Katherine Mansfield
(Nueva Zelandia, 1888 - Francia, 1923)


La gorra nueva (1917)
(“The Black Cap”)
Something Childish and Other Stories
(Londres: Constable and Company Limited, 1924, 262 págs.)


Marido y mujer sentados para almorzar. Él lee tranquilamente el periódico mientras come. Pero ella está extraordinariamente nerviosa; viste traje de viaje y hace como si comiera.

      Ella: Y si necesitas las camisas de franela, las tienes en el armario de la ropa blanca, en la balda de abajo a mano derecha.
       Él (asistiendo en aquel momento a una junta de la Compañía Exportadora de Carnes): No.
       Ella: Ni te has enterado de lo que he dicho. Decía que si necesitases camisas de franela, están en el armario de la ropa blanca, a mano derecha, en la balda de abajo.
       Él (categórico): Enteramente de acuerdo.
       Ella: ¿No es ya demasiado eso de que hasta el día en que voy a irme, no puedas dejar cinco minutos el periódico?
       Él (amablemente): Mi querida esposa, yo no quiero que te vayas. Hasta te he suplicado que no te vayas. ¿Qué puedo hacer, por vida mía, si...?
       Ella: Sabes muy bien que cuando voy es porque tengo que ir. He ido dejándolo y dejándolo, y el dentista me dijo la última vez que...
       Él: Bueno, bueno. No volvamos a empezar de nuevo. Ya lo hemos discutido bien a fondo, ¿no es así?
       La criada: Señora, ahí está el coche.
       Ella: Haga el favor de poner en él mi equipaje.
       La criada: Muy bien, señora.
       (Ella da un terrible suspiro.)
       Él: No te queda mucho tiempo si quieres coger ese tren.
       Ella: Ya lo sé. Me voy. (Cambiando de tono.) Querido, no nos separemos así. Me hace sentirme tan desgraciada. No parece sino que encontrases un verdadero placer en amargarme siempre mis diversiones.
       Él: No creía que ir a casa del dentista fuese cosa muy divertida.
       Ella: Bueno, ya sabes que no es eso lo que quiero decir. Lo dices sólo para herirme. Tú quieres tener razón siempre.
       Él (riendo): Y tú perder el tren. Estarás de vuelta el jueves por la noche, ¿no es así?
       Ella (en voz baja y angustiada): Sí, el jueves por la noche. Adiós, pues. (Se le acerca y le coge la cabeza entre las manos.) Pero, ¿te ocurre algo? Mírame al menos. ¿O es que no te importo nada?
       Él: Chica, si esto parece una despedida de cine.
       Ella (dejando caer los brazos): Muy bien. Adiós. (Lanza una furtiva y trágica mirada en torno de la habitación y sale.)

(Camino de la estación)

       Ella: Qué cosa más extraña es la vida. No creía que fuera a sentirme así de ningún modo. No sé por qué, pero todo el encanto parece haberse disipado. ¡Ah! Daría cualquier cosa porque el coche diera vuelta. Y lo más extraño es que si él me hubiera hecho creer que me quería, me hubiera sido mucho más fácil dejarlo. Pero esto es absurdo. ¡Cómo huele el heno! Va a hacer un día muy caluroso. Ya no volveré a ver más estos campos. Nunca jamás. Pero, por otra parte, me alegro de que hayan ocurrido las cosas así. De ese modo tendré la razón de mi parte. Siempre y por completo. No quiere una mujer a su lado. No significa nada para él. No es de esos hombres que sientan mucho afecto por alguien que no sea su propia persona. Para él no soy sino la encargada de quitar los gemelos a sus camisas antes de llevarlas a lavar. Eso es todo. Y, para mí, no es suficiente. Soy joven y demasiado orgullosa. No una de esas mujeres que vegetan en el campo y se entusiasman con «nuestras» lechugas.
       Lo que has estado haciendo desde que nos casamos es querer dominarme de tal modo que me convirtiese en tu sombra, para confiar en mí tan totalmente, que con mirarme a la cara pudieras leer la hora como en un reloj. Nunca sentiste interés por mí, nunca quisiste adentrarte en mi alma. No, lo que quieres es que me acomode a tu pacífica existencia. ¡Ay, cuánto me ha ofendido tu ceguera! ¡Cuánto te odio a causa de ello! ¡Qué contenta estoy —satisfecha, sí, satisfecha— de haberte dejado! No soy ninguna chiquilla inexperta ni tampoco una vanidosa, pero sé lo que valgo. Por algo he sentido siempre ese anhelo de riquezas, de amor, de libertad, comprendiendo que me pertenecen por derecho. (Se reclina contra el acolchado respaldo del coche y murmura): «Eres una reina. Déjame que tenga la dicha de entregarte tu reino.» (Sonríe mirándose las regias manos.) Quisiera que mi corazón no latiera con tanta fuerza. Me hace daño, de veras. Me fatiga y me pone nerviosa. Es como si alguien llamara a una puerta con prisa espantosa... Este coche más que andar parece arrastrarse; a este paso no llegaremos nunca a la estación. ¡Aprisa! ¡Aprisa! Amor mío, voy hacia ti lo más velozmente que puedo. Sí, sufro tanto como tú. Es horrible, es insoportable esta última media hora que nos separa... ¡Dios mío! Y el caballo va otra vez al paso. ¿Por qué no le da de latigazos a ese animalote...? ¡Qué vida más maravillosa la nuestra! Viajando juntos por todo el mundo. Y todo el mundo será nuestro a causa de nuestro amor. Ah, no te impacientes. Voy lo más velozmente que puedo... Vaya, ahora es cuesta abajo; ahora iremos más de prisa. (Un anciano intenta cruzar la carretera.) ¡Apártate de mi camino, viejo insensato! Merecía que lo hubieras atropellado. ¡Amor mío! ¡Amor mío! Estoy casi llegando. Sólo un poco de paciencia.

(En la estación)

       Póngalo en un departamento de primera clase, para fumadores... Al fin y al cabo hay tiempo de sobra. Faltan más de diez minutos para que salga el tren. No me extraña que no esté él ya aquí. No debo dar la impresión de que ando buscándolo. Pero tengo que decir que he sufrido una desilusión. No se me ocurrió nunca pensar que había de ser la primera en llegar. Creí que él estaría ya aquí; que habría reservado ya un compartimiento, que habría comprado periódicos y flores... ¡Qué cosa más rara! Yo que veía tan claramente en mi imaginación un ramo de claveles color de rosa. Él sabe cómo me gustan los claveles. Pero los rosa no son mis preferidos. Me agradan más rojiobscuros o amarillo pálido. Si se retrasa un poco va a perder el tren. Están cerrando ya las portezuelas. ¿Qué le puede haber ocurrido? Tiene que ser algo espantoso. Quizás en el último momento se ha pegado un tiro... «No puedo vivir con el remordimiento de haber destrozado tu vida.» Pero si no la has destrozado. ¡Ah!, ¿dónde estarás? Tengo que subir al coche... ¿Quién es éste? No, no es él. No puede serlo... pero, sí, lo es. ¿Qué diantre es eso que lleva en la cabeza? Una gorra negra. ¡Qué horrorosa! Está enteramente cambiado. ¿Para qué se habrá puesto una gorra negra? No lo hubiera reconocido. ¡Qué aspecto más estrafalario tiene al venir sonriente hacia mí con esa gorra espantosa!
       Él: Amor mío: no me lo perdonaré jamás. Pero me ha ocurrido lo más absurdo; algo trágico y cómico también. (Suben al compartimiento.) He perdido mi sombrero. Ha desaparecido sin saber cómo. Medio hotel ha estado buscándolo. Pero ni rastro. Y al fin, desesperado, tuve que pedir prestada esta gorra a otro huésped. (El tren se pone en marcha.) No estarás enfadada. (Intenta abrazarla.)
       Ella: No, aún no hemos salido de la estación.
       Él (apasionadamente): ¡Dios Santo! Aunque todo el mundo nos vea. ¿Qué más da? (Intenta abrazarla de nuevo.) ¡Mi encanto! ¡Mi alegría!
       Ella: No, haz el favor. No me gusta que me besen en el tren.
       Él (muy ofendido): Ah, muy bien. Estás enfadada. Seriamente enfadada. No puedes perdonarme el haber llegado tarde. Pero si supieras lo que he sufrido...
       Ella: ¿Cómo puedes creerme tan incomprensiva? No estoy enfadada en absoluto.
       Él: Entonces, ¿por qué no dejas que te bese?
       Ella (riendo nerviosamente): Tienes un aspecto tan distinto... Pareces otro.
       Él (poniéndose en pie para mirarse ansiosamente en el espejo.) Pero si está muy bien, ¿no te parece?
       Ella: Sí, muy bien, perfectamente bien. « ¡Ja!, ¡ja!, ¡ja! (Se pone a reír y a llorar de rabia.)

(Han llegado)

      Ella (mientras él busca un coche): Tengo que sobreponerme. Es una obsesión. Parece increíble que cualquier cosa pueda cambiar tanto a un hombre. Tengo que decírselo. Tiene que ser muy sencillo decir: «¿No crees que ahora que estamos en la ciudad sería mejor que te compraras un sombrero?» Pero eso le haría comprender lo espantoso que estaba con eso. Y lo extraordinario del caso es que no lo comprende. Quiero decir que ni aun mirándose al espejo, ve lo ridícula que es la gorra. Qué diferentes deben de ser nuestros modos de pensar. ¡Completamente opuestos! Como que de haberlo visto en la calle, hubiera podido asegurar que me sería imposible amar a un hombre que llevase una gorra así. Ni siquiera hubiera tenido interés en conocerlo. No es mi tipo. (Mirando en torno.) Todo el mundo se ríe de la gorra. Y no me extraña. Con ella parece que las orejas le sobresalen y que tiene aplastada la cabeza por detrás.
       Él: Aquí está el coche, querida. (Suben a él.) (Intentando cogerle una mano.) ¿No te parece increíble que estemos los dos solos en el coche? ¿Así, tan sencillamente?

(Ella se arregla el velo)

       Él (intentando de nuevo asirle una mano. Apasionado): Tomaremos una sola habitación, amor mío.
       Ella: De ningún modo. Tienen que ser dos. Claro que sí.
       Él: ¿No crees que sería más discreto para no suscitar sospechas?
       Ella: Necesito tener mi propia habitación. (Para sí.) Ya puedes colgar tu gorra tras la puerta de tu cuarto. (Se pone a reír nerviosamente.)
       Él: ¡Alabado sea Dios! Mi reina se siente otra vez dichosa.

(En el hotel)

       El gerente: Sí, señor, lo comprendo perfectamente. Creo que tengo precisamente lo que usted desea. Tengan la bondad de pasar por aquí. (Los lleva a una salita con alcoba contigua.) Esto estará muy bien para ustedes, ¿no les parece? y, si el señor lo desea, podemos hacerle la cama en el diván.
       Él: ¡Magnífico! ¡Magnífico!

(El gerente sale)

       Ella (furiosa): Pero yo te dije que quería una habitación para mí. Vaya una jugada que me has hecho. Te advertí que no quería compartir mi habitación con nadie. ¿Cómo te atreves a tratarme así? (Remedando la voz de él.) «¡Magnífico! ¡Magnífico!» No te lo perdonaré jamás.
       Él (anonadado): ¡Dios mío!, pero ¿qué ha ocurrido? No lo comprendo. Estoy enteramente a obscuras. ¿Por qué has dejado de amarme, así de repente, y precisamente hoy? ¿Qué he hecho yo? Dímelo.
       Ella (dejándose caer en el diván): Estoy muy fatigada. Si me quieres, haz el favor de dejarme sola un momento, sólo un momento.
       Él (cariñosamente): Muy bien. Trataré de comprender. Empiezo a comprender. Saldré a dar una vuelta durante media hora y luego, amor mío, te sentirás más tranquila. (Mira en derredor desconcertado.)
       Ella: ¿Qué ocurre?
       Él: Alma mía, estás sentada encima de mi gorra. (Ella da un grito terrible, se levanta y va corriendo a la alcoba. Él sale. Después que ha pasado un ratito, ella se pone el velo y coge la maleta.)

(En el taxi)

       Ella: Sí, a la estación de Waterloo. (Se recuesta en el respaldo.) ¡He podido huir! ¡He podido huir! Tendré el tiempo justo para alcanzar el tren de la tarde. Uf, ha sido como una pesadilla. Estaré en casa antes de la hora de cenar. Le diré que hacía mucho calor en la ciudad o que no encontré al dentista. ¿Qué más da? Tengo derecho a tener un hogar propio... Y el viaje de vuelta va a ser delicioso. Huele tan bien la campiña. Tenemos para cenar el pollo frío que quedó de ayer y mermelada de naranja. Había perdido la cabeza, pero ahora he vuelto a ser cuerda. ¡Ay, marido mío!


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