John Steinbeck
(27 de febrero, 1902 – 20 de diciembre, 1968)

El pony colorado, III:
La promesa

(“The Red Pony III, The Promise”, 1937)
Originalmente publicado en Harper’s Magazine, 175 (mayo 1937)
The Long Valley (1938)



      A mediados de una tarde de primavera, el pequeño Jody caminaba marcialmente por la carretera bordeada de matorrales en dirección a su casa. Golpeando contra su rodilla la fiambrera en que llevaba su almuerzo a la escuela, imitaba el ruido de un tambor bajo, a la vez que chasqueaba la lengua contra sus dientes para hacer los ruidos correspondientes a un tamboril y trompetas. Hacía ya largo rato que los demás miembros de la pandilla que con tanto desparpajo abandonaban la escuela, habían tomado las sendas de los diversos desfiladeros o de las carreteras tortuosas hasta sus propios ranchos. En ese instante, Jody caminaba levantando muy alto las rodillas y golpeando fuertemente el suelo con los pies. Iba al parecer solo, pero tras él caminaba un ejército silencioso e implacable.
       La tarde estival era verde y oro. Debajo de las ramas extendidas de los robles crecían plantas pálidas y altas, y en las colinas, el forraje era espeso y suave. En las artemisas resplandecían nuevas hojas plateadas, y los robles tenían caperuzas de un verde dorado. Sobre las colinas flotaba un olor tan penetrante, que los caballos galopaban en los llanos como locos, y luego se detenían intrigados; los corderos e incluso las ovejas daban súbitamente brincos en el espacio, se paraban con las patas tiesas, y después seguían pastando, y los terneros jóvenes y desmañados se topaban las cabezas, las apartaban y volvían a toparlas.
       Mientras el gris y silencioso ejército pasaba encabezado por Jody, los animales cesaban de alimentarse e interrumpían sus juegos para verlo pasar.
       De pronto, Jody se detuvo. El ejército gris vaciló, perplejo y nervioso. Jody se arrodilló mientras el ejército formaba filas; en seguida se detuvo un instante incierto, y después, con un ligero suspiro de tristeza, se alzó en una débil neblina gris y desapareció. Jody había visto la cresta espinosa de una iguana que se movía entre el polvo de la carretera. Estirando su mano sucia cogió la aureola erizada sujetándola firmemente mientras la pequeña bestezuela luchaba. Volviéndola cabeza abajo, Jody dejó al descubierto su pálido vientre dorado, y con el índice le acarició suavemente la garganta y pecho, hasta que la iguana relajó su tensión, cerró los ojos y cayó en un sueño lánguido.
       Jody destapó la fiambrera, depositando dentro su primera caza. En seguida prosiguió su camino con las rodillas ligeramente dobladas y los hombros agachados; sus pies desnudos pisaban el suelo experta y silenciosamente, y en su mano derecha llevaba un largo rifle gris. A lo largo del camino, el matorral se estremecía bajo una nueva e inesperada población de tigres y osos grises. La caza era muy buena, pues cuando Jody llegó a la bifurcación del camino donde sobre un pilar se alzaba la estafeta del correo, había capturado dos iguanas más, cuatro lagartijas, una culebra azul, dieciséis saltamontes de alas amarillas y una lagartija acuática, parda y húmeda, cogida bajo una roca. Esta surtida compañía agitaba desdichadamente sus patas contra la tapa de la fiambrera. En la bifurcación el rifle se evaporó, y los tigres y osos se disolvieron en las laderas de las colinas. Aun las criaturas húmedas e inconfortables en la lata cesaron de existir para Jody, apenas vio la pequeña bandera de metal que se alzaba sobre la estafeta indicando que dentro había materia postal. Jody depositó su lata en el suelo y abrió la caja. Había un catálogo de Montgomery Ward y un ejemplar del Salina’s Weekly Journal. Después la cerró, cogió su lata y bajó trotando hacia la cuenca del rancho. Pasó corriendo junto al establo, al almiar, al dormitorio de los peones y al ciprés, y abrió de golpe la puerta frontal del rancho, gritando:
       —Mamá, mamá, hay un catálogo.
       Mistress Tiflin estaba en la cocina vertiendo unas cucharadas de leche cuajada en una bolsa de algodón. Dejándola sobre la mesa se secó las manos.
       —Estoy en la cocina, Jody.
       Jody entró corriendo, depositó la fiambrera en el fregadero, y exclamó:
       —Aquí está. ¿Puedo abrir el catálogo, mamá?
       Mistress Tiflin cogió nuevamente la cuchara volviendo a su queso.
       —No lo pierdas, Jody. Tu padre querrá verlo. —Coló el resto de la leche en la bolsa—. Ah, Jody, tu padre desea verte antes que vayas a tu trabajo —agregó, alejando con la mano una mosca de la bolsa.
       Jody cerró el catálogo alarmado.
       —¿Cómo, mamá?
       —¿Por qué no pones nunca atención a lo que se te dice? Tu padre quiere verte.
       El muchacho dejó suavemente el catálogo sobre la tabla del fregadero.
       —¿Es por... por algo que he hecho?
       Mistress Tiflin rió.
       —Eso significa que la conciencia te acusa de algo. ¿Qué has hecho?
       —Nada, mamá —dijo Jody débilmente. No lograba recordar nada, y además, era imposible saber cuál de sus acciones podía ser interpretada como un delito.
       Su madre colgó la bolsa llena de un clavo, dejándola gotear sobre el fregadero.
       —Tu padre dijo únicamente que quería verte cuando regresaras del colegio. Debe estar en el granero.
       Jody se volvió, saliendo por la puerta trasera.
       Al oír que su madre abría la fiambrera con una exclamación de ira, le asaltó el recuerdo del contenido de la lata, e ignorando deliberadamente la voz irritada que le llamaba desde la casa, corrió hacia el granero.
       Carl Tiflin y Billy Buck estaban apoyados contra el cerco más bajo del apacentadero. Ambos tenían un pie apoyado en la barra inferior y los codos en la de más arriba. Conversaban lentamente y de cualquier cosa. En la dehesa, media docena de caballos mordisqueaban satisfechos el dulce pasto. La yegua Nellie se apoyaba contra la puerta, restregándose las ancas contra el pesado poste.
       Jody se acercó intranquilo, arrastrando un pie para dar una impresión de gran inocencia e indiferencia. Cuando llegó junto a los hombres apoyó un pie contra la barandilla inferior del cerco, colocó los codos en la segunda barra y miró también hacia la dehesa.
       —Quería verte —dijo Carl con el tono severo que reservaba para los niños y los animales.
       —Sí, señor —dijo Jody con aire culpable.
       —Billy me dice que tú cuidaste bien al pony antes de que muriera.
       No había, pues, castigo en el aire, y Jody replicó más osado.
       —Sí, señor, lo cuidé bien.
       —Billy dice que tienes mucha paciencia con los caballos.
       Jody sintió un súbito calor de amistad hacia el vaquero.
       —Cuidó a ese pony como no lo he visto hacer jamás a nadie —dijo Billy.
       Entonces, Carl Tiflin llegó gradualmente al punto que tenía en miras.
       —Si pudieras tener otro caballo, ¿estarías dispuesto a trabajar para obtenerlo?
       Jody se estremeció.
       —Sí, señor.
       —Bueno, escúchame bien entonces: Billy dice que la mejor manera de que llegues a ser un buen cuidador de caballos es criando un potrillo.
       —Es la única manera —interrumpió Billy.
       —Ahora bien, pon atención, Jody —continuó Carl—. Jess Taylor, el del rancho de la sierra alta, tiene un buen garañón, pero pide cinco dólares por él. Yo pondré el dinero, pero tú tendrás que trabajar todo el verano. ¿Lo harás?
       —Sí, señor —dijo suavemente.
       —¿Sin queja alguna? ¿No te olvidarás de lo que se te encargue hacer?
       —Sí, señor.
       —Bien entonces. Mañana por la mañana llevarás a Nellie al rancho de la sierra para que saque cría. Tú tendrás que cuidar de ella también hasta que nazca el potro.
       —Sí, señor.
       —Y ahora, vete a ver los pollos y a encargarte de la leña.
       Jody se alejó rápidamente. Al pasar detrás de Billy Buck estuvo a punto de estirar la mano para tocar las piernas envueltas en los pantalones de algodón. Sus hombros se inclinaron ligeramente con un sentimiento de madurez e importancia.
       Jody se puso a realizar sus faenas con una seriedad sin precedentes. Aquella noche no vació el bote de grano a los pollos de manera que ellos tuvieran que saltar unos sobre otros y luchar para obtenerlo, sino que arrojó el trigo tan lejos y tan cuidadosamente, que las gallinas no pudieron encontrar nada para ellas. Y en casa, después de escuchar las protestas de su madre sobre los niños que llenaban sus fiambreras con reptiles sofocados y con sabandijas, prometió no volver a hacerlo nunca más. En verdad, Jody sentía que todas aquellas locuras pertenecían al pasado. Ahora estaba demasiado crecido para poner iguanas en su fiambrera. En seguida cargó tal cantidad de leña e hizo con ella un montón tan alto, que su madre temió un alud de roble. Cuando hubo concluido y después de coger los huevos que habían permanecido escondidos durante semanas, Jody se encaminó nuevamente hacia la dehesa, pasando junto al ciprés y a la casa de los peones. Un sapo grueso y verrugoso que le miró desde debajo del abrevadero no ejerció el más pequeño efecto emocional sobre él. No se veía a Carl Tiflin y Billy Buck; pero por un ruido metálico que llegaba del otro lado del granero, Jody supo que Billy estaba comenzando a ordeñar una vaca. Los caballos comían en el extremo superior de la dehesa, pero Nellie continuaba restregándose nerviosamente contra el poste. Jody se acercó a ella llamándole.
       —Nellie... mi buena Nellie.
       La yegua echó las orejas para atrás perversamente y sus labios se fruncieron mostrando unos dientes amarillos. Luego volvió la cabeza; sus ojos parecían de vidrio. Jody trepó sobre el cerco con las piernas colgando, y se puso a mirar paternalmente a la yegua.
       La tarde avanzó mientras él permanecía allí. Los murciélagos y los pájaros nocturnos azotaban las ramas con sus alas. Billy Buck, que se dirigía hacia la casa llevando un cántaro lleno de leche, se detuvo al ver a Jody.
       —Va a ser una larga espera —dijo gentilmente—. Vas a cansarte horriblemente de esperar.
       —No. No me cansaré, Billy. ¿Cuánto tardará?
       —Casi un año.
       —Bueno, no me cansaré.
       El triángulo resonó en la casa con estridencia. Jody bajó del cerco y se dirigió a cenar junto a Billy Buck, extendiendo una mano para ayudarle a llevar el cántaro de leche.
       A la mañana siguiente, después del desayuno, Carl Tiflin envolvió un billete de cinco dólares en un pedazo de periódico y clavó el paquete en el bolsillo delantero del mono de Jody. Billy Buck le echó el ronzal a la yegua Nellie y la sacó del establo.
       —Ve con cuidado, ahora —le advirtió—. Ten el ronzal corto para que no pueda morderte. Está más loca que una cabra.
       Jody cogió el ronzal de cuero y comenzó a subir la colina hacia el rancho, mientras Nellie le seguía a tirones y brincos. En la dehesa, a lo largo de la carretera, las avenas silvestres estaban comenzando a sacudir sus vainas. El tibio sol matinal caía sobre la espalda de Jody tan suavemente que le obligaba a dar de vez en cuando pequeños brincos con las piernas tiesas a pesar de su madurez.
       Las alondras de los prados cantaban como el agua, y las palomas silvestres, escondidas entre las hojas de los robles, se arrullaban con cantos de reprimida pesadumbre. En los campos, los conejos tomaban el sol y sólo sus orejas asomaban sobre el césped.
       Después de una hora de continua ascensión por la colina, Jody tomó un sendero angosto que conducía por una colina más empinada hacia la hacienda de la serranía. Desde allí pudo divisar el tejado rojo del granero asomando entre los robles, y oyó el ladrido de un perro cerca de la casa. Súbitamente, Nellie dio un salto atrás y estuvo a punto de escaparse. Desde el granero llegó un chillido agudo y el ruido de madera astillada, y después la voz de un hombre que gritaba. Nellie se encabritó y lanzó un relincho. Como Jody sujetara el ronzal, quiso precipitarse contra él mostrándole los dientes. Él aflojó el lazo y se apartó del camino hacia la pradera. Nuevamente llegó desde los robles el chillido al cual Nellie replicó con otro. Haciendo resonar el suelo con sus cascos, el garañón apareció descendiendo la colina y arrastrando un ronzal roto. Sus ojos relucían febrilmente. Las ventanas de su nariz, tiesas y erectas, estaban rojas como una llama. Su pelaje negro y bruñido resplandecía bajo el sol. El garañón venía con tal velocidad, que no pudo detenerse al llegar junto a la yegua. Nellie echó las orejas hacia atrás, giró y le largó una coz. El garañón dio vueltas a su alrededor encabritado, golpeando a la yegua con el casco delantero, y mientras ella vacilaba bajo el golpe, le mordisqueó el cuello, del que manó un poco de sangre.
       Inmediatamente, la actitud de Nellie cambió. Se volvió coquetamente femenina. Mordisqueó a su vez el pescuezo arqueado del animal, y giró a su alrededor restregándose contra su lomo. Jody permanecía escondido en el matorral, observando. A su espalda sintió los cascos de un caballo; pero antes de que pudiera volverse, una mano le cogió por las tiras de su mono y le alzó del suelo. Jess Taylor instaló al muchacho detrás de él, en su caballo.
       —Podían matarte —dijo—. Sundog es a veces un demonio.
       Rompió sus ataduras y se lanzó por la puerta.
       Jody estaba quieto, pero de pronto exclamó:
       —Va a hacerle daño. Va a matarla. ¡Apártele de ella!
       Jess rió entre dientes.
       —No te preocupes. Lo mejor será que subas hasta la casa un momento. Tal vez te den allí un pedazo de pastel.
       Pero Jody sacudió la cabeza.
       —Ella es mía y el potro va a ser mío. Yo voy a criarlo.
       Jess asintió.
       —Sí, eso está muy bien. Carl es a veces sensato.
       En un momento, el peligro había pasado; Jess bajó a Jody del caballo, cogió el garañón por la cuerda rota y en seguida él cabalgó hacia la casa, mientras Jody le seguía conduciendo a Nellie.
       Sólo después de haber sacado los cinco dólares de su bolsillo, de haberlos entregado y de haber comido dos trozos de pastel, emprendió Jody el regreso a casa. Nellie le seguía dócilmente. Estaba tan quieta, que Jody subió a ella y la montó casi todo el camino de regreso.
       Los cinco dólares que su padre había adelantado redujeron a Jody a la condición de peón durante toda la primavera y el verano. Cuando fue cortado el heno, él pasó el rastrillo a la amelga. Guió también el caballo que tiraba del arado, y cuando llegó el momento de enfardar, condujo el caballo que daba vueltas a la máquina. Además, Carl Tiflin le enseñó a ordeñar una vaca, de manera que ya tenía una nueva tarea por las mañanas y por las noches.
       Nellie, la yegua baya, se tornó rápidamente complaciente. Mientras caminaba por las colinas amarillentas o trabajaba en faenas fáciles, sus labios permanecían encorvados como en una perpetua sonrisa vanidosa.
       Se movía lentamente, con la serena importancia de una emperatriz. Cuando se la puso en una yunta, tiró de ella con constancia y sin emoción. Jody iba a verla todos los días, examinándola con ojos críticos; pero no advertía en ella cambio alguno.
       Una tarde, Billy Buck apoyó el horcón de abonar contra la pared del granero. Se aflojó el cinturón, entró su camisa en el pantalón y lo volvió a apretar. Cogió una de las pajas de la cinta de su sombrero llevándosela a una comisura de su boca. Jody, que estaba ayudando a Doubletree Mutt, el gran perro seriote, a desenterrar un topo, se enderezó al ver salir a Billy del granero.
       —Vamos a echarle una mirada a Nellie —insinuó este último.
       En el acto, Jody echó a andar junto a él, Mutt le observó, y se puso a cavar furiosamente, gruñendo y lanzando pequeños ladridos para indicar que el topo estaba prácticamente cogido: pero como viera que ni Billy ni Jody mostraban interés por su tarea, abandonó de mala gana el hoyo que había hecho y los siguió hacia la colina.
       Las avenas silvestres estaban madurando. Cada cabecita se inclinaba bajo su carga de grano, y el césped estaba tan seco que crujía con un silbido bajo los pasos de Jody y Billy. A media colina, vieron a Nellie y a Pete, el caballo color gris, mordisqueando las cabecitas de las avenas silvestres. Al oírles aproximarse, Nellie echó las orejas hacia atrás y sacudió la cabeza con rebeldía. Billy se acercó a ella, colocó su mano bajo la melena de la yegua y le acarició el cuello hasta que ella echó nuevamente las orejas adelante y le mordisqueó delicadamente la camisa.
       Billy alzó con su pulgar y su índice los párpados de la yegua, y le palpó el labio inferior y las tetillas negras.
       —No me extrañaría —dijo.
       —Bueno, pero no ha cambiado nada y ya han pasado tres meses.
       Billy restregó la frente plana de la yegua con sus nudillos mientras ella gruñía de placer.
       —Ya te dije que te cansarías de esperar. Y todavía pasarán cinco meses antes de que puedas advertir el menor signo, y por lo menos ocho meses hasta que nazca el potro, o sea, en enero próximo.
       Jody suspiró profundamente.
       —Es mucho tiempo, ¿verdad?
       —Y después pasarán dos años más o menos antes de que puedas montarlo.
       —Ya seré mayor entonces —exclamó Jody con desesperación.
       —Sí, serás un viejo —dijo Billy.
       —¿De qué color cree que será el potro?
       —Nunca se puede saber. El macho es negro y la hembra baya. El potro bien podría ser negro o bayo o gris o manchado. Es imposible decirlo. A veces, una yegua negra puede tener un potro blanco.
       —Ojalá sea negro y macho.
       —Si es un macho, tendremos que castrarlo. Tu padre no te permitiría tener uno.
       —Tal vez sí —dijo—. Yo podría adiestrarlo para que no fuese malo.
       Billy frunció los labios, pasando la paja que mascaba de un borde al otro de su boca.
       —Jamás se puede confiar en un garañón —dijo con tono crítico—. Casi siempre pelean y causan perturbaciones, y cuan do se ponen tristes, se resisten a trabajar. Además, ponen inquietas a las yeguas, y son unos demonios con los capados. No, tu padre no te permitiría tener un garañón.
       Nellie se alejó mordisqueando el césped seco. Jody apartó el grano de una espiga, arrojando al aire las semillas, que salieron disparadas como flechas.
       —¿Cómo será, Billy? ¿Es igual que cuando las vacas tienen terneros?
       —Parecido. Las yeguas son un poco más sensibles. A veces hay que estar junto a ellas para ayudarlas. Y a veces, si la cosa anda mal, es preciso...
       Billy se detuvo.
       —¿Es preciso qué... Billy?
       —Hay que sacar el potro a pedazos, de lo contrario la yegua se muere.
       —Pero esta vez no ocurrirá, así, ¿verdad, Billy?
       —¡Oh, no! Nellie ha parido siempre bien.
       —¿Podré estar presente, Billy? ¿Me avisará usted? Recuerde que es mi potro.
       —Ya lo creo. Te llamaré.
       —Cuénteme cómo será.
       —Bueno, tú has visto parir a las vacas. Es casi lo mismo.
       La yegua empieza a quejarse y estirarse, y luego, si es un buen parto, aparece primero la cabeza y las patas delanteras, y las pezuñas delanteras hacen un pequeño agujero, lo mismo que hacen los terneros. Y el potro comienza a respirar. Es bueno estar presente, porque si sus patas no están bien, él no puede romper la bolsa y entonces se asfixiaría.
       Jody azotó su pierna con una rama.
       —Tendremos que estar allí, ¿no es verdad?
       —¡Oh, sí, pierde cuidado!
       Volviéndose, descendieron lentamente la colina hacia el granero. A Jody le torturaba algo que no sabía cómo decir.
       —Billy —comenzó penosamente—, Billy, usted no permitirá que le suceda nada al potro, ¿verdad?
       Billy sabía que Jody estaba pensando en el pony colorado, en el Gavilán, y en la manera como el animal había muerto. Billy sabía que él había sido infalible antes de aquello y que ahora en cambio podía fracasar, y esto le hacía sentirse mucho menos seguro que antes.
       —No puedo decir nada —replicó ásperamente—. Pueden ocurrir muchas cosas y no serían por mi culpa. Yo no puedo hacerlo todo. —Sentíase mal a causa de su prestigio perdido, de manera que dijo previsoramente—: Haré todo lo que sepa, pero no puedo prometer nada. Nellie es una buena yegua. Ha parido bien sus potros antes. Y así debería ocurrir ahora.
       Y con estas palabras, se apartó de Jody y entró en el cuarto de arneses situado junto al establo, pues se sentía herido en su amor propio.



* * *


       Jody se dirigía a menudo a la pradera existente detrás de la casa. Una cañería de hierro mohoso dejaba correr un ligero hilo de agua en una vieja gamella verde. En el sitio en que el agua salpicaba el suelo, había una mancha de césped perpetuamente verde. Aun cuando las colinas estaban pardas y calcinadas bajo el sol del verano, ese pequeño trozo seguía verde. El agua caía suavemente en la gamella todo el año. Aquel lugar se había convertido en el sitio predilecto de Jody. Cuando le castigaban, el césped verde y fresco y el agua cantarína le calmaban. Cuando se había portado mal, iba allí a desprenderse del ácido que le corroía. Cuando se sentaba en el césped y escuchaba la corriente susurrante, las barreras erigidas en su cerebro caían por toda una dura jornada.
       Por otra parte, el negro ciprés junto a la casa del peón le era tan repulsivo como le era querida la tina de agua, pues todos los cerdos venían a este árbol tarde o temprano para ser matados. El espectáculo de matar a un cerdo era fascinador con todos los chillidos y la sangre, pero a Jody le palpitaba el corazón tan de prisa que le hacía daño. Después que los cerdos eran escaldados en la gran marmita de hierro colocada en un trípode y que se les arrancaba la piel, Jody tenía que ir a sentarse junto a la gamella hasta que su corazón se aquietaba. La tina de agua y el ciprés negro eran opuestos y enemigos.
       Después que Billy se alejó de él ofendido e irritado, Jody se volvió hacia la casa. Pensaba en Nellie y en el pequeño potrillo. De pronto se dio cuenta de que estaba bajo el ciprés negro, bajo el árbol del que se colgaba a los cerdos. Apartándose el pelo que le caía sobre la frente y que estaba secocon el sol y el viento, apuró sus pasos. Le parecía de mal agüero pensar en su potro en aquella especie de matadero, especialmente después de lo que Billy acababa de decirle. A fin de contrarrestar cualquier resultado desfavorable de aquella mala coincidencia, caminó rápidamente junto al rancho, cruzando el corral y la huerta, hasta llegar al borde del matorral.
       Allí se sentó en el césped verde. El gorgorito del agua resonaba en sus oídos. Miró más allá de los edificios de la granja, hacia las colinas redondas, amarillas y ricas de grano. Podía ver a Nellie pastando en la ladera. Como siempre, aquel lugar eliminó para él el tiempo y la distancia. Jody vio un potro negro de piernas largas pegándose a los flancos de >i>Nellie en busca de leche. Y se vio a sí mismo echándole el ronzal a un potro más crecido. En breves minutos, el potro se convirtió en un magnífico animal de amplio pecho con un cuello largo y arqueado como un caballo marino, y una cola que se agitaba y ondeaba como una llama negra. Este caballo era terrible para todo el mundo, excepto para Jody. En el colegio, los niños le suplicaban que les dejara montarlo, y Jody asentía sonriendo; pero tan pronto lo habían montado, el demonio negro los arrojaba lejos. ¡Muy bien! Así se iba a llamar: ¡Demonio Negro! Durante un momento, el agua burbujeante y el césped y el sol retornaron, y después...
       A veces por las noches, los rancheros, abrigados en sus camas, sentían el ruido de cascos al galope, y exclamaban: «Es Jody que monta a Demonio. Jody ha acudido nuevamente en ayuda del sheriff». Y entonces...
       El polvo dorado llenaba el aire en la arena del Rodeo de Salinas. El anunciador iba diciendo los nombres de los concursantes del lazo. Cuando Jody se adelantaba montado en el caballo negro hacia el punto de partida, los demás concursantes se hacían a un lado, cediéndole el primer lugar, pues era bien sabido que nadie aventajaba a Jody y a Demonio en arrojar el lazo y coger a un novillo. Jody no era ya niño, ni Demonio un caballo. Ambos eran un solo glorioso individuo. Y entonces...
       El presidente escribió una carta pidiéndoles que le ayudaran a capturar a un bandolero en Washington... Jody se instaló cómodamente en el césped. La pequeña corriente de agua susurraba en la tina musgosa.



* * *


       El año transcurrió lentamente. Una y otra vez. Jody había dado a su potro por perdido. Ningún cambio se había operado en Nellie. Carl Tiflin aún la enganchaba en una carreta ligera y ella tiraba de una segadora y trabajaba con el aparejo de horcas «Jackson» cuando llevaban el heno al granero.
       Pasó el verano y el tibio y brillante otoño. Y luego, los frenéticos vientos matutinos comenzaron a arremolinarse en las carreteras y el aire tornóse frío y el roble se revistió de un color rojo. Una mañana de septiembre, después de haber terminado su almuerzo, Jody oyó a su madre que le llamaba desde la cocina. Estaba echando agua hervida en un balde lleno de salvado y harina, y agitando la materia para formar una pasta humeante.
       —¿Qué deseas, mamá?
       —Observa cómo lo hago yo. Vas a tener que hacer esto cada dos días.
       —¿Y qué es?
       —Es un amasijo caliente para Nellie. Esto la mantendrá en buena forma.
       Jody se restregó la frente con un nudillo.
       —¿Está bien ella? —preguntó tímidamente.
       Mistress Tiflin depositó la marmita, agitando el amasijo con una paleta de madera.
       —Claro que está bien, sólo que en adelante tendrás que cui darla más. Anda, llévale este desayuno.
       Jody cogió el balde y se dirigió corriendo al establo, golpeándose las rodillas con el pesado balde. Encontró a Nellie jugando con el agua en la gamella, haciendo ondas y agitando su cabeza de tal modo que el agua salpicaba todo el suelo.
       Jody trepó al cerco, colocando junto a ella el balde de amasijo humeante, y retirándose luego a contemplarla. Efectivamente, ella había cambiado. Su vientre estaba hinchado y, al moverse, sus cascos rozaban el suelo. La yegua metió el hocico en el cubo engullendo su desayuno caliente. Cuando concluyó y hubo empujado un poco el balde con el hocico, se adelantó tranquila hacia Jody restregando su cabeza contra él.
       Billy Buck salió del cuarto de arneses acercándose a ellos.
       —Una vez que empieza, va rápido, ¿eh?
       —¿Se produjo de repente?
       —¡Oh, no! Solamente que tú dejaste de observarla por un tiempo. Creo que va a portarse bien. Observa sus ojos. Algunas yeguas se ponen malas; pero cuando son buenas, les gusta todo.
       Nellie deslizó su cabeza debajo del brazo de Billy restregándose el cuello entre el brazo y el costado del vaquero.
       —Debes tratarla muy bien —dijo Billy.
       —¿Cuándo tardará? —preguntó Jody casi sin aliento.
       El hombre contó silenciosamente con sus dedos.
       —Dentro de tres meses —dijo en voz alta—. No se puede decir exactamente. A veces son once meses, contando el día; pero bien podría ser dos semanas antes o un mes después.
       Jody clavó la mirada en el suelo.
       —Billy —comenzó nerviosamente—, Billy, me llamará usted, cuando esté naciendo, ¿no es cierto? ¿Me dejará estar allí?
       Billy mordió la punta de la oreja de Nellie con sus dientes.
       —Carl dice que quiere que tú comiences desde el principio. Es la única manera de aprender. Nadie puede enseñarte nada. Como hizo mi viejo conmigo a propósito de la mantilla de silla. Él era acemilero del Gobierno cuando yo tenía tu edad, y le ayudaba en su oficio. Un día dejé una arruga en la mantilla de una silla. Mi viejo no me armó ninguna gresca; pero a la mañana siguiente me puso una silla igual. Yo tenía que conducir mi caballo y llevar dicha silla a través de toda una condenada montaña a pleno sol. Por poco me muero. Desde entonces, nunca en mi vida dejé arrugas en una mantilla, pero sentía aquella silla como si fuera sentado encima.
       Jody extendió la mano y cogió la melena de Nellie.
       —Usted me dirá lo que hay que hacer. Usted sabe todo lo que se refiere a los caballos, ¿verdad?
       Billy rió.
       —Vaya, si yo mismo soy medio caballo —dijo—. Mi madre murió cuando yo nací y como mi viejo era acemilero del Gobierno en las montañas, y no había vacas alrededor, la mayor parte del tiempo me daba la leche de la yegua. —Billy prosiguió seriamente—: Y los caballos saben eso. ¿Verdad que tú lo sabes, Nellie?
       La yegua volvió su cabeza mirándole de lleno en los ojos por un instante, cosa que los caballos casi nunca hacen. Billy se sintió con ello orgulloso y seguro de sí mismo, y dijo jactándose un poco:
       —Yo haré que tengas un buen potro. Yo te haré parir bien. Y puedo agregar que, si quieres, tendrás el mejor caballo de todo el condado.
       Esto hizo sentirse orgulloso a Jody también, tan orgulloso que, cuando regresó a la casa, dobló las piernas y balanceó los hombros como hacen los jinetes. Y dijo en voz baja: «¡Huáa, Demonio Negro, a ti! ¡Listo ahora, clava los pies firmes en tierra!»



* * *


       El invierno se dejó caer con todo su rigor. Hubo unas cuantas lluvias preliminares, y después una lluvia fuerte. Las colinas perdieron su color pajizo y se ennegrecieron bajo el agua, y las corrientes invernales se deslizaban ruidosamente por los desfiladeros angostos. Los hongos asomaban en el suelo, y el césped nuevo brotó antes de Navidad.
       Pero aquel año, la Navidad no fue para Jody el día más importante del año. Algún día indefinido de enero se había convertido ahora en el eje alrededor del cual giraban los meses. Cuando cayeron las lluvias, colocó a Nellie en un pesebre, llevándole cada mañana su desayuno caliente y peinándola y almohazándola después.
       La yegua estaba hinchándose de tal forma que Jody se alarmó.
       —Va a reventar —le dijo a Billy.
       Billy apoyó su mano grande y fuerte contra el abdomen hinchado de Nellie.
       —Palpa aquí —dijo tranquilamente—. Ya puedes sentirlo moverse. Me imagino que no te extrañaría que fuesen potros mellizos.
       —¿Lo cree así? —preguntó Jody—. ¿Cree usted, Billy, que van a ser mellizos?
       —No, no lo creo; pero a veces sucede.
       Durante las dos primeras semanas de enero llovió intermitentemente. La mayor parte del tiempo, cuando no estaba en el colegio, Jody permanecía en el pesebre junto a Nellie. Veinte veces al día colocaba su mano en el vientre del animal, para sentir moverse al potro. Nellie se mostraba cada vez más amistosa con él. Restregaba el hocico contra él relinchando suavemente al sentirle en el establo.
       Carl Tiflin vino un día a la cuadra con Jody. Observó con admiración el pelaje bayo y bien cuidado de la yegua, y palpó la carne firme sobre las costillas y el lomo.
       —Has hecho un buen trabajo —dijo a Jody.
       Ésta era la mayor alabanza que él sabía decir, y Jody no cabía en su pellejo de orgullo.
       Así llegó el quince de enero, y el potro no había nacido. Y llegó el día veinte; Jody comenzó a sentir un peso de temor en el estómago.
       —¿Todo va bien? —preguntó a Billy.
       —¡Oh, sí!
       —¿Está usted seguro que todo saldrá bien? —insistió el muchacho.
       Billy acarició el cuello de la yegua, que agitó la cabeza inquieta.
       —Ya te he dicho que no siempre se produce en el mismo plazo de tiempo, Jody. Tienes que esperar.
       Como llegaran los últimos días del mes sin que se produjera el nacimiento, Jody se puso frenético. Nellie estaba tan hinchada, que respiraba dificultosamente, y tenía las orejas juntas y rectas como si le doliera la cabeza. El sueño de Jody se tornó inquieto y confuso.
       En la noche del segundo día de febrero despertó llorando.
       —Jody, seguro que tienes pesadilla —le llamó su madre—. Despierta y vuelve a dormirte más tarde.
       Pero Jody estaba Heno de intranquilidad y terror. Siguió tranquilo unos segundos, esperando a que su madre se durmiera, y después se deslizó del lecho, se vistió y abandonó la habitación, con los pies descalzos. La noche era espesa y negra. Caía una pequeña llovizna. El ciprés y la casa de los peones asomaron un instante para volver a caer en la niebla. La puerta del establo crujió al abrirla, algo que jamás ocurría durante el día. Jody se dirigió a la barra encontrando una linterna y una caja de fósforos. Encendió la mecha, y caminó por el largo pasillo cubierto de paja hasta el pesebre de Nellie. La yegua estaba inquieta, retorciendo el cuerpo y balanceándolo de un lado a otro. Jody la llamó por su nombre, pero ella no cesó su vaivén, ni miró en torno suyo. Cuando el niño se acercó al pesebre y la tocó en el lomo, se estremeció bajo su mano. Entonces llegó la voz de Billy desde el henil, que quedaba exactamente encima del pesebre.
       —¿Qué haces, Jody?
       Jody dio un respingo y se volvió a mirar con desesperación hacia el nido que se había hecho Billy en el heno.
       —¿Cree usted que ella está bien?
       —Claro que sí.
       —Billy... no permitirá usted que ocurra nada, ¿me lo promete?
       —Ya te dije que te llamaría y así lo haré —refunfuñó Billy—. ¡Y ahora vuélvete a tu cama y no te preocupes más de esa yegua! Bastante tiene ella consigo mismo sin necesidad de que tú te inquietes por ella.
       Jody asumió una actitud de tímido mimo, pues nunca había oído a Billy hablar en ese tono.
       —Sólo quise venir a ver porque me desperté muy inquieto.
       Billy se suavizó entonces un poco.
       —Bueno, ahora ve a acostarte. No quiero que molestes a la yegua. Ya te dije que te dará un buen potro. Vete ahora.
       Jody salió lentamente del granero. Apagó la linterna y la colocó en el enrejado. La negrura de la noche y la neblina helada le envolvieron afuera. Deseaba creer en lo que Billy le había dicho, como le había creído antes de que el pony muriera. Sus ojos, cegados por la débil llama de la linterna, tardaron en poder discernir algo en la obscuridad. El suelo húmedo le helaba los pies desnudos. Al pasar junto al ciprés, los pavos allí encaramados cotorrearon alarmados, y los dos buenos perros respondieron a su obligación saliendo a la carga y ladrando para asustar coyotes que ellos suponían rondando bajo el árbol.
       Mientras se deslizaba sigilosamente por la cocina, Jody tropezó con una silla.
       —¿Quién está ahí? ¿Qué pasa? —llamó Carl Tiflin desde su dormitorio.
       —¿Qué ocurre, Carl? —inquirió a su vez mistress Tiflin, soñolienta.
       Carl salió del dormitorio con una vela, sorprendiendo a Jody antes que éste pudiera meterse en su lecho.
       —¿Qué estás haciendo afuera?
       —Fui a ver a la yegua —respondió Jody, desviando tímidamente la mirada.
       Por un instante Carl luchó interiormente entre un sentimiento de aprobación y el enojo de haber sido despertado.
       —Escucha —dijo por último—, no hay en esta comarca un hombre que sepa más de potros que Billy. Déjale el asunto a él.
       —Pero el pony murió.... —exclamó Jody precipitadamente.
       —No le eches la culpa a Billy de eso —dijo Carl con severidad—. Si Billy no puede salvar a un caballo, es porque no tiene salvación.
       —Hazle limpiarse los pies y que se acueste, Carl —llamó mistress Tiflin desde dentro—. Mañana va a estar con sueño todo el día.



* * *


       A Jody le parecía que acababa de cerrar los ojos para tratar de dormirse, cuando fue violentamente sacudido por un hombro. Billy Buck estaba junto a él sosteniendo una linterna en la mano.
       —Levántate —exclamó—. Y date prisa.
       Y volviéndose, salió rápidamente de la habitación.
       —¿Qué ocurre? ¿Es usted Billy? —llamó mistress Tiflin.
       —Sí, señora.
       —¿Está Nellie lista?
       —Sí, señora.
       —Muy bien. Me levantaré a calentarle un poco de agua por si la necesita. Jody se vistió con tal prisa, que se encontró en la puerta antes que la linterna oscilante de Billy estuviera a medio camino del establo. El alba apuntaba débilmente sobre las cimas de las montañas, pero la luz no penetraba aún en la cuenca del rancho. Jody corrió frenéticamente detrás de la linterna, alcanzando a Billy al llegar éste al establo. Billy colgó la linterna de un clavo y se quitó su chaqueta de estameña azul. Jody vio que debajo sólo tenía puesta una camisa sin mangas.
       Nellie estaba parada, rígida y tiesa. Mientras ellos la observaban se acuclilló. Todo su cuerpo se retorcía en un espasmo, que pasó, para volver a repetirse un momento después, y así sucesivamente.
       —Algo anda mal —murmuró Billy nerviosamente. Su mano desnuda desapareció—. ¡Cristo! —exclamó—. Esto va mal.
       El espasmo volvió a repetirse, y esta vez Billy hizo un gran esfuerzo, a tal punto que se le destacaron los músculos del brazo y de los hombros. Trabajaba penosamente, con la frente cubierta de sudor. Nellie relinchaba de dolor.
       —Está mal —murmuraba Billy—. No puedo volverlo. Está al revés. Está vuelto al revés.
       Clavó una mirada angustiosa en Jody. En seguida sus dedos hicieron un diagnóstico cuidadoso. Tenía el ceño contraído. Por un segundo miró interrogativamente a Jody, que estaba apoyado contra la casilla del pesebre. Entonces Billy se dirigió al enrejado bajo la ventana del estercolero, y cogió un martillo en forma de herradura con su mano derecha húmeda.
       —Vete afuera, Jody —dijo.
       Pero el muchacho permaneció inmóvil mirándole estúpidamente.
       —Vete afuera, te digo, o va a ser demasiado tarde.
       Jody no se movió.
       Entonces Billy se dirigió rápidamente a la cabeza de Nellie.
       —Vuelve la cara, condenado, vuelve la cara, te digo.
       Esta vez Jody obedeció. Oyó a Billy lanzar una sorda exclamación en el pesebre, y después el crujido de un hueso hendido. Nellie lanzó un alarido agudo. Jody se volvió, alcanzando a ver el martillo que se alzaba para caer nuevamente sobre la frente plana. Entonces Nellie cayó pesadamente de costado, estremeciéndose por un instante.
       Billy se lanzó hacia el vientre hinchado de la bestia, cuchillo en mano. Levantando la piel hundió el cuchillo, rasgando y cortando el vientre resistente. El aire se llenó del olor de tibias entrañas vivas. Los demás caballos se encabritaron contra sus cadenas, lanzando relinchos y pataleando.
       Billy dejó el cuchillo a un lado, hundió ambos brazos en aquel hoyo tan terriblemente rasgado, y extrajo un bulto blanco, chorreante. Abrió con los dientes la envoltura, y una pequeña cabeza negra, con unas orejas pequeñas, lustrosas y húmedas, apareció por la rasgadura. Se escuchó una especie de gorgoteo, luego otro. Billy desprendió la bolsa, y con su cuchilla cortó el cordón. Por un instante contempló al pequeño potrillo negro que tenía en sus brazos; en seguida se dirigió lentamente hacia Jody y lo depositó a los pies del muchacho.
       El rostro, los brazos y el pecho de Billy chorreaban sangre. Su cuerpo se estremecía y le castañeteaban los dientes. Parecía haber perdido la voz, pues de su garganta salió un ruido ronco.
       —Ahí tienes tu potro. Te lo prometí y ahí lo tienes. Fue preciso hacer lo que hice.... no había más remedio. —Se volvió a mirar hacia el pesebre—. Ve a traer agua caliente y una esponja— prosiguió con el mismo ronco cuchicheo—. Lávale y sécale como lo habría hecho su madre. Vas a tener que alimentarle con tu propia mano; pero ahí tienes tu potro, como te lo prometí.
       Jody miró estúpidamente el potrillo húmedo y palpitante que estiraba la piel tratando de alzar la cabeza. Sus ojos, turbios y sin expresión, eran de un azul obscuro.
       —¡Que el diablo te coja! —gritó Billy—. ¿Vas a ir en busca de agua o no? ¿Vas a ir?
       Entonces Jody se volvió y corrió hacia la granja. La luz del alba iba en aumento. El muchacho sentía un dolor desde la garganta al estómago, y las piernas tiesas y pesadas. Trataba de sentirse feliz por el potro, pero no lograba apartar de su imaginación el rostro ensangrentado, despavorido, y los ojos fatigados de Billy Buck.



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