Katherine Anne Porter
(Indian Creek, Texas, 1890 - Silver Spring, Maryland, 1980)


El espejo agrietado
(“The Cracked Looking-Glass”)
Originalmente publicado en Scribner's Magazine, 91 (Mayo 1932), pp. 271-76, 313-20
Flowering Judas and Other Stories (1935 edition)


      Dennis oyó a Rosaleen hablando en la cocina y una voz de hombre respondiéndole. Se sentó con las manos entre las rodillas y pensó por centésima vez que, en ocasiones, la voz de Rosaleen le hacía muy buena compañía, pero otros días deseaba que no fuera tan parlanchina. Poco a poco, los años van acabando con un hombre; en este mundo no tenía sentido alguno repetir las mismas cosas continuamente. Incluso pensar lo mismo llegaba a ser agotador al cabo de un tiempo. Pero como siempre, Rosaleen rebosaba de conversación. Si no hablaba con él, lo hacía con cualquiera que pasara y se detuviese un minuto, y si no se detenía nadie, hablaba con los gatos o consigo misma. Si Dennis se acercaba, se limitaba a alzar la voz y seguir con lo que estuviese diciendo, de modo que no era raro que gritara de pronto: «Fuera de ahí ahora mismo... ¿Cuántas veces tengo que deciros que no os acerquéis a la mesa?». Y los gatos se dispersaban en todas direcciones con aire culpable. «Eso basta para que un hombre pierda los estribos», se quejaba Dennis. «No te lo he dicho a ti, querido», decía Rosaleen, como si así lo arreglara todo. Si él no se marchaba enseguida, comenzaba a contarle otra historia. Pero ese día no había dejado de ahuyentarlo y no le había dicho ni una sola palabra amable, así que Dennis, en el exilio, sintió que todo y todos eran alli bienvenidos, salvo él. Por vigésima vez se acercó de puntillas y escuchó por el agujero de la cerradura del salón.
       Rosaleen decía: «Tal vez sus patas delanteras puedan parecer un poco rollizas para un gato vivo, pero en el cuadro no importa mucho. Le dije a Kevin: “Jamás pintarás ese gato con vida”, pero lo hizo, con pintura de pared mezclada en un platillo y un pincel pequeño para poder pintar líneas finas en todas partes. Sus patas tienen ese aspecto porque quise que lo retratara sobre la mesa, pero no pasó así: estuvo sobre mi regazo todo el tiempo. Era tina maravilla con los ratones, un cazador nato que no los dejaba en paz de la mañana a la noche...».
       Dennis se sentó en el sofá del salón y pensó: «Ya estamos. Vuelve a hablar de eso». Se preguntó quién sería aquel hombre, cuya voz le resultaba desconocida, pero que sin duda era un firme y dispuesto charlatán que parecía estar tratando de vender algo.
       —Es un bonito cuadro, señora O’Toole —expresó la voz—. ¿Quién ha dicho usted que era el autor?
       —Un muchacho llamado Kevin, como un hermano para mí, que se marchó para hacer fortuna —contestó Rosaleen—. De oficio pintor de brocha gorda.
       —¡La viva imagen de un gato! —rugió la voz.
       —Así es —dijo Rosaleen—. El gato Billy vivo. La gata Nelly, aquí, es su hermana, y el gato Jimmy y la gata Annie y el gato Mickey son sobrinos y sobrinas, todos son muy parecidos. Fue de lo más raro lo que le sucedió al gato Billy, señor Pendleton. Tan atareado cazando, que algunas veces no venía a cenar hasta después del anochecer, y entonces, una noche, no apareció, ni tampoco al día siguiente ni al otro y yo no podía dejar de pensar en él, no podía pegar ojo. Entonces, a medianoche del tercer día, me fui a dormir y el gato Billy entró en mi habitación y saltó sobre mi almohada y dijo: «Pasado el campo del norte hay un arce con una gran cicatriz cuya rama fue arrancada por la tormenta. Cerca hay una piedra chata, allí me encontrarás. He caído en una trampa. No era para mí, pero me atrapó igual. Y ahora tranquilízate, porque todo ha terminado». Luego se marchó, mirándome por encima del lomo como un ser humano; desperté a Dennis y se lo conté. Tan seguro como que estamos vivos, señor Pendleton, le digo que esto es verdad. Entonces Dennis fue hasta más allá del campo del norte, lo trajo a casa, lo enterramos en el jardín y lloramos por él.
       Su voz se quebró y bajó de tono y Dennis se estremeció temiendo que fuese a estallar en lágrimas delante de ese forastero.
       —Por el amor de Dios, señora O'Toole —dijo aquel bocazas—. No se puede superar algo así, ¿verdad? ¡Es la cosa más extraordinaria que he oído jamás!
       Dennis se levantó con un pequeño crujido y rodeó la casa por el lado este, justo a tiempo para ver a un hombre gordo con una cara roja fofa subiendo a un viejo coche herrumbroso con un rótulo pintado en la portezuela.
       —Siempre con tus cosas —comentó, asomando la cabeza en la puerta de la cocina—. ¡Siempre contando cuentos increíbles!
       —Bueno —dijo Rosaleen, sin la menor vergüenza—, quería un cuento y le conté uno muy bueno. Es mi sangre irlandesa.
       —Siempre exagerando las cosas —dijo Dennis—. Eso es lo que haces: exagerar las cosas.
       Rosaleen se volvió, un tanto inquieta.
       —¡Fuera de aquí! —gritó, y los gatos no movieron un pelo del bigote—. ¡La cocina no es lugar para un hombre! ¿Cuántas veces tengo que decírtelo?
       —Bueno, dame el sombrero, ¿quieres? —dijo Dennis, porque su sombrero colgaba de un clavo sobre el calendario y allí había estado, al alcance de la mano, desde que vivían en la granja.
       Pocos minutos más tarde quiso su pipa, que estaba sobre la repisa de la lámpara, donde siempre la dejaba. A continuación necesitó con urgencia sus botas, aunque no las había visto en un mes. Por último, se le ocurrió decir algo y abrió la puerta unos centímetros.
       —¿Dónde he estado sentado sin que me molestaran durante los últimos diez años —preguntó, mirando su sillón con el cojín recién mullido, junto a la gran mesa—. ¿Y hoy no hay lugar para mí?
       —Si gruñes, lo lamentarás —dijo Rosaleen alegremente—. Y ahora, ¡vete antes de que te lance algo!
       Dennis dejó el sombrero sobre la mesa del salón y las botas debajo del sofá, y se sentó en los escalones de la entrada, donde encendió su pipa. Pronto refrescaría, y pensó que debería haber cogido su vieja chaqueta de piel que colgaba del gancho de la puerta de la cocina. ¿Qué se proponía Rosaleen? Definitivamente, Rosaleen desmerecía a menudo a los irlandeses al atribuirles sus propios defectos. Ser irlandés, pensó, era ser como él: un hombre sobrio, práctico, reflexivo y amante de la verdad. Rosaleen no podía entenderlo. «¡Es que tu cabeza es de piedra!», le había dicho ella una vez, fingiendo bromear, pero hablando en serio. Nunca le había valorado, esa era la verdad. Como tampoco le había valorado su primera mujer. Les diera lo que les diese, siempre querían algo más. Cuando era joven y pobre, su primera mujer quería dinero. Y cuando era un hombre formal con dinero en el banco, su segunda mujer quería un hombre joven lleno de vida. «Todas nacen ingratas, de un modo u otro», concluyó, y acto seguido se sintió mejor, como si al fin tuviera algo sólido en que apoyarse. En septiembre, un hombre puede esperar su muerte sentado en escalones como aquellos, ¡y qué poco le importaba a ella! Apretó los dientes y sintió que ya no encajaban bien y que sus pies y sus manos parecían atados a él con cuerdas.
       Por entonces, Rosaleen no parecía haber envejecido ni siquiera un año. Se diría que lo hacía para mortificarle, pero no era rencorosa. Tenía que admitirlo. Aun asi, ella no podía olvidar que su niñez en Irlanda había sido felicísima y siempre contaba y repetía hasta la saciedad anécdotas de entonces. Tenía mucho más presente la juventud de Rosaleen que la suya. No recordaba por orden las cosas que le habían ido sucediendo. Su pasado yacía como una gran masa informe dentro de él; allí estaba, lo conocía en conjunto cuando trataba de evocarlo, como quien despacha un arcón cuyo contenido conoce sin molestarse en nombrar ni en contar los objetos que contiene. En suma, la vida no había sido fácil para aquel ser llamado Dennis O'Toole, en Bristol, Inglaterra, donde se crió y donde trabajó antes de estar preparado en los primeros empleos que pudo encontrar. Su esposa inglesa no le había perdonado nunca el haberla desarraigado para llevarla a Nueva York, donde vivían sus hermanos y hermanas y donde podría encontrar un empleo mejor. De alguna manera los interminables años en que había sido camarero primero y luego jefe de camareros en un hotel de Nueva York, se habían grabado en su mente. No se trataba del mejor de los hoteles, desde luego, pero aun así él era jefe de camareros y eso representaba bastante dinero, el suficiente para comprar esa granja en Connecticut y tener unos ingresos limitados pero constantes, así que... ¿qué más podía pedir Rosaleen?
       No sintió la muerte de su primera esposa, a los pocos años de salir de Inglaterra, porque nunca se habían querido, y en aquel momento le parecía que, aun antes de que ella muriera, se había hecho el firme propósito de no volver a casarse nunca si ella moría. Se mantuvo firme hasta que, a punto de cumplir cincuenta años, conoció a Rosaleen en un baile, en el salón County Sligo de la calle Ochenta y seis Este. Era una muchacha alta, corpulenta y sonrosada, excelente bailarina, muy disputada por los hombres. Le concedió un baile y le rechazó durante dos años. Decía que no tenía nada en contra de él, excepto que procedía de Bristol, pues ya se sabía que los irlandeses que vivían fuera de su país no eran gente de fiar. No podía decir por qué, simplemente esa era la fama que tenían, peor que la de los dublineses. Aunque fuese el último hombre que quedase sobre la tierra ninguna muchacha decente de Sligo se casaría con un dublinés. Dennis no estaba de acuerdo, jamás había oído nada semejante contra los dublineses; pensaba que una pueblerina aprovecharía la oportunidad de casarse con cualquier hombre de la ciudad. Rosaleen dijo: «Tal vez», pero ya vería él si se casaba o no con un irlandés de Bristol. Trabajaba como criada en la casa de una mujer rica, un verdadero demonio donde los haya, decía Rosa leen; al principio Dennis se había sentido inquieto: temía que una muchacha joven necesitada de trabajar tanto quisiera casarse con un hombre mayor sólo por su dinero, pero antes de que pasaran dos años ya se había olvidado de ese temor.
       Cuando Dennis empezó a desear, alguna que otra vez, habérsela cedido a uno de aquellos muchachos de fuertes brazos, no hacía mucho que estaban casados, pero le había cogido cariño; era una muchacha excelente y, cuando su pasión se fue enfriando, supo que había hecho lo mejor, si bien habría preferido que hubiese sido Rosaleen la mujer con la que se había casado por primera vez en Bristol, pues así convivirían como dos personas de casi la misma edad. Treinta años eran demasiada diferencia, pero nunca le decía nada semejante. Un hombre debe guardarse algo para si. Golpeó su pipa contra el felpudo y sintió una verdadera necesidad de ir a la cocina a buscar un limpiapipas para completar su labor.
       —Entra, eres bienvenido —dijo Rosaleen.
       Él se detuvo, mirando a su alrededor y preguntándose qué había estado haciendo. Ella le previno:
       —Me voy a ordeñar, y mantente aparte. La vaca, ¡pobre criatura!, muy pronto estará saltando los muretes de piedra en busca de manzanas, corriendo libre por los campos y bramando, y todo por otro ternero, ¡pobre engañada!
       —No veo qué engaño hay en eso —dijo Dennis.
       —Oh, ¿no lo sabes? —dijo Rosaleen, y recogió sus cubos para la leche.
       La cocina era cálida y Dennis se sintió de nuevo en casa. Había agua al fuego para el té, los gatos yacían acurrucados o estirados, a su gusto, y Dennis se sentó, con una sonrisa profunda para limpiar su pipa. En el establo, Rosaleen se levantó la falda de guinga color púrpura y se sentó con la frente apoyada en el costado cálido y sereno de la vaca, para ordeñar dos espesos chorros de leche en el cubo. «Esto no es vida, no es vida. Un hombre de su edad no es consuelo para una mujer», le dijo a la vaca, y continuó murmurando bajito quejándose de la vida que llevaba.
       Algunas veces deseaba no haber ido nunca a Connecticut, donde sólo había rusos, polacos e italianos con quienes conversar y, la verdad, no eran mejores que los protestantes negros. Y los nativos eran aún peores. Le asaltó una escena protagonizada por sus vecinos de lo alto de la colina: una mujer de aspecto famélico con un vestido gris oscuro, un hombre amargado con los párpados enrojecidos y su hijo bobo. Los domingos pasaban arrastrando sus tristes zapatos viejos hacia el templo cuáquero, pero ahí terminaba su religiosidad, pensó Rosaleen con desdén. Durante la semana golpeaban al pobre niño y a los animales y reñían entre ellos. Ni un día de fiesta, ni un poco de color en sus ropas, ni un gesto cristiano para alma viviente alguna. «Cometen pecado mortal todos los días», dijo Rosaleen. Pero era Dennis, que envejecía, lo que le rompía el corazón. ¡Y eso que en su vida había visto tal cantidad de pelo en la cabeza de ningún hombre! Un hombre imponente, ¡oh, qué hombre tan imponente era Dennis en aquella época! Evocó la imagen de Dennis con su traje negro y sus guantes blancos, un hombre muy entendido que era capaz de decir a los ricachones lo que debían pedir para comer bien, tan caballero con su rígida pechera blanca, que por una parte dirigía a los camareros y por la otra a los clientes, y que así ganaba mucho dinero. Y ahora. No, no podía creer que ese hombre fuera Dennis. ¿Dónde estaba Dennis? ¿Y dónde estaba Kevin? Ahora lamentaba haber lastimado a Kevin hablándole de su chica. Había sido en broma, sin duda no tenía intención de hacerle daño. Era extraño no poder abrir el corazón a un buen amigo. Un día en que irrumpió como un trueno, Kevin le había mostrado el retrato de su novia cuando Rosaleen ni siquiera sabía de su existencia. Trabajaba como camarera en Nueva York y, si alguna vez Rosaleen había cargado las tintas hablando de la típica lagarta negrita descarada, esa de la que se burlan los muchachos cuando se sienten como en casa, esas que se marchan a Nueva York y van por el mal camino, era aquella.
       —Dime que nunca irás en serio con ella, ¿verdad? —Rosaleen había gritado y las lágrimas le llenaban los ojos.
       —¿Y por qué no? —preguntó Kevin, con el mentón cerrado como una caja —. Nos lo hemos pasado en grande durante tres años. Quien diga una palabra contra ella me está ofendiendo.
       Y aunque no estaban exactamente riñendo, la conversación desde luego, no parecía nada amistosa y Kevin la concluyó metiéndose la fotografía en el bolsillo y diciendo:
       —No hablemos más del asunto. ¡He cometido un inmenso error contándotelo!
       Aquella noche había hecho su equipaje antes de irse a dormir, pero bajó y se sentó con ellos en los escalones un momento; ellos prefirieron no decir nada, como si nada hubiera sucedido.
       —Un hombre debe hacer algo con su vida —explicó Kevin—. Siempre hay cosas por hacer en algún lugar del mundo, y yo me marcho a Nueva York o tal vez a Boston.
       —Escríbeme una carta —dijo Rosaleen—, no lo olvides, estaré esperando.
       —Te escribiré en cuanto sepa dónde me instalaré —le prometió él.
       Se habían separado con falsas sonrisas abiertas en sus rostros, caminando abrazados hasta la verja. Más tarde llegó una postal de Nueva York, del edilicio Woolworth, con una sola frase: «Este es mi hotel, Kevin». Y ni una palabra más en cinco años. ¡El muy desgraciado, el muy tonto! En cuanto desapareció calle abajo con su maleta al hombro, Rosaleen regresó a casa y se miró en el espejo cuadrado que tenía colgado junto a la ventana de la cocina. Una grieta que cruzaba la luna hacía una onda en el cristal y era como contemplarse la cara en el agua. «Dios no me ve así --dijo, volviendo a colgar el espejo en el clavo—. Si fuese así, no debería sorprenderme de que se haya marchado. Pero no soy así.» Estaba profundamente convencida de que él no sacaría nada bueno de corretear tras aquella muchacha tan vulgar, pero seguramente pronto se daría cuenta de cómo era ella y regresara, porque Kevin no era tonto. Esperó anhelando que Kevin retornara y confesara que ella había tenido razón y dijera: «Lamento haber herido tus sentimientos por alguien que ni siquiera es digno de mirarte». Pero ya habían pasado cinco años. Cubrió con un tapete de ganchillo el marco del cuadro del gato Billy y lo puso sobre la pequeña mesa de la cocina; a veces le daba una excusa para volver a mencionar el nombre de Kevin, aunque a Dennis le sonara como un estallido en los tímpanos. «No me hables de él —dijo Dennis más de una vez —. Debería habernos escrito algo. Es de una ingratitud insoportable.» Se preguntó qué haría entonces con Dennis y suspiró profundamente contra el lomo de la vaca. Ser esposa no consistía en envolver a un hombre en algodones como un bebé y ponerle bolsas de agua caliente. Se levantó suspirando y dio un puntapié al taburete. «Ya está», le dijo a la vaca. No pudo evitar sentirse de pronto feliz a la vista de la lámpara y del fuego que hacían todo tan acogedor. El olor de la vainilla le recordó el perfume. Puso un mantel de flecos blancos en la mesa, mientras Dennis colaba la leche. —Bien, Dennis, hoy es un gran día y por eso celebramos una fiesta.
       —¿Es el día de Todos los Santos? —preguntó Dennis, que nunca miraba el calendario—. ¿Qué más da un día que otro?
       —No —dijo Rosaleen—, ahora acerca tu silla.
       Dennis se arriesgó diciendo que quizá fuese Navidad, pero Rosaleen le dijo que era un día aún mejor que Navidad.
       —No se me ocurre qué día puede ser hoy —exclamó Dennis, mirando al brillante ganso asado—. Que yo sepa no es el cumpleaños de nadie.
       Rosaleen levantó la tarta, que semejaba un montículo de nieve recién caída, floreciente de velas.
       —Cuenta las velas y sabrás qué día es hoy —le urgió.
       Dennis las contó señalando con el índice.
       —Así que es eso, Rosaleen, es eso.
       Luego intercambiaron algunas palabras. Se le había ido de la cabeza por completo. Rosaleen quiso saber cuándo no se le habían ido las cosas de la cabeza. Si dependieran de su memoria, no habrían celebrado nunca su boda.
       —No es cierto —dijo Dennis—. Recuerdo muy bien que me casé contigo. Es la fecha lo que se me escapa.
       —Podrías pasar por inglés —dijo Rosaleen—. Un perfecto inglés.
       Miró el reloj y le recordó que la boda se había celebrado hacía veinticinco años, por la mañana a las diez, y que por la noche, a esa misma hora, se habían sentado juntos para disfrutar de su primera cena de casados. Dennis pensó que tal vez el haber aconsejado a los clientes qué comer y después verlos comiendo le había quitado el gusto por la comida.
       —Tú sabes que no debo comer tarta —dijo—. Me sienta mal.
       Rosaleen estaba segura de que su pastel no podía sentarle mal ni a un un bebé. Dennis sabía bien que cualquier clase de dulce le caía como una piedra. Mientras discutían, dieron buena cuenta del ganso, tan bien cocinado que se deshacía en la boca, y terminaron comiendo grandes trozos de tarta y bebiendo litros de té; Dennis tuvo que admitir que hacía años que no se sentía tan bien. La miró, sentada al otro lado de la mesa, y pensó que era una mujer muy guapa; volvió a reparar en su cabello rojo, en sus pestañas claras, en sus robustos brazos y en sus fuertes y grandes dientes, y se preguntó qué pensaría de él desde que ya no le servía como hombre. Así era, todo había terminado hacía años. A veces se sentía culpable ante Rosaleen, que no siempre comprendía que llega un momento en que un hombre está acabado y no hay nada que hacer al respecto. Rosaleen sirvió dos copitas de licor de cereza casero.
       —Me siento la encarnación del baile esta noche, Dennis —le dijo—. ¿Recuerdas cuando nos conocimos en el salón de Sligo, cuando tocaba la banda?
       Sirvió de nuevo licor para ambos y se inclinó sobre él con los ojos brillantes, como si le estuviera diciendo algo que nunca hubiese escuchado.
       —Recuerdo a un muchacho en Irlanda que era un gran bailarín, el mejor, y estaba loco por mí y yo era un demonio con él. ¿Qué es lo que hace a una muchacha ser así, Dennis? También era una buena pareja de baile, a todas las muchachas les encantaba coquetear con él, pero a mí no. Me dijo mil veces: «Rosaleen, ¿por qué no bailas conmigo sólo una vez?». Y yo le contestaba: «Ya bailas mucho, no necesitas que yo pierda el tiempo». Y así pasó todo el verano sin que él bailara con nadie y todo el mundo le hacía la vida imposible, hasta que por fin bailé con él. Luego regresó a casa andando conmigo y con una verdadera multitud. El cielo estaba henchido de estrellas y los perros ladraban a lo lejos. Entonces le prometí seguir viéndole, pero en cuanto pronuncié esa promesa, ya me había arrepentido de hacerla. Yo era así. Solíamos pasamos el día entero preparándonos para los bailes, lavándonos y rizándonos el pelo y probándonos y arreglándonos vestidos, riéndonos de los muchachos e inventándonos cosas para decirles. Cuando mi hermana Honora se casó, me confundieron con la novia, Dennis, con mi vestido blanco con volantes hasta los talones y mi pelo con una guirnalda. Así que todo el mundo bebió a mi salud, por la bella del baile, y se dijo que seguramente sería la próxima novia. Honora me dijo que ahorrara rubores o no me quedaría ninguno para lucir en mi boda. Siempre me ha envidiado, Dennis, me envidia hasta hoy día, tú lo sabes.
       —Tal vez —respondió Dennis.
       —Quizá no en este tema —rectificó Rosaleen—, pero de pequeñas nos divertimos mucho. Recuerdo la época en que mi bisabuelo tenía noventa años y estaba en su lecho de muerte. Nos turnábamos para cuidarle durante la noche...
       —Y tardó en morir —dijo Dennis, para mostrar su interés. Tenía tanto sueño que a duras penas mantenía la cabeza erguida.
       —Así es —dijo Rosaleen—. Por eso aquella noche Honora y yo estábamos pendientes y bostezábamos hasta que el corazón se nos salía por la boca, porque se había celebrado un gran baile la noche anterior. Nuestra madre nos dijo: «Tocadle los pies de vez en cuando y, en el momento en que los notéis fríos, sabréis que está cerca del final. No puede pasar de esta noche —añadió —, pero estad cerca de él». Y allí estábamos, bebiendo té y riendo muy quedo para mantenernos despiertas, mientras el viejo yacía con la barbilla apoyada en el edredón. «Espera un minuto —dijo Honora, y le tocó los pies—. Se están enfriando», y siguió contándome lo que le había dicho a Shane en el baile, que estaba celoso de Terence y le preguntó si podía confiar en ella cuando no la tenía a la vista. Y Honora le dijo a Shane: «No, no puedes», y, oh, él rugió, loco de cólera. Entonces Honora se cubrió la boca con un puño para sofocar la risa. Yo toqué los pies y las piernas de nuestro bisabuelo y estaban frías como arcilla hasta las rodillas, así que dije: «Quizá sea mejor llamar a alguien», pero Honora contestó: «Oh, todavía le falta para enfriarse». Así que nos servimos té, comenzamos a peinamos y cepillamos el pelo una a la otra y nos pusimos a susurrar nuestros secretos y a reír más. Luego Honora puso la mano bajo el edredón y dijo: «Rosaleen, su estómago está frío, ya debe de estar muerto». Entonces el bisabuelo abrió un ojo lleno de rabia y dijo: «Nada de eso, ¡y marchaos al infierno!». Soltamos un gran grito, y cuando todos aparecieron volando Honora exclamó: «¡Oh, está muerto y seguramente se ha ido ya, Dios le acoja en su seno!». Y créeme que así fue. Acababa de irse. Y mientras las viejas lo lavaban, Honora y yo nos sentamos, riendo y llorando al mismo tiempo... y fue justo seis meses más tarde cuando el bisabuelo me visitó en sueños, como te he contado tantas veces, y todavía nos perseguía a Honora y a mí por reír cuando velábamos. «Me muero de ganas de azotaros hasta el último segundo de vuestras vidas —me dijo—, pero en este momento estoy lamentándome en el Purgatorio debido a las últimas palabras que os dije. Id y haced que celebren una misa más por el descanso de mi alma porque estoy aquí por vuestra mala conducta —me dijo—, id ahora mismo. ¡Y maldita seas!».
       —Y tú despertaste sudando —dijo Dennis— y fuiste a misa antes del alba. Rosaleen asintió con un gesto.
       —Ah, Dennis, si hubiera entregado mi corazón a aquel muchacho, no habría tenido que dejar Irlanda. Y cuando pienso cómo terminó todo con él. Conmigo tan lejos y el chico con un golpe en la cabeza y abandonado en una zanja.
       —Eso lo has soñado —dijo Dennis.
       —Sí, lo soñé, pero seguramente fue así. Cuando lloraba y lloraba por él... —Rosaleen estaba orgullosa de su llanto—, no sabía lo afortunada que sería aquí.
       Dennis no lograba imaginar a qué fortuna se refería.
       —Déjalo correr, pues —dijo Rosaleen. Volvió a acercarse a los estantes del rincón—. El hombre que ha venido hoy vendía pipas —afirmó— y le compré la mejor que tenía.
       Era una pipa tallada que imitaba la espuma del mar, con un león melenudo acechando desde la selva, tan grande como el puño de un hombre.
       —Debe de haberle costado un buen dinero —dijo Dennis.
       —Eso no te importa —dijo Rosaleen—. Yo quería regalarte una pipa.
       —El tallado es excelente, me pregunto si tirará bien —dijo Dennis.
       La llenó, la encendió y, como estaba cansado de sostenerla, dijo que una pipa nueva no tenía mucho sabor.
       —Es idéntica a una que tuvo mi padre —le dijo Rosaleen para alentarlo—. Y enseguida dio un sabor que tumbaba, decía él. Así que llegará a ser una buena pipa.
       «Y yo descansaré en mi tumba —pensó Dennis con amargura— y ella encontrará algún hombre capaz de hacerla callar.»
       Cuando se acostaron, Rosaleen atrajo la cabeza de él sobre su hombro.
       —Dennis, si me pongo a recordar lo felices que fuimos el día de nuestra boda me echo a llorar por cualquier cosa.
       —Por la forma en que te comportaste —dijo Dennis, con la lengua de pronto muy suelta por el licor—, suponía todo lo contrario.
       —Duérmete —dijo Rosaleen afectadamente—. Ese no es modo de hablar.
       La cabeza de Dennis cayó como un saco de arena sobre la almohada. Rosaleen no podía dormir y yacía pensando en el matrimonio, no en el suyo, pues en cuanto una persona se ha comprometido de por vida, no hay nada más que pensar al respecto, sino en todas las otras clases de matrimonios, en los infelices: en aquellos en que el marido bebe, no quiere trabajar o maltrata a su esposa y a los hijos; en aquellos en que la mujer abandona el hogar, malcría a los niños o los descuida o se convierte en una auténtica ramera y coquetea con otros hombres; en aquellos en que el marido es demasiado joven para su esposa, y él se siente estafado y corre detrás de otras mujeres hasta caer en desgracia, o en aquellos en que ella es una muchacha joven y él un viejo, de manera que por más que él sea rico, ella se siente de algún modo decepcionada. Si Dennis no hubiera sido tan buen hombre, Dios sabe qué podría haber sucedido. Ella tenía suerte. Se le partía el corazón sólo de pensarlo. Le invadió la melancolía y habría deseado caminar por la habitación con la cabeza entre las manos y recordar todas las desdichas del mundo. Sólo había sufrido desastres, repetidos desastres, y por mucho tiempo que hubiera pasado, no se había sobrepuesto a ellos. Una vez se había dejado besar por el hombre que menos le convenía y había estado tan a punto de meterse en un buen lío que todavía su corazón se detenía cuando pensaba en lo cerca que había estado de ser una muchacha de mala reputación. Tampoco olvidaba el asunto del gato Billy, cuyo buen corazón y su penosa muerte se mezclaban con tantos otros recuerdos tristes: su padre, borracho, cayó derribado por un caballo desbocado; una vez tuvo que ponerse medias zurcidas para ir a un gran baile porque la furtiva Honora le había robado las únicas medias buenas que tenía por aquel entonces...
       En vez de aquel, que murió a los dos días, hubiese deseado tener una docena de niños. Aquel niño medio olvidado revivió de pronto en ella y comenzó a llorar por él con la misma violencia con que se despidió de él; ahora seria un hombre guapo y la alegría de su corazón. Esa imagen flotó ante sus ojos, clara como el día, y se convirtió en Kevin, pintando el establo y el chiquero con todos los colores del arco iris y moviendo el pincel en sus manos como se balancea una campana. Trabajaría como un loco durante días y luego pasaría mucho tiempo tumbado bajo los árboles holgazaneando como un vagabundo. ¡Aquel queridísimo muchacho se parecía tanto a su hijo! Trabajar como pintor de brocha gorda es una buena manera de ganarse la vida, pero no podía soportar la idea de que viviese en cualquier parte con los paganos rusos, polacos e italianos, con sus destilerías de licor y su extravagante jerga. Se lo dijo muchas veces a Kevin.
       —No es la manera de vivir propia de un cristiano y tú eres un buen muchacho de Sligo.
       Entonces Kevin empezó a bromear como cualquier otro muchacho de Sligo.
       —Yo me decía: esta es una mujer del condado de Mayo, si es que alguna vez he puesto la vista en alguna.
       —Cuida tu lengua —dijo Rosaleen con la suavidad de una paloma—. ¡Como si no supieras que estás hablando con una mujer de Sligo!
       —¿Sí? —dijo Kevin con gran asombro—. Bien, me alegro del error. La personas de Mayo me resultan demasiado orgullosas.
       —A mí también —dijo Rosaleen—. Se llevan el mundo por delante y no se desaniman con nada.
       —Así es —dijo Kevin—, pero las personas de Sligo también tienen derecho a ser orgullosas.
       —Y tú tienes derecho a vivir en una buena casa irlandesa —dijo Rosaleen —, así que será mejor que te vengas con nosotros.
       —Estaré tan orgulloso de ello como si fuera de Mayo —dijo Kevin, y siguió pintando el portal del frente de la casa de Rosaleen.
       Se quedaron sonriéndose, sintiendo que se llevaban muy bien y que ya era hora de pensar en cómo ofrecer lo mejor de sí mismos en las conversaciones que se fueran sucediendo; a veces era uno y a veces era el otro, pero siempre se divertían juntos y la alegría burbujeaba como el agua canta en una tetera.
       «Has sido una hermana para mí, Rosaleen, no te olvidaré en toda la vida», le confesó la víspera de su despedida.
       Dennis murmuró algo y roncó un poco. Rosaleen quería llorar la pérdida de todas las cosas a voz en grito, pero aun así no habría despertado a Dennis: dormía como un muerto después de haberse zampado todo aquel ganso.

       Rosaleen dijo:
       —Dennis, esta noche he soñado con Kevin. Había una tumba, una tumba vieja, pero con flores frescas encima y un nombre en la lápida, muy bien grabado pero parecía escrito en otro idioma, así que me fue imposible leerlo. Entonces te me acercabas y yo decía: «Dennis, ¿de quién es esta tumba?», y tú me contestabas: «Es la tumba de Kevin, ¿no recuerdas? Y tú misma pusiste esas flores allí». Entonces yo respondía: «Bueno, es una tumba, no pensemos más en ello». ¿No te inquieta pensar que Kevin haya estado muerto todo este tiempo sin que yo lo sepa?
       Dennis dijo:
       —Habiéndose ido como se fue, después de haberle tratado con la mayor amabilidad, y sin habernos enviado nunca una palabra, no merece siquiera que le mencionemos.
       —No nos escribió porque ya no podía hacerlo —dijo Rosaleen—. Y no debes criticarle más. Me equivoqué al juzgarle de manera tan dura. ¡Ah! Pensar que Kevin ha muerto y todos esos nativos y esos extranjeros siguen vivos disfrutando de los establos y las casas que Kevin les pintó... es muy amargo.
       Llorando por Kevin, se puso a pensar en los nativos y en los extranjeros que eran propietarios de granjas por los alrededores. Por la manera en que miraban, desde sus salvajes rostros extranjeros desafiantes y nativos taimados y mezquinos, les tenía un miedo mortal.
       —No les importa vender alcohol a quien sea, se queman vivos unos a otros mientras duermen y se parten las cabezas entre ellos con hachas —se quejaba —. La gente decente no está segura en su propia casa.
       Justo el día anterior había visto a ese nativo, Guy Richards, por ahí, borracho perdido otra vez, dispuesto a cometer cualquier delito. Aquel espeso bigote suyo y su camisa harapienta, por donde se asomaba su piel morena, ofendía profundamente a Rosaleen y constituía toda una vergüenza para el mundo que fisgoneaba con sus ojos burlones. Vivía solo en una chabola, donde se reunía con sus compinches a beber hasta que se les oía gritar a la hora que fuera y salían a recorrer la comarca como demonios en el infierno. Pasaba junto a su casa, guiando su enjuto caballo gris a toda velocidad y de pie en el ruidoso carricoche, mientras cantaba con una voz tan potente como una lluvia de hierro o ya iba borracho como una cuba antes del desayuno. En cierta ocasión en que Rosaleen estaba ante la puerta, con un vestido de cuadros verde, le gritó: «Eh, Rosie, ¿quieres venir a dar un paseo?».
       —¡El muy descarado! —dijo Rosaleen a Dennis—. Si alguna vez llega a ponerme un dedo encima, le mataré de un tiro.
       —Si sólo te ocupas de tus cosas durante el día —dijo Dennis con voz marchita— y atrancas bien las puertas por la noche, no habrá necesidad de matar a nadie.
       —¡No sabes nada! —dijo Rosaleen; había visto en visiones una escena en que Richards le ponía un dedo encima y ella le mataba de un tiro allí mismo—. ¿Qué sería de mí sin ti, Dennis? —le preguntó aquella noche cuando se sentaron en los escalones, en una dulce oscuridad llena de luciérnagas y cantos de grillos—. ¡Cuando pienso en los hombres que hay en el mundo! ¡Ese Richards!
       —Cuando un hombre es joven, le gusta divertirse —dijo Dennis con amabilidad, empezando a bostezar.
       —¿Joven? —dijo Rosaleen ardiendo en cólera—. ¡Ese viejo cuervo! Podría ya tener hijos adultos, igual que yo, ¡y yo soy una mujer sensata, que ya no está para tonterías!
       Dennis estuvo a punto de decir: «Yo nunca te llamaré vieja», pero de pronto se enfadó también.
       —¿Quieres dejar de chismorrear? —preguntó censurándola.
       Rosaleen guardó silencio, sin rencor, pero no se podía negar, pensó, que el viejo se estaba haciendo muy viejo. Él se puso en pie con un esfuerzo tal que parecía reunir sus huesos con los brazos y llevarse a sí mismo hasta casa. En el interior de aquel cuerpo debía de haberse escondido Dennis, pero ¿dónde? «El mundo es un páramo», informó ella a los grillos, las ranas y las luciérnagas.
       Richards nunca había intentado poner un dedo sobre Rosaleen, pero cuando no estaba del todo borracho se detenía ante la puerta alguna que otra vez. Se sentaba con ellos por las tardes, en los escalones de la entrada, y daba muestras de haber sido un hombre educado antes de que la bebida arruinara su vida. Les contaba sus experiencias, y su comportamiento salvaje y desesperado. Sin embargo, no era así de muchacho. Mientras vivió su madre, nunca había hecho nada que pudiera herir sus sentimientos. No era lo que se llama una mujer curtida, pues la menor cosa la enfermaba, y era tan religiosa que rezaba todo el día entre dientes cuando trabajaba e incluso cuando comía. Él había pertenecido a una sociedad denominada Los Hijos de la Templanza, que unía a todos los muchachos de la comarca por el juramento de no probar nunca bebida alcohólica alguna. «Ni siquiera con fines medicinales», repetía levantando el brazo derecho y mirando solemne. Con mucha frecuencia rompía a cantar una enérgica marcha que describía las reuniones semanales que celebraban: «Con las banderas de la templanza al viento. Con estandartes blancos como la nieve», y todavía era capaz de repetir, casi palabra por palabra, el poema favorito que le pedían recitar en cada reunión: «A la medianoche, en su custodiada tienda, el turco duerme soñando con la hora...».
       A veces, Rosaleen quería interrumpirle y decirle que aquella no debía de ser su vida, pues tenía que haber tenido una juventud en Irlanda, pero ella no abría la boca; se sentaba, rígida, junto a Dennis, y miraba a Richards con severidad con el rabillo del ojo, preguntándose si recordaría la vez en que le había gritado: «¡Eh, Rosie!». Y le enfurecía recordar que no había encontrado las palabras necesarias con que contestar ante semejante atrevimiento. ¡El muy descarado fingió que no había sucedido nada! Un día, mientras él hablaba de las juergas que montaba su pandilla siempre arroyo abajo, junto a las rocas, en la ensenada, con un barrilito de cerveza casera, y de los bailes que el grupo de Railroad Street organizaba todos los sábados por la noche en Winston ella estuvo devanándose los sesos en busca de alguna frase que le pusiera en su lugar.
       —Estamos siempre dispuestos a cometer alguna diablura —dijo mirando de frente a Rosaleen y, antes de que esta pudiera abrir la boca, le guiñó un ojo.
       Ella se volvió, con una mueca de disgusto, pero al cabo de un rato añadió fría como el hielo:
       —Buenos días, señor Richards —y entró en la casa.
       Cogió el espejo para ver cómo era su mirada, pero la parte ondulada de la luna le tornaba los ojos anchos y tan indefinidos como las palmas de sus manos, tampoco pudo distinguir su nariz de su boca en aquella grieta tan irregular...

       El vendedor de pipas regresó al mes siguiente para ofrecerle una olla especial para hacer hortalizas al vapor.
       —Es una manera mucho más sana de cocinar, señora O’Toole.
       Dermis oyó su voz, cuyo tono se iba elevando.
       —Se lo digo como amigo, porque usted es buena cliente.
       «¿Con que esas tenemos?», pensó Dennis, saboreando la amargura de la hiel.
       —Verá que es un auténtico regalo del cielo para cuidar de la salud de su marido. La gente mayor debería tener mucho cuidado con lo que come. Usted sabe mejor que yo, señora O'Toole, que la salud empieza o termina justo en la cocina. Su marido ahora no parece tan fuerte como debiera. Y eso se debe a que, a pesar de lo sabrosos que son sus guisos, usted ha estado tirando todas las buenas vitaminas y la energía de los productos madurados bajo el sol directamente al fregadero... Señora O'Toole, usted está tirando la salud de su marido y la suya propia directamente al fregadero. Y digo yo que es una lástima que una mujer tan guapa como usted esté perdiendo su tiempo y sus fuerzas de pie ante una cocina, cuando todo lo que tiene que hacer, de ahora en adelante, es llenar este pequeño dispositivo con lo que haya dispuesto para la cena y luego irse a leer un buen libro en su salón, mientras se cocina solo... o ira ponerse rulos para ondular su cabello.
       —Mi ondulado es natural —dijo Rosaleen.
       Dennis estuvo a punto de gemir en su escondite.
       —Por el amor de..., pero señora O’Toole, ¡no lo dirá en serio! Cuando vi por primera vez ese cabello, me dije ¡vaya, es tan perfecto que parece artificial! Justo había pensado preguntarle cómo se lo cuida para poder explicárselo a mi mujer. Pues bien, si su pelo ya se ondula así, sin ninguna vitamina, no me puedo ni imaginar lo bello que estará después de que usted haya cocinado en esta olla durante dos semanas.
       Rosaleen dijo:
       —En realidad, no estoy pensando en mi aspecto, pero sí que es verdad que mi marido ya no es el mismo, señor Pendleton. ¡Ah, le hubiese encantado conocerlo cuando era más joven! Era fuerte como un buey, tanto que nadie se atrevía a irritarle. Más de una vez he visto a mi marido golpear a un hombre con el puño y lanzarlo siete metros más allá, ¡por cualquier pequeñez, se lo juro! Pero Dennis nunca guardaba rencor durante mucho tiempo, así que un instante después levantaba al hombre y le sacudía el polvo como si fuera su hermano, diciéndole: «Ahora olvidemos este asunto». Siempre ha sido demasiado generoso. Ese ha sido su gran defecto.
       —Y mírele ahora —dijo el señor Pendleton con tristeza.
       Dennis sintió que le ardían las orejas. Permaneció escondido detrás de la esquina de la casa, escuchando. Nunca había pesado más de sesenta y cinco kilos. Siempre había sido un hombre alto y delgado, un tanto orgulloso de la elegancia de su porte y, desde que dejara la escuela en Bristol, jamás había levantado una mano colérica contra criatura alguna, fuera animal o persona.
       —Era un hombre cabal, en el que una mujer podía confiar, señor Pendleton —dijo Rosaleen—, y rápido como un tigre con sus puños.
       «Por la manera en que habla parece que ya estoy muerto y convirtiéndome en polvo —pensó Dennis—, y ahí está, tirando el dinero como si ya fuera una viuda alegre. Salió cojeando resuelto a decir lo que pensaba y terminar con todas esas tonterías. El vendedor le dedicó una sonrisa caída y clavó en él sus ojos astutos.
       —Hola, señor O'Toole —dijo con la cordialidad masculina que empleaba para los maridos—. Le dejo un pequeño regalo de cumpleaños, aquí, con la señora.
       —No es mi cumpleaños —dijo Dennis, agrio como un limón.
       —¡Es sólo una manera de hablar! —interrumpió Rosaleen alegremente—. Y ahora, muchas gracias, señor Pendleton.
       —Muchas gracias a usted, señora O’Toole —respondió el vendedor, embolsándose nueve dólares contantes y sonantes. No intercambiaron más palabras que los buenos días, y Rosaleen se quedó en la puerta, cubriéndose los ojos del sol, para ver cómo el Ford bajaba dando tumbos por el empinado sendero.
       —Es un padre de familia encantador y decente —le dijo a Dennis, como reprochándole por haber sospechado malas intenciones en él—. Viene de Nueva York y siempre trae las cosas más novedosas y de mejor calidad. Además, te admira muchísimo, Dennis. Dice que no recuerda a ningún otro hombre de tu edad que esté tan fuerte como tú.
       —Ya lo he oído —dijo Dennis—. He oído todo lo que ha dicho.
       —Pues bien —dijo Rosaleen con serenidad—, entonces no hay por qué repetirlo.
       Se apresuró a lavar patatas, para cocinadas en la olla que ondulaba el pelo.

       El invierno cayó sobre ellos y la nieve y las ventiscas arreciaron. Dennis no soportaba ni un soplo de frío, así que se pasaba el día pegado a la estufa, legañoso y gruñón, con la bufanda puesta. Rosaleen comenzó a sentir que le molestaba la ropa en el calor de la cocina, y cuando trabajaba en el establo no paraba de tener escalofríos. Se quejaba de que sus manos estaban roídas hasta el hueso por el frío. ¿Se había dado cuenta Dennis, o pasaría todo el invierno inmóvil como un leño? ¿Y dónde estaba el muchacho que le había prometido para que ayudara en las faenas del huerto?
       Dennis se mostraba impasible ante el comportamiento tan poco razonable de su mujer, pues consideraba que, con lo fuerte que era ella, podía con todo, y concluía que Rosaleen le culpaba de algo que él no podía remediar. Ella seguía sin decir nada que valiera la pena escuchar, de modo que él se limitaba a levantar la cabeza cuando vaciaba la tetera o bajaba el fuego. Llegaría el día en que ella dijera sin rodeos: «Esto no es vida, no quiero quedarme aquí», le arrastrara de vuelta a un piso en Nueva York o incluso le abandonara. ¿Lo haría? ¿Sería capaz de hacer algo así? A él nunca se le había ocurrido nada semejante. La observaba atentamente, como si la espiara a través del ojo de una cerradura. Trató de imaginar algo que pudiera tranquilizarla, pero no ideaba plan alguno. Ella miraba alguna cosa inofensiva que hubiese en la casa —el calendario, por ejemplo— y de pronto la arrancaba de su sitio y la arrojaba al fuego. «Odio verlo allí», explicaba; siempre estaba odiando ver una u otra cosa, hasta la vaca, y también, aunque no tanto, los gatos.
       Una mañana se levantó sintiéndose muy cansada y desamparada, y casi antes de que Dennis pudiera abrir un ojo empezó:
       —Esta noche he soñado que mi hermana Honora estaba enferma y moribunda en su cama y me llamaba. —Hundió la cabeza entre las manos y suspiró angustiada, estremeciéndose de pies a cabeza—. Así que debo ir a Boston para averiguar qué sucede, ¿no crees?
       Dennis, tirándose de la pechera que ella le había tejido por Navidad, respondió:
       —Supongo que sí. Eso parece.
       Ante la cafetera, comenzó a hacer sus planes.
       —Si al menos tuviera un abrigo podría ir. Para el tiempo que hace, tendría que ser de piel. Todos estos años he necesitado un abrigo. Si tuviera un abrigo, me marcharía hoy mismo.
       —Tienes un abrigo de pieles —dijo Dennis.
       —¡Un harapo de abrigo! —gritó Rosaleen—. Y no permitiré que Honora me vea con él. Siempre me ha tenido envidia, Dennis, así que le alegraría verme sin abrigo.
       —Si está enferma y moribunda, no se dará ni cuenta —dijo Dennis. Rosaleen estuvo de acuerdo. —Y tal vez sea mejor comprar uno allí o en Nueva York, uno moderno.
       —Nueva York queda muy apartado de tu destino —dijo Dennis—. Hay caminos más cortos para llegar a Boston.
       —Iré por Nueva York, los trenes son mejores —dijo Rosaleen— y quiero ir por allí.
       Tenía esa expresión en el rostro que denotaba que habría soportado una tortura en el potro sin ceder. Dennis guardó silencio.
       Cuando pasó el cartero, ella le pidió que dejara recado a la familia de nativos que vivía en lo alto de la colina, para que enviaran al chico unos pocos días a ayudar en las faenas con la misma paga que antes. Y que al día siguiente por la mañana, si no le importaba, la acercase al tren. Durante el día, con la cabeza llena de papillotes, estuvo ocupada metiendo sus cosas en el viejo bolso flexible de lona. Puso un codillo a hornear, preparó pan y cargó de leña la alacena que se encontraba junto a la cocina. «Tal vez llegue un mensaje diciendo que Honora se encuentra mejor y no tenga que ir», insistió varias veces, pero podía advertir la excitación en sus ojos y caminaba con paso tan enérgico que el suelo temblaba.
       A última hora de la tarde, Guy Richards llamó a la puerta y entró, tropezando y dando taconazos con sus grandes botas. Todavía estaba sobrio, pera pronto dejaría de estarlo. Rosaleen dijo:
       —He tenido malas noticias sobre mi hermana, tal vez esté en su lecho de muerte y me marcho a Boston.
       —Espero que no sea nada serio, señora O’Toole —dijo Richards—. Bebamos a su salud. —Y sacó una botella llena hasta la mitad de una bebida de aspecto atroz. Dermis aceptó la invitación con indiferencia—. ¿La señora bebe con nosotros? —preguntó Richards con el demonio en el interior de sus ojos, por más que Rosaleen no se había topado nunca con él.
       —No quiero —dijo—. Tengo mejores cosas que hacer.
       Mientras ellos bebían, se sentó a arreglar el dobladillo de su vestido y empezó a hablar otra vez de las innumerables personas que había conocido que volvían de la muerte para transmitirle mensajes en sueños; el mismo Dennis podía confirmar que así era. Volvió a contar la historia del gato Billy, con voz cálida y quebrada por la amenaza de las lágrimas.
       Dennis se tomó su bebida, se inclinó y se puso a manosear los cordones de sus zapatos, con el rostro hundido en un puñado de amigas, diciéndose francamente y sin rodeos: «No hay ni una palabra de verdad en ese cuento, ni una palabra. Y ella seguirá contándolo hasta el fin del mundo como si fuera una revelación». Se sintió desamparado, envuelto en un fraude vergonzoso. Quería hablar de una vez por todas y gritar: «Es mentira, Rosaleen, te lo has inventado. No hablemos más del asunto». Pero la presencia de Richards, allí sentado con el oído atento, frenó sus palabras. Superó aquel momento. Rosaleen dijo solemnemente:
       —Mis sueños nunca me engañan, señor Richards. Son mi única guía.
       «Eso nunca ocunió —decía Dennis para sí con terquedad—: El gato Billy cayó en una trampa y lo enterré.» ¿Y ya está? Tenía la horrible sensación de que en algún sitio, fuera de su alcance, se encontraba la verdad; no podía jurar que fuera como él pensaba, pero casi estaba dispuesto a jurar que aquello fue así de simple. Richards se levantó diciendo que tenían que recogerle para correrse una juerga en Winston.
       —Mañana la llevaré al tren, señora O’Toole —dijo—. Me encanta sacar de paseo a las damas.
       Rosaleen dijo con dureza:
       —Iré con el cartero, pero de todos modos muchas gracias.
       Arropó a Dennis en la cama con gran ternura y se quedó a su lado unos minutos, mientras se ponía crema en la cara.
       —No tardaré mucho —le dijo— y tú estarás bien cuidado. Tal vez, por la gracia de Dios, mi hermana ya esté recuperada.
       «Tal vez ni siquiera esté enferma», quiso decir Dermis, pero en lugar de eso dijo:
       —Así lo espero.
       Le daba lo mismo. Por otra parte, le parecía demasiado alboroto para tratarse de Honora, quien podía morirse cuando quisiera sin que Dennis se inmutara por ello.
       Dennis conservó hasta el último minuto la esperanza de que Rosaleen recuperara el juicio y desistiera del viaje, pero en el último minuto, allí estaba ella, con su sombrero, su abrigo harapiento y una raya de polvo rosado en la barbilla, poniéndose los guantes tostados que olían a naftalina, agitando un pañuelo que olía a Dalea azurea y acercándose a cada momento a la ventana, mientras esperaba al cartero.
       —Con toda esta nieve, tal vez se retrase —dijo con voz trémula—. ¿Y si no viene? —Se echó una última mirada en el espejo—. Hay algo que tengo que recordar, Dennis —dijo en otro tono—. Comprar un espejo, que no refleje mi cara como si fuese la de un monstruo.
       —Ese es un espejo bastante bueno —dijo Dennis— y no hay por qué tirar el dinero.
      El cartero llegó sólo unos minutos tarde. Dennis dio un beso de despedida a Rosaleen y cerró la puerta de la cocina para no verla subir al coche, pero la oyó reír.
       «Es mentirosa de nacimiento», se dijo, sentado junto a la estufa, y enseguida sintió que había caído de cabeza en un agujero muy oscuro. Lo mejor de él mismo trataba de discutírselo. «¿No te da vergüenza —decía—, pensar tales cosas de tu propia esposa?» El peor Dennis persistía: «Se merece más del doble —respondía con severidad—, dejándome aquí solo, a mi suerte, ¿y para qué?». Esa era la gran incógnita. Desde luego, no para correr y estar junto a Honora, viva, moribunda o muerta. Entonces, ¿adónde? ¿Para qué diablos? Y justo entonces dejó de pensar. No había ni una chispa en su mente. Tenía un nudo en el pecho que bien hubiese podido ser pulmonía, especialmente de haber estado resfriado, aunque no lo estaba. Los pies le dolían tanto que hubiese podido jurar que era reumatismo, sólo que nunca lo había sufrido. Sin embargo, no pensaba. Permaneció en ese estado durante dos días y el tonto de la granja vecina se ocupó de todas las faenas, hasta lavó los platos. Considerando el dolor que le afligía Dennis comía bastante bien.

       Rosaleen acomodó la espalda en el asiento afelpado y pensó que siempre había sido una gran viajera. En los trenes se sentía como en su propio hogar, acompañada por el resto de viajeros sentados cerca y rodeada por el olor de los periódicos que percibía mezclado con alguna cera aromática para muebles, con el perfume de los cuellos de piel, el polvo del tren y algo más que no podía precisar, pero que olía a viaje: ¿fruta, tal vez, o era la maquinaria? No tenía hambre, y aun así compró unas chocolatinas y una revista del corazón, aunque nunca le había gustado leer. Sólo deseaba demostrarse a sí misma que una vez más se encontraba en un tren viajando a alguna parte.
       Observó a la gente que subía y bajaba en las estaciones, saludando o despidiéndose con un beso, y le pareció buena señal el no haber visto ninguna cara triste. Había un dulce sol frío sobre la nieve, y los habitantes de la ciudad no se veían helados ni excesivamente abrigados. Después de los nudosos, ásperos, ateridos rostros campesinos, sus rostros parecían suaves. La estación Grand Central no había cambiado nada: la multitud seguía arremolinándose en todas las direcciones y continuaba habiendo un ruido casi melodioso de tan constante que era. Aferró el bolso que los hombres de color trataban de arrebatarle y se detuvo en la acera, intentando recordar hacia qué lado quedaba Broadway, donde estaban los cines. No había visto ninguna película en cinco años, ya era hora! Le hubiera gustado disponer de una hora para visitar su antiguo piso en la calle Ciento sesenta y cuatro; sólo había que dar una vuelta a la manzana, pero no había tiempo. La asaltó un viejo resentimiento contra Honora, que había nacido aguafiestas y que si podía echaría a perder su viaje. Echó a andar, orientándose, reflexionando con cierta tristeza que aquella muchacha de ciudad, que sólo había vivido pendiente de los vestidos y de pasar buenos ratos, después de tantos años distinguía a duras penas una calle de otra. Entró en el primer cine que vio porque le gustó el nombre de la película. El príncipe del amor, se dijo. Trataba de dos jóvenes bellezas, un muchacho de negro pelo rizado y una muchacha de pelo rubio ondulado, que se amaban y tenían grandes dificultades, pero todo terminaba bien. Durante toda la película se sucedieron elegantes salones de baile o jardines, ¡y tantos vestidos hermosos! Se sonó un poco en el pañuelo que olía a azurea, se comió sus chocolatinas, y tuvo que recordarse a sí misma que aquellos dos amantes eran reales y lucían exactamente ese aspecto, pero le costaba creer que hubiera seres tan hermosos en este mundo.
       A comparación de las cálidas luces bailarinas de la pantalla, la calle resultaba fría, oscura y fea, con el lodo y el estruendo y los millones de personas que se dirigían a sus destinos con mucha prisa, pero no había ningún rostro que ella conociera. Decidió ir a Boston en barco, como solía hacer en la época en que visitaba a Honora. Contempló los escaparates pensando que el estilo de la ropa interior había cambiado tanto que le costaba creer lo que veían sus ojos y preguntándose qué diría Dennis si se compraba aquella braguita de seda verde ajustadísima con un lazo color té. ¿Estaría comiendo su jamón como ella le había dicho y el muchacho habría cumplido su promesa de atenderlo?
       Tomó un helado con confitura de fresas y se compró una borla para aplicarse los polvos de maquillaje al tiempo que decidió que ya era hora de ir a ver otra película. Se llamaba El rey amante y trataba de un rey que ocultaba su rango, un joven encantador con negro pelo ondulado y ojos soñadores, que se casaba con una pobre muchacha campesina, más hermosa que todas las princesas y damas de la tierra. La música salía de la pantalla, las voces hablaban y Rosaleen lloró, porque las canciones de amor eran como una daga en su corazón.
       Después apenas le quedó tiempo para ir en taxi hasta la calle Christopher y embarcarse. Se sintió más feliz en el instante en que puso el pie a bordo. ¡Cuánto le habían gustado siempre los barcos! Cenó pensando: «Aquel chico no tenía mucho estilo como camarero. Dennis no debería haber dejado que siguiera trabajando en el hotel», y después se sentó en el salón y escuchó la radio hasta que estuvo a punto de dormirse delante de todo el mundo. Se desperezó en su estrecha litera y percibió el martilleo del motor debajo y el imponente golpeteo regular le hizo temblar hasta los huesos. La sirena de niebla aulló y bramó en la oscuridad sobre el torrente de agua, y Rosaleen se acomodó de lado: «Aúlla por mí, así es como yo gritaría en la noche, en aquel bárbaro lugar perdido», porque en aquel momento Connecticut parecía estar a mil kilómetros y cien años de distancia. Se durmió y no soñó.
       Por la mañana, consideró que era una buena señal no recordar sueño alguno. En Providente volvió a coger el tren y, a medida que se acercaba la hora del encuentro con Honora, se fue sintiendo cada vez más deprimida y cansada. «Honora siempre crea problemas», pensó, deteniéndose en la entrada de la estación, aferrando su bolso y observando que era raro no haber recordado lo feo y triste que era Boston; no recordaba haber pasado ni un buen día allí. Los taxistas le chillaban en su propia cara. Quizá fuese bueno ir a una iglesia y encender un cirio por Honora. El taxi se precipitó por calles ventosas hasta la iglesia más cercana, mientras Rosaleen pensaba qué no hubiera dado por pasar el día dando vueltas por allí en coche, sin tener que andar.
       Se arrodilló cerca del altar mayor, algo se agitó en su corazón e hizo que le brotaran lágrimas. Las oraciones empezaron a derramarse una tras otra por sus labios. ¡Cuánto tiempo hacía que no veía una iglesia como era debido, engalanada para una celebración con cirios y flores, oliendo a incienso y a cera! ¿Acaso alguien podía rezar en la lúgubre iglesita de Winston? «Ten piedad de nosotros», dijo Rosaleen, invocando a cincuenta santos a la vez. «Yo me confieso...», se golpeó el pecho tres veces, luego se levantó súbitamente, sin olvidar su bolso, y buscó entre los confesonarios con la esperanza de encontrar a algún sacerdote. «Es demasiado temprano o no es el día, pero volveré», se prometió a sí misma con ternura. Encendió el cirio por Honora y salió sintiéndose reconfortada y serena. También se sentía deslumbrada y confundida porque no sabía qué hacer a continuación. ¿Qué calle debía tomar? Era un pecado terrible gastar dinero en taxis cuando había miserables hambrientos en el mundo, pero paró otro, y le dio el número de la casa de Honora. Sí, ahí estaba, como en los viejos tiempos.
       Leyó todos los nombres pegados sobre los timbres de todos los pisos de arriba abajo, pero no encontró el nombre de Honora. El portero nunca había oído hablar de la señora de Terence Gogarty, ni de la señora Honore Gogarty. Tal vez estuviese en la guía de teléfonos. Había muchos Gogarty, pero ninguno era Terence ni Honora. Rosaleen contuvo el impulso de decirle al portero, un buen irlandés, que su sueño se había incumplido. «Muchas gracias, no impone», le dijo, y volvió a salir a la calle. El viento le apuñalaba la espalda a través del paño del abrigo y el bolso pesaba demasiado. ¿Qué clase de persona era Honore para no haber enviado unas líneas diciendo que se había trasladado?
       Andando sin rumbo y con la cabeza hecha un torbellino, llegó a una plazuela sombría con bancos de hierro y algunos árboles pelados. Se sentó y se echó a llorar de nuevo. Cuando un pañuelo estuvo mojado, sacó otro, y el perfume fresco la reanimó. Miró a su alrededor y una sombra entró en su ángulo de visión: allí, encorvado en el otro extremo del banco, había un muchachito pecoso, con el cuello levantado hasta las orejas, el pelo rojo cayendo sobre su frente, debajo de su abultada gorra. Él la miró de lado con sus ojos de grosella y dijo:
       —Todos tenemos algo por lo que llorar en este mundo, ¿no es así?
       —Lloro porque he hecho un largo viaje para nada —respondió Rosaleen.
       —He sabido que era de Sligo en cuanto la he visto.
       —Dios te bendiga —contestó ella—, porque es verdad.
       —Yo también soy de Sligo. Me fui de allí hace mucho tiempo y maldigo el día en que se me ocurrió marcharme —dijo el muchacho, con tanta rabia que Rosaleen se secó los ojos de una vez por todas y se volvió para contemplarlo detenidamente.
       —¿Por qué dices eso? —le preguntó—. Este también es un buen condado. Hay oportunidades para todos.
       —He oído ese cuento muchas veces —dijo el muchacho—. Aquí hay todas las oportunidades en el ancho mundo de consumirse de hambre y destrozar las suelas de las botas en busca de un trabajo, y hay una gran oportunidad de terminar muerto en el arroyo. Dios me perdone el que se me ocurriera venir aquí.
       —¿Hace mucho que te marchaste? —preguntó Rosaleen.
       —Once meses y cinco días, contando el día de hoy —dijo el muchacho. Hundió las manos en los bolsillos y miró el lodo helado adherido a sus desdichados zapatos.
       —¿Y qué sabes hacer para ganarte la vida? —preguntó Rosaleen.
       —Soy mozo de cuadra —dijo él—. Solía trabajar en el hipódromo de Dublín. A mí nadie puede enseñarme nada sobre caballos —dijo con orgullo —. Y si lo encuentras es un buen trabajo.
       Rosaleen observó con atención su afilada nariz roja, que estaba helada, sus ojos irritados y los afilados huesos que se le marcaban en sus muñecas, sorprendida de haber pensado, a primera vista, que tenía la mirada misma de Kevin. Ya le veía diferente, ¡pero si hubiese sido Kevin! Mejor estar muerta y enterrada.
       —Me estoy muriendo de hambre y de frío —dijo Rosaleen—. Si supiera dónde hay un buen restaurante, podríamos comer algo, porque ya es tarde.
       Los ojos del muchacho parecían los de un ahogado que ha visto su salvación.
       —¿De veras? ¡Conozco un buen sitio! —Y se levantó de un salto, como si se dispusiera a echar a correr.
       Anduvieron a toda prisa hasta salir de la plaza y doblar la siguiente esquina. Era un café y rebosaba de olor a pasteles calientes.
       —Aunque no se pueda decir que sea un lugar magnífico, comeremos aquí —dijo Rosaleen, quitándose los guantes.
       El muchacho devoró un plato tras otro como si no pudiera parar: carne asada, patatas, espaguetis, natillas y café. Rosaleen pidió un paquete de cigarrillos. Así eran las cosas con ella, le gustaba el olor del tabaco, su marido era un célebre fumador, siempre con su pipa.
       —Es inútil intentar ocultarlo —dijo el muchacho—. No tengo un centavo. Llevaba dos días sin comer. Pensé en colgarme o ir a la cárcel pare tener algún lugar donde dejarme caer.
       Rosaleen dijo:
       —Soy una mujer sin problemas económicos, tengo todo lo que quiero, así que un muchacho debe permitiese no dar importancia a un pequeño préstamo que nunca le será reclamado.
       Hurgó en su bolso y sacó un billete de diez dólares, lo estrujó y lo metió bajo el borde del platillo para que el hombre de detrás de la barra no lo advirtiera.
       —Esto es para que tengas suerte en el Nuevo Mundo —dijo, sonriéndole—. Tú podrías ser Kevin, mi hermano o mi muchachito solo en el mundo. Y seguramente este gesto me será devuelto si alguna vez lo necesito.
       —Temí que nunca llegara este día —dijo el muchacho, y se metió el dinero en el bolsillo.
       —¡Fíjate!, ni siquiera sé tu nombre —comentó Rosaleen.
       —Soy una desgracia llamada Sullivan —dijo—. Hugh, Hugh Sullivan.
       —Es un apellido bastante distinguido —dijo Rosaleen—. Tengo primos llamados Sullivan en Dublín, pero no los conozco. Un hombre llamado Sullivan se casó con la hermana de mi madre, mi tía Brigid, y se fue a vivir a Dublín. Tú no estarás emparentado con los Sullivan de Dublín, ¿verdad?
       —Nunca he oído hablar de ellos, pero tal vez sí.
       —Para mí, tienes el aspecto de un Sullivan —dijo Rosaleen—, y algunos Sullivan son primos míos.
       Pidió más café y, mientras él encendía otro cigarrillo, le contó que se había marchado hacía más de veinticinco años, siendo una bisoña como él, y que todo había ido bien para ella y para toda su familia allí. Luego le habló de su marido, que había sido un reputado maître y hombre adinerado, pero ya era un anciano; le habló de la granja, comentando que si ella contara con ayuda, obtendrían beneficios, y le habló de Kevin y del modo en que se había marchado, que había muerto, como se lo había comunicado en un sueño, y esto derivó al sueño de Honora, razón por la que se encontraba entonces allí. Era la primera vez en su vida que no se había cumplido un sueño suyo. Siguió diciendo que en el campo siempre había habitación para un muchacho fuerte y voluntarioso entendido en caballos y que era una vergüenza que él anduviese vagabundeando por las calles con el estómago vacío cuando se podía alcanzar todo si uno buscaba bien. Se inclinó hacia él y le cogió el brazo de forma apremiante.
       —Tienes derecho a vivir en una buena casa irlandesa —le dijo—. ¿Por qué no vienes conmigo a vivir como uno más de la familia, en paz y con comodidades?
       Hugh Sullivan clavó en ella sus vidriosos ojos verdes desde la arista de su afilada nariz y adquirió una expresión astuta.
       —Seria peligroso —dijo—. No soportaría intentarlo.
       —¿Peligroso, dices? —preguntó Rosaleen—. ¿Qué peligro hay en esa pacífica comarca?
       —Quizá no vuelva a sucederme —dijo Hugh—, pero una vez me pescaron así en Dublín, y hubo un gran revuelo. Ella era como usted, una mujer guapa, y su marido fisgoneaba todo el tiempo por una grieta en la pared. ¡Se montó un verdadero lío!
       Antes de que su conciencia lo asimilara Rosaleen instintivamente comprendió la situación.
       —Lo que... —comenzó, y la sangre le hirvió tanto que parecía haberse cubierto la cara con un velo rojo—. ¡Tú, mocoso! —dijo, tratando de recobrar el aliento—. ¿Así que eres uno de esos? ¡Debí de haber supuesto que eras de Dublín! Nunca en mi vida... —Su rabia se elevaba en ella como una hoguera, y se detuvo—. De haber estado buscando un hombre —dijo—, habría elegido un hombre de verdad y no un pequeñajo a medio cocer... —Tomó aliento y volvió a empezar—. Qué desfachatez —dijo—. Insultar a una mujer que podría ser tu madre. ¡Dios me guarde! Está claro que no eres más que un bisoño ignorante, que desconoce cuáles son las costumbres de la gente decente... y ahora, ¡largo!
       Se levantó e hizo una señal al hombre de detrás de la barra.
       —Fuera de aquí, ¡ahora mismo!...
       Él también se levantó, mirando temeroso a su alrededor con sus ojos verdes entrecerrados, y tendió una mano como si pretendiera arreglar las cosas con ella.
       —No hable tan alto, mujer, viendo el modo en que actúa, eso es lo que cualquier hombre pensaría...
       —¡Controla tu lengua o te la arrancaré! —exclamó Rosaleen, y lanzó su brazo derecho con violencia.
       Él se agachó y esquivó el golpe, luego se recobró y se puso fuera de su alcance.
       —¡Adiós, mujer de Sligo! —dijo en son de burla—. ¡Sepa usted que yo soy de Cork! —Y se precipitó hacia la salida.
       Rosaleen temblaba tanto que le costó encontrar el dinero para pagar la cuenta y no distinguía lo que tenía delante, pero cuando el aire frío la golpeó, se situó y estuvo a punto de maldecir a Honora por crearle semejantes problemas.
       Cogió el tren que hacía el recorrido más corto hacia su casa, porque el sabor del viaje se le había vuelto muy amargo. Sólo quería estar en casa, en ninguna otra parte. Ese sinvergüenza, ¿qué se había creído? «Ya se sabe que los muchachos son perversos», se dijo, y la sangre se le revolvía en las venas. Pero él había comentado: «...como usted, una mujer guapa...»; quizá él hubiese conocido demasiadas descaradas y pensara que todas eran iguales; quizá ella hubiese sido demasiado extrovertida con él porque era irlandés y se le veía tan triste y pobre. Pero así era: un canalla, y de no haberle detenido quizá le hubiese hecho el amor. Tuvo una iluminación repentina y vio todo tan claro como el día: Kevin siempre la había amado y ella le había apartado y lanzado a los brazos de aquella cursi que no le llegaba a la suela del zapato. Y Kevin, un dulce muchacho decente, se hubiese cortado la mano derecha antes que decirle una palabra indecorosa. Kevin la había amado y ella había amado a Kevin, ¡oh, no lo había comprendido a tiempo! Se hundió en el asiento, con el codo en el marco de la ventanilla y su viejo cuello de piel cubriéndole la cara. Lloró larga y amargamente por Kevin, que se hubiese quedado sólo con que ella hubiera dicho una palabra... y terminó marchándose, desaparecido y muerto entonces. Se escondería del mundo y nunca más volvería a hablar con un alma viviente.

       —Está sana y fuerte, Dennis —le dijo Rosaleen—. Ha estado muy grave, pero ya ha pasado. La he dejado bien.
       —Eso es bueno —dijo Dennis sin ningún entusiasmo.
       Se quitó la gorra con orejeras, se pasó los dedos por su suave cabello blanco, volvió a ponerse la gorra y se quedó esperando oír las maravillas del viaje, pero Rosaleen no tenía anécdotas que contar y parecía encantada por haber regresado a casa.
       —Esta cocina es una vergüenza —dijo, poniendo las cosas en su sitio—, pero por nada del mundo viviría en la ciudad, Dennis. Es un lugar salvaje y cruel, lleno de delincuentes por todas partes. He temido por mi vida a todas horas. Enciende la lámpara, ¿quieres?
       El muchacho nativo se calentaba los grandes pies en la estufa y sus dientes castañeteaban por algo más que el frío.
       —He visto algo —estalló al fin— que venía por el camino hace un rato. Negro. Primero caminaba a cuatro patas como un perro, luego se levantó y pasó junto a mí andando sobre sus patas traseras. Sentí muchísimo miedo. Le grité: «Fuera», y se apagó como una luz.
       —Tal vez fuese un perro —dijo Dennis.
       —No era un perro, estoy seguro —dijo el muchacho.
       —Tal vez fuese un gato a punto de subir a la cerca —dijo Rosaleen.
       —Tampoco era un gato —dijo el muchacho—. Era algo que yo jamás he visto y que ustedes tampoco han visto nunca.
       —No te preocupes —dijo Rosaleen—. Lo he visto, y muchas veces, cuando era niña en Irlanda. Allí es famoso, el modo en que llega un bulto negro y rueda por el sendero delante de ti, pero si invocas el Santo Nombre y haces la señal de la cruz, desaparece. Ahora cena y duerme aquí esta noche. No puedes irle solo cuando el diablo está esperándote.
       Le hizo acostarse en la habitación de Kevin y mantuvo a Dennis despierto durante horas hablándole de los fantasmas que había visto en Sligo. El viaje a Boston parecía haberse borrado por completo de su mente.
       A la mañana siguiente el famélico perro negro del muchacho se detuvo ante la puerta abierta de la cocina y miró con pena a su amo. Los gatos salieron en tropel y, de manera silenciosa e intencionada, lo ahuyentaron hacia el camino. El muchacho se quedó en la puerta y se echó a temblar de nuevo.
       —La vieja me dijo que volviera a cenar —dijo, sin comprender—. ¿Cómo voy a volver a cenar ahora? El viejo me despellejará vivo.
       Rosaleen se cubrió la cabeza y los hombros con su chal de lana verde.
       —Te acompañaré y contaré lo que sucedió —dijo—. No te harán nada cuando conozcan la verdad.
       Él temblaba de miedo, tanto que las rodillas se le doblaban.
       «Está fuera de sí —pensó ella con piedad—. ¿Por qué no se dan cuenta y le dejan en paz?»
       La senda subía y subía casi kilómetro y medio, luego se desviaba hacia una vereda de superficie desigual que conducía a una casa abandonada con escalones rotos y un montón de basura alrededor. El muchacho avanzaba con una lentitud cada vez mayor y se detuvo en seco cuando la ojerosa mujer desdentada vestida de gris salió empuñando una vara. La mujer también se detuvo en seco cuando reconoció a Rosaleen y una fría mirada astuta apareció en su rostro.
       —Buenos días —dijo Rosaleen—. Anoche su muchacho vio un fantasma y no tuve valor para hacerle salir en la oscuridad. Durmió tranquilamente en mi casa.
       La mujer soltó un seco ladrido agudo, como el de un zorro.
       —¡Fantasmas! —dijo—. Por lo que he oído, por las noches hay algo más que fantasmas alrededor de su casa, señora O'Toole. —Movió la cabeza y su descolorido pelo color canela voló en mechones—. Usted es un curioso ejemplar, señora O’Toole, con su marido viejo, muchachos jóvenes por su casa y el viajante de comercio y los borrachos tumbados en los escalones de la entrada a todas horas...
       —Controle su lengua delante de su chico —dijo Rosaleen, cuya nuca empezaba a tensarse. Estaba tan sorprendida que no daba con una respuesta, pero no se movió de su sitio, escuchando.
       —Usted es todo un espectáculo, señora O’Toole —dijo la mujer, levantando un poco su aguda voz, pero hablando con una lentitud mortalmente fría—. Con sus viajes para alejarse de su marido, sus vestidos de colores chillones y su pelo teñido...
       —¡Que Dios la fulmine —dijo Rosaleen, levantando de pronto la voz— por decir eso de mi pelo! En cuanto a lo demás, ¡que esa lengua maligna se le pudra en la cabeza junto a sus dientes! ¡No voy a malgastar saliva hablando con usted! ¡Aquí está su pobre chico y que Dios se apiade de él en su casa y que la parta un rayo! ¡Y si mi propia casa se incendia, sabré quién lo ha hecho! —Se volvió para marcharse, pero retrocedió para gritar—: ¡Que pase usted diez años agonizando!
       —¡Puede maldecir y jurar, señora O'Toole, pero toda la comarca la conoce! —gritó la otra, blandiendo su vara como una lanza.
       —¡Qué ocupación tan provechosa! —chilló Rosaleen, retirándose a paso vivo, hecha una furia—. ¿Teñido, no? —Levantó su puño cerrado y amenazó al mundo con él—. ¡Oh, la mentirosa! —Y su rabia era como un tambor que marcara el ritmo de sus piernas.
       ¿Qué sucedía últimamente que toda la gente con que se encontraba tenía la mente y la lengua sucias? Oh, si fuera más fuerte los estrangularía a todos de una vez. Tanto le ardían los ojos que no podía cerrarlos. Siguió andando con la mirada perdida, hasta que, casi sin darse cuenta, vislumbró su propia casa, tan tranquila como una gallina en un nido de nieve. Redujo la marcha, su corazón batiente se serenó un poco y se sentó sobre una piedra junto al camino para recobrar el aliento y la compostura antes de ver a Dennis. Al sentarse, comprendió que el verdadero diablo que recorría los caminos por la noche en ese lugar era el resultado de los crueles bulos que la gente se había inventado sobre ella, cuya conducta había sido intachable incluso en circunstancias en que muchas otras se hubiesen descarrilado. No la consolaba el recordar todas las ocasiones en que hubiera podido hacer el mal y no lo había hecho. Si todos la difamaban, ¿qué era el bien? Aquel muchacho en Boston, ¡el pequeño descarado! Escupió sobre la tierra helada y se secó la boca. Luego apoyó los codos en las rodillas y la cabeza en las manos, y pensó: «Conque así son las cosas aquí, ¿no? Así se resume mi vida: soy una mujer de mala reputación entre los vecinos».
       Meditando acerca de ese despropósito, poco a poco empezó a sentirse mejor. Envidia, por supuesto, eso era. «Ah, ¿qué no daría esa pobre por tener mi pelo?», y se lo arregló con delicadeza. Desde el comienzo había sido así, las mujeres la envidiaban porque los hombres iban tras ella. ¡Como si fuera su culpa! Pues bien, que hablen. Que hablen. Ella sabía quién era y Dennis lo sabía; no necesitaba más.
       «La vida es un sueño —dijo en voz alta, con dulce y serena melancolía—. Sólo es un sueño.» Esa idea y esas palabras le gustaron, y en un agradable deslumbramiento contempló con satisfacción las piedras sueltas del muro del otro lado del camino, castaño oscuro, con una delgada capa de hielo brillante encima, hasta que los pies empezaron a helársele.
       «No permitas que me quede aquí y la muerte me visite en edad tan temprana», se advirtió a sí misma, poniéndose en pie y envolviéndose cuidadosamente en su chal. Pensaba que esa triste comarca necesitaba algunos corazones jóvenes y deseó que Kevin regresara para reírse con ella de esa mujer de la colina. ¡Con él se le hubiese reído en la cara! El sueño sobre Honora no se había cumplido. Tal vez el sueño sobre Kevin tampoco. Si un sueño no se cumplía, no era lógico pensar que otro sí, ¿no es así? ¿No?
       Sonrió al ver a Dennis sentado ante la estufa.
       —¿Qué dijeron esta mañana los lugareños? —preguntó él, tratando de fingir que no le importaba mucho lo que hubiesen dicho.
       —Oh, intercambiamos cumplidos —dijo Rosaleen—. Nada más.
       Anduvo de un sitio para otro cantando; su corazón parecía ligero como una hoja, y aunque le fuera la vida en ello no hubiese podido decir por qué. Era una buena mujer y les demostraría que así sería hasta su último día. Ah, se lo demostraría a esos malpensados.
       Por la noche se acomodaron junto a la estufa, Dennis limpió y engrasó sus botas, Rosaleen se sentó con el gran mantel en el que venía trabajando desde hacía quince años. Dennis seguía preguntándose qué había sucedido en Boston o donde fuese que ella hubiera estado. Sabía que nunca oiría toda la verdad, pero quería la versión de Rosaleen al respecto. Y allí estaba ella, callada, dando un montón de inútiles puntadas a algo que nunca usaría si alguna vez llegaba a terminarlo, algo que, además, no sucedería.
       —Dennis —dijo ella al cabo de un rato—, ya no respeto los sueños tanto como antes.
       —Eso tal vez sea bueno —dijo Dennis cautelosamente—. ¿Y por qué?
       —He pasado el día pensando que Kevin no está muerto y que aparecerá en esta misma casa dentro de poco.
       Dennis carraspeó.
       —Eso no significa nada —dijo.
       Y para demostrar que le guardaba algún rencor, dejó de lado su pipa de espuma de mar y llenó la vieja de raíz y la encendió. Rosaleen no se dio por enterada. El bordado había caído sobre sus rodillas y estaba atenta al traqueteo estruendoso de una calesa que se acercaba por el camino, con la voz de Richards entonando una canción: «¡He estado trabajando en el ferrocarril todo el santo día!». Ella se puso en pie quitándose y volviéndose a poner las horquillas, con manos temblorosas. Luego corrió al espejo y vio en él su rostro, quebrándose en formas terroríficas.
       —Oh, Dennis —gritó, como si hubiese sido ese pensamiento el que la había arrancado de la silla—. ¡He olvidado comprar un espejo, lo he olvidado completamente!
       —Ese espejo es bastante bueno —repitió Dennis.
       El carruaje atronó ante el portal y la canción cesó. ¡Ah, con toda seguridad entraría! Durante un instante pensó que una mujer tendría una vida lamentable junto a un hombre como aquel, pues sería como cortejar a la muerte y permitir que el peligro entrara por la puerta.
       Se detuvo en su carrera hacia la entrada, con la mano en el pestillo de la puerta, aun antes de que se oyera llamar. Entonces las ruedas volvieron a chirriar y arrastrarse, la canción se reinició; si había pensado detenerse, había cambiado de idea y continuaba su ruta hacia e! baile del sábado por la noche en Winston, con los golfos de sus amigotes.
       Rosaleen no sabía a qué atenerse: ¿acaso él no podría detenerse? ¡Ah!, ¿acaso él no podría continuar? Volvió a sentarse con la mente en blanco y cogió el mantel, pero durante un buen rato fue incapaz de ver las puntadas. Se preguntaba qué había sido de su vida; todos los días pensaba que algo importante iba a ocurrir, pero no hacía más que errar de una terrible desilusión a otra. Allí, a la luz de la lámpara, estaban Dennis y los gatos; más allá, en la oscuridad y la nieve, estaban Winston, Nueva York y Boston y, aún más allá, había lugares llenos de vida y alegría que nunca había visto y de los que ni siquiera había oído hablar, y todavía más allá, como un campo verde sobre el que cae el sol de la mañana, estaban la juventud e Irlanda, como si fueran algo que ella hubiese soñado o inventado en un cuento. Ah, ¿qué podría recordar o esperar de su presente? Sin pensarlo, se inclinó y apoyó la cabeza sobre la rodilla de Dennis.
       —¿Por qué —le preguntó con su voz habitual— te casaste con una mujer como yo?
       —No te caigas de esa silla —respondió Dennis--. Sabía que jamás encontraría otra mejor.
       El pecho de Dennis comenzó a enternecerse y entibiarse. Todo iba a salir bien, lo intuía.
       Ella se irguió y le acarició las mangas con delicadeza.
       —Mientras haga tanto frío quiero que te abrigues bien, Dennis —le dijo—. Con dos pares de calcetines y la pechera, porque si te sucediera algo, ¿qué sería de mí?
       —No lo pensemos —dijo Dennis moviendo los pies.
       —No lo pensemos, vale —dijo Rosaleen—, pues si me reprocharas algo podría llorar.


Ciudad de México-Berlín, 1931



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