Ian McEwan
(Aldershot, Inglaterra, 1948-)


Entre las sábanas (1975)
(“In Between the Sheets”)
Originalmente publicado en The New Review, Vol. 2, No. 18 (septiembre 1975), pp. 17-22;
In Between the Sheets
(Londres: Jonathan Cape, 1978, 144 págs.)



      Aquella noche Stephen Cooke tuvo una polución, la primera en muchos años. Después se quedó despierto y tendido de espaldas, con las manos detrás de la nuca, mientras las últimas imágenes de su sueño erótico se desvanecían en la oscuridad y su semen, que se había ido escurriendo hacia su zona lumbar, se enfriaba. Siguió inmóvil hasta que la luz se volvió gris azulada, y después se bañó. Permaneció durante largo rato en la bañera, contemplando soñolientamente su cuerpo brillante bajo el agua.
       El día anterior había acudido a una cita con su mujer en un café de neón con mesas que tenían tableros de fórmica roja. Eran las cinco cuando llegó, y ya casi había anochecido. Como esperaba, llegó antes que ella. La camarera era una chica italiana, de unos nueve o diez años, con los ojos cargados y embotados por preocupaciones propias de la edad adulta. Anotó laboriosamente la palabra «café» dos veces en su libreta, desgarró la página por la mitad y depositó uno de los trozos sobre la mesa, boca abajo. Después se marchó arrastrando los pies para poner en marcha la enorme y resplandeciente máquina Gaggia. Él era el único cliente que había en el café.
       Su mujer lo estaba observando desde la acera. No le gustaban los cafés baratos y quería asegurarse de que estuviese allí antes de entrar. Él la vio al volverse para coger el café que le traía la niña. Estaba detrás del hombro de su imagen reflejada en el cristal, como un fantasma, semioculta en un portal al otro lado de la calle. Sin duda, creía que él no veía nada en la oscuridad de la calle desde el interior de un café iluminado. Para alentarla, movió la silla a fin de ofrecerle una vista más completa de su rostro. Removía su café y observaba a la camarera, apoyada contra el mostrador como en trance, a punto de extraer de su nariz un largo hilo plateado. El hilo se quebró y fue a parar al extremo de su dedo índice, una perla incolora. Ella le echó una breve mirada de irritación y lo extendió finamente sobre sus muslos hasta hacerlo desaparecer.
       Cuando entró su mujer, al principio no lo miró. Fue directamente al mostrador, le pidió un café a la chica y ella misma lo llevó a la mesa.
       —Me gustaría —siseó mientras abría el sobre del azúcar— que no eligieses sitios como éste.
       Stephen sonrió con indulgencia y se bebió el café de un trago. Ella se terminó el suyo tomando sorbos cautelosos con los labios muy estirados hacia delante. Después sacó del bolso un pequeño espejo y unos pañuelos de papel. Emborronó sus labios rojos y se limpió la mancha roja que tenía en un incisivo. Arrugó el pañuelo antes de dejarlo en el platillo y cerró bruscamente el bolso. Stephen observó cómo el pañuelo absorbía el café y se volvía gris.
       —¿Tienes uno para mí? —dijo. Ella le dio dos.
       —No irás a ponerte a llorar, ¿verdad?
       Durante un encuentro parecido Stephen había llorado. Sonrió.
       —Quiero sonarme.
       La chica italiana se sentó en una mesa próxima a la suya y desplegó varias hojas de papel. Los miró de soslayo y después se inclinó hacia delante hasta que su nariz se encontró a sólo unos centímetros de la mesa. Empezó a rellenar columnas con números.
       —Está haciendo las cuentas —murmuró Stephen.
       Su mujer susurró.
       —Tendrían que prohibir que trabajaran niños de esa edad.
       Lo insólito de que por una vez estuvieran de acuerdo en algo hizo que los dos desviaran la mirada.
       —¿Cómo está Miranda? —dijo Stephen por fin.
       —Bien.
       —Iré a verla el domingo.
       —Si eso es lo que quieres…
       —Y además… —Stephen seguía mirando a la chica, que ahora balanceaba las piernas mientras soñaba despierta. O quizá estuviese escuchando.
       —¿Sí?
       —Además, quiero que Miranda venga a pasar unos días conmigo cuando empiecen las vacaciones.
       —No quiere.
       —Preferiría oírselo decir a ella.
       —Ella no te lo dirá. Si se lo preguntas, harás que se sienta culpable. —Stephen golpeó con fuerza la mesa con la palma de la mano.
       —¡Oye! —Había estado a punto de gritar. La niña levantó la vista de la mesa y Stephen casi pudo sentir su reproche. Oye —dijo en voz baja—, el domingo hablaré con ella y sacaré mis propias conclusiones.
       —No irá —dijo su mujer, y volvió a cerrar bruscamente el bolso como si su hija estuviese hecha un ovillo en su interior.
       Los dos se levantaron. La chica también se puso en pie y se acercó a coger el dinero que le ofrecía Stephen; aceptó una sustanciosa propina sin el menor gesto de gratitud. Fuera del café Stephen dijo:
       —Entonces, hasta el domingo.
       Pero su mujer ya se había alejado y no le oyó.

       Aquella noche tuvo una polución. El sueño en sí tenía que ver con el café, con la chica y con la cafetera. Desembocó en un placer súbito e intenso, pero, de momento, no conseguía acordarse de los detalles. Salió de la bañera sudoroso y mareado, al borde, pensó, de una alucinación. Apoyándose en el borde de la bañera, esperó a que se le pasara, una especie de distorsión del espacio existente entre los objetos. Se vistió y salió a la calle, al pequeño jardín de árboles moribundos que compartía con otros residentes en la plaza. Eran las siete. Drake, el guardián autodesignado del jardín, ya se encontraba de rodillas junto a uno de los bancos. Tenía un rascador en una mano y una botella de un líquido incoloro en la otra.
       —Mierda de paloma —le ladró a Stephen. Las palomas se cagan y nadie puede sentarse. Nadie. —Stephen permaneció detrás del anciano, con las manos en los bolsillos, observando cómo rascaba las manchas grises y blancas. Se sintió aliviado. Bordeaba el jardín un estrecho camino convertido casi en una rodera por el tráfico cotidiano de los dueños de perros, los escritores faltos de inspiración y los matrimonios en crisis.
       Al caminar por él, Stephen pensó, como hacía a menudo, en su hija Miranda. El domingo cumpliría catorce años, así que tendría que ir a comprarle un regalo. Hacía dos meses le había escrito una carta: «Querido papá: ¿Estás bien? ¿Podrías darme, por favor, veinticinco libras para comprarme un tocadiscos? Con todo mi amor, Miranda». Le contestó a vuelta de correo y se arrepintió en cuanto la carta abandonó sus manos. «Querida Miranda: Sí, estoy bien, pero añoro tantas cosas… Etcétera». De hecho, era a su mujer a quien se dirigía. En la oficina de clasificación habló con un funcionario comprensivo que lo guió cogiéndole del codo. ¿Desea recuperar una carta? Venga por aquí, por favor. Atravesaron una puerta de cristal y salieron a un pequeño balcón. El amable funcionario indicó con un amplio movimiento de su mano el espectacular panorama, mil metros cuadrados de hombres, mujeres, maquinaria y cintas transportadoras en movimiento. Dígame, ¿por dónde le gustaría empezar?
       De vuelta a su punto de partida por tercera vez, vio que Drake se había marchado. El banco estaba inmaculado y olía a alcohol. Tomó asiento. Le había enviado treinta libras a Miranda, tres billetes nuevos de diez libras, por correo certificado. También se arrepentía de eso. Las cinco libras extra ponían clarísimamente de manifiesto su sentimiento de culpabilidad. Pasó dos días escribiéndole una carta, titubeando, sin referirse a nada en particular, sensiblero. «Querida Miranda: El otro día oí un poco de música pop en la radio y se me ha quedado grabada la letra de una canción que…». No podía concebir respuesta alguna para una carta semejante. Pero llegó unos diez días más tarde. «Querido papá: Gracias por el dinero. Me compré un Musivox Júnior, igual que mi amiga Charmian. Con todo mi amor, Miranda. P. D. Tiene dos altavoces».
       Ya en casa, preparó café, se lo llevó al estudio y quedó sumido en el ligero trance que le permitía trabajar durante tres horas y media sin pausa. Hizo la reseña de un opúsculo sobre las actitudes victorianas ante la menstruación, redactó otras tres páginas de un relato breve que tenía entre manos y escribió un poco en el diario que llevaba de modo intermitente. Tecleó, «polución nocturna como el último estertor de un anciano» y lo tachó. Sacó un grueso libro mayor de un cajón y en la columna del haber escribió: «Reseña: 1500 palabras. Relato breve: 1020 palabras. Diario: 60 palabras». Sacó un bolígrafo rojo de una caja donde ponía PLUMAS y puso fin al día con una raya; luego cerró el libro y lo devolvió a su cajón. Volvió a cubrir la máquina de escribir con la funda, devolvió el teléfono a su plataforma, recogió las cosas del café en una bandeja, se las llevó y cerró la puerta del estudio a sus espaldas; de esta guisa terminaba su ritual matutino, inalterado desde hacía veintitrés años.
       Recorrió rápidamente Oxford Street reuniendo regalos para el cumpleaños de su hija. Compró unos vaqueros, unas playeras con el diseño de la bandera americana, tres camisetas de colores con leyendas divertidas…
LLUEVE EN MI CORAZÓN, SIGO VIRGEN y OHIO STATE UNIVERSITY. En un tenderete le compró a una mujer un recipiente de porcelana con hierbas perfumadas, un juego de dados y un collar de abalorios de plástico. Compró un libro sobre heroínas, un juego con espejos, un cupón para discos por 5 libras, un pañuelo de seda y un pony de cristal. Como el pañuelo de seda le hizo pensar en ropa interior, volvió con decisión a la tienda.
       El silencio erótico y el tono pastel de la planta de ropa íntima despertaron en él una sensación de tabú; deseaba tumbarse en algún lugar. Vaciló a la entrada de la sección y se dio la vuelta. Compró una botella de colonia en otra planta y volvió a casa en un estado de lóbrega excitación. Dispuso los regalos sobre la mesa de la cocina y comprobó con aversión lo empalagosamente exagerados y paternalistas que eran. Durante varios minutos permaneció delante de la mesa de la cocina inspeccionando un objeto tras otro, en un intento de resucitar la convicción con la que lo había adquirido. Dejó a un lado el cupón para discos; el resto lo metió en una bolsa de deportes que arrojó dentro de un armario que había en el pasillo. Después se quitó los zapatos y los calcetines, se acostó en su cama sin hacer, examinó con el dedo la mancha incolora que se había solidificado sobre la sábana, y durmió hasta bien entrada la noche.

       Desnuda de cintura para arriba, Miranda Cooke estaba echada sobre la cama, con los brazos abiertos, la cara muy hundida en la almohada y la almohada prácticamente sepultada bajo sus cabellos rubios. Un transistor colocado en una silla junto a la cama repasaba metódicamente los veinte temas más vendidos. El sol del atardecer brillaba a través de unas cortinas cerradas y proyectaba sobre la habitación los tonos verdes de un acuario tropical. La diminuta Charmian, la amiga de Miranda, pasaba vigorosamente sus uñas hacia atrás y hacia delante por la pálida e inmaculada espalda de su amiga.
       Charmian también estaba desnuda, y el tiempo parecía haberse detenido. Alineadas junto al espejo del tocador, con los pies ocultos por los frascos y los tubos de cosméticos, y las manos levantadas en un gesto de sorpresa perpetuo, estaban las muñecas desechadas de la infancia de Miranda. Las caricias de Charmian se redujeron hasta llegar a la inmovilidad total; sus manos reposaban sobre la zona lumbar de su amiga. Miraba fijamente la pared de enfrente y se bamboleaba distraída mientras escuchaba:

… They're all locked in the nursery, […Están encerrados en la guardería,]
They got earphone heads, they got dirty necks,
[tienen cabezas como auriculares y el cuello sucio,]
They're so twentieth century
[¡son tan del siglo veinte!]

       —No sabía que eso estuviese de moda —dijo. Miranda volvió la cabeza y habló desde debajo de su cabello.
       —Ha vuelto —explicó—. La cantaban los Rolling Stones.

Don’cha think there’s a place for you [¿No crees que hay sitio para ti]
In between the sheets?
[entre las sábanas?]

       Cuando acabó la canción, Miranda hizo un comentario malhumorado sobre la histérica rutina del disc-jockey.
       —Te has parado. ¿Por qué has parado?
       —Llevaba siglos haciéndolo.
       —Dijiste que para mi cumpleaños lo harías durante media hora. Lo prometiste.
       Charmian volvió a empezar. Miranda, suspirando como quien no hace sino recibir lo que le corresponde, hundió la boca en la almohada. Fuera de la habitación se oía el dulce zumbido del tráfico, el ulular de la sirena de una ambulancia subió y bajó, un pájaro empezó a cantar, se detuvo, volvió a empezar, abajo, en alguna parte, sonó un timbre y después llamó una voz, una y otra vez, pasó otra sirena, esta vez más distante… ¡Qué lejos estaba todo aquello de la verdosa media luz donde se había detenido el tiempo, donde las uñas de Charmian recorrían suavemente la espalda de su amiga para celebrar su cumpleaños! La voz llegó otra vez hasta ellas. Miranda empezó a incorporarse.
       —Creo que mamá me llama. Habrá venido mi padre.
       Cuando llamó al timbre de la puerta principal de aquella casa donde había vivido durante dieciséis años, Stephen suponía que abriría su hija. Solía hacerlo. Pero lo hizo su mujer. Disfrutaba de una superioridad de tres peldaños de hormigón y echaba chispas por los ojos, esperó a que él hablase. Pero no había preparado nada.
       —¿Es…, está Miranda? —dijo por fin. Llego un poco tarde —añadió, y, arriesgándose, subió las escaleras. Hasta el último instante ella no se hizo a un lado y abrió la puerta un poco más.
       —Está arriba —dijo monótonamente, mientras Stephen trataba de pasar sin tocarla—. Vamos a la sala de estar.
       Stephen la siguió hasta aquella habitación cómoda e inalterada, cubierta desde el suelo hasta el techo de libros que él había dejado atrás. En una esquina, bajo la funda de lona, estaba su piano de cola. Stephen recorrió con la mano su borde curvilíneo. Señalando los libros, dijo:
       —Tendría que llevarme todo esto.
       —Tómate el tiempo que quieras —dijo ella mientras le servía un jerez. No corre prisa.
       Stephen se sentó ante el piano y levantó la funda.
       —¿Lo toca alguna de vosotras ahora?
       Ella atravesó la habitación con su copa y se colocó detrás de él.
       —Yo nunca tengo tiempo. Y a Miranda, de momento, no le interesa.
       Stephen extendió las manos para formar un acorde suave y duradero, lo prolongó con el pedal y escuchó cómo se desvanecía.
       —¿Sigue afinado?
       —Sí.
       Tocó algunos acordes más, empezó a improvisar una melodía, casi una melodía. No le habría importado olvidar aquello por lo que había ido y quedarse a solas tocando el piano durante una hora.
       —Llevo más de un año sin tocar —dijo a modo de explicación.
       Ahora su mujer estaba junto a la puerta, a punto de gritar para llamar a Miranda, y tuvo que volver a tomar aliento para decir:
       —¿De verdad? A mí me ha sonado bien. ¡Miranda! —gritó. —¡Miranda, Miranda!. Hizo un intervalo ascendente y descendente de tres notas, la tercera, más aguda que la primera, se desvaneció de forma interrogativa. Stephen tocó a su vez aquella melodía de tres notas y su mujer se detuvo bruscamente. Le lanzó una mirada incisiva.
       —Muy gracioso.
       —Tienes una voz muy musical —dijo Stephen, sin ironía. Ella se acercó más.
       —¿Sigues pensando pedirle a Miranda que pase unos días contigo? —Stephen cerró el piano y se resignó al inicio de las hostilidades.
       —¿Te la has estado trabajando, entonces? —Ella cruzó los brazos.
       —No se irá contigo. Sola no, en cualquier caso.
       —No hay espacio suficiente en el piso para que vengas tú también.
       —A Dios gracias.
       Stephen se levantó y alzó la mano como un jefe indio.
       —Dejémoslo —dijo—. Dejémoslo.
       Ella asintió y volvió a la puerta para llamar a su hija con un tono neutro, imposible de imitar. A continuación dijo en voz baja:
       —Hablo de Charmian. La amiga de Miranda.
       —¿Cómo es?
       Vaciló.
       —Está arriba. Ya la verás.
       —Ah…
       Se sentaron y permanecieron en silencio. Desde arriba le llegaron a Stephen risitas, el siseo familiar y lejano de las tuberías, la apertura y cierre de la puerta de un dormitorio. Cogió de la estantería un libro sobre sueños y se puso a hojearlo. Se dio cuenta de que su mujer salía de la sala, pero no levantó la vista. El sol del atardecer iluminó la habitación. «Una eyaculación durante el sueño indica la naturaleza sexual de todo ese sueño, por oscuro y extraño que parezca su contenido. Los sueños que culminan en eyaculación pueden revelar el objeto del deseo de quien lo sueña, así como sus conflictos interiores. El orgasmo no miente».
       —¡Hola, papá! —dijo Miranda—. Ésta es Charmian, mi amiga.
       La luz le daba en los ojos y al principio pensó que iban cogidas de la mano, como una madre y una hija, cuando se presentaron ante él, iluminadas a contraluz por el moribundo sol anaranjado, para que las saludara. Su silencio parecía tratar de disimular sus recientes risas. Stephen se levantó y abrazó a su hija. La notó cambiada al tocarla, más fuerte, quizá. Su olor también había cambiado; tenía por fin una vida privada de la que no tenía que dar cuenta a nadie. Sus brazos desnudos estaban muy calientes.
       —¡Feliz cumpleaños! —dijo Stephen, que cerró los ojos al estrecharla entre sus brazos, y luego se dispuso a saludar a la diminuta figura que había junto a ella. Dio un paso atrás sonriéndole y prácticamente se arrodilló en la alfombra para estrechar la mano de aquella figurilla con aspecto de muñeca que no levantaría más de un metro, cuyo rostro impasible y demasiado grande le devolvía firmemente la sonrisa.
       Lo primero que le dijo ella, con la mayor naturalidad, fue:
       —He leído uno de sus libros.
       Stephen volvió a sentarse. Las dos chicas seguían ante él como si desearan ser descritas y comparadas. A la camiseta de Miranda le faltaban varios centímetros para que le llegara a la cintura, y sus pechos cada vez más grandes impedían que el borde hiciera contacto con su vientre. Posó su mano de forma protectora sobre el hombro de su amiga.
       —¿De verdad? —dijo Stephen tras una breve pausa—. ¿Cuál?
       —El que trata sobre la evolución.
       —Ah… —Stephen sacó del bolsillo el sobre con el cupón para discos y se lo dio a Miranda—. No es gran cosa —dijo, y recordó la bolsa llena de regalos. Miranda se sentó en una silla para abrir su sobre. La enana, sin embargo, permaneció de pie delante de él, mirándolo fijamente. Acarició el dobladillo de su vestido de niña.
       —Miranda me ha hablado mucho de usted —dijo en tono amable. Miranda levantó la vista y se rió.
       —No es cierto —protestó. Charmian prosiguió.
       —Está muy orgullosa de usted. —Miranda se ruborizó. Stephen se preguntó qué edad tendría Charmian.
       —No le he dado demasiados motivos para estarlo —dijo, sin saber por qué, y señaló la habitación para indicar la naturaleza de su estado doméstico. La diminuta muchacha seguía mirándolo pacientemente a los ojos y, por un momento, Stephen se sintió al borde de la confesión total. Durante mi matrimonio jamás pude satisfacer a mi mujer, ¿sabes? Sus orgasmos me daban pánico.
       Miranda había descubierto su regalo. Abandonó la silla dando un gritito, le meció la cabeza entre las manos y se inclinó para besarle en la oreja.
       —¡Gracias! —murmuró con vehemencia. ¡Gracias, gracias! —Charmian dio un par de pasos más hasta casi meterse entre las rodillas separadas de Stephen. Miranda se sentó sobre el brazo del sillón. Estaba oscureciendo. Stephen sintió el calor del cuerpo de Miranda sobre su cuello. Ella se deslizó un poco y descansó la cabeza sobre su hombro. Charmian pareció inquietarse.
       Miranda dijo:
       —Me alegro de que hayas venido. —Y recogió las rodillas para encogerse. Stephen oyó a su mujer ir de una habitación a otra. Rodeó el hombro de su hija con un brazo, procurando no tocarle los pechos, y la estrechó contra sí.
       —¿Vendrás a pasar unos días conmigo cuando empiecen las vacaciones?
       —Charmian también… —Habló con aire infantil, pero la entonación de sus palabras se situaba delicadamente entre la pregunta y la afirmación.
       —Charmian también —asintió Stephen. Si quiere.
       Charmian bajó la vista y dijo, solemnemente:
       —Gracias.
       Stephen hizo preparativos durante toda la semana siguiente. Barrió el suelo de la única habitación desocupada, limpió las ventanas y puso cortinas nuevas. Alquiló una televisión. Por las mañanas trabajaba con el embotamiento de costumbre y apuntaba sus logros en el libro mayor. Reunió fuerzas, por fin, para poner en orden lo que recordaba de su sueño. Los detalles parecían acumularse satisfactoriamente. Su mujer estaba en el café. Él la invitaba a un café. Una joven cogía una taza y la ponía en la cafetera. Pero, de repente, la cafetera era él, él llenaba la taza. Esta secuencia, ordenada y crípticamente transcrita en su diario, ahora le preocupaba menos. Tenía, o así lo creía, cierto potencial literario. Necesitaba desarrollarla, y, como no recordaba nada más, tendría que inventarse el resto. Pensó en Charmian, en lo pequeña que era, e inspeccionó cuidadosamente las sillas que había alrededor de la mesa del comedor. Era lo bastante pequeña para usar una silla alta. Escogió cuidadosamente dos cojines en un gran almacén. Desconfiaba del impulso de comprarles regalos a las chicas, y se resistió a hacerlo. Pero seguía queriendo hacer algo por ellas. ¿Qué podía hacer? Quitó pegotes de mugre ancestral de debajo del fregadero, limpió de moscas y arañas muertas las lámparas, puso a hervir fétidos paños para secar los platos, compró una escobilla para el retrete y rascó las incrustaciones de la taza. Cosas en las que nunca se fijarían. ¿Era posible que chocheara de aquel modo? Habló con su mujer por teléfono.
       —No me habías hablado de Charmian.
       —No —asintió—. Es algo bastante reciente.
       —Bueno… —dijo Stephen, que no acababa de verlo claro—, ¿y qué te parece?
       —¿A mí? Muy bien —dijo ella, la mar de tranquila—. Son buenas amigas.
       Me está poniendo a prueba, pensó. Ella lo odiaba por su timidez, por su pasividad y por todas aquellas horas perdidas entre las sábanas. Le costó muchos años de matrimonio decírselo. Estaba harta de sus experimentos en literatura y de la ausencia de ellos en su vida. Lo odiaba. Y ahora tenía un amante, un amante vigoroso. Y, aun así, él hubiera querido decirle: ¿Te parece bien que nuestra preciosa hija tenga una amiga que debería estar en un circo o sirviendo el té en un burdel de lujo? Nuestra hija, rubia y de exquisita figura, nuestro tierno brote. ¿No resulta un poco repugnante?
       —Irán el jueves por la noche —dijo su mujer a modo de despedida.

       Cuando abrió la puerta, al principio Stephen sólo vio a Charmian; a continuación pudo distinguir a Miranda, que, más allá del estrecho círculo luminoso del recibidor, luchaba con las dos maletas. Charmian tenía las manos en las caderas y su pesada cabeza inclinada a un lado. Sin saludar, dijo:
       —Hemos tenido que coger un taxi; está esperando abajo.
       Stephen besó a su hija, la ayudó a entrar las maletas y bajó las escaleras para pagar el taxi. Cuando volvió, resollando un poco después de haber subido dos pisos, encontró cerrada la puerta. Llamó y tuvo que esperar. Fue Charmian quien abrió, y se interpuso en su camino.
       —No puede pasar —dijo solemnemente—. Tendrá que volver más tarde. E hizo ademán de cerrar la puerta.
       Riéndose con aquel tono suyo nasal y poco convincente, Stephen se abalanzó hacia ella, le pasó un brazo por la cintura y la levantó del suelo. Al mismo tiempo, entró en el piso y cerró la puerta a su espalda con el pie. Había pretendido subirla en alto, como a un crío, pero era pesada, pesaba como un adulto, y sus pies sólo se elevaron unos centímetros del suelo, no pudo levantarla más. Ella le golpeó la mano con los puños y gritó.
       —¡Baje… —la última sílaba fue interrumpida por el portazo. Stephen la soltó instantáneamente—… me! —dijo con suavidad.
       Permanecieron de pie bajo la luz del recibidor, ambos algo faltos de aliento. Por primera vez vio con claridad el rostro de Charmian. Tenía la cabeza en forma de proyectil y muy grande, el labio inferior permanentemente curvado hacia fuera e indicios de papada. Su nariz era chata y tenía la leve pelusilla gris de un incipiente bigote. Su cuello era grueso como el de un toro. Sus ojos eran grandes y serenos, muy separados y pardos, como los de un perro. Gracias a aquellos ojos no resultaba fea. Miranda se encontraba al otro extremo del largo pasillo. Vestía unos vaqueros lavados a la piedra y una camisa amarilla. Llevaba el pelo recogido en una trenza rematada con una cinta de tela vaquera azul. Se acercó y se puso de parte de su amiga.
       —A Charmian no le gusta que la levanten —explicó.
       Stephen las acompañó al cuarto de estar.
       —Lo siento —le dijo a Charmian, y por un instante posó la mano sobre su hombro. No lo sabía.
       —Bromeaba cuando he abierto la puerta —dijo ella sin alterarse.
       —Sí, claro —dijo Stephen con precipitación. Ya me lo imaginaba.
       Durante la cena, que Stephen había encargado a un restaurante italiano cercano, las chicas le hablaron de su colegio. Les permitió tomar un poco de vino y se rieron mucho, hasta el punto de agarrarse la una a la otra para no caerse de la silla. Apuntándose mutuamente, contaron una historia sobre su director, que se dedicaba a mirar bajo las faldas de las chicas. Stephen les explicó algunas anécdotas de cuando iba al colegio, o quizá de segunda mano, pero las contó bien y rieron encantadas. Se excitaron mucho. Le suplicaron que las dejara beber más vino. Él les dijo que con una copa era suficiente.
       Charmian y Miranda dijeron que fregarían ellas los platos. Stephen se arrellanó en un sillón con una gran copa de coñac, sosegado por el sonido impreciso de sus voces y el doméstico entrechocar de platos. Él vivía allí. Aquél era su hogar. Miranda le sirvió café. Lo colocó en la mesa con la fingida deferencia de una camarera.
       —¿Café, caballero? —dijo. Stephen le hizo sitio y ella se sentó junto a él. Pasaba con facilidad del estado de niña al de mujer. Encogió las piernas otra vez y se arrimó contra su enorme y velludo padre. Se había soltado la trenza y su pelo, dorado a la luz de la lámpara, se derramó sobre el pecho de Stephen.
       —¿En el colegio tienes novio? —preguntó Stephen.
       Ella negó con la cabeza y la mantuvo apretada contra su hombro.
       —No consigues encontrar novio, ¿eh? —insistió Stephen. Ella se incorporó de repente y se apartó el pelo de la cara.
       —Hay montones de chicos —dijo, enfadada—, montones, pero son tan estúpidos, tan vanidosos. —Nunca le había parecido tan grande la semejanza entre su mujer y su hija. Echaba chispas por los ojos mientras lo miraba. Lo incluía entre los chicos del colegio. Siempre están haciendo cosas.
       —¿Qué clase de cosas?
       Miranda meneó la cabeza con impaciencia.
       —No sé…, la manera que tienen de peinarse y doblar las rodillas.
       —¿Doblar las rodillas?
       —Sí. Cuando creen que los estás mirando. Se colocan delante de nuestra ventana y fingen que se peinan cuando lo único que hacen es mirarnos a nosotras y presumir. Así. Saltó del sillón y se acurrucó en el centro de la habitación, agachada como un cantante sobre un micrófono, ladeando grotescamente la cabeza y peinándose con movimientos largos y elaborados; dio un paso atrás, se pavoneó y volvió a peinarse. Era una imitación vertiginosa. Charmian también la miraba. Estaba en el quicio de la puerta con un café en cada mano.
       —¿Y tú qué, Charmian? —dijo Stephen, sin pensarlo—, ¿tienes novio?
       Charmian puso las tazas sobre la mesa y dijo:
       —Claro que no. —Y entonces levantó la vista y les sonrió a ambos con la tolerancia de una sabia anciana.

       Más tarde, Stephen les enseñó su dormitorio.
       —Sólo hay una cama —les dijo. Pensé que no os importaría compartirla.
       Era una cama enorme, de dos metros por dos, uno de los pocos objetos grandes que había salvado de su matrimonio. Las sábanas, de un rojo intenso y muy viejas, eran de una época en que las sábanas habitualmente eran blancas. Ahora no tenía interés por dormir entre ellas; eran un regalo de bodas. Charmian estaba cruzada sobre la cama, apenas ocupaba más espacio que una de las almohadas. Stephen les dio las buenas noches. Miranda lo siguió hasta el pasillo y se puso de puntillas para besarlo en la mejilla.
       — no eres presumido —le susurró mientras se aferraba a él. Stephen se quedó muy quieto. Ojalá volvieras a casa —añadió. Él la besó en la coronilla.
       —Ésta es mi casa —dijo. Ahora tienes dos casas.
       Se liberó de su abrazo y la condujo al dormitorio. Le apretó la mano.
       —Hasta mañana —dijo, la dejó allí y fue corriendo a su estudio. Se sentó, horrorizado, pero también exultante, por su erección. Pasaron diez minutos. Pensaba que debería sentirse sombrío, analítico; aquel asunto era serio. Pero quería cantar, quería tocar el piano, quería salir a pasear. No hizo nada de eso. Se quedó quieto, mirando fijamente al frente, sin pensar en nada en particular, y esperó a que el escalofrío de la excitación abandonase su vientre.
       Cuando lo hizo, se fue a la cama. Durmió mal. Durante muchas horas soñó a ratos, atormentado, que no podía conciliar el sueño. Se despertó del todo de aquellos sueños fragmentarios y lo rodeó una oscuridad absoluta. Entonces le pareció que llevaba un rato oyendo un ruido. No recordaba qué era, sólo que no le había gustado. Ahora todo estaba en silencio, y la oscuridad le zumbaba en los oídos. Quería mear, y por un instante tuvo miedo de abandonar la cama. Volvió a sentir, como le ocurría a menudo, la certeza de su propia muerte, pero ahora era de una muerte inmediata, a las 3.15 de la madrugada, tumbado e inmóvil, con la sábana subida alrededor del cuello y sintiendo ganas de orinar, como cualquier bicho viviente. Encendió la luz y fue al cuarto de baño. Su polla parecía pequeña entre sus manos, parda como una almendra y arrugada por el frío, o quizá por el temor. Sintió lástima de ella. Mientras meaba, el chorro se escindió en dos. Tiró un poco del prepucio y los chorros convergieron. Sintió lástima de sí mismo. Volvió a salir al pasillo, y, mientras cerraba a su espalda la puerta del cuarto de baño y cortaba el murmullo de la cisterna, volvió a oír aquel ruido, el ruido que había oído mientras dormía. Era un sonido tan olvidado, pero tan familiar, que sólo ahora, al avanzar con suma cautela por el pasillo, lo reconoció como el trasfondo de todos los demás sonidos, el marco de todas las ansiedades: el gemido de su mujer en pleno orgasmo o aproximándose a él. Se detuvo a varios metros del dormitorio de las chicas. Era un gemido grave, tamizado por una tos áspera y aullante, subía imperceptiblemente de tono por fracciones, después se apagaba y al final descendía, pero no mucho, aún más agudo que en sus inicios. No se atrevía a acercarse más a la puerta. Se esforzó por escuchar. Por fin se terminó y oyó chirriar un poco los muelles de la cama, y luego pisadas en el suelo. Vio girar el pomo de la puerta. Como alguien que está soñando, no hizo preguntas, olvidó su desnudez, no esperaba nada.
       Miranda entornó los ojos ante la luz. Sus cabellos rubios estaban desparramados. Su camisón de algodón blanco le llegaba hasta los tobillos y sus pliegues ocultaban el contorno de su cuerpo. Hubiera podido tener cualquier edad. Cruzó los brazos. Su padre seguía delante de ella, quieto, inmenso, con un pie delante del otro, como si se hubiera quedado congelado mientras daba un paso, con los brazos colgándole flaccidamente junto a los costados, sus desnudos pelos negros, su arrugado sexo color pardo, de almendra. Hubiera podido ser una niña o una mujer, hubiera podido tener cualquier edad. Ella dio un pasito al frente.
       —Papá —gimió—, no puedo dormir.
       Cogió de la mano a Stephen, que la llevó al dormitorio. Charmian estaba hecha una bola en el otro extremo de la cama, dándoles la espalda. ¿Estaría despierta, sería inocente? Stephen levantó la ropa de la cama y Miranda se deslizó entre las sábanas. Luego remetió la ropa y se sentó en el borde mientras ella se arreglaba el pelo.
       —A veces me asusto cuando me despierto en plena noche —dijo ella.
       —Yo también —dijo él, y se inclinó para besar suavemente sus labios.
       —Pero, en realidad, no hay nada que temer, ¿verdad?
       —No —dijo él. Nada.
       Ella se acomodó más entre las sábanas de intenso color rojo y se quedó mirándolo.
       —Cuéntame alguna cosa, cuéntame algo que me haga dormir.
       Stephen miró al otro lado, donde estaba Charmian.
       —Mañana puedes echar un vistazo en el armario del pasillo. Dentro hay una bolsa llena de regalos.
       —¿Para Charmian también?
       —Sí. —Escrutó su rostro, iluminado por la luz que venía del pasillo. Empezaba a notar el frío. Los compré para tu cumpleaños —añadió. Pero ella estaba dormida y casi sonriendo, y en la palidez de su garganta Stephen creyó ver un radiante campo de nieve blanca que, una mañana luminosa, cuando era un chiquillo de ocho años, no había osado mancillar con las huellas de sus pies.




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