Katherine Mansfield
(Nueva Zelandia, 1888 - Francia, 1923)


Una aventura verídica (1911)
(“A Truthful Adventure”)
Something Childish and Other Stories
(Londres: Constable and Company Limited, 1924, 262 págs.)


      “Ante la ávida mirada del viajero, la pequeña ciudad se extiende como un tapiz de tonos marchitos surcado por los hilos de plata de los canales y animado por las notas del carillón del Gran Campanario. En Brujas la vida se ha detenido hace tiempo y sólo ensueños fantásticos alientan sobre sus torres y portaladas medievales, que nos encantan la vista, inspiran el alma y colman la mente con la majestuosa belleza de lo contemplativo.”
       Leí este párrafo de la guía mientras esperaba a Madame en el salón del hotel. Aquello resultaba extremadamente confortador y sentí que mi corazón, cohibido bajo las grises envolturas de mil y una ciudades, despertaba exultante.
       Me pregunté si tendría ropa suficiente para quedarme cuando menos un mes. “Soñar durante todo el día —pensaba—. Tomar una barca y dejarla ir flotando de aquí para allá por los canales o amarrarla a un verde arbusto de los que crecen en matorral por las orillas, contemplar absorta las fachadas de las mansiones medievales, y luego, al toque de oración, hallarse tendida sobre el crecido césped de la pradera de Béguinage mirando los altos olmos cuyo follaje tocado por el oro crepuscular temblará en el aire azul. De la diminuta capilla llegarían los ecos de rezos monjiles y una quedaría saturada de poesía para todo el invierno.”
       Me remontaba majestuosamente en las flamantes alas de mi fantasía, cuando Madame entró a decirme que no disponía de habitación para mí. Ni una cama ni un solo rincón estaban libres. Se mostró muy amable, y parecía encontrar en aquello algún secreto motivo de regocijo, pues me miraba como si esperase que fuera yo a echarme a reír de contento.
       —Mañana —dijo— creo que habrá. Espero que se vaya del once un joven que se ha sentido indispuesto repentinamente. Ahora está en la farmacia. ¿Quiere tomarse la molestia de ver su habitación?
       —De ningún modo —repliqué—. Y no siento deseos tampoco de dormir mañana en la alcoba del joven indispuesto.
       —Pero él se habrá ido —exclamó Madame abriendo mucho sus ojos azulados y riendo con esa cordialidad francesa tan grata a los oídos ingleses.
       Estaba demasiado cansada y demasiado hambrienta para celebrar aquello o protestar.
       —Quizá pueda recomendarme otro hotel.
       —Imposible —denegó con la cabeza, y se quedó mirando los arcos azules que decoraban el techo como si les pasara revista—. Comprenda usted. Estamos en plena temporada y la gente no quiere alquilar sus habitaciones por tan poco tiempo.
       No miró siquiera mi maleta, colocada en el suelo entre ambas; pero yo sí la miré taciturna, y me pareció que se encogía bajo mi mirada, haciéndose tan pequeña que no podría caber en ella ni un cepillo de dientes plegado.
       —Dejé mi baúl en la estación —dije sin darle importancia, al abrocharme los guantes.
       Madame se me quedó mirando.
       —¿Tiene más equipaje? ¿Piensa estar entonces en Brujas algún tiempo?
       —Cuando menos quince días; probablemente un mes —repuse encogiéndome de hombros.
       —Espere un momento. Voy a ver si puedo hacer algo.
       Desapareció, y estoy segura de que no fue más allá del otro lado de la puerta, porque inmediatamente reapareció para decirme que podía proporcionarme una habitación en su casa particular.
       —Es aquí mismo, a la vuelta de la esquina. Está al cuidado de una vieja sirvienta que tiene un ojo zarco, pero lleva quince años con nosotros. El mozo la acompañará. Puede cenar antes.
       Me encontré sola en el comedor. Un camarero de aire fatigado trajo una tortilla y una cafetera. Luego se apoyó de nuevo en el aparador y estuvo viendo cómo comía. La fláccida servilleta que llevaba al brazo parecía un símbolo de su persona. De las paredes colgaban espejos que reflejaban innumerables mesas vacías, innumerables camareros esperando y una multitud de damas solitarias confortándose con tortilla y sorbiendo café, a los compases de la Canción de Primavera de Mendelssohn, que por tercera vez tocaba el carillón del Gran Campanario.
       —¿Está usted dispuesta, Madame? —preguntó el camarero—. Soy yo quien va a llevarle la maleta. —Ahora mismo.
       Cargó a la espalda mi equipaje, y echó a andar a grandes zancadas delante de mí. Cruzamos ante las terrazas de cafetines donde hombres y mujeres, como si olfatearan nuestra proximidad, dejaban sus bocks y tarjetas postales para mirarnos. Bajamos por una calleja de casas con cerrados postigos y, cruzando la plaza de Eyck, nos detuvimos ante una casa de ladrillos rojos. Nos abrió la alhaja familiar del ojo zarco, sosteniendo una vela en una especie de diminuta sartén. Pero no nos dejó entrar hasta que ambos le contamos todo lo ocurrido.
       —C'est ca, c'est ca. Jean, número cinco. Subió renqueando la escalera, abrió una puerta y encendió otra diminuta sartén que había sobre la mesa de noche. La habitación estaba empapelada de color rosa; había una cama color rosa; una puerta color rosa y una silla del mismo color. En la repisa de la chimenea, sobre ruedos color rosa, querubines rollizos y sonrosados irrumpían trompeta en mano de rosáceos cascarones.
       Me trajeron una vasija de agua caliente y cerré la puerta con llave.
       “Al fin, Brujas”, pensé, mientras me encaramaba en aquella cama tan escurridiza y de sábanas tan finas, donde se sentía una como un pez que se esforzara por nadar en la superficie de un estanque helado. Y luego aquella casa, la vieja sirvienta “típica”, y la plaza de Eyck con la blanca estatua, rodeada de aquellos árboles copudos y sombríos. Allí había algo de Verlaine...
       ¡Paf!, hizo una puerta al abrirse. Me incorporé aterrada y busqué la sartencilla; pero no, era en la habitación contigua, súbitamente invadida.
       —Por fin en casa —exclamó una voz femenina—. Mon Dieu! ¡Ay mis pies! Podrías bajar a decirle a Marie que subiese un barreño de agua caliente, mon cher.
       —No, es ya demasiado —retumbó una voz en respuesta—. Es la tercera vez que te los lavas hoy.
       —Pero no sabes lo que me hacen sufrir; los tengo completamente inflamados. Mira.
       —Ya me los has enseñado tres veces. Estoy cansado. Haz el favor de meterte en la cama.
       —Sería inútil, no podría dormir. Mon Dieu, mon Dieu! ¡Cuánto ha de sufrir una mujer!
       Un bufido masculino acompañado de rumores de ropas al desvestirse.
       —Bueno; ¿me prometes que si espero hasta mañana no me llevarás a ningún museo?
       —Sí, te lo prometo.
       —¿Pero de veras?
       —He dicho que sí.
       —Entonces ¿no me engañas?
       Un largo gruñido.
       —No viene a qué hacer tanto ruido, cuando sabes que anoche ocurrió lo mismo y también esta mañana.
       No podía obrar de otro modo; tosí y carraspeé de esa manera tan desagradable e inoportuna con que, pared por medio, suelen hacerlo los desconocidos. El efecto fue prodigioso; la conversación se redujo al susurro de una voz femenina. Me dormí.
       “Se alquilan barcas. Visite en lancha la Venecia del Norte. Explore sus canalillos apartados, encantadores, y casi desconocidos.” Entré a alquilar una barca asediada por el recuerdo de lo que leí en la guía.
       —¿Tiene una pequeña canoa?
       —No, Mademoiselle. Pero puedo ofrecerle una barquita muy apropiada para usted.
       —Quiero ir sola y volver cuando me plazca.
       —Pero ¿habrá estado ya aquí?
       —No.
       El barquero parecía intrigado.
       —Es peligroso que Mademoiselle vaya por primera vez sin guía.
       —Bueno, pues tomaré uno con la condición de que ha de estarse callado y no me mostrará las bellezas de la ciudad.
       —Pero cuando menos el nombre de los puentes, las fachadas más célebres... —se lamentaba.
       Bajé corriendo al embarcadero.
       —¡Pierre, Pierre! —llamó el barquero.
       Apareció un fornido joven belga cargado con un montón de trozos de alfombra y de cojines de terciopelo rojo y arrojó aquel botín en una enorme barcaza. En el puente que había sobre el embarcadero se había congregado una muchedumbre que seguía la maniobra, y, precisamente cuando acababa de ocupar mi asiento, una pareja bien entrada en carnes, que estaba asomada al pretil, bajó corriendo las gradas y declaró que ellos querían venir también.
       —Claro que sí —dijo Pierre, ayudando a embarcar a la dama con gracia encantadora—. Mademoiselle no tiene ningún inconveniente.
       Se sentaron a popa, el caballero sosteniendo entre las suyas la mano de la dama, y fuimos serpeando por aquellas “cintas de plata”, mientras Pierre echaba el pecho afuera para cantar las bellezas de Brujas con toda la exultante desfachatez de un amante latino.
       —Vuelvan la cabeza hacia aquí... A la derecha... A la izquierda... Ahora, un momento, hacia arriba... Miren aquel puente... Fíjense en esa fachada. ¿Mademoiselle desea ver el Lac d'Amour?
       Me mostré indecisa. Pero la obesa pareja respondió por mí.
       —Entonces tenemos que desembarcar.
       Remaba pegado al muro, y, cuando se asió a un arbusto, salté.
       —Ahora Monsieur.
       Y Monsieur me siguió con todo éxito. Luego se arrodilló en la orilla y ofreció a Madame la corva empuñadura de su bastón como punto de apoyo.
       Ella se puso en pie, sonriente y resuelta, asió el bastón, se afianzó en el costado del bote y un momento después caía de plano dentro del agua.
       —¡Ah!, ¿qué ha ocurrido? —gritaba Monsieur asiéndola de un brazo, pues el agua era tan poco profunda que sólo llegaba a cubrirle la cintura.
       Como se pudo la pescamos y la izamos a la orilla, donde se sentó jadeante, y se puso a retorcer su falda de alpaca negra.
       —No ha sido nada; un accidente sin importancia —decía asombrosamente animada.
       Pero Pierre estaba enfurecido.
       —La culpa es de Mademoiselle por querer ver el Lac d'Amour —decía—. Será mejor que Madame cruce el prado y vaya a tomar algo en aquel cafetín de enfrente.
       —No, no —protestaba ella.
       Pero Monsieur secundó a Pierre.
       —Espérese hasta que volvamos —me conminó el barquero, rencoroso.

       Asentí y les di la espalda, pues ante el espectáculo de Madame renqueando por el césped como un ánade gigantesco y desgarbado, no podía resistir más. Y cuando uno viaja en lanchas tapizadas, no debe esperar encontrarse con personas lo suficientemente cultas para no tomar a mal la risa si brota de la simpatía. Una vez que se perdieron de vista, corrí con todas mis fuerzas por el prado, me escurrí bajo una valla y no volví jamás a las proximidades del Lac d'Amour. “Que crean si quieren, que me he ahogado —pensé—; tengo canales para el resto de mi vida.”
       El campo de Béguinage, al toque de oración, está salpicado de grupitos de pintores con caballetes de patas extensibles, que parecen dotados de individualidad propia; pues se resisten tenazmente a los esfuerzos de los artistas y responden a sus insistentes miradas metiéndoles por los ojos chillonas manchas de color. Muchachas inglesas de floridos sombreros y lo más granado de la juventud masculina norteamericana dan allí libre curso a sus sentimientos, con una alegría, una camaraderie y un aire de “el mundo es pequeño para nosotros”, que teóricamente resulta encantador. Se llaman unos a otros con juvenil näiveté, se lanzan cigarrillos, frutas y tabletas de chocolate, mientras que bandadas de turistas que han podido salvarse de las garras de una vieja emboscada a la sombra del portón de una capilla, se detienen pensativos ante los caballetes “para ver, observar y saber decir de quién”.
       Con grandes remordimientos de conciencia por no disponer ni de un álbum de apuntes, estaba tendida al pie de un árbol siguiendo las evoluciones y escapadas de los vencejos en el aire refulgente, y preguntándome si todos aquellos perros de pelaje obscuro que había tumbados en la hierba serían de los jóvenes pintores, cuando cruzó ante mí una pareja con las cabezas inclinadas sobre un libro. Había algo vagamente familiar para mí en su modo de andar, y de pronto se me quedaron mirando, nuestras miradas se encontraron y quedamos boquiabiertos. Ella vino a mi lado y él se quitó su inmaculado sombrero de paja, poniéndoselo bajo el brazo.
       —¡Katherine! ¡Qué cosas más extraordinaria! ¡Si parece imposible después de tantos años! —exclamó ella. Y volviéndose hacia él añadió—: Guy, ¿será posible? Katherine en Brujas, precisamente en Brujas.
       —¿Y por qué no? —dije, mostrándome muy animosa, mientras trataba de recordar su nombre.
       —Pero, querida, si la última vez que nos vimos fue en Nueva Zelanda... a no sé cuántas millas de aquí.
       Naturalmente, era Betty Sinclair. Habíamos ido juntas al colegio.
       —¿Dónde te hospedas? ¿Llevas mucho tiempo aquí? Ah, no has cambiado nada, absolutamente nada. Donde te hubiese encontrado te hubiera reconocido.
       Hizo una señal al joven y añadió ruborizándose un poco, como si se tratase de algo que le avergüenza a uno, pero que hay que afrontar:
       —Es mi marido.
       Nos dimos la mano, y él se sentó también en el suelo, mordisqueando una hierbecilla. Quedamos en silencio hasta que Betty recobró el aliento y me apretó la mano.
       —No sabía que estabas casada —dije tontamente.
       —Sí, querida, y tengo un nene —repuso ella—. Ahora vivimos en Inglaterra. Estamos muy interesados con la cuestión del sufragio, ¿sabes?
       Guy se sacó la hierbecilla de la boca.
       —¿Es usted de los nuestros? —inquirió muy interesado.
       Denegué con la cabeza y él volvió a mordisquear la hierba entornando los ojos.
       —¿Cuánto tiempo vas a estar aquí? Es una oportunidad magnífica. Saldremos juntos y charlaremos largo y tendido. Ya sabes que Guy y yo no estamos en la luna de miel. Nos gusta tratar con otras personas de vez en cuando.
       El carillón atacó la marcha de Aquí llega el héroe victorioso.
       —Por desgracia, tengo que regresar a Inglaterra inmediatamente. He recibido una carta urgentísima.
       —¡Qué contratiempo! Ya sabes que Brujas está sencillamente plagada de riquezas artísticas, cuadros, iglesias. Esta noche hay concierto al aire libre en la Grand Place, y mañana empieza un concurso de carillón que durará toda la semana.
       —Tengo que irme —dije en tono tan resuelto, que mi alma, estimulada por el ritmo de marcha del carillón, se puso a marcar el paso.
       —Y luego las callejas solitarias y esos aromas de las viejas ciudades del continente, y las encajeras... ¡Imagínanos a los tres correteando por aquí, saturándonos de todo esto!
       Suspiré y me mordí los labios.
       —¿Qué objeciones opone al voto de la mujer? —preguntó Guy, mientras seguía con la vista el plácido cortejo de las monjas que cruzaban entre los árboles.
       —Siempre creí que te interesabas mucho por el futuro de la mujer —dijo Betty—. Ven esta noche a cenar con nosotros. Plantearemos con amplitud la cuestión. Ya sabes que tras de la vida agitada de Londres, aquí, en esta ciudad de la vieja Europa, le parece a uno ver las cosas de modo diferente.
       —Diferente por completo —respondí, saludando con leve movimiento de cabeza, como a un viejo conocido, a la guía turística que asomaba en el bolsillo de Guy.



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