Joyce Carol Oates
(Lockport, New York, 1938-)


Mágico, sombrío, impenetrable
“Lovely, Dark, Deep”
Originalmente publicado en Harper’s (noviembre 2013)
Lovely, Dark, Deep (2014)



Conferencia de Escritores de Bread Loaf, Bread Loaf, Vermont
18 de agosto de 1951

      Aquella fue la primera sorpresa: el gran hombre era mucho más voluminoso, mucho más corpulento, de lo que yo había imaginado. Nadie lo llamaría gordo: habría sido insultante e inexacto; pero su torso se combaba bajo la camisa como una gran ubre, y sus muslos, en pantalón corto, eran como los muslos carnosos de una mujer de mediana edad. El rostro de joven poeta lleno de sensibilidad (al menos en las fotos que yo había pegado en la pared de mi dormitorio) se había vuelto más ordinario y basto; profundas arrugas ponían los ojos entre paréntesis, como si hubiera fruncido el ceño, o entornado o guiñado los ojos con demasiada frecuencia para sugerir la (secreta) maldad de las palabras que salían de su boca. Los cabellos de nívea blancura tantas veces captados en fotografías, como un ectoplasma alzándose de su cabeza, eran más escasos de lo que ninguna foto sugería y no tan blancos, y estaban alborotados como si el poeta acabara de despertarse, todavía aturdido. El rostro, en su conjunto, parecía grande —más grande de lo que se espera que sea el rostro de un poeta— y las marcadas mandíbulas quedaban oscurecidas por una sombra brillante, como si llevara uno o dos días sin afeitarse. Párpados caídos, casi cerrados.
       —Perdóneme… ¿Señor Frost?
       Mi voz era dubitativa, de disculpa. El corazón había empezado a latirme de manera errática, como una frágil criaturilla —mariposa, polilla— que se golpeara contra las paredes de su encierro.
       Porque allí delante, cuando todavía no esperaba encontrármelo, se hallaba el gran hombre. Llevada por el nerviosismo y la emoción había supuesto que tendría que caminar mucho más por el sendero del bosque hasta su casa, denominada la «Cabaña del Poeta». Imaginaba que tendría que llamar a la puerta y esperar a que alguien la abriera. (Con toda seguridad no iba a ser el legendario Robert Frost en persona, sino un ayudante o secretario. Viudo desde 1938, como había tenido buen cuidado de informarme, el poeta, al menos, no estaría sometido a la protección de una esposa desconfiada.) Pero en la vida real el señor Frost esperaba a su entrevistadora en el exterior de la cabaña, aunque dentro de un pequeño porche, repantigado en un sofá columpio y, al parecer, dormitando; de la boca abierta le caía un hilillo de saliva. Sobre la arrugada entrepierna de sus pantalones de anciano había un cuaderno abierto y en el suelo de tablas reconocí el lápiz del poeta.
       El señor Frost parecía haberse hundido en un sueño semejante a un trance mientras escribía un poema. Sentí un estremecimiento de júbilo ante tan inesperada intimidad. ¡Contemplaba a Robert Frost dormido! Y nadie lo sabía.
       En una mesa junto al columpio del porche había una jarra con lo que tenía toda la pinta de ser limonada y dos vasos, uno lleno en su cuarta parte, además de un reloj despertador en extremo ruidoso y un sucio matamoscas rojo.
       Miré deprisa a mi alrededor: nadie parecía estar vigilando. La recepcionista con la que había hablado en el Centro de Conferencias Bread Loaf, al pie de la carretera, me había enviado a reunirme con el señor Frost sin ningún acompañante:
       —La están esperando, señorita Fife. Solo tiene que subir hasta la Cabaña del Poeta. Y recuerde que no debe quedarse más de una hora, incluso aunque el señor Frost se muestre generoso con su tiempo y la invite.
       Me sonrió con exagerada delicadeza y Evangeline Fife le devolvió una sonrisa muy parecida. ¡Claro! Por supuesto, señora.
       La sede de la Conferencia de Escritores, porque tal es su nombre, está siempre muy concurrida en esta época del año; en aquella ocasión había cientos de visitantes entre escritores, poetas y alumnos de todas las edades (con preponderancia de acomodadas mujeres maduras). Pero la parte de las instalaciones situada detrás de las oficinas administrativas y de las casas de madera pintadas de blanco de las principales autoridades estaba acordonada y con carteles en los que se leía privado.
       Como una colegiala concienzuda, yo llevaba un capacho de paja de gran tamaño, cargado de libros, grabadora, cuaderno, monedero. Del capacho salió ahora, muy deprisa, para colocarse entre mis manos, mi recién comprada Kodak Hawkeye.
       Porque, al parecer, el señor Frost no había oído mi voz titubeante y seguía con los ojos cerrados. Con manos temblorosas coloqué la cámara, miré a través del visor a la figura imprecisa con sus blancos cabellos fantasmales, y me atreví a apretar el disparador. Luego, con mucho cuidado, hice avanzar el carrete para hacer la siguiente fotografía.
       En cada nueva instantánea había que detenerse como al cargar un arma de fuego. No se «hacían fotos» en rápida sucesión: cada una de ellas era un acto deliberado y premeditado.
       Cuán extrañamente vulnerable me pareció el poeta, algo así como un familiar de avanzada edad, un padre, un abuelo a quien se vislumbra tumbado en algún lugar de la casa, apenas arreglado y solo vestido en parte; se decía que le preocupaba mucho su aspecto y que insistía en ejercer el derecho de veto sobre la mayor parte de sus imágenes fotográficas y, por lo tanto, suponía una oportunidad inesperada encontrarlo en aquel estado de desaliño entre el sueño y la vigilia, como en un trance hipnótico. Comprobé que solo se cubría los pies con unas pantuflas de cuero muy gastadas.
       Sonreí al ocurrírseme Quizás está soñando… ¿con una entrevista? ¿Una entrevistadora que se le presenta de manera furtiva?
       Aquella tarde hice en total a escondidas siete fotografías del señor Frost con la mandíbula desencajada y dormitando en el sofá columpio del porche. Se las vendí a un coleccionista privado que se las revendió a otro coleccionista y acabaron incorporadas a las Colecciones Especiales de Robert Frost de la biblioteca de Middlebury College, catalogadas, con mucha discreción, como Bread Loaf, agosto de 1951 (fotógrafo desconocido).
       Hacer fotografías del señor Frost sin permiso era una desfachatez, lo sé. En toda mi vida no había hecho nunca nada ni de lejos parecido; al menos, no recordaba haberlo hecho: apoderarme de algo que no era mío, pero que creía mío; que creía merecerme. Por eso durante todo aquel tiempo temblaba de miedo al pensar en que el poeta se despertara y me descubriese. El júbilo por mi audacia me recorría todo el cuerpo como un veloz choque sexual: ¡Voy a robarle el alma! Es lo que me merezco.

       Tenía treinta y un años y era candidata a un máster de Literatura inglesa en Middlebury College, cuando, a finales del verano de 1951, me trasladé a la Conferencia de Escritores de Bread Loaf para hacer una entrevista a Robert Frost que se publicaría en un número especial de Poetry Parnassus.
       Por aquel entonces, «Evangeline Fife» era una poeta prometedora, así como profesora de Literatura inglesa en la academia femenina Privet de Marblehood, Massachusetts, centro docente en el que me había graduado en 1938; en el otoño de 1950 me habían aceptado para el exigente programa del máster de Literatura inglesa de Middlebury College. Tenía la esperanza de que aquel nuevo título me ayudase a progresar, aunque solo fuera mejorando mi currículo académico de manera que pudiera solicitar un puesto en un college con programas de cuatro años o en una universidad. (Desde luego, estaba al tanto de que se contrataba a pocas mujeres para esos puestos, excepto en colleges femeninos y que, incluso en ese caso, se prefería a los varones. De todos modos quería creer que contaba con el apoyo de mis profesores de Middlebury porque había publicado poesía en varias revistas literarias de prestigio, incluida Poetry Parnassus, cuyo consejo de redacción me había autorizado a entrevistar a Robert Frost, que tenía, por aquel entonces, setenta y siete años.) El director de mi tesis en Middlebury era, y no por pura casualidad, también director de la Conferencia de Escritores de Bread Loaf durante el verano, y me había alentado tanto con mi poesía como en mi trabajo académico; el profesor Diggs tuvo además la amabilidad de darme una recomendación para que el famoso poeta —que normalmente rechazaba la mayoría de las peticiones de entrevistas, al menos con personas «desconocidas» y para publicaciones tan poco destacadas como Poetry Parnassus— me recibiera.
       Era consciente del gran honor que se me hacía al permitírseme entrevistar a Robert Frost, el poeta norteamericano más destacado de la época, y me había preparado con más diligencia aún de la que me era habitual. Eso supuso leer —y releer, de hecho— todos los poemas de Frost, muchos de los cuales, sin habérmelo propuesto, había memorizado en mis años de secundaria. Ya en mi primera adolescencia mi abuela me había leído poemas de Frost tales como «The Road Not Taken» [El camino no seguido], «The Death of the Hired Man» [La muerte del jornalero], «Birches» [Abedules], «Mending Wall» [La cerca rota] y «Stopping By Woods on a Snowy Evening» [Un alto junto al bosque en una noche de nieve] (el preferido de mi abuela). Mis profesores de Literatura inglesa en la academia Privet reafirmaron mi admiración tanto por Frost como por la poesía en general; en el Berkshire College para mujeres mi especialidad fue en literatura inglesa y publiqué poemas en Berkshire Blossoms, revista de la que había sido editora durante mi último año en la institución. Como profesora ayudante de Literatura inglesa en Privet enseñaba la poesía de Frost junto con la de Shelley, Keats, Wordsworth y Byron. Por supuesto, al señor Frost le había oído recitar sus poemas varias veces en Massachusetts y en Vermont, siempre ante un público numeroso, extasiado y falto de sentido crítico. El ambiente de aquellos recitales tan celebrados era reverencial pero alegre, porque a Robert Frost se le conocía ya como el yanqui sabio, que también era una persona ocurrente: un norteamericano «de andar por casa» que tenía además don profético.
       ¿Se están preguntando qué aspecto tenía yo? A ningún observador le hubiera sorprendido enterarse de que Evangeline Fife era «poetisa» (puesto que así se denominaba a las poetas por aquel entonces), pero sin duda se debe señalar que era una joven bonita —muy bonita— que siempre había aparentado menos años de los que le correspondían, lo que es, para las mujeres, el más satisfactorio de los errores.
       A un hombre le puede gustar que se le crea, sin motivo, sexualmente más agresivo de lo que es, y más rico. Para las mujeres, la edad es primordial.
       Cierto, no era una mujer de belleza singular, lo que hubiera requerido una estrategia por completo diferente para enfrentarme con el mundo (masculino) —una mucho más circunspecta y tortuosa—, pero mi tipo de atractivo rubio y lánguido les parecía a muchos hombres preferible a la hermosura. La bella espectacular es la mujer que un hombre no puede controlar de la manera en que imagina que podría si se tratara de una mujer bonita sin más, delicadamente rubia y que a los treinta y uno pasa todavía por dieciocho.
       Era, además, menuda. Los hombres se imaginan que pueden intimidar con mayor facilidad a una mujer menuda.
       «Evangeline Fife» no estaba casada, ni siquiera prometida. Eso se constataba de inmediato al comprobar que en el dedo anular de la mano izquierda no llevaba anillo. Como la mayoría de las muchachas y mujeres jóvenes de su clase y de su época, la señorita Fife era, sin ningún género de dudas, virgen.
       Con la palabra virgen se define no solo, o meramente, un estado fisiológico, sino también espiritual. Pura, inocente, impoluta, sin malicia: tales eran los adjetivos que hubieran servido para describirme y que me habrían parecido halagadores, como a cualquier joven soltera de la época.
       Aunque a los treinta y uno, y todavía célibe, Evangeline Fife no fuese ya del todo joven, yo confiaba en que el señor Frost, a los setenta y siete, me viese de manera distinta.

       —Perdóneme, señor Frost. Soy… Evangeline Fife. Estaba… citada con usted a la una…
       Dominada por la emoción, me temblaba la voz. Si alguien me hubiera tocado la garganta con un dedo, como el poeta adormilado podría haber imaginado que hacía, habría captado un zumbido vibrante y sensual.
       El poeta parpadeó antes de abrir los ojos del todo. Durante un momento de desconcierto pareció que no sabía dónde estaba: ¿fuera? ¿En un sofá columpio en el porche? ¿Había estado durmiendo? Y ¿qué hora era?
       Su primera mirada asustada fue para el despertador colocado en la mesa al lado del columpio. Desde donde yo estaba no conseguía ver la esfera con claridad, pero tenía la impresión de que el cristal brillaba con luz refleja. El reloj era de un tamaño algo mayor de lo habitual, con remates de latón y aspecto de instrumento náutico; su tictac era muy fuerte y parecía demasiado rápido.
       Acto seguido el poeta me vio: parpadeó de nuevo e incluso se frotó los ojos. ¡Ah, una atractiva joven desconocida! a unos tres metros frente a él, de pie sobre la hierba, de pelo rubio pálido muy bien cepillado y ojos de color violeta muy abiertos, llenos de adoración, como los de una colegiala amante de la poesía. Como podría hacerlo un corpulento pavo real, el poeta se pasó revista, examinándose el voluminoso cuerpo. Sus manos, grandes, se alzaron para alisarse el pelo revuelto, acariciarse las mejillas sin afeitar y ajustarse la camisa, que se abultaba por encima de la hebilla del cinturón. Frunció el ceño y me sonrió, al tiempo que aparecía en sus ojos, de un desvaído azul helado, una mirada maliciosa; acto seguido emergió, como si se corriera el telón de un escenario muy bien iluminado, «Robert Frost», el sabio de Nueva Inglaterra, el de los célebres recitales poéticos.
       —¡Sí! Por supuesto. La estaba esperando, querida mía. Ha sido usted puntual, ha llegado justo a la una. Pero yo soy más puntual aún, porque ya estaba aquí.
       Por desgracia, el cuaderno en precario equilibrio sobre su regazo cayó al suelo. Torpe, desconcertado y notándose sin la agilidad necesaria, el señor Frost parecía poco inclinado a agacharse y recogerlo, de manera que, con una pequeña reverencia, lo hice yo.
       (Era un cuaderno corriente de espiral, con una tapa negra que imitaba el mármol. Por lo que pude ver, sus páginas estaban cubiertas de garabatos a lápiz.)
       Al señor Frost pareció avergonzarle verse obligado a coger el cuaderno que le ofrecía.
       —Gracias, querida mía.
       Muy a la manera de una colegiala, permanecí inmóvil delante del poeta, cuyos ojos recorrieron mi cuerpo de arriba abajo con la profesionalidad de un tasador de piedras preciosas. Siempre se produce un momento de ansiedad hasta que una mujer descubre cuál ha sido el juicio del varón: ¡Sí! Pasas la prueba.
       (Aquella mañana, después de pensármelo mucho antes de iniciar mi peregrinación, había elegido un vestido camisero rosa con estampado floral y falda acampanada que me caía por debajo de la rodilla. Calzaba unas bailarinas negras de charol. El pelo rubio pálido lo llevaba bien cepillado y resplandeciente, atado detrás con una cinta rosa de terciopelo. Por supuesto, la Kodak Hawkeye había desaparecido dentro del capacho de paja como si nunca hubiese existido.)
       El señor Frost reconoció con un murmullo lo agradable de su sorpresa al descubrir que la entrevistadora para la revista Poetry era… yo.
       —Con demasiada frecuencia el entrevistador, si se trata de un joven, es adusto y de cejas muy pobladas; o carece de cintura y es tan poco agraciada como un trozo de sebo…, si se trata de una mujer —el poeta rio entre dientes con picardía y se frotó las manos.
       Allí estaba el yanqui sabio. Y todavía más querido como travieso yanqui sabio.
       Me ruboricé. Aquel cumplido, a expensas de otros entrevistadores menos afortunados, era un regalo ambiguo: aceptarlo sería vanidad; dar la sensación de rechazarlo, de mala educación. Una mujer joven aprende pronto a mostrarse muy escurridiza para no molestar a sus mayores (de sexo masculino) gracias al suave reproche de una sonrisa.
       No me quedaba, sin embargo, más remedio que presentar una pequeña objeción:
       —Excepto, señor Frost, que no se trata de Poetry sino de Poetry Parnassus.
       El señor Frost gruñó que no estaba seguro de haber oído nada sobre Poetry Parnassus.
       —Aparecerá usted en la portada, señor Frost. Tal como le expliqué en mi carta.
       Pero el señor Frost siguió frunciendo el ceño. Una especie de tormentosa malevolencia se le acumuló en la frente.
       Sin perder un momento me apresuré a añadir:
       —Quiero decir que todo el número de octubre se consagrará a «Robert Frost».
       Aquello aplacó al poeta, hasta cierto punto. Había recuperado ya algo de su compostura con la colocación del cuaderno en la mesa junto al sofá columpio y empuñaba, como para jugar, el matamoscas rojo de plástico.
       —¿Cómo ha dicho que se llama, cariño?
       —Evangeline Fife.
       El señor Frost me miró con ojos alborozados.
       —Evangeline Fife…, un nombre inspirado de verdad. ¿Es auténtico, o una hábil invención sobre la marcha para picar la curiosidad del poeta?
       ¡Qué pregunta tan extraña! Mi rostro, de piel muy fina, enrojecido ya, se encendió todavía más.
       —Es mi… nombre verdadero…, señor Frost —le contesté, tartamudeando.
       —Tan auténtico como Robert Frost, ¿no es eso?
       ¡Sí que era un comentario ingenioso! O al menos me lo pareció. Porque Robert Frost era el nombre ideal para la persona que había creado la poesía de Robert Frost.
       —Por favor, siéntese, querida señorita Fife. Perdone la grosería de un anciano que no se ha levantado con presteza al acercarse usted…
       El señor Frost hizo un cortés gesto insignificante para simular la acción de ponerse en pie, sin moverse en realidad; y extendió una mano hacia mí con ademán caballeresco, aunque resultaba imperativo que me acercase a él para permitir que su mano regordeta, llena de hoyuelos, se apoderase de la mía y la estrechara con brío.
       Con un ligero gruñido el señor Frost tiró de mí para que subiera al porche y me sentara a su lado en el sofá columpio; pero elegí, discreta, colocarme en una silla de ratán.
       —Me temo, querida mía, que el cojín de esa silla está húmedo.
       Demasiado tarde comprobé la veracidad de aquella afirmación. Pero me limité a reír, despreocupada, e insistí en que la silla estaba bien, porque no deseaba sentarme junto al anciano poeta en el columpio.
       El señor Frost había empezado a darse golpecitos en una rodilla con el matamoscas.
       —Si llega a descubrir que está demasiado húmeda, querida, por favor, dígamelo…, encontraremos otro sitio para su…, para usted.
       El poeta sonrió con burlona gazmoñería. Deseoso de que yo entendiera que se había contenido y no había llegado a decir para su tierno trasero.
       Avergonzada, estaba a punto de poner en marcha la grabadora y hacer la primera pregunta, cuando, como si se le acabara de ocurrir en aquel momento, el señor Frost preguntó:
       —Y ¿quiénes son los «Fife», querida mía?
       Se me cayó el alma a los pies. Nunca había pensado en mi familia y parientes como los Fife: eran muy pocas las veces que me acordaba de ellos.
       Los ojos del poeta, de un descolorido azul glacial, parecían apretarme el pecho. Me costaba trabajo respirar. Conseguí tartamudear con voz apenas audible:
       —Mi familia y los parientes de mi padre viven en Maine, sobre todo en Bangor.
       —¡Bangor! No me parece un lugar muy acogedor para el cultivo de la poesía —el señor Frost me sonrió mientras se daba golpecitos con el matamoscas en la rodilla—. ¿Y los parientes de su madre, señorita Fife?
       —Mi… su familia… tiene antepasados que vivieron en Salem, en Massachusetts…
       —¡Ah! ¡Toda una historia, querida mía! —dijo encantado el señor Frost—. Los antepasados de su madre en Salem ¿fueron cazadores de brujas o fueron brujas?
       —No…, me parece que no, señor Frost…
       —Si no lo sabe con seguridad, lo más probable es que fuesen brujas. Los que las cazaban eran la clase dirigente de los asentamientos puritanos, y nadie se avergüenza de descender de la clase dirigente.
       Nada de todo aquello tenía mucho sentido para mí. El señor Frost rio entre dientes ante mi desconcierto. Se diría que estaba utilizando una vieja estratagema que le gustaba mucho: confundir al entrevistador con sus preguntas.
       Había cruzado las manos, muy grandes, sobre el vientre, que tensaba la camisa blanca de algodón por encima del cinturón. Tuve un vislumbre del ombligo descubierto del anciano poeta, un pequeño remolino en espiral de pelos alrededor de un botón de carne en miniatura, tan extraño como un caracol momificado. El poeta se recostaba como un buda de Nueva Inglaterra, una figura de sabiduría (masculina) satisfecha de sí misma.
       Incluso mientras le preguntaba si podíamos empezar la entrevista, dijo, sin prestarme la menor atención y golpeándose la palma de la mano con el matamoscas:
       —«No dejarás con vida a la hechicera.» Los norteamericanos entienden esa admonición, que les llega a lo más hondo de su alma de asesinos. Todo lo que queda por hacer a nuestros compañeros ciudadanos es localizar a la «hechicera» entre nosotros y, para ello, como los perros de caza más sanguinarios, necesitan que se los guíe —el señor Frost sonrió con una extraña especie de satisfacción—. «Mantengo una pelea de amante con el mundo», pero en realidad no me gustaría que el «mundo» mantuviera conmigo ninguna clase de pelea.
       A la manera de un toro que se muestra a la vez indeciso y agresivo, inclinado a caprichosos giros que el observador no puede prever, el señor Frost procedió a extenderse mucho sobre el tema de las brujas y la caza de brujas, así como de la «hechicería» de los poetas, porque la poesía tiene que ser siempre una «especie de código»; para entonces ya había encendido yo la grabadora y comencé además a escribir en taquigrafía en mi cuaderno, porque no quería perderme ni una sola sílaba, de un valor inapreciable, de lo que dijera el señor Frost. Me acordé de «La bruja de Coös», su extraño poema sobre los huesos de la víctima de un asesinato, ya lejano en el tiempo, que ascienden desde el sótano de una antigua y remota granja de Nuevo Hampshire, para aparecer clavados sobre el cabecero de una cama de matrimonio en el ático, como una maldición antigua que vuelve a la vida. Si el poeta hubiera escrito solo aquel poema singular, junto con uno o dos más, contados por narradores desquiciados de Nueva Inglaterra, la reputación de Robert Frost sería de maestro de lo gótico.
       —¿Cree usted en las brujas, señor Frost?
       Era la audaz desesperación del tímido, una pregunta muy torpe, lanzada cuando el señor Frost hizo una pausa para respirar, que recibió un desdeñoso fruncimiento de ceño, semejante al que un niño impertinente puede recibir de una persona mayor. Con una sonrisa despectiva, el señor Frost dijo:
       —La poesía no es una cuestión de creer, señorita Fife. Creer es una ordinariez y la prerrogativa de otros seres inferiores.
       Aquellas palabras eran una especie de rechazo de mi ingenuidad, pero me apresuré a recoger aquel sorprendente aforismo, que me resultaba del todo nuevo. Si Robert Frost lo había utilizado con anterioridad, o lo había puesto por escrito, yo no estaba al tanto.
       La poesía… no es una cuestión de creer.
       Creer… una ordinariez que es la prerrogativa de otros seres inferiores.
       (¡Muy diferente del Frost «epítome de la sabiduría popular», tan querido por personas como mi abuela!)
       Mientras el señor Frost hablaba, sus descoloridos ojos de un azul helado se trasladaban de aquí para allá, llenos de astucia, y, con repentina alacridad, empuñó el matamoscas para aplastar un moscardón que había venido a posarse sobre un poste cercano del porche. El cadáver negro, destrozado, cayó sobre la hierba.
       —¡Si se pudiera tratar con tanta eficacia a los ignorantes «odiadores de la poesía»! —rio entre dientes.
       Me disponía a preguntarle si pensaba de verdad que había en el mundo «odiadores de la poesía», y quiénes podían ser aquellas personas; y también sobre la audaz observación de Shelley, según la cual los poetas son los legisladores no reconocidos del mundo, pero no me fue posible intervenir porque el señor Frost regresó —con el aire de una persona mayor que se burla de un niño cautivo— al anterior tema de los Fife, como si tuviera, o fingiera tener, dudas acerca de mi identidad. Procedió a preguntarme cuándo habían emigrado los Fife a los Estados Unidos, y desde dónde. Pasé a explicarle que, según la información en mi poder, los Fife habían llegado a América en los años ochenta del siglo xix, desde algún lugar de Escocia.
       El señor Frost pareció un poquito decepcionado.
       —Ah, bien; en ese caso «sus Fife» no son culpables de perseguir brujas, ¡al menos no en el Nuevo Mundo! Y tampoco eran propietarios de esclavos, ni se beneficiaron con tan floreciente comercio antes de la guerra de Secesión, como hicieron tantos, y cuyos descendientes son lo bastante astutos para cambiar de tema cuando se aborda.
       —Sí, señor. Quiero decir…, no. No hicieron nada de todo eso.
       —¿Y de qué lugar de Escocia procedían, señorita Fife?
       A mi lengua le faltaba fluidez porque la sequedad de mi boca era terrible.
       El examen que me estaba haciendo el poeta así como la fijeza de su mirada hacían que me sintiera muy cohibida; porque parecía mirarme de la misma manera con que vigilaba a las moscas que zumbaban, distraídas, más allá del alcance de su brazo.
       —Creo que… Perth, Inverness…
       —¿En serio? —intervino con brusquedad el señor Frost—. Pero ¿no Leith?
       No me había atrevido a reivindicar aquel distrito municipal junto al puerto de Edimburgo porque sabía que su madre había nacido allí.
       —No, señor.
       —Pero ¿ha visitado usted Escocia, señorita Fife? ¿No será usted, por casualidad, alguna variedad de «doncella escocesa»? —el poeta torció la boca en una sonrisa desdeñosa al pronunciar las palabras doncella escocesa.
       Le expliqué que, mucho me temía, no era una «doncella escocesa», y que en mi familia no había dinero para aquel costoso tipo de viajes.
       —¡Ah, una reprimenda! Déjeme decirle, querida mía, que tampoco había dinero para nada parecido en la familia Frost. Éramos todos…, como indican mis poemas, muy pobres y muy frugales —aunque el señor Frost rio, amable, al ver mi expresión avergonzada—. ¿Le gustan los versos de Robbie Burns? «Mi amor es una roja rosa, / recién florida en junio; / mi amor es una melodía / dulce y bien acordada» —el señor Frost recitó los versos exagerando, desdeñoso, su ritmo—. Consigue que otros ripios parezcan grandes hallazgos.
       Le reí, sin ganas, aquel chiste. Si es que era un chiste.
       Un bravucón es alguien que te obliga a reírle los chistes, incluso aunque no sean tales chistes. Así es como se sabe que es un matasiete.
       Luego el poeta frunció el ceño. Los ojos burlones se ablandaron.
       —Aunque he de reconocer que Burns escribió alguna poesía aceptable, o más bien… algunos versos. «A vosotros, incluso, que corréis / tras feroces hazañas, / solos y desterrados de violentos hogares…» Era alguien que sentía con fuerza, y eso es el principio de la poesía.
       (Una oleada de pánico se apoderó de mí: a aquel paso nunca llegaríamos a la vida del poeta y todavía menos al meollo de la entrevista, que era su poesía, algo que mi interlocutor parecía estar escondiendo detrás de la espalda, con la intención de molestarme, como se puede hacer rabiar con una golosina a un niño que sabe dónde está, pero queda fuera de su alcance.)
       Llena de audacia decidí contraatacar con una pregunta mía:
       —Y ¿de dónde es su familia, señor Frost?
       Pero aquello fue una equivocación, porque al señor Frost no le gustaban las iniciativas a la contra.
       —Esa clase de información biográfica elemental —dijo con frialdad— debería usted conocerla ya, señorita Fife. De hecho, debería habérsela aprendido de memoria. Espero que haya hecho sus deberes sobre el tema y no confíe en que el pobre poeta vaya a proporcionarle una información que es pública y que está al alcance de todo el mundo.
       Durante unos momentos fui incapaz de hablar. Pensé Me va a despedir. Se va a reír de mí y me va a despedir con cajas destempladas.
       —Lo siento, señor Frost… Sí, sé por supuesto que nació usted en San Francisco y no, como cree la mayoría de la gente, en Nueva Inglaterra. Y sus antecedentes no son rurales… Vivió en San Francisco hasta los once años, su padre era periodista…
       El señor Frost me interrumpió, irritado:
       —Eso no es más que la verdad literal. De hecho, tengo en mi haber una buena dosis de «antecedentes rurales». Mi madre me trajo al este después de la prematura muerte de mi padre y pronto…, muy pronto estaba ya trabajando en el campo, en la granja de mi abuelo paterno en Derry, Nuevo Hampshire. No existe la menor duda de que, desde el primer momento, «Rob Frost» era una criatura del terruño…, un nativo de Nueva Inglaterra por los cuatro costados aunque no hubiera nacido allí.
       Con los ojos cerrados y recostándose para hacer que el sofá columpio crujiera, el señor Frost empezó a recitar, de memoria y sin el menor fallo, poemas como «Mending Wall» [La cerca rota], «The Wood Pile» [El montón de leña], «After Apple Picking» [Tras recoger manzanas].
       «Estoy más que cansado de la enorme cosecha que tanto deseaba.»
       El poeta se expresaba con una voz suave, maravillada, lírica. Había una gran belleza en aquella voz. El peculiar acento de Nueva Inglaterra y el humor rencoroso habían desaparecido por completo. Era posible ya reconocer al joven Robert Frost en aquel rostro flácido y lleno de surcos: reconocer al poeta joven que se parecía a William Butler Yeats y a Rupert Brooke en su soñadora belleza masculina.
       El poeta se detuvo como si de repente se hubiera dado cuenta de lo que significaba el último verso de «Tras recoger manzanas».
       Me apresuré a preguntarle:
       —¿Qué significa ese verso, señor Frost? «Estoy más que cansado…»
       —El significado de un poema, señorita Fife, reside en lo que dice.
       Me lanzó una mirada que, si hubiera sido un latigazo con el sucio matamoscas rojo, me habría golpeado en la cara. Tal como fue en realidad, no pude evitar retroceder.
       Norte de Boston, el segundo libro de Frost, contenía «Home Burial» [Entierro en casa], otra de sus tempranas obras maestras, una composición que el poeta nunca había leído en público. Le pregunté si el «hombre» y la «mujer» del poema eran él y su esposa en la época de la muerte de su primer hijo, en 1899, a la edad de tres años; una muerte que se podría haber evitado de no ser porque la madre era adepta a la ciencia cristiana. Cité el poderoso verso de la mujer: «No aceptaré el dolor así / si me es posible cambiarlo».
       El señor Frost se me quedó mirando durante mucho tiempo con algo bastante parecido al odio. Los ojos entornados, el rostro contraído por la obstinación. Era imposible confundirlo con el amable bardo de Nueva Inglaterra. No contestó a mi pregunta. Como si se tratara de un punto que era necesario aclarar primero, volvió a su tema anterior:
       —Solo un poeta que conociese en profundidad la vida en el campo podría haber escrito cualquiera de mis poemas «rurales». No hay otra poesía como esa en la literatura norteamericana. En Inglaterra, quizás, la de John Clare, y la de Wordsworth… pero son muy distintas, por razones evidentes.
       —Sí, señor. Muy distintas.
       —Se da usted cuenta, ¿verdad, señorita Fife?
       —Sí, señor. Creo que sí…
       El señor Frost había dejado el matamoscas sobre la mesa y estaba frotándose las manos. Pensé que era curioso que el dorso de las manos tuviera arrugas y reflejara su edad, pero las palmas fueran suaves. Una luz maliciosa apareció en sus ojos descoloridos.
       —Me pregunto, señorita Fife…
       —Por favor, llámeme «Evangeline», si no le importa.
       —Pero usted no debe llamarme «Rob», compréndalo. No estaría bien.
       —Por supuesto, señor Frost. Nunca me atrevería.
       —Me he estado preguntando, Evangeline…, ¿está cómoda en esa silla?
       No estaba muy cómoda, ni mucho menos. Pero me apresuré a sonreír, sí.
       —¿No se nota un poco… húmeda?
       Mi trasero estaba, en efecto, húmedo, porque lo estaba el cojín y la humedad me había mojado la falda, la enagua de seda y las bragas de algodón. Pero no me apetecía nada reconocer mi malestar.
       —¿Su trasero, querida mía? ¿Su delicioso traserito? Sus bragas blancas de algodón, ¿están húmedas?
       Vacilé, atónita. No tenía ni idea de cómo responder a la socarrona pregunta del poeta.
       ¡Estaba horrorizada! Casi se me cayó el cuaderno.
       Al ver que había conseguido desconcertar por completo a su entrevistadora, el señor Frost rio con ganas. Se disculpó, aunque no con mucha sinceridad:
       —Lo siento mucho, querida mía. Mi difunta esposa me reñía con frecuencia por mi «grosero humor de cuadra». Era muy sensible, por supuesto. Pero hay mujeres a quienes atrae ese tipo de humor, creo yo.
       El señor Frost hizo una pausa, sin dejar de mirarme. Los descoloridos ojos azules recorrieron otra vez mis esbeltas piernas (sin medias) hasta llegar a los tobillos, para luego ascender de nuevo hasta mis muslos (imaginados) bajo la falda con vuelo y el cinturón forrado de tela, tan apretado en torno a mi reducido talle que un hombre podía imaginarse abarcándolo nada más que con sus dos manos.
       —Quizá quiera cambiarse las bragas, Evangeline. Y cambiar de sitio aquí en el porche, elegir un asiento que no tenga humedecido el cojín —de nuevo el señor Frost dio unas palmaditas en el espacio libre a su lado y de nuevo fingí no darme cuenta.
       Sabía que el señor Frost me estaba tomando el pelo. No tuve, sin embargo, otro remedio que confesar, ruborizándome, que no me podía «cambiar» de bragas porque no disponía de otras secas que ponerme.
       —¡Cómo es posible, querida mía! Viene usted a Bread Loaf a entrevistar al admirado señor Frost, pero con un solo par de bragas —el señor Frost rio a mandíbula batiente al ver lo avergonzada que estaba—. Muy arriesgado, cariño. Temerario. Porque sin duda está usted al tanto de la presencia en estas instalaciones de Untermeyer, el notorio donjuán, y del joven y apuesto John Ciardi —el señor Frost me miró para ver cómo interpretaba aquella ambigua observación.
       (Por supuesto, sabía quiénes eran Louis Untermeyer y John Ciardi, ambos poetas, amigos y partidarios de Robert Frost; mi entrevistado era ferozmente leal a sus amigos y, según se decía, también a sus enemigos.)
       —Y usted misma es poeta, ¿poetisa?, según creo —el señor Frost se recostó de nuevo en su asiento del porche en un extraño ángulo, como si invitara a otra persona a tumbarse a su lado; el venerable sofá columpio crujió con suavidad. Había extendido los dedos sobre su vientre como sobre un procaz tamborcito—. ¿O se trata de la falta de previsión de una virgen inocente? —pronunció las palabras virgen inocente con un ligero subrayado.
       Al ver que sus bromas de mal gusto solo provocaban una expresión de perplejidad en la joven entrevistadora de lánguidos cabellos rubios, el señor Frost suspiró, en una exagerada muestra de decepción, y quizás puso los ojos en blanco en beneficio de un público invisible, que reaccionó con risas casi audibles. Haciéndome un guiño, añadió:
       —¡Vaya! Tiene que quedar a juicio de usted, mi querida señorita, el grado de humedad de sus bragas. Nadie más puede dar una respuesta acertada, no puedo estar más de acuerdo.
       ¡Bragas! ¡Qué podían importarle unas bragas al gran hombre! Había decidido ignorar aquellas observaciones subidas de tono, dado que eran impropias de tan distinguido poeta; si bien, por supuesto, mi magnetofón estaba grabando todo lo que decía.
       Tenía abierto mi cuaderno por la primera página de preguntas, muy bien copiadas con mi pulcra letra de colegiala y bien numeradas; pero antes de que pudiera empezar, el travieso anciano me miró de nuevo y dijo:
       —Es usted una «buena» chica, según parece, Evangeline. Así lo espero. ¡Y qué ojos tan azules! Del color de la consuelda de Nueva Inglaterra, ¿no se lo ha dicho nunca nadie?
       ¿Esperaba el señor Frost que no supiera a cuál de sus famosos poemas estaba aludiendo? Protesté con timidez:
       —Excepto que la consuelda menor es blanca, señor Frost.
       —¡Vaya! Tiene usted toda la razón, querida mía.
       La sesgada coquetería de la poetisa virgen sorprendió un tanto al señor Frost.
       ¡Una oportunidad ideal! El poeta me miraba como si esperase que lo sorprendiera todavía más. De manera que, sin alzar apenas mi voz de colegiala, contentísima, recité el brillante y estremecedor poema que comienza con: «Vi una oronda araña…».
       Sin embargo, si se tenían oídos para oír, se podía detectar, en los intersticios de la agitada respiración de la colegiala, algo que estaba muy lejos de la adolescencia o de la ingenuidad.
       Al concluir mi recitado, el señor Frost se echó a reír y empuñó de nuevo el matamoscas, con el que golpeó la barandilla del porche en un aplauso estentóreo. No podría haber manifestado mayor satisfacción si una niña pequeña hubiera recitado su poema sin tener la más remota idea de su significado.
       —Ese es mi soneto más perverso, querida mía. Me ha sorprendido mucho que se lo sepa de memoria.
       Respondí que «Design» [Plan] era un soneto perfecto, al estilo de Petrarca, que había aprendido en el instituto años atrás, «antes de entenderlo».
       —¿Y ahora cree usted que lo entiende, querida Evangeline?
       Tonta de capirote, educada en poesía por profesoras solteronas, ¿qué sabe de mí?
       Me notaba reacia a aceptar aquel desafío. Con mi ropa interior mojada, mantuve los ojos bajos con mansedumbre y pasé una hoja de mi cuaderno, mientras en la mesa el reloj despertador continuaba su implacable tictac, tictac, que podría haber resultado perturbador de no ser por la intensidad de nuestra conversación.
       Con mayor seriedad, el señor Frost dijo:
       —En la poesía grande de verdad hay siempre algo «revelador» (una palabra, una frase, una ruptura en el ritmo, un pie quebrado) que es inesperado. Ningún versificador corriente es capaz de hacerlo. En la obra de Emily Dickinson todos los poemas, casi sin excepción, contienen ese elemento «revelador». En la obra de Robert Frost cabe esperar que eso suceda en muchos de sus poemas. Porque, ¿sabe, querida mía?, al recitar el poema ha tropezado usted un poco: en lugar de «la orilla del camino» se ha acordado de «el borde del camino», que es más corriente.
       ¿Era eso lo que había hecho? Traté de recordar, confundida. ¿Orilla, borde?
       El poeta añadió, más amable que censurador:
       —Si no siente la diferencia entre las dos palabras, es que no advierte los cálculos más elevados de la poesía.
       —¡Lo siento, señor Frost! Ha sido una equivocación estúpida.
       —No ha sido una equivocación estúpida, sino un error como el que cometerían de manera natural la mayoría de las personas al tratar de recordar un poema «perfecto». Usted, por supuesto, no podía recordarlo, mi querida Evangeline, porque tampoco podría haber escrito el poema. Como no podría reproducir la situación que, en origen, hizo nacer el poema: «Un nudo en la garganta, el saber que algo está mal, una añoranza, un mal de amores».
       El poeta parecía satisfecho ya. Pertenecía a un tipo de bravucón al que muchachas y mujeres están muy acostumbradas, que tiene cariño a su víctima al mismo tiempo que la desprecia; cuyo afecto por ella puede ser una expresión de su desdén, al igual que sus bromas. Se recostó en el sofá columpio, dedos cruzados sobre el vientre búdico.
       El sol se movía por el cielo: la tarde había empezado ya su declive. Sobre nuestras cabezas, oíamos un suave susurrar en las copas de los árboles.
       De manera solo a medias consciente había estado yo oliendo algo a la vez dulce y un poco astringente, un aroma a hierba recién cortada. Me vino un recuerdo borroso de la infancia, como se ve, a través de un cristal esmerilado, apenas la silueta de una figura o una sombra. El poeta es el emisario que nos devuelve la infancia y todas las cosas perdidas. Pensé No es un hombre malvado, dado que nos puede llevar allí. Bastaría con que no hiciera mal uso de su poder.
       El tictac del reloj se mezclaba con el canto de los grillos en las hierbas altas de la linde del claro. Sin saber muy bien qué debería hacer, repasé las páginas de mi cuaderno mientras el señor Frost suspiraba y se movía. Abrió solo un ojo y me miró, socarrón:
       —En el artículo que publique, supongo que mencionará el despertador, ¿no es cierto, querida Evangeline? Detesto los relojes de pulsera, ¿se da cuenta? Ponerse un reloj, como hacen los necios, es igual que llevar una insignia de la propia mortalidad.
       Apunté en mi cuaderno aquellas palabras mordaces.
       —Los poemas hablan siempre de «mortalidad», compréndalo. El poema es el sostén del poeta contra la muerte.
       Desde los árboles sobre nuestras cabezas nos llegaba ese suave susurrar que es a la vez placentero y turbador, como un recuerdo sobre el que se acumula la emoción. Excepto que nos hemos olvidado de la emoción.
       Con mucho retraso el señor Frost me ofreció un vaso de limonada, que me serví yo misma, al tiempo que volvía a llenar el del poeta; porque el señor Frost era uno de esos varones que parecen incapaces de mover un dedo para servirse, y no digamos para servir a otros. No me importó en absoluto hacerlo, por supuesto, porque me han educado para servir, en especial a mis mayores prestigiosos.
       Bebí un sorbito de la limonada tibia y demasiado dulce. Tenía la boca muy seca.
       Reanudé la entrevista con una pregunta habitual, amistosa:
       —Señor Frost, ¿quiere decirles a los lectores de Poetry Parnassus qué es lo que espera transmitir con su poesía?
       El señor Frost rio, burlón.
       —Si «esperase transmitir» algo, señorita Fife, enviaría un telegrama.
       ¡Muy bueno! Me reí y copié la frase.
       Dadas mis costumbres de colegiala fui desgranando una lista de preguntas encaminadas a obtener del poeta citas repetibles que fuesen útiles para los lectores de Poetry Parnassus, todos ellos poetas, con pocas excepciones. Muy amable, el señor Frost se recostó, uniendo las manos detrás del cuello, se estiró y bostezó y respondió con su típico acento de Nueva Inglaterra, un acento que era sincero, aunque él no se lo tomase demasiado en serio. Infinitas veces el gran poeta había contestado a aquellas mismas preguntas, que se sabía de memoria, como también había memorizado sus respuestas, meditadas con cuidado. A diferencia de otros poetas que se habrían impacientado, irritado y aburrido al hacerles las preguntas de siempre, el señor Frost parecía disfrutar con la familiaridad, podría decirse que como un buda que nunca se cansa de que se le venere. ¡Qué diferencia entre aquel anciano de rostro flácido y el poeta de ojos soñadores y poco más de veinte años en la pared de mi dormitorio! Mucho tiempo atrás había compuesto sus respuestas aforísticas, que se habían ido suavizando como cantos muy rodados. Verso libre: «Jugar al tenis sin red». Poesía: «Un soporte momentáneo contra la confusión». Poesía lírica: «Hielo derritiéndose en una estufa al rojo vivo». Amor: «Un deseo irresistible de ser irresistiblemente deseado». Sobre las invitaciones a «festivales» de poesía: «Si no soy yo el espectáculo, no voy». Opinión sobre su rival Amy Lowell: «Una farsante». Opinión sobre su rival T. S. Eliot: «Un farsante». Opinión sobre su rival Ezra Pound: «Un farsante». Opinión sobre su rival Archibald MacLeish: «Un farsante». Opinión sobre su rival Wallace Stevens: «¡Un farsante que vende baratijas!». Opinión sobre su rival Carl Sandburg: «¡Un palurdo que además es un farsante! Siempre rasgueando su guitaaarra. En Sandburg todo es estudiado, excepto la poesía».
       De cuando en cuando la voz profética se teñía de melancolía olímpica, como la de un dios que meditara desde lo alto sobre la locura del género humano. «Todo lo que he aprendido sobre la existencia se puede resumir en tres palabras: “La vida sigue”».
       (Aun a pesar de tan sombrías reflexiones, el poeta presentaba a la entrevistadora, como si se las estuviera ofreciendo, extendidas sobre la palma de la mano, las más exquisitas gemas de reducido tamaño.)
       —Y, ¿qué es poesía, señor Frost?
       —Poesía es… lo que se pierde en la traducción.
       El señor Frost hizo una pausa y luego continuó, pensativo:
       —Un poema es una corriente de palabras que empieza como placer y termina como sabiduría. Pero por tratarse de poesía y no de prosa, es una especie de música, una cuestión de sonido en el oído. Yo oigo todo lo que escribo.
       Aquello me permitió plantearle una astuta duda poco importante:
       —¿Quiere usted decir, de manera literal, que oye sus versos, señor Frost? ¿Palabras en la cabeza?
       El señor Frost frunció el ceño. Aunque le gustaba mucho que se le escuchara, no le gustaba que lo cuestionaran.
       —Hablo en voz alta… conmigo mismo. El poema es una cuestión de sílabas medidas, de versos yámbicos, por ejemplo, que producen una obra de… poesía.
       Se detuvo de pronto. ¿Qué sentido tenía aquello? La joven entrevistadora que lo miraba, tan ávida, con sus ojos de color azul consuelda había empezado a resultarle sutilmente desconcertante.
       —¿Un poema es «más sonido que sentido»?
       —No. Un poema no es «más sonido que sentido», ¡al menos no lo es mi poesía! El parloteo de ese mojigato pretencioso que es Tom Eliot quizá se pueda considerar así, o la de e. e. cummings, ese infantil escritor con minúsculas, pero no la poesía de Robert Frost.
       De nuevo le pregunté, maliciosa:
       —¿Alguna vez «oye voces», señor Frost? ¿Cuando está componiendo sus poemas?
       El señor Frost frunció el ceño y apretó las mandíbulas. Una expresión de algo parecido al miedo apareció en sus apagados ojos de color azul hielo.
       —No. Nunca, jamás «he oído voces». El poeta no está, como Sócrates parecía creer, en manos de un «demonio»; el poeta controla al «demonio».
       —Pero ¿hay un «demonio»?
       —¡No! No hay un «demonio»… Es una manera metafórica de hablar. La poesía es el lenguaje de la metáfora.
       El señor Frost fruncía el ceño en mi dirección de manera peligrosa; perseveré, sin embargo, con mis preguntas inocentemente ingenuas.
       —Pero, señor Frost, ¿qué es la metáfora? ¿Y por qué se la considera el lenguaje de la poesía?
       El poeta resopló con la clase de desdén que hubiera provocado estallidos de risa en un público admirativo.
       —¡Mi querida señorita Fife! Preguntarle a un poeta por qué habla así es lo mismo que preguntarle a un sinsonte por qué canta como lo hace, apropiándose los cantos de otras aves. Si tiene usted que preguntarlo, mi querida jovencita, quizás sea incapaz de entenderlo.
       Aquella cáustica respuesta habría descorazonado a otro entrevistador más sutil, pero a mí no me amilanó, porque comprendí que la observación del poeta estaba justificada y no me molestó.
       —Pero ¿usted nunca «ha oído voces» ni ha afirmado ser «clarividente»? —insistía en aquellas cuestiones porque sabía que el señor Frost no daría, motu proprio, ninguna información sobre sí mismo que pudiera desvirtuar su imagen de bardo popular de Nueva Inglaterra.
       —Señorita Fife, ya se lo he dicho: no.
       —¿Ni ha disfrutado nunca de… «clarividencia»?
       Desdeñoso, el señor Frost preguntó:
       —¿Qué es «clarividencia»?
       —La habilidad de ver el futuro, señor Frost. Tener premoniciones, profetizar.
       El señor Frost resopló, desdeñoso. En sus ojos, un pequeño chispazo de alarma.
       —Cuentos de viejas, querida mía. Quizás en su familia escocesa, pero no en la mía.
       Para añadir después, en voz más baja:
       —¿Por qué querría nadie «ver en el futuro»? Eso sería una…, una… maldición…
       En el rostro del anciano poeta apareció una expresión tal de dolor, de vacío, de pena, de terror hacia lo que no se puede decir, que aparté la vista por un momento, avergonzada. Pensé: ¡Pero si no es más que un viejo muy solo! Lo que merece es compasión, no justicia.
       Y también se me ocurrió por un momento que quizás llegase a compadecerme de él y empezara por destruir las humillantes instantáneas que le había hecho con mi Kodak Hawkeye. Pero entonces el señor Frost siguió hablando con su voz absorta, censuradora, llena de masculina superioridad:
       —¡Señorita Fife! Explíqueles a sus ávidos lectores que la poesía es muy misteriosa. Que está muy por encima de las cabezas de todos. Sin que importe lo que el poeta trate de contar.
       Pero contraataqué al instante:
       —Sin embargo, el poeta construye a partir de sus predecesores. ¿Quiénes han sido sus mayores influencias, señor Frost?
       Me miró sorprendido, como si un niño se hubiera erguido para enfrentarse con él.
       —¿Mis… influencias? Muy pocas… La vida ha sido mi influencia.
       —Pero ¿no Thomas Hardy?
       —No.
       —Ni Keats, ni Shelley, ni Wordsworth, ni William Collins…
       —¡No! No en la medida en que la vida me ha influido.
       La expresión irritada en el rostro del señor Frost me hizo ver la conveniencia de no proseguir con aquel tipo de preguntas, porque de todas las cuestiones delicadas, la de las «influencias» es la que más duele y molesta incluso a los genios más grandes, como la sugerencia de que otros les han ayudado de manera decisiva en sus carreras. No pude, sin embargo, resistirme a preguntarle por qué tenía tan mala opinión de Ezra Pound, que se había mostrado tan generoso con él cuando se conocieron en Inglaterra y Frost era un poeta en apuros y todavía sin publicar.
       El señor Frost cerró los ojos, y negó con la cabeza con gran vigor. ¡Sin comentarios!
       —¿Estaba Ezra Pound equivocado, o era ni más ni menos que un «farsante», cuando dijo que A Boy’s Will [La voluntad de un muchacho] contenía «la mejor poesía escrita en Estados Unidos durante mucho tiempo»?
       Los ojos del señor Frost siguieron cerrados. Pero su rostro, surcado de arrugas, adquirió una expresión pesarosa.
       —Bueno…, incluso un…, un «farsante»… puede estar en lo cierto, de cuando en cuando —abrió, cauteloso, uno de sus descoloridos ojos azules, su mirada fija en mí, en burlona súplica—. Como un reloj que ha dejado de funcionar marca la hora correcta dos veces cada veinticuatro horas.
       No había conseguido, de todos modos, apaciguarme. Mi siguiente pregunta fue una afilada hoja de acero de poco tamaño que había que introducir en el carnoso pecho del poeta, entre dos costillas:
       —Pero, señor Frost, ¿no fue usted amigo de Ezra Pound en otro tiempo?
       —Señorita Fife, ¿por qué me atormenta con Pound? Ese hombre es un traidor a la poesía, igual que a su país. Un necio fascista, un ingrato. Nadie es capaz de precisar cuándo se volvió loco, pero ahora está loco. ¡Basta ya de Pound!
       —Y, ¿cuál es su opinión sobre Franklin Delano Roosevelt?
       Era una pregunta maliciosa. Porque el conservadurismo del señor Frost era bien conocido. Más todavía que Ezra Pound, «FDR» enfurecía al poeta, que tartamudeó, indignado:
       —¡Ese… lisiado! ¡Ese farsante socialista! ¡El cerebro de Roosevelt es tan deforme como su cuerpo! Trató de ocultar el hecho de que no era un hombre completo…, los idiotas de los votantes se lo tragaron. Y su mujer…, ¡tan fea como el culo de un gorila! El socialismo es robo puro y simple…, despojar a los que trabajamos, a los que nos matamos a trabajar, para dar a vagos y haraganes lo que hemos ganado. Elinor, mi esposa, pese a ser una mujer sensible y educada, despotricaba contra Roosevelt hasta decir que, si hubiera podido, ¡lo habría matado! Que llegara a inspirar semejante indignación a una mujer tan refinada como Elinor Frost da una idea de la monstruosidad del individuo. Puede usted llamarme egoísta, señorita Fife… Sí, soy un «artista ególatra» porque creo que el arte ha de ser autogenerado y no tiene nada que ver con la colectividad. ¡«Hacer el bien» es una paparruchada! No daría ni un maldito centavo para «mejorar» el mundo… porque, si se consiguiera —aquí la voz del señor Frost tembló, teñida de timidez, dado que había utilizado aquella observación numerosas veces con otros tantos entrevistadores—, ¿sobre qué demonios íbamos a escribir los poetas?
       Esperaba de nuevo mi horrorizada reacción. Y mis ojos azules muy abiertos.
       —¡Cómo, señor Frost! No puede querer decir que…
       —¿No puedo? Por supuesto que sí, mi querida Evangeline. ¿No ha leído mi poema «Provide, Provide» [Asegúrate el futuro]?: la teoría económica de Frost en pocas palabras. Asegúrate el futuro aunque eso signifique venderte: «La amistad “comprada” es mejor que su ausencia» —la risa entre dientes llegó, grave y fúnebre—. Es muy sencillo: no espere usted que yo le saque las castañas del fuego.
       —Pero… ¿no es cierto que usted está familiarizado con la pobreza, señor Frost? ¿Una pobreza extrema?
       —No.
       —¿No? ¿De niño, y más adelante, casado ya, cuando trataba de mantener a una familia recién creada en la granja de su abuelo, en Derry…
       —¡No! Los Frost eran frugales, pero nosotros no fuimos… nunca… pobres.
       —Cuando murió su padre en San Francisco, ¿no quedó su madre… en la indigencia?
       —Señorita Fife, indigencia es una palabra excesiva. Me parece que está usted insultando a mi familia. Este capítulo de la entrevista ha llegado a su fin.
       El rostro del señor Frost estaba rojo de indignación, con la intensidad de un tomate demasiado maduro. Llevaba algún tiempo golpeando con el matamoscas el asiento a su lado en el sofá columpio como si le hubiera gustado golpearme a mí.
       —¿No cree que tenemos la obligación moral de ocuparnos de los demás? ¿No eran esos los sentimientos de Wordsworth?
       —¡Wordsworth! ¡Qué sabía Wordsworth! ¡Ese viejo charlatán no tuvo nunca que pelearse con nuestros infernales recaudadores de impuestos, señorita Fife! ¡No tuvo que vérselas con el asqueroso «New Deal»!
       El aire se agitaba ya entre nosotros. La limonada misma de mi vaso también se movía, como si temblara la tierra.
       Al ver que el poeta estaba a punto de desterrarme, perdida la paciencia incluso con mi aspecto de chica buena de lánguidos cabellos rubios, me tiré audazmente de cabeza:
       —¿Es verdad, señor Frost, que de joven, antes de casarse, estaba tan deprimido que trató de suicidarse en Dismal Swamp, el pantano de Carolina del Norte?
       El señor Frost rugió indignado.
       —¿Dismal Swamp? ¿Quién le ha contado semejante… calumnia? No es cierto…
       —¿No sospechaba que Elinor le había sido infiel, y quería por eso castigarla, y también castigarse usted, con un gesto romántico?
       —¡Ridículo! Son los poetas amanerados como Hart Crane quienes se suicidan… o completos farsantes o fracasados como Chatterton y Vachel Lindsay…, no los poetas con la cabeza en su sitio. Un hombre con una mujer y una familia que lo atan a la tierra no va por ahí pindongueando y acaba matándose.
       —Pero sus poemas están llenos de imágenes de oscuridad y destrucción, señor Frost. De bosques que son «mágicos, sombríos e impenetrables»…, si bien el narrador tiene «promesas que cumplir, y millas que recorrer antes de acostarse». El poema es, sin duda alguna, sobre el deseo de morir, así como sobre la resistencia a ese deseo y el pesar por resistirse.
       —¡Paparruchas, señorita Fife! Aunque me parezca usted una chica bonita, no por eso deja de ser una fémina histérica. Descubrir en los poemas horribles mensajitos que no existen es como mirar en un espejo y ver una mujer con cabeza de serpiente que está allí, y que tiene el rostro secreto de usted misma.
       El poeta hablaba con vehemencia y no de manera muy coherente. Su cara enrojecida se hinchaba y latía como si estuviera a punto de sufrir un infarto. Persistí, sin embargo:
       —¿Por qué no lee nunca en público sus poemas «sombríos», señor Frost? ¿Por qué lee solo sus favoritos de siempre, que sus oyentes han aprendido de memoria en el instituto? ¿Tiene miedo de que se ofendan con los poemas más oscuros, más difíciles, y no le aplaudan como de costumbre? ¿De que no se pongan en pie para aplaudirle, que es una cosa que le encanta? ¿De que no compren tantísimos ejemplares de sus libros?
       El poeta, con el rostro siempre enrojecido, aseguró que yo no tenía ni idea de lo que estaba diciendo. Y que más me valía apagar la condenada grabadora o la haría añicos él mismo.
       —¡Ya está bien! Esta ridícula entrevista ha terminado. Le sugiero que se marche ahora mismo… de la misma manera que se arrastró hasta aquí.
       Todavía audaz, no obstante, le pregunté por «The Gift Outright» [El regalo absoluto], su poema patriótico de 1942, con el notable verso «La tierra era nuestra antes de que nosotros fuéramos de la tierra».
       —¿Podría explicar a los lectores de Poetry Parnassus qué significa esta asombrosa afirmación?
       El señor Frost había empuñado otra vez el sucio matamoscas rojo de plástico y golpeaba, incansable, el brazo metálico del columpio. Su voz se llenó de sarcasmo:
       —Suponiendo que los lectores de Poetry Parnassus entienden inglés, no veo la razón para «explicar» una sola palabra.
       —Señor Frost, ¡ese verso es sin duda una provocación!
       —Maldita sea, Fife, ¿qué demonios está insinuando? Frost no es un «provocador»; Frost «consuela». Al público le ha encantado siempre «El regalo absoluto», tanto si lo entiende como si no. El poema nos habla de nuestros antepasados, los colonizadores del Nuevo Mundo, que eran «de la tierra» de una manera que las generaciones posteriores no podemos serlo, porque somos ciudadanos norteamericanos; y que la «tierra», nuestro país, los Estados Unidos, es un «regalo absoluto, sin condiciones». Es nuestro.
       Al ver mi expresión, que no admitía más que una lectura, el poeta añadió, muy irritado:
       —¿Es cada una de las palabras por separado lo que causa su perplejidad, señorita Fife, o su significado colectivo?
       —Señor Frost, el significado colectivo de su poema parece apoyar el llamado «destino manifiesto», el derecho de los ciudadanos norteamericanos a reivindicar como suyo, en la práctica, la totalidad del territorio de los Estados Unidos. Eso excluye por completo a los nativos americanos, las numerosas tribus indígenas que vivían en América del Norte mucho antes de que llegaran los colonizadores europeos. Los invasores británicos, españoles…, los «hombres de raza blanca».
       El señor Frost me sonrió con flagrante incredulidad.
       —¡Señorita Fife! Por el amor de Dios, ¿sugiere usted de verdad que los indios son nativos americanos?
       —¡Por supuesto! ¿Es que no son seres humanos?
       —Humanos, pero primitivos. Seres, pero más cerca del travesaño animal de la escalera que del nuestro —el señor Frost se golpeó la rodilla con el matamoscas, con un ojo peligrosamente estrábico—. Puede usted poner en su entrevista, señorita Fife, que Robert Frost cree en la civilización, que es lo mismo que decir la civilización de la raza blanca.
       —Pero, señor Frost, el pueblo indígena que usted llama «indios» eran los nativos americanos originales. Los hombres blancos de las Islas Británicas y de Europa que vinieron a este continente como colonizadores, exploradores y comerciantes, sin respeto por los nativos americanos que vivían aquí, se apoderaron de la tierra, explotaron a los nativos y se propusieron llegar al genocidio con ellos, y lo siguen haciendo incluso ahora, de maneras menos evidentes, en muchas partes del país. Y su poema «El regalo absoluto», que podría haber abordado esa cuestión con el perspicaz ojo del poeta, lo que hace, en cambio…
       Sonriendo, el señor Frost me interrumpió con un decidido palmetazo del matamoscas:
       —¡Señorita Fife! Genocidio es un término bastante pomposo para describir lo que hicieron nuestros valientes colonizadores, que conquistaron unas tierras y crearon una civilización aceptable…
       —Pero es que no se trataba de tierras vírgenes, había civilizaciones indias, y vivían aquí. Por supuesto los primeros pobladores no eran personas que habitaran en ciudades, sino en plena naturaleza. Pero tenían sin duda sus propias civilizaciones, distintas de la nuestra, ¿no es cierto?
       ¡Cuánto sorprendió al señor Frost la pasión con que le hablaba!
       Podría haberse pensado, como era muy probable que hiciera el señor Frost, que había algo no del todo correcto en aquella entrevistadora de Poetry Parnassus con su grabadora, su cuaderno y su capacho de paja, decidida a seguir hablando, pese a la evidente agitación del poeta.
       —Señor Frost, ¿es posible que haya engañado a su público y que usted no sea un sencillo bardo de Nueva Inglaterra sino algo muy distinto? ¿Un emisario de «lugares oscuros», un poeta americano que ve y defiende lo peor que hay en nosotros sin disculparse en lo más mínimo, de hecho, con algo que puede calificarse de orgullo?
       —¿Y qué tiene de malo el orgullo, señorita Fife?
       En los descoloridos ojos azules del poeta brillaba una luz violenta. Su respiración era audible y áspera. Se advertía que el viejo corazón dilatado latía en su pecho como un puño enloquecido en el trance de mantener un encarnizado encuentro sexual en el que el poeta, en su privilegiada masculinidad, no tenía la menor intención de fracasar.
       Pero a la entrevistadora también la dominaba una especie de ferocidad. Con la cabeza y los hombros muy rectos, aunque inclinándose hacia delante de manera que los pálidos cabellos rubios le cayeran con suavidad sobre la cara, se atrevió a preguntar con una voz ronca y estremecida que difícilmente parecía la de una joven virginal:
       —¿No dijo usted en una ocasión, señor Frost, creyendo que su observación no sería grabada, que le habría gustado no volver a ver a sus hijos, los que vivían por entonces y que le causaban tantas molestias? ¿Que estaban…, que están «malditos»…?
       —No…, no dije eso… ¿Quién ha estado propagando tales mentiras? Yo no he…
       —Ha hablado usted de ese tema en sus maliciosos poemas codificados. De su incapacidad para sentir el dolor de otro…, de su incapacidad para tocar a otra persona. En sus poemas ha revelado todo lo que ha estado siempre escondido en su corazón. Que es por lo que, en público, reniega de algunos de ellos… como alguien puede renegar de ser el padre de un hijo deforme o tullido.
       —¡Eso es falso…, eso es un error! He tratado de explicarlo —el señor Frost respiró hondo, cerró los ojos con fuerza y empezó a repetir, apretando las mandíbulas—: «Ser demasiado subjetivo con lo que un artista ha logrado hacer objetivo es acercársele de manera presuntuosa y ensuciar lo que él, con el dolor de su vida y de su fe, ha hecho… elegante».
       Frost pronunció de forma remilgada aquellas palabras, como si su enunciación bastara para convencer a la entrevistadora; pero su declaración no obtuvo el efecto deseado.
       —Señor Frost, ¿qué significan esas palabras? ¿Se acusa con ellas de ser «indignos» a quienes ven en su poesía algo del hombre por demás viciado y deshonesto que escribió tales poemas? ¿Mientras al poeta que se alimenta como un vampiro con las vidas de otros se le considera «elegante»?
       —Pero… la poesía es eso.
       —¡No toda la poesía! No todos los poetas. El tema, hoy y aquí, es usted.
       —No…, no tengo respuesta para eso, señorita… —el matamoscas se le había caído al suelo. Sus dedos parecían helados, con aspecto de garras, como acalambrados—, quienquiera que sea usted y venga de donde venga…, del mismo infierno…
       —Pero ¿cree usted en el «infierno», señor Frost?
       —Me…, me parece que sí…, debo…, no me queda otro remedio… «Esto es el infierno y no he salido de él.» Ese desalentador y hermoso verso de Marlowe, tengo que creérmelo.
       Aquella concesión, algo excepcional en el poeta, no consiguió en absoluto aplacar a la entrevistadora, ya que, convertida en cazadora, continuó la persecución de su presa jadeante, sin darle cuartel.
       —Señor Frost. ¿Se acuerda de cuando su hija Lesley tenía seis años? Usted era todavía joven, un padre sin experiencia, que vivía en aquella horrible granja de Derry, en Nuevo Hampshire. Despertó a su hija, en la mano una pistola cargada, y forzó a la aterrorizada niña a bajar en camisón y descalza a la cocina, donde vio a su madre sentada a la mesa, llorando, con el pelo que le tapaba la cara. Su esposa había sido en otro tiempo una mujer atractiva pero después de vivir con usted en aquella granja sombría, de soportar sus cambios de humor, sus cóleras, su pereza, su penosa incapacidad como agricultor, su machismo y su torpeza sexual, se había convertido ya, a los treinta y un años, en una mujer hundida, derrotada. Le dijo usted a Lesley, a la niña de seis años, que tenía que escoger entre su madre y su padre, decidir cuál de los dos iba a seguir con vida y cuál moriría. «Cuando amanezca, solo uno de los dos seguirá vivo.»
       —No. Eso no… sucedió… No fue así.
       —Lesley, sin embargo, lo recuerda con toda claridad, y se lo reprochará toda su vida, señor Frost. ¿Está equivocada?
       —Mi hija está…, sí…, equivocada… Mi hija mayor me detesta sin conocerme. Nunca me ha entendido…
       —Y, ¿qué me dice de su hija Irma, recluida en una institución psiquiátrica? ¿Por qué se lavó usted las manos en el caso de Irma, a quien podría haber ayudado más? ¿Le sacaba de quicio y le asqueaba por ser una forma extrema de usted mismo? ¿De su salvaje manera de hablar, de sus estados de ánimo turbulentos, de sus «lugares oscuros»? Abandonó a Irma como había abandonado a su hermana Jean años antes. La enfermedad mental le asusta, como si fuera algo contagioso.
       El señor Frost protestó sin fuerza.
       —Hice todo lo que estaba en mi mano por Irma y por… mi hermana Jean. Nadie tenía derecho a esperar que renunciara a toda mi vida por ellas, ¿no es cierto? Nada de lo que hice sirvió para que se mostrasen agradecidas, más bien las animó en su desenfreno y contribuyó a que me culparan…
       —¿Por qué la pobre Irma estaba tan obsesionada con que iban a secuestrarla y a violarla? ¿Con que iban a obligarla a prostituirse? Usted se reía de los terrores de Irma, y le dijo cuando no era más que una niña, sin el menor miramiento, que dada su ausencia de atractivo no corría el menor peligro de que la violaran; le dijo que no iba a interesar sexualmente a ningún hombre; que nadie pagaría ni «veinte centavos por echar un polvo con ella». Más adelante le dijo usted riendo a Robert Lowell que a Irma Frost no la «habrían aceptado en un burdel».
       —Eso no es cierto. Es… mentira, una calumnia… Lowell era una persona enferma, angustiada. Le hablé con intención de levantarle el ánimo, de distraerlo. Lowell pensaba que él era malo, pero el viejo Frost, todavía peor. Y no había que interpretar de manera literal nada de todo aquello…
       —Y su hijo. El único varón superviviente. El que dijo: «Mi padre se avergüenza de mí. Mi padre se ha limitado a mirar por encima mi poesía y a rechazarla». El que dijo: «A veces me siento muy tenso, como un arco. Me doy cuenta de que quiero…, de que hace falta… atravesarme el corazón de un disparo…». Y acto seguido, la voz de su hijo se apagaba y él procedía a taparse el rostro con las manos.
       La entrevistadora hablaba en voz baja y con tono condenatorio. El poeta la miraba sin entender. Se le agitaban los ralos cabellos de la nuca. Le costaba mucho trabajo respirar. Apenas logró tartamudear:
       —¿Quién? ¿Quién es… «él»? ¿De quién está hablando…? —una sensación de vértigo se apoderó del poeta, el suelo parecía abrírsele bajo los pies. Desesperado, agarró su cuaderno de poesía con las dos manos como para escudarse en él.
       —Señor Frost, sabe que su hijo quemó toda la poesía que había escrito. Quince años de trabajo. Tenía usted tan mala opinión de él que nunca le dio permiso para vivir. Fue siempre su «hijo» y nada más… Nunca renunció a él, pese a no quererlo. Tenía treinta y ocho años cuando murió de un disparo en la cabeza. Parecía mucho más joven, como si no hubiera vivido nunca. Todo lo que deseaba era que usted lo bendijera, la aprobación de su padre…, pero usted se la negó.
       —Ya se lo he dicho…, no sé de qué…, de quién…, está hablando…
       —Su hijo, señor Frost. Su hijo Carol, que se suicidó.
       —Mi hijo no… se… suicidó… Murió como consecuencia de un lamentable accidente.
       —El hijo varón al que puso usted un ridículo nombre de mujer, no se sabe por qué extraño capricho. Se sentía tan desgraciado con «Carol» que lo cambió a «Carroll», cosa que a usted le contrarió. Pero ya era demasiado tarde, el daño estaba hecho, quedó marcado desde niño. En su poesía narraba cómo usted le sorbió el tuétano de los huesos. No le dejó usted nada, le había arrebatado su hombría. Carroll conocía el secreto de Robert Frost: que usted nunca logró querer a ninguno de sus hijos, que solo se quería a sí mismo.
       Frost agitó la voluminosa cabeza de lado a lado, frunciendo el ceño. Hondas grietas en su piel cenicienta.
       —Yo… quería a Carol. Él sabía…
       —¡Nunca le dijo que lo quería! No lo sabía.
       —Carol era débil, inmaduro. No era un hombre. ¿Cómo iba a escribir auténtica poesía? Era un simple versificador, y sus mejores poemas, pálidas imitaciones de los míos. Era como un niño que dibuja con los lápices de colores Crayola. También me robaba las rimas. Y lo peor, los poemas en los que intentaba el verso libre —el señor Frost rio, un resollar espantoso, como si se estuviera ahogando. Con el brío de un abogado que defiende su caso, pasó a expresarse con una confianza llena de rectitud moral, aunque no exenta de pesar—: Mi hijo pensaba que «nadie lo quería». ¡Penoso! En su cabeza no había más que una nube de sospechas… y aquella nube se convirtió en nuestra nube. Pues bien, se la llevó consigo. No es verdad que lo abandonásemos. Fue él quien puso fin a todo, no nosotros…, el prolongado sufrimiento y la obstinación de una vida fracasada —un momento de reflexión y luego—: Fue un error casarme; sirvió para iniciar una sucesión de equivocaciones todavía peores, los hijos de Frost. Pronto me di cuenta, aunque creía haber mantenido el secreto, de que me tendría sin cuidado no volver a ver nunca a ninguno de ellos, al menos después de la muerte de mi querida hija Marjorie. A ella sí que la quise. La quise mucho. Y, sin embargo, ¿de qué le sirvió mi amor? No conseguí salvar a aquella niña tan maravillosa. Murió como podría haber muerto el hijo de cualquiera… desapareció. «No hay otro ruido: el susurrar / del apacible viento y el sedoso copo»… En la naturaleza no hay, del dolor, más que eso. Un poeta no debería casarse ni procrear. Ese era el miedo de Elinor, mi esposa; que me arrastraría a su mortalidad y nos haríamos desgraciados el uno al otro, como así sucedió. La poesía es más que suficiente en el apartado de «procreación». La vida es la materia prima, como la masa sin cocer… pero está «cruda» y no es más que «masa». A nadie le apetece comer simple masa sin cocer.
       El rostro del poeta, con su mandíbula caída, se contrajo en una expresión de puro desdén, de repugnancia. De forma sorprendente se puso en pie sobre unas piernas que apenas conseguían sostener su mole. El sofá columpio del porche crujió en protesta. El cuaderno se le cayó del regazo y fue a parar a la hierba. Como un toro herido, dominado por una fuerza inesperada, producto del dolor y de la indignación, se tambaleó y fulminó con la mirada a su atormentadora. Le habían alcanzado el corazón, o las entrañas, pero no sucumbiría. Sus enemigos le habían atacado con crueldad y de manera vergonzosa, como lo habían hecho siempre a lo largo de su vida atribulada, pero no sucumbiría.
       —Usted…, sean cuales fueren sus pretensiones…, una «entrevistadora» de una revista de poesía de tercera categoría… ¿qué sabe usted de ? Quizá conozca hechos aislados acerca de mi «vida»… pero a mí no me conoce. Carece usted de la inteligencia para entender mis poemas como una niña ciega no entiende nada que vaya más allá del Braille que lee con las yemas de los dedos… Solo las palabras en relieve y nada del profundo e inefable silencio que rodea esas palabras.
       Sorprendida, la joven entrevistadora rubia también se puso en pie, muy avergonzada; con su ropa interior húmeda y su vestido camisero con un estampado floral de color rosa agarró el capacho y retrocedió con una expresión de estupor y de alarma.
       Señalando a su adversaria con el dedo índice, el enfurecido poeta se lanzó al ataque:
       —Usted no es nada. La gente como usted no existe. A usted no la han llamado nunca «el poeta norteamericano más grande del siglo xx»… No ha ganado nunca un premio Pulitzer, y menos aún varios… y no los ganará jamás. Nunca ha provocado las lágrimas de su público ni lo ha forzado a aplaudir, ni le ha hecho disfrutar… Nunca ha logrado que se pusieran en pie para rendir homenaje a su genio. Apenas si se merece besar el borde de la túnica del genio. O… alguna otra parte de la anatomía del poeta. Todo lo que puede hacer, lo que puede hacer la gente como usted, gente insignificante y despreciable, enanos espirituales, es carroñear en los detritos de la vida del poeta sin entender que su vida, en realidad, carece de importancia para el poeta. Usted se apodera de la piel seca y desechada de la serpiente…, los restos de una piel de los que la serpiente viva se va a desprender mientras escapa, con la velocidad del relámpago, de su intento por retenerla. No consigue darse cuenta de que solo la poesía cuenta, la poesía que perdurará mucho después de que el poeta haya desaparecido, y usted y los de su calaña también se hayan ido y hayan sido olvidados por completo como si nunca hubiesen existido.
       El poeta descendió a trompicones los escalones del porche, sin ver del todo adónde iba. Algo deslumbrante explotaba con suavidad, ¿el sol?, ¿luz abrasadora, cegadora? Por encima, ¿un agitado murmullo en los árboles? La había desterrado, había desterrado al demonio. Su rostro de arrugas profundas estaba contraído por la cólera. Los apagados ojos de frío color azul se habían afilado como punzones para romper el hielo. Ya en la hierba le fallaron las piernas, empezó a caer y no pudo detener la inercia de la caída, que le precipitó a plomo contra el suelo, contra la dureza contundente de la tierra debajo de la hierba; se había pasado toda la vida evitando los insignificantes demonios que le tocaban los tobillos, las piernas; los despreciables demonios que le maldecían en voz baja, que le decían que era malo, que era perverso, que era cruel, que era él mismo; toda su vida aquellas criaturas habían tratado de forzarle a hacerse daño, como Carol, su único hijo varón superviviente se había hecho daño y había sucumbido a la locura. En los amplios espacios de Dismal Swamp vio por primera vez a los demonios con claridad y conservó su imagen durante decenios; cómo, con la luz del día, se presenta la tentación de olvidar la terrible sabiduría del Pantano y de la noche; porque el peligro es grande. Esta vez había cometido un error, pero estaba escapando a tiempo. No se iba a volver loco, pero la locura lo atravesaba como un poderoso vomitivo.
       El resultado era que estaba tumbado en la hierba. Los jejenes se lanzaban contra sus ojos húmedos. Había caído desde una gran altura, como una estatua derribada y demasiado pesada para enderezarla. La furia le estaba ahogando, como una toalla que le hubieran metido en la garganta. En algún sitio cercano un reloj hacía tictac sonora, burlonamente. Echaría mano del condenado reloj y se lo tiraría…, pero la joven entrevistadora zahiriente había desaparecido ya.
       ¡Su cuaderno! ¡Su valiosísimo cuaderno! Se le había deslizado de entre los dedos, y estiró mucho el brazo para recuperarlo y estrecharlo contra su pecho. Parecía, cosa extraña, que estaba desnudo de cintura para arriba… tan de repente. La vergüenza de su torso blando, caído, de sus pechos como ubres, quedaba expuesta a la vista de todo el mundo. No podía pedir ayuda, la vergüenza era demasiado profunda. El poeta no era un alfeñique para tener que pedir ayuda. La insistencia de su carne en debilitarse había sido fuente de gran frustración para él, y de vergüenza, pero no había sucumbido ni sucumbiría en el futuro.
       Con mucha dificultad logró alcanzar una esquina del cuaderno. El esfuerzo necesario le hizo temblar, estremecerse… Pudo, sin embargo, acercárselo y apretárselo contra el pecho. El corazón, que le latía con violencia, quedaría así protegido de todo daño, del asalto de sus enemigos. Porque allí estaba su escudo, como en la Antigüedad: el guerrero ha caído, pero está protegido del dolor de la mortalidad.
       —¿Señor Frost? Oh…, señor Frost…
       Lo habían encontrado ya, apenas había tenido tiempo para descansar. Estaba inconsciente, pero respiraba. El gran hombre, caído sobre la hierba silvestre, delante de la Cabaña del Poeta de Bread Loaf, Vermont, en un atardecer bochornoso de agosto de 1951.
       El poeta, en cualquier caso, respiraba. No había error posible, el poeta respiraba.


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