Joyce Carol Oates
(Lockport, New York, 1938-)


Mastín
“Mastiff”
Originalmente publicado en The New Yorker (1 de julio de 2013)
y reimpreso en The Best American Short Stories 2014
Lovely, Dark, Deep (2014)



      Lo habían visto antes, en la senda. El perro enorme.
       Tiraba con tanta fuerza de la correa que al joven que lo sujetaba se le marcaban mucho los músculos de las pantorrillas, mientras decía entre dientes lo que sonaba como «¡Maldito Rob Roy! Condenado perro», con tono de exasperado afecto.
       A lo largo de la senda había carteles prohibiendo que los perros fuesen sueltos. Al menos aquel animal enorme iba atado.
       La mujer miró al animal que, a menos de cuatro metros, resollaba y jadeaba. Tenía una cabeza más grande que la suya, prominente hocico negro, vidriosos ojos saltones. Las mandíbulas eran poderosas y llevaba la boca abierta; le brillaba el morro y babeaba, mientras que la lengua, larga, ancha y rosada, parecía un órgano sexual. Piel pálida y moteada, tórax poderoso, patas y lomo muy musculosos, rabo corto y tenso. Podría haber pesado casi cien kilos. Su jadear era húmedamente audible, inquietante. El joven de barba descuidada que sujetaba la correa de cuero con las dos manos y vestía una sudadera beis con capucha, pantalones cortos multibolsillos de color caqui y botas de acampada, miró a la mujer y al hombre que la seguía con ojos entornados y una expresión que podía ser contrita o defensiva; o quizás, pensó la mujer, se estaba riendo de ellos, excursionistas ordinarios sin un enorme perro monstruoso que les descoyuntara los brazos de tanto tirar.
       La mujer pensó Eso no es un perro. Es un ser humano a cuatro patas. ¡Qué expresión en la cara!
       Ideas así de surrealistas bombardeaban el cerebro de la mujer tanto despierta como dormida. Mientras nadie más estuviera al tanto, no le daba mayor importancia.
       Por fortuna, el enorme perro y su amo se disponían a tomar una senda distinta por Wild Cat Canyon. El mastín siguió avanzando, lleno de entusiasmo, olfateando el suelo, y detrás el joven, que maldecía en voz baja. La mujer sintió alivio, ¡aquel perro horrible no la había atacado! Continuó junto con su compañero por la senda principal, que ascendía más o menos cuatro kilómetros hasta llegar a la cima, Wild Cat Canyon Peak.
       Al advertir la inquietud que el perro había provocado en su acompañante, el hombre hizo un chiste que la mujer no oyó del todo y del que no se dio por enterada. Caminaban en fila india, ella delante. A la mujer le hubiera gustado que el hombre le tocara el hombro para confortarla, como podría haber hecho cualquier otra persona, pero sabía que no lo iba a hacer y no lo hizo. Procedió, en cambio, a explicarle con tono de ligero reproche que el perro era un mastín inglés: «Hermoso perro».
       La mujer interpretó aquella observación casi como una reprimenda. Gran parte de lo que el hombre le decía lo entendía como reproches por su estrechez de miras, por su actitud medrosa. A veces la mujer divertía al hombre por esas razones. Otras lo exasperaba y ella veía en su rostro caballeroso una expresión de sorprendida desaprobación, de desprecio disimulado. En esos casos pensaba Me tiene calada. Ve mis subterfugios, mi ignorancia. Mi desesperación.
       Enseguida dijo, por encima del hombro, con una risita absurda:
       —¡Sí! Muy bonito.
       La excursión de aquel día hasta la cima de Wild Cat Canyon iba a ser cuesta arriba, camino del sol. Manchas de luz y sombra en la senda, breves momentos de quedar cegados por tanta claridad. A la mujer le encantaba estar al aire libre e ir de excursión con su acompañante. Con aquel hombre que le habían presentado como alguien muy prometedor siete semanas y cuatro días antes, en una cena en casa de un amigo común en las colinas al norte de Berkeley.
       La excursión había sido idea de él. O, más bien, de manera indirecta, con lo que (pensaba la mujer) podía haber sido una estrategia de timidez, como las que también usaba ella, se había limitado a decirle que iba a salir de excursión aquel fin de semana y, ¿le gustaría acompañarlo?
       De esa manera no se arriesgaba a ser rechazado. A la mujer se le había hecho saber que, si salían juntos, ella lo acompañaba a él.
       Para entonces ya habían dado paseos juntos, pero una excursión tan ambiciosa, a la cima de Wild Cat Canyon, le pareció a la mujer algo muy diferente.
       Había dicho, con su risita absurda:
       —¡Sí! Me encantaría.

       A última hora de la tarde llevaban varias horas de excursión y, siempre en fila india, descendían ya de la cima del cañón con ciertas precauciones. La mujer iba delante, dado que el hombre, excursionista más avezado, no quería perderla de vista, porque temía que tuviera un accidente. Le había desconcertado un tanto al insistir en utilizar zapatillas ligeras de deporte y no, como en su caso, botas de escalada.
       Tampoco se le había ocurrido proveerse de agua. El hombre llevaba una botella de plástico de medio litro para los dos.
       A él la mujer le había parecido divertida. También era posible que le hubiera enojado un poco.
       Sí, la mujer le atraía. Esperaba que llegase a gustarle más en el futuro; esperaba llegar a adorarla. Había estado muy solo durante mucho tiempo y lamentaba con amargura la soledad de su vida.
       Al inicio de la excursión, en un día de finales de marzo, el tiempo había resultado ser inesperadamente templado. A mediodía la temperatura alcanzaba los veinte grados. Ahora, al hundirse el sol por el cielo de poniente como un ensangrentado huevo roto, la oscuridad y el frío empezaban a brotar de la tierra. El hombre había sugerido a la mujer que metiera una chaqueta ligera de dril en la mochila, porque sabía lo deprisa que descendía la temperatura a última hora de la tarde en una senda de montaña, pero la mujer solo llevaba un suéter, unos vaqueros y un gorro con visera más apropiado para verano. (Los ojos de la mujer eran muy sensibles a la luz incluso con gafas de sol. Le fastidiaba mucho la facilidad con que se le llenaban de lágrimas que luego le caían por las mejillas como un reconocimiento de la debilidad femenina.) Había desconcertado al hombre al presentarse sin mochila con la excusa de que detestaba «ir cargada».
       Ahora, con el frío creciente, había empezado a tiritar. Si hubiese dejado de apretar con fuerza las mandíbulas, los dientes le habrían castañeteado.
       Primero habían subido, ascendiendo en curva entre pinares, hasta alcanzar una vista espectacular desde la cima de Wild Cat Canyon, donde se alzaba un monumento al terrateniente ecologista de principios del siglo XX que había donado miles de hectáreas al estado de California para crear el parque. Después la senda descendía, con curvas muy pronunciadas, hasta su inicio a una hora de marcha y al aparcamiento que se «cerraría», como advertían los carteles, a las seis de la tarde. Eran ya las cinco menos veinte.
       En la cima el hombre había hecho fotos con su cámara nueva mientras la mujer contemplaba con detenimiento el espectacular panorama. En el horizonte se divisaba una franja de azul luminoso: el océano Pacífico, a muchos kilómetros de distancia. Más cerca se veían pequeños lagos y cursos de agua. Las colinas estaban extrañamente esculpidas, como los montes pelados en los cuadros de Thomas Hart Benton.
       El hombre había dado a la mujer agua para que bebiera. Aunque ella había dicho que no tenía sed, él había insistido. Existe peligro de deshidratación cuando se hacen esfuerzos, dijo. Hablaba con severidad, como un padre al que no es razonable oponerse.
       El hombre se expresaba con la confianza de alguien a quien raras veces se lleva la contraria. A ella, en ocasiones, le gustaba aquel aire de autoridad, pero en otras le molestaba. Él parecía mirarla siempre con aire desconcertado, como un científico que se enfrenta con un ejemplar extraño. No quería pensar (aunque era lo que hacía, de manera obsesiva) que debía de estar comparándola con otras mujeres que había conocido y la encontraba deficiente.
       Una vez en la cima, absorto en sus fotografías, había parecido olvidarse de ella. ¡Qué infantil, qué autosuficiente y exasperante! La mujer no había estado nunca tan en reposo consigo misma.
       Casi por espacio de una hora se entretuvo él en la cima, haciendo fotografías. Durante aquel tiempo otros excursionistas llegaron y se marcharon. Para la mujer no supuso ningún esfuerzo hablar unos instantes con ellos mientras el hombre parecía no advertir su presencia. No era su costumbre, le explicó a la mujer, entablar conversación con personas «al azar». «¿Por qué no?», le había preguntado ella, y él había dicho, con una mirada que sugería que semejante pregunta le resultaba casi incomprensible: «¿Por qué no? Porque nunca voy a volver a verlos».
       Con su risita impertinente, la mujer dijo: «Pero esa es la mejor razón para hablar con desconocidos: saber que nunca volverás a verlos».
       Al menos el joven de la barba descuidada con el perro enorme, el mastín inglés, no había escalado hasta lo más alto de Wild Cat Canyon.
       Pero sí llegaron hasta allí otros excursionistas con perros. De hecho, una verdadera procesión de perros, de todas las razas y tamaños, la mayoría, por suerte, bien educados y poco inclinados a ladrar; algunos detrás de sus amos, perros de más edad, con aspecto de sentirse castigados y de haberse quedado sin resuello. Los ojos húmedos, apagados, de aquellos perros más viejos parecían buscar los de la mujer.
       —¡Qué perro tan simpático! ¿Cómo se llama?
       O preguntaba, los ojos muy abiertos:
       —¿De qué raza es?
       La mujer entendió que su acompañante había tomado nota de que el mastín, al principio de la excursión, le había dado miedo. De que había tenido un momento de crispación al ver al feo animal jadeante que debía de ser el perro más grande de su especie que había visto nunca, casi tan grande como un san bernardo. De que se había quedado mirando sus mandíbulas babeantes y sus ojos vidriosos, ciegos en apariencia, como si reconociese algo innombrable.
       Y por eso en lo más alto de Wild Cat Canyon la mujer se había esforzado por conversar con los dueños de perros, a su manera expansiva, cordial, ligera. Les había preguntado por sus perros, incluso había dado palmaditas a los más pacíficos.
       De niña, a los nueve o diez años, la había atacado un pastor alemán que ladraba con ferocidad. No había hecho nada para provocar la agresión y solo recordaba que gritó y trató de correr mientras el perro ladraba y lanzaba dentelladas a sus piernas descubiertas. Estaba convencida de que solo la había salvado la intervención de unos adultos.
       Al hombre no le había contado muchas cosas sobre su vida. Todavía no. Y tal vez nunca. Su lema era «No confieses nunca tus debilidades».
       En especial a desconocidos, eso era esencial. No confieses nunca tus debilidades.
       Técnicamente hablando, la mujer y el hombre eran «amantes», pero no íntimos. Se podría decir (sobre todo podría decirlo la mujer) que, en esencia, eran desconocidos.
       A ella le gustaba decirles a sus amigas, para que se rieran, que no quería casarse sino estar casada. Quería una relación que, ya de entrada, pareciese madura, sin necesidad de ser antigua y asentada. La novedad y la inexperiencia no la atraían.
       —Perdóname, ¿cuándo crees que podremos marcharnos? —la mujer le preguntó, vacilante, poco deseosa de hacerle perder su concentración.
       Durante su relación mutua la mujer no había manifestado ninguna impaciencia, no había alzado nunca la voz.
       Por fin el hombre guardó su cámara, que era un instrumento pesado y complicado, en la mochila. Y la botella de agua, que solo contenía ya cuatro o cinco centímetros de líquido. «Quizá la necesitemos, más adelante.» Todos sus movimientos eran medidos y pausados, como si estuviera solo, y la mujer, de repente, sintió una oleada de desagrado por el hecho de que se preocupara tanto de cuestiones triviales y, sin embargo, no la quisiera.
       No había aseos en la condenada senda, por supuesto. Se trataba de recorridos serios, para excursionistas serios. Con añoranza, la mujer se acordó de los servicios disponibles al inicio de la ascensión, a una distancia considerable de donde se hallaban. ¿Cuánto tiempo les llevaría regresar hasta allí? ¿Otra hora? Para los excursionistas varones, pararse a orinar en el bosque no era un problema; para las mujeres, en cambio, suponía un esfuerzo y un bochorno. Verse forzada a hacer sus necesidades en un bosque era algo que no le había vuelto a suceder desde que, todavía muy joven, se encontró atrapada en una odiosa excursión interminable durante un campamento de verano en los montes Adirondacks. El recuerdo era confuso y borroso por la vergüenza y por la humillación ligada a la insignificancia misma de la molestia. Si se lo hubiera contado a su acompañante, se habría reído de ella.
       Al dirigirse en coche hacia el parque, los dos se habían sentido muy felices juntos. A veces les sucedía, de manera impredecible, que disfrutaban de un repentino estallido de felicidad, incluso de alegría, por el hecho de estar juntos. El hombre se había mostrado inusualmente hablador. La mujer se reía de sus observaciones, sorprendida de que pudiera ser tan divertido. Se había sentido muy halagada, pocos días antes, cuando había ido a visitarla en su galería de arte y había adquirido una pequeña escultura de esteatita.
       La mujer se había movido en el asiento del acompañante para acercarse más a él, como podría haberlo hecho, de manera impulsiva, una chica joven. ¡Qué natural le había resultado aquel ensayo de intimidad!
       Habían pasado tiempo juntos en casa de ella, en la cama de su dormitorio en el piso de arriba, pero nunca toda una noche. El hombre se sentía incómodo y ella, obligada a comportarse como si él fuera un invitado a quien había que tratar con deferencia pero sin intimidad. No había sido capaz aún de dormir a su lado porque su presencia física le resultaba demasiado abrumadora, demasiado grande el espacio que ocupaba en su cama. Desnudo y en posición horizontal parecía mucho más grande que vestido y en vertical. Respiraba haciendo un ruido húmedo, con la boca abierta y, aunque se despertaba sin poner mala cara cuando ella le daba suaves codazos, no había querido despertarlo demasiadas veces. Se había resignado a seguir despierta, oyéndolo respirar Su malestar físico, sin embargo, era agudo: No puedo dormir, no voy a dormir nunca si tengo a este hombre en mi cama.
       Nunca se había sentido cómoda con un hombre en estrecho contacto físico, a no ser que hubiera bebido. Pero él apenas bebía. Y la mujer no se abandonaba ya a la bebida, aquel tipo de vida era algo del pasado.
       En la radio del coche habían oído una pieza para piano de Janácek, el compositor checo, con el título traducido como «Entre la bruma». Ella reconoció la composición al cabo de muy pocas notas. De muy joven había tocado aquel ciclo para piano. Los ojos se le llenaron de lágrimas al recordarlo.
       Durante las notas del piano —sombrías, inconfundibles, en un tono menor «brumoso»—, el hombre siguió hablando como si no oyera la música. La mujer escuchó con avidez el piano y no las palabras del hombre, si bien su voz quedaba bañada por la belleza melancólica de la música y sintió lo mucho que lo amaba o que podría llegar a amarlo.
       Será el definitivo. Ya es hora.
       La mujer tenía cuarenta y un años. Creía que el hombre era varios años mayor. Los había presentado un amigo común, unido por lazos más fuertes al hombre que a la mujer; a él le había dicho Te gustará Mariella. Te gustará su cara; y a la mujer, Simon es una persona extraordinaria pero eso puede no ser evidente en un primer momento. Dale tiempo.
       El hombre había sido director de un prestigioso laboratorio de investigación de Berkeley, en California, durante muchos años. El trabajo era la ocupación más importante de su vida. Consideraba sacrosanta, incuestionable, la verdad científica, además de impersonal y trascendente. Su trabajo sería su legado. Idealista, apóstol de la educación científica y de la conservación del medio, era en extremo generoso con científicos más jóvenes y mentor legendario de sus estudiantes graduados y posdoctorales. No se había casado. No estaba seguro de haberse enamorado nunca. No tenía hijos aunque siempre los había deseado. No estaba satisfecho con su vida fuera del laboratorio. Se sentía engañado, pero le parecía absurdo que otros pudieran compadecerlo. Sobre todo colegas más jóvenes a los que había ayudado en su carrera.
       Aquel mismo año se había sentido inquieto al visitar a uno de sus protegidos del instituto Salk, que estaba casado, tenía varios hijos y una mujer que también era investigadora: la joven familia vivía en una casa de madera de cedro de dos plantas en hectárea y media de terreno boscoso. En aquel hogar había sentido con intensidad lo vacía que estaba su vida en la casa alquilada, a medio amueblar, cerca de la universidad, en la que llevaba más de veinte años viviendo, extrañamente orgulloso de que desde allí podía ir al laboratorio en bicicleta o andando sin ninguna dificultad.
       Se había despedido de la joven familia impresionado y destrozado. Y no mucho después le habían presentado a la mujer de quien le habían dicho Te gustará el rostro de Mariella.
       También ella se sentía sola e insatisfecha, pero más que de sí misma estaba sobre todo insatisfecha de los demás. Había tenido relaciones muy intensas con hombres desde sus años de universidad, pero de manera invariable siempre con varios, viéndolos al mismo tiempo, lo que le impedía comprometerse a fondo con ninguno de ellos. Por otra parte, la hería lo indecible que un hombre no se interesase solo por ella. Había sido testigo de la actitud servil de su madre en el matrimonio. Su padre, alto y apuesto, no valoraba a su mujer, que se había humillado por él; la había abandonado cuando su hija no era más que una niña y raras veces visitaba a sus hijos. Toda su vida había echado de menos al padre ausente pese al resentimiento que le inspiraba. Su fantasía era que regresaba y que ella y su madre lo rechazaban con estallidos de risa desenfrenada.
       Pensaba Es de locos ser vulnerable como lo son las mujeres. Nada se merece tanto sufrimiento.
       Era, sin embargo, una mujer atractiva. Dentro de un pequeño círculo de amigos despertaba muchas simpatías y se la admiraba. Vestía con elegancia. Tenía abundantes actividades sociales. Había invertido con acierto en una galería de arte. Pese a todo ello, gran parte de su vida mental era su preocupación por cómo la veían los ojos de los demás. Apenas conseguía forzarse a examinar su imagen en un espejo: lejos de ser hermosa, ni siquiera bonita, su rostro era demasiado pequeño, en forma de corazón, la barbilla demasiado estrecha, los ojos demasiado grandes y hundidos en las órbitas. Le desagradaba mucho ser menuda. Le hubiera gustado medir un metro setenta y cinco, caminar con arrogancia femenina, con confianza sexual. Pero con un metro sesenta no le quedaba otro remedio que ser la receptora, el receptáculo mismo, de un deseo masculino.
       La preocupaba haberse distanciado tanto de su familia, de sus parientes y de los amigos de la juventud. Cada vez que participaba en un brillante acontecimiento social, algo parecía apagársele dentro. Sentía cómo se infiltraba en su interior la falta de vida, una indiferencia helada. Cuando sus amigas, tan íntimas suyas como si fueran sus hermanas, la abrazaban y besaban al final de una velada, cuando el marido de otra amiga le rodeaba la cintura con el brazo para besarla, de una manera que pasaba un poco de lo amistoso, con demasiada vehemencia: —«¡Buenas noches, Mariella!»— sentía cómo la frialdad en su interior respondía No me importaría lo más mínimo no volver a veros nunca.
       Se reía de sí misma ante un vacío tan grande. Un agujero en el corazón.
       Podría haberse echado a llorar. Pronto cumpliría cuarenta y dos años.
       Sucedía sin embargo que, en compañía de su nuevo amigo, sentía un extraño optimismo. Aunque no pudiera enamorarse, tal vez fuera suficiente que él se enamorase de ella; suficiente para que tuvieran un hijo, por lo menos.
       (¿Qué habría pensado él si se hubiera enterado de lo que tramaba ella? ¿O se trataba solo de inofensivas fantasías, casi sin probabilidad alguna de llegar a realizarse?)
       (En sus momentos de mayor debilidad se lamentaba de no tener hijos; muy pronto sería demasiado mayor. Los niños pequeños, de todos modos, la aburrían, incluso sus sobrinitas y sobrinitos, aunque reconociera que eran muy guapos.)
       Ahora, al descender por la senda, deseosa de abandonar el parque que le había parecido tan hermoso horas antes, empezaba a sentirse atribulada. El largo descanso en la cima la había debilitado. La indiferencia de su acompañante la había deprimido. Mientras el sol se desplazaba por el cielo, sus fuerzas la abandonaban.
       Meditabundo y silencioso, caminaba él detrás de la mujer, a veces tan cerca que casi le pisaba los talones. Ella sentía el deseo de volverse y gritarle: «¡No hagas eso! ¡Voy todo lo deprisa que puedo!».
       Tan absorta estaba con la voz dentro de su cabeza que solo se dio cuenta a medias de que estaba oyendo un sonido familiar en algún lugar cercano: unos resoplidos húmedos, como de respiración entrecortada. La senda siguió descendiendo, doblándose sobre sí misma; ahora otra senda más baja corría paralela y se reuniría con ella pocos metros más allá, y en aquella segunda senda dos figuras se apresuraban: una de ellas, la que iba delante, era un animal de grandes dimensiones que avanzaba a la carrera.
       La mujer oyó el jadeo frente a ella. La dominó una sensación de miedo.
       No le quedaba más remedio que seguir andando a trancas y barrancas. Horrorizada, vio delante, inevitable, al enorme mastín. Los húmedos ojos relucientes estaban fijos en ella; ahora no parecían casi ciegos, sino enfocados con total precisión. Con una especie de indignación canina que muy pronto se transformó en furia, el animal empezó a ladrar a la mujer acongojada, tirando de la correa, mientras el joven de la barba desgreñada le gritaba que se sentara.
       A la mujer no se le escapó la necesidad de evitar el miedo a toda costa y de no provocar al enorme perro por ningún motivo. Siempre es un error dejar traslucir las propias debilidades. Su pánico ante lo que le pudieran hacer aquellos dientes y afiladas garras.
       No consiguió evitarlo: gritó y retrocedió. Era la peor reacción posible ante el perro que, enloquecido por el terror de la mujer, saltó hacia ella entre sonoros ladridos y gruñidos, arrancando la correa de manos de su dueño.
       En un instante el mastín estaba sobre ella, gruñendo y mordiendo, casi a punto de tirarla al suelo. Pese a su terror, la mujer pensaba La cara. Tengo que protegerme la cara.
       Detrás de ella, su acompañante intervino enseguida. A la mujer le pareció intrépido, asombroso: tiró de ella y la protegió con su cuerpo, mientras gritaba al dueño del mastín que controlara al condenado perro.
       El joven gritaba en vano «¡Rob Roy! ¡Rob Roy!». El perro no le hacía el más mínimo caso, atacando al hombre con ferocidad, alzado sobre las patas traseras y embistiéndolo como para tirarlo al suelo y una vez derribado destrozarle la garganta con sus colmillos amarillentos.
       El frenético forcejeo no pudo haber durado más de unos segundos. Con gran determinación el hombre trataba de apartar al perro, golpeándolo con los puños, dándole patadas. El joven de la barba descuidada tiraba del collar del mastín, entre maldiciones. Con muchas dificultades logró separar al animal de su víctima, que sangraba profusamente por las heridas de las manos, los brazos y la cara.
       Ya estaba incluso con una rodilla en tierra. El mastín podría haberle desgarrado la garganta de no ser porque el dueño tiró con toda su fuerza, como para romperle el cuello al perro.
       La mujer, aterrada, se encogía detrás del hombre. Siempre recordaría con qué decisión había saltado para defenderla, sin pensar para nada en su seguridad personal.
       En la confusión del forcejeo, la mujer sintió algo tibio en el rostro. No era sangre sino las odiosas babas del perro.
       El dueño del animal consiguió por fin apartarlo de la pareja, aunque seguía ladrando, histérico, mientras arremetía contra ellos y saltaba con los colmillos al aire. La mujer gritó:
       —¡Ayúdele! ¡Busque ayuda! Se va a desangrar.
       El joven se disculpó repetidas veces. Sujetaba con las dos manos al animal, que seguía forcejeando. Aseguró que no había hecho nunca nada parecido, nunca… «¡Santo cielo! Voy a buscar ayuda.» Había un puesto de guardas forestales a menos de un kilómetro sendero abajo, dijo el joven. Bajaría corriendo, conseguiría que los guardas vinieran a ayudar.
       Sola con el herido, la mujer lo estrechó contra su pecho mientras él gemía y se estremecía de dolor. ¿Se hallaba en estado de shock? Al tocarlo, la mujer comprobó la frialdad de su piel. Apenas entendía lo que había sucedido, todo con tanta rapidez.
       El perro enloquecido también le había mordido y arañado a ella las manos. Reparó en cortes y raspaduras y en que sangraban. Temía, sin embargo, por el hombre. Buscó su móvil con manos temblorosas y trató de llamar al 911, pero fallaba la cobertura. Se preguntó si debería intentar hacerle un torniquete para detener el flujo de sangre del antebrazo. Años atrás, todavía estudiante de bachillerato, había asistido a un curso de primeros auxilios, pero… ¿se acordaría ahora? ¿Había que usar un palo para hacer un torniquete? Recorrió con los ojos los alrededores, buscando… ¿qué? Pensaba demasiado despacio, con la dificultad de alguien que, dentro de un sueño, trata de caminar hundido en el barro. Como un estúpido pájaro atrapado, el corazón le latía descontrolado dentro del pecho.
       El hombre insistía en que estaba bien y en que podía caminar hasta el puesto de los guardas forestales.
       —Escucha, no me voy a morir.
       Sus intentos de reír resultaron grotescos. No se daba cuenta de lo desgarrada y ensangrentada que tenía la cara.
       Le ayudó a levantarse. ¡Cuánto pesaba y qué falto de coordinación lo notó! Su rostro era una máscara de sangre, resultaba aterrador ver que llevaba trozos de piel colgando de las mejillas y de la frente. También tenía rasgado el lóbulo de una oreja.
       Sus ojos, al menos, habían salido indemnes.
       Muy torpe, la mujer le rodeó la cintura con un brazo. Aunque con grandes dificultades, pudo caminar apoyándose en ella. La mujer trataba de consolarlo: no tenía ni idea de lo que le decía, excepto que la ayuda llegaría enseguida, que se pondría bien… Veía las mangas y el delantero de su suéter empapados de sangre oscura.
       Para entonces el sol se había hundido por debajo de la línea de árboles. Atardecía y el aire estaba frío y húmedo como después de la lluvia. A ella le castañeteaban los dientes. Los dos descendieron por la senda dando tumbos. Empezaron a oír voces, gritos: dos guardas forestales venían corriendo por el sendero, ya en sombras, con linternas, gritando. El herido cojeaba, el rostro crispado por el dolor. Tenía cortes en la ropa, como hechos por unas tijeras gigantescas. Aunque sin duda pesaba treinta kilos más que ella, la mujer estaba consiguiendo mantenerlo erguido, temblorosa por el esfuerzo. A punto ya de desplomarse, se lo retiraron de los brazos.
       Los llevaron a los dos al puesto de guardas forestales y les prestaron los primeros auxilios. Líquidos para esterilizar las heridas, vendajes. Para el antebrazo lacerado del hombre, un torniquete aplicado con habilidad por el guarda forestal de más edad. Hicieron la observación de que había tenido suerte: «La arteria no estaba seccionada». El ataque de un perro podía ser grave, existía la posibilidad de la rabia. Era imprescindible localizar al animal.
       El joven de la barba descuidada había huido del parque con su mastín. Sin dar parte del ataque, por increíble que pareciera. Pero lo habían visto otras personas y lo habían denunciado. Un excursionista que regresaba a su coche en el aparcamiento había apuntado la matrícula de su todoterreno.
       Por debajo de las vendas, el rostro del hombre había adquirido un color ceniciento. Su respiración era rápida y superficial. Se le instó a que se tumbara en una litera. A pesar de sus protestas se llamó a una ambulancia. Los mordiscos de perro son muy peligrosos, dijo el guarda forestal. Había que denunciar aquel ataque violento. Se procesaría a su dueño. Con el agravante de abandonar el escenario del ataque… al muy hijo de puta también se le procesaría por eso.
       Las lesiones faciales requerían puntos, era evidente. No bastaba con los primeros auxilios. La mujer había visto con horror lo que los dientes y las uñas del mastín le habían hecho a su amigo. La gasa de las vendas estaba empapada en sangre.
       A los pocos minutos la ambulancia se presentó en el parque casi desierto ya. La mujer, llorosa, quería ir con el herido en la ambulancia, pero él insistió en que utilizara su ranchera y fuese con ella al hospital; no quería que su vehículo pasara la noche encerrado en el parque.
       Pese a las heridas, a estar medio aturdido por el ataque y a hablar con dificultad, el hombre parecía pensar con calma y de manera racional.
       La mujer tomó las llaves del coche de los dedos temblorosos de su amigo, así como su cartera y su mochila, y siguió a la ambulancia con la ranchera por carreteras de montaña llenas de curvas. Le costaba trabajo respirar; la soledad era tan palpable y asfixiante como algodón en rama.
       ¡Dentro de la ranchera de su amigo, sin estar él al volante! Le parecía desconcertante, antinatural.
       Pensó Lo curarán como es debido. Saldremos los dos adelante, una vez allí.
       Podría dejarlo entonces. Llamar a un taxi para que la llevase a su casa, que estaba a menos de veinte kilómetros.
       Lo que le resultaba terrible, lo que no lograba entender, era que el dueño del perro hubiera huido sin dar parte del ataque. Al joven de la barba descuidada, que parecía muy afectado por lo sucedido, le había importado tan poco el bienestar de las víctimas que se había escabullido a sabiendas de que, si las autoridades no localizaban al perro, las dos víctimas necesitarían la vacuna antirrábica.
       Los guardas del parque le habían explicado que el dueño del perro sería detenido en cuestión de horas. Ya se había informado del ataque a la policía local. Se dictaría una orden judicial para detenerlo. A ella se le aseguró que las autoridades lo encontrarían y que se examinaría al animal por si estaba rabioso, pero dado su desconsuelo, apenas había sido capaz de escuchar ni de valorar lo que se le decía.
       Al llegar a la clínica, muy bien iluminada, la mujer se apresuró a entrar. Se daba cuenta de que tenía cara de susto, manchas de sangre por todas partes y que todo su aspecto hablaba de angustia y desorientación. Vio que a su amigo lo llevaban a urgencias en una camilla. Horrorizada, descubrió que solo parecía medio consciente. Daba la sensación de no saber dónde estaba. Preguntó a uno de los camilleros qué le había pasado en la ambulancia y le dijeron que su amigo había sufrido una especie de «ataque», con pérdida de conocimiento, subida alarmante de la tensión arterial y aceleración del ritmo cardíaco que había desembocado en fibrilación.
       ¡Fibrilación! La mujer solo conocía de manera aproximada el significado de aquella palabra.
       —Dios mío, sálvalo, por favor —suplicó—. ¡No permitas que se muera!
       No la dejaron seguirlo al interior del servicio de urgencias. Se encontró delante de un mostrador donde le hicieron preguntas. Las lágrimas le habían dejado surcos muy marcados en el rostro, como un cartel publicitario devastado por el mal tiempo y la lluvia. Registró la cartera del hombre en busca de la tarjeta de su seguro médico y su carné de identidad de la universidad. ¡Qué despacio se movía! Era tan torpe con las manos vendadas como si llevara manoplas. Uno de los técnicos de emergencias sanitarias que había llevado a su amigo a urgencias le estaba diciendo que también a ella tendrían que tratarla, que había que examinarle las manos y las muñecas heridas y que no bastaba con los primeros auxilios de los guardas forestales. Pero se negó a escucharle. Tenía cosas más importantes de que ocuparse. Enrojeció de indignación cuando la mujer de detrás del mostrador le preguntó cuál era su parentesco con el herido y respondió con brusquedad:
       —Soy su prometida.

       Después no tendría una idea clara de las horas pasadas en la sala de espera del servicio de urgencias. El tiempo se había descoyuntado, se había vuelto confuso. Le pesaban tanto los párpados que no conseguía mantenerlos abiertos. Aun así estaba segura de que no se había dormido ni siquiera unos segundos.
       Varias veces preguntó por el herido y le dijeron que estaba recibiendo un tratamiento de urgencia debido a la arritmia cardíaca y que no podía verlo aún. La noticia le pareció terrible, inaceptable. ¡Solo le había mordido un condenado perro! No daba la sensación, en un primer momento, de que estuviera tan malherido, había insistido en andar… La mujer se sentía mareada, entrecortada la respiración. Las manos y las muñecas vendadas le daban punzadas de dolor. Se oyó suplicar, con voz quejumbrosa: «¡No dejen que se muera!».
       Desde sus ojos aterrados vio cómo la miraban otras personas. Cómo descubrían a una mujer un tanto enloquecida por la preocupación, por el miedo creciente. Una mujer que alzaba la voz presa del pánico. Una mujer a la que había que compadecer aunque procurases apartarte de ella.
       Su ropa estaba húmeda de sangre. De su sangre y la de su amigo.
       Comprobó que su suéter escocés de lana gruesa, uno de los mejores, más bonitos y más caros que tenía, había quedado inservible, desgarrado y destrozado por el mastín.
       En la senda, mientras descendían de la cima de Wild Cat Canyon, había sentido tanto frío que los dedos se le habían agarrotado, pero ahora le ardían y le punzaban por debajo de las vendas. En el aseo brillantemente iluminado con luz fluorescente, situado en el exterior del servicio de urgencias, el rostro reflejado en el espejo quedaba tan borroso como esas caras en la tele que se disuelven en píxeles para evitar los posibles inconvenientes de la identificación. Estaba pensando en la manera en que el enorme perro se había arrojado sobre ella y la decisión, asombrosa, con que su acompañante la había protegido del animal. Tenía la sensación de que su cerebro vibraba, esforzándose por comprender lo sucedido. ¿Era acaso que estaba enamorado de ella? O, ¿era ella quien tenía que quererlo? ¡Qué cobarde había sido! ¡De qué forma tan indigna se había escondido detrás de él para salvarse, se había agarrado a él desesperada, como se podría haber agarrado a cualquiera, encogiéndose, agachándose, gimiendo como una niña aterrorizada! Mientras que él había dado un paso al frente para que lo atacaran en su lugar. Una persona que era casi un desconocido había arriesgado la vida por ella.
       Ahora tenía en sus manos la cartera del herido. También su mochila, que contenía la cámara con sus accesorios. En su estado de terror nervioso examinó el contenido de la cartera, que era de piel de buena calidad, aunque muy gastada. Tarjetas de crédito, el carné de la universidad y el de lector de la biblioteca. Carné de conducir. Una foto muy pequeña de un hombre de mediana edad y sonrisa tensa, con muchas arrugas en la frente, y cabellos, escasos ya, que le llegaban hasta los hombros, y a quien ella habría jurado no conocer de nada. También descubrió que su amigo había nacido en 1956: ¡tenía cincuenta y siete años! Diez más de los que le había calculado y dieciséis más que ella.
       Otra tarjeta indicaba la existencia de un problema cardíaco: prolapso de la válvula mitral. Un papel con muchos dobleces era la receta, con fecha de varios años antes, para un medicamento que se administraba por vía intravenosa. Pariente más próximo a quien había que avisar en una emergencia, una mujer con su mismo apellido, tal vez su hermana, que vivía en San Diego.
       Corrió a presentarse en urgencias para hablar con una enfermera. Le insistió en la importancia de la receta para que le prometiera que, sin dilación, transmitiría su descubrimiento al cardiólogo que supervisaba el tratamiento de su amigo.
       Supuso que los médicos se limitarían a seguirle la corriente. ¡La prometida histérica! Ya habrían hecho sus propios análisis del enfermo.
       —¿Señora?
       La sala de espera estaba casi vacía cuando llegó un ayudante y la informó de que su acompañante iba a pasar la noche hospitalizado para hacerle nuevos análisis por la mañana y mantenerlo en observación en el servicio de cardiología. El médico de guardia había logrado controlar la fibrilación y el ritmo cardíaco era casi normal, pero la tensión y la fórmula leucocitaria estaban altas. Hizo un esfuerzo por sentirse muy aliviada. Trató de pensar Ahora me puedo ir a casa, ya ha pasado el peligro.
       Lo que en realidad hizo fue subir al tercer piso, al servicio de cardiología. Durante varios minutos estuvo delante de la puerta de la habitación 3112 sin decidirse a entrar. Dentro, a media luz, el herido estaba demasiado quieto, mientras las enfermeras se movían a su alrededor. Un aparato controlaba el ritmo cardíaco. También se le vigilaba la respiración. Vio que ya no tenía en la cara las vendas que le habían puesto a toda prisa los guardas forestales y que le habían cosido y vendado de nuevo las numerosas heridas recibidas, formando una máscara más complicada y espectacular de entrecruzadas tiras de color blanco. Le habían vendado, además, las manos y los brazos.
       El horror era que aquel perro espantoso hubiera querido destrozarle la garganta. Destrozarle la cara. Y con qué facilidad podría haber sucedido tal cosa.
       La mujer pensó que era un rostro amable y hermoso.
       Terminó por entrar en la habitación, al tiempo que el cansancio hacía que se le doblaran las rodillas. Sintió que estaba a punto de desmayarse. En las entrañas, en el pecho, le creció una sensación de mareo, de estar hundiéndose, un pavor más allá de la náusea. Sentía, sin embargo, gratitud por la valentía de su amigo y por su amabilidad. Vergüenza en cambio, en su caso, por haberlo valorado de manera tan negligente.
       Acercó una silla y se sentó junto a la cama. Se movía despacio, como una persona en un sueño que no era el suyo.
       A él le habían quitado la ropa rasgada y ensangrentada. Con su bata de hospital estaba allí tumbado, extrañamente inmóvil. Su respiración era rápida y superficial, pero rítmica. Habían elevado la cama articulada hasta un ángulo de treinta y tres grados para que le resultase menos costoso respirar.
       Se le estremecieron los párpados, como sorprendido. ¿La estaba viendo? ¿La reconocía?
       El rostro desfigurado por las lágrimas. Las manos y las muñecas vendadas. Se ha olvidado de mi nombre, pensó la mujer.
       Por lo que le era posible ver de su rostro remendado debajo de las vendas, su amigo trataba de hablar. O… ¿quizá de sonreír?
       Le estaba preguntando… ¿qué? Trató de entenderle, pero arrastraba las palabras.
       La mujer se inclinó hacia delante para cogerle una mano. También sus dedos estaban vendados y la sensación fue de frío y de rigidez. Se los apretó y él le devolvió el apretón.
       La mujer se oyó explicar que iba a quedarse algún tiempo. Hasta que terminaran las horas de visita. También le dijo que se había quedado con su cartera, su cámara, las llaves del todoterreno y algunas cosas más, para evitar que se extraviaran.
       Le dijo que volvería por la mañana, cuando le dieran el alta. Lo llevaría a casa, si es que quería. Si la necesitaba. Volvería, le traería sus cosas y lo llevaría a casa. ¿Entendía lo que le estaba diciendo?
       En la cama articulada, el herido se quedó dormido. Le habían dado un sedante, supuso. Algún medicamento muy potente para calmar su corazón desbocado.
       A su amigo se le abrió la boca y su respiración se hizo pesada y húmeda. Era la manera de respirar por las noches que ella recordaba y que le confortó oír. Practicó pronunciar su nombre de pila: «Simon». Le parecía un nombre hermoso. Un nombre nuevo para ella, nuevo en su vida, porque nunca había conocido a nadie llamado Simon.
       Ahora que estaban a salvo, los ojos de la mujer volvieron a derramar lágrimas que se deslizaron por su rostro demudado. Lloraba como no recordaba haber llorado nunca. Era demasiado mayor para semejantes emociones, había un algo ridículo y degradante en todo aquello. Se acordaba, sin embargo, de cómo, en la cima de la empinada senda, él había insistido en que bebiera agua de su botella de plástico. A ella no le apetecía nada, pero bebió, resignada, aunque de mala gana y resentida, mientras su amigo la vigilaba. En su relación sería siempre el más fuerte, ella se sentiría contrariada por su mayor fortaleza, pero él la protegería. Ella tal vez protestara, pero no llegaría a oponerse. Pensó en las dos o tres ocasiones en las que lo había besado fingiendo una emoción que aún no sentía.
       Como el herido, también ella estaba exhausta. Siguió dándole la mano por fuera de la ropa de la cama, aunque apretándosela menos ya. Recostó la cabeza contra el respaldo de la butaca que ocupaba. Se le cerraron los párpados, pesados. Lo vio a él con toda nitidez en la cima de Wild Cat Canyon, sosteniendo en el aire su pesada cámara, mirando por el visor. Un viento frío le revolvía el pelo, un tanto ralo, de color entre plata y cobre, algo en lo que ella no se había fijado hasta entonces. Tenía que reunirse con él a toda prisa, tenía que estar muy cerca, a su lado. Tal era su misión, su deber. Era más fuerte que ella, pero la fuerza de un hombre se puede consumir. A un hombre se le puede arrancar el valor, puede desangrarse. A ella le aterraba algo, ¿no era cierto? El borde de color azul pálido del océano Pacífico, muy lejos en el horizonte. Las colinas desnudas, dibujadas con nitidez, y los deliciosos laguitos que parecían tan irreales como si estuvieran hechos de cartón piedra y fuese posible agujerearlos con los dedos. Y, para consternación suya, se dio cuenta de que había estado oyendo una fuerte respiración jadeante, unos resoplidos húmedos, en algún lugar detrás de ellos, pero más abajo en la senda, aguardando, mientras se espesaba la penumbra.


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