Joyce Carol Oates
(Lockport, New York, 1938-)


Preguntas
(“Questions”)
Originalmente publicado en Playboy (enero 1987)
Faithless: Tales of Transgression (2001)




      Ella tenía treinta y un años, su amante, veinte, ¿debería haberle preocupado? Sabía que era un error liarse con él, pero no podía evitar que ocurriera. Ignoraba que en aquella época él estaba al borde del suicidio.
       Se llamaba Barry, que no le iba en absoluto; le pegaba más Jerzy o Marcel o Werner. Tenía un aspecto, pensaba Ali, americano al tiempo que exótico. Era estudiante universitario, pero no uno de sus alumnos, un muchacho alto y delgado con el cabello lacio y oscuro, la piel pálida como un champiñón, ojos acusadores gris verdoso, una expresión normalmente aterida. Dos pendientes en la oreja izquierda, camisas y suéteres inmensos, zapatillas deportivas Nike sin calcetines. ¿Se podía adivinar que había ido a Exeter?, ¿que su padre era funcionario del Departamento de Estado? En un principio estudiaba los cursos preparatorios de Derecho, pero ahora estaba interesado en las «artes escénicas». Su vida estaría dedicada a la interpretación y a escribir poesía, dijo; un día —pronto— esperaba interpretar sus propias obras de teatro. Ali lo contemplaba con afecto y escepticismo. ¿No se imaginaba a sí mismo, al igual que tantos estudiantes universitarios hoy en día, como un actor en una película o un vídeo de su propia vida? ¿Igual que Ali, aunque no era de su generación, se imaginaba a veces a sí misma como una actriz en una película de proporciones desconocidas?
       Ali se enamoró de Barry mientras le veía actuar en una producción universitaria de Persecución y asesinato de Jean-Paul Marat representado por el grupo teatral del hospicio de Charenton bajo la dirección del marqués de Sade, de Peter Weiss. La producción se anunciaba como una reposición, ya que la obra se había representado originalmente en el recinto universitario en 1968. Barry interpretaba el papel del erotomaníaco Duperret, y lo hacía con una intensidad casi histérica; no tenía un don natural para el escenario que Ali pudiera percibir, pero algo en su cuerpo alto, delgado y con los hombros caídos, los codos huesudos, el aire huraño, la conquistaba de algún modo. Era una mujer apasionada con bastante experiencia a la que le gustaba ser «conquistada».
       Además, estaba colocada; tanto ella como su amigo Louis (que impartía clases de cultura oriental y era consejero del cuerpo docente de la organización homosexual de la universidad) estaban colocados después de compartir parte de la receta de Dexedrina de Louis antes de ir a la representación. Ali se volvió hacia Louis con lágrimas en los ojos y susurró:
       —¿Quién es ese chico tan guapo? ¿Es uno de los tuyos?
       Y Louis le contestó, susurrando con fingida mojigatería:
       —Ali, es demasiado joven para ti.
       Ali pensó: Eso lo decido yo.

       La bautizaron con el nombre de Alice; hacía tiempo que había adoptado el nombre de Ali. En una época durante su matrimonio —es decir, cuando vivían juntos; de hecho todavía estaban casados legalmente—, su marido la llamaba Alix, dando a la segunda sílaba de la palabra, «ix», una malevolencia siseante que él consideraba divertida: «Alix, cariño, ¿dónde estás? Alix, mi amor, ¿por qué no contestas?». Hacía dos años que no veía a su marido, aunque a veces hablaban por teléfono, por cuestiones prácticas. Él vivía en el antiguo loft que habían compartido en Greene Street, justo al sur de Houston, donde pintaba durante el día (y enseñaba Bellas Artes en New School, por la noche); Ali vivía en Vermont donde enseñaba cine y crítica cinematográfica en una pequeña universidad de humanidades famosa, o infame, por su programa de estudios experimental y su ambiente «desestructurado». Era una profesora popular y osada, una especie de celebridad en la universidad —¿quién más escribía críticas con bastante frecuencia para las publicaciones neoyorquinas?, ¿quién más organizaba un festival cinematográfico de películas «prohibidas»?—, una mujer rolliza e intensa con largas cortinas tupidas de cabello negro, impresionantes ojos almendrados, labios carnosos. Se vestía y se comportaba de forma provocativa aunque era una ferviente feminista, la «provocación» era tan sólo su estilo, observado con tanta meticulosidad como el de los grandes directores de cine cuyo trabajo admiraba. Sin duda alguna, Ali Einhorn era muy inteligente pero también —principalmente— una mujer que recurría mucho al contacto físico: una sabrosa uva madura de Concord, como se refirió a ella un amante en cierta ocasión. ¡Deliciosa!
       Ali se había labrado una reputación temprana como brillante y joven crítico de cine: había publicado libros y ensayos sobre Fellini, Buñuel, Truffaut, Fassbinder, Herzog, Schlöndorf, Bergman y muchos otros; incluso había publicado su abstrusa tesis doctoral sobre el concepto ontológico del plano fotográfico de André Bazin como «la muestra del ser». Durante los últimos años había estado trabajando, en ciclos alternos de frenesí y falta de entusiasmo, en el «realismo mágico» en el cine contemporáneo de Alemania Occidental. En la pequeña ciudad universitaria encaramada en las montañas circulaban todo tipo de rumores exagerados sobre Ali, que pocas veces se molestaba en rectificar; consideraba que la hacían parecer más interesante. ¿No estaba casada? ¿Su marido no era gay? ¿No tenía aventuras amorosas con sus colegas, e incluso con sus alumnos? ¿No había tenido una aventura con el decano de la universidad (que se había mudado a la costa oeste con su esposa e hijos)? En la puerta de su oficina había un enorme póster a todo color de Klaus Kinski en la película de Herzog, Aguirre o la cólera de Dios, el extraordinario rostro de Kinski con tal brillo de locura que resultaba difícil de contemplar. Sobre ese póster se encontraba la combativa frase de Buñuel
NADA ES SIMBÓLICO en letras de un rojo intenso. Aunque Ali no daba buenas calificaciones con tanta facilidad como muchos de sus colegas, sus clases siempre estaban abarrotadas de estudiantes; motivo por el cual, según había dicho él, Barry Hood la evitó durante dos años. Tenía un concepto de sí mismo demasiado elevado como para sucumbir a los movimientos de masas. En una ocasión citó a Nietzsche mientras hablaba con Ali, durante los primeros días, u horas, de su relación: «Donde el gentío rinde culto, es probable que apeste».
       Ali se sentía herida al tiempo que encantada con el muchacho. ¡Qué arrogancia! ¡Qué seguridad! Se inclinó impulsivamente hacia delante para besarle en la boca; le recorrió el cabello con los dedos. Pagarás por ello, cabroncete engreído, pensaba. Pero ciertamente lo adoraba.
       Su «amistad», como Ali la llamaba, era esporádica y caprichosa por parte de ella, mantenida mientras negociaba una aventura amorosa más seria con un hombre, un director de cine, que vivía en Nueva York y trabajaba en la costa oeste. Cada aventura ponía en su sitio a la otra; Ali era consciente del riesgo de esperar demasiado de una sola fuente. Barry Hood la fascinaba como presencia, como fenómeno, con veinte años de edad y sin embargo viejo, gastado, aunque en otros aspectos fuese mucho menor que sus veinte años; era tímido y arrogante y torpe, un niño mimado, consentido, y aun así, en ocasiones casi insoportablemente encantador, como son los niños, de forma por completo natural. «Un niño de su época», decía Ali de él, mas no a él. No se acostaron juntos muchas veces y nunca fue (en la secreta opinión de Ali) del todo satisfactorio, pero se sentía bastante atraída por su estilo, como ella lo llamaba, por aquellos rasgos inconfundiblemente marcados, puros, de la aristocracia estadounidense bajo el muchacho hosco y ceñudo.
       La mayor parte del tiempo la pasaban hablando, hablando con vehemencia. El tipo de conversación que Ali no recordaba nunca a la mañana siguiente pero que disfrutaba una enormidad en ese momento. Barry y Ali, y con frecuencia el compañero de habitación negro de Barry, Peter Dent —«negro» sólo en nombre, ya que tenía la piel tan clara como Ali— en cualquier sitio del campus universitario o en el apartamento de Ali, fumando drogas. El padre de Peter Dent también era abogado, como el de Barry, pero se dedicaba al derecho para el mundo del espectáculo, repartía su tiempo entre Nueva York y la costa oeste, y era evidente que le iba muy bien. Ali sabía que cuando los estudiantes hablaban con un humor amargo de sus familias sólo podía significar una cosa: el éxito. Los estudiantes becados cuyas familias eran relativamente pobres siempre hablaban de ellas en términos más cálidos. Entonces, ¡ay Dios!, era probable que escucharas historias sobrecogedoras de sacrificios, abuelas, hermanos mayores, enfermedades complicadas con nombres difíciles. A Ali le gustaban mucho más sus chicos, Barry y Peter, que rechazaban los convencionalismos burgueses por ser una «mierda» y nunca hablaban de su familia salvo en términos de altivo desdén.
       Barry no resultaba tan hermoso de cerca como parecía en el escenario, pero tenía unos extraordinarios ojos gris verdoso que se oscurecían o aclaraban o se llenaban de lágrimas en función de su estado de ánimo. Al hacer el amor temblaba considerablemente por la pasión; sus costillas reaccionaban en cadena bajo su piel; su esqueleto parecía vibrar en éxtasis. A Ali le gustaba acariciar su cuerpo, recorriendo sus huesos con sus suaves manos carnosas, acordándose de la cámara de Buñuel en sus planeos y círculos eróticos sobre el cuerpo perfecto de Catherine Deneuve en Belle de Jour. Buñuel entendía que la sensualidad es cuestión no del todo sino de las partes; la totalidad del ser humano —el ser «humano»— a duras penas existe en momentos como ése.
       Barry era temperamental, caprichoso, impredecible. ¡Qué en serio se tomaba a sí mismo! Una noche se atrevió a halagar a Ali, diciéndole que era la primera mujer en su vida que no intentaba hacerle comer. Escribía poesía de tipo «experimental» y lo hacía a mano en un grueso diario que se negaba a que Ali leyera: era el único lugar, decía, en el que podía contar la verdad. «Me siento inocente y puro y redimido sólo cuando escribo o actúo», dijo con un cierto tono conflictivo, como si creyera que Ali iba a protestar. Cosa que no hizo. Ella respondió: «Me siento inocente y pura y redimida sólo cuando hago el amor». Se trataba de una afirmación provocativa, y claramente no era cierta.
       Como la mayoría de los estudiantes de la universidad, Barry fumaba marihuana al menos una vez al día y tomaba drogas siempre que estaban disponibles. Y sin embargo, se mantenía a distancia de sus compañeros de clase; nunca asistía a las fiestas que se celebraban en las distintas residencias cada fin de semana y que se habían hecho famosas en todo el noreste. Barry no pertenecía ni a los «drogatas» ni a los «serios»; sólo había unas cuantas personas en las que creía poder confiar. Ali se sentía conmovida y halagada por ser una de ellas, pero ¿cómo había ocurrido tan rápidamente? Una noche le contó con un repentino torrente de palabras que su madre se había suicidado durante su primer año en Exeter y que a menudo sentía su «atracción», incluso cuando era feliz. A plena luz del día, dijo con voz trémula llena de orgullo, sentía la poderosa atracción de la noche.
       Ali no supo cómo responder salvo diciendo: «Qué terrible, qué trágico», palabras que lo ofendieron por su banalidad. Sabía que se esperaba de ella que dijera algo más, mucho más, que preguntara cómo y por qué y si estaban muy unidos y cómo se lo había tomado su padre, pero le molestaba que el muchacho se lo dijera, al menos en aquel momento, cuando se sentía tan optimista. Estaban tumbados sobre un edredón en el suelo del apartamento oscuro de Ali, habían hecho el amor, compartían un porro, en unos minutos Barry regresaría a su residencia, ¿por qué le había soltado aquella desagradable revelación? Sabía que si se atrevía a tocarlo, si se atrevía a consolarlo, Barry la apartaría con desdén.
       Poco después, Ali rompió con Barry Hood: le dijo que ella y su marido estaban intentando reconciliarse. Él no protestó ni la telefoneó, pero durante las vacaciones de Acción de Gracias, cuando ella pensaba que él habría ido a casa, a Washington, intentó suicidarse tomándose todas las pastillas del botiquín —incluida la receta de Quaalude de Peter— y cortándose las venas. Cuando se enteró de la noticia, Ali estaba viendo un vídeo de Nosferatu de Murnau con unos amigos, lo que le llamó la atención por ser la más espantosa de las coincidencias. Cuando colgó el teléfono estaba blanca como el papel, mareada, como si alguien le hubiera dado una patada en el estómago.
       —¿Qué pasa, Ali? ¿Es una emergencia? —le preguntaron. El dramatismo de la situación rasgueaba y vibraba a su alrededor, latía contra ella, incontrolable.
       —Sí —respondió con cautela—. Es una emergencia. Pero no es mía.

       Cuando fue al hospital, le dijeron que Barry Hood estaba en la unidad de cuidados intensivos, en estado crítico; se esperaba que sobreviviera, pero no podía recibir visitas. Sólo podían verlo los miembros de su familia inmediata. Un joven médico árabe en prácticas llamado Hassan, a quien Ali conocía de la sociedad cinematográfica del campus, le contó lo ocurrido: Barry tomó los medicamentos, se cortó las venas, se desplomó en su habitación, revivió, tropezó en el pasillo, volvió a desplomarse a la puerta del consejero residente. Éste llamó de inmediato a una ambulancia que llegó a los tres minutos.
       —Así que en realidad no quería morir —dijo Ali.
       El médico en prácticas respondió:
       —En realidad, nadie quiere morir, pero ocurre continuamente.
       Su tono era sarcástico: Ali se quedó helada y escarmentada pero algo resentida; su comentario tenía la intención de ser la inocente afirmación de un hecho.
       Le explicó a Hassan que la madre del joven se había suicidado unos años antes. Si alguien tenía la culpa, era aquella mujer.

       Menos mal, pensó Ali después, que no la habían dejado ver a Barry. Podía imaginar sus ojos heridos llenos de reproche; sabía lo horrible, lo envejecida, que parecía la gente después de intentar suicidarse; con los años había visitado a más de uno en el hospital.
       ¿Y no había sido Ali uno de ellos mucho tiempo antes?
       Era chantaje emocional, lisa y llanamente. Había que compadecer al chico, pero también se tenía que sentir impaciencia; pura cólera. ¡Qué ardid! ¡Qué manipulación! Ella se había tomado dos Libriums para calmar los nervios y ahora vibraban como una radio a bajo volumen. «¿Por qué, por qué lo has hecho? —habría preguntado a Barry—, ¿por qué, por qué, por qué?», no importa que aquélla fuera precisamente la pregunta que él quería que Ali, y otros, le hicieran.
       O si decidiste hacerlo, ¿por qué cambiaste de opinión?
       Ésa es la pregunta que nadie haría.
       Años atrás, Ali también quiso morir y también ella tomó una sobredosis de medicamentos, barbitúricos con receta. Se despertó en urgencias del hospital Bellevue donde le estaban haciendo cosas terribles: tenía un tubo introducido por la garganta hasta el estómago, los celadores la sujetaban mientras sufría convulsiones. Como el plano congelado al final de Los cuatrocientos golpes de Truffaut —Ali, inerme y destrozada sobre la mesa— para siempre. En momentos de debilidad veía aquella escena. Para siempre. Podía dejarse a un lado pero nunca borrarse. Y el hombre que esperaba que se sintiera desolado por su muerte, el hombre que ella esperaba que se le uniese en la muerte, había roto con ella en el acto. Ni siquiera fue a verla al hospital.
       Pero de aquello hacía mucho tiempo. Ali ya era mayorcita.
       Dos días después, el padre de Barry telefoneó a Ali y le preguntó si podían verse. Sonaba histérico por teléfono, hablando con frases entrecortadas que Ali podía entender con dificultad. Ella sabía que él estaba en la ciudad, había pensado que quizá la llamaría y había considerado sencillamente no contestar el teléfono, pero sabía que aquello era cobarde e innoble. Así que contestó. Y allí estaba el señor Hood, afligido y disgustado, diciéndole que su hijo había entrado en coma y que necesitaba con urgencia hablar con alguien, alguien que le explicara lo que había ocurrido. Prometía no robarle más de una hora.
       —¿En coma? —preguntó Ali asustada—. No lo sabía.
       El señor Hood hablaba tan deprisa que Ali podía seguir sus palabras a duras penas. Se preguntó quién le había dado su nombre y qué era lo que sabía. ¿Tenía intención de acusarla de algo?
       Insistió en que no le tomaría más de una hora de su tiempo. Ali no veía cómo negarse a verle en aquellas circunstancias.

       —La última vez que Barry estuvo hospitalizado aquí no pude verle —decía el señor Hood—. Fue durante su primer año en la universidad, ¿lo conocía por entonces, señorita Einhorn? Sólo era mononucleosis, por supuesto (que ya había sufrido antes, en el colegio), pero puede resultar mortal; puede producir hepatitis. Por entonces estaba en Europa en un viaje de negocios decisivo y simplemente no pude volver, y mi esposa, la madre de Barry, tampoco pudo venir, por motivos personales —el señor Hood hablaba muy rápido y no acababa de mirar a Ali a los ojos. Le temblaba un párpado; de vez en cuando se frotaba los nudillos contra él—. Creo que el chico no me ha perdonado por eso, y por otras cosas. Aunque Dios sabe que intenté explicarle mis circunstancias. Y por supuesto he tratado de compensarle —guardó silencio. Estaba fumando un cigarrillo que apagó enérgicamente en el cenicero. Miró a Ali e intentó sonreír—. ¿Le ha contado Barry algo de esto alguna vez, señorita Einhorn? ¿Le ha dicho algo sobre mí, o sobre su madre? O… —su voz se apagó en la algarabía de cócteles que había a su alrededor (estaban tomando una copa en la sala Yankee Doodle del hotel Sojourner, donde se hospedaba el señor Hood)—. ¿Alguna vez ha compartido sus sentimientos sobre su familia con usted?
       Era una pregunta delicada pero se la hizo con tacto; el señor Hood se expresaba bien. Ali eligió las palabras de su respuesta con cuidado. No debía disgustar al padre de Barry más de lo que ya estaba, aunque tampoco debía ser condescendiente ni mentirle. Había visto desde un principio que era un hombre —de Washington, abogado del Departamento de Estado— inteligente, agudo, de mirada penetrante, en absoluto tonto, que, a pesar de lo nervioso que estaba, descubriría al instante cualquier intento normal de llevar a cabo un subterfugio. Ella respondió:
       —En realidad no conozco tanto a Barry, señor Hood. Sólo durante las últimas semanas, y no muy bien. Su hijo no es fácil de conocer; no está muy dispuesto a abrirse. Muy reservado… —Ali se avergonzó del tono débil y apagado de su voz, pero el padre de Barry, al contemplarla tan fijamente, le hacía sentir muy insegura. Añadió—: Debe de haber otros profesores que lo conozcan mejor que yo. ¿El consejero de su residencia? ¿Y su compañero de habitación?… De hecho puede que tenga varios compañeros de cuarto.
       —Oh, he hablado con su compañero de habitación —respondió el señor Hood con impaciencia—. El chico negro con los… ¿cómo se llaman? ¡Quaaludes! Para la esquizofrenia, el trastorno maníaco-depresivo, ¡Dios mío! ¡Allí en el botiquín ante las narices de Barry día tras día! Y siempre ha sido un chico tan nervioso e influenciable… mucho menos maduro de lo que aparenta. Sí, claro que he hablado con su compañero de habitación —respondió el señor Hood. Respiraba con voz ronca. Pero consiguió sonreír a Ali, una sonrisa tranquilizadora que mostró unos dientes blancos con unas fundas perfectas—. He tenido que consolarlo yo a él; el pobre chico tiene tanto miedo de que Barry pueda morir. Un buen chico, agradable; se llama Peter. Pero no parece conocer a Barry mejor que yo mismo.
       El señor Hood se echó a reír, los oscuros orificios de su nariz dilatados, como si hubiera dicho algo especialmente gracioso. Ali sonrió con inquietud. Preguntó sin darle importancia:
       —¿Fue su compañero de habitación quien le dio mi nombre?
       Pero el señor Hood siguió hablando, preguntándose por los amigos de Barry, o la falta de ellos, en el colegio, durante la secundaria, en el jardín de infancia. Que a Barry nunca pareció importarle que se trasladaran de ciudad en ciudad; decía que le hacía ilusión.
       —¿Ha oído hablar alguna vez de un niño que exprese sentimientos así, señorita Einhorn? Su nombre es Ali, ¿verdad? Desde el principio esa inclinación por… —contempló el cigarrillo que acababa de encender mientras ardía entre sus dedos— lo que podría llamarse ironía. Si eso es lo que era.
       Marcus Hood sólo se parecía un poco a su hijo, en los ojos, lo cual era un alivio. En cuanto Ali le estrechó la mano en el vestíbulo del hotel, supo que su preocupación no tenía fundamento; no daba la impresión de estar enojado con ella. Parecía civilizado en grado sumo, cortés, un caballero; un patricio estadounidense de cincuenta y tantos años, impecablemente arreglado y a todas luces bien vestido: abrigo de pelo de camello, traje de rayas gris claro, corbata de seda azul marino, zapatos negros relucientes. Era un hombre apuesto, o lo había sido; ahora sus ojos parecían crudos y su piel amarillenta. A Ali le recordaba un poco a aquel genial actor secundario de Bergman —Max von Sydow, de años atrás—: su estructura facial toda vertical; los ojos hundidos por una profunda tristeza y la boca herida. El dolor como puntos de sutura en la carne.
       Después de su segundo martini, empezó a hablar con cierta amargura. Se acusó de haber permitido que las cosas se vinieran abajo en su familia; de haber descuidado a su único hijo. Había estado ciego ante ciertas señales de peligro: el hábito de Barry de renunciar a las asignaturas o de no terminarlas, la poca disposición de Barry a ir a casa durante las vacaciones, las calificaciones decepcionantes de Barry. Y aunque siempre le preguntaba si había algo de lo que quisiera hablar, él nunca había aceptado su oferta. Y supuso que aquello significaba que las cosas iban bien.
       Ali dijo con cautela:
       —Supongo que, en un momento como éste, culparse es instintivo, pero…
       —¿A quién debería culpar si no? —dijo el señor Hood.
       No paraba de hablar. A veces ni siquiera levantaba los ojos hacia Ali, como si hubiera olvidado que estaba allí. ¿Qué había hecho mal? ¿Cómo podría haber hecho las cosas de otro modo? Era la presión de su trabajo, de sus trabajos, el trasladarse de un lugar a otro del país —Nueva York, Los Ángeles, Connecticut, Washington— cuando Barry era pequeño. Y su situación familiar, que dijo que era «difícil». Su esposa Lynda…
       —De hecho, Barry me habló de ella —dijo Ali.
       —¿De verdad?
       Ali se preguntó si había cometido un error táctico. Continuó con vacilación:
       —Que se suicidó cuando él estaba en el colegio. Y…
       —¿Que se suicidó? ¿Qué?
       —¿No fue así? La madre de Barry…
       El señor Hood la contempló completamente sorprendido.
       —Lynda ha hecho algunas cosas extremas, tiene una personalidad extrema… —dijo con cautela— pero que yo sepa nunca ha intentado suicidarse. Estamos separados, no oficialmente, sino de facto, en realidad no sé dónde se encuentra con exactitud en este momento, aunque estoy seguro de que está viva.
       —¿Está…?
       —Barry debió de mentir —dijo el señor Hood—. Es decir, seguro que mentía. ¡Suicidarse! ¡Lynda! ¡Su madre! Está claro que es un síntoma de su estado general desequilibrado, pero no creía que fuera capaz de algo tan… bajo. De una calumnia de ese… tipo.
       El señor Hood estaba terriblemente disgustado. A Ali no se le ocurría una forma airosa de cambiar de tema. Dijo:
       —Bueno, tal vez debería saber que Barry le dice a sus amigos que cuando está deprimido piensa en su madre… en lo que hizo. Y que siente cierta atracción. Un aliciente, creo que lo llama.
       —Eso no es más que su propio dramatismo —dijo el señor Hood con desdén—. Es típico de él, de ese temperamento tan suyo, se expresa muy bien, tan verbal. Barry siempre ha tenido una imaginación morbosa y por supuesto siempre se le ha animado a expresarla, ¡en cada escuela a la que lo hemos enviado! ¡Sin falta! De todos modos, pensar que mentiría así, deliberadamente, diciendo algo semejante de su madre, dando una imagen falsa de su familia a unos extraños. Entiendo que pueda intentar que sientan compasión por él, pero… —el señor Hood guardó silencio. Su boca se torció como si, por un momento, no pudiera hablar. Después de una pausa, dijo—: ¿No cree… no cree… cree que él puede ser…?
       —¿Gay?
       El señor Hood se estremeció con aquella palabra.
       —Homosexual —dijo—. ¿Lo cree?
       —No —respondió Ali.
       Permanecieron en silencio durante un rato. Un joven pelirrojo tocaba melodías desganadas en el piano de la coctelería; el salón se iba llenando gradualmente. Los nervios de Ali se empezaron a tensar de nuevo y se preguntó cuándo podría escabullirse para ir al tocador a tomarse otro Librium. Siempre llevaba una pequeña reserva de seis cápsulas en su bolso, y la reponía con frecuencia.
       —De hecho, señor Hood —dijo Ali—, Barry no parecía buscar compasión. Tenía, tiene, demasiado amor propio. Creo que lo subestima.
       —Gracias —respondió el señor Hood—. Le agradezco mucho que diga eso.
       Durante su tercer martini —Ali se tomaba su segundo margarita, que resultó terriblemente tranquilizador— volvió a preguntar a Ali sus impresiones sobre Barry. Ali se sentía a todas luces incómoda, como si hubiese comenzado el interrogatorio. Explicó con cautela que no había conocido a Barry demasiado bien. Por ejemplo, no estaba inscrito en ninguna de sus clases.
       —Sin embargo, usted tiene algo que ver con el teatro, ¿verdad?
       —Enseño cine. Pero Barry no ha asistido a ninguno de mis cursos.
       —Ya veo —respondió con lentitud, aunque era evidente que no lo hacía. Añadió—: Pero Barry está muy apegado a usted, señorita Einhorn. Supongo que lo sabe.
       Ali respondió con descaro:
       —Hay varios alumnos «apegados» a mí, señor Hood. Principalmente por las asignaturas que enseño y por lo que ellos consideran mi enfoque iconoclasta. Aunque Barry es sólo uno de ellos. Y como he dicho, nunca ha seguido uno de mis cursos. No parece creer que el cine sea una asignatura seria.
       —Bueno… supongo que me han llevado a pensar lo contrario —respondió el señor Hood. Parecía ligeramente decepcionado, quizá un poco sorprendido.
       Preguntó a Ali si la podía invitar a cenar en el hotel, ya que se hacía tarde y de todos modos la había entretenido durante tanto tiempo. Pero primero, si no le importaba, quería llamar al hospital para ver si… había alguna novedad.
       Durante la cena en el comedor del hotel recubierto de madera de nogal alumbrado por velas, Ali empezó a sentirse más relajada. Ofreció información sobre Barry que tendría que haber dado al señor Hood. Uno de los rasgos «distintivos» de su hijo, dijo, era su honestidad, que podía resultar muy brusca. Y con frecuencia hacía preguntas retóricas —«¿Por qué hay Algo en lugar de Nada?», la pregunta de Heidegger—, dijo Ali. El señor Hood le pidió que repitiera aquello pero no hizo comentario alguno.
       —Otra pregunta que recuerdo es: «¿Conseguimos lo que nos merecemos o nos merecemos lo que conseguimos?» —añadió Ali. Hizo una pausa, sintiéndose bastante nerviosa por un momento. Marcus Hood la miraba tan fijamente—. En realidad es una pregunta profunda, si se piensa con detenimiento.
       El señor Hood acababa de encender un cigarrillo aunque todavía tenía comida en el plato. En la suave luz color sepia, su cabello parecía tan nítido como plata finamente repujada; sus ojos se mostraban ensombrecidos. Dijo, al tiempo que expulsaba el humo por los orificios de su nariz como si suspirara:
       —Es una pregunta profunda… Que me parta un rayo si yo sé la respuesta.
       Hacia el final de la cena contó una historia a Ali, algo que ocurrió cuando Barry tenía diez años. Su propósito era, dijo, demostrar la pérdida de su propia integridad. «Para que sepa que, cuando digo que he sido un mal padre, estoy diciendo la verdad…» Sus palabras sólo sonaban un tanto arrastradas.
       Resultó que Elise, la hermana mayor de su esposa, Lynda, fue a visitarles a Rye, Connecticut, donde vivían por entonces; se trataba de una mujer guapa y muy inteligente pero, por desgracia, irremediablemente neurótica; la familia solía decir que era «muy nerviosa».
       —Elise empezó a afectar a nuestro hogar de varias formas perjudiciales casi de inmediato —dijo el señor Hood—. Acumuló facturas de teléfono exorbitantes. Usó la tarjeta de crédito de Lynda falsificando su firma. Recorría los bares y hoteles para ligar (salía con hombres negros de las embajadas del Tercer Mundo) y desaparecía durante días. A Lynda, que tenía sus propios problemas, le aterraba que encontraran a Elise muerta en la habitación de algún hotel. La mujer era una mentirosa patológica y sin embargo no podías evitar creerla; tenía cierto poder carismático. Pero no, no me enamoré de ella, ni siquiera tuve una aventura con ella, si es eso lo que está pensando —dijo con una sonrisa inesperada—. De hecho, yo estaba de viaje la mayor parte del tiempo, como de costumbre; intenté mantenerme alejado del problema. No fui yo quien invitó a Elise a que pasara una temporada con nosotros y creía que no era yo quien tenía que pedirle que se marchara. Y sin embargo, debería haber sabido que era una situación enfermiza para Barry —hizo una pausa, suspiró, se frotó los ojos con los nudillos—. Bueno, esto fue lo que ocurrió: resulta que un día Elise estaba acariciando a mi hijo de cierta forma. Aquella mujer, ¡de treinta y cinco, treinta y seis años!, estaba desnudando a un niño de diez y le acariciaba de forma íntima. ¡Puede imaginar algo tan perverso, tan enfermizo! Evidentemente, hacía meses que ocurría.
       —¿Cómo lo descubrió? —preguntó Ali.
       —Fue Lynda. Por accidente. Los encontró juntos en la casa de la piscina, pero Elise lo negó todo, por supuesto. Siempre ha sido una magnífica mentirosa. Fría y afable, mientras que Lynda se pone histérica a la menor provocación, ¡vaya par! Elise dijo que ella tan sólo ayudaba a Barry con su bañador, y Barry la interrumpió y también dijo que así era. Lynda estaba algo bebida y se produjo una terrible pelea y cuando llegué a casa Elise se había ido; se había mudado. Pero el daño ya estaba hecho; Lynda sólo había empeorado las cosas con su histeria.
       —Pero ¿Barry lo negó?
       —No sabía qué «negar»; era tan pequeño. No tuve valor para interrogarle.
       Ali dijo con cautela:
       —Está claro que es una historia perturbadora, si de verdad ocurrió como dice su esposa, aunque no acabo de ver por qué tiene que culparse, señor Hood —se había tomado un segundo tranquilizante antes de la cena; había bebido bastante. Estaba colocada pero lúcida—. Y puede que su cuñada fuera inocente como dijo. ¿Cómo puede saberlo realmente?
       —Lynda juró que había ocurrido como me explicó. Y estaba tan disgustada que debió de haber visto algo —Ali sabía que era mejor no caer en lo que debía de ser una vieja disputa con el señor Hood. Él añadió—: En todo caso, dejando aparte la histeria femenina, la culpa es mía por permitir que las cosas se vinieran abajo. Por no saber o no querer saber lo perturbado que estaba mi hogar —durante un doloroso momento, Ali sintió como suya la repugnancia que aquel hombre sentía por él mismo.
       —Pero ¿cómo podía saberlo? —insistió—. Estaba de viaje —Ali estaba inundada de sentimientos, llena de ellos; su piel parecía cálida, húmeda, sudorosa. Era consciente de que sus anillos brillaban a la luz de las velas. Dijo impulsivamente—: Todos somos culpables de comportarnos de forma que no nos gusta de vez en cuando. Después de todo somos humanos —hizo una pausa, sonriente. Intentó imaginarse qué aspecto tenía a ojos de Marcus Hood—. Es la condición humana, la falibilidad.
       —Es usted muy amable, Ali, muy generosa, pero… no creo que me comportara juiciosamente. Y por supuesto ha habido otras ocasiones, más de las que quiero recordar. Y me las tiene todas en cuenta, puede estar segura de ello.
       —Barry no me parece una persona rencorosa —dijo Ali, no del todo sincera.
       —Como dice, no lo conoce muy bien.
       Ali se sentía generosa. Magnánima. Decidió contar al señor Hood una historia sobre algo que le ocurrió unos años antes: «Simplemente para demostrar mi propia falta de integridad».
       Por entonces estaba casada, vivía con su marido, artista, en un loft en Greene Street. Entre su amplio círculo de conocidos se encontraban un escultor y su esposa, ambos de personalidad extravagante, muy populares en realidad; la esposa no menos que el marido. La mujer intentaba hacerse amiga de Ali de vez en cuando, pero Ali mantenía las distancias, temerosa de verse involucrada. Sabía que la pareja tenía problemas graves; y ella y su marido tenían los suyos propios. (El señor Hood escuchaba comprensivo. «Debió de casarse muy joven», dijo.) El escultor era un hombre violento, bebedor, se pensaba que incluso podría sufrir algún trastorno mental; y una noche, mientras discutían, su mujer se tiró, o fue empujada, por la ventana de su apartamento y murió como resultado de la caída de ocho pisos hasta el suelo. Ali pensó después que había sido una cobarde por alejarse cuando la mujer se acercó a ella. Se sentía enfermar por la culpa y el asco que sentía de sí misma, pero lo peor fue que el escultor dijo que su esposa se había suicidado, que se había tirado por la ventana durante la pelea, y la mayoría de sus amigos parecía creerle, solidarizarse con él. Es decir, los hombres se solidarizaron con él, le ayudaron a pagar la fianza.
       —Hubo un funeral por la mujer y yo quería asistir —dijo Ali, su voz hinchada por la emoción—, aunque mi marido no me dejó ir. Dijo que no podía dar la impresión de que yo la apoyaba a ella y no a él. «Está muerta, él está vivo», insistió mi marido. «Y sabes que él es un hombre vengativo.» Discutimos amargamente, pero al final no fui al funeral como sí hicieron muchos de nuestros amigos. Hice lo que quiso mi marido porque fui demasiado cobarde para resistirme —el corazón de Ali latía de forma irregular; al contar aquella historia, se había asustado. Dijo con vehemencia—: Aun así prometí que sería la última vez que iba a permitir que un hombre me diera órdenes. Cualquier hombre.
       El señor Hood había escuchado comprensivo. Posó la mano levemente sobre su brazo, para tranquilizarla. Dijo:
       —Veo que está disgustada, es una historia desagradable, pero en realidad no creo que fuera una cobarde. ¿No está siendo muy dura consigo misma? Se enfrentó a su marido hasta cierto punto. Y después de todo, ese maníaco podría haberla matado a usted también. No me diga que sigue libre…
       —El jurado lo absolvió —respondió Ali con voz temblorosa—. «Pruebas insuficientes», dijeron. ¡Imagínese!
       Permanecieron sentados, mirándose, en silencio durante un largo período apasionado. La mano del señor Hood reposaba todavía, ligeramente, sobre el brazo de Ali. Sus labios se movían; sus palabras eran casi inaudibles.
       —… pruebas insuficientes —susurró.

       En el apartamento de Ali, el padre de Barry volvió a telefonear al hospital. Mientras preparaba las bebidas en la cocina, Ali podía oír su agresiva voz inquisitoria, pero no lograba descifrar sus palabras. Al salir de la cocina lo vio de pie inmóvil, mirando el suelo fijamente con una sonrisa burlona.
       —¿Hay alguna novedad? —preguntó ella.
       Se encogió de hombros malhumorado y tomó una de las copas de su mano.
       —Ninguna —respondió.
       En el salón de Ali, meticulosamente decorado, caminaba de arriba abajo sin querer sentarse. Examinó los pósters de películas enmarcados, las numerosas fotografías, las estanterías de aluminio repletas de libros y cintas de vídeo. Sobre el televisor de Ali se encontraba la cinta de Nosferatu de Murnau; el señor Hood la cogió distraídamente y contempló la llamativa ilustración de la tapa.
       —¿«Una historia clásica de vampiros»? —dijo.
       Ali respondió deprisa:
       —Estoy escribiendo un ensayo sobre el Nosferatu de Herzog, comparando las dos versiones —como si aquello lo explicara todo.
       El señor Hood dejó la cinta sin hacer comentario alguno.
       El apartamento de Ali se encontraba en el duodécimo piso de un rascacielos a unos kilómetros del campus universitario. Lo alquiló sobre todo porque daba a un pequeño lago y a una sucesión de colinas cubiertas de pinos, pero por la noche el salón parecía bastante estrecho y apretado. Se preguntó qué impresión daría a ojos de Marcus Hood, con su elegante traje gris de rayas, Marcus Hood de Washington y del Departamento de Estado —el padre «triunfador» de Barry—, mientras él daba vueltas escudriñando en los rincones.
       —Una casa agradable —dijo—. Supongo que vive sola.
       Ali respondió afirmativamente. Vivía allí sola, siempre lo había hecho.
       Tenía los labios fruncidos y los orificios de la nariz hinchados mientras respiraba con pesadez, de forma audible. La piel estaba sonrojada de manera irregular aunque, al igual que Ali, aguantaba bien el alcohol.
       Con voz despreocupada dijo, mientras se giraba hacia Ali con una sonrisa:
       —Sabe, señorita Einhorn, Ali, el otro día leí el diario de mi hijo, o como sea que lo llame, pensé que sería mejor. Y en él hay mucho sobre usted. Sobre… usted y Barry —hizo una pausa, sonriendo todavía—. Supongo que en gran parte es una fantasía. ¿O una total fantasía? ¿La fantasía erótica de un niño? ¿Ese tipo de cosas?
       Ali respondió sin alterarse:
       —Como no he leído el diario, no sé a qué se refiere, pero creo que sí, estoy segura, probablemente sería algo así. Una fantasía —tomó un copioso trago de su bebida y sostuvo el vaso bajo y grueso firme en sus manos—. Barry tenía, tiene, una imaginación extraña. Una imaginación viva.
       —Una maldita imaginación mórbida —dijo él con cierto acaloramiento—. Pero ya hemos hablado de ello.
       A partir de ese momento las cosas se volvieron confusas. Ali no recordaba después lo que había ocurrido exactamente. Debieron de hablar sobre Barry un poco más; luego el señor Hood empezó a acusar a su esposa, que era una alcohólica del peor tipo, del tipo que en realidad no quiere curarse: «¡Ni siquiera sé dónde está! Barry intenta suicidarse, ¡y yo ni siquiera sé dónde está! Puede que incluso esté con Elise, ¡tal para cual!». De repente, sin previo aviso, el señor Hood rompió a llorar, descompuesto, sollozando, estrechando a Ali entre sus brazos.
       La abrazaba con tanta fuerza que ella temía que le quebrara las costillas. Apenas podía respirar. Intentó apartarlo:
       —Señor Hood, por favor… Me hace daño… por favor
       Tropezaron juntos como una pareja borracha. El vaso de Ali cayó al suelo con estrépito.
       —Eres tan buena, tan amable, eres la única persona decente —decía el señor Hood exageradamente, ahogando su rostro en el cuello de ella—, la única persona decente en mi vida. Eres tan hermosa —Ali, del todo sorprendida, experimentó tanto una sensación de pánico como de euforia. Intentó liberar los dedos de él, trató de separarse de él sin violencia, pero él la sostenía con firmeza. Su cuerpo parecía enorme, latiendo de dolor y celo. Sollozaba sin poder contenerse, en un verdadero delirio de deseo, loco por ella, susurrando—: Tan buena, tan tierna. Tan hermosa. Una mujer bella, bellísima… —mientras la estrechaba con fuerza, como un náufrago.
       Así que Ali pensó como tantas otras veces, ¿por qué no?

       En su cuarto de baño, a las tres y veinte de la madrugada. Ha cerrado la puerta tras ella por superstición, aunque el señor Hood duerme en su cama y seguirá haciéndolo durante mucho, mucho tiempo: Ali conoce los síntomas. Se soltó de sus brazos, sudorosa y a hurtadillas, tambaleándose por el suelo embaldosado para llegar a la seguridad del cuarto de baño donde, escondidos tras un bote de Advil, se encuentran los restos de un pequeño suministro de cocaína que su amante de Nueva York le trajo la semana anterior. También tiene un pequeño alijo de metanfetamina de cristal pero incluso en su estado de desorientación se da cuenta de que puede que esté contraindicada en este caso. Un error psicofarmacéutico. «La muerte, querida», dice sabiamente en una voz que no es la suya. En brazos del señor Hood, bajo el cuerpo desesperado y vigoroso de éste, sintió quizá un pinchazo de placer que se disipó casi de inmediato para ser sustituido por una sensación de agitación en la parte trasera de la cabeza, revolviéndose y chillando como los centenares de monos de la muerte que invaden la balsa de Aguirre al final. Sigue oyéndolos en el cuarto de baño, con la puerta cerrada.
       Sólo quedan unos pocos granos de coca y pensaba que habría más. Extiende los brillantes polvos blanquecinos por el espejo intentando no preocuparse porque le tiemblen tanto las manos.
       Cuál es la diferencia entre algo y nada, piensa Ali. Está cerrando los ojos, inhala con fuerza.
       Después de unos minutos, sus manos ya no tiemblan. O si lo hacen, ya no es visible.
       Desnuda bajo su bata desatada, con el cabello en el rostro, jadeando, se arrodilla en el suelo y apoya la frente contra el borde de la bañera. Susurra:
       —Barry, vamos a salvarte. Barry, vamos a salvarte. Barry…
       Al abrazarlo podía ver su esqueleto temblando dentro del envoltorio de piel, como dicen que los supervivientes de Hiroshima podían ver sus huesos a través de la carne cuando explosionó la gran bomba. Cuando lo abrazó con fuerza, con mucha fuerza, los ojos cerrados firmemente triunfales.
       Le duelen los senos y no quiere recordar el motivo. También le duelen los muslos. Gruesas protuberancias carnosas en la curva de sus caderas que no soporta contemplar o tocar, y sin embargo le dicen que es hermosa, un grano de uva madura y suculenta de Concord. La cabeza se le aclara rápidamente debido a la avalancha de la preciosa nieve y puede ver las cosas con una lucidez extraordinaria. La metadrina le resulta útil si no se siente precisamente bien los días de clase; necesita esa ventaja diabólica, esa energía blanca candente durante cincuenta minutos, no para pasar el rato como los chicos, sino por motivos terapéuticos, para volver a ser la Ali Einhorn más parecida a sí misma, no una vaca hija de puta, triste y rezagada. Después, un Librium o dos para volver a tranquilizarse si no puede dormir. Pero no hay nada como la coca, y prácticamente solloza con alivio y gratitud, presionando su frente contra algo duro y blanco y frío e inerte.
       —Barry, vamos a salvarte. Barry, vamos a salvarte.

       Son las 4.10, y Ali regresa a tientas a la habitación donde un hombre está acostado en el centro de su cama respirando con largas pinceladas profundas y entrecortadas. ¿Es asmático, tiene algún leve problema de corazón, morirá en sus brazos algún día? Le ha dicho que la quiere; le ha dicho que se siente tan solo que no puede soportarlo; ¿puede creerle? Una sabia voz se hace oír sobre la suya: «Reposa con el sueño clemente del olvido, no lo despiertes». Ali no tiene intención de hacerlo.
       Permanece de pie junto a la puerta, los dedos desnudos de sus pies flexionados contra el suelo. Es de madrugada, pero todavía pasarán unas horas hasta que salga el sol. Las blancas paredes de la habitación relucen suave, misteriosamente, como si se encontraran en la distancia. Se siente bien, de hecho se siente muy bien, otra vez con la situación bajo control y contemplando las opciones que tiene ante sí. ¿Volver a la cama? ¿Meterse en ella sin hacer ruido junto al señor Hood y tratar de dormir? ¿O debería acostarse en el sofá del salón, o intentarlo, como ha hecho en el pasado siempre incómoda? ¿O debería renunciar por completo a la idea de dormirse? Se ve a sí misma en ese largo travelling al final de Viridiana de Buñuel. Todas las cartas han sido repartidas pero ¿cuál es su mensaje?


Literatura .us
Mapa de la biblioteca | Aviso Legal | Quiénes Somos | Contactar