correr.
          »Nos quedamos parados un momento, acariciando nuestro cuchillo y nuestra pistola. Era una plaza pobre y mísera; unos callejones estrechos desembocaban en ella; las casas se encontraban en un estado lamentable y ruinoso; el aire estaba cargado de olores nauseabundos; el suelo, destrozado y polvoriento. Habían regresado del trabajo sus andrajosos habitantes, y en la última hora de luz haraganeaban y charlaban fuera de sus hogares, o sacaban agua del pozo. Unos cuantos estaban bebiendo vino ante el mostrador de una taberna abierta; nos acercamos nosotros también, y pedimos el más barato que tenía el tabernero, ya que éramos mendigos esa noche. Mientras bebíamos, seguimos observando al hombre sentado en el suelo.
          »Había una higuera vieja y retorcida que salía de una grieta de la muralla, y estaba sentado debajo. No le rodeaba ninguna multitud, como nos habíamos sentido inclinados a esperar. Pero mientras yo le miraba, observé que un par de transeúntes aminoraban el paso al verle. Se detenían, intercambiaban unas palabras entre sí, antes de proseguir su marcha, y pareció que desviaban el rostro a medias al pasar junto a él, mostrando veneración y temor ante su proximidad. Al comprender la escena que se acababa de desarrollar ante mí, la consideré más bien sorprendente e inusitada. Era el lugar más sórdido y miserable de cuantos había visitado en la ciudad, aunque había dignidad en su ambiente, y una quietud como de confianza y expectación. Los niños jugaban sin pelearse ni gritar, las mujeres charlaban y reían con moderación y alegría, y los que iban por agua esperaban pacientes uno tras otro.
          »El tabernero hablaba con uno que conducía un asno, quien le había llevado dos grandes canastos de judías verdes, coles y lechugas. El del asno dijo:
          »—¿Qué crees que cenarán esta noche en palacio?
          »—¿Qué cenarán? —replicó el tabernero—. No es fácil de adivinar. Puede que tengan pavo relleno de aceitunas. O que sirvan lenguas de carpa guisadas con vino tinto. O que tomen cordero bien cebado y condimentado con especias.
          »—¡Dios mío, sí! —exclamó el del asno.
          »El príncipe y yo sonreímos ante la descripción de platos tan extraordinarios, que evidentemente eran exquisiteces para los pobres. El príncipe Nasrud-Din pagó el vino, se echó el manto de mendigo por encima de la cabeza y sin decir palabra fue a sentarse a cierta distancia del desconocido. Yo me puse a su lado, junto a la muralla.
          »El hombre al que hacía tantas horas que buscábamos, y del que tanto habíamos hablado, era una persona tranquila; no alzó los ojos para mirar a los recién llegados. Estaba sentado en tierra con las piernas cruzadas, la cabeza inclinada y las manos entrelazadas y descansando en el suelo delante de él. A su lado tenía su cuenco de mendigo; estaba vacío.
          »Llevaba puesto un amplio manto, como el del príncipe, sólo que más remendado y andrajoso. Tenía una capucha que le cubría parcialmente la cabeza; pero aunque permanecía tan inmóvil, con los ojos bajos, pude estudiar su rostro. Era cierto que se parecía al príncipe. Se trataba de un joven moreno, delgado, algo mayor que Nasrud-Din, de la edad que el príncipe representaba en su papel de mendigo. Tenía unas pestañas largas y negras, y una barbita pequeña, rala y negra, semejante a la que el príncipe solía ponerse para disfrazarse; sólo que la de este hombre era natural. En la mejilla izquierda tenía un lunar oscuro del tamaño de una cereza; y vi, porque tenía experiencia en esta materia, que era postizo, aunque se lo había colocado con habilidad. En cuanto a su semblante y actitud, no era ni mucho menos la del atrevido y peligroso conspirador con quien esperaba toparme. Su rostro era apacible, hasta el punto de que no recordaba haber contemplado una expresión humana más serena. Estaba, también, exento de astucia, y hasta de mucha inteligencia. Aquella dignidad y sosiego que, hacía un momento, me había sorprendido notar en su entorno se repetía en la figura del hombre mismo; como si tales cualidades se concentrasen o emanasen de la persona de este andrajoso y flaco pordiosero. Quizá, pensé, existen pocas cosas que confieran tanta dignidad al aspecto de un hombre como la expresión de completo contento y autosuficiencia.
          »Cuando llevábamos sentados un rato en silencio, pasó un entierro pobre camino del cementerio, situado fuera de las murallas, con el cadáver sobre unas parihuelas cubierto con un paño, y unas pocas personas detrás, seguidas de algunos ociosos de la calle. Al descubrir al mendigo sentado debajo de la higuera, parecieron sentirse dominados también por una especie de temor o veneración; se apartaron un poco al pasar, pero no le dirigieron la palabra.
          »Cuando hubieron desaparecido, alzó la cabeza, miró ante sí y dijo en voz baja y suave:
          »—La Vida y la Muerte son dos cofres cerrados, cada uno de los cuales contiene la llave del otro.
          »El príncipe, al oírle la voz, se le quedó mirando, tan parecido era su modo de hablar, incluso con un ligero tono nasal, al suyo propio. Un instante después le dirigió la palabra:
          »—Soy mendigo como tú —dijo—, y he venido aquí para recibir la limosna que las gentes misericordiosas quieran darme. Aprovechemos la ocasión mientras esperamos, y hablemos de nuestras vidas. ¿Es tu vida de mendigo de tan poco valor que te gustaría cambiarla por la muerte?
          »El mendigo no estaba preparado para una pregunta tan directa. Tardó un minuto o dos en contestar; luego meneó la cabeza y dijo:
          »—De ninguna manera.
          »Entretanto, una pobre mujer cruzó vacilante la plaza y vino directamente hacia nosotros; se acercó al mendigo con la misma actitud sumisa y temerosa que los demás, bajando el rostro mientras hablaba. Apretaba un pan contra su pecho; y al detenerse, se lo tendió a él con ambas manos.
          »—En nombre de Dios misericordioso —dijo—, toma este pan y cómetelo. Hemos visto que llevas sentado dos días aquí, en la muralla, sin haber comido nada. Aunque soy vieja, y la más pobre del vecindario, creo que no rechazarás una limosna mía.
          »El mendigo alzó la mano suavemente para rechazar la ofrenda.
          »—No —dijo—, llévate tu pan. No quiero comer esta noche. Porque sé de un mendigo, hermano mío en la mendicidad, que estuvo tres días enteros sentado junto a las murallas de la ciudad sin recibir nada. Experimentaré yo también qué sentía y qué pensaba.
          »—¡Ay, Dios mío! —suspiró la anciana—, si no quieres comerte este pan, tampoco me lo comeré yo; se lo daré a los bueyes de las carretas que entran por la puerta, que van cansados y hambrientos.
          »Y sin más se alejó con paso inseguro.
          »Cuando se hubo marchado, el príncipe se dirigió otra vez al mendigo.
          »—Te equivocas —dijo—. Ningún mendigo de la ciudad ha estado sentado junto a las murallas de la ciudad tres días sin recibir nada. Yo mismo he pedido limosna, y nunca he estado sin recibir comida un día entero. El pueblo de Teherán no es tan duro de corazón ni tan menesteroso como para permitir que el más humilde de los mendigos pase hambre tres días seguidos.
          »A lo que el mendigo no contestó nada.
          »Empezaba a hacer frío. El espacio inmenso, por encima de nuestras cabezas, era todavía puro como el cristal, y estaba inundado de una luz suave; habían salido innumerables murciélagos de los agujeros de la muralla, y daban silenciosas pasadas en él, arriba y abajo. Pero la tierra y cuanto a ella pertenecía estaba envuelta en una sombra azul; parecía primorosamente esmaltada de lapislázuli. El mendigo se envolvió en su manto y se estremeció.
          »—Será mejor —dije— que busquemos un poco de protección en la puerta.
          »—Yo no me iré de aquí —dijo el mendigo—. Los guardianes echan a los mendigos a palos de la puerta.
          »—Te equivocas otra vez —dijo el príncipe—; yo, que soy mendigo también, he buscado refugio en las puertas, y ningún guardián me ha dicho nunca que me vaya. Pues es de ley que los pobres y los que están sin hogar puedan sentarse en las puertas de mi ciudad cuando el tráfico del día ha terminado.
          »El mendigo meditó un minuto sus palabras; luego volvió la cabeza y le miró:
          »—¿Sois el príncipe Nasrud-Din? —le preguntó.
          »El príncipe Nasrud-Din se sobresaltó y se desconcertó ante la pregunta tan directa del mendigo; se llevó la mano al cuchillo, igual que yo. Pero un segundo después le miró altivamente a la cara.
          »—Sí, soy Nasrud-Din —dijo—. Sin duda conoces mi cara, ya que la has imitado. Debe de hacer mucho que me sigues, y muy de cerca, para representar mi papel a los ojos de mi pueblo con tanta habilidad. Hace tiempo, también, que estoy enterado de tu juego. Pero ignoro tus razones para llevarlo a la práctica. He venido aquí esta noche para saberlas de tus labios.
          »El mendigo no contestó enseguida; luego volvió a negar con la cabeza.
          »—Ay, mi amable señor —dijo—. ¿Podéis decir eso en justicia, cuando tengo las ropas y la figura que vos consideráis más distintas de las vuestras habituales, y las que más pueden ocultaros y engañar a las gentes de vuestra ciudad? ¿No podría acusaros yo igualmente de imitar, en vuestra grandeza, mi humilde aspecto, y de haberos apoderado ilícitamente de mi apariencia de mendigo? Sí, es cierto que os he visto una vez de lejos, con vuestras ropas de mendigo; pero lo he sabido más por los que os seguían y vigilaban. Es cierto, también, que he hecho uso del parecido que Dios se ha dignado concedernos a vos y a mí. Y lo he aprovechado para sentirme orgulloso y agradecido a Dios, cuando antes me sentía avergonzado. ¿Culpará de eso un príncipe a su siervo?
          »—¿Y quién —preguntó el príncipe mirando de manera penetrante al mendigo— cree la gente del mercado y de las calles que eres?
          »El mendigo lanzó una mirada furtiva, fugaz, en torno suyo.
          »—Chist, hablad bajo, señor —dijo—. Las gentes del mercado y de las calles no se atreven a manifestar quién creen que soy. ¿No habéis visto bajar la cabeza y los ojos cuando pasan por delante de mí o me dirigen la palabra? Saben que no quiero ser reconocido; tienen miedo de que, si averiguo alguna vez quién creen que soy, mi ira sea tan terrible que me vaya, y no vuelva más a estar con ellos.
          »Ante estas palabras, el príncipe se ruborizó y se quedó callado. Por último, dijo gravemente:
          »—¿Creen acaso que eres el príncipe Nasrud-Din?
          »El mendigo mostró un instante sus blancos dientes en una sonrisa.
          »—Sí, creen que soy el príncipe Nasrud-Din —dijo—. Creen que tengo un palacio, y que puedo volver a él cuando me plazca. Creen que tengo una bodega llena de vino, una mesa llena de ricos manjares y mis cofres llenos de vestidos de seda y de piel.
          »—¿Quién eres tú, entonces —preguntó el príncipe—, que tan orgulloso estás, y agradecido a Dios, de hacerte pasar por mí?
          »—Soy lo que parezco —dijo el mendigo—. Un mendigo de Teherán. Como tal he nacido. Mi madre era una pordiosera; ella me inició en este oficio antes de que alcanzase yo el peso de un gato. He pedido limosna en las calles, y junto a las murallas de la ciudad, durante toda mi vida.
          »—¿Cómo te llamas, mendigo? —preguntó el príncipe.
          »—Me llamo Fath —dijo el mendigo.
          »—¿Y no has planeado nunca —preguntó el príncipe tras un silencio— introducirte en el palacio del que hablas, valiéndote de nuestro parecido?
          »—No —dijo Fath.
          »—¿No has procurado —volvió a preguntar el príncipe— ganar ascendiente y poder entre el pueblo, para satisfacer tu ambición por medio de este parecido?
          »—No —dijo Fath. Se quedó un rato sumido en honda meditación; luego dijo—: No. Soy mendigo. Y puede que sea hábil en mi profesión de mendigo. Pero en lo demás soy ignorante, y no me interesa en absoluto. Sería un sufrimiento para mí, si tuviese que ocuparme de otras cosas. He adquirido poder sobre la gente, eso es cierto; y es probable que hicieran lo que yo les pidiese; pero ¿por qué querría yo que lo hiciesen?
          »—¿Qué has hecho, entonces —preguntó el príncipe—, después de estudiar hábilmente mi aspecto y mis gestos, y de conseguir que la gente de Teherán te crea el príncipe Nasrud-Din?
          »—He pedido limosna en las calles, y junto a las murallas de la ciudad.
          »Miró al príncipe y exclamó:
          »—¿Qué habéis hecho con el lunar de vuestra mejilla?
          »El príncipe se llevó la mano a la mejilla.
          »—Me lo he quitado —dijo.
          »Fath se llevó la mano a la mejilla también.
          »—A la gente no le va a gustar —dijo gravemente.
          »—Pero ¿por qué calumnias a mi pueblo —preguntó el príncipe—, y pintas la suerte de los mendigos de mi ciudad más negra de lo que es? ¿Por qué has dicho que un mendigo ha estado tres días sentado junto a la muralla sin recibir nada, y que querías saber también qué se siente en esa situación?
          »—Como hay Dios —dijo Fath—, que no es ninguna calumnia, sino la pura verdad.
          »—¿Quién es ese mendigo —preguntó el príncipe severamente— que ha sido tratado con tanta crueldad?
          »—Mi señor, he sido yo; yo mismo —dijo Fath—; antes de que os conociera.
          »—Pero dime, porque no lo comprendo —dijo el príncipe—: ¿por qué no quieres aceptar nada de la gente esta vez, cuando las has inclinado a ofrecerte lo mejor que poseen? ¿Por qué has rechazado el pan que la anciana te traía, y has dejado que se fuese acongojada?
          »Fath meditó sus palabras.
          »—Mi señor —dijo—. Con vuestra venia, percibo que sabéis muy poco de la mendicidad. Vos, supongo, habéis comido toda vuestra vida cuanto habéis deseado. Si yo acepto lo que ellos me ofrecen, ¿cuánto tiempo seguirán ofreciéndomelo? ¿Y por cuánto tiempo seguirán creyendo que tengo en mi palacio los más ricos manjares, y todas las exquisiteces del mundo, de Oriente y de Occidente?
          »El príncipe permaneció callado un momento; luego se echó a reír.
          »—Por las tumbas de mis padres, Fath —dijo—; te había tomado por un loco, pero ahora creo que eres el más sagaz de mi reino. Escucha: mis cortesanos y mis amigos me piden puestos, distinciones y oro; y una vez que consiguen todo esto, me dejan en paz. Pero un mendigo de Teherán me ha uncido a su carro; y en adelante, ya sea despierto o dormido, estaré trabajando para Fath. Si conquisto una provincia, si mato un león, si escribo un poema, o si me caso con la hija del sultán de Zanzíbar... dará lo mismo: todo será para mayor gloria de Fath.
          »Fath miró al príncipe por debajo de sus largas pestañas.
          »—Se puede decir —murmuró—; y vos lo habéis dicho. Pero yo puedo sostener en contra de eso que sois vos quien habéis hecho a Fath, y cuanto existe de él. Cuando andabais por las calles como un mendigo, no os esforzabais en ser más sabio o más grande, más noble o más magnánimo, que el resto de los mendigos de la ciudad. Os convertíais exactamente en uno de ellos, y os tomabais todo el cuidado para no diferenciaros en nada de los demás, a fin de engañar a vuestro pueblo, y escuchar desapercibido sus conversaciones. Por tanto, ahora no soy ya más que un mendigo vulgar y corriente. Despierto o dormido, no soy sino la máscara del príncipe Nasrud-Din.
          »—Eso también se puede decir —dijo el príncipe.
          »—Os ruego, príncipe —prosiguió Fath solemnemente—, que conquistéis provincias, matéis leones y escribáis poemas. He procurado que el nombre del príncipe Nasrud-Din, y la fama de su bondad, sean grandes entre las gentes menesterosas de Teherán. Procurad ahora vos que el nombre de Fath y la fama de su cortesía e ingenio sean grandes entre los reyes y los príncipes. Cuando matéis un león, recordad que el corazón de Fath se alegra de vuestro valor. Y cuando os caséis con la hija del sultán, cuán altamente no pensará vuestro pueblo de vos, al seguiros viendo sentado junto a la muralla durante las noches frías, a fin de compartir su desventurada suerte. Cuán altamente no pensará de vos cuando, para compartir el triste destino de los más pobres, sigáis sentándoos y hablando con las prostitutas de estas calles.
          »—¿Te abrazan con ardor —preguntó el príncipe— las prostitutas de estas calles, y se estremecen de éxtasis en tus brazos? Vamos, debes contármelo, ya que no sé nada de eso, y sus estremecimientos, en cierto modo, se deben a mí.
          »—No, no os lo puedo contar —dijo Fath—. No sé de eso más que vos. No me atrevo a abrazarlas; son prudentes, y quizá sepan que abrazan a un gran señor.
          »—¿Así pues, tienes miedo de mis mujeres, Fath? —dijo el príncipe—. Tú, que no has mostrado ningún miedo al darme a conocer.
          »—Mi señor —dijo Fath—; el hombre y la mujer son dos cofres cerrados, de los cuales el uno contiene la llave del otro.
          »—Extiende las manos, Fath —dijo el príncipe; y cuando el mendigo las hubo extendido, levantó la bolsa de mendigo que llevaba en el cinturón y la vació en ellas.
          »Fath sostuvo las monedas en sus palmas y las miró.
          »—¿Es oro? —preguntó.
          »—Sí —dijo el príncipe.
          »—He oído hablar de él —dijo Fath—. Sé que es muy poderoso.
          »Inclinó la cabeza, y permaneció largo rato así, contristado, sumido en profundo silencio.
          »—Ahora veo —dijo al fin— por qué habéis venido aquí esta noche. Queréis poner fin a mi grandeza. Queréis obligarme a vender mi honor, y mi renombre entre las gentes, por este poderoso y peligroso metal.
          »—No, por mi espada —dijo el príncipe—; no es ésa mi intención.
          »—¿Qué voy a hacer con el oro entonces? —preguntó Fath.
          »—En efecto, Fath —dijo el príncipe algo turbado—; ésa es una pregunta que no me había hecho yo. Si no lo encuentras de utilidad para ti, puedes dárselo a los pobres del mercado.
          »Fath guardó silencio, sin dejar de contemplar el oro.
          »—Como el personaje del cuento de los cuarenta ladrones —dijo—, podría pedir prestado un cuenco de mendigo, y al devolverlo, dejar como por descuido una moneda de oro en el fondo, a fin de convencer a la gente de mi opulencia. Pero, mi señor, eso no sería beneficioso para mí ni para ellos. Desearían más; más de lo que vos me habéis dado, y de lo que podríais darme. Ya no me querrían como me quieren ahora, ni creerían en mi compasión, ni en mi sabiduría. Tomadlo, os lo pide el mendigo. El oro está mejor en vuestras manos que en las mías.
          »—¿Qué puedo hacer por ti entonces? —preguntó el príncipe.
          »Fath meditó sus palabras, y su rostro se iluminó como la cara de un niño.
          »—Escuchad, mi gran señor —dijo—. Hay una escena que me he representado a menudo a mí mismo; podéis hacer que sea cierta, si queréis. Un día, mandad que el más gallardo regimiento de vuestra caballería desfile por la plaza del mercado con vuestro capitán a la cabeza. Yo estaré sentado allí; y cuando lleguen, no me moveré, ni les saldré al paso. Ordenad a vuestro capitán que, al verme, retenga su caballo mostrando gran sorpresa y temor, y detenga a todo el regimiento, a fin de que no me toquen; que lo detenga tan súbitamente que todos los fogosos corceles retrocedan ante su gesto. Pero ordenad que sigan cuando yo les haga una seña con la mano, y pasen por encima de mí... Decidle solamente que tenga un poco de cuidado, a fin de no atropellarme. Esto es lo que podéis hacer por mí, mi señor.
          »—¿Qué insensata insinuación es ésa, Fath? —preguntó el príncipe, y sonrió—. Jamás ha sucedido que mi caballería haya atropellado a uno solo de mi pueblo en las calles, o en la plaza del mercado.
          »—Sí; sí ha sucedido, mi señor —dijo Fath—; mi madre murió de esa manera.
          »El príncipe se quedó un rato ensimismado.
          »—Vanidad de vanidades, y todo vanidad —dijo al fin—. He aprendido en la corte muchas cosas acerca de la vanidad de los hombres. Pero he aprendido más de ti, un mendigo, esta noche. Ahora sé que la vanidad puede alimentar al hambriento y dar calor al pordiosero de manto andrajoso. ¿No es así, Fath?
          »—Ya lo veis, mi señor —dijo Fath—; dentro de cien años se escribirá en los libros que Nasrud-Din fue un príncipe que gobernó su reino de Persia de tal manera, que sus súbditos más pobres tenían plenamente satisfecha su vanidad mientras pasaban hambre, con sus mantos de pordioseros junto a las murallas de Teherán.
          »El príncipe se envolvió otra vez en su manto y se cubrió la cabeza.
          »—Ahora me voy —dijo—. Buenas noches, Fath. Me habría gustado volver aquí, alguna noche, para charlar contigo. Pero al final, mis visitas arruinarían tu prestigio. Cuidaré desde ahora que puedas estar en paz junto a tu muralla. Que Dios quede contigo.
          »Cuando estaba a punto de marcharse, se detuvo.
          »—Una palabra más antes de irme —dijo con hauteur—. Ha llegado a mis oídos que visitas a la mujer que actúa con un asno en la taberna del mercado. Está bien que el pueblo conozca de mi deseo de saber su situación y de compartirla con ellos. Pero te estás tomando demasiada libertad con nuestra persona cuando nos haces seguir, por así decir, los pasos de un asno. Desde esta noche no volverás a ver más a esa mujer.
          »No imaginaba yo que este detalle particular de la conducta del mendigo se hubiese quedado tan hondamente grabado en la conciencia del príncipe; ahora vi que le había disgustado y ofendido; se daba cuenta de que Fath le había iluminado cosas verdaderamente grandes y elevadas. Pero además, de que no sólo era príncipe, sino también un hombre joven.
          »Al oír estas palabras, Fath se quedó sumamente perplejo y consternado; bajó los ojos y se retorció las manos.
          »—¡Ah, mi señor! —exclamó—. Esta orden es muy dura para mí. Esa mujer es mi esposa. Gracias a lo que ella gana con sus habilidades puedo vivir.
          »El príncipe se quedó inmóvil largo rato, mirándole.
          »—Fath —dijo por fin, en tono afable y majestuoso—, en los tratos entre tú y yo, cedo en todo, no sé si por debilidad o empujado por una especie de fuerza. Dime, mi buen mendigo de Teherán, qué crees en el fondo que es.
          »—Mi señor —dijo Fath—, vos y yo, el rico y el pobre de este mundo, somos dos cofres cerrados, de los cuales el uno contiene la llave del otro.
          »Cuando regresábamos, avanzada la noche, noté que el príncipe iba pensativo y con el alma turbada:
          »—Esta noche, alteza, habéis aprendido sin duda algo nuevo sobre la grandeza y el poder de los príncipes.
          »El príncipe Nasrud-Din no me contestó enseguida. Pero cuando salimos de las estrechas y malolientes callejas y entramos en los barrios más ricos y señoriales de la ciudad, dijo:
          »—No volveré a pasear por mi ciudad disfrazado.
          »Llegamos al palacio real hacia medianoche, y cenamos juntos allí.
          Aquí terminó Eneas su relato. Se recostó en su silla, sacó papel de fumar y tabaco y se lió un cigarrillo.
          Charlie había escuchado la historia atentamente, sin decir palabra, con la mirada fija en la mesa. Ante el silencio de su amigo, alzó los ojos, como el niño que despierta de un sueño. Recordó que había tabaco en el mundo y, siguiendo el ejemplo de Eneas, lió lentamente un cigarrillo y lo encendió. Los dos pequeños caballeros, cada uno en su lado de la mesa, fumaron en paz, contemplando el débil humo azul del tabaco.
          —Sí, es un buen cuento —dijo Charlie; y un poco después añadió—: Ahora me vuelvo a casa. Creo que esta noche voy a dormir —pero cuando terminó de fumarse el cigarrillo se recostó en su silla, también, meditabundo—. No —dijo—. En realidad, no es un cuento muy bueno. Pero tiene pasajes que podrían desarrollarse, y construirse con ellos un buen cuento.


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