John Updike
(Shillington, Pensilvania, 1932 - Danvers, Massachusetts, 2009)

Los caimanes
Originalmente publicada en The New Yorker (22 de marzo de 1958, pp. 28-29)
The Same Door (1959)


      Joan Edison llegó de Maryland en marzo, a mitad del quinto año. Su rostro era delgado y su expresión correspondía a la de una persona mayor. Tenía pestañas negras y largas como las de una muñeca. Todos la odiaban. Aquel mes la señorita Fritz estaba dando como tema la historia de Emmy, una niña muy mimada que siempre andaba contando a sus padres mentiras sobre su hermana gemela Annie. Parecía demasiada coincidencia; nadie sabía qué relación podría existir, pero cuando todos despreciaban más intensamente a Emmy, apareció en clase Joan, con sus vestidos llamativos, con el largo cabello cayéndole sobre el jersey en lugar de llevarlo corto o en trenzas y con su desparpajo para ponerse a discutir con cualquier profesor.
       —Usted perdone —le dijo a la señorita Fritz, sin levantarse siquiera del asiento—, pero no veo la necesidad de hacer deberes. En Baltimore nunca nos obligaban a hacerlos, y allí hasta los más pequeños sabían lo que dicen estos libros.
       Charlie, que hasta cierto punto disfrutaba con los deberes, se unió de buen grado al quejumbroso murmullo de los demás. La señorita Fritz frunció el ceño al oír el comentario, y Charlie sintió lástima de ella al recordar como el pasado mes de septiembre John Eberly, un poco a mala idea, derramó la purpurina sobre el suelo recién pulido; en aquella ocasión la señorita Fritz ocultó el rostro entre los brazos, apoyada en el escritorio, y rompió en sollozos. Tenía miedo de la junta escolar.
       —Ahora no estás en Baltimore, Joan —respondió la señorita Fritz—, sino en Olinger, Pensilvania.
       Todos los alumnos, incluido Charlie, soltaron la carcajada. Joan se sonrojó ligeramente. Nerviosa, alzó la voz para imponerse a la corriente de enemistad, pero metió aún más la pata al explicar: —Allí, en lugar de estudiar las plantas en los libros llevábamos todos una flor que habíamos cogido nosotros mismos, la cortábamos y la observábamos al microscopio.
       Tras estas palabras, la idea que los niños tenían de ella se ensombreció aún más con la imagen de grandes hojas y extrañas flores disecadas.
       La señorita Fritz frunció sus labios anaranjados y después sonrió.
       —En esta escuela tendrás oportunidad de hacer esos trabajos en los cursos superiores. Con paciencia todo llega, Joan.
       Cuando Joan se disponía a iniciar una nueva discusión, la señorita Fritz alzó un dedo y dijo con esa gravedad que los adultos siempre guardan como reserva: —No. Basta ya, jovencita, o de lo contrario me tendré que poner seria.
       La clase se sintió reconfortada al comprobar que Joan tampoco contaba con la simpatía de la señorita Fritz.
       A partir de aquel día, Joan no podía abrir la boca en clase sin que se produjese un murmullo de desaprobación. Afuera, en el patio de juegos, durante el recreo o los ejercicios para caso de incendio, o mientras esperaban a que sonase el timbre para entrar en clase por las mañanas, casi nadie le dirigía la palabra como no fuese para decirle: «Fatua», «Emmy» o «Bruja de Baltimore». Los chicos le deshacían la lazada de sus extravagantes vestidos y le arrojaban al cabello pelotillas de papel mascado. En cierta ocasión John Eberly llegó a cortarle un mechón de pelo con unas tijeras de plástico amarillas que había sacado de la clase de trabajos manuales. Fue entonces cuando Charlie la vio llorar lágrimas de verdad. El era tan malo como los demás; peor, pues los otros lo hacían porque les divertía y él, sin embargo, lo hacía siguiendo un plan calculado para ganar popularidad. En el primer año, y también en el segundo, sus relaciones con el curso habían marchado estupendamente, pero desde entonces había perdido el favor de la clase. Había una pandilla de chicos y chicas que se reunían los sábados —solían hablar de ello los lunes— en el garaje de Stuart Morrison. Hacían excursiones y jugaban al rugby, y en invierno se deslizaban en trineos por la calle más empinada de la localidad; en primavera recorrían todo Olinger en bicicleta y hacían lo primero que se les ocurría. Charlie conocía a los cabecillas desde que entraron juntos en el jardín de infancia. Pero cuando acababan las clases, a él no le quedaba otra alternativa que marcharse rápidamente a casa, hacer los deberes, juguetear con su colección de sellos de países centroamericanos e irse él solo a ver películas de miedo. Durante los fines de semana, ganaba sistemáticamente a Darryl Johns o a Marvin Auerbach a las canicas, al ajedrez o al «palé». Tenían un año menos que él y no eran muy despabilados para su edad; ni siquiera se habría molestado en jugar con ellos de no ser vecinos suyos. Charlie pensaba que quizá le admitiesen en la pandilla si les apoyaba en todo sin que se lo pidieran.
       El 5º A daba ciencias en la clase de la señorita Brobst, al otro lado del vestíbulo, y él se sentaba justamente delante de Joan, tratando de molestarla lo más posible a pesar de que compartía con ella el sentimiento de saberse despreciado. Se dio cuenta de que no era tan lista como creía. Sus notas en los exámenes eran siempre inferiores a las suyas. Así que le dijo: —No te sirvió de mucho cortar en trocitos todas esas flores. ¿O es que en Baltimore te enseñaron todo hace tanto tiempo que se te ha olvidado con los años?
       A Charlie le gustaba dibujar. De vez en cuando hacía en su bloc, procurando que ella pudiera verlo perfectamente, un dibujo que titulaba «Joan la tonta». Era una niña de nariz afilada, boca pequeña y triste, y ojos caídos con pestañas tan espesas como podía trazarlas el lapicero; el cabello le caía en cascadas por la espalda, en unos bucles ridículos, hasta salirse del bloc.
       Marzo dio paso a la primavera. Antes de que limpiaran de malas hierbas la pista de carreras y cuando todavía el campo de béisbol estaba cubierto de barro, Happy Lasker se presentó en la escuela con un complicado modelo de aeroplano en cuya construcción había derrochado todo el invierno. En los extremos de las alas llevaba la escarapela norteamericana, y dentro de la carlinga había pintado un piloto. Funcionaba con un diminuto motor de gasolina que los sábados por la mañana atraía con su zumbido a todos los crios desde la calle Segunda hasta Lynoak. Siempre sucedía lo mismo: Happy lanzaba el avión al aire, y el aparato se elevaba con aquel molesto ruido y volaba durante un minuto; luego picaba de morro y se estrellaba. La mayoría de las veces se incendiaba en la hierba o en el fango. Pero el padre de Happy era muy rico.
       En las semanas transcurridas desde su llegada, el atuendo de Joan se había ido simplificando hasta asemejarse al de las otras chicas. Una mañana se presentó en la escuela con el pelo cortado y recogido en una pequeña cola de caballo. Las carcajadas con que la recibieron fueron más estentóreas que nunca. «¡Pelona, pelona!», exclamó una niña estúpida cuando Joan entró en el cuarto de aseo, y durante toda la mañana no cesaron de repetir la misma memez en clase: «La pelona de Baltimore. ¿Por qué tiene la cara colorada nuestra querida pelona?» Y John Eberly hacía el movimiento de unas tijeras imaginarias con los dedos, mientras imitaba el sonido con la lengua. La señorita Fritz golpeó con los nudillos la repisa de la ventana hasta que tuvo que frotárselos a causa del dolor. Finalmente, envió a dos chicos al despacho del señor Lengel, lo cual causó una íntima satisfacción a Charlie.
       Su reacción ante el corte de pelo de Joan había sido muy tranquila; tan sólo deseó dibujarla con su nueva fisonomía. Había guardado los otros dibujos, cuidadosamente doblados, en su pupitre, y es que por instinto le gustaba hacer colecciones completas: Tebeos, sobresalientes, sellos de Costa Rica... A mitad de camino entre él y el fondo de la clase estaba Joan, muy quieta, temerosa de mover un solo dedo, con el rostro arrebolado de vergüenza. El corte de pelo hacía resaltar su frente y dejaba al descubierto su cuello; la barbilla parecía más puntiaguda y los ojos más grandes. Charlie se sentía feliz de haber nacido chico y no tener que sufrir conmociones como perder los bucles o pasar por el difícil trance de hacerse mujer. Una de las primeras preocupaciones de su vida había sido lo mucho que sufren las chicas. Esta nueva caricatura de Joan era magnífica, una verdadera obra de arte. Se la enseñó a Stuart Morrison, sentado detrás de él. Era demasiado buena para que él pudiese apreciarla; se limitó a echarle un rápido vistazo con sus ojos saltones e inexpresivos. Charlie la calcó en otra hoja del bloc, dejando completamente calva a Joan. Este dibujo sí que interesó a Stuart, y lo hizo circular por toda la clase.
       Aquella noche tuvo un sueño. Debió de ser al amanecer, porque cuando se despertó el recuerdo permanecía muy claro. Estaban en la selva. Joan llevaba una larga falda hecha jirones y nadaba en un transparente río infestado de caimanes. El, sin saber muy bien cómo, la observaba desde un árbol, y podía apreciar la gran tranquilidad con que se movían los verdes caimanes y la esbelta muchacha. Aparecían y desaparecían en la transparente superficie del agua, y el semblante de Joan tan pronto reflejaba el pánico que la invadía como una desesperanza absoluta. Su cabello flotaba suelto en las aguas y se abría en abanico cada vez que asomaba la cabeza. Charlie dejó escapar un silencioso grito de dolor. Y entonces la salvó; sin tener la sensación de haberse sumergido en las aguas, la transportaba en sus brazos. Iba en bañador, firmemente montado sobre el rugoso lomo de un caimán que se deslizaba corriente arriba bajo las sombras de gigantescos árboles, flores blancas y enredaderas, como uno de esos patines acuáticos que se ven en los reportajes cinematográficos. Parecían dirigirse hacia un puente de madera que salvaba la corriente. Se estaba preguntando cómo podrían esquivarlo cuando el río y la selva dieron paso a su cama y a su habitación. A pesar del súbito cambio, persistía, como una nota sostenida al piano, el dulce sabor y el orgullo que había sentido al salvar a la chica.
       Amaba a Joan Edison. Era una mañana lluviosa, y bajo el paraguas que su madre le había obligado a llevar este descubrimiento se iba apoderando de él a medida que lo repetía una y otra vez. El amor no tenía un sabor definido, pero le agudizaba el sentido del olfato, permitiéndole diferenciar entre el olor de su impermeable de hule, sus botas de goma, los arbustos de rojas flores a lo largo de los bajos muros que delimitaban los jardines de la calle Grand e incluso el olor del barro y del musgo que crecía entre las grietas del pavimento. Le habría gustado reír, pero una pesada carga le oprimía el pecho casi a la altura de la garganta. Pensaba que no podría reír en mucho tiempo. Tenía la impresión de haber alcanzado una de esas situaciones para las que había intentado prepararle en las clases dominicales de religión la pobre señorita West, con su pequeño bigote. ¡Quiero que Joan sea mía!, imploró. Aquel tiempo húmedo todo lo reducía a una solemne uniformidad. Igual importancia parecía tener el autobús naranja que doblaba la esquina que los cuatro pajarillos posados en el cable del teléfono. Sin embargo él se sentía más fuerte y más ligero, como si el mundo fuese una serie de obstáculos que tenía que vencer. Si se la llevara, si la rescatara de la crueldad de los demás, retaría a la pandilla y crearía una nueva, la suya. Al principio sólo serían Joan y él, pero después irían llegando los desertores de la mezquindad y de la estupidez, hasta que su pandilla fuera más importante y el garaje de Stuart estuviese vacío los sábados. Charlie sería el rey, con su propio equipo de rugby. Todos vendrían a él pidiendo clemencia.
       Su primer paso fue decir a todos los que estaban en el cuarto de aseo que amaba a Joan Edison. Teniendo en cuenta lo mucho que la odiaban, nadie pareció dar demasiada importancia al asunto. Él había pensado que tendría que pelear por ella. Casi nadie se quedó a escucharle cuando empezó a contar el sueño que hubiera querido comunicar a todos sus compañeros. Aun así, aquella mañana circularía por la clase su comentario de que quería a Joan. Esto era precisamente lo que él deseaba, abrir un camino que le permitiera llegar a Joan, pero se sintió incómodo y empezó a tartamudear cuando la señorita Fritz le hizo salir al encerado.
       A la hora del almuerzo, Charlie se quedó escondido en unos almacenes hasta que la vio pasar. Sabía que la chica que iba con ella, bastante fea por cierto, se desviaba al llegar a la primera bocacalle. Esperó un rato y luego corrió para alcanzar a Joan en la manzana siguiente, antes de que él mismo tuviera que cruzar y doblar la esquina para ir a su casa. Había dejado de llover y llevaba el paraguas como si fuera un fusil con la bayoneta calada. Se acercó a ella por la espalda y gritó: «¡Bang, bang!»
       Joan se volvió y le miró, y Charlie, sabiendo que ella conocía su declaración, enrojeció y bajó la vista.
       —¡Vaya, Charlie! —le dijo con su acento de Maryland, arrastrando las palabras—. ¿Qué haces en este lado de la calle?
       Carl, el guardia, estaba apostado ante la escuela elemental para ayudar a los niños a cruzar la calle Grand. Ahora Charlie tendría que pasar al otro lado de la avenida en la peligrosa intersección de las cinco calles que confluían en el Bend.
       —Nada —contestó, y a continuación empleó la única frase que tenía preparada de antemano—: Me gusta como llevas el pelo ahora.
       —Gracias —dijo ella, y se detuvo.
       No cabía la menor duda de que había recibido lecciones de urbanidad en Baltimore. Sus ojos se encontraron, y la mirada de Charlie retrocedió como si se hubiese asomado a un precipicio. No obstante, en torno de Joan había espacio más que suficiente como para encontrarse a gusto, y Charlie tuvo la sensación de estar asomado a una ventana contemplando la primera nevada del año.
       —También me gustaba como lo llevabas antes.
       —¿Sí?
       Una respuesta muy peculiar. Como también resultaba peculiar el tono moreno de su cutis. Ya había notado anteriormente, aunque nunca desde tan cerca, que cuando se ruborizaba el color dominante no era el rojo, sino un suave tinte tostado. También llevaba perfume en la ropa.
       —¿Te gusta Olinger? —preguntó.
       —Sí, es muy bonito.
       —¿Bonito? Sí, bueno, puede que sí. En realidad no lo sé; nunca he estado en otro sitio.
       Por fortuna esto le hizo gracia y se echó a reír. Pero Charlie no quiso arriesgarse a decir algo que no resultase divertido; así pues, decidió jugar con el paraguas manteniéndolo en equilibrio en la punta del dedo. Cuando vio que esto se le daba bien, empezó a caminar de espaldas y a pasarse el paraguas de una mano a otra, recortado el negro puño en los azules claros del cielo. Al llegar a la esquina donde debían separarse, le dio por imitar a un petimetre apoyándose en su bastón, con tan mala fortuna que la empuñadura se dobló de manera irreparable. El gesto de admiración de Joan, sin embargo, bien merecía aguantar la reprimenda que le echaría su madre.
       Decidió acompañarla de nuevo por la tarde, a la salida de la escuela, esta vez un trecho más largo. Durante la comida no dejó de hacer proyectos. Su padre y él pintarían la bicicleta. La próxima vez que se cortara el pelo se peinaría con la raya al otro lado para que le desapareciese el remolino. Cambiaría por completo; todo el mundo se preguntaría qué le había sucedido. Aprendería a nadar y llevaría a Joan a la presa.
       Pero su entusiasmo se enfrió aquella misma tarde. Ahora que no le quitaba la vista de encima comprobó, con una sensación de náuseas, que al pasar del aula de la señorita Brobst al de la señorita Fritz, Joan no estaba sola, sino charlando animadamente con sus compañeros. También durante la clase se puso a cuchichear. Abrumado de vergüenza —una vergüenza mayor que su asombro— pensó que ya ni siquiera podría mirar a sus padres a la cara. A través del escaparate de los almacenes la vio pasear en compañía de la pandilla. Stuart Morrison y ella reían y gritaban, y Morrison estaba imitando a alguien. También vio al lerdo de John Eberly, que los seguía pegado a sus talones. Charlie los contempló hasta que se perdieron de vista tras un alto seto. No existía consuelo en su mundo derruido. Comprendió de pronto que lo que él había tomado por crueldad no era más que amor, que lejos de odiarla todos la querían desde el principio, y que incluso los más estúpidos se habían dado cuenta semanas antes que él. Y comprendió también que ella era la reina de la clase, y que por lo que a él se refería era como si no existiese.



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