John Steinbeck
(27 de febrero, 1902 – 20 de diciembre, 1968)

La fuga
(“Flight”, 1938)
El único relato de la colección que no había sido publicado anteriormente
The Long Valley (1938)



      Unas quince millas más abajo de Monterrey, en la costa agreste, vivía la familia Torres, en una granja que no consistía más que un par de hectáreas situadas sobre el acantilado y asomadas a las rugientes olas del océano. Al otro lado se levantaban las montañas como si quisieran ascender hasta el cielo. Las construcciones de la granja parecían minúsculos insectos acurrucados en la ladera y temerosos de que el viento los arrastrara al mar. El cobertizo y el granero, de madera vieja y grisácea, estaban cubiertos de sal y parecían formar parte del paisaje rocoso. Dos caballos, una vaca y un ternero, media docena de cerdos y unas cuantas gallinas eran la población animal de la granja. En la yerma ladera crecía un poco de maíz, que apenas podía desarrollarse bajo el azote del viento. Las mazorcas sólo tenían grano en la cara que daba a los montes.
       Mamá Torres, una mujer delgada y reseca, cuyos ojos parecían mirar desde una lejanía de siglos, regentaba la granja desde hacía diez años, cuando su marido tropezó con una piedra y fue a caer encima de una víbora. Una mordedura en el pecho deja pocas probabilidades de superviviencia.
       Mamá Torres tenía tres hijos, dos pequeños de doce y catorce años respectivamente, Emilio y Rosita, que se ocupaban de pescar entre las rocas cuando la mar estaba en calma y el carabinero se hallaba lejos, en algún otro punto de la costa de Monterrey, y Pepe, el mayor, de diecinueve años, alto y sonriente, agradable y cariñoso, pero demasiado holgazán. Pepe tenía una curiosa cabeza en forma de melón, enteramente cubierta de pelo negro, muy revuelto. Mamá procuraba que su espeso flequillo no llegase a impedirle la visión. Pepe tenia pómulos pronunciados, como un indio, y nariz aguileña, como pico de águila, pero su boca poseía una dulce expresión y su mentón era redondeado y casi femenino. Nunca tenía ganas de trabajar, y su porte era descuidado e indolente. Mamá creía adivinar en él bravura y energía, pero nunca quería confesarlo. Acostumbraba a decirle:
       —En la familia de tu padre debía haber algún sinvergüenza holgazán, porque de lo contrario no tendría yo un hijo como tú. —Y añadía—: Cuando estabas a punto de nacer, un coyote se me apareció en el camino y me miró con sus ojos maléficos. Esa debió ser la causa de que seas como eres.
       Pepe sonreía vagamente y clavaba en el suelo su cuchillo, para que la hoja no se oxidara ni perdiera el filo. Era el cuchillo de su padre, su única herencia tangible. La hoja, larga y cortante, podía doblarse introduciéndose en el mango negro y gastado. El mango tenía un resorte, que bastaba con oprimir ligeramente para que la hoja saltara hacia fuera como la lengua de una serpiente ponzoñosa. Pepe no se separaba nunca del cuchillo, acariciándolo como si fuera la misma mano de su difunto padre.
       Una mañana soleada en que el mar al pie del acantilado relucía en brillantes azules salpicados de blanca espuma, Mamá Torres fue a llamar a la puerta del cobertizo.
       —Pepe, tengo trabajo para ti.
       No hubo respuesta. Mamá escuchó unos segundos. Luego, detrás del granero, creyó oír unas risotadas. Remangándose la negra falda caminó en dirección al ruido.
       Pepe estaba sentado en el suelo, apoyando la espalda en una gran caja vacía. Sus blancos dientes brillaban en la sombra. Sus dos hermanos menores estaban a su lado, esperando algo con gran interés. Tres o cuatro metros ante él se alzaba un poste pintado de rojo. Pepe tenía una mano en el regazo, con la palma hacia arriba, y en ella el negro cuchillo, cerrado. Mirando al cielo, Pepe sonreía complacido.
       De pronto Emilio gritó:
       —¡Ya!
       La muñeca de Pepe giró sobre sí misma como el cuello de una serpiente de cascabel. La hoja reluciente pareció abrirse cuando ya estaba en el aire, y su punta fue a clavarse con un golpe sordo en el poste de madera, con un estremecimiento final. Los tres se echaron a reír, excitados. Rosita corrió hasta el poste, arrancó el cuchillo y se lo devolvió a Pepe. Éste cerró la hoja y depositó el arma en la palma de su mano inerte. Volvió a sonreír, orgulloso, clavando la mirada en las nubes.
       —¡Ya!
       El cuchillo surcó los aires y volvió a clavarse en la madera. Mamá salió de su escondite y dio por terminada la función.
       —Te pasas el santo día haciendo tonterías con ese cuchillo, como si fueras un niño juguetón —exclamó, enfadada—. ¡Ponte de pie, grandullón, gandul! —Cogiéndolo por los hombros, le obligó a levantarse. Pepe seguía sonriendo estúpidamente—. Escúchame bien —gritó Mamá—. Ve ahora mismo a buscar el caballo y ponle la silla de tu padre. Necesito que vayas a Monterrey porque la botella de medicina está vacía. Tampoco nos queda sal. Vete ya, date prisa.
       Una revolución pareció tener lugar en la lánguida figura de Pepe.
       —¿A Monterrey, yo? ¿Solo? Sí, Mamá.
       Ella lo miró ceñuda.
       —No vayas a creerte, grandísimo estúpido, que podrás comprarte caramelos. No; sólo pienso darte lo suficiente para la medicina y la sal.
       Pepe sonrió.
       —Mamá, ¿me dejarás ponerme la cinta nueva en el sombrero?
       Ella cedió momentáneamente.
       —Sí, Pepe. Puedes llevarte la cinta.
       Él adoptó un tono aún más dulce.
       —¿Y el pañuelo de seda verde, Mamá?
       —Sí, si me prometes ir de prisa y volver cuanto antes. Pero tienes que procurar no ensuciar el pañuelo cuando comas. Lo mejor será que te lo quites antes de sentarte a la mesa.
       —Sí, Mamá. Tendré mucho cuidado. Ya soy un hombre.
       —Tú no eres más que un polluelo recién salido del cascarón.
       Él irguió los hombros, azotó con las riendas el cuello de su montura, y partió al trote. Una sola vez se volvió en la silla y vio que seguían mirándolo Emilio, Rosita y Mamá. Pepe sonrió lleno de orgullo y alegremente espoleó el alazán para que apresurase el paso.
       Cuando se hubo perdido de vista en una hondonada, Mamá se volvió a los más pequeños, sin que éstos llegasen a oír sus palabras.
       —Ya casi es un hombre. Será agradable volver a tener un hombre en la casa. —Sus ojos miraron penetrantes a los dos chiquillos—. Podéis bajar a las rocas —les dijo—. La marea está retirándose. Encontraréis conchas. —Les entregó las herramientas de trabajo, unos ganchos de hierro, y los vio alejarse hacia las rompientes, bajando por un sendero rocoso muy empinado. Luego sacó de la casa la pulimentada piedra de molino y se sentó en cuclillas a moler harina de maíz, mirando de vez en cuando hacia el camino por donde Pepe se había ido. Así llegó el mediodía y después la tarde, cuando regresaron los pequeños, a los que Mamá hizo tortillas de fríjoles para cenar. Cuando terminaron, el sol, muy rojo, empezaba a hundirse en el océano. Entonces se sentaron los tres en los escalones de la entrada y contempla ron la salida de la luna por encima de los picachos.
       La voz de Mamá quebró el silencio.
       —Ahora estará en casa de la señora Rodríguez. Ella le habrá dado una buena cena y es posible que algún regalo.
       Emilio dijo:
       —¿Ha sido hoy cuando Pepe ha empezado a ser hombre?
       Mamá contestó llena de sabiduría.
       —Los niños se vuelven hombres cuando hace falta un hombre. No lo olvides nunca. También he conocido niños de cuarenta años, porque no hacían falta hombres.
       No tardaron en acostarse, Mamá en su gran cama de roble a un lado de la habitación, y Emilio y Rosita en sus cajones llenos de paja y cubiertos de pieles de cordero, al otro lado.
       La luna ascendió por el firmamento a compás del rítmico golpear de las olas sobre los arrecifes. Los gallos emitieron su primer canto nocturno. El mar pareció dormirse con un largo suspiro y la luna fue acercándose lentamente al horizonte marino. Los gallos volvieron a cantar.
       Estaba la luna muy cerca del mar cuando Pepe llegó a la meseta donde se levantaba su casa. Su caballo parecía derrengado. El perro salió corriendo y lanzó breves ladridos de alegría, describiendo círculos alrededor del jinete. Pepe se deslizó de la silla al suelo. El ruinoso cobertizo parecía de plata bajo los rayos de la luna, proyectando una sombra cuadrada y negrísima en dirección al nordeste. Las montañas que se alzaban por oriente estaban coronadas de luz, y sus cumbres se confundían con el cielo.
       Pepe subió pesadamente los tres escalones y entró en la casa. El interior estaba en tinieblas. Se oyó un leve rumor.
       Mamá exclamó desde su cama:
       —¿Quién está ahí? ¿Eres tú, Pepe?
       —Sí, Mamá.
       —¿Trajiste la medicina?
       —Sí, Mamá.
       —Entonces vete a dormir. Creía que dormirías esta noche en casa de la señora Rodríguez. —Pepe continuaba en pie en mitad de la obscura habitación, sin hablar—. ¿Por qué te quedas ahí quieto, Pepe? ¿Has bebido?
       —Sí, Mamá.
       —Pues métete en la cama y duerme la borrachera.
       Él contestó con voz cansada y paciente, pero más firme que nunca.
       —Enciende la vela, Mamá. Tengo que huir a las montañas.
       —¿Qué te pasa, Pepe? ¿Estás loco? —Mamá encendió un fósforo y con su llama azulada y chisporroteante prendió el pabilo de la vela de sebo que tenía en el suelo, junto a la cama.
       —¿Quieres repetir lo que has dicho, Pepe? —Miraba ansiosamente su rostro sombrío.
       El muchacho había cambiado mucho. Su barbilla ya no era femenina. Su boca parecía haberse hecho más fina, y sus ojos eran los de otra persona. Ya no había risa en ellos, ni tampoco audacia. Eran ojos penetrantes, misteriosos y enérgicos.
       Explicó con voz monótona y cansada todo cuanto le había sucedido. La cocina de la señora Rodríguez era visitada por toda clase de viajeros. Había vino en abundancia. Pepe bebió mucho. Se inició una disputa... un hombre se abalanzó sobre Pepe y el cuchillo... se disparó solo, silbando por el aire antes de que se diera cuenta de lo que sucedía. A medida que hablaba, el rostro de Mamá iba endureciéndose, y parecía que envejecía segundo tras segundo. Pepe terminó con las palabras:
       —Ya soy un hombre, Mamá. Aquel forastero me dijo cosas que no podía tolerar.
       Mamá asintió en silencio.
       —Sí, ya eres un hombre, mi pobre Pepe. Un hombre. Hace tiempo que lo esperaba. Te he visto arrojar el cuchillo contra el poste y he tenido miedo. —Por un momento su expresión se había dulcificado, pero al instante volvió a hacerse de piedra—. ¡Ven! Hay que prepararlo todo. Despierta a Emilio y a Rosita. ¡Date prisa!
       Pepe atravesó la habitación acercándose al lugar en que dormían sus hermanos, cubiertos con pieles de oveja. Se inclinó sobre ellos y los sacudió suavemente.
       —¡Despierta, Rosita! ¡Despierta, Emilio! Mamá dice que tenéis que levantaros.
       Los pequeños se incorporaron frotándose los ojos soñolientos. Mamá se había levantado ya, y estaba poniéndose el negro vestido sobre el camisón.
       —Emilio —ordenó—. Ve a buscar el otro caballo para Pepe. ¡Date prisa! ¡Corre!— Emilio se puso los pantalones y salió dando tumbos, todavía dormido.
       —¿No has oído a nadie por el camino? —preguntó Mamá.
       —No, Mamá, aunque he escuchado atentamente. No había nadie en el camino.
       Mamá se movía apresuradamente por la casa. De un clavo de la pared descolgó un odre con agua, dejándolo en el suelo. Quitó una manta de su cama y la arrolló, atando sus dos extremos con cuerdas. De un cajón junto al fogón sacó un saquito que contenía cecina reseca y negra.
       —Toma la chaqueta negra de tu padre, Pepe. Póntela.
       Pepe seguía en mitad de la habitación, testigo mudo de su actividad febril. Ella rebuscó detrás de la puerta abierta y extrajo el rifle, un largo 38-56, cuyo cañón estaba muy brillante por el uso. Pepe lo tomó de sus manos y lo apoyó sobre su brazo. Luego Mamá le entregó un pequeño saquito de cuero, contando los cartuchos que contenía.
       —Sólo hay diez —le dijo—. Procura no desperdiciarlos.
       Emilio asomó la cabeza por la puerta.
       —Ya está aquí el caballo, Mamá.
       —Ponle la silla del otro. Átale esta manta. Y toma, mete esta cecina en la bolsa de la silla.
       Pepe seguía callado. Su mandíbula estaba rígida, y su boca muy apretada, casi sin vérsele los labios. Sus pupilas seguían todos los movimientos de Mamá.
       Rosita preguntó en voz baja:
       —¿Adonde va Pepe?
       Los ojos de Mamá estaban llenos de fuego.
       —Pepe se va de viaje. Ya es un hombre. Tiene que hacer una cosa de hombres.
       Pepe levantó los hombros. Su boca hizo una extraña mueca que le hizo parecerse a su madre por un momento.
       Por fin estuvieron listos todos los preparativos. El caballo, ensillado, esperaba fuera. El odre dejaba un pequeño reguero de agua sobre el lomo del bayo.
       El alba iba dominando poco a poco el resplandor de la luna. La familia seguía inmóvil junto a la casa. Mamá se enfrentó con Pepe.
       —¡Escucha, hijo mío! No te detengas hasta que vuelva a ser de noche. No duermas por mucho sueño que tengas. Cuida del caballo, procurando que no se canse demasiado. No derroches las balas... no olvides que sólo tienes diez. No te llenes el estómago de cecina porque te dolería. Come solamente bocados pequeños y llénate el estómago de hierba. Cuando llegues a las montañas, si ves a los hombres negros no te acerques a ellos ni intentes hablarles. Y no te olvides de rezar. —Apoyó sus sarmentosas manos en los hombros de Pepe, se puso de puntillas y lo besó ceremoniosamente en ambas mejillas, besos que Pepe le devolvió. Luego el muchacho se acercó a Emilio y a Rosita y los besó también.
       Después se volvió a su madre. Parecía que esperaba de ella alguna palabra dulce, la revelación de una ternura oculta, pero Mamá permanecía rígida como una estatua.
       —Vete ya —le ordenó—. No esperes a que te cojan como a un polluelo.
       Pepe se encaramó a la silla.
       —Soy un hombre —contestó.
       Alboreaba cuando empezó a cabalgar monte arriba siguiendo una cañada que formaba un sendero de acceso al interior del macizo. Las luces del alba y de la luna libraban un combate desesperado cuyo fin estaba próximo. Apenas hubo recorrido Pepe un centenar de metros su silueta aparecía borrosa, como sumergida en neblina, y antes de entrar en la cañada no era más que una forma confusa e indefinible.
       Mamá seguía de pie ante la puerta, con Emilio y Rosita, que la miraban de vez en cuando de un modo furtivo.
       Cuando la sombra grisácea de Pepe se ocultó en la obscuridad de las montañas, Mamá perdió parte de su rigidez, y empezó a emitir el gemido lastimero y agudo de las plañideras.
       —Mi hijo... mi valiente hijo —sollozaba. —Nuestro protector, nuestro amparo... se ha ido. —Emilio y Rosita corearon sus lamentos.
       —Nuestro protector, nuestro amparo... se ha ido. —Era un lamento ritual, casi una ceremonia obligada. Empezaba con un alarido agudísimo y se convertía poco a poco en un sollozo ahogado. Mamá lo repitió tres veces y luego se volvió, entrando en la casa y cerrando la puerta.
       Emilio y Rosita se quedaron en el exterior, mientras amanecía. Dentro de la casa oían el llanto de Mamá. Fueron hasta el borde del acantilado y se sentaron en las rocas húmedas.
       —¿Cuándo se ha vuelto Pepe un hombre? —preguntó Emilio.
       —Anoche —contestó Rosita—. Anoche en Monterrey.
       Las nubes sobre el océano se volvían rojas con los destellos del sol, todavía oculto tras las montañas.
       —Hoy no desayunaremos —dijo Emilio—. Mamá no querrá cocinar. —Rosita no contestó—. ¿Adonde ha ido Pepe? —preguntó el chiquillo.
       Rosita miró en torno. Parecía que el aire brumoso de la mañana le revelaba sus secretos.
       —Ha ido de viaje. Nunca volverá.
       —¿Ha muerto? ¿Tú crees que ha muerto?
       Rosita volvió a mirar hacia el mar. Un vapor en lontananza arrojaba al espacio una tenue columna de humo.
       —No ha muerto—dijo por fin. —Todavía no.

       Pepe colocó el rifle atravesado en la silla, ante él. Dejó que el caballo subiera el primer cerro sin volverse a mirar atrás ni una sola vez. La ladera rocosa estaba cubierta de hierba. Pepe no tardó en descubrir un sendero y lo siguió sin vacilar.
       Cuando llegó a la boca de la cañada se volvió en la silla para mirar atrás, pero las casas ya habían sido absorbidas por la niebla. Pepe volvió a inclinarse hacia delante. Las altas paredes del cañón parecían amenazar con desplomarse sobre su cabeza. El caballo sacudió el cuello y resopló dos o tres veces antes de adentrarse por la estrecha garganta.
       Era un camino muy antiguo, de suelo terroso y obscuro, interrumpido a trechos por fragmentos de roca resbaladiza. Seguía una línea curva poco pronunciada y descendía luego en busca del fondo de la cañada. Por el lecho del estrecho valle discurría un reguero de agua, que emitía luminosos destellos bajo las primeras luces de la mañana. Los guijarros del fondo tenían el color del cobre y eran redondos y lisos. Los bordes del cauce eran arenosos y en ellos crecían matas de verbena, junquillos y yedra.
       El sendero se perdía en el arroyo para volver a surgir al otro lado. El caballo penetró en el agua chapoteando y se detuvo. Pepe soltó las riendas para que el animal bebiera el agua helada de la montaña.
       Las paredes del desfiladero iban haciéndose cada vez más altas, y en sus anfractuosidades se veían árboles retorcidos que parecían pretender escalar el muro de piedra. Bajo sus ramas no penetraba la luz del sol. La penumbra tenía un tono purpúreo y el aire estaba perfumado con aromas de floresta. Junto a la corriente de agua se agolpaban ávidamente las zarzamoras, introduciendo sus ramas flexibles y espinosas en la corriente, como si quisieran detenerla o aprovechar su frescor.
       Pepe bebió un sorbo del odre e introduciendo una mano en el saco, tomó un pedazo de cecina. Sus dientes masticaron trabajosamente la carne negra y durísima. Para deglutir mejor, hubo de beber varios sorbos más de agua. Sus ojos estaban soñolientos y cansados, pero sus facciones denotaban decisión y energía. El suelo del camino era ya de tierra obscura, que ahogaba el rumor de las pisadas del caballo.
       El sendero descendía y el arroyo saltaba veloz sobre las rocas, en pequeñas cascadas de espuma. La yedra de la ribera tenía sus hojas salpicadas de fino rocío. Pepe cabalgaba sentado en la silla, con un pie suelto del estribo. Arrancó la hoja de un árbol al pasar y la mordisqueó durante un rato para aromatizar la reseca cecina. Seguía llevando el rifle apoyado en el arzón de la silla.
       De pronto se irguió sobre los estribos, obligó a su montura a salirse del camino y la condujo apresuradamente, espoleándola, hasta el abrigo de un grupo de grandes árboles. Tiró con fuerza de las riendas para impedir que el animal relinchase. Sus facciones parecían de granito, pero las aletas de la nariz le temblaban ligeramente.
       Unos cascos resonaban por el camino, y no tardó en aparecer un jinete. Era un hombre de rostro rubicundo y espesa barba. Su caballo intentó salirse del camino por donde lo había hecho Pepe.
       —¡Quieto! —ordenó el desconocido, y obligó a su cabalgadura a proseguir su ruta.
       Cuando se perdieron sus pasos en la distancia, Pepe volvió a salir al sendero. Ya no cabalgaba con indolencia. Levantó el rifle e introdujo en la recámara uno de los cartuchos, soltando después el seguro.
       El camino se hacía muy empinado. Los árboles eran cada vez menores y sus copas parecían marchitas, como vencidas por las feroces mordeduras del viento. El caballo avanzaba con gran esfuerzo; el sol, entretanto, iba escalando el firmamento antes de iniciar el descenso de la tarde.
       Al perderse el arroyo por una garganta lateral, el sendero se separaba de él. Pepe desmontó y dio de beber a su caballo, llenando después el odre. En cuanto el camino se separaba de la corriente de agua, desaparecían los árboles, siendo substituidos por secos chaparrales. También la tierra blanda y esponjosa, negra y rica, dejaba paso a un suelo de roca amarillenta. Muchos lagartos huían a esconderse en la maleza cuando los cascos herrados arrancaban chispas al suelo de granito.
       Pepe se volvió en la silla y miró hacia atrás. Estaba en un descampado, y podía ser visto desde muy lejos. A medida que ascendía el paisaje se hacía más seco, áspero y amenazador. El sendero seguía zigzagueando la base de grandes peñascos rocosos. Por entre los matojos corrían algunos conejos de pelaje gris. Un pájaro invisible emitía un chirrido intermitente y monótono. Hacia el este, las cumbres descarnadas de la cordillera mostraban una silueta pálida y diáfana bajo los rayos del sol de la tarde. El caballo seguía subiendo la cuesta de una abertura en forma de V que constituía el único paso accesible.
       Pepe miraba hacia atrás, lleno de aprensión, y sus ojos escudriñaban atentamente los picachos que tenía enfrente. Por un momento creyó ver una figura obscura, e inmediatamente apartó la mirada, pues debía ser uno de los hombres negros de que le había hablado su madre. Nadie sabía a ciencia cierta quiénes eran aquellos hombres, pero era preferible no saberlo ni mostrar interés hacia ellos. No molestaban al que seguía su camino pacíficamente.
       El aire era abrasador y estaba lleno de polvo. Pepe bebió unos sorbos de agua, taponando después cuidadosamente el odre, que colgó de la silla. La senda trepaba por la ladera, rodeando grandes rocas, hundiéndose en breves cortaduras y reapareciendo a poco en cornisas más altas, labradas por las aguas salvajes. Cuando llegó al paso montañoso hizo alto y miró hacia atrás durante largo rato. No se veía ningún hombre negro y el camino estaba desierto. Sólo las copas de los árboles en el fondo del valle indicaban cuál era el curso del arroyuelo.
       Pepe se adentró en el paso. Tenía los ojos casi cerrados de cansancio, pero su expresión seguía siendo viril, tensa y expectante. El viento de alta montaña pasaba silbando por la abertura de entrada y friccionaba violentamente las aristas de las moles graníticas. En la altura, un milano rojo planeaba sobre las cumbres lanzando agudos gritos. Pepe siguió lentamente el angosto paso y se asomó al otro lado.
       La senda descendía rápidamente, sorteando grandes fragmentos de roca desperdigados por la falta del monte. Al final de la cuesta se abría una grieta grande y obscura, llena de vegetación, y al otro lado empezaba una meseta, coronada por un bosque-cilio de encinas. Más lejos se alzaba otra montaña, de aspecto desolado y yermo. Pepe volvió a beber del odre, porque el aire era tan seco que tenía los labios cortados y le dolía la garganta. Obligó al caballo a seguir el camino descendente. Los cascos resbalaban peligrosamente a cada paso, desprendiendo guijarros que caían rodando hasta perderse en los chaparrales. El sol había desaparecido tras las montañas de poniente, pero sus rayos seguían prendidos en las copas de las encinas y en la hierba que tapizaba la meseta. Las paredes desnudas de la montaña seguían emitiendo oleadas de calor, como las planchas metálicas de un horno.
       Pepe dirigió la vista a la cumbre que tenía ante él. Vio recortarse contra el cielo la silueta de un hombre, e inmediatamente miró en otra dirección. Cuando, momentos más tarde, volvió a levantar la mirada, el hombre había desaparecido.
       El descenso lo efectuó con rapidez. El caballo perdía a veces el equilibrio y sacudía la cabeza con nerviosismo. Llegaron por fin al fondo, donde la maleza era más alta que la cabeza del jinete. Pepe levantaba las dos manos, con el rifle en una de ellas, a fin de proteger su rostro contra los arañazos de las zarzas.
       Cabalgó hasta salir de la cortadura y se encontró escalando un muro rocoso. Una vez lo hubo conseguido, vio ante sí el pequeño prado y el bosquecillo de encinas. Por un momento estudió atentamente el camino que había seguido, pero no pudo descubrir movimiento ni sonido alguno. Finalmente atravesó la breve planicie, a cuyo extremo encontró un manantial que formaba una charca de poca profundidad y bordes pantanosos.
       Primero llenó el odre y después dejó que el caballo apagara su sed en la charca. Luego lo condujo al encinar, y una vez entre los vetustos árboles, que lo ocultaban a la vista de cualquier viajero, le quitó la silla y el arnés, dejándolos en el suelo. El animal bostezó ampliamente y sacudió los ijares. Pepe pasó un lazo por el cuello del bayo y ató su extremo a un arbusto, procurando que tuviera bastante espacio donde pastar.
       Cuando el caballo empezó a mordisquear la hierba, Pepe se acercó a la silla y tomó un pedazo de cecina, dirigiéndose luego al pie de un árbol, cerca del prado, desde donde podía ver todo el sendero. Al sentarse sobre las retorcidas raíces de la encina, su mano se dirigió automáticamente al bolsillo donde guardaba el cuchillo, con la idea de cortar la carne, pero ya no lo tenía. Apoyándose de codos en el suelo, mordió enérgicamente el correoso alimento. Su rostro carecía de expresión, pero era el rostro de un hombre.
       Las luces crepusculares teñían de vivos colores la pared de la cordillera oriental, pero el valle iba obscureciéndose. Bandadas de palomas silvestres descendían volando en busca de la corriente de agua, seguidas de las codornices, que salían de la espesura con su cómico andar, lanzando gritos agudos y metálicos.
       De pronto Pepe creyó ver que una sombra furtiva surgía de la cañada. Volvió la cabeza lentamente y vio que era un gran gato montes que se acercaba lentamente a la charca, arrastrándose sobre su vientre.
       Pepe amartilló el rifle y esperó. Luego miró con aprensión hacia el sendero y volvió a bajar el percutor. Del suelo tomó una ramita y la arrojó hacia la charca. Las codornices levantaron el vuelo, espantadas, y las palomas huyeron aleteando. El gato se irguió; por un momento clavó en Pepe sus grandes ojos amarillos; luego, indiferente y orgulloso, desapareció en la fronda.
       Las sombras de la noche se hacían más espesas en todo el valle. Pepe musitó sus plegarias familiares, ocultó la cabeza entre los brazos y se quedó instantáneamente dormido.
       Salió la luna y llenó el valle de luz azulada, mientras el viento despertaba de su letargo diurno y descendía silbante de las cumbres descarnadas. Muchas lechuzas revoloteaban por las laderas a la caza de conejos y liebres. En el fondo de un barranco aullaba un coyote solitario. Las hojas de las encinas emitían un susurro cantarino, acariciadas por la brisa nocturna.
       Pepe se despertó sobresaltado, con el oído atento. Su caballo había relinchado. La luna estaba empezando a deslizarse por detrás de la sierra occidental, dejando una densa sombra en el valle. Pepe se sentó muy erguido, en tensión, sujetando el rifle. Lejos, en el camino, oyó el relincho de un caballo y el rumor de cascos sobre el polvo. Se incorporó ágilmente, corrió junto a su caballo y lo llevó bajo los árboles. Le arrojó rápidamente la silla sobre el lomo, le sujetó la cincha y le puso el bocado, a pesar de la resistencia que le ofrecía. Palpó la silla para asegurarse de que llevaba el odre con agua y el saco de cecina. Luego montó y empezó a ascender la montaña.
       La obscuridad de la noche era aterciopelada. El caballo encontró la continuación del camino más allá de la pequeña planicie y empezó a subir la falda del monte, resbalando en las lisas rocas. Pepe se llevó una mano a la cabeza. Había olvidado su sombrero debajo de la encina donde había estado descansando.
       El caballo había subido mucho trecho cuando se adivinó en el aire la primera palpitación del amanecer, un matiz acerado y gris que no tardaría en ser lechoso. Sobre su cabeza se levantaba el borde dentado de la cresta montañosa, como un gran cuchillo mellado tras largos siglos de batallar con el viento de las alturas. Pepe había dejado las riendas y el caballo seguía su camino por instinto. Los matorrales se enredaban en sus piernas y una rama de espino le rasgó el pantalón a la altura de la rodilla.
       Gradualmente la luz inundaba la alta sierra. Las siluetas inmóviles de las rocas descarnadas se aparecían fantasmales en una extraña perspectiva de luces y sombras. Poco a poco la luz fue adquiriendo una tonalidad más cálida. Pepe se empinó en los estribos y miró hacia atrás, pero no pudo distinguir nada en el valle, todavía en penumbra. El cielo ya era azul. En la desnudez de las cumbres las escasas plantas que seguían aferradas al suelo crecían raquíticas y grisáceas. De vez en cuando, de entre las zarzas y pedregales emergían descomunales bloques graníticos aún sin desbastar, con sus aristas cortantes y agudas. Pepe fue tranquilizándose poco a poco. Bebió unos sorbos de agua y arrancó con los dientes unas tiras de carne seca. Un águila solitaria volaba muy alta, perdida en los rayos del sol naciente.
       Sin un grito, el caballo de Pepe dobló las patas y cayó pesadamente, de costado. Estaba ya en el suelo cuando resonó por todo el valle el eco multiplicado de un disparo de rifle. De un orificio junto a la espaldilla manaba intermitente un chorro de sangre negra y espesa. Los cascos se agitaban desesperadamente en el aire. Pepe yacía en el suelo, junto al caballo, medio aturdido. Con cautela, se asomó al borde del repecho para mirar hacia el valle. Un matojo de salvia se agitó sobre su cabeza y otro disparo resonó con estruendo en la cañada. Pepe se arrojó prontamente al suelo, ocultándose tras unos arbustos.
       Empezó a trepar por la montaña, de rodillas y empujando el rifle ante sí. Avanzaba con la cautela instintiva de un animal salvaje. Rápidamente llegó hasta una de las gigantescas moles de granito que sobresalían de los riscos más altos. Donde la vegetación era más alta corría agachado, y en los claros se movía como una serpiente, arrastrándose sobre el polvo, muy pegado a la tierra. El último trecho no ofrecía protección alguna. Pepe lo atravesó velozmente, en busca de la roca salvadora.
       Se acurrucó jadeando cuando llegó a ella. Cuando su respiración se hizo más pausada se deslizó por detrás del gran peñasco hasta encontrar una grieta que le permitiera divisar parte del valle. Estaba tendido sobre el vientre y aguardaba con el cañón del arma introducido por la improvisada aspillera.
       El sol enrojecía con violento impacto las montañas de poniente. Una bandada de buitres descendía lentamente hacia el lugar en que yacía muerto el caballo. Un pajarillo saltaba de rama en rama delante del punto de mira del rifle. El águila continuaba columpiándose majestuosamente en la cúspide del cielo.
       Pepe notó que algo se movía en la maleza, muy abajo. Sus dedos se crisparon sobre el gatillo. Un corzo apareció en el sendero para ocultarse otra vez entre las matas. Pepe siguió esperando. Desde su altura divisaba la pequeña meseta herbosa y el encinar junto a la charca. De pronto sus ojos se fijaron de nuevo en la senda. En el chaparral junto a ella había observado un leve movimiento. El rifle se movió ligeramente, hasta que el punte de mira coincidió exactamente con la hendedura en V del visor posterior. Al cabo de un rato el movimiento de la espesura se repitió. Entonces Pepe oprimió el gatillo. La explosión resonó montaña abajo para subir por la ladera opuesta y ser devuelta después en múltiples ecos. El movimiento en la maleza no se repitió. Instantes después la roca de granito pareció rasgarse por sí sola en una de sus caras, una bala pasó silbando y en el fondo de la vaguada se oyó el ruido de un disparo. Pepe sintió un dolor agudísimo en la mano derecha. Una esquirla de granito se había clavado entre sus nudillos y la afilada punta sobresalía por la palma. Con cuidado extrajo la aguja de piedra. La herida empezó a sangrar en abundancia, pero sin borboteo. Ninguna vena ni arteria importante había sido afectada.
       Pepe metió la otra mano en una pequeña cavidad de la roca y extrajo un puñado de telarañas polvorientas, que oprimió contra la herida, empapando la sangre. La hemorragia cesó casi inmediatamente.
       El rifle estaba en el suelo. Pepe lo recogió e introdujo otro cartucho en la recámara. Luego, arrastrándose, se ocultó en los matorrales. Siguió avanzando hacia la derecha, ascendiendo la montaña, deteniéndose a descansar detrás de todas las rocas que encontraba.
       En terreno montañoso el sol tiene que estar muy alto para poder penetrar en las oquedades y gargantas. Su globo de fuego se asomó por fin sobre las cumbres y bañó con oleadas de color todo el paraje. Su luz blanquísima se estrellaba contra las rocas y se reflejaba en ellas llenando el aire de agobiante calor, en el que todo ser viviente parecía asfixiarse.
       Pepe siguió arrastrándose hacia la cima, describiendo un pronunciado zigzag. La herida entre los nudillos empezaba a latir con fuerza. En su camino encontró una víbora y se vio obligado a retroceder prudentemente y buscar otra ruta. Muchos lagartos huían ante él, levantando nubéculas de polvo. Encontró otras telarañas a un paso y las oprimió contra su mano dolorida.
       Empuñaba el rifle con la izquierda, mientras gruesas gotas de sudor caían por sus mejillas y cuello. Tenía la boca pastosa y los labios hinchados. Sus ojos se movían inquietos y asustados. Cuando un lagarto pasó rozándole el rostro, lo aplastó contra el suelo con una piedra.
       El sol empezó su descenso cuando Pepe no había recorrido aún un kilómetro. Siguió avanzando agotadas sus fuerzas, hasta llegar a un chaparral, donde se ocultó, apoyando la cabeza en su brazo izquierdo. Las matas le ofrecían escasa sombra, pero si refugio. Con el sol dándole de lleno en la espalda, se quedó dormido. Unos pájaros audaces se posaron cerca de él y lo contemplaron con curiosidad antes de alejarse dando saltitos. Pepe se agitó en su sueño y movió varias veces el brazo herido.
       El sol desapareció detrás de las montañas e inmediatamente se produjo el frío crepúsculo, seguido de la obscuridad impenetrable de la noche. Un coyote aulló en la ladera y Pepe se despertó sobresaltado, frotándose los ojos empañados. Tenía la mano muy hinchada y le pesaba horriblemente; el dolor le subía a ramalazos brazo arriba hasta detenerse en el sobaco, paralizándole toda acción. Miró en torno y se incorporó. Las montañas estaban muy negras porque la luna aún no había salido. La chaqueta de su padre le molestaba en el brazo. Tenía la lengua hinchada y parecía no caberle en la boca. Se desembarazó como pudo de la chaqueta y la escondió en un macizo; luego empezó a trepar hacia lo alto, tropezando en su camino con las rocas y rasgándose la camisa con los espinos. El rifle iba golpeando contra las piedras a medida que avanzaba. Pequeñas cataratas de grava rodaban monte abajo detrás de él.
       Al cabo de un rato asomó la luna por el horizonte, facilitando la marcha del fugitivo. Caminaba muy inclinado hacia adelante para que el brazo dolorido no le rozara con el cuerpo. La subida la hacía por etapas, deteniéndose con frecuencia a descansar después de haber adelantado unos cuantos metros. El viento descendía por la ladera agitando con sus ráfagas violentas los matojos resecos.
       Se hallaba la luna en su cénit cuando Pepe llegó a la cresta de la sierra. Allí la roca aparecía descarnada, sin capa alguna de tierra que recubriese su pelada osamenta geológica. Una vez en la cima Pepe miró hacia el otro lado. Se veía un valle en todo análogo al anterior, bañado por la luz de la luna y tapizado de chaparrales y maleza. En la vertiente opuesta se alzaba una nueva cadena de montañas que escalaban el cielo. El fondo de la quebrada estaba obscuro y silencioso.
       Pepe empezó a descender trabajosamente. Le torturaba la sed. Trató de correr pero se cayó y rodó hacia el fondo. Después de incorporarse, continuó descendiendo con mayor cautela. Volvía a esconderse la luna cuando llegó al fondo de la cortadura. A rastras se metió por entre las matas escarbando en el suelo. La tierra estaba ligeramente húmeda, pero no había agua. Pepe dejó el rifle y cogió un puñado de barro, que introdujo en su boca, escupiéndolo inmediatamente. Frenético, empezó a practicar un agujero más profundo, buscando agua, pero antes de terminar su trabajo se había quedado dormido.
       Llegó la mañana y tras ella el día, y Pepe continuó durmiendo. A última hora de la tarde se despertó, irguiendo la cabeza con lentitud y mirando asustado a su alrededor. Sus ojos estaban enrojecidos y veía con dificultad. A corta distancia, entre unas matas, un gran puma dorado estaba observándolo atentamente. Su larga cola se movía con elegancia y sus orejas estaban erectas. Al ver que se movía, el felino se recostó en el suelo y siguió mirándolo, al parecer sin ánimo de atacarle.
       Pepe se asomó al agujero que había practicado en el suelo. Se veía un poco de agua fangosa en el fondo. Se arrancó una tira de la camisa, que empapó en agua antes de llevársela a los labios. Esta operación la repitió muchas veces, absorbiendo con fruición la escasa humedad recogida por el trocito de tela.
       El puma seguía inmóvil y al acecho. Llegó de nuevo la noche sin que se hubiera observado movimiento alguno en la montaña. Ningún ave descendió a explorar el fondo .del valle. Pepe miraba de vez en cuando hacia la fiera, cuyos ojos estaban entornados como si quisiera dormir. Bostezó y su larga lengua rosada asomó entre sus fauces. De pronto sacudió la cabeza y husmeó excitada el aire. Su cola azotó el suelo. Se incorporó y como una sombra dorada desapareció en la espesura.
       Momentos después Pepe oyó el ruido que había sobresaltado al puma, el rumor lejano de cascos sobre la roca. Y oyó algo más, el ladrido agudo de un perro.
       Pepe cogió el rifle con la mano izquierda y se refugió en la maleza con el aire furtivo del puma. A medida que obscurecía fue escalando la ladera del monte, y no se incorporó hasta que fue noche cerrada. Le quedaban pocas fuerzas. En cuanto hubo obscurecido totalmente se dejó caer sobre unas rocas y se quedó dormido al instante. La luna, dándole en el rostro, lo despertó unas horas más tarde. Se levantó como un autómata y subió unos metros más, pero se detuvo al darse cuenta de que había olvidado el rifle. Descendió de nuevo y buscó frenéticamente entre las matas, detrás de cada roca, en todas las oquedades del terreno, pero no pudo encontrarlo. Por fin tuvo que detenerse a descansar. El dolor del sobaco era cada vez más insoportable. Cada latido de su corazón parecía hinchar como un globo todo su brazo. No podía tenderse porque no había posición alguna en que no le estorbara el brazo lastimado.
       Como una bestia herida, Pepe sacó fuerzas de flaqueza y volvió a emprender la subida. Con la mano izquierda sostenía el brazo inerte alejándolo del cuerpo. Pronto tuvo la cumbre al alcance de la mano. El resplandor de la luna recortaba su silueta almenada contra el firmamento.
       La cabeza le daba vueltas. Se dejó caer al suelo y permaneció inmóvil, jadeando. La cima estaba a pocos pasos sobre su cabeza.
       La luna fue ascendiendo por el cielo. Pepe dio una vuelta sobre sí mismo. Intentó articular unas palabras, pero de sus labios sólo pudo salir un estertor silbante.
       Cuando alboreaba, Pepe se puso en pie una vez más. Su mirada se había hecho más lúcida. Levantó el brazo herido hasta la altura de sus ojos y examinó la mano. Una vena negra e hinchada marcaba un trazo indeleble que iba desde la muñeca hasta el sobaco. Buscó en su bolsillo el cuchillo, pero no lo tenía. Sus ojos se volvieron al suelo. Recogió una piedra cortante y con ella atacó la herida, separando sus bordes y haciendo presión para expulsar el líquido viscoso que la llenaba. Echando la cabeza atrás exhaló un gemido de dolor. Todo su cuerpo se estremeció convulso, pero el sufrimiento aclaraba sus ideas.
       En la cima buscó unas rocas que le protegieran. Al otro lado veía un cañón exactamente igual que el precedente, desolado y sin agua. No había árboles, ni siquiera matorrales en el fondo de la hoya. Y una nueva montaña emergía al otro extremo, salpicada de grandes rocas de granito cuarteado por la lluvia.
       Era de día. El sol llameante apareció por encima del monte y sus rayos cayeron implacables sobre la figura yacente. Su revuelto cabello estaba lleno de ramitas, hojas secas y telarañas. Sus ojos parecían haberse refugiado en unas órbitas cóncavas y profundas y entre sus dientes asomaba la punta ansiosa de su lengua.
       Se sentó, colocando el brazo inútil en su regazo, mientras gemía en tono bajo. Levantando la cabeza miró hacia el cielo. Un pájaro negro volaba muy alto, y algo más lejos se divisaba otro igual.
       Escuchó atentamente unos momentos, porque un sonido familiar había llegado a sus oídos, procedente del valle que acababa de abandonar; eran las voces excitadas de la jauría en busca de su presa.
       Pepe bajó la cabeza, abrumado. Quiso decir algo, tal vez las palabras de una oración, pero sus labios permanecieron inmóviles. Con la mano izquierda hizo la señal de la cruz sobre su pecho. Luego, con gran esfuerzo, se incorporó. Lenta y mecánicamente fue hasta una gran roca, a la que se encaramó. Una vez en ella, se puso en pie, mirando hacia la espesura donde había dormido. Su silueta se recortaba claramente contra el cielo de la mañana.
       Sonó un chasquido a sus pies. Una esquirla de piedra saltó con violencia y una bala pasó zumbando en dirección al valle cercano. Muy abajo resonó el estampido de un disparo. Pepe miró un momento hacia el fondo del abismo y volvió a erguirse como una estatua en su pedestal.
       Se tambaleó. Su mano izquierda se dirigió vacilante hacia su pecho, al mismo tiempo que un segundo disparo resonaba en la cañada solitaria. Pepe se inclinó hacia delante y cayó de lo alto de la roca. Su cuerpo rebotó contra el suelo pedregoso y descendió rodando por la ladera, arrastrando un aluvión de tierra, grava y arena. Cuando por fin se vio frenado en su caída por unos matorrales, la avalancha cubrió su cabeza antes de detenerse del todo.



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