John Steinbeck
(27 de febrero, 1902 – 20 de diciembre, 1968)

El atraco
[Cómo Mr. Hogan atracó un banco]
(“How Mr. Hogan Robbed a Bank”, 1956)
Originalmente publicado en Atlantic Monthly (marzo 1956)
Publicado como parte de The Winter of Our Discontent
(Nueva York: The Viking Press, 1961, 311 págs.)



      El sábado anterior a la Fiesta del Trabajo del año 1955, a las 9,04 de la mañana, Mr. Hogan perpetró un atraco en un Banco.
       Era un hombre de cuarenta y dos años, casado, padre de un muchacho y de una chiquilla llamados John y Joan, de doce y trece años de edad, respectivamente. El nombre de pila de Mrs. Hogan era Joan, y el de Mr. Hogan, John, pero como se llamaban mutuamente papá y mamá, aquellos nombres de pila podían servir para los chicos, los cuales estaban considerados como muy adelantados para su edad, y lo habían demostrado saltándose un grado en la escuela. Los Hogan vivían en el número 215 de la East Maple Street, una casa de piedra de color pardo, con los postigos blancos. En la calle hay dos casas como aquélla. El número 215 está enfrente mismo del farol, y en su patio se yergue aquel enorme árbol —una encina o un olmo— que es el mayor de toda la calle y quizá de toda la ciudad. Que no es poco decir.
       John y Joan estaban aún acostados a la hora del robo, ya que era un sábado. A las 9,10 Mrs. Hogan se estaba haciendo una taza de té, como de costumbre. Mr. Hogan se marchaba temprano a trabajar. Su esposa bebía lentamente el té hirviente y leía su futuro en las hojas. Vio una nube y una estrella de cinco puntos, dos de ellas más cortas, en el fondo de la taza, pero esto ocurría a las 9,12, y el robo había sido ya perpetrado.
       Mr. Hogan atracó el Banco de un modo que no deja de tener interés. Había pensado mucho en ello, desde hacía largo tiempo, pero no había hablado a nadie del asunto. Se limitaba a leer su periódico y a rumiar sus proyectos. Se había demostrado a sí mismo que la gente buscaba caminos complicados para atracar un Banco, y que esto acarreaba los peores disgustos. Cuanto más sencillo fuese el procedimiento, tanto mejor, se decía siempre. La gente prefería lo complicado, las historias. Si se actuaba de un modo simple, sobrio, robar un Banco se convertía en una empresa relativamente segura…, salvo imprevistos, desde luego. Pero un hombre que cruza una calle está expuesto también a un accidente. El método de Mr. Hogan dio buenos resultados, lo cual es la mejor prueba de que su teoría era buena. Más de una vez pensó en escribir un pequeño folleto sobre su técnica, mientras todo el mundo se exprimía el cerebro tratando de averiguar cómo había podido llevarse a cabo el robo. Había imaginado ya la primera frase del folleto, que empezaba así: «Para robar un Banco con éxito, evitad las complicaciones».
       Mr. Hogan no era un simple empleado de la tienda de comestibles de Mr. Fettucci. Era casi el director. Estaba encargado de contratar y de despedir al aprendiz que hacía el reparto, después de sus horas de clase. A veces hacía incluso los pedidos a los viajantes, mientras Mr. Fettucci atendía a un cliente.
       —Encárguese usted de eso, John —decía Mr. Fettucci, el cual añadía, dirigiéndose al cliente—: John conoce todas las teclas del negocio. Trabaja conmigo desde hace… ¿Cuánto tiempo hace, John?
       —Dieciséis años.
       —Dieciséis años. Conoce el negocio tan bien como yo. Incluso va a llevar el dinero al Banco.
       Era cierto. Cuando tenía un momento libre, Mr. Hogan se dirigía al almacén, situado en un pasaje lateral, se quitaba el delantal, se ponía la corbata y la americana y volvía a entrar en la tienda. En la caja le esperaban los cheques y los billetes de banco, atados con una goma, en el interior de la libreta de la caja de ahorros. Luego se dirigía al banco, situado muy cerca de la tienda, entregaba al cajero, Mr. Cup, cheques y libreta, y cambiaba unas frases con él. A continuación, cuando la libreta le había sido devuelta, comprobaba la suma anotada, volvía a atarla con la goma, regresaba a la tienda, colocaba la libreta en el cajón correspondiente de la caja, pasaba al almacén, se quitaba la corbata y la americana, volvía a ponerse el delantal y regresaba a la tienda, para reanudar su trabajo. Si no había cola ante la ventanilla del cajero, la operación duraba unos minutos, incluido el intercambio de cortesías.
       Mr. Hogan era muy observador, y cuando se trató de atracar el Banco aquella facultad le sirvió de mucho. Había observado, por ejemplo, que los billetes grandes eran guardados en el cajón situado inmediatamente debajo del mostrador, y había observado también los días en que la afluencia de billetes era mayor. El jueves era el día de pago en la fábrica local de la American Can Company, y el cajón, por tanto, estaba mejor aprovisionado los jueves. El viernes, la gente saca dinero para el fin de semana. Jueves, viernes y sábados por la mañana eran los mejores días: la diferencia no debía sobrepasar los mil dólares.
       Los sábados no eran muy interesantes, ya que la gente se levantaba tarde y el Banco cerraba a mediodía. Pero, pensándolo bien, Mr. Hogan llegó a la conclusión de que el mejor día sería un sábado que precediera a un largo fin de semana, es decir, anterior a un domingo y un lunes festivos. La gente se marchaba de viaje, de vacaciones, tenía invitados; y el Banco estaba cerrado el lunes. Comprobó su teoría y… sí, efectivamente, el sábado anterior a la Fiesta del Trabajo, por la mañana, cuando Mr. Cup abrió el cajón de su mostrador lo encontró dos veces más lleno que de costumbre.
       Aquella idea ocupó a Mr. Hogan todo el año, no todo el tiempo, desde luego, sino únicamente sus momentos libres. Fue un año, por otra parte, durante el cual no le faltaron preocupaciones. John y Joan tuvieron el sarampión, Mrs. Hogan tuvo que arreglarse la boca. A Mr. Hogan le nombraron dignatario de la logia, cargo que le absorbió muchas horas. Larry Shield —el hermano de Mrs. Hogan— murió, y la ceremonia fúnebre se celebró en el 215 de East Maple Street. Larry era soltero; vivía en una pensión y jugaba al billar todas las noches. Trabajaba en el Silver Diner, el cual cerraba a las nueve, y luego se marchaba al bar de Louie a jugar por espacio de una hora. Todo el mundo quedó sorprendido, en consecuencia, al enterarse de que después de pagado el entierro había quedado aún una herencia de mil doscientos dólares. Larry había legado todos sus bienes a su hermana, a excepción de su escopeta del calibre 12, que pasó a ser propiedad de John Hogan, hijo. Mr. Hogan quedó impresionado por el hecho, a pesar de que no era cazador. Guardó la escopeta en el fondo del armario del cuarto de baño, donde guardaba sus cosas. John tendría la escopeta cuando fuese mayor. A su padre no le gustaba que los niños jugasen con armas de fuego, y no pensó siquiera en comprar cartuchos. Con los mil doscientos dólares, Mrs. Hogan pagó al dentista. Compró también una bicicleta para John, una muñeca parlante y el carrito de la muñeca para Joan… y una maleta conteniendo todos los artículos de viaje necesarios, incluidos unos productos de belleza. Mr. Hogan temió que aquellos regalos influyeran desfavorablemente en sus hijos, pero sus temores no se vieron confirmados. Estudiaron con el mismo entusiasmo y John ganó incluso algún dinero para sus gastos vendiendo periódicos. Sí, aquél fue un año muy cargado. John y Joan quisieron tomar parte en el Concurso Nacional organizado por W. R. Hearst Por qué amo a mi patria; Mr. Hogan estimó que aquello sería para ellos un exceso de trabajo, pero prometieron hacerlo durante las vacaciones de verano y Mr. Hogan acabó por dar su autorización.
       Durante aquel año, nadie notó el menor cambio en Mr. Hogan. Pensaba evidentemente en el atraco al Banco, pero únicamente en las noches en que no había ni reunión en la Logia ni salida en familia; por lo tanto, la idea no se convirtió en una obsesión y nadie observó nada de particular.
       Lo había planeado todo tan cuidadosamente, que la proximidad de la Fiesta del Trabajo no le puso nervioso, ni mucho menos. El verano era tórrido y las olas de calor duraban más que de costumbre. El sábado señaló el final de dos semanas abrumadoras, y la gente tenía prisa por marcharse al campo, donde, por otra parte, hacía el mismo calor. Los niños estaban excitados, ya que el concurso Por qué amo a mi patria había terminado y estaba a punto de publicarse la lista de los ganadores. El primer premio consistía en una estancia de dos días en Washington, todo pagado: habitación en el hotel, tres comidas diarias, excursiones en autocar, no sólo para el ganador, sino también para un acompañante; visita a la Casa Blanca, apretón de manos con el Presidente… Todo, en una palabra. Mr. Hogan creía que los chiquillos eran demasiado optimistas, y se lo dijo:
       —Tenéis que habituaros a la idea de perder. Probablemente ha habido centenares de miles de concursantes. Si no ganáis nada, lo lamentaréis durante todo el otoño. Y en esta casa no quiero caras largas, ya lo sabéis.
       «Desde el primer momento me desagradó la idea», le confió a su esposa.
       Aquello sucedió la misma mañana en que Mrs. Hogan vio el monumento a Washington en el fondo de su taza de té; de todos modos, no habló de ello a nadie, excepto a Ruth Tyler, la esposa de Bob. Ruthie trajo las cartas y las echó en la cocina de Mrs. Hogan, pero no vio en ellas nada que indicara un viaje. De todos modos, se apresuró a declarar que las cartas se equivocaban con frecuencia. Habían predicho que Mrs. Winkle iría a Europa y, una semana después, Mrs. Winkle se tragó una espina de pescado y estuvo a punto de morir ahogada. Ruthie se preguntó en alta voz si había alguna relación entre una espina de pescado y un viaje por mar a Europa.
       —Hay que saberlas interpretar —concluyó.
       De todas maneras, las cartas decían que los Hogan iban a cobrar una pequeña suma.
       —Ya cobré el dinero del pobre Larry —dijo Mrs. Hogan.
       —He debido mezclar las cartas del pasado con las del futuro —dijo Ruthie—. Hay que saber interpretarlas.
       El sábado amaneció un día tórrido. El boletín meteorológico que dieron por la radio anunció: «Calor húmedo, ligeros chubascos el domingo por la noche y el lunes».
       Mrs. Hogan comentó:
       —¡Desde luego! Por la Fiesta del Trabajo siempre llueve…
       —Me alegro de que no hayamos proyectado ninguna salida —dijo su marido. Terminó de comerse el huevo y limpió el plato con un trozo de pan.
       —¿No he olvidado el café en mi lista? —preguntó Mrs. Hogan.
       Mr. Hogan sacó el papel de su bolsillo y lo recorrió con la vista.
       —No, está aquí.
       —Tenía la impresión de haberlo olvidado… Esta tarde, Ruth y yo iremos a casa de Mrs. Alfred Drake —continuó Mrs. Hogan—. Ya sabes, acaban de instalarse. Y quiero ver qué tal lo han hecho.
       —Son clientes nuestros —dijo Mr. Hogan—. La semana pasada abrieron una cuenta… ¿Has preparado las botellas vacías de la leche?
       —Están en el rellano.
       Mr. Hogan consultó su reloj antes de coger las botellas. Eran las ocho menos cinco. Había empezado a alejarse cuando se volvió a mirar a su esposa.
       —¿Deseas alguna cosa, papá? —inquirió ella.
       —No, no.
       Y Mr. Hogan se alejó definitivamente.
       Volvió la esquina, pasó ante la tienda de Spooner y se adentró en la avenida, al final de la cual se encontraban la tienda de Fettucci, el Banco y el pasaje que se extendía a lo largo de una de las paredes del Banco. Mr. Hogan recogió un prospecto que habían dejado delante de la tienda y entró en ella. Se dirigió hacia el almacén, abrió la puerta que daba al pasaje y echó una ojeada al exterior. Un gato trató de entrar, pero Mr. Hogan se lo impidió cerrando la puerta. Se quitó la americana, se puso su largo delantal y ató las cintas a su espalda. Luego fue en busca de una escoba, limpió detrás de los mostradores y recogió la basura con una pala. Y, entrando de nuevo en el almacén, abrió la puerta que daba al pasaje. El gato se había marchado. Mr. Hogan vació el contenido de la pala en un cubo y dio un golpe seco para desprender de la pala una hoja de lechuga. Luego volvió a la tienda y examinó la lista de los encargos. Mrs. Clooney entró y pidió media libra de jamón. Dijo que hacía un calor asfixiante, y Mr. Hogan asintió.
       —Sí —dijo—, los veranos son cada vez más cálidos.
       —Es lo que yo digo —declaró Mrs, Clooney—. ¿Cómo está Mrs. Hogan?
       —Perfectamente. Esta tarde irá a visitar a Mrs. Drake.
       —Yo también voy a ir. Estoy impaciente por ver cómo se han instalado —dijo Mrs. Clooney.
       Y salió de la tienda.
       Mr. Hogan colocó un trozo de jamón de cinco libras en la máquina de cortar, introdujo las lonjas en bolsitas de celofán y, finalmente, puso las bolsas en la nevera. A las nueve menos diez, Mr. Hogan se acercó a un estante. Apartó un paquete de spaghetti y cogió una caja de cereales, cuyo contenido vació en el retrete. Luego, con un cuchillo, recortó la máscara de Mickey Mouse que adornaba el anverso de la caja de cartón. Los restos del envase desaparecieron también en el retrete. Volvió a la tienda, cogió un trozo de cordel y pasó sus extremos por los agujeros laterales de la máscara de cartón; luego miró su reloj, un Hamilton de plata, grande, con las saetas negras. Las nueve menos dos minutos.
       Los minutos que siguieron fueron quizá los más penosos para él. A las nueve menos un minuto cogió la escoba y empezó a barrer la acera, muy de prisa; seguía barriendo cuando Mr. Warner abrió la puerta del Banco. Se dieron los buenos días, y unos segundos después el personal del Banco —cuatro personas— salía del pequeño café. Mr. Hogan les vio cruzar la calle y les dirigió un saludo con la mano, que fue correspondido. Volvió a entrar en la tienda, dejó el reloj sobre un pequeño reborde de la caja registradora. Lanzó un profundo suspiró, que en realidad pareció más una inspiración que un suspiro. Sabía que Mr. Warner habría abierto ya la caja fuerte y estaría transportando las bandejas con el dinero al departamento del cajero. Mr. Hogan echó una ojeada a su reloj. Mr. Kentworthy se detuvo en el umbral de la tienda, sacudió vagamente la cabeza y se marchó. Mr. Hogan respiró de nuevo. Deslizó la mano hasta su espalda y tiró del nudo de su delantal. La saeta negra cubría el punto que señalaba el minuto cuarto después de la hora.
       Mr. Hogan abrió el cajón que contenía las facturas impagadas y sacó el revólver de la tienda, un Yver Johnson calibre 38, de color plateado. Luego pasó rápidamente al almacén, se quitó el delantal, se puso la americana e introdujo el revólver en uno de sus bolsillos. A continuación escondió la máscara de Mickey Mouse debajo de la americana, abrió la puerta que daba al pasaje y salió, dejándola ligeramente entreabierta. Veinte metros más allá, el pasaje desembocaba en la avenida. Llegado a ella, Mr. Hogan se detuvo, miró a su alrededor y, pasando por delante de la ventana del Banco, volvió la cabeza hacia el centro de la calle. En la puerta giratoria del Banco sacó su máscara y se la puso. Mr Warner acababa de entrar en su despacho y daba la espalda a la puerta. A través del enrejado de la ventanilla se divisaba la parte superior de la cabeza de Will Cup.
       Mr. Hogan dio la vuelta rápida y silenciosamente al mostrador y entró en la cabina del cajero. Tenía empuñado el revólver con su mano derecha. Cuando Will Cup volvió la cabeza y vio el arma, se quedó de una pieza. Mr. Hogan colocó la punta de su zapato debajo del pulsador de la señal de alarma e hizo una seña a Will para que se sentara; Will se sentó inmediatamente. Luego, Mr. Hogan abrió el cajón y se apoderó de los montoncitos de billetes apilados en las dos bandejas. Con un gesto circular de la mano indicó a Will que debía volverse de cara a la pared, y Will obedeció. Mr. Hogan retrocedió, de espaldas, dando de nuevo la vuelta al mostrador, ahora en sentido inverso. En la puerta del Banco se quitó la máscara, y al pasar por delante de la ventana volvió la cabeza hacia el centro de la calle. Anduvo los veinte metros del pasaje y entró en el almacén; allí estaba el gato, contemplándole desde lo alto de un montón de paquetes. Mr. Hogan entró en el lavabo y tiró la máscara, hecha pedazos, en el retrete. Tiró de la cadena. Luego se quitó la americana y volvió a ponerse el delantal. Echó una ojeada a la tienda y se acercó a la caja registradora. El revólver volvió al cajón de las facturas impagadas. Mr. Hogan pulsó la tecla «Sin venta» y, levantando la gaveta superior, colocó los billetes robados en el fondo. Volvió la gaveta a su posición normal y cerró la caja registradora. Finalmente, miró su reloj; eran las nueve, siete minutos y un segundo.
       Trataba de hacer salir al gato del almacén cuando estalló el zafarrancho en el Banco. Cogiendo la escoba, salió a la acera. Oyó los comentarios y expuso los suyos, cuando le fueron solicitados. Declaró que el ladrón no podría escapar… ¿Adonde iba a ir? De todos modos, con las vacaciones que se acercaban…
       Fue una jornada memorable. Mr. Fettucci estaba tan indignado como si el Banco fuese suyo. Las sirenas aullaron durante horas enteras. Centenares de automóviles tuvieron que detenerse en los controles establecidos por la policía alrededor de la ciudad, y los de varios personajes de aspecto sospechoso fueron registrados.
       Mrs. Hogan se enteró de la noticia por una llamada telefónica; se arregló más pronto que de costumbre y se detuvo en la tienda, antes de ir a casa de Mrs. Drake. Esperaba que su marido hubiese visto u oído algo, pero Mr. Hogan no había visto ni oído nada.
       —No creo que el ladrón pueda escapar —dijo.
       Mrs. Hogan estaba tan emocionada que se olvidó de darle a su marido la noticia que tenía que comunicarle. Se acordó cuando estaba en casa de Mrs. Drake, a la cual pidió permiso para telefonear a la tienda.
       —Me olvidé de decirte que John ha obtenido una mención honorífica.
       —¿Cómo?
       —En el concurso Por qué amo a mi patria.
       —¿Qué es lo que ha obtenido?
       —Una mención honorífica.
       —Muy bien, muy bien. Y ¿qué le darán con eso?
       —Aparecerán su nombre y su fotografía en todos los periódicos. Se hablará de él en la radio. Y quizá también en la televisión. Han venido ya a pedirme una fotografía.
       —Estupendo —dijo Mr. Hogan—. Espero que el éxito no se le suba a la cabeza.
       Colgó y le dijo a Mr. Fettucci:
       —Parece que tenernos una celebridad en la familia.
       Los sábados, la tienda estaba abierta hasta las nueve. Mr. Hogan se preparó unos bocadillos, aunque muy ligeros, ya que su esposa le guardaba siempre la cena junto al fuego, para que no se enfriara.
       Cuando entró en la casa de piedras pardas del 215 de la East Maple Street eran las nueve y cinco —o seis, o siete— minutos. Se dirigió directamente a la cocina, donde le esperaba su familia.
       —Voy a lavarme las manos —anunció, y subió al cuarto de baño.
       Cerró la puerta con llave, abrió la espita del lavabo y dejó que corriera el agua mientras contaba los billetes. 8320 dólares. En lo alto del armario había una gran maleta de cuero que contenía su atuendo de Caballero del Temple. Allí estaba el birrete de plumas, en una horma. La pluma de avestruz blanca estaba amarillenta: habría que limpiarla. Mr. Hogan sacó la horma y colocó los billetes en el fondo del birrete. Tras una breve vacilación, sacó los billetes y los introdujo en su bolsillo. Luego colocó la horma sobre los otros billetes, cerró la maleta y volvió a dejarla sobre el armario. Finalmente, se lavó las manos y cerró el grifo del lavabo.
       En la cocina, Mrs Hogan y sus hijos le acogieron con rostros radiantes.
       —Adivina lo que va a hacer nuestro hijo…
       —¿Qué?
       —Tengo que hablar por la radio, el lunes, a las ocho de la noche —dijo John.
       —Bueno, por lo visto tenemos una celebridad en la familia —dijo Mr. Hogan.
       Mrs. Hogan añadió:
       —Espero que una jovencita que conozco no va a sentirse celosa.
       Mr. Hogan se acercó a la mesa y extendió las piernas.
       —Mamá, formamos una hermosa familia —dijo. A continuación sacó de su bolsillo dos billetes de cinco dólares—. Uno para el vencedor. —Y entregó un billete a John. Entregándole otro a Joan, añadió—: Y otro para la hermosa jugadora, por haber sabido perder. ¡Una celebridad y una hermosa jugadora, que sabe perder, en la misma familia! ¡Estupendo!
       Mr. Hogan se frotó las manos, muy satisfecho, y alzó la tapadera del plato.
       —¡Riñones! —exclamó—. ¡Estupendo!
       Así fue como Mr. Hogan atracó un Banco.



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