Jack London
(San Francisco, California, 1876 – Glen Ellen, California, 1916)


En un país lejano (1899)
(“In a Far Country”)
Originalmente publicado en la revista Overland Monthly (Vol. 33, Issue 198, junio 1899, págs. 540-549);
Son of the Wolf (primer capítulo)
(Boston: Houghton Mifflin and Company, 1900, 252 págs.)



      Cuando un hombre viaja a un país lejano debe prepararse para olvidar muchas de las cosas que ha aprendido y para adquirir las costumbres inherentes a la vida del nuevo país. Debe abandonar los viejos ideales y los antiguos dioses, y, a menudo, debe invertir los mismos códigos por los que se ha afirmado su conducta. Para quienes tienen la facultad proteica de adaptarse, la novedad de semejante cambio puede constituir incluso una fuente de placer. Pero a quienes se han anquilosado en los senderos que los crearon les resulta insoportable la presión de un entorno modificado y se irritan en cuerpo y alma bajo las nuevas restricciones que no entienden. Esta irritación tiende a actuar y reaccionar, produce varios males y termina en desgracias. Para el hombre que no sabe adaptarse al nuevo surco sería mejor volver a su país, pues, si lo retrasa demasiado, es seguro que muera.
       El hombre que vuelve la espalda a las comodidades de una vieja civilización para enfrentarse a la juventud salvaje, a la primitiva sencillez del Norte, puede valorar su triunfo en proporción inversa a la cantidad y calidad de sus hábitos firmemente enraizados. Si es un candidato adecuado, descubrirá pronto que los hábitos materiales son los menos importantes. El cambio de cosas, corno un delicado menú, por una comida cruda; los duros zapatos de cuero, por el blando y deforme mocasín; la cama de colchón de plumas, por una manta en la nieve; es, después de todo, una cosa fácil. Pero sus apuros vendrán al aprender a modelar su actitud mental ante todas las cosas, y especialmente ante su prójimo. Debe sustituir las gentilezas de la vida corriente por el desinterés, la indulgencia y la tolerancia. Así, y sólo así, puede ganarse lo más preciado de todo: la verdadera camaradería. No debe decir «gracias», sino indicarlo sin abrir la boca, y demostrarlo correspondiendo de la misma manera. En suma, debe sustituir la palabra por el hecho, la letra por el espíritu.
       Cuando el mundo se conmovió con la historia del oro ártico v el señuelo del Norte se apoderó de los corazones de los hombres, Carter Weatherbee abandonó su cómodo trabajo ele dependiente, entregó a su mujer la mitad de los ahorros v se compró un equipo con el resto. No había nada romántico en su naturaleza, la esclavitud del comercio lo había destruido todo. Estaba sencilla-mente harto de la incesante rutina y deseaba correr grandes riesgos en espera de grandes recompensas. Al igual que otros muchos locos que desdeñan los viejos caminos utilizados durante años por los pioneros del Norte, se apresuró a llegar a Edmonton en primavera. Y allí, para desgracia de su alma, se unió a una partida de hombres.
       No había nada extraño en esta partida, salvo sus planes. Hasta su meta, como la de todas las demás partidas, era el Klondike. Pero la ruta que habían escogido para alcanzar la meta dejaba sin resuello al nativo más duro, nacido y criado en las vicisitudes del noroeste. Quedó sorprendido el mismo Jacques Baptiste, hijo de una mujer chippewa
[tribu india del norte de Canadá] y de un renegado voyageur [ hombre empleado por una compañía de pieles para transportar bienes y hombres entre las remotas factorías del norte] (había lanzado sus primeros lloriqueos en una tienda de piel de ciervo, al norte del paralelo sesenta y cinco, y lo habían callado con deliciosos chupetones de sebo crudo). Aunque les vendió sus servicios y aceptó viajar hasta los hielos permanentes, sacudía ominosamente la cabeza cada vez que le pedían consejo.
       La mala estrella de Percy Cuthfert debía estar ascendiendo, puesto que también él se unió a este grupo de argonautas. Era un hombre corriente, con una cuenta bancaria tan honda como su cultura, que ya es decir. No tenía ninguna razón para embarcarse en una aventura semejante, ninguna en absoluto, salvo que padecía de un desarrollo anormal de sentimentalismo. Y lo confundió con el verdadero espíritu de romanticismo y aventura. Á muchos otros les ha pasado lo mismo y han cometido el mismo error fatal.
       Los primeros deshielos de la primavera encontraron al grupo siguiendo el curso helado del río Elk. Era una flota imponente, pues el equipo era grande e iban acompañados por un contingente escandaloso de voyageurs mestizos con sus mujeres y niños. Día tras día faenaron con los bateaux
[francés: embarcación pequeña] y canoas, combatieron los mosquitos y otras plagas semejantes, o sudaban y maldecían en los porteos. Un trabajo duro como éste pone al descubierto las raíces mismas del alma y, antes de que el lago Athabasca se perdiera en el sur, cada miembro de la expedición había revelado su verdadero carácter.
       Los dos gandules y gruñones constantes eran Carter Weatherbee y Percy Cuthfert. Todo el resto de la expedición se quejaba menos de sus dolores y sufrimientos que cada uno de ellos. Ni una vez se ofrecieron voluntarios para alguna de las mil pequeñas tareas del campamento. Acarrear un cubo de agua, cortar una brazada extra de madera, lavar y secar los platos, buscar entre el equipo algún artículo indispensable para el momento; y estos dos decadentes vástagos de la civilización descubrían torceduras y ampollas que exigían atención inmediata. Eran los primeros en acostarse por la noche, antes de haber terminado todavía toda una serie de tareas; los últimos en salir por la mañana, cuando la salida debía estar lista antes de empezar el desayuno. Eran los primeros en caer a la hora de comer, los últimos en echar una mano en la cocina; los primeros en lanzarse a una pequeña golosina, los últimos en descubrir que habían añadido a la suya la ración de otro. Si remaban, cortaban astutamente el agua a cada golpe y permitían que el impulso de la barca eludiera la pala. Creían que nadie lo notaba, pero sus compañeros los maldecían por lo bajo y llegaron a odiarlos, mientras que Jacques Baptiste los despreciaba abiertamente y los maldecía desde por la mañana hasta por la noche. Pero Jacques Baptiste no era un caballero.
       En el Gran Esclavo compraron perros de la Hudson Bay y la flota se hundió hasta el último con su carga adicional de pescado seco y pemmican
[una comida concentrada, utilizada por los indios de Norteamérica, consistente en carne magra desecada, molida y mezclada con grasa derretida]. Canoas y bateaux respondían a la rápida corriente del Mackenzie y penetraron en los Grandes Yermos. Investigaron todo afluente de buen aspecto, pero la esquiva «tierra aurífera» se escurría cada vez más hacia el norte. En el Gran Oso, dominados por el terror normal de las Tierras Desconocidas, sus voyageurs empezaron a desertar, y el Fuerte de Buena Esperanza vio doblarse a los últimos y más valientes bajo las sirgas, mientras bajaban a saltos la corriente que tan peligrosamente habían remontado. Sólo quedaba Jacques Baptiste. ¿No había jurado viajar hasta los hielos eternos?
       Consultaban constantemente los mapas falsos, trazados en su mayor parte a base de rumores. Y sintieron la necesidad de apresurarse, pues el sol había pasado ya del solsticio del norte y volvía a dirigir el invierno hacia el sur. Bordearon las costas de la bahía donde el Mackenzie desemboca en el océano Ártico y entraron en la boca del río Little Peel. Allí empezó la ardua tarea de navegar contra corriente, y los dos inútiles lo pasaron peor que nunca. Sirgas y varas, remos y correas, rápidos y porteos: semejantes torturas sirvieron para producirle a uno un asco profundo a los grandes riesgos, y para imprimir en el otro un texto feroz sobre el verdadero romanticismo de la aventura. Un día se mostraron rebeldes y, ante las maldiciones de Jacques Baptiste, se revolvieron contra él como gusanos. Pero el mestizo azotó a los dos y los envió, heridos y sangrantes, a su trabajo. Era la primera vez que los habían maltratado.
       Abandonaron su barcaza en el nacimiento del Little Peel y pasaron el resto del verano en el largo porteo que los llevó por la cuenca del Mackenzie hasta West Rat. Esta pequeña corriente desembocaba en el Porcupine, que, a su vez, se unía al Yukón por donde esta grandiosa carretera del norte cruza el Círculo Ártico. Pero habían perdido la carrera contra el invierno y un buen día amarraron sus balsas al espeso hielo de los remolinos y desembarcaron a toda prisa sus bienes. Esa noche el río se heló y desheló varias veces, y, a la mañana siguiente, se había dormido para siempre.
       —No podemos estar a más de cuatrocientas millas del Yukón —concluyó Sloper, mientras multiplicaba las uñas del pulgar por la escala del mapa.
       El consejo en el que los dos inútiles habían expresado su desacuerdo se acercaba al fin.
       —Factoría de la Hudson Bay hace mucho tiempo. No la utilizan ahora.
       El padre de Jacques Baptiste había hecho el viaje para la Compañía de Pieles en los viejos tiempos, y había marcado casualmente el camino con un par de dedos del pie congelados.
       —¡Santo Dios! —gritó uno de la partida—. ¿No hay blancos?
       —Ningún blanco —sentenció Sloper—. Pero sólo hay quinientas millas más por el Yukón hasta Dawson. Digamos que unas mil desde aquí.
       Weatherbee y Cuthfert gruñeron a la vez: —¿Cuánto crees que tardaremos, Baptiste? El mestizo calculó por un momento:
       —Trabajando como demonios, sin que nadie escurra el bulto, diez, veinte, cuarenta, cincuenta días. Si vienen esos bebés —señaló a los inútiles—, no se sabe. Tal vez cuando se congele el infierno, o tal vez no.
       Cesó la fabricación de raquetas de nieve y de mocasines. Alguien llamó a un miembro ausente, que salió de una vieja cabaña situada al borde de la hoguera y se unió a ellos. La cabaña era uno de los muchos misterios que acechaban en los vastos descansos del norte. Nadie podía decir cuándo ni quién la había construido. Dos tumbas cavadas al aire libre cubiertas por un montón de piedras encerraban quizás el secreto de estos primeros exploradores. ¿Pero qué manos habían amontonado las piedras?
       Había llegado el momento. Jacques Baptiste se detuvo en el arreglo de un arnés y amarró al perro inquieto a la nieve. El cocinero protestó en silencio por el retraso, tiró un puñado de tocino a una ruidosa perola de judías y prestó atención. Sloper se levantó. Su cuerpo contrastaba ridículamente con el sano físico de' los inútiles.
       Amarillo y débil, huido de unas fiebres suramericanas, no había interrumpido su vuelo por las distintas regiones y todavía era capaz de trabajar con los hombres. Tal vez pesara noventa libras, incluyendo su pesado cuchillo de monte, y su canoso pelo hablaba de una edad viril que ya no existía. Los músculos frescos y jóvenes de Weatherbee o Cuthfert equivalían a diez veces la fuerza de los suyos. Sin embargo, podía dejarlos tirados en el suelo en la caminata de un día. Y durante todo el día había estado animando a sus camaradas más fuertes a aventurarse por las mil millas de las peores penalidades que imaginarse pueda. Era la encarnación de la inquietud de su raza, y la vieja tozudez teutónica, salpicada de la rapidez y la acción del yankee, mantenía la carne sometida al espíritu.
       —Todos los que estén a favor de seguir con los perros tan pronto como endurezca el hielo, que digan sí.
       —¡Sí! —exclamaron ocho voces, voces destinadas a ensartar un sendero de juramentos a lo largo de cientos de millas de sufrimientos.
       —¿Quiénes están en contra?
       —¡No!
       Por primera vez los inútiles se unieron sin ningún compromiso de intereses personales.
       —¿Y qué pensáis hacer? —añadió en tono beligerante Weatherbee.
       —¡La mayoría decide! ¡La mayoría decide! —clamó el resto de la partida.
       —Sé que la expedición puede fracasar, si no venís —replicó suavemente Sloper—, pero creo que, si hacemos un gran esfuerzo, podemos arreglárnoslas sin vosotros. ¿Qué decís, muchachos?
       Los demás se hicieron eco de este sentimiento.
       —Ya lo sabéis —se atrevió a decir Cuthfert—. ¿Qué va a hacer un tipo como yo?
       —¿No vienes con nosotros?
       —Nooo.
       —Entonces haz lo que te plazca. No hay más que decir.
       —Calculo que podrás arreglarlo con ese compañero tuyo —sugirió un hombre grueso de Dakota, al tiempo que señalaba a Weatherbee—. Seguro que te preguntará qué piensas hacer a la hora de cocinar y recoger madera.
       —Entonces consideramos que todo está arreglado —concluyó Sloper—. Partiremos mañana y acamparemos a cinco millas, sólo para preparar las cosas y ver si se nos ha olvidado algo.
       Los trineos crujieron en sus patines metálicos y los perros estiraron los arneses en los que habían de morir. Jacques Baptiste se detuvo junto a Sloper para echar un último vistazo a la cabaña. El humo ascendía en volutas patéticas por el tubo de la estufa del Yukón. Los dos inútiles los miraban desde la puerta.
       Sloper apoyó una mano en el hombro del otro.
       —Jacques Baptiste, ¿has oído hablar alguna vez de los gatos de Kilkenny? El mestizo negó con la cabeza.
       —Bueno, mi buen amigo y camarada, los gatos de Kilkenny lucharon hasta que no quedó ni pellejo ni pelo ni maullido. ¿Entiendes? Hasta que no quedó nada. Muy bien. Ahora a estos dos no les gusta trabajar. No trabajarán. Lo sabemos. Estarán solos en la cabaña todo el invierno, un largo y oscuro invierno. Gatos de Kilkenny, ¿eh?
       El francés que Baptiste llevaba dentro se encogió de hombros, pero el indio guardó silencio. Sin embargo era un gesto elocuente, preñado de presagios.
       Al principio las cosas marchaban bien en la pequeña cabaña. Las toscas burlas de sus compañeros habían hecho que Weatherbee y Cuthfert tomasen conciencia de la responsabilidad mutua que les incumbía. Además, después de todo, no había tanto trabajo que hacer para dos hombres sanos. Y la ausencia del cruel látigo, o en otras palabras, del arrollante mestizo, había producido una reacción jocosa. Al principio cada uno se esforzaba por superar al otro, y ejecutaban pequeñas tareas con una afectación que hubiera asombrado a sus compañeros, los cuales desgastaban ahora cuerpos y almas en el largo camino.
       Se despreocuparon por completo. El bosque que los rodeaba por tres lados constituía una leñera inagotable. A unas yardas de su puerta dormía el Porcupine y un agujero hecho con su ropaje de invierno creaba una fuente de agua cristalina y dolorosamente fría. Pero pronto encontraron faltas hasta en eso. El agujero persistía en congelarse, lo que les hacía gastar muchas horas picando hielo. Los desconocidos constructores de la cabaña habían extendido los troncos laterales para sujetar un escondrijo en la parte trasera. Aquí se almacenaban la mayor parte de las provisiones. Sin restricciones, había comida para el triple de los hombres que iban a vivir de ella. La mayor cantidad era de la que daba fuerza muscular y resistencia, pero no estimulaba el paladar. Cierto, había azúcar abundante para dos hombres normales, pero estos dos eran poco menos que niños. Descubrieron pronto las virtudes del agua caliente saturada de azúcar y sumergían pródigamente las tortas y mojaban las cortezas en el rico y blanco almíbar. Luego vinieron las desastrosas incursiones al café, té y, especialmente, a los frutos secos. Las primeras discusiones fueron por la cuestión del azúcar. Y es algo realmente serio que empiecen a reñir dos hombres enteramente dependientes el uno del otro.
       A Weatherbee le encantaba lanzar brillantes discursos políticos, mientras que Cuthfert, que se había pasado la vida cortando cupones y había dejado que la Mancomunidad siguiera lo mejor posible, ignoraba el tema o se enfrascaba en sorprendentes epigramas. El dependiente era demasiado obtuso para apreciar estos inteligentes pensamientos, y a Cuthfert le irritaba este despilfarro de munición. Estaba acostumbrado a ofuscar a la gente con su brillantez y le resultaba difícil aceptar esta pérdida de público. Se sentía personalmente ofendido e inconscientemente hacía responsable de ello al cabeza-cuadrada de su compañero.
       Salvo su existencia, no tenían nada en común, no coincidían en un solo punto. Weatherbee era un empleado que no había conocido otra cosa en toda su vida; Cuthfert era licenciado en filosofía y letras, aficionado a la pintura y había escrito bastante. Uno era hombre de clase baja que se consideraba caballero, y el otro era un caballero que se sabía tal. Aquí puede destacarse que se puede ser caballero sin tener el primitivo instinto de la verdadera camaradería. El dependiente era tan sensual como el otro era esteticista, y sus aventuras amorosas, contadas con todo detalle y sacadas mayormente de su imaginación, afectaban al ultrasensible licenciado de la misma manera que otras tantas bocanadas de gases de cloaca. Consideraba al dependiente bruto, obsceno e ignorante, cuyo lugar estaba en el barro con los cerdos, y así se lo dijo. El, a su vez, recibió la información de que era un mariquita debilucho y un canalla. Weatherbee no hubiera podido definir «canalla» en toda su vida, pero le bastaba para sus intenciones, lo cual, en última instancia, parece ser lo principal.
       Weatherbee desafinaba una nota sí y otra no, y, a veces, durante horas enteras cantaba canciones como «El Ladrón de Boston» y «El Efebo de la Cabaña», mientras Cuthfert lloraba de a rabia hasta que ya no podía aguantarlo más y huía al frío externo. Pero no había escapatoria. El intenso frío no podía soportarse por mucho tiempo, y la pequeña cabaña los agobiaba —camas, estufa, mesa, y todo— en un espacio de diez por doce. La presencia misma de cada uno de ellos resultaba una afrenta personal para el otro, y se sumergían en silencios taciturnos que aumentaban, al pasar los días, en duración e intensidad. De vez en cuando se lanzaban una mirada furtiva o levantaban un labio, aunque se esforzaban por ignorarse por completo durante estos períodos mudos. En sus pechos brotó la gran maravilla de cómo Dios llegó a crear al otro.
       Como había poco que hacer, el tiempo les resultaba una carga intolerable. Esto, naturalmente, los hizo aún más perezosos. Se hundieron en un letargo físico del que no había escape posible y que los hacía rebelarse ante la tarea más insignificante. Una mañana en que le tocaba preparar el desayuno común, Weatherbee salió de entre las mantas y, entre los ronquidos de su compañero, encendió primero el candil y luego la lumbre. Las perolas estaban heladas y no había agua con que lavarlas. Pero esto no le importó. Mientras esperaba a que se deshelaran, cortó el tocino y se dedicó a la odiosa tarea de hacer pan. Cuthfert lo había estado observando astutamente con los ojos entornados. Como consecuencia de ello tuvieron una disputa, en la que se bendijeron fervientemente el uno al otro y se pusieron de acuerdo en que desde ese momento cada uno se cocinaría lo suyo. Una semana más tarde Cuthfert se olvidó de hacer su lavado matutino, pero se comió complaciente la comida que había preparado. Weatherbee se sonrió. Después de eso perdieron la necia costumbre de lavar.
       A medida que menguaba el azúcar y otros lujos, empezaron a temer que no recibían las raciones debidas, y, para que no les robasen, empezaron a atracarse. Los lujos sufrieron con esta competición glotona lo mismo que sufrieron los hombres. Con la falta de verduras frescas y ejercicio se les empobreció la sangre y una repugnante erupción morada les invadió el cuerpo. Sin embargo, no hicieron caso de la advertencia. A continuación se les empezaron a hinchar los músculos y las articulaciones, se les ennegreció la carne, mientras que sus bocas, encías y labios se volvieron de color crema. En vez de unirse en su miseria, cada uno se recreaba con los síntomas del otro, a medida que avanzaba el escorbuto.
       Se despreocuparon por completo de su aspecto personal y, por así decirlo, del pudor común. La cabaña se convirtió en una pocilga y nunca más volvieron a hacerse las camas ni a colocar debajo de ellas ramas frescas de pino. Sin embargo no podían permanecer entre las mantas como les hubiera gustado, pues el hielo era inexorable y la lumbre consumía demasiada leña. El pelo de sus cabezas y caras era largo y desaliñado, mientras que sus ropas habrían asqueado a un trapero. Pero no les importaba. Estaban enfermos y nadie los podía ver; además, resultaba muy doloroso moverse.
       A todo esto se sumó un nuevo problema: el miedo del Norte. Este miedo era hijo del gran frío y del gran silencio y nació en la oscuridad de diciembre, cuando el sol se hunde para siempre bajo el horizonte sur. A cada uno le afectó según su naturaleza. Weatherbee cayó víctima de groseras supersticiones y hacía todo lo que podía por resucitar a los espíritus que dormían en las olvidadas tumbas. Era algo fascinante. En sus sueños se le acercaban desde el frío y se le metían entre las mantas y le contaban los trabajos y sufrimientos que les había causado la muerte. Se encogía a su contacto viscoso y enredaban en él sus miembros helados y, cuando le susurraban al oído las cosas que todavía habían de venir, la cabaña retumbaba con sus gritos de horror. Cuthfert no entendía, pues hacía tiempo que no se hablaban y, cuando se despertaba, agarraba invariablemente el revólver. Luego se sentaba en la cama, tiritando nerviosamente, apuntando el arma al soñador inconsciente. Cuthfert pensaba que el hombre se estaba volviendo loco y temió por su vida. Su propia enfermedad adoptó una forma menos concreta.
       El misterioso artesano que había construido la cabaña tronco a tronco había clavado una veleta a la viga maestra. Cuthfert la veía apuntar siempre al sur, y un día, irritado por su fijación, la giró hacia el este. Observó atento, sin que la moviera un solo soplo. Luego giró la veleta hacia el norte, jurando no volver a tocarla hasta que soplase el viento. Pero lo asustó la calma sobrenatural del aire y se levantaba con frecuencia en mitad de la noche para ver si la veleta había girado: se habría contentado con diez grados. Pero se cernía sobre él tan invariable como el destino. Se le desató la. imaginación, hasta que la veleta se convirtió en un fetiche. A veces seguía la dirección que marcaba por los sombríos dominios y dejaba que su espíritu se saturase de miedo. Meditaba acerca de lo invisible y lo desconocido, hasta que el peso de la eternidad parecía aplastarlo. Todo el norte parecía sucumbir bajo ese peso: la ausencia de vida y movimiento, la oscuridad, la paz infinita de la tierra triste, el espantoso silencio, que convertía en sacrilegio el eco de cada latido del corazón, el bosque solemne que parecía esconder algo horrible e inexpresable que no podían comprender la palabra ni el pensamiento.
       Parecía muy lejano el mundo que acababa de dejar con sus naciones laboriosas y sus grandes empresas. Los recuerdos se entremezclaban de vez en cuando, recuerdos de mercados, y galerías y calles llenas de gente, de trajes de noche y actos sociales, de hombres buenos y mujeres queridas que había conocido.

       Pero eran recuerdos confusos de una vida que había vivido hacía muchos siglos en otro planeta.
       Este fantasma era la realidad. Estando de pie bajo la veleta, con los ojos fijos en los cielos polares, no podía creerse que el sur existía realmente y que en ese mismo instante bullía repleto de vida y de acción. No existía el sur, ni hombres nacidos de mujeres, ni matrimonios que se daban y recibían. Más allá de ese horizonte inhóspito se extendían vastas soledades y, más allá de ellas, soledades todavía más vastas. No había tierras bañadas por el sol, cargadas con el perfume de las flores. Esas cosas no eran más que viejos sueños del paraíso. Las tierras soleadas del oeste, las de las especias del este, las arcadias alegres, las felices islas de los bienaventurados.
       —¡Ja, ja! —su risa desgarró el vacío y le sorprendió con su inusitado sonido.
       No había sol. Este era el universo, muerto, frío y oscuro, y él, su único habitante. ¿Weatherbee? En tales momentos Weatherbee no contaba. Era un calibán, un monstruoso fantasma encadenado a él para toda una eternidad, castigo de algún crimen olvidado.
       Vivía con la muerte entre los muertos, mutilado por el sentimiento de su propia insignificancia, aplastado por el dominio pasivo de las edades soñolientas. La magnitud de todo le horrorizaba. Todo era superlativo menos él: la perfecta ausencia de viento y de movimiento, la inmensidad de la desolación cubierta de nieve, la altitud del cielo y la profundidad del silencio. Esa veleta: ¡si sólo se moviera! Si cayera un rayo o si el bosque ardiera en llamas. Si los cielos se enrollaran como un pergamino, si estallara el juicio final: ¡cualquier cosa, cualquier cosa! Pero no, nada se movía. El silencio lo acorralaba y el miedo del Norte se apoderó de su corazón con dedos helados.
       Una vez, cual otro Robinsón Crusoe, encontró unas huellas a la orilla del río: una débil huella de liebre de las nieves sobre la delicada corteza de la nieve. Fue una revelación. Existía vida en el norte. La seguiría, la contemplaría, se recrearía en ella. Se olvidó de sus músculos hinchados al lanzarse por la honda nieve en un éxtasis de anticipación. El bosque se lo tragó y el breve crepúsculo de mediodía desapareció, pero persistió en su búsqueda hasta que su exhausta naturaleza se agotó y lo tumbó indefenso en la nieve. ¡Ay!, se quejó, y maldijo su locura. Entonces supo que la huella había sido fruto de su imaginación. Esa noche, ya tarde, se arrastró a gatas hasta la cabaña, con las mejillas heladas y un extraño entumecimiento en los pies. Weatherbee le sonrió malévolamente, pero no se ofreció a ayudarle. Se introdujo agujas en los dedos de los pies y se los descongeló junto a la estufa. Una semana más tarde vino la mortificación.
       El dependiente andaba con sus propios problemas. Los muertos salían ahora de sus tumbas con más frecuencia y rara vez lo abandonaban, ya estuviera despierto o dormido. Llegó a esperar y temer su visita, sin poder pasar cerca de los dos montones de piedras y no sentir un escalofrío. Una noche se le acercaron en sueños y le asignaron una tarea. Sobrecogido por un horror mudo, se despertó entre los dos montones de piedras y huyó alocadamente hacia la cabaña. Pero había estado allí cierto tiempo, ya que también se le habían congelado los pies y las mejillas.
       A veces se ponía frenético ante su insistente presencia, y bailaba por la cabaña cortando el aire con un hacha y rompiendo todo lo que estaba a su alcance. Durante estos encuentros fantasmagóricos, Cuthfert, se acurrucaba entre las mantas y seguía al hombre con el revólver amartillado, dispuesto a matarlo, si se acercaba demasiado. Al recobrarse una vez de estos ataques, el dependiente descubrió el arma que lo encañonaba. Se despertaron sospechas en él y desde entonces también empezó a temer por su vida. Después de eso se observaban de cerca, se miraban de frente y se sobrecogían cada vez que uno se ponía a la espalda del otro. Esta aprehensión se convirtió en una manía que los dominaba hasta en sueños. Por miedo recíproco, dejaron tácitamente que el candil ardiera toda la noche y comprobaban si había una abundante reserva de grasa de tocino antes de retirarse. El menor movimiento de uno bastaba para despertar al otro, y, durante muchas vigilias, sus miradas se cruzaron mientras temblaban bajo las mantas con el dedo en el gatillo.
       Con el miedo del Norte, la tensión mental y los estragos de la enfermedad perdieron toda semejanza humana, adoptando la apariencia de bestias salvajes, cazadas y desesperadas. Como consecuencia de la congelación, se les habían puesto negras las mejillas y las narices. Se les empezaron a caer los dedos congelados por las primeras y segundas articulaciones. Cada movimiento les producía dolor, pero la lumbre era insaciable y sacaba a sus cuerpos miserables toda una serie de torturas. Día tras día exigían su alimento, una verdadera libra de carne, y se arrastraban de rodillas hasta el bosque para cortar leña. Una vez, gateando de esta manera en busca de ramas secas, sin saberlo ninguno de ellos, rodearon el mismo arbusto por lados opuestos. De repente, sin previo aviso, se enfrentaron dos cabezas cadavéricas. Los sufrimientos los habían transformado de tal manera, que era imposible reconocerse. Se levantaron de un salto, gritando aterrorizados, corriendo con sus mutilados muñones y, tropezando en la puerta de la cabaña, se arañaron y clavaron las uñas como demonios hasta que descubrieron su error.
       De vez en cuando tenían momentos de lucidez y, durante uno de estos intervalos, dividieron equitativamente la manzana de la discordia: el azúcar. Vigilaban sus respectivos sacos, guardados en el escondrijo, con verdadero celo, pues sólo quedaban unas cuantas tazas y no se fiaban en absoluto el uno del otro. Pero un día Cuthfert se equivocó. Casi incapaz de moverse, enfermó de dolor, mareado y ciego, se deslizó hacia el escondrijo con el bote del azúcar en la mano, y confundió el saco de Weatherbee con el suyo.
       Cuando esto ocurrió, hacía unos días que había nacido enero. Hacía algún tiempo que el sol había remontado su punto más bajo por el sur y, situado ahora en el meridiano, lanzaba ostentosos rayos de luz amarilla contra el cielo del norte. Al día siguiente de su equivocación con el saco del azúcar, Cuthfert se sintió mejor tanto física como espiritualmente. Al aproximarse la tarde e iluminarse el día, se arrastró afuera para regalarse con el brillo evanescente, que para él significaba la señal de las intenciones futuras del sol. Weatherbee también se sentía algo mejor y se arrastró a su lado. Se sentaron en la nieve, bajo la inmóvil veleta, y esperaron.
       La quietud de la muerte rondaba a su alrededor. En otros climas, cuando la naturaleza cae en tales estados de ánimo, hay un suave aire de expectación, una esperanza de que alguna pequeña voz rompa la tensión. No ocurre así en el Norte. Los dos hombres habían vivido eternidades aparentes en esta paz fantasmal. No recordaban ninguna canción del pasado, ni podían conjurar ninguna canción del futuro. Siempre había existido esta calma extraterrena, el tranquilo silencio de la eternidad.
       Sus ojos estaban fijos en el norte. Invisible, a sus espaldas, tras las montañas del sur, el sol marchaba hacia el cenit de otro cielo distinto al suyo. Espectadores únicos del poderoso lienzo, contemplaban el paulatino crecimiento del falso crepúsculo. Empezó a arder una débil llama. Aumentó en intensidad, cambiando enérgicamente del amarillo rojizo al morado y al azafranado. Se hizo tan brillante, que Cuthfert creyó que el sol debía estar tras ella. ¡Un milagro, el sol amanecía en el norte! De repente, sin avisar y sin apagarse gradualmente, el manto desapareció. No quedó ningún color en el cielo. El día se había quedado sin luz. Retuvieron la respiración en un medio sollozo. ¡Y he aquí el resultado! El aire brillaba con partículas de hielo centelleante, y allí, al norte, la veleta trazaba un vago perfil en la nieve. ¡Una sombra, una sombra! Era exactamente mediodía. Giraron apresuradamente las cabezas hacia el sur. Un aro dorado asomó por encima de una montaña nevada, les sonrió por un instante y volvió a desaparecer de su vista.
       Tenían lágrimas en los ojos, cuando se miraron. Los invadió una extraña suavidad. Se sintieron irresistiblemente unidos el uno al otro. El sol volvía de nuevo. Estaría con ellos mañana, pasado mañana y al otro. Y cada visita sería más larga, y llegaría el día en que remontaría los cielos día y noche, sin ocultarse una sola vez' por debajo del horizonte. No habría noche. Se rompería el invierno helado, soplarían los vientos y responderían los bosques; la tierra se bañaría en los benditos rayos solares y la vida renacería. Cogidos de la mano, abandonarían este horrible sueño y volverían a las tierras del sur. Avanzaron ciegos y tambaleantes y sus manos se encontraron, sus pobres manos mutiladas, hinchadas r deformadas bajo las manoplas.
       Pero la promesa no llegaría a cumplirse. El Norte es el Norte los hombres se desgastan el alma con leyes extrañas que no pueden comprender otros hombres que no hayan viajado a tierras extrañas.

       Una hora más tarde Cuthfert introdujo una sartén de pan en el horno y especuló acerca de lo que podían hacer los médicos con sus pies cuando regresara. El hogar no parecía ahora tan lejano. Weatherbee rebuscaba en el escondrijo. De repente lanzó un torbellino de blasfemias, que, a su vez, cesaron con sorprendente brusquedad. El otro le había robado su saco de azúcar. Las cosas podían haber ocurrido de otra manera distinta si los dos muertos no hubieran salido de debajo de las piedras y hubieran acallado las ardientes palabras en su garganta. Lo sacaron suavemente del escondrijo, que se olvidó de cerrar. Los hechos se habían consumado; estaba a punto de ocurrir lo que le habían susurrado en sueños. Lo condujeron suavemente, muy suavemente, hacia el montón de leña y le colocaron el hacha en las manos. Luego le ayudaron a abrir la puerta de la cabaña, estando seguro de que la habían cerrado tras él: al menos oyó el portazo y la cerradura al ajustarse en su sitio. Sabía que estaban esperando fuera, esperando a que realizase su tarea.
       —¡Carter! ¡Oye, Carter!
       Percy Cuthfert se asustó al ver la cara del dependiente y se apresuró a interponer la mesa entre ellos.
       Carter Weatherbee lo siguió sin prisas y sin entusiasmo. Su rostro no mostraba la menor piedad ni cólera, sino la mirada paciente e imperturbable del que tiene una tarea que realizar y la hace metódicamente. —¡Oye! ¿Qué ocurre?
       El dependiente se echó hacia atrás, cortándole la retirada de la puerta, pero sin abrir la boca.
       —¡Escucha, Carter! ¡Escucha! ¡Hablemos! ¡Eres un buen chico!
       El licenciado pensaba rápidamente, trazando un hábil movimiento lateral hacia la cama, donde guardaba su Smith & Wesson. Sin apartar los ojos del loco, rodó sobre el camastro al tiempo que empuñaba la pistola.
       —¡Carter!
       La pólvora le dio de lleno a Weatherbee en la cara, pero blandió su arma y dio un salto adelante. El hacha se hundió en la' base de la espina dorsal y Percy Cuthfert sintió cómo le abandonaba toda conciencia en sus extremidades inferiores. El dependiente cayó pesadamente sobre él, agarrándolo de la garganta con dedos débiles. El agudo mordisco del hacha había obligado a Cuthfert a soltar la pistola y, mientras sus pulmones pugnaban por atrapar el aire, la buscó revolviendo entre las mantas. Luego recordó. Deslizó una mano por el cinturón del empleado hasta dar con el cuchillo de monte. Se acercaron mucho en ese último abrazo.
       Percy Cuthfert sintió que las fuerzas lo abandonaban. La parte inferior de su cuerpo era inservible. El peso inerte de Weatherbee lo aplastaba, lo aplastaba y lo retenía como un oso en una trampa. La cabaña se llenó de un olor familiar y supo que se estaba quemando el pan. Sin embargo, ¿qué importaba? Ya no lo necesitaría. Y todavía quedaban seis tazas de azúcar en el escondrijo: de haberlo sabido no habría sido tan ahorrativo en los últimos días. ¿Se movería alguna vez la veleta? Quizás girase en esos momentos. ¿Por qué no? ¿No había visto hoy el sol? Iría a ver. No, era imposible moverse. No creía que el dependiente, fuera tan pesado.
       ¡Con qué rapidez se enfriaba la cabaña! El fuego debía haberse apagado. El frío se abría camino. Ya debían estar bajo cero. El hielo estaría deslizándose por la rendija de la puerta. No podía verlo, pero su pasada experiencia le permitía calcular su avance por la temperatura de la cabaña. La bisagra inferior estaría ya blanca. ¿Llegaría esta historia alguna vez al mundo? ¿Cómo se lo tomarían sus amigos? Lo más probable es que lo leyeran al tomarse el café y lo comentasen en los clubs.

       Los veía contodaclaridad¡Pobre Cuthfert!, murmurarían. ¡Después de todo no era mal chico! Sonrió ante los elogios y luego siguió en busca de un baño turco. Siempre había la misma multitud en las calles. ¡Qué extraño! No notaba sus mocasines de piel de alce ni sus deshilachados calcetines alemanes. Tomaría un taxi. Después de todo, no le vendría mal un baño y un afeitado. No. Primero comería. Filetes, patatas, verdura: ¡qué fresco era todo! ¿Y qué era eso? Miel, ¡ámbar líquido y chorreante! ¿Por qué le traían tanta? ¡Ja, ja! Nunca se la podría comer toda. ¡Limpia! Por supuesto. Colocó el pie encima de la caja. El limpiabotas lo miró con curiosidad, recordó sus mocasines de piel de alce y se marchó a toda prisa.
       ¡Escucha! La veleta giraba, seguro que giraba. No, era un mero zumbido de sus oídos. Eso era todo, un simple zumbido. Para entonces, el hielo debía haber rebasado la cerradura. Lo más seguro es que hubiera cubierto ya la bisagra superior. Entre los resquicios musgosos de los troncos del techo empezaron a aparecer pequeñas puntas de hielo. ¡Con qué lentitud crecían! No, no tan lentamente. Ahí estaba otra nueva, y allí otra. Dos, tres, cuatro, aparecían demasiado deprisa para poderlas contar. Ahí se habían juntado dos. Y allí se había unido una tercera. Ya no quedaban resquicios. Se habían unido todas para formar una, sábana.
       Bueno, estaría acompañado. Si San Gabriel rompía alguna vez el silencio del Norte, estarían juntos, cogidos de la mano, ante el gran trono blanco. Y Dios los juzgaría. ¡Dios los juzgaría! Luego Percy Cuthfert cerró los ojos y se durmió.




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