Katherine Mansfield
(Nueva Zelandia, 1888 - Francia, 1923)


Un pepinillo encurtido (1917)
(“A Dill Pickle”)
Originalmente publicado en la revista New Age, 21.23 (4 de octubre de 1917);
Bliss and Other Stories
(Londres: Constable & Company, 1920, 280 págs.)


      Y entonces, después de seis años, volvió a verlo. Estaba sentado a una de esas mesas de bambú decorada con un jarrón japonés lleno de narcisos de papel. Tenía un gran plato de fruta frente a sí y con mucho, mucho cuidado, de un modo que ella reconoció inmediatamente como su “modo especial”, estaba pelando una naranja.
       El debe haber percibido la conmoción que ella sintió al verlo, pues levantó los ojos y la miró. ¡Era increíble! ¡No la había reconocido! Ella sonrió, él frunció el ceño. Ella se acercó. El cerró un momento los ojos, pero al abrirlos su rostro se iluminó como si en un cuarto a obscuras se hubiera encendido un fósforo. El dejó la naranja y retiró su silla y ella sacó del manguito su mano cálida y pequeña y se la tendió.
       —¡Vera! —exclamó él—. ¡Que raro! De veras, por un instante no te reconocí. ¿No quieres sentarte? ¿Ya has almorzado? ¿No quieres una taza de café? Ella vaciló, pero por supuesto que quería.
       —Sí, me gustaría una taza de café —dijo, y se sentó frente a él.
       —Has cambiado. Has cambiado mucho —dijo él, observándola con su mirada ansiosa y penetrante—. Te ves muy bien. Nunca te había visto tan bien.
       —¿De veras? —Ella se levantó el velo y se desabotonó el cuello de piel—. No me siento muy bien. No tolero esto tiempo, ya lo sabes.
       —Ah, sí. Odias el frío...
       —Lo aborrezco —dijo ella estremeciéndose—. Y lo peor es que mientras más envejecemos... El la interrumpió:
       —Discúlpame —y golpeó la mesa llamando a la camarera—. Por favor, traiga café y crema. —Y a ella—: ¿Estás segura de que no quieres comer algo? Un poco de fruta, tal vez. La fruta de aquí es muy buena.
       —No, gracias. No quiero nada.
       —Entonces eso es todo. —Y sonriendo un poco en exceso—volvió a tomar la naranja. Decías que mientras más envejecemos...
       —Más friolentos nos volvemos —dijo ella riendo. Pero en realidad pensaba qué bien recordaba aquella treta de él... eso de interrumpirla, y de qué modo la exasperaba eso seis años atrás. Entonces sentía como sí, repentinamente, en mitad de lo que estaba diciendo, él le tapara la boca con la mano, se alejara de ella, prestando atención a alguna otra cosa, para retirar después la mano y volver a prestarle atención con esa misma sonrisa un poco excesiva... Ahora si estamos listos. Eso es todo.
       —¡Más friolentos nos volvemos! —repitió él, riéndose tan bien—. ¡Ah, aún dices las mismas cosas! Y otra cosa no ha cambiado en tí... tu hermosa voz, tu hermosa manera de hablar. —Ahora estaba muy serio, se inclinó hacia ella y ella pudo percibir el cálido y penetrante olor de la cáscara de la naranja—. Aunque sólo dijeras una palabra, yo reconocería tu voz entre miles. No sé qué es —y a menudo me lo he preguntado— lo que hace que tu voz sea un recuerdo tan vivido... ¿Recuerdas la primera tarde que pasamos juntos en Kew Gardens? Estabas tan sorprendida porque yo no conocía el nombre de ninguna flor. Sigo siendo igualmente ignorante a pesar de todo lo que me dijiste. Pero siempre que hay buen tiempo, cálido, y veo algunos colores brillantes... es muy raro... escucho tu voz diciendo: “Geranio, caléndula y verbena”. Y siento que esas tres palabras son todo lo que recuerdo de alguna lengua celestial y olvidada... ¿Recuerdas aquella tarde?
       —¡Oh, sí, muy bien!
       Exhaló un largo y profundo suspiro, como si los narcisos de la mesa fueran demasiado dulces. Sin embargo, lo que recordaba de aquella tarde era una absurda escena a la hora del té. Había mucha gente tomando el té en una pagoda china, y él se había comportado como un loco espantando los moscardones, alejándolos con su sombrero de paja, serio y enfurecido, más enfurecido de lo que correspondía por algo así. ¡Cómo se habían divertido los otros clientes y cómo había sufrido ella!
       Pero ahora, a medida que él hablaba se esfumaba ese recuerdo. Sí, había sido una tarde maravillosa, llena de geranios y de caléndulas y de verbenas y de... cálido sol. Su pensamiento se detuvo en las dos últimas palabras, como si las cantara.
       Y en esa calidez se desplegó otro recuerdo. Se vio sentada sobre la hierba. El yacía a su lado y de pronto, tras un largo silencio, se dio vuelta y apoyó la cabeza en su regazo.
       —Quisiera —dijo en voz baja y turbada—.¡Quisiera haber tomado veneno para morirme ya mismo... aquí y ahora!
       En ese —momento una niñita vestida de blanco que tenía en la mano un nenúfar chorreando agua, apareció detrás de un arbusto, los observó y volvió a esconderse. Pero él no la vio. Ella se inclinó sobre él.
       —Oh, ¿por qué dices eso? A mí no se me ocurriría algo así.
       Pero él gimió con suavidad y, tomándole una mano, se la llevó a la mejilla.
       —Porque sé que te amaré demasiado... demasiado. Y sufriré terriblemente, Vera, porque tú jamás, jamás, me amarás.
       Por cierto que estaba más apuesto ahora que entonces. Había perdido toda su vaguedad e indecisión. Ahora tenía el aspecto de un hombre que ha hallado su lugar en la vida, y que lo ocupa con una seguridad y una confianza que resultaba, por así decirlo, impresionantes. Además, debía haber hecho dinero. Sus ropas eran admirables, y en ese momento extrajo del bolsillo una cigarrera rusa.”
       —¿Quieres fumar?
       —Sí —respondió ella observando los cigarrillos—. Parecen muy buenos.
       —Creo que lo son. Me los prepara un hombrecito de St. James's Street. Yo no fumo mucho, no como tú. Pero cuando lo hago, me gusta que los cigarrillos sean deliciosos y muy frescos. Para mí fumar no es un hábito, es un placer... como el perfume. ¿Todavía te gustan tanto los perfumes? Ah, cuando estuve en Rusia...
       —¿De veras has estado en Rusia? —lo interrumpió ella.
       —Oh, sí, estuve más de un año. ¿Ya has olvidado cuánto solíamos hablar de lo que nos gustaría hacer un viaje a Rusia?
       —No, no lo he olvidado.
       El esbozó una risa extraña y se recostó en su silla.
       —Es curioso, pero he llevado a cabo esos viajes que planeamos alguna vez. Sí, he estado en todos esos lugares de los que tanto hablábamos, y me he quedado en cada uno de ellos el tiempo suficiente como para “aclimatarme”, como decías tú. En realidad, me he pasado los últimos tres años de viaja. España, Córcega, Siberia, Rusia, Egipto. El único país que me queda es China y me propongo ir allí cuando termine la guerra.
       Mientras él hablaba con tanta soltura, sacudiendo el cigarrillo en el cenicero, ella sintió que despertaba aquella bestia que durante tanto tiempo había dormido en su pecho, despertaba, se desperezaba, bostezaba, se rascaba las orejas y de pronto se ponía de pie y fijaba su hambrienta mirada en aquellos lugares remotos. Pero sólo dijo, sonriendo con amabilidad:
       —Cómo te envidio.
       El aceptó el comentario.
       —Ha sido maravilloso —dijo—, especialmente Rusia. Rusia es todo lo que imaginábamos y muchísimo más. Hasta me pasé unos días navegando en barco por el Volga, ¿No te acuerdas de aquella canción de barqueros que solías tocar?
       —Sí —dijo ella, y la canción empezó a sonar en su mente.
       —¿La tocas aún?
       —No, no tengo piano.
       Él se sorprendió muchísimo.
       —¿Pero qué sucedió con tu bellísimo piano?
       Ella hizo una pequeña mueca.
       —Lo vendí. Hace muchísimo.
       —Pero, ¡si te gustaba tanto la música! —le dijo, perplejo.
       —Ahora no tengo tiempo —dijo ella.
       Él desistió.
       —La vida del río —dijo—, es algo muy especial. Al cabo de uno o dos días parece que uno nunca ha conocido otra cosa. Y no es necesario conocer el idioma... la vida a bordo crea entre uno y la gente un vínculo muy estrecho. Comes con ellos, pasas el día con ellos, y a la noche se oyen esas interminables canciones...
       Ella se estremeció, escuchando la canción de los barquearos que estallaba fuerte y trágica, y viendo el barco que navegaba por el río obscurecido, con melancólicos árboles en ambas márgenes...
       —Sí, me gustaría todo eso —dijo, acariciando su manguito.
       —Casi todo lo de la vida rusa te gustaría —dijo él con calor—. ¡Es tan informal, tan impulsiva, tan incondicionalmente libre! Y los campesinos son gente espléndida. Seres tan humanos... sí, eso es. Hasta el hombre que conduce tu coche toma parte activamente en lo que está ocurriendo. Recuerdo que una noche fuimos de picnic junto al Mar Negro, dos amigos míos y la esposa de uno de ellos. Llevamos la cena y champagne y comimos y bebimos sobre la hierba. Y mientras comíamos se nos: acercó el cochero. “Prueben un pepinillo encurtido”, nos dijo. Quería compartir su comida con nosotros. Eso me pareció tan adecuado, tan... ¿comprendes?
       Y en ese momento a ella le pareció estar sentada sobre la hierba que cubría la ribera del misterioso Mar Negro, negro como el terciopelo, que rompía contra las riberas formando olas aterciopeladas. Podía ver el coche estacionado a un costado del camino y al grupito sentado sobre la hierba, los rostros y las manos plateados por la luz de la luna. Vio el pálido vestido de la mujer desparramado sobre la hierba, y su sombrilla plegada que yacía a su lado como una gran aguja de crochet. Separado de ellos, y con la cena extendida sobre un mantel que cubría sus rodillas, estaba sentado el cochero. “Prueben un pepinillo encurtido”, decía, y aunque ella no estaba demasiado segura de qué era un pepinillo encurtido, vio un frasco de vidrio verdoso que contenía algo rojo que brillaba como el pico de un loro. Lo probó, el pe—piniüo encurtido era tremendamente ácido...
       —Sí, comprendo perfectamente lo que quieres decir... —dijo ella.
       Se miraron durante un momento, haciendo una pausa. En el pasado, cuando se miraban de aquel modo, sentían entre ellos un entendimiento tan completo que sus almas se abrazaban y se arrojaban juntas al mismo mar, contentas de ahogarse como las de dos amantes sin consuelo. Pero ahora, lo más sorprendente era que fue él quien desvió la vista, diciendo:
       —¡Qué oyente tan maravillosa eres! Cuando me miras con esa expresión salvaje siento que podría, contarte cosas que jamás me atrevería a susurrar a cualquier otro ser humano.
       ¿No había un tonito burlón en su voz o sería tan sólo imaginación de ella? No estaba muy segura.
       —Antes de conocerte —continuó él—, jamás había hablado de mí con nadie. Recuerdo muy bien aquella noche en la que te llevé aquel arbolito de Navidad y te conté todo acerca de mi infancia. Hasta te conté que me sentía tan desdichado que me fui de mi casa y viví dos días debajo de un carro en el corral de casa, sin que nadie me descubriera. Y tú me escuchabas, y tus ojos brillaban, y sentí que hasta el arbolito de Navidad me escuchaba, como en los cuentos de hadas.
       Pero lo que ella recordaba de aquella noche era un pequeño pote de caviar. Había costado siete chelines y seis peniques. El no podía creerlo. Un pote tan pequeño que costara siete chelines y seis peniques... Cuando ella se lo comió, él la observó entre encamado y escandalizado.
       —Verdaderamente, eso es lo mismo que comer dinero. No se pueden guardar siete chelines en un pote de ese tamaño—Piensa en la ganancia que deben tener... —Y había empezado a hacer una complicada serie de cálculos... Pero ahora, adiós al caviar. El arbolito de Navidad estaba sobre la mesa y el muchachito estaba oculto bajo el carro, usando por almohada al perro del corral.
       —¡El perro se llamaba Bosun! —exclamó ella con deleite.
       Pero él no la seguía.
       —¿Qué perro? ¿Tenías un perro? No lo recuerdo...
       —No, quiero decir el perro del corral, cuando eras un niño...
       Él se rió y cerró la cigarrera de un golpe.
       —¿De veras? Sabes, lo he olvidado. Hace tanto tiempo... No puedo creer que han pasado sólo seis años. Hace un rato, cuando te reconocí, tuve que dar un salto, un salto muy grande, de casi toda mi vida, para regresar a aquel momento. Era tan niño entonces... —Tamborileó sobre la mesa—. A menudo pienso en cómo debo haberte aburrido. Y ahora comprendo perfectamente que me hayas escrito de aquel modo... aunque en aquel momento aquella carta casi acabó conmigo. El otro día la encontré y no pude evitar reírme al leerla. Era tan aguda, un cuadro tan realista de mí persona. —Levantó la vista—. ¿Ya te vas?
       Ella se había abotonado otra vez el cuello y se había bajado el velo.
       —Sí, me temo que sí —dijo y se las arregló para sonreír. Ahora estaba segura de que él había estado burlándose de ella.
       —Ah, no, por favor —te rogó él—. Quédate un momento.
       Y tomó uno de sus guantes que estaba sobre la mesa y lo apretó como si fuera ella.
       —Veo a tan poca gente últimamente que me he convertido en una especie de bárbaro —dijo— ¿Te ha herido algo de lo que he dicho?
       —En absoluto —mintió ella. Pero mientras lo observaba acariciar su guante, con mucha, mucha suavidad, su enojo se disipó verdaderamente y además, en aquel momento él se parecía más a su imagen de seis años atrás...
       —Lo que deseaba entonces —dijo él—, era ser una especie de alfombra... transformarme en una alfombra para que tú la pisaras y no te hirieran las piedras y no te ensuciaras con el lodo que tanto aborreces. Nada más que eso, ese era mi único egoísmo. Lo único que deseaba era transformarme además en una alfombra mágica para llevarte a esos países que querías ver.
       Mientras él hablaba ella levantó la cabeza como si hubiera bebido algo; la extraña bestia de su pecho empezó a ronronear.
       —Sentía que estabas más sola que cualquier otra persona —continuó él—, y que, sin embargo, eras la única persona en el mundo que estaba verdadera y enteramente viva. Que habías nacido fuera de tu tiempo —murmuró, acariciando el guante—. Predestinada.
       ¡Oh, Dios! ¡Qué había hecho! ¡Cómo se había atrevido a menospreciar así su felicidad! Este era el único hombre capaz de entenderla. ¿Sería demasiado tarde? ¿Lo sería? Ella era el guante que los dedos de él acariciaban...
       —Y además, el hecho de que no tuvieras amigos, que jamás te hubieras relacionado con la gente. ¡Qué claro me parecía aquello, pues a mí me ocurría lo mismo! ¿Sigue siendo así?
       —Sí —suspiró ella—. Exactamente. Sigo tan sola como siempre.
       De repente, con un gesto brusco, él le devolvió el guante, haciendo crujir su silla con el movimiento.
       —Pero—dijo—, lo que entonces me parecía misterioso me parece ahora perfectamente claro. Y también a tí, por supuesto... Simplemente, éramos tan egoístas, estábamos tan absortos en nosotros mismos, tan concentrados, que no nos quedaba ni un rinconcito para los demás. Sabes —exclamó, ingenuo y entusiasta, como si fuera el otro extremo de su antiguo yo—, mientras estuve en Rusia empecé a estudiar un sistema mental y descubrí que no éramos para nada personas muy peculiares. Es tan sólo una forma muy conocida de...
       Ella se había ido. El se quedó allí sentado, atónito, como herido por un rayo... Y después llamó a la camarera y le pidió la cuenta.
       —No hemos tocado la crema —dijo—, así que, por favor, no la cobre.



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