Joyce Carol Oates
(Lockport, New York, 1938-)


Amante
(“Lover”)
Originalmente publicado en Granta (58: 4 de julio 1997)
Faithless: Tales of Transgression (2001)




      No sabrás quién soy, no verás mi rostro. A no ser que lo veas. Y entonces será demasiado tarde.
       Por fin había comenzado el deshielo de la primavera, y también su sangre volvía a latir. La tierra se derretía en arroyuelos impacientes y chispeantes como heridas.
       Como el hombre que había sido su amante habría reconocido su coche, compró otro.
       No uno conocido o el que supondrías, sino de una marca que no había tenido nunca, que no había conducido nunca, en la que nunca se había montado, una elegante berlina Saab nada llamativa. No era un nuevo modelo pero parecía, a simple vista, prístino, recién salido de la fábrica, intacto. A pleno sol relucía con el hermoso color verde del interior del océano, y en días nublados brillaba con un tono gris plomo metálico, quizá más bonito. Su chasis estaba diseñado para resistir hasta las peores colisiones. Contaba con una potente transmisión que, cuando conducía, vibraba a través de las suelas de sus pies sensibles, por sus tobillos, por sus piernas, por su vientre y por sus senos; por su columna hasta su cerebro. «Éste es un coche que cada día le gustará más —le dijo el vendedor de Saab—. Un coche con el que vivir». Ella sentía el eco del susurrante motor escondido como una agitación intensa y terrible, demasiado privada como para compartirla con cualquier desconocido.
       Era el fin de semana del Domingo de Ramos.
       Y ahora había llegado el deshielo. Kilómetros de pavimento brillante repleto de charcos, de goteo en staccato. Nubes hinchadas y amoratadas en lo alto y un olor penetrante a carne sucia, un olor sospechoso a gases del tubo de escape, gases como un sinnúmero de alientos exhalados de una intimidad incalificable. En este coche que respondía tan rápidamente a su mano como ningún otro que hubiera conducido.
       Era paciente y metódica. Tomó el camino que su antiguo amante hacía cinco noches a la semana desde su edificio de oficinas en la zona residencial de Pelham Junction hasta su casa en el barrio residencial de River Ridge; cinco kilómetros de carretera, por la Ruta 11, y nueve por una autovía, la I-96. Memorizó el camino, absorbiéndolo en su propia piel. A no ser que veas mi rostro. Y entonces será demasiado tarde. Sonrió; era una mujer que embellecía al sonreír. El destello de unos dientes blancos y perfectos.
       Y su cabello claro de color ceniza teñido ahora de un negro mate. Balanceándose suelto por su cara. Y gafas de sol, lentes casi negras que le enmascaraban la mitad del rostro. ¿Estaría dispuesta a morir con él? Aquélla era una pregunta crucial, socarrona. Se había quitado los zapatos en el coche; le gustaba la sensación de sus pies enfundados en las medias, la planta sensible contra el suelo y los pedales del Saab.
       A veces, cuando presionaba el pie contra el acelerador y sentía cómo el Saab parecía responder al instante a su más mínimo movimiento, experimentaba una punzada aguda de placer en la ingle, como una corriente eléctrica.
       No sabía, no recordaba las veces que había conducido a lo largo de todo el camino, saliendo por River Ridge y regresando hacia el sur por la I-96, como un piloto preparándose para una carrera peligrosa, ensayándola, plenamente consciente de que podría ser la última de su vida, de que podría ser mortal. A veces de día, pero con mayor frecuencia de noche, cuando conducía sin el impedimento del tráfico lento, el Saab era como un animal cautivo deleitándose con la libertad, ansiando circular a mayor velocidad. Como alguien paralizado, contemplaba la aguja del velocímetro subir más allá de ciento veinte hacia ciento treinta, y pasar de ciento treinta, arriesgándose a que le pusieran una multa en una zona de ciento veinte. A alta velocidad, la tristeza resulta algo ridícula.
       Fue durante la segunda semana de sus preparativos, el sábado casi a medianoche, cuando rebasó un accidente grave en su Saab. En dirección sur en la I-96, cerca de la salida del aeropuerto, cuatro carriles canalizados en uno, el tráfico retenido más de kilómetro y medio. Al acercarse, vio cómo dos ambulancias se alejaban de la mediana de hormigón repleta de cristales y metal, las sirenas ensordecedoras; varios coches patrulla rodeaban los restos humeantes, los faros carmesíes dando vueltas, las cegadoras luces rojas de bengala situadas en la calzada. Sin embargo, en cuanto se fueron las ambulancias, se restableció un silencio sobrecogedor. ¿Qué había ocurrido, quién estaba herido? ¿Quién había muerto? El Saab, ahora sobrio, era uno más del lento cauce al parecer interminable de una procesión funeraria de dolientes. Extraños contemplando fijamente los restos del accidente de otros extraños. Sólo la muerte, la muerte violenta e inesperada y espectacular, induce a tal silencio, a tal sobriedad. Ella no creía en Dios, ni en ninguna intervención sobrenatural en la grave situación de la humanidad, y sin embargo sus labios se movían en una oración, como faltos de voluntad. ¡Que Dios se apiade de ellos!
       La ventanilla de la conductora del Saab estaba bajada. No recordaba haberlo hecho, pero estaba asomada por ella, contemplando los restos del accidente, olisqueando, sus sensibles orificios nasales le escocían por el fuerte aunque estimulante olor a gasolina, aceite, humo; se sentía horrorizada y fascinada al contemplar lo que parecían tres vehículos aplastados juntos, chillonamente iluminados por las bengalas y las luces rojas giratorias. Dos coches, uno de los cuales parecía un utilitario extranjero, con toda probabilidad un Volvo, y el otro un coche americano más grande, ambos aplastados, con sus calandras y parabrisas y puertas hundidas; como si un niño gigante hubiera arrojado los coches con desprecio, burla, crueldad suprema desde una gran altura.
       El tercer vehículo, una limusina para traslados al aeropuerto, tenía menos desperfectos, su imponente rejilla de cromo arrugada y descolorida y su parabrisas agrietado como una tela de araña; sus puertas abiertas toscamente, como signos de exclamación. Le desilusionó que ya se hubieran llevado a las víctimas del accidente, no quedaba nadie más que los hombres uniformados que barrían los cristales y el metal aplastado, llamándose entre sí con aire de importancia, tomándose su tiempo para despejar el lugar del accidente y abrir de nuevo la autovía. El Saab avanzaba a algo menos de diez kilómetros por hora, con espacio para un vehículo entre él y el que le precedía, como si se mostrara reacio a abandonar el lugar del accidente, aunque un agente de policía le dirigía señas imperativas para que avanzara y, tras ella, un conductor impaciente tocaba el claxon.
       La impecable limusina negra extralarga era del tipo que su antiguo amante utilizaba con frecuencia para ir y volver del aeropuerto una media de tres veces al mes; en varias ocasiones, al principio de su relación, le había acompañado: los dos íntimos y ocultos en el lujoso asiento trasero, escudados por las ventanillas tintadas, susurrando y riendo juntos, sus alientos endulzados por el alcohol, las manos recorriéndose libremente el uno al otro. Con cuánta impaciencia, con cuánta avidez se tocaban. Si hubiese ocurrido entonces. Si nosotros dos. Entonces. Se le saltaban las lágrimas, la oportunidad perdida.

       Al día siguiente durmió hasta tarde, se despertó aturdida al mediodía. Un día resplandeciente y frío y limpio, y el sol deslumbrando en el cielo como un faro. Era el Domingo de Resurrección.
       El hombre que había sido su amante, a quien había querido, era un ejecutivo en una empresa inversora cuyas oficinas centrales estaban situadas en un parque empresarial a la salida de la Ruta 11. Bellamente ajardinada, como una ciudad en miniatura, aquel complejo de nuevos edificios de oficinas relucía como un adorno de un árbol de Navidad de color ámbar. Cinco años antes no existía. En el terreno nivelado, excavado y ajardinado de la Ruta 11, en la zona norte de Nueva Jersey, crecían nuevas ciudades de aspecto lunar cada pocos meses, rodeadas de entradas para los automóviles destellantes y metódicamente aparcados.
       Había visitado a su antiguo amante en su oficina en la última planta, la octava, de su reluciente edificio de cristal y aluminio; había memorizado el recorrido por el laberinto del parque empresarial, pasados los cruces, pasado un estanque hundido y los sauces llorones; no podía atraer la mirada no deseada de algún guardia de seguridad. Pero en su elegante Saab, con ropa de calidad, el cabello cuidadosamente peinado y las gafas de sol, con el rostro imperturbable e inteligente, con su porte, parecía la viva estampa de una de las habitantes de Pelham Park, una joven gerente, una analista informática o quizá una ejecutiva. Por supuesto que tendría su propia plaza de aparcamiento. Sabría adónde dirigirse.
       La plaza de aparcamiento que su antiguo amante tenía asignada estaba cerca del edificio de oficinas. No tuvo que preocuparse por si, al igual que ella, él había adquirido un nuevo coche: el suyo se podía identificar por el aparcamiento asignado; en todo caso, había memorizado la matrícula.
       También había memorizado su número de teléfono. Sin embargo, no lo había marcado ni una vez desde que él se deshizo de ella. El orgullo no le permitiría arriesgarse a sufrir ese dolor, adivinando que había cambiado el número.
       No verás mi rostro. No sabrás quién soy.
       Durante la semana salía de la oficina poco después de las seis y cuarto de la tarde, y antes de las siete cruzaba con paso rápido hacia su coche, un Mercedes plateado, y salía conduciendo por el noroeste hacia River Ridge. (Menos los días en que estaba de viaje. Pero, por supuesto, le bastaba un vistazo para saber cuándo estaba fuera.) El Mercedes provocaba en ella una oleada de repugnancia; era un coche que conocía bien, en el que había viajado en muchas ocasiones. Al verlo se dio cuenta, como no había hecho del todo hasta entonces, de que él, su antiguo amante, no había sentido la necesidad de modificar nada en su vida desde que se deshizo de ella; su vida continuaba como antes, su vida profesional, su vida familiar en River Ridge en una casa que no había visto ni vería jamás; nada se había modificado en él, sobre todo nada en su alma, salvo la presencia de ella de la que él se había desprendido como quien se quita un abrigo con un movimiento de hombros. Un abrigo pasado de moda, que ya no es deseable.
       Daba vueltas por el aparcamiento, que estaba dividido en secciones, cada una de ellas rodeada por hileras de césped verde, brillante y finamente engranado como si fuera artificial aunque de hecho era real, y flores primaverales de colores intensos. Esperaba a una distancia prudencial. Sabía que vendría, que debía venir. Y cuando lo hacía, le seguía con bastante calma en el Saab, entregándose a los instintos del motor bien ajustado, el salpicadero de indicadores que brillaban con su propia inteligencia, con su propia voluntad. Sabrás quién soy. Lo sabrás. La primera vez le siguió por la Ruta 11 hasta la salida de la I-96; iba varios vehículos detrás de él, sin que éste lo advirtiera, por supuesto. La segunda vez lo siguió por la I-96, que resultó más difícil, nuevamente con varios vehículos entre ellos, y en la autovía el Saab aceleró deprisa, impaciente por tener que frenarse, para luego cambiarse al carril rápido exterior y adelantar al Mercedes (que circulaba aproximadamente al límite de velocidad en el carril de en medio) y proseguir, reduciendo la velocidad poco a poco, pasada la salida 33 que él tomó para dirigirse a River Ridge; aquella vez tampoco la vio, claro, ¿qué motivo habría tenido para darse cuenta? Incluso si la hubiera visto en su veloz Saab, no habría sido capaz de identificarla con su nuevo cabello negro mate y sus gafas oscuras de tamaño extragrande.
       La tercera vez lo siguió en un repentino diluvio de abril que rápidamente se convirtió en granizo, las piedras rebotaban alegremente en la calzada como bolas de naftalina animadas, rebotaban sobre el capó y el techo plateado del Mercedes, rebotaban sobre el capó y el techo del Saab, de un color líquidamente oscuro. Tenía ganas de reír, nerviosa, entusiasmada como una niña, audaz, en el carril rápido, para reducir la velocidad y colocarse inmediatamente detrás de él en el carril de en medio, siguiéndole inadvertida durante nueve millas exactas, burlonamente, a su misma velocidad, que era de ciento once kilómetros por hora; cuando él salió de la autovía hacia River Ridge, el Saab se había visto atraído hacia él a su paso, y ella tuvo que dar un volantazo para evitar seguirle por la rampa. ¡Nunca lo supiste! Y sin embargo, debes saberlo.
       A veces paseaba por la autovía después de que él se hubiera ido. Se sentía tan extraña e inesperadamente feliz. Sujeta con el cinturón de seguridad en el mullido asiento gris paloma del Saab, una cinta sobre sus piernas, oblicua entre sus senos, ceñida, tanto como podía soportar, sujetándola segura. Fue al volante del Saab, adelantando un segundo y un tercer accidente, cuando entendió que no hay accidentes, sino sólo destino. Lo que la humanidad llama accidente no es más que el malentendido destino.
       Ahora que los días eran más cálidos, se sentía desnuda bajo sus ropas. Ahora que por fin había llegado el deshielo, la tierra brillaba por doquier con superficies que relucían al derretirse, charcos como espejos tornasolados por el aceite. ¡Tan feliz! No puedes saberlo. Suponía que su antiguo amante pensaba que había desaparecido o fallecido. Le dijo que le preocupaba que ella se sintiera al borde del suicidio —con qué desdén pronunció la palabra, como si sus simples sílabas fueran ofensivas— y ahora pensaría, por supuesto, que había muerto. Si es que pensaba en ella.
       Desnuda bajo sus ropas, que eran holgadas y sin embargo ceñidas al cuerpo, sensuales contra su piel. Sus nalgas presionadas sobre el asiento mullido del conductor, sus muslos cubiertos ligeramente por la delgada tela sedosa y sintética de su falda. (Ya que siempre llevaba falda o vestido, nunca pantalones.) Sus piernas desnudas, blancas por el invierno pero suaves, delgadas y gráciles como las elegantes líneas del interior del Saab. Se quitó los zapatos de tacón, los colocó en el asiento del pasajero, le gustaba conducir descalza, la intimidad de su piel contra el acelerador y el freno. A veces, por la noche, los camioneros se situaban a su lado, aunque ella fuera en el carril externo, de alta velocidad, esos extraños en sus cabinas elevadas y dominantes, difícilmente visibles para ella, manteniendo la misma velocidad que ella durante largos minutos cargados de tensión, mirándola desde arriba, lo que podían vislumbrar de su delgado cuerpo, sus piernas desnudas de un brillo fantasmal a la luz del salpicadero del Saab, le hablaban, claro está, susurrándole dulces palabras de desquiciada obscenidad que ella no podía oír y que no necesita oír para entenderlas. ¡Ahora no, todavía no! Y tú no.
       Una vez, sollozando en la noche. Sus nudillos amortiguaban el sonido. Y la almohada húmeda por su saliva. Y sintió las manos de él sobre ella. Dormido, sus manos buscándola a tientas. Sin saber quién era, quizá. Su identidad exacta, como en la profundidad del sueño, incluso en su sueño más íntimo, al yacer desnudos junto a otro a veces olvidamos la identidad del otro. Y sin embargo, él había advertido su presencia, y sus manos la habían buscado para tranquilizarla, para calmarla. Para que dejase de sollozar.

       Semanas después del Domingo de Ramos y de que el Saab hubiese entrado en su vida. Un atardecer suave y neblinoso de un mes cuyo nombre no podría decir.
       Para entonces había memorizado el trayecto, cada fracción de cada kilómetro del itinerario, lo había absorbido en su cerebro, en su piel misma. La secuencia exacta de las rampas de salida, la sucesión de señales elevadas que podría recitar como el rosario, los tramos de mediana de hormigón y los tramos de mediana de césped y hierbajos; que más allá de la salida 23 de la I-96 había, en el arcén de la carretera, un montón de vidrios rotos como piedras semipreciosas finamente machacadas, parte de un parachoques oxidado, tiras retorcidas de metal que semejaban los restos del triciclo de un niño. Y en un paso subterráneo de tren cerca de la salida 29, un curioso tapacubos desfigurado como una calavera cuidadosamente partida en dos. De día podían verse escondidas en ciertos tramos de la calzada, tanto en la Ruta 11 como en la I-96, manchas jeroglíficas, un estampado de manchas, de aceite o gasolina o sangre o una combinación de ellos, cocidas en el hormigón, apreciables como mensajes codificados sólo a la vista más aguda. Y en la salida 30, donde tenía que recorrer una curva muy cerrada, espeluznante y excitante como una atracción de feria si tu coche circulaba a más de treinta kilómetros por hora, rodeando una zona pantanosa de hermosos juncos y totoras de casi dos metros de altura, en su centro charcos de agua estancada, negra y viscosa como el aceite en los días más soleados. Qué atraída se sentía, qué inesperado su anhelo, hacia esos focos poco frecuentes que quedaban de «naturaleza», vestigios del paisaje original en el que, en teoría y quizá de hecho, un cuerpo podría ocultarse durante años; un cuerpo descomponiéndose silenciosamente durante años, nunca descubierto aunque cientos, miles de personas pasen junto a él cada día. Pero en una tierra de nadie así, en el mismo centro del complejo sistema de autopistas, nunca se aventuran los peatones.
       Esperaba a partir de las seis de la tarde hasta que, a las 18.50, aparecía su antiguo amante. Con su maletín, caminando apresuradamente hacia su coche. Sin mirar. Mientras, permanecía sentada en el Saab, con el motor apagado, a unos cincuenta metros de distancia, fumando un cigarrillo con calma, sin mostrar inquietud alguna, ni siquiera un interés despierto; sabiéndose disfrazada a la perfección, su cabello negro mate elegantemente peinado que le cubría parte del rostro. Su maquillaje inmaculado como una máscara, su boca tranquila, sus ojos ocultos por las gafas oscuras. Llevaba las uñas cortas pero arregladas con esmero, pintadas en un tono berenjena oscuro que hacía juego con su pintalabios. Calmada, sin prisas, girando la llave en el encendido, sintiendo la rápida respuesta punzante del motor del Saab al despertar, saltando a la vida.
       Sí, ahora. Ha llegado el momento.
       Le había precedido una noche de insomnio, una noche de circular por la I-96, pero se sentía del todo restablecida, descansada. Sujeta con fuerza en el asiento del pasajero como un piloto al mando de un pequeño avión, y sin embargo controlado por éste; fijo en su sitio, confiando en una maquinaria exquisitamente fabricada y a punto.
       Siguió a su antiguo amante a una distancia prudencial por los carriles serpenteantes de Pelham Park. Esperó un momento para permitir que se incorporara al tráfico por la Ruta 11 en dirección norte. Después le siguió con total naturalidad. Una vez en la autopista, aproximadamente kilómetro y medio después de entrar, el Saab pidió más movilidad, más velocidad, así que cambió al carril rápido exterior; había bajado las dos ventanillas delanteras, su cabello azotándose en el aire sulfuroso por la gasolina, y había comenzado a respirar aceleradamente. No había vuelta atrás; el Saab apuntaba como un misil. El Mercedes circulaba a algo más de cien kilómetros por hora en el carril de en medio; su antiguo amante estaría escuchando las noticias, con las ventanillas subidas y el aire acondicionado encendido. Era un atardecer neblinoso; en lo alto, enormes nubes metálicas de tormenta como una herida; al oeste, en el horizonte, brillantes rayos de sol teñidos de rojo como una naranja podrida; el cielo reflejo de los residuos industriales aparecía veteado con una belleza que, al vivir en otro sitio, nunca había visto. Gradualmente, el aire neblinoso se convirtió en una ligera llovizna, los limpiaparabrisas estaban encendidos con el ritmo más lento de los tres de que disponía, un movimiento acariciador, hipnótico e insistente. Estaba rebasando al Mercedes a toda velocidad y saldría siguiéndolo de cerca por la I-96; una vez en la I-96 volvería a situarse en el carril rápido para adelantar a los vehículos más lentos incluido el Mercedes, que formaba parte de una sucesión de coches a los que ella no tendría que mirar. Disponía de poco menos de nueve kilómetros en los que actuar.
       Cuántas veces lo había ensayado. Sin embargo, una vez en la carretera, con la excitación de la velocidad y la elegancia del Saab, confiaría en su instinto, en su intuición. Conservaba siempre a la vista en su espejo retrovisor el sobrio coche plateado, incluso manteniendo una mayor velocidad; su cabello ondeante en su rostro acalorado, sus mechones atrapados en la boca. Le ardían los ojos como si fuesen faros; la inundaba un bramido que bien podría ser el recorrido de su sangre febril, el sonido del motor de su Saab. A alta velocidad, la tristeza no es una posibilidad seria.
       Él no la había amado lo suficiente como para morir con ella; ahora lo pagaría. Y otros pagarían también.
       El brillante velocímetro del elegante salpicadero del Saab marcaba ciento quince kilómetros por hora; el Mercedes, dos coches más atrás, circulaba más o menos al mismo ritmo. Ella habría preferido que hubiese sido a mayor velocidad, al menos a ciento treinta, pero no tenía otra opción; no había vuelta atrás. Su cuerpo en tensión se había cubierto de puntitos de sudor, bajo sus brazos, en el calor del pulso entre sus piernas, en la frente y en el labio superior. Le faltaba el aliento, como si hubiera estado corriendo o en la agonía del sexo.
       Cambió de carril, moviendo el Saab al de la derecha tan bruscamente que no tuvo tiempo de activar el intermitente, y el conductor del coche que circulaba en aquel carril protestó haciendo sonar su claxon. Pero sabía lo que iba a hacer y no iba a dejarse disuadir, permitió que dos coches la adelantaran desde el carril del Mercedes; después pasó a ese mismo carril, de modo que ahora se encontraba justo delante del Mercedes, con aproximadamente dos coches de distancia entre ellos. Ahora llovía con más fuerza. El limpiaparabrisas del Saab se movía con mayor rapidez, en arcos veloces, hábiles, persuasivos, aunque no recordaba haberlo ajustado. La lluvia corría por el vidrio curvado en un dibujo serpenteante y sensual. En el retrovisor, el Mercedes aparecía luminoso en la lluvia, sus faros eran aureolas de luz deslumbrante, y mirando su imagen experimentó una sensación punzante en la ingle. Creyó poder ver, a través del parabrisas bañado de lluvia, el pálido óvalo del rostro de un hombre; un rostro severo; el rostro del hombre que había sido su amante durante un año, once meses y doce días; y sin embargo, quizá no podría haber identificado aquel rostro; quizá fuera el de un extraño. Con todo, el Saab la empujaba hacia delante; casi llegaba a imaginar que el Saab también empujaba al Mercedes. Estaba confusa, sorprendida: era como las matemáticas de bachillerato; si el Saab frenaba de repente, provocando que el Mercedes lo embistiera por detrás, ¿con qué fuerza le golpearía éste? No con la de un choque frontal, por supuesto, ya que ambos vehículos circulaban a toda velocidad en el mismo sentido. ¿Virarían los dos bruscamente hacia otro carril o carriles? ¿Y qué otros vehículos se verían involucrados? ¿Cuántas personas, desconocidas entre sí en este momento, resultarían heridas? ¿Cuántas lesiones, cuántas víctimas? De entre una infinidad de posibilidades, sólo podría ocurrir un conjunto de fenómenos. Aquella reflexión la dejó sin aliento, mareada; se sentía al borde de un abismo mirando fijamente… ¿hacia dónde?
       Fue entonces cuando vio, en el retrovisor bañado por la lluvia, otro vehículo que se acercaba a toda velocidad desde detrás. ¡Una moto! Una Harley-Davidson, a juzgar por su aspecto. El motero era una figura encorvada de cuero negro, su cabeza cubierta por un casco y unas brillantes gafas protectoras; parecía no darse cuenta de la lluvia, zigzagueando entre los carriles, con atrevimiento, imprudentemente, cruzándose delante de una furgoneta de reparto, provocando una terrible respuesta en forma de claxon, dejando el carril de nuevo para entrar en el de la derecha del Saab, justo tras él. Aceleró rápidamente para permitir que el motorista se situara detrás de ella si así lo deseaba; no tenía duda alguna de que lo haría, y así fue; en dirección al carril rápido del extremo demostrando una imponente habilidad de conducción y atrevimiento. ¡Y lloviendo! Pero a él no le importa morir. Porque no puede hacerse de otro modo.
       Sintió un potente anhelo sexual por él, aquel extraño encorvado y barbudo en su absurdo traje de cuero, aquel extraño al que nunca llegaría a conocer.

       Actuar rápida, intuitivamente. Ya que se aproximaba a la salida 31, con sus dos carriles de salida obligatoria; muchos vehículos de la I-96 se prepararán para salir, cambiando de situación, provocando que una constelación de tráfico se modifique de manera irrevocable. En unos segundos el motorista se habrá alejado ruidosamente, habrá desaparecido. En el maravilloso período de tiempo que quedaba, sintió cómo un riachuelo de humedad se deslizaba por el lado izquierdo de su rostro, como un chorro de sangre que no se atrevía a limpiar, mientras aferraba el volante con tanta fuerza que le dolían los nudillos. Vio con admiración que el Saab estaba libre de las debilidades humanas; su maquinaria exquisita no estaba programada para contener apego alguno a la existencia, cualquier terror a la aniquilación; ya que el tiempo daba vueltas sobre sí mismo a una velocidad tal que quizá el Saab y su conductora extasiada ya habían sido aniquilados en un choque de múltiples vehículos entre los que se encontraban la Harley-Davidson, el Mercedes y otros coches; quizá fuera cuestión de indiferencia a que el cataclismo ya se hubiera producido o estuviera destinado a ocurrir en los minutos siguientes o, sin lógica alguna, no llegara a producirse. Pero su pie descalzo presionaba el freno; sus dedos fríos por el miedo, presionando el freno del Saab como una mujer apretaría juguetona, de forma provocadora, su pie descalzo contra el de su amante; una rápida presión, y después la relajación; maniobrando para situarse, preparándose para cambiar al carril izquierdo, el motorista podría no haberse dado cuenta, ya que un deportivo con el suelo bajo se acercaba en aquel carril desde un trémulo resplandor de faros, bastante rápido, tal vez a ciento treinta kilómetros por hora, sus luces cegadoras en la lluvia; el motorista calculaba rápidamente si tendría tiempo de cambiar de carril, o si era mejor que esperara a que el deportivo adelantase; estaba distraído, no advertía el comportamiento errático del Saab a unos pocos metros delante de él; presionó el freno una tercera vez, con más fuerza. De modo inconfundible, el Saab dio una violenta sacudida en forma de balanceo, y se produjo un chirrido de frenos que podría haber sido del Saab o de otro vehículo; la Harley-Davidson frenó, patinó, viró con brusquedad, pareció ladearse y volver a enderezarse, o casi; ella llegó a atisbar el rostro sorprendentemente joven del hombre de la barba, sus ojos incrédulos abiertos de par en par y sorprendidos bajo las gafas protectoras, en su espejo retrovisor, durante la misma fracción de segundo en la que el Saab se alejaba del peligro, como una gacela de un salto. Un segundo después, el Saab había desaparecido, y a su paso se produjeron vertiginosos patinazos tambaleantes, bruscos virajes, el sonido desesperado de los cláxones; mareada por la excitación pisó el acelerador hasta el suelo, poniendo el Saab a ciento treinta, ciento treinta y cinco, las llantas delanteras del coche temblando contra la calzada resbaladiza por la lluvia pero consiguiendo agarrarse a la superficie, mientras aparecía tras él la motocicleta que había virado bruscamente al carril exterior, y el deportivo giraba para evitar un choque directo y, sin embargo, ambos vehículos se acercaron a la mediana, y allí chocaron y se estrellaron; al mismo tiempo, el Mercedes, muy cerca, detrás de la motocicleta, se había situado a ciegas en el carril que tenía a la derecha, y lo que parecía ser una furgoneta de reparto, contra la que había conseguido evitar el choque por muy poco. El Mercedes y la furgoneta y una cadena de vehículos aturdidos y siniestrados redujeron la velocidad, frenando como animales heridos, pasando junto a los restos en llamas que se designarían como el lugar del accidente. Contempló el espectáculo en miniatura, encogiéndose rápidamente en el espejo retrovisor y en su espejo exterior; por entonces el Saab salía de la autovía, agotado, seguro; intentaba recuperar el aliento, riendo, sollozando, deteniéndose finalmente en un lugar que le resultaba desconocido, próximo a una alcantarilla o un paso subterráneo que olía a agua salobre y rodeado de cardos mecidos por el viento, y su médula espinal estaba arqueada como un arco en un delirio de placer gastado y de agotamiento; sus dedos bruscos entre sus piernas intentando contener, reducir, las frenéticas palpitaciones.
       La próxima vez, se consoló.


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