Katherine Mansfield
(Nueva Zelandia, 1888 - Francia, 1923)


Cine (1919)
(“The Pictures”)
Originalmente publicado en Art & Letters, 2.4 (otoño 1919);
Bliss and Other Stories
(Londres: Constable & Company, 1920, 280 págs.)


      Las ocho de la mañana. La señorita Ada Moss yacía en su cama de hierro negro, mirando el techo. Su cuarto, en el último piso interno de un edificio de Bloomsbury, olía a hollín y a polvo facial y a papas fritas, pues aún persistía su olor en el papel en el que las había traído envueltas la noche anterior.
       “¡Oh, Dios mío!”, pensó la señorita Moss. “¡Qué frío tengo! ¿Por qué será que me despierto con tanto frío de mañana? Tengo los pies y la espalda helados, especialmente la espalda, es como una barra de hielo. Y pensar que antes tenía siempre calor. No es porque esté más delgada..., tengo la misma silueta llana de siempre. No, debe ser porque no como una buena cena caliente por las noches.
       Una serie de Buenas Cenas calientes desfilaron por el techo, cada una acompañada de una botella de Nutritiva Cerveza...
       “Aunque ahora me levantara”, pensó ella, “y tomara un desayuno sensato y sustancioso...”. Una serie de Desayunos Sensatos y Sustanciosos siguieron a las cenas en su trayecto a través del techo, encabezados por un enorme y blanco jamón sin cortar. La señorita Moss se estremeció y desapareció bajo la ropa de cama. De pronto entró la portera.
       —Hay carta para usted, señorita Moss.
       —¡Oh! —dijo la señorita Moss con tono demasiado amigable—. Muchas gracias, señorita Pine. Ha sido usted muy gentil, lo digo en serio, por haberse tomado este trabajo.
       —No ha sido ningún trabajo —dijo la portera—. Creí que quizá fuera la carta que usted espera.
       —Claro —dijo alegremente la señorita Moss—. Sí, tal vez lo sea. Ladeó la cabeza y sonrió vagamente a la carta—. No me sorprendería.
       Se desorbitaron los ojos de la portera.
       —Bien, a mí sí me sorprendería —dijo—, y se lo digo directamente. Y además, le pido que por favor la abra. Muchas porteras en mi lugar ya la hubieran abierto, y hubieran estado en su derecho. Porque las cosas no pueden seguir así, señorita Moss, por cierto que no. Todas las semanas usted me dice que tiene un contrato y luego que no y después hay que esperar otra carta o a otro empresario que se ha ido a Brighton y regresará con seguridad el martes... estoy cansada, harta y no lo toleraré más. ¿Por qué tendría que tolerarlo, señorita Moss, en una época como esta con los precios por las nubes y mi pobre chico en Francia? Justamente ayer me lo decía mi hermana Eliza: “Minnie”, me dice, “eres demasiado blanda de corazón. Ya podrías haber alquilado varias veces esa habitación”, me dice, “y sí la gente no se cuida sola en épocas como ésta, nadie puede cuidarla por ellos”, me dice. “Tal vez haya ido a la universidad y tal vez haya cantado en los conciertos de West End”, me dice, “pero si se está lavando su propia ropa de lana y la tiende en el toallero, cualquiera se da cuenta de cuál es la situación. Y ya es hora de que le ponga fin”, me dice.
       La señorita Moss no dio ninguna muestra de haber oído todo esto. Se sentó en la cama, abrió el sobre y leyó:

     Estimada señora:
     Recibí su carta. En este momento no tenemos nada en producción, pero hemos archivado su retrato para producciones futuras.
     La saluda atentamente,

BACKWASH FILM CO.

       La carta pareció producirla una gran satisfacción, la leyó dos veces antes de responderle a la portera.
       —Bien, señora Pine, creo que lamentará haber dicho lo que dijo. Esta carta es de un empresario que me pide que vaya el sábado a las diez vestida con traje de fiesta.
       Pero la portera fue demasiado rápida. Se abalanzó y le arrebató la carta.
       —¡Oh, claro que sí! ¡Por supuesto! —gritó. —Devuélvame esa carta. Devuélvemela de inmediato, malvada —gritó la señorita Mees, que no podía salir de la cama porque tenía el camisón rasgado en la espalda:—. Esa carta es mía, personal.
       La portera empezó a retroceder para salir de la habitación, llevándose la carta al escote.
       —¿Así que a esto hemos llegado? —preguntó—. Bien, señorita Moss, si no tengo el alquiler esta noche a las ocho, ya veremos quién es una mujer malvada... eso es todo.
       —En este punto asintió misteriosamente—. Y guardaré esta carta. —En este punto alzó la voz—. ¡Será una hermosa prueba! —Y en este punto su voz se hizo sepulcral—: Señorita.
       Dio un portazo y la señorita Moss se quedó sola. Arrojó la ropa de cama, y sentándose en el borde de la cama, temblorosa y enfurecida, se miró las piernas gordas y blancas, cubiertas de venillas de color azul verdoso.
       —¡Cucaracha! Eso es lo que es... ¡Una cucaracha! —dijo la señorita Moss—. Podría denunciarla por haberme arrebatado mi carta... estoy segura de que podría. —Y empezó a vestirse sin quitarse el camisón—. ¡Oh, si tan sólo pudiera pagarla! Entonces le diría todo lo que pienso de ella. ¡Se lo diría de una buena vez!
       Se acercó a la cómoda para buscar un alfiler y al verse reflejada en el espejo esbozó una desvaída sonrisa y sacudió negativamente la cabeza.
       —Bien, vieja —murmuró—, esta vez es la definitiva, así que sin errores.
       Pero la imagen del espejo te devolvió una mueca.
       —Tonta —la reprendió la señorita Moss—. ¿Qué sentido tiene llorar ahora? Sólo conseguirás una nariz enrojecida. No, vístete y sal a probar suerte... eso es lo que debes hacer.
       Descolgó su bolso del respaldo de la cama y escarbó, en él, lo sacudió, lo volvió del revés.
       “Tomaré una buena taza de té en el ABC para ponerme a tono antes de ir a cualquier parte”, decidió. “Tengo un chelín y tres peniques, justito”.
       Diez minutos más tarde, una dama maciza, vestida de sarga azul, con un ramillete de violetas artificiales en el pecho, sombrero negro adornado con pensamientos purpúreos, guantes blancos, botas con capellada blanca y un bolso que contenía un chelín y tres peniques empezó a cantar con voz de contralto:

Recuerda, amor, en días de angustia
Que siempre es noche antes del alba.

       Pero la imagen del espejo le hizo una mueca, y la señorita Moss salió a la calle. En todas las escaleras había molinetes que derramaban agua sobre los peldaños. El muchacho de la lechería hacía el reparto emitiendo su extraño grito, como de halcón, entre la barahúnda de los tarros de leche. Frente a la Casa Suiza Brittweiler derramó un poco de teche, y de la nada apareció un viejo gato marrón que empezó a lamerla silenciosamente y con avidez. Al verlo la señorita Moss sintió algo raro, como un desfallecimiento.
       Al llegar al
ABC encontró la puerta abierta de par en par; un hombre entraba y salía llevando una bandeja con panecillos y no había nadie adentro a excepción de una camarera que se peinaba y la cajera que abría las cajas recaudadoras. Se paró en medio del local pero ninguno reparó en ella.
       —Mi novio volvió anoche —cantó la camarera.
       —¡Oh, qué suerte para tí! —gorgoteó la cajera.
       —Sí, ¿no es cierto? —cantó la camarera—. Me trajo un hermosísimo broche. Mira, la inscripción dice “Dieppe”.
       La cajera corrió a mirarlo y rodeó con su brazo el cuello de la camarera.
       —¡Oh, qué suerte para tí!
       —Sí, ¿no es cierto? —dijo la camarera—. Oh, vino tan tostado que le dije: “¡Hola! ¿Cómo estás, pedazo de caoba?”.
       —¡Oh! —gorgoteó la cajera, corriendo de regreso a su puesto y llevándose casi por adelante a la señorita Moss—. Ya te lo he dicho: ¡Qué suerte para tí!
       En ese momento volvió el hombre con los panecillos y pasó rozándola.
       —Señorita, ¿podría tomar una taza de té? —preguntó la señorita Moss.
       Pero la camarera siguió peinándose.
       —¡Oh! —cantó—, aún no hemos abierto.
       Se volvió y agitó el peine en dirección a la cajera:
       —Aún no hemos abierto, ¿verdad?
       —Oh, no —dijo la cajera.
       La señorita Moss volvió a la calle.
       “Iré a Charing Cross. Sí, eso es lo que haré”, decidió. “Pero no tomaré una taza de té. No, tomaré un café. El café es más tonificante... ¡Qué descaradas aquellas muchachas! Su novio volvió anoche, le trajo un broche que decía “Dieppe”.
       Empezó a cruzar la calle...
       —¡Gordita, no te duermas en medio de la calle! —le gritó un chofer de taxi, pero ella fingió que no lo había oído.
       “No, no iré a Charing Cross”, decidió. “Iré directamente a King y Kadgit. Abren a las nueve. Si llego allí temprano tal vez el señor Kadgit haya recibido algo con el correo de la mañana... “Me alegro de que haya aparecido tan temprano, señorita Moss. Acaba de llamar un empresario que necesita una dama para un papel... Creo que usted le vendrá justo. Le daré una tarjeta para que vaya a verlo. Paga tres libras por semana y todos los gastos. En su lugar yo me apresuraría. Es una suerte que haya venido tan temprano...”
       Pero en Kig y Kadgit no había nadie, salvo la mujer de la limpieza que restregaba el linóleo del pasillo.
       —No ha venido nadie aún, señorita —dijo la mujer.
       —Oh, ¿no está el señor Kadgit? —dijo la señorita Moss, tratando de esquivar el cepillo y el estropajo—. Bien esperaré un momento, si es que puedo.
       —No puede espejar en la sala de espera, señorita. Aún no la he limpiado. El señor Kadgit nunca llega antes de las once y media los sábados. A veces ni siquiera viene.
       Y la mujer de la limpieza empezó a restregar en dirección a ella.
       —¡Dios mío... qué tonta! —dijo la señorita Moss—. ¡Me olvidé que hoy era sábado!
       —Tenga cuidado con los pies, señorita —dijo la mujer de la limpieza.
       Y la señorita Moss volvió a salir a la calle.
       Beit y Bithems tenía algo de bueno: era animado. Uno entraba en la sala de espera en la que zumbaban las conversaciones, y allí estaba todo el mundo, y todo el mundo se conocía. Las que habían Negado temprano ocupaban las sillas, y las que llegaban más tarde se sentaban en el regazo de las primeras, en tanto los caballeros se apoyaban con negligencia en las paredes o se pavoneaban delante de las damas que los admiraban.
       —Hola —dijo muy alegremente la señorita Moss—. ¡Aquí estamos nuevamente!
       Y el joven señor Clayton tocaba el banjo con su bastón y Cantaba “Esperando a Robert E. Lee”.
       —¿Ha llegado ya el señor Bithem? —preguntó la señorita Moss, extrayendo una polvera y empolvándose la nariz de color malva.
       —¡Oh, sí, querida! —gritaron a coro—. Hace muchísimo que ha llegado. Y hace más de una hora que esperamos.
       —¡Dios mío! —dijo la señorita Moss—. ¿Creen que hay algo en perspectiva?
       —Oh, algunos contratos para Sudáfrica —dijo el joven señor Clayton—. Ciento cincuenta semanales durante dos años, ya se imagina.
       —¡Oh! —gritó el coro—. Usted sí que es divertido, señor Clayton. ¿No es ocurrente? ¿No es gracioso? Oh, señor Clayton, usted sí que nos hace reír, ¿no es cómico?
       Una muchacha morena y melancólica tocó el brazo de la señorita Moss.
       —Ayer mismo me perdí un buen trabajo —dijo—. Seis semanas en provincias y después el West End. El empresario dijo que me lo hubiera dado si hubiera sido un poco más robusta. Dijo que si mi figura fuera más llena, el papel hubiera sido exactamente para mí.
       Miró fijamente a la señorita Moss, y la sucia y obscura rosa roja que llevaba en el ala del sombrero parecía de algún modo compartir su infortunio, así marchita.
       —Oh, por Dios, qué mala suerte —dijo la señorita Moss, aparentando indiferencia—. ¿Qué papel era, si me permite preguntar?
       Pero la muchacha morena y melancólica adivinó sus intenciones y la miró despectivamente.
       —Oh, nada adecuado para usted, querida —dijo—. Necesitaban una persona joven, ya me comprende... un tipo moreno, español... con mi estilo, pero de figura más llena, eso es todo.
       La puerta interior se abrió y apareció el señor Bithem en mangas de camisa. Dejó una mano apoyada en la puerta, lisio para cerrarla otra vez, y levantó la otra.
       —Atención, damas... —y aquí hizo una pausa, hizo su famosa mueca y prosiguió—: y mu...chachos!
       Todo el mundo rompió en carcajadas tan estrepitosas que tuvo que alzar amibas manos para contenerlos.
       —No vale la pena que sigan esperando hoy —continuó—, vuelvan el lunes. Espero varias llamadas para el lunes. La señorita Moss hizo un avance desesperado.
       —Señor Bithem, no sé si habrá oído hablar de...
       —Veamos —dijo lentamente el señor Bithem, observándola: sólo la había visto cuatro veces por semana durante los últimos... ¿cuántos días?—. ¿Quién es usted?
       —La señorita Ada Moss.
       —Oh, sí, sí, por supuesto, querida. Pero todavía nada, querida. Hoy me pidieron veintiocho muchachas, pero debían ser jóvenes y capaces de saltar un poquito, ¿comprende? Y después me pidieron otras dieciséis... pero que supieran un poco de baile. Mire, querida, esta mañana estoy tapado de trabajo. Vuelva ocho días después del próximo lunes, no vale la pena que venga antes.
       Le dedicó una mueca toda para ella y después le mostró la gorda espalda.
       —¡Paciencia, señorita, paciencia!
       En la Compañía Cinematográfica North-East la multitud llenaba las escaleras. La señorita Moss quedó junto a una muñequita rubia de unos treinta años que llevaba un sombrero de encaje blanco adornado con cerezas.
       —¡Qué multitud! —dijo—. ¿Hay algo especial en vista?
       —¿No lo sabe, querida? —dijo la muñequita, abriendo sus inmensos ojos pálidos—. A las nueve y media hubo un pedido de muchachas atractivas. Hace horas que esperamos. ¿Ha trabajado antas para esta compañía?
       La señorita Moss ladeó la cabeza.
       —No, creo que no —dijo.
       —Es una compañía muy buena —dijo la muñequita—. Un amigo mío tiene un amigo que saca treinta libras diarias... ¿Ha trabajado con frecuencia en el cine?
       —Bien, no soy una actriz profesional —confesó la señorita Moss —. Soy cantante, contralto. Pero las cosas me han ido tan mal últimamente que he tenido que trabajar un poco en esto.
       —Es así, ¿verdad, querida? —dijo la muñequita. Recibí una espléndida educación en el Colegio de Música —dijo la señorita Moss—, y gané la medalla de plata en canto. Pero pensé que, para cambiar, probaría suerte... —Es así, ¿verdad, querida? —dijo la muñequita. En ese momento una hermosa dactilógrafa apareció en lo alto de la escalera.
       —¿Todas ustedes esperan por el pedido de North-East?
       —¡Si! —gritó el coro.
       —Acaban de avisarme que ya está cubierto. —¡Pero escuche! —gritó una voz—. ¿Y qué hay de nuestros gastos?
       La dactilógrafa las miró y no pudo evitar reírse.
       —Oh, es que no les hubieran pagado de todos modos. La North—East jamás paga los gastos.
       En la compañía Bitter—Orange sólo había una ventanilla redonda. Nada de sala de espera, nadie salvo una muchacha que se acercó a la ventanilla cuando golpeó la señorita Moss.
       —¿Sí? —le dijo.
       —¿Puedo hablar con el productor, por favor? —dijo con voz agradable la señorita Moss.
       La muchacha se apoyó en la ventanilla, entrecerró los ojos un momento y pareció quedarse dormida. La señora Moss le sonrió. La muchacha no sólo frunció el ceño sino que pareció oler algo desagradable: husmeó. De repente se alejó, regresó con un papel y se lo arrojó a la señorita Moss.
       —¡Llene este formulario! —dijo. Y cerró la ventana de un golpe.
       “¿Sabe usted pilotear aviones... zambullirse desde gran altura... conducir autos... dar saltos mortales... disparar armas de fuego?”, leyó la señorita Moss. Se alejó por la calle haciéndose estas preguntas. Soplaba un viento frío que la envolvía, le abofeteaba el rostro, se burlaba: el viento sabía que ella no podía responder a esas preguntas. En Square Gardens encontró un cesto para tirar el formulario. Y después se sentó en uno de los bancos a empolvarse la nariz. Pero la imagen que se reflejaba en su espejo de bolsillo le hizo un visaje horrible, y eso fue demasiado para la señorita Moss: rompió en llanto. Eso la alivió muchísimo.
       “Bien, todo ha terminado”, suspiró. “Es un consuelo no tener que estar de pie. Y mi nariz pronto se refrescará con el aire... Es muy agradable estar aquí. Mira esos gorriones. Chip. Chip. Cuánto se acercan. Espero que alguien les dé de comer. No, no tengo nada para ustedes, pequeños descarados...”. Miró hacia otro lado. ¿Qué era esa edificio de enfrente... el Café de Madrid?... ¡Mi Dios, qué golpe se había dado aquel chiquillo! ¡Pobrecito! No importa... arriba... Hoy a las ocho... en el Café de Madrid. “Podría cruzar y tomar allí un café”, pensó la señorita Moss. “Es un lugar para artistas, además. Tal vez tenga suerte... un caballero apuesto y moreno con un abrigo de piel entra con un amigo y se sienta a mi mesa, tal vez. ‘No, viejo, he escarbado en todo Londres buscando una contralto y no encuentro a nadie. Sabes, la música esta es difícil, échale una ojeada’”. Y la señorita Moss se oía diciendo: “Perdón, da la casualidad de que yo soy contralto y cantado esta parte muchas veces... ¡Extraordinario! ‘Venga a mi estudio y probaré su voz ahora mismo’... Diez libras semanales... ¿Por qué debería sentirse nerviosa? No es nerviosismo. ¿Por qué no ir al Café de Madrid? Soy una mujer respetable... soy una cantante, una contralto. Simplemente estoy temblando porque no he comido nada en todo el día... ‘Una buena prueba, señorita’... Muy bien, señora Pine. Café de Madrid. Todas las noches hay un concierto allí... ‘¿Por qué no empiezan?’ La contralto no ha llegado... ‘Perdón, da la casualidad de que yo soy contralto, he cantado esta partitura muchas veces...’”.
       El café estaba casi a obscuras. Hombres, palmeras, sillas de felpa roja, mesas de mármol blanco, camareros con delantales: la señorita Moss caminó entre todo eso. Apenas se había sentado cuando un caballero muy robusto que llevaba un sombrero muy pequeño que flotaba sobre su cabeza como una barquita se sentó frente a ella.
       —¡Buenas noches! —dijo él.
       —¡Buenas noches! —dijo la señorita Moss con voz risueña.
       —Linda noche —dijo el caballero.
       —Sí, hermosa. Da gusto, ¿cierto? —dijo ella.
       El llamó al camarero con un dedo que parecía una salchicha.
       —Tráigame un whisky grande —dijo. Y volviéndose hacia la señorita Moss—: ¿Qué toma usted?
       —Bien, creo que si da lo mismo tomaré un cognac.
       Cinco minutos más tarde el robusto caballero se agachó sobre la mesa y le lanzó una bocanada de humo a la cara.
       —¡Esa sí que es una cintita tentadora! —dijo.
       La señorita Moss se sonrojó tanto que sintió, por primera vez en su vida, que el pulso le latía en la cabeza.
       —Siempre me ha gustado mucho el rosa —dijo.
       El robusto caballero le echó una mirada apreciativa mientras ella tamborileaba sobre la mesa.
       —Me gustan firmes y bien rellenas —dijo él.
       La señorita Moss, muy sorprendida de si, soltó una ruidosa risita.
       Cinco minutos más tarde el robusto caballero se levanta.
       —Bien, ¿voy con usted o viene usted conmigo? —preguntó.
       —Voy con usted, si da lo mismo —respondió la señorita Moss. Y salió navegando detrás de la barquita..



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