John Steinbeck
(27 de febrero, 1902 – 20 de diciembre, 1968)

Desayuno al aire libre
(“Breakfast”, 1936)
Originalmente publicado en Pacific Weekly, 5 (noviembre 9, 1936)
The Long Valley (1938)



       Es algo que me llena de deleite. Y no sé por qué. Aún puedo recordarlo hasta en sus menores detalles. Lo rememoro una y otra vez, extrayendo más y más pormenores de mi lejano recuerdo, porque recordar me causa placer. Era muy temprano. Las montañas, al Este, se veían azules, casi negras, pero tras ellas la luz se alzaba débilmente coloreada de rojo, dibujando la silueta de la cordillera más gris, más obscura y más fría a medida que avanzaba por el cielo, hacia poniente, donde se fundía con la noche fugitiva.
       Y hacía frío. No excesivo, pero lo bastante para obligarme a frotarme las manos y esconderlas en los bolsillos; a levantar los hombros y restregar los pies en el suelo. En el valle en que me encontraba, la tierra tenía el color gris lavanda del alba. Eché a andar por el camino vecinal y frente a mí descubrí una tienda cuyo color era un gris ligeramente más claro que el del paisaje. Junto a la tienda destellaba el resplandor naranja del fuego que chisporroteaba tras las rendijas de una vieja cocina de hierro oxidado. Por su chimenea retorcida salía una columna de humo negruzco, que ascendía en espiral antes de desvanecerse en el aire.
       Junto a la cocina vi a una mujer muy joven, casi una niña. Vestía una falda de algodón azul descolorido y una blusa. Al acercarme descubrí en sus brazos un recién nacido, escondida su cabecita en la blusa, huyendo del frío. La madre se movía activamente, removiendo los tizones y levantando una y otra vez la tapadera de la vieja estufa para facilitar el tiro. El pequeño estaba alimentándose, sin que se interrumpiese por ello el trabajo de su madre, ni se perdiese nada de la gracia de sus movimientos. Cada uno de sus gestos era preciso, práctico y estético. El resplandor anaranjado del fuego se reflejaba trémulo en la lona de la tienda.
       Cuando estuve más cerca pude aspirar olor a tocino frito y pan caliente, los aromas más gratos que conozco. La luz era más intensa por momentos. Me aproximé al hornillo adelantando las palmas de las manos y me estremecí al recibir la primera bocanada de calor. Entonces se abrió la cortinilla de la tienda y salió un hombre joven seguido de otro de más edad. Los dos vestían pantalones nuevos de sarga azul y chaquetones de cuero. Sus rostros eran huesudos y muy parecidos.
       El más joven tenía una barba corta y negra y el más viejo una barba gris, más larga. Sus rostros estaban húmedos, casi chorreantes, viéndose gotas de agua retenidas entre los pelos de sus barbas. Se irguieron en silencio mirando hacia oriente y bostezaron al unísono. Luego se volvieron, descubriéndome.
       —Buenos días —dijo el viejo.
       Su expresión no era hostil, pero tampoco amistosa.
       —Buenos días, señor —contesté.
       —Buenos días —dijo entonces el joven.
       El agua iba secándose rápidamente en sus mejillas. Se acercaron al fuego y calentaron sus manos.
       La muchacha seguía atareada, inclinada la cabeza y atenta a su trabajo. Tenía el pelo atado en un moño que oscilaba al moverse ella. Colocó unas tazas de estaño sobre un cajón vacío, y después unos platos de aluminio y unos cubiertos. Luego sirvió unas lonchas de tocino frito bañado en olorosa grasa y abrió la chirriante portezuela del hornillo para sacar una bandeja metálica llena de panecillos humeantes.
       Al llegarles el aroma del pan, los dos hombres aspiraron profundamente. El joven murmuró:
       —¡Dios mío!
       El viejo se dirigió a mí.
       —¿Ha desayunado?
       —No.
       —Entonces, acompáñenos.
       Era la señal. Nos dirigimos al cajón de madera y nos sentamos en el suelo, a su alrededor. El joven me preguntó:
       —¿Ha estado recogiendo algodón?
       —No.
       —Nosotros llevamos doce días trabajando.
       La joven habló desde su puesto junto a la cocina.
       —Han podido comprarse ropa nueva.
       Los dos hombres miraron sus ropas y sonrieron levemente.
       La muchacha nos ofreció el tocino, junto con un pote que contenía grasa caliente y un jarro de café. Luego se sentó también en el suelo. Seguía amamantando al pequeño, tapándole la cabeza con la blusa. Se le oía succionar con fuerza.
       Llenamos nuestros platos, recubrimos de grasa los panecillos y echamos azúcar en el café. El viejo empezó a comer con entusiasmo. Entre dos bocados, murmuró:
       —¡Dios mío, qué bueno!
       El joven observó:
       —Hace doce días que comemos a gusto.
       Todos comíamos rápidamente, con fruición. Repetimos varias veces, hasta que nos sentimos repletos y satisfechos. El café caliente abrasó nuestras gargantas. Vaciando los restos con posos en la hierba húmeda, volvimos a llenar las tazas.
       El aire era ya muy luminoso, con un temblor rojizo que lo hacía parecer más frío. Los dos hombres volvieron sus cabezas hacia el Este y les dio de lleno la luz del amanecer. Yo levanté la vista unos momentos y pude ver la imagen de las montañas reflejada en las pupilas del viejo.
       Luego los dos hombres vaciaron sus tazas en el suelo y se levantaron al mismo tiempo.
       —Tenemos que irnos —dijo el mayor.
       El joven se volvió a mí.
       —Si le interesa recoger algodón puede venirse con nosotros.
       —No, tengo que irme. Gracias por el desayuno.
       El viejo hizo un gesto negativo con la mano.
       —No hay de qué. Hemos tenido mucho gusto. Se alejaron juntos. Por oriente el firmamento era una orgía de luz. Reemprendí la marcha por el sendero.
       Esto es todo. Conozco algunas de las razones que hacen que me resulte tan agradable el recuerdo. Pero además había cierto elemento de sublime belleza en la escena que hace que me inunden oleadas de placer cada vez que vuelve a mi memoria.



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