John
Updike
(Shillington,
Pensilvania, 1932)
La piscina huérfana
Los matrimonios, lo mismo que
los compuestos químicos, sueltan, al disolverse, cantidades de
energías encerradas en su unión. Hay el piano que nadie quiere, el cocker
spaniel del que nadie desea cuidar. De repente, estanterías
repletas de libros resulta que contienen obras de fechas muy pasadas y
que difícilmente serán leídas de nuevo, e incluso resulta difícil
determinar quien las leyó por vez primera. ¿Y que hacer con esos
viejos esquíes de la buhardilla? ¿O de la casa de muñecas que
espera ser reparada en el sótano? El piano esta desafinado y el perro,
loco. El verano en que los Turner se divorciaron, la piscina no tenía
amo ni dueña, pese a que el sol pegó de firme, día tras día, y en
Connecticut se declaró oficialmente la sequía.
Era una piscina joven, de sólo
dos años, y de aquella frágil clase construida con una capa de
plástico cubriendo un hoyo en el suelo. La parte lateral del jardín
de los Turner adquirió aspecto infernal, mientras construían la
piscina; una excavadora se hundió en el barro y tuvo que ser
rescatada por otra. Pero a mitad de verano, el nuevo césped crecía
lozano, las losas alrededor de la piscina estaban ya puestas, el
plástico azul daba al agua un matiz celeste y era preciso reconocer
que los Turner habían dado en el clavo una vez más. Iban siempre un
poco adelantados con respecto a sus amigos. Él era un hombre alto,
con vello en la espalda, largos brazos, y la nariz aplastada en la
práctica de fútbol americano, con la congestiva mirada de quienes
tienen demasiada sangre. Ella era una rubia de frágil esqueleto, con
secos ojos azules, y labios siempre separados y salidos, como si se
dispusiera a formular una pregunta molesta o caprichosa. Nunca
parecieron tan felices, y nunca pareció su matrimonio tan sólido y
sano como en aquellos dos veranos. La natación les puso la piel
morena y el cuerpo flexible y suave. Ted comenzaba el día nadando
unos metros, antes de vestirse y tomar el tren, y Linda se pasaba la
jornada junto a la piscina, como una reina, entre multitudes de
húmedas matronas y niños mojados, y cuando Ted regresaba del trabajo
encontraba una cocker spaniel party en plena celebración junto
a la piscina, y la pareja terminaba la jornada a medianoche, cuando
sus amigos por fin se iban, nadando desnudos los dos, antes de
acostarse. ¡Que éxtasis! En la oscuridad, el agua parecía suave
como la leche, y etérea como el hielo, y los nadadores se
transformaban en gigantes, deslizándose de un lado a otro merced a
una sola brazada.
En el mes de mayo siguiente, la
piscina estaba llena como de costumbre, y, como de costumbre, se
había reunido el habitual grupo de madres y niños, después de la
jornada escolar, pero, cosa extraña, Linda se había quedado dentro.
Se la oía, dentro de la casa, yendo de una estancia a otra, pero no
salió, como en los anteriores veranos, con una alegre bandeja de
hielo y un haz de botellas, así como los pastelitos y las limonadas
para los chicos. Entonces, los amigos comenzaron a sentir la
inhibición de presentarse en casa de lo Turner, con la toalla bajo el
brazo, los fines de semana. Pese a que Linda había perdido peso y
tenía elegante aspecto, y a que Ted se mostraba agobiadoramente
jovial, el matrimonio desprendía el leve, insomne e inhibitorio aroma
de las parejas con problemas. Luego, el día siguiente de la
terminación del curso escolar, Linda se fue con sus hijos a casa de
sus padres, en Ohio. Ted pasaba muchas noches en la ciudad, y la
piscina permanecía desierta. Pese a que la bomba que hacía pasar el
agua por el filtro seguía murmurando entre las lilas, la impoluta
piscina comenzó a enturbiarse. Los cuerpos de abejas y moscas muertas
comenzaron a puntear la superficie. Una pelota de plástico, moteada,
flotó hasta situarse en un ángulo, junto a la palanca, y allá se
quedó. La hierba entre las losas comenzó a languidecer. En el
tablero de vidrio de la mesa junto a la piscina había una lata de
abrillantador “Off!”, ya sin presión, y en un vaso de ginebra con
agua Tónica flotaba una hoja de menta marchita. La piscina presentaba
un aspecto desolado, como una charca de agua pútrida en la jungla.
Parecía venenosa y avergonzada. El cartero, al meter en el cajín
avisos de pagos atrasados y ofertas de publicaciones pornográficas,
apartaba cortésmente la vista de la piscina.
Algunos fines de semana del mes de
junio, Ted escapó de la ciudad y los pasó en la casa. Los familiares,
al ir en automóvil a la iglesia, le vieron ocupado en rociar
tristemente el agua con desinfectantes. Ted estaba pálido y flaco.
Enseñó a Roscoe Chace su vecino de la izquierda, el modo de poner en
marcha la bomba y de cambiar el filtro y le dijo las cantidades de
cloro y Algitrol que debía añadir todas las semanas. Explicó que no
podía cumplir esta tarea todos los fines de semana, como si la
distancia que durante años había recorrido dos veces al día, yendo
y viniendo de Nueva York, se había convertido en una cuesta
imposiblemente empinada que llevará al pasado. En vagos términos,
dijo que Linda había dejado la casa de sus padres, en Akron, y que
estaba de visita en casa de s hermana en Minneapolis. A medida que la
sorpresa de la desaparición de los Turner fue perdiendo potencia, la
piscina iba pareciendo menos fantasmal y prohibitiva. Los niños
Murtaugh —los Murtaugh eran los vecinos de la derecha de los Turner,
y formaban una agitada familia numerosa— comenzaron a utilizar la
piscina, sin que nadie les vigilara. Por esto, los viejos amigos de
Linda, con sus hijos, comenzaron a hacer acto de presencia “para
evitar que los chicos Murtaugh se ahoguen los unos a los otros”. Si,
porque si algo melo les ocurría a los niños Murtaugh, los pobres
Turner (el adjetivo apareció automáticamente) serían demandados en
juicio y les pedirían las mil y una, precisamente en el momento en
que menos gastos podían permitirse. Entonces, utilizar la piscina se
convirtió en una especie de deber, en una muestra de lealtad.
Aquel mes de julio fue el más
caluroso en veintisiete años. La gente transportó sus propios
muebles de jardín, en automóviles del tipo rural, y los instaló en
la piscina. Los hijos mayorcitos y las chicas suizas que servían en
las casas bajo el régimen au-pair fueron investidos del cargo
de salvavidas. En el garaje se encontró un cordel de nilón con
flotadores de corcho, cuya finalidad era separar la zona de saltos de
la zona de chapoteo, y se instaló en la piscina. Agnes Kleefield
aportó una vieja nevera que se conectó a un enchufe en la parte alta
del sótano en donde Ted solía trabajar en su banco de carpintería,
y la nevera se utilizó para guardar hielo, agua de quinina y bebidas
no alcohólicas. Junto a la nevera apareció una caja de zapatos con
calderilla, a fin de que se efectuaran los pagos, según un sistema de
honor y honradez, y en los peldaños que llevaban a la casa de los
Turner se formó una colección de objetos diversos perdidos en la
piscina y sus contornos, tales como gafas de sol olvidadas, aletas de
natación, toallas, lociones, libros en rústica, camisas e incluso
ropa interior. Aquel mes de julio, cuando la gente decía “nos
encontraremos en la piscina” no se referían a la piscina pública
situada junto al centro de ventas, ni a la del club de campo. No, ya
que se referían siempre a la piscina de los Turner. Resultaba
difícil restringir la afluencia, sin dar lugar a situaciones
embarazosas. Un obispo metodista que visitaba la población, dos
economistas procedentes de Taiwan, un equipo femenino de balonvolea de
Darién, un eminente poeta canadiense, el campeón de tiro con arco de
Hartford, los seis miembros de un grupo negro de rock llamado “Los
bienintencionados”, un ex amante de Ali Kan, la suegra de cabello
azulenco de un asesor de Nixon que no alcanzaba todavía a tener
categoría ministerial, un niño de seis semanas, un hombre que murió
de accidente al día siguiente en Merrit Parkway, un filipino capaz de
permanecer ochenta segundos en el fondo de la piscina, dos tejanos que
iban siempre con un cigarro entre los dientes y el sombrero en la
cabeza, tres reparadores de hilos telefónicos, cuatro expatriados
checos, un estudiante maoísta de la Wesleyan, y el cartero, todos
nadaron, en calidad de huéspedes, en la piscina de los Turner, aunque
no lo hicieron todos a la vez. Cuando la multitud de las horas diurnas
comenzaron a menguar, y la caja de zapatos volvía a ponerse dentro de
la nevera, y cuando la última chica au-pair agarraba al
último niño macerado y con carne de gallina y se lo llevaba
temblando a cenar, comenzaba a subir la marea de las actividades del
atardecer, principalmente la de los partidarios de las expansiones
amorosas (los más notorios eran la señora Kleefield y el chico
Nicholson), y otras actividades que algunos, con ganas de dramatizar,
denominaban orgías. Cierto es que los chapuzones de última hora y
los exitados resoplidos y gemidos a menudo impedían dormir a la
señora Chace, y que los niños Murtaugh se pasaban horas en las
ventanas de las buhardillas de su casa, armados con prismáticos.
Además, las perdidas prendas interiores no dejaban de ser un indicio.
A primeras horas de un sábado del
mes de agosto, los madrugadores encontraron un automóvil con
matricula de Nueva York aparado en el garaje. Pero era tan normal ver
allí automóviles de todo pelo —el lío de coches aparcados a
menudo llegaba hasta la calle— que nadie prestó gran atención al
asunto, ni siquiera cuando alguien advirtió que las ventanas del
dormitorio, en el primer piso, estaban abiertas. Y, realmente, nada
ocurrió, salvo que alrededor de la hora de la cena, cuando los
visitantes nocturnos comenzaban a llegar en tropel, Ted y una mujer
desconocida, del mismo tipo físico que Linda, aunque morena, salieron
muy deprisa por la puerta de la cocina, subiendo en un automóvil y
emprendieron el camino de regreso a Nueva York. De esta manera, las
pocas niñeras que quedaban y los ardientes recién llegados pudieron
vislumbrar las raíces de un divorcio. Los dos amantes habían estado
presos todo el día en el interior de la casa. Ted temía las
consecuencias jurídicas de que les vieran juntos, y de que quien les
viera lo comunicara por escrito a Linda. Los tratos para llegar a un
arreglo en materia económica estaban en un momento muy delicado, y
únicamente el terror que Ted sentía ante los abogados de Linda pudo
poner coto a la indignación que experimentó al ver, a través de la
celosía, su piscina particular y privada convertido en un público
carnaval. Después, y durante largo tiempo, a pesar de que no contrajo
matrimonio con aquella mujer, Ted recordó el día que vivió con ella,
como un par de fugitivos escondidos en una cueva, alimentándose de
amor y de agua, yendo descalzos y de puntillas a las alacenas vacías
que habían pensado llenar por la mañana, ya que llegaron la noche
anterior, sin pensar en que aquella multitud les dejaría presos en la
casa. Ted recordaba que el cabello de la muchacha le había
cosquilleado un hombro, mientras ella estaba agazapada junto a él, en
la ventana, y Ted al través de los irritados latidos de su sangre,
sintió el esbelto cuerpo de la chica conteniendo la respiración para
no reír.
Avanzado ya el mes de agosto,
llegaron los días nubosos. Los chicos perdieron sus ganas de nadar.
Roscoe Chace se fue de vacaciones a Italia. La bomba se estropeó y
nadie la reparó. Los cuerpos de moscas muertas fueron acumulándose
en a superficie de la piscina. Pequeños sapos engañados se lanzaron
a ella, y nadaron y nadaron sin esperanza. Por fin, Linda regresó.
Desde Mineapolis se había trasladado a Idaho, para estar allí seis
semanas, y divorciarse. Las excursiones y el montar a caballo habían
puesto a Linda y a los chicos con la cara morena. Los labios de Linda
tenían un aspecto más seco e intrigado que en cualquier otro
instante, como si todavía se empeñaran en formular debidamente aquel
molesto interrogante. Se puso ante la ventana, en la casa que ya
parecía carecer de muebles, ante la misma ventana en la que los dos
amantes se habían agazapado, y contempló la desierta piscina. Los
salpicones habían puesto verde la hierba a su alrededor, salvo en un
lugar en el que había reposado largo tiempo una toalla, dejando un
rectángulo castaño. Aquí y allá habían muebles de aluminio, rotos
y abandonados, que Linda no había visto en su vida. Contó nueve
botellas bajo la mesa con tablero de vidrio. La corchera divisoria con
alma de nilón se había roto, y cada una de sus porciones flotaba
independientemente. El plástico azul bajo el agua incolora parecía
esforzarse en transmitir un alegre mensaje de otros mundos, pero Linda
comprendió que la piscina carecía de fondo, que contenía una
pérdida sin fondo, que era como una gran lágrima azul. A Dios
gracias, nadie se había ahogado en aquella piscina. Nadie salvo ella,
Linda. Comprendió que nunca sería capaz de volver a vivir allí. En
septiembre, la casa fue vendida a una familia con hijos de muy corta
edad, y, para evitar accidentes, esta familia no sólo vació la
piscina sino que la sello con tubos de fierro y una densa tela
metálica encima. Pusieron carteles de precaución alrededor, como si
se tratara de un perro encadenado.
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