Katherine Mansfield
(Nueva Zelandia, 1888 - Francia, 1923)


En la bahía (1922)
(“At the Bay”)
Originalmente publicado, en doce secciones, en London Mercury, 5.27 ( enero de 1922);
The Garden Party and Other Stories
(Londres: Constable & Company Limited, 1922, 276 págs.)


I

      Por la mañana, muy temprano. Aún no había salido el sol y toda la bahía de Crescent estaba oculta bajo la neblina blancuzca del mar. Las colinas cubiertas de maleza, en la parte de atrás, quedaban difuminadas. No se podía ver dónde terminaban y dónde empezaban los campos y los bungalows. La arenosa carretera había desaparecido y con ella los campos y bungalows del otro lado; a sus espaldas no se veían las blancas dunas cubiertas de matojos rojizos; no había nada que sirviese para distinguir lo que era la playa y dónde empezaba el mar. Había caído un fuerte rocío. La hierba era azulada. Gruesas gotas colgaban de la maleza, sin acabar de caer: el toi-toi, esponjoso y plateado, colgaba fláccido de sus largos tallos, y las caléndulas y claveles de los jardines de los bungalows se doblaban hacia el suelo rezumando humedad. Las frías fuscias estaban empapadas, y redondas perlas de rocío moteaban las llanas hojas de los berros, Parecía como si el mar hubiera subido pacíficamente durante la noche, como si una inmensa ola hubiera roto avanzando, avanzando… ¿hasta dónde? Tal vez si alguien se hubiese despertado en plena noche hubiera podido atisbar un gran pez coleteando junto a la ventana y volviendo a desaparecer…
       ¡Ah, aaah!, susurraba el adormecido océano. Y desde los matojos llegaba el rumor de pequeños arroyuelos que discurrían veloces, ligeros, culebreando entre los pulidos guijarros, borboteando en las charcas de los helechos y volviendo a manar; y se oían las grandes gotas salpicando entre las hojas anchas, y algo más —¿qué era?—, un débil temblor y una sacudida, el golpe de una ramita y luego un silencio tan profundo que parecía que alguien estuviese escuchando.
       Contorneando la bahía de Crescent, entre los enormes montones de rocas quebradas, apareció un rebaño de ovejas avanzando con su leve trotecillo. Venían apretujadas, formando una masa pequeña, ondulante, lanosa, y sus patas delgadas, como bastones, avanzaban con rapidez, como si el frío y el silencio las asustaran. Tras ellas corría un perro pastor con las patas chorreantes y sucias de arena, el hocico pegado al suelo, pero despreocupado, como si estuviese pensando en otra cosa. Y luego apareció en la abertura rocosa el propio pastor. Un hombre enjuto, viejo, erguido, con un abrigo de frisa cubierto por una telaraña de gotitas diminutas, pantalones de pana atados bajo las rodillas, y un sombrero de fieltro de ala ancha con un pañuelo azul arrollado a modo de cinta. Llevaba una mano metida al cinto y con la otra agarraba un bastón amarillento bellamente pulimentado. Mientras caminaba sin la menor prisa, iba silbando una tonadilla ligera y dulce, una melodía distante y misteriosa de son tierno y lastimero. El viejo mastín efectuó un par de cabriolas y se detuvo en seco, como avergonzado de su travesura, y dio algunos pasos, con aires dignificados, al costado de su amo. Las ovejas emprendieron algunas carrerillas batiendo el suelo; empezaron a balar, y rebaños y manadas fantasmales les respondieron desde el fondo del mar. “¡Bee! ¡Bee!” Durante algún rato parecieron no moverse del mismo pedazo de tierra. Delante tenían el camino arenoso con pequeños charcos; a ambos lados había idénticos matorrales empapados de agua y las mismas umbrías cercas. Pero entonces algo descomunal apareció a su vista; un enorme gigante de pelos erizados, con los brazos abiertos. Era el enorme árbol de goma que crecía junto a la tienda de la señora Stubbs, y cuando pasaron junto al lugar les llegó un penetrante aroma a eucaliptus. Ahora grandes manchas de luz centelleaban en la neblina. El pastor dejó de silbar; se frotó la nariz enrojecida y la húmeda barba en la manga mojada y, achicando los ojos, miró en dirección al mar. Salía el sol. Era maravilloso contemplar con qué rapidez se disipaba la bruma, levantándose, disolviéndose en aquella hondonada, desperezándose sobre los matorrales y desapareciendo, como si tuviese prisa por escapar; grandes espirales y remolinos se elevaban y empujaban a medida que los rayos plateados del sol se hacían más anchos. El lejano celaje —de un azul reluciente, inmaculado— se reflejaba en los charcos, y las gotas, nadando por los cables telefónicos, centelleaban como puntos luminosos. El mar ondulante y reverberante brillaba tanto que hacía daño a la vista. El pastor sacó del bolsillo anterior una pipa de cazoleta pequeña como una bellota, hurgó en busca de un pedazo de tabaco amazacotado, deshizo algunas briznas y embutió la cazoleta. Era un viejo de rasgos hermosos, adusto. Encendió la pipa y el humo azulado le envolvió la cabeza mientras el perro, que le contemplaba, parecía mostrarse orgulloso de él.
       “¡Bee! ¡Bee!” Las ovejas se alejaron abriéndose como un abanico. Acababan de dejar atrás la colonia veraniega cuando el primer durmiente se dio media vuelta y levantó la cabeza somnolienta; sus balidos resonaron en los sueños de los niños… que levantaron sus bracitos para abrazar y acariciar a los preciosos corderillos lanosos del sueño. Y apareció el primer habitante: Florrie, la gata de los Bumell, sentada sobre un poste de la cancela, demasiado madrugadora como de costumbre, esperando a la lechera. Pero cuando divisó al perro pastor se incorporó velozmente, arqueó el dorso, contrajo su rostro gatuno, y pareció estremecerse con un ligero fastidio. “¡Vaya! ¡Qué criatura tan basta y repugnante!”, dijo Florrie. Pero el viejo mastín, sin levantar la cabeza, pasó meneándose y tambaleando las patas de un lado a otro y se limitó a imprimir un ligero temblequeo a una oreja para demostrar que la había visto y que la consideraba una gata joven y tontaina.
       El aliento de la mañana despertóse entre los marojos y el olor a hojas y a tierra negra y húmeda se mezcló con el fuerte aroma del mar. Millares de pájaros rompieron a cantar. Un petirrojo pasó volando sobre la cabeza del pastor y, posándose en la punta de una rama, volvióse de cara al sol, atusándose las plumitas del pecho. Ahora ya habían pasado junto a la cabaña del pescador, y habían pasado junto al pequeño whare de aspecto calcinado en el que vivía Leda, la lechera, con su anciana abuela.
       Las ovejas se esparcieron por un marjal amarillento y Wag, el sabueso, chapoteó tras ellas, las rodeó y fue empujándolas hacia el paso más empinado y estrecho por el que se salía de la bahía de Crescent encaminándose hacia la ensenada de Daylight. “¡Bee! ¡Bee!” El balido se fue debilitando a medida que se alejaron por el camino que la mañana sedaba rápidamente. El pastor guardó la pipa, metiéndosela en el bolsillo de la pechera, de modo que la cazoleta asomara por arriba. E inmediatamente reanudó su silbar dulce y misterioso. Wag correteó por el borde rocoso tras algo que desprendía un fuerte olor y volvió otra vez corriendo muy disgustado. Luego, empujándose, atropellándose, apresurándose, las ovejas doblaron la curva y el pastor las siguió hasta perderse de vista.


II

      Algunos segundos más tarde se abrió la puerta trasera de uno de los bungalows, y una figura vestida con un bañador de gruesas listas salió corriendo al jardín, salvó el portillo, bajó como una exhalación por el herbazal de la vaguada, tambaleóse escalando la duna arenosa y corrió, como si en ello le fuera la vida, por las grandes piedras porosas, por los guijarros fríos, mojados, hasta llegar a la arena compacta que relucía como el aceite. ¡Plis, plas! ¡Plis, plas! El agua le salpicó las piernas mientras Stanley Burnell se metía gozosamente en el mar. ¡Siempre el primero en bañarse, como de costumbre! Les había vuelto a ganar a todos. Y se agachó para zambullir la cabeza y el cuello.
       —¡Salve, hermano! ¡Salve, oh, tú, poderosísimo! —una aterciopelada voz de bajo retronó sobre las aguas.
       ¡Maldito escocés! ¡Ojalá se lo llevase el diablo! Stanley levantó la cabeza a tiempo de ver una testa oscura oscilando mar adentro y un brazo que le saludaba. Era Jonathan Trout, ¡y había llegado antes que él!
       —¡Una mañana espléndida! —canturreó la voz.
       —¡Sí, una mañana deliciosa! —respondió Stanley secamente. ¿Por qué demonios no se bañaba aquel tipo en la zona que le correspondía? ¿Por qué tenía que ir precisamente hasta aquel lugar? Stanley agitó los pies, se hundió y nadó hacia la orilla con buen estilo. Pero Jonathan le podía. Le alcanzó con el pelo negro chorreando sobre la frente y la barbita empapada.
       —¡Esta noche he tenido un sueño extraordinario! —gritó.
       ¿Qué diantres le ocurría a aquel hombre? Aquella manía conversatoria irritaba a Stanley hasta lo indecible. Y siempre contaba lo mismo, siempre cualquier pazguatería sobre algo que había soñado, o sobre cualquier sandez que había leído. Stanley se dejó flotar de espaldas y agitó los pies hasta convertirse en un surtidor humano. Pero aun así…
       —He soñado que estaba suspendido de un acantilado altísimo, espeluznante, gritando a alguien que se encontraba abajo.
       ¡Ojalá fuese cierto!, pensó Stanley. No pensaba aguantarle ni un segundo más. Dejó de batir los pies.
       —Oye, Trout —dijo—, lo siento pero esta mañana tengo bastante prisa.
       —¿Bastante qué? —replicó Jonathan absolutamente sorprendido, o pretendiendo estarlo, tanto que se hundió bajo el agua y reapareció resoplando.
       —Lo que quiero decir —prosiguió Stanley— es que no tengo tiempo para…, para… entretenerme. Sólo puedo permitirme un baño rápido. Tengo prisa. Tengo mucho trabajo que hacer esta mañana, ¿comprendes?
       Jonathan hubo desaparecido antes de que Stanley concluyese.
       —¡Ciao, amigo! —dijo amablemente la voz de bajo, y se alejó hendiendo el agua sin apenas levantar una salpicadura…
       ¡Maldito individuo! Ya había echado a perder el baño de Stanley. ¡Vaya con el bicho raro! Stanley volvió a nadar mar adentro y, con igual rapidez, regresó hacia la playa, y salió corriendo hacia la arena. Se sentía chasqueado.
       Jonathan permaneció un poco más en el agua. Se dejó flotar, moviendo suavemente las manos, como si fuesen aletas, y dejando que el mar meciese su cuerpo largo y flaco. Era curioso, pero, a pesar de todo, sentía simpatía por Stanley Burnell. Era cierto, a veces sentía un endiablado deseo de burlarse de él, de hacer bromas a su costa, pero en el fondo le compadecía. Había algo patético en aquella determinación de Burnell por hacer que todos sus actos fuesen un trabajo perfecto. Uno no podía por menos de sentir que algún día sería descubierto cometiendo un error y entonces el pobre hombre se hundiría. En aquel instante una inmensa ola izó a Jonathan, continuó avanzando, y rompió en la playa con alegre son ¡Qué belleza! Y ahora venía otra. Así era como había que vivir —despreocupadamente, temerariamente, entregándose del todo—. Se puso en pie y empezó a caminar hacia la orilla, hincando los dedos de los pies en la arena firme y sinuosa. Había que tomarse las cosas con tranquilidad, dejarse llevar por la corriente y los meandros de la vida sin oponer resistencia —eso era lo que había que hacer—. Aquella tensión constante era perjudicial. ¡Vivir, vivir! Y la mañana perfecta, lozana, hermosa, tostándose al sol, como si riese de su propia belleza, pareció susurrarle “¿y por qué no?”
       Pero ahora Jonathan ya había salido del agua y estaba morado de frío. Le dolía todo; era como si alguien le estuviese estrujando para sacarle la sangre. Y mientras cruzaba a grandes pasos la playa, temblando, con los músculos anquilosados, también tuvo la sensación de que le habían estropeado el baño. Había estado en el agua demasiado rato.


III

      Cuando Stanley apareció, vestido con un traje de estameña azul, cuello duro y corbata a topos, Beryl se hallaba sola en la sala de estar. Stanley tenía un aspecto casi sospechosamente limpio y acicalado; aquel día le tocaba ir a la ciudad. Dejóse caer en su silla, sacó el reloj y lo colocó junto al plato.
       —Sólo tengo veinticinco minutos —dijo—. ¿Quieres ir a ver si el porridge está listo, Beryl?
       —Mamá acaba de ir a buscarlo —respondió Beryl. Se sentó a la mesa y le sirvió el té.
       —¡Gracias! —dijo Stanley sorbiendo—. ¡Uy! —exclamó con voz sorprendida—, has olvidado el azúcar.
       —¡Oh, perdona! —dijo ella, pero no le sirvió el azúcar, limitándose a pasarle el azucarero. ¿Qué significaba aquello? Mientras Stanley se servía, sus ojos azules se agrandaron enormemente y parecieron estremecerse. Dirigió una rápida mirada a su cuñada y recostóse en la silla.
       —¿Sucede algo malo? —preguntó despreocupadamente, arreglándose el cuello duro.
       Beryl tenía la cabeza inclinada y hacía girar el plato con los dedos.
       —No, nada —contestó su vocecita. Y luego levantó también la mirada y sonrió a Stanley—. ¿Por qué lo dices?
       —¡Oooh! No, por nada. Que yo sepa por nada. Me parecía que estabas un poco…
       En aquel momento se abrió la puerta y aparecieron las tres niñas, cada una llevando un plato de porridge. Iban vestidas igual, con un jersey azul y pantaloncitos, dejando desnudas sus piernecitas morenas, y las tres llevaban el pelo recogido en trenzas y sujeto arriba en lo que era conocido como cola de caballo. Tras ellas apareció la señora Fairfield con la bandeja.
       —Cuidadito, niñas —advirtió. Pero las niñas andaban con muchísimo cuidado. Les encantaba que les permitiesen llevar cosas—. ¿Le habéis dado los buenos días a vuestro padre?
       —Sí, abuela.
       Y tomaron asiento en el banco situado frente a Stanely y Beryl.
       —¡Buenos días, Stanley! —dijo la anciana señora Fairfield entregándole su plato.
       —¡Buenos días, mamá! ¿Qué tal está el niño?
       —¡Espléndido! Esta noche sólo se ha despertado una vez. ¡Hace una mañana radiante! —dijo la anciana deteniéndose con la mano sobre la barra de pan para dar un vistazo hacia el jardín a través de la puerta abierta. Se oía el sonido del mar. Por la ventana abierta de par en par el sol entraba con fuerza inundando las paredes de amarillo barniz y el suelo desnudo. Todo cuanto había sobre la mesa relucía y brillaba. En el centro había una vieja ensaladera llena de capuchinas rojas y amarillas. La anciana sonrió, y en sus ojos brilló una mirada de profunda satisfacción.
       —¿Por qué no me corta una rebanada de ese pan, mamá? —dijo Stanley—. Sólo faltan doce minutos y medio para que pase el coche. ¿Le ha dado alguien mis zapatos a la muchacha?
       —Sí, ya los tienes listos —respondió la señora Fairfield sin perder la compostura.
       —¡Oh, Kezia! ¿Por qué tendrás que estar siempre haciendo porquerías? —exclamó Beryl desolada.
       —¡Yo, tía Beryl! —replicó la niña, sorprendida. ¿Qué había hecho ahora? Se había limitado a excavar el lecho de un río en el porridge, luego lo había llenado y ahora se estaba comiendo las orillas. Pero eso lo hacía todas las mañanas y nunca nadie le había dicho nada.
       —¿Por qué no puedes comer como Dios manda? Fíjate en Isabel y Lottie.
       ¡Qué injustas son las personas mayores!
       —¡Pero si Lottie siempre hace una isla flotante! ¿Verdad, Lottie?
       —Yo no —intervino Isabel, remilgada—. Yo lo rocío con azúcar, le pongo leche y me lo como. Jugar con la comida es de niños pequeños.
       Stanley apartó su silla y se levantó.
       —¿Puede traerme los zapatos, mamá? Y tú, Beryl, si has terminado, me gustaría que bajases corriendo hasta la cancela para parar el coche. Isabel, corre y pregúntale a tu madre dónde está mi sombrero hongo. Espera un segundo…, supongo que las niñas no habréis estado jugando con mi bastón.
       —¡No, papá!
       —¡Pues yo lo dejé aquí! —empezó a mascullar Stanley—. Recuerdo claramente haberlo dejado en este rincón. Vamos a ver: ¿quién lo ha tocado? No hay tiempo que perder. ¡Mirad por todas partes! Hay que encontrar el bastón.
       Incluso Alice, la sirvienta, tuvo que participar en la búsqueda.
       —Espero que no se le habrá ocurrido utilizarlo para atizar el fuego de la cocina, ¿verdad?
       Stanley entro corriendo en el dormitorio en donde Linda continuaba acostada.
       —Es increíble. No puedo dejar nada. ¡Ahora resulta que me han hecho desaparecer el bastón!
       —¿El bastón, querido? ¿Qué bastón?
       Stanley decidió que la incertidumbre que Linda demostraba en tales ocasiones no podía ser real. ¿No había nadie que sintiese simpatía hacia él?
       —¡El coche! ¡Stanley, el coche! —gritó desde el portillo del jardín la voz de Beryl.
       Stanley hizo un ademán con el brazo hacia Linda.
       —¡No tengo tiempo para despedirme! —exclamó. Y lo dijo para que le sirviera de castigo.
       Tomó rápidamente el sombrero hongo, salió corriendo de la casa y voló hacia la cancela. Sí, el coche le estaba esperando y Beryl, inclinada sobre el abierto portillo, se reía de alguien o de algo como si nada hubiese ocurrido. ¡Crueldad de las mujeres! Ese modo que tenían de dar por sentado que era uno quien debía deslomarse por ellas sin que ellas se tomasen ni siquiera la molestia de vigilar que no se te extraviase el bastón. Kelly hizo estallar el látigo sobre los caballos.
       —Adiós, Stanley —se despidió Beryl, divertida, alegremente.
       ¡Sí, bien poco costaba decir adiós! Y allí se quedaba parada, sin hacer nada, protegiéndose los ojos del sol con la mano. Y lo peor de todo era que Stanley también tenía que gritar adiós, por guardar las apariencias. Por fin la vio girarse, dar un saltito y regresar corriendo hacia la casa. ¡Estaba contenta de haberse desembarazado de él!
       Sí, lo estaba. Entró corriendo en la sala de estar y gritó:
       —¡Ya se ha ido!
       Linda contestó desde su habitación.
       —¡Beryl! ¿Se ha ido Stanley?
       Y la anciana señora Fairfield apareció con el niño envuelto en la mantita de franela.
       —¿Se ha ido?
       —¡Se ha ido!
       Oh, qué alivio, qué diferencia tan grande cuando el hombre se iba de casa. Incluso sus voces cambiaban al llamarse unas a otras: parecían más cálidas y amables, como si compartiesen un secreto. Beryl volvió junto a la mesa.
       —Mamá, tómate otra taza de té. Todavía está caliente. —De algún modo quería celebrar el hecho de que ahora pudiesen obrar a su antojo. Ningún hombre iba a molestarlas: podían gozar a sus anchas de aquel día perfecto.
       —No, gracias, hija —respondió la anciana señora Fairfield, pero el modo como en aquel instante jugueteó con el niño, lanzándolo al aire y diciendo “a-guu-agguu-a-gaa” significaba que sentía lo mismo. Las niñas salieron corriendo al jardín como gallinas escapadas del gallinero.
       Incluso Alice, la sirvienta, que estaba lavando los platos en la cocina, se contagió de aquel estado de ánimo y empleó la preciada agua del depósito de modo absolutamente descuidado.
       —¡Ah, los hombres! —suspiró, hundiendo la tetera en el barreño y manteniéndola bajo el agua incluso después de que dejase de burbujear, como si también fuese un hombre y mereciese perecer ahogada.


IV

      —¡Isabel, espérame! ¡Espera, Kezia!
       Allí estaba la pobrecilla Lottie, abandonada otra vez y todo porque le costaba tantísimo saltar el seto sola. Cuando se encaramó al primer peldaño del portillo las rodillas le comenzaron a temblar: se agarró al poste. Ahora tenía que echar una pierna por encima. Pero ¿cuál? Nunca lograba saberlo. Y cuando finalmente echó una pierna hacia arriba con una especie de brinco desesperado, tuvo una sensación pavorosa. Ahora una mitad de ella estaba en el jardín y la otra mitad en los hierbajos de afuera. Se agarró desesperadamente al poste y gritó con fuerza:
       —¡Esperadme!
       —¡No, no la esperes, Kezia! —dijo Isabel—. Es tan tontorrona. Siempre se está enredando. ¡Vamos! —apremió, tirando del jersey a Kezia—. Si vienes conmigo, te dejaré mi cubo —añadió amablemente—. Es más grande que el tuyo.
       Pero Kezia no podía dejar sola a Lottie. Corrió a buscarla. Cuando llegó, Lottie estaba totalmente acalorada y jadeaba profundamente.
       —Vamos, pasa la otra pierna —dijo Kezia.
       —¿Por dónde?
       Lottie contempló a Kezia como si la mirase desde la cima de una montaña.
       —Por aquí, por donde tengo la mano —dijo Kezia tocando el lugar.
       —Ah, ¿quieres decir ahí? —dijo Lottie suspirando profundamente y pasando la otra pierna.
       —Vamos, ahora date media vuelta, siéntate y déjate resbalar —le indicó Kezia.
       —Pero si no hay donde sentarse, Kezia —farfulló Lottie.
       Pero por fin lo logró y en cuanto todo hubo pasado se compuso de nuevo y empezó a animarse.
       —Estoy mejorando en esto de saltar cercas, ¿verdad que sí, Kezia?
       Lottie era de temperamento muy optimista.
       El sombrerito rosa y azul siguió al sombrerito rojo encendido de Isabel por la cuesta empinada y resbaladiza. En la cima se detuvieron para decidir hacia dónde debían ir y para contemplar a sus anchas a quienes ya hubiesen llegado. Vistas desde atrás, con sus siluetas recortadas contra el cielo, gesticulando ampulosamente con sus palas, parecían pequeños exploradores desorientados.
       Toda la familia de los Samuel Josephs estaba ya allí con su señorita de compañía, que se hallaba sentada en una banqueta portátil y mantenía el orden mediante un silbato que llevaba atado al cuello, y un bastoncillo con el cual dirigía las operaciones. Los Samuel Josephs nunca jugaban solos ni por su cuenta. Cuando lo hacían, los chicos siempre terminaban tirando agua por los escotes de las niñas o intentando meter cangrejos en los bolsillos de los otros muchachos. De modo que la señora S. J. y la pobrecilla señorita de compañía habían establecido lo que ésta denominaba un “brograma” matutino a fin de mantenerles “entretevidos y evitar sus trevasuras”. El programa consistía en competiciones o carreras y juegos en grupo. Y todo empezaba con un ensordecedor pitido del silbato de la señorita de compañía y terminaba con otro. Incluso había premios —grandes paquetes, envueltos en un papel un tanto sucio que la señorita de compañía extraía de una abultada bolsa de malla con una amarga sonrisita—. Los Samuel Josephs peleaban espantosamente por conseguir los premios, hacían trampas y se pellizcaban los brazos —todos eran expertos pellizcadores—. En la única ocasión en que las niñas Burnell habían jugado con ellos, Kezia se llevó un premio, y cuando hubo desenvuelto tres papelotes se encontró con un corchete oxidado. No logró entender por qué los Samuel Josephs se peleaban tanto por los premios…
       Pero ahora nunca jugaban con los Samuel Josephs, ni siquiera iban a sus fiestas. Los Samuel Josephs siempre organizaban fiestas para los niños de la bahía y siempre daban la misma comida. Una gran jofaina con una ensalada de frutas de color pardusco, bollos partidos en cuatro trozos y una jarra llena de algo que la señorita de compañía llamaba “limoneda”. Y, cuando por la noche regresabas a casa, tenías la mitad de las puntillas de la falda rotas o una mancha de algo que te habían volcado sobre el Peto del delantalito abierto, mientras los Samuel Josephs continuaban pegando brincos como salvajes en su jardín. ¡No! Eran unos niños insoportables.
       Del otro lado de la playa, junto a la orilla, dos niños, con los calzones arremangados, trabajaban como arañas. Uno hacía un hoyo, el otro entraba y salía del agua llenando un cubito. Aquellos eran los Trout, Pip y Rags. Pero Pip estaba tan ocupado cavando y Rags tan ocupado ayudándole que no advirtieron la llegada de sus primitas hasta que éstas estuvieron muy cerca.
       —¡Mirad! —dijo Pip—. Mirad qué he descubierto.
       Y les mostró una bota vieja, mojada, medio destripada. Las tres niñas se quedaron mirándole.
       —¿Y se puede saber qué piensas hacer con ella? —replicó Kezia.
       —¡Guardarla, naturalmente! —replicó él, desdeñoso—. Es un hallazgo, ¿no lo ves?
       Sí, eso Kezia ya lo veía. Pero así y todo…
       —Hay montones de cosas enterradas en la arena —explicó Pip—. Provienen de naufragios. Tesoros. Hasta podríais encontrar…
       —¿Por qué tiene Rags que llenar el hoyo con agua? —preguntó Lottie.
       —Oh, lo hace para ablandarla —respondió Pip—, para hacer el trabajo un poco más fácil. Tú sigue trayendo agua, Rags.
       Y el bueno de Rags continuó corriendo arriba y abajo, tirando agua que se tornaba de color chocolate.
       —Fijaos. ¿Queréis que os enseñe lo que encontré ayer? —preguntó Pip misteriosamente, clavando la pala en la arena—. Prometedme que no lo diréis.
       Se lo prometieron.
       —Decid, lo juro por lo más sagrado de mi corazón.
       Las niñas lo repitieron.
       Pip se sacó algo del bolsillo, lo estuvo frotando largo rato en la parte delantera de su jersey, le echó su aliento y volvió a frotar.
       —¡Ya os podéis girar! —ordenó.
       Las niñas Burnell se volvieron.
       —¡Mirad todas al mismo sitio! ¡Quietas! ¡Ahora!
       Y abrió la mano; sostenía a contraluz algo que centelleaba, que relucía, algo de un hermosísimo color verde.
       —Es una “mesmeralda” —dijo Pip con solemnidad.
       —¿De veras, Pip? —incluso Isabel estaba emocionada.
       Aquella bellísima cosita verde parecía bailar en los dedos de Pip. Tía Beryl tenía una “mesmeralda” en un anillo, pero era muy chiquita. Esta era grande como una estrella y mucho más hermosa.


V

      A medida que la mañana fue avanzando fueron llegando distintos grupos de gente que aparecían por las colinas arenosas y bajaban a bañarse a la playa. Se daba por sobrentendido que a partir de las once las mujeres y niños de la colonia veraniega se convertían en los amos de la playa. En primer lugar las mujeres se desvestían, se ponían los trajes de baño y se cubrían la cabeza con horrorosos gorritos de baño; luego desabrochaban a los niños. La playa quedaba sembrada de pequeños montoncitos de vestidos y zapatos; los grandes sombreros veraniegos, sujetos con piedras para impedir que el viento se los llevase, parecían enormes pechinas. Era curioso, pero incluso el mar parecía adoptar un sonido distinto cuando todas aquellas figuras saltarinas y risueñas se adentraban en las olas. La anciana señora Fairfield, con vestido de algodón de color lila y sombrero negro atado bajo la barbilla, reunió a sus polluelos vistiéndoles para el baño. Los niños Trout se quitaron las camisas por la cabeza y los cinco salieron corriendo mientras la abuela tomaba asiento con una mano metida ya en la bolsa de la media, dispuesta a sacar la madeja de lana en cuanto comprobase que los niños llegaban al agua sanos y salvos.
       Las niñas, a pesar de estar bastante robustas, no eran, ni de mucho, tan osadas como los niños, cuyo aspecto era delicado y enfermizo. Pip y Rags, temblando, agachándose, salpicándose, se metían sin la menor duda. Pero Isabel, que ya era capaz de nadar doce brazadas, y Kezia, que casi podía dar ocho, sólo les siguieron bajo la promesa de que no las iban a salpicar. Lottie, por su parte, se limitó a no seguirles. Le gustaba que la dejasen para irse mojando a su aire, por favor. Lo cual consistía en sentarse a la orilla, con las piernas estiradas y las rodillas bien apretadas, mientras procedía a efectuar una serie de vagos movimientos con los brazos. Como si esperase salir nadando sobre las olas. Pero cuando una ola mayor de lo acostumbrado, una ola ya vieja y barbuda, avanzó rompiendo en su dirección, se incorporó rápidamente con cara despavorida y salió corriendo hacia la playa.
       —Toma, mamá, ¿me puedes guardar esto?
       Dos anillos y una cadenita de oro cayeron sobre el halda de la señora Fairfield.
       —Sí, claro. ¿No te vas a bañar aquí?
       —Nooo —respondió Beryl exagerando. Parecía un tanto misteriosa—. Voy a desvestirme más allá. He quedado en ir a bañarme con la señora de Harry Kember.
       —Muy bien —respondió su madre, pero sus labios se contrajeron. La señora Kember no era santo de su devoción, y Beryl lo sabía.
       Pobre mamá, sonrió, mientras avanzaba por las piedras. ¡Pobrecilla mamá! ¡Vieja! Ah, qué alegría, qué felicidad ser joven…
       —Pareces muy contenta —dijo la señora Kember. Estaba sentada sobre las piedras, acurrucada, con los brazos abrazados a las rodillas, fumando.
       —Hace un día espléndido —respondió Beryl, sonriéndole.
       —¡Oh, querida! —espetó la voz de la señora Kember como si supiese muchas cosas más. Aunque, en realidad, su voz siempre tenía aquel tono que parecía denotar que sabía más sobre una que no la propia interesada. Era una mujer esbelta, de aspecto raro, con manos y pies muy largos. Su rostro también era largo y estrecho y parecía cansada; incluso su flequillo rubio y rizado parecía quemado y canoso. Era la única mujer que fumaba en toda la bahía, y lo hacía sin parar, con el cigarrillo colgando de los labios mientras hablaba, y quitándoselo tan sólo cuando la ceniza era ya tan larga que una no entendía cómo no había caído. Cuando no jugaba al bridge —acostumbrada a hacerlo absolutamente todos los días— se pasaba el tiempo tumbada a pleno sol. Era capaz de estar tomando el sol el tiempo que fuese, nunca tenía bastante. Y, a pesar de todo, no parecía que el sol llegase a comunicarle su calor. Se quedaba tendida sobre las piedras como un viejo madero arrastrado por las olas, arrugada, ajada, fría. Las mujeres de la bahía opinaban que iba demasiado, demasiado lejos. Su falta de vanidad, sus expresiones vulgares, el modo como trataba a los hombres como si fuese uno de ellos, y el hecho de que su casa no le preocupase un comino y de que llamase a su sirvienta Gladys, “Glad-eyes”, eran algo vituperable. Desde los peldaños de la terraza, la señora Kember era capaz de llamar con su voz indiferente y fatigada: “Oye, Glad-eyes, a ver si me encuentras un pañuelo, si es que me queda alguno…”, y Glad-eyes, con un lazo rojo en el pelo, en lugar de la cofia, y zapatos blancos, salía corriendo con una sonrisa insolente. ¡Era algo absolutamente escandaloso! Era cierto que no tenía hijos, y que su marido… Al llegar a este punto las voces siempre se acaloraban; se hacían apasionadas. ¿Cómo podía Harry Kember haberse casado con ella? ¿Cómo, cómo? ¡Tenía que haber sido por dinero, naturalmente, pero aun así!
       El marido de la señora Kember era al menos diez años más joven que ella, y tan increíblemente apuesto que parecía una escultura o una ilustración impecable de alguna novela americana, y no un hombre de carne y hueso. Tenía pelo negro, ojos azul oscuro, labios encendidos, sonrisa lenta y soñadora, y era buen jugador de tenis, perfecto bailarín, y todo ello envuelto en misterio. Harry Kember era una especie de sonámbulo. Los hombres no le soportaban, no había modo de sonsacarle una palabra; ignoraba a su mujer y ella le ignoraba a él. ¿De qué vivía? Naturalmente circulaban historias, ¡y vaya historias! Eran cosas que no podían repetirse. Las mujeres con quienes había sido visto, los lugares en los que había sido divisado…, pero nunca era nada seguro, nada definitivo. Algunas de las mujeres de la bahía creían para sus adentros que un día acabaría cometiendo un crimen. Si, incluso mientras hablaban con la señora Kember y digerían el horripilante conjunto que vestía, se la imaginaban tendida, tal como ahora estaba en la playa, pero helada, ensangrentada, y con el cigarrillo eternamente pegado a la comisura de los labios.
       La señora Kember se incorporó, bostezó, desabrochó el cierre del cinturón y tiró de las cintas de la blusa. Beryl se quitó la falda y el jersey, quedando sólo con la combinación blanca y cortita y la camisola con lacitos en los hombros.
       —¡Pobre de mí! —exclamó la señora Kember—. ¡Pero si eres monísima!
       —¡No diga tonterías! —dijo suavemente Beryl; pero, mientras se quitaba primero una media y luego otra, le pareció que lo era.
       —¿Y por qué no, querida? —prosiguió la señora Kember, pisoteando sus propias enaguas—. De veras, ¡qué ropa interior!
       Unas braguitas azules de algodón y un corpiño de lino que recordaba vagamente una funda de almohada…
       —Y no llevas corsé, ¿verdad? —prosiguió, tocando la cintura de Beryl, que pegó un salto hacia atrás dando un gritito remilgado.
       —¡Jamás! —respondió, por fin, con firmeza.
       —Ay, criatura afortunada —suspiró la señora Kember, desabrochándose el suyo.
       Beryl se volvió de espaldas y empezó los complicados movimientos de quien intenta desvestirse y ponerse el traje de baño, todo al mismo tiempo.
       —Ay, querida…, por mí no te preocupes —comentó la señora Kember—. ¡No seas tímida! No voy a comerte. Ni me voy a sorprender como todas esas remilgadas —y soltó aquella extraña risa que parecía un relincho haciendo mofa de las otras mujeres.
       Pero Beryl era tímida. Nunca se desvestía delante de nadie. ¿Era eso una cursilería? La señora Kember le hacía sentir que era una tontería, algo incluso de lo que debía avergonzarse. Dirigió una rápida ojeada a su amiga, que continuaba despreocupadamente vestida con la camisola mientras encendía otro cigarrillo; y una sensación fugaz, descarada y maliciosa brotó en su pecho. Sin poder contener la risa se puso el bañador lacio, que parecía arenoso y que no estaba del todo seco, y se abrochó los retorcidos botones.
       —Así está mejor —dijo la señora Kember. Y ambas empezaron a bajar juntas hacia la playa—. La verdad es que es un pecado que tengas que andar vestida, querida. Algún día alguien te lo tenía que decir.
       El agua estaba bastante caliente. Y era de un azul maravilloso, transparente, salpicado de plata, aunque la arena del fondo parecía dorada; cuando se movían los pies se levantaba una nubecilla de polvo dorado. Ahora las olas le llegaban al pecho. Beryl se detuvo con los brazos estirados, mirando hacia el horizonte, y con cada ola que llegaba daba un saltito minúsculo de modo que casi parecía que era la ola la que la levantaba suavemente.
       —Yo creo que las muchachas bonitas deben divertirse —explicó la señora Kember—. ¿Y por qué no? No cometas un error, querida, y aprovéchalo, diviértete. —E inesperadamente se sumergió, desapareció, y se alejó nadando muy rápidamente, como una rata. Luego se dio media vuelta y regresó nadando. Iba a añadir algo. Beryl sintió que aquella fría mujer la estaba envenenando, pero anhelaba oír sus palabras. Pero sucedió algo muy extraño y bastante horrible. Al aproximarse la señora Kember con el gorro de baño negro y su rostro adormilado sobresaliendo del agua, con la barbilla rozando la superficie del mar, le pareció que era una horrenda caricatura de su esposo.


VI

      Linda Burnell, sentada en una hamaca de barco, bajo la manuka que crecía en medio del césped de la parte delantera del jardín, dejaba pasar la mañana fantaseando. No hacía nada. Contemplaba las hojas oscuras, cerradas, secas, de la manuka, los intersticios azules, y de vez en cuando una diminuta flor amarillenta caía sobre ella. Hermosas —sí, si se cogía una de aquellas florecillas en la palma de la mano y se la examinaba atentamente, eran una cosita deliciosa—. Cada pétalo de un pálido amarillo brillaba como si hubiese sido fabricado por manos expertas. Y la pequeña lengüeta del centro le daba la forma de una campanita. Dándole media vuelta, sin embargo, la parte exterior era de oscuro color de bronce. Aunque caían en cuanto florecían, diseminándose. Tenías que ir quitándotelas del vestido mientras hablabas; y eran horribles si te quedaban en el pelo. Entonces ¿por qué florecían? ¿Quién se tomaba el trabajo —o el goce— de hacer florecer todas aquellas cositas que se echaban a perder, dilapidadas…? Era algo misterioso.
       Sobre el césped, a su lado, acostado sobre dos almohadones, estaba el niño. Estaba profundamente dormido, con la cabeza vuelta de espaldas a su madre. Su pelito oscuro parecía más una sombra que pelo de verdad, pero tenía la orejita muy roja, como un coral encendido. Linda enlazó las manos sobre la cabeza y cruzó los pies. Era muy agradable pensar e todos aquellos bungalows estaban vacíos, que todo el mundo había ido a la playa, y que no iban a verles, ni oírles. Tenía todo el jardín para ella: estaba sola.
       Los claveles blancos resplandecían, luminosos: brillaban los botones dorados de las caléndulas, las capuchinas trepaban por los barrotes de la baranda con llamitas verdes y gualdas. Ojalá uno tuviese tiempo para contemplar aquellas flores despaciosamente, tiempo para superar la sensación de novedad y extrañeza, ¡tiempo para conocerlas! Pero en cuanto te detenías a abrir los pétalos, a descubrir el envés de las hojas, venía la Vida llevándote a otro lugar. Tendida en su silla, Linda se sintió absolutamente vaporosa, como una hoja. La Vida llegaba como llega el viento, y la levantaba y zarandeaba: y tenía que irse. Dios mío, ¿iba a ser siempre así? ¿No había modo de escapar?
       … Ahora estaba sentada en la terraza de su casa, en Tasmania, recostada en la rodilla de su padre. Y él le prometía: “En cuanto tú y yo seamos suficientemente mayores, Linny, nos largaremos a alguna parte, nos escaparemos. Como dos muchachos. Me parece que me gustaría remontar en barco algún río de China”. Y Linda veía el río, un río anchísimo, cubierto de juncos y sampanes. Veía los sombreros amarillos de los remeros y oía sus gritos agudos, chillones…
       —Sí, papá.
       Pero precisamente en aquel instante un joven corpulento con reluciente pelo rojizo pasó lentamente ante su casa y parsimonioso, solemne incluso, se quitó el sombrero. El padre de Linda le tiró de la oreja, con aquel gesto tan suyo.
       El galán de Linny —le susurró.
       ¡Oh, papá! ¿Me imaginas casada con Stanley Burnell?
       Pues sí, se había casado con él. Y a un más: le amaba. No al Stanley que todos veían, el Stanley cotidiano; sino a un Stanley tímido, sensible e inocente que cada noche se arrodillaba a rezar sus oraciones, y que no tenía otro anhelo que ser bueno. Stanley era muy sencillo. Cuando creía en alguien —como creía en ella, por ejemplo— lo hacía de todo corazón. Era incapaz de ser infiel, incapaz de decir una mentira. ¡Y cómo sufría cuando creía que alguien —ella— no le decía la pura verdad, no se mostraba absolutamente sincera! “¡Demasiadas sutilezas para mí!”, decía, subrayando las palabras, pero su mirada franca, desolada, temblorosa, era como la de un animal acorralado.
       El problema era —y al llegar a este punto Linda sintióse inclinada a reír, aunque, por todos los cielos, no era cosa que hiciese reír— que su Stanley no se manifestaba muy a menudo. A veces había algún momento, algún destello, remansos de paz, pero el tiempo restante era como si viviesen en una casa que cada día sufría un incendio, en un barco que naufragaba a diario. Y siempre era Stanley quien se encontraba en peligro. Linda tenía que dedicar todo su tiempo a rescatarle, a reconfortarle, a tranquilizarle y escuchar sus historias. Y el poco tiempo que le quedaba lo pasaba bajo el temor de tener más hijos.
       Linda frunció el ceño; se incorporó rápidamente en la hamaca de barco y se cogió los tobillos. Sí, ésa era su verdadera queja contra la vida: eso era lo que no lograba entender. Esa era la pregunta que formulaba una y mil veces sin encontrar jamás una respuesta satisfactoria. Estaba muy bien repetir que a todas las mujeres les había tocado tener hijos. Pero no era cierto. Ella, por ejemplo, podía demostrar que aquello no era verdad. Los partos la habían destrozado, debilitado, le habían quitado sus energías. Y lo que hacía que todavía resultase más difícil de soportar era que no quería a sus hijos. Era inútil fingir. Aunque hubiese tenido fuerzas para ello hubiese sido incapaz de cuidar de las niñas y jugar con ellas. No, era como si un aire gélido la hubiese dejado paralizada de pies a cabeza en cada uno de aquellos acontecimientos pavorosos; ya no le quedaba afecto que entregarles. Y en lo concerniente al niño —bueno, gracias a Dios, su madre lo había cuidado; era de su madre, o de Beryl o de quien lo quisiese—. Apenas lo había sostenido en brazos. Se sentía absolutamente indiferente aunque estuviese allí tendido… Linda le miró.
       El niño se había dado media vuelta. Estaba de cara a ella y ya no dormía. Sus ojitos infantiles, de un azul oscuro, estaban abiertos; miraba como si estuviese espiando a su madre. Y de pronto su rostro formó unos hoyuelos y esbozó una amplia sonrisa, una sonrisa desdentada, un perfecto lucero, ni más ni menos.
       “Aquí estoy”, parecía querer decir aquella feliz sonrisa. “¿Por qué no me quieres?”
       En aquella sonrisa había algo tan sorprendente, tan inesperado, que Linda no pudo por menos de sonreír. Pero se reprimió y dijo fríamente al niño:
       —No me gustan los niños.
       “¿Que no te gustan los niños?” El niñito no podía creerla. “¿Y yo, no te gusto?” Y agitó nerviosamente los bracitos en dirección a su madre.
       Linda abandonó la hamaca y se dejó caer en el césped.
       —¿Por qué continúas sonriendo? —preguntó severamente—. Si supieses en qué estaba pensando dejarías de sonreír.
       Pero el niño se limitó a achicar los ojos, tímidamente, girando la cabecita sobre la almohada. No creía ni una palabra de lo que ella decía.
       “¡No vengas siempre con la misma canción!”, decía su sonrisa.
       Linda estaba tan sorprendida de la confianza de aquel pequeño… Ah, no, sé sincera. No era aquello lo que sentía; era algo muy distinto, algo totalmente nuevo, tan… Le subían lágrimas a los ojos; y dirigió un diminuto susurro al bebé:
       —¡Hola, bonito!
       Pero el niño ya se había olvidado de su madre. Volvía a estar serio. Algo rosado, blando, se agitaba delante de él. Fue a cogerlo e inmediatamente desapareció. Pero cuando se recostó, otra cosa, idéntica a la primera, entró en su campo de visión. Esta vez estaba decidido a agarrarla. Hizo un esfuerzo tremendo y se dio la vuelta.


VII

      La marea había bajado; la playa estaba desierta; el mar aún tibio batía perezosamente. El sol caía implacable, ardiente e impetuoso sobre la fina arena, caldeando los guijarros veteados de grises y azules y negros y blancos. Evaporó las gotitas de agua depositadas en el cuenco de las conchas; y amarilleó las sonrosadas cuscutas que serpenteaban por los montículos arenosos.
       Nada parecía moverse excepto las pequeñas pulgas de mar. ¡Pit, pit, pit! Nunca estaban quietas.
       Más allá, sobre las rocas cubiertas de algas que, durante la marea baja, semejaban animales velludos que hubiesen bajado a saciar su sed a la orilla, el sol parecía relucir como un doblón de plata oculto en cada agujerito de la roca. Bailaban y se estremecían, y olas insignificantes bañaban las porosas orillas. Mirando hacia abajo, inclinándose sobre ellas, cada charca era como un lago con casitas rosadas y azuladas apretujándose en los bordes; y ¡ah, aquella vasta extensión montañosa que se extendía tras aquellos habitáculos! —las gargantas, los desfiladeros, los peligrosos barrancos y los temibles senderos que llevaban hasta el borde del agua—. Debajo mecíase el bosque marino —árboles como delgados hilillos rosas, aterciopeladas anémonas, y algas moteadas con granitos anaranjados—. Ahora una piedra del fondo cobró movimiento, se ladeó, y atisbóse un negro tentáculo; luego una criatura filiforme pasó nadando y se perdió de vista. Algo sucedía en los árboles rosados, ondulantes; estaban cambiando de color y cobraban un azul frío como el resplandor de la luna. Y ahora se oyó un débilísimo “plop”. ¿Quién había hecho aquel ruido? ¿Qué sucedía allí abajo? Con qué fuerza, y qué humedad, llegaba el olor de las algas tendidas al sol…
       En los bungalows de la colonia veraniega habían cerrado las persianas verdes. En las terrazas, tendidos sobre el césped, colgados de las cercas, veíanse trajes de baño de aspecto exhausto y toallas de grandes listas. Todas las ventanas traseras parecían tener en el alféizar un par de zapatillas playeras y algunos trocitos de roca, o un cubo, o una colección de conchas de pawa. La maleza se estremecía bajo el calor del sol; el camino arenoso estaba desolado y solo Snooker, el perro de los Trout, estaba tumbado en medio. Sus ojillos azules miraban hacia arriba, tenía las piernas estiradas, rígidas, y de vez en cuando dejaba escapar un soplido desesperado, como si quisiese decir que había decidido poner fin a aquella perra vida y sólo estaba esperando que pasase algún carro.
       —¿Qué miras, abuelita? ¿Por qué te paras y te quedas contemplando la pared?
       Kezia y su abuela hacían la siesta juntas. La pequeña, sólo con sus pantaloncitos y las enaguas, con los brazos y piernas desnudos, estaba tumbada en uno de los abultados almohadones de la cama de la abuela, y la mujer, vestida con una vieja bata blanca, estaba sentada junto a la ventana, en una mecedora, con un gran pedazo de media de color rosa sobre el halda.
       La habitación que compartían, como todas las estancias del bungalow, tenía la madera barnizada de color claro y el suelo desnudo. Los muebles eran sencillísimos y desvencijados. El tocador, por ejemplo, consistía en un cajón cubierto por una combinación de muselina rameada, y el espejo que había sobre él era de lo más extraño; parecía que dentro de él se hallase prisionero un zigzagueante relámpago enano. Sobre la mesa había un bote con florecillas rosadas de las dunas, tan apretujadas que más parecían un acerico de terciopelo, y una concha especial que Kezia había regalado a su abuela para que sirviese para guardar las horquillas, y otra aún más especial que había creído que serviría a pedir de boca para que el reloj se acurrucase a dormir dentro.
       —Contéstame —dijo Kezia.
       La anciana suspiró, dio a la lana un par de vueltas alrededor del pulgar, y las ensartó con la aguja de hueso. Estaba añadiendo puntos.
       —Estaba pensando en tu tío William, guapa —dijo apaciblemente.
       —¿En tío William, el de Australia? —preguntó Kezia, pues tenía otro.
       —Sí, claro.
       —¿El que nunca llegué a conocer?
       —El mismo.
       —Bien, ¿y qué le ocurrió? —preguntó Kezia aunque lo sabía perfectamente. Quería que se lo volviesen a contar.
       —Fue a las minas, cogió una insolación y se murió —replicó la anciana señora Fairfield.
       Kezia parpadeó y volvió a reflexionar sobre la escena… Un hombrecillo cayendo como un soldadito de plomo al lado de un gran agujero negro.
       —Abuela, ¿te sientes triste cuando piensas en él? —No le gustaba nada que su abuela estuviese triste.
       Ahora le tocó reflexionar a la abuela. ¿La entristecía? ¿La entristecía recordar, mirar hacia atrás? Contemplar los años vividos, como le había visto hacer Kezia. Continuar viéndoles como hacen las mujeres, muchos años después de que hubiesen desaparecido. ¿La entristecía? No, la vida era así.
       —No, Kezia.
       —¿Por qué? —preguntó la niña. Levantó su bracito desnudo y empezó a dibujar cosas en el aire—. ¿Por qué tuvo que morirse tío William? No era viejo.
       La señora Fairfield empezó a contar los puntos de tres en tres.
       —Murió, eso es todo —dijo con voz absorta.
       —¿Y todo el mundo tiene que morir? —interrogó Kezia.
       —¡Todos!
       —¿Yo también? —Kezia parecía terriblemente incrédula.
       —También llegará el día, hijita.
       —Pero, abuela… —dijo la niña levantando la pierna izquierda y moviendo los deditos de los pies. Los tenía llenos de arena—. ¿Y que sucedería si no me muriese?
       La anciana volvió a suspirar profundamente y estiró un buen trozo de la madeja.
       —Nadie nos pregunta si nos gusta o no, Kezia —dijo con tristeza—. Más pronto o más tarde a todos nos tiene que llegar la hora.
       Kezia permaneció quieta considerando sus palabras. No quería morir. Eso hubiese significado dejar aquel sitio, dejar todos los sitios, y para siempre, dejar…, dejar a su abuela. Rápidamente se dio media vuelta.
       —Abuela —dijo con vocecita sobresaltada.
       —¿Qué hay, cariño?
       —Tú no te morirás. —Acababa de decirlo.
       —Ay, Kezia —dijo la anciana levantando la mirada y sonriendo mientras meneaba la cabeza—, no hablemos más de eso.
       —Pero si no te vas a morir. No podrías dejarme. No puede ser que no estés aquí. —Todo aquello resultaba muy doloroso—. Prométeme que nunca te morirás, abuela —suplicó Kezia.
       La anciana prosiguió su calceta.
       —¡Prométemelo! ¡Di que nunca te morirás!
       Pero su abuelita continuó callada.
       Kezia dio otra vuelta y saltó de la cama; no podía soportarlo más, de modo que se subió dulcemente a las rodillas de la abuela, se agarró al cuello de la anciana y empezó a besarla, en la barbilla, tras las orejas, soplándole por el cuello.
       —Di que nunca…, nunca…, jamás… —susurró entre los besos. Y luego suave, imperceptiblemente, empezó a hacer cosquillas a su abuela.
       —¡Kezia! —exclamó la anciana soltando la media. Echóse hacia atrás en la mecedora y empezó a hacer cosquillas a la niña.
       —Di que nunca, nunca, nunca… —borboteó Kezia mientras ambas se echaban a reír, una en brazos de la otra.
       —¡Vamos, basta ya, ardillita! ¡Basta, basta, caballito! —repitió la anciana señora Fairfield, colocándose bien la cofia—. Venga, recoge la media.
       La dos habían olvidado el “nunca” de su conversación.


VIII

      El sol todavía daba de lleno en el jardín cuando la puerta trasera de los Burnell se cerró de un portazo, y una silueta muy alegre bajó por el sendero hacia la cancela. Era Alice, la doncella, vestida de paseo para su tarde libre. Llevaba un vestido blanco de algodón con topos rojos tan grandes y numerosos que daban escalofríos. Calzaba zapatos blancos y se tocaba con un sombrero de paja con el ala vuelta hacia arriba y un ramillete de amapolas bajo el ribete. Naturalmente llevaba guantes, guantes blancos, manchados de herrumbre en los botones, y en una mano empuñaba una sombrilla tremendamente llamativa a la que llamaba su “peresol”.
       Beryl, sentada a la ventana, abanicándose el cabello recién lavado, pensó que jamás había visto un espantajo igual. Si Alice se hubiese embadurnado la cara de negro con un corcho ahumado antes de salir de casa, la imagen hubiese sido completa. ¿Ya dónde demonios iba una muchacha como aquella en aquel pueblecito? El abanico de las islas Fiji, en forma de corazón, sacudió despreciativamente su hermosa cabellera. Supuso que Alice se debía haber agenciado algún granuja terriblemente basto y que debían ir juntos a algún bosquecillo. Era una lástima que diese aquel espectáculo: les iba a costar ocultarse con el atuendo que llevaba Alice.
       Pero no, Beryl era muy desconsiderada. Alice iba a tomar el té con la señora Stubbs, que le había mandado una “visitación” con el mandadero. La señora Stubbs le había caído bien desde el primer día, desde la primera vez que entró en la tienda para pedir algo para los mosquitos.
       —¡Válgame Dios! —había exclamado la señora Stubbs pegándose una palmada en el costado—. Jamás había visto a nadie con tantas picadas. Parece que la haya atacado una banda de caníbales.
       Aunque a Alice le hubiera gustado encontrar un poco de animación en la calle. No teniendo a nadie a sus espaldas sentía una sensación extraña. Como si tuviese un escalofrío por toda la columna vertebral. No podía creer que no hubiese alguien espiándola. Y, sin embargo, era una tontería volverse; te delataba. Se puso los guantes, tarareó algo en voz baja y, dirigiéndose al distante árbol de goma, añadió:
       —Ya no falta mucho —pero aquello no le servía de demasiada compañía.
       La tienda de la señora Stubbs estaba encaramada a un cerro, a un paso del camino. Tenía dos grandes ventanales que le hacían de ojos, un gran porche que era el sombrero, y en el tejado el signo de la tienda, en el que se leía MRS STUBBS’S, que venía a ser como una tarjeta de visita, airosamente plantada en la copa del sombrero.
       En el porche había una cuerda de la que colgaba una serie de trajes de baño, tan apretujados que más parecían acabar de ser rescatados de un naufragio que no estar esperando para entrar en el agua, y a su lado colgaba un manojo de sandalias playeras tan increíblemente revueltas que para conseguir un par había que descartar y arrancar por lo menos cincuenta. E incluso así hubiese sido inaudito lograr el pie izquierdo que hiciese juego con el derecho. Y no eran pocos quienes, habiendo perdido la paciencia, habían salido con una sandalia que les iba bien y otra un poquito demasiado grande… La señora Stubbs se enorgullecía de tener un poco de todo. Las dos ventanas exhibían tantos artículos apilados en forma de precarias pirámides, tan apretujados y mostrando un equilibrio tan inestable, que era puro milagro que no se viniesen abajo. En el ángulo izquierdo de una ventana, pegado al cristal por cuatro rombos engomados, había —y allí había estado desde tiempo inmemorial— un anuncio:

¡PERDIDO! ESPRENDIDO
BROCHE DE ORO
EN O CERCA LA PLAYA
SE OFRECE RECOMPENSA

      Alice empujó la puerta. Sonó la campanilla, se abrieron las cortinas rojas de estameña, y apareció la señora Stubbs. Con su anchurosa sonrisa y el enorme cuchillo de cortar el jamón en una mano, parecía un inofensivo sacamantecas. Alice recibió una bienvenida tan afectuosa que le costó bastante conservar la compostura de sus “modales”. Estos consistían en una serie de ininterrumpidas tosecillas y carraspeos, tironcitos a los guantes, pellizcos a la falda, y una curiosa dificultad en ver lo que le ponían delante o prestar atención a lo que le decían.
       El té estaba servido en la mesita de la trastienda: jamón, sardinas, una libra entera de mantequilla y una torta de harina tan grande que parecía salida de un anuncio de alguna marca de levadura. Pero la estufa Primus metía tal ruido que era inútil intentar hablar más fuerte. Alice se sentó al borde de una silla de anea mientras la señora Stubbs cargaba aún más la estufa. Inesperadamente la señora Stubbs retiró el cojín de una silla poniendo al descubierto un gran paquete envuelto en papel de color castaño.
       Me acabo de hacer algunas fotografías, querida —le gritó alegremente a Alice—. A ver qué te parecen.
       De un modo absolutamente refinado y melindroso, Alice se humedeció un dedo y levantó el fino papel que cubría la primera. ¡Caramba! ¡Cuántas había! Por lo menos había tres docenas. Y levantó la foto hacia la luz.
       La señora Stubbs aparecía sentada en un sillón, muy ladeada hacia un costado. En su rostro alargado divisábase una mirada de relativa sorpresa, lo cual no era de extrañar. Pues aunque el sillón estaba colocado sobre una alfombra, a la izquierda de ésta, bordeando milagrosamente su orilla, había una imponente cascada.
       A la derecha veíase una columna griega flanqueada por gigantescos helechos y, al fondo, erguíase una impresionante montaña coronada de nieve.
       —Es un bonito estilo, ¿no crees? —gritó la señora Stubbs.
       Y Alice apenas tuvo tiempo de chillar: “¡Divina!”, cuando el estruendo de la estufa Primus cesó en seco, produjo algunos siseos, calló por completo, y la muchacha dijo:
       —Muy hermoso —en medio de un silencio que resultaba aterrador.
       —Acerca la silla, querida —dijo la señora Stubbs, empezando a servir el té—. Sí —prosiguió entregándole la taza—, pero el tamaño no me acaba de convencer, voy a pedir que me hagan ampliaciones. Estas están muy bien como felicitaciones navideñas, pero yo nunca he sido aficionada a las “fotografías” pequeñas. No acabo de verles la gracia. La verdad es que las encuentro descorazonadoras.
       Alice comprendió bastante bien a qué se refería.
       —A mí que me las den grandes —dijo la señora Stubbs—. Me gustan las cosas grandes. Mi pobre marido, en paz descanse, siempre me lo decía. No soportaba las cosas pequeñas. Le daban escalofríos. Y por extraño que parezca, querida —y aquí la señora Stubbs se recostó bien en su silla y pareció ensancharse ante el recuerdo—, ¿sabes cuál fue la enfermedad que se lo llevó a la tumba? La hidropesía. Tuvo que ir muchas veces al hospital y le sacaban más de cuartillo y medio… Era como un castigo.
       Alice hubiese dado cualquier cosa por saber qué era exactamente lo que le sacaban.
       —Sería agua —aventuró.
       Pero la señora Stubbs le clavó la mirada y replicó enfáticamente:
       —Era líquido, guapa.
       ¡Líquido! Alice dio un brinco gatuno al oír aquella palabra y luego la sopesó, olisqueándola precavidamente.
       —¡Ahí le tienes! —dijo la señora Stubbs señalando dramáticamente una ampliación de tamaño natural de una cabeza y unos hombros de un hombre fornido, con una rosa blanca marchita en el ojal de la solapa que recordaba un caracolillo de manteca de cordero. Y, debajo, en letras plateadas, sobre un cartón rojo, leíanse las palabras: “No tengas miedo, soy yo”.
       —Tiene un rostro tan apuesto —dijo Alice con un suspiro.
       La cintita azul pálido que daba remate al cabello rubio y rizoso de la señora Stubbs se estremeció. Y dobló su recio cuello. ¡Menudo cuello tenía! Empezaba de un rosa brillante y luego iba cambiando hacia una tonalidad de maduro albaricoque, que luego se tornaba del color de un huevo moreno y más allá de un crema espeso.
       —A pesar de todo, querida —dijo inesperadamente—, ¡lo mejor es la libertad! —Y soltó una risita dulce, gruesa, que parecía un ronroneo—. ¡Lo mejor es la libertad! —replicó.
       ¡Libertad! Alice dejó escapar una carcajada aguda, corta, tonta. Se sentía rara. Su pensamiento voló a sus labores en la cocina. ¡Qué extraño!, le hubiera gustado estar ya de vuelta.


IX

      Después del té el lavadero de los Burnell recibió a una extraña asamblea. Alrededor de la mesa tomaban asiento un toro, un gallo, un asno que constantemente olvidaba que lo era, una oveja y una abeja. El lavadero era el lugar idóneo para la asamblea porque podían hacer todo el ruido que quisiesen sin que nadie les interrumpiese. Estaba formado por un pequeño cobertizo de planchas metálicas algo alejado del bungalow. Junto a la pared había una honda artesa y en un rincón una caldera con una canastilla de pinzas para la ropa encima. El ventanuco, casi tapado por las telarañas, tenía un cabo de vela y una ratonera sobre el alféizar polvoriento. Varias cuerdas para tender la ropa entrecruzábanse arriba y, colgada de una clavija en una de las paredes, había una enorme, grandísima, y oxidada herradura. La mesa estaba en medio y tenía una banqueta a cada lado.
       —No puedes ser una abeja, Kezia. Una abeja no es un animal, es un “ninsecto”.
       —Oh, pero si lo que más me gusta es ser abeja —se lamentó Kezia… Una abejita pequeña, con su terciopelo amarillo y patitas listadas. Se sentó sobre los talones y se inclinó hacia la mesa. Le parecía que ya era una abeja.
       —Un “ninsecto” debe ser un animal —dijo con terquedad—. Hace ruido, no es como un pez.
       —¡Yo soy un toro, un toro! —exclamó Pip. Y soltó un tremendo mugido, tan espeluznante (¿cómo se lo hacía para producir aquel ruido?) que Lottie le miró alarmada.
       Yo figura que soy una oveja —dijo el pequeño Rags—. Esta mañana han pasado un montón de ovejas.
       —¿Cómo lo sabes?
       —Papá las ha oído pasar. ¡Beeee! —Parecía un corderito que corriese tras el rebaño, como si esperase a que lo llevasen.
       —¡Quiquiriquííí! —cantó Isabel. Sus pómulos sonrosados y sus ojitos brillantes la hacían igualita que un gallo.
       —¿Y yo qué puedo ser? —preguntó Lottie a todo el mundo, mientras permanecía allí sentada, sonriendo, esperando que los otros decidiesen por ella. Tenía que ser un animal fácil.
       —Puedes ser un asno, Lottie —sugirió Kezia—. ¡Hii-haa, hii-haa! De esto te acordarás.
       —¡Hii-haa, hii-haa! —repitió Lottie solemnemente—. ¿Cuándo tengo que decirlo?
       —Yo lo explico, yo lo explico —dijo el toro, que era quien tenía las cartas. Las mostró por encima de su cabeza—. ¡Todo el mundo a callar! ¡Escuchadme! —Y esperó a que lo hiciesen—. Fíjate bien, Lottie. —Dio vuelta a una carta—. Esta tiene dos puntos, ¿lo ves? Bueno, si pones esta carta en medio y hay otro que también tiene una con dos puntos, tú dices “hii-haa”, y la carta es tuya.
       —¿Mía? —Lottie abrió unos ojos enormes—. ¿Para siempre?
       —No seas tonta. Mientras dure el juego, ¿entiendes? Sólo mientras juguemos. —El toro estaba muy enfadado con ella.
       —Oh, Lottie, de verdad que eres un poco tonta —dijo el orgulloso gallo.
       Lottie les miró. Luego bajó la cabeza y el labio le tembló un poquito.
       —No quiero jugar —murmuró.
       Los otros se miraron como conspiradores. Todos sabían lo que aquello representaba.
       Se iría y luego la descubrirían en cualquier parte tapándose la cabeza con el delantalito, en una esquina, o contra una pared, o incluso detrás de una silla.
       —Sí, sí quieres jugar, Lottie. Es muy fácil —terció Kezia.
       E Isabel, arrepentida, dijo con entonación de persona mayor:
       —Fíjate en , Lottie, y así aprenderás en seguida.
       —Vamos, ánimos, Lot —dijo Pip—. Mira, ya sé lo que haré. Te daré a ti la primera. La verdad es que me toca a mí, pero te la doy. Toma —y golpeó fuerte con la carta colocándola ante Lottie.
       Ante aquello, Lotti se reanimó. Pero ahora se encontró con otro problema.
       —No tengo pañuelo —dijo—. Y lo necesito corriendo.
       —Toma, Lottie, toma el mío —dijo Rags, metiendo la mano en el bolsillo de su blusa marinera y sacando un pañuelo muy mojado con algunos nudos—. Ve con mucho cuidado —le advirtió—. Utiliza sólo esa punta. Y no deshagas los nudos. Dentro tengo una estrellita de mar y quiero probar de domesticarla.
       —Oh, empecemos de una vez, niñas —exclamó el toro—. Y no hagáis trampas, no se pueden mirar las cartas. Poned las manos debajo de la mesa hasta que yo diga “Vale”.
       Fue repartiendo las cartas alrededor de la mesa. Pusieron todas sus fuerzas en intentar ver algo, pero Pip era demasiado rápido para ellos. Era fantástico, allí sentados en el lavadero; tuvieron que hacer un esfuerzo por no estallar en un pequeño coro de animales antes de que Pip hubiese terminado de repartir.
       —Vamos, Lottie, ahora empiezas tú.
       Lottie alargó tímidamente una mano, tomó la carta de encima de su montón, la examinó un buen rato —era evidente que estaba contando los puntos— y la volvió a dejar.
       —No. Lottie, no puedes hacer esto. No se vale mirar primero. Tienes que girarla al revés, boca arriba.
       —Pero entonces todo el mundo la verá igual que yo —dijo ella.
       El juego prosiguió. ¡Muuuuuuu! El toro era atronador. Cargó contra la mesa y pareció tragarse las cartas.
       ¡Bisssssss!, decía la abeja.
       ¡Quiquiriquííí!, cantó Isabel con tal excitación que se subió de pie en la banqueta y movió los codos como si fuesen alas.
       ¡Beeee! El pequeño Rags tiró el rey de bastos y Lottie tiró la carta que llamaban el rey de España. Ya casi no le quedaban cartas.
       —¿Y tú por qué no cantas, Lottie?
       —No me acuerdo qué soy —dijo el asno angustiado.
       —¡Bueno, pues cambia! ¡Eres un perro! ¡Guau, guau!
       —Oh, sí. Eso es mucho más fácil —volvió a sonreír Lottie. Pero cuando Kezia y ella sacaron un uno, Kezia esperó ex profeso. Los otros hicieron signos a Lottie y señalaron. Lottie se ruborizó; parecía desconcertada, pero por fin dijo:
       —¡Hii-haa!, Kezia.
       —¡Chist! ¡Callad! —estaban en pleno juego cuando el toro les interrumpió, levantando la mano—. ¿Qué es eso? ¿Qué es ese ruido?
       —¿Qué ruido? ¿Qué quieres decir? —preguntó el gallo.
       —¡Chist! ¡Quietos! ¡Escuchad! —Quedaron más quietos que un ratón—. Me ha parecido oír como si llamaran a la puerta —dijo el toro.
       —¿A la puerta? —dijo débilmente la oveja.
       Pero no obtuvo respuesta.
       La abeja sintió un escalofrío.
       —¿Por qué hemos cerrado la puerta? —inquirió suavemente. ¿Oh, por qué, por qué tenían que cerrar la puerta?
       El día había ido agonizando mientras jugaban; el deslumbrante ocaso había lucido con esplendor y ya se había apagado. Y ahora una rápida oscuridad avanzaba por el mar, ocupando las dunas, y el jardín. Daba miedo mirar hacia los rincones del lavadero y, a pesar de eso, uno tenía que mirar con todas sus fuerzas.
       Lejos, en algún lugar, la abuela debía estar encendiendo una lámpara. Las persianas se cerraban y el fuego de la cocina lamía con sus llamas los cazos colocados sobre la plancha.
       —¿No os parecería horroroso —dijo el toro— si ahora cayese del techo una araña y fuese a parar encima de la mesa?
       —Las arañas no caen de los techos.
       —Sí, sí caen. Min nos dijo que había visto una araña grande como un patito, y peluda como una castaña.
       Rápidamente todas las cabecitas se volvieron hacia lo alto; los niños se apretujaron juntos, resguardándose.
       —¿Por qué no vendrá alguien a buscarnos? —gritó el gallo.
       ¡Ah, los mayores, riéndose confortablemente, sentados a la luz de la lámpara, tomando el té! Se habían olvidado de ellos. No, la verdad es que no les debían haber olvidado. Su sonrisa lo indicaba claramente. Simplemente habían decidido dejarles allí solos.
       De pronto Lottie dio un chillido tan agudo que todos pegaron un brinco saltando de las banquetas y se pusieron a gritar.
       —¡Una cara, he visto una cara que nos miraba! —chilló Lottie.
       Y era cierto, había una cara. Asomada a la ventana se veía una cara lívida, de ojos negros y negra barba.
       —¡Abuelita! ¡Mamá! ¡Alguien!
       Pero todavía no habían tenido tiempo de alcanzar a puerta, tropezando los unos con los otros, que el tío Jonathan apareció en el umbral. Había ido a buscar a los niños.


X

      Hubiese deseado llegar antes, pero en la parte delantera del jardín se había encontrado con Linda que paseaba por el césped, deteniéndose a arrancar un clavel marchito, a apoyar otro muy cargado en un palito, o para aspirar el aroma de alguna flor y proseguir luego su paseo, con aquel aire ausente. Sobre el vestido blanco llevaba un chal amarillo, ribeteado de rosa, comprado en el almacén del hombre chino.
       —¡Hola, Jonathan! —le saludó. Y Jonathan se quitó su ajado panamá, se lo llevó al pecho, hincó una rodilla en el suelo y besó la mano de Linda.
       —¡Saludos, oh beldad! ¡Saludos, celestial azahar! —recitó amablemente su voz profunda—. ¿Dónde se hallan las otras nobles damas?
       —Beryl ha venido a jugar al bridge y mamá está bañando al niño… ¿Has venido a pedir algo prestado?
       Los Trout siempre se quedaban sin algo y acudían a los Burnell en el último momento a pedirlo prestado.
       Pero Jonathan se limitó a responder:
       —Sí, un poco de amor, un poco de amabilidad —y se puso a pasear al lado de su cuñada.
       Linda se tumbó en la hamaca de Beryl, bajo la manuka, y Jonathan se tendió a su lado, en el césped, arrancó una hierbecita y empezó a mordisquearla. Se conocían muy bien. Desde los otros jardines llegaban voces infantiles. La carretilla de un pescador pasó por el camino arenoso, y a lo lejos oyeron el ladrido de un perro; llegaba apagado, como si el perro tuviese la cabeza metida en un saco. Escuchando atentamente se podía percibir el rumor apagado del mar lamiendo los guijarros con la marea alta. El sol empezaba a ocultarse.
       —De modo que el lunes tienes que volver a la oficina, ¿eh, Jonathan? —comentó Linda.
       El lunes vuelven a abrirse las puertas de mi prisión, que permanecerán cerradas durante once meses y una semana —respondió Jonathan.
       Linda se balanceó suavemente.
       —Debe ser terrible —dijo lentamente.
       —¿Quieres que me ponga a reír, oh dulce hermana? ¿O prefieres que derrame amargas lágrimas?
       Linda estaba tan acostumbrada al modo de hablar de Jonathan que no le prestó la menor atención.
       —Supongo —dijo un tanto vagamente— que debes acabar por acostumbrarte. Somos capaces de acostumbrarnos a cualquier cosa.
       —¿Tú crees? ¡No sé! —Su “no sé” fue tan profundo que pareció brotar de las entrañas de la tierra—. Me pregunto qué es lo que hay que hacer para acostumbrarse —prosiguió Jonathan—. Yo nunca lo he conseguido.
       Contemplándole tendido sobre el césped, Linda volvió a pensar que era un hombre muy atractivo. Costaba pensar que no fuese más que un simple oficinista, y que Stanley ganase el doble que él. ¿Qué le ocurría a Jonathan? Carecía de ambiciones; o eso suponía ella. Aunque daba la impresión de ser un hombre dotado, excepcional. Le gustaba con locura la música; y cada penique que conseguía ahorrar se lo gastaba en libros. Siempre estaba lleno de ideas nuevas, de proyectos, de planes. Pero nunca realizaba nada. Ardía en él un fuego nuevo; casi se podía oír su crepitar suave mientras explicaba, describía o exponía algo nuevo; pero al cabo de un momento el fuego se había consumido y sólo quedaban cenizas, y Jonathan se paseaba con una mirada anhelante en sus ojos negros. En tales ocasiones exageraba aquel modo absurdo de hablar, y en la iglesia —de donde era el director del coro— cantaba con intensidad Gramática, tan sobrecogedora que el himno más deslucido cobraba un esplendor profano.
       A mí continúa pareciéndome igualmente imbécil e infernal tener que volver a la oficina el lunes —explicó—. Siempre me lo ha parecido y no creo que jamás llegue a cambiar de opinión. ¡Echar a perder los mejores años de nuestra vida sentados en un taburete desde las nueve hasta las cinco haciendo cuentas en los libros de caja de cualquier empresa! Me parece un modo sorprendente de pasar la…, la vida, la única que tenemos, ¿no crees? ¿O te parece que estoy soñando? —Se dio media vuelta sobre la hierba y se quedó mirando a Linda—: Dime, ¿qué diferencias hay entre mi vida y la de un preso? La única diferencia que soy capaz de ver es que yo me meto voluntariamente tras los barrotes y que nadie me va a soltar. Lo cual hace que la situación sea aún más intolerable que la del preso. Porque si me hubiesen llevado a la fuerza, si me hubiesen obligado, en contra de mi voluntad, pataleando incluso, en cuanto se hubiese cerrado la puerta, o al menos al cabo de cinco o seis años, tal vez acabara por aceptar la situación y empezase a interesarme por los revoloteos de las moscas o a contar los pasos del carcelero prestando especial atención a sus cambios de ritmo y cosas por el estilo. Pero en mi situación actual, soy una especie de insecto que se ha metido en una habitación por su propia iniciativa. Me pego contra las paredes, contra las ventanas, me doy contra el techo, hago todo lo hecho y por hacer en esta tierra bendita menos, naturalmente, volver a volar afuera. Y mientras voy pensando, como piensa la falena, o la mariposa, o lo que sea: “¡Qué corta es la vida! ¡Qué corta!” Sólo vivo una noche, o un día, y ahí está ese enorme y peligroso jardín, esperándome, todo él sin explorar, por descubrir.
       —Pero, si tú te sientes así, ¿por qué…? —empezó a decir Linda rápidamente.
       —¡Ah! —exclamó Jonathan. Y fue un “¡ah!” casi exultante—. Ahora me tienes atrapado. ¿Por qué? Evidentemente ¿por qué? Esta es la pregunta misteriosa y enloquecedora. ¿Por qué no vuelvo a escapar volando? Debe existir una ventana, o una puerta, o algún boquete por el que entré. No estoy irremisiblemente encerrado, ¿no? ¿Cómo es posible que no la encuentre y escape? Ah, hermanita, respóndeme si puedes —concluyó, aunque sin darle tiempo a contesta—. Vuelvo a sentirme exactamente como el insecto del que hablaba. Por la razón que sea —Jonathan efectuó una pausa entre sus palabras— está prohibido, no está permitido, va contra la ley de los insectos el dejar de golpearse y revolotear y trepar un instante por los vidrios. ¿Por qué no abandono la oficina? ¿Por qué no me paro a reflexionar seriamente, ahora mismo por ejemplo, en qué es lo que me impide abandonarla? No es que me sienta extraordinariamente atado. Tengo dos niños a quienes atender, es cierto, pero, a fin de cuentas, son niños. Podría embarcarme, o buscar un trabajo en otro lugar del país, o… —de pronto sonrió a Linda y, cambiando el tono de voz, dijo, como si le comunicase un secreto—: Debilidad…, debilidad. No me atrevo. No tengo dónde asirme. Digamos que no tengo un principio que me guíe. —Pero en seguida la profunda voz aterciopelada se puso a recitar:

¿Queréis oír la historia
y lo que sucedió…?

       Y ambos callaron.
       El sol se había ocultado. A poniente se divisaban grandes masas de nubes achatadas teñidas de rosa. Amplios rayos de luz refulgían entre las nubes y aún más allá, como si quisiesen tender su manto por todo el cielo. Arriba el azul empezaba a palidecer; convirtióse en un pálido dorado, y la maleza que se recortaba contra él centelleó oscura y reluciente como un metal. A veces esos mismos rayos de luz cruzando el cielo tienen un aspecto horrible. Le recuerdan a uno que Jehová, el Dios celoso, el Todopoderoso, está sentado en lo alto. Y que jamás nos pierde de vista, que nos contempla, sin descanso. Nos recuerda que cuando vuelva, toda la tierra se estremecerá convirtiéndose en un enorme cementerio; y ángeles deslumbrantes y frígidos nos llevarán hacia acá o hacia allá, y no habrá tiempo de explicar lo que hubiese sido tan sencillo de explicar… Pero ahora a Linda le parecía que había algo infinitamente alegre y enternecedor en aquellos destellos plateados. El son del mar se había apagado. Su aliento era suave, delicado, como si quisiera recabar aquella belleza tierna, gozosa, para su propio seno.
       —Todo está equivocado, todo, todo —repitió la voz umbrosa de Jonathan—. No es el escenario apropiado, el decorado para… tres taburetes, tres escritorios, tres tinteros y una persiana metálica.
       Linda sabía que Jonathan no cambiaría jamás, pero dijo:
       —¿Crees que ya es demasiado tarde?
       —Soy viejo…, decrépito —entonó él. E inclinándose hacia ella se pasó la mano por el pelo—. ¡Fíjate! —añadió señalando su cabello negro, que empezaba a mostrar hebras plateadas, como las plumas pectorales de una negra gallina.
       Linda se sintió sorprendida. No había advertido que Jonathan tuviese canas. Y, sin embargo, mientras él se incorporaba, suspiraba y se desperezaba, le vio, por primera vez, no como un hombre decidido, apuesto, descuidado, sino como alguien marcado ya por los años. De pie sobre el oscuro césped parecía muy alto, y una comparación cruzó por la mente de Linda: “Es como una hierba”.
       Jonathan volvió a ejecutar una reverencia y le besó los dedos.
       —Que premien los cielos tu dulce paciencia, mi señora —murmuró—. Debo ir en busca de los herederos de mi fama y fortuna…
       Y desapareció.


XI

      Se veía luz en las ventanas del bungalow. Dos rectángulos dorados se proyectaban sobre los claveles y las picudas caléndulas. Florrie, la gata, salió al porche y tomó asiento en el escalón más alto, con las blancas patas delanteras juntas y la cola enroscada. Parecía contenta, como si hubiese estado esperando aquel momento durante todo el día.
       “Gracias a Dios que oscurece”, dijo Florrie. “Gracias a Dios que ha concluido el interminable día”. Y las mirillas de sus verdes ojos se abrieron.
       En ese instante resonó el traqueteo del coche de punto y el trallazo del látigo de Kelly. Estaba lo bastante cerca como para que se pudiesen oír las voces de los hombres de la ciudad, hablando en voz alta. El coche se detuvo frente a la cancela de los Burnell.
       Stanley recorrió más de medio sendero antes de ver a Linda.
       —¿Eres tú, querida?
       —Sí, Stanley.
       El dio un salto evitando el arriate de flores y la tomó en sus brazos. Linda se sintió envuelta por aquel abrazo fuerte, familiar, enérgico.
       —Perdóname, querida, perdóname —tartamudeó Stanley, y le tomó la cara por la barbilla levantando su rostro hacia el de él.
       —¿Que te perdone? —sonrió Linda—. ¿Qué te tengo que perdonar?
       —¡Dios mío! No puedes haberlo olvidado —exclamó Stanley Burnell—. No he podido pensar en otra cosa durante todo el día. Lo he pasado malísimamente. Ya había decidido salir y mandarte un telegrama, pero luego he pensado que seguramente llegaría yo antes que el telegrama. Ha sido un verdadero calvario, Linda.
       —Pero, Stanley —intercedió Linda—, ¿qué es lo que debo perdonarte?
       ¡Linda! —Stanley se sentía herido—. ¿No te has dado cuenta? Seguro que te debes haber dado cuenta… Esta mañana me he ido sin decirte adiós No sé cómo puedo haberlo hecho. Me he dejado llevar por los nervios naturalmente. Pero…, bueno, —suspiró y la volvió a abrazar—, si supieses cómo he padecido durante todo el día.
       —¿Qué tienes en la mano? —preguntó Linda—. ¿Guantes nuevos? Déjame verlos.
       —Oh, no son más que unos guantes de gamucilla —explicó Stanley humildemente—. Esta mañana en el coche he visto que Bell llevaba unos y al pasar por la tienda he entrado un momento y me he comprado un par. ¿Por qué sonríes? No creerás que he hecho mal, ¿verdad?
       —Todo lo contrario, querido —replicó Linda—. Creo que has hecho muy bien.
       Tomó uno de los guantes, grandes y claros, y se lo probó en los dedos, contemplándose la mano y haciéndola girar a un lado y a otro. Todavía continuaba sonriendo.
       A Stanley le hubiera gustado decir: “Mientras los compraba he estado pensando en ti todo el rato”. Y era cierto, pero, por alguna razón, no pudo decirlo.
       —Entremos —murmuró.


XII

      ¿Por qué nos sentimos tan distintos por la noche? ¿Por qué es tan emocionante permanecer despierto mientras todos duermen? ¡Tarde…, es ya muy tarde! Y sin embargo a cada segundo me siento más despierta, como si, lentamente, a cada pequeña inspiración, despertase a un mundo nuevo, magnífico, mucho más apasionante y excitante que el mundo diurno. ¿Y de dónde proviene esta curiosa sensación de pertenecer a alguna conspiración? Nos movemos ligeros, sigilosos por la habitación. Cojo algo del tocador y lo vuelvo a depositar sin el menor ruido. Y todo, absolutamente todo, incluso los postes de la cama, me conoce, responde, comparte conmigo el secreto…
       Durante el día la habitación no te gusta demasiado. Nunca piensa en ella. Entras y sales, la puerta se abre, se cierra de un portazo, el armario cruje. Te sientas a un lado de la cama, te cambias los zapatos, vuelves a salir. Te contemplas fugazmente en el espejo, te pones dos horquillas en el pelo, te empolvas un poquito la nariz, y fuera otra vez. Pero ahora…, de pronto la habitación se ha convertido en algo entrañable. Es una habitación divertida, maravillosa. Y tuya. ¡Ah, qué alegría tener cosas propias! ¡Mías, sólo mías!
       “¿Mía para siempre?”
       “Sí”. Sus labios se encontraron.
       No, naturalmente, aquello no tenía nada que ver. Aquello eran necedades, tonterías. Pero, a pesar de todo, Beryl veía con total nitidez a dos personas en el centro de la distancia. Sus brazos rodeaban el cuello de él; y él la abrazaba. Y ahora le susurraba: “¡Querida, encanto, vida!” Saltó de la cama, corrió a la ventana, y se arrodilló en la silla, apoyando los codos en el alféizar. La noche maravillosa, el jardín, cada mata, cada hoja, incluso los blancos postes de la cerca, incluso las estrellas, eran como conspiradores que hubiesen venido a reunirse con ella. Era tal la claridad de la luna que las flores lucían igual que de día; la sombra de las capuchinas, las exquisitas hojas como lirios y las flores de abiertos pétalos, se prolongaban del otro lado de la terraza plateada. La manuka, doblada por los vientos del sur, era como un ave descansando sobre una sola pierna y con un ala extendida.
       Pero cuando Beryl miró hacia lo más denso, le Pareció que su espesura estaba triste.
       “Somos árboles mudos, erguidos en la noche, implorando no sabemos qué”, decía aquel triste follaje.
       Es cierto, cuando una está sola y piensa en la vida, siempre siente tristeza. La excitación y todas esas cosas tienen un modo de abandonarla a una súbitamente que es como si, en medio del silencio, alguien pronunciase tu nombre, y una lo oyese por primera vez.
       —¡Beryl!
       —Sí, aquí estoy. Soy yo, Beryl. ¿Quién me llama?
       —¡Beryl!
       —Deja que me acerque.
       Es tan desolador vivir sola. Están los amigos, los parientes, claro está, montones de ellos; pero no es eso lo que quiere decir. Desea a alguien capaz de dar con la Beryl que nadie conoce, alguien que espere que ella siempre sea así. Quiere un amante.
       —Aléjame de toda esta otra gente, amor mío. Vayámonos lejos. Vivamos nuestra vida, empezando desde el principio, nosotros solos, a partir de cero. Encendamos el hogar. Sentémonos a comer juntos. Hablemos largamente por las noches.
       Y lo que pensaba era casi: “¡Sálvame, amor! ¡Sálvame!”
       “… ¡Oh, vamos, guapa! ¡No seas remilgada, preciosa! Diviértete mientras eres joven. Sigue mi consejo”. Y unas incontenibles risitas se unieron al consejo de la señora Kember, pronunciado con una especie de relincho altivo e indiferente.
       ¿Lo ves? Es tan tremendamente difícil cuando no se tiene a nadie. Estás completamente a merced de los acontecimientos. Una no puede mostrarse áspera. Y siempre te tienes que enfrentar a ese horror de parecer inexperta y empingorotada como las otras muchachas de la bahía. Y…, es fascinante saber que tienes poder sobre otra gente. Sí, fascinante…
       ¿Oh, por qué tarda “él” tanto en llegar?
       Si continúo viviendo aquí, pensó Beryl, podría sucederme cualquier cosa.
       “Pero ¿por qué tienes la certeza de que va a venir?”, murmuró, burlona, una vocecita en su interior.
       Pero Beryl la desechó. No podía quedarse atrás. Quizás otras, pero no ella. Era imposible pensar que Beryl Fairfield no fuese a casarse jamás, que aquella jovencita encantadora y fascinante fuese a quedarse para vestir santos.
       “¿Recuerdas a Beryl Fairfield?”
       “¡Si la recuerdo! ¿Cómo iba a olvidarla? La conocí un verano que pasamos en la bahía. La primera vez que la vi apareció en la playa con un vestidito de muselina azul…, no, rosa, llevando en la mano un gran sombrero de paja color crema…, no, negro. Pero de eso hace muchísimos años”.
       “Pues está igual que siempre. Mejor si cabe”.
       Beryl sonrió, mordiéndose el labio, y miró hacia el jardín. Mientras observaba vio a alguien, a un hombre, que dejaba el camino, seguía por el campo junto a su cancela y parecía dirigirse directamente hacia ella. El corazón le latió con fuerza. ¿Quién era? ¿Quién podía ser? No podía tratarse de un ladrón, desde luego no era un ladrón, porque iba fumando y caminaba tranquilamente. Beryl tenía el corazón desbocado; le pareció que le daba un brinco, y luego que se le paraba en seco. Le había reconocido.
       —Buenas noches, señorita Beryl —dijo quedamente la voz.
       —Buenas noches.
       —¿No quiere venir a darse un paseíto? —sugirió.
       ¿Un paseíto? ¿A aquellas horas de la noche?
       —No puedo. Todos están acostados. Todo el mundo está durmiendo.
       —Oh —dijo la voz suavemente, dejando escapar una bocanada de humo dulzón—. ¿Y qué importan los demás? ¡Venga! Hace una noche preciosa. No se ve un alma.
       Beryl denegó con la cabeza. Pero ya había algo que se agitaba en ella, y algo bullía en su cabeza.
       La voz prosiguió:
       —¿Está asustada? —Y añadió burlona—: ¡Pobrecilla!
       En absoluto —respondió ella. Y, al hablar, le pareció que aquella débil cosita que llevaba dentro se desarrollaba, cobrando, inesperadamente, una tremenda fuerza; ¡estaba anhelando ir con él!
       Y exactamente como si el otro hubiese captado su deseo, la voz añadió, amable, dulcemente, pero resuelta:
       —¡Anda, vamos!
       Beryl saltó la ventana baja, cruzó el porche, y corrió por el césped hacia la cancela. El ya la estaba esperando.
       —Muy bien —susurró la voz, y añadió un poco burlona—. No tendrás miedo, ¿verdad? ¿No estarás asustada?
       Lo estaba; lo cierto era que ahora que estaba allí estaba aterrorizada, y le parecía que todo era distinto. La luna parecía mirarla fijamente, reluciente; y las sombras le parecían barrotes de hierro. Le tomaron la mano.
       —No, en absoluto —respondió vivamente—. ¿Por qué iba a estarlo?
       Notó que tiraban suavemente de su mano, arrastrándola. Se mantuvo firme.
       —No, no pienso ir más lejos —dijo Beryl.
       —Vamos, no digas tonterías. —Harry Kember no se la había creído—. ¡Anda, vamos! ¡Sólo hasta esas matas de fucsias silvestres! ¡Ven, sígueme!
       Las matas de fucsias eran enormes. Caían sobre la cerca como una cascada, formando debajo una pequeña glorieta de sombras.
       —No, de veras, no quiero —se resistió Beryl.
       Harry Kember permaneció un instante sin responder. Luego se acercó más a ella, le dio la cara, sonrió y le dijo rápidamente:
       —¡No digas tonterías! ¡Vamos, no seas chiquilla!
       Beryl nunca había visto una sonrisa como aquélla. ¿Estaría borracho? Aquella sonrisa resplandeciente, ciega, terrible, la dejó helada de miedo. ¿Que estaba haciendo? ¿Cómo era posible que hubiese llegado hasta allí? Eso le preguntaba el adusto jardín mientras ella abría la cancela y Harry Kember, con la celeridad de un gato, entraba corriendo y la abrazaba.
       —¡Ah, diablillo, diablillo! —murmuró aquella voz odiosa.
       —Pero Beryl era fuerte. Se agachó, forcejeó, liberóse de él.
       —Es usted detestable, detestable.
       —Pero ¿entonces por qué demonios has venido? —tartamudeó Harry Kember.
       Pero nadie le respondió.
       Una nubecilla serena pasó ocultando la luna. En aquellos segundos de oscuridad el mar resonó con eco más profundo y agitado. Luego la nube pasó y el sonido del mar volvió a ser un arrullo difuso, como si hubiese despertado de un oscuro sueño. Todo estaba en calma.



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