Joyce Carol Oates
(Lockport, New York, 1938-)


Fea
(“Ugly”)
Originalmente publicado, como «Ugly Girl») en The Paris Review(N. 143, verano 1997)
Faithless: Tales of Transgression (2001)



1

      Supe que había algo sospechoso en la forma en la que conseguí mi empleo de camarera en el hotel Sandy Hook. Había un cartel en la ventana delantera, SE NECESITA CAMARERA INFORMACIÓN EN EL INTERIOR, así que entré, me limité a entrar directamente de la calle sin molestarme en cepillarme el cabello enredado y despeinado por el viento ni en cambiarme la ropa sudada; me dije que no importaba. Me hacía mucha falta conseguir un empleo. Hacía cinco meses que me había mudado de casa de mis padres para siempre, y durante ese tiempo había tenido dos trabajos, pero todavía era testaruda, fatalista, o estaba resignada; otras chicas con la piel como la mía se habrían cubierto la cara de maquillaje y se habrían pintado los labios, sin embargo mi filosofía era qué más da. Una filosofía profunda e infalible que me ha guiado toda la vida. Y en el hotel Sandy Hook tuve lo que se supondría una entrevista seria con el encargado y propietario, el señor Yardboro, aquel hombre de la edad de mi padre, de pecho fuerte y fornido, que llevaba una elegante camisa de punto y bañador tipo bermuda, cara de bulldog y ojos groseros, y que preguntaba de dónde era, cuántos años tenía, cuál era mi experiencia en el sector de la hostelería, todo ello mientras apoyaba los codos en el mostrador junto a la caja registradora (nos encontrábamos en la parte delantera de la cafetería que está abierta todo el año, un lugar que me sorprendió por ser muy corriente), con un palillo en la boca y contemplando mi cuerpo de arriba abajo como si estuviera de pie desnuda ante él, el muy hijo de puta. Ni siquiera tuvo la consideración de pedirme que me sentara en un taburete, de invitarme a una taza de café. (Él estaba tomando uno.) Era difícil entender por qué había tanto ruido en la cafetería, ya que al menos la mitad de los reservados y taburetes se hallaban vacíos. Un día laborable a media mañana justo después del Día del Trabajo y en Sandy Hook, un pequeño pueblo costero a sesenta y cinco kilómetros al norte de Atlantic City, ya era temporada baja. Un viento húmedo como saliva empujaba arena y basura por las estrechas calles; había mucho sitio para aparcar en Main Street y en el muelle Sandy Hook. Todo tenía ese aspecto hortera de haberse quedado atrás que atrae instintivamente a los perdedores, incluso a los jóvenes. En la cafetería había un fuerte olor a grasa caliente, tabaco y algo dulce y aceitoso que más adelante descubrí que era el ungüento que el señor Yardboro se frotaba en los antebrazos y en la cara enrojecida para prevenir el cáncer de piel. Y un marcado tufo acre que procedía de las axilas de aquel hombre y quizá también de la entrepierna.
       —Cariño, acabo de acordarme de que el puesto ya está cubierto, tendrían que haber quitado el cartel —dijo el señor Yardboro con una sonrisa de satisfacción, como si la entrevista hubiese sido una broma, y yo debí de parecer sorprendida (pensaba que por entonces ya había aprendido a ocultar mis sentimientos, pero supongo que no siempre lo conseguía), así que añadió—: ¿Por qué no dejas tu número de teléfono por si acaso?
       Como por caridad. Como si yo fuera un perro miedoso que se hubiera arrastrado hasta allí y se postrara a sus pies para darle lástima. Me sonrojé como si me hubiera escaldado el rostro con agua caliente y pensé: Vete a la mierda, tío, pero di las gracias al señor Yardboro y escribí a toda prisa mi número de teléfono en el reverso de un recibo roto que él me había acercado. Consciente de la mirada fija del hombre sobre mis pechos, con aquella camiseta de tirantes holgada, mientras me apoyaba sobre el mostrador para escribir, sin más remedio que inclinarme, y las rodillas desnudas apretadas con fuerza como si aquello pudiera hacerlas más delgadas.
       Dos días después sonó el teléfono. Una mujer preguntaba si yo era la chica que había solicitado el puesto de camarera en el hotel Sandy Hook. Resultó que olvidé incluir mi nombre (!), así que respondí afirmativamente y ella me preguntó si podía empezar a trabajar a las siete de la mañana al día siguiente, y le contesté, intentando no tartamudear por la emoción:
       —¡Sí! ¡Gracias! Allí estaré.



2

      Mis sospechas no eran infundadas: al parecer no habían contratado a nadie cuando me entrevistaron.
       Maxine, la mujer que me llamó, era prima del propietario y encargado y su «socia» en el hotel, y rió negando cariñosamente con la cabeza cuando le dije que el señor Yardboro me había dicho que el puesto ya estaba cubierto.
       —Ah, eso no es más que uno de los juegos de Lee, no tienes que tomártelo al pie de la letra. Bromea mucho pero no lo hace con mala fe.
       Sonreí para demostrar que era buena gente. De todos modos, estaba sorprendida.
       —¿Quizá el señor Yardboro esperaba contratar a alguien más capacitado que yo? —dije—. ¿Más guapa?
       —Ah, no —contestó Maxine riendo—. Lee no sólo tiene debilidad por las chicas monas, créeme. Sobre todo las contratamos durante el verano… universitarias. Pero la clientela de la temporada baja es distinta y a veces la cafetería puede ser un lugar duro y una chica mona no funciona. Demasiado sensibles, y no son lo bastante fuertes para llevar las pesadas bandejas, y no quieren ensuciarse las manos. Francamente, no pueden soportar la presión.
       Hablaba de manera cariñosa, con vehemencia. Nos sonreímos. Ambas éramos mujeres poco atractivas. Maxine tenía cuarenta y muchos; yo, veintiuno.



3

      En el comedor llevaba un uniforme de camarera de nylon azul claro con HOTEL SANDY HOOK y un ancla cosida sobre mi seno derecho, y en la cafetería podía ponerme mi ropa, me dijo Maxine. Incluso podía ir con tejanos siempre que no parecieran sucios.
       —Lo principal para ser camarera es ser eficiente y sonreír, por supuesto. Verás que una cosa sin la otra no basta —dijo Maxine sin rastro alguno de ironía.
       Había trabajado como camarera anteriormente, a tiempo parcial, mientras tomaba clases de empresariales en la universidad de mi ciudad. No había contado al señor Yardboro los detalles de mi breve experiencia en un restaurante situado junto a una estación de autobuses Greyhound, donde los platos resbalaban entre mis torpes dedos y acababan haciéndose añicos en el suelo y donde más de una vez derramé café ardiendo en el mostrador y sobre algún cliente. En aquella época, con diecinueve años, tomaba pastillas para adelgazar, esas que compras sin receta en la farmacia, y sus efectos secundarios afectaron curiosamente a mi capacidad visual: veía halos relucientes alrededor de las lámparas y aureolas sobre la cabeza de la gente que me cautivaban y casi paralizaban mis reflejos. Al mismo tiempo, el resto del mundo giraba a alta velocidad. Las pastillas no conseguían contener mi apetito sino que me daban hambre de forma desesperada. Devoraba las sobras de los platos de los clientes en secreto. Me despidieron a los doce días. Es posible que los últimos platos no se me cayeran por accidente.
       Mi trabajo como camarera en el hotel Sandy Hook no fue lo que esperaba. Había imaginado trabajar en un comedor espacioso y despejado con vistas al océano, pero el comedor del hotel Sandy Hook daba a un puerto deportivo con pequeños barcos de apariencia destartalada con nombres como ¡Barco a la vista! y Mad Max II. Después del Día del Trabajo, el comedor únicamente abría los fines de semana, y los domingos sólo para el almuerzo a media mañana. La mayor parte de mis horas las hacía los domingos, cuando trabajar como camarera se reducía a los servicios mínimos, sobre todo trasladar enormes bandejas de platos sucios y basura hasta la cocina. Sonreía sin cesar a familias enteras, incluso a los niños en sus tronas. Pronto quedó claro que yo era la camarera menos popular de las que atendían en el comedor, ya que recibía menos propinas que nadie. Aquello me hizo intentar mejorar con todas mis fuerzas, sonreír más. Mi sonrisa era amplia y permanecía fija en mi rostro como si estuviese grapada y me asustaba a mí misma al ver el resplandor húmedo de mis dientes en la superficie de aluminio de la puerta batiente de la cocina.
       El señor Yardboro me observaba con lo que parecía ser una sonrisa forzada. Ataviado con una americana que le quedaba estrecha de hombros, sin corbata, vigilaba el bufé de los domingos y estaba pendiente de las solicitudes y quejas de los clientes. Todas las camareras le tenían miedo; nos hacía comentarios aparte con feroces ladridos encubiertos por una sonrisa apretada. Mi segundo domingo, cuando atendía frenéticamente a tres mesas con familias al completo, el señor Yardboro me siguió a la cocina y me pellizcó en el antebrazo al tiempo que decía: «No corras tanto, nena. Resuellas como una yegua». Me reí nerviosa, como si el señor Yardboro hubiese querido ser gracioso. Mostraba los dientes con una sonrisa y los racimos de capilares visibles en sus mejillas le hacían parecer un tipo alegre y simpático, pero yo sabía que no era así.

       Al principio, la huella que me dejaron los dedos del señor Yardboro en la parte superior del brazo era de un sonrosado apagado, después se oscureció hasta convertirse en un típico cardenal de tonos amarillos y violáceos.
       Era un hecho que el señor Yardboro había sido el primer hombre que me había tocado en mucho tiempo, pero no era un hecho que precisara interpretación.



4

      No nací fea. He visto fotos mías de bebé, con uno o dos años: una preciosa niña pequeña con rizos morenos, brillantes ojos oscuros, una sonrisa feliz. (Posiblemente, si las instantáneas estuvieran mejor enfocadas, se verían las imperfecciones.) No hay un gran número de esos retratos y misteriosamente no aparece nadie más en ellos. De vez en cuando pueden verse los brazos de algún adulto situándome o levantándome, un adulto con pantalones al que se le distingue inclinándose desde detrás (¿mi padre?), el regazo de una mujer (¿mi madre?). Cuando vivía en casa de mis padres, contemplaba aquellas fotos arrugadas en el álbum familiar; parecían acertijos en una lengua extranjera. Tenía que resistirme al impulso de hacerlas trizas.
       Se me ocurrió en Sandy Hook. Una noche, en la habitación que alquilaba, me desperté sudorosa y la idea apareció perfectamente formada, como las pequeñas cintas de teletipo que te revelan tu fortuna en las galletas chinas de la suerte: Aquella niña era tu hermana y murió. Cuando naciste, te pusieron su nombre.
       Una solución tan buena como cualquier otra.



5

      —Eh, camarera, ¡aquí!
       —¿Dónde estabas, cambiando el agua al canario? Más café.
       Después de dos semanas, sólo servía en la cafetería. Allí el ambiente era animado e informal. Había varios clientes habituales, hombres, amigos de Lee Yardboro que silbaban para conseguir la atención de las camareras y a menudo hacían sus pedidos en voz alta desde su asiento. Eran hombres que comían apresuradamente y con apetito, acercando la cabeza al plato, hablando y riendo con la boca llena. Los clientes así no resultaban difíciles de contentar si hacías lo que te pedían, y sus necesidades eran sencillas, predecibles; comían y bebían lo mismo una y otra vez. No advertían si su camarera sonreía o si la sonrisa era forzada, afligida, fingida o irónica; después de los primeros días, apenas me miraban a la cara. Sin embargo, mi cuerpo llamaba su atención, mis enormes pechos balanceantes, mis muslos y nalgas robustos y musculosos. Pesaba poco más de sesenta y seis kilos y medía algo más de uno sesenta y siete. Durante una ola de calor en septiembre, me puse camisetas de tirantes sin sujetador. Llevaba una azul chillón del muelle de Sandy Hook y una minifalda tejana con remaches metálicos que brillaban como diamantes de imitación. Mi único par de pantalones vaqueros, de color blanco desteñido y gastados de tanto lavarlos, mostraba la abultada curva de mi trasero y la hendidura de su raja, gráfica como una viñeta. (Me constaba, había estudiado su efecto en el espejo.) Mis piernas desnudas eran carnosas, estaban cubiertas de un fino vello castaño; llevaba sandalias y, a modo de broma, me pintaba las uñas de los dedos regordetes de mis pies en tonos llamativos de verde, azul, plata glacial. A menudo, durante la hora punta, me quedaba sin aliento, con la boca húmeda y floja, el cabello largo y despeinado mojado y coagulado como algas en la nuca. Acarreando bandejas con huevos, salchichas, gruesas hamburguesas sanguinolentas, patatas fritas y filetes de pescado frito y botellas de cerveza que martilleaban, me convertía en tema de conversación, un objeto impersonal ante el que los hombres intercambiaban sonrisas maliciosas, ponían los ojos en blanco, olfateaban provocativamente mi entrepierna y susurraban insinuaciones mientras situaba los platos frente a ellos: «Mmm, nena, qué buena pinta tiene esto». Aprendí a obedecer, como un perrito simpático, a los silbidos ensordecedores, e incluso a reírme de mi propia prisa. Nadie notaba si sudaba y jadeaba como una yegua en la cafetería. A mi jefe, Lee Yardboro, que donde más disfrutaba era en la cafetería por la mañana, tomando café y fumando con sus amiguetes, tampoco parecía importarle. O quizá, como se trataba de la cafetería en lugar del comedor, no se daba cuenta. Reía mucho, sonreía sin mostrar los dientes. Me llamaba nena, cariño, corazón, sin burlarse. Rara vez me regañaba en la cafetería. Rara vez me pellizcaba, aunque en ocasiones, a modo de énfasis juguetón, me clavaba el índice en las blandas carnes de mi cintura. Le despreciaba al tiempo que anhelaba complacerle. Me sentía curiosamente orgullosa de que Lee Yardboro fuese conocido y querido tanto por los hombres como por las mujeres en Sandy Hook, con 7.303 habitantes, donde en tiempos fue un atleta estrella de la escuela secundaria. Aunque estaba casado y era padre de varios hijos prácticamente adultos, en su rostro de perro bulldog había algo de juvenil y herido, como si siendo un chico estadounidense se hubiese despertado para descubrirse atrapado en el cuerpo de un hombre de mediana edad, con las responsabilidades de un hombre de mediana edad. (Maxine me contó que su primo Lee y su esposa vivían una tragedia familiar, un hijo artista que les había causado mucho pesar. Miré a Maxine fijamente con expresión tan sorprendida que repitió sus palabras y yo seguí mirándola sin parpadear hasta que al fin me di cuenta de que debía de haber dicho autista en lugar de artista, pero para entonces aquella confusión me pareció divertida, así que me eché a reír. Maxine estaba horrorizada. «Será mejor que Lee no te oiga. Las deficiencias mentales no tienen nada de divertido.» En aquella ocasión, la expresión «deficiencias mentales», en boca de una Maxine denodadamente hipercrítica, me hizo estallar. Reí sin parar hasta que las lágrimas empezaron a correrme por las mejillas.)
       Desde arriba, mientras atendía a Lee Yardboro, que estaba sentado en un reservado con unos amigos, observé con una punzada de ternura absurda su cuero cabelludo enrojecido y escamoso a través de su cabello ralo, que peinaba con cuidado de lado a lado de la cabeza cuando estaba húmedo. Observé su piel áspera y manchada, los ojos azul claro siempre un tanto enrojecidos que se le saltaban con risa, fingida credulidad o desdén. No me toques, hijo de puta. Tócame, por favor.



6

      Porque la cafetería Sandy Hook era un lugar donde yo no podía fallar.
       Porque, si lo hacía y me despedían, igual que me habían despedido de otros empleos, ¿qué importaba?
       Sonreí, sorbiendo aquel pequeño hecho irrefutable como un diente flojo.



7

      El tiempo cambió. Empecé a ponerme unos pantalones de pana de color óxido con cremallera, tan ajustados en las nalgas (parecía estar engordando, debía de haber estado picando de los restos de salchichas, bollos cubiertos de azúcar glaseada y patatas fritas de los platos de mis clientes) que las costuras empezaban a abrirse mostrando un coqueto rastro minúsculo de las bragas de nylon blanco que llevaba debajo. Seguía poniéndome las camisetas azules del muelle de Sandy Hook que hacían daño a los ojos y sobre ellas una camisa sin abotonar, o jerséis. A menudo vestía tejanos y una sudadera verde piedra que había comprado en la librería de la universidad local, con EL PODER DE LA POESÍA escrito en la parte frontal en blancas letras austeras. Al verme, con el cabello recogido en una coleta, con la sonrisa de camarera dilatada en el rostro, pensarías: «Una chica que ha superado su timidez. ¡Me alegro por ella!».
       Me había dado cuenta de que había un cliente frecuente aunque no habitual en la cafetería Sandy Hook. Llamaba la atención de la camarera levantando la mano al tiempo que inclinaba la cabeza y bajaba los ojos demostrando estar avergonzado o incómodo. Tenía algunas peculiaridades físicas, tics. Movía la cabeza una y otra vez como si se le agarrotara la nuca. Movía los hombros. Abría y cerraba los puños. Le sorprendía frunciendo el ceño, mirándome. Apartaba la mirada rápidamente cuando me volvía en su dirección. ¿Me habría reconocido? De hecho, me recordaba a un maestro de Matemáticas del instituto (mi ciudad natal estaba tierra adentro, a una hora en coche de Sandy Hook, en la zona central de Nueva Jersey) que había dejado de trabajar o a quien habían despedido cuando yo estaba en séptimo grado; pero, en mi opinión, aquel hombre, que apenas tendría treinta años, era demasiado joven para tratarse del señor Cantry. Aquello había ocurrido nueve años atrás.
       Aquel cliente, que siempre llevaba un traje de tweed y una camisa blanca abotonada sin corbata, venía a la cafetería varias veces a la semana, normalmente a desayunar. Cojeaba un tanto. Era un hombre corpulento, que medía más de metro ochenta, con un rostro pálido juvenil y regordete y la cabeza oblonga como una calabaza exótica, y ojos hundidos de párpados caídos que se posaban sobre mí, o sobre mi cuerpo, con una amenazadora mirada de desaprobación. Fea. Cómo puedes mostrarte en público.
       Él también era feo. Un feo raro. Pero la fealdad en un hombre no importa demasiado. La fealdad en una mujer se convierte en su vida.
       Aquel personaje parecía sentarse siempre en mi sección de la cafetería. Le gustaba el reservado del fondo. Allí leía un libro o eso aparentaba. Parecía que una sombra le nublara el rostro siempre que me acercaba con mi coqueta sonrisa de camarera y mis lentas caderas, con el cuaderno de pedidos y el lápiz en la mano. Aquí no iba a haber charla. Ni burdas bromas sobre sexo. Ni carcajadas. Incluso antes de tomar su comida (quisquillosamente, aunque no había forma de ocultar, con aquella gran tripa, que era un glotón) daba la impresión de que sufría unos intensos gases. Su enorme cuerpo era tan blando como algo que estuviera descomponiéndose y sus trajes parecían herencia de su padre muerto. Yo sentía una repugnancia física hacia él, pero tenía que admitir que siempre era cordial, atento. Me llamaba camarera, señorita, y hablaba lentamente al realizar su pedido, observando con ansiedad mientras yo lo escribía fingiendo ser corta de luces, como si no se pudiera confiar en mí; después hacía que se la leyera. Su voz era hueca y apagada como surgida de una emisora de radio lejana.
       Una de las cosas extrañas de aquel hombre vestido con un traje de tweed era su cabello, que llevaba corto, al rape. Era de un color metálico, un no color, como sus ojos. Exageraba su aspecto juvenil, pero te hacía preguntarte si existía un motivo clínico por el que lo llevaba tan corto, una enfermedad del cuero cabelludo, o piojos.
       Durante la temporada baja en la cafetería Sandy Hook, los clientes rara vez dejaban una propina de más del diez por ciento de su cuenta. Algunos hijos de puta, fingiendo que no tenían cambio o eran incapaces de calcular el diez por ciento, dejaban incluso menos. Un puñado de monedas de cinco centavos. Calderilla. El hombre del traje de tweed a veces dejaba el veinte por ciento de su cuenta, aunque con el ceño fruncido, sin mirarme a los ojos, apresurándose a salir de la cafetería. Yo le decía con voz alegre: «¡Gracias, señor!», tanto para avergonzarlo como para expresar mi agradecimiento, aunque en realidad no sentía gratitud; yo desdeñaba más a los clientes que me dejaban una buena propina que a los que no lo hacían. La siguiente vez que venía, no me miraba a los ojos directamente, como si nunca le hubiera atendido, como si nunca me hubiera visto.
       Como carecía de nombre y siempre estaba solo y tenía un aspecto tan raro, el hombre del traje de tweed atraía las burlas del señor Yardboro y sus amigos, y de mis compañeras de trabajo de la cafetería, incluso de Maxine si estaba presente. Le llamaban Machote Maricón. La palabra maricón, en labios de cualquiera, provocaba una especial hilaridad. Habría sido de suponer que Lee Yardboro, propietario de la cafetería Sandy Hook, se sentiría protector de cualquier cliente, y agradecido, aunque no era así. El impulso de burlarse, ridiculizar, compartir su desdén por los demás, resultaba demasiado fuerte. (También había otros clientes sobre los que bromeaban, pero con más tolerancia. Aquello me fascinaba, me llevaba a preguntarme qué dirían de mí a mis espaldas.) Cuando el señor Yardboro hacía una de sus bromas en mi presencia, yo me reía de una forma que había desarrollado en la escuela secundaria al oír por casualidad los comentarios lascivos de los chicos: reía sin reír, emitiendo sonidos de risitas y silbidos como si estuviera intentando no reírme, como si me «escandalizara», arrugaba el entrecejo y cerraba con fuerza los ojos, y movía los hombros y los pechos de manera femenina y desamparada. El señor Yardboro miraba a su alrededor y sonreía abiertamente. Como cualquier matón que necesita tener público.
       El hombre del traje de tweed salía de la cafetería y dos minutos después todos se habían olvidado de él. Pero yo lo observaba alejarse, como si le dolieran las piernas, al trasladar todo aquel peso. Venía a pie; no tenía coche. Probablemente vivía cerca de allí. Una tarde le vi en la biblioteca municipal, frunciendo el ceño sobre unos libros de consulta, tomando notas minuciosas. Otro día le vi paseando por el muelle, con una gabardina anticuada de faldón acampanado sobre su traje de tweed y una gorra con visera calada en su cabeza de forma extraña para que el viento no se la arrebatara; se miraba los pies, sin advertir el brillante océano agitado, las olas rompiendo y lanzando espuma a tan sólo unos pocos metros de él. Me pregunté qué estaría pensando que era mucho más importante que el lugar en el que se encontraba. Le envidiaba, hundido profundamente en sus pensamientos. ¡Como si importara!
       Si miraba a su alrededor, si me veía, si me reconocía, yo no pensaba darme por enterada.

       Nunca seguía al hombre del traje de tweed, únicamente lo observaba. En la distancia. Sin que me viera. Cuando no estaba trabajando, tenía mucho tiempo libre. La habitación que había alquilado (en una casa unifamiliar victoriana reformada) me deprimía, así que la evitaba. Incluso teniendo que admitir que era una ganga (como había explicado orgullosa a mi familia), a precio de temporada baja, y que sólo estaba a cinco minutos de la costa. Contaba con un teléfono a mi disposición, aun cuando no hubiera nadie a quien quisiera llamar, y nadie que me llamara. Había una cama doble con un colchón blando en el que, cada noche, durante diez horas, si conseguía permanecer dormida todo ese tiempo, me sumergía en un profundo sueño fantástico casi sin soñar, como un cadáver en el fondo del océano.



8

      ¿Qué aspecto tenía a los veintiún años? No estaba segura.
       Igual que los gordos aprenden a no mirarse en los espejos de cuerpo entero, los feos aprenden a evitar mirar lo que no tiene sentido ver. Yo no estaba lo que se diría gorda, y sentía una retorcida satisfacción al apreciar mi rechoncho cuerpo femenino de simulada voluptuosidad en mis ridículas ropas, pero había dejado de contemplar mi rostro hacía años. Cuando, por cuestiones prácticas, no podía evitar mirarme, me situaba cerca del espejo, de lado, para examinar alguna parte, alguna sección. Un ojo, la boca. Una porción minúscula de la nariz. No llevaba maquillaje ni me depilaba las cejas (lo hacía más o menos en el instituto, furiosa por la forma en que se unían sobre el puente de mi nariz, con la creencia errónea de que no volverían a crecer) y no tenía problema en frotarme la cara con una manopla, en cepillarme los dientes inclinada sobre el lavabo como hacía una vez al día, antes de irme a dormir. Mi cabello no era un problema, no necesitaba mirarme en el espejo para cepillármelo, si es que me molestaba en hacerlo; podía recortarme las puntas con unas tijeras sin mirar en el espejo cuando crecía demasiado, enmarañado. A veces llevaba un pañuelo en la cabeza para conseguir un original aspecto indio.
       De vez en cuando pensaba, no del todo en serio, en teñirme el pelo de rubio platino, en peinarlo de forma elegante y sexy. Uno de mis recuerdos clarísimos de la infancia (no tengo muchos) es el de dos muchachos adolescentes observando cómo una chica que llevaba zapatos de tacón caminaba delante de ellos por la acera, una chica con el cabello rubio, brillante, con un corte al estilo paje, con buen tipo, y cuando la alcanzaban para verla mejor, ella se volvía y era poco atractiva, poco agraciada, llevaba gafas y tenía cara de caballo. Uno de los muchachos gruñó groseramente, el otro se echó a reír. Se dieron un codazo en las costillas como hacen los chicos. La chica se alejó, fingiendo no saber el significado de todo aquello. No era yo aquella chica, pero lo había visto y oído. Por entonces, sin haber cumplido aún los diez años, sabía el destino que me esperaba.
       Una ventaja de ser fea: no hace falta que nadie te vea para ser real, como le sucede a alguien bien parecido. Cuanto más agraciado eres, más dependes de que la gente te vea y te admire. Cuanto más feo, más independiente.
       Otra ventaja de ser fea: no pierdes el tiempo intentando tener un aspecto inmejorable, nunca vas a conseguirlo.
       Lo que recuerdo de mi rostro es la frente estrecha, la nariz larga con la punta bulbosa, los ojos oscuros y brillantes demasiado juntos. Aquellas cejas gruesas y oscuras como las de un orangután. La boca nada destacable pero con mucha práctica, antes de llegar a la adolescencia, en la ironía. Porque, ¿qué es la ironía sino el depósito del dolor? ¿Y qué es el dolor sino el depósito de la esperanza? Mi piel era de un tono oliváceo oscuro, como de algo desdibujado con un borrador. Mis poros eran grasos, incluso antes de llegar a la pubertad. A ojos de algunos, tenía un aspecto «extranjero». Tenía aspecto «extranjero» desde primaria, cuando comenzaron las burlas. Llegó a gustarme esa sensación, «extranjera», «extraña». Como una «sustancia extraña» —un «objeto extraño»— en la comida, en un ojo, en la pantalla de un radar. Pese a que ningún miembro de mi familia había sido «extranjero» desde hacía generaciones. Todos orgullosos de ser «cien por cien americanos» aunque ninguno de nosotros teníamos idea de lo que significaba «americano».



9

      Había pocos clientes en el hotel Sandy Hook, ahora que había cambiado el tiempo. Los turistas evitaban la costa norte de Nueva Jersey, donde siempre hacía un viento húmedo y sibilante y unas nubes de tormenta encapotadas podían eclipsar el sol más luminoso en cuestión de minutos. Cada mañana, antes del amanecer, el viento me despertaba haciendo sonar mi única ventana como una travesura cruel. Me dolían terriblemente las piernas, los pies y la espalda por el trabajo de camarera del día anterior, y sin embargo me entusiasmaba la posibilidad de resistir otro día en la cafetería Sandy Hook. Mi instinto me ha traído al lugar adecuado. Éste es el borde del abismo.
       La cafetería Sandy Hook, su exterior construido para que pareciera un vagón de tren. Centelleando como latón barato.
       La cafetería Sandy Hook a primera hora de la mañana: una hilera de diez taburetes de vinilo negro desgastado ante el mostrador de formica. Ocho reservados de vinilo negro desgastado a lo largo de la pared exterior.
       La cafetería Sandy Hook, con tubos fluorescentes en el techo que deslumbraban como una discapacidad ocular. En un trance feliz, frotaba la formica y las superficies gastadas de aluminio una y otra vez con una esponja, como si estuviera encargada de la sagrada obligación de devolverles su belleza y lustre originales.
       —¿Quién ha hecho todo esto? ¿Quién lo ha dejado como una patena? —exclamaría el señor Yardboro. Y le dirían quién había sido.
       La cafetería Sandy Hook, cruzando mi sueño a toda prisa, arrastrándome tras sus ruedas. ¡Dios mío, qué entusiasmada estaba! Apresurándome de camino al trabajo, sin aliento por el fuerte aire, llegaba a las 6.50. Lanzando los ojos como flechas hacia el aparcamiento para intentar ver si el Lincoln Continental ligeramente abollado del señor Yardboro estaba aparcado en su sitio habitual. (Algunas mañanas, el señor Yardboro llegaba tarde. Otras, ni siquiera aparecía.)
       Me preguntaba si su hijo autista era niño o niña. Y de ser niña, si mostraba señales obvias de su discapacidad mental. Si lo que tenía de extraño y problemático brillaba en sus ojos.
       No te lamentes con desprecio: «La muy gilipollas está enamorada… ¿de él? ¿De ese hijo de puta? ¿Sin saberlo?». Siempre lo supe, desde el momento de la entrevista. Una de las bromas que me había gastado a mí misma. Fuente de muchas risas.
       Como había pocos clientes en la cafetería Sandy Hook, mis turnos eran irregulares. Otra camarera mayor había desaparecido; no hice preguntas. Yo trabajaba duro, más si cabe. Sonreía. Sonreía a los rostros vueltos hacia arriba de los clientes, y sonreía a las espaldas de los clientes que se alejaban. Sonreía con fuerza mientras pasaba un trapo por la parrilla llena de grasa, mientras limpiaba las superficies de formica hasta dejarlas prácticamente brillantes. Fantaseaba con que, si el señor Yardboro me despedía de la cafetería Sandy Hook, yo no tendría más remedio que adentrarme vadeando en el océano Atlántico y ahogarme. Tendría que elegir un lugar alejado y actuar de noche. Pero la visión de mi cuerpo tosco y empapado en la playa entre algas podridas y peces muertos, picoteado por las gaviotas, me disuadía.



10

      —¡Cariño, más café!
       Una mañana, Artie, un amigo camionero del señor Yardboro, silbó para llamar mi atención, y después el hombre del traje de tweed que estaba sentado en el reservado de la esquina dijo con severidad:
       —¡Qué groseros que son! ¡No debería tolerarlo! ¿Por qué lo hace?
       Lo miré sin poder creer que de verdad me hubiera hablado. Estaba de pie, preparándose bruscamente para irse, fulminándome con la mirada. No se me ocurrió qué decir, ni una palabra; todo lo que me vino a la cabeza fue disculparme, pero disculparme por la grosería de otra persona no tenía sentido. Así que no dije nada. El hombre del traje de tweed resolló casi sin aliento al salir de la cafetería Sandy Hook. Después recordé que su rostro pálido e hinchado se había sonrojado de forma desigual, como si le hubiese dado urticaria.
       Más tarde, aquella misma mañana, cuando la cafetería estaba casi vacía, el hombre del traje de tweed regresó. Dijo que estaba buscando un guante que se había dejado olvidado. Pero no encontramos ninguno en la zona del reservado en la que se había sentado. Avergonzado, al tiempo que hacía un complicado tic con la boca, dijo en voz baja:
       —Espero no haberla disgustado, señorita. Está claro que no es de mi incumbencia. Usted y este ambiente.
       Nos contemplamos a la fuerza, como perdedores obligados a estar juntos en la pista de baile. Vi que después de todo no era tan joven; tenía profundas hendiduras bajo los ojos, arrugas en la frente. Intentaba pensar en una respuesta inteligente, conciliadora e incluso ingeniosa, pero aunque sonreía de manera automática, un repentino zumbido en los oídos ahogaba mis pensamientos. Igual que en la escuela, cuando un maestro me hacía una pregunta o cuando tenía que pasar un examen crucial se apoderaba de mí una especie de estatismo malicioso. Era obvio que el hombre del traje de tweed había estudiado sus palabras, unas palabras que tenían la intención de ser corteses y generosas, pero parecía cohibido y estaba perdiendo la confianza en sí mismo. Se obstinó en seguir hablando.
       —Es… desagradable de ver. Soy consciente de que necesita el empleo. Las propinas. Por qué si no. Por supuesto. No parece esperar nada mejor.
       Me oí tartamudear:
       —Pero me gusta este lugar. D-doy gracias por esta oportunidad.
       —¿Qué edad tiene?
       —¿Mi edad? Veintiuno.
       De repente parecía una admisión vergonzosa. Quería gritar a aquel hijo de puta que me dejara en paz.
       Vio la tristeza en mis ojos y apartó la mirada. Se aclaró la voz con un sonido rasgado, desgarrado, y debió de tragar un coágulo de flema.
       —Creo… que fue usted alumna mía, ¿hace tiempo? Años atrás.
       ¿El señor Cantry? ¿Era él?
       Pero había salido de la cafetería. Me quedé mirando, sorprendida. Antes había dejado para mí dos billetes de dólar arrugados sobre la mesa en su prisa por escapar, y un plato de desayuno con huevos, salchichas y patatas fritas del que sólo había comido una parte. Me guardé los billetes en el bolsillo como un robot, sin saber qué eran. Me comí la salchicha y la mayoría de las patatas fritas sin saber qué eran.



11

       Al día siguiente, el hombre del traje de tweed no se acercó a la cafetería Sandy Hook. Ni tampoco el siguiente. Estaba inquieta y resentida, atenta por si era él cada vez que alguien de su tamaño entraba por la puerta. Me sentí aliviada cuando no apareció.
       Intenté recordar lo que le había ocurrido al señor Cantry hacía nueve años. No me gustaba como maestro, pero no me gustaban la mayoría de ellos, nunca. Había habido rumores, historias disparatadas. Discutió con el director un día en la cafetería. Había abofeteado a un niño. La policía lo detuvo por conducir borracho y se resistió al arresto y le golpearon, lo esposaron, lo llevaron a comisaría y lo ficharon. O tuvo una crisis nerviosa en un lugar público, en la sala de espera de un médico. En una tienda de comestibles del barrio. Comenzó a gritar, rompió a llorar. O se puso enfermo, fue sometido a una operación importante. Estuvo hospitalizado durante mucho tiempo y cuando por fin le dieron el alta, su trabajo como maestro de Matemáticas de séptimo y octavo grado ya no estaba disponible.
       Una joven popular lo sustituyó y finalmente la contrataron en su lugar. A las pocas semanas, incluso los pocos alumnos que lo admiraban habían olvidado al señor Cantry por completo.

       A la entrada de una tintorería, una manzana más arriba de la cafetería Sandy Hook, se resguardaba de la lluvia mientras me esperaba. Imposible creer que no fuera así. Sin embargo, mostró una torpe sorpresa al verme. Salió a la acera a toda prisa a la vez que desplegaba un gran paraguas negro.
       —¡Hola! ¡Qué coincidencia! Pero me temo que he olvidado su nombre.
       Sostenía el paraguas sobre mí, galantemente. La lluvia caía en suaves rebanadas, delgadas como la espuma del océano. Sonreía con impaciencia, y yo ya me despreciaba a mí misma por no haber salido corriendo.
       —Xavia.
       —¿Zavv-ya?
       —Es rumano.
       Xavia no era un nombre que hubiera oído pronunciar hasta aquel momento. Se coló en mi mente como la electricidad estática.
       Así que caminamos juntos. A ciegas, al parecer. Yo habría girado en la esquina siguiente para dirigirme a casa pero, con el señor Cantry a mi lado, hablando con su voz extrañamente titubeante, olvidé adónde iba. Volvió a pedirme disculpas por hablarme como lo había hecho en la cafetería:
       —Sin embargo no creo que ese lugar sea un ambiente saludable para una chica como tú.
       —¿Y para qué tipo de chica sería saludable? —repliqué, pero el señor Cantry no respondió a la broma. Hablaba con vehemencia de «ambiente», «salud», «decencia», «justicia». Yo no podía seguir el hilo de sus comentarios.
       Mientras estábamos parados en una esquina esperando a que cambiara el semáforo —no había tráfico en ningún sentido— se presentó como «Virgil Cantry» y extendió la mano para estrechar la mía. No me quedó más remedio que hacer lo propio; su mano era firme, carnosa.
       —¿Me estaría permitido acompañarla a casa, Xavia?
       Ansiaba responder: «¡No! ¡No le estaría permitido!», pero en su lugar contesté, con mi alegre voz de camarera:
       —¿Por qué no?
       La soledad es como el apetito: no te das cuenta de lo hambriento que estás hasta que empiezas a comer.
       —Ya no soy maestro; ahora me describiría como un particular. Un testigo.
       El señor Cantry sostenía el paraguas sobre mí a una distancia cortés, eligiendo caminar él mismo bajo la lluvia. Su gran cabeza con forma extraña se balanceaba y zigzagueaba mientras hablaba; no paraba de moverse y encogerse de hombros en su gabardina. Parecía entusiasmado por mi presencia y sumamente nervioso. Mientras caminábamos —una extraña pareja: el señor Cantry me sacaba un cabeza—, yo intentaba evitar chocar contra su brazo; mi corazón latía al galope, con una especie de terror incrédulo y débil; y sin embargo, también tenía que resistir el impulso de soltar una risotada. ¿No era aquello una especie de cita? ¿Un encuentro romántico? Me pregunté qué aspecto teníamos, una pareja caminando por una calle comercial casi desierta en Sandy Hook, Nueva Jersey, en mitad de la lluvia. Si fuera una película, sería imposible responder a ello sin música. ¿La escena es solemne, triste, conmovedora, cómica?
       —Pasé un tiempo enfermo —dijo el señor Cantry—, y en mi enfermedad mi ego desapareció. Descubrí que nuestras existencias históricas no son nuestra esencia. Creo que ahora estoy libre de la contaminación y las distracciones del ego. Tengo suficiente con existir. Ya que existir es ser testigo. Tengo tanto astigmatismo que las gafas normales serían inadecuadas, así que debo llevar lentillas, y sin embargo, he aprendido a ver con los ojos despejados.
       —Yo también llevo lentillas —respondí—. Las odio.
       Sonreí, no era la respuesta adecuada. No obstante, el señor Cantry a duras penas parecía escucharme. Dijo:
       —¿Fue una de mis estudiantes, Xavia? Creí reconocerla hace semanas, en la cafetería, pero no recuerdo el nombre de Xavia. Creo que recordaría un nombre tan exótico.
       —No fui una estudiante exótica. Las matemáticas no se me daban bien.
       —La recuerdo como una estudiante inteligente y formal. Aunque tímida. Quizá nerviosa. Pedía deberes extra para subir nota y siempre los entregaba con diligencia.
       Me oí reír con dureza, avergonzada.
       —No era yo, señor Cantry.
       —Por favor, llámeme Virgil. Sí, seguro que era usted.
       Aquello me molestó, que aquel hombre, un extraño, dijera que sabía más sobre mí que lo que yo sabía sobre mí misma.
       Como no había girado en la calle que llevaba a mi casa, me vi obligada a improvisar un camino de vuelta en aquella dirección. El señor Cantry, que hablaba con empeño sobre sus años como maestro, su enfermedad, su convalecencia y la «metamorfosis» de su ego, no se dio cuenta de adónde nos dirigíamos. Como un toro cegado, se le podía llevar en cualquier dirección tocándolo levemente. No parecía importarle o quizá no era consciente de la lluvia, que era bastante fría; continuaba sosteniendo el gran paraguas negro sobre mi cabeza. Fantaseé con que podría haber llevado a aquel extraño hombre a cualquier lugar, hasta el muelle de Sandy Hook donde, a aquella hora, los adolescentes estarían disfrutando con los videojuegos en el enorme salón de recreativos estridentemente iluminado, o a lo largo de la playa llena de basura azotada por el viento en dirección al achaparrado Sandy Hook, en cuyo extremo se encontraba un faro pintado de blanco, un monumento local que hacía décadas que no se utilizaba como tal. Me resultaba extraño, me inquietaba que aquel hombre que no me conocía fuera tan confiado.
       —¿Se ha mudado lejos de su casa, Xavia? ¿Ahora vive sola?
       Ansiaba decir: «Prefiero no hablar de mi vida privada con usted, ¡gracias!», pero en su lugar respondí, con mi alegre voz de camarera:
       —Sola.
       —Yo nunca he estado casado —dijo el señor Cantry, quisquilloso—. Nunca tuve la ocasión.
       —¡Qué pena!
       —¡No, no, no! Algunas naturalezas no están hechas para casarse. En todo caso, no para ser padres.
       —La gente puede casarse sin tener hijos, señor Cantry.
       El señor Cantry respondió con vehemencia:
       —¿Qué sentido tiene entonces el matrimonio? El lazo conyugal se legaliza, es un refuerzo de la naturaleza. Es una encarnación social de la naturaleza. Para que se reproduzca la especie, para criar a su prole. Si no hay descendencia, no es necesario el matrimonio.
       No podía discutir con el señor Cantry a ese respecto. Me pregunté de qué estábamos hablando. Por lo menos no me estaba proponiendo matrimonio.
       Habíamos llegado a la calle más estrecha y oscura donde vivía; podría decirse que el señor Cantry y yo nos tropezábamos con más frecuencia. En varias ocasiones farfulló «¡Perdón!». Yo pensaba en la época de octavo grado, cuando empecé a menstruar, en que mi piel comenzó a estropearse; era posible que el señor Cantry me recordara de antes de que me atacase la infección de granos. Ahora no parecía poder recordarle en absoluto.
       Se me ocurrió que podría llevar al señor Cantry a otro edificio de apartamentos y despedirme allí de él. Y sin embargo, como daba la sensación de no darse cuenta de lo que lo rodeaba, pensé que no podría recordar cuál era mi casa. Me acompañó a mi porche, a resguardo de la lluvia. Jadeaba por los pocos escalones y su voz sonaba forzada. Como si lleváramos rato hablando del tema, dijo:
       —Así que ve, Xavia, aunque me doy cuenta de que no me ha pedido mi opinión, creo firmemente que debería buscar otro empleo. Un ambiente más civilizado, ¿eh?
       —Usted podría ir a comer a otro sitio, señor Cantry.
       —¡No se trata de eso! Es a usted a quien degradan.
       Ansiaba decirle con una risa vulgar: «¡Váyase a la mierda! ¿A quién degradan?». Dije molesta:
       —Mire. No soy licenciada universitaria, señor Cantry. Apenas conseguí graduarme en el bachillerato. Soy afortunada de tener cualquier empleo. Y ya le he dicho que me gusta la cafetería Sandy Hook.
       Aquello era más de lo que le había dicho a otro ser humano en semanas, quizá en meses. Me sentí impetuosa y estimulada, como si hubiera estado corriendo.
       El señor Cantry respondió, aspirando por la nariz:
       —Bueno. Reconozco mi error.
       Le había desilusionado. Me había confundido con una estudiante excelente y ahora sabía que no era el caso.
       Di las gracias al señor Cantry por su interés y las buenas noches. Él retrocedió indeciso, como si de pronto se hubiese dado cuenta de que estábamos bajo la luz del porche, de que estábamos solos por completo. Vi que estaba pensando en volver a estrecharme la mano y discretamente las escondí a mis espaldas. Dijo dubitativo:
       —Si lo desea, ¿quizá en otra ocasión podemos cenar juntos? No en la cafetería.
       Intentaba bromear, pero yo no pillé el chiste y respondí deprisa, antes de que me oyera decir sí:
       —Bueno. No sé. Quizá.
       Desde el interior del vestíbulo del viejo edificio que olía a humedad, observé a mi antiguo maestro de Matemáticas bajar los escalones del porche con cuidado y alejarse en la lluvia. Estaba claro que cojeaba un poco, apoyándose más en su pierna derecha. Sus hombros marcadamente encorvados. En el porche, en apariencia sin saber lo que hacía, había cerrado el paraguas como si se preparara para entrar en la casa y ahora, de nuevo bajo la lluvia, había olvidado abrirlo.

       Aquella noche tuve un extraño sueño. Una de mis fantasías dolorosas y escabrosas (como solía llamarlas: tenía fantasías así desde la escuela primaria). En la cafetería Sandy Hook debía atender a los clientes que eran amigos del señor Yardboro, aunque no reconocía a ninguno en concreto. Y el señor Yardboro me llamaba, silbaba para conseguir mi atención. Tenía que servir a los hombres desnuda. Una delgada tira de tela como una cortina enrollada a mi alrededor, que se aflojaba. Mis pechos estaban al descubierto, no podía cubrirme. Mi ingle con el vello áspero. Los hombres gritaban: «¡Camarera! ¡Aquí!», como llamarías a un perro. Aunque era de broma, sólo estaban tomándome el pelo. Nadie me tocaba. Tenía que acercarme a ellos para servirles la comida, pero nadie me tocaba. Comían trozos de carne con los dedos. Veía la sangre húmeda embadurnada en sus bocas y en sus dedos. Veía que estaban comiendo las partes femeninas. Pechos y genitales. Cortes de carne rosada brillante, sacada de bolsas de piel peluda igual que se extraerían las ostras de sus conchas. Los hombres se reían por la expresión de mi rostro. Me lanzaban monedas, de uno y cinco centavos, y yo me inclinaba para recogerlas y mi rostro se sonrojaba y sentía una fuerte sensación sexual, como la presión de un globo de goma cada vez más inflado a punto de explotar y me desperté nerviosa y excitada, mi corazón latía tan rápido que me dolía, y una capa de sudor frío cubría mi cuerpo bajo mi sucio camisón de franela y pasó mucho tiempo antes de que volviera a dormirme. No soñé con el señor Cantry.



12

      A finales de noviembre, mi horario en la cafetería Sandy Hook se había reducido considerablemente. Mis turnos eran impredecibles, en función de la disponibilidad del resto de camareras (por lo que pude averiguar). Un día empezaba a las siete de la mañana, al día siguiente a las 16.30, la hora en que comenzaba la oferta para el primer turno de la cena (un plato especial para la tercera edad, 7,99 dólares). Otros días no trabajaba. Dormía.
       Cuando hacía el turno de noche en la cafetería, el señor Cantry parecía saberlo de alguna forma. Se quedaba tomando café hasta las diez de la noche, cuando cerraba el establecimiento, con la esperanza de «acompañarme» a casa.
       Le daba las gracias educadamente y le decía que tenía otros planes.
       Se lo susurraba con fuerza porque no quería que nadie más lo oyera.
       Sentía un terror continuo a que me despidieran de la cafetería Sandy Hook, así que me movía en un trance de energía, buen humor y sonrisas. Mi sonrisa amplia y fija estaba impresa tan profundamente en mi rostro que tardaba mucho en desaparecer una vez acabado mi turno; en ocasiones, al despertarme a medianoche, descubría que había regresado. «¡Camarera! ¡Camarera!» Oía que alguien me llamaba impaciente y me giraba sin encontrar a nadie, a ningún cliente, allí.
       Aunque el señor Cantry iba por allí a menudo. A su reservado de la esquina, que por lo general correspondía a mi sección. Con su traje de tweed de color marrón, su camisa blanca almidonada. El brillo trémulo de su corte de pelo al rape. Moviendo los hombros y la cabeza que tenía aquella forma extraña, como si la alineación de su nuca precisara de ajustes continuos. Desde la noche en que me acompañó a casa no habíamos hablado largo y tendido; sin embargo, cuando me acercaba, él me sonreía con ilusión, tímidamente. Yo no le animaba en absoluto. Me aterraba que alguien de la cafetería adivinase que Machote Maricón y yo nos conocíamos, aunque fuera de lejos. Cuando el señor Cantry me saludaba: «¡Hola, Xavia! ¿Cómo está esta mañana?», yo le sonreía como un robot y respondía: «¿Qué le pongo, señor?». Si el señor Cantry se atrevía a dejarme demasiada propina (por ejemplo, ¡un billete de cinco dólares por un plato de marisco que costaba nueve con noventa y nueve!), le llamaba: «Señor, se ha olvidado su cambio». Sonrojado, arrepentido, aceptaba que le devolviera el dinero y susurraba una disculpa.
       En momentos como aquél, mi corazón latía con el triunfo de la venganza. Se me sonrosaban las mejillas por la presión de la sangre. Como en las clases de gimnasia del instituto, cuando marcaba más puntos, corría más rápido, intimidaba y, francamente, atemorizaba a las otras chicas en nuestros juegos alborotados de baloncesto y voleibol en los que sobresalía al ser mucho más fuerte que las demás.



13

      Una noche, a la hora de cerrar no había nadie en la cafetería Sandy Hook salvo el señor Yardboro y yo.
       —¿Y si damos un paseo en coche, cariño? —dijo el señor Yardboro y allí estábamos, en su sexy Lincoln Continental algo oxidado aunque todavía elegante recorriendo la carretera de la costa. Más allá del faro y el parque estatal de Sandy Hook. La luna parecía de porcelana, y su luz ondulaba en las aguas oscuras. Lee Yardboro era uno de esos hombres que conducen rápido e infaliblemente, con un brazo en el volante y el otro sobre mis hombros. El interior del coche era cálido, de ensueño. Mi cabeza descansaba sobre el hombro del señor Yardboro, mi frente contra su cuello. No está claro de qué hablamos. Quizá no habláramos de nada, no hacía falta. Su olor característico, su aliento de fumador, sus axilas, la pomada que se aplicaba en la piel áspera me aturdían, me volvían loca. ¿Adónde vamos? ¿Qué va a hacerme? Sin embargo, al mirar con atención a la chica cuya cabeza reposaba en el hombro de Lee Yardboro, vi que su cabello era de un rubio reluciente. Su precioso rostro en forma de corazón no era de nadie a quien yo conociese. Incluso la perlada luz de la luna que ondulaba en el océano se disolvió convirtiéndose en vapor transparente.
       Y otra noche no había nadie en la cafetería Sandy Hook a la hora de cerrar salvo el señor Yardboro y yo. Y yo limpié los reservados con un trapo por última vez aquel día, y el mostrador. Y apagué las luces. Y el señor Yardboro estaba de pie en la puerta de la cocina con las manos en las caderas observándome, sonriendo de aquella manera burlona que podía ser amable o maliciosa. Diciendo:
       —Ven a la cocina un momento, cariño; tengo unas instrucciones especiales para ti.



14

      Por Acción de Gracias tomé un autobús para ir a casa aunque no me apetecía, pero mi madre me lo había rogado enfadada por teléfono, y yo sabía que era un error, pero allí estaba, en la vieja casa, la casa de una y mil asociaciones y todas ellas deprimentes, el olor del pavo asado me producía náuseas, el olor de la grasa para rociarlo mientras se cocinaba, el olor de la laca de cabello de mi madre, así que me di cuenta de que no podría soportarlo a los pocos minutos de entrar por la puerta, y aquella tarde mientras trabajábamos juntas en la cocina le dije: «Disculpa, mamá, ahora mismo vuelvo», y cuando regresé con el viejo álbum de fotos, tenía las palmas de las manos frías por el sudor y exclamé: «Mamá, ¿puedo hacerte una pregunta?», y mi madre respondió con cautela, ya que los años que había vivido con ella la habían vuelto recelosa: «¿Qué?», y yo dije: «Prométeme que me dirás la verdad», y ella respondió: «¿Qué quieres preguntarme?», y yo repetí: «Prométeme que me dirás la verdad, mamá», y ella dijo, molesta: «¿Cómo puedo prometértelo hasta que me hagas la pregunta?», y yo contesté: «Está bien. ¿Tuve una hermana que nació antes que yo, con mi mismo nombre, que murió? Es todo lo que quiero saber», y mi madre me miró fijamente como si le hubiese gritado palabrotas allí mismo en su cocina y respondió: «Alice, ¿qué?», y yo repetí la pregunta que para mí era del todo lógica, y mi madre dijo: «¡Claro que no tuviste una hermana que murió! ¿De dónde sacas esas ideas?», y yo respondí: «De estas fotos», y abrí el álbum para mostrarle mis instantáneas de bebé y de pequeña mientras decía con voz baja y furiosa: «No intentes decirme que ésta soy yo, porque no lo soy», y mi madre dijo: «¡Claro que eres tú! ¡Eres tú! ¿Estás loca?», y dije: «¿Puedo creerte, mamá?», y ella dijo: «¿Qué es esto? ¿Otra de tus bromas? Claro que eres tú», y respondí, limpiándome los ojos: «¡No es verdad! ¡Maldita mentirosa! ¡No lo es! Es otra persona, ¡no soy yo! ¡Esa niña es guapa y yo soy fea y no soy yo!», y entonces mi madre perdió los papeles como solía hacer a menudo cuando discutíamos, perdió los papeles y empezó a gritarme, y me dio un bofetón, llorando: «¡Eres terrible! ¡Por qué dices cosas así! ¡Me rompes el corazón! ¡Eres fea! ¡Vete de aquí, desaparece de mi vista! ¡No te queremos aquí! ¡Tu sitio no está aquí con la gente normal!».
       Así que me fui. Tomé el siguiente autobús de vuelta a Sandy Hook, de manera que, cuando me metí en la cama aquella noche, temprano, con la esperanza de dormir al menos doce horas seguidas, parecía que no me había ido.



15

      El domingo siguiente por la noche, el señor Cantry se atrevió a venir a mi apartamento. ¡Llamó a mi timbre como si le estuviese esperando! Era la primera vez que alguien llamaba al timbre del 3º F en las semanas que llevaba viviendo en aquel sórdido lugar y el sonido resultó tan ensordecedor como los zumbidos amplificados de avispas enloquecidas. Me habría gustado no saber quién era, pero no fue el caso.
       Me tomé mi tiempo para bajar, con mi sudadera sucia de
EL PODER DE LA POESÍA y mis tejanos. Y allí estaba mi antiguo maestro de Matemáticas entrecerrando los ojos hacia mí con su cara hinchada de color manteca. Llevaba la gabardina con el faldón acampanado; nervioso, giraba su gorra con visera entre los dedos.
       —¡Xavia, buenas noches! Espero no interrumpir. ¿Le gustaría venir a cenar?, no en la cafetería Sandy Hook —guardó silencio para que respondiera, pero no sonreí. Simplemente dije que ya había cenado, gracias.
       —¿Y a dar un paseo? ¿A tomar una copa? ¿Le va bien ahora? He visto que no estaba de turno en el lugar habitual, así que me he atrevido a venir hasta aquí. ¿Se ha enojado?
       Tenía la intención de decir: «Gracias, pero estoy ocupada». Me oí decir:
       —Supongo que podría dar un paseo. ¿Por qué iba a enfadarme?
       Había sido fría con el señor Cantry en la cafetería, las últimas dos veces que había venido. No me gustaba ver cómo me observaba melancólico desde su reservado de la esquina. Sonriendo con el ceño fruncido como si a veces no me estuviera viendo a mí en realidad, Dios sabe qué estaría viendo. Y el día antes, unos tipos habían estado metiéndose conmigo como hacen algunos de los clientes habituales, pasándose un ejemplar de Hustler; se suponía que yo debía ver fugazmente esas fotos de crudos primeros planos de entrepiernas femeninas como si fueran apuntes de anatomía. Mi papel era fingir que no las veía, que no sabía de qué se trataba lo que no veía, mi rostro sonrojado a retazos. Eh, tíos, ¡preferiría que pararais! Mis avergonzados ojos alicaídos. Mis anchas caderas, mis pechos como tapacubos enfundados en una camiseta del muelle de Sandy Hook y un suéter desabrochado. Pero no importa. Soy buena gente. Sin suplicar exactamente, los tíos odian a las mujeres que suplican, igual que a las que lloran, les hacen sentirse culpables, les recuerdan a sus madres. Parecía más como si les estuviera pidiendo que me protegieran. Y no importaba, o no habría importado, salvo porque el señor Cantry se cernía tras de mí, con su vieja voz de maestro y la boca retorcida con una mueca de desdén: «¡Disculpe! ¡Un momento, por favor!», y los tipos lo miraron boquiabiertos sin saber qué demonios ocurría pero yo sí, creía saberlo, me di la vuelta rápidamente y tiré de la manga del señor Cantry y me lo llevé de vuelta a su reservado y le susurré: «Maldita sea, déjeme en paz», y él me contestó también en un susurro: «La están acosando, esos gamberros asquerosos», y yo repuse en voz baja: «¿Cómo lo sabe? ¿Cómo sabe qué es lo que está pasando?». ¿Tenía visión de Rayos X? ¿Podía atravesar los respaldos de los reservados? Así que conseguí que el señor Cantry se calmara y regresé a mis otros clientes, que reían y hacían comentarios, y fingí no entender nada, una camarera tonta, sonriendo mucho e intentando complacer a sus clientes, Eh, tíos, tened un poco de corazón, ¿vale? Así que al final se arregló, me dejaron una propina decente en pequeñas monedas repartidas por la mesa pegajosa. Pero estaba resentidísima con el señor Cantry y le habría pedido que por favor no volviera a la cafetería Sandy Hook nunca más de no ser porque francamente necesitábamos los ingresos.
       —Espero que no se disgustara por lo de ayer. No parecía contenta.
       —Esos clientes son amigos del dueño. Tengo que ser amable con ellos.
       —Son vulgares, groseros. Son…
       —Son amigos del dueño. Y además, me caen bien.
       —¿Le caen bien? ¿Hombres así?
       Me encogí de hombros. Rompí a reír.
       —Hombres, chicos. Ya se saben cómo son.
       —Pero no en mis clases.
       —Ahora ya no tiene clases.
       Estábamos nerviosos. Era como una discusión entre enamorados. Yo caminaba deprisa delante del señor Cantry. Creí sentir los agudos dolores punzantes en sus piernas que soportaban el peso de su cuerpo desgarbado.
       Fuimos a Woody’s, un café que había visto desde fuera, admirando las luces intermitentes, un adelanto de la Navidad. A través de una ventana ovalada en una pared de ladrillos, a menudo veía a parejas románticas a la luz de la chimenea, cogidas de la mano en la barra curvilínea o sentadas a las mesas en la parte de atrás. Después de que entráramos el señor Cantry y yo, y nos sentásemos a una mesa con las rodillas tocándose torpemente, el lugar parecía distinto. La luz de la chimenea era estridentemente falsa y una grabación de rock adolescente sonaba a todo volumen una y otra vez, como una migraña. El señor Cantry se estremeció por el ruido pero estaba decidido a ser comprensivo. Pedí un vodka martini, una bebida que no había tomado en mi vida. Sabía que el vodka tenía el contenido de alcohol más potente que cualquier bebida disponible. El señor Cantry pidió un agua con gas con un pedacito de limón. Nuestro camarero era joven y parecía aburrido, y nos contemplaba al señor Cantry y a mí con una expresión intencionadamente neutra.
       —Los hombres ansían hacer algo de sí mismos. O de sí mismas. A distinguirse por algo —dijo el señor Cantry, elevando la voz para hacerse oír sobre el estruendo—. ¿No está de acuerdo?
       Yo no había seguido la conversación. Estaba intentando sujetarme la coleta que me caía despeinada por la espalda con una goma elástica, pero la goma estaba vieja y gastada y al final se rompió y decidí dejarlo correr. Llegó mi vodka martini y tomé un gran trago al tiempo que el señor Cantry levantaba su vaso para brindar con el mío y decía:
       —¡Salud!
       —Pero ¿por qué debe un hombre hacer algo de sí mismo? —dije, sintiéndome mezquina—. ¿De sí misma? Francamente, ¿a quién le importa?
       —Xavia. No lo dice en serio —el señor Cantry me miró perplejo y sorprendido, como solía hacer mi madre antes de caer en la cuenta de la profunda fealdad a la que dio a luz—. No creo que ésa sea una respuesta sincera. La pongo en duda.
       —La mayoría de la gente no es peculiar. La mayoría de las vidas quedan en nada. ¿Por qué no aceptarlo? —respondí.
       —Pero el querer mejorar forma parte de la naturaleza humana. Que el ser interior se convierta en exterior. No hundirse en la desolación. No… rendirse —hablaba con una mueca quisquillosa.
       —¿Usted no se ha rendido, señor Cantry?
       Aquélla era una mofa cruel. Me sorprendí a mí misma apuntando al corazón. Pero tengo que reconocer que el señor Cantry se lo tomó bien. Levantó los hombros, inspiró profundamente, meditabundo. Después dijo:
       —De puertas afuera, quizá. En mi interior, no.
       —¿Qué es «interior»? ¿El alma? ¿El vientre?
       —Xavia, me sorprende. Usted no es así realmente.
       —Si se mira en el espejo, señor Cantry, ¿en serio cree que lo que ve no es usted? ¿Quién si no?
       —Soy reacio a los espejos —respondió el señor Cantry, aspirando por la nariz. Se había acabado su agua con gas, con hielo y todo, y estaba chupando el pedacito de limón—. Nunca he considerado los espejos como medida del alma.
       Me eché a reír. Me sentía bien. El vodka martini resultó ser una bebida más suave y deliciosa de lo que esperaba. Llamaradas azules corrían a toda prisa por mis venas, traviesas como las del gas artificial de la chimenea.
       —Soy fea. No necesito engañarme a mí misma.
       El señor Cantry me contempló frunciendo los labios.
       —Xavia, usted no es fea. ¡Qué cosas dice!
       —¿No? ¿No soy fea? —exclamé riendo con una manotada en mis mejillas carnosas. La llamarada me recorría el cuerpo, mi piel febril.
       El señor Cantry eligió sus palabras con cuidado.
       —Usted es una joven con una fisonomía exótica. Quizá no sea atractiva de manera convencional, como las chicas americanas insulsas y banales. Sus ojos, su estructura facial… ¡Enigmática! Pero no es fea.
       Estaba harta de sus sandeces. Hice una señal al camarero de aspecto aburrido. Era de mi edad, con el rostro aniñado, largas pestañas y la boca como el capullo de una rosa. Un chico guapo, y lo sabía.
       —Camarero —dije, y cuando éste asintió agradablemente, aunque con cierta cautela, pregunté—: ¿Soy fea?
       —¿Perdón?
       El señor Cantry silbó como un padre escandalizado:
       —¡Xavia! Por favor.
       —Bueno, ¿lo soy, camarero? Puede decir la verdad, no va a repercutir en su propina.
       El incómodo joven me miró sin parpadear, sonrojado.
       —Es decir —dije coqueta—, repercutirá en su propina si no responde con sinceridad.
       El camarero intentó sonreír para que la conversación se convirtiera en una broma.
       —¿Soy fea? Sólo tiene que decir la verdad.
       Pero el camarero murmuró unas palabras a modo de disculpa, lo necesitaban en la cocina, huyó.
       El señor Cantry me regañó:
       —No debería incomodar a la gente, Xavia. Si está descontenta consigo…
       —Pero no lo estoy —afirmé—. No estoy descontenta conmigo. Estoy contenta conmigo. Tan sólo creo en decir la verdad. Eso es todo.
       El camarero regresó unos minutos después, probablemente con una réplica ingeniosa, aunque por entonces el señor Cantry y yo estábamos hablando de otros asuntos. El vodka se me había subido a la cabeza. Me sentía de buen humor.
       —Otra ronda —dije chasqueando los dedos—. Para los dos.
       El señor Cantry sacó un gran pañuelo blanco y se sonó la nariz fuertemente y con cuidado. Si había empezado a sentir algo por aquel hombre, aquellas ráfagas de ruido lo disiparon. Le pregunté con solemnidad, inclinándome hacia delante:
       —Señor Cantry, ¿piensa mucho en la muerte? ¿En morir?
       Era como sostener una cerilla encendida cerca de material inflamable.
       Durante un doloroso momento, el señor Cantry no pudo articular palabra. Sus ojos temblaban como si estuvieran a punto de disolverse. Vi que su piel, como lo que recordaba de la mía, parecía suturada, improvisada; como si se hubiera roto en pedazos y hubiese sido arreglada sin cuidado.
       —La muerte, sí. En morir. Sí. Pienso en la muerte sin cesar —pasó a hablar de sus padres, ambos fallecidos, y de una hermana a la que adoraba que murió de leucemia a los once años, y de un perro que había traído a Sandy Hook para que viviera con él, un cocker spaniel que murió en agosto con sólo siete años. Desde la muerte de su perro, confesó el señor Cantry, había tenido que enfrentarse a la perspectiva de preguntarse cada mañana dónde conseguiría la fuerza para obligarse a levantarse de la cama; dormía un sueño aletargado durante horas y creía que a veces estaba muy cercano a la muerte—. El corazón se me para, ¿sabe?, como un reloj. De la manera en que murió mi padre. Mientras dormía. A los cincuenta y dos años —a la vez que hablaba el señor Cantry, vi que se le llenaban los ojos de lágrimas; sus ojos me parecían bonitos, luminosos; sus labios húmedos entreabiertos, incluso los brillantes orificios de su nariz; mi corazón latía acelerado resistiéndose a la emoción que él sentía, la emoción que corría por mi ser y que yo me negaba a reconocer. Una voz maliciosa bromeó: Así que por eso es por lo que te ha estado persiguiendo. Perdió a su único amigo, su perro.
       Me sentía fascinada por aquel hombre feo que no parecía saber que lo era. Cuando un río de lágrimas empezó a correr por sus mejillas, e incómodo se apresuró a limpiárselas con una servilleta, me recosté en mi asiento y contemplé el concurrido café con una pose de aburrimiento. La nariz del señor Cantry le moqueaba sin parar y volvió a sonársela ruidosamente, en esa ocasión con una servilleta, la mía. Cuando terminó, mi momento sensiblero había pasado.
       Terminé mi vodka martini y me puse en pie. El señor Cantry se levantó con torpeza junto a mí, como si acabara de despertarse de un sueño. La frente abultada le brillaba por el sudor. Me siguió de cerca mientras me dirigía entre empujones hacia la puerta diciendo:
       —Xavia, creo que debería saber… que me siento atraído por usted. Soy consciente de la diferencia de edad, de sensibilidad. Espero no haberla ofendido.
       Había una aglomeración de gente en el guardarropa. Por poco conseguí librarme de mi acompañante.
       Una vez fuera, en la acera, con un frío glacial, el señor Cantry dijo por segunda vez, suplicante:
       —Espero no haberla ofendido, Xavia.
       Intencionadamente no respondí. Me había puesto el cortavientos y enfundado el gorro ajustado en la cabeza. El cortavientos era unisex y abultado y el gorro azul marino hacía que mi cabeza pareciera del tamaño de un guisante. Me vi de reojo en un espejo biselado rodeado de helechos en la ventana del café y me estremecí al tiempo que me echaba a reír. Dios mío, ¡qué fea! Y no exageraba. Tanta fealdad casi se convierte en un triunfo, como cuando metes canasta después de que otro jugador te haya hecho falta.

       De vuelta a mi apartamento caminaba rápidamente, obligando al señor Cantry a apresurarse junto a mí. Podía oír su respiración, como el papel de lija al frotarse contra una superficie rugosa. Pobre hombre, me pregunté si sus piernas carnosas y blanquecinas estaban pintadas por venas varicosas. Me pregunté si sus pies, como los míos, se hinchaban como si tuvieran bocio y necesitaban que cada noche los pusiera en remojo en sal de Epsom. Sin embargo, el señor Cantry intentó recuperar el aliento y algo de su desperdiciada dignidad.
       —En cuanto a la muerte, Xavia, creo que no tiene sentido hablar del tema. Ya que cuando estás muerto, te encuentras en un estado de feliz inexistencia; y la inexistencia es no saber. Y cuando no se sabe…
       Hablaba apasionadamente, gesticulando con las manos. Podría haberme conmovido, pero el efecto de sus palabras se debilitó por la forma repentina en la que, al ver un coche patrulla de la policía de Sandy Hook pasar por la calle, se puso nervioso; retrocedió como si temiera ser visto. Bromeé sobre la vigilancia de la policía local en este lugar donde nunca pasa nada, pero el señor Cantry estaba demasiado distraído para responder. No volvió a tranquilizarse hasta que la patrulla desapareció de nuestra vista.
       Dije molesta:
       —La verdad es, señor Cantry, que morimos. Es un verbo activo. Usted muere, yo muero. Nosotros morimos. No es un estado de felicidad, es una acción. Y produce terror, produce dolor. Como ahogarse en el océano…
       Pero el señor Cantry estaba distraído, y quizá desmoralizado. Le dejé en la acera, en la puerta de mi casa, le di las gracias por las copas, y me apresuré escalones arriba antes de que pudiera acompañarme, resollando con una mueca. Me llamó:
       —Xavia, ¡buenas noches!



16

      —¡Este Lee! Es un maldito blandengue. Me deja a mí el trabajo sucio.
       Era Maxine, que hablaba por teléfono, su rostro caballuno inclinado hacia abajo mostrando la cariñosa exasperación que sentía hacia su primo. Aunque era el dueño del hotel Sandy Hook, o al menos tenía una hipoteca considerable sobre la propiedad, Maxine era la que, siguiendo sus órdenes, normalmente despedía o suspendía de forma temporal a los empleados.
       Yo no debería haber oído aquel comentario, por supuesto. Maxine no sabía que me había acercado tanto como para escucharla.
       Descubrí con horror que habían contratado a una nueva camarera. No la había visto pero había oído hablar de ella; decían que era guapa, pelirroja. Desde noviembre se había reducido algo más la clientela de la cafetería y después se había estabilizado. Habían abierto un McDonald’s con aspecto de santuario a kilómetro y medio de distancia que seguro atraería a más clientes nuestros. Nunca reconocíamos a rivales de ese tipo; una mera alusión a ellos provocaría la furia del señor Yardboro.
       Creía que, a su modo, le caía bien al señor Yardboro. Sin embargo, me observaba detenidamente, igual que a todos sus empleados. Sus saltones ojos azul claro me seguían, su mandíbula trabajaba mientras chupaba un palillo de dientes. «Eh, cariño. Eh, cielo, date prisa, ¿vale? Pero no vayas por ahí dando tumbos como un maldito caballo.» Intentaba obedecer al señor Yardboro sin que tuviera que darme instrucciones. Trataba de adelantarme a sus deseos más insignificantes. Era muy amable, sin dejar de sonreír, mientras atendía a sus ruidosos amigos. Nunca me quejaba a espaldas del señor Yardboro, amargamente, como los demás. Nunca evitaba el trabajo, nunca me escondía en el lavabo maldiciendo y llorando. Mi única debilidad, que intentaba mantener en secreto, era comer las sobras de los platos de los clientes. Como la mayoría de los trabajadores del sector de la alimentación, pronto desarrollé una repugnancia por la comida; sin embargo, seguía comiendo, a pesar de la repugnancia; una vez comenzaba a comer, al margen del tipo de comida, por poco apetecible que fuera, mi boca se inundaba de saliva y me resultaba imposible dejar de hacerlo. El día que no pude evitar oír a Maxine hablando por teléfono, que fue un día agitado y estresante para mí, un día de propinas escasas y clientes quisquillosos, un día de una profunda repugnancia metafísica, entré en la cocina con una bandeja llena de platos sucios y no había nadie mirando, así que devoré a la carrera los restos de una hamburguesa con queso con la parte central prácticamente cruda, que goteaba sangre, y varios aros de cebolla, y patatas fritas empapadas de ketchup. En un instante me sentí hambrienta, aturdida. Seguí con otro plato, devorando los restos de una perca rebozada, su repugnante sabor a pescado no se podía cubrir ni siquiera con ketchup, y en aquel terrible momento el señor Yardboro entró de golpe por la puerta batiente, silbando, seguramente me había visto, mis ojos aterrados por la culpabilidad, los dedos y la boca grasientos, pero con un gesto de tacto inesperado —o por simple incomodidad, ya que hay cosas que incomodan incluso a Lee Yardboro— siguió de camino a la oficina, fingiendo no haberme visto.
       Aunque cuando estábamos cerrando dijo, con una mueca de desdén y su mirada azulada recorriéndome de arriba abajo:
       —Come tantas sobras asquerosas como quieras, corazón. Así el triturador de basura se estropea menos.



17

      El señor Cantry había dejado de comer en la cafetería Sandy Hook, al parecer. Sólo por accidente averigüé, por un comentario que hizo otra camarera, que «ese tipo enorme de aspecto extraño con el pelo al rape» había venido hacía un par de semanas, cuando yo no estaba de turno, y el señor Yardboro le dijo que por favor no volviera a frecuentar su cafetería porque otros clientes, es decir, los amigos del señor Yardboro, que estaban cabreados con el Machote por el incidente con el ejemplar de Hustler, se habían quejado.
       —¿Y qué dijo el hombre? —pregunté. Fue curioso que mi boca se torciera en una sonrisa de complicidad infantil como si, al hablar con aquella mujer maliciosa a la que no conocía y que me caía igual de mal que yo a ella sobre un hombre que no se podía defender, nos entendiéramos bien. ¡Nos estábamos comportando como amigas!
       —Dijo algo así: «Gracias, eso es exactamente lo que yo también deseo». Y se fue. Como ese extraño maestro que tenía en el instituto, que siempre miraba al techo cuando daba sus charlas.
       Reí intentando imaginarme la escena. Gracias a Dios no había dicho nada de «Xavia». Me sentí aliviada porque nadie pudiera establecer la conexión entre ambos.
       ¿Pensaba en el señor Cantry, mi antiguo maestro de Matemáticas? En absoluto. Lo borré de mis pensamientos como si hubiese limpiado una pegajosa mesa de formica.
       Menos aquella tarde oscura y ventosa de Nochebuena, cuando cerramos temprano (había poca gente, el señor Yardboro y su familia estaban pasando la semana en Orlando, Florida), y el señor Cantry vino a preguntarme si podría verme aquella noche. Llevaba un abultado abrigo de lana y un sombrero negro calado con fuerza en su frente. Sus ojos incoloros, fijos en mi rostro, brillaban con anhelo y reproche a partes iguales, como si hubiese sido yo quien le prohibió la entrada en la cafetería Sandy Hook. Me dieron ganas de responder: «¿Qué? ¿Está de broma? ¿Nochebuena con usted?», pero me oí decir, suspirando:
       —Bueno. Está bien. Pero sólo un rato.
       La cafetería estaba decorada mínimamente para las navidades pero con colores llamativos. Maxine y yo la decoramos juntas, y en cierto modo yo estaba orgullosa de ello. Había cintas de oropel, muérdago de plástico y acebo sobre los reservados; había un abeto de plástico de un metro con bombillas parpadeantes en la ventana; había un gracioso Papá Noel barrigón junto a la caja registradora cuya nariz se encendía (la broma en la cafetería era que ese Papá Noel se parecía al señor Yardboro con las mejillas sonrosadas y sus saltones ojos azules). Con un tono irónico, le pregunté al señor Cantry qué pensaba de la decoración y él miró a su alrededor lentamente, como si estuviera haciendo inventario. En aquel momento no había nadie más en la cafetería y, al verla con los ojos del señor Cantry, sentí una ola de terror apoderarse de mí; la cafetería Sandy Hook era sólo eso, la suma de sus superficies. Era como uno de esos contundentes cuadros realistas de moda con una escena urbana, neones, cromo, formica, plástico y cristal, que contemplas intentando entender cómo alguien puede haber sido tan idiota como para pintarla.
       El señor Cantry dijo, intentando ser amable:
       —Capta una especie de espíritu navideño.

       A pesar de su paso dolorido, el señor Cantry insistió en que le acompañara a su casa. Me sorprendió descubrir que se encontraba en una calle paralela a la mía a unas cuantas manzanas; un edificio de apartamentos de cinco plantas. Su apartamento, en el segundo piso, tenía los techos altos, una chimenea (que no se usaba) en la sala de estar, y estaba repleto de muebles viejos. Incrustados en la mugrienta alfombra oriental como si estuvieran tejidos en la tela había mechones de pelo de perro de color cobrizo y había más pelo de perro en el sofá victoriano de crin en el que el señor Cantry me invitó a sentarme. Las pesadas cortinas de terciopelo estaban echadas sobre las ventanas, aunque no completamente. Había un penetrante olor a algo medicinal. Una voz bromeó: ¡El escenario para la seducción! Mientras el señor Cantry andaba de acá para allá en la cocina contigua, calentando, como él lo llamaba, los aperitivos en el horno, examiné la mesa repleta de numerosas fotografías enmarcadas y cubiertas de polvo de los familiares del señor Cantry, con la cabeza ovalada, personas formales, la mayoría de ellas ancianas o de mediana edad, con ropa y peinados de épocas pasadas. En la primera fila de fotografías había instantáneas en tonos vivos de un cocker spaniel de color caramelo con ojos llorosos. El señor Cantry entró en la sala tarareando, de buen humor, con una bandeja de plata que sostenía una botella de champagne y dos copas de cristal y una fuente de salchichas todavía humeantes y bocaditos de queso. Dijo en voz alta:
       —Ah, Xavia. Monumentos a mis muertos. En todo caso, no deberían desalentarnos. Es Nochebuena.
       Al oler los aperitivos me sentí hambrienta de inmediato. Aunque también un tanto mareada, el olor a medicinas y el olor subyacente a polvo, suciedad, mugre, soledad eran demasiado intensos. De forma ceremoniosa, el señor Cantry depositó la bandeja delante de mí como si yo constituyera una mesa llena de gente. Tenía los ojos llorosos por el esfuerzo y le temblaban los dedos. Cuando no respondí y comencé a comer, añadió en un tono melancólico:
       —Cuando eres el último de tu estirpe, Xavia, como yo, miras hacia atrás, no hacia delante. De tener hijos, obviamente tirarían de ti hacia delante. Me refiero a tus atenciones, tus esperanzas. Hacia el futuro.
       —Bueno, no estoy de humor para tener un hijo. Aunque sea Nochebuena. No cuente conmigo, señor Cantry.
       —Xavia, ¡dice unas cosas!
       El señor Cantry se sonrojó, pero de alegría, como si me hubiera inclinado hacia él y le hubiera hecho cosquillas de pronto. Me había convertido en la pícara alumna descarada que los maestros cortejan inexplicablemente.
       —No estaba hablando de nosotros, por supuesto. Sólo hablaba en teoría.
       Se sentó en el sofá a mi lado; el viejo mueble crujió. Me sorprendió que se sentara tan cerca de mí; el señor Cantry parecía haber ganado, en la eclosión de su apartamento, un grado de confianza masculina. Descorchó el champagne con cierto esfuerzo —era champagne francés, con una etiqueta negra y un pretencioso tipo de letra dorado— y nos sirvió unas copas rebosantes. Rió mientras parte del líquido espumoso se derramaba por mis dedos y mis pantalones de pana.
       —¡Feliz Navidad, Xavia! Y feliz año nuevo, que espero nos traiga mucha felicidad.
       Había algo de alocado e inquietante en su forma de sonreír, y de brindar con su copa contra la mía, y de beber. Dije, con un presentimiento:
       —¿Le conviene beber, señor Cantry?
       Respondió dolido:
       —La Nochebuena es una ocasión especial, creo.
       Si eres alcohólico, no hay ocasión que pueda ser especial, pensé. De hecho, unos años antes yo había tenido un problema con la bebida. Pero me lo guardé.
       En pocos minutos, el señor Cantry y yo nos habíamos tomado dos copas de champagne cada uno. Nos habíamos comido la mayoría de las salchichitas grasientas y los bocaditos de queso. El señor Cantry me hablaba de sus fuentes de ingresos; una pensión de invalidez del Estado de Nueva Jersey y un pequeño fondo fiduciario de la familia.
       —Todavía no me he casado —dijo eructando con levedad—, por el excelente motivo de que nunca he estado enamorado.
       Mi cabeza se vio inundada por un zumbido como de pequeñas burbujas estallando, o neuronas. Sonreí al ver la mano regordeta de un hombre alargada con torpeza en busca de la mía, una criatura calva buscando a otra a tientas.
       ¡Ahora la seducción! ¡Ahora la violación! Me eché a reír, aunque empezaba a sentir pánico. El señor Cantry exclamó:
       —¡Eres tan misteriosa, Xavia! Tan exótica. Distinta a las otras jóvenes camareras que he conocido en Sandy Hook; eres especial.
       No me gustó que me dijera que había habido otras camareras en la vida del señor Cantry.
       —¿Por qué soy tan especial? —pregunté con ironía mirando fijamente los dedos del señor Cantry alrededor de los míos, y nuestras manos posadas sobre mi rodilla. Sus nudillos eran grandes y sin vello y tenía las uñas cortadas con esmero, tan limpias como las mías o incluso más.
       —Como fuiste alumna mía, siempre hay algo sagrado en esa relación.
       Reí desilusionada. De hecho, ni siquiera estaba segura de haber ido a la clase del señor Cantry. Retiré mi mano de la suya y tiré mi copa de champagne, que cayó sobre el sofá de crin, derramando el resto de su contenido. El señor Cantry se apresuró con unas servilletas, murmurando entre dientes. Dije:
       —Creo que debería irme, señor Cantry. No me encuentro bien.
       Él respondió, respirando con aspereza:
       —¡Podrías echarte un rato! Aquí o en la otra habitación. Se supone que debe ser una ocasión feliz.
       Me levanté y la habitación me daba vueltas. El señor Cantry se puso en pie tambaleándose, como para sostenerme, pero su paso era inseguro, perdió el equilibrio, y los dos caímos al suelo en un montón desgarbado. Yo reía. Estaba a punto de comenzar a respirar de manera acelerada. Ahora va a estrangularte. Mira esos ojos. Me arrastré para escapar, a gatas. Se debió de desenchufar una lámpara, la sala quedó parcialmente a oscuras. El señor Cantry estaba de rodillas jadeando junto a mí, acariciando mi cabello con torpeza.
       —¡Perdóneme, por favor! No tenía intención de disgustarla.
       Algo bloqueó mi camino mientras me arrastraba, una pesada silla. Empujé la mano del señor Cantry, que acariciaba mi cabello y mi nuca de una forma que podría interpretarse como juguetona, igual que el señor Yardboro y algunos de sus amigos se daban pequeños puñetazos en la parte superior del brazo. Pero el señor Cantry era fuerte y corpulento. Me estaba acariciando la espalda y me besaba la nuca, su boca húmeda y ansiosa como la de un perro.
       —Podría quererte. Necesitas un guía ferviente y poderoso. En ese lugar te estás rebajando. Si te castigan lo suficiente, acabas siendo culpable. Lo sé con certeza. Xavia…
       Me puse nerviosa y le empujé, perdió el equilibrio y se golpeó contra una mesa, una cascada de fotografías enmarcadas cayó al suelo, y sus vidrios se hicieron añicos.
       Me arrastré desesperadamente, conseguí liberarme, di un salto y cogí mi cortavientos. El señor Cantry me gritó como un animal herido:
       —¡Qué ha hecho! ¡Cómo se le ocurre! ¡Por favor! ¡Vuelva!
       Salí corriendo del apartamento y bajé las escaleras y cuando regresé a mi casa y cerré la puerta con el cerrojo vi con ojos llorosos de loca que sólo eran las 20.10 de la noche de Nochebuena; me había parecido mucho más tarde.
       Pensé que era posible que el señor Cantry me hubiera seguido para pedirme disculpas. Pero no lo hizo. El teléfono no sonó. No esperaba que mi madre me llamara para desearme feliz Navidad igual que yo no había pensado en llamar, y resultó ser así.



18

      El día de Navidad, la cafetería Sandy Hook estaba cerrada. Al día siguiente, viernes, cuando fui a trabajar a última hora de la tarde, me enteré de que el señor Cantry había sido arrestado el día anterior por merodear en patios traseros e intentar mirar a una mujer por las ventanas del piso inferior de su casa. La maliciosa de Maxine me enseñó una copia de un diario local, un breve párrafo en la columna del registro de la policía acompañado de una foto que mostraba a Virgil Cantry boquiabierto ante el flash de la cámara, con una mano levantada débilmente para protegerse el rostro en una clásica pose de vergüenza.
       —Es él, ¿verdad? ¿El tipo que solía venir sin parar?
       Le quité el diario y leí, estupefacta, que en Nochebuena una lugareña había denunciado a un merodeador en su patio trasero, un hombre que escudriñaba por sus ventanas; ella gritó y él huyó corriendo por los patios traseros vecinos; ella llamó a la policía, que se presentó en el lugar y no encontró a nadie. Al día siguiente, a partir de la descripción de la mujer, y de otra información, la policía arrestó al señor Virgil Cantry, de treinta y nueve años, que negó las acusaciones.
       —No me lo creo —respondí aturdida—. El señor Cantry no haría algo así.
       Maxine y los demás se rieron de mí, de la expresión en mi rostro.
       —¡No! De verdad. No lo haría, nunca —dije.
       Fui a colgar mi cortavientos, aturdida, como si me hubieran golpeado en la cabeza. Podía oírlos hablando, riendo, a mis espaldas. El murmullo y el rumor de la alegría.
       Durante mi descanso, prácticamente corrí a la comisaría de policía que estaba a unas pocas manzanas. Pregunté por Virgil Cantry y me dijeron que no se encontraba allí; no lo habían arrestado como afirmaba el diario, tan sólo lo habían llevado para interrogarlo. Estaba nerviosa; insistí en hablar con uno de los agentes que llevaban la investigación; dije que el señor Cantry y yo habíamos estado juntos en Nochebuena, era imposible que el señor Cantry hubiese estado merodeando por los patios traseros… Y tampoco podía correr. Tenía problemas en las piernas.
       La mujer que presentó la denuncia llamó a la policía a las 20.50 de la noche de Nochebuena. Era ridículo, pensé, imaginar que Virgil Cantry hubiera salido después de que yo le dejara, para comportarse de forma tan desesperada. Insistí en que habíamos estado juntos hasta después de las nueve. Hice una declaración oficial a la policía de Sandy Hook y la firmé. Estaba temblando, furiosa. «Ese hombre es inocente —afirmé una y otra vez—. No tienen derecho a acosarlo».
       Supe después (me tomé la molestia de seguir el caso) que el señor Cantry fue uno de los hombres que llevaron a la comisaría para ser interrogados. Aunque no coincidía con la descripción de la mujer de un hombre grueso de cabello oscuro con una chaqueta de cuero y barba descuidada, la policía lo había llevado para interrogarle de todos modos ya que era uno de los pocos residentes locales que tenía antecedentes penales (por ebriedad, alteración del orden público y resistirse al arresto nueve años atrás, acusaciones de las que se había declarado culpable a cambio de un período de libertad condicional y el pago de unas multas en lugar de un tiempo en la cárcel). Cuatro días después, el merodeador y mirón fue arrestado y confesó.
       Cuando el señor Yardboro regresó de Florida, con cinco kilos menos, bronceado y animado, se enteró del «arresto» de su antiguo cliente y de que fui a la comisaría de policía y de lo que les había dicho. Se había convertido en una especie de anécdota cómica en la cafetería Sandy Hook, repetida con frecuencia, que provocaba risas. El señor Yardboro pensó que era muy divertida y se rió en voz alta; era un hombre al que le gustaba reírse.
       —¿Qué, corazón, eres la chica del Marica? ¿Desde cuándo?
       Me ardía la cara como si la tuviese en llamas.
       —No. Sólo quería ayudarle.
       —¿Estuviste con él como dijiste? ¿En Nochebuena?
       El señor Yardboro no paraba de reír, su mano cálida y pesada sobre mi hombro.



19

      A mediados de enero, descubrí una carta dirigida a «Xavia», mecanografiada de manera cuidadosa, en un sobre liso sin sello en mi buzón.

Querida Xavia,
     ¡Gracias! Le estoy profundamente agradecido. Pero me siento muy humillado. Veo que a partir de ahora «todo vale» conmigo en este terrible lugar.
     Su amigo,

    

Virgil Cantry

      Nunca volví a ver al señor Cantry; supongo que se marchó de Sandy Hook. Pero me quiso durante una hora, por lo menos. Yo no le quería, y fue una pena. Aun así, durante esa hora, alguien me quiso.


20

      Un día a finales de enero, el señor Yardboro me llamó a la cocina para darme instrucciones para destripar el pescado. Uno de los pinches de cocina acababa de marcharse de la cafetería Sandy Hook. Chupando un palillo, el señor Yardboro señaló la cuchilla de carnicero que ya estaba húmeda con sangre aguada y me dijo que la cogiera. Habían colocado ocho pescados boca arriba sobre la mesa del carnicero.
       —Empieza por las cabezas, cariño. A cortar. Con cuidado. Después las colas. Que el corte no quede torcido. Sin vergüenza. Así me gusta.
       Mis dedos parecían cubitos de hielo. Estaba ansiosa, nerviosa. El señor Yardboro sonrió ante mi repugnancia.
       Truchas arco iris, percas, halibut. Ese pescado se compraba sin destripar del proveedor porque así salía mucho más barato. Tenía que ser destripado y limpiado y había que quitarle las espinas y enjuagarlo en agua fría y freírlo en pan rallado grasiento u hornearlo y rellenarlo con una sustancia gomosa descrita en el menú como aliño de setas y cangrejos que en realidad estaba hecha de setas troceadas y esa repugnante comida sintética importada de Japón, «surimi».
       El pescado estaba frío y resbaladizo. Como serpientes. Sus escamas parpadeaban a la fuerte luz fluorescente. Extraños ojos redondos contemplándome, sosos y sin censurarme. Un día también estarás en esta situación. No sentirás nada.
       Desplacé la pesada cuchilla de carnicero en un arco más amplio que el que el señor Yardboro habría deseado. La afilada cuchilla decapitó con facilidad una trucha y se hundió más de un centímetro en la madera.
       —No tan fuerte, cariño —dijo el señor Yardboro sonriendo de oreja a oreja—. Eres una chica dura, ¿eh?
       —No controlo bien mi fuerza —dije con alegría.
       El hedor a pescado me producía náuseas y me zumbaban los oídos pero cortaba con energía, cabezas y colas, y las empujaba a un cubo que había en el suelo. Sin los ojos redondos que me contemplaban, me sentiría más tranquila.
       —Ahora las tripas. Adentro.
       —¿Adentro?
       El señor Yardboro, que a menudo presumía de ir a pescar en el océano desde niño, limpiando su propio pescado, me enseñó cómo se hacía. Sus dedos eran pequeños y gruesos, diestros y rápidos a la vez. Mis dedos no eran tan seguros.
       Cuando nuestro cocinero limpiaba el pescado, se ponía guantes. Estaba segura de ello. Pero el señor Yardboro no me dio esa opción.
       Era torpe. Las tripas se me pegaban a los dedos. La sangre, los tejidos. Pedacitos de espinas rotas bajo mis uñas. Supongo que me toqué el cabello, nerviosa. Después descubrí una hebra de tripas translúcidas de pescado en mi pelo y entendí por qué el señor Yardboro me sonreía de aquella forma tan suya. Un hoyuelo en la mejilla como una hendidura hecha con una navaja de afeitar.
       Más tarde llegó el momento de quitar las espinas.
       —No hace falta que intentes quitarlas todas —dijo el señor Yardboro—. No estamos en el Ritz.
       Me costaba extraer las espinas de la carne. Me llamó la atención lo exquisitamente delicadas que eran. Espinas curvadas de un blanco translúcido, algunas de ellas no eran más gruesas que un cabello, un filamento. Dentro del exterior serpentino, un laberinto; un laberinto tan fácil de destruir por una torpe mano humana.
       —¿A qué esperas? Deshazte de esa porquería.
       Avergonzada, empujé las espinas hacia el cubo. Qué hedor subía de él.
       —Muy bien, cariño. Veamos cómo haces la operación, de principio a fin. A cortar.
       El señor Yardboro no era mucho más alto que yo, pero se alzaba imponente sobre mí. Empujando mi hombro con el suyo. Como si fuéramos iguales, casi, aunque yo sabía que no era así.
       Durante toda mi vida, nunca he podido comer pescado sin oler el hedor de la cocina de Sandy Hook y sentir una oleada de nerviosismo que se convierte en náuseas. Tripas de pescado crudo, pescado frito, pan rallado grasiento. Me daba asco pero comía de todos modos.

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