Jack London
(San Francisco, California, 1876 – Glen Ellen, California, 1916)


El Mexicano (1911)
(“The Mexican”)
Originalmente publicado en Saturday Evening Post, 184 (19 de agosto de 1911);
The Night Born
(Nueva York: Grosset & Dunlap, 1913, 290 págs.)



I

      Nadie conocía su historia... y los de la Junta los que menos de todos. Era su «colaborador misterioso», su «gran patriota», y a su manera trabajaba para la inme- diata Revolución Mexicana con tanto ahínco como ellos. Tardaron en reconocerlo, pues a ninguno de los de la Junta les gustaba. El día en que apareció por primera vez en sus reducidas y atareadas oficinas, todos sospecharon que era un espía: uno de los agentes del servicio de Díaz. Tenían a demasiados camara- das en prisiones civiles y militares dispersas por los Estados Unidos, y a alguno de ellos, incluso los llevaban encadenados al otro lado de la frontera, los ponían delante de una pared de adobe y los fusilaban.
       A primera vista el chico no les impresionó favorablemente. Un chico, eso era. No tenía más de dieciocho años y no estaba espe- cialmente desarrollado para su edad. Dijo que se llamaba Felipe Rivera y que su deseo era trabajar para la revolución. Y eso fue todo... ni una palabra más, ninguna explicación adicional. Se quedó esperando de pie. A sus labios no asomaba ninguna sonri- sa; ninguna cordialidad en sus ojos. El corpulento y decidido Paulino Vera sintió un escalofrío en su interior. Delante tenía algo repulsivo, terrible, inescrutable. Había algo ponzoñoso y como de serpiente en los ojos negros del chico. Ardían como un fuego frío, como con una infinita y reconcentrada amargura. Pasaron igual que un relámpago de los rostros de los conspira- dores a la máquina de escribir en la que se afanaba la diminuta señora Sethby. Sus ojos descansaron en los de ella, pero sólo un instante —la señora Sethby se había aventurado a levantar la vista—, y también ella notó ese algo innombrable que la hizo detenerse. Tuvo que volver a leer el papel que tenía delante con objeto de coger nuevamente el hilo de la carta que estaba escribiendo.
       Paulino Vera miró interrogante a Arrellano y a Ramos, y éstos se miraron a su vez interrogantes entre sí. La indecisión de la duda asomó a sus ojos. Aquel chico delgado era lo Desconocido, investido de todo el peligro que representa lo Desconocido. Era un tipo muy extraño, con algo que estaba situado más allá del alcance de aquellos revolucionarios honestos y sencillos cuyo feroz odio hacia Díaz y su tiranía, después de todo, no era más que la de unos honrados y sencillos patriotas. Pero el chico poseía algo más, y ellos no sabían qué. Sin embargo, Vera, siempre el más impulsivo, rompió el fuego.
       —Muy bien —dijo con frialdad—. Conque dices que quieres trabajar para la revolución. Bien. Quítate la chaqueta. Puedes colgarla ahí. Ven, yo te enseñaré dónde están los cubos y las bayetas. El suelo está sucio. Te pondrás a fregarlo, y luego fregarás el suelo de las demás habitaciones. Las escupideras necesitan una buena limpieza. Luego están las ventanas.
       —¿Y eso será por la revolución? —preguntó el chico.
       —Será por la revolución —respondió Vera.
       Rivera miró con fría desconfianza a todos los presentes, luego procedió a quitarse la chaqueta.
       —Está bien —dijo.
       Y nada más. Día tras día acudía al trabajo: barrer, fregar, limpiar. Vaciaba de ceniza las estufas, traía el carbón y las astillas, y encendía el fuego antes de que el más activo de ellos llegara a su despacho.
       —¿Puedo quedarme a dormir aquí? —preguntó en una ocasión. ¡Vaya! Conque era eso: ¡Díaz enseñando la oreja! Dormir en las dependencias de la Junta suponía el acceso a sus secretos, a las listas de nombres, a las direcciones de los camaradas que estaban en suelo mexicano. La petición fue denegada y Rivera no volvió a hablar del asunto. Dormía, pero ellos no sabían dónde, y comía, pero tampoco sabían dónde ni cómo. En una ocasión Arrellano le ofreció un par de dólares. Rivera rechazó el dinero con un movimiento de cabeza. Cuando Vera se le acercó y trató de que lo cogiera dijo:
       —Trabajo por la revolución.
       Cuesta dinero hacer una revolución moderna, y la junta siempre se encontraba en apuros. Sus miembros pasaban hambre y estaban agotados, y por largo que fuera el día nunca era lo bastante largo y, sin embargo, había veces en que parecía como si la revolución se retrasara o fuera a fracasar por cuestión de unos pocos dólares. Una vez, la primera, cuando debían dos meses de alquiler de la casa y el casero amenazaba con echarlos, fue Felipe Rivera, el que fregaba con sus ropas pobres y baratas, destro- zadas y andrajosas, quien puso sesenta dólares de oro encima de la mesa de May Sethby. Hubo más veces. Trescientas cartas escritas con las máquinas de escribir siempre en funcionamiento (peticiones de ayuda, de autorización de los grupos de trabajo organizados, exigencias de noticias exactas a los directores de los periódicos, protestas contra el despótico tratamiento dado a los revolucionarios por parte de los tribunales norteamericanos), estaban sin echar, esperando el franqueo. El reloj de Vera ya había desaparecido: el reloj de repetición tan pasado de moda que había pertenecido a su padre. Y lo mismo había sucedido con el anillo de oro macizo del dedo corazón de May Sethby. La situación era desesperada. Ramos y Arrellano se tiraban de sus largos bigotes con desesperación. Tenían que echar las cartas, y en Correos no vendían los sellos a crédito. Entonces Rivera se puso el sombrero y salió. Cuando volvió dejó mil sellos de dos centavos encima de la mesa de May Sethby.
       —¿Se tratará del maldito dinero de Díaz? —dijo Vera a sus camaradas.
       Se encogieron de hombros sin poder decidir. Y Felipe Rivera, el que fregaba por la revolución, siguió, siempre que se presentaba la ocasión, trayendo oro y plata para uso de la Junta.
       Y con todo no terminaba de gustarles. No sabían cómo era. Sus costumbres no eran como las de ellos. No hacía confidencias. Rehusaba cualquier tipo de acercamiento. La juventud, de eso se trataba, y no tenían el valor de hacerle preguntas directamente.
       —Un espíritu noble y solitario, tal vez, pero no sé, no sé —decía Arrellano con voz queda.
       —No es humano —añadió Ramos.
       —Tiene el alma seca, seca como una hoja —dijo May Sethby—. Ha perdido cualquier tipo de luz y de risa. Es como si estuviera muerto, y sin embargo está terriblemente vivo.
       —Ha atravesado un auténtico infierno —intervino Vera—. Ningún hombre tiene ese aspecto si no ha atravesado un infierno... y sólo es un chico.
       Sin embargo, no les gustaba. Jamás hablaba, jamás hacía pre- guntas, jamás presentaba sugerencia alguna. Podía quedarse allí de pie, escuchando, sin expresión, como una cosa muerta, exceptuados sus ojos que ardían fríamente, mientras sus conversaciones sobre la revolución subían de tono y se disparaban. Sus ojos pasaban de uno a otro de los que hablaban, penetrantes como taladros de hierro incandescentes, desconcertantes y perturbadores.
       No es un espía —confió Vera a May Sethby—. Es un patriota... hazme caso. El más patriota de todos nosotros. Lo sé, lo siento. Aquí dentro del corazón y de la cabeza lo siento. Pero no sé na- da en absoluto de él.
       —Tiene mal carácter —dijo May Sethby.
       —Lo sé —confirmó Vera con un estremecimiento—. Me ha mirado con esos ojos que tiene... No aman, amenazan. Son tan fieros como los de un tigre salvaje. Estoy seguro de que si se demostrara que yo era traidor a la causa, me mataría. No tiene corazón. Es implacable. Es penetrante y frío como el hielo. Es como los rayos de luna que una noche de invierno alumbran a un hombre que se congela en la cima de una montaña solitaria. No les tengo miedo ni a Díaz ni a todos sus asesinos, pero este chico... a él sí le tengo miedo. Te lo digo de verdad. Estoy asustado. Es el aliento de la muerte.
       Sin embargo, Vera fue el que convenció a los demás para que confiaran por primera vez en Rivera. La línea de comunicación entre Los Ángeles y la Baja California se había roto. Tres de los camaradas habían cavado sus propias tumbas y habían sido fusilados dentro de ellas. Dos más habían sido detenidos por los norteamericanos y encarcelados en Los Ángeles. Juan Alvarado, el jefe de los federales, era un monstruo. Abortaba todos sus planes. Ya no podían establecer contacto con los revolucionarios en activo, tampoco con los incipientes, de la Baja California.
       Se le dieron instrucciones al joven Rivera y lo enviaron al sur. Cuando regresó se había vuelto a establecer la línea de comunicación, y Juan Alvarado estaba muerto. Lo habían encontrado en la cama con un cuchillo hundido en el pecho. Aquello no estaba dentro de las instrucciones de Rivera, pero los de la Junta ya sabían cómo era. No le hicieron preguntas. Tampoco él dijo nada. Y todos se miraban entre sí y hacían conjeturas.
       —Ya os lo había dicho —intervino Vera—. Díaz debe tener más miedo a ese chico que a cualquier otro hombre. Es implacable. Es el brazo de Dios.
       Su mal carácter, dijo May Sethby, y todos asintieron, pues lo ponían de evidencia su aspecto físico. A veces tenía un labio partido, una mejilla amoratada o una oreja hinchada. Era evidente que se metía en líos en algún sitio de ese mundo exterior don- de comía y dormía, conseguía dinero y vivía de un modo que ellos desconocían. Según pasaba el tiempo cada vez se dedicaba más y más a imprimir la pequeña hoja revolucionaria que publicaban semanalmente. Había ocasiones en que no lo podía hacer, pues los nudillos de su mano estaban magullados y en carne viva, y sus pulgares heridos y destrozados. O uno o el otro brazo le caía colgando mientras su cara reflejaba un dolor inexpresado.
       —Es un matón —dijo Arrellano.
       —Frecuenta lugares de mala nota —añadió Ramos.
       —Pero, ¿de dónde saca el dinero? —preguntó Vera—. Hoy mismo, hace un momento, me he enterado de que pagó la factura del papel... ciento cuarenta dólares.
       —Y ahí están sus ausencias —dijo May Sethby—. Nunca da explicaciones.
       —Deberíamos hacer que lo espiaran —propuso Ramos.
       —No me gustaría ser el que lo espiara —dijo Vera—. Temo que no me volveríais a ver, a no ser para enterrarme. Tiene una terrible pasión. Ni siquiera Dios podría interponerse entre él y su pasión.
       —Delante de él me siento como un niño —confesó Ramos.
       —Para mí es la fuerza... es el lobo salvaje y primitivo, la serpiente de cascabel lista para morder, el escorpión que va a picar —dijo Arrellano.
       —Es la propia revolución encarnada —añadió Vera—. Es su llama y su espíritu, el incesante grito que pide venganza en silencio y mata sin ruido. Es el ángel vengador que se mueve entre los quietos guardianes de la noche.
       —Podría llorar por él —dijo May Sethby—. No conoce a nadie. Odia a todo el mundo. A nosotros nos tolera porque somos la forma de su deseo. Está solo... muy solo —y su voz se quebró en un sollozo ahogado y había tristeza en sus ojos.
       Las costumbres y actividades de Rivera resultaban realmente misteriosas. Había temporadas en las que no lo veían durante más de una semana. En cierta ocasión desapareció durante todo un mes. Estas ausencias siempre eran seguidas de regresos triunfales en los que, sin avisar, dejaba monedas de oro sobre la mesa de May Sethby. Y de nuevo, y durante días y semanas, se pasaba todo el tiempo con los de la Junta. Y sin embargo, otra vez, y durante períodos irregulares, desaparecía desde primeras horas de la mañana a las últimas de la tarde. Otras veces llegaba muy pronto y se quedaba hasta muy tarde. Arrellano se lo había encontrado a medianoche imprimiendo la hoja con los nudillos recién heridos, o a lo mejor era su labio, partido hacía poco, el que aún sangraba.



II

      El momento de la crisis se acercaba. El ser o no ser de la revolución dependía de la Junta, y la Junta se encontraba realmente en apuros. Su necesidad de dinero era más intensa de lo que lo había sido hasta entonces, y el dinero era difícil de conseguir. Los patriotas habían entregado hasta su último centavo y no podían más. Los jornaleros, peones que habían huido de Méjico, contribuían con la mitad de sus escasos salarios. Pero necesitaban mucho más dinero. Las angustias, las conspiraciones y el trabajo de zapa estaban a punto de dar su fruto. Había llegado el momento. La revolución tenía peso específico en la balanza. Un impulso más, un último y heroico esfuerzo, y se inclinaría del lado de la victoria. Los de la Junta sabían cómo era Méjico. Una vez iniciada, la revolución iría por sí sola. Toda la organización de Díaz se vendría abajo como un castillo de naipes. La frontera estaba lista para alzarse en armas. Un yanqui, con un centenar de sindicalistas de la I. W. W., esperaba la orden de cruzar la frontera e iniciar la conquista de la Baja California. Pero necesitaban armas. Y la Junta sabía que debía armar a aquellos aventureros, soldados de fortuna, bandidos, sindicalistas norteamericanos descontentos, socialistas, anarquistas, camorristas, exiliados mexicanos, peones, mineros apaleados en las prisiones de Coeur d'Alene y Colorado que sólo querían luchar para vengarse: todos los restos del naufragio de unos espíritus fieros del enloquecido y complicado mundo moderno. Y eran armas y municiones, municiones y armas, el incesante y eterno grito.
       Con sólo poner en acción a esa masa heterogénea, indigente, vengativa, se iniciaría la revolución. La aduana, los puertos de acceso desde el norte, caerían en sus manos. Díaz no sería capaz de oponer resistencia. No se atrevería a lanzar al grueso de sus fuerzas contra ellos, pues debía proteger el sur. Pero, a pesar de eso, la llama se extendería desde el sur. El pueblo se alzaría en armas. Se tambalearía y caería un estado tras otro. Y al final, y por todas partes, los victoriosos ejércitos de la revolución cercarían a la propia Ciudad de Méjico, último bastión de Díaz.
       Pero estaba el dinero. Contaban con hombres, impacientes y decididos, que utilizarían las armas. Conocían a los traficantes que se las podían vender. Pero haber llevado la revolución hasta ese punto había dejado exhausta a la Junta. Habían gastado hasta el último dólar y el último de sus recursos. Habían obtenido todo lo posible de hasta el último patriota muerto de hambre... y la gran aventura todavía no pesaba lo bastante en el platillo de la balanza. ¡Armas y municiones! Era preciso armar a aquellos andrajosos batallones. ¿Pero cómo? Ramos lamentaba que le hubieran confiscado sus propiedades. Arrellano se dolía de lo mucho que había malgastado en su juventud. May Sethby se preguntaba si las cosas habrían resultado más sencillas si la Junta hubiera economizado más en el pasado.
       —Y pensar que el que llegue o no la libertad de Méjico sólo depende de unos miserables miles de dólares —decía Paulino Vera.
       Había desesperación en todos los rostros. José Amarillo, su última esperanza, un converso reciente que había prometido dinero, había sido detenido en su hacienda de Chihuahua y fusilado delante de la pared de su propio establo. La noticia acababa de llegar.
       Rivera, que fregaba arrodillado, levantó la vista, con la bayeta sucia en la mano y los brazos al aire punteados de agua sucia y jabonosa.
       —¿Bastaría con cinco mil? —preguntó.
       Le miraron asombrados. Vera asintió y tragó saliva. No pudo hablar, pero se sintió instantáneamente investido de una inmensa fe.
       —Pedid las armas —dijo Rivera y al instante parecía culpable por tener que pronunciar todas aquellas palabras—. Queda poco tiempo. Dentro de tres semanas os entregaré los cinco mil. Está bien. El tiempo será bueno para los que luchen. Además, es lo mejor que puedo hacer.
       Vera lidió con su fe. Era increíble. Había visto cómo se frustraban demasiadas esperanzas desde que había empezado a jugar al juego de la revolución. Creía en aquel andrajoso fregón de la revolución, y al tiempo dudaba y no le creía.
       —Tú estás loco —dijo.
       —Dentro de tres semanas —añadió Rivera—. Pedid las armas.
       Se levantó, se bajó las mangas y se puso la chaqueta.
       —Pedid las armas —repitió—. Y ahora me tengo que ir.



III

      Después de muchas prisas y precipitaciones, muchas llamadas telefónicas y discusiones, se celebró una reunión nocturna en la oficina de Kelly. Kelly se encontraba superado por la situación; y además, no estaba de suerte. Había traído a Danny Ward desde Nueva York, preparado un combate de éste contra Billy Carthey, sólo faltaban tres semanas y, desde hacía un par de días, aunque se lo hubieran ocultado celosamente a los cronistas deportivos, Carthey estaba en cama, malamente herido. No tenía a nadie que ocupara su puesto. Kelly había hecho echar chispas a los cables mientras buscaba en el Este a un peso ligero disponible, pero todos tenían las fechas comprometidas. Y ahora había vuelto la esperanza, aunque fuera una esperanza débil.
       —Tienes mucha cara dura —dijo Kelly dirigiéndose a Rivera, después de lanzarle una mirada, en cuanto se lo encontró allí delante.
       Un odio maligno asomó a los ojos de Rivera, pero su rostro se mantuvo impasible.
       —Puedo tumbar a Ward —fue todo lo que dijo.
       —¿Cómo lo sabes? ¿Le has visto boxear alguna vez?
       Rivera negó con la cabeza.
       —Puede ganarte con una sola mano y los ojos cerrados.
       Rivera se encogió de hombros.
       —¿No tienes nada más que decir? —gruñó el promotor del combate.
       —Puedo tumbarle.
       —¿Pero con quién has boxeado tú? —preguntó Michael Kelly. Michael era hermano del promotor y dirigía la sala de apuestas Yellowstone, donde ganaba mucho dinero con los combates de boxeo.
       Rivera le respondió con una mirada cortante.
       El secretario del promotor, un joven inequívocamente deportivo, hizo un chasquido despectivo con la boca.
       —Bueno, ya conocéis a Roberts —Kelly rompió aquel hostil silencio—. Ya debería de estar aquí. He mandado a buscarle. Siéntate a esperar, aunque por tu aspecto no vas a tener la menor oportunidad. No puedo engañar al público con un combate pre- parado. Las sillas de ring se están vendiendo a quince dólares, ya sabes.
       Cuando llegó Roberts era evidente que estaba ligeramente borracho. Se trataba de un individuo alto, delgado y desmañado. Y su modo de andar, lo mismo que sus palabras, era una especie de arrastrarse blando y lánguido.
       —Mira, Roberts, has andado por ahí presumiendo de que habías descubierto a este enano mexicano. Ya sabes que Carthey se ha roto un brazo. Bueno, pues este enano canijo tiene la desfachatez de aparecer hoy por aquí y decir que ocupará el puesto de Carthey. ¿Qué te parece?
       —Muy bien Kelly —fue la lenta respuesta—. El chico puede aguantar un combate.
       —Supongo que lo siguiente que vas a decir es que puede tumbar a Ward —gruñó Kelly.
       Roberts se expresó juiciosamente.
       —No, no voy a decir eso. Ward es un campeón y el amo del ring. Pero no hará pedazos a Rivera en unos pocos segundos. Conozco a Rivera. Puede aguantar lo que le echen, os lo aseguro. Por lo que he sabido, jamás le han dado una paliza. Y es un luchador ambidextro. Puede lanzar puñetazos fulminantes desde cualquier posición.
       —Eso no me importa. ¿Qué tipo de combate es capaz de aguantar? Te has pasado la vida entrenando y preparando boxeadores. Me quito el sombrero ante tus opiniones. ¿Puede proporcionar al público una diversión que justifique el dinero que han pagado?
       —Claro que puede, y le dará un montón de preocupaciones a Ward. Tú no conoces a este chico. Lo descubrí yo. No se burlarán de él. Es un demonio. Es un ganador, por si quieres saberlo. Dejará a Ward asustado ante una demostración de talento que también os dejará asustados a todos vosotros. No quiero decir que vaya a tumbar a Ward, pero combatirá de tal modo que todos terminaréis diciendo que promete.
       —De acuerdo —Kelly se volvió hacia su secretario—. Telefonea a Ward. Le dije que le avisaría para que apareciera por aquí si yo consideraba que merecía la pena. Está en el Yellowstone haciendo guantes y aumentando su popularidad —Kelly volvió a dirigirse al preparador—. ¿Qué tal un trago?
       Roberts le pegó un lingotazo a su whisky con soda y se desahogó:
       —Nunca te he contado cómo descubrí a ese chico. Fue hace un par de años. Apareció por el campo de entrenamiento. Yo estaba preparando a Prayne para su combate contra Delaney. Prayne es un desalmado. No hay ni una gota de piedad en todo su cuerpo. Machacaba a los sparrings que era algo espantoso, así que no encontraba a nadie que hiciera guantes con él. Entonces me fijé en ese mexicano muerto de hambre que andaba por allí y estaba desesperado. Conque lo agarré, le puse unos guantes e hice que subiera el ring. Era duro de pellejo, pero estaba débil. Y no sabía ni el ABC del boxeo. Prayne le hizo virutas. Pero él aguantó dos terribles asaltos antes de caer. Hambre, se trataba de eso. ¿Machacado? Ni lo hubieras reconocido. Le di medio dólar y lo invi- té a comer. Tenías que haberle visto, parecía un lobo hambriento. Llevaba un par de días sin probar bocado. Supuse que no lo volvería a ver. Pero al día siguiente apareció de nuevo, magullado sí, pero decidido a ganarse otro medio dólar y la comida. Y lo iba haciendo mejor a medida que pasaba el tiempo. Un luchador nato, eso es lo que es, algo increíble. No tiene corazón. Tiene un trozo de hielo. Y desde que lo conozco jamás ha soltado dos frases seguidas. Hace su trabajo y no pregunta.
       —Ya lo he visto —dijo el secretario—. Ha combatido muchas veces para ti...
       —Todos los tipos del campo de entrenamiento han cruzado guantes con él —respondió Roberts—. Y ha aprendido mucho de ellos. He visto que a muchos los podría tumbar. Pero su corazón estaba en otra parte. Se diría que no le gusta boxear. O, al menos, eso parecía.
       —En estos últimos meses ha intervenido en varios combates de poca importancia —dijo Kelly.
       —Eso es. Pero yo no sé por qué empezó. De repente parecía que había recuperado el corazón. Era como un capricho, pero se deshizo de todas las figuras locales. Parecía necesitar dinero, y ganó bastante, desde luego, aunque por su ropa no lo parezca. Es un tipo raro. Nadie sabe a qué se dedica. Nadie sabe en qué emplea su tiempo. Hasta cuando se entrena, hay veces en que desaparece la mayor parte del día una vez que ha terminado lo que tiene que hacer. Hay veces que desaparece durante semanas. Y nunca avisa. Hay un montón de dinero esperando para el que se haga su mánager, pero todavía no se ha decidido a pensar en esas cosas. Y ya verás cómo se lanza sobre el dinero en cuanto lleguemos a un acuerdo.
       Fue en ese momento cuando llegó Danny Ward. Aquello parecía una fiesta. Con él venían su mánager y su entrenador y él que derrochaba cordialidad, buen humor y encanto. Hubo felicitaciones, una broma aquí, un chiste allá, sonrisas para todos. Era su modo de ser, y sólo en parte sincero. Ward era un buen actor y consideraba que la cordialidad era uno de los mayores valores en el juego de progresar en el mundo. Pero debajo estaba el luchador y el negociante decidido y de sangre fría. Lo demás era una máscara. Quienes le conocían o tenían tratos con él decían que cuando llegaba a lo que de verdad le importaba se convertía en Danny el Implacable. Invariablemente estaba presente en todas las discusiones de negocios, y algunos apuntaban que su mánager era una pantalla cuya única misión consistía en servir de portavoz a Danny.
       El aspecto de Rivera era muy distinto. Por sus venas corría sangre india y también española, y estaba sentado en un rincón, silencioso e inmóvil. Sólo sus ojos negros pasaban de un rostro a otro y lo percibían todo.
       —Así que éste es el tipo —dijo Danny, lanzando una mirada valorativa a su posible antagonista—. ¿Cómo te va, amigo?
       Los ojos de Rivera brillaron venenosamente, pero no dio señales de haberle oído. Le desagradaban todos los gringos, pero a este gringo lo odiaba con una intensidad que incluso a él mismo le resultaba inusual.
       —¡Vaya! —protestó alegremente Danny dirigiéndose al promotor—. Supongo que no esperarás que pelee con un sordomudo.
       Cuando su risa se apagó realizó otro intento:
       —Muy mal deben de andar Los Ángeles cuando esto es lo mejor que podéis ofrecer. ¿De qué jardín de infancia le sacasteis?
       —Es un buen chico, Danny, fíate de mí —se defendió Ro- berts—. No es tan poca cosa como parece.
       —Ya hemos vendido la mitad del aforo —se lamentó Kelly—. Tienes que decir que sí, Danny. Es lo mejor que pudimos encontrar.
       Danny lanzó otra distraída y poco aprobadora mirada a Rivera y suspiró.
       —Supongo que me será fácil dar buena cuenta de él. Con tal de que no salte en pedazos.
       Roberts gruñó.
       —Ten mucho cuidado —advirtió el mánager de Danny—. No te arriesgues con un tipo lelo que a lo mejor trata de largarte un golpe con suerte.
       —Bueno, bueno, tendré cuidado, de acuerdo, de acuerdo — sonrió Danny—. Le tendremos preparada una enfermera para después de que el público se divierta. ¿Qué te parecen quince asaltos, Kelly...? y le preparas las parihuelas.
       —De acuerdo —fue la respuesta—. Siempre y cuando tú consigas que parezca de verdad.
       —Bien, entonces vamos a hablar de negocios —Danny hizo una pausa y calculó—. Por supuesto, el sesenta y cinco por ciento de los ingresos en taquilla, igual que con Carthey. Pero lo dividiremos de un modo distinto. Con el ochenta por ciento me conformaré —y a su mánager—: ¿Está bien así?
       El mánager asintió.
       —¿Qué dices tú a eso? —preguntó Kelly a Rivera.
       Rivera negó con la cabeza.
       —Bueno, pues así será —explicó Kelly—. La bolsa será el sesenta y cinco por ciento de los ingresos en taquilla. Tú eres un desconocido, un novato. Tú y Danny os los dividiréis así: el veinte por ciento para ti, y el ochenta para Danny. Es justo, ¿no te parece, Roberts?
       —Es lo adecuado —se mostró de acuerdo Roberts—. Rivera, como sabes perfectamente, todavía eres un desconocido.
       —A cuánto ascenderá ese sesenta y cinco por ciento de los ingresos en taquilla? —preguntó Rivera.
       —Serán unos cinco mil; tirando por lo alto, unos ocho mil — explicó Danny—. Algo de ese tipo. Te corresponderán como unos mil o mil seiscientos. Creo que es bastante por recibir una paliza de alguien tan famoso como yo. ¿Qué dices a eso?
       Rivera respiró profundamente.
       —El que gane se lo lleva todo —dijo con decisión.
       Reinó el más absoluto silencio.
       —Es como quitar caramelo a un niño —exclamó el mánager de Danny.
       Danny negó con la cabeza.
       —Llevo demasiado tiempo en este asunto —explicó—. No es que desconfíe del árbitro o de alguno de los presentes. Tampoco hablo de los corredores de apuestas o de tongos. Lo único que digo es que se trata de un mal negocio para un luchador como yo. Yo juego seguro. Nunca se puede saber. A lo mejor me rompo un brazo. O alguien me larga droga —negó solemnemente con la cabeza—. Tanto si gano como si pierdo, me corresponderá el ochenta por ciento. ¿Tú que dices a eso, mexicano?
       Rivera negó con la cabeza.
       Danny explotó. Ahora estaban tratando de cosas prácticas.
       —¡Pero cómo! ¡Asqueroso grasiento! Me está apeteciendo tumbarte ahora mismo.
       Roberts se puso entre los dos para evitar violencias.
       —El que gane se lo lleva todo —repitió hoscamente Rivera.
       —¿Por qué te empeñas en eso? —preguntó Danny.
       —Puedo zurrarte —fue la inmediata respuesta.
       Danny estaba a punto de volver a ponerse el abrigo. Pero, como sabía su mánager, sólo era parte de su número. No terminó de ponerse el abrigo, y Danny permitió que el grupo lo sujetara. Todos simpatizaban con él. Rivera estaba solo.
       —Escucha, so loco —se puso a argumentar Kelly—. Tú eres un don nadie. Sabemos lo que has venido haciendo en estos últimos meses... deshacerte de luchadores locales. Pero Danny es un primera clase. Su siguiente combate será por el campeonato. Y tú eres un desconocido. Nadie ha oído hablar de ti fuera de Los Ángeles.
       —Ya oirán —respondió Rivera encogiéndose de hombros— después de este combate.
       —Pero ¿de verdad, piensas que me puedes zurrar? —soltó despreciativo Danny.
       Rivera asintió con la cabeza.
       —Vamos, vamos, entra en razón —suplicó Kelly—. Escucha los buenos consejos.
       —Quiero el dinero —fue la respuesta de Rivera.
       —No me podrías ganar ni de aquí a mil años —le aseguró Danny.
       —¿Entonces por qué no aceptas mi proposición? —respondió Rivera—. Si vas a ganar el dinero con tanta facilidad, ¿por qué no dices que sí?
       —Bien, así será —gritó Danny con violenta decisión—. Te pe- garé hasta hacerte trizas, amigo. Nadie se burla de mí así como así. Prepara el contrato, Kelly. El que gane se lo lleva todo. Que salga en los periódicos. Diles a los cronistas deportivos que se trata de un combate sin cuartel. Yo le enseñaré a este novato.
       El secretario de Kelly se había puesto a escribir cuando Danny le interrumpió.
       —¡Espera un momento! —se volvió hacia Rivera—. ¿Y el pesaje?
       —Antes del combate —fue la respuesta.
       —Nada de eso, novato. Si el que gane se lo lleva todo, el pesaje será a las 10 de la mañana.
       —¿Y el que gane se lo lleva todo? —preguntó Rivera.
       Danny asintió. Aquello arreglaba las cosas, subiría al ring cuan- do más fuerte se encontraba.
       —El pesaje a las 10 —dijo Rivera.
       La pluma del secretario seguía escribiendo.
       —Eso supone unos dos kilos y medio —se quejó Roberts a Rivera—. Le estás dando demasiadas facilidades. Acabas de perder el combate. Danny estará tan fuerte como un toro. Eres un idiota. Seguro que te tumbará. Tienes menos oportunidades de aguantar un segundo que las que tiene una gota de rocío en el infierno.
       La respuesta de Rivera consistió en una mirada de frió odio. También despreciaba a este gringo, le consideraba incluso el gringo más carca de todos.



IV

      Así nadie notó que Rivera había subido al ring. Sólo unos fríos y dispersos aplausos saludaron su presencia. El público no creía en él. Era el cordero llevado al matadero: los puños del gran Danny. Por otra parte, el público estaba decepcionado. Había esperado un violento combate entre Danny Ward y Billy Carthey y tenía que conformarse con este pobre aprendiz. Además, había mostrado su desacuerdo con el cambio en las apuestas: estaban dos, e incluso tres a uno a favor de Danny. Y donde está el dinero de las apuestas del público, allí está su corazón.
       El joven mexicano se sentó en su rincón y esperó. Pasaron unos lentos minutos. Danny le hacía esperar. Era un viejo truco, pero siempre funcionaba con los boxeadores jóvenes y novatos. Siempre se asustaban allí sentados encarando sus propias aprensiones y a un público insensible que fumaba sin parar. Pero por una vez el truco no funcionó. Roberts tenía razón. Rivera no conocía el canguelo. Éste, que estaba más adecuadamente proporcionado, tenía más templados los nervios que cualquiera del público, carecía de ese tipo de excitación nerviosa. El aire de derrota inmediata que le esperaba en su propio rincón no le afectaba en absoluto. Los entrenadores y los promotores eran gringos y desconocidos. También eran seres inferiores... lo más sucio del boxeo, sin honor, sin valor. Y todos estaban seguros de que el suyo era el rincón del que iba a perder.
       —Y ahora, ándate con mucho cuidado —le advirtió Spider Hagerty. Spider era uno de sus segundos—. Aguanta todo lo que puedas... son instrucciones de Kelly. Si no aguantas, los periódicos dirán que se trata de otro tongo, y los combates de Los Ángeles tendrán todavía peor fama.
       Lo cual, por cierto, no era estimulante. Pero Rivera no prestó atención. Despreciaba el boxeo. Se trataba del odiado juego de los odiados gringos. Había empezado a boxear, recibió más golpes que una estera en el campo de entrenamiento de los otros, sólo porque se estaba muriendo de hambre. El hecho de que estuviera maravillosamente dotado para el boxeo no había significado nada. Lo aborrecía. Hasta que se hizo miembro de la Junta nunca había combatido por dinero, y había descubierto que era un dinero fácil. No era el primer hombre que había encontrado que tenía mucho éxito en una profesión que despreciaba.
       No analizaba las cosas. Se limitaba a saber que debía ganar este combate. No podía haber otro resultado, pues, tras él, apoyando su fe en la victoria, existían fuerzas más profundas de las que pudiera imaginar cualquiera de los que abarrotaban el local. Danny Ward combatía para ganar dinero y disfrutar de la buena vida que puede proporcionar el dinero. Pero las cosas por las que combatía Rivera ardían en su cerebro... visiones brillantes y terribles que, con los ojos muy abiertos, sentado allí sólo en el rincón del ring y esperando por su fullero antagonista, veía con tanta claridad como las había vivido.
       Vio las fábricas de paredes blancas y motores hidráulicos de Río Blanco. Vio a los seis mil obreros, muertos de hambre y macilentos, y a los niños de siete y ocho años de edad que hacían jornadas muy largas por diez centavos diarios. Vio los cadáveres ambulantes, las cabezas de lívidos muertos de los hombres que trabajaban en las naves de los tintes. Recordaba haber oído a su padre llamar a las naves de los tintes los «agujeros de los suicidas», donde un año significaba la muerte. Vio el pequeño patio, y a su madre cocinando y esforzándose porque hubiera lo mínimo en la casa y encontrando tiempo para mimarle y quererle. Y vio a su padre, alto, grandes bigotes, y ancho de pecho, el hombre más amable de todos, el cual quería a todo el mundo y cuyo corazón era tan grande que rebosaba amor y le quedaba de sobra para la madre y el muchacho que jugaba en el rincón del patio. En aquellos días su nombre no era Felipe Rivera. Era Fernández, el apellido de su madre y de su padre. Le habían puesto Juan. Luego se lo había cambiado, pues se había dado cuenta de que el apellido Fernández era odiado por agentes de policía, jefes políticos y rurales.
       ¡El enorme, el cordial Joaquín Fernández! Ocupaba mucho sitio en las visiones de Rivera. En aquella época no lo había entendido, pero, al recordar, conseguía entenderlo. Podía verle imprimiendo en la pequeña imprenta, o escribiendo a toda prisa y sin cesar nerviosos renglones en la destrozada mesa. Y podía ver aquellas extrañas noches, cuando los trabajadores, que acudían en secreto entre las sombras como hombres que hicieran algo malo, se reunían con su padre y hablaban largas horas allí donde él, el muchacho, estaba acostado en el rincón y no siempre dormido.
       Como desde un lugar remoto oía a Spider Hagerty que le decía:
       —No te dejes caer nada más empezar. Sigue las instrucciones. Aguanta el castigo y te llevarás tu pasta.
       Ya habían pasado diez minutos y seguía sentado en su rincón. No había señales de Danny, que sin duda estaba explotando su truco hasta el final.
       Pero ardían más visiones ante el ojo de la memoria de Rivera. La huelga, o más bien, el cierre patronal, porque los trabajadores de Río Grande habían ayudado a sus hermanos huelguistas de Puebla. El hambre, las expediciones a las colinas a por bayas; las raíces y los yerbajos que comían y que les causaban retortijones y dolor de estómago a todos. Y luego la pesadilla; la bús- queda de desperdicios por delante del almacén de la compañía; los miles de trabajadores hambrientos; el general Rosalío Martínez y los soldados de Porfirio Díaz; y los rifles que escupían muerte y que parecía que nunca iban a dejar de escupirla, mientras las reivindicaciones de los obreros eran lavadas una y otra vez en su propia sangre. ¡Y aquella noche! Veía los vagones del tren llenos de las pilas de los cuerpos de los muertos, enviados a Veracruz como alimento para los tiburones de la bahía. De nuevo trepaba por los montones pavorosos, buscando y encontran- do, desnudos y mutilados, a su padre y a su madre. A su madre la recordaba especialmente... Sólo le asomaba la cara, pues su cuerpo estaba enterrado bajo el peso de docenas de cuerpos. De nuevo disparaban los rifles de los soldados de Porfirio Díaz, y de nuevo tenía que saltar al suelo y escapar como un coyote de las montañas perseguido por los cazadores.
       A sus oídos llegó un gran rugido, como del mar, y vio a Danny Ward encabezando a su séquito de entrenadores y segundos que avanzaba por el pasillo central. El local era un fiero rugido que animaba al héroe popular que iba a ganar. Todos le vitoreaban. Todos estaban a su favor. Hasta los propios segundos de Rivera parecieron a punto de animarle cuando Danny atravesó ágilmente las cuerdas y entró en el ring. Su rostro era una incesante su- cesión de sonrisas, y cuando Danny sonreía, sonreía con toda la cara, incluidas las arrugas de los extremos de los ojos y los propios ojos. Jamás había existido boxeador más simpático. Su ros- tro era un auténtico anuncio de buenos sentimientos, de camaradería. Era amigo de todo el mundo. Bromeaba, y reía y saludaba a sus amigos por entre las cuerdas. Aquellos que estaban al fondo, incapaces de contener su admiración, gritaban ruidosamente:
       —¡Muy bien, Danny!
       Fue una alegre ovación de afecto que duró más de cinco minutos.
       Nadie hacía caso de Rivera. Para el público era como si no existiera. La abotargada cara de Spider Hagerty se inclinó hacia la suya.
       —No tengas miedo —le advirtió Spider—. Y recuerda las instrucciones. Tienes que aguantar. No te dejes caer. Si te dejas caer tenemos órdenes de zurrarte en él vestuario. ¿Entendido? Tienes que pelear.
       El público se puso a aplaudir. Danny atravesaba el ring en dirección a él. Danny se inclinó, cogió la mano derecha de Rivera entre las dos suyas y se la estrechó con impulsivo afecto. La cara adornada con una sonrisa de Danny estaba cerca de la suya. El público aulló apreciando aquella demostración de espíritu deportivo de Danny. Saludaba a su oponente con el afecto de un hermano. Los labios de Danny se movieron, y el público, interpretando las palabras que no oía como las de un deportista de buena fe, volvió a aullar. Sólo Rivera oyó sus palabras dichas en voz baja.
       —Rata mexicana —salió siseando entre los sonrientes labios de Danny —. Te voy a machacar.
       Rivera no se movió. Tampoco se levantó. Se limitó a mirar con ojos de odio.
       —¡Ponte de pie, perro! —le gritó un hombre por entre las cuer- das, a su espalda.
       La gente empezó a abuchearle por su poco deportiva conducta, pero Rivera siguió sentado sin moverse. Otra gran explosión de aplausos acompañó a Danny que regresaba a su rincón.
       Cuando Danny se quitó la bata, hubo ¡ohs! y ¡ahs! de gusto. Su cuerpo era perfecto. Tenía una evidente flexibilidad y salud y fuerza. La piel era tan blanca como la de una mujer, y lo mismo de suave. Toda su gracia y elasticidad y fuerza residían bajo ella. Lo había demostrado en veintenas de combates. Su fotografía estaba en todas las revistas de cultura física.
       Se alzó un rugido cuando Spider Hagerty le quitó la bata a Rivera. Su cuerpo parecía más delgado debido al color moreno de su piel. Era musculoso, pero sus músculos no resultaban tan patentes como los de su adversario. Lo que el público no vio fue su poderoso pecho. Tampoco podía adivinar la dureza de la fibra de su carne, la flexibilidad de sus músculos, la tensión de sus nervios que conectaban cada parte de su cuerpo convirtiéndolo en un espléndido mecanismo para la lucha. Lo que el público vio fue a un muchacho de dieciocho años y piel oscura con lo que parecía el cuerpo de un muchacho. Danny era muy diferente. Danny era un hombre de veinticuatro años, y su cuerpo era el cuerpo de un hombre. El contraste resultó aún más llamativo cuando se reunieron en el centro del ring recibiendo las últimas instrucciones del árbitro.
       Rivera distinguió a Roberts sentado justo detrás de los periodistas. Estaba más borracho que de costumbre, y sus palabras salieron con lentitud.
       —Tranquilo, Rivera —gritó Roberts—. No te podrá matar, recuerda eso. Te llevará a las cuerdas, pero no te dejes acorralar. Limítate a cubrirte. Mantén la distancia y agárrate a él. No te va a hacer demasiado daño. No pienses más que en que está haciendo guantes contigo en el campo de entrenamiento.
       Rivera no dio señales de que le hubiera oído.
       —Ese demonio siniestro —murmuró Roberts al hombre que tenía a su lado—. Siempre de ese modo.
       Pero Rivera olvidó mirar con su odio habitual. Una visión de incontables rifles cegó sus ojos. Cada rostro de los del público, hasta donde le alcanzaba la vista, hasta las localidades de a dólar, se había transformado en un rifle. Y vio la extensa frontera mexicana, árida y quemada por el sol, y a lo largo de la frontera vio grupos de harapientos que todavía no luchaban porque no tenían armas.
       De vuelta a su rincón, esperó de pie. Sus segundos se habían retirado más allá de las cuerdas, llevándose el taburete con ellos. En diagonal, al otro lado el cuadrilátero, Danny estaba frente a él. Sonó la campana y empezó el combate. El público aulló encantado. Nunca habían presenciado un combate tan de verdad. Los periódicos tenían razón. Era un combate entre dos que se odian. Danny recorrió tres cuartos de la distancia que los separaba intentando alcanzar a Rivera. Su intención era arrollar al mejicano tal y como había advertido. Atacó, no con un puñetazo, ni con dos, ni con una docena. Era una máquina de soltar puñetazos, un remolino de destrucción. Rivera no estaba en ninguna parte. Se encontraba aplastado, enterrado bajo avalanchas de directos lanzados desde cada ángulo y cada posición por un maestro en el arte de soltarlos. Era alcanzado, aplastado contra las cuerdas, separado por el árbitro y lanzado de nuevo contra las cuerdas.
       Aquello no era un combate. Era una carnicería, una masacre. Cualquier tipo de espectadores, excepto los de un combate de boxeo, se hubieran quedado sin emociones en aquel primer minuto. Danny indudablemente estaba demostrando lo que era capaz de hacer... una espléndida exhibición. Era tal la seguridad del público, y tanta su excitación y favoritismo, que ni siquiera se dieron cuenta de que el mexicano seguía en pie. Se habían olvidado de Rivera. Casi ni lo veían, pues estaba tapado por el ataque arrollador de Danny. Pasó un minuto así, luego dos minutos. Entonces, al separarse los dos boxeadores, se pudo ver claramente al mexicano. Tenía un labio partido, sangraba por la nariz. Cuando se dio la vuelta y volvió a agarrarse a Danny las marcas de sangre coaguladas, debido a sus contactos con las cuerdas, aparecían como líneas rojas que le cruzaban la espalda. Pero de lo que el público no se dio cuenta fue de que su pecho no jadeaba y de que sus ojos ardían con la frialdad de siempre. Demasiados aspirantes a campeones, en el cruel campo de entrenamiento, habían practicado aquel tipo de ataque arrollador con él. Había aprendido a aguantarlo por un salario que iba de medio dólar por combate a quince dólares a la semana... una escuela dura y él era un alumno duro.
       Entonces ocurrió algo muy extraño. El torbellino, el confuso y arrollador ataque cesó de repente. Sólo Rivera se mantenía en pie. Danny, el formidable Danny, yacía tumbado. Su cuerpo se estremecía a medida que se esforzaba por recuperar la conciencia. No se había tambaleado y luego caído, ni tampoco se había desplomado hundiéndose poco a poco. El puño derecho de Rivera lo había levantado en el aire con la brusquedad de la muerte. El árbitro echó a Rivera hacia atrás con una mano y se colocó junto al caído gladiador iniciando la cuenta. Es costumbre que el público de un combate de boxeo celebre ruidosamente un golpe tan fulminante. Pero esta vez el público no celebraba nada. La cosa había sido demasiado inesperada. Escuchaban la cuenta en un tenso silencio, y de este silencio se alzó exultante la voz de Roberts:
       —¡Ya te había dicho que era un luchador ambidextro!
       Hacia la cuenta de cinco Danny levantó la cabeza, y en la de siete se apoyó en una rodilla, listo para levantarse después de la cuenta de nueve y antes de la cuenta de diez. Si su rodilla seguía en contacto con la lona en la cuenta de diez, se consideraría que había perdido el combate. En el instante en que su rodilla dejara de estar en contacto con la lona se reiniciaría el combate, y en ese mismo instante, Rivera volvía a tener derecho a tratar de tumbarle otra vez. En el momento en que su rodilla dejara de estar en contacto con la lona, lo volvería a golpear. Daba vueltas a su alrededor, pero el árbitro siempre se interponía entre am- bos, y Rivera se dio cuenta de que contaba muy despacio los segundos. Todos los gringos estaban contra él, incluido el árbi- tro.
       Al llegar a nueve el árbitro empujó violentamente a Rivera hacia atrás. Era injusto, pero permitió levantarse a Danny, la sonri- sa de nuevo en los labios. Parcialmente doblado hacia delante, con los brazos cubriendo cara y abdomen, se agarró con habilidad a Rivera. Según el reglamento, el árbitro debía de haberlos separado, pero no lo hizo, y Danny colgaba del mexicano como un percebe movido por las olas, mientras poco a poco se iba recuperando. El último minuto del asalto pasó en seguida. Si conseguía aguantar hasta el final contaría con un minuto entero para recuperarse en su rincón. Y llegó hasta el final, sonriendo entre toda su desesperación y sus momentos de apuro.
       —¡La sonrisa que nunca se borra! —gritó alguien, y el público rió ruidosamente con alivio.
       —La coz de ese asqueroso grasiento es algo terrible —soltó con ahogo Danny en su rincón al entrenador, mientras los segundos trataban frenéticamente de reanimarle.
       El segundo y tercer asaltos fueron aburridos. Danny, un fullero y maestro del ring, mantenía la distancia y blocaba y se agarraba, dedicado a recuperarse del aturdimiento de aquel puñetazo del primer asalto. En el cuarto asalto ya se había recuperado. Inquieto y agitado, desde luego, pero su gran constitución le había permitido recuperar el vigor. Pero no volvió a realizar ataques fulminantes. El mexicano había demostrado que era un auténtico tártaro. Así que puso en práctica lo mejor de sus conocimientos boxísticos. En trucos y habilidad y experiencia era el maestro, y aunque no podía llegar a ningún punto vital, se dedicó a macha- car y destrozar científicamente a su oponente. Colocó tres gol- pes, frente a uno de Rivera, pero sólo eran golpes de castigo y no mortíferos. Era la suma de muchos de ellos lo que constituía su capacidad de ser mortíferos. Respetaba a su oponente ambidextro con aquella terrible potencia en sus dos puños.
       Como defensa, Rivera utilizó un desconcertante directo de iz- quierda. Una vez y otra, ataque tras ataque, lanzaba directos de izquierda que alcanzaban la boca y la nariz de Danny causando grandes destrozos. Pero Danny era proteico. Por eso iba a ser el próximo campeón. Podía cambiar de estilo de boxear a voluntad.
       Ahora se dedicaba al cuerpo a cuerpo. En esto resultaba particularmente dañino, y además así podía evitar el directo de izquierda del otro. Consiguió alborotar al público de modo repetido, capeando el ataque con una maravillosa guardia y lanzando un gancho que levantó al mexicano por los aires y lo lanzó a la lona. Rivera se apoyó en una rodilla, esperando que transcurriera la cuenta, y advirtiendo interiormente que el árbitro estaba con- tando muy deprisa.
       De nuevo, en el séptimo asalto, Danny le alcanzó con el diabólico gancho. Sólo consiguió que Rivera se tambaleara, pero al momento siguiente, cuando el mexicano se encontraba indefenso, le machacó con otro puñetazo que lo lanzó por encima de las cuerdas. El cuerpo de Rivera rebotó en las cabezas de los periodistas que estaban debajo y que le alzaron hasta el borde del ring, por la parte de afuera de las cuerdas. Allí se quedó arrodillado, mientras el árbitro contaba muy de prisa. Dentro de las cuerdas, a través de las que debía de volver al cuadrilátero, Danny esperaba a Rivera. El árbitro no intervino ni echó a Danny hacia atrás.
       El público le apoyaba encantado.
       —¡Mátalo, Danny! ¡Mátalo! —decían los gritos.
       El público contaba con el árbitro y sus voces subieron hasta que aquello parecía el canto guerrero de unos lobos.
       Danny estaba prevenido, pero Rivera, a la cuenta de ocho, en vez de a la de nueve, paso inesperadamente por entre las cuerdas y se puso a salvo agarrándose a su adversario. El árbitro intervino ahora, apartándolo para que lo pudieran golpear, dándole a Danny tantas ventajas como las que un árbitro injusto puede proporcionar.
       Pero Rivera seguía en pie, y la niebla se aclaró en su mente. Ya se encontraba entero. Ellos eran los odiados gringos y todos eran unos tramposos. Y lo peor de sus visiones continuó relampagueando en su cerebro: largas vías férreas atravesando el desierto; rurales y policías norteamericanos; prisiones y calabozos; vagabundos junto a depósitos de agua... todo el escuálido y terrorífico panorama de su odisea después de Río Blanco y de la huelga. Y, resplandeciente y gloriosa, vio a la gran revolución roja extendiéndose sobre su país. Las armas estaban allí, ante sus ojos. Cada una de aquellas caras odiada era un arma. Y él luchaba para conseguir las armas. Él era las armas. Él era la revolución. Él luchaba por todo México.
       El público empezó a enfadarse con Rivera. ¿Por qué no le zurraban como estaba previsto? Claro que lo iban a machacar, pero ¿por qué se resistía tanto? Muy pocos estaban a su favor, y los que lo estaban eran precisamente el tanto por ciento de una multitud de apostadores que apuesta por el riesgo. Aun creyendo que Danny iba a ganar, habían apostado su dinero a favor del mexicano, cuatro a diez, y uno a tres. No apostaban a ganador, sino sobre los asaltos que iba a aguantar Rivera. Había mucho dinero por quienes aseguraban que no podría durar siete asaltos, ni siquiera seis. Los que habían ganado, ahora que su dinero ya estaba seguro, se unieron en sus gritos de ánimo a los que apostaban por el favorito.
       Rivera se negaba a que lo zurraran. Aunque en el octavo asalto su oponente trató en vano de repetir el gancho. En el noveno, Rivera volvió a dejar pasmado al público. En medio de un cuerpo a cuerpo, rompió la guardia con un rápido y elástico movi- miento, y en el mínimo espacio entre sus cuerpos, su derecha se alzó desde la cintura. Danny cayó a la lona y se refugió en la cuenta. La multitud estaba aterrada. Danny era derrotado en el juego del que era maestro. Su famoso gancho de derecha se volvía en contra suya. Rivera no intentó alcanzarle cuando se levan- tó a los «nueve». El árbitro se dedicaba a impedirle combatir, aunque no hacía nada cuando la situación era al revés y quien trataba de levantarse era Rivera.
       En el décimo asalto Rivera utilizó en dos ocasiones el gancho de barbilla de su contrincante. Danny se estaba desesperando. La sonrisa nunca abandonaba su cara, pero volvió a su ataque arrollador. Daba vueltas lo más de prisa que podía y no conseguía alcanzar a Rivera, mientras que Rivera, gracias a sus movimientos y giros, le lanzó a la lona tres veces seguidas. Danny ya no se recuperaba con tanta rapidez, y en el asalto número once se encontraba en una situación peligrosa. Pero a partir de entonces y hasta el catorce hizo gala de la mejor exhibición boxística de su carrera. Mantuvo la distancia y encajó los golpes, luchó lentamente y blocó para recuperar fuerzas. También combatió tan suciamente como sabe combatir un campeón. Utilizó toda clase de trucos y argucias; embestía con la cabeza en los clinch como una casualidad, sujetaba el guante de Rivera entre el brazo y el cuerpo y ponía su guante sobre la boca de Rivera para impedirle respirar. Por lo general, en los clinch, soltaba insultos viles e impronunciables a través de sus labios partidos y sonrientes al oído de Rivera. Todos, desde el árbitro al último mono del público, estaban a favor de Danny y animaban a Danny. Y sabían lo que estaba pensando. Superado por este desconocido, suspiraba por un solo puñetazo. Se ofrecía para que lo golpearan, hacía fintas y se cubría, con objeto de que al separarse fuera capaz de lanzar un puñetazo con todas sus fuerzas y volver las tornas. Como había hecho antes que él otro y también gran boxeador, podría conseguirlo: un derechazo y un izquierdazo, al plexo solar y a la mandíbula. Podría conseguirlo, pues era famosa la potencia de los directos que lanzaban sus brazos en tanto pudiera mantenerse en pie.
       Los segundos de Rivera ya casi ni lo atendían en los descansos entre los asaltos. Sus toallas se agitaban, pero provocaban poco aire con el que renovar el de sus jadeantes pulmones. Spider Hagerty le daba consejos, pero Rivera sabía que eran malos consejos. Todos estaban contra él. Le rodeaba la traición. En el asalto número catorce volvió a tumbar a Danny y él se quedó descansando, las manos caídas a lo largo de los costados, mientras el árbitro contaba. Rivera había notado que en el otro rincón susurraban de un modo sospechoso. Vio que Michael Kelly se abría paso hacia Roberts y se inclinaba junto a él y le susurraba algo. Los oídos de Rivera eran los de un felino, acostumbrado a vivir en el desierto, y captó trozos de lo que estaban diciendo. Quiso oír más, y cuando su contrincante se levantó, se las arregló para agarrarse a él y llevarle contra las cuerdas.
       —Tiene que ganar —pudo oír que decía Michael, mientras Roberts asentía—. Tiene que ganar Danny. Si no lo hace, perderé un dineral. He apostado un montón de dinero a su favor. Si llega al asalto número quince me arruinaré. El chico te hará caso. Seguro que lo conseguirás.
       Y a partir de entonces Rivera ya no tuvo más visiones. Estaban tratando de jugar sucio. Tumbó de nuevo a Danny y se quedó descansando con los brazos colgando a lo largo de sus costados. Roberts se puso de pie.
       —Ya está bien —dijo—. Vete a tu rincón.
       Habló con autoridad, como solía hablar a Rivera en el campo de entrenamiento. Pero Rivera le miró con odio y esperó a que Danny se levantara. De nuevo en su rincón en el minuto de descanso, Kelly, el promotor, se acercó y habló a Rivera.
       —Tírate, maldita sea —soltó con voz amenazadora—. Tienes que dejarte caer, Rivera. Haz lo que te digo y me ocuparé de tu futuro. Te dejaré que tumbes a Danny la próxima vez. Pero ahora debes tirarte.
       Rivera demostró con la mirada que le había oído, pero no hizo señal alguna de asentimiento o negación.
       —¿Por qué no contestas? —preguntó Kelly muy enfadado.
       —De todos modos vas a perder —añadió Spider Hagerty—. El árbitro no va a dejar que ganes. Haz caso a Kelly y tírate.
       —Tírate, chico —le rogó Kelly—, y te convertiré en campeón.
       Rivera no respondió.
       —Lo haré, así que tienes que ayudarme, chico.
       Cuando sonó el gong Rivera notó una atmósfera de amenaza. El público no se dio cuenta de ello. Fuera lo que fuera, estaba allí junto a él, en el ring, y muy cerca. Danny pareció recuperar su anterior seguridad. La confianza de su oponente asustó a Rivera. Iban a poner en marcha algún truco. Danny se lanzó al ataque, pero Rivera escapó al choque. Se hizo a un lado en busca de seguridad. Lo que el otro quería era un clinch. Lo necesitaba para llevar a cabo la trampa. Rivera retrocedió y dio vueltas a su alrededor, aunque sabía, que antes o después, llegarían el clinch y la trampa. Trató de mantener la distancia a la desesperada. Hizo como si aceptara el clinch con Danny en el siguiente ataque. Pero en lugar de eso, en el último momento, justo cuando sus cuerpos iban a entrar en contacto, Rivera se echó ágilmente hacia atrás. Y en ese mismo instante del rincón de Danny se alzó el grito de «golpe bajo». Rivera se había burlado de ellos. El árbitro se quedó quieto, indeciso. La decisión que asomaba a sus labios nunca llegaría a ser pronunciada, pues una voz penetrante y aguda, la de un chico que gritaba desde la tribuna, dijo:
       —¡Tongo!
       Danny insultó abiertamente a Rivera, y atacó mientras Rivera bailaba a su alrededor. Además, Rivera decidió no lanzar más puñetazos al cuerpo. En este mantener la distancia residía su única oportunidad de ganar, pues sabía que si iba a ganar tendría que ser boxeando a la distancia. Si les daba la más mínima oportunidad, le acusarían de juego sucio y lo descalificarían. Danny ya no tenía cuidado alguno. Durante dos asaltos persiguió al chico que no quería boxear cuerpo a cuerpo. Rivera fue golpeado una y otra vez; recibió puñetazos por docenas para evitar el peligroso clinch. Durante este supremo esfuerzo final de Danny el público se puso en pie y enloqueció. No lo entendían. Lo único que veían era que, a pesar de todo, su favorito estaba ganando.
       —¿Por qué no peleas? —le preguntaban airadamente a Rivera— . ¡Eres un cobarde! ¡Cobarde! ¡Abre la guardia, perro! ¡Abre la guardia! ¡Mátalo, Danny! ¡Mátalo! ¡Puedes con él, seguro que puedes! ¡Mátalo!
       En el local, sin excluir a nadie, Rivera era el único sujeto tranquilo. Por temperamento y raza era el más apasionado de todos; pero había soportado tan fuertes calores que aquella pasión colectiva de diez mil gargantas, levantando una oleada tras otra, para su cerebro no era más que el frescor aterciopelado de un crepúsculo de verano.
       En el asalto número diecisiete Danny intensificó sus ataques. Rivera, bajo la lluvia de puñetazos, se agachaba y esquivaba los golpes. Sus brazos cayeron sin fuerza cuando se echó titubeante hacia atrás. Danny creyó que era su oportunidad. El chico estaba en sus manos. Conque Rivera, fintando, lo cogió con la guardia baja, lanzándole un directo a la boca. Danny se vino abajo. Cuando se levantó, Rivera le alcanzó con un gancho de derecha al cuello y la mandíbula. Repitió esto por tres veces. Era imposible que ningún árbitro dijera que aquellos eran golpes bajos.
       —¡Bill! ¡Bill! —rogaba Kelly al árbitro.
       —No puedo hacerlo —se lamentaba el árbitro—. No me da ninguna oportunidad.
       Danny, destrozado y heroico, todavía aguantaba. Kelly y los otros que se encontraban cerca del ring se pusieron a gritarle a la policía que terminara con aquello, aunque en el rincón de Danny se negaban a tirar la toalla. Rivera vio al gordo capitán de policía dispuesto a subir al ring, y no estaba seguro de lo que aque- llo significaba. Había tantos modos de hacer trampa en aquel juego de los gringos... Danny, de pie, se tambaleaba inconscientemente y desvalido allí delante de él. El árbitro y el policía se acercaban a Rivera cuando éste lanzó su último puñetazo. No hubo necesidad de interrumpir la pelea, pues Danny ya no se levantó.
       —¡Cuente! —le gritó ásperamente Rivera al árbitro.
       Y cuando terminó la cuenta, los segundos de Danny lo cogieron y se lo llevaron a su rincón.
       —¿Quién ha ganado? —preguntó Rivera.
       El árbitro cogió de mala gana el brazo del mexicano y lo levantó.
       No hubo felicitaciones para Rivera. Se dirigió a su rincón sin que nadie le prestara atención. Sus segundos todavía no habían puesto el taburete. Se inclinó hacia atrás, apoyándose en las cuerdas, y los miró con odio. Luego barrió su entorno con la mirada hasta que los diez mil gringos quedaron incluidos en su odio. Se le doblaban las rodillas y sollozaba de puro agotamiento. Ante sus ojos las odiadas caras se acercaban y se alejaban en el vértigo de la náusea. Luego recordó que las caras eran las armas. Y que las armas eran suyas. La revolución podría seguir adelante.




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